C RÓ N I CA, D O M I N G O 19 S E P T I E M B R E 20 21
Nacional 9
H I STO R I A E N V I VO
La Güera Rodríguez: conspiradora y simpatizante de la Independencia Bertha Hernández
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Con una tempestuosa historia familiar, su pertenencia a la élite de la ciudad de México novohispana y su notable belleza, la Güera Rodríguez constituía toda una tentación literaria que, por motivos políticos se volvió parte de la narrativa de la consumación de la independencia mexicana. Un siglo después de su muerte, las fantasías de un cronista, artista del lenguaje, la convirtió en la protagonista de una novela que agregó bastante pimienta al ya famoso chisme virreinal. res varones son los culpables de que María Ignacia Rodríguez de Velasco, la Güera Rodríguez, se haya convertido en la protagonista de una narración donde las aventuras galantes van por delante de la historia. Uno por agravios que no pudo probar, otro por antipatías políticas dirigidas contra el consumador de la independencia, y un tercero, por pura fascinación, al imaginar e intentar devolverle corporeidad a una mujer que nunca conoció. De esa complicada amalgama de pasiones la Güera salió fortalecida, aunque alejada de su verdadera biografía. Pero, ¿acaso María Ignacia Rodríguez no sintió la tentación de los conspiradores? ¿No fue parte de esa élite criolla que mantuvo contacto con los diversos grupos insurgentes? Sí, lo fue. Incluso, fue acusada de participar en una conspiración y hasta castigada con un breve destierro. Pero doña María Ignacia, ni estuvo donde la fantasía la coloca, ni podemos probar que su amistad con Agustín de Iturbide fuera en realidad una pasión que se entreveró con la historia política de la Nueva España. La pregunta sigue siendo vigente: ¿Cuál es la verdadera Güera Rodríguez?
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LOS TRES RESPONSABLES DE L A FANTASÍA
Historia en Vivo ya ha hablado del primer y desdichado matrimonio de la Güera con Gerónimo (sic) López de Peralta de Villar Villamil, un hombre atormentado por celos patológicos y violentos. A él debemos el grueso legajo —más de 400 páginas— que constituye su demanda de divorcio eclesiástico y que contiene toda clase de acusacio-
nes que no pudo probar, según las cuales su joven esposa tenía romances no con un hombre, sino con muchos, entre los cuales se encontraban personajes respetables vinculados a la iglesia católica, como el canónigo Beristáin. El pequeño detalle es que Villar Villamil nunca pudo demostrar la existencia de esa legión de amantes. Cuando al final desistió del proceso, ya había gritado por todas partes de la capital que su esposa era una grandísima infiel, y entonces resolvió que retiraría la demanda siempre y cuando sus parientes políticos dejaran de hablar del asunto y por otro lado la autoridad hacía un anuncio, en la Plaza principal de la ciudad, que dejara claro que su honor no estaba manchado. Como Gerónimo Villar Villamil había sido todo menos discreto en aquel sainete, resulta el primer y principal inventor de las múltiples aventuras amorosas de la Güera. El segundo responsable de la leyenda, y que vinculó directamente a la Güera con Iturbide fue el ecuatoriano Vicente Rocafuerte, a quien la política y la vida lo habían sacado de su país para ser representante de su tierra ante las Cortes españolas y luego tuvo amistad con Servando Teresa de Mier y Miguel Ramos Arizpe, y vivió por un tiempo, en estas tierras, y cuando Iturbide se convirtió en el emperador del recién nacido Imperio mexicano, Rocafuerte formó parte del grupo político que vivió enfrentado con Iturbide emperador y que empezó a conspirar para convertir a México en una república. Rocafuerte escribió una obra a la que llamó Bosquejo Ligerísimo de la Revolución de México, y que, lejos de ser una obra “ligera”, estaba hecha con abundante mala fe para criticar y descalificar las ambiciones de Iturbide. De hecho, no son pocos quienes consideran a la obra del ecuatoriano como un libelo y una obra creada para desacreditar por completo a Iturbide. ¿Qué papel juega la Güera en esto? Rocafuerte juntó varias piezas y especuló: era cierto que la Güera e Iturbide tenían cierta amistad y no se ha podido probar que esa relación tuviese, para decepción de los románticos, tintes amorosos. Pero en torno a ella circulaban todavía, en 1821, los chismes propalados en 1801 por el desaforado primer marido de doña María Ignacia. Puesto que la mujer era muy bella todavía -tenía 43 años en 1821-, era simpática e inteligente y seguía siendo amiga de algunos personajes acusados veinte años atrás de ser sus amantes, y que estaba involucrados en el proceso de consumación de la independencia, Rocafuerte apostó por la habladuría, y afirmó que Iturbide, cegado de pasión, era un mero títere, en las manos de la Güera. La llamó “mano suave que pulsa y mueve las teclas… reguladora de la conducta de Iturbide”. Venenoso, Rocafuerte aseguró que el Dragón de Fierro sostuvo “trato ilícito con una señora principal de México, preciosa rubia de seductora hermosura, llena de
la Güera, que duró 25 años, fue sereno y plácido, a don Artemio se le ocurrió desarrollar la idea de que por fin, el amor tranquilo de su tercer marido, el chileno Juan Manuel de Elizalde, “había apagado el fuego que llevaba en la sangre”. Un final con cierta melancolía para una mujer que, aseguraban los rumores, era poco menos que la artífice del último tramo del movimiento independentista. ¿Y LAS SIMPATÍAS POLÍTICAS DE LA GÜERA?
La falta de un retrato fidedigno que correspondiera a la leyenda que de la Güera se creó, dio pie a numerosas especulaciones e invenciones. Esta imagen, que algunos incautos han dado por buena, es una litografía que el editor e impresor Ignacio Cumplido incluyó en el volumen titulado “Presente Amistoso para las señoritas mexicanas”, publicado en 1842, y correspondía a una lectura llamada “Juliana”, que, como todo el libro, daba consejos a las damas lectoras. Silvia Arrom, biógrafa de la Güera, señala que la imagen es europea y Cumplido la incluyó en su libro.
gracias, de hechizos y de talento, y tan dotada de un vivo ingenio para toda intriga y travesura, que su vida hará época en la crónica escandalosa del Anáhuac”. La descripción estaba armada para que se pensara de inmediato en la Güera, con todo el propósito de exhibir a Iturbide como un pelele sin voluntad ante una mujer ambiciosa y muy entendida en política. Rocafuerte prefirió armar este infundio, del cual no ofreció ni una sola prueba, en vez de prestar oídos a un chisme de esos mismos tiempos: quien sí tenía una relación amorosa con Iturbide, se murmuraba, era Antonia, la hija mayor de la Güera, tan hermosa como su madre. Todo esto, y una amplia cantidad de chismes menores, remembranzas y gotas de memoria dispersas en abundantes fuentes del siglo XIX convencieron a un hombre del siglo XX que estaba ante los materiales suficientes para crear una historia fabulosa, llena de arrebatos de pasión y decisiones audaces de una mujer hermosa e inteligente. Ese hombre fue el cronista Artemio de Valle-Arizpe que produjo una novela que por todo título llevaba el nombre de la protagonista y que, hasta la fecha se sigue vendiendo y, por si fuera poco, se sigue dando por cierto todo lo que allí se cuenta. Valle-Arizpe se dio vuelo; inventó media docena de palabras para referirse a los presuntos cuernos que cargaba el celoso primer marido de la Güera; no vaciló en embarcarla como audaz conspiradora, compañera de Iturbide, y cuando la biografía de doña María Ignacia ya no le dio para más aventuras, porque el tercer matrimonio de
Paradoja: un personaje al que siempre se le colocó en un mundo de hombres, tuvo que esperar 170 años para que una mujer lograr hacer una biografía de la verdadera Güera. Sin duda, la historiadora Silvia Marina Arrom es quien ha logrado encontrar a doña María Ignacia, pero no intrigando al lado de Iturbide, sino defendiendo las herencias de sus hijos, negociando opciones para sacar provecho de sus bienes, brillando en esa élite que dejaba de ser novohispana para convertirse en plenamente mexicana, tal y como la conoció, ya anciana, doña Fanny Calderón de la Barca. ¿Y la independencia? ¿Y su participación en intrigas y conspiraciones? Las hubo, pero no son las que se imaginan lo seguidores de Valle-Arizpe: en 1809 sí fue denunciada como parte de una conspiración para envenenar al virrey, y ello le costó un breve destierro a Querétaro, que se canceló por las cartas con intensos ruegos de ella para que se le permitiera volver a la ciudad de México y ocuparse de sus hijos. Como esa sanción abarca 2 meses de 1810, circunstancialmente se le coloca en el teatro de los acontecimientos que desembocaron en la campaña de Hidalgo, aunque nada hay que la relacione directamente. También hay dos denuncias, una de 1810 y otra de 1814, donde se le acusa de “ayudar a los rebeldes”. Es muy probable que la Güera fuera una de las integrantes de ese núcleo criollo que, se sabe, sí apoyó a la distancia a los sublevados, con información y dinero. Hay papeles que demuestran que sí dio dinero a grupos insurgentes que operaban en las cercanías de las heredades de su hijo varón, y dan a entender que, más que una ayuda, eran cantidades que los rebeldes exigían a cambio de no arrasar con las propiedades. Hay un detalle fundamental: como bien apunta Silvia Arrom, en los archivos de los insurgentes e independentistas procesados, que sí se conservan, no hay un expediente de María Ignacia Rodríguez de Velasco, como sí lo hay de mujeres claramente involucradas en el movimiento, como Leona Vicario o Josefa Ortiz. Definitivamente, la Güera Rodríguez no es una heroína de la independencia, pero sí un personaje que, a través de las huellas que dejó, permite comprender numerosos sucesos de los tiempos que le tocó vivir, y esa es una historia tan apasionante como la que construyeron los hombres que la conocieron