C RÓ N I CA, S Á B A D O 11 D I C I E M B R E 20 21
rodeando la reunión, que se decía de amigos sinceros. Dicho con el lenguaje de la actualidad, la seguridad se relajó al extremo de que José de León Toral, quien, por puras inferencias había concluido que el general iba a comer en La Bombilla, llegó y preguntó por un señor Cedillo. Le dijeron que seguramente “estaba allá adentro”, y de esa manera el asesino entró, sin que nadie le obstaculizara el acceso. Toral se encontró con una reunión que, al menos en apariencia era cordial, con la orquesta de Esparza Oteo brillando, con el general pidiéndole a los muchos fotógrafos de prensa que inevitablemente llegaron, que aguantaran un poco, que lo dejaran comer en paz, y que, al terminar, con gusto se dejaría tomar cuantas imágenes desearan los chicos de las cámaras. “Van a ver que bonitas fotografías van a salir”, les dijo. No lo sabía, pero aquella reunión sería asunto de primera plana en toda la prensa del país. Como se sabe, Toral se fue acercando a Obregón, mostrando aquí y allá los buenos retratos y caricaturas que iba trazando en su block de dibujo. Nadie lo registró al entrar, y por lo tanto nadie se imaginó que el habilidoso dibujante llevaba una pistola. Al acercarse al presidente reelecto, que comía con buen apetito, cambió de mano el block; sacó el arma, y vació su cargador. Todo se volvió caos y gritos. El general, muriendo, se ladeó y luego cayó sobre la mesa; su cuerpo se deslizó hacia el piso. Los primeros en reaccionar sujetaron a Toral, mientras gritaban que nadie fuera a matarlo; de otra forma, jamás se sabría quién estaba de-
A pesar de que la capital era un hervidero de rumores, según los cuales, en cualquier momento volverían a atentar contra la vida de Álvaro Obregón. Pero el presidente reelecto hizo oídos sordos, y se marchó a comer a San Ángel. Jamás regresó.
trás del asesinato. El homicida, no obstante, no se libró de una formidable tanda de golpes y puntapiés. Con el rostro hinchado, fue llevado a la prisión del pueblo de Mixcoac. Todos los que hablaron con él en esas primeras horas, después del crimen, nada pudieron sacarle: se llamaba Juan, dijo, y de ahí no lo sacaron. La gran pregunta, la esencial pregunta era: “¿Quién te mandó?” Y una y otra vez, aquel hombre respondía: “Yo lo planeé solo. Yo lo hice solo. Soy el único asesino de Álvaro Obregón”. HABLA EL CRIMINAL
Ni siquiera frente al presidente Plutarco Elías Calles cambió la declaración de José de León Toral. No había más que hacer: sería procesado, aunque todos sabían que ya era hombre muerto. Para tener más o menos contentos a los obregonistas, que desconfiaban de todos, y que no bajaban la voz para insinuar que, tal vez, el mismísimo presidente estaba detrás del asesinato, Calles cambió
al titular de la Inspección de Policía por un obregonista, y se pidió a Toral que designara a sus defensores. Pero Toral no quería a nadie que le representara en el proceso. Lo ignoraron y le nombraron abogados de oficio: Miguel Collado y José García Gaminde, quienes decidieron argumentar que el homicida padecía demenxcia, y con ello evitar que lo condenaran a muerte. A Toral no le gustó para nada la idea: una y otra vez insistió en que no estaba loco, en que sabía perfectamente lo que hacía y cuáles podrían ser las consecuencias. A pesar de sus reparos, los abogados solicitaron un dictamen siquiátrico y médico, con la esperanza de que en él hubiera algo que sirviera a su estrategia. El recurso fracasó, porque del extenso interrogatorio, los especialistas concluyeron que Toral ni estaba loco, ni tenía ideas delirantes, ni padecía enfermedad, heredada o contraída, que afectara sus facultades mentales. El dictamen se entregó en septiembre
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de 1928, y a las pocas semanas el abogado Collado abandonó el caso. El muy prestigiado jurista Demetrio Sodi, se ofreció a representar, gratuitamente, al acusado. Sodi se olvidó del asunto de la locura, y asumió que se trataba de un crimen político. Las declaraciones de Toral a lo largo del juicio público ratificaron esa idea. Con perfecta calma, respondió, cuando le preguntaron si no juzgaba un acto terrible matar a un hombre: “no es falta de piedad segar una vida para asegurar las vidas de millones de almas”. Tarde se enteraría Toral de que Obregón pudo haber accedido a conciliar para resolver el conflicto religioso. Incluso, en el interrogatorio psiquiátrico se anotó que el criminal tenía “un arrepentimiento relativo, al saber que el señor Obregón no era tan malo como lo imaginaba”. EL FUSILAMIENTO, EL SEPELIO
Como exigían los obregonistas, José de León Toral fue sentenciado a muerte. Lo fusilaron en la Penitenciaría en febrero de 1929, y su sepelio se convirtió en una manifestación multitudinaria. Los grupos católicos asegurarían que fueron 150 mil los que acompañaron al muerto a su fosa del Panteón Español. Su joven esposa, desamparada, con tres hijos, volvería a casarse. Entre burlas y veras, el famoso diálogo: “¿Quién mató a Obregón? -¡¡Cálles..e la boca!!” se dijo en todos lados y en todos los tonos. Con el tiempo, algunos grupos conservadores iniciaron una causa para llevar a Toral a los altares, como mártir del conflicto religioso. El proceso, se sabe, está congelado: la iglesia católica no canoniza homicidas
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