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Nacional

C RÓ N I CA, D O M I N G O 8 AG O S TO 2 02 1

H I STO R I A E N V I VO

De cómo, por fin, los mexicanos vieron a un hombre volar Bertha Hernández

historiaenvivomx@gmail.mx

La decepción de los habitantes de la ciudad de México del lejano 1833, causada por el torpe fracaso del fallido aeronauta Adolphe Theodore, no duró mucho. Finalmente, eso de las ascensiones en globo “era moda”, como se decía entonces, y si no era aquel caballero, ya llegaría algún otro, con mejores habilidades o por lo menos más suerte. Así inició el linaje de los audaces aeronautas mexicanos, que conocieron días de gloria. ara alegría de los capitalinos, el fracaso del señor Theodore, cuyo nombre, en tierras mexicanas, se convirtió en sinónimo de timador y tramposo, no cerró el capítulo de las ascensiones en globo. A la vuelta de un par de años, apareció otro francés, Eugéne Robertson, que fue a dar con el general Manuel Barrera, el mismo que había sido inversionista, y había perdido un dineral en la fallida presentación del señor Theodore. Pero a Barrera no le dolía tanto el bolsillo como el orgullo, y reincidió, entrando en tratos con el aeronauta que le ofrecía ser partícipe de un vuelo en globo que sí sería exitoso. Bien podría decirse que de esa forma empezó la historia de la aeronáutica en México. Vendrían historias emocionantes, donde la tenacidad rayana en la terquedad, y una temeridad a toda prueba, caracterizaron a unos cuantos extranjeros y a un grupo de audaces mexicanos.

P

UN VUELO POR HONOR

Era ya enero de 1835 y el general Barrera le contó, a todo aquel que se le atravesó en el camino, que su conciencia y su honor de militar no lo dejaban en paz después del fracaso del señor Theodore. De manera que, en cuanto tuvo noticia de que el afamado señor Robertson estaba en la Unión Americana y había realizado varias ascensiones exitosas ante el muy sofisticado público de Nueva York, no lo pensó dos veces: se esforzó

por contactarlo y una vez que lo logró, le ofreció ¡nada menos que diez mil pesos! para convencerlo de viajar a México y asombrar a los habitantes de la capital con su arte y su pericia. Eugéne Robertson no era un desconocido para los mexicanos. Se sabía de sus andanzas como aeronauta, pues hay menciones de él en la prensa de 1833 y había efectuado ascensiones en Europa y en el norte de América. Robertson no era un improvisado o un audaz enloquecido. Era autor de un libro acerca de los viajes en globo, y eso aumentaba su prestigio a los ojos de quienes recordaban con harto desprecio al ineficaz señor Theodore, quien, por cierto, sí pasó a la historia de la aeronáutica… cubana, donde, hasta la fecha, se le reconoce como uno de los pioneros de la disciplina, porque, aparentemente, allá sí logró inflar su globo y elevarse en el aire. La ascensión del señor Eugene Robertson se anunció el 31 de enero de 1835, y se efectuaría en el mismo lugar donde Theodore había fracasado: la plaza de toros del barrio de San Pablo. Nuevamente el sitio se atiborró. El sentido del honor del general Barrera lo llevó a pregonar que, aquellos que conservaran el boleto del fiasco de Theodore, podían canjearlos por una entrada para el nuevo espectáculo. Aparentemente, fueron varios quienes aprendieron del desastre de 1833, porque para la ascensión de 1835, el gobierno del Distrito Federal dictó algunas medidas de seguridad, dirigidas a evitar incidentes lamentables: prohibió que la gente se subiera a las techumbres de los templos, y sólo admitió espectadores en los balcones de los campanarios. Quienes decidieran habilitar las azoteas de sus casas, tendrían que pedir permiso al ayuntamiento, y los visitaría un inspector que evaluaría la solidez del lugar. Para quienes fueran pillados transgrediendo las normas especiales, serían multados que iban de los 25 a los 50 pesos, sumas considerables, y si los culpables se declaraban insolventes, les canjearían la multa por un máximo de 20 días en la cárcel. Así se presentó el señor Robertson, precedido del aplauso general. Con mucha visión comercial, la famosa imprenta de Galván se apresuró a solicitarle al poeta cubano José María de Heredia, una traducción del libro del señor Robertson, donde describía sus peripecias a bordo de su globo. Se tiene noticia de que la obrita tuvo mucha demanda en aquellos días, y alborotó a la concurrencia, que ya se moría por ver volar al señor Eugene Robertson. Y lo vio volar el 12 de febrero de 1835: hacia las once de la mañana, el globo se infló a satisfacción, y el señor Robertson se elevó entre aplausos y ví-

Eugene Robertson traía un globo que la prensa describió como multicolor y que fue el empleado en su primer vuelo de febrero de 1835.

tores del público. Lo más simpático del asunto es que, los globos de aquellos años eran juguetes del viento: el señor Robertson y su globo, escribió la prensa, describieron “una línea oblicua hacia el sudeste, y después hasta el sudoeste, remontándose hasta un punto que no podía distinguirse a simple vista…” Efectivamente, la multitud vio cómo, después de elevarse en vertical, y saludar al presidente Miguel barragán y al general Barrera, que no cabía en sí de orgullo y satisfacción, el globo, con Robertson a bordo, fue llevado por las corrientes de aire hasta algún punto indeterminado. Con más buena voluntad que sorna, algún periodista escribió en un periódico llamado El Mosquito: “Celebraremos que, en su descenso y regreso a esta capital, el señor Robertson haya sido tan feliz como lo fue al separarse de nuestra vista”. Y es que era verdad: al anochecer de aquel 12 de febrero, nadie, en la ciudad de México, tenía la menor idea de a dónde había ido a parar el señor Eugene Robertson, intrépido aeronauta. EPÍLOGO CON PRESTIGIO

Eran muy conocidas las historias en las

que la suerte y los elementos le jugaban malas pasadas a los aeronautas, que bien podían experimentar accidentados aterrizajes que no excluían feas caídas y graves lesiones. Otro riesgo era que, por cualquier descuido, el globo se incendiara o estallara, enviando al otro mundo a su audaz tripulación. En el caso del señor Robertson no hubo ninguna tragedia, pero los capitalinos se tardaron día y medio en enterarse en qué había parado el asunto. Según otro periódico, La Lima de Vulcano, el globo de Robertson se posó, a medio día del 13 de febrero, sobre un árbol, en las cercanías del pueblo de Chalma. Ahí lo ayudaron a bajar, y después se tuvo noticia de que andaba en la ciudad de Toluca, haciendo sociales. Para la tarde del día 14, estaba de vuelta en la ciudad de México, donde lo recibió, para felicitarlo, el presidente de la República. Como esto de volar tenía también su parte científica, trascendió que, mientras duró su vuelo, Robertson hizo “experimentos nuevos” que consignaría en una memoria, dedicada a la muy prestigiada Escuela de Minería, a su personal docente y a sus alumnos”. De hecho, a su vuelta, Robertson su objeto de mil homenajes, cenas y sesiones honoríficas, pero el aeronauta se dio tiempo para asistir al Colegio de Minería, reunirse con su comunidad y obsequiarles la bandera mexicana que había hecho ondear cuando se elevó por los aires. La bandera fue resguardada en el Gabinete de Física del colegio, “como un recuerdo precioso del primer experimento aerostático felizmente llevado a cabo en la República Mexicana”. Parecía que era un final feliz. Pero nunca falta un pesimista, que criticó en la prensa el exceso y el alboroto con que los mexicanos apapacharon a Robertson por espacio de varios días: era demasiado, dijeron los críticos, ponerle escolta armada y banda militar para amenizar el resto de su estancia. Se sabe que Eugene Robertson hizo dos ascensiones más en México, y hubo un intento fallido. En su último vuelo, realizado en octubre del mismo 1835, lo acompañaba una señorita mexicana. Como el asunto debe haber parecido un atrevimiento más allá de lo aceptable, nadie publicó su nombre, y el aeronauta, como todo un caballero, se guardó el dato. Robertson se fue, pero poco después publicó un pequeño libro con la descripción de sus vuelos en nuestro país. Nuevamente traducido por la Imprenta de Galván, parece que se volvió todo un éxito comercial, pues todos querían tener un fragmento de recuerdo del día, en que, por fin, los mexicanos vieron a un hombre volar


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