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Nacional
C RÓ N I CA, D O M I N G O 18 J U L I O 2 02 1
H I STO R I A E N V I VO
Se buscan santos y reliquias para la Nueva España Bertha Hernández
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como un culto doméstico, con devotos que les rezaban y confiaban en su poder como mediadores ante Dios, a pesar de los esfuerzos de la autoridad eclesiástica para que la gente no anduviera por ahí pregonando santidades que no estaban autorizadas por Roma.
Gran fiesta hizo la ciudad de México para recibir un conjunto de reliquias en 1578. Con aquel embarque, que contenía objetos asociados a Jesucristo y restos de numerosos santos y santas, se esperaba aumentar la fe de los devotos y fortalecer el culto a los santos. Después empezarían a nacer las devociones propiamente novohispanas.
LOS TR ABA JOS PAR A CONSEGUIR RELIQUIAS PROPIAS
La identidad de los novohispanos también se construyó desde el ámbito de la fe y los rituales religiosos. Devotos creyentes, los habitantes del reino participaban de un mundo rico en ceremonias, en sermones que impresionaban y eran muy comentados, en el culto a los santos y a las reliquias. Pero no bastaba con aquellos preciosos objetos sacros traídos del otro lado del mar; se anhelaba que la santidad floreciera en estas tierras. Era una cuestión de identidad, y hasta de patriotismo
o era extraño que el fervor colectivo de los habitantes de la Nueva España quisiera ver nuevos santos en toda mujer o todo hombre que muriesen con fama de devotos, caritativos e, incluso, de iluminados. Así, a lo largo de los tres siglos que duró el orden virreinal, los novohispanos reverenciaron a numerosos personajes a quienes se les atribuían virtudes que, si por mera voluntad local hubiera sido, se les habría elevado a los altares en un santiamén: el reino necesitaba sus propias devociones, que acabarían formando parte de la identidad de estas tierras. Desde luego, como parte de esas devociones que iban surgiendo en tierra novohispana, estaba el culto a las reliquias. Si la Nueva España necesitaba sus propios santos, sus objetos personales, sus despojos mortales y hasta sus mortajas, se convertían en reliquias ambicionadas por los creyentes. Así ocurrieron sucesos insólitos unos, algo macabros otros, relacionados con numerosos personajes que para los novohispanos eran dignos de ser llamados “santos”. La mayor parte de ellos no llegaron a los altares católicos, pero eso no impidió que, en su momento, tuvieran algo así
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El culto a las reliquias, concretamente restos humanos de un santo o de una santa, u objetos que les hubiesen pertenecido, era cosa ya muy antigua en el siglo XVI, cuando poco a poco se iba consolidando la fe católica en la Nueva España. Al otro lado del mar, todas las naciones poseían abundancia de reliquias, que se atesoraban —y se atesoran— en los templos, dentro de deslumbrantes recipientes del tipo más variado, y en torno a ellas se elaboraban llamativos rituales. Algunos de ellos perviven hasta el presente. Dos botones de muestra: en tierras francesas, los monjes de Conques resguardaban desde el siglo IX el cuerpo de Santa Foy, una niña de 12 años. Los restos de la pequeña santa se conservan en una estatua de oro llena de piedras preciosas incrustadas, ofrendas de los peregrinos, pues la tradición cuenta que la santa niña adoraba las joyas. También se conserva y se rinde culto a la cabeza de San Yves, un abogado del siglo XIII elevado a los altares y convertido en santo patrono de Bretaña y de los juristas. Son famosas las reliquias relacionadas directamente con Jesucristo: las espinas de su corona, las astillas de la verdadera cruz. Desde luego, en torno al culto a las reliquias se generó un mercado de falsificaciones. Un lugar común respecto a las reliquias asegura que, con todas las astillas de la verdadera cruz de Jesucristo bien se podría reconstituir un bosque entero. Había más de media docena de cabezas de San Juan Bautista, y cada una contaba con sus adeptos y defensores. Toda la cristiandad ambicionaba reliquias porque eran y son consideradas fragmentos de santidad que pueden fomentar la devoción y el culto a los santos. Por eso, fue muy importante para los habitantes de la Nueva España la llegada, en 1578, de una curiosa colección de reliquias con qué enriquecer la vida religiosa del reino. Mucho trabajo costó traer aquellas piezas: de hecho, un cargamento anterior se había perdido en un naufragio en 1575, y después de repetir el proceso de solicitud de reliquias para la Nueva España, llegaron algunos clásicos, como una espina de la corona de Cristo y un fragmento de la verdadera cruz. Pero también se trajeron trozos de tela de los ropajes de la virgen María, de Santa Ana, de San José, y de to-
dos los apóstoles, y abundantes restos de santos de la más variada condición, desde doctores de la Iglesia hasta mártires y confesores. Gran fiesta hubo en las poblaciones por donde pasaron las reliquias, y mayor festejo sucedió en la ciudad de México al llegar. Sabemos, por la recuperación de aquellos sucesos que hizo el jesuita Francisco Javier Alegre, que las reliquias fueron objeto de misas, de emocionados sermones y abundantes procesiones. En su honor se levantaron arcos de flores y altares ricamente adornados, se convocó a concursos de poesía sacra y se escribieron obras de teatro. La Nueva España tenía, a través de esos despojos humanos y esos objetos sagrados, nuevos elementos para consolidar la fe cristiana, cincuenta y ocho años después de la caída de Tenochtitlan. Para albergar las reliquias, numerosas damas ricas aportaron de su bolsa lo necesario para la elaboración de diecinueve relicarios. Cuenta el jesuita alegre que las buenas señoras se pusieron a competir por ver cuál relicario resultaba más rico y enjoyado. Se armó un enorme y bullicioso ceremonial para depositar las reliquias en la Catedral. Fueron llevadas, primero, al colegio de San Pedro y San Pablo, -en lo que hoy es el Museo de las Constituciones- y en gran procesión se les trasladó a su espacio definitivo. Todo el reino parecía participar de aquella devota alegría: el virrey mandó llamar a los caciques indígenas, para que llevasen música y los emblemas de sus dominios. También llevaron las imágenes de los santos patronos de sus pueblos, y se aplicaron a limpiar las calles por donde pasaría la procesión, y las al-
fombraron con hierbas y flores: la Nueva España, en sus colores y sus aromas, daba la bienvenida a aquel conjunto de santos y santas que protegerían al reino y los confirmaría en la fe. Completaron el conjunto cinco arcos triunfales, ornamentados con pinturas devotas, que se colocaron en la ruta a la Catedral, y cada uno estaba dedicado a santos importantes en la devoción del reino: uno, era para San Hipólito, patrón de la ciudad de México; otro era para San Juan Bautista, otro para San Pedro y San Pablo, uno más para los santos Doctores de la Iglesia, y el quinto estaba dedicado a la sagrada Espina y la Cruz del Redentor. En lo que ya era una celebración con identidad propia, la procesión con las reliquias avanzó entre el sonido de flautas y chirimías; ya había una sonoridad propia, distinta a lo que hubiera sido una procesión similar en España. A medida que avanzaban, se soltaban parvadas de aves, se abrían frascos con aguas perfumadas, y la crónica de Alegre afirma que, entre la alfombra de hierbas se habían armado ingeniosos “juegos de agua”. Todo aquello ocurrió el primer día de noviembre de 1578, y así se instituyó la fiesta de Todos los Santos, cuando se abrían a la reverencia de los novohispanos las puertas de la capilla que resguardaba las reliquias. Pero, ¿alguna vez habría santos novohispanos? Los habitantes del reino lo deseaban con toda su alma y toda su fe, y, al paso de los años, aparecerían personajes con fama de virtud y devoción, con su correspondiente cauda de reliquias para la adoración colectiva (Continuará)