C RÓ N I CA, D O M I N G O 1 7 O C T U B R E 20 21
Nacional 9
H I STO R I A E N V I VO
Audacia y tecnología: Alberto Braniff levanta el vuelo Bertha Hernández
revolución que nadie imaginaba todavía; pero en esa primera semana de enero, el nombre de Braniff rebotó por todo el territorio nacional gracias a telégrafos y teléfonos. Sorpresa, asombro espolvoreado de fe en el futuro: si ya había un mexicano que pudiera volar, era cosa de tiempo para que el asunto se convirtiera en parte de la vida diaria.
Desde 1903, cuando los hermanos Orville y Wilbur Wright lograron levantar del suelo su máquina de navegación aérea, el mundo y los seres humanos no volvieron a ser los mismos. Una vez más, el sueño de volar por los aires alborotó al planeta entero, que, hasta cierto punto, estaba un poco aburrido de las ascensiones en globos aerostáticos. No dejaba de ser bonito, pero aquella historia ya se la sabían, más o menos, y con todo y sus peligros, todas las naciones de la tierra. Pero una “máquina voladora” era otra cosa: una maravilla, el aliento sin igual del progreso.
Del mismo modo que, desde fines del siglo XVIII hubo novohispanos entusiastas, empeñados en fabricar un buen globo aerostático con el cual remontarse por los aires y soñar por unos minutos en ser nuevos Ícaros, hijos del pensamiento ilustrado, a la vuelta de 120 años, había honestos ciudadanos aplicados en construir una máquina voladora. En todas partes de occidente había interesados y audaces embarcados en proyectos similares. Se sabe de diversos experimentos, de planos y proyectos para construir la famosa máquina para volar. El entusiasmo por aquella idea aumentó cuando en 1903 se supo de los exitosos experimentos de los hermanos Wright de Estados Unidos. Era posible: se podía volar en algún artefacto nacido de la imaginación humana. Un jalisciense, Ricardo Gárate, en los primeros años del siglo XX, llegó a producir los planos de un aeróstato, es decir, una máquina voladora. Se supo también de un joven estudiante poblano que produjo otro aparato, y que no tuvo buen fin. Para los entusiastas de la ciencia, la obsesión por las máquinas voladoras fue aumentando al paso de los años. Es cierto que el enorme triunfo de Alberto Santos Dumont, que en 1906 logró volar a unos tres metros de altura, por espacio de sesenta metros, volvió locos de contento a los interesados en el tema. Seguramente, quienes en la ciudad de México veían los famosos dirigibles de don Ernesto Pugibet, traídos al país en 1907 para una modernísima campaña publicitaria, esperaban que, el día menos pensado los fascinantes dirigibles, empleados para anunciar la abundante producción de cigarrillos de la empresa El Buen Tono, serían sustituidos por aparatos todavía más modernos, como el del señor Santos Dumont. En diversas partes del país, desde Guanajuato y Zacatecas hasta Tlalpan y Pachuca; aparecieron pioneros imaginativos y tenaces que experimentaron con máquinas complejas y con los diseños aerodinámicos que plantearon en sus planos y patentes. Tenían nombres insólitos y extravagantes: aeromultiplano, giromultiplano dirigible, aeromóvil, aeroplano o simplemente máquina voladora. Sus creadores eran mexicanos, franceses o suecos establecidos en estas tierras: la carrera por conquistar el aire era de resistencia. Más tarde que temprano se lograría. La pregunta era, a fines de 1909, quién y en qué momento lo lograría.
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EL SUEÑO DE VOLAR
os mexicanos llegaron a 1910 con expectativas fabulosas: muchos aguardaban las fiestas del Centenario de la Independencia, de las que ya se hablaba con emoción nueve meses antes de su realización. El país se encaminaba hacia la modernidad; lo decían todos los escritores que publicaban en los periódicos. Además, habría elecciones. Sería un año inolvidable, pensaron muchos. Y un gran año debería tener un gran comienzo. O, al menos, eso fue lo que pensó el muy acaudalado, joven y valeroso Alberto Braniff, quien eligió el frío enero de aquel año para convertirse en el primer aviador mexicano. Apenas se sacudían los habitantes de la ciudad de México la dulce modorra que sigue a las fiestas de fin de año, cuando se encontraron en las páginas de los periódicos un suceso llamativo e insólito, más emocionante que las películas de la empresa Pathé, más atractivo que don Porfirio inaugurando un espacio para “el tiro de pichón”, y más deslumbrante que la “fuerza y claridad” de los discos producidos por la Compañía Fonográfica Mexicana: un caballero del país había alcanzado la notoriedad internacional al elevarse por los aires en su máquina voladora. Alberto Braniff se convirtió, así, en el primer héroe del que se habló en el invierno de 1910. Después vendrían otros personajes para ganarse su paso a la historia, al calor de los enfrentamientos políticos y la
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El joven Alberto Braniff no pensaba en la guerra cuando compró su primer avión era lo que en 1910 se llamaba “sportsman”, curiosa combinación de millonario y aventurero que incursionaba en los más audaces proyectos.
EL AUDAZ BRANIFF
El siete de enero de 1910, la ciudad de México se alborotó, pues llegó nada menos que un avión, propiedad del muy rico señor Pugibet, y destinado a sustituir a uno de los dirigibles en la tarea de anunciar cigarrillos. Era, en verdad el último grito de la civilización y el progreso. El gozo se fue al pozo cuando el piloto Mauricio Raoul Ourea no pudo, por más esfuerzos que hizo, echar a andar el armatoste. El mal sabor de boca desapareció al día siguiente, cuando el millonario Alberto Braniff saltó a la fama, tripulando su avinó Voissin, comprado en Francia a fines de 1909, traído a México, desarmado, en barco, trasladado por ferrocarril de Veracruz a la capital, y depositado para su adecuado ensamblaje, en el primer hangar que hubo en México, en los terrenos de la Hacienda de Balbuena, propiedad de la familia Braniff. Mientras se armaba el avión, aquel primigenio hangar estuvo atiborrado de reporteros y de los curiosos que nunca faltan. El joven Alberto había dedicado buena parte de su 1909 en aprender a tripular el avión de la empresa Voissin. De hecho, el fabricante francés le había enseñado a volar en el aparato. Así empezó la aventura: los reporteros no lo creían, los capitalinos de a pie menos: no eran saltos afortunados, no. Verdaderamente Braniff había logrado volar.
Al día siguiente nadie hablaba de otra cosa. La experiencia volvió loco de contento al joven Alberto, que, sin dudarlo, encargó a Francia otro avión, un Farman MF7. No se lo imaginaba en ese momento el joven millonario, pero a la vuelta de pocos años, estaría metido en la primera escuadra aérea del ejército mexcano. EPÍLOGO
En realidad, la aviación mexicana se robusteció con rapidez. No habían pasado sino once años desde el vuelo sorprendente de Alberto Braniff, cuando uno de los generales revolucionarios que había llegado al poder con maña y fuerza, nada menos que el general Álvaro Obregón, presenció, en el desfile conmemorativo del centenario de la Consumación de la Independencia, el desfile de los aviones de la joven Fuerza Aérea Mexicana. En el colmo del delirio de modernidad, Amado Nervo vaticinó que los toscos y brutales automóviles no tendrían larga vida, porque todos se moverían en pequeños aviones. Soñó Nervo con deslumbrarse ante la belleza de jóvenes audaces, a bordo de aeroplanos rojos, verdes azules. Eso no ocurrió, pero los seres humanos seguimos soñando e inventando artilugios que nos permitan volar cada vez más ligeros y más seguros