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Nacional

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Complot en Coyoacán: así mataron a León Trotsky Una tarde de agosto de 1940 una extraña histeria invadió a la ciudad de México: patrullas policiacas y ambulancias se movían, a toda velocidad, hacia el sur. Pasando el pueblo de Xoco, al otro lado del río Churubusco, se acababa de cometer un asesinato que conmocionó a la clase política del país: el exiliado, el perseguido, el proscrito por la Unión Soviética, acababa de ser herido, y no viviría muchas horas más.

Historias Sangrientas Bertha Hernández historiaenvivomx@gmail.com

Llegó al país como proscrito, después de un complejo estira y afloja, en el que intentaba obtener garantías de que lo asesinarían apenas pusiera un pie en tierra mexicana. Por algún tiempo pensó que lo había logrado; pero nunca abandonó sus reacciones rápidas y recelosas, propias del que sabe que un día la muerte lo alcanzará en un movimiento tan rápido que nadie advertirá su presencia. Pero Lev Davidovich Bronstein, conocido en todo el mundo como León Trotsky, no tuvo tiempo de reflexionar en

la forma en que perdía aquella batalla: el piolet se clavó en su cráneo con una fuerza implacable, y aquel hombre empezó a flotar hacia la nada, mientras en el mundo de los vivos se desataba el caos. Porque el ataque que a Trotsky le costó la vida generó un escándalo de enormes proporciones, dentro y fuera de México, el país que después de muchas complicaciones y debates, había decidido acoger al que, en la Unión Soviétiva, era tenido por enemigo mortal. Llevaba Trotsky once años fuera de su patria. Antes de pisar tierra mexicana, había parado en Turquía, en Francia, en Noruega. La buena disposición del presidente Lázaro Cárdenas y la mediación de personajes como el general Francisco J. Múgica y el pintor Diego Rivera, le permitieron llegar a nuestro país en 1937. Pero

finalmente lo alcanzó la muerte. La dura persecución de que Trostsky era objeto se remontaba a 1924, año de la muerte de Vladimir Ilich Lenin. A pesar de estar distanciado, desde 1903, del gran líder de la revolución rusa de 1917, mientras Lenin vivió, las animadversiones entre los hombres fuertes del Partido Comunista soviético habían sido un tanto contenidas. Pero en cuanto José Stalin asumió el poder, todo cambió. Para 1925, Trotsky había sido despojado de todos sus cargos públicos; en 1927 se le expulsó del Partido Comunista y dos años más tarde de la Unión Soviética. Se convirtió en enemigo del régimen: estaba sentenciado a morir. Así empezó la errancia, la fuga eterna, el escape constante. Al cabo del tiempo, México pareció un sitio seguro. Como a la larga se demostraría, aquella era una false certeza. LOS AMIGOS MEXICANOS

Hasta la Comarca Lagunera, donde se encontraba el presidente Lázaro Cárdenas, llegó el pintor Diego Rivera. Iba con el propósito de arrancarle al mandatario un gesto diplomático, coherente con su talante de simpatizante de la izquierda mundial. No se fue Diego con las manos vacías: obtuvo de

Cárdenas la anuencia para que el célebre y polémico Trotsky, a la sazón exiliado en Noruega, se asilara en territorio mexicano. Se trataba de una cuestión urgente, según apuntó el comunicado que la Secretaría de Relaciones Exteriores dio a conocer el 7 de diciembre de 1936. Trostky, explicaba el mensaje, se hallaba en “grave peligro” y, en vista de que la mayor parte de las naciones europeas le habían negado la posibilidad de asilarse en ellas, acaso tendría que volver a su país, poniendo su vida en riesgo. Así se había planteado la situación desde el principio. Diego Rivera y algunos otros amigos suyos, favorables a la causa de Trotsky, se habían reunido primero con el general Francisco J. Múgica, secretario de Comunicaciones y Obras públicas, para pedirle su mediación y obtener el asilo. Fue Múgica quien los envió a la Comarca Lagunera, donde Cárdenas se hallaba supervisando el reparto agrario en la región. El gobierno de Lázaro Cárdenas sabía que su decisión crearía una intensa polémica. En vista de ello, emitió un mensaje para explicar por qué se había decidido asilar al político soviético, apoyándose en la tradición diplomática mexicana: “México, de conformidad con su política tradicional, reivindica una de las conquistas del Derecho de Gentes: la prerrogativa de asilo para los exiliados políticos”. Además, subrayaba, “El asilo no supone, por sí mismo, la afinidad de pensamientos, de propósitos o tendencias entre el país que lo concede y el sujeto que se beneficia”. Sin embargo, Trotsky debería formalizar con sus propios términos la solicitud de asilo que Diego Rivera había puesto en las manos del presidente Cárdenas, y comprometerse a no participar en la vida política mexicana. Además, la Secretaría de Gobernación señalaría a Trotsky las condiciones en las que podría entrar a territorio mexicano, y le señalaría en qué sitio establecer su residencia. La verdad es que hubo un poco de desconcierto entre quienes apoyaban la causa de Trotsky cuando, desde Oslo, el político


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16-04-2022 by La Crónica de Hoy - Issuu