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Nacional

C RÓ N I C A , S Á B A D O 9 A B R I L 2 0 2 2

En un pleito de cantina, se apagó la estrella de Guty Cárdenas Los porfirianos se preocuparon mucho por dejar claro que el alcohol era una de las fuentes de las calamidades que aquejaban a los mexicanos de a pie. Una mirada enturbiada por los tragos, bien podía ser el preámbulo de una tragedia. Un empujón, aderezado por unas cuantas copas, podía convertirse en una invitación para que la muerte se sentara a la mesa Treinta años después, los dramas seguían ocurriendo en los mismos lugares. De vez en cuando, se llevaban por delante a ídolos, a jóvenes prometedores que, en un segundo, se volvían carne de nota roja.

Historias Sangrientas Bertha Hernández historiaenvivomx@gmail.com

Se derrumbó con los ojos abiertos, lentamente, casi sin darse cuenta de que eran los últimos instantes de su existencia. Quedó tendido en el suelo del viejo y famoso Salón Bach, que tantas historias, emocionantes, unas, terribles otras, guardaba en sus gabinetes. Quedó tendido, los pies cruzados, la boca entreabierta y la mirada en el techo. Cuando llegaron los gendarmes, se dieron cuenta de que no era uno más de los dramas

de cantina a los que estaban acostumbrados a enfrentarse. Porque ese cadáver, esbelto, vestido con saco y corbata, bien peinado, de bigote fino, era el de Agusto, “Guty” Cárdenas Pinelo, cantor y compositor, regalo de las tierras yucatecas para todo México. Y, aunque las fotografías que se tomaron en aquel momento, que muestran al gran Guty en el suelo, mirando algo más allá de esta vida, no dan cuenta de su identidad, al día siguiente, la noticia llenó las primeras planas de los diarios, resonó en las estaciones de la joven radio mexicana, que tan bien había tratado al joven muerto. Porque Guty Cárdenas, en aquella mala noche del 5 de abril de 1932, apenas llegaba a los 26 años, y era una de esas ocasiones en que los lugares comunes que se le pegan al

lenguaje de las redacciones quedaban justo a la medida, porque aquel joven yucateco tenía toda una vida por delante. Era Cárdenas, en esa primavera, un hijo mimado de la fortuna: querido, aplaudido, celebrado. Se le escuchaba con emoción cuando se presentaba en la radio, fascinando a la audiencia de la XEW con su fina voz, que tenía pocos rivales en aquellos días. No faltaba quien comparaba la belleza de aquella voz con la de otro mexicano que ya tenía rato triunfando en Hollywood, José Mojica. A no dudarlo, Guty acabaría, igual que Mojica, consolidando su fama en tierra estadunidense, y muy pronto se le vería en películas, para entusiasmo de sus muchas admiradoras. Eso era lo que un viandante cualquiera pensó, al mediodía del 5 de abril de 1932, cuando lo vio entrar, en compañía de un hombre y una mujer, al Salón Bach, en el número 32 de Madero, una de las principales avenidas de la ciudad. Era Madero, hace noventa años, cuando la muerte arrebató a Guty, una calle con mucha, mucha historia: por ella habían avanzado los primeros diplomáticos japoneses, que llegaron en el temprano virreinato; por ella había cabalgado Agustín de Iturbide, soñando con la glo-

ria definitiva. Había dejado de ser la vieja Plateros, que se convertía en San Francisco, a causa de un arranque de Villa, que decidió, así, por de pronto, que esa avenida habría de convertirse en la muy revolucionaria Francisco I. Madero. A partir de aquella noche, de hace nueve décadas, se agregó una historia más, una historia oscura y violenta, absurda, como lo son todas las historias de pleitos de cantina. Porque eso fue lo que mató a Augusto Cárdenas Pinelo: un ridículo juego de vencidas. GUTY, UN TRIUNFADOR

Hacía años que la muy voluble ciudad de México de había rendido al talento y a la voz de Guty Cárdenas. Hijo de una familia yucateca acomodada, había llegado a la ciudad de México a estudiar nada menos que en el pueblo de Mixcoac, en el costoso colegio Williams. Aprendiendo los secretos de la contaduría y la administración, Guty volvería a su tierra, a hacerse cargo de los negocios de la familia. Pero si una gitana se le hubiera atravesado, una de esas tardes en que intentaba ver a su novia, habitante de la Quinta Yolanda en Mixcoac, le habría dicho que no estaba en su futuro ocuparse de haberes y deberes: lo suyo, lo suyo, estaba en las sonoridades que le arrancaba a su guitarra, y en el encanto que ejercía su voz. Traía la música en la sangre: allá en su hogar de Mérida, sus padres se deleitaban cantando, tocando el piano y la guitarra. Uno de sus tíos fue alumno aventajado del muy famoso Ricardo Palmerín, conocido en todo México por su “Peregrina”. De buena inteligencia, Guty cumplió con los deseos de su padre, y al terminar la escuela volvió a Mérida a ayudar en los negocios de la familia, pero su vocación ya estaba muy clara, y seguramente no fue novedad para los padres del joven verlo cómo se volcaba, en energías y talento, a componer y a cantar. En 1927 conoció en Mérida a un grupo de alegres y talentosos bohemios que provenían de la ciudad de México: Ignacio Fer-


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