C RÓ N I CA, LU N E S 7 F E B R E R O 2 0 2 2
Columnistas
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OPINIÓN
Contra la antipolítica Isidro H. Cisneros
Twitter: @isidrohcisneros
E
n el análisis político moderno aparece un concepto que intenta describir el fenómeno que afecta a las democracias realmente existentes, representado por el creciente desprecio social hacia la clase dirigente y sus partidos. Se trata del término “antipolítica” que caracteriza aquel estado de ánimo social que se manifiesta contrario a la democracia representativa, considerada culpable de haber permitido el ascenso al poder de una clase política inepta, demagógica y corrupta, además de profundamente endogámica. Se refiere al proceso de degeneración política caracterizado por la espectacularización y personalización del poder que ha vaciado de sentido a los tradicionales mecanismos de la representación. El prin-
cipal problema de México ahora es que la antipolítica alimenta al reformismo autoritario. No estamos asistiendo al triunfo de la despolitización sino a la victoria de la antipolítica que surge del abandono de la perspectiva de un “gran futuro” para nuestra sociedad, buscando sustituirla por una actitud de creciente desconfianza hacia el poder. La antipolítica no debe confundirse con la crítica ejercida por la parte más activa de la ciudadanía y la opinión pública. Tampoco con la despolitización típica de las democracias postideológicas. En este escenario se fortalece la idea de que las elecciones ya no proyectan un momento real de la participación política en el cual se confrontan visiones del mundo contrapuestas sino que representan, más bien, una banal selección técnica de los gobernantes. Esta erosión de la confianza social se traduce en formas de cinismo y desencanto. Si la izquierda y la derecha han dejado de tener el significado que poseían antes y ambas modalidades de la política se encuentran agotadas -cada una a su manera- se debe a que nuestra relación con las instituciones en cuánto individuos y colectividad ha variado. Ahora el ciudadano
Las utopías están en la génesis del pensamiento político moderno e identifican los sueños, deseos y esperanzas sobre un mundo mejor. es más fuerte en su relación con el Estado y más consciente de sus propios derechos, logrando desarrollar una cultura política antiautoritaria, antijerárquica y antiestatalista, al tiempo que ha venido a menos la idea de la política como elección entre modelos de sociedad opuestos a las viejas identidades de clase. Resulta evidente la emergencia de nuevos estratos sociales, valores culturales y modelos organizativos al interior de la sociedad civil. Las utopías están en la génesis del pensamiento político moderno e identifican los sueños, deseos y esperanzas sobre un mundo mejor. Sin embargo, es necesario dotar de contenido a las nuevas utopías que aparecen detrás de las modernas revoluciones ciudadanas y de los movimientos sociales del feminismo, el ecologismo, el pacifismo y de otros sujetos políticos en busca de reconocimiento identitario. Los novedosos ideales no
tienen nada que ver con las viejas utopías que han sustituido las veleidades revolucionarias con el sueño de una caída del capitalismo. Después del eclipse de los grandes sujetos históricos solo queda oponerse a la naturalización de la ley del más fuerte. No basta con razonar sobre el tipo de organización que podría ser portadora de la nueva utopía. Quizá ha llegado el momento de trascender el debate sobre la utilidad de los partidos políticos tradicionales para regresar a reflexionar sobre el “hacerse Estado” de los grupos subordinados y sobre sus capacidades para construir una hegemonía ciudadana si lo que se desea es manejar la transición a una sociedad postpopulista. Por ello, se requiere de un nuevo constitucionalismo que reconozca e institucionalice los reclamos materiales y espirituales de dignidad, igualdad, libertad, justicia, tolerancia y solidaridad. Resulta necesario mantener conjuntamente los viejos derechos sociales conquistados en el pasado con los nuevos derechos civiles reivindicados por los movimientos ciudadanos. Es un intento viable por dilatar la dimensión de los derechos en una coyuntura histórica que busca cancelarlos
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OPINIÓN
Dos años han pasado Gerardo Gamba*
gerardo.gambaa@incmnsz.mx
H
ace dos años en febrero recibíamos noticias sobre una nueva infección respiratoria grave surgida en China y muchos creían que sería algo similar a otras infecciones como el SARS, MERS o el Ébola que en realidad nunca llegaron a nuestro país, ya que, si bien son enfermedades muy graves, su transmisibilidad es baja y se pudo contener a tiempo. La historia con el COVID fue diferente. Se propagó por el mundo como chisme en el té canasta. A dos años de distancia el mundo es otro. La población ha sido testigo en tiempo real del poder de la selección natural. Si Darwin estuviera vivo, sería el científico más feliz del planeta. Tanto se burlaron de él los creacionistas y los con-
servadores. Según menciona en sus cartas, la teoría de la evolución le vino a la mente un 28 de septiembre de 1838 y tardó casi 20 años en publicarla, en parte, por el miedo que tenía de la reacción que tendría la sociedad victoriana de la época cuando mostrara evidencias de que no fuimos creados, sino que somos un accidente más de la naturaleza. Hoy, cuando ya teníamos claro que hacer para disminuir la probabilidad de contagio por el SARS-CoV-2 delta u otras variantes, con unas cuantas mutaciones estocásticas, surgió ómicron y se burló de todos. Es interesante en estos dos años ver dos extremos del que hacer humano. Por un lado, el científico. Cuando se sigue el método establecido de forma estricta. Cuando lo que importa es encontrar un mecanismo o una explicación a un fenómeno, aunque no sea la que queremos o la que fuera más popular. Cuando lo que se busca es resolver un problema. Me refiero a las vacunas anti-COVID. Diseñadas y estudiadas por diversidad de científicos en el mundo, con diferentes vectores, algunas con RNA, otras de DNA y otras de virus atenuados. Cientos de gentes involucradas en la implementación y
conducción de ensayos clínicos. En un metaanálisis publicado en la revista Plos One el 21 de enero (doi.org/10.1371/ journal.pone.0260733) se analizan todos los ensayos clínicos controlados realizados con diversas vacunas. Se identificaron 35 estudios que incluyeron en conjunto 219,864 participantes. Con algunas diferencias en los porcentajes, pero todas las vacunas resultaron útiles para prevenir el COVID sintomático y redujeron considerablemente la mortalidad por esta enfermedad. Por otro lado, el político/económico, que nos lleva a la imposibilidad de conocer con precisión lo ocurrido. Me refiero a la mortalidad por COVID. Un artículo publicado por The Economist (Tracking covid-19 excess deaths across countries) muestra la mortalidad oficial por COVID y el exceso de mortalidad en cada país, desde marzo de 2020 a diversas fechas que van desde septiembre de 2021 a enero de 2022. Es impresionante ver la diferencia. En forma global las muertes oficiales por COVID registradas en este reporte son 4,217,080, mientras que el exceso de mortalidad es de 6,983,100, para una diferencia de 2,766,020. Hay más de dos millones y medio de seres
La población ha sido testigo en tiempo real del poder de la selección natural. Si Darwin estuviera vivo, sería el científico más feliz del planeta humanos muertos en exceso y no fueron reconocidos como COVID. Las diferencias de un país a otro son interesantes. Algunos como la Gran Bretaña reporta 151,720 muertes por COVID y un exceso de muerte de 152,260, casi el mismo. Algo parecido sucede con Chile, Perú y Argentina. En otro extremo, Rusia reporta 302,650 muertes por COVID, pero el exceso de mortalidad es de 1,091,370. 3.6 veces más. México reporta 290,910 muertes por COVID, pero 609,190 muertes en exceso en el mismo período. Es decir, el doble. Las diferencias probablemente obedezcan a la intensidad con que en cada país se llevan a cabo pruebas para detectar el COVID Dr. Gerardo Gamba Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán e Instituto de Investigaciones Biomédicas, UNAM
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