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4 Columnistas

C RÓ N I CA, M A R T E S 14 D I C I E M B R E 2 02 1

E M P E D RA D O

Y ahora… todos socialdemócratas Francisco Báez Rodríguez

fabaez@gmail.com

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esulta que el PRI, en su reciente asamblea, decidió “darle una patada al neoliberalismo” que “les fue impuesto desde el poder” y se declaró “socialdemócrata”. Al mismo tiempo, su dirigente nacional, Alejandro Moreno, se autodestapó como precandidato a la Presidencia de la República. Pareciera parte de un guion bufo, pero así es la política mexicana. La decisión priista, retórica y electorera, parte de dos reconocimientos implícitos: uno, que el concepto de “neoliberalismo”, independientemente de lo que entienda cada quien, es rechazado por la gran mayoría de la población, y dos, que ha permeado la idea de que quien introdujo las políticas neoliberales fue precisamente el PRI. En otras palabras, asumen como correcto el discurso que ha lanzado durante años Andrés Manuel López Obrador. Eso significaría, si fuéramos serios, que el tricolor decidió echar por la borda al niño junto con la tina de agua sucia (ni modo de presumir logros de esa época que ya asumen como negativa) y va, supuestamente, por un cambio de piel total. Pero no hay seriedad. Ahora sucede que al pobre PRI el neoliberalismo “le fue impuesto” por un poder en el que ellos no tenían nada qué ver. En el que no llamaron a las bases a agitar la matraca y a depositar el voto por los “neoliberales”, en tiempos horribles en los que pobres dirigentes progresistas como Alito fueron nada más diputado federal (tres veces), senador y gobernador. Ese cambio a la piel socialdemócrata es un disfraz mal puesto. Los socialdemócratas que había en el partido (y sí los hubo) lo fueron dejando en oleadas sucesivas. Lo que está en el ADN del PRI es ser, para afuera, un oxímoron, una contradicción de términos (revolucionario e institucional, nada más para empezar), y, para adentro, un vehículo de intereses diversos que se adecuan de manera oportunista en la búsqueda de cotos de poder político y económico. No es casual que haya terminado por ser el ejemplo más acabado del capitalismo de cuates. Pero no yerran en su oportunismo al pensar en la socialdemocracia como disfraz. Es una ideología que está volvien-

do a cobrar fuerza en el mundo, y parece mejor preparada que el liberalismo tradicional para hacerle frente tanto a los populismos de tendencia autoritaria, como a los retos que presentan tanto el agotamiento del modelo de capitalismo a ultranza como los costos económicos y sociales de la pandemia. El regreso de los socialdemócratas como cabeza de gobierno en Alemania, su retorno al poder en Europa del norte y la aparición clara de una corriente de ese color en la política de Estados Unidos hablan de ello. Sólo con proyectos que pongan la cuestión social por delante, tomen en cuenta a los trabajadores y a la gente común y corriente, que apunten a reducir privilegios y desigualdades, podrá haber una salida tanto a la deriva populista como a las crisis económica y ecológica que vive la humanidad. Entonces la cuestión toral es, claro, el proyecto. No basta con sumar adjetivos, como lo hizo el PRI (“feministas, ambientalistas, enemigos de la discrimina-

Ese cambio a la piel socialdemócrata es un disfraz mal puesto. Los socialdemócratas que había en el partido (y sí los hubo) lo fueron dejando en oleadas sucesivas.

ción, progresistas, aliados de las causas populares”), sino de elaborar políticas públicas que lleven a cabo las ideas. De eso hay muy poco en el tricolor. Junto con ello, hay factores en la política que han cambiado, y México no es la excepción. Dos son los principales: uno es el descrédito generalizado de la clase política de los partidos tradicionales; el otro, la necesidad de que los ciudadanos sientan que son reconocidos y acompañados… que es precisamente de lo que carecieron en su relación con los partidos tradicionales. Es por eso que el disfraz pensado por los priistas sirve de poco. Son el partido tradicional por excelencia y no han sido capaces de rehacer algo que sí tuvieron, pero hace muchos años perdieron: una relación de cercanía con la gente. Lo que les queda es terminar como aliados menores en una coalición. No tienen de otra. El PRD, por su parte, anda en una crisis ideológica tal vez peor. Que si izquierda progresista, que si centro-izquierda, que si mejor no es de izquierda. Al final, se declara de izquierda socialdemócrata y se distancia de la “izquierda populista y autoritaria”, como si AMLO fuera de izquierda. Nueve, diez veces “izquierda” en un párrafo. El partido del sol azteca tiene la ventaja de que, junto con Movimiento Ciudadano, forma parte de la Alianza Progresista internacional, una organización de partidos laboristas y socialdemócratas que se alejó de la Internacional Socialista y las desventajas de que apenas recientemente renunció al bolivariano Foro de Sao Paulo (en el que lo tenían congelado), que cabe dentro de los partidos tradicionales y que su militancia y votación van a la baja. Movimiento Ciudadano se declaró socialdemócrata al menos desde 2016, aunque ha incorporado todo tipo de militantes (y de candidatos). En realidad, se trata de una coalición variopinta que apenas se está decantando en sus posiciones sobre temas varios por los valores socialdemócratas. Por su novedad, puede ser la reserva de la que se nutra otra generación de políticos, una que no sea vista como parte de la antigua clase. Esa, tal vez, sea su mayor ventaja. Pero ahora verá que todo mundo quiere ser socialdemócrata en un país en el que reniegan del neoliberalismo hasta sus primeros promotores, porque la vieja política no vende. (Y por todo eso no es casual, que apenas el PRI se autodefinió como socialdemócrata, su líder se haya lanzado, de manera mezquina, contra Luis Donaldo Colosio Riojas, de Movimiento Ciudadano: sucede que el joven alcalde de Monterrey tiene el ideario en el nombre) .

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