Reescritura de Valparaíso I - 1º Laboratorio de Escritura Territorial BAJ Valparaíso

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AÑO I

Cristóbal Gaete

Apoyo institucional

ree sc ri t u ra d e va l par a í so

Los autores de este libro fueron sometidos por meses a la tradición literaria local, en el primer Laboratorio de Escritura Territorial de Balmaceda Arte Joven Valparaíso. Nuestra ciudad se ha escrito de paso, de cerca, más abajo que arriba, con vínculos volátiles o significativos. Reescribir implica conocimiento y responsabilidad: nuestra ciudad no es un paisaje, la vida porteña está lejos de la plaza Aníbal Pinto. Acá aparecen para la palabra lugares que nunca las tuvieron y otros encuentran nuevas. Golpe a golpe de teclado, la tradición literaria resiste, resignificándose donde se hace el oficio, en la página.

R E ESC RITU RA DE VA LPA RA ÍSO Laboratorio de Escritura Territorial Valparaíso 2018 Balmaceda Arte Joven Valparaíso




REES CR ITU R A DE VALPARA ÍSO Laboratorio de Escritura Territorial Valparaíso 2018

Balmaceda Arte Joven Valparaíso

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REESCRITURA DE VALPARAÍSO LET 2018 - Balmaceda Arte Joven Valparaíso Edición: Cristóbal Gaete Corrección de estilo: Diego Armijo Aportes de lectura: Breno Donoso – Daniela Fuentes Diseño e impresión: Cristóbal Correa - Cerro Imagen de portada: “La Isla”, Raúl Goycoolea Equipo BAJ Dirección Ejecutiva: Loreto Bravo Dirección Regional: Federico Botto Programación: Daniela Fuentes Producción: Hernán Lira – Eduardo Palacios Comunicaciones: Tania López Administración: Nicole Villarroel Los derechos de los textos pertenecen a los autores. Primera edición: Noviembre 2018, Valparaíso. Registro de propiedad intelectual: A-297860 Distribución gratuita


REES C R ITU R A D E VALPAR A ÍSO Laboratorio de Escritura Territorial Valparaíso 2018

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Este año, como equipo regional de Balmaceda Arte Joven, nos embarcamos en el desafío de construir un espacio para estrechar vínculos entre la vasta producción literaria de la ciudad de los últimos siglos con la prolífera producción contemporánea, permitiendo establecer un derrotero que pusiera a Valparaíso en el eje central de la reflexión, el debate y la creación. El Laboratorio de Escritura Territorial (let) fue eso; una invitación al desarrollo de un Valparaíso actual como territorio de la literatura, un lugar donde poner en común una diversidad de estilos, miradas y deseos de un grupo de jóvenes, quienes guiados por un coordinador permanente y visitas casuales, pudieron debatir y reflexionar sobre aquel Valparaíso narrado, el que no fue y el que será. En sus manos tienen el resultado de múltiples miradas que buscaron re-leer a Valparaíso, re-significar la literatura desde el territorio e intentar, de forma humilde, actualizar nuestra ciudad como un lugar fértil para la escritura. A temáticas recurrentes como los incendios, las tomas, el turismo y la bohemia, se sumaron otras preocupaciones vinculadas a los nuevos escenarios que configuran la migración, la edificación en altura, la gentrificación y


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los movimientos sociales vinculados al feminismo y la identidad de género. Una contemporaneidad narrada por nuevos escritores y escritoras. Como Balmaceda Arte Joven Valparaíso no podemos ser ajenos a estos cambios. Nuestro rol como agentes sociales de la ciudad nos obliga a mirarlos y responder, no desde una mirada institucional, sino potenciando espacios donde sus habitantes, y en particular los jóvenes, sean quienes desde las más diversas disciplinas artísticas –la literatura, en este caso– puedan abordar nuestras nuevas formas de habitar la ciudad. Creemos firmemente que esta publicación que tienen en sus manos no será la última, y tenemos la convicción de que vamos por buen camino al hacer lo que hacemos. Poner en valor el resultado de este taller significó un gran trabajo por parte del equipo y, en especial, del coordinador del laboratorio, quien junto a cada uno/a de los jóvenes escritores que publican en este compilado, tienen toda nuestra gratitud por lo que hicieron. #NoSomosTanRaros, la bajada de nuestra línea curatorial 2018, es una invitación a mirar más allá, de no catalogar ni etiquetar, de no discriminar y no de separar, sino de incluir e integrar. Este trabajo es una invitación a construir una mejor sociedad. Federico Botto Director regional Balmaceda Arte Joven Valparaíso



ABAJO


10 PUERTÓXICOS

Breno Donoso


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ese día / el abismo tuvo forma fractal el colirio no aguantó: sangre en el ojo bien abajo, los Puertóxicos comenzaron con sus rituales: Crypy & Pilsen a puro ponerle de paquete y de buzo: ceñido y ® concha mórbida mordida por el perreo 1 que otro, medio torcido 1 que otro, algo esconde — ando puro haciendo trámites, a pura representación a veces los muros no desvían el crujir del catre: la cama como una embarcación donde 2 amantes se devoran x la riqueza del * esa tarde / no tenía nah que hacer con los cabros, tuve sed con 1 de los cabros tuve sexo bien abajo, tuve miedo y frío escozor x la arena: — voh morí piola maricón,


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los puertóxicos nada tienen que saber amarilla / la córnea rojo / el odio del colirio más abajo — nadie dijo nada — no te hagai el hueón, te vieron a ti y al Lucho, dándole metal amoroso x el hoyo — te vamos a sacar la chucha pequeño se hace el paquete paranoico el corazón — sal de aquí, flaite maricón, de cuando se ha visto / ficha alfa bachatero / y pescándose entre fibras fileteándose la blancura de la pálida: luna plateada en arenas translúcidas ambiguas son las pieles del pescado-fileteado — fleto culiao, a mí ni me tocai y a otros hueones andai sacándole caca otro rito inicia borrar_existencia puede ser un desastre dantesco y bachatero


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la existencia es un desastre pero el relamido crepúsculo rinde sus frutos melancólicos hasta en el corazón más mísero y anónimo — ¿y qué vamo hacer con el rito? — no sé: esta hueona me echó con lo puesto — yo pensé que hablaríamos de fútbol/ [®ito = buzo / paquete / partidos] — me queda la 5a parte de un mono se lo queman / lento y transfugueado Seso & Sexo fundiéndose y el rito / les rinde el nocturno y los puertóxicos, gozo y balbuceo desde su arenga del escozor — estamos piola, cualquier hueá peliamos [el paragua cualitativo autoriza la ficha como observador participante: entro y salgo, consigo miradas de deseo de informantes claves] otro ® inicia — puta mamá, qué iba a saer yo que al lindo se le daba vuelta el paraguas — mira cabra, voh te dejaste estar


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— estoy caliente con la volá: siento ganas de sacarle la cucha a ese maricón que le anda poniendo el poto / pero también siento ganas de pillarlos justito y sacarles a loh dos la chucha acompañá de mi hermano — voh no vai a llevar a tu hermana a esas peleas, te dije ya — pero si es el único que puede vengarse, tengo puras ganas de pillarlos, y ya vai a ver — mira cabra hueona / mejor anda al cementerio de Playa Ancha / dejai una volá con sangre / semen / caca / pichí en la tumba de la bruja Julia / y pedí que el otro weon se llegue a cagar/ que se le devuelva el mal que te ha hecho sube micro / calzas leopardo, bolsa en mano, la bandera flamea, parrillero tantea panorama, pito alzo, la pota bien apretada, la venus bien ceñida, asiento grafiteado, el reino de mariscos, caleta El Membrillo, fibonacci hacia la Shupla,

Playa Caleta Portales No apta para el baño


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Ahí, ahí, detrás de esas piedras, de esas tablas, yo me siento primero, piola, y después tú te sentai, piante, encima, pero antes bájate el buzo, eso, así, que no nos vayan a cachar de allá arriba, succiona, compacta saliva, que debe andar gente paseando. Quema y vibra. Cual religión. Quema y vibra la pulsión anal, vibra y libera semen caduco. Irriga de pies a sien: gime inconsciente, los turistas escuchan, miran pa abajo, abajo dos jóvenes se derriten, y la playa entera se asoma a verlos. Quema, erecta, encarcela la vibración del no-líquido, el ojo rojo, la luz blanca y ciega de la luna, ilumina sus pieles, de pescado-fleteado. se baja / zarpa un mote con huesillos, se fuma la cola: la media volá. — ya me está dando miedo hacerlo siempre aquí, siento que todos nos miran — pero si son las 4 de la mañana, no anda nadie — es que mientras lo hacíamos, empecé a pensar hueás: creí ver a mucha gente, de esos santiaguinos con palitos de selfie, sacándonos fotos, haciéndonos barra / pero odiándonos, a la misma vez — ya oh, yo me voy, se hace tarde, y no me gusta molestar a mi viejo, viste que ni cagando puedo subir donde la Tia®e. — buenas noches (le da un beso en la boca)


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— no, no seai hueco, si esto es puro culeo, viste que la otra hueona no lo suelta y a mí me gusta apretado quemante-vibrante-esponja-que-se-hincha-x-el-calorsemen-ciego-que-secreta-el-entrar-y-salir-de-la-esponjade-mar

Añejo, añado semen, huele a ceviche de albacora, la Reina del Sur por otro extremo del muro: las madres / reinas del sur / deshechas x sus hijos-vestigios /de algún reinado lacrimoso a chuchá limpia te vas / de la casa en nocturnos te lloré el lampazo



18 CACERÍAS

Diego Armijo


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Paños en las baldosas acanaladas, grises, sucias, de calle Uruguay en el cajón formado entre Colón e Independencia. Sobre cabezas canosas, la morenidad escondida en camisas con manchas de ketchup desde la construcción del resto de las prendas por medio de regalos de pena y compras suertudas en alguna calle lateral a la principal Argentina; armatoste de fierros a todo sol a la manera de una pérgola sin flores. Tira esos pedazos de papel con tinta y pegamento, como limones bien blandos, a la sábana de líneas púrpuras y anaranjadas que hace delimitación de su puesto de feria. Vende sin ofrecer ni trata de acercarse al convencimiento de quienes pasan cobardes rápido para no demostrar latidos de cazador. Son ellos los clientes, que tratan a este hombre de manos polvorientas como el hijo tonto de un don señor educado rodeado de esos objetos de la acumulación de palabras. Quien los tira al piso para salvar el día o ver aquella habitación –piensan– que alguna vez de techo a suelo lleno de esos, y ahora cada vez más libre para el correr de ratones. Al decidir detenerse: mirar las manchas de humedad, las esquinas faltantes, los dibujos en torno a la imaginación de un país fantasma, la pérdida del tinte transformando en otra cosa esas cosas. Que cuánto ése, y puedo ver, y en cuánto me lo deja, ya, bien, tenga, gracias. Persecuciones lentas, sin perspectiva de presas, solo a la mirada cercana se entiende la necesidad. Al encontrar, y más aún si es en los pies de este señor bien pavo que no sabe valores, se le llena la alegría al cazador mientras se le vacía de billetes –no


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tantos– el pantalón. Debe ser rápido, pues sabe, los ha visto en el horizonte por calle Pedro Montt, rondando otros páramos. Aquello le dice existencia. Aquello lo mueve. Obligado a mirar mirar, a pensar muy bien, contar adivinando lo que lleva encima y de cuánto se puede desprender, van pasando los nombres impresos. Se le prende el salvajismo cuando nota en otro paño, menos agraciado y con muchos espacios vacíos, a ese devorador de camisa floreada. Entiende altiro. Lo ha visto de mañana muy temprano en los territorios de su propia feria, la Caupolicán de Gómez Carreño, desdeñando trapos cortos con obligados escolares fotocopia. Sabe que él sabe y si quiere mantenerse en competencia, ya que está, debe seguirlo y aprontarse en cuanto vea ese gesto tan mínimo cuando pasa y sopesa el comprar o no, ese levantamiento de dedos del bolsillo que pospone transacción en relación a lo que más allá podría haber. Lo sigue hasta los puestos de madera a la altura de rodilla en la frontera con Victoria. Pero se le pierde, y ya en el trozo que queda de la plaza O'Higgins, en los locales de techo plástico color wanderino, vuelve a ver las siluetas que ya han tomado cuerpo. En sus manos llevan bolsas del Santa Isabel al borde del desgaste, llenas de los extintos. Ya lo adivinada estando al fondo de la calle frente al paño del señor pavo, que esos estaban a la siga de lo que no sabían que encontrarían. Se desamina. Pega el sol varias cachetadas de frío. Apoyado en la reja peatonal mira calcetines colgando, escucha la masa mix de radios cruzadas, huele el aceite negruzco palideciendo sopaipillas, saborea su propio rancio aroma.


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Se le entrometen páginas pasadas a la rápida. Se le pierden como poema de tomate en alcantarillas, persistente en el crecer, en la ciudad de dientes chuecos. Por entre los espacios pasan trozos de párrafos sueltos revoloteando el cerebro remojado: ...en una caja de tomates todos orillados, con magulladuras y cortes, se hacen ilusiones de irse volando... ...cortinaje en borde, manchas amarillentas distribuidas en fondo telón de ropas a lo flores y escupos... ...fotocopias de fotocopias de esos que aparecen en todo paño. ¿No deberían rescatar y distribuir lo olvidado? La seguridad monetaria del anarco... ...montañita de papeles como carne de súper, a todo sol y meado de perro, se ve por la reja al patio de esa casa que parece escupirlos... Compra uno de caja de plátano en suelo, uno con cicatriz y tatuaje nominal/posesivo. Un algo para la ingesta de ganas, para que todo el camino no sea en vano; y levantarse e ingre-


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sar a esa selva móvil al encuentro entre árboles cruzados de alambres, colgadores y piedras de soporte. En alguna de las calles de aquella jibia muerta, aplastada y bien mascada, que conforma el mapa territorial de la venta callejera, sabe encontrará. Este domingo sí. Caminando detrás de la espalda de cerros despoblados de la señora con un carro que desde su trasparencia evidencia escasez, le impacienta la abundancia de los numerados. Ya tiene los que encuentra. Viene en calidad de fideo mojado, con caña por la noche de múltiples locaciones y ya no sabe para qué permanecer. Es muy fácil el conteo de monedas, la elección de paradero en Yungay, el levantamiento del brazo frente a la 213, el tragarse todo hálito de licoreado cuerpo interno para pagar escolar y tirarse en un asiento al fondo bien atrás. Pero no. Escopeta al hombro, sombrero ladeado –agujerado también, evidencia de otras cacerías–, un vestir de personaje de película de época sin época; se para, pues estaba en un borde mirando el caminar ligero, y emprende, ahora con toda fiereza, su destino manifiesto. En medio de su misión personal se encuentra con otros, saludados a lo amigo, siempre cargado de malos deseos. Uno de esos, el de camisa floreada, el que tiene puesto medio en la avenida feria, se le acerca todo hermano y le comenta sus encuentros. La acumulación de suertes le va entristeciendo, ya todo espíritu aventurero se convierte en mero vitrineo. El de camisa floreada lo invita, entonces, a tomar chela; caminan por el borde de las planchas que ocultan el trabajo


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en la plaza, y se siente desaparecer entre los rayados. Compran y vuelven a Uruguay, se van al fondo, al entrecruce de calles chicas cerca de la parroquia. Abren latas. Abre la mochila: salen desde la boca oscura y deshilachada, una a una, las presas, listas para colocarlas en la pared, pues no se imagina lectura de sus interiores, sino el poseer. El cazador devenido en turista fotógrafo las sostiene en sus manos e intenta hacerse con alguna, pero le es imposible desde la delicada defensa de la propiedad privada que ejerce el de la camisa de flora textil, quien entre sorbo, orgullo, sonrisa y vamos pasando hace del movimiento una constante. Nada permanece mucho tiempo entre las manos del cazador. Pregunta eso sí, en cuanto le deja ése y el de la camisa en flor, comerciante ante todo, le dice tanto tanto, y el cazador pregunta, en la buena onda, que en cuánto lo encontró, en eso poco, dice. Cazador, ya solo un alguien consumiendo, dice ya, y saca billetes y los pasa. Se silencia entonces con un sorbo tibio. Al despedirse ve su introducción en pasaje anónimo, su mochila repleta de viejos cadáveres exhumados. Vuelve a recorrer los mismos lugares, ya un poco perseguido de miradas de sospecha. Si compro ahora, piensa, todos me cobraran mucho. Se va de Uruguay y llega a Argentina, recorre sin mirar, no tiene más por gastar. Llega a Yungay, toma la micro. Ha oscurecido a los ojos del cazador, en su mochila respiran apretados esos.


24 BARRIO

Rolando Silva

PUERTO


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Tengo hambre de cuerdas De madera, de metal Camino por fonolas Al borde del precipicio Mangueo sin rumbo fijo En lupanares sin luz tenue Tuve el corazĂłn roto Y lo sanĂŠ con letras sangrientas Veo casas adornadas con pobreza Cuelga Ropa tendida en el purgatorio Se devuelven Las palomas Que bailan cueca como homenaje Preciso mi arma para disparar Letras ajenas, sin alma Por un plato de comida La sangre aferrada a lo mundano El alma se apresta a lo indecente Patio de la Sotomayor


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Bodega de los castillos Llanto olvidado de las cenizas Que convierten en diamantes Olvidando los huesos asfixiados 6 x 8 en el Liberty Panderos torpes Voces gastadas Canto verdadero Sí, me muevo Si no, no como Una mano amiga Despierta y me tira pan Caen lágrimas a diario En las mesas de vidrio La Pará Kultural le llaman Yo le llamo paraíso Fotos y más fotos Pobreza camuflada con autenticidad Humanoides rojos


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De pelo inmaculado De vocablo inentendible Fotos por aquí A los muros rayados Fotos por acá A los moribundos Miradas al tarro de la basura Mientras al hombro Mi vida, mi armadura Ronronea, habla despacio Juega con la alcancía itinerante Se esconde, tiene vergüenza Canta con desparpajo Aunque no hayan chauchas ni escenarios Queda el canto, queda el canto Cuervos pestilentes Se creen dueños del mundo Ave rapiña de las monedas Llegai a correr


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Y no sabes cantar ¡No sabes cantar! Llueve, hace frío Tengo hambre, dormí mal Ayer escaseó el jabón Así que el agua bien caliente Vamos a cantar mejor Que la mala suerte arranca Cuando escucha música Dame un beso compañera de mis noches Regálame tu regazo En tu calor se me olvida hasta mi nombre Ya que escribo Una cuequita para los ángeles Para el camino Para la vida Mil canciones para ti Ojos durmientes Ya que canto


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Una promesa hecha bolero De aquello que quiero ser Pero no he cumplido MĂ­rate al espejo Ya no eres el mismo Ahora hay vida en tu mirada Te hizo bien el mal dormir Bailar con la fea, rasgar tu voz Deja que hable la guitarra Aquellas calles, la gente Los adoquines sucios La pobreza te persigue Dejemos que la duda se vaya Y que la frustraciĂłn se muera Tu cabeza cambia La frivolidad muere Muere ahora Nace otra vez


30 ESTAC I Ó N

VA L PA R A Í S O, D EST I N O : PAT R I MO N I O DE LA MISERIA Paula Jirkal Briones


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Está sentado con los ojos cerrados, parecía dormir, pero el sonido del corcho es un pito muy fuerte que avisa la llegada del tren. Los rieles de esta ciudad hace muchos años que comenzaron a zigzaguear en direcciones contrarias. Lo conocí cuando tomaba vino en una pileta que no tiene ni agua, solo los deseos miserables que contienen los diez pesos que nadie quiso arrojar a esa alfaguara cuma ni dárselas al Samuel, yo tampoco se los hubiera dado. Él no se acercó para pedirme plata, se acercó para encontrar un cobijo deslenguado a esas horas de la noche. No quería acompañarlo en esa travesía y él lo notó, pero como ha sobrevivido quizás a quién sabe qué, encontró las palabras indicadas para hacer que la niñita abc one le siguiera los pensamientos por una eternidad, que para mí sería solo un momento destilado en un par de letras: oiga, que tiene lindo los ojos, se le ve de adentro que sufre harto. Como creo que el dolor universal es mío, asentí, pero ¿quién en esta ciudad no ha sentido que se vuelve barro en temporal de cemento? Siguió buscándome la palabra: tú tenís un tío que vivió muy lejos, lo querís mucho. No tenía cómo saber que Daniel vivió en el exilio… lo logró, escuché. El Samuel no tuvo niñez porque lo violó el hermano de su mamá; eso no es todo, su vida ha sido muy fregada: se metió en la pasta, salió maricón y puto, ebrio, completamente ebrio, se meó entero intentando sacar su pirulín piojento de sus pantalones recogidos en el Ejército de Salvación, con eso la conversación terminó, porque las diferencias de clase no se pueden borrar cuándo hay olor a putrefacción anal de por medio.


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Le cuento a mi prima lo que pasó ese día en la pileta, ella es trabajadora social de un centro para personas en situación de calle, pero mientras hablamos pasa otro hombre, uno como el Samuel, le pide una moneda, pero cuando la mira se da cuenta que la conoce: — Carlita, perdóneme, usted es una princesa, puta me pilló, yo la respeto mucho, no vaya a creer que por esto no la respeto, perdóneme, Carlita. — No hay nada que perdonar, vaya a la hospedería que todavía está a buena hora. Cuando se va, me cuenta de su paso como trabajadora en una residencial para hombres con consumo severo. Ahí conoció a Aristóteles España, dirigente estudiantil en Punta Arenas en los años 70, tras el Golpe los milicos lo llevaron a Isla Dawson: era de las personas más jóvenes que torturaron, tenía 17 años, se convierte en poeta. Cuando Aristóteles tenía que ingresar al programa dice que la llamó Sergio Bitar, que en ese momento era ministro de Gobierno, ex ministro de Allende y compañero de encierro en Dawson; en esa llamada le muestra su preocupación y le exige que por favor lo ingrese pronto, España estaba en lista de espera. Una vez dentro, solían visitarlo poetas como César Hidalgo y Karen Devia, e incluso el día que estrenaron Nos Rodean, fue todo un acontecimiento porque llevaron a España con todos los curaitos del programa a verla. Pero Aristóteles se vino a Plaza Echaurren a morir, ahí se reúnen los abandonados, los invisibles, los que no tienen lugar y que hacen de su lugar la calle, porque es lugar


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de todos y de nadie, o es de nadie y por eso es de todos. Pasajeros que no alcanzaron a tomar el tren por llegar tarde, se quedaron varados en la estación e hicieron de ella su destino último, porque con un ticket ya caducado no se puede volver a donde nunca partieron. Valparaíso les hizo de última estación, pero al estilo de esas que están en reparación por peligro de derrumbe o que quedaron eternamente sin terminar porque cambiaron el recorrido. Este puerto no es el mismo de la caricatura comercial que exportaron al mundo los gringos, ni la ciudad anarcopunk que inventaron los universitarios, menos la ciudad folclórica y bohemia que creen habitar los I love Valpo. Para hablar de Valparaíso no hace falta ahondar en esa rancia ciudad sin ley con una moral retorcida, porque es mentira que existe va-al-paraíso. Quienes lo conocemos, sabemos que la importancia no radica en cómo se llame o cómo se le nombre, sino que habita donde mismo estaba el Chivato y de ahí se emana su principal aroma a humedad oscura, porque Valparaíso nos ennegreció las raíces, pero mis miserables derrotas de pendeja miss 17 no existen como las del Samuel, de Aristóteles y tantos otros que son símbolo e hijos ilustres de este patrimonio de la miseria que lleva en sus entrañas la muerte que lo despertó con incendios, terremotos, derrumbes y aluviones. No hablo de esas catástrofes naturales, hablo del derrumbamiento que se dirige contra el interior, porque Valparaíso es tormenta, estabilidad caótica o equilibrio precario, las escaleras no suben, bajan, bajan hasta lo más sórdido, profundo, dejándonos a medio andar en ese hueco de peldaños que hace de descanso entre lo que está arriba y abajo.


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Es por eso que el verdadero patrimonio son personas como Samuel, como Aristóteles y todos los que llegaron al antiparaíso para performar el imaginario bohemio y decadente que hoy ronda esta ciudad de calamina, porque a la manera de un cementerio de trenes abandonados, sus partes se caen a pedazos al igual que la maestranza de Barón. Tal vez Valparaíso es solo un paisaje contenido en esos viejos trenes que lloran óxido y esparcen el tétano esperando que el Estado se haga cargo de su deterioro inminente mientras en sus vagones se almacenan ausencias, adioses, caras con el pavor de desaparecer, caras desaparecidas y el tiempo, que para Valparaíso por pasado siempre fue mejor, mientras que para nosotros, sus pasajeros, el tiempo pasado solo se esconde bajo una manta que por su suciedad permite mirar emociones que amenazan con convertirlo todo en olvido. El puerto tomó a Aristóteles sin distinguir capitales culturales, sociales ni políticas, porque la calle tiene cara de hereje y lo único que vio en él y los demás es que comparten una misma característica: algo dentro los abandonó. Tal vez por eso Aristóteles tenía miedo, sentía esa sensación crecer, esa misma que lo llamaba todos los días, pero no por teléfono ni celular, sino que lo tomaba directamente desde el cuerpo hasta el pensamiento. Lo perdió todo, todo lo que más quería, olvidó poetas, palabras, rostros, pero nunca olvidó Dawson, isla porfiada que martilló en su cabeza una muerte en cobro por pagar en el tren más lento del mundo, Valparaíso.



36 BOLSAS

MatĂ­as Salinas


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Terminaron de presentarse y entró la Vale a avisarles que la universidad estaba cerrada. A unos funcionarios les llegó el rumor de que desde la Asamblea de Mujeres pensaban tomarse la facultad. Se sintió cierta incomodidad en la primera reunión en cinco años de las diversidades y disidencias de la Católica de Valparaíso. Si andan sapiando las fachas gremialistas que se cuelan en el espacio sororo de las mujeres, incluso podrían haber infiltrados dentro de este “espacio seguro”. Pensar que tiempo atrás era ilegal que nos juntáramos, cualquiera nos podría haber estado esperando afuera para pegarnos, dijo una cabra apoyando el codo en la paleta de la silla y la cara en su puño. Hablaron de sus relaciones con los distintos feminismos, de una sociedad gay en Irlanda, de los nulos acercamientos a este tipo de instancias, de casarse o no, de si seguir pensando de manera binaria, de la violación, de crear una red de apoyo, de romper estereotipos, del suicidio de S.A.M.U el 2011, estudiante de Ingeniería Comercial que sufría de bullying por su orientación sexual. Cuando llegó la hora, como a las siete de la tarde, salieron todas las desviadas por la pequeña puerta de las rejas principales del Gimpert, vigiladas por los guardias, a fumarse las fuerzas escuchando pop en un parlante inalámbrico afuera de la Federación de Estudiantes. La Comisión Cogollo ejecutó un plan organizado: unos molían, otres armaban y las demás no sabían qué chucha hacer, entonces conversaron de las energías de las piedras, específicamente de las propiedades curativas del cristal de cuarzo transparente.


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Se pusieron en la esquina, dando a Errázuriz. Los cuatro pitos corrieron en el círculo, siempre a la izquierda niña, dijo Fabián, donde ninguna, ni las que no fumaron, se sintió excluida. Como piojo Matías se pegó sentado en la vereda mirando la ruma de bolsas de basura que estaban en el triángulo de asfalto en medio de esa calle ancha. Era como ellas, bolsas de basura regias, de colores rojo, azul, negro, morado, que brillaban con las luces de los autos. No sabía si les otres se quisieran comparar con esas bolsas llenas de latas de cerveza, boletos de micro, confores cagados, paquetes de arroz vacíos. Sí. Matías se sintió incluido en ese grupo de colas diversas, pero sabía que le faltaba ambiente. ¿Por qué no nació lo suficientemente gay o hetero como para calzar en alguna identidad cultural delimitable? Bueno, ni siquiera sabe bien qué es identidad. Puros maricones feos, pensó al darse vuelta a ver a sus nuevis compañeres. El más feo debe ser el infiltrado. Se rió por lo volado que estaba y al rato se arrepintió de pensar eso. Ya po, quiénes vamo a carretiar, pa conocernos más. Al llamado de Fabián respondieron la Vale, le Matías, el Roberto y el Peluca, se habían sentado cerca en el óvalo que armaron para la reunión. Mientras se despedían de les otres el Peluca sintió la angustia de las mujeres que habían llegado a la Federación, quienes a través de sus conversaciones confirmaban la moción de toma, por la cual votaron que no, por eso estaban ahí, pero que apoyaban nerviosas desde la vereda de al frente. Sergio, Marica Golden y Secretario de Comunicaciones, demostraba cierta aflicción por no poder


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ser parte de la toma; es solo de mujeres. Pa qué decir las mujeres trans, tampoco estaban encapuchándose. Les cinco dejaron atrás los malestares subjetivos del resto y caminaron hacia la Avenida Brasil. Cruzaron corriendo en medio de la calle, a la altura del Mercado Cardonal, mientras algunas micros y autos les separaron por segundos. Ahí están, dijo el Roberto. Al costado del edificio Rubén Castro, por Rawson, un grupo de mujeres vestidas casi completas de negro y con pasamontañas o encapuchadas con poleras, se preparaba para actuar. Sentémonos acá para no levantar sospechas, Matías. Desde una jardinera mugrienta se quedaron simulando que nada pasaba, con el celular en la mano, conversando o pateando las semillas de palmera que les caían a los pies. Mejor vámonos, dijo la Vale. Les cinco emprendieron rumbo al mambo, pero justo en la esquina una joven con los labios pintados de ciruela y un pañuelo violeta envolviéndole la cabeza, afirmó secamente: quédense piola cabros. Se miraron y caminaron un poco más rápido. La media volá, soltó Roberto. El Peluca y Roberto iban tomados de la mano, a solo casi tres semanas de empezar su relación. De la tierra pisada en el bandejón central cruzaron al asfalto en la intersección con Avenida Francia, justo en la esquina donde cantan los chincoles arriba de los árboles. Pero como era de noche estaban callados. Fabián corrió con el semáforo en rojo, como si hubiera estado usando tacos después de una fiesta camino a Chacabuco.


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— ¡Ustedes, los que se están besando! —gritó un viejo piltrajiento, desde la otra esquina con un arma hechiza en la mano. ¡Maricones culiaos! — ¡Cállate, viejo inculiable! —respondió la Vale, y tiró un escupo simbólico que no alcanzó a cruzar la calle. Les cinco corrieron un par de cuadras. Roberto se persignó cuando pasaron al lado de la catedral, a Matías le pareció sospechoso. A la altura de la Mutual de Seguros, al frente de la Plaza Victoria, se sacaron dos selfis. La Vale leyó los wasap de la Asamblea de Mujeres. La Toma había sido efectiva, estaban dentro. Mandaron una foto con las sillas ancladas a la reja. Llegaron a Macaluca después de fumarse una cola en la Plazuela Ecuador. Abrieron el segundo piso solo para elles, desenganchando la cadena al principio de la escala. Instalades en los sillones de cuerina alrededor de una mesa baja pidieron dos jarras de vino con fruta: plátano frutilla y frutilla durazno. Les trajeron unos vasos chicos de vidrio con hendiduras verticales recién sacados del refrigerador, estaban heladitos y empañados. Se sirvieron el vino y se preguntaron los signos. Roberto es Géminis ascendente en Piscis, Peluca Cáncer ascendente en Cáncer; Fabián, Acuario; Vale, Sagitario; y Matías, Leo. Peluca: No pareces Leo. Matías: Trabajando el ego no más. No quiero ser como mi papá, enfermo de poder el hueón, presidente de los apoderados del curso, del centro de padres, pura mierda para figurar y hablar de la familia y es lo que tiene más descuidao.


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Peluca: Me da la impresión de que eres bien versátil. Matías: ¿Sí? ¿Cómo es eso? Peluca: No sé, decía no más. El Peluca le contó a Matías su primera curadera a los 18 años. Había tomado toda la noche tequila y margaritas en una junta familiar donde sus tías y se fue a las 9 de la mañana. Déjame aquí, le dijo a su primo. Al despedirse se dieron un beso salivoso con sabor a copete. Vomitó en el basurero de esa cuadra. Pasó toda la semana por ahí mirando el basurero vomitado. Llegó a las 10 de la mañana a su casa entrando por la biblioteca en el cuarto de atrás, muerto, y lo acostó su abuela, que es como su Pepegrillo. Roberto: A mí me molesta que el pito corra a la izquierda. ¿Cachan la Iglesia del Daime? Se miraron. Fabián: Yo no la cacho. Roberto: Es una iglesia de Brasil donde toman ayahuasca. Le cantan a la Santísima Virgen, a Jesús y a los Orishas. Les voy a contar una historia. Había un mestre a cargo de todo y otro mestre menor pero que igual era importante y que fumaba pitos y se sentía súper culpable por hacerlo. Mestre, ¿sabe qué? Le dijo. Yo fumo marihuana. A ver, muéstremela. ¡Esto es lo que estaba buscando! Dentro de sus viajes de abuelo, un ángel había bajado con un cogollo en la mano. Vale: ¿Era un abuelo?


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Roberto: No. Ya po, y el ángel le dijo “esto es Santa María y es para sanar a la humanidad. Se usa así, así se usa. Si la marihuana se fuma con respeto sana más, Santa María no brinca todo el día y según tradición mística al pasarlo el fuego va hacia arriba, se toma con el pulgar y el índice porque si lo tomas como pucho se corta la energía, se recibe con la izquierda, se entrega con la derecha y siempre siempre corre hacia la derecha”. Fabián: Ay amiga, está bien. Yo decía siempre a la izquierda por motivos políticos, pero cero rollo en que creas lo que quieras. Roberto: No me digas amiga, me carga que me anden mujereando. Matías: Hueón qué chucha, da lo mismo. No te pongai así po Roberto, nos estamos conociendo recién pa andar mostrando la hilacha altiro. Pidieron otras dos jarras, plátano con frutilla y frutilla manzana. Hablaron un rato de política partidista y de sus salidas del clóset. Fabián nunca tuvo que decirlo, en su familia notaron que era diferente desde chica. Su hermano mayor es partícipe de Revolución Democrática y por eso sus tendencias izquierdistas. Peluca: Yo creo que RD y todas esas hueás del Frente Amplio quieren puro cooptarnos los discursos cabres. ¿Han tirado con un macho de izquierda que no tenga vergüenza de darte un beso en la plaza? Al menos a mí no me ha pasado nunca.


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Vale: Me tinca que son harto regalones del patriarcado, pero si sientes que tu lucha va por ahí, bacán po. Fabián: Es raro igual, mi hermano siempre ha sido el favorito, el niño que todos esperaban. Súper bueno pa la pelota, usa esos chalecos jipis y es bien bueno para engrupirse muchachas. Yo no soy futbolera pero chucha que me gustan los futbolistas, bien fibrosos. Mi hermano onda directo a líder político y una ¿qué hace? va al after de Pagano, y hueona… ¡quedé Whitney! Matías: ¿Por qué? ¿Qué onda? Fabián: Como a las cuatro, cuando está cerrando Pagano, afuera te espera un bus y te lleva pal after como pal Pagano antiguo, pal Puerto. Ahí es como muy clandestino, ponen música muy noventas, tienen cuarto oscuro y pa qué me voy a hacer la loca, a mí tampoco se me aconchan los meaos. Puta, es que lo cortés no quita lo caliente, dices todo, echas todo a la parrilla y a ver qué pasa. Igual me cuido, menos mal que no me he pegado nada, ya me hice los exámenes. Roberto: Ay, qué entrete. Igual no es mi onda, yo vacilo más en casa, pero podríamos darnos una vuelta. Fabián: Sigamos tomando no más que yo estoy volao pero pa bailar me tengo que curar, esa es mi filosofía. Vale: Somos dos. Fabián: Ya, entonces después a Pagano, vamos a terminar en el after, esto se va a descontrolaaaaaar brígido.


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Roberto: Yo no me descontrolo, amigo. La Vale les contó que estuvo a punto de militar en el Movimiento Autonomista, pero a una amiga le pegó el pololo feministo y se le quitaron las ganas. Una compa le envió las votaciones de La Toma, fueron 90 sí, 8 no y 23 abstenciones. Yo habría votado abstinencia, dijo Fabián. Abstención hueona, le respondió el Peluca. Matías se acordó de que le habían contado que el 2011 la DAE le pagaba a gente para que fuera a La Toma y les sapearan información. A la Vale no le costó tanto salir del clóset, en su adolescencia se dio cuenta de que también le gustaban las mujeres. Desde ese momento su mamá no dejó que durmiera con sus amigas en la pieza, las hacía dormir en el sillón o en el cuarto de visitas, pero con el tiempo se le pasó. Fabián: Me tomaría un chirimoya vino blanco, sería 10 de 10, pero no le pidan tanto a este local de mierda. Matías: Que estái pituca, oye. Fabián: Si una va a Cassot cuando puede. Roberto: Pasaste de lo barato a lo caro, de lo guachaca a lo high, Macaluca a Cassot. Fabián: Es que una no tiene plata todo el mes. Cuando llegó el tipo que les atendía le pidieron una recomendación para variar el copete, la cual fue vino blanco frutilla piña. La Vale expresó su rabia hacia el Consejo General de Estudiantes, donde algunos hacen entrever que si ya se aprobó el protocolo contra el acoso, hostigamiento y


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abuso “qué más quieren”. Hombres en cargos de poder no cachando nada, que no se dan cuenta de que el protocolo es solo la punta del iceberg. Ya verán cuando la Asamblea de Mujeres saque su petitorio. También su rabia hacia el Consejo Superior, compuesto por puros hombres. Vale: El día que hicimos la concentración para que aprobaran el protocolo llenamos los tres pisos de la Casa Central. Pifiábamos a esos señores cuando iban pasando y un viejo culiao de esos, cuando le silbaban, decía “me encanta que me piropeen”. Una no se vuelve feminista porque lee libros, es porque me violentaron. Que los propios tipos que están a cargo de donde estudias no estén ni ahí con nuestras demandas también me parece súper violento. Con tres jarras dadas de baja, Roberto y Fabián salieron a comprar papas fritas. El Peluca contó su salida de clóset hace un año más o menos, igual no se cierra a tener experiencias con alguna mujer, pero le hace más a los chiquillos. Matías: ¿Y qué onda Iguales, Peluca? Caché que felicitaron a Piñera por tuiter, igual es como rancio el oficialismo gay. Peluca: Pero me ayudaron caleta, fue como un grupo de contención por un rato. Tú cachai que no soy de las colas hegemónicas tampoco, de los más lindos, ni musculín, ni una hueá, pero si no hubiera sido por eso yo cacho que me habría costado más decirle a mi mamá. Matías contó que no siente que “salir del clóset” sea algo que poner en práctica en su vida. Puede ser un acto súper subversivo, pero que él simplemente no lo necesita. Cree


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en el amor, no necesariamente amor romántico. No espera ni una media naranja, ni el hilo rojo, ni un complemento. Ahora está con un compañero hace un poco más de un año y no sabe cómo plantearle que está chato de la monogamia. Según él no le hace asco a nada, una coneja, una tula, una pota, una axila, de todas formas depende de la persona con la que esté. A Matías le gusta escribir. Vale: Qué tendría de reivindicativo un cuento de cuatro hueones fletos, o, para no herir sus sucsep… supset… ¡ay! qué difícil la palabra, sus-cep-ti-bi-li-da-des, cuatro cuerpas que pueden ser leídas como masculinidades hegemónicas y/o periféricas y una hueona como yo, bisexual po, todavía no dejo de pensarme de manera binaria, que además sería la cuota de género del cuento. A ver, ¿cuántos choros serían los principales en la historia? Uno po weon, y los otros son cuatro picos “deconstruidos”, cáchate esa, la hueá reivindicativa po. Sí sé que la genitalidad no es lo más importante, pero piénsenlo, ahí no más la dejo. Al volver Roberto y Fabián, todes se sirvieron de las dos jarras de vino que quedaban, menos Matías, que tenía el vaso a la mitad y no quería mezclar sabores. Ya po, hagan brindis, dijo el Peluca. Roberto: Esperen que yo no puedo tomar hasta que termine de comer, no puedo tomar y comer a la vez. Mientras comía papas fritas y las compartía con les otres, Roberto pidió disculpas por su show. Hijo de paco que asistió a colegio de puros hombres, estaba cansado de que lo molestaran por sus ademanes finos. Corres como niñita, te


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sientas como niñita, cállate maraca, parecí mujer con lo que te demoras en el baño. Tuvo miedo, todavía tiene. Roberto: Mi familia es de derecha y no es que yo sea facho, quizás un poco más conservador. Es cuático cómo les enseñan a las instituciones a inhabilitar, yo por eso no voy a las marchas. Pegar detrás de las rodillas, en la mandíbula para que caiga al piso y puedan llevarlos presos. Eso me cuenta mi papá, yo prefiero no arriesgarme. Matías se sirvió vino blanco frutilla piña escuchando atentamente a Roberto. Quería con espuma y como estaba curá, su vaso era chico y la jarra estaba casi llena, rebalsó el vaso y mojó la mesa con vino. Matías: Boté más copete. Roberto: Vai a tener que chupar la mesa. Matías: Si no fuera por lo que estái contando todavía pensaría que eres el infitrado, geminiana venenosa. Roberto: Puedo serlo si querí, me gusta cumplir fantasías. Brindaron por esa noche hermosa en la que se estaban conociendo, por las mujeres que luchaban desde La Toma y todos los buenos momentos que se venían. Se acabaron la última jarra jugando “yo nunca nunca”. Peluca: Yo nunca nunca… he chupado un hoyo. Tomaron Fabián y Matías. Roberto: Oye, te podí pegar la hepatitis. Fabián: ¡Pero tiene cura po!


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Después del último sorbo se fueron. Caminaron hasta Errázuriz para luego despedirse afuera de Pagano, donde Roberto, Fabián y Vale iban a vacilar. Recién eran las once. Vale les contó el ultimátum: desalojaron “pacíficamente” a las mujeres de La Toma. Fuerzas Especiales no entró a golpearlas, pero su presencia las reprimió desde afuera. El Peluca encaminó al Matías a su casa a los pies de Santa Elena. Le dijo que lo encontraba muy lindo y si no fuera porque estaba recién andando con el Roberto le daría unos besitos. Matías le dijo que no le dijera eso porque se le ponía dura. Se quedaron mirando una casa chirimoya alegre de número 69 y, a la altura de las Menestras Santa Marta, Matías le dijo al Peluca “déjame hasta aquí”. Subió hecho bolsa por Tiziano, la escala en reparación y las malezas por todas partes. No se aguantaba las ganas, asomó su pene entre las barandas provisorias de madera y meó intentando hacer llegar el chorro a los techos de las micros oxidadas. Le hubiera gustado sentarse en el asiento de auto que había encima de una camioneta encallada en la tierra. Miró a la Virgen del Cerro Merced, le estaba dando la espalda. En su pieza se ensalivó el índice y el corazón de la mano izquierda y se empezó a meter los dedos por el culo mientras se masturbaba con la derecha. Al acabar se sintió estupenda y unos minutos después, patético. El placer anal había perdido potencial subversivo, era momento de explorar otras maneras de sentir.



50 DOS

PELÍCULAS

Carlos Boucaya


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La distancia que me separaba de Cécile LeBlanc la primera vez que la vi se podía medir por los asientos vacíos que había entre nosotros. Se encontraba sentada en el medio de la sala, y en la oscuridad se distinguía su larga silueta definida bajo la luz de la pantalla de proyección; allí estaba Cécile frente a mí, la silueta más solemne que haya visto, en contraste con la figura en blanco y negro de un gendarme voyerista que observaba a dos prisioneros masturbarse en sus respectivas celdas. Aquella función no tenía más de catorce butacas ocupadas, la muerte del cine porno se hallaba próxima, y era con esta fatalidad que proyectaba por las noches lo que se me diera la gana, mis preferencias sexuales, mis fetiches; no importaba, me daba la impresión de que solo personas como Cécile lo comprendían. La película fue la última que proyecté ese día luego de las típicas XXX (que sí tenían algo más de audiencia), y a lo largo de sus veinticinco minutos me mantuve cálido pensando en ella en el frío Teatro Condell. Se puso de pie antes que pudiera encender las luces, su rostro se fundió entre la oscuridad y el deseo; sólo pude ver lo grande que era esa mujer, vestida con una gabardina hasta los talones, y en el momento en que la sala se encontraba iluminada, alcancé a distinguir el rosado de su prenda doblar hacia la salida. Seguir sus pasos me fue imposible, desmontar un filme no es fácil, y a esas horas no trabajaba nadie más que yo, sin mencionar que aún faltaba limpiar el semen en las butacas para finalizar la jornada. Sentí una inmensurable soledad tras su partida. Al terminar, subí por los escalones, a la parte más alta de la platea, y traté de recrear la escena: la gran pantalla, Cécile de espaldas a mí, justo en el centro


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de la vasta sala, y fue cuando me di cuenta que a la altura en que estaba era suficiente como para partirme la cabeza en dos. Lo medité durante unos minutos, pero ya era tarde, el teatro se iba helando de a poco, y mis labios se habían entumecido, pedían a gritos las caricias de un cigarro; ni la lluvia ni el viento que circulaban a través de las galerías y construcciones victorianas fueron un impedimento para salir a encenderlo. Durante unas semanas seguí proyectando Un chan’td’amour todas las noches con la esperanza de que ella volviera a aparecer. Cada vez acudía menos gente a la función, y sentarme en primera fila a mirar al carcelero, y él, a su vez, a los reclusos, me hacía sumergirme en la turbidez de mis fantasías. Días más tarde me despidieron. Por voluntad propia no volví a pisar ese lugar, y debo reconocer que me sentí aliviado cuando me enteré de que unos meses más tarde, por el terremoto, fue cerrado debido a los daños que recibió. Me costaba dormir, tenía un sueño que se repetía siempre de la misma forma: ella aparecía en el cine, se sentaba a mi lado, su rostro era el de uno de los dos prisioneros, el del más joven, de tez delicada y suave (aunque yo sabía que era ella, tenía ese presentimiento), nos besábamos, como si fuéramos una pareja más de tantas que se besan bajo esa intimidad que sólo nace viendo una película. Todo terminaba con el gendarme introduciendo su arma en la boca de Cécile, sin detenerse, hasta que cientos de moscas salían desde lo más profundo de su garganta, asesinaban a su victimario y arremetían contra mí, escondido tras una celda que contenía la platea completa. Fue después de uno


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de esos sueños que salí a dar una vuelta por la quebrada en que vivía en aquel entonces, entre los desgastados bloques de los edificios de la Población Márquez, donde volví a ver a Cécile LeBlanc, envuelta en su gabardina rosada, abriendo una de las puertas en el cuarto piso del bloque B; la revelación de su rostro de labios gruesos, nariz ancha y de excepcional encanto, junto a su corto pelo rizado, me hizo recordar al de las antiguas esculturas de Antínoo, y por un segundo creí sentir el amor que Adriano tuvo ante tal belleza griega. No era la luz de la pantalla de proyección la que la cubría, sino la luz de la misma luna quien me enseñó la identidad de la persona que se me aparecía en sueños, en funciones de medianoche; cuánto me hubiera gustado que me mirara desde arriba y me dijera: ven, sube, no te sigas mojando allí tú solo, que la lluvia tiene para rato. Me quedé esperando hasta el amanecer a los pies de los bloques B y C, en medio de esos dos colosales de hormigón, enlazados por una enmarañada red de cables eléctricos, como una telaraña que iba de un piso a otro piso, de un piso al bloque de enfrente, de un bloque al poste eléctrico, y así, en un lugar en el que alguna vez reinaron los colores, y que estos ya estaban por marchitarse de las paredes. Comenzaron a asomarse los primeros vecinos a través de los corredores abalconados de los departamentos, algunos se saludaban de un edificio a otro, se reunían en la calle y descendían por el cerro, otros pocos subían, pero de Cécile no supe nada más hasta dos semanas después, cuando la distancia entre nosotros se redujo a una insignificante gota de agosto.


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La vi saliendo del Morgana, siempre con su gabardina, se sentó en una banca en la Echaurren y prendió un cigarro. Se puso a caminar en dirección a la población y aproveché de subir el cerro a su lado. No sé en qué momento ella me vio a mí, ni mucho menos en qué momento estábamos acostados en la misma cama. Es curioso que recordase con tanto detalle su figura y no sus palabras, como si estas últimas valieran menos que la imagen de su cuerpo desnudo, su trasero compacto, sus frondosas piernas y sus pronunciados hombros de avioneta. Tenía un espejo frente a la cama en que se miraba durante horas, en el reflejo podía verme detrás de ella, y me parecía estar mucho más joven; nunca pude ver mi rostro, pero sí mis manos, mi cuerpo, que se veía estancado en una abominable juventud, aunque todo eso era parte del juego de Cécile y de su espejo, pues la realidad era distinta, mis manos eran las de un viejo proyeccionista de películas pornos. Ese espejo reflejaba nuestro sudor y cada movimiento que hacíamos sobre las sábanas. Solía mirarme a mí mismo cuando hacíamos el amor, el viejo yo veía al joven en el espejo, lo espiaba mientras acababa en el pecho de Cécile antes de dormir. A veces, veía al joven llevar puesta la gabardina rosada, que lo hacía ver alto y esplendoroso, al lado de Cécile, que lo desnudaba de a poco. Ella llevó mi sexualidad más allá de un plano erótico, a las lejanías de lo que conocemos del universo, a esa inevitable oscuridad ilusoria que se expande dentro de una sala de cine. La desaparición de Cécile me puso como principal sospechoso, y así yo también lo creí cuando me entregué voluntariamente, y lo seguí creyendo durante estos años que he


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estado recluso en la penitenciaría de Valparaíso. Los primeros días que estuve privado de libertad fui visitado por Tomás Montané, un joven escritor porteño, quien supo de mi existencia por los periódicos locales, y empezó a hacerme todo tipo de preguntas, qué cómo la había conocido, qué cuáles circunstancias desencadenaron lo ocurrido, o si acaso era por lo que ella aparentaba ser (debo admitir que me molestó, porque el sujeto era despreciable al no entender cómo referirse a ella, y que ella no aparentaba nada, ella simplemente era). Publicó un cuento breve basado en mi historia con Cécile en la revista literaria Las puertas del puerto. Nunca lo leí, y espero que nadie más lo haya leído, supongo que al menos me ayudó a tener a una persona que me escuchara, a creer que a pesar de lo sucedido se interesaba por mí. Montané me siguió visitando incluso después de publicar el cuento, lo veía cada cierto tiempo, hablábamos de literatura, me leía a Rigaut y a Mishima, me manifestó su deseo de incursionar en la novela y me mostraba algunos párrafos para pedir mi opinión. También me contaba de las películas que había visto, de su fascinación por el cine japonés, de que el Teatro Condell había sido abierto al público y que ya no era cine porno, sino que proyectaban películas clásicas, independientes, de culto, y que lo llamaban Cine Insomnia. Cuando dejó de venir, me quedé completamente solo. No quisiera entrar en más detalles de los que aquí me acontecieron, los sueños que he tenido tras las rejas son sólo para mí, y revivir a las moscas durante las noches es algo a lo que uno nunca se acostumbra. Sin embargo, hace ya medio año, un gendarme me llamó, me dijo que me habían venido


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a visitar, era Montané. Volver a verlo me sacó de la monotonía de la cárcel, de la vida miserable que aquí se lleva, de ver a los reclusos ponerse choros porque sí, de apuñalarse por la espalda porque alguien tiene que cobrar; me sacó de esos insistentes pensamientos que se le quedan a uno en la cabeza. Su inesperada visita supuso replantearme todo lo que había pasado hasta entonces. — Me voy a casar, quería que lo supieras antes de hacerlo —dijo Montané—. Conocí a alguien hace unos meses. — Bien por ti —le dije— ¿terminaste de escribir la novela? — ¿Qué novela? — La que escribías las últimas veces que nos vimos. — No sé de qué estás hablando, tú sabes que no se me da bien escribir —me dijo, con cierto aire de extrañeza. Lo quedé mirando durante un instante. — Mira —le dije—, puede que tú ya hayas resuelto una vida entera allá fuera, pero aquí no suceden muchas cosas, así que recuerdo perfectamente cuando me traías tus borradores. —Buen chiste —dijo Montané, mientras me dejaba su celular encima del muslo—. Mi pareja. Nos conocimos en donde tú antes trabajabas, en un ciclo de Kurosawa. A partir de aquí, no sé bien qué ocurrió, ni con quién estaba charlando, pero es que, ¿quién iba a pensar que siete años más tarde desde la última vez que vi el cuerpo desnudo de Cécile LeBlanc, se enamoraría de ella Tomás Montané,


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en los mismos asientos en que la conocí, en el actual Teatro Condell? — Nos iremos a Francia —añadió—, aquí no podemos… — Cécile —le dije. — Así se llama, al menos así se hace llamar. ¿Cómo sabías? No supe qué responder. A lo lejos, el gendarme me hizo el gesto de que se me había acabado el tiempo. Le regresé su celular, me puse de pie y me fui sin decir nada. No volvimos a vernos después de esa conversación. No permití a mi mente ceder ante el delirio, ese exquisito elixir que suele tentar cuanto más inerme se encuentra el ser humano. Si de alguna forma Cécile estaba en Valparaíso, significaba que yo no tenía motivos para estar encerrado. Cuando intenté recordar las razones por las que me había entregado, no pude encontrar ninguna, se habían esfumado de mi memoria, digo esfumado porque sé que existieron, y sé que fueron olvidadas. No tenía sentido entonces seguir en ese lugar, cumpliendo una condena por catorce años, si cada segundo que pasaba me hacía plantear catorce situaciones distintas para mi confinamiento. Montané no recordaba haber escrito nada relacionado a mí, ni a Cécile, y distaba mucho de la persona que conocía, al Montané escritor, el que fue mi único amigo, el que ni siquiera era capaz de referirse a Cécile como la mujer que era. Llegué a plantear como opción el estúpido hecho de que Montané y Cécile se habían confabulado en mi contra, me la habían jugado sucio desde un principio, que habían alterado mi estado mental durante


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los juegos a cortinas cerradas con Cécile, esos juegos en que la magia es fundamental, y quien se deja engañar por ella puede llegar a perder el sentido de lo real. Podría haber sido eso, o las trece restantes; el solo pensar en ellas me exasperaba. Dejé de darle vueltas al leer en el periódico que Montané se había suicidado en el Cine Insomnia y me abstraje a una sola tarea: a proyectar películas (por llamar de forma romántica a manipular un par de DVD’s piratas) en una pequeña sala improvisada que me dejaron montar por buen comportamiento. Se las pido a un compañero de celda que las trae por medio de su hermano, y a veces, nos juntamos unos cuantos reos a verlas cuando los gendarmes están de buen humor. Aunque yo siempre estoy en esa sala, me lo he ganado. Hace pocos días encontré una copia de Un chan’td’amour entre todos esos discos que había ido juntando, lo cual me pareció ridículo por dos razones: la primera, que yo jamás se la había pedido a mi compañero, y la segunda, que es imposible de conseguir por medios normales, pues yo la había traído directo de París, de un cineasta que me regaló uno de los duplicados que existen en La Cinémathèque française. No sabía qué pensar, sostener la película en mis manos me producía escalofríos. Esperé hasta estar solo y la introduje, comenzaron a aparecer los créditos iniciales, el gendarme nuevamente, los dos prisioneros. Los reclusos se miraban de una celda a otra, se desvestían, se masturbaban, mientras el gendarme los espiaba a través de un diminuto orificio en la muralla. Eyaculaba uno, eyaculaba el otro, y luego trataban de alcanzarse con sus dedos. El gendarme se acercaba a uno de ellos e intercambiaban de roles, mi cuerpo ardía, sentía


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que me iba a terminar consumiendo, como el celuloide que se enciende súbitamente hasta extinguirse. Se vestían, cambiaban de lugar, se quitaban la ropa, eyaculaban, rotaban entre los tres, y volvían a eyacular. Se fue todo a oscuras, sentí que desaparecía, que la vida se me iba, y cuando estaba por acabar, en el final, había una luz; allí donde ya estaba todo claro para mí: el gendarme era yo, Cécile un prisionero, Montané el otro; el gendarme era Cécile, Montané un prisionero, y yo el otro; el gendarme era Montané, Cécile un prisionero, y yo el otro, que se encaminaba sin voluntad a la parte alta de la platea del Teatro Condell, a aquel día en que vi por primera vez a Cécile LeBlanc.


60 LA

CO M E ZÓ N / AV E R N O

Christian Le-Cerf


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“Ella está loca pero es mágica. No hay mentira en su fuego”. Charles Bukowski

Mi saliva tiene ese dejo a óxido por mezclarse con la sangre de mi paladar, roto por fumar tanto. La trago, y siento el metálico sabor escurrirse por mi garganta, baja lento y pesado, recalcando su presencia. Para abatirlo saco el último cigarro, el cual guardé en el bolsillo interno de mi chaqueta, que con cuidado elegí para este momento. Está marchito, corroído por la espera de su extinción. Sabe que debe consumirse, que tiene que morir; para eso fue creado. Se funde en un beso eterno con la llama del encendedor. Agradezco su sacrificio mientras pienso en su partida, en los ecos de su marcha adentrándose en un colectivo de ruedas chirriantes. Quedo ahí, a metros del callejón, mascando amargura entretanto una ebria pareja coje sin percatarse –creo– de mi presencia. Antes de partir alcanzo a divisar una vez más la vetusta escalera que nos cobijó esta noche, fijándome en su interminable extensión y en la mareadora verticalidad de sus peldaños. La Cienfuegos; ahí quisimos enrolar en la privacidad de aquellos escalones concurridos por los noctámbulos que se toman Valparaíso a esas horas. Abandonamos el Máscara cuando el abismal vozarrón de Ian Curtis se apagaba con los últimos acordes de She´s Lost Control; la idea de continuar embelesados con el vaho cannábico nos sedujo para emprender vuelo. Ella subió la escalera delante de mí. Podía leer la consigna en su espalda, escrita con acrílicos desteñidos por el tiempo


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y que yo le ayudé a plasmar unos años atrás. Meat is Murder se leía, mientras me fijaba en la sutil coordinación de sus nalgas, y en la rítmica de sus piernas enfundadas en exiguas medias de puntos corridos. Nos sentamos en el peldaño más limpio posible, donde las colillas se parapetan en contra del pisoteo de los pasajeros de turno. Sus dedos enrollaron con gracia, y la fatal iluminación de los postes junto a la intimidad de la situación, provocaron viejos recuerdos. Sus ojos, inyectados en el color de la voladez, estaban perdidos en el infinito de las acrobacias de sus manos, dándole guerra al frío viento que se hizo presente en ese momento. Préndelo tú, dijo sonriendo. Tomé el pito y acerqué el encendedor. Tras la primera calada, un ataque de tos se entrometió en nuestra reunión. Pareció no importarle, aunque esbozó una mueca burlona en su desorientado rostro. La complicidad de este ritual sólo encontraba explicación en lo que habíamos vivido antes y manteníamos a duras tientas en esta porfía de amistad, si se le puede llamar así a verse una o dos veces al año. Esto comenzó antes que la Pinto fuera tomada por los anarkosoya y se transformara en su mercadillo de trasnoche, hoy sobrepoblada de personajes idénticos entre sí que ofrecen al paso lo esencial para terminar la verbena, cuando el comercio está cerrado y la única opción son sus improvisados puestos. Los ambulantes vendedores ofrecen de todo: cerveza tibia cobijada en sus mochilas; los Latino a dos gambas y tres por quinientos; la hamburguesa de soya con salsa de cilantro en botella reciclada de Gatorade; la promesa imperecedera de continuar el carrete hasta que amanezca o hasta que el canto


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de las sirenas apure al gentío, que de mala gana se marcha escoltado por los pacos. Un par de años antes, tras un recital de poesía de La Sebastiana, me acerqué con la excusa de preguntarle si tenía fuego. Tú eres mi compañero, me dijo. La miré y me percaté de ese detalle. Era de esas personas que suelen pasar desapercibidas en la universidad, pero de las cuales basta un hecho como este para caer en cuenta de la inadvertida belleza que en ella habita. Delicada y violenta, caí en la colonizadora vibración de su voz, en la incandescencia de sus movimientos; se transformó en una parte más del imaginario porteño que empecé a cultivar desde ese momento. Matamos la noche acurrucados a una caja de vino en el Atkinson, donde su dentada purpúrea me convidaba a perderme en conversaciones que viajaban desde lo más banal a confesiones reflexivas, cuya aparición era causa inmediata del alcohol. Luego vinieron los besos, los mordiscos y los toqueteos furtivos sobre nuestras ropas. El aparecer de las primeras luces diurnas era el signo inequívoco del fin de este encuentro. Ella tomó el colectivo a Playa Ancha, yo la micro a Quilpué. La miraba ahora, con unos años más; es cierto que el tiempo no pasó en vano en nosotros. Dándole una quemada al caño, tenía la vista perdida hacia el inicio de la escala. Sentada de lado, con el pito entre los dedos y dejando salir un suspiro trasnochado, parecía estar esperando que un moderno Sergio Larraín la retratara y dejara un rastro imborrable de su existencia por esta ciudad. Sus ojos chocaron con los míos y


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me asestó una sonrisa tranquila. Ya no te quemas los bigotes al prender el caño, comentó. Tratando de parecer estoico, le dije que había aprendido a la fuerza algunas técnicas para evitarlo. Nunca estuvimos realmente juntos, pero ambos sabíamos lo que nos gustaba y el otro siempre estuvo dispuesto a darlo. Empecé a pensar a menudo en su cuerpo. Lo conocí durante las noches que sobrevinieron a aquel inesperado encuentro; noches de vino, de confidencias, de sexo y llanto. Recorrerlo se transformó en una parada más de esas salidas que, implícitamente, terminaban en el Bristol, arrendando por hora una guarida más de aquel edificio, donde el coro de gemidos inunda los pasillos y traspasa las paredes. Nos dejábamos caer en ese lugar después de pasar por una jarra de tinto con frutilla y unas papas fritas para el bajón. Ahí, con el azul neón del letrero y el murmullo de las trabas de Chacabuco entrando por la ventana, empezamos a sucumbir a la adicción carnal de doblegar al otro, enredándonos entre sábanas ajenas con quemaduras de cigarros, manchas de labial en las almohadas y restos de nosotros en el basurero. Pero todo fue decantando cuando agotamos las ganas, y la paciencia hacía mella al menor reclamo de exclusividad. Estando en las ruinas al terminar una noche más, mientras ella enrolaba un tabaco con el cementerio de fondo, le solté la inquietud que me asediaba por esos días. Qué iba a ser de nosotros, qué iba a pasar con este pueril idilio al que dábamos rienda suelta durante las noches de entre semana, en los baños de la facultad y en los carretes donde desaparecíamos,


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dejando latente la pregunta en los demás asistentes: cuál era nuestro paradero. Ella me decía que no me preocupara del final, que no empezara con preguntas insulsas que ambos sabíamos no tendrían respuestas satisfactorias. La miré confuso y algo traté de balbucear con la lengua adormecida por el alcohol. No me entendió. Le dije que si era de esa forma, no iba a perder el tiempo incursionando en un intento de relación que no llevaba a ninguna parte. Ella, ofendida, se levantó y me dejó ahí, solo y ebrio, mientras bajaba por la escueta escalera que llevaba a la plaza del descanso, impregnada por el ácido perfume de la orina borracha. Sentado me tomé la caja de vino que habíamos comprado, tratando de pasar la desazón con el voluntario mareo al que me estaba sometiendo, dándole fin al poco más de medio litro que quedaba en el envase. Al descender de las alturas, la oscuridad ya se había apoderado de la ciudad; los habitantes eran otros. En el camino me interceptaron corpóreos entumecidos, de pieles negras de rabia, que renguearon hacia mí con sus versos malogrados, monólogos insoslayables aprendidos como mantras. Con sus descarnadas manos me agarran, y me gritan y lloran y me aprietan. Sus rígidas expresiones claman por las dádivas de mi bolsillo. Se vuelven gigantes terribles, murallones inoportunos que impiden que avance; con su aliento me envuelven, usurpando mi felicidad. Me visten con sus ropas, con su hambre y su memoria. Me miran desde lo alto, bailando la miseria. Piden sobras para su consumo. Cuando me doy cuenta, ya les di los últimos cigarros que me quedaban y la luca para devolverme a la casa.


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De forma autómata caminé hacia Errázuriz. Iba desorientado, observando los grotescos rostros que pasaban a mi lado. Sin darme cuenta llegué a Salvador Donoso, donde la ausencia de habitantes hizo que me extrañara un poco. La calle estaba inexplicablemente vacía, en penumbras y un frío viento corría hacia el fondo. La brisa me susurraba que me acercara, que me dejara sumergir en la oscuridad, que me envolviera en la incertidumbre. Súbitamente pude distinguir otra voz, ajena a la corriente. Esta era más suave, más reposada. Era femenina. Entonces me percaté que la única luz que había procedía del Pajarito. Al acercarme la voz era cada vez más clara: estaba cantando. La puerta estaba cerrada, y, como nunca, había un guardia en la entrada. Alto y delgado, pálido y de ojos extravagantes, vestido con ropas anacrónicas que le quedaban cortas; una flor azul prendía de su solapa. Sin decirme nada, abrió la puerta y me indicó que lo siguiera. Al ingresar al Pajarito este no era el mismo. En vez de los cuantiosos objetos que ornamentan sus murallas y las numerosas aves de papel que cuelgan del cielo, me encontré con un salón de paredes doradas, con un leve tono mostaza, y cada cierto tramo una cortina azul caía del techo. Las mesas tenían manteles del tono áureo de los muros, bien arregladas con servilletas blancas y un florero al centro, donde la misma flor del guardia coronaba la imagen. Aún escuchaba aquella voz entonando la melodía dulzona, pero no lograba captar bien de dónde venía. El lugar estaba casi vacío, salvo por el hombre de la entrada y el barman, que se encontraba limpiando de manera


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obsesiva una copa detrás de la barra mientras me miraba fijamente. Tenía el mismo aspecto extraño del primero, pero su mirada era más agresiva, penetrante. Sentí un pavor impensado, pero había una atracción magnética en esos ojos, oscuros y sin vida, que me obligaba a acercarme. Cuando estuve de pie frente a él, se dio vuelta y tomó una botella de whisky. Sirvió el contenido en un vaso y me lo dio sin quitarme la mirada en algún momento. Con sus enjutos dedos me indicó una de las tantas cortinas que ahí había. La música traspasaba la aterciopelada tela y el mismo susurro del viento me invitaba a entrar. Al cruzar el cortinaje, observé que había una sola mesa, mal iluminada. Encima había una chica vestida enteramente de azul: sus tacones, su vestido, su cabello, sus labios y su maquillaje. Tenía una mirada desganada mientras se contorneaba de manera provocativa; era muy esbelta pero con unos senos llamativos, que se bamboleaban con sus movimientos, y sus piernas torneadas eran luminarias atrapantes. El salón, al igual que el resto del local, estaba vacío. Me senté en la única silla que había y quedé absorto en los movimientos de sus manos mientras cantaba, sutiles y lánguidos, como llamando a alguien en la lejanía. Ella parecía no darse cuenta que la miraba, pues mantenía fija su vista en algún punto ajeno a mi percepción. La canción ya no tenía letra, era puramente un tarareo indescifrable, sílabas inconexas que aun así me cautivaban, a medida que le iba dando sorbos al whisky que recibí al llegar; éste no tenía ningún sabor. Cuando la chica terminó de cantar, las luces se apagaron. Un silencio frío empezó a ensordecer el ambiente. No


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entendía qué pasaba. Volvió la iluminación y ella estaba al lado mío, sentada en una silla que antes no se encontraba allí. Tenía el maquillaje corrido, como si hubiera llorado, y miraba hacia el mismo lugar donde minutos antes realizaba su performance. Había un aire de familiaridad en ella; no la conocía, pero esa esencia la había percibido antes. De pronto su rostro se empezó a transfigurar, sus facciones pasaron a ser elementos familiares para mí. Claro, había estado con ella antes en las ruinas, y en el Bristol. También en el Atkinson y en la Pinto. Esa sustancia la conocía, había sucumbido a ella tiempo atrás. Giró su rostro lentamente hacía mí, y cuando nuestros ojos se toparon la luz se cortó nuevamente. Tanteé a mi lado para saber si la chica seguía ahí, pero no estaba ni ella ni la silla. Escuché que el susurro volvía a llamarme, esta vez a mis espaldas. Crucé la cortina y el local ahora se encontraba lleno, con su ambientación de costumbre mientras unos jóvenes cantaban boleros en el centro del salón. La idea de ir a Playa Ancha, extrañamente, se expandió por mi mente como si fuera un germen. Cuando salí del local, en las afueras y bajo el único farol que estaba iluminando la calle, un enano cojo atracaba salvajemente con un travesti de dimensiones sobrehumanas, quizás el ser vivo más grande que haya visto. Lo tenía en brazos, como si fuera un bebé, y le daba de comer de su lengua áspera, mientras éste se masturbaba compulsivamente. Me fui cuando el enano acababa en la cara del travesti, y le limpiaba el maquillaje con sus fluidos. Al avanzar por las calles me sentí atrapado: la ciudad gritaba delirio, gritaba descontrol. Valparaíso se había transformado en un infierno,


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habitado por entes de rostros desfigurados y voces perturbadoras. Los sorteaba en mi trayectoria pero era en vano, chocaban mi cuerpo con intencionado desdén; querían que supiera que notaban mi presencia, que no era bienvenido entre ellos. Con paso agobiado llegue al Artillería. Subí por la escalera que está al costado para arribar al 21 de Mayo, el cual se encontraba completamente a oscuras. Mientras lo atravesaba, pude percatarme de una figura detrás de un árbol. Era un hombre viejo, de cabello cano y barba hasta el suelo. Se reía sin parar mientras se rascaba una llaga en el brazo. La comezón, la comezón, la comezón balbuceaba sin parar, mostrando la ausencia de dentadura en su boca. Sus dedos ya se encontraban entintados en sangre, y se acercaba a mí mostrándome su herida abierta. Arranqué cuando ya estaba a pocos metros; a medida que me alejaba seguía recitando: la comezón, la comezón, la comezón, cada vez más alto. Me encontré con la escala que une el paseo con Gran Bretaña. Al subir un par de peldaños, me percaté de una pared ennegrecida, en la cual apenas se divisaba el mural que días atrás se había pintado. Un ruido metálico me alertó. Al darme vuelta, divisé una reja, que golpeteaba constantemente contra la pared. Una casona antigua, aristocrática, yacía detrás de la verja. La brisa que había sentido en Salvador Donoso volvió a aparecer, y me guiaba hacia el interior de la casa. Atravesé el dintel y encontré un pasillo angosto, donde tuve que ladearme para conducirme por él. De a poco empecé a escuchar nuevamente el canto


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de la chica de azul, a medida que me internaba en aquella morada, cada vez más antigua, más añeja. Llegué a una puerta que daba a un patio interior. Este tenía un camino empedrado, rodeado por un pasto de verde absoluto, faroles parisinos y flores todas azules. Al centro había una cúpula, en la cual tres mujeres de edad avanzada se encontraban tomando el té. Estaban vestidas con trajes señoriales, pelucas grandes, emulando peinados de los años cincuenta y hombreras anchas. Todos los implementos de la mesa eran de porcelana, y un ave azul entonaba, dentro de su jaula, la misma canción que la intérprete del Pajarito. Al dar unos pasos hacia el jardín se me reveló una figura que antes escapaba a mi visual. Al costado izquierdo había una forma humana, cuyo cuerpo pálido era esquelético, contraído, no había señales de musculatura en él. Tenía facciones muy finas, adornadas por arrugas yermas. Sus pupilas renegridas se encontraban insertas en cavidades oculares muy pronunciadas, parecía que en cualquier momento se le iban a salir. Su cabello era como una melena medieval, tiesa y derruida. Podía ver qué tenía cerca de cincuenta años, su género era indescifrable. Me acerqué lentamente. Observé que vestía un traje de marinero, a rayas azules y blancas, que le quedaba pequeño, dejando al descubierto sus huesudas extremidades, donde la piel sólo servía para revestir su anatomía. Estaba agachado en el pasto, jugando con figuras geométricas que apilaba una y otra vez. Una bolsa de género había a su lado, era bastante ancha y donde cada cierto tiempo metía la mano y algo se


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introducía a la boca. No hablaba, sólo gemía como si algo le doliera, pero al mismo tiempo lo disfrutara. Alzó su mirada y me vio. Empezó a gimotear más fuerte, excitado por mi presencia. Agarró el saco y corrió a mi encuentro. Saltó sobre mí, botándome; tenía una fuerza descomunal. Con facilidad me volteó, se sentó en mi espalda y con sus manos me agarró de la cabellera. Levantaba y bajaba mi cabeza, en una repetición sin fin. De pronto, mientras la mantenía en alto, puso la bolsa debajo de mi rostro. Pude ver que estaba llena de tierra e insectos, bichos raros, mezclas extravagantes entre gusanos, cucarachas y larvas. Con vigor introdujo mi cara en el costal, y sentí como los parásitos empezaban a recorrer mi piel, dejando su baboso rastro en mis mejillas; algunos intentaban introducirse en mi nariz y en mi boca. Me levanté y golpeé al ser extraño, mientras escupía los restos de suciedad de mi boca. Éste salió corriendo, chillando, y se ocultó detrás de las tres mujeres que ya se habían dado cuenta de la escena y se acercaban haciendo sonar exóticas campanas. Comencé a escuchar que distintas puertas, a lo largo de la casona, se abrían y cerraban sin parar. Pasos y pasos se oían cada vez más cerca. Atiné a correr por donde había entrado, pero la puerta ya estaba cerrada. Rodeando el patio encontré una ventana semi abierta, en la cual me introduje sin pensarlo. Las habitaciones apenas estaban iluminadas, sólo podía distinguir formas y sombras. Recorría pasillos, doblaba por conductos en los que podía escabullirme, mientras sentía que figuras incorpóreas estaban a mi acecho.


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Giré en una esquina y di con una habitación de puertas anchas y altas, totalmente cerradas. Al abrirlas me percaté de la inmensidad de la habitación: era profunda, interminable, no se podía ver hasta dónde era su extensión. A los costados había camas en hileras, todas parecían hechas con minuciosa dedicación. El ambiente se humedeció en segundos. Sentí una presencia al fondo de la pieza, que provenía de la oscuridad. No podía moverme por más que quisiera. Advertí que allí había algo más, pero no lograba verlo, sólo percibía su existencia a medida que la oscuridad me abrazaba; quedé envuelto en ella. Unas gaviotas graznaban cuando recobré la conciencia. Había arena en mi cara, y un gusto salado en mi boca. Abrí los ojos y el brillo diurno me hizo un poco de daño. Me reincorporé de a poco y me di cuenta que estaba en Las Torpederas. A mi lado, a unos pocos metros, una familia me miraba con reprobación. Noté que estaba vomitado entero, pero curiosamente tenía todos mis objetos personales. Pensé en cómo llegué a ese lugar, porqué tenía ese borrón en mis recuerdos, o si acaso habría sido algún tipo de pesadilla todo lo que viví la noche anterior. Revisé mi celular, no tenía ninguna llamada perdida, o alguna foto que me ayudara a dilucidar mejor los hechos que había pasado. Estás muy pegado. ¿En qué pensai? —escuché. Su sonrisa se asomaba. Ella no quería fumar más. Yo tampoco. Sus manos, amoratadas por el frío, guardaban la cola en el bolsillo del corazón, como si fuera un tesoro y quisiera


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conservarlo. Bajamos juntos al plan, y mientras ella se iba en el colectivo a Playa Ancha, yo pensaba que los restos de esta relación se esfumarían con las últimas cenizas de ese caño, pero el recuerdo perenne de esa noche yacía latente en la comezón que va y viene en mi brazo. La comezón, que va y viene.


74 MICRÓPOLIS

Martina Retamal


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Cuando por fin volví a tener el conocimiento me sentí en el abismo urbano. No llevo nada en los bolsillos, lo perdí todo. Tampoco siento eso que se le llama corazón que hace de todo esto un poco más difícil de sobrellevar. El derrumbe de recuerdos tiene temporadas donde la violencia es protagonista de miserias sin proyección de cambio y por azar me encuentro contemplando detenidamente hacía Subida Ecuador desde la esquina que, testigo de encuentros y desencuentros de lunes a lunes, me propone el paisaje de fumarolas anaranjadas. El silencio de la madrugada se apodera de las almas que habitaron durante la noche como lo fue la del hombre encontrado muerto en pleno proceso de descomposición en 2016. Un amigo me contó que la última vez que lo vieron entraba y salía varias veces descuidando la reja de entrada, pero que no quiso saber más detalles por su trabajo de vendedor de pitos y chelas en la Pinto. Lo pillaron e interrogaron. Los de la Brigada de Homicidios le dijeron que no le iban a hacer nada, pero ya estaba sapeado. Por conocimiento popular, la putrefacción del cuerpo era tan evidente como las más de cien puñaladas que le dieron por todo el cuerpo; fue pasional. Al menos no le sacaron los ojos, ahora puede ver la ciudad de los muertos. Si hay algo que no existe es el olvido, decía Borges, y yo tengo un deseo inagotable por recordar. El lado derecho de mi cabeza recopila todo. Vivo de las historias. Me da más sentido la cotidianidad cuando ya no quedan rastros de vida. El baladí que me provoca caminar por estas calles junto a la muerte que pesa entre los vivos me hace pensar en mis equivocaciones y es cuando viene un interminable


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tormento de preguntas por saber quién soy. Me ahogo en mis pensamientos y asumo la poca esperanza que me queda en quienes mantienen en plena decadencia este lugar. A veces decido perder la memoria para conocer de cerca a los mortales y despertar con los bolsillos vacíos. Me introduzco en sus vidas para enseñarles la ubicación del alma y que el color de la sangre se regenera con vino. En estos momentos de la madrugada extraño la gente, la manera en que cambia la calle, mi paquete de tabaco, pasar mis dedos por los ventanales fríos; a esta hora todo es igual que ayer y anteayer del pasado que para nadie existe. Volverme loco vendría siendo la respuesta a quién soy, pero si fuera así no tendría la consciencia para escribir el pasar del tiempo. Solo gracias a estas pequeñas crisis es que valoro mi cargo entre las personas que merodean la calle Condell, patio inferior de las antiguas casitas europeas que hacían de Valparaíso una especie de micrópolis burguesa. Mi visible caminar sin rumbo me destaca entre los clochard escondidos entre las sombras y delatados por sus perros, se anticipan a la muerte mientras se alimentan de la miseria y el sórdido entorno. Mi única escapatoria es el sonido del primer trole, el correr de las cortinas metálicas, que me prepara para inmortalizar mi existencia entre la masa. Insertado en el ajetreo comercial, soy un transeúnte de relleno. Posado como desde el marco de una ventana mientras analizo el vaivén de mis imitadores extranjeros, los oficinistas pasados a caca, los estudiantes pelusientos, el vendedor de helados York, los de humo y hamburguesas de soya, el descanso de un chinchinero, el cantante folclórico


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esperando su turno en un buen recorrido de micro junto a una flaite sacándose las cejas en la banca. Me arden las pupilas por las personas que se creen resueltas. Qué pena que nadie los piense como yo, consciente de que no hay futuro, de que sus caras de época no les aseguran la trascendencia. Detengo mi mirada capciosa ahí junto a la estatua. Identifico la otredad sentada en la vereda donde parece no importar los sonidos catastróficos de la ciudad dentro de otra, leyendo desde una libreta. Inspiración de poetas y psicópatas, de una estética manipulada por quienes pretenden tener siempre el poder de los que vivimos ajenos a sus leyes protectoras, a sus cánones sexistas; es escueta sin perder el gusto del atuendo o el maquillaje, sin caer en la frivolidad, cómoda pero no acomodada. Si no fuera por su deje introspectivo le hablaría, prefiero acompañarla. El paseo se acredita gracias a las variadas importadoras chinas ricas en ropa y accesorios que cautivan a los porteños que procrastinan por las tardes, regodeándose los bajos precios y peculiar calidad. Antes de entrar en el mar de pasillos, pienso en la territorialidad y en cómo la calle Condell no ha sido aún convertida en un barrio chino –palabras proféticas–, al menos estaré para vivirlo si es que pasa. Las tiendas que más sobreviven después de los monstruos capitalistas son las tiendas de carcasas y cosas electrónicas, ofreciendo shows lumínicos gratuitos y deleitando a los transeúntes con los peores temas de la época. Los comerciantes ambulantes, en sus míticas instalaciones de cajas de cartón o simplemente paños fáciles de desarmar y armar rodean las gentrificaciones impuestas sin pudor


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contra la armonía, la arquitectura, el espacio, generando monedas en la contaminación acumulada por la pasarela de micros más concurrida de toda la ciudad. La descubro mirando un mostrador. Se decide y le pide a la china ver la cajita plástica con brillos para uñas, pero esta no deja de parlar lo ininteligible y se va sin prestarle atención. Una chica venezolana procede a atenderla sin problemas, se miran, ella le dice cosas y se ríen, miran a la china dar vueltas por el local. Luego de escarbar unos minutos aparta un sobre sin que la vendedora se dé cuenta y se lo guarda. Le dice que quiere este, la vendedora le hace una boleta y mientras va a la caja ella se da una vuelta más por el pasillo de los utensilios de cocina, y se va de la tienda. Con mi lente óptico capto cómo se arregla el pelo hacia el otro lado y se va sin mirar fijamente a los ojos a nadie. Prueba albúmina de rebelión, rechazando los estándares de superioridad y los legados éticos, aspirando a la radicalidad del cambio donde el progreso no es sinónimo de apetecer necesidades, sino de poner fin a la acumulación y compra de lo poco esencial. La sigo. Aunque no me falten los audífonos la música callejera es el playlist de la persecución. El cantante llama mi atención por su antifaz poco convencional y por la pareja que se pone a bailar de su salsa antes de cruzar el paso de cebra. Me conmueve. Pero no puedo evitar dejarme llevar por el retumbar de la batucada. Palmeras que no dan sombra, el primer proyecto lumínico de Valparaíso, “el joven conbatiente” escrito con aerosol en los bordes de la colosal fuente de oxígeno que cubre a los de la batu. Bienvenido hermano inmigrante a la Plaza Victoria, quizás la odies por


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tener que estar cobrando por los paseitos en triciclo, pero el aire es fresco junto al olor a café tostado de la fábrica. Como en sincronía, nos sentamos en nuestras respectivas bancas a escuchar la práctica. La miro de lejos, nauseabunda al igual que yo. Me armo de valor, me acerco y le pregunto la hora: 19:35 –gracias por dejarme escuchar tu voz– y sigo mi camino por Salvador Donoso. Es hora de inmortalizar la ciudad, mi único destino; donde la música se hace cómplice de lo que no queremos hablar con los demás. Quizá para algunos sea una forma diferente de expresión que nos hace querer explotar; cambiando de pista, acumulando covers, saludando a los conocidos mi universo se desborda en un vaso de excentricidad. Todo se torna más pequeño sin las luces tenues de la ciudad. Este espacio íntimo invita a dejarse llevar entre los que se quedan hasta que cierran, disfrutando de su ser o entre los que se quedan absortos toda la noche por el bailar de las mujeres. Ya elegí a mi pareja favorita; incandescentes, fluyen en sus cuerpos febriles permitiéndome alucinar una tragedia en medio de mi utopía nocturna. La imagen del cuerpo de esa mujer en llamas tratando de escapar de la siniestra explosión de la calle Serrano en 2007. Qué epifanía me hace pensar en cuánto necesitó el balde de agua fría que le tiró a un vago el día que este descansaba apaciguadamente bajo su departamento de bajo costo, en el momento que el fuego mordía hasta sus entrañas, borrando lentamente las huellas dactilares de todo su cuerpo, tratando de contenerse hasta volverse anestésica. De las trece personas que vivían en el edificio, habitaban cinco, ninguna sobrevivió. Hoy el edi-


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ficio sigue en ruinas, desnudo de olvido, con tan solo una pandereta donde se hace conmemoración a las víctimas encontradas calcinadas entre los escombros. Vuelvo a la pareja, lo que tienen no es fuego sino fulgor. Combustionan sus cuerpos de alcohol y sudor, y exhalan humos tóxicos. Se prenden, se atraen entre ellos, se alejan y vuelven, se desean con las miradas y los roces al son de In between days, queriendo morir, pero sintiéndose tan libres que quisieran vivir para siempre. Lo que no saben es que yo quisiera vivir por siempre en ellos, mutuos y ajenos a la multitud, encontrándose en las vibraciones del otro, leyéndose los labios tiritones como el palpitar de sus corazones cada vez que se acercan. Subrayan con la vista cada una de sus facciones, contemplándose como galerías de arte, corriéndose la cara, pero acariciando sus mejillas. Si pudiera escuchar sus pensamientos diría que están orgullosos de haber elegido tan bien, condescendientes uno del otro, otorgando consentimiento, completamente enfocados en la intensidad de los pantalones de él y las calzas de ella. El acto canibalístico seguido determina el triunfo de una noche popera-noventera, dejando atrás cualquier desamor que pudieron extrañar esa noche. And I know I was wrong, when I said it was true, that it couldn't be me, and be her in between, without you, without you


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Una de las que siempre dice vamos, toca mi hombro y me interrumpe. — No te quedis’ pegado, ¿salgamos a fumar? — Perdí mi tabaco anoche —le contesté. —Yo tengo —me respondió, ya casi bajando las escaleras. Una vez abajo nos refugiamos de la bruma nocturna en la cuneta de tienda más cercana. Saca dos de los hechos y después de prender el suyo me ofrece el fuego. — ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que el mar se recogió? —me pregunta como sin querer saber. —No sé —respondí, para no delatar mi maldita memoria. De nada sirve saberlo, lo importante es ser consciente que volverá a su origen en medio de un cataclismo. — ¿Cataclismo? Una especie de Juicio Final, ¿en Valparaíso? Si fuera el caso desapareceríamos todos, hasta los perritos. :’( — Lo más probable, pero yo me quedo.



ARRIBA


84 V E N TA N AS

Marietta De Vicenzi


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Me he visto envuelta en situaciones que me llevan a verme expuesta a las totalidades geográficas desde cierto ángulo, por allá arriba estando en un cerro apuntando  hacia el otro extremo de la ciudad, y esto ya se da como si fuese una de mis rutinas; tengo un muy buen amigo que me invita a pasar las noches en su departamento, el cual se enorgullece de presentarme una total y extensa visibilidad del puerto de Valparaíso a través de los ventanales.    Aún no he abierto los ojos, pero ya he vuelto a la conciencia, siento un cuerpo tibio apegado al mío, y que nos enrollan cubiertas suaves y amplias, entonces sé que estoy en Cerro Los Placeres. La cama de dos plazas hace que duerma comodísima, tengo la elección de dormir acurrucada o independiente. En los momentos de esa máxima tranquilidad, es donde mi mente imagina en formas las situaciones, ya sean vividas, viviéndose, probablemente futuras, o simplemente pensamientos que me provocan cierto deleite. Varias veces me sucede que abro los ojos y veo la luna grande justo en frente de mí, completamente reflejada en el mar e iluminando las construcciones y toda materia posible. Me digo a mí misma que si coincido con la luna es por algo, nunca tomo esas coincidencias en vano. Me vuelvo a dormir entonces con los etéreos, preguntando y agradeciendo sus presencias. Mientras tanto mi amigo materializado me abraza y puedo sentir su amor. Cuando ya es de mañana, lo primero que veo es todo el paisaje, pudiendo distinguir por allá lejos a Playa Ancha detrás de los containers, y siempre busco el centro para calcular dónde está mi casa, me ubico cuando veo el edificio de la Intendencia.


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Desde este rincón de la tierra, adquiero la paz por la vista que me regala esta mezcla de altura y ventanas, entonces me involucro, me vuelvo completamente profunda, en trance, y me mantengo intensa pero inmóvil como conteniendo una información que no podré con ella si es que no le doy el espacio que me pide. Y estando frente en esa apertura total del paisaje es que me convierte de nuevo en su reflejo, y así me asumo completamente terreno porteño, siento que adquiero la amplitud y las inmensidades por mis ojos. Entonces me pregunto si el paisaje es el que mira hacia mí, y me veo toda pictórica concentrándome en mis rasgos femeninos y me vuelvo bella; soy una mujer compuesta de detalles tangibles mirando por la ventana. Detalles evidentes, luego de ser la arcilla en unas manos de tacto febril, por allí antes de despertar. Y son mis curvas las que hacen que me identifique con los cerros, a veces me creo Playa Ancha, porque estoy independiente de los otros y tengo de todo; poseo aquello que atrapa y seduce a quien sea. También tengo rincones ambiguos, dudosos, incomprensibles, donde no cualquiera se atreve a estar, y así también puedo decir que mantengo secretos inexplorados que hacen que me adquiera interminable. Sobre todo me reconozco en los acantilados; aquel abismo innato actúa como cimiento de mi versión astral frente a la tierra. Y además allí me identifico con esos atardeceres nubosos pigmentados de sol en el preludio nocturno, que son como los tonos de mis pieles y mis rubores sanguíneos, por ello es que mi amigo me ve como esas nubes naranjas, aunque de vez en cuando sea como subida Ecuador a las cinco de la mañana de un día sábado.


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Estando ya un rato quieta mirando, me hallo deslumbrada por el paisaje, y me quedo percibiendo cuanto estímulo el contexto me da: oigo a las gaviotas, y me convierto en ellas, soy un ave extendiéndose por todo el borde costero, vuelo y veo el mar, de allí hago poesía por las olas y desde las olas. Volando mi condición de volada se exacerba, me doy cuenta de que estoy a tanta altura que me entremezclo con las nubes, y ahora me creo nube entre tanta humedad. Estoy húmeda y onírica por la brisa inacabable del puerto, y puedo entender los ecos hasta del silencio; el vacío que hay entre yo y el mar es perfecto para mis formas. Siendo nube me reflejo en el mar, me confundo y creo que soy el mar conteniéndome a mí misma desde el fondo, y voy acuosa descansando en los pies de barcos y botes, dándoles sentido. De pronto vuelvo a mí y recuerdo que estoy en el piso once de un edificio. Miro hacia los cerros del frente y veo destellos moviéndose que vienen de los autos que acuerdan con el sol y las aritméticas el ángulo perfecto que reflecta en mis córneas. Me gusta mirar esos autitos y ver justo ese momento en que destellan, y luego desaparecen en el cerro. Veo las casitas todas diferentes, pero aun así similares en sus geometrías de noventa grados, que mantienen un patrón agradable a la vista. ¿Qué estará haciendo cada persona en este momento? ¿Quiénes son todos ellos?  ¿Podría ser posible saberlo?   En algunas ocasiones invernales, el ventanal está difuso por el vapor acumulado en su superficie, y veo que se bosqueja la marca antigua de algún dibujo que hice con el dedo, y eso mismo me incita a volver a hacerlo. Me gusta dibujar ojos grandes, los cuales de inmediato se derriten, y


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las gotas dejan la marca vertical cuando van cayendo hasta el tope del marco; otras veces escribo palabras cualquiera, las más aleatorias, y cambio de posición para ver desde qué punto se notan más; hay encuadres desde donde no se ven, y otras donde el contraste hace que se lean perfectamente. Y lo que más me gusta de esos diseños, es que el espacio desempañado me permite volver a ver el horizonte. Alguna vez me he encontrado con la sorpresa de que afuera no se ve nada por la neblina, y me gusta porque me siento dentro de una nube. Cuando ya me he levantado, veo al cactus San Pedro en el balcón del living siempre con gran presencia frente a la galería natural. Su aspecto cambia según el clima, para invierno parece con actitud de resistencia, eso me lo indica su color amarillento. Siempre me llama la atención, como si me pidiera que me voltee a verlo para hablarme de su forma larga y hexagonal.  Luego de haberme involucrado con el paisaje, me dispongo para irme. Voy caminando por Cerro los Placeres de vuelta a mi casa, y antes de subirme a la micro, oigo que el silencio es más grande que en el plan, por ello es que puedo oír mis pasos y me gusta como suenan. Depende del zapato el sonido que hacen. Me provoca cierto placer ese roce del zapato con el piso, y de vez en cuando hago crujir alguna hojita seca y el goce se dobla. Siempre salgo con tiempo ya que las únicas dos micros que pasan por esta calle son las 510 y la 501.   En el viaje suelo mirarme en mi espejo y contemplo mis rasgos, desde el brillo hipnotizante de mis pupilas hasta mis


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bigotes, algunas veces me pongo a mirar a la gente a través del espejo y una que otra vez me han pillado mirándolos. Me quedo unos minutos frente a la reverberación de mí y me hago generalmente la misma pregunta; ¿Cómo fue todo para que justo tuviera estas formas de mi cara? Me pinto los labios y me encrespo las pestañas con una cuchara.  Me miro en el reflejo de la cuchara, y me da risa verme distorsionada, como más frentona de lo que soy y saco la lengua, después giro la cuchara y en la parte trasera me veo invertida y también saco la lengua, eso lo repito hasta sentirme lo suficientemente ridícula. A veces me inspira mi ridiculez, obtengo de ahí sutilezas de mí misma que había olvidado o no había visto. Cuando la micro ya va bajando justo por detrás del Jumbo, el ritmo humano ya se siente diferente, hay más ruido, generalmente tomo la 510, por eso es que luego la micro se mete por Chacabuco y es ahí donde veo las bodegas y a las palomas esperando por fuera en el cableado eléctrico. Me gustan las palomas, me encanta mirarlas y ver que sus formas de comportamiento no son muy diferentes a los mías; cuando las veo todas juntas esperando el momento perfecto para ir a comer. Me encanta cuando se cortejan, me quedo pegada mirando, y es algo común que hago si es que voy sentada en la micro. Siempre en esa parada de Chacabuco con Uruguay la micro se vacía a la mitad e inmediatamente se llena al doble con personas, verduras, frutas y provisiones. Hay veces que me bajo a comprar, y me quedo un buen rato pegada en ese barrio buscando alguna fruta que se me antoje, o en verdad me gusta la composición que se hace al ver un montón de frutos


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iguales puesto en rumbas, me dan ganas de fotografiarlos; me gusta también entrar al mercado a ver gatos, siempre los busco para tocarlos, no me puedo resistir a tocar esos cuerpecitos, y así me paseo por el mercado, entre gato y gato, mientras busco lo que se me antoje. Me es infaltable comprar frutos en formas de bolitas, como uvas, guindas o aceitunas para írmelas comiendo en la micro, y no me importa no lavarlas; mis sistemas corporales son poderosos. En otras ocasiones cuando tomo la 501, el recorrido es por Pedro Montt, y cuando pasa el terminal casi llegando a Uruguay, es más probable que se suban viajeros con sus mochilas, también hay más vendedores ambulantes, ahora es común ver haitianos vendiendo Super8 en todas partes. En esa esquina veo tantas cosas, una explosión de información visual y sonora que me deja indecisa frente a qué cosa mirar. La plaza O’Higgins es como una feria libre de libros, ropa, antigüedades y cachureos, y esto se alarga por todo Uruguay hasta casi los pies del cerro. De vez en cuando encuentro alguna cosita y me la llevo, lo último que compré fue un chaleco colorido, muy largo que parece vestido, con el cuello tortuga más exagerado que he visto. Una vez me compraron por capricho una pirámide de bronce pequeña que mantengo aún en mi altar, y otra vez me llevé dos libros de literatura erótica cada uno a mil pesos. A medida que avanzo por la velocidad de un motor veo el comercio, y a veces me dan ganas de ir a ver ropa usada, pero solo lo hago cuando la economía me acompaña, y es ahí donde tengo unas leves crisis vocacionales. En casi todos los viajes pienso en el chofer, trato de analizarlo a partir ese


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primer encuentro conmigo y con los pasajeros, veo como está adornada la micro, las luces que tiene, la música que escucha, la rapidez con la que maneja, veo los stickers con nombres y siempre me he preguntado ¿quiénes serán? Me agrada cuando las decoran con luces neón, es como un ambiente nuevo inesperado. Me gusta la velocidad, por ello es que me gusta ir mirando como el espacio pasa rápido, allí es cuando se hace evidente el efecto de un transporte, y me hago consciente de que voy sentada mirando por una ventana. También me gusta mirar a los pasajeros de las otras micros, y nos miramos, pero como nos vamos moviendo no es tan incómodo mantener la mirada fija porque la diferencia de velocidades entre micro y micro nos aleja.   Desde que me subo voy adherida a lo enigmático de los grafitis y rayados en paredes, carteles, o cualquier área expuesta a la vista de los transeúntes, algunos son premeditados, coloridos hechos por artistas y otros son azarosos, pero todos tienen un aspecto subliminal, provenientes de algún deseo de expresión innegable de inmediatez y visibilidad. Varios me han hecho identificarme con frustraciones, asimismo han habido unos que me han hecho pensar y ver algo de una manera diferente. Los siento como portales filosóficos amorales, y en esa amoralidad descanso, siento que hay un otro que ha sentido lo mismo que yo, o que se cuestiona y se da cuenta de cómo funcionan las cosas, y lo liberó como manifiesto social, con esta cualidad de indebido que rodea hasta el día de hoy a estas prácticas. Hay tantos tipos de rayados, dibujos, palabras, frases, unos me hacen abrir el corazón y otros me asustan,


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algunos son repetitivos y se pueden encontrar en distintas partes, siempre me pregunto quién los hará. Todo este ir y venir de trazados constantes, hace sentir que las calles tienen vida propia; ese mismo muro que vi hace un par de meses ya trae consigo otro mensaje u otra apariencia.   Me gusta cuando voy llegando a plaza Victoria, alcanzo a distinguir las manchas verdes a lo lejos de las copas de los árboles. Son algo grises las calles del centro, por eso resaltan los demás colores. Cuando la micro dobla en Edwards para ir hacia Brasil, ya se cambia de ambiente, se siente como las calles dejan de ser tan estrechas, y en ese momento, me predispongo para bajarme en el Líder, ahí vuelvo a hacerme consciente, pero ahora de los bolsos que traigo, y lo que llevo en la cartera, veo que  traigo un montón de cosas, porque me fui a quedar a otro lado, y en aquel pensamiento recuerdo que hace un rato estaba allá tan alto y ahora estoy en la tierra a nivel del mar; soy parte de la vista que vi hace un momento desde cerro Los Placeres, ahora estoy allí donde fijaba la mirada y me preguntaba qué estarán haciendo todos ellos.  Se larga a llover demasiado, me doy cuenta de que he cambiado de ventana. Ahora estoy en mi casa, apenas veo desde un segundo piso de la parte plana y más baja del plan, entonces la tamaña diferencia de la vista con la del piso once sobre un cerro es alucinante, por ello me deslumbro con las realidades y aunque afuera estén los mismos edificios que siempre y en la misma posición, la autenticidad de cada momento es diferente a la otra por


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cualquier detalle. Observo como el poder de la lluvia cambia más aún las circunstancias de la gente que utiliza la calle, y en esa decisión que toman de pasar por aquí justo en la perspectiva de mi ventana es que forman parte de mi vida, y así como yo he decidido asomarme es que formo parte de ellos.


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SAL EN EL MÁRMOL

Ignacio Rojas


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La ventana estaba empañada en sus bordes, desde ahí se alcanzan a ver los barcos, containers y el movimiento del tránsito de la mañana; mientras Masae conversa con su madre y su abuela por videollamada. Masae ­­­ les habla sobre sus compañeras de pieza en su corta estadía en Santiago: una rusa y una argentina con quienes se veían por las noches y cruzaban un par de palabras. La madre se alegra por ella, le dice que le gustaron las fotos que le mandó sobre rutas de Machu Picchu y que se las mostró a su papá, quien no para de hablar de su viaje. Masae se arrima hacia la ventana, intentando encuadrarse en el paisaje de Valparaíso, llama la atención de su abuela para decirle que siente un parecido al puerto de Osaka y que también pudo comprar el sake en el aeropuerto. La voz de un hombre que subió a la micro llamó la atención de Masae, antes distraída en los libros y el celular que llevaba en su regazo. El hombre traía una guitarra y en el momento en que llega al último asiento se pone a cantar. Masae cada tanto lo mira de manera disimulada, y alcanza a ver –pese al movimiento de la micro– parte de sus rasgos: unas cejas pronunciadas, de nariz tosca y un bigote grueso. Cada tanto miraba el mapa de su celular y luego hacia el conductor cada vez que no seguía el trazo de la ruta, pero volvía constantemente al bigote del guitarrista. Su abuelo también usaba bigote ¿Lo habrá usado mucho tiempo? ¿Cómo sería su rostro sin el bigote? ¿Cómo se habrá visto viejo? ¿Se habrá muerto con el bigote? Masae caminó cuesta abajo con su celular en la mano derecha, cada tanto revisa como si siguiera indicaciones. Se


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detuvo en una esquina, volteó hacia ambos lados, cerca de ella hay una escalera cuesta arriba hacia un cerro. Comenzó a subir, casi tropezó con uno de los primeros escalones. Un hombre robusto, de piernas pesadas llevaba consigo unas bolsas plásticas unos pasos adelante de Masae. Cansado, se detuvo unos pasos para recuperar el aliento. Masae cuando pasó por su izquierda, volvió atrás para ayudarlo. Olía a cerveza de la noche anterior. Masae estiró sus brazos con un gesto de ayuda. — Gracias mijita, ya no me da parece, ya no me da nomás. Y eso que yo soy deportista, salgo ahí por la costa a caminar. Antes era re bueno para trotar, si por algo uno tiene las piernas que tiene, mire, si tengo harto músculo todavía —dijo el hombre, mientras golpeaba su pierna. Ella lo miraba cada tanto y le sonreía. No quiso hacer un gesto de interrupción, pensó que ya era muy tarde. — Si no llego con esto me va a ir mal ¿me entiende usted? La bruja… la bruja. Masae llegó unos pasos antes que el señor a una especie de vecindario de calles estrechas y peatonales que se bifurcan en varios sentidos. El señor le pidió las bolsas. — Ya, muchas gracias oiga. Se pasó, usted es forzuda. En ese momento fue que el hombre se dio cuenta que Masae no lo entendía. Hizo un gesto con los brazos, como simulando fortaleza junto con una mueca que apuntaba hacia Masae, no sabía qué hacer, se rió con cierto nerviosis-


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mo. Hacia una de las peatonales se veía una fuga sinuosa, empezó a caminar. Masae revisó nuevamente su celular, se dirigió hacia la derecha, pero se dio cuenta que iba en sentido contrario, caminó por la izquierda bajando por un cerro hasta que llegó cerca de la entrada de lo que estaba buscando. Masae entró a una cabina en donde había algunas personas que esperaban para subir. La reja estaba por cerrarse, cuando se interrumpió por un grupo de gente que parecían de diferentes nacionalidades: una familia de brasileros con dos hijos, otra de coreanos con una hija y otra de Estados Unidos, que se susurraban entre ellos. Las otras familias por el contrario, se preguntaban cosas, de dónde eran, qué ciudad, hace cuánto tiempo estaban. Mientras, los niños brasileros saludaban a la niña coreana –que bajó el rostro con timidez–. El ascensor empezó a subir y todos se arrimaron con los celulares hacia el puerto. La pareja de estadounidenses le pidieron a Masae que le sacaran una foto. La mujer fue enfática en que saliera el mar, pero las fotos salían sobre expuestas. El restaurant tenía un pequeño balcón, que, debido al horario pasado del mediodía y las nubes que se movían con rapidez, develaba ciertos sectores en sombras y otros iluminados, que cambiaban constantemente el color de la maderas de las mesas y las sillas. Masae estaba sentada terminando de decidir lo que iba a comer, junto a ella tenía su pequeña libreta de notas. Se distrajo con la sombra del mozo que tapó el sector de sol que iluminaba la hoja de la carta. El mozo la saludó en inglés, preguntando qué iba a


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pedir, Masae apuntó con su dedo índice, pidió agua para beber también. Cuando el mozo estaba por irse, Masae se animó a hacer una pregunta en inglés, quería saber qué visitar de noche, su tiempo era breve y sentía la necesidad de aprovecharlo. El mozo se dio cuenta del lápiz que Masae tenía en su mano, le preguntó si podía anotar, haciendo un dibujo en el aire. Masae le pasó el lápiz y su agenda, el mozo intentó explicarse en un inglés limitado. — Para el atardecer puedes ir a la costa, ¿ves ahí donde están los botes? Ése es el muelle Prat. Vas a ver una estatua que tiene una espada. Es muy fácil llegar desde esta plaza, es un lugar abierto. Desde allí, camina hacia el mar. La hoja de la libreta mostraba un boceto de la plaza Sotomayor, en donde se destacaba la espada que apuntaba hacia arriba y la figura del hombre que la blandía. Masae había reflexionado sobre las diferencias entre el dibujo y la estatua, las otras figuras no aparecían definidas, eran líneas que formaban una silueta, una sombra que se fundía con el resto de la estatua. Esa noche Masae estaba despierta, giraba entre la sábana y una pared hacia un lado y el otro: parte de la ventana, el escritorio y el sillón. Miraba las escasas nubes que se movían como el humo de un incienso. Había luna llena, ya que la pieza estaba iluminada en tonos grisáceos, aunque no se podía ver desde la cama. Comenzó a ver una mancha plateada entre la ventana y el sillón que empezaba a hacerse más nítida, eran varias manchas, como puntos plateados formando una línea vertical. Era una silueta, que aparecía


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como una película de clase B; un fundido que hacía la figura de un hombre de barba, con un traje antiguo, una especie de oficial con varias medallas en el traje. Masae no podía moverse, no sabía si estaba dormida o despierta, sólo podía mover los ojos. El hombre parecía desorientado, miraba el techo, de un lado al otro. Al mover su cabeza, Masae pudo ver una herida de bala en la yugular, se dio cuenta que también tenía varios agujeros en el pecho. El hombre hablaba, pero parecía que no podía verla. Masae intentaba sacar la voz, primero intentó gritar con todas sus fuerzas, pero no emitía sonido. Quería decirle en inglés que se fuera, luego en japonés. La figura comenzó a fundirse, de la misma manera en cómo apareció, hasta que el botón plateado de la chaqueta dejó de brillar. Pasaron varias horas –o eso sintió Masae– hasta que en algún momento se quedó dormida. La fila era larga, había una niña que lloraba de manera desconsolada, una mujer –la madre– la tuvo que llevar afuera. No encontraba el ticket para tomar un número, buscó por los pilares y las paredes sin éxito, hasta que el guardia se le acercó. Sonrió, como gesto de que pese a no poder hablar con ella, quería ayudarla. Masae lo siguió hasta el mostrador, el señor fue con uno de los oficinistas y se pusieron a conversar. El señor le indicó a Masae que hablara con el oficinista, quién la invitó a sentarse. Masae le pasó su celular con la fotografía que contenía el obituario de su abuelo, el oficinista vio la fotografía, le llamó la atención que en la parte superior del celular la información estaba en japonés y que el pantallazo estuviera en español. “Rodolfo Contreras” era el nombre, el oficinista lo dijo en voz alta.


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Masae pensó en ese nombre, por primera vez un chileno decía ese nombre que para ella era impronunciable. El oficinista se paró a buscar un libro detrás de él, todos eran iguales pero con una rotulación diferente, cuando encontró el que buscaba empezó a ver las fechas. Toda esta gente está muerta, cada persona está enterrada de forma individual. Masae se acordó de esa vez de cuando era niña y fue con su abuela y su madre a visitar a la familia “Aida”, tenía el recuerdo de los inciensos, el sake sobre la lápida con toda la familia, muchos nombres de personas que ella no conoció. El sake lo tenía en su bolso. El oficinista le entregó un papel que decía “Cuartel 4, módulo B”. Sin saber qué era eso, intentó explicarle cómo llegar, su inglés era incluso peor que el del mozo, tuvo que prestar mucha atención. Lo que más pudo retener de la información fue la referencia con el mar, que tenía que caminar en esa dirección. Pensó en que la mayoría de las indicaciones que le habían dado el día anterior y este, involucraban el mar, como si toda dirección, guía, mapa, indicación terminara en él.

El Cuartel 4, módulo B tenía dos pisos, dos escaleras que se entrecruzaban entre sí formando una “x” que separaba el espacio en el lado izquierdo y el derecho. Masae buscó en el primer piso, se detuvo en varias lápidas, sobre todo una que tenía un globo de aluminio con forma de corazón que se había consumido y una botella de vino vacía, 1985-2018. 33 años vivió esa persona, qué joven, pensó. La lápida de su abuelo estaba vacía, esquinado en el lado inferior izquierdo. Rodolfo Contreras 1922-2010, y por


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supuesto, no entendía lo demás. Sacó una fotografía. Abrió la botella de sake, bebió usando la tapa, sirvió otra vez y la dejó sobre la lápida, en un recipiente donde otras lápidas tenían flores. Tenía las manos juntas y los ojos cerrados, no escuchaba otra cosa que el sonido de las olas.


102 ASCENSIÓN

David Wolfenson


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Imagínate que estás en un gran apuro, corriendo por calle Serrano y atravesando la plaza Sotomayor. Entonces, en un breve cálculo, descubres que la forma más rápida de llegar a tu destino es subiendo por el ascensor El Peral. Así, llegas apenas para el siguiente viaje, le pagas al viejo que trabaja ahí y te subes. Entonces tratas de calmar tu respiración, que ya está bastante acelerada y necesitas pensar con serenidad. El elevador empieza a subir y cuentas los ciento quince segundos que se demorará en llegar hasta la cima. Sin embargo, en la mitad se detiene, dejando a todos los pasajeros desconcertados, observando a su alrededor con mezcla de miedo y curiosidad, obligados por la suerte a mirar a los ojos a los demás fantasmas que, según sus propios planes, estaban listos para no volverse a ver por el resto de sus miserables vidas. De esta manera es que el grupo de desconocidos debe romper su indiferencia, comenzar a hablar con el que está al frente. Primero, la niña-joven-adulta que está sentada en el respaldo de madera se desespera porque olvidó un importantísimo cuaderno en su Escuela de Sociología. Sabe que esta detención la perjudica aún más que su propia cabeza de pollo, es decir, su suerte resultó ser peor que su memoria. ¿Valdría más saltar por la ventana y caer por el empinado cerro para recuperar los valiosos segundos de estudio? Quién sabe. Lo peor de todo es, y ahora de seguro piensa eso, que si no hubiese aceptado la invitación de la Amanda de fumarse un caño en el patio antes de la clase de Fundamentos del Pensamiento Complejo probablemente no habría pasado nada de eso. Ni siquiera se habría molestado en subir en ascensor.


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¿Y qué me dicen del otro extremo? En el costado izquierdo está la señora Hilda, o al menos tiene cara de señora Hilda, y no pasa mucho tiempo de silencio antes de que empiece a quejarse de su espalda, y de cómo sus niños están pasando hambre mientras ella está ahí, vieja y moribunda. Al menos no se iba a quejar de su diminuta pensión, porque de súbito una paranoia inunda su cabeza, y está segura de que es posible que se la haya olvidado apagar el fuego de la cocina cuando bajó a comprar el cilantro y el tomate que le faltaban para la ensalada. Pronto entonces se oiría una explosión allá por La Loma, y comenzaría un nuevo y repetitivo episodio de incendios en Valparaíso. Sólo había que esperar unos segundo más y se escucharía el estruendo. Uno… y dos… y tres. Uff, nos salvamos. Nada de nada. Tal vez el fuego no quedó encendido. Es que ya saben que tantas tragedias que ocurren hoy en día y tanta delincuencia no pueden ser indiferentes para la señora Hilda, que por suerte está atenta ante los aconteceres nacionales gracias a su viejo e inapagable televisor. Gracias a ello está protegida. El Estado ha salvado el día, claro que sí. Al menos todo se calma. Ya nuestros personajes comienzan a pensar que nada puede ser peor, porque peor sería que se cayera el ascensor y entonces nuestra historia acabaría aquí mismo. Pero no pasa, y sin previo aviso el nuevo personaje hace irrupción en la escena. Se trata de Freddy, el rockstar porteño. Anteojos, barba, mirada soñadora, pelo largo. Está apoyado a la ventana, al frente de la señora Hilda. Mira


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hacia el horizonte o hace como que lo mira, pues no está interesado en nada más que su gran destino. Dije que es un rockstar, pero ni siquiera sé si hace rock. Tal vez sólo toca boleros en el Restorán Capri, como el otrora borracho favorito del puerto, Jorge Farías. De lo contrario el nombre que le hemos asignado sí que le quedaría algo más preciso al descolocarse en las tocatas alternativas en el Ele Bar. Como sea, la ilusión de los escenarios siempre le servirá para enaltecer su ego hasta imaginar que la mina que se llevó al colchón la última noche era su grupi fiel, asistente a cada tocata de sus giras por el mundo. No es que yo sea mejor o me sienta más que los sujetos que acabo de mencionar. Espero que no piensen que sólo quiero burlarme de otros, porque no es así. Hay más que eso. Yo también tengo mis defectos, o más bien, también tengo esa vocecita entrometida que se sube por mi hombro y me susurra que queme historias, mientras la música en el ambiente actúa como catalizador de los pensamientos. Si yo, al igual que los demás pasajeros de esta travesía, subí a este ascensor, es porque tenía que llegar a un sitio al que no sé bien por qué tengo tanto apuro en alcanzar. Mis demonios también me esperan allá arriba. El manual didáctico de las tramas de ascensor nos dice que aquí, tras un puñado de comentarios intrascendentes de los personajes que le temen a los silencios incómodos, éstos deben entablar una conversación. Los únicos que se sienten aún con una barrera comunicacional son la pareja aventurera que vino desde las lejanas tierras de un país primermundista para explorar la peligrosa selva sudame-


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ricana y sacar fotos a las increíbles bolsas de basura rotas junto a los basureros. Por su extraño acento podríamos inferir que hablan en alfabeto cirílico, probablemente. Los llamaremos Sharapova y Berbatov, nuestros amigables extranjeros con visa. La señora Hilda fue la que partió con los comentarios nerviosos, por lo tanto es la primera en romper el hielo. No saciadas sus necesidades sociales con los verduleros del plan, le pregunta a Freddy sus entrometidas dudas de vieja metiche. Oiga que tiene hartos tatuajes mijo. ¿No le dice na’ su taita? No señora, si mis viejos me dieron permiso, le responde el increpado. Craso error. ¿Te has fijado cuando uno va en la micro y aparece un sujeto desconocido, usualmente con ya cierto nivel de arrugas, y trata de contar su vida? La táctica es muy sabida: Disculpe joven, ¿me dice la hora? Entonces el joven dice: Sí, las cuatro veintisiete. Y la réplica dice: Es que no sabe na que voy atrasada porque tengo que ir al médico porque el otro día me caí por la escala cuando traía la bolsa del pan y me hice tira la espalda y mi sobrina que sabe que estudia en la universidá y hace la tesis me recogió del suelo y fuimos a ver al doctor Fernández que es muy capo y dijo que tuve suerte porque no fue tan grave pero ahora tengo control con el doctor y mi sobrina que le dije que está haciendo su tesis que es muy inteligente y aparte está en la selección de vóleibol de la u, el otro día ganó una medalla y me alegra tanto…


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Es con aquella triquiñuela cómo nuestro rockstar cae en las malévolas redes de la señora Hilda y no puede sino seguir hasta el final. Por suerte éste posee una personalidad muy agradable y está a la altura de las circunstancias, siendo capaz de transformar lo que muchos llamaríamos “una lata” en “una amena charla”. Bien hecho Freddy Turbina. Mientras todo esto sucede la niña de sociología levanta un poco la angustiosa vista y mira de reojo a Hilda, justo después de que esta dijera “…mijo, usté nunca se drogue, que va a terminar perdido como esos cabros bandidos”. Aquella evidencia de un choque de mundos es suficiente para que se distraiga de su drama mental y ponga notable atención sus compañeros de espera. Digamos que igualmente la pareja oriental-europea venció sus miedos y se unió a la aventura de conocer a estos extraños. Por suerte y para mi sorpresa, Berbatov y Sharapova manejan medianamente bien el español, y con el entusiasmo que los caracteriza pueden soportar cualquier maquiavélica situación propiciada por la Señora Hilda. Si esto fuese una obra teatral, la poca movilidad del escenario principal sería perfecta para el desarrollo de la trama, la cual sucedería en todo momento en ese único sitio. El dramaturgo, también conocido como Dante, se hallaría frente a los personajes y los ayudaría a resolver la trama, haciéndoles actuar y decir cosas que alimenten ese desarrollo. Mas Dante sabe que no controla la esencia de los personajes, que en un pestañeo adquieren voluntad propia y se guían por sus propias convicciones. Así que la batalla más compleja ocurre cuando el dramaturgo se enfrenta al


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embaucador, responsable de la corrupción de los personajes, y se enfrentan sin saber quién resultará victorioso. Es un asunto muy azaroso y que muchas veces ha provocado que grandes historias se conviertan en grandes tragedias, o por el contrario, se salven de serlo. Y como si eso no fuese suficiente, jamás sabremos si el sujeto cubierto de grasa lubricante que se coloca en la cima del mecanismo que sostiene el ascensor, tratando de cortar las cuerdas de fierro, es el embaucador o el mismísimo dramaturgo. Mientras tanto, la bulla de los personajes sigue en su monótona constancia y ni se percatan de lo que ocurre sobre sus cabezas. No te digo que hablen cosas aburridas, pero ni me interesan ni me llaman la atención. Solamente le preguntaría a la cabra joven, que realmente me está entrando la duda, si es que hace un tiempo nos encontramos en el Playa, esa vez que unos longis se agarraron a botellazos en las mesas de la entrada y los del bar terminaron sacándolos a todos sin opción, diciendo chao peña y chao vasos de terremoto a quina. Si fue así, un rato antes nos pusimos a hablar de la vez que casi fuiste a ver a The Skatalites cuando vinieron al puerto, y terminamos dándonos besos en un espacio oscuro al lado de los locos que bailan, justo cuando empezó a sonar el Bloque Depresivo. ¿A esa hora en el Playa? ¿Estai seguro? Es mi historia, te digo que fue así. Y el caos que hubo después de la pelea hizo que todos se dispersaran, creo que el Lalo estuvo metido entre los puñetes, a lo que tuvimos que ir a calmarlo cuando salimos del bar. No la vi más, no la vi más.


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Aunque pensándolo mejor, la niña del ascensor podía no ser quien yo creía y simplemente comencé a atar cabos sueltos y asociar colores de pelo y tipos de miradas, en un afán clásico por encontrar similitudes entre las cosas. No hay tiempo para sacar conclusiones. De pronto surge desde las sombras un individuo más, como si en un instante el dramaturgo hubiese decidido colocar un nuevo cartucho de dinamita a esta caja de zapatos a punto de explotar. Corrió violentamente a la señora Hilda de su cómoda esquina y colocó a Roberto, el verdadero gran villano de la trama. Te juro que no lo había visto antes. Posee un maletín y tiene puesta la capucha sobre la cabeza y bajo la chaqueta. Mañana tendrá que instruir con sus eruditos conocimientos literarios acerca de la importancia de Nietzsche en la filosofía a un grupo de jóvenes perdidos. Pero aquí y ahora se muerde los dientes, porque no soporta la sofocante trama que con cada palabra calienta más y más el aire, que ya está bastante viciado con el olor mezclado de siete personas y contando dentro de un cubo. Está a punto de gritar, cada segundo se llena con un poco más de rabia. Es cosa de tiempo. Tic tac tic tac. Y entonces: no emite una sola palabra. La señora Hilda menciona a su último nieto y más regalón Pedrito, cuando Berbatov emite una interjección típica de su país y, mirando por la ventana, el extraño sujeto embarrado sigue moviendo una sierra de aquí para allá entre los cables que sostienen el ascensor. Tic tac tic tac. Si es que nadie dice nada, será hora de que su Humilde Narrador acabe con la aparente tranquilidad que reina en el ambiente. No puedo más.


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Oye niño, ¿Querí un poco? La cabra de al frente sostiene un pedazo de chocolate. Roberto el erudito desaparece súbitamente. No quería sonreír pero es que de verdad tenía hambre. Si tan solo pudiese recordar aquello que estaba a punto de hacer. Pero ya conoces el poder que tiene el chocolate para acabar con la maldad. Es así que éste se me acaba y no puedo evitar preguntar: — Oye, ¿no viste un tipo que estaba arriba de los cables? — ¡Salee! ¿Estaba de verdad? Pensaba que me había vuelto loca. Menos mal. — Uff, menos mal, como que iba a romper los cables. — Sí weón, estaba toda paranoica por culpa del loco. Un tirón sacude a todos los pasajeros y el ascensor comienza a subir, luego de la infinita espera. Una rara sensación de nostalgia invade a los sobrevivientes de esta peligrosa aventura. Cada uno tendrá un imborrable y triste trauma que los perseguirá como un fantasma en las noches de invierno, olvidando los rostros con los que compartieron aquel destino en esa desdichada tarde. Tal vez se encuentren de vez en cuando en alguna calle chueca de la ciudad o en la fila de una panadería, o cosas de ese estilo. Ahora estoy seguro de que sí era la cabra que conocí en el Playa la otra noche. Si tardáramos un poco más en subir de seguro que recordaría la conclusión a la que estaba a punto de llegar hace unos segundos. Al menos aún no llegamos a la cima.



112 LA

TARDE EN LA QUE NO SENTIMOS MÁS VÉRTIGO Pa b l a A l b a n e c i c h


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Cuando abrió los ojos, el paisaje había cambiado. Habían muchos más autos a su alrededor. A su mano derecha, una iglesia logró captar su atención durante un par de segundos; después, a su izquierda, se quedó mirando una especie de obelisco; a la inversa, le llamaron la atención unos autobuses verdes, parecidos a un tranvía, pero funcionando en base a un sistema de cables en vez de rieles. Sacó el bolso que tenía bajo sus piernas, agarró su cámara, y en un semáforo, aprovechó de mover las perillas con la suficiente rapidez como para captarlo. El auto dobló y se metió por una calle con edificios un poco más altos; se veían antiguos, pero no tanto, se podría decir que eran de principios del siglo veinte. Albergaban lo que parecían ser tiendas de repuestos de motos o autos. Con el ojo detrás del visor, miraba emocionado por primera vez aquellas calles. Hizo un par de capturas más y volvió a guardar la cámara. —Ya falta poco para llegar —dijo Ernesto, quien había doblado en dirección hacia los cerros. El auto empezaba a subir y el paisaje empezaba paulatinamente a cambiar. Las casas cada vez tenían formas, colores y tamaños más imposibles; habían varias enfiladas, aunque de cuando en cuando, una balaustra blanca hacía tregua entre el cemento y dejaba ver el mar. Las calles cada vez empezaban a tener curvas más cerradas y subidas más empinadas; finalmente, Ernesto aparcó el auto casi en la acera, entre dos faroles en cuyo cemento estaba grabada la letra W en verde esmeralda, a


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los pies de una hilera de casas que no tenían ningún tipo de parecido entre sí. Sacaron las mochilas y tras cerrar el auto, atravesaron un callejón de cemento; hablaron sobre el lugar, los negocios cercanos, la noche, las cosas que pasaban en Valpo... Mientras la conversación daba un giro a una anécdota ocurrida en dos mil ocho, cruzaron por un estrecho pasadizo y Ernesto abrió la reja burdeo que daba a unas escaleras de cemento a ochenta y seis grados. A duras penas y casi en silencio, llegaron al escalón ochenta y siete, donde una reja roja con malla gallinera, dejaba ver entre sus enredaderas un pequeño antejardín con varios árboles frutales. La mano del moreno, se deslizó entre las rejas y abrió la puerta desde dentro. — Prométeme que no te vas a... — Ernesto hizo un gesto con su dedo índice y corazón, señalando la vena favorita de Robert. Éste suspiró mientras una fría culpa hacía vibrar su espalda, cabeza, piernas y brazos. — Yo me sé cuidar solo, Ernesto… vine acá para limpiarme — caminaron lentamente por el lugar, Robert, apreciándolo por primera vez con sus propios ojos, se quedó atrás, mientras Ernesto tocó la puerta. Escucharon un grito, después unos pasos rápidos. Mari les abrió la puerta y volvió a chillar al volverlos a ver. Ernesto fue el primero en ser estrujado entre sus brazos. Después, fue Robert. — Qué estai flaco vos, rucio — espetó, mientras clavaba sus afilados dedos en sus costillas.


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— Estoy igual de flaco que siempre —respondió Robert, aún con Mari entre sus brazos, sintiendo el aroma a limón de su pelo. Mari seguía tan chistosa como siempre, con su risa fuerte y sus codazos. Hablaba rapidísimo y resumía lo que habían sido los últimos siete años de su vida de forma completamente aleatoria, sin un hilo temporal coherente, y con constantes autocorrecciones. El vinilo había dejado de sonar hacía rato, así que Robert se puso de pie para sacarlo y volver a guardarlo en su funda. Miró la colección que había en el aparador, y eligió un LP de Hiroshi Suzuki, donde salía el mismísimo trompetista con la silueta de un gato sobre su cabeza. La sala se llenó con las notas de contrabajo, el ritmo de la batería y el swing de la trompeta. Robert caminó rítmicamente hacia sus amigos y se sentó entre los dos, recibiendo con sorpresa la segunda fumada de un porro recién armado. Inhaló profundamente y retuvo el humo en sus pulmones. Pasándoselo a Ernesto, a su mano izquierda. Expulsó el humo mientras echaba su espalda hacia atrás, apoyándose en el respaldo del sillón; puso su cabeza en el hombro de Mari y esperó a que le llegase el pito una y otra vez más... una y otra vez más... una y otra vez más.... El lado A del vinilo se había acabado hacía rato, y el trío de amigos seguía compartiendo anécdotas, riendo, haciendo planes realistas, también planes que jamás iban a cumplir... Robert se volvió a levantar, porque los varios litros de cerveza que habían tomado empezaban


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a oprimir su vejiga, así que atravesó la salita hasta llegar a la cocina. Se asomó por la ventana, donde se escuchaba una canción que él conocía; de pronto le dieron ganas de subir a hablar con los vecinos de Mari, bailar Can, contar anécdotas sobre su adolescencia y el óxido nitroso... pero recordó por qué había ido hacía ese lugar y volvió a cruzar la cocina, para meterse al baño. Se bajó el cierre y se miró el pene, algo más rojizo de lo normal. Al expulsar orín, le ardió fuertemente el glande, así que intentó hacerlo lo más rápido posible. Las tres últimas gotas se sintieron como ácido sulfúrico, se sacudió con violencia antes de volver a guardarse el pene bajo el calzoncillo. Se lavó las manos obsesivamente, después se mojó la cara. Se miró al espejo y vio ojos hinchados y rojos. Estando en la otra punta del mundo, con amigos que había conocido en otra parte del planeta y que por razones del destino habían coincidido de nuevo. Le dio risa y pena; había extrañado tanto a sus amigos que los había idealizado en la distancia. Los ojos de Ernesto, ya no eran tan brillantes; las incoherencias de la Mari habían sido bastante más acentuadas al pasar de los años y de las drogas... De él se podría decir lo mismo. Cada vez más yonki.. Acompañaban arrugas ahora a las heridas de guerra. Suspiró y se secó con papel higiénico; sacándose uno a uno los pedazos que habían quedado pegados. Antes de salir del baño, miró un basurero; y entre los pedazos de papel con mierda, brilló una aguja. Brillaron también sus ojos cuando vio el resto de la jeringuilla. Sintió un cosquilleo revoloteando en su abdomen.


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Algo dentro de él lo dominó por completo. Se bajó los pantalones hasta los tobillos, sentándose en la taza con rapidez, expulsando todo lo que llevaba dentro suyo desde hacía semanas. La taquicardia se volvió a apoderar de su corazón, y después de la limpieza correspondiente, se sacó los anillos y puso las manos bajo el chorro de agua caliente, hasta que sus dedos quedaron entumecidos y rojos. Se echó agua en la cara mientras intentaba mantener un ritmo de respiración normal. Salió del baño, con la angustia en el pecho; y se sentó nuevamente con sus amigos, intentando mantener una conversación normal, pero la ansiedad fue más grande y logró llevarse a la Mari con el pretexto de entregarle un presente que había comprado en el flea market de San Francisco. Una vez a solas, le entregó un vinilo de Haruomi Hosono. — Grac... — mari i fuckidfng ne3d a t4aste3 ofoffoooff brrr0wwnn $ug4rr in my vein$$$$$$$$$$$$$$$$$$$...... ....... —susurró violentamente en su inglés natal. No quería que Ernesto supiese que estaba dispuesto a romper la promesa que le acababa de hacer. — robert. Cálmate —la cara de Mari estaba desencajada, al ver a su viejo amigo en ese estado. Robert temblaba y sus ojos se encontraban más vidriosos que nunca. — No tenemos de eso acá, pero... el niño que vive conmigo vende keta, eso es todo... Si querís puedo hacerte una mano, pero más pa la noche...


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Robert no entendía nada, sus manos temblaban, se sentía fuera de sí; poseído por el deseo y hambriento de cualquier opiáceo. ¿Ketamina? Quizá, todo por sentir un pinchazo. — Bueno, una keta quizá me haga bien —dijo. Aún no entendía bien lo que quería decir con una mano. ¿Acaso lo iría a masturbar? Prefirió no decir nada y simplemente la abrazó. Gracias, Mari, te quiero mucho. En los brazos de su amiga, se sentía cómodo y seguro; la cabeza de la Mari se escondió en su pecho y sintió como sus manos subían por su cuello y sus uñas peinaban su cabello. Un instante que hubiese sido eterno si Ernesto no los hubiera interrumpido. — Así que estaban en esa, ¿ah? —bromeó. El trío de amigos volvió a echarse en el sillón, escuchando música y fumando marihuana; las horas pasaron. — Bueno chicos, yo estoy muy cansado de tanto manejar, creo que voy a echar una cabezadita —después de un abrazo, atravesó la puerta de la habitación de la Mari y la cerró. Ella y Robert, quedaron por fin a solas, él, cada vez con un hormigueo más intenso en su abdomen. Ardía en deseos por inyectarse cualquier cosa. Mari lo agarró de las manos y cruzaron juntos la cocina. Salieron por la puerta trasera y subieron unas precarias e irregulares escaleras de cemento. Tras tocar la puerta, un joven moreno con pelo color naranjo de agua oxigenada, les abrió la puerta.


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— Hola Rayo, oye, ¿andai con keta? — Sípo, obvio, pasen no más cabros. Cuando atravesaron la puerta un fuerte olor a palosanto y fritura invadió sus narices. Robert se sentó en un sillón verde desteñido y medio roto, mientras veía a su amiga desaparecer. Se miró los zapatos, deseando que el tiempo pasara rápido. Pero la mente es caprichosa, y la espera se le hizo eterna, sentado ahí, mirando a los ojos de un niño que lloraba. Su mirada navegó por toda la habitación, hasta llegar a la ventana; que daba una panorámica de todas aquellas casas agrupadas aleatoriamente, y detrás, la bahía. Pensó en el mar, en mojarse los pies, en nadar por horas... Pero salió bruscamente de sus pensamientos cuando su amiga lo abrazó por la espalda. Volvieron a bajar, metiéndose por la cocina; se metieron a un pequeño cuarto que estaba ahí mismo, algo que parecía ser una antigua habitación de servicio, pero que funcionaba como cuarto de invitados. Se sentaron en la cama y comenzó el ritual. Alcohol, agujas, algodón, un cordón de zapatos para amarrarse los brazos mutuamente... Suspiró y sintió como los demonios que se le estaban escapando, volvían a entrar a sus venas; aliviado, se sentó en la colcha de terciopelo burdeo de su amiga y miró sus manos, tenía tatuajes nuevos. Laberintos y mensajes. Entró en sus laberintos y se perdió en ellos. Pestañeó y su cuerpo se sintió tan liviano que empezó a flotar, junto al de Mari. Antes del otro pestañeo, estaban en el techo.


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Otro pestañeo más y llegaba a las nubes; se sentía una gaviota observando desde las alturas aquel mar tan azul y aquellas calles tan grises. La imagen se pixeleaba en su cabeza y se transportaba de inmediato de vuelta a la calle donde había fotografiado unos mecánicos apoyados en la pared. Podía estar en todos y en ningún lugar a la vez. El tiempo no tenía sentido, nada tenía sentido; pero a su vez, todo tenía un significado entre sí. Una risa maníaca llenaba la habitación. Gritos. Eran árboles, gaviotas, gatos. Cerró sus ojos, con la respiración entrecortada. Cuando los abrió, la Mari sacaba la aguja de su brazo izquierdo. Cerró los ojos, caminaba en Caracas a las tres de la mañana, con la Mari y Ernesto. Abrió los ojos. Estaba desparramado en un colchón sucio, en cerro Monjas.



122 TRAZOS

Richard Yevénes

ENTRE LA BRUMA


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Ya amanecía y él proyectaba su día, tranquilo, sin ruido, de esos silenciosos que adormecen de vez en cuando la caótica geografía de esta ciudad, como si fuesen un antidepresivo o algún tipo de calmante. Arrimó las frazadas a un lado y se vistió sin apuros. Una camisa de franela comprada en la ropa americana, pantalones negros semi pitillo, una chaqueta verde olivo y un par de bototos mostaza, precisos para el día. Caminó hacia el espejo, como de costumbre, buscando vaga aprobación. Puso la tetera y mientras preparaba el desayuno, prendió la radio esperando encontrar algo que pudiese acompañarlo durante la mañana; no pudo sintonizar nada, trató con todas las emisoras, pero no dio con nada; lo único que se oía era el ruido de la estática, que parecía absorberlo a ratos mientras cambiaba de estación. Intentó buscar algo de música en su celular también, pero éste no le respondió, la pantalla se apagó de repente y no prendió más. Como ya se hacía tarde desistió, apagó la radio y dejó su celular a un lado. Terminó de preparar el desayuno y se sentó mirando hacia el ventanal más grande de la casa; con dos batidos semi tostados y un té de hoja con canela se entretuvo viendo a la gente que pasaba por fuera, antes de empezar a comer. Se dio cuenta que todos los que iban pasando frente a él caminaban de una manera muy extraña, un poco errática. No le dio importancia, lo atribuyó al frío y a la bruma que se dejaba ver también por el ventanal. El primer mordisco al pan le supo muy extraño, como si lo que le hubiera untado no fuese mantequilla, sino el raspaje de algún viejo y oxidado metal, pensó que había


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sido el cuchillo, pero no tenía ningún olor ni textura que delatara el sabor; cuando lo asimiló mejor, un breve temblor le recorrió la espalda, con desdén miro el pan y lo dejó, el té le dio desconfianza, pero se lo tomó. Quedó extrañado de su propio cuerpo, dado que siempre ha sido más devoto al frío que al calor, producto de un viejo trauma que aún vive en su canilla izquierda, el cual siempre ha procurado esconder muy bien; esa piel rojiza y sin sensibilidad que con el tiempo ha tomado formas bastante surreales, similares a las de la bruma que vive en Esperanza. Siempre le llamó la atención la bruma, de pequeño le gustaba esconderse dentro de ella, se sentía protegido, cobijado, como si fuera alguna de las mantas favoritas de su niñez; sin darse cuenta comenzó a coleccionarlas, una pequeña y abstracta afición que aún sigue practicando. Cuando conoció por primera vez la niebla de Cerro Esperanza se sintió muy cómodo, notó cómo a diferencia de otras brumas, era ella la que escondía cosas, aunque siempre le tuvo algo de miedo. Al pasar el tiempo se fue acomodando a ella, a su personalidad testaruda y un poco antisocial que no discrimina en difuminar ni personas, ni recuerdos. Fue un encuentro bastante extraño, nunca había podido entender, hasta hoy, ese extraño temor que sintió en un principio. Como estaba libre aquel día, aprovechó la mañana para barrer un poco y ordenar algunas cosas que hace bastante tiempo tenía desparramadas. La gente seguía pasando de cuando en cuando. De pronto, una mano fornida con un corte profundo en la palma pasó acariciando la ventana dejando una estela de sangre, que rápidamente se coaguló


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fundiéndose en el cristal. Quedó paralizado, un segundo escalofrío le volvió a recorrer el cuerpo, aguantó la respiración en un afán instintivo de ocultar su presencia y ahí se quedó, inmóvil, sin aire, esperando que el tiempo pasara. Cuando ya no pudo aguantar más la respiración se movió, cerró las cortinas y retrocedió dejándose caer en el sillón más cercano. Despertó de sobresalto, la cabeza le palpitaba, sus ojos estaban muy hinchados. Al mirar el reloj del living notó que habían pasado un par horas, se levantó del sillón y vacilante salió de su casa. La bruma era mucho más espesa que de costumbre, en el aire había olor a sangre y carne podrida. Comenzó a bajar por Barros Arana, con paso lento y precavido; a medida que caminaba, el aire se ponía más pesado, cada vez sumaba y sumaba más forma, el olor que percibió una cuadra atrás se hacía más intenso. No podía ver nada más que un par de metros hacia adelante, no escuchaba nada tampoco, ni autos, ni a otras personas, eso lo desconcertó; se sintió en otro lugar. Ya no se sentía protegido en la bruma, era cada vez más vulnerable, un desconocido. Decidió bajar un poco más, quería saber qué pasaba, las distancias no le cuadraban, el espacio le parecía irreal y la curiosidad le corroía la razón. Tenía la sensación de estar caminando a la deriva, pronto de llegar a encallar en algún basurero o algún poste de luz, pero no veía nada cerca, más que sus pies y el suelo que iba pisando. Un poco más abajo, hubo una leve brisa con olor a sal y algas que pasó venturosa por ahí; descongestionó de manera muy rápida el lugar, fue una pequeña y gélida pausa que lo


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dejó esculpido en la vereda que estaba parado. Poco a poco comenzaron a dibujarse algunas siluetas, todas de tonalidades opacas, oscuras, un par de ellas grisáceas, otras verdosas y negras. Era la primera vez que al ver ciertas tonalidades personificara tantas sensaciones de repulsión juntas; verdaderos nudos viscerales se amarraron en su bajo vientre, las lágrimas le brotaron al instante, todos los vellos y poros se le crisparon como si estuviesen a punto de reventar, sintió calambres en el ceño, en los párpados y pómulos. Vagamente trataba de razonar que esas contracciones musculares, nuevas para él, eran producto de un inmenso terror. Las siluetas en distintas velocidades cambiaban su figura, adoptaban contorneadas formas geométricas, a ratos con rasgos humanoides. Las siluetas verdosas estaban tiradas en suelo, inmóviles, pintando el asfalto de manera uniforme, las negras y grises estaban estáticas, como si hicieran guardia a las siluetas verdosas. Las negras cargaban con lo que parecía ser una silueta más pequeña con forma de fusil y las grises con forma de revolver. Se escuchaban quejidos y sollozos que fueron abruptamente silenciados por una ráfaga de siluetas negras, mucho más pequeñas, calándose contra las cabezas de las siluetas verdosas. La caudalosa silueta de un río de sangre verdosa comenzó a escurrir por las soleras de lo que parecía ser Barros Arana. Lentamente comenzó a levantar su pie izquierdo del suelo, procurando la máxima discreción posible. Sintió que era de madera, todas las articulaciones, músculos y huesos parecieron crujirle de forma estruendosa, el primer paso hacia atrás resultó bien, pero al tratar de dar el segundo,


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las siluetas se percataron, no supo bien si fue por los movimientos astillosos que estaba dando o fue por la aguda percepción de las siluetas. Éstas se voltearon casi al unísono donde estaba él, lo único que pudo hacer fue soltar un grito desesperado que le dejó sin aliento. Las siluetas negras se acercaron rápidamente dejándolo sin tiempo, una de ellas cambió de forma, tomó una consistencia líquida y se introdujo en él por las fosas nasales, boca y oídos, quedó inmóvil, sin habla. La silueta había tomado el control de su cuerpo, por mucho que intentaba moverse, sus extremidades no le respondían, estaba a merced de la voluntad de la silueta que estaba dentro suyo. Las siluetas negras, junto con el cuerpo controlado se reunieron donde estaban las siluetas grises, que entre sonidos guturales parecían decirse cosas. En su estado de inmovilidad y desesperación, pudo darse cuenta que las siluetas grises tenían cierta jerarquía por sobre las siluetas negras; bruscamente una de las siluetas grises interrumpió su reflexión con un alarido, similar a un rugido, que hizo retumbar sutilmente el suelo. Las siluetas negras parecieron encogerse y al instante comenzaron a subir por Barros Arana junto a su cuerpo. Ya no sabía qué pensar o si realmente lo hacía, lo único que rondaba en su cabeza era la sensación de ir desapareciendo. Poco a poco comenzó a abrazar la única idea que estuvo masticando todo el trayecto mientras las siluetas llevaban su cuerpo a un lugar desconocido. Con paso firme entre la bruma, que se hacía más densa a ratos, las siluetas y el cuerpo llegaron a un lugar bastante familiar para él, era un edificio


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amplio, de color gris con una placa que mostraba un vistoso escudo azul, amarillo y blanco. Supo que donde lo llevaban era a la sede del Club Orompello, un viejo conocido para él ya que en sus primeros años de niñez en Valparaíso, en más de una ocasión tuvo que jugar varios partidos contra Orompello. Se acordaba muy bien como los fines de semana, especialmente los días domingo, sentía cómo los últimos dos cerros de un lado de Valparaíso, Cerro Esperanza y Cerro Placeres, se paralizaban por los partidos que se jugaban en la Fisher; recordaba muy bien esos partidos, llenos de tierra, llenos de hinchas gritando, las rejas llenas de lienzos y algunas peleas que se daban después de los partidos. A ratos él se iba, perdía la noción del tiempo y se consumía en gratos recuerdos que había olvidado. Ya cuando pudo recobrar medianamente el sentido, estaban dentro del club. Se sorprendió mucho al ver tantas siluetas reunidas que variaban en sus colores y dimensiones; algunas más pequeñas, otras más delgadas o robustas que iban del verde más ligero hasta al azul más intenso; antes de sumergirse por completo, por un momento minúsculo, contempló con belleza la variación de tonalidades que se fueron degradando en la medida que sus párpados comenzaron a cerrarse.


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130 LA

MEMORIA QUE SE LLEVÓ EL VERTICALISMO DE LOS CERROS Ja v i e ra E s p i n o s a


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Cuando mi papá vivía en cerro Barón, a sus 9 años, se encontraba en una de las calles que están en forma de bajada y finalizan en la avenida Diego Portales, arteria principal del cerro. Su cuello blanco y mal genio, sentado en unos escalones con los vecinos del barrio jugando cachamal pega doble, parecían ser el blanco perfecto para recibir un guate. El autor, el típico gordito pecoso que siempre está rojo como tomate y que para más remate era varios años mayor. Mi papá, en un gesto rápido, vengativo, giró la cabeza hacia el culpable y escupió una de las mejores lapas de su vida en la cara del gordo, para inmediatamente echar a correr camino a un refugio. Corrió cerro abajo hasta llegar por la avenida, el gordito pecoso también quiso venganza y la carrera se dio entre lapas, lapas que iban y venían, hasta que la escena apareció por fuera del almacén de mi abuelo, quien se estaba fumando un cigarro afuera del local. Él comprendió la carrera que se estaba dando y no quiso quedar fuera, entonces, comenzó a correr detrás del gordito y a escupirle, mientras él perseguía a mi papá y seguía escupiendo. Todo esto a la luz de un sol que abrazaba las corridas, las caminatas, todas esas exploraciones cerro arriba o abajo. Por allá en lo alto del cerro los niños aprovechaban para cortar la calle y decir todo es cancha, otros para juntarse a las afueras de su casa y destapar una que otra conversación, mientras desde adentro de las casas sonaba alguna radio local, donde se escuchaba las canciones de esos años.


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Ese ritmo que tenía cerro Barón ha sido percudido por una nueva forma de vivir, primero atenuando esa luz que de las primeras horas de la mañanas, esa que escapaba suavemente por las tardes; fue arrebatada piso por piso, también el propio sonido de una conversación. Se comenzó vivir relegado a la sombra y las ideas de una identidad más actual, más ahistórica. Pero hay memorias que persisten en un material destruido, con pretextos para una humanidad futura; una que acaparó el sol, más de una casa que debió ser vendida a la fuerza y la seguridad, repercusiones que tuvo la calle principal de Barón, el ex-hospital Ferroviario. Cuando tenía 10 años el momento más esperado del año era el año nuevo, nos juntábamos toda la familia en la casa de mi abuela en cerro Barón, quien vivía en frente del ex-hospital Ferroviario. Hospital que para esa fecha no estaba funcionando, por lo que se volvía un recinto idóneo para el gran panorama de la medianoche. Mi abuela le hace honor el mito que las abuelas todo lo cocinan maravillosamente y logró sobornar a los guardias que disfrutaban de su trabajo ese 31 de diciembre. Así es que nos reservaron un par de asientos en el patio del lugar; vista panorámica de lujo para el centelleo de esa noche. No éramos los únicos, los guardias habían conseguido el banquete de la última cena gracias a los vecinos que clamaban por asientos para deslumbrar a los familiares santiaguinos que aparecían justo para esa fecha. Todo iba perfecto, habíamos cenado, la gente se había puesto sus mejores pilchas. Recuerdo a mi abuela, a mis


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tías y a mi mamá quebrando loza en el patio de atrás, justo antes de partir por nuestra reserva. El ex-hospital estaba a unos pasos de la casa, saliendo por la reja en línea recta hacia el frente, nos esperaban los guardias. Nunca había entrado al hospital hasta esa vez, pocas fueron las luces que se prendieron, y esas pocas luces nos condujeron por un pasillo que daba al patio del recinto; en el recorrido siempre estuvo el que nos intentaba asustar, que la muerte merodeaba por ahí, estaba detrás mío, sentada en el suelo, y más de un grito con ánimo de hacer reír apareció esa noche. Ya era año nuevo, abrazos, corchos que volaban, confeti; toda una fiesta entre vecinos, y familiares, entre eso había un momento muy incómodo, donde debía abrazar a familiares que no había visto en mi vida; una tía lejana de un lugar que no sabía que existía en Santiago, un primo raro que no era muy amigable, el amigo de ese tío que tampoco conocía, y entre todos esos personajes pasajeros, mi abuelo, de quien hasta esa fecha no tenía recuerdo que haberlo abrazado, de haberle dicho que lo quería, que me comprara un helado, o todas esas cosas que se supone hacen los abuelos. Mi abuelo no hacía nada eso. Pero ahí fue, justo ese año nuevo, él tenía una copa en su mano, parecía estar sensible, los dos nos habíamos quedado sin alguien a quien abrazar, él se agacho, dejó la copa a un lado, con cuidado de no botarla, tenía ese ensamble en el rostro; uno amable, de quien ya lo había hecho todo por nosotros y no nos dimos cuenta, porque siempre queríamos más, extendió los brazos hacia a mí e insegura lo abracé, fue la primera vez que recuerdo haber abrazado a mi abuelo.


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Los recuerdos que se dieron en ese antiguo hospital quedaron sepultados bajo torres subterráneas que desde raíces derriban postes, identidades barriales, construyen un progreso con recuerdos mucho más prometedores para sus futuros habitantes. Familias enteran que mirarán las puestas de sol, el mar, un centelleo de fuegos artificiales una vez al año, entre abrazos, arriendos, copas, hipotecas, confeti, deudas. En un cerro que cada grieta alberga una que otra memoria como la mía, hace años suelo mirar más la calle, cada grieta pareciera ser una fisura en mí; otra arruga en mi abuela que con los ruidos de las maquinarias ha ido perdiendo el sentido a levantarse tarde, a oír, a escuchar el cahuín al negocio de la esquina o a vivir con las ventanas abiertas, dentro de cuatro paredes, sin mi abuelo, sus hijos, sus nietos y sin sol.



136 L A CASA Q U E P I N TA R O N DE ROJO CUANDO SALIÓ E L S O L P O R Ú LT I M A V E Z

Sánchez G.


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Para invocar al Diablo hay muchas formas: un círculo, un pentagrama de sal, carboncillo, cobre molido; cortar el pescuezo a una gallina negra y tomarse la sangre, sobre una mesa de tres patas poner un cráneo y velas negras y rogar en latín. En el puerto se inclinan por una vieja tradición: disponen de un espejo de pared rodeado de hilo rojo y se observan fijamente a los ojos y claman porque aparezca él en el reflejo. Ocurre esto durante todo el año, pero el grueso se concentra inmediatamente después de la asunción de María, en la víspera de San Juan Bautista y de la semana de Pentecostés. Es verdad que es el mismo Diablo el que se multiplica y apersona en los cerros engatusando cristianos, pero eso es apenas una parte del trabajo porque después nos toca a nosotros, diablos de medio pelo, subir hasta la cresta de la loma donde la gente pobre pacta para que tenga mejor futuro un mocoso más malo que el natre o para amasar una fortuna que es siempre mezquina, porque se sabe, el Diablo nunca pierde y lo tuerce todo a su favor. Nos demoramos poco más de dos meses en ponernos al día y en la oficina todo el mundo anda malas pulgas. Yo ando contento porque vamos a cerrar un contrato en Puertas Negras y tendremos al fin algo de descanso. El pactante es un viejo que exige una noche con su esposa muerta hace años; velas, cena, una botella de vino. Cuando entramos a su casa, hecha de pedazos de cholguán, de cartón, plástico y otros deshechos, me patea un fuerte olor a humedad y mierda de gato. El animal se llama Tita, es negra y amarilla. Como el viejo es pastabasero y tiene media pata en la tumba, luego de hacer el procedimiento para medir el peso


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de su alma, me doy cuenta que poco o nada vale, así que en el contrato solo podemos ofrecerle una comida sencilla y una botella de vino barato. No más de una hora con su amor. El viejo piensa en esto un momento, aprovecho de encender un cigarro y le ofrezco otro y fumamos en silencio; de pronto el viejo comienza a asentir vagamente con la cabeza. Dice “conforme”. Me alarga una mano huesuda con manchas y medio atrofiada que estrecho intentando sonreír. Chico Esteban abre su maletín y extrae el contrato para ultimar detalles. El maletón está forrado por dentro con terciopelo azul y su vulgar elegancia contrasta con el interior desnudo de la choza. Con bolígrafo de oro Chico Esteban escribe y luego saca desde la solapa de su terno pasado de moda, un prendedor de Wanderers con el que pincha el dedo mugriento del viejo. Nicanor es su nombre. Una gota de sangre espesa cae sobre el papel y sobre ella el pulgar de Nicanor imprime su rúbrica color rojo oscuro. El trato queda sellado y estrechamos su mano y cuando salimos enciendo otro Pall Mall rojo. — El moho es capaz de matar gente… En Cerro Alegre arriba, yo llevaba poco tiempo de diablo, como cinco años. Había un pacto por una niñita chica que vivía en una choza igual a la del viejo este. Estoy hablando de los cincuenta, cuando los temporales duraban una semana y la ciudad se inundaba entera. La choza se le metía el aire, habían goteras, se le veían las tablas negras por dentro —la niña se iba a morir de neumonía o algo y la historia de pronto daba un vuelco sórdido porque Chico Esteban había tenido un romance con la abuela de la niña que no terminó bien. Lo


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escucho a medias. Lo único bueno de ser diablo es que ya no se puede morir y entonces uno puede fumar un cigarro tras otro sin pensar en las consecuencias. Nos metemos dentro de una micro al plan. Cuatro ángeles sentados atrás nos hacen señas y Chico Esteban allá parte a enyuntarse. Los ángeles son buena gente pero es difícil hacer migas con personas tan sanas. Uno de ellos que siempre anda con una gorra andina y que me llega a la altura del hombro, nos desafía a un partido de fútbol y yo que he estado mirando el océano resplandecer plateado con el sol de las doce, volteo y les digo que solo jugamos si el equipo que pierde paga la cancha. Protestan, negocian, tienen prohibido apostar. Bajamos en la Aduana y entramos a Calle Serrano. Aquí fui joven. Había bares donde uno podía entrar de día y noche, luces de neón en los portales y estaban las mujeres más bellas del puerto. Había una vaca que abastecía de leche fresca a los portuarios y los jornales se escapaban a media mañana a tomarse unas cañas o un poco de aguardiente y en el año del lockout, cuando aún existía el Teatro Lux a la vuelta de la esquina, los pacos mataron una guagüita por tirar lacrimógenas hacia adentro mientras las familias de los portuarios en huelga comían una olla común. Donde estaba el teatro ahora hay un peladero donde estacionan autos y solo gente viciosa anda en las esquinas haciendo nada. Nos metemos en lo de Ruffinelli y nos saluda Don Ulises que lee la sección de deportes de La Estrella enchuchado porque el Decano no levanta cabeza. Chico Esteban le recuerda que la vida gira en redondo. La Sra. Inés no es-


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cucha, no se entera de nada. Traspasamos el grueso mesón de roble y nos introducimos en la trastienda. Descendemos por una escalera en forma de caracol rodeada de muros de piedra fría donde nos recibe un diablo viejo, como de mármol, que monta guardia en una recepción incrustada entre dos escaleras que bajan en círculos sucesivos hasta el piso menos seis. —¿Cuántas veces creí que ha cambiado de cuerpo? —Chico Esteban pregunta apenas nos metemos en la escalera de la mano izquierda. — Si por lo menos es diablo desde la edad media, me imagino que unas sesenta, setenta. — Solo cinco. La vez anterior era mujer. — Ja ja ja ¿y cómo sabes? — Me contó el rucio. Me contó también que estuvo con el Che cuando pasó por Valpo. — Fue amigo de Pinocho, le metió la idea de reventar La Moneda. Llegamos al piso menos cuatro. La oficina de Abiram tiene las paredes cubiertas con cuadros como en una especie de rompecabezas con piezas de todos los tamaños y colores. Algunos los trajo con él desde España como en el mil setecientos, otros los ha ido consiguiendo a lo largo de los siglos. La colección es invaluable pero él no entrega detalles y en general habla poco o nada y parece que no hay forma de impresionarle. «Sr. Meza, Sr. Silva», nos saluda


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cansado. Su cuerpo debe tener al menos noventa años. Con la mirada doy una vuelta por las paredes, Chico Esteban hace conversación barata mientras le entrega el contrato de Nicanor que Abiram repasa con detención. Todo está en orden, se pone en pie y guarda el contrato en un archivador descomunal de fierro puro. Hace un comentario: la gente está volviendo a pactar como antes. Chico Esteban aprovecha que Abiram busca algo en el archivador para robarle una nuez desde una fuente sobre su escritorio. La mastica, la traga y como no lo pillan, agarra un puñado que se mete en el bolsillo. Abiram voltea sin sospechar nada y deja caer frente a nosotros una carpeta negra diciendo: «Muchachos, con este sí que cierran el mes». El nuevo pacto es en San Roque. Tomamos la Jota y mientras cruzamos el plan echo un ojo al contrato: Nancy María Ávalos Maureira, setenta y ocho años, pensionada, domiciliada en M. H. Cantillano, Población Chilectra. En los setenta tuve un amigo en la Población Chilectra. Le decían Negro Contreras y era el marido de Nancy. Lo dejé de ver en los tiempos de la UP pero alguien me contó que durante las primeras semanas de la dictadura escondió a un par de viejos del PC porteño que luego volaron a Francia y zafaron. En esos años la Población Chilectra era un lugar de izquierda. La habían construido hacía unos años sus propios moradores, todos obreros de la compañía eléctrica de Valparaíso. Cuando ocurrió lo del Golpe, se llevaron presos y desaparecieron a varios. Uno de los viejos, vecino del Negro Contreras, Chiu Chiu creo le decían, en respuesta pintó la fachada de su casa color rojo furioso para fustigar


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a los milicos que hacían rondas día y noche buscando más gente para llevarse. Chico Esteban no se interesa en la política. Como no la entiende, no entiende nada. No le cuento sobre el Negro Contreras, no le cuento sobre el viejo de la casa roja, solo le explico que una tal Nancy va a pactar para saber dónde están los restos de su marido y de sus dos hijos que desaparecieron los milicos en el 74. Para Chico Esteban esta revelación no significa nada, lo mismo sería vender el alma por un televisor led. Nancy nos recibe en su comedor oscuro y frío. Tiene los ojos negros, bien negros y su piel morena la ilumina una luz que apenas cruza los visillos floreados. Sobre un aparador junto a la mesa hay tres fotografías en blanco y negro. Una es el Negro Contreras en camisa blanca, chascón y con un buen bigote. En las otras dos salen los hijos, tienen los dos menos de dieciocho, aún no les crece el bigote. Nos explica que siente que se va a morir luego y que no quiere partir sin antes despedir a su gente como corresponde. Dice que golpeó todas las puertas y que nunca nadie la pescó. Que no sabían, que volviera la otra semana, el otro mes, ninguna respuesta. Tomo los artículos para medir el peso de su alma y mientras hago el procedimiento recuerdo cuando la conocí. Treinta y algo, medio borracha y bailando cueca con el Negro Contreras. Se amaban. No había forma de saber lo que iba a pasar después. Termino de medir su alma, vale oro. Puede pedir lo que sea pero lo de ella es sencillo. Chico Esteban le ayuda a terminar el papeleo y cuando todo está sellado saca desde su maletín un sobre de papel negro donde está especificada la ubicación de los restos. Ella lo toma y lo


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aprieta contra su pecho. Una micro pasa zumbando, la casa vibra. En momentos así no soporto seguir siendo diablo. De vuelta en la calle fumo un cigarro. Chico Esteban para una micro y yo no me subo, le digo que pasaré a visitar a un amigo que vive cerca. Vuelvo sobre mis pasos y busco la casa de la fachada roja. Me toma un tiempo y finalmente la encuentro. Media cuadra más allá de donde vivía el Negro Contreras. Está pálida, rosada. Recientemente con aerosol alguien pintó: “A Pinochet lo sacamos los cabros del barrio”.


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Lupan Godoy

ES


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Estoy en la cumbre del Olimpo, esta ciudad sigue sin ser un lugar de lujo pero es mejor que allá abajo en el infierno. Desde aquí se puede ver, en pleno día, las enormes fogatas que hacen los subpanchos, verdaderas torres de fuego que encienden para mitigar los putrefactos olores y reducir de algún modo toda la basura que le enviamos desde arriba, el altísimo Valparaíso. Nunca pensé que pasaría mis últimos momentos de libertad en el sector de La Bala en la punta del Cerro Jiménez. Por lo menos tengo estos binoculares, desde aquí podré ver algunos rincones de esta ciudad para distraerme. Este lugar aún tiene la hermosa vista que permite ver todo el paisaje como un anfiteatro, pero antes, décadas atrás, este sector estaba despejado, se disfrutaba del silencio y la soledad, ahora este monumento está rodeado de viviendas e improvisados callejones de tierra, aún de tierra. Comienza a esclarecer poco a poco, en un rato más amanecerá. El frío entra por las delgadas suelas de mis zapatos hasta las plantas de mis pies, pero cuando comience el calor me sacaré esta chaqueta porque está manchada de sangre y no quiero llamar la atención. Respiro lentamente pero igual se congela mi nariz por el helado aire, trato de distraerme con el paisaje, las luces amarillas que dan vigor a esta ciudad aparentemente quieta comienzan a apagarse lentamente mientras el crepúsculo da paso al insoportable sol, si a medio día la gente anda abrigada no es por frío, usan capas de ropa porque la intensidad de la radiación quema la piel en menos de una hora. No logro estar tranquilo. Intento concentrarme, el no dormir me tiene agotado, divago en contemplar mi entorno


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pero mi mente va a explotar. Anoche maté a mi hermano. Amo a mi familia pero por razones justas le quité la vida; es mi hermano por la conchetumare, pero siento satisfacción por lo sucedido, se lo merecía. Eso no quita mis nervios, estoy choqueado aunque sienta que hice justicia, ¿Me estaré volviendo loco? Pienso en esto mientras miro algún horizonte inexistente, solo intento encontrar la calma. Pronto vendrán a buscarme, sino es así, iré yo mismo a entregarme, pero será allá abajo, donde la justicia es social y no tan falsa e interesada como en esta civilización “superior”. Como gesto de despedida, pasaré a dejar mi documento de identidad en la puerta de la comisaría del Cerro Cordillera, así podré recorrer Avenida Alemania y Camino Cintura despidiendo la libertad de caminar cuando se me plazca por estos lugares que alguna vez caminé borracho, o anduve en bicicleta, o que recorrí en aeromoto creyendo que era una competencia sin medir riesgos. Esta última vez caminaré despidiéndome de lo que alguna vez fui en esta ciudad que forjó y cristalizó mis traumas, mis miedos, mi personalidad. — Comienza a caminar mucha gente a su alrededor, Todos rumbo a algún lugar que nadie sabe, Él está allí sentado con el mentón hacia el frente, Pero no mira nada, no se mueve, no como en su interior Donde todo es…


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Durante la espera tomo los binoculares buscando algo interesante en Playa Ancha, deben ser como las 7 de la mañana, las calles poco a poco comienzan a llenarse de desconocidos habituales, de seres humanos que son verdaderos infelices, disconformes, cínicos e incapaces de decir las cosas por su nombre, no como mi hermano, que con su decisión destruyó lo único que nos unía como familia. Observo hacia el plan, Errázuriz, voy hacia Barón, regreso a Monjas; nada interesante estas horas, trato de enfocar hacia la Mercante, la calidad de estos binoculares es espectacular, los saqué de una casa aledaña donde comenzó mi fuga. Me desesperé y comencé a correr hacia el patio trasero buscando huir, salté la pandereta entrando en otra casa, no fue mi intención entrar allí, estaba desorientado, busqué la salida más cercana corriendo dentro, pasé a llevar un mueble y al recoger lo que se había caído levante estos binoculares pero se encendió la luz de una habitación; solo atiné a salir corriendo por la puerta de calle sin parar, cuando bajó la adrenalina me di cuenta que estos binoculares estaban en mis manos. Debo confesar que soy cleptómano de cosas de vidrio o madera, pero nunca pretendí robar este artefacto, fue gracias a este objeto que decidí este lugar de espera. Pronto veo que en el paradero está mi madrina esperando como siempre la 601 que la lleva a Concón por la costa, actual punto limítrofe entre el Olimpo y el infierno. Esa micro pasa cada media hora por lo que ella se va muy temprano todos los días, admiro su sacrificio. Nunca fue otra cosa que mucama del actual hotel Radisson. Cuando me propuso trabajar allí, el puro viaje de ida fue una tor-


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tura y en el regreso supe que jamás volvería, duré solo una jornada porque no quería atarme a tanta infelicidad, pero hay personas que ponen sus responsabilidades por sobre lo que aman. Si antes tenía complejos de ilegal ahora soy un delincuente con todas sus letras. Adiós madrina. Desde la distancia sigo mirando lugares de este anfiteatro y solo viene a mi mente el desastre de anoche, recuerdo cómo sucedió todo. Estaba en casa de mi tía en Cerro Esperanza. Él llegó sin saludar, se fue directamente donde estaban los bebestibles, se sirvió un vaso, bebió un sorbo y sin ninguna presura tomó asiento en un solitario sillón, en ese momento me disculpé con quienes conversaba y me dirigí donde se acomodaba. —Viniste —le dije sentándome junto a él. —¿Trajiste lo prometido? —Está en la entrada entre todas las bolsas que trajeron estos cínicos. ¿Dónde está mamá? — En un ataúd en la sala de estar. Por eso están todos reunidos. Imbécil. — Entonces no tengo nada que hacer aquí, me voy, no podré decirle lo que tenía que contarle. — ¿Y te irás así como si nada? Aunque sea lee esto, por lo que nos debes… En ese momento mientras avanzaba hacia la salida se detuvo, miró hacia atrás y me dijo con esa mirada fría que lo caracterizaba:


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— Sabes que nunca más te leeré después de lo que sucedió. Esta es la última vez que nos vemos, este adiós es definitivo. Él continuó caminando hacia la salida y ni siquiera se molestó en tomar la arrugada hoja que intentaba pasarle, su indiferencia y arrogancia ya no la soportaba más. Le insistí nuevamente pero me hizo una seña de desprecio con la mano sin siquiera voltear. En ese momento la furia me hizo alucinar, fueron menos de tres segundos pero en mi mente y mi cuerpo fueron minutos, sentí un terremoto interior y perdí la vista de mi entorno. Comencé a ver que todas las luces subían hacia el cielo eterno en largas filas de colores claros; eran formas impredecibles una junto a la otra y los colores oscuros bajaban hasta el profundo infinito en tonalidades lúgubres y formas paralelas igualmente indeterminables, yo me perdía en el espacio, estaba muy lejos de mi propio cuerpo. Los sonidos eran igual de distantes que mi sensación física, era como si estuviera en el espacio exterior, en un lugar sin fin, mi mente era la única zona que podía sentir. La rabia me dominó por completo, me borré mi estado de gravedad, como si flotara en movimientos descontrolados estando allí en el mismo lugar sin siquiera moverme, explotando de frustración sin poder contenerme. Entonces de un golpe regresé al instante, lo vi seguir avanzando y le grité sin saber lo que decía o hacía: — Por tu culpa todo esto sucedió así, por lo que hiciste nuestra madre está muerta y ahora nuestra familia está destruida…


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No di tiempo a su respuesta. Saqué la pistola de mi cinturón y le disparé por la espalda. Toda la gente que estaba presente miraba impactada pero nadie se sorprendió, luego de eso solté la hoja de papel y la pistola, lo tomé en mis brazos y lo vi morir, cuando me di cuenta de lo sucedido comencé a correr. El resto ya lo saben, aquí estoy desde entonces, ya pasó todo el día. Dormiré unos minutos… — Comienza a caminar mucha gente a su alrededor, Todos de regreso a sus hogares con sus rostros agotados, Él está allí sentado con el mentón hacia abajo, No se mueve, no hay expresión, No como en su interior Donde todo es… No me aburre observar esta ciudad, se necesita toda una vida para poder contemplar Valparaíso, más si uno puede descubrir detalles irreconocibles a la vista de quien no se fija en las entrañas. Con estos binoculares puedo ver cómo se forman calles completas en una lógica caótica, que se tejen en el desorden único. Una misma partida arriba en un cerro te lleva a muchos lugares en el plan dependiendo de qué calle o escala escojas. Observo desde el ascensor Villaseca hasta los curiosos edificios redondos de la Básica, podría seguir mirando como existen tantas ventanas como formas de casas distintas, todo da cuerpo a este lugar donde lo único seguro es su inclinación.


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Han pasado dos días y he observado cada rincón de esta ciudad, mirando con recelo el infierno pues sé que terminaré allí pronto. Esperé que me rastreara por el chip que tengo inserto en mi brazo o por el GPS de mi carnet, pero nadie se preocupó de nada, asesiné a mi hermano y nadie ha llegado a buscarme, para nosotros no hay justicia, somos verdaderos nada, no importamos. En un rato amanecerá, el hambre ya me mueve, comienzo a despedirme de esta ciudad, de su árido paisaje que se extiende hasta la oscuridad donde alguna vez hubo agua salada. — Comienza a caminar entre mucha gente, Miles de formas son su alrededor, En un ir y venir ignora los rostros agotados, Él está allí circulando por la ciudad, Donde pareciera que todo está Siempre en un movimiento estático, No como en su interior donde todo es… Estoy harto así que bajé hacia avenida Alemania y caminé por toda la planicie aprovechando cuantas escalas y pasajes hacían de laberinto entre cerro y cerro, mi destino era Playa Ancha pero antes pasé a dejar mi carnet a los pies de la entrada de la comisaría del Cerro Cordillera. Pensé que sería algo rápido pero apareció un cabo conocido, me saludó y yo le respondí con una sonrisa temerosa, para no alargar la charla le entregué mi cédula boca abajo diciéndole que la encontré botada por allí, que debe ser de alguien que


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está tan perdido como el documento. Luego le pregunté por el resultado del último partido del Wanderers para que comentara su pasión futbolera y sin permitir tiempo de dudas me fui. Traté de ir por los caminos más largos, durante toda la ruta tuve encuentros con los momentos de mi vida que se impregnaron en la geografía de Valparaíso, en las escaleras, pasajes, miradores, esquinas y callejones de complicidad desde las alturas hasta el plan. Adiós a todo lo que me hizo ser. Le regalé los binoculares a un niño que elevaba volantín compitiendo con osados encumbradores que desafiaban al cielo desde otros cerros con sus volantines de la muerte por el filudo hilo curado que ponía en riesgo todo a su paso. Con ese acto despedí todos los bellos recuerdos son parte de los silencios de un hombre, ahora bellezas secretas de un marchitado, delicadezas de un delincuente, sensibilidades, debilidades de un marginado. Antes de nunca regresar a Valparaíso pasé donde mi tío, me di un baño, me afeité y corté todo mi cabello guardándolo en una bolsa y escondiéndolo en mi calcetín. Comí los últimos manjares de la industria actual, me puse el traje de su abuelo para darle un toque a mi partida, hoy en día ver a alguien vestido con estas costuras es una burla silenciosa, usarlo es un recuerdo sombrío de las advertencias de los ambientalistas, pero me lo puse por simbolismo a lo que alguna vez fui, como esta ciudad. Vi el traje colgado en la pared dentro de una bolsa, me lo probé y me quedó muy bien, incluso los zapatos y la gorra, de pies a cabeza parecía uno de los extintos marinos de la Armada de Chile y así me fui vestido.


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Bajé caminando por Carampangue hasta llegar a la Aduana, ese lugar ahora es un edificio inservible donde se juntan los caníbales que pierden su carne por la necrosis que produce el consumo de la antigua y destructiva kokodrille o porque en las alucinaciones eufóricas la locura es tal que unos muerdan a otros como si fueran lobos hambrientos. Mucha gente, varias veces, ha quemado ese edificio intentando desaparecer el lugar y lo que sucede en su interior, entre las llamas de tales incendios, algunos drogadictos mueren incinerados en su incapacidad de moverse al estar dopados hasta los estados vegetativos, los que logran arrancar, luego de estar escondidos durante días en alguna casa abandonada regresan a los rincones más oscuros de dicho lugar. Hoy es un antro de la denigración humana, durante el día puedes pasar por fuera y pareciera que no sucede nada dentro de él pero no es así, de día o de noche desapareces si alguna mano te absorbe hacia sus interiores sin ley, de todos modos no es muy distinto a donde me dirijo. — Comienza a caminar entre muchas sombras, Miles de formas de fuego y miseria son su alrededor, Todos en un ir y venir con sus rostros desolados, Él está allí circulando por el infierno, Donde pareciera que todo está siempre en peligro, No como en su interior Donde todo es... paz Caminé por avenida Altamirano hasta llegar al Molo, ingresé


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tranquilamente hasta la punta del mismo, es uno de los pocos lugares donde hay entradas secretas. Luego de pasar las altas alambradas comencé a bajar por los basurales iniciales, es una largo descenso que está toda cercada de escombros y que luego es complementada con un muro de toneladas de desechos que esta ciudad deposita allí para hacer una barrera conocida como las “rejas del infierno”. Aun así los transportistas hacen túneles para comercializar de un lado al otro los más variados productos. Los más osados conocemos en secreto dichos pasadizos de kilómetros de oscuridad y putrefacción. Son pasajes muy ocultos que se extienden entre desagües de feca y orina, nadie quisiera que la policía o los militares bajaran a imponer las reglas de la sociedad civilizada a estos parajes de supervivencia donde llegan los más pobres, enfermos, rechazados o automarginados como yo. Bajé y bajé y bajé y bajé y bajé y bajé y bajé más de 20 minutos. En la entrada al infierno los borrachos me hacían un brindis con sus botellas de vidrio rellenadas con destilados de frutos podridos. Más de algún niño me tiraba del liso pantalón de este antiguo uniforme de la olvidada Marina para pedirme algo para comer o beber. Otros niños más osados, me metían las manos a los bolsillos y luego de empujarme corrían. Aquí no existen calles donde puedan pasar vehículos, si se atreve a pasar algún transporte volador es derribado para robarle sus partes y venderlas allá arriba en la histórica feria de las pulgas del “altopancho”. Por ahora, como no podré aparecerme allá arriba nunca más, lo importante es tener algo para comer y comenzar


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a hacer de este lugar mi hogar. Si quiero vivir los pocos años que me quedan debo encontrar formas. debo llegar con algo en las manos al lugar donde me dirijo, por lo que compré dos ratas "gorditas, sanitas y sin antibióticos” como me dijo el vendedor, a cambio di mi último poco de cabello que antes había escondido en casa de mi tío, no sé cómo lo haré en las siguientes semanas porque ya no tengo nada para trueque, el dinero fue tan falsificado que nadie lo usa hoy en día y se negocia con todo lo que pueda ser reciclado. Caminando ahora en un paisaje totalmente distinto medito en cómo llegó a ser lo que es, igual que yo. En el pasado nadie pensó que existiría este lugar, es tan perturbador que muchos temen bajar hasta aquí. Kilómetros hacia arriba, en Valparaíso, la gente observa desde las alturas el horrendo lugar que reemplaza en la profundidad lo que antes era el mar que acogía a La Joya del Pacífico. Muchos no saben cómo es aquí y viven especulando, todas las historias que he escuchado son ligeras ante la realidad que se vive día a día en el infierno. Desde que el Océano Pacífico que llenaba la costa de Valparaíso se secó, lo que antes era el lugar más rancio ahora es un centro de tranquilidad y de elite. Desde aquí abajo lo llaman el “Olimpo”, “el pancho alto”, para mí, será un lugar que solo podré observar desde la profundidad de este infierno donde la policía trae a los presos y los depositan desde helicópteros para no generar contacto ni enlace con su ciudad. Ya me acostumbro al olor, es poca la visibilidad que hay hacia arriba, es un subterráneo en las profundidades, detestable pero acogedor lugar en el cual me vuelvo tan oscuro como el entorno que ahora me rodea. Si antes no era nadie, ahora soy mucho menos que eso.


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RESEÑAS BIOGRÁFICAS


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Editor / Coordinador LET 2018 Cristóbal Gaete (Viña del Mar, 1983). Escritor y periodista. Ha trabajado en los distintos oficios de la literatura. Destaca en su producción “Valpore” y “Motel ciudad Negra” (Premio Municipal de literatura de Santiago 2015) y su experiencia editorial con Perro de Puerto y el suplemento de literatura Grado Cero. Escritoras/es Breno Donoso Betanzo (1992), poeta y ensayista. Ha participado en distintas instancias de creación y formación literaria: Taller de poesía de La Sebastiana (2014), Taller de poesía de La Chascona (2015), Laboratorio de escritura de las américas LEA (2016), realizados en la Fundación Pablo Neruda; Escribir en desborde (2017) y Laboratorio de Crítica Cultural (2018) en Balmaceda Arte Joven Valparaíso. Ha publicado diversos textos críticos en medios impresos y digitales. Actualmente colabora en el suplemento literario Grado Cero inserto en el periódico El Ciudadano. Estudió sociología en la Universidad de Playa Ancha (2011-2017). Diego Armijo Otárola (Viña del Mar, 1994), Contador nivel técnico liceo subvencionado. Casi profesor de Historia. Vendedor –los jueves– en feria Caupolicán de la Gome, y a veces en ferias del libro, libros. Viviendo –siempre– en Glorias Navales, donde no se ve mar. Rolando Silva, poeta y cantautor radicado en Valparaíso. Cultiva la cueca, el bolero, el vals y la ranchera. Ha sido alumno de las Escuelas de Rock y música popular del


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Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, el año 2017 y 2018. Parte del programa "Cultura local" el año 2012, ha compartido escenario con Demian Rodríguez, Lucy Briceño, Los Chuchos de Valparaíso, la Cubanacan, Los Blue Splendor, entre otros, y se encuentra en proceso de finalización de su primer libro. Paula Jirkal Briones (1994), actualmente realizando su tesis: “Cuerpos que hablan: la gestualidad de los cuerpos en el teatro” de Trabajo Social. Vive entre Valparaíso y Concón. Acróbata de tela. Matías Salinas Valenzuela (Valparaíso, 1997), estudiante de Periodismo, realiza registros en formatos como la narración oral y material audiovisual. Tiene un canal de youtube llamado CARDO MAYI donde sube videos relacionados con sus luchas.

Carlos Boucaya (Viña del Mar, 1993), ha vivido toda su vida en Villa Alemana. En el 2014 comienza sus primeros acercamientos a la literatura. Hoy está enfocado en el cuento. Christian Le-Cerf León (Viña del Mar, 1993), Periodista. Hoy en la vereda del cine y el documental, mañana quizás quién sabe dónde. Martina de la Luz Retamal Illanes (Santiago-Valparaíso, 1995), estudiante de Traducción e interpretación inglés-español. Marietta De Vicenzi Bravo (Santiago, 1990). Vive en Valparaíso desde el 2011. Estudió Cine. Bailarina y fotógrafa.


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Ignacio Rojas Vallejo (Viña del Mar, 1992), estudió Dirección cinematográfica en Buenos Aires. Actualmente realiza talleres de guión y se encuentra con dos proyectos en preproducción. David Andrés Wolfenson Palma (Viña del Mar, 1995), estudiante de Periodismo, vive en Concón hace 16 años. Pabla Albanecich, cineasta fracasada. Full-time hikikomori. Cantante y guitarrista part-time en パブラ. Nacide en Villa Alemana. Richard Yévenes Morales, (Temuco, 1993). Actualmente está terminando su carrera de Historia. Javiera Espinosa Pizarro (Viña del Mar, 1996), estudiante de Periodismo, a ratos trabajando de empaque -su propina es mi sueldo- , fotógrafa de eventos fomes y a veces la cotidianeidad de la calle. Entre lo visual y la poesía. Cabra del cerro. Sánchez G. (Valparaíso, 1989), Licenciado en Cine de la Universidad de Valparaíso. Guitarrista en Puros Jiles y guionista. Actualmente reside en Valparaíso dedicado a escribir ciencia ficción y cine fantástico. Lupan Godoy, Juan Pablo Barría Godoy, Profesor de Lenguaje y Comunicación, músico.


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6

Federico Botto

presentación

10

Breno Donoso

puertóxicos

18

Diego Armijo

cacerías

24

Rolando Silva

barrio puerto

30

Paula Jirkal Briones

estación valparaíso, destino: patrimonio de la miseria

36

Matías Salinas

bolsas

50

Carlos Boucaya

dos películas

60

Christian Le-Cerf

la comezón / averno

74

Martina Retamal

micrópolis

84

Marietta de Vicenzi

ventanas

94

Ignacio Rojas

la sal en el mármol

102

David Wolfenson

ascensión

112

Pabla Albanecich

la tarde en la que no sentimos más vértigo

122

Richard Yevénes

trazos entre la bruma de cerro esperanza

130

Javiera Espinosa

la memoria que se llevó el verticalismo de los cerros

136

Sánchez G.

la casa que pintaron de rojo cuando salió el sol por última vez

144

Lupan Godoy

es