La Gualdra 536

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SUPLEMENTO CULTURAL

NO. 536 /// 18 DE JULIO DE 2022 /// AÑO 12

DIR. JÁNEA ESTRADA LAZARÍN

Nicolás Rodríguez Juárez (1667-1734). San Cristóbal. Óleo sobre tela. 1722. Secretaría de Cultura-INAH-Museo de Guadalupe.

El San Cristóbal de Nicolás Rodríguez Juárez, una obra que puede apreciarse en Museo de Guadalupe, cumple 300 años este 2022; celebramos no solo sus tres centurias, sino su excelente estado de conservación y la fortuna de tenerlo en uno de los espacios culturales más maravillosos que tiene nuestro Estado, el museo más antiguo de Zacatecas (inaugurado como tal en 1907) y uno de los más longevos de nuestro país. San Cristóbal, santo mártir, ha sido considerado como patrono de los peregrinos y sanador en las pandemias (es uno de los 14 santos auxiliadores y se le reconoce como aquel a quien se invocaba para sanar a la humanidad durante la peste bubónica). Los invitamos a visitar el Museo de Guadalupe. [En este número gualdreño, además, conmemoramos el primer aniversario luctuoso de Juan Manuel de la Rosa]


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LA GUALDRA NO. 536 /// 18 DE JULIO DE 2022 /// AÑO 12

Contenido

La Gualdra No. 536

Editorial

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l San Cristóbal de Nicolás Rodríguez Juárez, una obra que puede apreciarse en Museo de Guadalupe, cumple 300 años este 2022, de ahí que en este número gualdreño su imagen aparezca en la portada para celebrar no solo sus tres centurias, sino su excelente estado de conservación y la fortuna de tenerlo en uno de los espacios culturales más maravillosos de nuestro Estado, el museo más antiguo de Zacatecas (inaugurado como tal en 1907) y uno de los más longevos de nuestro país. Pero, ¿quién fue Nicolás Rodríguez Juárez? Indagando en los documentos que sobre este pintor se han escrito, nos encontramos con el texto de Rafael Domínguez Casas, quien al hablar de una de las obras del artista (Virgen de Guadalupe 1722-1734) proporciona datos biográficos muy interesantes. Domínguez Casas dice que el artista nació en la Ciudad de México en 1667; fue bisnieto de Luis Juárez y nieto de José Juárez -ambos pintores también, igual que su padre, Antonio Rodríguez, quien fuera alumno de su abuelo José-. Nicolás se iniciaría en el oficio de pintor “en el taller de su padre, Antonio Rodríguez. En diciembre de 1687 ya era maestro pintor. Y al año siguiente contrajo matrimonio con doña Josefa Ruiz Guerra”.1 Doña Josefa, por cierto, era originaria de Zacatecas; cuando Nicolás enviudó decidió convertirse en sacerdote, y aunque la fecha de su ordenación sacerdotal no está clara, parece estar ubicada entre 1699 y 1713; a partir de ese momento comenzó a firmar sus obras anteponiendo a su nombre la palabra “Presbítero”. El San Cristóbal ya está firmado así, con la frase en latín de Clérigo Presbítero; esto puede observarse en la esquina inferior derecha de la obra, en la que también aparece la fecha de 1722. El pintor falleció en 1734. La historia del santo Cristóbal es también muy interesante; cuenta la leyenda que originalmente se llama Réprobus, era un hombre de gran estatura y se dedicaba a servir a personas poderosas; primero trabajó con un rey, pero dejó de hacerlo cuando supo que este temía al demonio; quiso entonces conocer al demonio para servirle y le pidió a un brujo que le llevara con él. En el camino, el brujo pasó frente a una cruz y tembló diciendo que no era a la cruz a quien temía, sino a quien había muerto en ella, y que el demonio temblaba también con solo escuchar las palabras de

cruz o de Cristo; Réprobus decide buscar a Jesús entonces -es gracias aun ermitaño que se convierte al cristianismo-. En esa búsqueda termina a las orillas de un río, trasladando de una orilla a otra -simbólicamente puede representar el paso de la vida a la muerte- a quienes le contrataran por algunas monedas -hasta la fecha se le considera el patrono de los peregrinos-; a todos les preguntaba por Cristo y nadie le daba razón de él. Un día, llegó un niño a la orilla del río y le pidió que lo llevara en sus hombros al otro extremo, a él no le preguntó nada y decidió llevarlo; en el camino, las aguas se agitaron y el peso del niño se incrementó al grado de que era casi imposible avanzar, pero consiguió dejarlo con bien en su destino. Ahí le preguntó que quién era y por qué pesaba tanto, pues parecía que había transportado al mundo entero; el niño le contestó: “Tienes razón. Peso más que el mundo entero, pues soy el creador del mundo. Yo soy Cristo. Me buscabas y me has encontrado. Desde ahora te llamarás Cristóforo, Cristóbal, el portador de Cristo. Cuando ayudes a alguien a pasar el río, me ayudas a pasar a mí”;2 el día que los católicos celebran a San Cristóbal es el 10 de julio; ese día se recuerda al santo mártir que, además, ha sido considerado como sanador en las pandemias (es uno de los 14 santos auxiliadores y se le reconoce como aquel a quien se invocaba para sanar a la humanidad durante la peste bubónica). En el San Cristóbal de Nicolás Rodríguez Juárez se puede ver cómo el santo -envuelto en un túnica roja (símbolo del martirio)- carga en su hombro derecho al niño Jesús, quien en su mano derecha porta una cruz; con la mano izquierda, el niño acaricia la frente de su portador, ambos se miran en acuerdo mutuo: el mundo a las espaldas del niño lo requiere. Esta temporada vacional, los invitamos a que visiten el Museo de Guadalupe, al que agradecemos que nos haya permitido la imagen que engalana nuestra portada. Nos leemos en agosto. Que disfrute su lectura.

La huella suya en el desierto Por Carlos Luis Torres G.

Entre papeles te veas, un acercamiento al Archivo Juan Manuel de la Rosa Por Arantza Arteaga M.

El escarabajo y el oficio de tomar un descanso o un homenaje a la amistad Por Natalia de la Rosa

Juan Manuel de la Rosa nació el 10 de octubre de 1945 en Sierra Hermosa

Entre Marx y una mujer desnuda, de Jorge Enrique Adoum Por Miguel Ángel de Ávila González

Hanya Yanagihara La diferencia entre vivir y existir Mauricio Flores

Jánea Estrada Lazarín lagualdra@hotmail.com

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Rafael Domínguez Casas, “Una ´Virgen de Guadalupe’, de Nicolás Rodríguez Juárez”, p. 428. 2 Aciprensa, “San Cristóbal, mártir”, en: https:// www.aciprensa.com/santos/santo.php?id=749 1

Directorio

Carmen Lira Saade Dir. General Raymundo Cárdenas Vargas Dir. La Jornada de Zacatecas direccion.zac@infodem.com.mx

Jánea Estrada Lazarín Dir. La Gualdra lagualdra@hotmail.com Roberto Castruita y Enrique Martínez Diseño Editorial

La Gualdra es una coproducción de Ediciones Culturales y La Jornada Zacatecas. Publicación semanal, distribuída e impresa por Información para la Democracia S.A. de C.V. Prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta publicación, por cualquier medio sin permiso de los editores.

Juan Carlos Villegas Ilustraciones jvampiro71@hotmail.com


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t Por Carlos Luis

Torres G.*

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uan Manuel de la Rosa… como si un año fuera el viento, pasó el tiempo sin darnos cuenta, y hoy que me piden que diga algo sobre él, para su recuerdo, pienso en una pared para un mural suyo, que incluyera su obra. El éxito del mural es que, al observarlo, pueda ser abarcado todo con una mirada. Pienso que el maestro De la Rosa iba por el mundo así: hurgando todo. Ponía los ojos en las rendijas para captar el olor; raspaba con las palabras ese trasfondo de los objetos para poner la profundidad de sus formas; tenía una manera personal de captar el color pues desde la infancia, había unido la temperatura del mundo con el vibrar interior de su desierto; su imaginario no era simple, era un acercarse indiferente de tiempos y de espacios, por ello, eran de todas partes y de siempre, sus líneas y sus sombras; había azules, sepias, briznas de rojos, trozos de amarillo, escultura ‘pre’ que le ayudaba a alejarse de lo figurativo pero el olor lo invadía, el color se le pegaba a las palabras y encontraba lo bello en todo: en las manos de esa pequeña y oscura mujer y en su sonrisa, en el viento y besaba la lluvia, como le oí decir con un tequila sobre los labios, soñando con Rulfo con un pañuelo con orillas de llorar, me dijo. Para mí, conversar con él aún es cotidiano. Siempre que me pongo a escribir en mi mesa, me encuentro con el maestro Juan Manuel de la Rosa, pues tres de sus trabajos de grabado están frente a mí, colgados en una pared que tiene un breve tono sepia, que conjuga con sus cuadros. Su trabajo, lejos del signo se ajusta en lo simbólico. Él construyó con sus imaginarios, un alfabeto que deambula entre el tiempo, las sombras y los objetos. Porque su obra se remonta muchos años atrás, desafortu-

/// Juan Manuel de la Rosa (1945-2021). nadamente no conozco buena parte de su labor pictórica y escultórica, aunque siempre me contaba y me mostraba algunos de sus trabajos. Venía a Bogotá y pasaba por la Librería Luvina a saludarme, luego iba a Barichara donde montó un taller de fabricación de papel artesanal en el cual solo trabajan mujeres (Fundación San Lorenzo). Papel “artístico” de soporte para la obra de arte, para que otros dejaran su rastro sobre la huella de otras y de una multitud de plantas, de allí, en Santander. Me hablaba de la biblioteca del desierto. Una casa de libros que montó en Sierra Hermosa, Zacatecas y para la cual recogió textos de muchas partes, para que unos niños y hombres los (nos) leyeran, me decía. Su trabajo compuesto de elementos simbólicos viene desde lejos: su infancia en el desierto, pues vio a su padre construir con sus propias manos su casa, que hoy, en ruinas, aún muestra los arcos, las puntas de lanza hechas de luz, los afilados cuchillos de

sombra, las vigas de madera que se mantienen caprichosas al paso del viento, polvo y tiempo. Ahí está, ese rectángulo que posee un lado curvo, que es simplemente una ventana en sombra… todo esto está en el mundo imaginario que pone en sus lienzos y grabados. Ahora que veo los tres cuadros que tengo frente a mí, pienso que Juan Manuel construyó un alfabeto de infancia, muy propio, muy recóndito, muy secreto, como las figuras que pintaba con lápiz sobre las paredes de la casa cuando era niño. El azul del cielo, el negro de la sombra, el color amarillo opaco de la arena, el hueco negro de una ventana hecha por las manos de su padre que moldea rudimentariamente el barro, está ahí, en el grabado que tengo al frente, solo que ella, la ventana, está invertida. Sí, podría pensar, lo repito, que Juan Manuel de la Rosa inventó un alfabeto para contar su historia. Tal vez hasta ahora me doy cuenta de que este viajero eterno recorría el mundo y su país para mostrar una obra que es la historia de

su infancia. Pretendo insinuar, tan solo, que un ordenamiento suyo sobre el lienzo es el secreto. Lo dijo muchas veces, me lo dijo a mí: Soy un poeta frustrado y por eso me puse a pintar. Juan Manuel escribió la gran obra textual de su vida poco a poco en sus cuadros, solo que, para leerla, hay que recorrer con él su ruta mágica de símbolos hasta alcanzar esa alegoría de la que nunca habló. Un poeta degustaría más su obra pues Juan Manuel trabajó sobre lo no evidente, sobre el olor de un poema puesto sobre el mundo. Ahí está la llama que flamea y su color. Y la puerta de cuero retorcida, con una herida larga como de cuchillo por donde penetra el viento. Un farol torcido, la tabla de un banco en madera y esa es la línea de un monte sobre un cielo que se ha ido. (¡Ah! Esa es una comala, de arcilla roja, y me la puso en las manos, sí.) Trajo una vez aquel objeto milenario para mí. Traía una maleta de tela al hombro, no muy grande, pero al abrirla puso sobre la mesa el México

profundo. Yo he cargado este objeto por años y abriga un rincón de mi morada en Bogotá. Hoy que mis libros se apilan junto con sus carpetas de trípticos plegables o con poemas de Roca, pienso en que no hablamos lo suficiente. Sé que su obra está colgada en multitud de sitios, realizó cerca de 50 exposiciones dentro y fuera del país. Por ello, tan solo deseo dejar una imagen aquí, al cumplirse un año de su desaparición: una pared donde pudiéramos colgarlo todo, uno a uno sus productos artísticos e intentar que el observador pudiera encontrar un hilo conductor que construya su universo propio, ese que Juan Manuel de la Rosa pensó para cada uno de nosotros. Sin más, y con las manos untadas de barro seco, deseo que ustedes lo recuerden con ese sentimiento de cultural afecto que une a su pueblo con el mío y hoy, me doy cuenta, que no es muy distinto. *Carlos Luis Torres, Escritor, Bogotá, julio de 2022.

Juan Manuel de la Rosa

La huella suya en el desierto


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Juan Manuel de la Rosa

Entre papeles te veas, un acercamiento al Archivo Juan Manuel de la Rosa

t Por Arantza

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a vida, el pensamiento y la obra de un artista no caben en once cajas, cinco portafolios y dos bolsas de tela. Aunque así comenzó la conformación del Archivo Juan Manuel de la Rosa, ciertamente lo encontrado en ese pequeño acervo es suficiente para percatarse de aquello que le era más significativo y que atesoró a lo largo de su paso por este mundo, el papel. Decir que el papel es el principal material encontrado en un archivo parece ser una observación sin sentido, pues en general son papeles los que conforman un archivo, aunque pocos pueden preciarse de resguardar papeles que tienen un valor mucho más allá de las palabras o las imágenes para las que sirven de soporte. En el archivo de Juan Manuel de la Rosa el papel se presenta en sus formas más tradicionales, en documentos oficiales, recibos, contratos y tarjetas de presentación. También en su expresión más íntima, libretas de notas y bocetos, agendas, cartas… Están los libros, revistas y periódicos, cuyas páginas no solo están hechas de papel, sino que en su mayoría hablan sobre el papel, su historia en diferentes culturas, cómo se fabrica, cómo se tiñe, cómo se puede imprimir en él o encuadernarlo. El papel también está presente como soporte de una gran variedad de obra gráfica de la autoría del propio Juan Manuel y de muchas personas más que le obsequiaron sus trabajos. Pero son los cientos de pliegos, hojas, pequeños pedazos y muestrarios de papel que no tiene nada impreso, pintado, dibujado o anotado los que realmente hacen especial el Archivo de Juan Manuel de Rosa. Papeles artesanales hechos con las más diversas fibras, en colores y texturas completamente diferentes entre sí, grandes, pequeños, porosos, cerrados, suaves, rugosos, lisos, flexibles, duros, delicados, resistentes y

/// Archivo Juan Manuel de la Rosa.

un largo etcétera… Además de estos papeles “limpios”, están los objetos hechos con él, sobres, folders, portavasos, separadores, decoraciones, juguetes, esculturas y libros de arte que él fabricó y atesoró. Aunque el papel no fue el único material con el que creó Juan Manuel de la Rosa, pues fue un artista multifacético, tiene un lugar protagónico pues se involucra con el resto de su obra al servir como soporte en el cual hacía diseños, bocetos y notas para sus creaciones en diversas técnicas y materiales. Sus papeles también hablan de la historia cultural de Zacatecas. Hay un buen espacio para las y los poetas que colaboraron con él, donde destacan Alejandro Aura de quien conserva copias mecanografiadas de innumerables poemas; y Carmen Boullosa, con quien intercambiaba cartas y poemas. Su acervo tiene una variedad de libros de artista tanto hechos por él, como por otros artistas. Ese pequeño archivo resguarda un pequeño fragmento de la memoria del arte en México en la segunda mitad del siglo XX.

/// Entre papeles te veas.


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El escarabajo y el oficio de tomar un descanso o un homenaje a la amistad t Por

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n 2016 comenzó una colaboración dedicada al arte contemporáneo en el Museo Comunitario y Club de Lectura de Sierra Hermosa. En aquella ocasión asistieron Cristóbal Gracia y Daniel Aguilar Ruvalcaba como invitados a presentar algún proyecto y pensar otras participaciones. No era la primera vez que Gracia se encontraba con Juan Manuel de la Rosa (1945-2021). En una de las visitas a las exhibiciones colectivas organizadas por los Yacusis. Grupo de Estudios Sub-Críticos estos dos artistas se conocieron y comenzó un entusiasmo e inquietud compartida. Recuerda Gracia: “Su figura reflejaba un gran misterio, no había un referente concreto en donde pudiera ubicar a este personaje. Eran muchas cosas a la vez, no sabía en un inicio en qué zona geográfica, histórica o cultural situarlo”. Posteriormente, Gracia pudo revelar el misterio. Cuenta el artista, que al conocer que el desplazamiento era el eje en la obra del pintor zacatecano, inició un entendimiento mayor de su figura. El escultor señala que, inclusive, este tópico estaba encarnado en la propia presencia del pintor: “Contenía un toque de extranjería y rastros de viajes pasados, al mismo tiempo que un signo de su origen campesino y extremo arraigo con la tierra”. Eventualmente, la curiosidad por la trayectoria y procesos de cada artista fue recíproca. Uno de los puntos de diálogo entre ambos se centró en reflexionar en torno a los oficios. Explica

/// Juan Manuel de la Rosa (1945-2021).

/// Escultura de Cristóbal Gracia. Foto de Sbethlanna González. Gracia: “Entender al arte como oficio te da la libertad de estar en muchos lugares al mismo tiempo. Comprendes que eres parte de un mundo y la sociedad”. La obra El escarabajo y el oficio de tomar un descanso remite al intercambio que tuvieron ambos artistas y da cuenta de este enfoque. Cuenta Gracia que un día caminando por Zacatecas, De la Rosa le preguntó curioso sobre su obra. El artista capitalino le enseñó un registro de la muestra Aquatania. Parte I. Un hombre debe ocupar el lugar que Dios le otorga –caminos selváticos o las calles de Hollywood– y pelear por las cosas en las que cree (20152016) realizada en el Cuarto de Máquinas. Gracia retomó para aquella ocasión la relación de Acapulco con la industria cinematográfica, en concreto con la hollywoodense, a través de la historia del actor de origen rumano Johnny Weissmuller. Se concentró

en estudiar Tarzán y las sirenas (1948), última cinta de la serie y por la cual el actor llegó a vivir sus últimos días en el hotel Los Flamingos. El proyecto, sustentado en una recreación fílmica de esta cinta, desdobló un complejo cuerpo de esculturas, fotografías, pinturas e instalaciones que, a su vez, señalaron la colaboración en la cinta de los artistas mexicanos Gabriel Figueroa (1907-1997) y Gunther Gerzso (1915-2000). Dentro de la serie, Gracia presentó una escultura hecha con troncos de palmera intervenidas con figuras geométricas de acero, inspiradas en la pintura abstracta de Gerzso y su labor escenográfica, así como en el paisaje del puerto. Fue así que la referencia al entorno generó otro punto de conexión entre De la Rosa y Gracia. El artista originario de Sierra Hermosa, comentó entusiasta que podría hacerse una versión con palmas y yucas del desierto. Así,

imaginaron cómo sería una escultura con la vegetación del Trópico de Cáncer. Asimismo, como resultado aquella plática, Gracia tuvo una apertura para pensar el paisaje de una forma más amplia en toda su práctica. El diseño de la escultura inaugurada para esta ocasión, parte de aquella referencia a Aquatania. Inicia con un aumento en la escala y una alteración entre positivos y negativos de la pieza original. Una de las transformaciones más evidentes, es el vuelco vertical que tenía para, en cambio, asentarla de forma horizontal. Esta variación ataca directamente la idea tradicional de monumento o escultura pública, que suele pensarse verticalmente, como un sello característico de los regímenes patriarcales que las sustentan. Al acostarla, se transforma en algo distinto. Se convierte en un espacio que invita a sentarse y a reflexionar. Al mismo tiempo, se

/// Escultura realizada por Cristóbal Gracia en el primer aniversario luctuoso de Juan Manuel de la Rosa.

vincula a aquellas arquitecturas que al negar la verticalidad proponen un vínculo con el paisaje. Ante la iniciativa del Ayundamiento de Villa de Cos y el Departamento de Educación y Cultura para realizar una conmemoración por el primer aniversario luctuoso de Juan Manuel de la Rosa, encabezado por su nombramiento como Ciudadano Ilustre de Villa de Cos, se propuso elaborar un busto y una placa. Como contrapropuesta, el Museo Comunitario de Sierra Hermosa argumentó un sentido caduco del formato de monumento cívico, sumando la crítica que siempre expresó el artista homenajeado a este tipo de resoluciones urbanas. En cambio, el también ceramista y hacedor de papel siempre mostró interés por la intervención escultórica en calles, plazas y jardines para alcanzar con ello una transformación del contexto en diálogo con la arquitectura (como se observa en el proyecto no realizado dedicado a la señal del Trópico de Cáncer, que buscó construir en el medio del desierto). Así, pensamos en el diseño de una escultura dedicada a la explanada de la sala del museo y colección en Sierra Hermosa. Propusimos a Cristóbal Gracia debido a la cercanía que tuvo con De la Rosa y por su profundización en el medio escultórico. La resolución final sustenta todas las condiciones e implicaciones de este Museo Comunitario. Cada producción artística sigue tres ejes: la constitución de un archivo colectivo desde la noción de microhistoria, territorio y genealogías críticas; la pedagogía y los vínculos entre arte y literatura; así como la apertura al espacio público. Con esta pieza, además de la remembranza al vínculo entre dos artistas y a la trayectoria del pintor, la obra representa un homenaje al desplazamiento, base en la obra de De la Rosa, contenida en su función (dedicada al descanso, la pausa y contemplación) como en su construcción (hecha por las mismas manos de habitantes nómadas de Sierra Hermosa, Alberto Gutiérrez y Gustavo Ibarra). Por ello, es una escultura-banca que invita al reposo, al mismo tiempo, que un archivo vivo, a través de la labor de Frida Flores, para las plantas que habitan en este desierto.

Juan Manuel de la Rosa

Natalia de la Rosa


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Juan Manuel de la Rosa

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Juan Manuel de la Rosa nació el 10 de octubre de 1945 en Sierra Hermosa, una comunidad del semidesierto del municipio de Villa de Cos, en Zacatecas. Monterrey, Nuevo León, fue la ciudad en la que tuvo su primer acercamiento formal con las artes plásticas -aunque siempre dijo que había sido su madre quien le enseñó que la virtud y la belleza existen en todas partes-; ingresó al Taller de Artes Visuales de la UANL en 1962, dos años más tarde viajó la Ciudad de México para estudiar en La Esmeralda. A De la Rosa se le conoció como un artista plástico cuya obra fue limpia, meticulosa, con un rigor técnico indiscutible, honesta y llena de poesía. Falleció el 15 de julio de 2021. Así lo recordamos en La Gualdra en su primer aniversario luctuoso.


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Entre Marx y una mujer desnuda, de Jorge Enrique Adoum Por Miguel Ángel de Ávila González

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l tema de esta novela es el amor. La intención principal del autor fue hablar sobre el amor, narrar sus diversas formas de manifestarse y proyectarse en el ser humano, es el hilo conductor que permanece de principio a fin y el elemento que determina su estructura. La novela incluye dos historias. La historia de Bichito y su amante, que vislumbra una relación perfecta de pareja, llena de ternura, ilusión, deseo, cariño y comprensión. Escrita al margen para dar idea de que es un caso excepcional, aislado y, por tanto, no puede ocupar el mapa completo del papel, ni toda la atención, apenas se deja leer como pinceladas en un cuadro, porque al ser perfecta puede incomodar, no hay mucho que decir, no hay interés que atrape, puesto que ciertas palabras ya bosquejan la imagen toda de la relación y el resto sale sobrando. Esa relación de pareja se capta en estas líneas. “Después Bichito, ya supe en qué consiste, en qué calle vive, en qué piso, cómo se le han gastado los zapatos, cómo se queja gatuna al despertar. Y si la felicidad no es esto de vivir contigo, yo te prefiero a la felicidad”. (p.54) “Yo sé cuándo vas a gozar, dijo Bichito, porque escondes la cabeza aquí en el hueco de mi hombro...”. (p. 32); “[...] el olor de Bichito me sube desde abajo. Bichito que se hace una bola de calor y de pelo y de sueño, mientras le acaricio ese lomo de gata baudelairiana”. La otra historia es la del narrador y Rosana la esposa del cretino dueño de la hacienda; una relación de adulterio, regida por la traición, el goce, la atracción, la pasión carnal, el deseo de atrapar el pasado, de recuperar algo que pudo haber sido y no fue. “Rosana se le prendió a la boca, oceánicamente, como una agua mala, desesperada de saliva, de lágrimas y arena. Él se dijo: si uno pudiera meterse en ti, como los machos de ciertas especies inferiores que viven alojados en el útero, qué importaría que te fueras. Pero ya se veía avanzar hasta la playa la cabeza del cretino, como emisario de esa separación latente que les volvía a su condición de tenias”. (p. 55) El autor lleva de la mano al lector a recordar Rayuela de Cortázar y el método que se inventa para su lectura. También intenta una nueva forma de leer su novela. “[...] porque qué es una situación novelesca sino un encuentro de una o más personas incrustadas en un lugar o pasando por la intersección de diversos lugares. Y, como en todos los crucigramas, un solo error puede cambiar al mismo tiempo el lugar y el personaje y,

/// Jorge Enrique Adoum (Ambato, 1926-Ecuador, 2009). en todo caso, la situación”. (p. 261) Esta es una obra escrita como crucigrama, especie de juego en la que el lector es una pieza fundamental. Un juego porque se aprende que la literatura es la trampa de la lectura, de la segunda inocencia, del consabido asombrado descubrimiento de las cosas. El autor hace un examen de introspección porque quiere encontrarse con el niño que un día fue. Por eso provoca que salgan los recursos que tiene a flor de piel, los de la infancia y del primer amor. Gálvez hablará de la casa donde vivió de niño con su madre y sus tías. La casa de su amiga de infancia. Volverán los recuerdos de las primeras impresiones como testigo de ver el contacto de los cuerpos de diferente sexo y el amor. Cuenta sobre la costumbre de las novias de esperar delante de las ventanas con rejas a sus novios, se lee: “[...] ahora sé que las bocas se conocían, se encontraban, se quedaban acomodadas como si hubiese sido para siempre, como si hubieran estado cambiadas las lenguas y cada uno le devolviera a la otra boca lo que le pertenecía. Y tu hermana Nilda alargaba la mano entre las rejas y le acariciaba la mejilla, la oreja, el pelo...”. (p.68) El lector se enterará de la realidad

del Ecuador. Se podrá conocer sobre la realidad de los pueblos originarios ecuatorianos, que aún sufren discriminación y abuso; del alto grado de analfabetismo, cuya existencia y bienestar aún depende de la política del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, de cómo viven en una situación precaria, ahora

que fue traicionada la Revolución Ciudadana encabezada por Rafael Correa. *** Jorge Enrique Adoum, Entre Marx y una mujer desnuda. Siglo veintiuno editores, segunda edición, Corregida, México 1978.


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Hanya Yanagihara

Op. Cit.

La diferencia entre vivir y existir t

Mauricio Flores*

Martín de Dios, cuando en el mundo, de nueva cuenta en torno a la región neoyorquina, para entonces dividida por zonas, el objetivo es ya “tratar de formular (bueno, reformular) una respuesta internacional y multidisciplinar ante lo que se nos viene encima reuniendo a un grupo de epidemiólogos, especialistas en enfermedades infecciosas, economistas, funcionarios varios…, representantes de las farmacéuticas más importantes y dos psicólogos, ambos especializados en depresión e ideaciones suicidas, uno infantil y otro de adultos”. Vaya subrayados que irán acumulándose en esta nueva novela de Hanya Yanagihara (no se sorprenda el lector, en Tan poca vida la autora nos habla de un caso patológico de autodestrucción. “Si algo he aprendido es que hay que hablar de los episodios dolorosos mientras aún están frescos o nunca hablarás de ellos”, le dice una voz de mujer salvadora a un atormentado Jude. “Voy a enseñarte a verbalizarlo, porque cuanto más esperes, más difícil te resultará, y se intensificará en tu interior y siempre creerás que tú tuviste la culpa. Te equivocarás, pero siempre lo pensarás”) donde un lacónico YO firma una carta, 11 de octubre de 2055: “Si el modelo predictivo es correcto, esta enfermedad será mucho más patógena y contagiosa, se propagará con mayor rapidez y será más letal que su predecesora; nuestra única esperanza es la evacuación masiva”.

L

legan los tiempos para hacer balance. Qué nos enseñan estos dos años de pandemia: confinamiento, enfermedad y muerte. Muchas instrucciones habrán quedado. De entre ellas, una en sí misma vital, que nos revela la diferencia entre la vida y la muerte y la mera existencia. La posibilidad de hacerse de un destino y recorrerlo, de un lado, o la exigencia de un transcurrir condicionado. El valor de pisar libremente el camino al paraíso. A ese paraíso, múltiple, único, que cada quien se construye en su imaginario y que desde los espacios de lo literario, la norteamericana Hanya Yanagihara (1974) nos muestra en Al paraíso, su tercera novela publicada en un espacio de nueve años, tan perturbadora y emotiva a la vez, como la anterior Tan poca vida (2016) y la inicial aún no traducida, The people in the trees. Una bienvenida nueva novela, en realidad tres libros en uno, que suman casi mil páginas para leerse desde este preocupante mundo real y adentrarse así en los propuestos por la autora, no exentos de tribulaciones y esperanzas. Narraciones que nos trasladan a los finales del XIX, la no tan lejana década de los 90 y un dilatado siglo XXI, entre los años 2088 y 2093. Escenarios y tiempos que nos proyectan las vidas de diferentes personajes, tal vez unos antecesores de otros, en situaciones imaginarias y distópicas, pero en todo momento ancladas en los interiores más humanos. Extraña novela, extraños sus personajes, quienes habitantes de unas formaciones sociales imaginarias acceden a los matrimonios por conveniencia, sin importar la igualdad de géneros. Prácticas sociales que se han ido consolidando en una Norteamérica no siempre igual a la que conocemos por la historia. Aunque manteniendo cierta fascinación por el entorno Nueva York y el dilema de otras sociedades, como la hawaiana, incorporadas en el tiempo al gran proyecto americano. De ahí los referentes, en voz de los personajes, a hechos como la firma de una ley por la que “se otorgaba a Hawái la condición de

TEXTUAL estado”, dixit Eisenhower. “Ya éramos oficialmente el quincuagésimo estado estadounidense”. Hecho que desencadenará el ulterior interés de alguno de los personajes de Al paraíso (Libro II), por la soberanía de la isla o, en su defecto, la restauración de la vieja monarquía. “Nunca le había dado muchas vueltas a lo que significaba ser hawaiano. Era como darle vueltas a ser varón, o humano; yo era todas esas cosas sin más, y el hecho de serlas siempre me había bastado. Empecé a preguntarme entonces si, en efecto, existía otra forma de ser, si había estado equivocado todo ese tiempo, si de alguna manera era incapaz de ver lo que toda esa gente parecía ver tan claro”. Llegará el lector al Libro III, el más extenso, el más rápido, donde personajes y tramas sue-

nan dolorosamente cercanos. Contagios, aislamientos… De nueva cuenta parejas de originales alianzas y mucha enfermedad, proyectos de investigación para su derrota, contagios, aislamientos, mecanismos de defensa y la memoria de hombres y mujeres acerca de la presencia de constantes pandemias. “Quiero estar aquí cuando llegue la próxima pandemia. Quiero ser quien la descubra, quiero ser quien la solucione, quiero ser quien, al levantar la vista de la mesa, vea el cielo teñido de un negro denso y se dé cuenta de cuánto lleva en el laboratorio, de que ha estado concentrado, tan inmerso, que el hecho de que un día haya acabado no tiene importancia alguna”. Conciencia a la que llega uno de los personajes de To paradise, traducción Laura Manero Jiménez y Laura

Así pues, esta noche, cuando oscurezca y todo esté en silencio, me levantaré, recorreré el jardín de nuevo, y esta vez me atreveré a salir por la puerta de atrás, al mundo exterior. Ya veo las copas de los árboles, negras contra el cielo oscuro; ya huelo el jengibre a mi alrededor. Se equivocan: no es demasiado tarde, no es demasiado tarde después de todo, no es demasiado tarde. Y luego emprenderé el camino: no a casa de mi madre, no a Lipo-wao-nahele, sino a otro lugar, el mismo al que espero que hayas ido tú, y no me detendré, no necesitaré descansar, no hasta que llegue y haya recorrido todo el camino hasta ti, todo el camino al paraíso. Hanya Yanagihara, Al paraíso, p. 485 *** Hanya Yanagihara, Al paraíso, Lumen, México, 2022, 948 pp. * @mauflos