La Gualdra 494

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SUPLEMENTO CULTURAL

NO. 494 /// 13 DE SEPTIEMBRE DE 2021 /// AÑO 11

DIR. JÁNEA ESTRADA LAZARÍN

Julio Ruelas. La Señora Larque [detalle]. Óleo sobre cartón. 1896. Secretaría de Cultura-INBAL- Museo Francisco Goitia.

El 16 de septiembre de 1907 falleció en París, Francia, el artista zacatecano Julio Ruelas (1870). En este su aniversario luctuoso 114, compartimos con ustedes la imagen de La Señora Larque, un óleo sobre cartón realizado en 1896, que pueden apreciar en el Museo Francisco Goitia; y también, desde el teleférico, el detalle de esta obra en uno de los techos del centro histórico intervenidos como parte del Museo del Cielo. [Marcos Daniel Aguilar presenta “Un fauno retrata al centauro: Julio Ruelas”, en páginas centrales]


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La Gualdra No. 494

Editorial

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studiar historia ha sido uno de los placeres más grandes de mi vida; lo hice de manera formal apenas hace algunos años al hacer el doctorado, aunque siempre he estado interesada en los procesos que determinan el cómo se ha ido construyendo nuestro presente. Más enfocada en la trama y urdimbre de este tapiz multicolor de la cultura y las artes en Zacatecas, he encontrado en mi camino de investigación a personajes que han contribuido a que el orden cultural que tenemos actualmente se haya ido transformando paulatinamente. Esto viene a colación de dos cosas: primero, el pasado 12 de septiembre se celebró el Día del Historiador -felicidades, colegas-; y segundo, un 12 de septiembre también, pero de 1950, rindió protesta como Gobernador del Estado de Zacatecas, José Minero Roque. Lo he dicho aquí en ocasiones anteriores, Minero Roque fue uno de los gobernadores más cultos que hemos tenido -si no es que el más-, y que puso sus empeños en que la cultura y las artes fueran un eje fundamental del progreso en la entidad. Cuando tomó posesión, era más que evidente que la vida y los estudios que había realizado en Roma y aquí mismo en el Instituto de Ciencias, le habían ayudado a comprender que “el progreso de los pueblos” no podía centrarse solo en el mejoramiento de su economía, sino en el cultivo y “alimento de su espíritu”, al afirmar reiteradamente que no “solo de pan se alimenta el hombre”. Esa intención, de que el ser humano tuviera cada vez más contacto con las bellas artes, se complementó con el objetivo de rescatar los valores históricos y patrimoniales de nuestra entidad. En este sentido, trabajó mucho para establecer un plan de acción en el que realizó alianzas con artistas como Francisco Goitia a quien hizo su aliado; con los artistas de la ciudad que trataban de impulsar una escuela formal de arte; con instituciones como el Seminario de Cultura y el INBA; y con el Instituto de Ciencias que posteriormente se convertiría en Universidad Autónoma de Zacatecas. Supo generar un equipo de trabajo cuya participación dio como resultado que la cantidad y calidad de las actividades artísticas no solo aumentaran en la capital, sino que varios municipios fueran beneficiados; y, además, realizó las acciones pertinentes para

que se fundara el Instituto Zacatecano de Bellas Artes, la institución que daría pie a que se creara, en la década de los 80 del siglo pasado, el Instituto Zacatecano de Cultura Ramón López Velarde. Este 12 de septiembre, 71 años después de que hiciera lo propio Minero Roque, tomó posesión como Gobernador David Monreal Ávila, y en su discurso inicial afirmó que durante su gestión se reestructuraría el Instituto Zacatecano de Cultura. Una reestructuración que resulta más que necesaria, urgente; entre otras cosas porque esta nueva administración se encontrará con una nueva Ley de Cultura del Estado de Zacatecas, aprobada hace unos meses y publicada la semana pasada, que augura más problemas administrativos que beneficios; errores en su redacción que limitan la participación de creadores y patrocinadores -mencionados como “mecenas” en el documento-; y un dictamen financiero negativo -generado previo a la autorización de la ley-, salvo que se asegure un aumento importante en el presupuesto inicial y la seguridad de un incremento anual del 20%; súmele a esto que a partir de ahora tendrá, si no se modifica la ley en lo inmediato, que generarse el reglamento de operación, porque todavía no existe. Las nuevas disposiciones gubernamentales apuntan a que se implementará, a partir de ya, un plan de austeridad mayor al que teníamos y en el Presupuesto Federal de Egresos para el año 2022 se estipulan nuevos recortes, en los que, adivinó bien, Zacatecas tendrá que enfrentar el reto de operar con menos recursos financieros. No hace falta encontrar el hilo negro, como bien lo dijo en su discurso el nuevo gobernador, para hacer bien las cosas, pues la historia nos da ejemplos de lo que se ha hecho bien y lo que no en tiempos pasados. Vuelvo nuevamente a recordar a Minero Roque, quien hizo hasta lo imposible para gestionar recursos que fueron invertidos en iniciar con el cambio de un nuevo orden cultural, en un tiempo en el que destinar presupuesto a la cultura no era ni siquiera considerado. Confío en que eso sea tomado en cuenta y que el ejemplo de lo que hizo ayude a las nuevas autoridades a cumplir con sus objetivos. Que disfrute su lectura.

Directorio

Contenido

Lyotard o el coraje de pensar hecho filosofía Por Sigifredo Esquivel Marin Lo vi venir Por Pilar Alba

Un fauno retrata al centauro: Julio Ruelas Por Marcos Daniel Aguilar

Adiós, Señor Basurto Por José Enciso Contreras

The killing of two lovers, de Robert Machoian Por Adolfo Nuñez J. Des hommes/Los hombres, y cómo contar lo que no tiene palabras en la guerra Por Carlos Belmonte Grey

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Jánea Estrada Lazarín lagualdra@hotmail.com

Carmen Lira Saade Dir. General Raymundo Cárdenas Vargas Dir. La Jornada de Zacatecas direccion.zac@infodem.com.mx

Jánea Estrada Lazarín Dir. La Gualdra lagualdra@hotmail.com Roberto Castruita y Enrique Martínez Diseño Editorial

La Gualdra es una coproducción de Ediciones Culturales y La Jornada Zacatecas. Publicación semanal, distribuída e impresa por Información para la Democracia S.A. de C.V. Prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta publicación, por cualquier medio sin permiso de los editores.

Juan Carlos Villegas Ilustraciones jvampiro71@hotmail.com


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Lyotard o el coraje de pensar hecho filosofía

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l nombre de Jean-François Lyotard estará asociado ya por siempre a la palabra posmodernidad. Lyotard fue un posmoderno, tal vez el primero, puede ser, otros se han disputado la creación del concepto, incluso aquí en nuestro rancho, Juan José Gurrola, llegó afirmar que era el único posmoderno en México –a quien por cierto conocí y su lucidez era tan deslumbrante como irascible su carácter. En todo caso, La condición posmoderna (Madrid, Cátedra, 2000) es una de las obras capitales de la crítica de la modernidad, quizá junto con El advenimiento de la sociedad post-industrial (Madrid, Alianza, 2006), del notable pensador de derecha Daniel Bell, sean dos obras maestras para entender y atender los principales temas y problemas de la modernidad en su conjunto. Leí siendo adolescente La condición posmoderna y para mi sorpresa creí haber entendido el argumento central de la obra, que una paráfrasis apresurada se podría resumir en que “bajo el descrédito o deslegitimación, habíamos llegado al fin de los grandes relatos fundacionales de la modernidad”. Aunque en verdad no creo que hayamos comprendido a cabalidad las consecuencias e implicaciones del significado epocal del “fin de los grandes relatos”; más allá de ciertas reacciones y defensas obsesivas e histéricas. Empero, en la década de los noventa, en ese momento juvenil estaba maravillado porque leía a Lyotard y comprendía sus tesis y argumentos sin diccionario y sin tener que regresarme varias veces al párrafo o capítulo anterior: “Nuestra hipótesis es que el saber cambia de estatuto

/// Jean-François Lyotard. Foto de Bracha L. Ettinger.

al mismo tiempo que las sociedades entran en la edad llamada postindustrial y las culturas en la edad llamada posmoderna” (13). Se entiende el enunciado, perfectamente, tan claro como el café de Vips. O la oración: “Los grandes relatos han perdido su credibilidad, sea cual sea su modo de unificación asignado, relatos especulativos, relatos de emancipación” (73). Comprensible, ¿no? Compartí mi entusiasmo –incluyendo el librito en cuestión– con mis amigos Leobardo Villegas, Horacio Garibay y Jesús Aristorena, entre otros. Luego

leí con avidez todo lo que podía encontrarme de Lyotard y la posmodernidad, me gané el mote de “posmoderno”, que en una Facultad de Humanidades cuyo profesorado era de curas y excuras significaba –literalmente– una excomunión, y se veía y vivía como una herejía frente al cultivo de los estudios clásicos. A un joven que simpatizaba con causas perdidas la etiqueta de posmoderno le caía un poco en gracia. Luego leí La posmodernidad explicada a los niños, obra que afina la crítica y el sentido de lo posmoderno frente a lo moderno y pre-

moderno e intenta salvar algunas objeciones que le formulaba su archienemigo Jürgen Habermas y compañía bajo su famosa autocontradicción performativa que reza más o menos así: ¿No es acaso un gran relato el relato que condena el fin de los grandes relatos y por tanto se auto-refuta e invalida? Lo cierto es que la crítica posmoderna que se despliega como una autocrítica inmanente e inminente dentro de los umbrales de la misma modernidad no puede refutarse con argumentos lógicos o performativos porque excede el campo lingüístico y nos confronta con el fracaso ineluctable de la modernidad capitalista como proyecto hegemónico emancipatorio. Luego leí sus obras maestras Discurso, figura (Gustavo Gili, 1979) y Dispositivos pulsionales (Madrid, Fundamentos, 1981), Le Differénd (Paris, Minuit, 1983) traducido de forma inexacta al castellano como La diferencia (Gedisa); es una escritura pensante, viva, fresa, dinámica que realiza el estilo del Zaratustra de Nietzsche: escribir con sangre, escribir con el cuerpo, pero lo hace con una espontaneidad y ligereza que irradian pasión y vitalidad pura. Quizá la Confession d’Agustin (Paris, Galilée, 1998) sea uno de los ensayos hermosos escritos, un testamento literario y espiritual de un pagano post-marxista que me recuerda uno de los últimos libros de ese otro pagano poeta vitalista, amigo y maestro entrañable, Raúl Renán y su obra Los rostros de este reino (México, Conaculta, 2007), guardadas las distancias, ambas obras están escritas desde las entrañas y expresan verdades aquilatadas durante toda una vida. Lyotard ha sido uno de los pensadores que ha marcado definitivamente el siglo XX. Su obra cada día resulta más novedosa y vigente. Es un pensador póstumo.

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Por Pilar Alba

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o vi venir, así igualito que como lo retratan en la tele, con su cara redondita, redondita; sus picos y esa señal de la realeza que dicen que es de ahí de donde proviene su nombre. Mi viejo dice que no es verdad, que eran alucinaciones, que es porque me la paso en el Facebook leyendo las noticias o porque me comparten mis comadres las cadenas que pasan por el WhatsApp; pero no, le juro

que sí era, era igualito. Hasta de color verde como dicen que aparece debajo de los micro, micro, microscopios. Yo no sé mucho de física, de biología ni de esas cosas porque pues ya ve que siempre me saltaba esas clases para irme a pasear con mi viejo cuando todavía éramos novios; pero sí me acuerdo de las pocas veces que fui a esa clase, de los bichos, de los virus que se trasmiten tan fácilmente como la gripe. Pues como se lo digo, así igualito lo vi y venía directito

hacia mí para atraparme con sus garras. Mire, estaba sudando, no eran delirios, me temblaban las piernas y me dolían todos los huesos. Y la cabeza parecía que me iba a estallar conforme el virus se iba acercando, nomás se me rodaban las lágrimas de tristeza: y si ya no puedo respirar, si me internan y me conectan a un tubo; si no puedo volver a ver a mis hijos. Ay, no, la verdad no le deseo a nadie esas visiones. Fue mi viejo quien me trajo a la realidad: son alucinaciones te digo, así les pasa

a muchos. Entonces hice recuento de lo que escuché en la fila de la vacuna. Sí, son los efectos; porque

de pronto sin darme cuenta desapareció perdiéndose en la nada y con él todos los miedos y pesares.

Río de palabras

Lo vi venir

La danza del salmón

Por Sigifredo Esquivel Marin t


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Un fauno retrata al centauro: Julio Ruelas Arte

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Por Marcos Daniel Aguilar*

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ay personajes imprescindibles para la historia de Hispanoamérica que la historia oficial ha dejado fuera. Personajes que necesitan ser recordados en estos tiempos de desencanto y con mayor razón en estos años en que el arte debe surgir con fuerza para hacer la vida más amable y menos violenta. En México han sido guardados en un baúl apolillado acciones y pensamientos de ciudadanos, artistas e intelectuales que forjaron instituciones, el arte de este país y una forma de ver el mundo. Uno de estos hombres fue Julio Ruelas, quien murió en 1907, tres años antes del comienzo de la Revolución Mexicana. Este artista plástico comenzó un cambio sustancial en la forma de percibir las disciplinas artísticas, hecho que a la postre desembocaría en la revolución intelectual, cultural y política que consumiría al positivismo y a la rigidez de la política del dictador Porfirio Díaz. En los libros hay escasas menciones a su figura. Por fortuna, quedan en algunos textos reflexiones de escritores de su época, quienes escribieron en torno a él, como el decadentista José Juan Tablada. Incluso un apasionado del siglo XIX como Carlos Monsiváis o el ensayista Antonio Saborit han dejado ideas sobre la vida de Ruelas, genio de la pintura que plasmó en sus cuadros y viñetas el drama humano a través de la perla de la inteligencia: la fantasía. El miedo a la muerte, el suicidio, los pecados, los deseos y la condena en el infierno fueron algunos de los temas que el artista, nacido en Zacatecas en 1870, manejó a lo largo de su vida. Sus trabajos son una especie de bestiario medieval. Los seres fantásticos y mitológicos fueron su pan de cada día para representar los más oscuros temores del inconsciente humano, por ello, no es atrevido que animales mitológicos aparezcan en su obra y que su imaginación haya traído a la plástica nacional la esencia del individuo a través de la figura extraordinaria del centauro o la mágica aparición del unicornio. Pero, ¿qué quiso expresar Ruelas, el atormentado y glorioso Ruelas, con estos híbridos, con estos monstruos? Julio vivió en la Ciudad de México hasta el inicio de la

/// Julio Ruelas. El beso idilio. 1901.

/// Julio Ruelas. Autorretrato. 1902.

década de 1890. En ese entonces el país estaba regido por la dureza del gobierno dictatorial del llamado pacificador de la nación. El modelo político y cultural impuesto por el go-

bierno de Porfirio Díaz, bajo el lema de “Orden y progreso”, creó normas sociales con base en las ciencias naturales; es decir, lo que no podía ser comprobado por la razón simplemente no existía. Esta política se convirtió en el talón de Aquiles de una generación de artistas que creían en la libre expresión de sus ideas, en dejarse ir por sus sueños y emociones. Sin embargo, estos artistas y escritores, conocidos como los modernistas, rompieron las formas de la estética, pues de una poesía y plástica acartonadas y burguesas, este grupo creó una nueva expresión, más libre, más atrevida y, de alguna manera, políticamente incorrecta. La belleza, la sensualidad, la perversión y hasta la lujuria fueron hechas palabras y figuras que desbordaron los espacios intelectuales del país. Artistas como Manuel Gutiérrez Nájera, Juventino Rosas, Jesús Urueta, Efrén Rebolledo, José Juan Tablada, Amado Nervo, y el mismo Julio Ruelas, entre otros, en su afán de libertad vivieron y escribieron en burdeles, en cantinas y fueron relegados y vituperados por el resto de los círculos académicos e intelectuales de finales del siglo XIX. Ante esta burla y menosprecio por su arte, varios de ellos decidieron salir de México hacia Europa. Julio Ruelas no fue la excepción. Entre 1891 y 1894 estudió en la Academia de Arte de Karlsruhe. A su regreso a la “ratonera”, como lo dijo alguna vez el poeta Tablada, Julio se encuentra al mismo México mezquino y sin inspiración o gloria. Sin embargo, en este retorno las condiciones habían cambiado para él. Bajo la tutela del mismo Tablada, y bajo el patrocinio del poeta y abogado Jesús E. Valenzuela, este grupo modernista llegó a meter a la escena pública inéditas formas poéticas por medio de círculos cada vez más extensos, y sobre todo, a través de la creación de su medio


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/// Julio Ruelas. Entrada de don Jesús Luján a La Revista Moderna. 1904. Óleo sobre tela. 30 x 50.5 cm.

/// Julio Ruelas. La vejez del sátiro. 1901. Tinta sobre papel. 17 x 16 cm.

una parodia de San Jorge y el dragón, este maestro de la plástica mexicana coloca a este jinete de brillante armadura arriba de su brioso compañero, pero en vez de matar a la serpiente, el guerrero huye asustado por la furia del dragón de fuego. La imagen en Ruelas se convierte, gracias a la subjetividad en la interpretación de la historia, en un mito, pero con otro final, en donde los caballeros no fueron valerosos y en donde la mitología pudo ser modificada, gracias a él, para crear nuevo valores y temperamentos. Con el mismo sentido burlón, en un dibujo de 1901 hay otro guerrero armado. La escena se divide en tres partes: acto primero, un caballo blanco huyendo a galope y aterrorizado; acto segundo, el belicoso corriendo y tratando de agarrar a su equino; acto tercero, un fauno, tal vez sea el mismo Ruelas o su ingenio, espantando a la gran bestia y al valeroso con armadura. La desmitificación de los personajes y sus valores,

la agonía o aflicción de otros, la burla y el horror de los guerreros fueron su afición pictórica. Es decir, el mexicano buscaba la liberación de las formas y los fondos culturales para todos, por medio de su trabajo artístico. Por otra parte, el director de arte de la Revista Moderna coloca a una de sus bestias de ensueño para manifestar sentimientos reprimidos que son puramente humanos. Ahí está el unicornio, el que debería ser caballo mágico, con su cuerno y alma pura. Ruelas lo pone a jugar y lo distorsiona. En un dibujo está un unicornio agresivo que persigue, embiste con furia y sin pudor a dos faunos glotones, demoníacos, avaros. Por otro lado, coloca al sujeto de su deseo y desdicha, a una mujer desnuda, transgresora, fuerte, voluptuosa, y a su lado un caballero, tal vez un príncipe o señor feudal, montado en un dragón negro que con todo su poder la rapta y a la vez la desprecia con la mirada.

El tema de la mujer es uno de los más recurrentes en la obra, no solo de Julio, sino de los modernistas. Sin embargo, a diferencia de la belleza casi divina que los artistas de su época profesaron a las formas femeninas, el zacatecano las dibujó empoderadas y al mismo tiempo con cierto recelo, como si ellas fueran las culpables de un mal y un bien que lo persiguieron a lo largo de su vida. Mujeres poderosas, femmes fatales, con hermosos rostros y esculpidos cuerpos, deambulan entre sus litografías. En una de ellas, hecha exprofeso para la Revista Moderna de México, en su segunda época, dibuja a toda una amazona arriba de un cuadrúpedo, huyendo a galope, pues el cadáver de un siniestro centauro, que regresó desde la muerte, la persigue con guadaña en mano, dispuesto a cobrarle la vida. Este es, tal vez, un vestigio de la profunda desolación en la que habitó este artista, un atormentado y eterno insatisfecho –romántico y existencialista al fin– que plasmó la soledad y el sufrimiento del mundo en cada uno de sus trazos. La vida para él era una prisión, una agonía como la que William Shakespeare construyó en torno a Hamlet, y cuya válvula de escape fue el goce por la reflexión transformada en arte. Si alguna vez ya se había autorretratado cual fauno ahorcado en un árbol, probablemente Julio sea aquel personaje de una de sus viñetas, donde un miserable hombre es amarrado de un pie a la cola de un equino para que este, a toda velocidad, le desgarre la piel, le rompa el alma y el deseo. Este artista, más que un pintor de cuadros, fue un narrador visual que con una sola imagen evocaba situaciones, una historia y una emoción íntegras. Al ver sus formas, el espectador se da cuenta, presiente que hay mucho más en el fondo, más elementos en la evocación que en los complejos o finos trazos de Ruelas. A diferencia de sus compañeros del modernismo (movimiento pujante y totalmente hispanoamericano), Ruelas llegó más allá, donde el fondo de la pictórica da sustancia y perfecciona a la forma y no al revés. Trazo y contenido fueron las rutas de este joven artista que cambió el curso de la gráfica en México, pues la llevó a la modernidad expresiva del siglo XX. Un visionario, según Monsiváis, y un adelantado de su tiempo, características que sus contemporáneos no vieron y que sus detractores y predecesores no han alcanzado a contemplar. Ruelas fue la punta de lanza para el rompimiento del positivismo y del mismo modernismo en el país. Más cerca de la siguiente generación de intelectuales pertenecientes al Ateneo de la Juventud, donde la idea era más importante que la manera en cómo expresarla; él, sobre todo, supo conjugar, antes que todos, ambos criterios para lograr un círculo de fuego que pocos entendieron en su momento. México, al comenzar el 1900, exigía un cambio sociocultural. Este dibujante hizo lo suyo, imprimió con firmeza su puño de gráficas lleno de sueños y de cambios algunos años antes de que cayera el sistema caduco en 1910. No obstante, para ese tiempo el cuerpo sin vida de Ruelas yacía en el lejano y solitario panteón parisino de Montparnasse. * Este ensayo es parte del libro

/// Julio Ruelas. Fauno tocando la flauta, 1903. Tinta sobre papel. 7.5 x 18 cm. Colección Andrés Blaisten.

Gestos del centauro, editado en 2021 por Ediciones Periféricas y el ITAC.

Arte

de difusión: la Revista Moderna, la cual tuvo dos épocas. Ruelas llegó a ser el director de arte, el icono e incluso la inspiración para estos decadentes, rebeldes y apasionados tanto a la creatividad como a la vida mundana. Eso eran ellos, la representación de lo que el resto de la población no se atrevía a ser. Pero Julio, el maestro del pincel, era un poco diferente al resto de sus contemporáneos. Mientras que sus compañeros poetas se aferraron solo al rompimiento de las formas de la poesía, sin la preocupación o la exploración de sus contenidos (por ello ahora esos versos suenan un tanto anacrónicos), los dibujos de Ruelas trascendieron con una fuerza cortante y expresiva que aún lastiman en el siglo XXI. Sus óleos, acuarelas y dibujos no solo buscaron la perfección de la forma, sino que se arrojaron a descifrar los sueños y miedos que integran la condición humana. Sus cuadros no solo plasman una imagen o historia, sino que son todo un sentimiento, pero el sentimiento vivo que provino de su cabeza, su pasión por iluminar el lado más oscuro de la mente; el rompimiento de tabúes para llegar a burlarse de los dioses, pactar con los demonios y llegar a escenas inundadas de terror psicológico hecho a base de lo que las personas no se atrevían a reconocer: que todos puedan llegar a ser Caín tratando de matar a Abel. La fantasía mitológica, mezclada con la realidad, fue recurrente en su lenguaje gráfico. Sus centauros, seres de la mitología griega clásica, mitad humanos mitad caballos, por ejemplo, le sirvieron para representar a seres de la vida cotidiana; así, en el cuadro Entrada de don Jesús Luján a la Revista Moderna (1904) se observa al director de esta publicación, Jesús E. Valenzuela, como un semidiós, un centauro que invita al escritor y mecenas del grupo, Jesús Luján, a entrar al jardín de la lujuria y las delicias del arte. Por su parte, Luján está montado en un hermoso caballo blanco, con patas traseras y cola de toro de lidia. Al fondo, sin hermosura y divinidad ni del equino ni del centauro, se observa a Ruelas en la figura de un travieso fauno, con patas de cabrío endemoniado, ahorcado en un árbol, hecho premonitorio que antecede a su deceso en 1907. Alimentado con sus lecturas de la Biblia, los clásicos grecolatinos, las historias de caballería medieval y la filosofía alemana, este artista mexicano tomó estas narraciones y las hizo suyas. Les imprimió su toque personal para contar otra versión de la vida. Los caballeros romanos o medievales, montados en sus equinos, pierden valor y astucia con Ruelas, y se convierten en bufones. Como


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Adiós, Señor Basurto Por José Enciso Contreras

Personajes universitarios

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ongamos aquí su nombre completo: Félix Basurto Minchaca-Flores, pero desde que yo era niño recuerdo que todos lo llamaban El señor Basurto; y creo se debía a su aspecto serio, más bien alto que bajo, enjuto y vestido formalmente sin llegar al traje. Jamás se le vio vistiendo mezclilla aunque en una época de su vida se juntaba con puro universitario jipioso y desparpajado, que con el tiempo comenzaron a llamarlo Maese Basurto, que es una manera desusada pero muy elegante de decir Maestro, así, con mayúsculas. Víctor Hugo R. Bécquer, fue quien comenzó con el sobrenombre, en la academia de literatura de la prepa. Nueve o diez años teníamos mi compadre Jaime Casas y yo cuando lo conocimos en el grupo de teatro del Instituto Zacatecano de Bellas Artes (IZBA), integrado por un puñado de jóvenes bullangueros, dos niños que éramos mi compadre y yo, además de El Señor Basurto, que entonces estaría inaugurando su cuarta década de vida. También asistía una señorita entrada en años, llamada Coco, a quien en alguna ocasión le tocó protagonizar breve pieza teatral con don Félix, en la que había una escena de cama. Nada del otro mundo, desde luego, simplemente se trataba de un diálogo entre ambos, empiyamados, pero cuyos ensayos causaban sensación entre los circunstantes, por los remilgos de la actriz. Jamás se puso en escena aquella pieza. No quiero seguir avanzando sin dejar constancia de que Basurto nació en la ciudad de Aguascalientes, el 1º de noviembre de 1932. El mayor de seis hermanos, fue hijo de don Félix Minchaca, mecánico electricista, y de doña María Flores Martínez, a los que, según me contó él alguna vez, solían llamar Popá y Momá. Por cierto que Popá era individuo bastante peculiar no solamente porque fue propietario de la empresita denominada “Acumuladores Félix”, pionera en el ramo en la vecina ciudad, sino porque además era apasionado de las motocicletas, pero de hueso colorado, a grado tal que en sus ratos libres ejecutaba acrobacias con habilidad y pronto fue designado agente de tránsito honorario, proporcionando entrenamiento al cuerpo acrobático motorizado de Aguascalientes. Maese Basurto fue huérfano de padre y madre desde tierna edad, quedando él y sus hermanos a cargo de su abuela y un tío materno. Se vio obligado a crecer pronto en el periodo de entreguerras cursando sus estudios básicos en el Colegio Alcalá, donde igualmente terminó la carrera mercantil. De ahí que como todo contador privado de la época, egresara con varias destrezas, por ejemplo la taquimecanografía, cuyo ejercicio le abriría muchas puertas en el futuro. Como primer empleo fue secretario de don Carlos Salas Calvillo, respetado notario público de Aguascalientes y, simultáneamente, desde

/// Félix Basurto Minchaca-Flores. Foto de archivo de La Jornada Zacatecas. 2015.

aquella su temprana juventud, incursionó en el mundo de la radio como locutor, a título gratuito, en la estación XEBI de la misma ciudad. Por cierto que la voz de Basurto era bastante radiofónica, de corte tradicional, porque habremos de reconocer que en aquella época de oro la voz del locutor era algo a lo que se le concedía capital importancia, no como ahora; era su tarjeta de presentación, por decirlo de alguna manera. La voz

de Basurto era firme, como de un tenor pero hablando, con un lejano toque de alerta noticiosa, pero lejano y agradable. Que yo sepa, no parece haber cultivado el oficio por mucho tiempo, y sin embargo, cuando José de Jesús Sampedro, El Sam, organizaba maratones radiofónicos de rock en la XEPC, si mal no recuerdo, la voz oficial del programa era, cómo no, la de Basurto. Pero veníamos diciendo antes de esta digresión, que después de trabajar en la nota-

ría de Carlos Salas, cambió su residencia a la capital del país, donde el licenciado Faustino Llamas Arvide, abogado, lo contrató sencillamente “porque su prometida no quería que tuviera secretaria, sino secretario”, por lo que el joven Félix se integró a su despacho en la Colonia Roma. Ahora me voy enterando que este Llamas fue nada más y nada menos, según la respectiva acta constitutiva, miembro fundador del Partido Acción Nacional, junto con otras personalidades como don Manuel Gómez Morín y el zacatecano don Daniel Kuri Breña, estrella del pensamiento conservador de Zacatecas en el siglo XX. Permaneció Basurto en la capital durante veinte años que fueron nodales en su vida y trayectoria. Ahí conoció al zacatecano Carlos Borrego Hinojosa Petit, precisamente en La Chorcha, que así llamaban a la animada tertulia cotidiana en el despacho del abogado Llamas, amenizada con uno que otro aperitivo, como en los buenos despachos de antes, sí señor. Poco después ingresó al mundo editorial siendo asistente de corrector de Andrés Barquin y Ruiz, prolífico escritor ultra conservador, más papista que el mismísimo Papa, alguna vez editor del periódico Criterio, y propietario de una imprenta en Tacubaya. Quién fuera a pensarlo, Maese Basurto comenzó su carrera en las artes de corrección y estilo con este curioso y ultramontano personaje, así que con esas amistades, no nos extraña que se haya afiliado en su juventud a una asociación católica, a la que Jean Meyer no baja de mero grupúsculo: Integrismo Nacional, fundada en 1940 por ex militantes de la muy cristera Liga Nacional de Defensa de las Libertades Religiosas y de la antigua ACJM, extinta en 1929. La asociación seguía activa a principios de la década de 1950. Se dice que aquellos curiosos integristas estaban pero que muy obsesionados con el “complot judío, protestante, masón, yanqui y comunista”. Miembro de aquella organización lo era también el millonario Manuel Muñoz Castillo, dueño de


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/// Colegio Alcalá, en la ciudad de Aguascalientes. Foto de FB Memorias de Aguascalientes.

ller y antes de cumplirse los tres meses gratuitos prometidos para la UAZ, viendo que efectivamente era ducho en artes editoriales y de imprenta, Almanza tramitó su nombramiento definitivo como director de la editorial universitaria, el cual le fue concedido por Díaz Casas, en 1972. Hacia 1979, el rector Jorge Hiriart lo reubicó a la secretaría académica, como asistente “todólogo” del maestro Francisco García González, y en 1982 fue técnico académico adscrito a la Academia de Lenguaje y Literatura de la Escuela Preparatoria, que ya dirigía Sampedro, en donde fungió como secretario. También fue encargado pro tempore de la dirección de la Preparatoria III. Bajo la gestión rectoral de Paco Flores laboró en el Centro Universitario de Cómputo, con José de Jesús Hernández Berumen, El Chuchín, y aprendió las técnicas de la computación en las que llegaría a ser experto, especialmente en lo tocante al procesamiento de textos. Pasó más tarde al Centro de Jurismática. Sindicalmente perteneció al STUAZ y después al SPAUAZ. Faceta importante en su vida fue su acendrada bibliofilia. Quienes visitamos su casa en la colonia Buenavista tardábamos un rato en asimilar cómo era que en una vivienda cupieran tantos libros; la respuesta era sencilla: desbordándola. Su biblioteca personal alcanzó a tener más de 20,000 volúmenes y disputaba con denuedo, palmo a palmo, el espacio doméstico a la familia Basurto Dávila. Maese Basurto se especializó principalmente en la corrección de textos y cuidado editorial; desempeñó esas funciones para gran número de profesores, funcionarios y centros universitarios; en los albores de la política editorial universitaria, acompañaba al profesor Cuauhtémoc Esparza desde la quisquillosa corrección hasta las meritas puertas de la imprenta de la editorial Jus. Fue el corrector de estilo más prestigiado de la UAZ en el siglo XX, generoso formador de otros profesionales en la materia, dentro o fuera de la universidad, como Armida Zepeda García-Moreno y el Colo Juan Gerardo Sampedro, entre otros muchos. Su prestigio llegó a tal grado andando el tiem-

po, que muchos correctores y hasta académicos, para darse su lija o conseguir empleo o reclamar estatus, declararan falsamente haber aprendido el oficio con El Señor Basurto. Casos los hubo, y muchos. Desempeñó con gran eficiencia la ingrata labor de corrección sobre los informes de numerosos rectores y en las revistas Vínculo Jurídico, Diálogo y Dosfilos, entre otras. Como en la actualidad, el buen corrector es personaje difícil de conseguir, incluso en el medio universitario, así que en el tiempo de que hablamos fue siempre un tipo muy pero que muy ocupado, trabajando en solitario hasta altas horas de la noche. No recuerdo haberlo visto ocioso. Jamás. Laboraba materialmente de sol a sol y aún más; era buscado por todo aquel que quisiera poner su texto de manera decente. Tesistas, profesores, poetas, narradores, todos lo buscábamos para darle trabajo, como si no lo tuviera. Mi esposa Lupita (QEPD) fue sobrina política de Basurto, por lo que en ocasiones lo teníamos en casa a él y su señora en ocasiones como Navidad o año nuevo. Esto sin contar con la cercana relación que Basurto tenía con el núcleo de profesores del extinto Centro de Investigaciones Jurídicas en que yo laboraba junto con otras joyitas como mis compadres El Manix, Óscar Cuevas y Jaime Casas, todos amigos suyos. Así que dadas las circunstancias, en 1986 le pedí me ayudara con la corrección de mi tesis de licenciatura. Aceptó siempre y cuando lo hiciéramos en mi casa, en la avenida Morelos, de las dos a las cuatro de la tarde, único lapso que él tenía libre durante el día, o sea a la hora de comer. Inicialmente pensé que se llevaría mi texto y lo corregiría por su cuenta, pero no fue así. Corregíamos un buen rato en la sala y luego comíamos en casa, antes de que regresara a su trabajo en la UAZ. Cada corrección que hacía a mi texto en el papel, me la explicaba detenidamente, con paciencia de beato. Laboramos los dos, él corrigiendo y yo aprendiendo. A poco tiempo comprendí que organizó el trabajo de esa forma para que yo nunca más me viera en la necesidad de solici-

tar su auxilio en materia de corrección, salvo en casos realmente peliagudos. Desde luego no aceptó pago alguno por sus servicios, los retribuí con algunas botellas de buen licor que aceptó de buen grado. No quiero decir que haya sido el mejor de sus aprendices, pero, como ustedes gusten y manden, si escribo mal actualmente, antes de Maese Basurto escribía peor. También tuve el gusto, en 1997, de contar con su valiosa colaboración para integrar la recopilación literaria A la mitad del Foro… poemas de abogados zacatecanos de los siglos XIX y XX. Accedió entusiasmado como en todas las actividades editoriales en que se vio involucrado. Resta decir que casó en Zacatecas con Teresa Dávila Esparza y tuvo tres hijos: Ricardo, Chantal y Lupita. Gustaba de todo tipo de música, pero en especial de los ritmos tropicales: cumbia, guaracha, danzón y mambo. Era una gozada verlo en acción en los celebérrimos bailes de Dos filos. Recordaba con especial alegría sus incursiones en el legendario Salón México al ritmo de Acerina y su Danzonera. Admirador de Juan Rulfo, se declaraba más aficionado a leer ensayo aunque disfrutaba de la novela y del cuento. Lector de Enrique Krause y Gabriel Zaid. Además era coleccionista de múltiples objetos, pero prefería los llaveros “porque sirven de adorno para los libreros”. En segundo término, como fumador empedernido durante buena parte de su vida, coleccionaba encendedores y ceniceros. Murió en esta ciudad el pasado 31 de agosto a la edad de 89 años. Para terminar, siento que de las mejores cosas que tiene la UAZ hoy son el resultado de la contribución acumulativa de muchos actores académicos que lograron crear tradiciones, que transmitieron generosa, permanentemente, sus saberes y destrezas a generaciones de docentes y estudiantes. En muchos casos, como el de Basurto, no vivieron esperando reconocimiento con trepadora avidez, patología bastante extendida. Que sea esta mi modesta despedida a quien llegué a admirar y estimar entrañablemente, y con quien estoy muy agradecido por sus enseñanzas. ¡Hasta siempre, Maese!

Personajes universitarios

la fábrica de jabones La Luz, y magnate algodonero, accionista de Bancomer, consejero en 1936 del Banco de México, hombre generoso con quien trabajó durante un tiempo como su secretario particular para trámites y asuntos filantrópicos. Aquí es donde cabe breve reflexión sobre la ideología juvenil de Maese Basurto y su perfil digamos que filosófico y político que tenía en el tiempo en que conviví frecuentemente con él, porque no quiero que se quede en la mente del lector una idea inexacta al respecto. Siento que en sus tiempos universitarios Basurto había sepultado definitivamente el ideario integrista. La época de oro de su paso por la UAZ estuvo marcada por su estrecha, bohemia, creativa y festiva amistad con jóvenes de izquierda. Nunca le escuché hablar de temas religiosos o políticos, aunque en ocasiones yo insistiera en conversar con él al respecto. Vivíamos en una casa de estudios polarizada en extremo donde todos nos criticábamos unos a otros de buena o mala fe. Al pedirle opiniones, simplemente evadía el trámite con elegancia: Sí, mano… solía comentar para cerrar el asunto. Pero bueno, Basurto fue también agente inmobiliario en las empresas Tequesquitengo S. A. y Prados de la Montaña, en la Ciudad de México. Puso poco después un inicialmente exitoso despacho inmobiliario, asociado con Manuel Izea, que terminó por quebrar. Don Carlos Borrego Hinojosa en aquella época era fraccionador en la ciudad de Zacatecas, “y hasta eso era baratero”. Don Félix trabajó para él vendiendo los lotes iniciales de las actuales colonias Buena Vista y Francisco E. García. Y a resultas de su trabajo con don Carlos llegó a Zacatecas por vez primera. Poco después renunció al empleo y laboró con el arquitecto José Ángel Peschard en el Comité Administrador del Programa Federal de Construcción de Escuelas (CAPFCE), así como en asuntos administrativos de construcción en la empresa del mismo arquitecto. Como se decía al principio estudió teatro en el IZBA y, tras haber sido suspendido por tres meses de la empresa de Peschard, a finales de 1972, se entrevistó con el recién electo rector Jesús Manuel Díaz Casas -en pleno y complicado periodo de transición de ICAZ a UAZ-, y le dijo que disponía de tres meses de su vida libres para regalarlos, así nomás, a la flamante universidad, con el propósito de aplicarse en el incipiente proyecto de la radio universitaria o a las labores de imprenta, áreas en las que tenía experiencia. El licenciado Roberto Almanza, que estaba encargado de esas funciones, destinó a Basurto a la imprenta universitaria, en esa época a cargo del Ché Acosta. La dependencia mostraba gran desorden, pues entre otras cosas hacían maquila a particulares, o tesis de estudiantes, descuidando la producción editorial institucional. Lo presentaron ante el personal como jefe de imprenta, y fue entonces que organizó el trabajo del taller, informando cotidianamente de sus labores al rector. En aquellos talleres situados en las canchas de la Prepa I, conoció al mozalbete comunista José de Jesús Sampedro, quien en esa época imprimía una revista muy sencilla intitulada Los Múltiples Caminos, predecesora directa de Dosfilos. Basurto corregía en automático los eventuales errores de la publicación del Sam, provocando los enojos del vate, por lo que optó por dejarlo en paz. Fue en este tiempo que El Señor Basurto escribió en la revista Imágenes, publicación auspiciada por Roberto Almanza. Se afanó en regularizar los trabajos del ta-


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LA GUALDRA NO. 494 /// 13 DE SEPTIEMBRE DE 2021

The killing of two lovers, de Robert Machoian Cine

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Por Adolfo Nuñez J.

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n los primeros momentos del filme se muestra a David (Clayne Crawford), el protagonista de la historia, sosteniendo un revólver y apuntando hacia una pareja que duerme de manera profunda, ignorantes de lo que ocurre a su alrededor. El rostro de David luce resolutivo, pero finalmente decide no apretar el gatillo y sale por una ventana de la habitación. Este arranque, intenso y abrupto, establece el tono y la premisa de The killing of two lovers (2020) el debut en cine del realizador Robert Machoian, y cuya atmósfera angustiosa logra perdurar durante toda la cinta. Ambientada en un pequeño poblado de Utah, la película sigue la historia del ya mencionado David, un hombre de familia que se encuentra en un momento complicado dentro de su matrimonio, razón por la que decide separarse de manera temporal de su esposa Nikki (Sepideh Moafi). Padre de cuatro (una adolescente y tres niños pequeños), él busca resolver sus problemas de pareja, pero no puede evitar sentirse derrotado al descubrir que Nikki ha comenzado a salir con un compañero de trabajo llamado Derek (Chris Coy). Dicha situación

provoca una profunda impotencia en David, quien en su desesperación tendrá arranques de furia cada vez más y más violentos.

Estas emociones exacerbadas son el punto de partida de Machoian para construir un interesante retrato sobre las concepciones que se tienen res-

pecto a la masculinidad, así como de sus profundas contradicciones. Todo esto es encarnado gracias a la notable interpretación de Crawford, que se encuentra llena de matices y que son representadas entre el dolor que experimenta David, sus esfuerzos por reconectar con su familia y una psique que se muestra cada vez más perturbada. El director va construyendo una serie de postales de la América rural, cuyos enormes espacios e inabarcable extensión contrastan con las emociones y la represión interna del protagonista. Asimismo, incorpora un diseño sonoro que contradice el naturalismo de su propuesta y que se compone de ruidos y golpes secos, así como de una inquietante banda sonora. Todos estos elementos logran producir una tensión insostenible, que va creciendo hasta su durísimo y devastador tercer acto. Es así como The killing of two lovers se vuelve un recordatorio de los alcances que tiene el cine independiente contemporáneo, en términos de la profundidad dramática y el desarrollo emocional de sus personajes. Se trata de un relato humano, incómodo y retador sobre la violencia que se efectúa en el núcleo familiar y sobre los deseos de una persona de reconstruir una vida rota.

Desayuno en Tiffany’s, mon ku Des hommes/Los hombres, y cómo contar lo que no tiene palabras en la guerra Por Carlos Belmonte Grey t

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ay quizás dos réplicas de Gerard Depardieu que me vienen constantemente a la cabeza en discursos intensos: uno es la escena bajo el balcón en la interpretación del Cyrano de Bergerac (Jean-Paul Rappeneau, 1990); el segundo, más reciente, es la escena final en el café ante una desesperada Juliette Binoche en Un beau soleil inéerieur (Claire Denis, 2017). A estas dos que son presencias del amor romántico y liberador, he agregado una tercera en un registro completamente diferente, su narración de los acontecimientos para los cuales no existen palabras y es mejor omitir sobre la guerra de Argelia, en el más reciente filme de Lucas Belvaux (2020) Des hommes. “Eso, Solange, tampoco te lo iba a contar.

Para qué contar algo que no tiene palabras” narra un desesperado Depardieu solitario en su casa frente a la chimenea mientras recuerda las cartas que envió a su hermana durante su periodo de soldado para defender a Francia de los rebeldes argelinos que se querían independizar entre 1954 y 1962. Belvaux creó una historia de la guerra de independencia de Argelia sin necesidad de acentuar en la violencia visual sino descansado la intensidad en la narración de memorias de sus tres personajes: dos primos (Depardieu y Jean-Pierre Darroussin) y la hermana del ya mentado actor (Catherine Frot). Los dos primeros estuvieron en el frente de guerra y la mujer en casa. La película va y viene del pasado al ahora, de momentos narrados y de momentos visuales. La historia de Belvaux se ataca al problema de memoria de la guerra, de lo que

los abuelos contaron a sus nietos ahora, y a las encontradas posiciones de aceptar lo que pasó o luchar contra lo que pasó. Un

conflicto actual en la memoria de la migración argelina y la expulsión francesa. Aceptar que fue una masacre contra un pueblo que quería soberanía frente a la ocupación, y aceptando eso poder tener una vida normal. O bien, continuar buscando explicación al por qué de la lucha, al por qué haber matado y violado, al cuál es la situación de los argelinos en Francia ahora. Los Hombres solo nos deja ver lo que en las cartas estaba escrito y nos da avances de lo que en su intimidad a veces querían escribir para comprender el por qué estaban ahí a través de lo que contaban a los demás pero que decidían al final no enviar por pena, por falta de justificación, por pudor o por incapacidad de describirlo. Aquí no hay héroes, ni amores perdidos. Hay solo hombres que fueron enviados a una guerra por defender una nación.