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SUPLEMENTO CULTURAL

NO. 490 /// 16 DE AGOSTO DE 2021 /// AÑO 11

DIR. JÁNEA ESTRADA LAZARÍN

Adán Medellín.

Adán Medellín (Ciudad de México, 1982) es escritor y periodista, en su perfil en redes sociales dice que fue ex lateral izquierdo; si trasladamos la metáfora del futbol a la literatura tendríamos que decir que es un jugador apto para cualquier posición en la cancha, lo mismo escribe cuento, novela, ensayo e incluso poemas, y todo lo hace con la soltura, elegancia y seguridad de quien conoce bien su oficio. Su más reciente novela publicada, Acéldama, es un acercamiento a una de las tantas estampas de violencia en el país, su acierto es hacerlo “con precisión y sensibilidad”, sin caricaturizar ni romantizar, logrando una obra “a un tiempo brutal y serena”, tal como lo consideró el jurado del primer Premio Nacional de Novela Élmer Mendoza. [Una entrevista con Adán Medellín, por Beatriz Pérez Pereda, en páginas centrales]


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LA GUALDRA NO. 490 /// 16 DE AGOSTO DE 2021 /// AÑO 11

La Gualdra No. 490

Editorial

Comencé a escribir al mismo tiempo que me comenzaron a salir espinillas. Estaba servido el coctel: un puñado de poemas memorizados por capricho paterno, una pizca de desesperación amorosa y una congénita predilección por el aislamiento. Quieras o no, la lectura y escritura te alejan —del mundo y/o de ti—. En mi caso, la escritura sirve de pretexto para evitar socializar”, así respondió Javier Acosta a Armando Salgado en La Gualdra 369,1 cuando este último le preguntaba en la entrevista en qué momento había empezado a escribir poesía. Javier no ha dejado desde entonces de escribir, de investigar y de dar clases, comparte su conocimiento y sensibilidad por donde quiera que va. Su labor como poeta ha sido más que fructífera, nacido el 16 de junio de 1967, en Estancia de Ánimas, ha vivido en la ciudad capital la mayor parte de su vida. Es Licenciado en Derecho y Maestro en Filosofía e Historia de las Ideas por la Universidad Autónoma de Zacatecas -lugar en donde es profesor e investigador desde 1994- y Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid. En 2006, obtuvo el Premio Nacional de Poesía Ramón López Velarde por su libro Regla de Tres; además, entre sus premios más importantes están también el Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes en 2010, por el Libro del abandono; el Premio del Concurso Nacional de Poesía Enriqueta Ochoa 2018 por Ahora caigo; y el Premio Nacional de Poesía Juan Eulogio Guerra Aguiluz, otorgado por la Universidad Autónoma de Sinaloa, por el libro Viejos comiendo sopa, en 2019, entre otros. “En cuanto a mis preferencias como lector, encuentro que leo pocas novelas, pero luego, cuando encuentro una buena, no me la acabo. Casi siempre estoy leyendo poesía o ensayo. La elección de lecturas es simple, un libro te lleva a otros. Un libro te lleva a la biblioteca. Borges decía eso, que no existe el libro, sino la biblioteca. También concibió el Libro de Arena, que los contiene a todos. Yo empecé a leer cómics. El primero que me atrapó fue Kalimán. Es fácil. Con el tiempo Kalimán te lleva al Siddhartha de Hesse, espérate poquito y Hesse te lleva a los Vedas, los Vedas a Roberto Calasso, Calasso a Homero, Homero a Borges y Borges a la Biblioteca. Para cualquier lector la cadena es infinita”, continúa en la entrevista que le invito a leer nue-

vamente para que conozca más de este escritor que además es un extrordinario lector y que este lunes 16 de agosto, a las 10 de la mañana, recibirá por parte del Ayuntamiento de Zacatecas la Medalla al Mérito Literario Poético Roberto Cabral del Hoyo, en el marco del aniversario 108 del natalicio del poeta zacatecano. Nos llena de alegría que Javier Acosta sea reconocido con este premio en una ciudad que ha hecho suya y a la que tanto ha aportado con las labores que realiza, no solo como escritor de poesía, sino como profesor universitario y formador de futuras generaciones de poetas. Debo señalar que Javier ha coordinado talleres literarios de los cuales han surgido algunos poetas zacatecanos que han recibido también, como él, el Premio Nacional de Poesía Ramón López Velarde, lo que habla de su buen hacer desde estos espacios en los que la poesía sigue trabajándose como una estrategia de vida para promover, entre otras cosas, la belleza y la armonía. Javier Acosta recibe esta medalla que el año pasado recibiera también su maestro José de Jesús Sampedro y segura estoy que a Sampedro le debe de llenar de felicidad enterarse de este reconocimiento. Hace poco tuve la oportunidad de entrevistarlo para el programa Desiertos Intactos,2 ahí Javier Acosta nos habló de Ramón López Velarde, a propósito del centenario de su fallecimiento, y yo lo invito, estimado lector, a que vea esta breve charla en la que destaca que traer a la memoria a los poetas es recordarlos, que recordar es “volver a pasar por el corazón” su imagen y su memoria; de ahí que el hecho de que esta medalla que hoy recibe Javier -con el nombre del poeta Roberto Cabral del Hoyo- también contribuye a volver a pasar por el corazón de los zacatecanos a quienes han hecho de la poesía una forma de vida. Muchas felicidades, Javier. Que disfrute su lectura.

Contenido Literatura y Jazz Por Francisco Javier González Quiñones

Entrevista a Adán Medellín Por Beatriz Pérez Pereda

El Evangelio según Jesucristo, de José Saramago Por Miguel Ángel de Ávila González Con la música en la sangre Por Pilar Alba

Filosofía hogareña Por David Valerio Miranda Edgar Morin: un lúcido testigo entre dos siglos Por Sigifredo Esquivel Marin

La realidad es un calcetín Por Guillermo Nemirovsky

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Jánea Estrada Lazarín lagualdra@hotmail.com

“Devenires en la poesía de Javier Acosta”, por Armando Salgado, en La Gualdra 369. https://ljz.mx/2019/01/28/deveniresen-la-poesia-de-javier-acosta/ Ver: Desiertos Intactos | Ramón López Velarde | Capítulo 8, en: https://youtu.be/ YY7P_O_OCoA

Directorio

Carmen Lira Saade Dir. General Raymundo Cárdenas Vargas Dir. La Jornada de Zacatecas direccion.zac@infodem.com.mx

Jánea Estrada Lazarín Dir. La Gualdra lagualdra@hotmail.com Roberto Castruita y Enrique Martínez Diseño Editorial

La Gualdra es una coproducción de Ediciones Culturales y La Jornada Zacatecas. Publicación semanal, distribuída e impresa por Información para la Democracia S.A. de C.V. Prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta publicación, por cualquier medio sin permiso de los editores.

Juan Carlos Villegas Ilustraciones jvampiro71@hotmail.com


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Literatura y Jazz Por Francisco Javier González Quiñones t

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maginemos el nacimiento del mundo, son los primeros pincelazos y acordes de la naturaleza que en su mímesis despliega sonoros y coloridos destellos de sus prodigios. Desde entonces, la portentosa naturaleza se retrata a sí misma y en cada nuevo intento edita sus imperfecciones y transfigura los días y las noches en sinfónicos paisajes que marcan las pulsaciones de la vida. De manera similar, el artista, impulsado por su inventiva, trata de atrapar y transmitir lo que su sensible espíritu percibe, imitando lo que ve y escucha o lo que su imaginación le dicta. En el proceso creativo, el pintor plasma imágenes y escenas en su obra, el escritor narra las acciones de sus personajes y el músico recrea los sonidos y silencios del mundo. La mímesis es la semilla germinal de todo fruto del arte. La imitación, como la base del aprendizaje, también es el punto de partida de todo artista. El neófito primero debe conocer el lenguaje y las herramientas de su oficio o vocación, solo tras largas jornadas de estudio y práctica puede convertirse en competente maestro. En esencia, ese es el camino transitado por todos los grandes artistas: pintores, escritores y músicos. Este es el sendero peregrinado por Miles Davis, John Coltrane, Bill Evans y Chet Baker. Detrás del talento de cada uno de estos jazzistas, hay acumuladas abundantes expresiones miméticas, plenas de intensas horas de trabajo, experiencias y aprendizaje. Todos ellos empezaron emulando a sus ídolos o a sus antecesores más destacados y, sin duda, se nutrieron con su música. Paulatinamente, con la práctica y disciplina, adquirieron su propio estilo para interpretar, incluso para germinar nuevas armonías. Ellos se atrevieron a romper el orden de las estructuras armónicas y a ejercer su libertad; estirando, acortando o balanceando las notas a su antojo. Miles nunca se supeditó a lo dogmático, siempre fue un arriesgado experimentador e innovador; igualmente Coltrane, quien además de extraordinario saxofonista fue un apasionado estudioso de la música del mundo; Bill Evans un reconocido pianista, compositor y referente clave en el jazz y; Chet Baker un virtuoso trompetista siempre fiel a su estilo jazzístico, intimista y lírico. El estilo es la marca personal que se adquiere a través de un largo proceso de aprendizaje que comienza con la imitación y que gradualmente se va cimentando con el desarrollo del talento. En ese proceso, lo que en la literatura José Lezama Lima denominó “la dinámica oscura” y Guillermo Samperio “la figuración”, en el jazz es la composición y la improvisación. Estos conceptos literarios y musicales son la esencia del conocimiento que subyace en el talento de cada artista. Los escritores y los músicos comparten el tiempo y el espacio para evocar y provocar las emociones humanas. En ese afán, las metáforas y la improvisación son recursos estéticos que subliman tales emociones. El carácter didáctico y alumbrador que Aristóteles otorga a la metáfora también es válido para la improvisación. Ambos recursos poéticos reflejan la apropiación de conocimiento en sus respectivas narrativas, a través de las cuales la literatura y el jazz resultan estimulantes y placenteras. En su proceso creativo las diversas artes confluyen en ciertas similitudes. Si la literatura narra acciones, a partir de una circunstancia que abre un conjunto de eventos que se entrelazan en acciones significativas que llevan a un punto

final, la música despierta emociones a través de una gama de escalas y armonías integradas en una pieza. Así como el escritor escribe estimulado por la inspiración y la imaginación, el músico crea e interpreta bajo la batuta de su sensibilidad y virtuosismo. Tanto la inspiración como la creación llevan al éxtasis, el paraíso en el cual todo artista se siente a sus anchas. No obstante que la improvisación es practicada por diversas formas y géneros artísticos, es en el jazz donde adquiere su particular espíritu de libertad. Al igual que la narrativa literaria, la improvisación musical requiere del contexto y el lenguaje que conecta a todos y cada uno de los integrantes de un ensamble. Es una comunión que purifica y libera el alma de los músicos y sus audiencias.

/// Emanuel Álvarez Pérez. Literatura y Jazz.

Julio Cortázar sabía lo que es esa comunión. Como fiel amante del jazz fue seducido por su flujo y supo incorporarlo a su proceso de escritura, mediante el equilibrio mental que logró entre la abstracción y la concentración. Esa experiencia heraclitana del jazz de “estar y no estar y de ser uno mismo y ser diferente cada instante”, la resume Johnny Carter, el prodigioso saxofonista de El perseguidor, cuando al compartir con Bruno su alucine en el metro de París, sobre la extensión y condensación del tiempo, le dice: “Yo meto la música en el tiempo cuando estoy tocando”. En suma, el jazz y la literatura narran historias a través de un viaje sensorial en que las armonías y las palabras se transmutan en placer y libertad.

Música

Lo único que puede hacer un músico es acercarse, lo más posible, a las fuentes de la naturaleza y, de esa manera, sentir que está en comunión con el mundo natural. John Coltrane (23 de septiembre de 1926 - 17 de julio de 1967)


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LA GUALDRA NO. 490

La violencia en el país también puede explorarse con herramientas simbólicas

Literatura

[Adán Medellín, Premio Nacional de Novela Élmer Mendoza 2019] Por Beatriz Pérez Pereda t

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dán Medellín dice en su perfil en redes sociales que fue ex lateral izquierdo, si trasladamos la metáfora del futbol a la literatura tendríamos que decir que es un jugador apto para cualquier posición en la cancha, lo mismo escribe cuento, novela, ensayo e incluso poemas, y todo lo hace con la soltura, elegancia y seguridad de quien conoce bien su oficio. Su más reciente novela publicada, Acéldama, es un acercamiento a una de las tantas estampas de violencia en el país, su acierto es hacerlo “con precisión y sensibilidad”, sin caricaturizar ni romantizar, logrando una obra “a un tiempo brutal y serena”, tal como lo consideró el jurado del primer Premio Nacional de Novela

Elmer Mendoza, de la Universidad Autónoma de Sinaloa en 2019. Para describir la prosa de Medellín tengo que citar lo que el protagonista de Acéldama dice sobre José Revueltas: “Me gustaba su lenguaje tan poético para narrar a seres tan duros, […] esa sordidez reflexiva que se adhería sin miedo a esos cuerpos y personajes que tanto temíamos tocar”. Algún equipo quizá habrá perdido a su mejor lateral izquierdo, no lo sé, pero sí creo que pocas veces la poesía ha tenido una baja tan pertinente como que Adán Medellín decantara por la narrativa para alegría de quienes somos sus lectores. Beatriz Pérez Pereda: Algunos de tus cuentos se desarrollan en entornos violentos, desde mi lectura no lo haces de una manera convencional, todo en tus cuentos parece una

metáfora de algo más, cuál es tu postura, tu estética frente a la violencia, la búsqueda de justicia que narras en algunos de tus cuentos o en tu novela de publicación más reciente, Acéldama. Adán Medellín: No comencé escribiendo narrativa sobre violencia. Yo primero deseaba escribir poesía, pero hallé en los cuentos una vía más eficaz para plasmar mis obsesiones y preocupaciones. He escrito cuentos fantásticos, sobrenaturales, deportivos, literarios y de un corte más realista y crudo, como en los años recientes. Creo que mi lector de poesía sigue influyendo en mi fraseo y el ritmo de mi narrativa, uso la metáfora cuando es pertinente para dejar un universo abierto, que pueda ser sentido y llenado por el lector, para trabajar en las preguntas que me inquietan, para aprovechar la profundidad y la sutileza del lenguaje metafórico. Creo que uno de los peligros de escritura de la violencia es su trivialización o normalización, que se convierta en un dato más de la narración. La violencia en el país es un hecho que no basta numerar en asesinatos o fotos atroces, sino que también puede explorarse con las herramientas simbólicas, profundas, rituales, antropológicas que nos permite la literatura. La violencia es cíclica, mimética, desbordada de sentido. Detrás de ella hay vidas rotas, desigualdades sociales, heridas interiores, mensajes de poder. Mis textos al respecto plantean preguntas sobre ella: ¿Aún creemos en la justicia en medio de la violencia? ¿Mi justicia es tu justicia? ¿Estamos dispuestos a romper la ley social con tal de restaurar la justicia que no llega? Mis textos buscan esos claroscuros en los personajes que se ven atrapados o anegados por alguna manifestación violenta. BPP: En tu semblanza apareces como escritor y periodista, qué tanto o de qué maneras un oficio se inmiscuye o colabora en el otro. AM: Fui durante doce años periodista y redactor en distintas revistas. Admiro a los y las periodistas de a pie que se meten todos los días en la boca del lobo para intentar contar y darle algún sentido a lo que vivimos actualmente. Del periodismo mantengo siempre la curiosidad y las preguntas en distintos ángulos para no confiarme con la primera interpretación de la historia o con un dato suelto, arrojado a las redes sociales. No hay buenos y malos inmóviles. Cada ángulo nos revela una capa o el inicio de una grieta para asomarnos desde una historia o un personaje a la hondura contradictoria que somos como humanos. El periodismo también me recuerda siempre que tengo un lector potencial enfrente, que soy responsable de ser un puente a ese otro lado, por más oscuro y pavoroso que parezca.

/// Adán Medellín. Foto de Román Gómez.

BPP: Has mencionado tu relación con la poesía, qué te llevó a escribir el ensayo El cielo trepanado. Sobre Hospital Británico de Héctor Viel Temperley: su experiencia o comunión con lo divino, la trascendencia, la enfermedad… cuáles fueron los vasos comunicantes, dónde inició el diálogo. AM: Como lector inicial de poesía, siempre fui un curioso de las distintas expresiones poéticas. La del argentino Viel fue una que me atravesó como un relámpago. Conocí su poemalibro Hospital Británico como lectura en la universidad gracias a un buen amigo, el Dr. Enrique Flores, y lo primero que pensé es que estaba frente a una revelación: un lenguaje de sueños, imágenes, recuerdos, autorreferencias, iluminaciones y desbordamientos de la lógica. Quise intentar narrar lo que veía en él. Con las relecturas, el conocimiento de la obra completa de Viel, otros libros y más charlas, vi que estaba frente a un viaje místico e iniciático que partía de un episodio


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16 DE AGOSTO DE 2021

BPP: En un discurso Jaime Sabines dijo que trabajar detrás de un mostrador, algo alejado de lo que se piensa o cree es el oficio de escritor, le había enseñada a tener paciencia, disciplina y humildad, junto a tu pareja tú emprendiste el proyecto de la Cafebrería Ítaca, cómo ha sido esa aventura, ese aprendizaje quizá. AM: Ha sido un aprendizaje de humildad y comunidad. El oficio de escritor, el acto de escritura frente a la página, es solitario y concentrado. Permite toda la libertad individual, nos hace crecer, volar, por dentro. Exige espacios aparte, soledades. Pero el proyecto de Cafebrería Ítaca que he emprendido junto a mi esposa es un trabajo que va hacia afuera. Busca hacer comunidad: intenta llevar libros y lecturas a la gente desde una librería y una biblioteca personal abierta, además de apoyar en la educación de los chicos y las chicas en un pueblo de San Luis Potosí con algunas clases y talleres básicos, alrededor del menú de una pequeña cafetería. En esos momentos en que preparo un café, mesereo, sirvo un postre o cargo mercancía en un mercado de abastos, la gente no me piensa como escritor. No saben quién soy. Hay libros míos en un librero gracias a premios nacionales de literatura y ellos no lo saben forzosamente. Eso me ayuda a estar bien plantado y mirarme con mayor justeza y mesura. También me ha permitido mirar una realidad distinta a la que viví toda mi vida en la Ciudad de México. Me mudé de allá justo antes de la pandemia, y ahora toco y respiro un país que antes no lograba ver pese a mis esfuerzos debido al velo seductor de la capital: es un choque y una revelación de palabras, costumbres, ideas, significados distintos. BPP: Es famosa la relación de algunos escritores con el deporte, unos boxean, nadan, otros corren, en redes sociales vi que te gusta correr, andar en bicicleta, cuál es tu relación con estas actividades, se vinculan de algún modo con tu proceso creativo. AM: Siempre he amado los deportes. Mi primera pasión fue el futbol; quería ser futbolista hasta los 17 años. Le he sumado la práctica del básquetbol, del box, de la natación y las caminatas, y en los últimos años, del running y la bicicleta. Escribir para mí es un acto muy físico, no solo intelectual, y siempre me ha interesado la relación de la escritura con el deporte, el sentimiento del cuerpo en movimiento, la respiración ligada a la voz poética o narrativa. Me ha ayudado a lidiar con la ansiedad, pero también a experimentar mi cuerpo en sus límites, en sus miedos, en sus alcances. Sé cómo se siente tirar un buen recto o recibirlo en el rostro. Anotar un gol, fallar un penal, terminar una carrera extenuado. El deporte es ritual, social, individual y lidia siempre con la transitoriedad de la gloria, la victoria, la derrota. Trasmite símbolos sociales, juega con leyes, interpretaciones y políticas.

Literatura

tremendo: una cirugía para extirpar un tumor en la cabeza del poeta. Su herida abierta y sangrante era su camino a la trascendencia, como en los antiguos rituales de trepanación. Mi madre, en aquellos años, enfermó y murió de cáncer. Entonces mis preguntas sobre la enfermedad, la muerte, la resurrección, la fe, el dolor, se trasladaron también a mi diálogo con Viel. Todo ello me llevó a escribir un cuento, una tesis y luego un ensayo que, afortunadamente, obtendría un premio nacional y sería publicado hace un par de años.

/// Adán Medellín. Foto de Román Gómez.

pología, estudios bíblicos, historia, música, deportes o cine. Algunos de mis libros favoritos son Dama de Porto Pim, de Tabucchi; Las uvas de la ira, de John Steinbeck; Moby Dick, de Herman Melville; La Odisea; ¿Acaso no matan a los caballos?, de Horace McCoy; y La alegría, de Ungaretti.

Fragmento de Acéldama, capítulo IX:

Algunos de los escritores que más admiro hallaron ahí caminos relevantes. Pienso en la natación para Viel, el boxeo para Piglia o Hemingway, la navegación y el vagabundeo para Haroldo Conti, el alpinismo para Erri de Luca, el futbol americano para Kerouac. Durante ese momento, la conexión con el cuerpo permite una naturalidad, una fusión en una actividad, un ritmo que a veces puede reencontrarse en la escritura. BPP: Y del otro lado, como lector, qué tipo de lector eres, qué libros hay en tu biblioteca personal. AM: Ahora soy primordialmente un lector de narrativa. Hay mucha novela y cuento en mi biblioteca, sobre todo del último tercio del siglo XIX hasta nuestros días. También tengo algunas aficiones: libros de novela negra,

literatura de viajes, voces narrativas o poéticas excéntricas, textos limítrofes o entre géneros, además de intereses específicos como antro-

“Nada de lo que hacemos es plenamente real si no estamos ahí, ahora. Yo me adentré y salí, pero no fui más el mismo. Por Rodrigo, por su mundo, que también era el mío a unas calles de distancia. Porque la calle es la misma. Es la dicha, la ilusión y la infancia. Es la violencia, la saña y el enojo. Es la cancha de futbol donde crecí, el canto del ferrocarril donde quería escaparme, el cálido universo en una nuez sucia y agrietada, el campo de sangre entre escuadrones de muerte, niños que crecen y se enamoran, policías corrompidos, halcones, aros de basquetbol, porterías hechas de piedras o de suéteres. El lugar de los amores, de las traiciones, de los hombres y mujeres con hambre y sed de justicia. El campo de sangre —acéldama, akeldamá, hakeldamáj— como esa palabra en el Evangelio de Mateo que recuerdo por mi madre”.

Adán Medellín (Ciudad de México, 1982) es escritor y periodista. Licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Ganó el premio Nacional de Relato Sergio Pitol en 2007 y el Premio Nacional de Cuento Beatriz Espejo en 2019. Ha publicado los libros de cuentos Vértigos (Instituto Mexiquense de Cultura, 2010), El canto circular (INBA/Instituto Literario de Veracruz, 2013) —ganador del Concurso Nacional de Cuento Sueño de Asterión— y Blues vagabundo (Lectorum/INBA, 2018) —con el que obtuvo el Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2017; además del ensayo El cielo trepanado. Sobre Hospital Británico de Héctor Viel Temperley (El Tapiz del Unicornio/INBAL), con el que ganó el Premio Bellas Artes de Ensayo Literario José Revueltas en 2019. También obtuvo el Primer Premio Nacional de Novela Élmer Mendoza en 2019 por su novela Acéldama (UAS, 2020). Actualmente es cofundador de Cafebrería Ítaca, imparte talleres de narrativa y colabora en distintos medios culturales impresos y digitales.


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LA GUALDRA NO. 490

Río de palabras

Libros

El Evangelio según Jesucristo, de José Saramago Por Miguel Ángel de Ávila González t

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aría es una mujer joven y casada con José. Jesús es concebido de manera normal. Este embarazo es anunciado por un ángel en forma de mendigo que llegó una noche a la casa de María a pedir de comer y ella lo atendió. Las fechas próximas al alumbramiento de Jesús, coincidieron al tiempo en que los judíos tenían que censarse; esto implicaba regresar a la tierra de origen de la persona y hacer el debido censo. De modo que José preparó el viaje hacia Belén y se llevó consigo a su mujer. Al final del viaje, más de cuatro días, María comenzó la labor de parto. Al llegar a Belén buscaron hospedaje sin encontrar un lugar. Tuvieron que alojarse en una cueva a las orillas de la ciudad, en donde llegó el bebé al mundo. José tenía que buscar sustento para su familia, así que fue a Jerusalén en busca de trabajo al templo, en donde hizo trabajos de carpintería. Por ese tiempo Herodes estaba sufriendo una enfermedad que no le permitía conciliar el sueño y en una de esas noches soñó con un profeta que le anunciaba que el rey de esta nación -que él gobernabaya había nacido. Herodes mandó inmediatamente matar a los niños varones de tres años en Belén. Al enterarse José se fue corriendo de Jerusalén a Belén para salvar inmediatamente a su bebé. En el tiempo que Jesús es pastor, un día una oveja se perdió y cuando fue en busca de esta encontró a Dios y platicó con él. En este encuentro Jesús sabe que está en los planes de Dios. Después de este aconteci-

miento Jesús se encuentra con pescadores, a los que les ayuda a pescar después de varios intentos con resultados de redes llenas. Luego conoce a María Magdalena una prostituta a quien toma por mujer. La presencia de María Magdalena en la vida de

Jesús es muy importante. Sin preguntas ni respuestas sucumbieron a la necesidad de amarse, de encontrar la paz. Los milagros de los que fue capaz iniciando por ayudar a los pescadores: la transformación del agua en vino, la división

y multiplicación del pan, entre otros. Con el paso del tempo se va con su familia a Nazaret y le dice a su mamá y a sus hermanos que habló con Dios, pero no le creen. Existe un segundo encuentro de Dios con Jesús, este último le pregunta si él era realmente su hijo; Dios se lo confirma y le asegura que él mezcló su simiente con la de José y le asegura que él, Jesús, es su hijo, que su simiente en María prevaleció. Jesús acepta su destino y Dios le hace saber que por medio de su sacrificio establecería su dominio sobre gran parte del mundo. Jesús termina siendo crucificado y sabiendo que él como muchos hombres ha sido utilizado para establecer la supremacía de Dios en la tierra, aun a costa de toda la sangre derramada que su llegada y posterior adoración causaría en el mundo; Jesucristo no pudo eludir su destino, ya que fue una determinación impuesta por el creador del universo, el mismo que sabría que vendrían las Cruzadas y la Santa Inquisición. La narración es una posible versión de lo que pudo ser de la vida de este gran personaje de la historia, ya que nadie más estuvo allí para comprobarla. También vemos a un Jesús entrañablemente humano. Este libro está destinado a quienes tengan una mente abierta para tratar con la objetividad que el conocimiento y la historia lo permitan, acciones que que pudieron haber tenido lugar lugar en Jerusalén, a principio de nuestra era. *** José Saramago, El Evangelio según Jesucristo, Ediciones DEBOLSILLO, México, 2019.

Con la música en la sangre Para Mario Morones, con solidaridad y cariño

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Por Pilar Alba

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e paralizó de pronto, no podía creerlo, el niño en cuanto escuchó el sonido del violín empezó a calmar el llanto que durante toda la noche les había impedido dormir tanto a ella como a su marido. Debe ser por el sonido agudo y sostenido, pensó. Como nunca antes agradeció a la vida el vivir en un barrio de músicos. El niño embelesado con el sonido por fin pudo conciliar el sueño que en toda la no-

che por más arrullos de su madre no pudo conseguir. La madre realizó sus faenas sin pendiente, hasta pudo tomar, tranquilamente, la siesta que tanto había ansiado desde que dio a luz. Llegó la noche y el barrio se quedó tranquilo, todos los vecinos trabajaban en el “hueso”: serenatas, tertulias, fiestas, restaurantes. Así que el silencio volvió a reinar. Pero entonces volvió el llanto, el niño comenzó a llorar una vez más. La madre empezó a tocar el piano; su esposo era músico, afinador y laudero, oficio más

que conveniente en ese punto de la ciudad, aunque a ella, llegó a confesarlo una noche después de ver llegar a su marido pasado de copas mientras por la mañana había recibido el asedio de los cobradores: no le gustaba la música. Al primer sonido

de las notas volvió a cesar el llanto, niño y música eran uno solo. Luego de que se quedó dormido, la madre se durmió a su lado, mirándolo con ternura su asombro se convirtió en certeza: este niño había nacido con la música en la sangre.


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Filosofía hogareña

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Por Sigifredo Esquivel Marin t

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enía 17 años, cuando leí por primera vez, un libro de Edgar Morin, El hombre y la muerte (Barcelona: Kairós, 2003), confieso que entendí muy poco, pero de eso poco pude sentir y asentir que se trataba de un hermoso libro que nos invita a reorientar por completo la elucidación de nuestra condición bio-socio-antropológica integrando finitud y muerte al conjunto del devenir viviente universal. Luego devoré su saga sobre el replanteamiento epistemológico del método y de la teoría, donde ya se prefigura el paradigma de la complejidad, cuyo modelo de conocimiento posibilita otra concepción inédita e integradora del saber, la cultura y la acción humana: uno-todo-múltiple que no borra diferencias singulares, al contrario, las enriquece y revitaliza. Ciencia con conciencia (Barcelona: Anthropos, 1984) puso en crisis todas mis ideas, juicios y prejuicios sobre investigación y los alcances efectivos de la teoría. Como formador de formadores, profesor durante dos décadas en posgrado, me he servido de diversos enfoques inter y transdiciplinarios esbozados por Morin –y a partir de su obra– acerca de la relación intrincada entre educación, sociedad y sujetos sociales; quizá la propuesta del paradigma de la complejidad nos permita entender y atender la lógica del sistema-mundo-capitalista-global y nuestra inserción en el mismo de manera óptima, aun-

el lugar correcto para hacer filosofía ya no podía dejar de generar cuestiones. Por ejemplo, el filósofo francés Montaigne (siglo XVI), después de haber pasado por la universidad se retiró varios años a su torre para hacer filosofía. Sin embargo, tradicionalmente la filosofía ha estado ligada a las universidades a través de los siglos, no sin algunas críticas

respecto a dicha relación. Hay quien ha cuestionado este aspecto, por ejemplo, el filósofo alemán Friedrich Nietzsche en alguno de sus escritos afirmó que “las universidades son la tumba de la filosofía”. Así podemos observar cómo a lo largo de la historia la filosofía ha sido una disciplina muy cercana, prácticamente limitada a las universidades. ¿Se puede sostener

Edgar Morin: un lúcido testigo entre dos siglos

///Edgar Morin no Fronteiras do Pensamento Saño Paulo 2011.

que deja de lado, un poco, las posibilidades de (auto)creación e insurrección de los sujetos sociales. En todo caso, su Introducción al pensamiento complejo (México: Gedisa, 2001) y Los siete saberes necesarios para la educación del futuro (París: UNESCO, 1999) han sido caballitos de batalla de propuestas pedagógicas

en y desde la complejidad en tanto lógica de relaciones dinámicas. Después, como muchos de sus lectores, tomé un poco de distancia por sus posturas y adhesiones ligadas a planteamientos hegemónicos de la UNESCO y de otras instituciones dominantes, sentíamos que traicionaba el pensamiento crítico y su postura política radical inicial, pero Morin no se dejó atrapar por la oficialidad, reaccionó con panfletos lúcidos y críticos que le han tomado el pulso a la actualidad; sus textos y entrevistas nos muestran la enorme capacidad intelectual para desentrañar la madeja enmarañada del presente a partir de la generación de alternativas tangibles. Su influencia en Europa y en América Latina es decisiva para entender la apertura hacia otro devenir más rico, creativo, complejo más no complicado; la límpida claridad de estilo ensayístico no mengua su profundidad ni tampoco su intelección sutil –a contracorriente de la dificultad teórica impostada reinante. Sus últimos escritos autobiográficos esbozan grandes frescos del mundo moderno-contemporáneo desde la mirada omniabarcante de un testigo privilegiado. En su obra Mi camino

Twitter @ValerioMirand

(Barcelona, Gedisa, 2013) afirma: “El sentido de nuestra vida es el que elegimos entre todos los sentidos posibles y el que elaboramos durante nuestro propio camino. El sentido de mi vida tiene dos fases. La primera es la curiosidad. Hasta ahora mi curiosidad se ha mantenido despierta; el inconveniente ha sido la dispersión, pero esa curiosidad me ha vuelto capaz de adquirir las ideas y los conocimientos que convenían a mi necesidad de centro. La otra fase del sentido de mi vida se vincula con el amor, la amistad, la belleza, la alegría, los sentimientos. Dar un sentido a la vida, para mí, es vivir poéticamente cultivando la fraternidad”. Amor, pasión, razón y entendimiento son parte fundamental de un nuevo planteamiento: Pensamiento y Paradigma de la Complejidad –que sintetizan una de sus mayores aportaciones a la humanidad– hermanan con la deriva creacionista del barroco y del neobarroco latinoamericanos por sus axiomas comunes de una globalidad errante y de una constelación arborescente, quizá por eso, su presencia nos ha resultado más cercana y familiar; el propio autor se ha sorprendido un poco de su fina recepción en estos lares. Ahora, en su cumpleaños número cien, nos muestra y demuestra, con lucidez, humildad y honestidad extremas, que es un pensador fundamental para comprender el siglo XX, y la apertura creativa, esperanzadora del XXI. Larga vida al pensador y a su obra.

Pensar a contracorriente

n la tradición occidental, los orígenes de la filosofía se remontan a la antigua Grecia, con las propuestas de los presocráticos o la llamada filosofía clásica (Sócrates, Platón, Aristóteles), así se inició esta actividad del pensamiento que ha trascendido hasta el presente. Desde ese contexto, el ejercicio filosófico se realizó en relación a un sistema o lugar educativo, esto porque es Platón quien funda la Academia como la primera escuela formal de filosofía. Después vino el Liceo de Aristóteles, el Jardín de los epicúreos y muchas otras que relacionaron el ámbito escolar con la filosofía. En la Edad Media, tras varios cambios históricos, el ejercicio filosófico se trasladó a los monasterios que posteriormente se transformaron en las primeras universidades, instituciones en las que la filosofía era fundamental en los planes de estudio. Con el Renacimiento y la modernidad, la educación y las universidades comenzaron a separase del ámbito religioso y con estas la filosofía también. De tal suerte que

entonces que la institucionalización de la filosofía es una condición histórica e inmutable? ¿Se puede hacer filosofía fuera de las universidades? ¿La burbuja académica estará asfixiando el quehacer filosófico desde la lucha de egos disfrazada de rigor? Podríamos cuestionarnos si un aspecto positivo de la pandemia es haber sacado a la filosofía de las universidades; si bien estas no expulsaron la disciplina, el ejercicio de la fiolosofía salió de la universidad y se incorporó a los hogares, trasladando sus actividades a clases, discusiones, exposiciones, lecturas y más a la dimensión de lo virtual. Debido a la crisis sanitaria la filosofía salió un poco de las instituciones tradicionales de estudio para trasladarse a casas comunes y corrientes, pero, ¿derivó esto en un impacto significativo? ¿Se trasladó a la filosofía de la burbuja académica a la hogareña? Lo cierto es que es difícil separar a la filosofía de las universidades y propagarla más entre la gente común y no especialista. La especulación sigue avivada y las ventajas o desventajas se mantienen en debate.

Filosofía

Por David Valerio Miranda t


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LA GUALDRA NO. 490 /// 16 DE AGOSTO DE 2021

Elucubraciones

La realidad es un calcetín Por Guillermo Nemirovsky* t

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engo la reputación, para nada usurpada, de ser una persona sumo distraída. Tanto es así que, de niño, mis compañeritos de escuela (siempre dispuestos a alentar un talento innato) me llamaban, socarronamente, Papamosky. Recuerdo un día en que, milagrosamente, no me había olvidado la lapicera en casa: me llevaron en andas por el patio de recreo para celebrar la hazaña. Creo que siempre supe tener el cuerpo acá, y la mente allá, o viceversa. Con el tiempo, ese rasgo de mi personalidad se fue agravando, hasta hacerme protagonizar situaciones tan absurdas y vergonzosas como la de ir a Ginebra (Suiza) queriendo viajar a Génova (Italia), y tardar un día entero en darme cuenta del error. Lo más llamativo es que, a cada evidencia de mi fallo, yo le encontraba una razón: si la gente hablaba en francés, si todo parecía tan pulcro y ordenado, seguramente era porque estaba en el norte de Italia, tan diferente del sur… Fui víctima, sin saberlo, del llamado sesgo de confirmación. Todavía me lastima el ego la carcajada de aquellos turistas uruguayos encontrados allí, cuando se percataron de mi despiste. Lo curioso es que, al mismo tiempo, probablemente gracias a una temprana y asidua práctica del ajedrez, también aprendí a concentrarme profundamente. Resolví esta contradicción aparente cuando entendí que la distracción, paradójicamente, no es más que una intensa concentración en otra cosa. Estar distraído es, en definitiva, estar concentrado. Este descubrimiento me produce cierto vértigo porque, si algo puede ser lo contrario de lo que es, entonces quizás la realidad toda nos sea inabordable e indescifrable. Existen sobrados indicios que corroboran mi temor, por ejemplo cuando uno observa la versatilidad del idioma. Decimos “sácame una duda”, pero también “sácame de una duda”. En la primera versión, soy el “envase” de la duda que contengo, mientras que en la segunda la duda me contiene a mí. Ambas expresiones son antagónicas, pero designan dos verdades que percibimos como idénticas. Es como si la realidad fuese reversible como un calcetín. Un ínfimo cambio de perspectiva lo da vuelta todo, aunque nos parezca que no cambia nada. Esta particularidad de nuestro entendimiento (o de la realidad) quizás explique por qué, al considerar tal o cual fenómeno, la gente puede sacar conclusiones diametralmente opuestas. En muchos países, por ejemplo, cientos de miles de personas desfilan hoy por las calles en protesta contra políticas sanitarias que, bien o mal diseñadas, tienen por objetivo la preservación de la salud de cada uno. Mentes antaño pre-

/// La pesadilla, Henry Fuseli (1781). Detroit Institute of Arts, Detroit, Estados Unidos.

claras que, no obstante, cada año recibían las vacunas más recientes contra la gripe, que ingerían sin condiciones la píldora azul de sus últimas erecciones, declaran ahora que prefieren enfrentar un peligro mortal inmediato (que niegan, por supuesto, a pesar de la hecatombe a la que asistimos) antes que un hipotético y lejano riesgo aún no demostrado. A muchas de estas personas, más allá del recelo legítimo generado por los hábitos de la big pharma, les resulta más pertinente dar crédito a conspiraciones extraordinariamente grotescas (Bill Gates pretende cambiar nuestro ADN, buscan magnetizarnos para someternos, quieren exterminarnos porque somos muchos) que observar y constatar la presente tragedia. Acaso les ofenda la expresión “inmunidad de rebaño”, con toda su carga semántica que nos equipara con borregos. La polarización cada vez más acentuada de las opiniones parece haber creado una zanja infranqueable, y cada vez se nos hace más difícil tender puentes. Algunos achacan a las redes sociales esta exacerbación actual, y puede que contribuyan, pero yo sospecho que la raíz estos dislates reside en otra parte. Claro que los perniciosos algoritmos de Facebook refuerzan los sesgos de confirmación que empañan nuestro entendimiento, claro que la escasa formación científica tampoco ayuda, pero

quizás haya algo inherente a la realidad misma que no se deja domesticar por nuestra inteligencia. En filosofía, el solipsismo (del latín solus ipse: sólo yo existo) afirma que de lo único que uno puede estar seguro es de la existencia de su propia mente, mientras que la realidad circundante pudiera no ser sino creación o parte del estado mental del sujeto que la piensa. Es un postulado asaz extremo, pero muy difícil de rebatir, pues cada argumento en contra del solipsismo puede ser considerado como el invento de la mente del demiurgo. Recuerdo que, de niño, una vez me sobrecogió el temor que nuestra existencia no fuera más que el sueño de otra persona, y que esta algún día se despertara, poniéndole un punto final a todo. Sin saberlo, estaba en sintonía con la filosofía hinduista, que considera que no somos más que el sueño de Brahma. Hoy, obviamente, esa hipótesis me resulta disparatada (no porque lo fuera intrínsicamente, sino por el contexto cultural en el que crecí); en cambio, no he logrado desarrollar una fe robusta en la realidad, por incontestable que nos parezca. En una de las obras mayores del teatro barroco español del siglo XVII, La vida es sueño, Pedro Calderón de la Barca escenifica a Segismundo, príncipe de Polonia, al que un augurio de los astrólogos vaticinara como futuro tirano.

Por las dudas, es encerrado, al nacer, en una torre donde vive como una bestia, apartado del mundo, en una suerte de actualización de la caverna de Platón. En un intento de verificar la profecía, se le da la oportunidad de despertar entre sábanas mullidas, en palacio, haciéndole creer que todo lo vivido anteriormente no había sido más que un sueño. Como era de esperar, Segismundo reacciona desatando un torrente de violencia (tira a un criado por la ventana), y lo vuelven a dormir para que se despierte nuevamente en la celda de la torre, haciéndole creer esta vez que lo vivido en palacio había sido el verdadero sueño. En el monólogo que concluye la Jornada II, éste declara : ¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son. Segismundo fue soñado por Calderón, y este acaso por Brahma. Y quizás Papamosky los soñara a los tres, inventando, de paso, una realidad tan escurridiza, tan dudosa, tan reversible como un calcetín. *Traductor, profesor de la Universidad d’Evry- Universidad Paris-Saclay.

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La Gualdra 490  

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