Suplemento - La Gualdra 509

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SUPLEMENTO CULTURAL

NO. 509 /// 10 DE ENERO DE 2022 /// AÑO 11

DIR. JÁNEA ESTRADA LAZARÍN

Carmina Estrada. Foto de Javier Hinojosa.

“Sobre lo digital, la difusión de la literatura es uno de los pocos espacios que podría decirse que sacó ventaja de la pandemia: mediante múltiples plataformas hemos podido conocer y escuchar a autoras y autores que en modo presencial nos hubiera sido imposible. O tomar infinidad de talleres en línea, sin importar la ubicación geográfica. En fin, que estas nuevas formas de difusión y consumo, de alguna manera, han contribuido a la ‘democratización’ del acceso y a la formación en la escritura. Entonces, creo que la pandemia nos dejará una interconectividad que beneficiará a la literatura, tanto en públicos como en herramientas para la creación”. Carmina Estrada

[Una entrevista con ella, realizada por Armando Salgado, en páginas centrales]


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LA GUALDRA NO. 509 /// 10 DE ENERO DE 2022 /// AÑO 11

La Gualdra No. 509

Editorial “Si tu sistema está estable, es momento de cambiar”, dice una frase que escuché a un profesor hace muchos años cuando era yo su alumna y que aparece constantemente en mis recuerdos. El ser humano generalmente tiende a buscar, por distintas vías -a veces con mayor o con menor éxitosu bienestar, su estar pacíficamente en el mundo, su comodidad; ahora que lo pienso, no solo los seres humanos, también otras especies animales, como los perros, que por alguna extraña razón tienden cuando encuentran un lugar seguro, a dar vueltas y vueltas sobre sí mismos antes de echarse plácidamente. El problema suele ser ese precisamente, que cuando se encuentra un lugar seguro, la tendencia -por instinto- es a no moverse, a esperar a que el tiempo empiece a pedir cosas diferentes; y digo problema porque, aunque no siempre sucede, la falta de movimiento va desencadenando necesidades que pueden evitarse y que son, casi siempre, en detrimento de la salud de quien se queda quieto. Sucede también, que hay quienes, cuando es menester, se quedan por momentos quietos, cuando es necesario, para observar como si de una película se tratara, lo que ha acontecido a su alrededor en los últimos años; se empiezan a ver entonces aquellas modificaciones que de manera imperceptible se han suscitado en el espacio de vida en el que les ha tocado permanecer, en la piel misma; y es ahí cuando vuelvo a la frase con la que comencé este texto, porque tomar la decisión de emprender cambios en nuestra vida suele ser difícil, pero cuando son bien meditados, planeados y con perspectiva, más allá de la incomodidad de la ruptura de rutinas, de la incertidumbre generada, los observadores se levantan de su sitio y toman la decisión de emprender un rumbo distinto, precisamente cuando todo está estable, cuando las condiciones de salud -por ejemplo- y/o las laborales así lo permiten. Menciono esto porque este lunes 10 de enero, continúa y desde hace algunos días, una vida de cambio para personas a quienes aprecio mucho y que tienen relación con espacios culturales en Zacatecas, a los que aprecio también: los museos. Mucho hemos mencionado el asunto relacionado con estos espacios culturales, sobre sus condiciones fí-

sicas, sobre la falta de presupuestos suficientes para la conservación de sus edificios y sus acervos, para la difusión de estos. Pocos han sido los cambios que desde 1978, cuando se fundó el primero de ellos dedicado al arte en la ciudad capital, se han dado de manera contundente. Digamos, si se me permite la comparación -hecha con mucho respeto y metafóricamente- que los museos han sido un poco como los perros que después de dar muchas vueltas se han echado para ver cómo pasa la vida sobre ellos -las circunstancias han sido diferentes, por supuesto, las causas también-; hemos visto a lo largo de los años pocos cambios y cuando estos se han dado, la novedad de estos dura poco porque en realidad no ha habido modificaciones significativas: mientras los edificios no se caigan y las colecciones más o menos se conserven todo sigue igual. Dicho esto, entonces, si el sistema está estable, es momento de cambiar, porque los ciclos de vida son así. El Museo de Arte Abstracto Manuel Felguérez y el Museo Zacatecano tendrán cambio de dirección este año. Los directores cambiarán porque quienes estaban al frente de esos espacios han decidido jubilarse después de muchos años de servicio; deseo a ambos, a Víctor Hugo Becerra y a Julieta Medina, que la vida les sea amable y cada vez más disfrutable ahora que no tendrán que enfrentar sistemáticamente las complicaciones habituales de los trámites burocráticos. A quienes llegan, por supuesto que deseo también que todos sus planes -en el entendido de que son muchos y todos bien intencionados- se lleven a cabo sin dificultad. Oportunidades hay para que esto suceda y desde aquí me sumo, en la medida de lo posible, a sus esfuerzos para que las cosas vayan bien en estos museos, que como todos los demás, necesitan de la colaboración decidida de todos. A ustedes, estimados lectores, desde este espacio editorial, deseamos que el 2022 sea un año de aprendizajes, de salud física y mental y de crecimiento espiritual. Y que, pese a las dificultades, sea un buen año para todos y todas. Que disfrute su lectura.

Contenido Todos los miedos, de Pedro Ángel Palou Por Miguel Ángel de Ávila González Algo en qué creer Por Pilar Alba

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Extensión de mar, la hoja en blanco: oficios de Carmina Estrada Por Armando Salgado

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Tratado de grafopatía en mi presentador* [Primera parte] Por Manuel R. Montes

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Desayuno en Tiffany’s, mon ku Emily in Paris, la serie del París lovely Por Carlos Belmonte Grey The lost daughter, de Maggie Gyllenhaal Por Adolfo Nuñez J.

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Jánea Estrada Lazarín lagualdra@hotmail.com

Directorio

Carmen Lira Saade Dir. General Raymundo Cárdenas Vargas Dir. La Jornada de Zacatecas direccion.zac@infodem.com.mx

Jánea Estrada Lazarín Dir. La Gualdra lagualdra@hotmail.com Roberto Castruita Diseño Editorial

La Gualdra es una coproducción de Ediciones Culturales y La Jornada Zacatecas. Publicación semanal, distribuída e impresa por Información para la Democracia S.A. de C.V. Prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta publicación, por cualquier medio sin permiso de los editores.

Juan Carlos Villegas Ilustraciones jvampiro71@hotmail.com


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6 Por Miguel Ángel de Ávila

González

“L

que la muerte de un ser humano es un argumento central que se ha perdido en las historias, ahora es un número. El otro personaje central de la novela es Fausto Letona, un ex militar desahuciado por cáncer, que se dedica a hacer justicia por su propia mano, pues siente que el Estado ya no cumple su función”. “Comencé a documentarme sobre las muertes. Luego las fui enfocando en un año y medio de la Ciudad de México, mientras, por cierto, se descubría que el gobierno había perseguido y espiado a sus enemigos políticos y a los periodistas mediante un sistema cibernético que se llama Pegasus, comprado en Israel”. “También mi personaje está sujeto a este tipo de ciberespionaje, mientras la propia Procuraduría Especializada en Violencia Contra Periodistas es parte de esa confabulación. Me

iba documentando también sobre otro tipo de personajes que comenzó a aparecer en México, más allá de las autodefensas michoacanas que son esos vengadores anónimos sobre los que seguimos leyendo todos los días; justicieros que en un intento de atraco en un autobús impidieron el asalto, asesinaron al asaltante y se dieron a la fuga”. “La nota roja en México se está convirtiendo en una normalización de la violencia. A diferencia de lo que sucede en el periodismo, los personajes literarios te llevan a empatizar, tiendes a vivir lo que está viviendo el personaje”. “El narco adquiere ciertos elementos que antes tenían Juan Charrasqueado o Robin Hood y se romantiza algo que no es romantizable. Tuve mucho cuidado con esto en la novela. Por eso hice personajes de carne y hueso,

que sintieras que son reales. Además... la novela policiaca tradicional no funciona en los países latinoamericanos. Y es que lo interesante en nuestros países no es descubrir quién fue el asesino, sino saber cómo se encubrió el asesinato”. En nuestro país, nadie puede decir que le tiene miedo a lo sobrenatural. Menos aún cuando los terrores cotidianos, que leemos en los medios o de los que somos testigos día a día, ocurren tan a menudo que los hemos interiorizado. En México, ya no son fantasmas, maldiciones o aparecidos a los que tememos, sino simplemente a que no regresemos, a que alguien a quien amamos no regrese nunca a casa. *** Pedro Ángel Palou, Todos los miedos, Editorial Planeta México, 2018.

Algo en qué creer 6 Por Pilar Alba

A

nduvo buscando algo en qué creer, al principio recurrió a la tradición de la familia: rezos y sacramentos llegaron a llenar por un par de décadas de su vida ese vacío de creencias. Pero los libros, la universidad, la ciencia lo hicie-

ron dudar; volvió a dejar de creer y buscar otra cosa. Entonces la ciencia le llenó el vacío, caminó con la certeza de la ley de la gravedad, con el conocimiento del movimiento de los astros, con la certeza de las fórmulas matemáticas. Pero su camino se vio interrumpido por la voracidad de las pasiones humanas, por lo

impredecible del comportamiento de los seres humanos, lo desesperó esa capacidad que muestran para autodestruirse. Entonces recurrió al arte, esa otra forma de creencia. Pintó cuadros, hizo danzas, realizó cuentos y representó comedias. Al parecer esa era la forma de calmar su desesperanza, la obsolescencia

que a veces por las noches venía a turbarle el sueño, a quitarle la paciencia, a sumergirlo en la tristeza; pero por más obras que hiciera volvía al vacío. Ya casi al final de su existencia volvió a cuestionarse sus creencias, algo en qué creer, pedía, entonces pensó, no es necesario creer, se dijo, la verdad está en la vida…

Río de Palabras

a paz en México es ficticia, aparente, una alfombra bajo la cual se esconde la basura y la corrupción, y donde el asesinato de periodistas es solo una consecuencia lógica, un afecto secundario de la denuncia contra un sistema podrido desde la raíz”. Así comienza la descripción en contraportada de la novela arriba mencionada. Elena Poniatowska expresa: “Por horas, por minutos, va creciendo esta novela que empieza de madrugada y termina en la noche del mismo día. Veinte horas como un cable de alta tensión entre el autor y los personajes. El ritmo de la prosa de Palou es el de un thriller y la indignación el motor de una trama que jamás desmaya”. (Proceso) En entrevista concedida por Pedro Ángel Palou al reportero Fabián Aranda, de la Revista Tendencias, órgano informativo de la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas de la Universidad de Nariño, Colombia, sobre el argumento de esta novela el autor detalla lo siguiente: “Una periodista que se llama Daniela Real, vive once horas de persecución. Es una novela que ocurre en once horas en las que le pasa de todo y está intentando sobrevivir a la amenaza de muerte, mientras publica un último reportaje sobre los feminicidios y la violencia contra la mujer”. “Mi protagonista se dedica a documentar, con nombre propio y apellidos, un mapa de feminicidio en México. ¿Dónde están, cómo se llamaban, cuántos años tenían, quién les hizo lo que les hizo? Esto porque me parece

Libros

Todos los miedos, de Pedro Ángel Palou


Editoriales

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LA GUALDRA NO. 509

Extensión de mar, la hoja en blanco: oficios de Carmina Estrada 6 Por Armando Salgado

estudié siete semestres en la Pedro Henríquez Ureña. Fue ahí donde empecé a relacionarme con la literatura, la danza, la música, el teatro, e indirectamente, por el grupo de nuevos amigos, con las convicciones políticas liberales del pequeño mundo del arte en la capital. En México estudié teatro y ejercí profesionalmente durante diez años, una parte de los cuales compaginé con la labor de correctora y traductora freelance, y luego editora en la Revista de la UNAM. Me gusta pensar que, sin menoscabar las sólidas bases en gramática y ortografía que obtuve en el colegio, la habilidad para encontrar erratas en un texto se la debo a la arquitectura: el error como alteración en el espacio, no ya en el arquitectónico, pero sí en el espacio del lenguaje escrito. Además, trabajo y disfruto mucho el diseño editorial de las publicaciones que edito, sean libros de poesía, narrativa o catálogos de arte. Así que, al final, se encuentran las vocaciones.

L

a literatura en tiempos de pandemia ha generado diversas acciones en torno a la promoción de acervos de autoras y autores mexicanos. La difusión de obra, la puesta en marcha de estrategias en línea, la realización de ferias de libros con formatos híbridos, han posibilitado una inmersión al mundo pandémico de forma ejemplar. Esta suma mezcla esfuerzos independientes e institucionales a partir de una ruta que se recalcula según los avances en materia de salud de cada entidad. La Ciudad de México entre sus múltiples ofertas culturales cuenta con espacios que se han consolidado a lo largo de décadas, tal es el caso del proyecto Punto de Partida, de la Dirección de Literatura y Fomento a la Lectura de la Universidad Nacional Autónoma de México, que ha sido coordinado con gran maestría desde 2002 por la editora Carmina Estrada quien nos compartirá su experiencia en este espacio, así como su opinión en torno a otros contenidos elementales de la literatura y su difusión. Carmina Estrada realizó estudios de Arquitectura en la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña en República Dominicana y de Teatro en la UNAM y en el Núcleo de Estudios Teatrales. Se ha desempeñado como editora en las revistas Universidad de México y Punto de partida, y como jefa de redacción en Los Universitarios. Ha publicado Un orbe más ancho. 40 poetas jóvenes de México (UNAM, 2005) y Transfronterizas. 38 poetas latinoamericanas (UNAM, 2016) y es coautora del libro de arte Un lugar común. 50 fotógrafos y la Ciudad de México (A punto Editorial/Gobierno de la CDMX, 2015). Publicaciones coordinadas o editadas por ella han recibido diversos reconocimientos de la CANIEM y el INAH. Armando Salgado: Háblanos de República Dominicana, su cultura, su literatura, ¿de qué forma influyó su contexto para que estudiaras arquitectura y posteriormente teatro en México?, ¿qué sucedió para que dedicaras gran parte de tu vida a la edición?, ¿cuál es tu relación actualmente con la Ciudad de México en tiempos de pandemia? Carmina Estrada: Sobre la República Dominicana, cito unos versos del poeta Pedro Mir: “Hay un país en el mundo/ colocado/ en el mismo trayecto del sol.

/// Carmina Estrada. Foto de Javier Hinojosa.

/ Oriundo de la noche./ Colocado/en un inverosímil archipiélago/ de azúcar y de alcohol.// Sencillamente/liviano,/ como un ala de murciélago/…”. No se me ocurre mejor descripción. Como datos de dominio público, destaco que es un país en una isla dividida, rodeado de mar en tres cuartas partes de su frontera. El cuarto lindero lo divide de Haití, con el que guarda una relación histórica complicada. Un país con un desarrollo económico acelerado en las décadas recientes, con una importante tradición de migración interna desde Haití y externa hacia Estados Unidos y Europa, sobre todo. Con un siglo XX marcado por la dictadura de Rafael Trujillo, ajusticiado en 1961 tras 30 años de terror, periodo que ha sido tema recurrente en las letras dominicanas dentro y fuera del país. Con una fuerte tradición musical y de artes plásticas, y una literatura que ha expandido la

condición de “isleñidad” hacia otros países en distintos momentos de la diáspora cultural: desde Pedro Henríquez Ureña hasta Julia Álvarez o Reynolds Andújar, pasando por Junot Díaz, por mencionar algunos nombres. (Sin olvidar a Frank Báez, muy justamente conocido por estos lares.) Recuerdo mi fascinación adolescente por Yelidá, un poema de Tomás Hernández Franco, años 40: una alegoría del mestizaje entre África y Europa que, finalmente, es la historia de la Isla y la mía propia. Un país y una ciudad, Santo Domingo, que atesoro en el recuerdo y cuya imagen, olor y sensación congelé en 1985, cuando llegué a México, mi otra patria/ matria: la que me escogió y la que yo escogí para la vida adulta. A la arquitectura me une un designio autoimpuesto e inconsciente: fue la vocación de un hermano que murió antes de cursar el primer semestre. Yo

AS: Como editora seguramente eres una gran lectora: ¿qué autoras o autores han cautivado tu librero o tu iPad?, ¿cuándo lees poesía cómo sabes que estás frente a un buen poema?, ¿escribes poesía? CE: No soy una lectora sistemática, tengo muchas lagunas en el canon. Empecé a leer como refugio y me enamoré de la literatura gracias a Oscar Wilde: quedé pasmada con El retrato de Dorian Grey. Leo por placer y por oficio, mucho y de todas procedencias. Pero claro, siempre hay autoras y autores cuya lectura es un ancla en distintos momentos de la vida. En mi caso, además de Wilde, está Lorca –al que redescubro cada cierto tiempo, hace unos años gracias a una reinterpretación de Enrique Morente y Lagartija Nick a “Poeta en Nueva York”, por ejemplo—; Truman Capote, Junot Díaz, Mariana Enríquez, Leila Guerriero (sus perfiles son gloriosos), Alejandra Pizarnik (eso es ya lugar común, pero ni modo), Derek Walcott… Sobre cómo sé que estoy frente a un buen poema, ¡no lo sé! Es quizás instinto, oído (cuando reviso poesía leo en voz alta). Es una conexión entre el poema y yo que no puedo racionalizar. Y sí, escribo poesía, notas, algo de ensayo; diría que, por necesidad, sin ningún sistema ni pretensión. Espero tener tiempo algún día para organizar esa parte de mi vida.


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AS: Respecto a las ediciones impresas de Punto de Partida, ¿cuáles son las novedades?, ¿qué otros libros conforman el catálogo?, ¿de qué forma se pueden adquirir? CE: En el caso de la colección Ediciones

tegra de manera notable elementos de la cultura pop y la sociedad de consumo, por el que su autora recibió hace poco el Premio Iberoamericano Bellas Artes de Poesía Carlos Pellicer. Y está por salir el volumen 23, que es un libro colectivo de tres poetas de Nigeria: Moyosore Orimoloye, Precious Arinze y Logan February, con traducciones de Ezequiel Zaidenwerg. Los libros de esta colección se distribuyen a través de las librerías de la UNAM y de la página de LibrosUNAM. AS: En el centro de la pandemia, ¿cuál es tu perspectiva sobre la labor editorial en el país?, ¿crees que la cuarentena la ha afectado?, ¿qué nuevos retos se avecinan en torno a la difusión de la literatura en un ambiente digital donde la mayoría de los eventos han sido en línea, de forma gratuita? CE: Por supuesto, la actividad editorial, como cualquier otra, se ha visto afectada por la pandemia. No sé qué tanto los grandes consorcios, que siguieron vendiendo, en gran medida a través de las plataformas de venta digital, pero sí las editoriales independientes y las pequeñas librerías, sobre todo en los meses de estricta cuarentena. Las aguas han ido retomando el cauce, y sé que las instituciones siguen impulsando la creación literaria, y que la literatura escrita por mujeres, muchas excluidas del canon en su momento, está tomando el papel que por justicia le corresponde. Sobre lo digital, la difusión de la literatura es uno de los pocos espacios que podría decirse que sacó ventaja de la pandemia: mediante múltiples plataformas hemos podido conocer y escuchar a autoras y autores que en modo presencial nos hubiera sido imposible. O tomar infinidad de talleres en línea, sin importar la ubicación geográfica. En fin, que estas nuevas formas de difusión y consumo, de alguna manera, han contribuido a la “democratización” del acceso y a la formación en la escritura. Entonces, creo que la pandemia nos dejará una interconectividad que beneficiará a la literatura, tanto en públicos como en herramientas para la creación.

/// Carmina Estrada. Foto de Javier Hinojosa.

/// Con Aranzazú Blázquez y Jonathan Guzmán, editora y diseñador de la revista.

de Punto de Partida, que ya suma casi 23 volúmenes, he procurado acompañar a las y los autores en el proceso de publicación de su libro, en mayor o menor medida. Tenemos tres libros de esta serie que quedaron, digamos, atrapados por la pandemia: Sin mayoría de edad, una antología de cuentos reunida por Joel Flores, que incluye 11

autores y 10 autoras de México, Chile, Argentina, Nicaragua, Venezuela y España, y cuyos personajes son todos niños o adolescentes; un libro bilingüe en lengua mixteca y español: Isu Ichi. El camino del venado, de Nadia López García; y un libro de poemas de la bajacaliforniana Yaroslabi Bañuelos, Inventario de las cosas perdidas, que in-

AS: La crisis ambiental y otras problemáticas están arrasando cualquier indicio de esperanza, ¿qué haces para respirar de nuevo y continuar con los pendientes día a día?, ¿qué cosas disfruta Carmina Estrada? CE: Las guerras, las epidemias, las hambrunas, asolan cíclicamente a la humanidad desde que el mundo es mundo… Estamos en una etapa complicada, no solo por la pandemia de Covid-19 sino por la degradación del medio ambiente y la violencia que parece recrudecerse con las y los más débiles. Y nuestra especie no contribuye mucho a la solución… Pero bueno, siempre hay cosas que disfrutar: la música -bailar, sobre todo-. Mi hija y mi hijo, mi pareja, la familia, mi trabajo, la amistad… La esperanza de volver a viajar. Respirar es, de hecho, un motivo para salir al mundo.

Editoriales

AS: La revista Punto de Partida nace en 1966, a cargo de Margo Glantz. Hoy comprende cuatro pilares: la revista impresa, la revista electrónica, el premio Punto de Partida, y las ediciones impresas: ¿en los casi 20 años al frente del proyecto cuáles han sido las experiencias más exitosas de este proyecto multidisciplinario?, ¿cuál ha sido su evolución e impacto en la comunidad universitaria y en el público en general? CE: Me considero afortunada por haber desarrollado una vida como editora, en la UNAM y fuera de ella, y haber podido crecer con este proyecto entrañable que acaba de celebrar en diciembre pasado su aniversario 55. Cuando llegué a la entonces Dirección de Literatura, invitada por Malena Mijares, se trataba de relanzar la revista y retomar el concurso después de la huelga del 1999-2000. A lo largo de estos años Punto de Partida y yo crecimos juntas, intentando llegar cada vez a más público. Con las plataformas digitales esto se potenció, y el proyecto, en el que está involucrado un grupo de jóvenes editoras y editores, recibe cada vez más colaboraciones en sus distintas convocatorias. Además, una parte importante de las y los jóvenes que publican en las revistas o los libros o ganan el concurso han seguido y siguen el camino de la creación literaria, reciben becas, ganan premios -como en tu caso, por ejemplo-; publican en otros espacios editoriales, independientes o institucionales. Son muchas y muchos quienes parten de este punto, y eso es una enorme satisfacción: Punto de Partida sigue siendo un semillero de voces en la literatura nacional, como lo ha sido desde su fundación. Con este proyecto apuntamos no solo a escritoras y escritores, sino a nuevas comunidades lectoras, que son uno de los pilares de la Dirección de Literatura y Fomento a la Lectura, donde se produce Punto de Partida. Además, está la parte formativa: contribuir a que jóvenes –como el grupo de edición que hemos conformado– se interesen por este oficio y lo estén aprendiendo en un proyecto como este, me encanta. Es una formación que se basa en el trabajo con las y los autores y en la edición casi artesanal: todavía hacemos maquetas de los forros (“manualidades”, les llamamos), y siempre insisto en la importancia del trabajo con la imprenta, de cuidar la pre-prensa, la calidad de la imagen y de la impresión, de autorizar a pie de máquina los pliegos con imágenes y las portadas… La edición, como yo la entiendo, es un trabajo en la sombra, con un mucho de obsesión por el detalle. Pero en los detalles está Dios, dicen. Y todo ese trabajo se refleja en el resultado.


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Libros

Tratado de grafopatía en mi presentador* [Primera parte] 6 Por Manuel R. Montes Proemio Yo que solo percutiré de la exquisita / partitura del íntimo decoro / alzo esta tarde las baquetas a mitad del foro, y declaro: no hay ser humano que no sea un baterista. Los invito a ustedes a que se toquen el corazón o a que toquen el corazón de quien está, en este instante, a su lado. [Palpitaciones que percuten y sobre las que ustedes, a su vez, redoblan con el tacto de su palma]. Y si escuchan mi voz que no imita la gutural modulación del bajo, no es otro que su percusionista interior, en los canales auditivos, quien les traduce, tamborileando, lo que digo. Del músculo diamantino que nos vive al engranaje del oído que nos musicaliza, queridos hermanos de Zacatecas, ejecutamos nuestra existencia como bateristas. Mi novela breve Tratado de la Ilusión, que hoy les presentamos junto con su Grafópata el Visorrey Lagarto Gonzalo Lizardo y yo, se interna en ese dueto cardiovascular–timpánico hipersensible de resonancias y las encarna en prosa literaria. Escuchen. Solo El Grafópata es, por principio de cuentas, un paraddidle, y si no me creen, se los demuestro: gra– fó–pa–ta–gra–fó–pa–ta–gra–fó–pa–ta; y el dicho paraddidle fue leído por este su servidor de profesión vatako, a veces desde las páginas de su nouvelle, de la manera en la que a continuación se desglosa, elucubrando a partir de los títulos de los ensayos reunidos de Gonzalo Lizardo una interpretación libérrima y, espero, acompasada. «Fábula de los autores que se bifurcan» Tratado de la Ilusión es imposible que hubiera sido escrito por Gonzalo Lizardo, y El Grafópata (o el mal de la escritura), es imposible que hubiera sido escrito por Manuel R. Montes, pero ambos libros «podrían y deberían» (Eco pensando en Borges) leerse como si sus autores fueran Matías Ximénes y Bernal Santur, alter egos, heterónimos o siameses fantasmagóricos respectivos de Gonzalo Lizardo y Manuel R. Montes en las obras que nos atañen. «La premisa es simplísima: cuando la suponemos escrita por dos plumas distintas, una misma página genera dos interpretaciones irreconciliables», provoca Gonzalo Lizardo, a quien le pido elija cualquier fragmento al azar de mi Tratado y lo lea fingiendo ser–no ser su entrañable Matías Ximénes, después de lo cual haré lo mismo desde su Grafópata, fingiendo ser–no ser mi entrañable Bernal Santur. Entonces, ¿quién escribió qué al bifurcarnos? «En defensa de lo prolijo» «Y pensé que “lo breve”––como sinónimo de rapidez––sería un antídoto perfecto contra el aburrimiento, si no fuera porque podría generar una cultura basada en la pereza lectora», reflexiona Gonzalo Lizardo. Número de páginas en total, entre mi Tratado y su Grafópata: 205. Que

/// Gonzalo Lizardo, Carlos Flores y Manuel R. Montes durante la presentación de los libros el 16 de diciembre de 2021. Foto de Bernardo Araujo.

los hipotéticos lectores aquí sentados, o de pie, formen su juicio de lo breve o lo prolijo combinándolas, nuestras cuartillas foliadas, como a su curiosidad insaciable o a su pereza o hue–va les plazca, lectores hipotéticos a fin de cuentas (como los escarneció Sarduy), que conforman, te cito, compa, un «público de todos los niveles culturales, que no se asusta con el despilfarro de palabras». Dense, puesn, paisanos, el «lujo o la lujuria» de administrarse lo extenso, lo efímero, que los aguarda en el par de libelos nuestro. «Unos zapatos para volar» El derecho del par de cacles que calza Bernal Santur al tocar su batería marca Diatriba lo describe así, él mismo, en el Tratado de la Ilusión: «teni con estrías, de suela lisa y liviandad óptima con el que barro dobles en el [pedal de bombo] Snok». Gonzalo Lizardo, en su Grafópata, se ahorma sus botas de casquillo y urde una metonimia ortopédica del quehacer literario: «Incapaz de crear a partir de la nada, el escritor sería una especie de zapatero, consagrado a componer o a reparar calzados (relatos, poemas, ensayos) para que se adaptaran mejor a nuestro tiempo, a nuestro espacio, a nuestro uso». Ruego al auditorio no pisarnos ni a mi colega ni a mí nuestros flamantes libros cuasi nuevos, como hacía en mi barrio de la Hidráulica mi pandilla cuando estrenabas, ensuciándote la punta. «La muerte de un gnóstico» «…sepultado el escriba, queda tras de sí lo escrito: la grafía, el testimonio, la sombra…», asevera Gonzalo Lizardo en su imprescindible homenaje al grafópata por antonomasia Salvador Elizondo. Y Bernal Santur, a propósito de lo transcrito, se preguntaría: «…enmudecido el baterista, ¿queda tras de sí lo percutido: el redoble, un remate, la cicatriz del eco de un acento en el espacio–tiempo?». Me permito

responderle a mi sosias: de quedar tal impregnación acústica, el protagonista elizondeano de la novela Elsinore, ahora mismo y eternamente, lo estaría fotografiando. Una pregunta impaciente, pal, ¿te gusta o gustaría o gustó mi Tratado de la Ilusión por ser literatura como las que te atraen, «cifrada en argumentos tortuosos, atmósferas asfixiantes, anécdotas casi imposibles de reseñar»? Ya nos dirás. «El poeta alucinado» Gonzalo Lizardo, ex baterista o baterista en stand by, residente atemporal y nostálgico de Zacatecas, fuma en un sueño grafopático así: «Como si adivinara mi urgencia, salió a mi encuentro un vagabundo, con un cigarro apagado en la boca, para pedirme un fósforo. Luego de prestarle mi encendedor, sus dedos carcomidos me ofrecieron una colilla de Camel que no supe rechazar». Bernal Santur, baterista en activo, residente atemporal de Norteamérica y nostálgico de Zacatecas, fuma tabiros ficticios, en su sueño de ilusión transcurrido en Chicago, así: «Inhalo, a la intemperie, una brisa que refresca y acalambra los pulmones. Desde que nos desterramos de Cincinnati, los contamino compulsivamente con cigarros Nantucket, vicio del que lucharé por emanciparme y del que me abstuve con entereza en Fort Wayne»; o «Adivino en el vacío, con los empeines, cada reborde laminado por el que trepo hacia el adolescente que succiona con delectación el joint que adelanta, sacramental, a la tea que le ofrezco y con la que me apetece prender el último Nantucket de la cajetilla». ¿Es que alguno de nuestros invitados especiales, que todos lo son, puede pasarle al vagabundo de Gonzalo Lizardo, el «Maxi», y al mío, Bernal Santur, más lumbre cuando los lean? Ahí se los encargo, y sirve que cuando le compartan de su fuego al clochard-amigo-íncubo Matías Ximénes, «el otro», tratan de contradecirlo, pues nada más miren lo que piensa de

nosotros: «tú sabes cómo son mojigatos aquí en Zacatecas». U. Y si no hallan a «Maxi» en El grafópata, me cae que lo encuentran escondido entre los underdogs que pueblan el Tratado de la Ilusión: «Es la regla y la cumplimos en un par de acarreos que no por la cercanía de la decadente habitación de almacenamiento hace fácil el trasiego entre núcleos de muchachos con caparazones de backpack que palian el tedio en un recreo narcótico que se complementará con la escaramuza de las cuatro bandas que acudieron a oír y que acaso los redima de la mendicidad o de la servidumbre laboral que los deseca. Con circunspección de feligreses, derriten cápsulas en sus paladares o polvo pardusco en cucharones o ensalivan sábanas de arroz, transmutados en colibríes tumefactos al inhalar de una pipa». Y si ni hallan de plano a «Maxi» ni en El Grafópata ni en el Tratado de la Ilusión, que lo dudo, a menos que solo adquieran los dos títulos únicamente para ornamentar su decorado navideño, pues aquí lo tienen a mi diestra. Oh, no, disculpa, Visorrey Lagarto, tú eres tú, o en veces te precias de serlo. «Decálogo del grafobaterista» 1. Nunca tocar la batería será un acto solitario sino colectivo. 2. Como los sacerdotes y los adictos, un auténtico baterista jamás deja de serlo, ni cuando come ni cuando juega ni cuando presenta obras de sus homólogos grafovatakos. 3. No se puede ser un baterista crítico (de los guitarros o vocaleros principalmente, con los bajistas nos llevamos chido), y comprometerse con ellos al mismo tiempo, a menos que sea por el bien del tema que se componga. El cuatro cuerdas López Velarde y el baterista José Revueltas devienen aquí ejemplos emblemáticos, averigüen ustedes por qué leyendo los ensayos lizardeanos. 4. Tocar la batería es un acto ensayístico de relectura (corporal) y de rememoración. El baterista debe tener dos metrónomos,


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tambores de la lluvia se diluyeron en el latido, este sí real, de mi inconsciencia…». ¿Verdad que Gonzalo Lizardo le sigue dando a la traca desde su sintetizador mecanográfico? «Ramón López Velarde, músico» Aquí el artífice de El libro de los cadáveres exquisitos hace de staff o técnico de la lira de nuestro aeda regiouniversal y la desmonta con maestría hermenéutica para que percibamos, en el single o «balada» «Mi corazón se amerita en la sombra», es decir en el Poema alejandrino libre en Yo dislocado; para que percibamos, pues, el ritmo, la melodía y armonía, pero también la sintaxis, la gramática y semántica, con lo que Gonzalo Lizardo hace del jerezano un shredder que rasgueó no solo a máquina sino a su vez con púa o sin ella, en su laúd, los misterios de la poesía: «Solo al compás de un ritmo métrico, de una melodía fonética y sintáctica, el poema puede convertirse en el son del corazón», teoriza Gonzalo Lizardo, no sin que, disfrazado de Pierre Menard, se arremangue y siente detrás de su batería marca Hiperbarroco y escriba sobre la página este metasolo de timbal inmortalizado por el niño del tambor de hojalata de México Ramón López Velarde:

«Las mujeres en Joyce» Hacen aparición en el escenario del Grafópata irreductibles divas, cantantes o coristas inmortales y benévolas, Hevas, ánimas telúricas, diosas madre como la seductora Molly Bloom del Ulises, «que además de tener una bella voz, y de ser una amorosa madre, pensaba y sentía sin falsos pudores», «consciente de los deseos propios y de los que inspiraba en otros», y «que sabía valorarse a sí misma con la verdad de su cuerpo, de su amor y de su canto». Con esta descripción tuya, Gonzalo, sucumbe uno a un embeleso similar al que nos arroba en la parte de The Great Gig in the Sky en la que ululan sirenas al nadar en fluido rosa. La sección vocálica lidereada por Mrs. Bloom se completa luego al subir al stage la «muchacha enésima» que Stephen Dedalus «divisa en la playa», en Retrato del artista adolescente, «jugando con las olas como una alada imagen que la vida le enviaba para guiarlo». El frontman de la literatura de Occidente James Joyce, a los ojos de su fanático en primera fila Gonzalo Lizardo, apuesta en la que considero una ya impostergable reformulación del mito guadalupano y de cualquier virgen, por «amar a una mujer por su impureza, ya no por su forzada “inocencia”». «El hogar que nos habita» El espacio ideal de un baterista–escritor o escribaterista (como lo llamaría el temible bajero Alonso Arreola) no difiere del de un grafópata, pues en él percutirá dichosamente «cuando cada muro o rincón se ha impregnado con las huellas, los signos, los indicios» de su experiencia, que no es otra que la de dotar de un ritmo vívido a las edificaciones en las cuales practica, es decir, ensaya literaria y musicalmente. Y cuando el escribaterista vuelve a las construcciones que lo acunaron en las etapas decisivas de su crianza estética, siente como el grafópata la tentación de ya no quedarse, o de alterarlas u olvidar su trascendencia, si bien lo cohíbe una salvedad: «¿Me atrevería a extirpar de mí tantas alegrías, fastidios, emociones o vergüenzas que me han ocurrido entre estos muros?». El grafobaterista saldrá entonces de su epicentro formativo, aunque solo después de remodelarlo, si cabe, con la esperanza de que «algún día, sí, algún día, estará completo». Gonzalo Lizardo, al hurgar en el núcleo doméstico al que retorna, despliega tras inhumarlos unos muy sugestivos prototipos de novelas con marcado sesgo histó-

Micorazón,leal,seameritaenlasombra. Yo lo sacara al día, como lengua de fuego que se saca de un ínfimo purgatorio a la luz; y al oírlo batir su cárcel, yo me anego y me hundo en ternura remordida de un padre que siente, entre sus brazos, latir un hijo ciego…

rico, bosquejadas por Matías Ximénes y en las cuales, al hacer su inventario y transcribir algunos extractos, no deja de golpetear el vatako que impulsa incontenible, incluso en sus lances de narrador, al autor fresnillense: «…cartas de amor, de ira, de despecho, de avaricia, que fueron cayendo sobre el lodo hasta que el trote del caballo se ahogó entre los tambores de la lluvia». Inevitable abundar aquí, por cierto, en la simbiosis primero lúdica y luego francamente desconcertante que aventuré, la del grafópata–pseudoautobiográfico con el baterista–pseu-

doautobiográfico, a saber, la simbiosis Gonzalo Santur o Manuel Ximénes, pues resulta que a «Maxi», en «El hogar que nos habita», se le atribuye no un Tratado de la Ilusión sino un Tratado de los proyectos veniales, lo que amalgama mi obra con la tuya, Lizardo, en tanto que las dos abordan la fascinación por la imposibilidad. Volviendo a los afanes inherentes a la percusión, el cierre del ensayo aludido en estas líneas es consecuentemente una variación al redoble que ya cité: «…hasta que el rítmico trote del caballo se fue ahogando entre los árboles, y los

Los remates de Gonzalo Lizardo a la reinterpretación y reescritura del inolvidable hit modernista suenan como sigue: «Cuando se pronuncia con claridad, el poema revela al puro oído su esqueleto rítmico», mediante «recursos melódicos que manipulan no solo el sonido, volviéndolo más grato o memorable, sino que también hacen cantar al sentido». Por último, sentencia Gonzalo Lizardo que «Ramón López Velarde compone polifonías con las voces que habitan en los sótanos, en los pozos, en los laberintos de la inconsciencia», laberintos que a la par, en mi Tratado de la Ilusión, se diseñaron así: «Procedemos a estibar sin que Donovan coopere, apilando los trebejos en una pieza de paredes no encaladas en la que aguardaré con Anker a que W y el irascible amante de canes que nos aloja encuentren un atracadero que le sea propicio a la Petrus III, localizándolo, confían al regresar, en un parque sin rastros de rapiña vandálica. El promoter, que no es el espectral portador del farol, se nos aproxima desde una de las recámaras que segmentan el cascajo, en las que no hay muebles ni electrodomésticos y a las que dividen pilares de baldosa desnudos y detritos de muros oblicuos con boquetes». Por estas y por muchas otras cosas más, vengan y sean bienvenidos a nuestros paraísos de lo subterráneo esta Navidad. * Con motivo de la presentación de Tratado de la Ilusión (Ediciones Oblicuas, 2021), y El Grafópata (el mal de la escritura) (ERA, 2020), en la Ciudadela del Arte de Zacatecas el 16 de diciembre de 2021. Ambos libros están a la venta en los enlaces https://www. edicionesoblicuas.com/obra/tratado-de-ilusion/ y https://www.edicionesera.com.mx/libro/el-grafopata-e-book_109065/ [Continuará]

Libros

como Jano, uno que marque tempo hacia el compás que viene, y otro que lo marque hacia el que va. 5. Para tocar la batería no basta solo el trabajo ni solo la ilusión. Es menester armarla, cargarla, desarmarla, y armarla otra vez and so on and so on, ad infinitum, como la escritura. 6. No se toca un beat por «acompañamiento» de una canción, sino para tornarla «real» en los oídos de los lectores, es decir, de los escuchas. 7. Como acto corporal y puntual, tocar la batería resiente las afecciones de la carne y el espíritu, pero las alquimiza en un ritual concéntrico de sonidos expansivos. 8. Sin importar su apariencia «realista» o «fantástica», la mejor ejecución de un track de batería será siempre un gran descubrimiento (como cualquier ley científica). 9. Tocar la batería es un acto de interpretación (una hermenéutica) pero también un proceso de producción textual (una poética: ergo, Tratado de la Ilusión). 10. Sea en lo literario como en lo musical, no hay concepto más abyecto que aquel de «pureza» (entusiasta noción de hibridez que DJ’s y productores virtuosos como Madlib o Flying Lotus materializan hasta lo inusitado).


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LA GUALDRA NO. 509 // 10 DE ENERO DE 2022

Series de TV

Desayuno en Tiffany’s, mon ku

Emily in Paris, la serie del París lovely 6 Por Carlos Belmonte

Grey

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ocas veces en esta columna se ha escrito de series en particular, aunque sí se ha mencionado la cultura de las series. Pero en esta ocasión nos ha parecido interesante comentar una, Emily in Paris creada por Darren Star, estelarizada por Lily Collins y producida por Netflix en 2020 y cuya segunda temporada acaba de ser lanzada hace unos 15 días. El asunto es que en los estudios académicos del audiovisual está de boga el análisis de ciudades desde la imagen y dos son las ciudades más atractivas para los creadores: Nueva York y París. Ambas desde el cine clásico de los años 30 como lugares dinámicos de economía y relaciones sociales, aunque desde ya hace un par de décadas son más bien fantaseados sitios de cosmopolitismo para el amor. Emily in Paris es un híbrido entre el filme Le fabuleux destin d’Amélie Poulain (Jean-Pierre Jeunet, 2001) y el Sex and

the city, pero con un toque mucho más absurdo. La serie de Star vende un París para blancos y ricos: “La ciudad de la belleza, y la moda es para hacernos bellas” dice una réplica en el episodio final de la temporada Emily in Paris es la historia de una chica publicista de Chicago que se muda a París a una filial recién adquirida de su empresa. Ella debe aportar el “toque y la visión americana” a la mercadotecnia francesa, porque los franceses aún no han comprendido la importancia de las redes sociales y ella va a iluminarlos. A partir de ahí, la serie está repleta de

clichés de la moda, del género y de los nacionalismos franceses y estadounidenses: Emily va a pasar por una serie de amantes, de aventuras profesionales que como Amélie siempre resolverá por su ingenuidad y animosidad, comerá en los mejores restaurantes de París, visitará viñas de Champagne en un descapotable (3 personas en un carro para dos por las carreteras francesas), se enamorará de un joven chef, irá a la ópera, a las casas de alta costura; y hará el tour de la vida fashion parisina. Nota, no estamos diciendo que las

Cine

The lost daughter, de Maggie Gyllenhaal 6 Por Adolfo Nuñez J.

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espués de haber destacado en la actuación durante muchos años, la neoyorquina Maggie Gyllenhaal demuestra que también tiene un notable talento en el rol de directora y guionista. The lost daughter (2021), su ópera prima, es una constatación de ello. Adaptado de la novela homónima de Elena Ferrante, publicada en 2006, se trata de un relato complejo, incómodo y con personajes que se encuentran sumidos en una profunda y angustiosa culpa. La película narra la historia de Leda (Olivia Colman), una académica británica cuyo trabajo en Literatura Comparada la vuelve una eminencia. Ella viaja sola a una paradisíaca isla griega con la intención de pasar sus vacaciones. A sus 48 años, Leda tiene dos hijas de poco más de veinte años,

ambas relacionadas con un pasado que la atormenta. En un inicio, ella tratará de disfrutar de su descanso en la playa, pero este se verá interrumpido cuando llega al lugar un grupo de personas entrometidas, las cuales forman parte de una influyente y peligrosa familia de la zona. Entre ellas se encuentra

Nina (Dakota Johnson), una joven madre que también tiene dificultades para relacionarse con su pequeña hija. A partir de ese momento, Leda desarrollará un creciente interés (rayando en la obsesión) por Nina. Esto, a su vez, le hará desenterrar recuerdos de su versión joven (Jessie Buckley), batallando con sus res-

series deben ser ensayos sociales o retratos verídicos de la realidad, tampoco criticamos la calidad ni la eficiencia de su objetivo, entretener (que sí lo consigue), sino simplemente en esta ocasión nos hemos balanceado por la crítica a la recreación de estereotipos que lastiman visiones sociales justo como en la época maniquea de las guerras: los rusos v.s. los americanos, por dar un ejemplo. Así como las telenovelas mexicanas y el cine de gran corrida popular en México afirman estereotipos de clases y raciales, estas series hacen lo mismo a nivel internacional.

ponsabilidades como madre, sus deseos de libertad y su búsqueda de reconocimiento académico. Dentro de una puesta en escena sobria, que oscila entre presente y pasado, Gyllenhaal va montando una serie de estupendas secuencias de notoria intensidad, la cual es lograda, en mayor medida, gracias al talento de sus intérpretes. Con una mano sutil pero resolutiva, la directora se muestra consecuente y segura con la propuesta que plantea en su premisa inicial. Esto lo logra al desarrollar un discurso que confronta esas expectativas, imposibles de cumplir, que se tienen dentro de la maternidad en el ámbito familiar. Dichas ideas se ven encarnadas en el personaje de Leda en ambas temporalidades. Por un lado, en su juventud, al lidiar con pulsiones y deseos que no congenian entre sí con su rol de madre. Por el otro, en su versión más adulta, que vive atormentada y solitaria por haber sido una madre ausente en el pasado. Como una estimulante respuesta a la cultura patriarcal en la que toma lugar, The lost daughter resulta ser un sensible, demoledor y, al mismo tiempo, urgente retrato sobre la independencia, la maternidad, los vínculos familiares y las heridas que se mantienen al pasar de los años y que jamás logran sanar.


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