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Nacional
C RÓ N I C A , S Á B A D O 2 7 N OV I E M B R E 2 0 2 1
Al fusilarlo sin juicio, las autoridades de la ciudad de México convirtieron al sacerdote en un mártir de la iglesia católica, que fue beatificado en 1988 por el Papa Juan Pablo II.
Una muchedumbre siguió los restos del padre Pro a la tumba que gestionó su familia en el Panteón de Dolores. Años después, fue exhumado, y ahora se rinde culto a sus restos en la parroquia de la Sagrada Familia de la colonia Roma.
El sacerdote Miguel Agustín Pro, mártir del conflicto religioso Se equivocaron quienes creyeron que, a partir de 1921 todo sería progresivo desarrollo y crecimiento en México. El enfrentamiento entre la iglesia católica y el Estado, y las ambiciones reeleccionistas de Álvaro Obregón volvieron a sumir al país en la violencia y en la incertidumbre. Para combatir un activismo temerario y suicida, anhelante del martirio, el gobierno callista no vaciló en desatar una persecución brutal.
Bertha Hernández historiaenvivomx@gmail.com
El ingeniero Luis Segura Vilchis lo repitió una y otra vez: nadie más tenía la culpa; él y sólo él había planeado el atentado. El padre Miguel Agustín Pro era completamente inocente, no podían asesinarlo. Las autoridades capitalinas hicieron oídos sordos a las declaraciones de aquel hombre: los tenían a todos, y a todos los mandarían al paredón, ya que tantas ganas tenían de ganarse el cielo a punta de balazos, disparados por la policía del gobierno de Plutarco Elías Calles.
Era noviembre de 1927, y el país bullía, encendido por lo que se conoció como el conflicto religioso, entre la iglesia católica y el estado mexicano. Si bien es cierto que su derivación más radical se había traducido en la sublevación armada que incendiaba varios estados, gracias a las acciones del ejército que se conoció como cristero, en la ciudad de México funcionaba una importante red de activismo católico, orientado, por una parte, a mantener el culto, a pesar de la represión y el cierre de los templos. Pero también funcionaban como enlaces para llevar, hasta los campos de batalla, pertrechos, medica-
mentos e información. Eran varias las organizaciones católicas que operaban esa red, eludiendo todos los días la vigilancia y la persecución instrumentada por la policía de la ciudad de México. Las más sobresalientes eran la Liga Nacional de la Defensa de la Libertad Religiosa, y la Asociación Católica de la Juventud Mexicana (ACJM). A esta última pertenecía Luis Segura Vilchis. Entre sus compañeros de agrupación estaban Juan Antonio Tirado Arias y los hermanos Humberto y Miguel Agustín Pro Juárez, este último, sacerdote católico, de la orden jesuita, y vinculado a la parroquia de la Sagrada Familia en la colonia Roma de la capital. Humberto era el delegado regional de la Liga. Como muchos otros mexicanos, aquellos hombres habían resuelto tomar partido por la iglesia católica, cuando estalló la crisis con el gobierno del presidente Plutarco Elías Calles: el enfrentamiento había comenzado hacia 1924, y en 1926 escaló hasta la rebelión armada. Los grupos católicos se oponían a la constitución de 1917 y a las limitaciones que imponía a la
iglesia. Las posiciones se radicalizaron a partir de la reglamentación del artículo 130; la iglesia determinó el cierre de los templos, y la Liga iba marcando las formas de resistencia contra el gobierno. En su declaración de principios, la Liga se fijaba como objetivo “defender por todos los medios lícitos los derechos de los ciudadanos, de la familia, de la propiedad, de la educación, pero, sobre todo, de la libertad religiosa”. Pero de aquella idea inicial de “todos los medios lícitos”, el movimiento se había alejado, resistiendo la persecución callista. La vida nacional se enrareció todavía más cuando el expresidente Álvaro Obregón, quebrado allá en su finca sonorense del Náinari, resolvió que la solución a sus problemas era volver a la capital y hacer valer su fuerza política para modificar la constitución, alterar el principio de la no reelección -el mismo que había detonado la revolución maderista de 1910- de manera que ser admitiera su candidatura no consecutiva a la presidencia. El regreso de Obregón le dio al presidente Calles nuevos dolores de cabeza. En cuando al conflicto religioso, se rumoraba que al general manco no le interesaba continuar con el problema que Calles había convertido en una cuestión delicadísima, y que, eventualmente, cuando tu-
viera “amarrada” la reelección, solucionaría el asunto de la mejor manera posible, poniendo fin al derramamiento de sangre. Pero había muchos escépticos en el seno de la Liga y de la ACJM: probablemente, Obregón podría ser mucho peor que Calles, y las cosas no estaban como para concederle al manco el beneficio de la duda. Algunos integrantes de la Liga consideraron que en las personas de Calles y de Obregón era aplicable el tiranicidio como un recurso válido en defensa de su fe. Esta convicción se reforzó cuando se conoció el asesinato del general Francisco Serrano, en octubre de 1927. Serrano había hecho públicas sus ambiciones políticas: deseaba ser presidente y estaba dispuesto a disputarle el poder a Obregón, su antiguo jefe y amigo. El serranismo había sido aniquilado de manera brutal: Serrano fue acusado de intentar levantarse en armas, y terminó muerto en Huitzilac. A los ojos de los católicos radicalizados, el expresidente que deseaba volver a Palacio Nacional, era también un peligro que debía cortarse por lo sano. Esa era una de las muchas reflexiones que rebotaban en la cabeza del ingeniero Luis Segura Vilchis, empleado de la Compañía de Luz y Fuerza, cuando empezó a planear el asesinato de Álvaro Obregón.
A la larga, se concretó su beatificación; la Sagrada Familia se viste de fiesta el 23 de noviembre
El 13 de noviembre de 1927, el general Obregón viajaba en auto por la calzada de los Filósofos, en el bosque de Chapultepec. De repente, al suyo
EL ATENTADO