23-10-2021

Page 8

8

Nacional

C RÓ N I CA, S Á B A D O 2 3 O C T U B R E 2 02 1

Los brutales crímenes políticos de Victoriano Huerta “Los autores de la Decena Trágica fueron los traidores más funestos que ha tenido México”, sentenció, muchos años después, el periodista José Alvarado. No se equivocaba, porque a los momentos de zozobra que alcanzaron su peor momento con la renuncia y el asesinato del presidente Madero y el vicepresidente Pino Suárez, siguió la incertidumbre: el gobierno huertista concentró parte de sus energías en acallar las denuncias del crimen y perseguir a quienes le echaban en cara su origen sangriento. Febrero de 1913 estaba manchado de sangre, pero en los meses que siguieron, la muerte estaba de guardia en Palacio Nacional, porque desde ahí salió la orden de acallar con violencia a los legisladores que se atrevieron a enfrentarse al nuevo presidente.

Historias Sangrientas Bertha Hernández historiaenvivomx@gmail.mx

La tragedia empezó en aquella mañana dominical de febrero de 1913, aún antes de que los capitalinos terminaran de escuchar misa. El primer muerto había sido el general Bernardo Reyes, y desde ese momento, la Parca no había tenido momento de descanso, y todavía A fines de aquel mes aciago, la prensa reconocía que, a pesar de todas sus pesquisas, era realmente imposible determinar cuántas eran las víctimas de aquellas semanas de infierno. Ni siquiera se sabía cuántos eran los fallecidos en ese primer tiroteo. La intensidad del conflicto había impedido dar digna sepultura a los caídos, de todos los bandos, y, temiendo el peligro de una epidemia, la quema de cadáveres se dio en varias calles: Regina, la Calle Ancha, las cercanías de la Ciudadela. Así se borró su huella de esta tierra, así se desvanecieron sus nombres. Unos pocos afortunados tuvieron una tumba con su nombre, como Francisco I. Madero y José María Pino Suárez, Gustavo A. Madero, cuyos pa-

rientes alcanzaron a rescatarlo de la fosa común del Panteón de Dolores, o aquel esforzado militar que cayó en la Ciudadela, defendiendo el lugar del asalto de los golpistas de Félix Díaz, y que todavía hoy descansa a pocos metros del sepulcro del presidente asesinado. Pero, si bien es cierto que lo peor había pasado, México no era el mismo, por más que en la capital comercios y sitios de entretenimiento se esforzaran en atraer clientela, en ofrecer un rato de alegría. La oscuridad continuó por un buen rato, porque nadie sabía a qué atenerse con Victoriano Huerta, posesionado del poder. Corrían los rumores acerca del presidente que, mediante la amenaza y las maniobras torcidas había llegado a la silla presidencial: que nunca dormía en un mismo sitio; que no acordaba en el despacho de Palacio, ahí donde sólo la lealtad del Estado Mayor le salvó la vida, por unos días, a Francisco Madero; se contaba que se movía constantemente, en automóvil, por las calles de la ciudad, acompañado permanentemente por “el señor Hennesy”, es decir, apurando botellas enteras de coñac de la mejor calidad. Nadie vivía con tranquilidad en la ciudad de México, en 1913: ni siquiera el oscuro personaje que le ha-

bía ganado la partida a todos los que ambicionaban quedarse con el poder. Por eso, la muerte tuvo varios encargos, igual de brutales, igual de violentos que los de febrero. Por eso, en su lista de pendientes estaba una serie de caballeros que a los ojos de Victoriano Huerta eran un reproche constante: eran aquellos hombres que desde la tribuna legislativa no dejaban de recordarle su calidad de asesino y de traidor de alto calibre, acaso el peor de toda la historia de México. LOS PERSEGUIDOS: SER APIO RENDÓN

Fueron varios los crímenes políticos cometidos durante los primeros meses del breve gobierno de Victoriano Huerta: el primero, se sabe, fue Gustavo Madero, no sólo hermano del presidente, sino también diputado de lo que era conocido como el “bloque renovador”. Otros diputados corrieron suerte similar. Se sabía que el congreso resultaba muy incómodo al huertismo, por los resabios del espíritu maderista que todavía quedaban ahí. Con el tiempo, se hizo una lista de víctimas, unas más notorias que otras: el yucateco Serapio Rendón, Adolfo C. Gurrión, Néstor Monroy, Edmundo Pastelín, y el chiapaneco Belisario Domínguez.

Varios de ellos fueron alcanzados por la muerte fuera de la ciudad de México: el huertismo tenía el brazo largo y a Pastelín lo arrebató en tierras tabasqueñas; a Monroy en la capital. Buena parte de la cámara de diputados fue encarcelada desde fines de febrero de 1913 y se quedaron en prisión más de medio año. De alguna manera, estar tras las rejas los mantuvo relativamente a salvo de las obsesiones de Huerta. Pero otros no corrieron con la misma suerte. Los casos más conocidos son los de Serapio Rendón y Belisario Domínguez, y se volvieron excepcionales tanto por la valentía de aquellos dos hombres como por la violencia con la que les arrebataron la vida. A Serapio Rendón se lo llevaron a fines de agosto de 1913. Desoyendo los consejos de todos aquellos que lo apreciaban bien, Rendón no había escapado de la capital. No se iba del país por una razón muy simple, alegaba: no tenía un clavo. “Yo soy pobre, y bien pobre”. No tenía manera de abandonar a su familia asegurándoles el sustento. “Yo no he hecho negocios ni chanchullos, como muchos”. Se sabe que el 22 de agosto Rendón cenó en casa de la acaudalada señora Clara Scherer, en una mansión de Paseo de la Reforma que ya no existe. Ahí, muchos amigos le insisten: vete del país, Serapio. Nosotros costearemos el viaje, veremos por tu familia, pero vete, por favor. A fuerza de tanto insistir, Rendón accede. Se irá el día 24, para tener oportunidad de disponer lo indispensable. Las amistades del yucateco, que acabó metido en política por su cercanía con el difunto José María Pino Suárez, respiran aliviadas. La cena termina. Nuevamente, los amigos se ponen tercos: desean que Rendón se quede a pasar la noche en casa de la familia Scherer. El diputado re-

chaza amablemente la oferta. Un asistente a la cena, Jorge Vera Estañol, se ofrece a llevarlo en auto a su domicilio. Rendón también rechaza el ofrecimiento. Vive muy cerca, alega, un poco apenado. Él se irá caminando a su hogar. Apenas ha caminado unos minutos, cuando un auto de la policía lo intercepta, a la altura de la glorieta donde hasta hace poco estaba la estatua de Cristóbal Colón. Lo sacan de la ciudad y lo trasladan a Tlalnepantla, a un cuartel. Ahí, un coronel, Felipe Fortuño, jefe de rurales, ordena que lo encarcelen. “Ya sabe usted a lo que lo han traído” -cuentan que le dijo- “no volverá a pronunciar más discursos en la cámara ni a hacer política a mi general Huerta”. Pasan las horas. Serapio Rendón, en lo más profundo de su corazón, sabe que la muerte lo ronda. Caro le cobraba Huerta a aquel diputado el reproche que le había lanzado a la cara a su cercano colaborador, Aureliano Blanquet: “[el gobierno de Huerta] es un gobierno de militares golpistas y usurpadores que no conocían más honor que el de las armas, traidores a la patria y a la causa revolucionaria...” En la madrugada del 23 de agosto, se le permite escribir una carta a su familia. Pero mientras el diputado la escribe, los asesinos llegan por la espalda. Arrojarán su cuerpo, de manera infamante, a la fosa común del panteón cercano. Durante semanas, sus amigos lo buscan inútilmente. Poco a poco van conociendo datos, poco a poco les llegan los soplos. Serapio Rendón es cadáver, y se pudre en algún lugar del Estado de México. L A TR AGEDIA DE BELISARIO DOMÍNGUEZ

Rendón había sido un diputado conocido por sus vínculos a los movimientos obreros; en la Cámara había sido muy conocido


Turn static files into dynamic content formats.

Create a flipbook
Issuu converts static files into: digital portfolios, online yearbooks, online catalogs, digital photo albums and more. Sign up and create your flipbook.
23-10-2021 by La Crónica de Hoy - Issuu