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Nacional
C RÓ N I C A , S Á B A D O 1 9 M A R ZO 2 0 2 2
Tiros en el Café de Tacuba: así murió Manlio Fabio Altamirano ¿Creían los mexicanos de 1936 que se habían terminado los crímenes políticos? Muy probablemente. Poco a poco se iban creando instituciones, desde el Banco de México hasta el periódico El Nacional. La traza de la ciudad cambiaba; se abrían anchas avenidas para escribir el futuro del país. Y con todo, una noche, un asesino cuya identidad todavía es desconocida, le recordó a la nación que la muerte aguarda, siempre, en una esquina cualquiera.
Hitorias Sangrientas Bertha Hernández
historiaenvivomx@gmail.mx El dulce bullicio de una noche veraniega en el famoso y favorecido Café de Tacuba se quebró repentinamente: seis balazos retumbaron en la vieja casona que desde 1912 albergaba al famoso restaurante. Bertha Bracamontes Descombes, que merendaba tranquilamente al lado de su marido, se encontró, repentinamente, tirada en el suelo. No atinó a entender lo que ocurría sino cuando, pasados unos minutos de denso silencio, miró a su alrededor, y entonces comprendió: a unos pocos pasos de ella, el cuerpo de su esposo, Manlio Fabio Altamirano, gobernador electo de Veracruz, había quedado recargado contra el muro. Estaba muerto, sin duda. Bertha Bracamontes se dio cuenta de que el último movimiento de su esposo había sido para protegerla, sacándola, de un empujón, del alcance de las balas que estaban dirigidas a él, para impedirle asumir su nuevo cargo como gobernador. Los comensales del Café de Tacuba comenzaron a incorporarse; muchos se habían tirado al piso, y otros se acurrucaron en sus sitios. Algunos, todavía aterrados, intentaban ganar la salida. Dionisio Mollineda, a cargo del establecimiento, corrió hacia el rincón donde habían sonado los balazos. Vio a Alta-
mirano exánime y ensangrentado. La esposa del político estaba ilesa, pero en shock: parecía aturdida, fuera de este mundo, como si no acabara de entender la realidad. En la cabeza de Bertha Bracamontes solamente había una idea: Manlio Fabio le había salvado la vida, porque, muy probablemente, el criminal que lo había baleado pretendía matarlos a los dos. Mollineda empezó a gritar: “¡Un médico! ¡Un médico! ¿No hay aquí un médico?” Alguna de las meseras, un tanto repuesta del susto, corrió al teléfono del restaurante. No servía. Después se afirmaría que la línea telefónica había sido cortada para evitar que, de una u otra forma, Manlio Fabio Altamirano saliera con vida del Café de Tacuba. ¿SE ACABARON LOS CRÍMENES POLÍTICOS?
Era el 25 de junio de 1936. La prensa, al día siguiente, llamaría la atención sobre el fondo de aquel crimen: a pesar de todos los sueños de progreso, de la creación de instituciones, de los proyectos que convertirían a México en una nación pujante, vigorosa, con la mirada puesta en el futuro, la lucha por el poder seguía caracterizándose por una violencia soterrada, que de cuando en cuando sacaba la cabeza y se esforzaba por arreglar las cosas como se había hecho durante décadas: a balazo limpio. Rudo contraste era aquel. Se había asesinado a un gobernador electo a unas pocas cuadras de Palacio Nacional, y el rostro de la ciudad de México se había reconfigurado para que su parte más céntrica le hablara al visitante de los
nuevos tiempos que vivía el país; tiempos de construcción, de progreso, de crecimiento. Los sucesivos presidentes a partir de la gestión de Plutarco Elías Calles habían ido colocando su granito de arena en aquella transformación, a pesar de todas las habladurías, que no eran chismes sin sustento, acerca de ese poder que don Plutarco seguía tejiendo. No era ni chiste superficial ni especulación aquella frasecita que se pronunció en alguna función del teatro del género chico: “Aquí vive el presidente”, señalando al Castillo de Chapultepec, “y el que manda vive enfrente”, cambiando de dirección y señalando a las nuevas colonias residenciales. Desde 1926, Palacio Nacional tenía un nuevo piso, para satisfacer las necesidades de espacio que la expansión del gobierno federal planteaba. Desde 1933 y después de pleitos, polémicas y discusiones, se habían demolido docenas de casas para abrir la que sería la gran calle que llevaría a la Plaza de la Constitución: la Avenida 20 de noviembre. Aquella decisión había tenido un tremendo peso simbólico: los gobiernos salidos de los movimientos revolucionarios habían llevado al país a un punto en que era imprescindible dejar su huella en el espacio urbano. Así, docenas de casas, muchas de ellas virreinales -incluyendo la que albergaba la famosa higuera milagrosa de San Felipe de Jesús- habían sido arrasadas para trazar aquella avenida amplia, que se había planeado para que, en su nacimiento, se viera, perfec-
tamente encuadrada la Catedral Metropolitana: todo en aquella traza novedosa estaba pensado para que evocara un nuevo poder, un nuevo modo de vivir en México, y el peso ineludible de la Revolución con mayúsculas. Aquellas ambiciones no se habían limitado al Palacio Nacional y a los accesos a la Plaza de la Constitución. Desde 1933 el gobierno había construido un enorme centro educativo, que, se esperaba, sería modelo para acabar de satisfacer las grandes necesidades que, en materia de escuelas, todavía padecía el país. Pero el Centro Escolar Revolución —¿qué otro nombre podría tener?— , al final de la calle de los Arcos de Belem, tenía jardín de niños, una inmensa primaria y talleres de manualidades y oficios, pues los proyectos educativos de la época juzgaban que la educación básica debía preparar al niño para la vida, y no bastaba con saber leer, escribir y las operaciones aritméticas y algunos otros conocimientos: los pequeños alumnos del Centro Escolar Revolución además aprenderían mecánica o carpintería; estudiarían según los proyectos de la educación socialista en un enorme espacio con cabida para cinco mil alumnos, engalanado por alucinantes murales pintados por uno de los jóvenes artistas del muralismo mexicano: Raúl Anguiano. Y, por si fuera poco, la ciudad de México de 1936 ¡ya hasta tenía su propio rascacielos! Desde 1934, el edificio de la aseguradora La Nacional reinaba sobre la capital mexicana: 55 metros de