C RÓ N I CA, D O M I N G O 19 D I C I E M B R E 20 21
Nacional 9
H I STO R I A E N V I VO
De cómo un sabio novohispano descifró el enigma de un cometa Bertha Hernández
historiaenvivomx@gmail.mx
Cuando el jesuita Eusebio Kino ya estaba encamino a las misiones del norte de la Nueva España, el muy docto caballero y cosmógrafo del virrey, don Carlos de Sigüenza y Góngora, estaba encerrado en su gabinete, planeando cómo acometer una empresa singular: explicar a nobles y a plebeyos, a ignorantes y a falsos enterados, que un cometa era un asunto de astronomía, y no de leyendas y malos augurios. quel berrinche había sido memorable: mientras más leía Carlos de Sigüenza y Góngora el texto del padre Kino, insistiendo en que los cometas eran creados por Dios para infundir en los hombres un sano temor y llevarlos por el buen camino. Pero para el hombre más sabio de la Nueva España del siglo XVII, un escrito así era una verdadera ofensa, en especial porque muchos, incluidos catedráticos de la Real Universidad le daban más crédito a Kino que a todas las explicaciones de aquel hombre, que, entre sus muchas prendas, era profesor de matemáticas y cosmógrafo del virrey. Así pues, puso manos a la obra. Ya era un asunto más allá de sus buenos propósitos, que le había expresado a la virreina, la condesa de Paredes, cuando hizo su primer texto para explicar qué cosa era un cometa. Ahora, estaba de por medio el orgullo intelectual, y esa necesidad imperiosa de demostrar que tenía la razón, tan frecuente de los hombres y mujeres de gran talento. Y además, estaban esas pocas líneas, sumamente majaderas, en el texto de Kino, donde el jesuita afirmaba que don Carlos “tenía trabajoso el juicio”, lo que equivalía a decir que le costaba entender las cosas. Kino fue todavía más grosero, porque dijo que Sigüenza pertenecía a ese extraño grupo de astrónomos que “le tienen tanto cariño a los cometas —como enamorados de sus astrosas lagañas—
A
que sienten de ellos lo mejor, prometiendo lo más próspero. Según Kino, los que pusieran en duda la naturaleza divina de los cometas, como instrumentos de disciplina y miedo, eran más bien torpes y lentos de entendederas. Ofendidísimo, Sigüenza se encerró a escribir. No lo sabía, pero, en su decisión de poner las cosas en claro, explicar a fondo de qué se trataba eso de los cometas, y encima poner en su lugar al grosero del padre Kino. Estaba escribiendo una de las obras más importantes en la historia de la ciencia de nuestro país. Porque eso fue, al final, la Libra Astronómica. L AS FORMAS Y L A RESPUESTA
En su juventud, Carlos de Sigüenza quiso ser jesuita. Como lo pescaron escapándose del colegio para irse de juerga y correría, lo expulsaron de la Compañía de Jesús. Pero siempre se mantuvo cercano a la orden, de manera que fue cauto antes de empezar a escribir. En las primeras páginas de aquella obra se ocupó de dejar en claro que no tenía ningún problema con la Compañía, pero que sí importaba discutir las afirmaciones del padre Kino. Es decir, todo lo que le criticaría sería dirigido “al matemático puramente matemático”… suponiendo que Kino lo fuera. Por eso, Sigüenza defendió su derecho a polemizar. No se trataba de un pleito (solamente), sino de un duelo: un duelo de la razón. No lo sabía Sigüenza, pero al hablar de “duelos entre los que se desvelan sobre los libros”, hablaba de la necesidad del debate, que todavía hoy es tan importante. El título del libro, agregó con modestia, no era de él, sino de un sabio llamado Horacio Grassis, que en 1618 entró en polémica nada menos que con Galileo y con otro sabio llamado Mario Guidicio, a causa de un cometa avistado en aquel año. El libro de Sigüenza tiene siete capítulos: cuatro dedicados a demoler el libro del Padre Kino, llevando al absurdo algunas de las afirmaciones que había hecho el jesuita, y las partes restantes son el texto propiamente científco. Se burló, con finura, de aquellas ideas que tenían los partidarios de Kino, según las cuales el sudor humano era parte importante de la materia de los cometas. Esos caballeros, dijo deberían procurar sudar mucho en tiempo de secas, para provocar la lluvia, pues era sabido que los cometas no aparecían cada vez que a la gente se le ocurriera. Y, después de todo, llamó a Kino “gran matemático”, aunque el resto del libro se puso a demostrar que todas las ideas del jesuita estaban mal, equivocadas. El cosmógrafo del virrey sabía de lo que hablaba, y su libro se convirtió en
Acaso la gran obra de Carlos de Sigüenza, donde explica los cometas como un fenómeno observable y analizable con espíritu científico se habría perdido, de no ser por la aparición de otro cometa, en 1689, que impulsó la publicación de la Libra Astronómica.
un gran alegato contra la astrología. A veces, para ganarse el pan, Sigüenza había tenido que escribir almanaques y pronósticos astrológicos que le encargaban los impresores. Aquellos materiales se vendían muy bien, aunque siempre resultaban augurios fallidos. ¿Qué significaba esto? Que don Carlos de Sigüenza y Góngora ya pensaba como un científico moderno, empeñado en demostrar que la “maldad” de los cometas era una paparrucha, una engañifa, una invención. EL DESTINO DE UNA GR AN OBR A
Al mismo tiempo que Carlos de Sigüenza, había otro sabio, al otro lado del mar, que también estaba midiendo, en fechas muy parecidas, los paralajes del cometa en el mapa celeste. Ese sabio era nada menos que el inglés Isaac Newton. Algunas de sus mediciones, consignadas en su Principia Mathemática, son muy similares a las de Sigüenza en el capítulo V de su Libra Filosófica, aunque los resultados de las obras sean distintas: Newton habla de las órbitas elípticas de los cometas, y a Sigüenza quería demostrar que los cometas describían una órbita y tenían una marcha regular. Hoy día, los historiadores de la ciencia consideran que el cometa que Sigüenza y Newton vieron en noviembre de 1680 es el más importante en la historia de la astronomía, pues fue el fenómeno astronómico que permitió a Newton desarrollar las explicaciones acerca de las leyes
gravitacionales del universo. Lamentablemente, a Sigüenza no le fue tan bien con su obra, porque, para empezar, si no hubieran aparecido mecenas generosos que apoyaron la publicación del trabajo, tal vez, como otras obras de don Carlos, la Libra Astronómica se hubiera perdido. El libro se publicó hasta 1690, gracias al apoyo de otro virrey, el conde de Galve, y un impresor y editor, don Sebastián de Guzmán y Córdoba. Aquellos dos caballeros eran también estudiosos de las matemáticas y la astronomía, y decidieron que el trabajo de Sigüenza no podía quedarse en el gabinete porque no había dinero para editarlo. Además, se trasluce que pertenecían al bando “más científico” en aquella disputa por la naturaleza de los cometas. Claro que ayudó en mucho que, en 1689, casi una década después del primer cometa, apareciera otro en el cielo de la Nueva España, que, como era de esperarse, causó otra oleada de pánico entre la gente. Por eso, importaba que Carlos de Sigüenza y Góngora publicara; porque resolvía un temor viejo de siglos, y porque era motivo de orgullo: teniendo a un talento así, nacido en la Nueva España, ¿para qué se necesitaba ir a buscar talentos al extranjero? Así se zanjó el pleito por los cometas: Sigüenza tuvo el apoyo total de un virrey, y su libro se salvó del olvido. Hoy, tantos años después, sigue siendo un orgullo de esta tierra