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Nacional
C RÓ N I CA, S Á B A D O 16 O C T U B R E 2 02 1
De cómo terminó la fiesta brava para Merced Gómez En el imaginario porfiriano eran diversos los “indeseables”, los “poco recomendables”: personajes a los que las honestas familias, sin dudarlo, le negarían la entrada a sus hogares, porque eran los habitantes de los barrios poco recomendables, los visitantes de los tugurios, de los burdeles, de las cantinas. Eran los delincuentes, los vagos, y gente que llamaban “de costumbres desordenadas”, porque en ese mundo, cualquier tragedia podía suceder, incluso a los personajes que rozaban las nubes de la fama, como a los toreros.
Historias Sangrientas Bertha Hernández historiaenvivomx@gmail.mx
Al ya famoso torero Merced Gómez, la vida le marchaba bien, aunque accidentada. Se acercaba la primavera de 1913 y la ciudad de México no salía de su estupor: la Decena Trágica, a la que muchos todavía llamaban “la revolución felicista”, otorgándole al célebre sobrino de don Porfirio, Félix Díaz, una importancia que en realidad no tenía, había pasado ya, pero todavía bullían las historias acerca del cruento asesinato del presidente Madero y el vicepresidente Pino Suárez. A diario había nuevos nombramientos en el gobierno federal, del que se había apoderado Victoriano Huerta, y una violencia soterrada corría por las calles de la capital. Con todo, empezaban de nuevo las funciones de teatro, las de opereta, las revistas musicales, las corridas de toros. Sin darse cuenta, aquel hombre joven, que estaba en la ruta para volverse un ídolo de las masas, caminó por la senda que los bajos fondos reserva para la tragedia. ¿Fue el alcohol? ¿Los resen-
timientos que cada quién lleva en el alma? ¿la incertidumbre de aquellos días accidentados? Nadie fue capaz de explicarlo en ese marzo de 1913, pero lo cierto fue que, para Merced Gómez, hubo una noche que le cambió la vida: la muerte llegó de visita, e intentó llevárselo en un abrazo. LOS HABITANTES DE LOS BA JOS FONDOS
La moral porfiriana miraba muy mal a los habitantes de los bajos fondos, a quienes dormían de día y salían a la calle al caer la noche para desenvolver sus existencias en cantinas, en tugurios donde se jugaba y se apostaba, en burdeles de todos los niveles y para todos los bolsillos; aquellos que, cuando la fortuna les sonreía, aparecían por los comederos más empingorotados, haciendo gala de lo que tenían y lo que valían, exhibiéndose ante los catrines que iban a pasar un buen rato, no sin levantar la ceja, con disimulo, al advertir la ruidosa mesa donde se bebía entre gritos, palmadas y aplausos, donde departían parejas apasionadas o amigos entusiastas a los que, con todo y todo, se les notaba “algo”: un gesto un modo de hablar que delataba el mundo del que provenían. Ellos, los habitantes de la vi-
da nocturna del México porfiriano, configuraban una complicado mosaico, con sus propias celebridades y sus propios temores; era gente que vivía en el filo de la navaja, y que estaba acostumbrada a convivir con los gendarmes, inspectores y funcionarios policiales en una densa maraña de complicidades, mayores y menores, donde la corrupción y la sobrevivencia eran historia de todos los días. Había músicos, jugadores, ganapanes, léperos, prostitutas; todos ellos en despreocupada alternancia con la “gente respetable” que escapaba de la rutina de la vida honrada, internándose en los rumbos peligrosos de la ciudad, o buscando entretenimiento en las casas que, durante el día, disimulaban sus vocaciones nocturnas para convertirse en bullicio y diversión no bien se ponía el sol. Entre aquella variopinta multitud había quienes, a fuerza de voluntad y esfuerzo propio, vivían con un pie en cada mundo: personajes públicos y destacados del mundo del entretenimiento y la diversión, que tenía hábitos poco convencionales, y por ello se les miraba con recelo en el mundo diurno: actores, actrices, cantantes y tiples, y, desde luego, los toreros. Estos últimos, valerosos co-
mo el que más, vistosos y bullangueros, podían alcanzar las estrellas con la punta de los dedos; el ejemplo perfecto de ello era el gran Rodolfo Gaona, aplaudido a rabiar en las plazas. Y que se podía dar el lujo de codearse con la mejor sociedad, aunque ni en sueños llegaría a formar parte de ella. Por aquellos hombres que salían a jugarse la vida en un combate brutal ante los toros de lidia, hasta las damas más elegantes podían desfallecer, tan solo verlos aparecer, resplandecientes, indiferentes, un poco cínicos, con un dejo de desprecio hacia la muerte, acomodada en una butaca de la plaza. Pero del mismo modo que se les aclamaba, y que, en una tarde de triunfo bien podían salir en hombros, a los toreros la buena sociedad los tenía encasillados: eran dados a la francachela, a la bebida, a los juegos de azar, y, por consiguiente, al vicio. Cualquiera lo sabía, y con ellos había que andarse con cuidado, porque eran temperamentales, pasionales, y cualquier cosa podía desatar su ira, que desahogaban en blasfemias, a golpes… o con navaja. Ni para galanes eran recomendables: “pegan mucho y pagan poco”, escribió en los primeros años del siglo XX el literato Federico Gamboa, al explicar
que, incluso, las habitantes de los prostíbulos lo pensaban dos veces antes de liarse en amores con un torero. Gamboa, que en su juventud fue conocido habitante de ese mundo oscuro y pasional, estaba, en 1913, ocupado, sobreviviendo en la cancillería, revuelta, como todo el gobierno, a causa del cuartelazo huertista. Pero todo lo que había que decir de la vida nocturna de México, ya lo había dejado escrito en 1903 en su muy leída -aunque fuera a escondidas- novela llamada “Santa”. Como, seguramente ocurrió, Gamboa leyó los periódicos del 4 de marzo de ese año, y suspiró: otra historia de toreros, otra historia de alcohol y riñas, qué se le iba a hacer. Esa historia era la tragedia de Merced Gómez, “el diestro de Mixcoac”. “CONVERTIDO EN FIER A”
A Antonio Ramos , venido de España, lo conocía el mundo de la fiesta brava como “Carbonero de Sevilla”, y era uno de los muchos toreros que se ganaba el pan en la capital mexicana. El regreso a la vida cotidiana era un alivio para quienes, como él, alardeaban de valor en las plazas de toros. Carbonero de Sevilla, banderillero, era uno de tantos conocidos del exitoso