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Nacional

C RÓ N I CA, S Á B A D O 12 F E B R E R O 2 02 2

Celos, fotografías y crimen: el caso de Alfonso Nagore En los años veinte del siglo pasado, todo era moderno, veloz y comenzaba a ser masivo. El cine y la radio traían a México modas, sueños y proyectos. La fotografía dejó de ser un objeto raro y costoso, reservado a los pocos que podían pagarlo, y empezó a ser maravilla al alcance de muchos, por unos pocos pesos. Y ese fenómeno del progreso y la tecnología llevó a un desdichado a convertirse en un “autoviudo”. Historias Sangientas Bertha Hernández historiaenvivomx@gmail.com

Alfonso Nagore no quería creer lo que veía, lo que el destino y el progreso le habían puesto en las manos. Corrían los primeros días de 1928, y a nadie le extrañaba que, por algunos pesos, cualquiera pudiera ir a un estudio fotográfico a hacerse un retrato de buena calidad; ya no era un asunto caro y excepcional. Y esa facilidad tenía una derivación que contribuyó a la educación sentimental de muchos mexicanos del México que gobernaron Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles: también se conseguían fotografías de las tiples del momento, como María Conesa, la “Gatita Blanca”, o Celia Montalbán; imágenes que sus admiradores compraban por docenas, después de ir a verlas a los teatros de la ciudad y corear con ellas “Mi querido capitán”. Era una exitosa manera de asociar el entretenimiento con los sueños eróticos de cientos de caballeros. Pero había otra industria fotográfica mucho más discreta, pero igualmente favorecida y redituable: también se conseguían fotografías de mujeres desnudas, anónimas, en actitudes provocativas y que, igualmente, se vendían en abundancia: pequeñas estampas que, incluso se volvían coleccionables, y que los dueños de los estudios pequeños producían para allegarse ingresos bastante más sustanciosos e inmediatos que

el pausado fluir de la clientela ocasional que deseaba fijar un instante de su existencia. ¿Quiénes eran aquellas mujeres sin nombre, pero con belleza y audacia suficientes para llenar las ensoñaciones de quienes compraban y coleccionaban las tarjetas? Algunas, modelos que buscaban un ingreso adicional fuera de los estudios de las academias de pintura. Otras, amigas íntimas o amantes de los fotógrafos, que, a cambio de alguna participación en las ganancias, accedían de buena gana a posar sin ropa, lo que constituía el gran encanto de aquellas fotografías impresas en formato discreto, tamaño postal. Los años veinte estaban llenos de audacia, de ambición, de búsqueda de nuevas experiencias. Un erotismo distinto, menos encubierto y disimulado que el de los días porfirianos, se manifestaba de manera más pública. Los jóvenes y los caballeros del México posrevolucionario ya no se emocionaban, como sus padres y sus abuelos, con la sola idea de llegar a ver el tobillo de la mujer amada; ya no enviaban cartas apasionadas y levemente atrevidas como aquella, escrita setenta años antes, donde el general Vicente Riva Palacio le pedía a su prometida Josefina Bros, que le hiciera la gracia, el favor infinito y audaz, de regalarle “un zapatito” usado, para que él pudiera solazarse en su contemplación e imaginarse que ese botincito había ceñido el pie y el tobillo de la mujer que adoraba. Había corrido mucha agua desde entonces. Los señores del siglo XX ya

veían, en cualquier calle, a las muchachas con la falda a la rodilla, ataviadas con los vestidos ligeros y de líneas sencillas, que ya no exigían el anticuado corsé. Las suaves piernas femeninas empezaban a ser protagonistas de la vida pública. Pero los sueños eróticos de muchos de aquellos hombres aspiraban a ver más. Deseaban ver más. Los fotógrafos de los pequeños estudios aportaron la versión nacional y masiva -y por lo tanto mucho más barata- de un género fotográfico que en los días de don Porfirio habían circulado con mayor discreción y disimulo. En esos días, los últimos de 1927 y los primeros de 1928, no faltaba quien presumiera a sus amigos la postal más reciente o la colección que había logrado reunir. Y eso fue lo que perdió a Alfonso Nagore: encontrarse, de pronto, con una de esas postales, puesta en sus manos por un “amigo”. En ella, su esposa, Sara Perea, exhibía su cuerpo desnudo. Cubría su rostro, pero él la habría reconocido en cualquier parte. Una niebla roja empezó a enturbiar el entendimiento de Alfonso. Sabía bien de dónde provenía aquella fotografía. Del desconcierto pasó a los celos, y de los celos a la rabia. Sara lo engañaba, estaba seguro, y no contenta con ello, accedía a convertirse en una mercancía visual, a la mano de cualquiera con un poco de dinero en el bolsillo. Lo que siguió fue una tragedia. IMAGEN, PIEL Y TENTACIÓN

Cualquier habitante del siglo XXI puede, hoy día, entrar a los buscadores más populares de internet y buscar a las divas del México de los años XX. Ahí están la Conesa, la Rivas Cacho, la Montalbán, para seguir la letra de “Mi querido capitán”. Ahí están, sonrientes y seductoras; ataviadas con encajes, lentejuelas y plumas. Alguna de ellas accedió a posar con ropas muy escasas, como Lupe Vélez, que en alguna de aquellas fotografías, ya casi centenarias, se arropa apenas en unos cuantos abanicos de plumas. Algunas, audaces, se enfundaban en mallas y leotardos que las cubrían del cuello a los pies, sin disimular la curva de las caderas, los muslos poderosos, los se-

nos libres y las cinturas sin el tormento de las ballenas del corsé. Las mallas famosas, empero, sugerían, solamente. Eran opacas y mostraban siluetas tentadoras. Suficiente para echar a andar la fantasía. Las cosas cambiaron hacia 1925, cuando, con gran despliegue de publicidad, llegó a México madame Berthe Rasimi, a la cabeza de una tropa de alegres tiples francesas, que venía de triunfar en París con su espectáculo “Voilá le Ba-ta-clan!”, que muy pronto fue conocido, sencillamente como “El Bataclán”. Muy pronto, se volvieron la gran atracción nocturna de la capital mexicana. ¿Cuál era la gracia de las francesas? Que salían a cantar y a actuar ligerísimas de ropa, con mallas muy transparentes, y penachos de plumajes sorprendentes. Fueron muy, pero muy aplaudidas, y de inmediato, satanizadas por las buenas conciencias, por las señoras decentes, que ya bastante susto traían con las faldas cortas y el pelo a “la Bob”, y que consideraron de inmediato a aquellas francesas como mujeres “de moral ligera”, porque no tenían empacho en salir a los escenarios semidesnudas. Muy pronto, a aquellas mujeres se les empezó a llamar “bataclanas”, palabra pronunciada con inmenso desprecio, y que, se quedó tan enraizada en el imaginario nacional, que todavía, de repente, hay quien la ha empleado para insultar a actrices en el siglo XXI. Pero no fue eso la única consecuencia de la llegada del Bataclan a México. Muy pronto surgió la versión nacional de aquel espectáculo. Apenas ocho días después del éxito clamoroso de las francesas, el empresario José Campillo inventó algo que anunció como el “Mexican Rataplán”, donde las tiples nacionales salían igual de ligeras de ropa que su competencia, pero le agregaron jícaras, aventadores y mil chucherías de la vida cotidiana mexicana. La competencia fue dura. Hoy son piezas de coleccionistas las fotografías donde las más famosas, como la Montalbán, también posaron, aparentemente desnudas, apenas cubierto lo esencial por una vistosa y enorme jícara. De más está decir que, en ese ambiente, las postales como la que marcó la


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