C RÓ N I C A , S Á B A D O 7 AG O S TO 2 0 2 1
Nacional
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El torero, el seductor y la suicida María Luisa Noeker pagó dos veces las consecuencias de las decisiones que la llevaron al suicidio: una pasión que, en realidad era un espejismo, la arrojó en los brazos de un truhán. Desesperada, con la voz de su conciencia de señorita porfiriana torturándola, se quitó la vida. Se volvió carne de escándalo, caso policiaco, lección para muchachas curiosas, audaces y desprevenidas. Su muerte, que se olvidó con prontitud, fue un ventarrón que despeinó apenas al ídolo de los mexicanos de esos días, el torero Rodolfo Gaona Historias Sangientas Bertha Hernández Ciudad. Cargo lorem
“E
ra bella sin hipérbole”, escribió el anónimo redactor del periódico El Imparcial el 4 de diciembre de 1909, y hasta presumió de haberla conocido alguna vez. Por eso, pretendió “hacer a un lado el noticierismo”, es decir, aquel naciente canon periodístico que se asociaba a los periódicos modernos, para narrar cómo aquella jovencita, con el entendimiento nublado por la vergüenza y el horror, decidió suicidarse, causando el escándalo de la ciudad de México, que se preparaba para las fiestas de fin de año. Pero, aún cuando “la nota” era el suicidio de la muchacha, el hecho no correspondía al titular de primera plana del popular periódico. Desde luego, se necesitaba una “cabeza”, un título llamador, de esos que vendían muchos, pero muchos ejemplares. De manera que, junto a la nota principal, que hablaba de roces entre los gobiernos de Nicaragua y Estados Unidos; por encima de la nota de la inminente construcción de un hipódromo para la ciudad de México, y más importante que la búsqueda de los restos de Hernán Cortés en el templo adyacente al viejo Hospital de Jesús, estaba el caso de aquella desdichada joven, titulado; “Rodolfo Gaona fue detenido anoche, a las 7, en la sexta comisaría”. “Suicidio de una bella joven”, era el titular menor. Parecía que, en esos días de fin de año, importaba más la fama de aquel diestro, sus triunfos y sus escándalos, porque ya se había convertido en ídolo popular, que el drama íntimo de una muchachita que no tenía sino quince años y medio, y a la que, un momento de emoción irreflexiva, la puso en el camino hacia la tumba y la empujó a la estridente notoriedad de las
hojas sueltas y a la lacrimógena narrativa de la prensa, que vio en su desdicha la oportunidad de ganar la noticia, buscando el escenario de su muerte. Al día siguiente, la dirección de El Imparcial, había decidido que el rostro de la jovencita María Luisa Nocker -en algunas publicaciones escribieron Noeckerera, sin duda, lo que atraería a los lectores del día. Gracias a los tenaces reporteros de aquella redacción, el diario pudo conseguir, de un fotógrafo de la calle de Revillagigedo, la que podría ser la última imagen de la joven: carita redonda, mirada suave, peinado ampuloso. Toda una señorita, de buena familia, del México que gobernaba don Porfirio. Que se hubiera suicidado, era escandaloso. Que se hubiera suicidado porque pasó la noche fuera de su casa, en compañía de una ruidosa cuadrilla de toreros en un baile, y que uno de ellos, presumiblemente el famoso Rodolfo Gaona, la hubiera seducido y le hubiera “arrebatado el honor”, revelaba una historia de malas decisiones que convirtieron a la pobre chica, cuando su cuerpo ya se encontraba en el depósito de cadáveres de la Inspección de Policía, en la “María Luisa, la suicida”, personaje de una hoja volante que dio a ganar una buena cantidad de pesos a don Antonio Vanegas Arroyo. “ E L I N D I O” G AO N A , Í DO LO D E L A S MASAS Uno de los detalles importantísimos en esta historia, que afloró gracias al trabajo de los reporteros y de los sabuesos de la imprenta Vanegas Arroyo fue que María Luisa Nocker, que vivía en la calle Nuevo México, hoy Artículo 123, era una jovencita que, como tantas otras, estaba “enamorada” del popularísimo Rodolfo Gaona. Claro que tenía novio, pero Gaona era otra cosa: era la estrella de la fiesta brava, el matador popularísimo, que había saltado a la fama en 1907 y que, gracias a sus esfuerzos, y pese a su cuna humilde, era personaje famoso, admitido en algunas fiestas y eventos de la
En 1909, Rodolfo Gaona era ya un ídolo popular del México porfiriano.
buena sociedad. Pero en 1909, los toreros tenían muy mala fama. Malísima. Ningún miembro de la élite porfiriana pensaría en un torero, aunque fuese Gaona, para emparentar, por medio de un matrimonio con alguna de las hijas de las elegantes familias del país. Los toreros formaban parte del mundo oscuro, de los bajos fondos del México porfiriano. Eran sí, personajes brillantes, aplaudidos. Pero tenían fama de haraganes para todo lo que no fuera ruedo y faena, y solían acompañarse de gente muy poco recomendable, como bribones, jugadores y prostitutas. Los que estaban al día en las letras nacionales no olvidaban que, en aquella novela muy vendida, “Santa”, de Federico Gamboa, aparecían toreros enamorados, celosos y violentos que resolvían sus cuitas sentimentales con brutalidad. Esos eran los toreros. Pero ignorando la moralina del señor Gamboa, los seguidores del torero Gaona eran muchos, cientos, miles. Gaona había sido contratado para anunciar una cerveza; su fotografía, botella en mano, con traje formal, era un atractivo reclamo publicitario. Tan querido era que un cierto cigarrillo, producido por la gran empresa El Buen Tono, llevaba el nombre del diestro; tan popular era, que su foto se vendía por cientos en el formato de tarjeta postal y hasta le habían compuesto una marcha. Las hojas volantes, que no solo se ocupaban de los hechos de sangre, le habían de-
dicado su atención en 1908, dedicándole ingeniosos versos: Pues señor, se necesita Ser un idiota cabal Para ignorar la famita Del diestro ya universal. Era tan famoso Rodolfo Gaona, que no debía extrañar que muchas jovencitas como María Luisa Nocker, y muchas otras, ya mayorcitas, se apasionaran de él, anhelaran conocerlo, y soñaban con que, si tal cosa ocurría, el ídolo se prendaría de ellas, correspondiendo su amor. Cuando el terco reportero de El Imparcial logró meterse a la recámara de la pobre suicida, notó un detalle que no dejó de escribir en la nota que le encomendaron en ese diciembre de 1909: las paredes del cuarto de María Luisa Nocker estaban tapizadas de fotografías de Rodolfo Gaona. ASÍ OCURRIÓ LA TR AGEDIA “¡Al primero que se acerque, le disparo!”, gritó una enloquecida María Luisa Nocker: la servidumbre de la casa se echó hacia atrás, aterrada; el novio de la muchacha, cuyo nombre “por decoro y respeto” quedó oculto, intentó, sin éxito, tranquilizarla. María Luisa no escuchaba, y mucho menos a aquel muchacho, su novio. ¿Cómo le iba a explicar lo que había ocu-
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