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Nacional
C RÓ N I CA, S Á B A D O 4 D I C I E M B R E 2 02 1
La matanza de Huitzilac es uno de los crímenes políticos más famosos del siglo XX: aprehendido en Cuarnavaca, Serrano y unos pocos seguidores fueron llevados a la carretera que va de la capital hacia Morelos. Aún permanecen ahí las cruces que se colocaron en memoria de aquellos hombres.
A Gómez no lo mataron a traición, pero sí le hicieron un juicio militar express para intentar legitimar su muerte.
La ambición obregonista derrama sangre: la muerte de los generales Serrano y Gómez Muy crudo y oscuro fue el otoño de 1927: con diferencia de unas pocas semanas, los dos generales que se atrevieron a manifestar sus aspiraciones a contender por la presidencia, disputándole la victoria a Álvaro Obregón, que estaba segurísimo de reelegirse, murieron con violencia, acusados de rebelión y asonada. No eran hombres perfectos, ciertamente. Pero sus asesinatos, disimulados bajo los cargos de traición no eran sino consecuencia del pacto entre el general manco y Plutarco Elías Calles, para asegurar la sucesión.
Historias Sangrientas Bertha Hernández historiaenvivomx@gmail.com
La ambición reeleccionista de Álvaro Obregón semejaba un huracán que arrasaba todo a su paso. Muchos trabajos se había tomado para reconstruir el marco legal que impedía que un ex presidente de la República volviera a despachar en Palacio Nacional. Lo consiguió, con una mayoría obregonista en la Cámara de Diputados, y así surgió la componenda. Efectivamente, un expresidente no podía reelegirse inmediatamente después del término de su mandato, pero podía hacerlo, sin problema alguno, si transcurría al menos otra administración. Ese era, precisamente, el caso del sonorense: su paisano, Plu-
tarco Elías Calles, estaba por acabar su gestión. ¿Por qué no iba a regresar? Era tal su confianza en el futuro, que a sus peones del Náinari les dijo tranquilamente que se regresaba a la capital porque ya lo iban a nombrar presidente una vez más. Pero ese regreso costó mucha sangre; sangre de gente que se había fogueado en la revolución bajo el mando del propio Obregón. Entre el general manco y quienes se atrevieron a manifestar sus aspiraciones a la presidencia, hubo alguna vez amistad, cercanía, incluso afecto. Fueron dos los militares, hombres más jóvenes, formados en las filas obregonistas, antiguos subordinados, cuyas ambiciones, incluso, habían sido vistas con simpatía por el general manco. Se llamaban Francisco R. Serrano y Arnulfo Gómez. Todo lo que una vez unió a Obregón con aquellos generales, quedó cubierto por el manto oscuro de la muerte en el
terrible otoño de 1927. EL ASESINATO DE FRANCISCO SERRANO: MATANZA EN HUITZILAC
Francisco R. Serrano era, prácticamente, el hijo político de Álvaro Obregón. Si éste no se hubiera empeñado en reelegirse, acaso Serrano sí hubiera llegado a la silla presidencial. Pero a fines de septiembre de 1927, la ruptura entre aquellos hombres era total y pública. El gran pecado de Serrano fue anunciar que lanzaría su candidatura. Calles y Obregón eran conscientes de la necesidad de resolver la sucesión presidencial. En 1926 parecía que ambos generales estaban dispuestos a que otros, de entre el grupo sonorense, se perfilaran como candidatos a la Presidencia. La reelección, aquel tabú que había desatado el accidentado y violento proceso que los había encumbrado, era impensable. Por eso, Ambos militares consideraron que el general Serrano era el más adecuado para convertirse en un candidato presidencial. Empezó el fogueo del elegido. Parecía que todo estaba más que conversado. A Serrano, se le envió, en “viaje de estudio” a Europa, a fin de familiarizarlo con la alta diplomacia y las estructuras militares de otros países. Al menos, esa fue la versión “oficial”. Las malas lenguas aseguraban que, en un intento por crearle una imagen pública “limpia”, a Serrano se le sacaba del país para que su afición a las juergas desapa-
reciera de los chismorreos políticos. Las mismas malas lenguas afirmaban que, incluso, Serrano había sido obligado a viajar con su esposa, Amada, y tenía prohibido establecerse en París. El viaje del militar inició en octubre de 1924 y terminó cuando se embarcó para México en mayo de 1926. Se firmó un “Acuerdo privado provisional”, fechado en febrero de 1926, donde Obregón se comprometía “solemnemente” a no aspirar a la presidencia y dejarle el campo libre a su antiguo pupilo. Parecía que todo iría sobre ruedas y que la transición se daría pacíficamente. El problema es que Álvaro Obregón cambió de parecer. Serrano intentó negociar, convencer por las buenas al ex presidente empeñado en regresar. Conciliador, Serrano propuso un “pacto de caballeros”. Recibió una respuesta brutal: “Yo te creía inteligente, Serrano; si en México no hay luchas de caballeros: en ella, uno se va a la presidencia y el otro se va al paredón”. No había más que decir. Uno de los dos moriría en la carrera por la Silla. La ruptura fue inevitable: Serrano arrancó su campaña y criticó abiertamente las ambiciones reeleccionistas de Obregón. Inicialmente, apoyaron a Serrano el Partido Nacional Revolucionario, el Partido Socialista de Yucatán, el Centro Antireeleccionista y la Alianza de los Partidos Antireeleccionistas de los Estados. Pero, poco a poco, la conveniencia política modificó la balanza de fuerzas. El lanzamiento oficial de la candidatura de Obregón detonó una desbandada de leales, quienes vieron más por su sobrevivencia. Con todo, Serrano seguía siendo un rival de consideración. Era el líder, junto con Arnulfo Gómez, de una generación que también exigía su cuota de poder. Incluso, lanzó un manifiesto con su ideario político, donde lo primero que hacía era descalificar con fuerza la reforma constitucional que facilitaba las ambiciones de Obregón; prometía un seguro obrero y un “fácil acceso a la tierra”, y aspiraba a una relación de amistad, “con dignidad”, con los Estados Unidos. Plutarco Elías Calles intervino a favor de Obregón. Obligó a la dirigencia del Par-