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El poblado romano de Forua

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Gigantes, mito y realidad Juan Gaztea de Arbuli Zokorra, J la bruja de Agurain r|^ Rituales del pan

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Tarteok g u t x i t u k o ditugu Acortaremos distancias

Bilbotik Donostiara 38 minututan iristcko. Donostiatik Madrilcra bi ordutan, eta Gastciztik Parisera bost ordu inguruan. Pcrtsonak eta cgitasmoak hurbiltzcko bidea da.

Para llegar en 38 minutos de Bilbao a San Sebastián. En dos horas de San Sebastián a Madrid, y en cerca de cinco horas desde Vitoria a Paris. Es la vía para unir personas y proyectos.

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Queridas amigas y amigos, a toda la familia Aunia: Siempre ha habido años de vacas gordas y vacas flacas, años de apreturas y años de derro­ che, años para (a ilusión y años también para el desánimo, para la creatividad y para la destrucción, haciendo lema de algo tan sencillo como que "si tengo, hago y, si no tengo, no hago". O aquello otro de "apretarse el cinturón" en oposición al incomprensible "tirar la casa por la ventana" o al más beligerante de "quemar las naves". Dicen que vivimos en tiempos de crisis, real en muchos casos pero ficticia en otros. Crisis que viene como anillo al dedo a quien quiere decir “no”, pero hasta ahora no se atrevía por la poca vergüenza que aún perduraba en la sociedad. Crisis, ahora sí y más que nunca, para la siempre desdichada cultura y, en especial, proyectos humildes como el presente. Nos enseñaron en casa a no ser soberbios con el dinero, a no malgastar cuando teníamos y a despabilar cuando no teníamos. Nos enseñaron a ahorrar, a hacer mucho con poco, a limarnos los dientes cuando se nos ponían largos y a utilizar más la cabeza que la cartera. Es una forma de gestión no aprendida en las aulas universitarias sino de las madres, las mejores economistas que hemos conocido. En Aunia lo hemos aplicado desde el principio y, aunque menguados -esperemos que coyunturalmente- en nuestras fuerzas físicas y económicas, aquí está una nueva hija, sin ningún tipo de "recorte” en sus páginas, sin aminorar un ápice su calidad, sin sustraer un átomo de información a nuestros lectores y sin subir desde hace años ni un sólo céntimo el precio de venta al público. Eso sí. con cierto retraso acumulado. La crisis humana... más grave aún que la económica... Pero a grandes males, grandes remedios. Así. ni cortos ni perezosos hemos forzado el inalte­ rable ritmo del año y hemos decidido fusionar dos estaciones -invierno y primavera- en este número. No afecta para nada al lector ni los suscritores pero sí a la actualidad de la publicación. Y todo ello, insistimos, en plena escasez de medios. Así, ahora más que nunca, os necesitamos a vosotros, a quienes confiáis en la calidad de AUNIA. en la honradez de quienes la gestiona­ mos y en el esfuerzo de los pequeños para mantener su independencia entre los gigantes que, sin ningún tipo de reparo, dicen no poder acompañarnos por estar en crisis. ¿Y qué fue de los ingentes dinerales atesorados en las épocas de bonanza? La cultura local, la vasca en general las decenas de pequeños proyectos de barrio, de municipio, las ilusiones de cientos de militan­ tes que dan su tiempo para, con poco dinero, desarrollar pequeños o grandes proyectos: son ellos los que van a pagar esta situación impuesta. Pero no nos preocupemos, porque un año más podremos ver cómo con el cercenado dinero público o privado se respalda lo ya conso­ lidado: grandes grupos musicales en directo, buenos clubes deportivos, nuevos estadios... gra­ cias al dinero de nuestras "vacas sagradas”. Aunque otros hermosos proyectos, muchos muy interesantes a pesar de su pequeñez, hayan tenido que cerrar sus puertas por falta de cariño. Hasta la próxima, que esperemos no tarde tanto en llegar. Un abrazo.


Mikel Larrinaga con la indumentaria de un vizcaíno del siglo XIX

N.“ 29 Zk NECUA - UDABERRIA M . Almela K G. Baptista Karmele Gofii Mikc! Gorrotxatcgi J. M . Jiménez Ana M artín « Salcedo Amaia Mujika Goñi Carlos Ortiz de Zarate

ARGI lARATZAII EA

A U N U K ULTU RA KI.KARTEA Ota7u. lA- Behca B 01408 I L U IA Ü N IX Í »945 891 976 I 688 666 203 www.aunia.org 7AIZENDARITZA F IA E R Rt:PA K Z1 0 TALDEA__________

Juanjo Hidalgo I Felix Muguruoa DISFINUA ETA MAKETAZtOA

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4 Indumentaria popular vasca. Siglos )^ lll al XX K armele G oñi A m a ia M u ] ika G oñi

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36 El poblado romano de Forua, un asentamiento de la Edad Antigua

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A n a M artínez Salcedo

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56 Las creencias, la alimentación, el hierro y

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la construcción en Forua A n a M artínez Salcedo


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66 GiganteCdel mito

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al ser humano de carne y hueso ]UAN]o H idalgo

84 Gigantes de carne y hueso: Juan Gaztea de Arbulu

124 El pan nuestro de cada día

]uAN]o H idalgo

Félix M ugurutza

100 Zokorra, la bruja

132 Publicaciones recibidas

de Agurain C arlos O rtiz

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Zarate

134 Nuestras publicaciones

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texto « KARMELE GDÑIYAMA1A HUJIKA GDfll ÍDtas « KARHELE GDRi

B a i , e g ia z e J e r J a E u z k a U u n le r J e n a S u p in d a r r a U h e g ia n , z a iu r ih J o a n a G e r r ik o s e d a r e U in , h o n e ta h u r u a n E s p a r t i ñ a h o i n e i a n , m a k i lia e s k u a n

Herri-kopla


La indum entaria ha sido y es una necesidad básica del se r humano, m ediante la cual cubre su cuerpo de los factores m edio-am bientales y, en el devenir de la historia, de la m irada de los dem ás. Con el tiem po, el vestido evoluciona y se com plica convirtiéndose en un elem ento de em bellecim iento personal y, progresivam ente, en signo de determ ina­ dos ro les sociales dentro y fuera del grupo cultural -g én ero , edad, e s­ tado civil, clase social, p ro fesió n - dando lugar a un lenguaje visual que nos h abla de la identidad del portador y, a menudo, de aquello que quiere m ostrar o aparentar. Cada pueblo ha respondido a esta necesidad de acuerdo al m edio geo­ gráfico donde habita y a sus posibilidades económ icas, técn icas y so­ ciales, generando ciertas particularidades en su modo de v estir y en el aprovecham iento de las m aterias prim as con que ésta se confecciona, dando a sí origen al tra je popular. El traje popular sin em bargo no es único ni estático ya. que las prendas que lo constituyen, aún procediendo de un fondo com ún y básico con­ dicionado por el m ovim iento y las posturas corporales, se adecúan y se com binan en función de cada m om ento del ciclo vital del portador, de la actividad desarrollada y del calendario anual en el que éste se en ­ cuentra inm erso, con una especial atención en lo que concierne a los ri­ tos de paso y a las fiestas. Un lenguaje que evoluciona y se transform a al tiem po que lo hace la sociedad en el que se produce, conjugando m o­ delos antiguos con form as foráneas y reinterpretando las m odas al uso, en un afán continuo e inagotable de diferenciarse de los dem ás, al tiem ­ po que m uestra la adhesión o p erten encia a un determ inado grupo. El tra je popular que recon ocem os com o propio de Euskal Herria, des­ aparecido en la p arte n orte en el periodo de en tregu erras m undiales y


en el su r con la Guerra Civil de 1 9 3 6 , está com puesto de prendas y h e­ churas que en líneas generales se asientan en los inicios del siglo XVIII pero que, com o hem os dicho an teriorm en te, aglutina form as antiguas cuyo origen se pierde en la noche de los tiem p os -c a s o de la ab a rca -, personaliza y adapta otras, com o el tocado fem enino, a las sucesivas y restrictivas norm ativas eclesiales y civiles, o se apropia de prendas fo­ ráneas com o la txapela, convirtiéndola en una de sus señas de identi­ dad. Aún así, estos elem entos, ejem plos claros de la personalidad del Pueblo Vasco aunque no p o r ello hom ogéneos en el espacio geográfi­ co, están lejo s de toda idea de exclusividad o independencia de nues­ tro entorno, lo que nos obliga a distinguir una identidad colectiva diversa en cuanto a sus particularidades in tern as, in terrelacionada con su entorno y condicionada por la moda. ju n to a esta variedad, y otras que m ás tarde d esarrollarem os, tam bién hay que apuntar que la im agen m oderna que ten em os de algunas prendas del tra je popular está algo viciada de raíz en cuanto a que está íntim am ente relacionada con los m ovim ientos rom ántico y nacion alis­ ta que, en su afán de recu p erar las señ as de identidad del pueblo vasco fren te al cam bio y la m odernidad que rep resen tab a la ciudad, prom o­ vió el rescate de ciertas prendas arquetipo con los que v estirse en las festividades vascas, al m argen del tra je popular que todavía llevaba la población de las com unidades locales. Es el caso del refajo-gona-gorri convertido en falda exterio r o los im propiam ente llam ados kaikus en su doble versión, del elástico de los pastores o la ch am arra de los p es­ cadores o lekeitianas, utilizados en el m edio urbano com o uniform e de grupos culturales y so ciales y, es que a m enudo, la im p ortan cia de los pequeños detalles trascien d e, pasando de se r distintos a distinti­ vos.


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le í m i t c r i c í d i r a tU LAS MATERIAS PRIMAS DE CARÁCTER VEGETAL O A N I­ MAL. ENTRE LAS QUE CABE DESTACAR EL LINO Y LA LANA. HAN SIDO FUNDAMENTALES EN LA TEXTURA Y CONFECCIÓN DE LA INDUMENTARIA EN GENERAL Y DEL TRAJE POPULAR. EN PARTICULAR EN EUSKAL HERRIA. A ESTAS MATERIAS AUTÓCTONAS SE HAN IDO AGREGANDO, CON EL TIEM ­ PO, UNA GRAN VARIEDAD DE TEJIDOS FORÁNEOS EN SEDA Y ALGODÓN, FRUTO, PRIMERO, DE LA IMPORTACIÓN CO' MERCIAL Y A PARTIR DE MEDIADOS DEL SI­ GLO XIX, DEL ASENTA­ MIENTO Y DESARROLLO DE LA INDUSTRIA TEXTIL EN EL PAÍS.

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as pieles de animales han sido ^ una de las más antiguas mate­ rias utilizadas en la elaboración del vesti­ do desde los albores de la humanidad, producto de la caza y de los modos de vida dedicados a la ganadería y el pasto­ reo. En Euskal Herria estos modos de vida han sobrevivido hasta nuestros días en las zonas montañosas y resultado de ello son ciertas prendas de abrigo como los zamarros -espalderos- y zagones delanteros- utilizados por los pastores, y la abarka, conver­ tida en el calzado más repre­ sentativo del traje popular vasco, al extenderse su uso al ámbito rural. La abarca está elaborada en cuero crudo, preferente­ mente en piel de vacuno, a partir de una forma trapezoi-

dal cuyas ángulos delanteros se cosen para conformar la puntera, doblando el resto hacia arriba, ribeteándose el borde con una bastilla para fruncirlo y colocan­ do unas gazas para las cuerdas -traüak-, con las que se atan a la pierna. La intro­ ducción, después de la I Guerra Mundial, de nuevos materiales como el caucho, posibilitó la fabricación industrial de abarcas de goma, extendiéndose rápida­ mente su uso a espacios húmedos y mo­ jados como los puertos de pesca y las conserveras, cu­ briendo con ellos los pies de aquellos que durante genera­ ciones habían trabajado des­ calzos. La referencia histórica más conocida del uso de la abarca entre nosotros se ha­ lla en el sobrenombre del rey

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Sancho Garcés II (970-74), conocido como Sancho Abarca por haberla utiliza­ do como calzado para cruzar rápidamen­ te el Pirineo nevado y socorrer Pamplona, sitiada por los musulmanes. Aunque, pro­ bablemente, el verdadero elemento que permitió tan rápida marcha fueran los barajones o raquetas -zatak-, colocados

bajo las abarcas evitando que éstas se hundieran en la nieve. Poco después, Aymerich Picaud en su Guía del Peregrino, incluida en el libro V del Codex Caíixtinus (1139), volverá a mencionarlas en la descripción que hace de nosotros: "Navarros y vascos tienen caracterís­ ticas semejantes en las comidas, el ves­


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tido y la lengua, pero los vascos son de rostro más blanco que los navarros. Los nava­ rros se visten con ropas negras y cortas hasta las rodillas como los escoceses y usan un tipo de calzado que llaman abarcas, hechas de cuero con el pelo sin

curtir, atadas al pie con correas y que sólo envuelven las plantas de los pies, dejando al descubierto el resto. Gastan, en cambio, unos mantos negros de lana que les llegan hasta los codos, con orla, parecidos a un capote, y a los que llaman sayas".

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/ as sayas o mantos de lana mency donados por A. Picaud son el an­ tecedente de las prendas de abrigo utilizadas por pastores y carboneros en las zonas montañosas del país que han llegado hasta nuestros tiempos con el nombre de capisayo -kapusai- Esta prenda, realizada en piel o lana de ovino, es una vestidura larga y recta con abertu­ ra central para introducir la cabeza, abier­ ta por los costados con mangas colgantes y, a modo de choto, una capi­ lla puntiaguda. Prenda que, con el nombre de “ságos'', describe Estrabón (s. I a C) en su obra Ceographiká como la prenda masculina de los "ouásicones y el Pyréne" y que, con ligeras variaciones, ha pervivido durante toda la Edad Media y Edad Moderna.

La lana de oveja transformada en hilo, natural o teñido, ha sido la materia prima preferida por los vascos para la confección de sus prendas de abrigo, bien tejida en telares artesanos, bien por medio de agu­ jas dentro del contexto doméstico. En los telares artesanales, denominados pelaires y marragueros -kapain-, se tejían piezas de lana que después se batanaban, para la posterior confección de trajes, capas, capi­ sayos, chartesas y chamarras, chaquetas, calzones, faldas y peales -jantziak, kapak, kapusai, txartesak eta tsamarrak, jaka, gaítzak, gonak eta mantarrakLos trajes de paño mascu­ linos que, en general, se ha­ cían con motivo de la boda, con pequeños arreglos aquí y allá, acompañaban a su due­ ño hasta el fin de sus días.

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Estos trajes eran de color pardo, marrón o negro, compuestos por chaquetas y chamarras de diferente hechura, calzón o pantalón con bragueta de trampa central -prakamantaía- sujeto por faja -gerríko- de color, colocados sobre la camisa alkondara- y el chaleco -txalekoa-. Esta última prenda solía ser la más vistosa de todo el conjunto, elaborada, en general, en ricas telas forá­ neas como la seda o el terciopelo, y enga­ lanada, en algunos casos, con botonadura de plata. El traje exigía la cabeza cubierta con sombrero, siendo amplia la variedad de modelos existente aunque destacando entre ellos la montera -arana-tsape/-que por su ala ancha y afilada hacia delante, fue llamada por sus contemporáneos tx/mistarren-contra-cua, que quiere decir pararrayos. La supervivencia de algunos de estos trajes a lo largo del tiempo los ha con­ vertido en característicos de una zona o comarca, como el arratiano o el de los valles pirenaicos de Navarra. Su principal diferencia radica en la diversidad de mo­ delos de chamarras o chamarretas que lo componen, algunas desaparecidas como las gipuzkoanas, que tenían aplicaciones de terciopelo polícromo o finos borda­ dos, otras circunscritas a una franja de la costa, como las "lekeitianas", en bayetas de vivos colores y ribeteadas con trenci­ lla, inmortalizadas por nuestros pintores, o las navarras de paño cuya tonalidad servía para conocer el estado civil de su portador, ejemplos claros de esa riqueza interna que el traje tradicional ha tenido en otras épocas. Entre las prendas que se confecciona­ ban en paño y considerada como la más elegante del traje masculino, la capa kapa-, que entraba a formar parte del vestuario al contraer matrimonio y ad­ quirir el carácter de cabeza de familia etxekojaun- Se utilizaba sobre el traje de vestir, siempre acompañada de un som-

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PASTOR. D E O Ñ A TE. ES D E D E ST A C A R EL T X A N O Y LOS M A N T A R R A K . T E JID O S EN D O S T O N O S D E LA N A F O T O : JE S Ú S ELO SEG I IRAZU STA

brero. generalmente de copa, para asistir a las ceremonias solemnes y a los corte­ jos de duelo. Esta prenda es también sím­ bolo de jerarquía social, pues con ella se vestían los miembros de las cofradías y corporaciones locales así como los repre-

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EM A K U M ES EN B A IO N A . 1930 ■LAVUELTA A EU Z K A D l" H O M B R E C O N C A PISA YO G RA BA D O : P- BR IN C A S

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►► PASTO R G RA BA D O : B. S O R IA N O M U R ILL O

sentantes a Juntas Gene­ rales. Consustancial al poder, pero también al traje masculino, ha sido la vara -makila-, del que forma parte tanto en sus m anifestaciones ceremoniales como en las labo­ rales o de diario. Dentro del ám­ bito familiar, la ela­ boración de prendas de lana con agujas ha teni­ do también una larga y continuada tradición, siendo una labor reali­

zada tanto por hombres como mujeres. Elementos como los calcetines -galtzetinak- en color natural, negro o bicolor, para llevarlos con las abarcas, pero tam­ bién las chaquetas y jerséis, entre los que cabe destacar los elásticos -kaiku-, se han confeccionado por toda la geografía de montaña. Estas chaquetas con abertu­ ra delantera, cuello a la caja, bordes re­ matados con cenefa bicolor de decoración geométrica y atados median­ te cordones y borlas derivaron, en los años treinta del pasado siglo, en los kaikus ó mendigoizales que, ornados con dibujos de lauburus o los escudos de los siete territorios -Zazpiak-Bat-, se convir­ tieron en prenda reivindicativa abertzale de varias generaciones del medio urbano. A finales del siglo XIX se puso de moda una variedad de elástico, de fabricación industrial, denominado chaleco de Baiona por ser ésta la ciudad de origen, aunque también se confeccionó a este lado de la frontera -Fabril Lanera de RenteriaEstas chaquetas, de cierto empaque, estaban confec­ cionadas combinando varios puntos -espiga, punto tonto, lisomuy bien trabajados y compactos, con una he­ chura larga hasta la ca­ dera, cruzados con doble botonadura, peque- > ñas so­ lapas y manga larga. O t r a prenda que en origen fue teji­ da con cuatro agujas es la boi­ na -txapela-, gorro redondo de una pieza remata­ do en su centro


con un rabillo -txurtena- y borde rehun­ dido al interior, tricotado con lana de ove­ ja natural o teñida en el entorno familiar, y posteriormente batanado o fleltrado para enmascarar el tipo de punto. La boina, utilizada en Zuberoa al me­ nos desde el siglo XVII, se generalizó en la parte peninsular con la primera guerra carlista, magníficamente encarnada en la figura del general ZumalakarregI, quién cubría su cabeza con una boina de amplio vuelo. Sus múltiples cualidades textura, color, versatilidad y bajo preció­ la convirtieron rápidamente en el tocado preferido de los jóvenes e inclu­ so de los adultos, relegando los sombre­ ros para el traje de ceremonia y fabricándose industrlalmente, a partir de mediados del siglo XIX, en diversos pun­ tos del país -Tolosa, Balmaseda, Azkoitia- y en el Bearn francés -Oloron, Nay-. Su perfecta adaptabilidad al gusto y comodidad de quien lo lleva permite un sinfín de maneras a la hora de colo­ carla sobre la cabeza, y hay quién en ello ve reflejado el carácter de su portador, pero de lo que no cabe duda es que la boina, a pesar de su tardía implantación, es el símbolo por antonomasia de la fi­ sonomía del vasco. La boina, desde la encogida y escasa -soso-kabi-, relegada para el trabajo, a la airosa y de vuelo para salir a la calle, ha sido blanca, roja, azul y negra. Será la boina de este último color la que se ge­ neralice con la industrialización, pero las fuentes históricas nos remiten a la de color azul, una tonalidad muy arraigada en la estética vasca, aunque también sig­ no de fracciones ideológicas, al igual que el blanco y el rojo de las disputas carlis­ tas. En la actualidad, las rojas forman parte de los uniformes festivos, de los grupos de danza y de las fuerzas del or­ den, la negra sigue siendo la reina entre quienes la han llevado tradiclonalmente, y la azul “ Bilbao" es la elegida por aque­ llos que pasean sus años con coquetería por calles y plazas.


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\ cultivo de la pianta dei lino y su ^»«■^transformación en hilo es un pro­ ceso largo y penoso que se realizaba en el ámbito rural, habitualmente en régi­ men de vecindad -auzolan- para des­ pués ser enviado al tejedor, normalmente un profesional, que en función del desti­ no que se iba a conferir al lienzo -ritual, doméstico, vestido-, lo enriquecía con un mayor número o combinación de ur­ dimbres, tramas y colores. Con el lino se confeccio­ naba la ropa interior femeni­ na: camisa -atorra-, camisa corta -atorra-motza-, corpiño -gonauntza-, enagua gonazpikoa-, así como los pañuelos -zapiak- y delanta­ les -mantalak- En el caso de la indumentaria masculina el tejido de lino se utilizaba

para la confección de gran parte de su vestuario: camisas -alkandorak-, cha­ quetas -jakak-, chalecos -txalekoak-, fa­ jas -gerrikoak-, calzones -galtzak- y pantalones -prakak- así como algunas prendas específicas para el trabajo, como las blusas de los tejedores y las largas vestiduras de los ferrones. Sí. “el vasco de lino trabajaba, de lino bailaba, de lino comía y de lino ... mo­ ría", se puede decir que el vestido mas­ culino de mayor carácter y también el más genérico ha sido el de lienzo, compuesto por amplia camisa larga con pechera y un calzón ó panta­ lón blanco, ambos de lino, sujetos por una faja -gerriko-. Este conjunto, adere­ zado con chalecos, boinas, pañuelos, medias, cintas de

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EN DIM A, BRA U LIA PU JA N A G O LP EA N D O EL L IN O C O N U N M A ZO D E N T R O DEL PRO C ESO DE C O N V E R T IR L O EN FIBRA T EX T IL FO T O : lA RA TZU ET N O G R A FIA TA LD EA

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color y alpargatas, ha llegado hasta nues­ tros días como uniforme de danzantes y pelotaris, calificados ya en 1824 por Iztueta, como "pulcros, hermosos y ele­ gantes". Esta vinculación nos retrotrae en el tiempo y nos habla de épocas en que los protagonistas de ambas manifes­ taciones culturales no eran profesionales, sino jóvenes de la localidad que compar­ tían su tiempo entre el trabajo y la diver­ sión, en actividades a las que asistían vestidos con su ropa de diario, elaborada con el tejido generado en el seno de la familia -eíxeDe entre las prendas de lino femeni­ nas destacaremos el pañuelo de lienzo para cubrir la cabeza -^uruko zapia-, por considerarla como la prenda más repre­ sentativa de su traje. Su uso se dilata, ai menos, a los inicios de nuestra era, ya que Estrabón lo recoge en su Ceographiká. aunque será en la Edad Media cuando su apariencia corniforme lo convertirá en objeto de atención y re­ probación. El uso de estos to­ cados -tontorrak- se mantendrá hasta mediados del siglo XVIII tal y como lo recoge J.R. Iturriza en su Historia General de Vizcaya...: "Es rara la mujer que lo trae al presente y dentro de poco ninguna usará: únicamente vi traerle el año pasado de 1783, en la fiesta


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DANTZAR.IS EN LEITZA, 1957 FO T O : )M . M.

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de la Asunción de Ntra. Señora de Cenarruza a la mujer del fiel de Arbacegui".A partir de este momento, la hechura y el volumen del tocado se sim­ plifican, pierde sus formas corniformes, pero mantiene la variedad geográfica en cuanto a su aspecto, evolucionando y transformándose en el blanco pañuelo de cabeza o sabanilla -buruko-zapia- o buruko-zuría- utilizado a lo largo del si­ glo XIX y primer cuarto del XX. La transición hacia el traje moderno alcanzará también al cabello de las don­ cellas, que lo dejarán largo y atado a la

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espalda con lazos, en una o dos trenzas, mientras que las casadas recogerán su pelo en un moño y lo cubrirán entera o parcialmente con un lienzo cuadrado do­ blado por la mitad en triangulo, adere­ zándolo según el gusto y la habilidad personal. Genéricamente, se puede decir que la manera de colocar y atar el pa­ ñuelo cubriendo la cabeza entera o par­ cialmente, dependiendo de los distintos territorios geográficos de Euskal Herria, ha conocido diferentes hechuras y volu­ men, desde el motto de Iparralde que se ciñe al rodete del moño en la nuca, pa­ sando por las elevadas en altura, hasta las más heterogéneas de gran vuelo y tela anudadas sobre la cabeza, dejando dos o tres puntas al des­ cubierto. Tras la moda de los pañuelos en color a base de listados, peque­ ños cuadros y motas, de finales del siglo XIX, la última genera­ ción de muje­ res que ha llevado la ca­ beza cubierta lo ha sido de color negro, al igual que su traje, de­ bido al esta­ do de viudedad y edad avanzada de la mayor parte de ellas, aunque en zonas como el Goierri gipuzkoano y el Valle de Arratia en Bizkaia, las mujeres ancianas de la generación anterior siguieron lle­ vando el pañuelo blanco frente a sus hi­ jas que cubrían la cabeza sólo con negro y las más jóvenes, que ya no llevaban ningún tipo de pañuelo y se hacían la permanente.

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/ OS trajes en el mundo tradicional ^ 7 vasco se han confeccionado en el seno de la familia o por costureras y sas­ tres locales, utilizando materias primas autóctonas y telas manufacturadas com­ pradas en las tiendas o las ferias, por su buena vejez y vistosidad, para posterior­ mente realzarlas con labores de costura y bordado. A ello hay que sumar los produc­ tos como el calzado, los sombreros y los complementos, como el mantón y el pa­ ñuelo, imprescindibles en los trajes de ceremonia, que eran adquiridos en el comercio. Pero el traje es también el vestido con el que nos cu­ brimos diariamente y aquel con el que nos engalanamos cuando somos partícipes de algún acto social o ceremo­ nial. Por ello, diferenciare-

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mos entre ambos, siendo el primero más sencillo y desenfadado, formado por la combinación desordenada o incompleta de prendas envejecidas y remendadas y, correspondiendo el segundo, al traje que conocemos como de “vestir", un traje de buen paño, bien conservado y completa* do con las mejores galas -galak- del ajuar, normalmente recibidas al casarse. La revolución industrial, y en particu­ lar la implantación de la manufactura al­ godonera y lanera en el país, asentada en el siglo XIX prin­ cipalmente en torno a los cursos fluviales de Gipuzkoa, generará la introducción ma­ siva de tejidos resistentes como las indianas, percales, sargas, driles y lanillas, así como el desarrollo de nuevos colores y estampaciones a un

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precio asequible, permitiendo a la indu­ mentaria tradicional adoptar nuevos modos de expresión. Con ellas se confeccionaron los vesti­ dos de las mujeres, llenos de vivo colori­ do, a base de cuerpos ceñidos o anchos: jubón -jipoia- chambra -txambra- o chaqueta -jaka-, usualmente a juego con una falda -gona- larga y amplia, co­ locados sobre la ropa interior y el refajo -azpiko-gona-áe bayeta en color. El conjunto se combi­ naba, en su parte externa, con un pa­ ñuelo -lepokoa- en el escote y un delan­ tal -m aníala- sobre la falda, utilizando como prenda de abri­ go los mantones mantuak- y calzando medias -galtzerdiak- y zapatos -zapatak-, que eran sustituidos, en el día a día, por calceti­ nes -galtzetinak- y abarcas -abarkak- o las estivales alpargatas -espartzinakOtras prendas, im­ puestas a las mujeres por la autoridad eclesial desde épocas tem­ pranas, aunque muy contestadas en el País Vasco hasta la pérdida de los Fueros, fueron las mantillas -mantelina-, coloca­ das sobre la cabeza con pañuelo, así como los mantos o capas como la kaputcha -kaputxina-, utilizadas, en exclusivi­ dad. para el duelo y el luto en Iparralde. Es, en este periodo, cuando el negro en el vestido, además de una señal de luto, su­ pone, a efectos de moda, elegancia y dis­ tinción, siendo por ello el color elegido para la confección de los trajes de boda, solo animados por el blanco pañuelo de cabeza y el mantón estampado. El mantón -mantua- ha sido, desde antiguo, prenda de abrigo para las mujeres y está presente en los roperos al me-

nos desde la Edad Inedia, en que ya aparece reproducido en los libros de trajes relativos a nuestro país. A partir del siglo XVIll, el mantón se convierte en un com­ plemento del traje femenino elegante, quedando por ello sujeto a los vaivenes de la moda. Modas que, aunque con re­ traso, se impusieron también en nuestro traje tradicional, apareciendo así, junto con los mantones de paño fino liso y bor­ dado, los mantones de Cachemira, fabricados en Gran Bretaña, y los de Manila, traídos por los marinos directa­ mente de sus lugares de origen, para sus madres y novias. El uso de las te­ las de algodón tam­ bién introdujo cambios en el traje masculino, siendo sustituidas, las ca­ misas de lino por las de percal -tela de algodón blan­ ca o pintada más o menos fina, pero de escaso precio-, y los pantalones de paño por los de dril -tela fuerte de hilo o de algodón crudos- o estambre de sarga -tela cuyo tejido forma unas líneas diago­ nales- en tonos azul, negro, gris y marrón con listados. Estos pantalones "mil rayas" se utilizaron con todo tipo de prendas su­ periores, camisas y chalecos, elásticos y blusas, en general para la vida diaria o el asueto. En los años treinta, este pantalón a base de finas rayas azules sobre blanco, a menudo con franja de color azul en los laterales, y confeccionado en una clase más fina de algodón, primero, y de tergal, después, fue adoptado por los montañe­ ros -mendigoizales- y los urbanitas como pantalón fresco para el verano. La blusa -brusa- será otra de las prendas masculinas de algodón que ten-


M A T R IM O N IO D E Z E A N U R l EN EL A Ñ O 1900


drá una gran expansión en este periodo, a partir de las ya cono­ cidas negras de satén -tejido parecido al raso-, las largas utilizadas por los tratantes de ganado, y las cortas y ele­ gantes con cierres de plata o pasamanería de los labortanos y suletinos. Las amplias blusas de un solo color -azul o negro-, con cuadritos azules o rayadas, cerradas hasta el pecho o abiertas, cortas o largas, se utilizaron como guardapolvo sobre la camisa tanto en el trabajo como en los días de fiesta, ya que su holgura las convertía en una prenda muy cómo­ da, fresca y versátil. Aunque su uso en el ámbito tradicional se perdió hace más de dos generaciones, se ha seguido utilizan­ do como prenda apropiada para ciertas efemérides invernales relacionadas con el mundo rural -Feria de Santo Tomás, Santa Águeda...- y, a partir de 1987, como uniforme festivo de las cuadrillas de Vitoria-Gasteiz en la festividad de La Blanca, el 4 de Agosto. Un último elemento en algodón que, aun hoy, no puede faltar en la plaza pú­ blica, sin distinción de edad y género, es la alpargata -ezpartzina- Este calzado, desde su introducción en el siglo XIX con la implantación de la industria alpargate­ ra a ambos lados de la muga, se ha con­ vertido en el más genuino y extendido, por su flexibilidad, bajo coste y colorido. Las alpargatas, preferentemente blancas, lisas o decoradas, se compraban en pri­ mavera en la feria y tenían que durar toda la temporada sin romperse, condi­ ción difícil de cumplir si quien las utiliza­ ba era aficionado/a a las romerías o al frontón. En la actualidad, las alpargatas, en especial las femeninas, han sucumbi­ do a la moda y se han convertido en un coqueto calzado veraniego con tacones, cintas y adornos que varían cada tempo­ rada, mientras que en nuestros pueblos,

al llegar el verano, seguimos acercándo­ nos a los pocos talleres artesanos que aun nos quedan, como el del azpeitiarra Julián Iruretagoyena, a comprar las alpar­ gatas de siempre, con o sin revestimien­ to de goma, según sean para bajar a las rocas a pescar, o calzarlas en San Juanes, Magdalenas y Andra-Maris. Las guerras, las carlistas del siglo XIX, primero, y la civil de 1936, después, han sido la última espoleta en la transforma­ ción del traje popular, ya que la pobreza, desolación y muerte que trajeron con ellas, llenó las casas de oscuridad y las ropas se tiñeron de negro para sucesivas generaciones. De ese color ha sido el tra­ je de nuestras amonak y aitonak, vesti­ dos de luto o semi-luto con, en ocasiones, la única nota de color del blanco pañuelo de cabeza de las mujeres y las niveas camisas de los hombres. Con ellos desaparecieron los últimos trazos del traje popular, los femeninos forma­ dos por el negro pañuelo de cabeza, la marínela o txambra a juego de la falda corta moteada con delantal negro y cal­ zado sobre medias oscuras de algodón, y

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los masculinos integrados por la txa­ pela, el traje de chaqueta comprado de serie en el comercio: chaqueta, chaleco a juego y pantalón con bragueta de tapeta -erderazko kaltzak-, camisa de percal con botonadura cerrada hasta el cuello sin corbata y calzado de cordones sobre calcetines oscu­ ros. A este periodo corresponde, en el país vasco peninsular, la intro­ ducción masiva del mahón o "azul Vergara” -tela fuerte y fresca de algodón escogido- para la confec­ ción de prendas de trabajo, en ori­ gen destinados al mundo obrero pero integrado rápidamente en el ámbito rural y también entre las gentes del mar, uniformizando con ello el aspecto que anteriormente singularizaba a sus gentes e, incluso, [os géneros, ya que también sedujo a las mujeres que lo adoptaron para su traje de diario. Este es el traje que en los años sesenta derivó en el prototipo del vestuario para acudir a las fiestas de devoción marinera, identifi­ cándolo con el traje tradicional que ves­ tía la población de las villas costeras. Un traje enriquecido con anacrónicas ena­ guas de puntillas, en el caso de las muje­ res, y pañuelos al cuello en el de los hombres, posiblemente apropiados con las actuales formas de la fiesta, pero también contrarias al sentir de sus últi­ mos usuarios, ya que tanto ella^ como ellos tenían mejores galas para vestir que el traje de faena. En el presente, tanto las materias pri­ mas autóctonas como las tradicionales técnicas textiles han desaparecido, aun­ que artesanos como Olga Uribe se suce­ den en su recuperación a partir de las colecciones de los museos etnográficos del País como el Museo Vasco de Bilbao y el Museo San Telmo de San Sebastián, y los bordados de punto de cruz con mo­ tivos vascos son descubiertos por manos

que sólo co­ nocían el petit-point. De igual manera, los últi­ mos ves­ tigios fabriles se han convertido en museos -Fábrica de Boinas La Encar­ tada en Balmaseda- o se han reestructu­ rado para la fabricación de productos

á k M U JE R V E S T ID A D E D U E L O EN IP A R R A LD E Á

D IB U IO D E JO S É A R R U E

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M A R IA IB A R R O N D O , A LO S 81 A Ñ O S DE ED A D C A M IN O D E LA IG L E S IA (O R O Z K O 1967-1969)

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T R E S M U JE R E S S U B IE N D O DE R O M E R ÍA A SAN JU A N D E B E R B IK E Z (G O R D E X O L A )

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domésticos de alta gama -Ona Tiss en Donapaleu o Euskal Unge en NavarraIniciativas todas ellas que, junto con otras más rompedoras, como la fábrica de dibujos Kukuxumusu, han abierto las puertas a una nueva manera de explorar y reinventar nuestra tradición. El traje popular vasco ya no forma parte de la vida cotidiana de nuestros pueblos y valles e, incluso pervivencias como la txapela, cuyo uso ha sido habi­ tual al margen de estatus y modas hasta hace una generación, está quedando re­ legada a las cabezas de nuestros mayo­ res, como ya sucediera en los años sesenta del siglo XX con el tocado de las mujeres. Sin embargo, en la actualidad, inmersos en una sociedad globalizada. estamos asistiendo a una pujante recu­ peración del traje popular como vestido ceremonial y festivo, con la reproducción doméstica o fabril de una gran variedad

de trajes autóctonos, desde el interés por reivindicar la pertenencia al "Pueblo que baila al pie de Auñamendi", parafrasean­ do a Voltaire. Una regeneración y reinter­ pretación del traje popular que no hubiera sido posible sin el importante esfuerzo realizado por los grupos de dan­ za en los difíciles años de la dictadura y la transición, ya que a ellos se debe la re­ cuperación y difusión de bailes y músicas rescatados del olvido en los diferentes territorios del país y, por derivación, de los trajes que debían acompañarlos. En esta particular recuperación del patrimo­ nio textil queremos homenajear a los casi centenarios Museos Etnográficos de Baiona, Bilbao y Donostia, ya que con sus esplendidas colecciones nos permi­ ten conocer mejor y más ampliamente la cultura de nuestro Pueblo. KARMELE GDÑIY AMAIAMUJIKA GOflI


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Tfno.: 94 672 12 00

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Fax: 94 672 00 92


texto y fotos «ANA MARTÍNEZ SALCEDO

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Sigillata hispánica de Tritium Magallum i\ u

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Hasta hace veinticinco años poder hablar del período rom ano en la franja costera del País V asco peninsular, de m anera especial en Bizkaia, n o era tarea fácil. La ausencia de elem entos arq ueológicos de cierta envergadura, frente a la

Edificio con patio porticado

sola presencia de escasos hallazgos cerám icos, n um ism áticos y epigráficos, dejó acuñada, en la creencia popular, la idea de q u e Roma nunca pisó este territorio y si lo h izo fue de una m anera superficial.

P O R S U P A R T E , LA IN V E ST IG A C IÓ N

arqueológica estuvo hasta entonces es­ trechamente vinculada al estudio de la Prehistoria condicionando, de manera no­ table, el estado del conocimiento en tor­ no al período romano. En este sentido fueron excepcionales las excavaciones lle­ vadas a cabo por B. Taracena y A. Fernández Avilés, así como los estudios epigráficos de M. Gómez Moreno, A. Rodríguez Colmenero y C. Carreño, por poner algunos ejemplos. Sus aportaciones


fueron puntos de luz por los que comen­ zar a orientarse en el camino de la inves­ tigación sobre la Edad Antigua en Bizkaia. En los años ochenta de la pasada centuria, la investigación arqueológica tomó un nuevo rumbo al compás de una nueva generación de arqueólogos intere­ sados en el análisis no sólo de la Prehistoria. El abanico se fue abriendo dejando paso a nuevas vías de trabajo, desde la Protohistoria hasta el período

industrial, con resultados, sin duda, esti­ mulantes. El descubrimiento del poblado romano de Forua se inserta en aquella dinámica, en los inicios de esa etapa, hace veinticinco años. Desde entonces y hasta hoy, su estudio sistemático ha sido clave para comprender mejor el proceso de romanización y la evolución del poblamiento en Bizkaia, entre los siglos I a. C. al V d. C. Las ideas expuestas en este artículo son fruto de esa labor.


El núcleo principal del yacimiento está localizado sobre la colina de Elexalde Hasta ahora, se han localizado 9 estructuras aunque 2 se han vuelto a tapar

Extensión original 60.000 m-

Extcnsión excavada 10.000 m-

Estructuras localizadas

1 H a b ita ció n en el s. l y l l . s o convirtió en tíiller metalúrgico en el

s.III

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2 T aller de foija en el s.ll, convenida en cabaña en el s.lll

3 Edificio oficial o

cuartel (principia) de control de tráfico en hi ría en el s.ll v terrería enei s.lll


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A N T IG U O PU ERTO

5 Restos dcl expolio del s.XV III para construir un caserío

6 V ivienda o almacén dels.II

7 Ciran edificio de almacenes

y talleres con varios recintos en torno a un patio | ^ Planta de 560 ni“ ' í


MAR CANTÁBRICO Vía M aris

Plentzia

Flavíobriga Castro Urdíales I Berreaga

Peña Samano J ' Pico Moro

Vía Maris

Erenuko Aritzl

° Sagaztiqorri Lekeltio Santimamiñe o d , . . , oAurtenetxe. a FORUA llu n tz a r,, Lumentxa Arrola

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peña Forua

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Vía Pisoraca Flavíobriga

LA INTEGRACIÓN DEL CANTÁBRICO ORIENTAL EN ROMA la red de comunicaciones

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Bermeo ■ Portuondo '

Para poder comprender mejor el carácter de la romanización del Cantábrico orien­ tal hay que tener en cuenta dos Impor­ tantes condicionantes. Por un lado, la tardía integración de su territorio en el mundo romano y, por otro, su propia si­ tuación geográfica que fuerza su inser­ ción -entre los siglos I al V d. C.- en los circuitos comerciales del área del Golfo de Bizkaia, el llamado Sinus Aquitanicus. Los autores clásicos proporcionan al­ gunos datos para suponer la existencia de contactos directos entre el mundo indíge­ na y el romano en torno al período de las Guerras Cántabras (26-19 a. C.). En este

10 Km

Castro

□ Cueva

Poblado

sentido, Orosio menciona la in­ tervención de la flota de Aquitanla con desembarcos en las costas, tras las líneas Indígenas. Sin embargo, no se conocen aún asen­ tamientos que aporten re­ ferencias cronológicas al respecto. Tal vez futuros tra­ bajos en lugares como trún la antigua Oiasso- y Castro Urdíales -conocido como Portas Amanas e Identificado con Flavíobriga- permitan documentar niveles augusteos -correspondientes a la época del principado de Octavio Augusto (27 a.C.-14 d.C.)-, donde ya se conocen materiales de la primera mitad del siglo I d. C. -época de Tiberio-. Por otro lado, el esquema principal de las comunicaciones queda establecido y consolidado en esta etapa. La calzada Ab Asturicam Burdigalam, cruzando la zona norte de Álava; la vía Tarraco-Oiasso, pa­ sando por Pompaelo] la nueva vía Pisoraca-Portus Amanum y la Via Maris, enmarcan el espacio geográfico del País Vasco peninsular. Por su parte, siguiendo los pasos tradicionales, se formaría un


Bermeo

Ogoflo

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ElantxQbe ■ .

Busturia

LA CREACIÓN DE NUEVOS NÚCLEOS DE POBLACIÓN en la costa

Arteaga E re ñ o zar

Kortezubi Orna

sistema de caminos y vías flu­ viales que serán bási­ cos en su proceso de inserción en el mundo romano. Pero no será hasta la finalización de las Guerras Cántabras (19 a. C.) cuando nuestra región geográfica pueda considerarse definitivamente inte­ grada en Roma. Será entonces cuando la situación de paz creada tras el largo con­ flicto que condujo a la conclusión de la conquista de Hispania, permita estable­ cer las condiciones necesarias para la consolidación definitiva de su presencia. Ésta se plasmará en la creación de los nuevos núcleos de población que comen­ zarán a surgir en el entorno del Cantábrico oriental, a partir de época Julio-Claudia (27 a. C.-68 d. C.}. Unida a la nueva situación de paz, la implantación y consolidación de la red de comunica­ ciones marítimas, terrestres y fluviales facilitaría, sin duda, el proceso.

La llamada Via Maris, identificada con el mar Cantábrico, constituiría, a través de la navegación costera, uno de los cami­ nos fundamentales para la penetración del contingente humano y material. Así. bajo la influencia de las primeras funda­ ciones urbanas como Portus Amanum y Oiasso irán surgiendo por todo el litoral en época Julio-Claudia nuevos enclaves: Forua, Bilbao, Plentzia, Portuondo -entre Mundaka y Sukarrieta-, Bermeo, Lekeitio, Getaria, Zarautz, San Sebastián... Todos ellos, por su situación geográfica en la costa, jugarían el papel de núcleos de población vinculados con el tráfico marí­ timo y la navegación de cabotaje o flu­ vial, así como con los resultantes de la actividad pesquera y su transformación en conservas y salazones, pero también con la explotación y comercialización de los recursos naturales del entorno: mine­ ría y metalurgia del hierro y, en el caso de Peñas de Aia, en Gipuzkoa, de la gale­ na argentífera. No es casual, por tanto, que los pri­ meros centros de población documenta­ dos sean costeros o se encuentren próximos a las rías que, en sentido Norte-Sur. jalonan el territorio, permi­ tiendo, por su posición, el acceso a las tierras del interior desde el litoral. Su si­ tuación les permitió, por un lado, formar parte de las redes comerciales vinculadas con el activo Arco Atlántico y, por otro, ejercer como cabezas de puente para la distribución de productos tierra adentro.


El período de la dinastía Flavia (69-96 d. C.) supuso la consolidación definitiva de las conquistas llevadas a cabo durante la primera mitad del siglo. La política integradora de sus emperadores, destacando entre sus actuaciones la concesión del lus Lata -el derecho latino- a todos los habi­ tantes libres de Hispania por parte de Vespasiano (69-79 d. C.), facilitaría, sin duda, el sostenimiento de un desarrollo continuado de los núcleos de poblamiento creados años atrás. Un reflejo del dina­ mismo que caracteriza a esta etapa y que, de manera directa, tuvo que afectar al

ámbito geográfico que nos ocupa, fue la creación de la colonia Flaviobríga en el antiguo Portus Amanum. El estudio ar­ queológico permite reconocer en los asentamientos costeros del Cantábrico oriental una vida floreciente a lo largo de este período. Por lo que se refiere a Bizkaia, el estudio en el poblado de Forua revela que buena parte de sus edificios fueron levantados en estos años y los ele­ mentos muebles recuperados en ellos, po­ nen en evidencia la fluidez y riqueza de los intercambios comerciales y culturales durante esta etapa. ^


EL ABANDONO PROGRESIVO DE LOS CASTROS la form ación de núcleos a media ladera

La segunda centuria, sobre todo durante el período de dominación de la dinastía Antonina {96 d. C.-192 d. C.), supone una etapa de continuidad en el desarro­ llo de estas comunidades en las que la actividad prosigue con el mismo vigor a lo largo del siglo II d. C. En estos años, el proceso de transformación de la so­ ciedad indígena, iniciado al filo de las Guerras Cántabras, concluirá a principios de la segunda centu­ ria. Es el momento en el que

las evidencias arqueológicas en los castros desaparecen, a la par que comien­ zan a surgir nuevos núcleos de poblamiento, alejados de la costa y del fondo de los valles e instalados a media ladera, en las proximidades de antiguos castros indígenas. De esta nueva moda­ lidad de ocupación, originada en el pro­ ceso de interrelación entre el mundo indígena y el romano, surgirán en Bizkaia lugares como San Juan de Momoitio (Garai), Santo Tomás de Mendraka (Elorrio), San Martín de Fínaga (Basauri), San Pedro de Elorriaga (Lemoa), Paresi (Busturia), Jainko (Arrieta), Mesterika (Meñaka), Gerekiz (Morga) y Abrisketa (Arrigorriaga) entre otros, situándose todos ellos en el nexo entre el mundo prerromano y el altomedieval. La localización en estos encla­ ves de materiales arqueológicos de época romana -ajuares cerámicos, ne­ crópolis y epigrafía funeraria-, cuya cro­ nología en su conjunto puede situarse entre los siglos II al V d. C., avala la pre­ sencia de estos poblados.


Taller de foija de hierro

Edificio con patio porticado

LA EXPLOTACIÓN DE MATERL\S PRIMAS los intercambios comerciales

La vida económica de estos núcleos de población estaría animada por un siste­ ma en el que la explotación de los recur­ sos naturales -minería del hierro, explotación de las canteras o aprovecha­

Taller metalúrgico

miento de los recursos agropecuarios-, la exportación de los productos deriva­ dos de estas actividades y la importación de bienes de consumo, crearían la base de un dinamismo que vería su momento de mayor florecimiento entre la segunda mitad del siglo I y el siglo II d. C. El inicio de la actividad metalúrgica en Bizkaia se sitúa en el fin del siglo I y los comienzos del siglo II d. C., período al que corresponde una estructura relacio­ nada con actividades siderúrgicas locali­ zada en el castro de Berreaga (entre Mungia y Camlz-Fika). Por otro lado, la abundancia y riqueza del potencial metalúrgico en la comarca de Las Encartaciones ofrece magníficas posibilidades para suponer la localización


en este entorno de un importante com­ plejo de explotación y transformación del mineral de hierro a partir, sobre todo, de época Flavia. Su proximidad geográfi­ ca a Fíaviobríga y la consolidación de las comunicaciones con el interior, a través de la vía Pisoraca-Flaviobriga. permitirían a la nueva colonia jugar un papel deter­ minante en el control, desarrollo y distri­ bución de la producción generada por las minas de Triano y Somorrostro. Algunos testimonios arqueológicos de su explo­ tación en época romana procedentes de Oiola (Trapagaran) deben atribuirse a un momento avanzado del período imperial. Una exploración sistemática de este ya­ cimiento permitiría determinar con ma­ yor precisión el carácter de esta

ocupación y, tal vez, establecer el inicio de su actividad en época altoimperial. Por su parte, la intensa exploración a que fue sometido el entorno de la ría de Urdaibai en los momentos iniciales de la presencia romana, permitió reconocer en las colinas de Ereño la existencia de un carbonato càlcico de color rosàceo, con vetas acaracoladas, muy semejante al mármol y denominado popularmente "mármol de Ereño”. Dos ejemplos de es­ tos trabajos se encuentran en el Poblado Romano de Forua: se trata, por un lado, de un cipo -pilastra o trozo de columnafunerario con texto en letra capital del si­ glo I y, por otro, de un ara -altar-, datado entre el final del siglo I y el siglo II d. C. El mármol de Ereño fue objeto de explota-

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0

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Cerca de delimitación del poblado

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ción comercial a nivel regional, quedando constancia de su empleo en los elemen­ tos ornamentales de algunos edificios de Iruña /Veleia y de Arkaia (Álava). Como decíamos, el carácter costero de los primeros núcleos de población surgidos en torno al siglo I d. C., facilitó la integración del litoral de Bizkaia den­ tro de los circuitos comerciales del Arco Atlántico y, en consecuencia, la llegada de productos procedentes de la actividad marítima a través de la navegación de cabotaje. La importancia del puerto de Burdigala (Burdeos) como centro redis­ tribuidor de mercancías, tanto a lo largo de la costa aquitana como del litoral cantábrico, permitió la comercialización, a partir de la dinastía Julio-Claudia (2768 d. C.) de buen número de productos procedentes del sur de la Calia, así como de otras regiones del Imperio. Por su parte, las comunicaciones terrestres, tan­ to a partir de las vías principales como de toda la red de caminos secundarios y lugares de paso tradicionales, facilitarían

la afluencia, ya desde el último tercio del siglo I d. C., de distintas importaciones. La documentación arqueológica ha permitido recuperar buen número de ele­ mentos importados, objeto de consumo de los pobladores de nuestro entorno du­ rante este período, en especial ajuares ce­ rámicos, pero también vidrios, objetos metálicos, etc., que ponen en evidencia dicha actividad comercial: cerámicas de mesa como la terra sigillata fabricada en los alfares del área de Montans o la pro­ ducida por los talleres de Trítium Magallum, en la localidad riojana de Tricio; cerámicas comunes de procedencia gálica, aquitana y del valle medio de Ebro, entre otras. Por otro lado deben conside­ rarse las potenciales importaciones de productos alimenticios -vino, conservas de frutas, salazones y salsas de pescadoque pudieron ser transportados tanto en el interior de algunos recipientes cerámi­ cos y de vidrio, como de otros envases que, por su carácter perecedero -toneles de madera, pellejos de cuero- no han de­ jado huella en el registro arqueológico.

LA INVESTIGACIÓN EN EL POBLADO ROMANO DE FORUA las Junciones político-administrativas y comerciales

Las labores de investigación en este asentamiento tuvieron su inicio en 1982, manteniendo su continuidad hasta la ac­ tualidad en la ladera sur de la colina de


Elexalde, en Forua. La Diputación Foral de Bizkaia, propietaria de los terrenos en los que se han llevado a cabo la mayor parte de los trabajos de campo en estos años, es la promotora de esta investiga­ ción. En fechas recientes, fue posible am­ pliar el área de trabajo sobre este yacimiento en el interior de la iglesia pa­ rroquial de San Martín de Tours, donde se localizaron dos construcciones de época romana que se suman a las once edificaciones identificadas hasta ahora en el poblado, datadas entre los siglos ! al IV d.C. El estudio del Poblado Romano de Forua es, por el momento, la principal piedra de toque para comprender el pro­ ceso de Integración en Roma de las tie­ rras situadas entre los ríos Asón y Deba, en Cantabria y Cipuzkoa respectivamen­ te, obteniendo un modelo que permite conocer el comportamiento de aquellos núcleos de población surgidos en el ám­ bito costero durante el período de la di­ nastía Julio-Claudia (27 a. C. -68 d. C.). La documentación arqueológica ha hecho posible el reconocimiento de los primeros indicios de la ocupación de este enclave en torno a los reinados de los emperadores Claudio (41-54 d. C.) y Nerón (54-68 d. C.), si bien el momento de esplendor y de mayor actividad en Forua se sitúa durante el período de las dinastías Flavia (69-96 d. C.) y Antonina (96-192 d.C.). Como resultado de las investigacio­ nes llevadas a cabo hasta ahora, puede decirse que se trata de un asentamiento romano de nueva planta sin una ocupa­ ción indígena anterior. Su extensión al­ canzó las seis hectáreas, habiendo sido explorada hasta ahora una superficie de tres hectáreas. Aunque no es posible considerarlo un núcleo urbano de traza­ do ortogonal, al no responder las estruc­ turas estudiadas a un plano urbanístico determinado, sí se trata de un asenta­ miento organizado, tanto por la disposi­ ción de un sistema de muralla-foso, que

FORUA EST AhA U

2004 7 3

E . 158-159

Horno de foija de hierro lo delimita, como por la presencia de edificios de carácter público, en algún caso siguiendo la técnica y tipología de las construcciones militares. La ubicación del Poblado Romano de Forua, próxima a la costa, sobre la ría, debió establecerse en función de labores de vigilancia y control de una vía natural -el estuario y la ría de Urdaibai- que permite el acceso a las tierras del interior desde la costa. Una de las principales actividades de­ sarrolladas en Forua entre finales del si­ glo I y el siglo IV d. C. fue la derivada de las labores de transformación del hierro, ya que al menos cinco de los trece edifi­ cios identificados hasta ahora albergaron estructuras relacionadas con las labores de forja. En este sentido podríamos con­ siderar a Forua como un establecimiento de carácter industrial y portuario deriva­ do, en este último caso, de la posición topográfica que ocupa el yacimiento y, habida cuenta del mantenimiento en la toponimia local de varios lugares con el

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De izquierda a derecha: Edificio con cubierta de lajas de arenisca derrumbada Edificio rodeado de foso Edificios de época romana en el interior de la iglesia de S. M artín de Forua

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nombre en euskera de portu, uno de ellos al mismo pie de la colina de Elexalde. Su situación en las proximidades de la costa cantábrica permitiría incluirlo entre las escalas en la navegación de ca­ botaje por la costa norte de la Península y el área aquitana. El tráfico comercial de este lugar de mercado y puerto debió estar basado, al menos en parte, en la exportación de productos derivados de la actividad metalúrgica. A cambio llega­ rían otros bienes como las sigillatas gáli­ cas y otros elementos de ajuar, así como, tal vez, vinos del área aquitana y otros elementos derivados de la indus­ tria alimentaria -salazones y conservasdistribuidos a través de los grandes puertos de la ruta, como Burdigala, Oiasso o Flaviobriga, entre otros. Esta dinámica comercial formaría parte de la vida de Forua, al menos desde mediados del siglo I hasta la primera mitad del si­ glo II d. C.

Durante el siglo III el asentamiento parece vivir un momento de cierto letar­ go si bien, en algunos puntos, la actividad metalúrgica continúa vigente. Será du­ rante la primera mitad del siglo IV d. C. cuando se aprecien algunas transforma­ ciones en sus estructuras arquitectónicas que invitan a pensar en una revitalización del poblamiento, si bien éste cesará defi­ nitivamente, en su ubicación original, a mediados de la cuarta centuria. Resulta desconocido, por el momen­ to, el emplazamiento que ocupó el po­ blado de Forua durante la segunda mitad del siglo IV y el siglo V d. C. Los únicos testimonios de la existencia de la activi­ dad humana durante este período han sido proporcionados por el depósito de materiales de la cueva de Peña Forua. Su presencia en este contexto debería inter­ pretarse como el resultado de un hábitat puntual, vinculado a los momentos de peligro e inestabilidad política y social que vive el Bajo Imperio.


El resultado de la investigación en este asentamiento, así como la deriva­ ción de la palabra Forua del término fo ­ rum -lugar de intercambios comerciales al que se asocian funciones religiosas y civico-administrativas- permiten inter­ pretarlo, como tal, al igual que otros fora a los que tanto las fuentes antiguas como la documentación arqueológica nos remiten. Los fora se fundan o existen por voluntad política de Roma, en un in­ tento por dotar a comunidades dispersas de un centro cívico que acumule funcio­ nes político-administrativas y comercia­ les. Sin duda Forua respondería a este modelo de implantación, similar a otros mencionados por las fuentes clásicas en el norte peninsular como los que Ptolomeo, en su Geographica, cita entre los galaicos -Forum Limicorum y Forum Guigurrorum- y el Itinerario de Antonino recoge, en los Pirineos, entre los vascones -Forum Ligr)orum y Forum Gailorum-.

LAS TRANSFORMACIONES SURGIDAS EN ÉPOCA BAJOIMPERL\L los siglos IV y V d. C.

A partir de finales del siglo II d.C., Roma entra en un proceso de declive generali­ zado que se hará manifiesto sobre todo el siglo III, dejando su reflejo en los regis­ tros arqueológicos. Sin entrar a valorar cuales fueron las razones de esta situa­ ción, la actividad se ve mermada. Si bien en lugares como Forua se produce un li­ gero renacer a comienzos del s. IV d. C. el

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Cerámica de mesa, Sigillata hispánica tardía de Tritium Magallum (2® mitad s. FV-V d. C.) encontrada en Peña Forua IM U S E O A R Q U E O L Ó G IC O D E B IZ K A IA ]

esplendor de los siglos I y il no volverá. La actividad decae de manera considerable durante esta etapa de inestabilidad, algo que pa­ rece lógico si tenemos en cuenta que la situación de crisis generalizada tendería a afectar de manera más acusada a re­ giones que, como ésta que nos ocupa, quedan alejadas de los centros del poder económico y político. El emplazamiento original de Forua se abandona a mediados del siglo IV, si bien la continuidad del poblamiento en el entorno queda de manifiesto en los materiales hallados en la cercana cueva de Ginerradi o Peña Forua, cuya cronolo­ gía se centra en la segunda mitad del si­ glo IV y el siglo V d. C. Durante la etapa bajoimperial todos los núcleos de población parecen mante­ nerse activos pero será, sobre todo, a partir de la segunda mitad del siglo IV y durante el siglo V d. C., cuando se pro­ duzcan los cambios más significativos. El desplazamiento de los lugares de hábitat -como sucede en Forua- obedecería a la búsqueda de zona menos expuestas y más protegidas, ante la situación de inestabilidad social y política que se vi­ vió entonces. Este emplazamiento aún no es conocido pero cabe suponerlo en el entorno de la cueva de Peña Forua, en el área de Baldatikas, en un emplaza­ miento a media ladera de los que surgen en torno al siglo II d. C. por toda la geo­ grafía de Bizkaia y que mantendrían su actividad hasta la etapa altomedievaL

Por otro lado es frecuente en estas fechas verreocupadas un buen número de cuevas: Peña Forua (Forua), Santimamiñe y Sagastigorrí (Kortezubi), Lumentxa (Lekeitio), Goikolau (Berríatua), Ereñuko Arizti (Ereño), entre otras, son ejemplos de este fenómeno. La si­ tuación política y social se refleja en una serie de situaciones que, en mayor o me­ nor medida, afectaron al norte peninsu­ lar: luchas e invasiones como la guerra civil entre Constantino III y la familia de Honorio: la penetración de vándalos asdingos, silingos, suevos y alanos: la re­ vuelta de Gerontio contra Constantino III y la proclamación de Máximo como emperador; las luchas bagaúdicas en el valle del Ebro y la batalla de Aracaelti (443); la penetración desde el Pirineo si­ guiendo la vía Aquitana de los visigodos: el testimonio de Hidacio del saqueo por parte de los hérulos de la costa várdula... Estos acontecimientos reflejan, sin duda, cual pudo ser el estado de las cosas en aquella época y la necesidad, por parte de la población, de buscar cobijo en lu­ gares resguardados en momentos de es­ pecial peligro. A finales del siglo V d. C., la situación de debilitamiento y desinte­ gración del Imperio es irreversible. El desmantelamiento del aparato político y administrativo romano dará paso a una nueva situación política y cultural A N A M ARTÍNEZ SALCEDO Arqueúloga y directora del yacimiento de Forua


Laudio aurpegi politaz Llodio una nueva imagen

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altxor e z k u ta tu a id e / o r o / o c u lto /

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rgiñeta nekropolia

S|ecrópolis de Argiñeta

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Argiñetako hilobi-muitzoa GoÌ Erdi Aroan eraikitako hogei hilobik eta bost hilarrik osatzen dute. Jatorriz, ingurunean barreiaturik zeuden, baina XIX. gizaldian berriz bildu zituzten. El conjunto funerario de Argiñeta está formado por veinte sepulcros y cinco estelas construidos en la Alta Edad Media. En su origen estaban dispersos por el entorno, pero fueron reagrupados en el siglo XIX.


Ezaugarri horiek dituen multzorik garrantzitsuena da Euskal Herri osoan, bai bertako elementuen kopuru eta kalitateagatik, bai elementuotako batzuen aspaldiko kronologiagatik (VII-IX. gizaldiak). Piezak neurri ezberdinekoak dira, eta oro dira hareharrizkoak, Oiz mendiko harrobietatik atereak. Hilobiek bi atal dituzte: kutxa antropomorfoa eta ebakidura triangeluarreko gainaldea, teilatutxo antzo. Horietariko bigarren eta hirugarrenean hiieta-inskripzioak irakur daitezke, eta horiek dira Bizkaian kristauguneak egon izanaren idatzizko testigantzarik zaharrenak. Bestalde, hiiarriek -lau diskoformakoak eta bat triangeluarra- astroak irudikatzen dituen ikonografia erakusten digute. HELBIDEA: Zenita auzoa. San Adrian baselizaren ondoan dago; Elorrioko plazatik abiatuta, Mendraka bidean. Ez dago itxita. Beraz, eguneko edozein ordutan bisita daiteke.

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Se trata del conjunto de sus características más importante del País Vasco, tanto por el número y calidad de sus elementos, como por ia remota cronología de algunos de ellos (siglos VII-IX). Las piezas tienen dimensiones diversas y todas ellas son de piedra arenisca de las canteras del monte Oiz. Los sepulcros constan de dos partes: una caja con forma antropomorfa y una cubierta de sección triangular a modo de tejadillo. En el segundo y tercero de ellos se pueden leer inscripciones funerarias que son el testimonio escrito más antiguo de la presencia de núcleos cristianos en Bizkaia. Por su parte tas estelas, cuatro discoideas y una triangular, muestran una iconografía de carácter astral. LOCALIZACIÓN Y ACCESOS: Barrio Zenita, Elorrio. Está localizada junto a la ermita de San Adrián; se parte de la plaza de Elorrio, dirección Mendraka. Lugar al aire libre y accesible.

H U R B IL D A U O E N B £ $ T 1 T O K i IN T E R E S G A R R I B A T Z U K ;

SANTO TOMAS N EKRO POUA ETA BASEUZA (MENDRAKA). (GOKÜNOEAREN AM AREN BASELIZA ETA HILOBIA (GATZETA), SAN 8ART0L0M EREN BASELIZA ETA NEKROPOLIA (MIOTA). SANTA EUFEM IA BASEUZA ETA HILARRIA (X. M.) (ARAUNA).

O T R O S L U G A R E S D E IN T E R É S C E R C A N O S :

NECRÓPOLIS Y ERMITA DE SANTO TOMÁS (MENDRAKA). SEPULCRO Y ERMITA DE NTRA. SRA, DE LA ASUNCIÓN (GAZETA). NECRÓPOLIS Y ERMITA DE SAN BARTOLOMÉ (MIOTA). ESTELA FUNERARIA {S. X) Y ERMITA DE SANTA EUFEM IA (ARAUNA).


En esta página, estatuilla en bronce de Isis-Fortuna (s. II d. C.) encontrada en la cueva de Peña Forua ¡M U S E O A R Q U E O L Ó G IC O D E 8 1Z K A 1 A I

En la siguiente página, ara consagrada a Ivilia IM U SE O A R Q U E O L Ó G IC O O E B IZ K A IA )

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E n Forua son conoci­ dos algunos ejemplos relacionados con las creencias y el sentir re­ ligioso de quienes allí vivieron en los mo­ m entos de su mayor esplendor. E n todos los casos son manifes­ taciones pertenecientes al ámbito privado, por lo que su valor como testimonio de las cos­ tumbres y tradiciones e influencias culturales son, sin duda, relevan­ tes. Se trata, por un lado, de dos epígrafes realizados en mármol de Ereño. El más anti­ guo, fechado en tom o al siglo I d. C., es una pieza funeraria dedica­ da a un personaje de la tribu Quirina, de la que se conserva el si­ guiente texto: N(umerio) IVN IO N(umerii) LIBERI F(ilio) Q(uirina) A EM ILIANO AN(norum) X X V CN (eus) lARVUS F(ecit) (A Numerius lunitis Emüiamis, hijo de


Liberus, de la tribu Quiñna, de 25 años. Lo hizo Cneus larus) La otra pieza es un ara consagrada a una divinidad indígena, Iviüa, encargada por Alarcus Caecilius Montanus, un ciudadano romano portador de la tria no­ mina, con la siguiente dedicatoria: IVILIAE SACRVM M(arcus) CAECILIVS M O N TA N VS PRO SA LV TE F V S C IF IL I SV IP O S V IT . Q VN O F E C IT (Consagrada a Ivilia.

M arcas Caecilius Montanus por la salud de su hijo Fuscus la puso. Quno la hizo). Además de los dio­ ses propios del panteón romano, la adoración y divinización de ele­ mentos naturales como manantiales, ríos y montañas, formó parte importante del mundo de las creencias en épo­ ca romana. E n nuestro

entorno próximo, los nombres de algunas de estas divinidades han llegado hasta no­ sotros, com o es el caso de Salíís Umeritana, que aparece en la pátera de Otañes (Cantabria) en relación con un ma­ nantial de aguas medi­ cinales, o de Ivilia, cuyo nombre se encuen­ tra en el ara de Forua y que podría rela­ cionarse con esta tradición. Por otro lado, en época imperial, la conquista de nuevos territo­ rios permitió la tom a de contac­ to co n otras reli­ giones. Los cultos orientales a M itra, Cibeles e Isis fueron muy populares y rápidamente asi­ milados. U n tes­ tim onio de esta situación fue recuperado en­ tre los materia­

les de la cueva de Peña Forua, en una estatui­ lla de bronce co n la representación de Isis sobre los atributos de Fortuna. Se trata de una pieza del siglo II d. C. que sobre una pequeña peana estuvo destinada a un altar dom éstico o larario.


En esta página, cerámica de cocina. O lla para la cocción de alimentos (S.II d. C.) (M U S E O A R Q U E O L Ó G I C O D E B IZ K A IA ]

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E l estudio de los ajua­ res recuperados a tra­ vés de la investigación arqueológica es una valiosa fuente de in­ form ación para el co­ nocim iento de quienes fabricaron, comercia­ ron y utilizaron esos objetos. E n definitiva, permite valorar distin­ tos aspectos de la acti­ vidad com ercial, de la organización social y de la vida cotidiana de quienes habitaron lu­ gares com o el Poblado Rom ano de Forua. Con respecto al mundo prerromano, los nuevos asenta­ mientos creados a par­ tir del siglo I d. C. introducirán notables cam bios en los ajuares domésticos. Fruto de la llegada de las nuevas corrientes culturales es la presencia de utensi­ lios que se rigen por los mismos paráme­ tros de otras regiones del Imperio. Una ma­ yor diversidad de for­ mas se va imponiendo, sugiriendo nuevos há-


bitos en la dieta y nue­ vos modos de transportar, almacenar, cocinar y consum ir los alimentos. En este sentido, el estudio de los recipientes cerámi­ cos aporta una gran ri­ queza informativa. Las costumbres ali­ menticias del mundo indígena debieron ha­ llarse vinculadas a un régimen basado en ali­ mentos hervidos que requerían de recipien­ tes cerrados para su preparación, com o la olla, principal utensilio de cocina recuperado en los asentamientos prerromanos del área c a n tá b r ic o - o r ie n ta l. También en el mundo romano los platos co­ cinados por ebullición forman parte primor­ dial de su alimenta­ ción: la puis, consistente en un tipo de gacha o papilla de harina hervida en agua, a la que pueden aña­ dirse otros ingredien­ tes, constituía la dieta básica en el medio ru­

ral y entre las clases populares urbanas. Del mismo modo, muchas recetas de carne de ave, cerdo o pescado se preparaban por este procedimiento. Sin embargo, la frecuente presencia en los regis­ tros arqueológicos de formas abiertas com o las patinae -platos y fuentes destinados a

asar y guisar carnes, pescados, huevos, etc.y de todo un repertorio formal y funcional más diversificado -m orte­ ros, embudos, bote­ llas-, unido al empleo de vajilla de mesa -terra sibilata-, son indicado­ res de los cambios sur­ gidos en la cultura culinaria durante este período.

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Desde final del siglo I y hasta mediados del siglo IV d. C. la meta­ lurgia del hierro se de­ sarrolló co n cierta intensidad en el asen­ tamiento de Forua. La extracción del mineral a cielo abierto ha sido práctica habitual en el entorno hasta épocas recientes, lo que pone en evidencia los recur­ sos potenciales de la zona. Hasta el momento ha sido estudiado un importante conjunto de hornos y estructu­ ras auxiliares relacio­ nados con la foija. La tipología de los hornos localizados en Forua responde a dos mode­ los, siguiendo las pau­ tas de este tipo de estructuras, conocidas en regiones próximas com o la Galia. El pri­ mero y, más ft^cuente, es de planta oval rema­ tado, en ocasiones, en form a de cuello de bo­ tella. La cámara queda semienterrada en un suelo de tierra pisada.


disponiéndose en ella, de manera conjunta, material y combustible. N o llevan puerta, ni dama -lo sa o múrete que cierra el crisol de un hom o por la parte delantera- y las pare­ des eran de barro en­ durecido por el calor. U n segundo tipo, menos frecuente, es de planta circu­ lar con paredes en form a có­ nica o en cúpu­

la. Presenta dama para la oxigenación y el la­ boreo del hom o. Su base se encuentra asi­ mismo excavada en tierra y aislada por un revestimiento interno de arcillas que cubri­ rían el fondo y las pa­ redes, creando un receptáculo donde se

introducen el mineral y el combustible. En alguno de los ejemplos analizados se observa el empleo de piedra para el asiento de la estructura y, quizá, para el levante de las paredes. E n ambos casos la aireación se llevaría a cabo mediante fuelles de aire a través de ori­ ficios en los que se in­ trodujeron tuberías de cerámica. Los productos fa­ bricados por estos ta­ lleres pudieron ser tanto piezas acabadas -herram ientas, armas, elementos constructi­ v o s ...- com o hierro en forma de lingotes.


En esta página, cerámica de mesa. Sigillata sudgálica de Montans (s. II d. C.) [M U S E O A R Q U E O L Ó G I C O D E B IZ K A IA I

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Forua resulta, por el momento, el yaci­ miento de época ro­ mana m ejor conocido en Bizkaia. Hasta aho­ ra han sido estudiados doce edificios, además de un tram o de la cer­ ca-muralla que delimi­ taba el poblado. El material constructivo empleado co n mayor frecuencia es la piedra arenisca procedente del área de Baldatika, situado a un kilóme­ tro del poblado. Se trata de mampuestos y sillarejos labrados, tanto sobre cantos de río, com o fracturados de manera natural, en form a de lajas y uni­ dos entre sí co n barro de la misma colina. N o se conserva resto alguno del posible re­ vestimiento, tanto in­ terno com o extem o que pudieran haber tenido las paredes cal, morteros, etc.-. En los espacios internos los suelos han sido pa­ vimentados co n tierra pisada, tierra cocida.


ladrillo o co n lajas de arenisca. Forua no dispone de un trazado urbano organizado pero los espacios exteriores fueron tratados con suelos formados por pequeños cantos de río y lajas de piedra arenisca. El sistema empleado en las cu­ biertas siguió, en los edificios más antiguos del poblado, el modo romano de alternancia de tegula -te ja plana- e imbrex -te ja curva-. Las recons­ tru cciones y retejados posteriores se hicieron con lajas de arenisca. El terreno sobre el que se asienta el po­ blado de Forua está formado por un sustrato arcilloso casi im perm eable que, en im cli­ ma oceánico como el del

Cantábrico oriental, creó a sus habitantes considerables proble­ mas para mantener el entorno de las vivien­ das y de los talleres m etalúi^cos en buenas condiciones de habita­ bilidad. Por esta razón fueron excavados fosos de drenaje alrededor de los edificios y numero­ sas canalizaciones que facilitaran la circula­ ción del agua de lluvia pendiente abajo. Al menos tres de los edificios estudia­ dos hasta ahora

quedaron organizados en to m o a un patio central co n pórtico, si­ guiendo los modelos constructivos propios de la casa co n atrio del mundo rom ano, si bien el característico impluvium destinado a recoger y alm acenar el agua de lluvia se susti­ tuyó por canalizacio­ nes de desagüe. ANA M A RTÍN EZ SALCEDO


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Nabucodonoson en una respresentación bestial del hom bre después d el p ecad o origin al Obra de W illiam B lake (S.XVII1) KNi;sTA pi<;iN\ Los rayos f ueron hechos p a ra Zeus p or los cíclopes, gigantes que lo ayudaron en la guerra contra su padre K\iapAíüwskuikntk Apolo, Artem isa y los gigantes kantaros, E jialtas e Hipertas. Friso norte de la fa c h a d a d el tesoro de Sifnos, en D elfos

Todos los pueblos de la tierra tienen una leyenda para expli­ car lo inexplicable, es decir, el origen del ser humano y su civilización. Por esto mismo, no hay cultura sin mito, ni mito sin gigante, ya que a ellos se recurría cuando se trataba de buscar un sentido racional a todo aquello que se escapaba a su entendimiento. Así, para los griegos, los gigantes nacieron cuando la sangre de Urano fecun­ dó a Gea, la Tierra, e hicieron la guerra a Olimpo, la llamada g\gantomaquiQ, recurrido tema de inspiración para los artistas de la antigua Grecia. Eran seres enor­ mes. de increíble fuerza, pero no eran inmortales, pues los golpes de un dios y un mortal, dados a la vez. podían matarlos. Por ello Heracles se unió a Zeus, para rechazar el asalto de los gigantes que se habían rebelado contra el Olimpo, quienes al recibir el im­ pacto del rayo y las flechas se dis­ persaron con rapidez.


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RELATOS

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se han ido transmitiendo oralmen­ te de generación en generación, aunque también existe constancia escrita desde muy antiguo. Se trata de antiguos documentos y libros sagrados que entre­ mezclaban fantasía y realidad, y que han sido interpretados, a menudo, bien como textos literarios cargados de una imagi­ nación desbordante, bien como pasajes metafóricos y repletos de simbolismo. Además, salvando pequeñas diferencias, todos ellos nos cuentan lo mismo, y ello, a pesar de haber tenido origen en territo­ rios muy distantes entre sí del planeta Tierra. Así, la mitología germana nos dice que fue Ymir, el gigante, el primer hom­ bre, de cuyas gotas de sudor nacieron un varón y una mujer, igualmente gigantes. Y volviendo a la mitología griega, encontra­ mos también numerosas referencias a se­ res gigantes, tanto benefactores como perjudiciales para la raza humana. Los fe­ nicios creían que los primeros pobladores

del mundo habían sido gigantes y que a ellos les debíamos la invención del fuego y de los vestidos. En India abunda este mismo mito, y añade que los hombres, ayudados por los dioses, consiguieron destruir a los gigantes. Y qué decir de la Biblia, el libro sagra­ do de los cristianos, con múltiples refe­ rencias a la existencia de pueblos formados por gigantes, como la que po­ demos leer en el Libro del Génesis 6:4: “ En aquel tiempo había gigantes sobre la tie­ rra, porque después que los hijos de Dios se juntaron con las hijas de los hombres y ellas concibieron, salieron a la luz estos valientes del tiempo antiguo". También en el Deuteronomio 2:20 se dice: "Por tierra de gigantes fue también ella tenida. Habitaron en ella gigantes en otros tiem­ pos”, y en el 3:11 del mismo libro: "Porque únicamente Og, rey de Basan, había que­ dado del resto de los gigantes". También en el Libro de Josué aparece, en repetidas ocasiones (13:2, 13:3, 15:8 y 18:16), la


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consideración de que las regiones allí mencionadas -la Tierra Prometida- eran, ni más ni menos, que territorios de gigan­ tes: “también vimos allí gigantes, los Anakim hijos de Anac, raza de los gigan­ tes. y éramos nosotros". En 2 de Samuel 21:19 se clarifica incluso la fuerza de al­ gunos gigantes, a juzgar por las prendas que vestían: "Y traía un casco -Goliat, el gigante abatido de un hondazo por el há­

bil pastor David- de bronce en su cabeza, y llevaba una cota de malla; y era el peso de la cota cinco mil ciclos de bronce (unos 57 kilogramos)". Goliat debió medir entre 9 y 10 pies de altura, lo que equival­ dría a una talla entre 252 y 280 centíme­ tros (1 de Samuel 17:4). De mayor envergadura todavía debió de ser el rey Og, con una estatura de 14 pies, es decir, 392 centímetros.


La mitología de los pueblos y religio­ nes de nuestro mundo aluden, como he­ mos visto, a la existencia de estos hombres de tamaño desmesurado con respecto al resto de humanos más nor­ males. Gigantes a los que se atribuía es­ peciales facultades para el trabajo y para la creación de ingenios, aunque carecían de la gracia de la inmortalidad. Llegados a este punto cabría pregun­ tarnos por la realidad o fantasía del mito: ¿Habrán existido en verdad, alguna vez, los gigantes? ¿Seres gigantes? ¿Grupos de humanos gigantes? Lo cierto es que nosotros, los hombres y mujeres morta­ les y normales, aceptamos mucho mejor el gigantismo en animales y plantas que en nuestra propia especie y, ciertamente, la geología y las ciencias naturales así nos lo han corroborado en multitud de oca­ siones. Especies vegetales y animales de tamaño desmesurado colonizaron nues­ tro planeta desde el período Devónico, hace 400 millones de años, con el desa­ rrollo de helechos y tiburones gigantes. Deberíamos de citar, igualmente, los pe­ ríodos Triásico y jurásico de la Era Mesozoica, donde progresaron los mayo­ res seres vivos, en cuanto a tamaño, que han poblado la Tierra. Gigantescos dino­ saurios, especialmente los llamados Saurópodos, con individuos que llegaron a medir más de 25 metros y a pesar 90 toneladas: reptiles marinos como el ictiosaurio, de hasta 15 metros de longitud, y el plesiosaurio, de hasta 12: además de coniferas de más de cien metros de altu­ ra, de las que las actuales secuoyas pue­ den considerarse herederas. Así, podemos disfrutar todavía de especies de la familia de las Taxodiáceas, como la secuoya roja de California (Secuoya sempervirens), la secuoya roja de China [Metasequoia glyptostroboides) y la secuoya gigante {Sequoiadendron giganteum). A esta últi­ ma especie pertenece, precisamente, el famoso árbol llamado "General Sherman”, que se conserva en el Parque Nacional de las Secuoyas de California

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wikiuor Stonchenge, obra de

Melvyn Grant KNi-:sT\ p\c;iN\ Secuoyas gigantes en el Parque N acional Secuoya

(Estados Unidos) y cuyos números son realmente espectaculares: 83 metros de altura, 11 metros de diámetro y 1.950 toneladas de peso. Sin embargo, a pesar de los datos, no es el mayor ser vivo del planeta, ya que este honor le correspon­ de a Hyperión, una secuoya roja que se eleva hasta los 115 metros sobre el techo forestal californiano. Por cierto, Sequoya era el nombre de un jefe indio del pueblo

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Cherokee, un merecido homenaje para quienes tanto amaron y respetaron a la naturaleza en su estado más puro. Sabemos que, entre otras causas, el motivo de envejecimiento y muerte natural de los seres vivos mantiene una estre­ cha relación con el desgas­ te fisiológico y pérdida de las corolas del sistema nervioso, provocado por

R ecreación de un cíclope d e la m itología <,’(Uica

IL U S T R A C IÓ N

el propio peso corporal que, indefectible­ mente, viene dado por la propia gravedad terrestre, la cual, ha tenido y tiene una in­ fluencia directa en el tamaño de los se­ res vivos que han habitado y habitan en nuestro planeta. Al hilo de esto, cabría preguntarse si la gravedad de la Tierra ha permanecido inal­ terable a lo largo de ios tiem-


pos o, si por el contrario, ha sufrido impor­ tantes variaciones, tan notorias que hayan provocado las condiciones necesarias para que se diera el gigantismo en plantas y animales. Un aligeramiento en la gravita­ ción que explique, además, la existencia de homínidos gigantes en plena era cua­ ternaria debido a un menor peso y, por ende, un menor desgaste fisiológico, lo que permitiría, por otra parte, retrasar la muerte natural. Tendrían, así, respuesta, los restos óseos de Gigantopithecus de China meridional, los avistamientos no científicos de los célebres Bigfoot y sasquatch, el famoso yeti del Himalaya y la amplia lista de “hombres mono" del mun­ do, además de algunas de las aseveracio­ nes de la Biblia, como los 930 años que dice que vivió Adán, los 905 de Enoc, o los 807 de Seth.Atribuir a todos ellos talla de gigantes es arriesgado en este escenario de fantasía en el que ni siquiera está probada su existencia. Navegamos en el terreno de la hi­ pótesis al especular sobre la relación entre talla, longevidad y gravedad te­ rrestre, más aun, jugamos a interrelacionar, puesto que no somos físicos, ni biólogos, ni médicos, tan sólo navegan­ tes curiosos en un mar sin respuestas. Pero lo cierto es que están ahí, los cí­ clopes griegos, los Jotnar escandinavos, el gigante celta WInupen, titanes y ogros, o los británicos Carn Calva de Cornualles y Grabbist. Pero nunca se han tenido como seres muy sociables y rara vez se juntan para hablar o hacer algo, como sí hicieron en la tierra de Antrim, al norte de Eire, donde gigantes irlandeses y escoceses unieron sus fuer­ zas con la intención de construir un ca­ mino entre ambas orillas de sus respectivas costas, hasta que las disputas irreconciliables nos dejaron la inconclusa obra de la llamada Calzada del Gigante. También en la Península Ibérica existe una amplia presencia de seres de gran talla en la mitología popular, sobre todo

en los ámbitos pirenaico y cornisa cantá­ brica. En el Ripollés y Cerdaña se habla del Nonell de la Neu, un gigante blanco que vaga por las montañas. El Bosnerau o Basajarau define en el Alto Aragón a un personaje bueno que ayuda a los pasto­ res y cuida de los bosques, curiosamente muy parecido al Basajaun vasco. Y Gratal, Aneto, Gabardiella y Guara serían personificaciones de altas montañas que todos conocemos, lo mismo que las Tres Sorores, hermanas castigadas a conver­ tirse en gigantes de piedra. Tradicionalmente se les ha considerado responsables de las construcciones megalíticas -dólmenes, menhires y círculos de piedras-, y también de algunos puen­ tes, iglesias y castillos de origen incierto. Esta abundancia de mitos y su dis­ persión por toda la faz de la tierra, avala­ da por la tradición oral, la literatura y tanta cita bíblica ha hecho que algunos antropólogos y mitólogos se hayan plan­ teado la posibilidad de que no fuera sino el recuerdo trasmitido generacionalmen­ te de una raza inteligente anterior a la actual del Homo sapiens sapiens o CroMagnon, es decir, la raza Neandertal, desaparecida con la última glaciación hace unos 25.000 años aproximadamen­ te. No obstante, podrían haber sobrevivi­ do algunos milenios más determinados grupos de esta especie en espacios aisla­ dos del planeta, como también lo hicie­ ron otras criaturas que se creían extinguidas. Así, el expedicionario del si­ glo XVI Bernal Díaz del Castillo, en el ca­ pítulo 17 de su conocida obra Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, hace alusión a un momento en que los indios les muestran a los con­ quistadores un fémur del tamaño de un hombre normal. Los indios, al ser interro­ gados, les contaron a los colonizadores que sus antecesores habían convivido con hombres y mujeres muy altos. "Todos nos espantamos -refiere Díaz del Castillo- (...) y tuvimos por cierto haber habido gigantes en esta tierra".

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E N l A i\ iu ; i ; n i/ ,q i i k r d a Jentilzubi en Dima, es un arco calizo erosionado de form a natural en e l entorno de Balizóla. L a creencia popu lar lo relaciona con los gentiles como artífices de su construcción

KNi.\ iM^GKN iNKKRioR Según la leyenda, a l saber d el nacimiento d e Cristo, los últimos gentiles se introdujeron bajo las losas d el dolmen de Jen tilarri (Aralar) 'piedra de los gentiles \poniendo asífin a su existencia

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EnLAniTOLOGínmcñ Dice la leyenda que los gentiles ayuda­ ron al más viejo de ellos para que les di­ jera qué era aquella especie de nube que aparecía por el horizonte. Le abrieron los ojos y le pusieron mirando al cielo, y el anciano pudo presenciar el espectáculo y anunciar: "¡Ha nacido Kixmi y ha llegado e[ fin de nuestra raza! ¡Arrojadme por el precipicio pues ya nada hago en este mundo! Los gentiles lo tiraron ai vacío y ellos enloquecieron, tirando piedras, rodando por la pendiente al huir y sepultándose en Jentilarri, en el valle de Arrastaran.



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Sólo un gentil logró escapar vivo de la hecat o m b e , O lentzero, que bajó al pueblo para anunciar la lle­ gada de Cristo. Su función bienhe­ chora contrastaría con su aspecto gro­ tesco, su fealdad y ru­ deza. Basajaun, el señor de los bosques, también sería un gentil supervi­ viente a la llega­ da de Kixmi, otro gigante rudo y pagano que entron­ ca con el mundo anterior a la llegada civilizadora del cris- tianismo. Tartalo o Torto fue otro más, un cíclope maligno, del tiempo de las lamias y sorgiñas, pero todos ellos emanados en gran medida de la mitología greco-lati­ na, fuente de inspiración para buena par­ te de las cosmogonías europeas. Los mitos son la más hermosa mane­ ra de interpretar la realidad, una realidad que se desconoce pero a la que se quiere dotar de significado. No sabemos desde cuando los tenemos, seguramente exis­ tan desde siempre, pero los que hoy con­ cebimos como "de la noche de los tiempos" es muy posible que se desarro­ llaran tras la llegada del cristianismo y, mayormente, en el transcurso de la Edad Media y siglos posteriores. También en Euskal Herria son cons­ tructores de dólmenes y cromlech los gentiles, como en Jentilbaratz o Jentiletxea, y responsables de singulari­ dades geológicas como en Jentilzubi, Jentilzulo o Jentil-lelo. También han erigi­ do caseríos e iglesias, levantado castillos y arrojado enormes piedras que aun hoy pueden verse hincadas en diferentes lu-

KNi-\ pA(;in\ wticrior L os gentiles repre­ sentan en la m itología vasca e l mundo anterior a la llegada d el cristianv:mo, quesupm o e l fin de esta raza d e gigan ­ tes poseedores de todos los secretos que an siaba tener e l ser humano KNKsTAP.Uiiw Escena m itológica p in ta­ da en una vasija griega. En ella, Ulües hunde una estaca a l rojo vivo en e l único ojo d el gigante Polifemo

gares de nuestra geografía. Se trataba de gigantes dotados de fuerza extraordina­ ria, colosales e inmortales en cierta me­ dida, ya que continúan habitando en nuestra memoria colectiva y mantenién­ dose vivos en nuestra cultura. Pero hay algo más que mitos y gigan­ tes de leyenda. Y si los gentiles nos sor­ prenden y maravillan, qué no decir de los gigantes de verdad, de aquellos de carne y hueso que se han paseado por nuestra historia, inadvertidos, y la mayor parte de las veces confundidos en la fantasía que emanaba de su propia grandeza.


KNKsiA p\(;iw E l actu al gigante ucrania­ no L eon id Stadnyk, d e 257 cm.junto a su m adre

r.s i-\ pAgiw sk;i ikntk E l e-stadounidense R obert Pershing W adlow (1918-1940), el humano conocido más alto de la Imtoria, 272 cm

presentara después de haberse completa­ do el crecimiento óseo, su nombre cam­ biaría por el de acromegalia. La causa de tal disfunción es a menudo un tumor be­ nigno de la glándula pituitaria, cuyo tra­ tamiento más adecuado pasaría por la extirpación de dicho tumor mediante la cirugía, exitosa en un porcentaje muy amplio, aunque podría recurrirse también a fármacos que redujeran la secreción de dicha hormona del crecimiento. La mayor parte de estos individuos que padecen de gigantismo suelen pre­ sentar una protuberancia frontal y mandí­ bula prominente, con engrosamiento de los rasgos faciales. También desarrollan pies y manos largas con dedos gruesos, vi­ sión doble y un habitual dolor de cabeza.

OIGñnTES DE c ñ n n E T m

cono

ELGlGñnTMO ' mrciinMD

En la talla de una persona influyen nume­ rosos factores, entre ellos y muy impor­ tante el de ia lierencia genética, pero cuando sobrepasa en muciio las dimen­ siones normales se debe siempre, a decir de los entendidos, a una hiperfunción hipofisaria con formación excesiva de la hormona somatotropa, o lo que es lo mis­ mo. a una secreción excesiva de ia hormo­ na del crecimiento durante la infancia, antes del cierre de las epífisis del hueso. Este trastorno puede hacer que se retrase la pubertad y que el niño o niña sea extre­ madamente grande para su edad. Así pues, el gigantismo tendría rango de enfermedad, pero si tai problema se

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El emperador romano Maximino dicen que llegó a medir dos metros y medio. Fedor Machnov (1881-1905), un ruso de los tiempos del zar. 238 cm., aunque él pretendía tener una altura de 282 centí­ metros. El estadounidense Robert Pershing Wadlov/ (1918-1940), el huma­ no conocido más alto de la historia, 272 cm. Le llamaban el gigante de Alton por su localidad de nacimiento, en Illinois. Pero hay más gigantes sufriendo en silen­ cio, queriendo pasar desapercibidos en un mundo que gusta de este tipo de fenó­ menos y que, hasta no hace mucho tiem­ po, los paseaba por circos y teatros de todo el mundo como atracción de feria. Así, el turco Sultán Kósen, de tan solo 27 años, ya mide 247 centímetros, y el ucra­ niano Leonid Stadnik tiene al día de hoy, con 39 años de edad, 257 cm. de altura y


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D avid derro­ ta a l gigante Goliat. M iniatura de la biblia histórica de FJvert van Soudenbalch, Utrecht 1460

199 kilos de peso. Según sus propias pa­ labras, la vida es un tormento ya que la naturaleza le hace competir en contra de su voluntad con el otro coloso actual, el chino de etnia mongol Bao Xishun, de 57 años y 255 centímetros de altura. Y hay más, podríamos decir que en casi todos los países del mundo, en casi todas las zonas, han existido individuos de esta ca­ tegoría, nunca mejor dicho, sobrehuma­ na, y la mayor parte de ellos afectados de gigantismo y su variante acromegalia. Seres tristes, raros, exóticos, inadaptados, condenados a vivir en “casas de muñe­ cas", agraciados y vapuleados por la mis­ ma vida, y jóvenes, muy jóvenes algunos de ellos, sin esperanza de envejecer en compañía de amigos y de una familia, angustiada la más de las veces, y recelosa de tener un gigante en casa. El historiador vizcaíno del siglo XVIIi, Juan Ramón Iturriza y Zabala, refiere que en 1776 fue hallado en una cueva del término de Kortezubi el esqueleto de un hombre gigante con una enorme espada a su lado. El cráneo, aseguraba, “era del tamaño de un cántaro o errada y lo hi­ cieron pedazos a pedradas los mucha­ chos". Podríamos pensar que se trataba

de una fantasía, máxime cuando se refie­ re a un siglo XVIII en que el rigor científi­ co distaba todavía de ser el idóneo. Sin embargo, quién puede poner en duda hoy día el que hayamos podido tener, como cualquier otro pueblo del mundo, nuestros propios gigantes de carne y hueso, gigantes vascos de verdad. Juan Gaztea de Arbulo (s. Xll-Xlli), Sancho VII el Fuerte de Navarra (s. XIIXIII), Lope García de Salazar III el de las estrellas (s. XIII), Lope García de Salazar el historiador {s. XV), Juan Díaz de Guinea el Fuerte de Arbulo (s. XVI) y Miguel Joaquín Eleizegi de Altzo (s. XIX), son algunos de esos gigantes vascos que hemos seleccio­ nado para nuestro particular álbum, utili­ zando su “grandeza” como excusa fácil para rescatar algunos episodios memora­ bles de sus vidas y también otros más mundanos. Fueron gigantes de carne y hueso, verdaderos “gentiles" que pasaron por la vida que les tocó en suerte. Nuestro trabajo será llamarlos uno a uno para que regresen de las tinieblas y nos permitan adentrarnos en el personaje que fueron, aunque sólo sea un poco. JU A N JD HIDALGO


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Hciy tanto de leyenda en todo cuanto rodea a este personaje, que nos confunde a la hora de otorgarle el calificativo "de carne y h u eso ’\ im prescindible, para fo rm a r parte de esta p ecu lia r ga lería de giga n tes vascos que presentam os. T )e hecho, no es fácil bucear en tre la realidad y la ficción cuando se trata de p ro fu n d iza r en vidas q u e existieron hace tantos siglos, en la plena C d a d W ledia.

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texto y fotos« JUANJD HIDALGO


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a cita mas temprana, y que le hace acreedor al rango de personaje real, aparece en El Libro de las Bienandanzas e Fortunas. obra histórica de Lope García de Salazar (1399-1476), concretamente en el Libro XXI y dentro del Título de los solares e li­ najes deAyala e de Oroxco e Llodio e dón­ de sucedieron, donde puede leerse: “ El linaje deAnugvay su fundamiento fue de un escudero que fue fijodalgo de Álava, que era nieto de don Gastea d’Arburu de Álava, que fue noble e mu­ cho esforzado cavallero en armas e era francés, qu'él, seyendo man^evo, fue criado de don Diego López de Aro el Bueno, Señor de Vizcaya; e fue mucho m /

preciado en su casa porque valía mucho en el fecho de las armas e casólo e eredólo en Álava, en aquella aldea de Arburu, que es gerca de Santa María de Estívaris. E yaze sepultado allí en Buru en una capilla mucho pequeña qu'él fizo en una armita para su sepoltura. E pobló este su nieto en Anugivay e fizo allí casa e solar el primero; e d'éste moltiplicò su generación mucho en Orozco e Llodio". Diego López de Haro el Bueno, Señor de Bizkaia, fue el segundo de la casa de Haro, y estuvo al frente del territorio viz­ caíno desde 1170 hasta su muerte, acae­ cida en la ciudad de Nájera en 1214. Este Don Diego acudió a la llamada del rey castellano, Alfonso VIII -con quien man­


tenía una relación de fidelidad y de quien era alférez mayor-, para combatir a las tropas almohades en las Navas de Tolosa una de las batallas claves en el marco de enfrentamientos entre los reinos cristianos peninsulares y el po­ der musulmán. Llegó acompañado de su hijo Lope Díaz de Haro, familiares, ami­ gos y otros caballeros y sen/idores, entre los que habría de hallarse aquel Gaztea de Arbulo, de origen francés -descen­ diente de uno de los doce pares de Francia- y escudero o mancebo a las ór­ denes del conde Diego López de Haro. Pero, la fuente más importante, sin duda, nos la ofrece Fray Juan de Victoria una de las figuras más importantes de la

cultura vasca, aún hoy insuficientemente reconocido a pesar del enorme trabajo compilatorio que nos ha legado. Y a él tenemos que recurrir para dilucidar el ser o no ser de Juan García de Arbulo. nues­ tro personaje de leyenda... real. Juan de Agortazar Axpuru -más co­ nocido como Fray Juan de Victoria o, simplemente, Padre Victoria- fue un frai­ le dominico nacido en la localidad vizcaí­ na de Igorre hacia el año 1515. A lo largo de su vida investigó todos los papeles antiguos que se pusieron a su alcance, especialmente los de los archivos públi-


/ trrib a, portada del manuscrito titulado; 0 ^ la /Intigüedad de

Cspaña y naciones cantábricas y nobleza suya, de f r a y J uaw de V ic to ria , año I5Q /I la Izquierda, foto de jl;rbulu aparecida en la revista

Vida Vasca n .“ 3 3 de IQ5Ó. i^rckivo: fundactóvt Sancko el Sabio

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eos civiles y eclesiásticos de VitoriaGasteiz, incluidos los de los convento de Santo Domingo y San Francisco, además de los del Calendario de San Andrés de Armentia, del archivo de las Hermandades de Álava, y de muchas fa­ milias particulares a las que hacía, a modo de encargo, sus árboles genealógi­ cos. Con todos estos documentos y otros de los archivos de Pamplona, Bermeo, Baeza y Valladolid, elaboró una de sus principales obras, titulada De la Antigüedad de España y naciones cantá­

bricas y nobleza suya, finalizada en 1591, aunque con añadidos que llegan hasta el año 1597. La extensa obra de más de 550 folios, guardada en la Biblioteca de la Universidad de Salamanca, fue estu­ diada por José Luis de Bidaurrazaga e Intxausti, quien realizó un examen de todo ello para formar "un cuerpo intere­ sante para la historia y nobiliaria de la Provincia de Alava y ciudad de Vitoria”. La selección realizada se convirtió en un volumen titulado Nobiliario Alavés de fray Juan de Victoria, y en él podemos ha­


llar una interesante cita de nuestro gi­ gante de Arbulu, al que identifica con diferentes nombres. De él puede leerse: “ Esta viene de Juan García o Juan Gastúa o Juan Gastón de Arbulo, dicho Babazorro porque mantenía su persona y caballo con habas, que en vizcaíno lla­ man baba. Era natural de Francia y de la casa real y doce pares. Trájole a España para las guerras contra moros Diego López de Haro, señor de Vizcaya, que también gobernaba a Alava por el rey don Alfonso VIII el bueno, que reinó el

año 1190, a quien Alava estaba enco­ mendada. Hallóse con este don Diego López Juan Gastón en la batalla de Alarcos y en la famosa batalla de las Navas, año 1212, ganada por este Diego López y el rey don Sancho el Fuerte de Navarra. No había hombre de más fuer­ zas en España que Juan Gastón. Alzaba un arado asiéndolo por la punta. Traía a veces un trillo por escudo, y aun fue su divisa, con unos patos para significar que trillaba moros. Su original divisa era una flor de lis de oro en campo azul, como se


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ve en su estribo que hoy tiene la de Diego López de Corcuera. La silla tiene el licenciado Fernán Pérez de Arana, cuya abuela viene de éL Fundó dos casas en Arbulo, adonde está su cocina aún en pie y el pesebre de piedra de su caballo". También aparece citado en el libro ti­ tulado Cuarta Parte de los Armales de Bizcaya, de Francisco de Mendieta, cuya referencia puede verse, igualmente, en el segundo tomo de El Solar Vasco Navarro, obra de García Carraffa.A decir del docu­ mento, un bisnieto (nieto según Lope García de Salazar) de Juan Gaztea de Arbulo, llamado García Lope, sería el fun­ dador de la casa de Anuntzibai, lugar jun­ to al río Altube situado en terreno de

Orozko, donde se erigió la casa solar infanzona y primitiva torre de los Anuntzibai en la primera mitad del siglo XIV. Parece que el tal García Lope le pi­ dió a Don Diego López de Haro -el quin­ to de la saga y fundador de la villa de Bilbao, por lo que no debe confundirse con el otro Diego, apodado el Buenoque le permitiera ocupar un sitio en Bizkaia donde poblar; y quiso el destino que, descendiendo el Altube aguas abajo, encontrara un par de cabras, macho y hembra, las cuales degustaban las bayas de un espino. Allí determinó que edifica­ ría su casa y que la llamaría Anuntzibai, es decir “río de cabras", de un ahuntz > anuntz "cabra" más ibai "río". Desde en­


tonces, leyenda o no, García Lope de Anuntzibai pasó a ser el primero de una casa que daría mucho que hablar en los continuos altercados locales del funesto período de la lucha de bandos, especial­ mente amargo y desgraciado en el Valle de Llodio y Tierra deAyala. También se refiere a él Mario Ochoa Axpe en el capítulo ‘‘Alaveses universa­ les” delTomo II, dentro de la obra "Álava en sus manos" (1983). Lo incluye en el apartado de la reconquista y dice: "En la batalla de las Navas (1212): Juan GAZTEA DE ARBULO (el fuerte de Arbulo, el babazorro, quien con sus hijos y nietos, Diego GARCIA DE VARGAS y Pedro GARCIA MACHUCA, extenderá el nombre de Vargas, mortuorio junto a Arbulo y Argómaniz)". Sin embargo, M. Ochoa no cita sus fuentes documenta­ les, por lo que nos es difícil comprobar la veracidad de los datos. Sí parece más fia­ ble lo del babazorro. que significa 'costal de habas', ya que eran éstas, las habas, un alimento muy común entre la gente. En la leyenda de Arbulu son, además, las que dan la fuerza a Juan Gaztea por en­ cima de cualquier otro manjar. En este sentido, hay que recordar que es el ape­ lativo cariñoso con que se conoce a los alaveses y, lejos de ofenderlos, los halaga, como también se complacían las pode­ rosas familias romanas que tomaban por apellidos de sus casas los nombres de aquellos cultivos que más abundaban en sus cosechas. Así, los Fabio -al igual que los alaveses- lo tomaban de las habas, los Cicerones de los garbanzos y los Lentulos de las lentejas. Por lo tanto, estamos ante un perso­ naje repetidamente citado en las fuentes documentales y, en base a ello, debemos pensar que Juan Gaztea de Arbulo existió realmente, a pesar de la leyenda que lo envuelve y que, a la vez, lo eleva a la ca­ tegoría de héroe. Así lo narra, al menos, Eulogio Serdán -cronista de Álava y de su capital, VItoria-Gastelz-en la publicación Celedón en agosto de 1928, donde, ba-

G rm ita de S a n £orenxo en A rb u lu , donde se dice fue ente­ rrado Ju a n § 05Etea. Hoy día se mantiene contigua al cementerio Siem pre se Ka comentado en /Irbulu que la piedra bebedero que aún se conserua en la fuente sintió de plato para el fu e rte de A rbu lu

sándose en la obra de Juan de Arcaya: El Compendio historial de Alava, escribió lo siguiente: “ En los tiempos de D. Sancho el fuerte floreció aquel valeroso y esforzado caballero Juan Gaztea de Arbulo, natural del lugar de Arbulo en esta Provincia de Alava, llamado por otro nombre el babazorro: hallóse en las guerras de su tiempo y también en la batalla de las Navas de Tolosa año de 1212; en donde por haber hecho muchas hazañas y señaládose mu­ cho D. Diego López de Haro señor de Vizcaya, le heredó en el lugar de Arbulo. Riñó (sobre tener grandes fuerzas) algu­ nas pendencias y desafíos que le dieron mucho crédito y reputación. Recogióse, con humildad, al lugar de Arbulo, ejercitó

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A la tupida reja de tus pestañas he querido asomarme psM ver tu alma.... joo pude haeerio' el brillo de tus ojos tne dejé eiego.

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que riega mis valles. Haeia el triste olvido eovpen a la nada los dulees qoereres, ondas amorosas

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Fo llo n es y m alandrines diéronse a la larea del tecleo en las som­ bras para desfogar su envid ia y su im polencia. N o podían sosegar viendo la inconm ensurable obra que es orgullo del p ais vasco, porque en e lla se plasm an de mo­ do suprem o su pujanza y brio y sus bellezas incom parables. L a enorm e tira d a .d e la q u e rffl/í' un notario, es el m ejor mentís a la cob ard ía anónim a, propia de seres degenerados.

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en él, como los demás vecinos, el labrar sus tierras: murió muy viejo, habiendo servido mucho a Dios, al Rey y a la Patria. Está enterrado en una hermita de Arbulo. De la Sucesión que dejó descienden los de Anuncibay, y otros nobles de Álava y Vizcaya. Su casa está en el dicho lugar de Arbulo y la llaman en dicho lugar Jáuregui, vocablo vascongado que quiere decir en romano Palacio con honores y calidades en el Concejo de Arbulo”. Más adelante, y sin ningún fundamento histó­ rico, el propio Eulogio Serdán aventura sobre la figura de su héroe “que debió ha­ llarse en el cerco de Vitoria en el ejército de Alfonso VIII, el año 1200". Sin duda, la memoria de este perso­ naje ha permanecido en el tiempo, y así parecen querer verlo en una pequeña guía publicada hace algunos años por el municipio de Elburgo/Burgelu, donde se ofrece información sobre cada uno de los pueblos que lo integran, entre los que se incluye Arbulu: "La casa donde nació Juan Gaztea, más conocido como el fuerte de Arbulo, está frente a la ermita de San Lorenzo. Según la leyenda este la­ brador sobrepasaba los dos metros y te­ nía unas fuerzas hercúleas. Fue llevado a la capital del Viejo Reino para que diera espectáculos (luchas contra toros,...etc). Su plato preferido eran las habas porque, según él, le proporcionaban su enorme fuerza...". Hay que decir, al hilo de esto, que en ningún modo se mantiene la casa original en pie, aquella modesta vivienda rural del siglo XIII que nada tendría que ver con las caserías que hoy podemos ver en el pueblo, y menos aún con los soberbios palacios renacentistas y barro­ cos que, aquí y allá, se integran en las poblaciones de la Llanada Alavesa. El sacerdote José Madinabeitia se ocu­ paría años más tarde, en 1932, de citarla en su interesante obra El Libro de Amurrio. donde la ponía en relación con otras dos leyendas muy parecidas, localizadas, una, en la casa de Mariaka de Amurrio, y otra, en las Encartaciones vizcaínas. Precisa­

mente, de esta última nos haremos eco en este mismo trabajo, ya que su protago­ nista fue un hombre de carne y hueso y de importante talla. La de Amurrio, empe­ ro, tenía como héroe a un tal Juan Mariaka -Fabián según otras versiones-, héroe de ficción que el autor de la leyenda escrita, Luis de Lezama y Urquijo, situaba en el si­ glo XVI. No hemos encontrado en ningu­ na genealogía de la casa de Mariaka. ni tampoco en documento alguno, signos de verosimilitud para asegurar que algún miembro del citado linaje haya podido encarnar en la vida real al protagonista de la leyenda. Mariaka el Fuerte, ciertamente, una copia del de Arbulu. Pero, quizá haya sido Servando de Viguri Aramayona. quien más se haya acercado a nuestro intrépido personaje de la Llanada Alavesa en su faceta de pa­ ladín, con el escrito titulado Andanzas del alavés, "el fuerte" de Arbulo, publicado en el año 1956. en el n® 33 de la revista Vida Vasca. El artículo entra de lleno en la leyenda, pero antes nos sitúa al héroe junto al rey navarro Sancho VI el Sabio, y ni siquiera menciona la relación de Juan Gaztea con Sancho Vil el Fuerte y con la batalla de las Navas de Tolosa. Servando de Viguri parece olvidarse de la historia y, sin embargo, es el primero en sacar a re­ lucir la gesta que ha hecho inmortal al de Arbulu, quien, debido a su fama de hombre fuerte, fue requerido por el mo­ narca a la ciudad de Pamplona, donde tendría lugar el combate contra "un negrote hercúleo, cuya sola presencia im­ ponía pánico". Todos los cuidados fueron pocos para Gaztea: “Los mejores corde­ ros de la Cuenca, los jamones mejor cu­ rados...", los mejores alimentos para nutrir sus músculos. Pero, el día de la pe­ lea, nuestro héroe "era derrotado, espal­ da en tierra, por el negro". El propio rey se interesó por la causa que pudo haber originado aquel desastre y lo llamó a su presencia para que se explicase: "Mis fuerzas han huido de mí porque no fue­ ron mantenidas con habas", y añadió sin

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inmutarse: “Si con ellas fuese alimentado vencería en buena lid al moro y aún a dos de su talante y catadura”. Dicho y hecho, el Concejo volvió a poner fecha para un segundo combate, y mientras tanto, no le faltaron al de Arbulo “buen acopio de las imprescindibles habas". Ni que decir tiene que el babazorro ganó la contienda y los favores de Sancho VI, quien le otorgó “el perpetuo derecho de dos suertes foguerales" para su casa. Posteriormente, la fantástica historia fue también recogida por Jesús Ruiz de Larramendi en su libro SalvatierraAgurain (1994). Destellos de un siglo de historia (Ohitura n® 6), donde narra las

hazañas de Juan Gaztea según ia versión de un informante suyo, vecino de Agurain, llamado Macario Ibañez de Opacua. Todos ellos coinciden plenamente en el argumento de ia leyenda, en la propia hazaña y hasta en el tono de la misma. Sin embargo, las distintas versiones tras­ ladan a sus lectores destacadas diferen­ cias a la hora de asignar a Juan Gaztea una cronología precisa, a caballo entre los siglos XII y XIII, y por desgracia, care­ cemos de una cita documental antigua de la hazaña de Juan Gaztea. Es decir, ninguna crónica bajomedieval, ni siquie­ ra posterior, hace mención expresa de la


leyenda o del portentoso hecho que la tradición popular atribuye a la fuerza del gigante de Arbulo, como sí ocurre en el caso del personaje que estudiaremos a continuación, Lope García de Salazar, protagonista de una gesta casi calcada a la del de la Llanada Alavesa y que, a falta de mayores datos, podríamos decir que estaría en el origen de la misma. Si esto fuera cierto, la leyenda de Arbulo queda­ ría relegada a una mera copia de aquella, tal y como ha ocurrido en numerosas ocasiones y en lugares muy distintos de la geografía. Respecto a la cronología de Juan Gaztea y de la leyenda que se le atribu-

IBentto “R u ia de Arbulo dejó escrito en I Q 2 8 que kabCa "encontrado en el arckivo un documento relacionado con que el vecindario solicitaba de la excelentísima dipu tación se les obligara a el sefíor Gura, a el TRaestro, a el pastor y al inquilino o Viabitante de la casa palacio del fuerte de Arbulo, asistir a las veredas del pue­ blo como los demás vecinos, recayendo la sentencia favorable a el Seiíor 6 u r a y el THaestro pero contraria al inquilitio de la casa palacio del fuerte de Arbulo obligándole a asistir al diclio laabitante a las veredas por no encontrar escritos que le asistan en su de ensa A la ixquierda, foto de la "c a sa palacio” donde se dice que W bitó Ju a n 9 a x te a , publicada en la revista Vida Vasca n.

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i-lrcUivo: fundación SancUo el S a b io

A rrib a , aspecto actual de la casa


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ye. las dife­ rencias entre los distintos autores, sin ser notables, sí son, cuanto menos, apreciables. Así, Eulogio Serdán lo sitúa "en tiempos de Don Sancho el Fuerte”, Sancho Vil de Navarra, y dice de él que estuvo en la batalla de las Navas de Tolosa junto a su señor Diego López de Haro, pero no habla nada de la leyenda en que se enfrenta a un poderoso negro. En esto parece seguir a Lope García de Salazar, quien, como hemos visto, le asignaba una relación con el Señor de Bizkaia, de quien decía, fue criado en su mocedad: “seyendo mangevo, fue criado de don Diego López de Haro el Bueno”. También el Padre Victoria, en su Nobiliario Alavés del siglo XVI, coincide plenamente con el cronista de Muñatones, ya que relaciona a Juan Gastón con los mismos grandes hombres en idéntico tiempo histórico y escenarios bélicos. Eso sí, no sabemos si manejó los escritos del banderizo vizcaíno, pero sí que tuvo acceso a documentos de pri­ mera mano, lo que le confiere una más que razonable credibilidad. Pero, ni García de Salazar ni el Padre Victoria hacen mención expresa de la fa­ mosa contienda contra el supuesto ne­ gro. surgida, muy probablemente, en siglos posteriores, quizá en torno al siglo XVlll o XIX, muy dados a la invención de grandes gestas y de linajudos orígenes para dar categoría y posición social a fa­ milias de la burguesía enriquecidas con

el comercio y otras empresas. Sin embar­ go, sí que debió resaltar la personalidad del de Arbulo en su tiempo para quedar como un héroe de leyenda, con atribu­ ciones de fuerza que sobrepasan amplia­ mente la cualidad humana, tal y como nos lo describe el Padre Victoria en un alarde de exageración: "Alzaba un arado asiéndolo por la punta. Traía a veces un trillo por escudo, y aun fue su divisa, con unos patos para signifi­ car que trillaba moros”. Sin duda, son aureolas de grandeza que pudieran ve­ nirle tanto de su talla antropométrica como de su participación valiente en la mítica batalla de las Navas de Tolosa. abultadas por quienes sobrevivieron y triunfaron sobre las huestes sarracenas y por la caterva de narradores populares que de pueblo en pueblo cantaban las gestas de los personajes más destacados. Muy alejado de éstos se encuentra el relato recogido por Jesús Ruiz de Larramendi de boca de un vecino de Agurain, quien sitúa la gesta en la corte de Madrid, donde tiene lugar el reto ver­ bal entre un rey africano y el rey español que, en ningún momento, nos dice de quién se trata ni de qué tiempo. Cada monarca nombra un valedor y, concreta­ mente, el de la corona española es el Fuerte de Arbulo, quien deberá medir sus fuerzas contra las de un poderoso negro. La contienda tiene lugar en la Plaza Mayor de Madrid y el vencedor, como no podía ser otro, nuestro héroe de la Llanada. Sin duda, en esta versión encon­ tramos una historia totalmente descontextualizada y alejada de la original, seguramente fruto de una transmisión oral que va readaptando el guión al de­ venir de ios tiempos, a la vez que olvi­ dando detalles y adoptando otros en favor de una actualización del evento: la pelea contra el negro que, a juicio nues­ tro, nunca existió, al contrario que el de Arbulo. un gigante llamado Juan Gaztea. JU A N JO HIDALGD


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Cuadrilla Vitoria-Gasteiz Eskualdea eccionesdealcaldesenlaiglesiade5anM iguel(Gasteiz A pesar de que en sus Drígenes el cen­ tro neurálgico de Gasteiz se encontra­ ba en lo m ás alto de la colina, en torno a la catedral de Santa María, no cabe duda de que hoy es la Plaza de la Vir­ gen Blanca ia que más identifica a la capital alavesa. En el extrem o superior de la misma, el tem plo de San Miguel sorprende a propios y extraños con su advocación, ya que la denominación de la plaza -V irgen Blanca- y el contar con una hor­ nacina de la citada Virgen en su fachada ha generado no pocas confusiones. Sin embargo, como decimos, el titu ­ lar de este tem plo gótico-renacentista es San Miguel Arcángel. En dicho lugar

y al igual que sucedía en otras muchas localidades, en el día de San Miguel - 2 9 de septiem bre- eran elegidos los alcaldes y otros cargos de la villa. Para ello se depositaban los votos, secretos, con los nom bres de los can­ didatos escritos, en una especie de cascabeles. Y éstos a su vez en un cántaro o ¡arrón. La mano inocente de un niño era la encargada de extraer los nombres de aquellos cargos que diri­ girían los designios de la ciudad en el año venidero. Contamos con un testim onio gráfico de una de aquellas elecciones, repre­ sentada en una de las m iniaturas del Libro de los Juramentos (1608).


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I OMINANDO LA LU\NADA

m Oriental alavesa se yergue, ^ orguKosa, la villa de Agurain/ Salvatierra. Las dos imponentes iglesiasfortaleza y los restos de muralla nos ha­ blan de un pasado donde las batallas formaban parte del horizonte habitual de la existencia. La versión popular atribuye a los “moros" estas construcciones. Cerremos los ojos. Si permitimos que, con su invisible mano, nuestra ima­ ginación esboce lo que esta villa fue an­ taño. allá por la Edad Media, podremos vislumbrar una población protegida por dos kilómetros de fuerte muro, foso y siete puertas. Podremos intuir también su castillo de más de veintidós metros de altura, junto a la iglesia de Santa María, con sus dos cubos, los dos puen­ tes levadizos y el torreón. El castillo per­ tenecía a los Ayala y, según cuentan, éstos se oponían a que el campanario de Santa María tuviera más altura que su fortaleza, siendo éste el motivo por el que estuvo tantos años sin concluirse.

La tradición local asegura también que un pasadizo subterráneo comunica las dos iglesias-fortaleza. Santa María y San Juan, posibilitando el tránsito segu­ ro en tiempos bélicos, en el caso de ser superada la muralla e invadida la pobla­ ción. Todo el conjunto conformaba un se­ guro baluarte, a salvo de codiciosos ad­ versarios que acechaban por doquier. Pero hay enemigos ante los que es difícil hallar protección: la peste y el fue­ go. Ambos, como jinetes apocalípticos, se adueñaron de la villa. Hicieron su aparición a mediados del siglo XVI, con escaso margen de tiempo. Las primeras noticias de la peste les llevaron a tomar algunas medidas, como prohibir la en­ trada a gentes extrañas. Sin embargo, las precauciones no fueron suficientemente eficaces. La peste llegó con virulencia. Murieron en torno a seiscientas perso­ nas, alrededor del 40% de la población. Como por aquella época enterraban en las iglesias, acordaron tapiar sus puertas


para evitar el hedor y las infecciones que de ellas emergían. Poco más tarde se de­ claró un voraz incendio que arrasó toda la villa, a excepción de la iglesia de Santa María, un horno y una casa. Las llamas alcanzaron tales proporciones que se fundieron las campanas de la iglesia de San Juan, templo que también se que­ mó. No faltó el rumor de que el fuego había sido provocado para acabar con la peste. Tras ambos sucesos, la angustia se adueñó del lugar. Fueron demasiadas las desgracias en tan corto espacio de tiem­ po. El dolor tiñó de oscuridad el cielo. No fueron los únicos momentos en que Agurain sufrió la presencia de am­ bas fatalidades, aunque sí fue una de la épocas más adversas para sus morado­ res. No nos debe extrañar que, en aque­ llos tiempos en los que se consideraban como castigos divinos, surgiesen los pe­ nitentes y disciplinantes. En la proce­ sión del Viernes Santo, a la sombra de la Cofradía de la Vera-Cruz, se flagelaban con tal fuerza en esta villa que, en más

de una ocasión, necesitaron asistencia para curar sus heridas. Mentalidad ex­ traña para nuestros tiempos en la que parece que los dioses necesitaban san­ gre para calmar su ira. La belleza actual de esta villa nos hace difícil conjeturar los malos tiempos que ha padecido.Calles, soportales, igle­ sias... nos hablan de una antiquísima his­ toria grabada en sus piedras. Una historia recogida sólo en parte por los documen­ tos y legajos, pues la otra es únicamente susurrada desde algunos rincones pecu­ liares, esos testigos de excepción que se hallan en cada lugar habitado. Como toda población, Agurain cuen­ ta con sus tradiciones y leyendas. Abrimos nuestra puerta a su mundo le­ gendario. Nos acercamos hasta el anti­ guo barrio judío -"Poco Tocino" en el irónico lenguaje popular- ubicado al sur de la iglesia de San Juan. En dicho tem­ plo encontraba protección, si su vida corría peligro, este colectivo. El derecho a asilo les amparaba.


Cuentan los mayores Años atrás, en este barrio habitaba una extraña mujer. Era temida por todos, ni­ ños y adultos, y su fama de bruja se ex­ tendía allende las murallas. Su mísera vida le hacía mendigar por la villa medieval y su entorno. Los veci­ nos no se atrevían a negarle una limosna para no ser víctima de su ira y sus maldi­ ciones. Aseguran que, cuando se acercaba hasta Egileor o al caserío de Lezao, se abrían solas las puertas de las casas, sa­

liendo el ganado a la finca de los alrede­ dores. Si un vecino se encontraba próximo a su hogar y veía que los gana­ dos habían escapado de las cuadras, sa­ bía que no tardaría en aparecer la bruja Zokorra mendigando por el pueblo. En una ocasión, unos jóvenes de Agurain repararon en un gato negro. No era conocido por los vecinos así que se sintieron con la libertad para dar un es­ carmiento al animal, con el objeto de que regresase a su lugar de origen. Y como suele ocurrir entre los jóvenes, no tardaron en llevar a cabo su peregrina idea. Armados de palos y piedras persi-


C O N V E N T O o e LfiS C L ñ R I S ñ S DE S ñ N p e o ñ o C O N S T R U I D O C N £L 5 X V I I C O N T R ñ £L A N T I G U O LIENZO O R IC NT RL DEL RECINTO RMURñLLñOO S O P O R T ñ L E S Q U e se E X T I E N D E N D E S D E Lñ P L R Z R DE S RN J U R N H R S T R LR P L R Z ñ D E L ñ Y U T ñ M I E N T O

guieron con saña al felino hasta que es­ tuvieron seguros de que no volvería a pisar sus calles. Para su sorpresa, al día siguiente apareció Zokorrra totalmente maltrecha. Ningún joven preguntó el motivo de sus magulladuras: habían caí­ do en la cuenta de que, el día anterior, habían estado persiguiendo y maltra­ tando a la vieja bruja. Desde entonces, cuando veían un gato negro, un escalo­ frío recorría sus espaldas. Podría ser la vieja bruja adoptando la forma de feli­ no. Las sospechas de sus transformacio­ nes en gato negro quedaron confirmadas

en distintas circunstancias. A un vecino de Agurain le robaban la leche que deja­ ba refrescando en la ventana norteña. Como el suceso se repitió varias veces, los dueños decidieron aguardar al ladrón. Esa noche, al abrigo de la oscuridad, apa­ reció un gato negro. Su paso firme indi­ caba que se dirigía al puchero de leche. Antes de que el animal percibiera la em­ boscada, ya había recibido un buen golpe en una de sus patas traseras. A la maña­ na siguiente, la bruja apareció cojeando, con una pierna vendada. Sus convecinos miraban a Zokorra con recelo pues, sobre ella, se susurraban todo tipo de relatos. Nadie sabía dónde terminaba la realidad y empezaba la imaginación. Entre otros poderes extra­ ños, decían que hacía bailar a las cebo­ llas de los desvanes. En algunos pueblos cercanos a Agurain contaban que, si al estar en la cocina veían bailar a las cebo­ llas, era señal inequívoca de su presencia


cercana. En efecto, la extraña mujer no tardaba en llamar a la puerta, solicitando una limosna. Era tanto el miedo que causaba su fi­ gura que, algunos de los vecinos, decidie­ ron denunciarla a la autoridad. En el proceso judicial aseguraron haberle visto realizar numerosos actos diabólicos. En aquel oscuro tiempo de procesos inquisi­ toriales, la bruja Zokorra no tardó en ser condenada a la hoguera. Cuentan que, cuando se encontraba entre las llamas,

lanzó una maldición hacia el pueblo que le arrebataba la vida: "¡No habrá dos sin tres!". Con ello hacía referencia a que en el pueblo morirían de tres en tres perso­ nas. También afirmó que cada cuatro grupos de personas muertas, habría ade­ más otro joven fallecido. Ambas predic­ ciones se cumplen, si hemos de creer el asentimiento general. Y cuando muere alguien, en la villa ronda la duda sobre quiénes serán los acompañantes de tan luctuoso viaje.


Otra versión sitúa a este personaje en el tiempo en que Agurain fue pasto de pestes e incendios. El pueblo le acusa­ ba de ser ella la causante de tales adver­ sidades. Las autoridades de la villa se reunieron y decidieron desterrar a Zol<orra. Si era ella el origen de tanta desgracia, no debería habitar entre ellos; si no lo era, corría el peligro de ser ajusti­ ciada en una revuelta popular. La autori­ dad le exigió que abandonara las murallas, aún sabiendo que, por ser in­ vierno, suponía una muerte probable. La mendiga cumplió con las exigencias. Un nutrido grupo de curiosos le acompaña­ ba hasta una de las puertas de la villa. Cuentan que, en ese momento, tornando la mirada hacia sus verdugos y acompa­ ñantes, lanzó la maldición sobre la muer­ te múltiple en Salvatierra. Tras escuchar los múltiples y variados relatos sobre esta mujer, podemos perci­ bir que, bajo el mismo nombre de Zokorra, subyacen en realidad varias per­ sonas, la mayoría de ellas sospechosas de brujería. Elementos míticos comple­ mentan estas tradiciones populares. Unos la ubican en un tiempo reciente: otros la sitúan varios siglos atrás. Ni si­ quiera la imagen que se proyecta de esta mujer es unívoca pues, mientras que para muchos fue una bruja perversa y dañina, no falta quien asegura que, en realidad, no fue sino una eficaz curande­ ra de la localidad.

,ntre la reaiiaaa y el mito Con frecuencia acusaron de brujería a mujeres que se salían de los cánones tra­ dicionales. A veces era por sus poderes poco habituales: curanderas, herbolarias, parteras, amortajadoras...; otras, por su

carácter huraño, viviendo al margen de la sociedad. Sobre aquellas personas que no aceptaban las comunes reglas de jue­ go sociales flotaba la sospecha de hechi­ cería. Ellas solían ser el blanco preferido de las críticas vecinales y las gamberra­ das juveniles. En festejos populares como Santa Águeda, los jóvenes disfrutaban causando su enojo por el robo de alguna de sus pertenencias -gallinas, huevos, quesos, etc.- e incluso.provocando sus maldiciones. ¿Quién podría causar tanto daño a la población si no eran esas per­ sonas de talante marginal y hostil? ¿De dónde podría salir tanta desventura si no era de aquellas desvencijadas casas, ha­ bitadas por una extraña y vieja mujer, en donde nunca se oía el bullicio alegre de los niños? Con frecuencia, la que señalaban como bruja tenía rostro humano y una historia personal más o menos desafor­ tunada. Así sería Zokorra, la mendiga de Agurain, estigmatizada por los perma­ nentes comentarios acusadores de sus vecinos. La tradición cuenta que recibió brutales palizas por ser la causante de di­ versos males: maldiciones, enfermar el ganado, robos, etc. A estas singulares personas les fueron añadiendo características míticas. Con el paso del tiempo, de Zokorra se diría que habitaba en la cordillera de Aizkorri. También afirmaban que se introducía en las casas por la chimenea, en forma de gato. Zokorra terminó por convertirse en uno de los emblentas del miedo de Agurain. Las gentes sencillas evitaban contar sus desventuras, y sólo en voz baja se atrevían a narrarlas los más va­ lientes. La tradición popular aseguraba que hablar de ella traía mala suerte. Hasta su mismo nombre procuraban ob­ viarlo. Un pacto de silencio se extendía sobre la población para impedir que la sombra del infortunio recayese sobre ellos. Una alianza de la que aún hoy se perciben sus huellas.


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jas fflQiaiciones ae as bru as En una sociedad tan racional como en la que vivimos, nos cuesta entender lo que en otras culturas ha supuesto la maldi­ ción. En nuestra propia tierra, generacio­ nes atrás, producían auténtico pavor, sobre todo si éstas salían de la boca de un mendigo. Pocos osaban poner en duda su efectividad. Muchas de las des­ gracias se atribuían a sus maldiciones. Peor aún era la de una bruja. Según contaban en Paúl (Araba) "su daño era más eficiente que la picadura de una serpiente. La única forma de liberarte de ella era reci­ biendo la bendición de un sacerdote". Cuando Zokorra lanzó su temible maldición, pocos dudaron en que se ha­ ría realidad. Dejaba como herencia una de las peores venganzas.

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No fue ésta la única que la bruja Zokorra emitió a lo largo de su vida. Cuentan las crónicas locales que un día fue a mendigar por la villa. Al toque de aldaba en una de las casas, se asomó una niña. La pequeña, víctima del miedo que los adul­ tos le habían inculcado, no dudó en aden­ trarse en la vivienda, despavorida, como si hubiese visto al mismísimo Lucifer. La mendiga tuvo que marcharse sin recibir un simple trozo de pan. Con rabia en su inte­ rior, maldijo a aquella niña. No pasaron muchos días cuando la pequeña acompa­ ñó a su padre a maquinar en una finca. Fue entonces cuando el drama se cebó en la muchacha: al dar la vuelta a la máquina, el pequeño cuerpo quedó aplastado por ella, acabando drásticamente con aquella ino­ cente criatura. Una vez más, la maldición de Zokorra se había cumplido. En la tradición popular sobreabundan narraciones donde queda constancia del cumplimiento de cada maldición. Cuenta una de ellas que, entre Agurain y Zalduondo, cerca de este último pueblo, se levantaban dos chopos al borde del ca­ mino. La pertenencia de uno de ellos hos­ tigó el conflicto entre un vecino y una vecina, pues ambos aseguraban que esta­ ba en su propiedad. Un día, el vecino, de­ rribó el chopo de la cuestión y se lo llevó a su casa. La mujer, muy enfadada con su proceder, le lanzó esta maldición: “Ojalá tengan que amortajarte con la madera del chopo”. Et hombre hizo caso omiso de la maldición, y poco a poco fue trabajan­ do su madera, fabricando unas tablas con ella. No transcurrió mucho tiempo cuan­ do le sobrevino la muerte. Como en aque­ llos años no se compraban los féretros, sino que un lugareño se encargaba de construirlos, con este fin pidió unas tablas a la familia. Curiosamente, y según se per­ cataron después, aquellas maderas habían sido obtenidas del chopo de la maldición. La maldición no sólo fue utilizada en el ámbito populan su uso abarcaba a toda la sociedad, incluso documentos. Un testi­ monio lo podemos encontrar en el Fuero


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de Laguardia, el cual concluye diciendo (en latín): "Quien esta Carta y estos Fueros y Costumbres quisiere romper y quebrar, sea maldito y secuestrado por Dios Padre e Hijo y Espíritu Santo y por la Bienaven­ turada María, Madre de nuestro Señor Jesucristo. Y caiga en maldiciones de los Ángeles, Arcángeles, Patriarcas, Profetas, Apóstoles, Evangelistas, Mártires, Confe­ sores y Vírgenes y de todos los elegidos de Dios. Y sea condenado con Judas el Traidor en el infierno inferior. Y perezca como pe­ recieron Sodoma y Gomorra. Sus días sean pocos, su mujer viuda y sus hijos huérfanos sean borrados del libro de los vivientes. Y no se haga conmemoración de él jamás. Amén. Y además de esta maldición, pague al Rey su Señor 10.000 maravedises”.

brujas del entorno Zokorra no es la única referencia sobre brujas que se tiene en esta zona de Álava. Unas veces nos las encontramos como seres míticos; otras, con nombres y apellidos que recorren las páginas de la historia. En Arrízala contemplamos el dolmen de Sorginetxe. Una de las versiones le­ gendaria cuenta que sus piedras fueron bajadas por las brujas desde Astokolarri (Entzia) hasta allí. Este dolmen era uno de los lugares donde las sorginas se re­ unían habitualmente. Los habitantes del entorno procuraban no acercarse por el miedo que les producía.


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Entre Alangua y Egileor, a los pies de la sierra de Entzia, nos encontramos con la cueva y manantial de Lezao. Allí, según la mitología del lugar, habitaba Amilamia, un huidizo genio femenino, de gran be­ lleza y cabellos de oro. Favorecía a los pobres con su gran caridad. Entre otros, tenía el poder de sacar harina de un ce­ dazo vacío. Cercana al pueblo de Narvaja se en­ cuentra la Fuente de la Brujas. Según creían, allí se aparecían las brujas. También contaban que, desde ese lugar, partían juntas hasta el akelarre de Anboto. Decían en Zalduondo que la Dama de Anboto pasaba volando desde el Aratz hasta la Peña de San Román. Era

"como un perro echando fuego por sus fauces". Si dirigimos nuestra mirada hacia la vertiente histórica, desempolvando ve­ tustos manuscritos, nos encontramos con uno de los lugares preferidos por las brujas del entorno: el túnel de San Adrián, en la parzonería de Altzania. En el año 1611, Catalina Fernández de Lezea, vecina de Ametzaga de Aspárrena, confesó ante las autoridades competen­ tes que ella era bruja desde hacía sesen-


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ta años, y que el paso de San Adrián era el punto de encuentro habitual de las brujas alavesas para celebrar sus akelarres. Entre los implicados estaban diez sacerdotes: uno de ellos, Ruiz de San Román de llarduia, se autoprociamó en su declaración "rey del akelarre”. Por aquella época, también llevaron ante el tribunal a habitantes de Egilatz, Larrea, Egino y Alegría. La Llanada Oriental, al igual que otro foco en la Montaña Alavesa, sufría en aquellos años la fiebre de la brujería. Adentrándonos en tierras navarras, las crónicas nos dicen que fue detenida en Ziordia, en 1575, Graciana Martiz, una mujer natural de Urdiain, acusada de ser bruja. Estuvo cuatro meses encarcelada en Pamplona. Se libró de la tortura por ser anciana y por su gran debilidad. Fue con­ denada a destierro perpetuo del reino de Navarra. Precisamente en este pueblo na­ varro de Ziordia, Junto a la ermita de Santa Ana, se halla el término de Bekatularre ‘Prado de pecados'. Aquí se reunían las brujas para celebrar sus akelarres.

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Entre las fuentes documentales y la dimensión puramente mítica nos encon­ tramos con abundantes narraciones po­ pulares. Una de ellas nos asegura que en Egino existió una peligrosa mujer, con fama de bruja, con capacidad para enfer­ mar a sus vecinas con el “mal de ojo". Los maridos soportaron estoicamente ia situación por mucho tiempo pero, agota­ da la paciencia, se reunieron y amenaza­ ron a la bruja con lincharla si proseguía en sus malas artes. A partir de entonces, cesaron las enfermedades de las mujeres.

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Protección contra as bru as Atemorizados por la constante presencia de las brujas, la gente sencilla acudía a la magia protectora. Se pertrechaban de todo aquello que les trasmitiese una cierta seguridad. Existían remedios populares para po­ nerlas en fuga. En algunos pueblos de Ribera Alta colocaban garras de tejón en la entrada del hogar; en Kuartango era

frecuente ver las garras de águila clava­ das con este mismo fin. Una defensa muy utilizada con los niños era colgarles el kutun, saquito con distintos elemen­ tos: cordón umbilical del niño, ruda, apio, carbón, estiércol de gallina, ceniza, una moneda, romero, etc. Otros remedios eficaces, según las distintas zonas, eran: instalar una rama de brezo en la puerta, tocar las campanas, hacer una "higa” -cruz con los dedos- poner una piel de erizo en la entrada, colocar tras la puerta una escoba del revés, rociar agua bendita por la casa, poner tres cruces en la puer­ ta, hacer una cruz con tejas de distinto color, echar unos granos de sal al fuego cuando intuían su presencia, etc. En la Llanada Alavesa, como en otras amplias zonas de nuestro entorno, uno de los sistemas de protección de la casa más utilizados fue el de clavar el eguzkilore en la puerta. Hasta hace unos años era frecuente verlos en las entradas de las casas y de las chabolas de los pasto­ res. En el pueblo de Korres explican así el motivo de su eficacia: "cuando se acerca­ ban las brujas a una casa y se topaban con un eguzkilore en la puerta, se ponían a contar, una a una, las puntas de su co­ rona amarilla. De este modo, para cuan­ do terminaban, ya había salido el sol y tenían que marchar sin haber franquea­ do la puerta de la casa". Si había un lugar con poderes capa­ ces de destronar a las brujas de su reino, éste era Barría. Pocos templos de Álava habrán sido tan frecuentados, en sus ro­ merías, como este monasterio cisterciense de finales del s. XII o principios del XIIL Multitud de alaveses, guipuzcoanos, vizcaínos y navarros se daban cita el día de San Bernardo para honrar al santo y recibir sus bendiciones protectoras. Cuando los guipuzcoanos se asomaban por el alto de Elgea, saludaban con sus irríntzis. Los que ya se encontraban en Sarria, les devolvían el saludo. Unos acudían a curarse o protegerse contra la rabia. Otros se acercaban para

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¿Qué eran las Druas?

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defenderse del mal de ojo, las maldicio­ nes y la brujería en general. Llegaban fe­ ligreses desde muy lejos a comprar los Evangelios para colocarlos en los postes de las cuadras y dentro de la vivienda. También se llevaban kutunes, y cordones de lana que se bendecían y después ata­ ban en las muñecas de los niños. Los pastores de Aizkorri y Entzia ins­ talaban los kutunes bendecidos en los cencerros, aplastándoles la boca para que no se extraviaran. Lo hacían como protección para sus ganados.

Para algunas personas mayores, las bru­ jas han formado parte de su cultura in­ fantil. Junto al fuego escucharon muchas narraciones donde ellas eran las protago­ nistas, a veces, con nombres propios. Posiblemente han conocido a alguna mujer con fama de bruja. Y seguramente aún recordarán el miedo que les produ­ cía toparse con ella, en los caminos os­ curos de su localidad. Éste es el caso de la bruja Zokorra de Agurain. Para nuestros niños, por el contrario, no dejan de ser las protagonistas de al­ gunos de sus cuentos. Poco más. Los jóvenes suelen ver a las brujas como simples personajes carnavalescos.


Su pertenencia al mundo mítico les in­ duce a mirarlas con cierta fascinación. ¿Qué hay detrás de estos seres? La respuesta no es sencilla pues, tras esta palabra, se agita un mundo complejo. Por entre las bambalinas del escenario brujeril deambulan desde númenes hasta per­ sonas reales. Diversas han sido las respuestas que se han dado a esta cues­ tión. He aquí algunas de ellas: CUI2ANDEE3A6 Para algunos, el origen de las brujas hay que buscarlo en ese tipo de personas, normalmente mujeres, con excepciona­ les conocimientos de botánica. Eran las típicas curanderas que se dedicaban a re­ coger plantas, hongos, raíces y frutos, y con ellos remediar las diversas dolencias de la población. Es verdad que en un mundo rural como aquél, todos conocían

algunas plantas curativas; pero ellas, her­ bolarias por excelencia, eran las auténti­ cas expertas, con secretos celosamente guardados. Con los conocimientos ad­ quiridos y la carga de sugestión adicional en sus tratamientos, alcanzaban unos buenos resultados en sus curaciones. Se convirtieron en curanderas, magas y adi­ vinas. Sin embargo, estos conocimientos no siempre fueron bien utilizados. Sus con­ vecinos sospechaban que, quien era ca­ paz de curar, también lo era de provocar enfermedades, hechizos e incluso la muerte. Quien conocía las propiedades terapéuticas de las plantas, conocía tam­ bién sus poderes letales, que en algunas plantas dependía simplemente de la do­ sis. Se decía: "Quien sabe sanar, sabe ma­ tar". La curandera podía envenenar sin dejar huella alguna. Todo ello dio pie a que las mirasen con admiración y miedo a la vez. En una sociedad tan supersticiosa como aquélla, con la llegada del cristia­ nismo, no pocos pensaron que estos co­ nocimientos eran fruto de pactos diabólicos. Lo más curioso es que algu­ nas de estas mujeres denominadas "bru­ jas" se llegaron a creer aquellas murmuraciones que envolvían su perso­ nalidad -pactos con el diablo, viajes por el aire, poderes existentes, etc.-, lo que no hizo sino confirmar lo que de ellas se decía. Al parecer, la utilización de plantas alucinógenas favorecía estas creencias. Una de las versiones asegura que Zokorra era una curandera. Del gallur -viga cimera de la casa- de su desván, boca abajo, colgaban numerosas plantas medicinales, prestas a ser utilizadas para contrarrestar las diversas dolencias. Curanderas famosas se han dado con frecuencia en estos pueblos. Existen no­ ticias de una muy famosa que vivió en Agurain hace unos trescientos años. Más cercana en el tiempo, ejerció otra en San Román de San Millán, muy conocida y muy solicitada.

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mèìoè D E cmoé p a g a n o ^ La presencia de las brujas no se remonta a la Edad Media. Nos las encontramos en lugares clásicos como en Mesopotamia y en Egipto. La brujería es una reminiscen­ cia de antiguos cultos, sobre todo a la Señora de la Noche. Estos ritos buscaban la abundancia de los campos y la fertili­ dad de los ganados. Numerosos datos jalonan nuestra historia. Un ejemplo lo tenemos en Carlomagno, el cual decretó la pena de muerte para los que provocasen tormen­ tas, arruinasen las cosechas, incitasen la esterilidad en los ganados, se dedicasen a la adivinación, causasen enfermeda­ des... Ya antes, durante el Imperio Romano, en el siglo III, se castigaba con la pena de la hoguera a los que causaran la muerte de alguien con sus encantamientos. Y en el llamado Canon Epìscopi, que parece datar del Concilio de Ancyra, celebrado en el 314 d.C., se dice: "Ciertas viles mu­ jeres, convertidas a la causa de Satán, se­ ducidas por las ilusiones de los demonios creen y pretenden ser capaces por la no­ che, de cabalgar bestias salvajes, en com­ pañía de Diana y de una cohorte de malvadas criaturas. También pretenden recorrer grandes distancias siguiendo las órdenes de su señora. Esto no tendría de­ masiada importancia si no arrastrasen a otras mujeres en semejante vileza. Lo enojoso es que logran convencer a las gentes de lo que las tales aseguran. Entonces las masas recaen en su antiguo culto pagano. Debido a todo ello, es pre­ ciso que los sacerdotes adviertan a los fieles y les persuadan de que todo ello es falsedad y que todo se reduce a fantasías inspiradas por el demonio". En el canon XXIV de este Concilio, se impone cinco años de penitencia a los que consulten magos.

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a n v o E x P iA T O d o En el fenómeno de la brujería se dio un gran histerismo colectivo, una locura

contagiosa; las brujas terminaron por convertirse en chivos expiatorios, reba­ jando las tensiones sociales. Un claro ejemplo lo tenemos en la Peste Negra, que asolaba Europa de ma­ nera periódica desde mediados del siglo XIV; la sociedad necesitaba alguien con­ tra el que descargar su angustia, y las víctimas fueron los judíos y las brujas. A las brujas les acusaban de fornica­ ción, de no acudir a la iglesia, de provocar el granizo, de traer la peste, de matar a personas cuyo fallecimiento era inexplica­ ble... Supuestamente estaban poseídas por espíritus malignos, por lo que se les podía culpar de todas las desgracias que aconte-


LOS R K e L R R R E S £RñN LRS R G U N I O N G S o e BfiUJRS PRflR R E N D I R P L e i T G S Í ñ RL M A L I G N O

R e p R e s e N T R o o eN f o r m r oe CRGñÓN eN RE RLIORD PORMRGRN M R S P ñ R T e DE LR M O R B O S R IM f l GI NR CI ÓN oe LRS R U T O R I D R O e S e c L e s i á s T i c ñ S Que l o s JUZGRGRN EN L RS I M Á G E N E S , G R U P O BIDRGRRfil E S C E N I F I C R RKELfiRRE

ciesen. Con la llegada del cristianismo, pa­ sarían a ser instrumentos de Satanás. Un suceso desafortunado era, en otros tiempos, difícilmente achacable al azar. Más bien pensaban que alguien era el causante, directa o indirectamente. La sospecha no tardaba en recaer en al­ guien del entorno, normalmente alguna vecina insociable, huraña. Las víctimas elegidas, salvo raras excepciones, perte­ necían a las clases bajas de la sociedad. DIVAUCADEá COTIDIANAS En las relaciones humanas es habitual que surjan tensiones, y más aún en el mundo rural, donde la convivencia es

muy próxima. Estos problemas vecinales podían marcar negativamente a familias durante largo tiempo. Las rencillas se transmitían de generación en generación. En una situación enconada tan aguda, no es de extrañar que utilizasen la acusa­ ción de brujería para acabar o dañar al adversario. También, y aunque parezca extraño, esta misma situación se podía dar den­ tro de la familia. El antropólogo M. Gluckman destaca el hecho de que, en ciertas sociedades, es frecuente la acusa­ ción de brujería referida a las cuñadas. Entre los zulúes de África meridional, consideran que la brujería es consecuen­ cia del resentimiento procedente de conflictos y querellas entre las mujeres que han de vivir juntas y que, sin embar­ go, no pertenecen al mismo linaje. La brujería ayudaba a justificar el odio o la antipatía que se sentía hacia las perso-

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nas con las que se debería tener buenas relaciones. No olvidemos que, como fenómeno político, fue un buen sistema para doble­ gar todo tipo de disidencias. Desde los poderes establecidos no tuvieron reparo en utilizarlo como argumento para arre­ meter contra los que se oponían a sus intereses. Además, eran conscientes de que un grupo humano con miedo era más sumiso. Bajo no pocas acusaciones de bruje­ ría se ocultaron, en realidad, inconfesa­ bles rivalidades familiares, sociales o políticas. Lo dramático es que si le consi­ deraban culpable -y esto ocurría en mu­ chos de los casos- terminaba en la hoguera.

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m m so m é m é Podemos sospechar que, en más de una ocasión, los que dirigieron procesos con­ tra la brujería padecían una obsesión en­ fermiza. Por cualquier lugar veían brujas. Cualquier nimio detalle era expresión evidente de que allí se ocultaba la acción de Satanás. Mentes enfermas con apa­ riencia de virtud. Muchos de ellos encon­ traron el caldo de cultivo adecuado para proyectar en aquellas gentes sus propios fantasmas. Esta obsesión nacía -y a la vez po­ tenciaba, como un círculo que se retroalimentaba a sí mismo-, en una sociedad que presentía espectros por doquier. Tras cualquier sombra o ruido sospechoso se ocultaba una maligna bruja dispuesta a dejar su pestilente rastro de destrucción. Las desgracias acaecidas eran prueba evi­ dente de ello: personas y animales que morían sin causa aparente, pérdidas de cosechas, esterilidad, desaparición miste­ riosa de objetos, sonidos extraños de la noche, etc. El contrapunto estuvo en hombres como Alonso Salazar y Frías, que aporta­ ron un poco de luz en medio de tanta oscuridad. Ellos comprendieron que mu­ chas de las afirmaciones sobre las brujas

no estaban sino en la mente de los acu­ sadores. APDOVECHADáí! No hemos de descartar que, tras algunos casos de brujería, sobre todo de acusa­ ción popular, se ocultase una táctica de supervivencia de personas indigentes. El vulgo temía las maldiciones de mendigos y brujas. No sería extraño que algunas mujeres desarrapadas, aprovechando es­ tas creencias tan enraizadas en sus con­ vecinos, se valiesen de tales circunstancias. Ellas mismas favorecían esta superstición. Les temían, es verdad, pero esto les reportaba un enorme bene­ ficio: nadie les cerraría la puerta, nadie les negaría un trozo de pan. La temida mal­ dición era el arma con la que disuadían reacciones menos generosas. Si no les ayudaban por caridad, al menos se verían obligados por temor. La tradición oral nos habla de distintas mujeres mendigas, con fama de brujas, que al igual que Zokorra deambulaban por nuestros pueblos. Un ejemplo lo encontramos en la Casa de la Muga, cerca de Andoin. Allí vi­ vía una mujer que "se negaba a trabajar", habiendo optado por la mendicidad. Para estimular la limosna, les amenazaba con una maldición. La mayoría, por miedo, accedía a sus deseos. En una ocasión un hombre, carbonero de profesión, cansado de sus exigencias, se opuso a darle más dádivas: y le dijo que si osaba maldecirle, la arrojaría a una de sus carboneras y ha­ ría carbón con ella. A partir de entonces ya no le molestó más. Tampoco podemos olvidar a otros que obtenían beneficio de estos perso­ najes: los padres. En todos los pueblos ha existido algún “asusta-niños": el Sacamantecas, el Hombre del Saco, un dragón, etc. No han faltado pueblos don­ de las brujas, en su aspecto mítico, se convertían en un excelente aliado de los progenitores, evitando que los niños se acercaran a lugares peligrosos: cuevas, zonas pantanosas, etc. La repetida adver-


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tencia de los mayores obligaba a los ni­ ños a recelar de estos parajes. En Alaitza asustaban a los pequeños con la bruja Zokorra: en Peñacerrada re­ currían a la bruja Caintzaraina. En Araia, cuando querían atemorizar a los niños, les decían: "¡Que viene la bruja de Anboto!".

L ñ I M ñ G G N N O S MUe S T ñ f i A L G U N A S D£ LAS P E R S O N A S Q U E A P A R E C E N C O M O R E V O C A N T E S , EN LR " S E C T A D C G R U J O S " , D C 5 D E E L 2 Q DE M A Y O DC l6i1, p e c h a E N Q UE SE P U B L I C Ó EL E D I C T O E N 5RNTESTEBRN E S T E L I B R O DC VISITAS RECOGE HASTA OCHENTA D E C L A R A C I O N E S DC A E V O C A N T E S

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En cierta ocasión, ya de noche, un vecino de Ibarguren (Aspárrena) se asustó al oír el mido que había en ia cuadra de su casa. Se levantó de la cam a con el candil en la mano. Pudo ver, extrañado, que todo el ganado estaba suelto y bram aba con estrépito. Con paciencia fue atando a cada uno de los anim ales en el lugar que le correspondía. Regresó a su lecho con intención de reanudar el descanso. Apenas se había dormido cuando se oyó en la cuadra la m ism a algarabía. Una vez más se fjv o que bajar a las cuadras, compro­ bando que se habían soltado de nuevo todos los animales. Repitió la escena de encade­ nar todas las vacas y bueyes, aunque esta vez no admitien­ do a la casualidad como origen de aquel misterio. Así ocurrió a varios vecinos durante esa noche; y lo mismo sucedió durante varios días consecutivos. Por aquellos días apareció una mendiga deambulando por el pueblo. Su presencia pronto despertó el recelo en ibarguren, asociándola a lo que últimamente acontecía en los establos de sus hoga­ res. Los hom bres del lugar no tuvieron dudas en ver en ella a una bruja causante de sus desgracias. Enfurecidos se abalanzaron sobre la sospe­ chosa mendiga, dándole una soberbia paliza. Y le am ena­ zaron con ser m ás duros si regresaba por el pueblo. Con al m archa de la mendiga-bmja, ya no hubo más problemas con el ganado del pueblo.

LUCHA DE » 0 6 No ha faltado quien ha esbozado una curiosa teoría sobre lo que puede existir oculto bajo el complejo mundo de la brujería: una sutil lucha de Sexos. Según esta teoría, la brujería no surge en las sociedades intensamente matriar­ cales ni en las claramente patriarcales, sino en colectivos humanos donde el do­ minio de la mujer ha sido sustituido por el del hombre. En una sociedad matriar­ cal, los valores positivos son los femeni­ nos; en una sociedad patriarcal, los que prevalecen son los masculinos. La bruje­ ría sería la escenificación simbólica del choque de las dos culturas de sexos: por un lado la mujer, con su tendencia al mundo natural y su sentido comunitario, y por otro el hombre, con su racionalidad y su individualismo. El hombre, aunque reconoce implícitamente el poder de la mujer -maga, hechicera...- trata de des­ valorizarla, y para ello la demoniza. Reconoce que tiene poderes, pero le acu­ sa de poseerlos a través de su relación con Satanás. Proyecta en la mujer lo ne­ gativo, la noche, el mal, lo demoníaco. La mujer, otrora dominante, es acusada por el hombre de ser manipuladora de las fuerzas naturales. Para algunos, el hecho de que la máxima figura mítica de nuestra tierra sea femenina -la diosa Mari-, es una se­ ñal reveladora de que. antaño, vivimos en una sociedad matriarcal.

HADAYBDUJA El personaje de la bruja es muy frecuente en las narraciones populares y en los cuentos infantiles. Desde la psicología nos sugieren un posible motivo. Para un niño, su madre es la representación de la bondad: le ofrece el alimento, le abraza con cariño, le protege ante las dificulta­ des. Pero el niño percibe que su madre también le castiga si hace las cosas mal, dedica mucha atención a otros herma­ nos, no le consiente algunos de sus ca­ prichos...


Es difícil para un hijo de corta edad entender que una misma madre tiene elementos positivos y negativos, por eso él los disocia en dos personajes: la madre buena, que es el hada madrina, y la ma­ dre mala, que es la bruja. El hada es digna de admiración y amor, mientras que la bruja se merece todo el rechazo y el odio. Ahora ya puede el hijo volcar todos sus sentimientos negativos sin sentirse culpable. La imagen de la bruja permite al niño canalizar los estados anímicos negativos hacia la madre.

Epílogo Sea cual fuere la explicación más convin­ cente, lo cierto es que la historia ha es­ crito algunas de sus páginas más dramáticas con la sangre de supuestas brujas. Con frecuencia, su única culpa fue tener ciertos conocimientos de botánica, ejercer de parteras y amortajadoras o ser una persona marginada. Sospechas, acusaciones, tribunales, hogueras... escenarios de triste recuerdo. Páginas oscuras de nuestro pasado que desazonan el corazón, pero que es nece­ sario conocer. Sólo quien es plenamente consciente de los tiempos pretéritos puede evitar los mismos errores. La realidad nos demuestra que no so­ mos buenos alumnos de la historia. La miramos para criticarla, pero no somos capaces de vernos reflejados en ella. En nuestros días seguimos revistiendo a personas o colectivos de tos atributos brujeriles. No dudamos en levantar el in­ quisitorial dedo acusador. Practicamos en pleno siglo XXI, y a veces con orgullo, la "caza de brujas". Las hogueras siguen ardiendo. La agresividad social tiende a repetir­ se, de una u otra manera. No es difícil

encontrar la excusa que la justifique, al menos para el que la practica. Siempre hay alguien a quien colgar un sambenito. Siempre hay alguna cabeza que servir en bandeja de plata. Sólo abriendo nuestras puertas a la tolerancia podremos sofocar las funestas y devastadoras hogueras. Sólo ahuyen­ tando los temores a “lo diferente" conse­ guiremos enriquecernos sin miedo a perder nuestra propia identidad. CARLOS ORTIZ DE ZARATE Sscerdate y Etnúgrafo

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El salar de Uyuiú o de Tunupa es,con sus 12.000 km^, el ri^yor desierto de sal del mundo. Está situado a unos 3.650 metros de altura en el Departamento de Potosí, en el Altiplano de Bolivia, sobre la Cordillera de los Andes. Un guía local ojea AUNIA en el corazón del tan inhóspito paraje. Con ello hemos pretendido poner im punto de color en esa inmensidad de blanco cegador. /bfo enviada por los lectores: JOSEMICAUNDEZYBEGO MARTÍNEZ (LñUDIO)


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Desd e bien pequeño re cue rd o habe r oído c o n t a r a mi madre cómo eL pobre Amado, un mendigo bien c on oc id o en La comarca. soLía f r e c u e n t a r su caserío en OLartegotHi ( Lau dio ). H a s t a aLLÍ acu día para pedir “ Lo que f u e s e ” con Lo que apLacar aqueLLa i n s a c i a b l e hambre, su más fieL compañera d e s d e que v i e s e La Luz de e s t e mundo.

r t9 O C Q S i ó n , sin embargo, el orden lógico de las cosas parecía ha­ berse invertido y eran mis abuelo y ¿ibuela, hoy difuntos, los que desde se­ manas atrás aguardaban la aparición de ado: necesitaban que les diese un endrugo de pan de su zurrón. Por ridí­ culo que hoy pueda parecemos, por aquel entonces era el mejor y más tradi­ cional remedio que conocían para hacer que arrancasen a hablar los niños un poco retardados en los comienzos del lenguaje. En esta ocasión les preocupaba la excesiva tardanza en articular palabra de uno de sus hijos. Corría el año 46. La costumbre, hoy en desuso, de inci­ tar el habla de los niños valiéndose del "pan de los pobres" estuvo bien extendi­ da por todo Euskal Herria y fuera de ella. En ella confluyen dos elementos de ca­ rácter bendito, bien reconocidos por la doctrina cristiana. Por una parte están los pobres, modelo de pureza y con cuya humildad el mismo Jesucristo pide ser identificado y, por otra, el pan, el alimen­ to que destaca sobre los demás, y que llega incluso a tenerse por un nexo entre el cielo y la tierra. O, por qué no, por el alimento que simboliza la mismísima di­ vinidad. Mirando al pasado, sabemos que el pan ya era usado en ofrendas y en ritos mágicos previos al Cristianismo, espe­ cialmente y con gran difusión en la Grecia clásica. Pero sin duda fue aquel el Cristianismo- la gran avenida por la que aquellas costumbres, adecuadas puntualmente al lugar y al tiempo co­ rrespondientes. arribaron hasta nosotros. Todo ello derivó, con el paso de los si­ glos, en un interminable elenco de vario­ pintos rituales populares, arraigados y perpetuados en nuestros pueblos, y lle­ vados en ocasiones al extremismo repre-


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sentativo o, incluso, a la extravagancia. Son muchos y muy atestiguados. Pero debemos ser cautos y no caer en el error de pensar que todas esas costumbres proceden del “ inicio de los tiempos". Al contrario, no serán coetáneas ni tan an­ tiguas como pudiera pensarse: pueden haber llegado a nosotros, en un plano de igualdad ante nuestra mirada, prácticas con cientos de años de diferencia entre sí. Similares precauciones debemos adoptar en lo referente a su extensión geográfica. El atestiguar una variante concreta en un pueblo concreto quizá signifique eso mismo: que no sea el re­ ducto último de algo antaño muy gene­ ralizado, sino de una costumbre local propia e, incluso apurando más, acotado a alguna familia o persona del lugar.

rituALe/popuLATe/ De entre los citados rituales populares, llaman la atención las prácticas, estas sí muy extendidas geográficamente, que obligan a dar un trato reverencial al pan. No en vano, era relativamente común es­ cuchar en algunos de nuestros pueblos incluso que las hogazas eran nada menos que la representación del rostro de Cristo. Así no es difícil de comprender cómo había que recoger con las manos — y no con cualquier instrumento— el pan caí­ do al suelo, según costumbre generaliza­ da. Pero lo más importante en estos casos era el besarlo nada más ser levan­ tado. De no hacerlo así, se entendía que se estaba cometiendo una grave afrenta hacia el pan y, en consecuencia, hacia


Dios. En pueblos como Obanos (Na) ha­ bía incluso quienes io tenían por pecado mortal. Tampoco sorprende, por tanto, que en pueblos como Canboa (Ar) se santi­ guasen con él nada más recogerlo y be­ sarlo y, en Izurdiaga (Na), se pronunciase al levantarlo el nombre de "Jesús", según se deduce del material recogido en las encuestas etnográficas realizadas por los grupos Etniker a lo largo y ancho de nuestro país. En otros lugares como Ataun y Oiartzun (Gl) era costumbre mostrar al fuego el pan recogido del suelo antes de comerlo, quizá como ritual de purifica­ ción. Antes de cortar el primer trozo de un pan nuevo, había que dibujar una cruz en su base con la punta del cuchillo y des­ pués besarlo, costumbre muy generaliza­ da antaño y que en algunas familias aún mantenemos. Por el contrario, jamás se le debía cla­ var un tenedor o la punta de un cuchillo. Llega a decirse en Karrantza (Bi) de este mal comportamiento que se le está cla­ vando al mismo Cristo. En Mélida (Na) se considera incluso como pecado. Tampoco se podía, bajo ningún con­ cepto, dejar apoyado el pan con la base hacia arriba, ya que. como bien se cono­ ce en Laudio (Ar) y en otras muchas lo­ calidades del occidente vasco, ello hacía penar a las almas del purgatorio. En otros pueblos como Artziniega (Ar) o Canboa (Ar) se creía que al obrar así los que su­ frían eran, respectivamente, la Virgen o el mismo Dios. A la hora de partir el pan, tras la pre­ ceptiva cruz a punta del cuchillo y el pos­ terior beso, debía partirse con el cuchillo. No rompiéndolo con la mano, porque de­ notaba "poco fundamento" de quien lo

hacía. Las costumbres populares de algu­ nas localidades decían además que- había que apoyarlo sobre el pecho, apretándolo firmemente con la mano izquierda, y cor­ tarlo con el cuchillo asido siempre con la mano derecha. Incluso siendo zurdos, como bien se conocía en Arraiotz (Na): siempre con la derecha, si no se quería caer en la acusación de ofensa a Dios. Dado el carácter tan mágico del pan no es extraño que adquiera además cier­ to protagonismo en los días más rele­ vantes del año. Así sucede en la noche de Navidad. Tras la bendición de la cena, se cortaba el primer trozo y se guardaba bajo el mantel y luego en un armario o cajón — a salvo de los roedores, poco en­ tendedores de designios divinos— , en donde debía permanecer hasta ser reno­ vado al año siguiente. Tenía, según la creencia popular, la peculiar virtud de no "encanecerse" — enmohecerse— duran­ te todo ese tiempo. Mientras, el "currusco de de Navidad" — era así como se conocía— se convertía en un inmejora­ ble talismán con el que hacer frente a los más diversos males. Su mera presencia en lo más íntimo del hogar ya dotaba de una especial protección a la casa. Pero además y con carácter excepcional, se usaba para dárselo a los animales enfer­ mos de rabia. O para lanzárselo a los ríos desmadrados, rogando la intercesión di­ vina para que volviesen a su ser y no provocasen inundaciones. Similar a la costumbre de arrojarlo al mar embrave­ cido por las tormentas, para que éste se aplacase y pudiesen arribar a puerto los marineros sin perdidas humanas ni nau­ fragios de naves. Había también quien decía que había que echar un trozo del currusco de Navidad en aquellos lugares en los que había fallecido alguien ahoga­ do. Con una base ritual análoga, existía

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asimismo la costumbre de lanzar con fuerza un pedazo del pan navideño hacia aquella tormenta del horizonte que amenazaba con un gran desastre en las cosechas. Con ello, se intentaba ame­ drentar la nube y, así, desviar su rumbo. También poderes de protección espe­ ciales adquirían los panes — junto a otros alimentos— bendecidos en el día de San Blas. O en la Candelaria, en otras localida­ des. Pero nunca el pan amasado en Santa Águeda, fecha prohibida para este menes­ ter en muchos de nuestros pueblos. Con tales caracterizaciones, no extra­ ña a nadie que sea uno de los elementos más importantes dentro de los oficios li­ túrgicos, romerías, etc. Ni que se halle presente en los mitos más rurales, pre­ sentado como elemento afectivo de unión entre el “otro mundo”, fuera de la razón, y el de los humanos. Así, pan blan­ co fue el regalo que eligieron los gentiles que habitaban en el antro de Jentilzulo, en el valle de Orozko (Bi), para regalar a la partera del caserío Mariortu cuando acudió a ayudarles en un alumbramiento complicado. Idéntica a la leyenda en la que los gentiles de la cueva de Santimamiñe regalaban un pan, también blanco, a la matrona del cercano caserío Lezika, hoy restaurante. Era igualmente el alimento que, por mantenerlas calma­ das, se ofrecía a las lamias en Orozko (Bi), Zugarramurdi (Na), etc. Sin espacio para profundizar más en los mitos ni en los rituales litúrgicos cris­ tianos, no podemos sin embargo concluir este sucinto repaso sin hacer una refe­ rencia, aunque breve, a las ofrendas de pan para los difuntos. Dejó definitiva­ mente de practicarse al quedar prohibido el culto al pequeño “altar" familiar — lla­ mado jaríeku— que cada casa disponía en el interior de los templos. Allí se

ofrendaban roscas y panes, como ali­ mento para las almas de fallecidos. De igual modo se obraba el día Todos los Santos, dejando el correspondiente pan, unas monedas y velas o cerillas — rollos de cera conocidos como argizarí-oholak— encendidas en el especio del suelo correspondiente a la familia. Aquellos panes de ofrenda eran pos­ teriormente recogidos y repartidos — "peleados" en más de una ocasión— entre los más pequeños, los lugareños o los mendigos... según uso en la localidad. Respecto a estos últimos, los pobres, era el pan la limosna más común y más apreciada. Porque con pan y vino, dicen, se hace camino. Un pan que debía ser besado antes de ser entregado a aquellos desdichados pedigüeños. Al menos en Durango (Bi), Durruma Donemiliaga (Ar) o Viana (Na). Beso que repetía el indi­ gente en el momento de recibirlo, tal y como se atestigua en Portugalete (Bi). Otra vez los pobres y el pan... Hoy apenas nadie se fija hoy en él, en el que otrora fuese el más grande, sagra­ do, altivo y reverenciado de nuestros ali­ mentos. Ya no cuesta esfuerzo llevarlo a la boca, no hay que sembrar, segar, trillar o moler el trigo. Pero, cuidado, que la historia da muchas vueltas. Y no sería de extrañar que algún futuro día suspiremos de nuevo pensando en un trozo para que vuelva a ser el "pan nuestro de cada día". Entonces sí, nos parecerá de nuevo el grandioso alimento al que todas nues­ tras generaciones precedentes miraron con tanta fascinación. Estaremos pagan­ do nuestro particular castigo por haber dejado de besar cada trozo de pan que se caía de nuestras manos. FELIX MUGURUTZA MONTALBÍN Investigador


a SA RURAL LANDETXEA

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100 CURIOSIDADES - GUÍA PARA DESCUBRIR TESOROS SINGULARES

EDHA « Fundac.s BBK y Boinas La Encartada

EDITA «

TEXTO« M® José Torrecilla FOTOGRAFÍA «cjoseba Ibarra

TEXTO« Mikel Tellagorri FOTOGRAFÍA « Alberto Muro

SUA / 146 págs. / 8,5 €

144 págs. / 20 € / Euskera- Castellano - Ingl. Libro de muy cuidada factura, tanto en su maquetación y diseño como en las excelen­ tes fotografías, una selección gráfica que ha querido incidir más en el detalle de la centena­ ria maquinaria que en el aspecto general de la fábrica. Con ello se logra dar protagonismo al corazón mecánico de Boinas La Encarta­ da, como queriendo transmitir el sonido de tantos ejes y poleas, engranajes, agujas y mazas de batanes, tundidoras, remalladoras, tricotosas y selfactinas. Sin embargo, no debemos olvidarnos que el texto preciso de la arqueóloga e historiado­ ra M® José Torrecilla es un plus añadido al documento gráfico, ya que aporta contenido y fundamento al libro, introduciéndonos en la historia y devenir de la fábrica, desde su creación a finales del siglo XIX hasta su cierre en 1992, un siglo después.

Ya hace un tiempo, la revista Euskal Herria (Sua), nos sorprendió con un interesante número especial, el séptimo de los de esta colección. .rJ A través de sus páginas, se sugieren un centenar de lugares especiales, con los que sentir más de cerca Euskal He­ rria. Por sus páginas desfilan parajes natura­ les, tumbas, iglesias, profesiones o restauran­ tes entre otras muchas opciones. No cabe duda de que la concepción del trabajo es sí misma ya es el mayor de sus aciertos. A ello se suma la originalidad y la frescura de muchas de sus propuestas. Los precisos textos de MikelTellagorri y las im­ pecables fotos de Alberto Muro hacen que, en su lectura, inevitablemente pensemos en dónde recalar el siguiente día de fiesta. Quizá se le pueda achacar la información demasiado somera y superficial en algunas ocasiones, pero ello obliga asimismo al viaje­ ro a rebuscar, hábito siempre aconsejable. E U í- '

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EL VALLE DE AYALA (II) DEL SIGLO XVI AL XXI EDITA

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MAyuntamiento de Amurrio / 527 págs. / 15 €

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« Varios

Tras el fallecimiento del amurrioarra Federico Barrenengoa (2005), la familia retomó el trabajo que el finado no pudo concluir: la edición del E ' V a lle d e A y a la segundo tomo de la historia de la Tierra de Ayala (XVI-XXI), continuación del publicado en 2002, del período Prehistoria-XVI. Para ello se reunió a una serie de amigos y colaboradores y, gracias a ellos, se ha conseguido publicar una obra con una visión, más o menos histórica, de los últimos cinco siglos de la vida ayalesa. En la primera mitad del libro, redactado por la misma familia, se hace un repaso apasionado y entrañable de la vida personal, familiar e intelectual de Federico. En la segunda, desfilan diversos capítulos que versan sobre ferrerías, personas ilustres, emigrantes, guerras y el euskera en la comarca. Una obra que, más que una aportación a la historiografía o una versión fiel a lo que el autor soñaba publicar, busca ser una muestra de entrañable de homenaje pòstumo a aquel inquieto Federico que tanto amaba a su Tierra de Ayala.


TOCADOS FEMENINOS INDUMENTARIA BAJO-MEDIEVAL EN EL PAÍS VASCO Boinas La Encartada Museoa_______ TEX TO « Estibaliz Santisteban FOTOGRAFIA« Juanjo Hidalgo 44 páginas / 3,5 € / Euskera - Castellano

MUNIBE N<* 60 ANTROPOLOGIA - ARQUEOLOGIA EprrA

« Aranzadi Zlentzia Elkartea / 365 págs.

ED ITA«

Con motivo de una interesante exposición que tuvo lugar el pasado 2009 en el Museo de Boinas La Encartada de Balmaseda, centrada en el tocado femenino de la Baja Edad Media, se elaboró este librito de pequeño formato pero nutrido contenido con el fin de dar a conocer algo más sobre (os diferentes y complejos elementos de tela con que "tocaban" sus cabezas las mujeres medievales e incluso de la Edad Moderna, verdadera moda de enorme riqueza formal que vino a dotar de elegancia con sus diseños a la indumentaria femenina vasca.

Organizado en artí­ culos independientes entre sí y de temática diversa, se nos ofrece un amplio espectro de aportaciones científi­ cas, firmadas por al­ gunos de los más no­ tables investigadores del panorama vasco actual, con presencia, igualmente, de especialistas europeos. La temática abarca desde la prehistoria hasta las últimas Intervenciones arqueológicas en materia de Guerra Civil, pasando por la Edad Media e incluso por estudios sobre la proble­ mática de las dataciones.

PATRIMONIO ARQUITECTÓNICO EN LA CUADRILLA DE AYALA ELEMENTOS MENORES EDITA «

Diputación Foral de Álava / 481 págs. / 30 € / Euskera - Castellano Rodríguez

AUTORES « Victorino Palacios y José

Este grueso volumen supone la sexta entrega de siete para completar el inventario de los llamados elementos menores del patrimonio arquitec­ tónico en Álava, uno por cada una de las cuadrillas que administrativa­ f. PP mente conforman este territorio histórico, a falta tan sólo del corres­ pondiente a Vitoria-Gasteiz y. si hubiere lugar, a un oaavo y no menos deseado sobre el enclave de Treviño. Elementos religiosos como cmceros, calvarios, cruces de todo tipo, estelas: P M K IM IiS It l I I ( ' K IM t O juegos tradicionales como frontones y bola-tokis; elementos arquitectó­ I M V U (IW lIl.t w»%lk nicos relacionados con actividades agropecuarias como potros de hen-ar, pozos de nieve o abejeras: y las evidencias de antiguas industrias como fenrerías, tejeras, caleros, molinos y harineras, sin olvidar las fuentes públicas y los puentes para el tránsito y paso de arroyos y ríos son, entre otros, ese “patrimonio menor" que tanto hemos am'nconado, olvidado y hasta destmido en todo nuestro entomo. Sirva este trabajo como base para futuras aportaciones de nuevos elementos y para que conser­ vemos, restauremos y pongamos en valor los que ya conocemos, porque tenemos la obligación moral de transmitírselos alas generaciones siguientes. k ilM iX II a i l 'i 'H v k t I K k l U k l i l M k O t

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V O L Ú M E N E S ___ P U B L I C A D O S

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S i quieres co n seg u ir algu no de estos vo lú m en es h aznos el ingreso co rresp o n d ien te (ver n.® d e c u e n ta en la p á g in a 1 2 3 ) co n tu n o m b re y co m u n íca n o s a qu é d irecció n deseas qu e te la enviem os.

AHITUTA AGOTADAS

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Ritos funerarios en Eusícal Herria Ermitas juraderas I El balneario de Orduña en el XIX I Corbeia, el medio subterráneo I Minas en Arditurri I Aiako Han-ia i El hongo truFa

La teja, usos tradicionales Laudio, tradición tejera I LosTxistus Gancedo i EiBadády I Murales en Muaieta i El puente Bizkaia I Agotes i Eljamón i Eneko, Iñigo, ignazio, iñaki

La boina y (os vascos La Encartada, una fábrica-museo I San Juan y Santa Eulalia I Hacer la colada I ¡Agua va! ! Armas vascas para un Imperio I Kortazar eta Irukutzeta I Petius,Peru,B«tiri,K8pa

Explotación y transformación del monte Simon Whitbum, tumba de minero I Centinelas deToloño i Crvz de Castillo i La metereología tradicional I El jaspe delM e de Llodio I MirenyMaria

Pipas tradicionales de arcilla La vieja del monte I Un cuadm de José Anue recuperado I Dragones y seipientes I La cueva de Baltzoía i La bellota, alimento de humanos I Mendaur

El Fuego Nuevo en la cultura vasca Las víifcnesde la Antigua i Laestación feaoviaria de Llodio I El poder de la escritura I Ruta megalítica por Ecxatar I Megaiitismo didáctico I Las torres de Mandares de la Oca

El Yermo, la romeria de los vizcaínos Eusicara Enkarterrin I Silbatos de hace 24 siglos I Grandes mamíferos cuaternarios I Las fiestas de Bilbao en 1876-1877 I El haya I Aitor,Amaia,Asier

los cereales,primeroscultívos enEuskal Hertia Laudk): añoranzasvizcaínas i Septiembre mágicoenEmk) \ ¿Dónde estuvo la torre de OroBO? I LacuevadePozalagua I Barrancos IstorayBerrabia i AinhoayArantzazu

FurthrisffloenKanpezu,actividadporel hambre ViejocamavalruralenAspárrena I Elunicomw en Euskal Hefria I Lekeitio,entre el mary la tierra I Aranekoarri, la leyenda de pastonjUa I Uxuey Usoa, nombresde altosvu^os

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Hacer cal, un oficio vecinal desaparecido Hacer cal, trabajo de vecindad I Conocer Bilbao I Contencioso en Sierra Sálvada I El puente de Bitoríl» I Sien-a de Kodes I Estibaliz

Banderas vascas: Ikurriña y Amno Beitza Nombres con significado ofensivo i La Casa del Cordón I La ermita de Magdalena, Zuberoa I El pino radiata I Xabier, el santo navarro

Apuestasnscas;pelota,trainens,bwyesycamcns Lagares rupestres, arqueología del vino i El ritural de las cabezas cortadas I La Cueva de los Gentiles de llarduia I Magia y verrugas i Aitziber

/ Castillos deBidula, historia deRayMy Señom El Castillo de Untzueta I Ereñozar castillo, iglesia y necrópolis i Meñakako azken gaitzerdiegilea i Cocineras vascas I jugatxi y E^lunbe

Naipesmusicalis,slifular historiade una baraja La memoria de una pastor de Corbeia I La ermita de San i^artin de Malearía I El monasterio de Sasioia i Baserri nunca fue caserío i Ir3ti,iratxeelrantzu

CaKistas, m is allá de la guerra

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la vid silvestre, un tesoro amenazado I El cultivo de la vid, historia del chacolí alavés 1 Lezama en la II l^ública I El estornudo, el camino del diablo

Muerte de un euskaldún en Altube La expbtación de las abejas en el occidente vasco I Apicultura en Eltziego I Arquitectura modernista I Portugaise en el siglo XIX I DeAiaraaAiara


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B ER T SO EMANALDIA

M. Lujanbio, A.ArzallusJ.Maia, A. Egaña, U. Iturriaga, S. Colina, A. Estiballes

MAGIA

III Gala Internacional de Magia de BasaurI MAIATZAK 9 MAYO 19:00 • 10€ Avnto i*wie /

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INFORMAZIOA/INFORMACION: 944 666 390 / 393 • www.socialantzokla.com


OipuKkoako F cmii Aldundia Diputad«^ de Gipuzkoa

Untzi IVluseaa

MUSED NAVAL

Untzi Museoa Donostiako portuari kokatzen da Kontsulatua zenaren dorretxean. Eraikina X V III. mende erdialdekoa da. El Untzi Museoa-Museo Naval se sitúa en el puerto de San Sebastián ocupando la Casa-torre del Consulado, edificio de mediados del siglo XVIII.

EXPOSIClÚMbf-ÍAKUBKETA

Euskaldunak eta Pazifikoa. Andrés Urdanetaren omenez' "Los vascos y el Pacífico. Homenaje a Andrés de Urdaneta" Erakusketa honek Ozeano Barean izandako euskal presentziaren ikuspegi panoram ikoa eskaintzen du, Filipinak, Japon eta Txina b a m e hartuz.

Esta exposición ofrece una visión panorámica de la historia de la presencia vasca en el Pacífico incluyendo territorios como Filipinas. China o Japón,

XVI. m endetik gau r egun era denboran zeharreko bidaia honetan, Elkano, Urdaneta eta L egazpiren garrantzi historikoa eta abenturaz beteriko bizitzak ezagutu daitezke. Halaber, latitute haietan nabarm endu ziren beste hainbat p ertsonaia ere agertu ko dira: nabigatzaileak, m erkatariak, m isiolariak eta piiotariak, besteak beste.

Un viaje en el tiempo desde el siglo XVI a la actualidad que permite conocer el papel histórico y la vida aventurera de Elcano, Urdaneta y Legazpi, además de otros muchos personajes que destacaron en aquellas latitudes como navegantes, comerciantes, misioneros, pelotaris, etc.

2011KO U R T A R R ILA A R T E IK U S G A I.

HASTA EN ER O D E 2011,

Bisita gidatuak Programa didaktikoak Behin-behineko erakusketak Argitalpenak Dokumentazio zentroa O R D U T E Q IA

Asteartetik larunbatera: 10;00-13;30/16:00*19:30

Igande eta jaiegunetan: 11:00-14:00 A ste le h e n « ta n itxita

U-M K aíko Pasealekua, 24 Paseo del M uelle, 24 2 0 0 0 3 D o n o stia -S a n S ebastián m n avai@ g ipu 2koa.net T e l.+3 4 9 4 3 430051 h ttp ://u m .g íp u 2ko a ku ltü fa .n e t

Visitas guiadas Programas didácticos Exposiciones temporales Publicaciones Centro de documentación H O R A R IO

De martes a sábado: 10:00-13:30/16:00-19:30

Domingos y festivos: 11:00-14:00 L u n e s ce rra d o


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