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El unicornio de Betelu Lekeitio Carnaval de Asparrena Leyenda de Aranekoarri Los nom bres Uxue y Usoa

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Furtivismo en Kanp^zu, una actividad marcada ñ o r el h'S’rribre


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M . '\Gonsíruida a comienzos de! siglo XVI por la familia Salazar, fue reformada a finales del siglo .XVII por Simón de la C u a ^ .

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TVas haber sido restaurada por j el Departamento de Cultura de ^ la Diputación Fotil de Bizkaia / actualmente ser encuentra, abierta al público. '

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En su interior se tía recuperado! ,; ’. / el ambiente del taller ferrón y de^ ' • las carboneras del siglo XVII! se han habilitado dos salas explican el funcionamiento de I# ’ terrería, así como su evolución* lo largo del tier , en funclonamií

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Horario de El Pobal Invierno: mañanas de 10:00 h. a 14:00 h. Verano: mañanas de 10:00 h. a 14:00 h. tardes de 16:00 h. a 20:00 h. Lunes cerrado. Visitas guiadas. Demostración del trabajo de hierro

Bizkaiko Foru Akiundia

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iw g M ir s n d o K d C Í3 3 t r á s , 3 m ils s d e 3ñoS s t r á s , no hay ninguna duda de que todos hemos sido cazadores, pescadores y recolectores. Que hemos capturado animales a lazo, con trampas y utilizando el más amplio repertorio de armas e ingenios que nuestra imaginación y habilidad nos han permitido. Que nos hemos metido en los ríos para coger peces a mano escondidos en sus ribazos, o con redes y arpones fabricados en hueso. Que hemos trepado a árboles altísimos para robar huevos de sus nidos e incluso los mismos pajaritos, fuera ya de su cascarón. Que hemos recolectado todo tipo de hongos, bulbos, frutos y bayas, sin dejarnos una sola de las innumerables verduras silvestres que pudieran echarse a la olla. Que hemos mariscado, comido lapas, crustáceos, moluscos, reptiles, insectos, roedores y un sinfín de especies más, tantas que no cabrían en ninguno de esos cuadernos de campo que utilizan los investigadores. Muchas, incluso, desaparecidas para siempre de nuestro recuerdo y hasta de la faz de la tierra. No hay ninguna duda de que hemos hecho todo esto y más, aunque no lo recordemos. Somos Homo sapiens, cromañones, y de los últimos cien mil años de nuestra historia apenas llevamos cien -acaso cincuenta- sin hacer lo que anteriormente hemos descrito para subsistir. Y así debió de ser, de lo contrario no se explica que llevemos tan marcado a fuego el gen depredador de nuestros ancestros, un gen que todavía hoy nos excita cuando llenamos hasta los topes una cesta de Boletus eduUs, posamos junto a la cabeza de un ciervo macho abatido y coronado por cuernas de siete puntas, sacamos a tierra mediante un hábil golpe de caña una trucha de dos kilos o nos enseñoreamos J con un atillo de becadas rellenas de perdigón colgando a la cintura. Hay una erótica del poder manifiesta, un orgullo oculto que vence y se desborda al exterior para reclamar el derecho de todo ser humano a seguir cazando, pescando y recolectando, a pesar de los más de cinco mil años transcurridos desde que iniciáramos un lento desapego de lo natural y salvaje para convertirnos en sedentarios agricultores, pastores y urbanitas. Por lo tanto, como especie humana moderna llevamos más de cien mil años de apasionado y legal furtivismo. más como tarea de subsistencia -para procurarnos el sustento-, que como actividad de ocio y placer. Todavía en la primera mitad del siglo XX se practicaba el furtivismo por necesidad en muchas zonas, caso de la Montaña Alavesa (Cuadrilla de Kanpezu) y objeto de estudio en nuestro principal tema. Hoy, nadie es furtivo por necesidad en Euskal Herria. sino por ’ hedonismo, por el puro placer de transgredir unas normas de las que nos hemos dotado para preservar, de alguna manera, los espacios naturales que aún nos quedan y en los que, quienes respetan esas normas, pueden cazar, pescar y recolectar sin problemas. Pero, el hedonismo al que nos referimos permanece enquistado en individuos que pertenecen a todo tipo de profesiones y clases sociales, individuos V que tienen que salir al monte para pisar la hojarasca y oler el rastro de 1 sangre entre el matorral y el ribazo, con el único fin de robarnos a todos los demás pequeños tesoros de naturaleza viva: águilas, azores, corzos, jabalís, truchas y cangrejos, palomas, zorros y hasta humanos si se ponen a tiro y llevan traje de "guarda de caza y pesca"; sin permiso de nadie, ocultos y al margen de la ley. como hace quince mil años, pero sin necesidad. O. acaso sí. enfermos de necesidad.

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Miguel Ángel Zorrilla repreientando a un pescador furtivo con su captura.

N.«21 Zk NEGUA Koldo Gundra Del Campo Mikcl Gorrouut^i Carlos OriÍ7. de Ziratc Jesús Prieto Mendau

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Juanjo Hidal|gD I Fdi\ MuguruuA D I S t lN U A K l A M A K t: l A / lO A

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96 Aranekoarri, la leyenda de la pastorcilla FĂŠlix M

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Por cualquiera de los accesos por los qu e el valle de O rduña recibe a sus g en tes y visitantes se nos p rese n ta a la vista u n espectacu lar paisaje salpica­ do de p eq u eñ as aldeas a los pies de sólidas b arre­ ras calizas en tre las q u e destaca el perfil inequí­ voco de la Sierra Sálvada o Gorobel, gran m uralla n atu ra l de O rduña y protagonista ineludible de m u ch o s de los pasajes de su pasado. C om o e n consonancia con la m agnificencia del valle, el casco histórico de la villa de O rduña, ú n ica e n Bizkaia co n titulo de ciudad, se articula e n tres núcleos de calles e n torno a u n a sobred im en sio n ada plaza m edieval, la m ás g rande de E uskadi. Es desde esta donde podem os com enzar u n in teresan te recorrido por sus estrech as calles, p ara rn o s a c o n tem p lar retazos de su historia gra­ bad o s e n la arq u itectu ra de la ciudad: iglesia-fortaleza de Santa María, recinto fortificado, palacios d e d istintas épocas y estilos, im p resio n an tes edifi­ cios com o la neoclásica a d u a n a reconvertida hoy

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e n u n hotel-balneario b alu arte de la oferta term al q ue ya e n siglos pasados fue capaz de atra er a gen tes gracias a las n u m ero sas p ro p ied ad es cura­ tivas de las aguas del m an an tial de Arbieto, en el hoy área recreativa de La Muera. Ya de cam ino a las aldeas de Ruzabal, testigos de los prim eros poblam ientos organizados del valle, no podrem os dejar de visitar u n paraje em b lem á­ tico de O rduña; el S antuario de N uestra Señora de La A ntigua, q u e acoge a la patrona c u y a festividad se co n m em o ra el día 8 de m ayo, dan d o nom bre asi a u n as de las fiestas m ás conocidas y popula­ res de Bizkaia i o s O txom aios”, q u e tran sfo rm an la tranquilidad y sosiego de las calles de O rduña en alboroto, ruido y alegría constante. O rdu ñ a a ú n in m e rsa e n u n integral proceso de cam bio y adaptación a los nuevos tiem pos, con­ serva m u ch o s aspectos, perdidos e n otros lugares, que la co n v ierten e n u n lugar de g ran atractivo: u n a irresistible rep o stería luce tras los in m en so s


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/ <-ristales de com orcios quc bajo kxs soportales de su plaza nos rem e m o ran a u na histórica e im p o r­ tante actividad com ercial, periódicos m ercados tradicionales sacan a la luz un a gran variedad de sus productos de elaboración artesanal: m e rm e ­ ladas ecológicas, quesos, txakolis, repostería...., citas gastronóm icas ineludibles com o la unida ‘1 la micologia, q ue O rduña nos ofrece todos los ‘'ños, u n a g ran tradición m usical q ue no taita en d eterm in ad as fechas com o en la S em ana Santa orduñesa, d e gran in te rés por lo pecu liar y auste­ ro de u n as procesiones, con u n n u trido elenco de im aginería barroca no fácil de reunir. O rduña, en el Alto Nervión, com p arte territorio historia con el colindante valle de A vala convir­ tiéndose así en u n d estino perfecto tan to d(í m on­ tañeros, senderistas, profesionales y aficionados 3 los deportes d e vuelo com o de todos aquellos am an tes de acercarse al patrim onit) histórico y nionum ííntal de n u estras tierras.

orduña atsegin handiz on ••'.f.:'■!'

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OFICINAS DE TURISMO DE LA COMARCA ESKUALDEKO TURISMO BULEGOAK AYUNTAMIENTO DE OROZKO Zubiaur Enparantza, s/n Tel. 946,33.96,33 www.orozkoudala.com OROZKO Zubiaur Enparantza (Museo Etnográfico) Tel. 946.33.98,23 mu$eoa.orozko@blzka'a,org

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ana aiavesa UNA PR Á C TIC A A N CESTRA

EN KANPEZD E L HAMBRE

UNA ACT VIDAD MARCADA POR

texto « JESÚ S PRIETO MENDAZA

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a p a s io n a n te e n aq u e llo s h o m b re s q u e r a r a vez se d e ja b a n v e r p o r el p u e b lo y a lo s q u e to d o s lla m a b a n fu rtiv o s. Se les d iv isa b a d e s d e le jo s e n el m o n te , e r a n s o m b ra s fu g aces a la o rilla d e l río al a n o c h e c e r, e n tra b a n casi s in s e r v isto s e n la h u e r ta d e c a s a p a r a d e ja r e n el p ila n k o la m a sa q u e lu e g o c o n v e rtiría n e n la p re c ia d a liga. M e fa s c in a ro n d e p e q u e ñ o y p o r ello m e d ecid í, y a a d u lto , a in v e stig a r to d a s a q u e lla s activ id a d es.


# ste ensayo no pretende que fue significativa en la cuadrilla de ser tan solo un relato, Kanpezu hasta, por lo menos, la década tampoco un tratado de de los años setenta, el furtivismo, es ne­ mera etnografía: he pre­ cesario primero definir en profundidad el tendido que sea una citado término. mirada desde la antro­ pología, un recorrido por las motivaciones económicas, la relación con la naturaleza y la simbología que rodeaba a estas som­PO R FURTIVO? bras esquivas que se movían mejor en el monte que entre las calles del pueblo. EL CONCEPTO DE FURTIVO MÁS Desde Platón hasta Ortega y Casset, extendido, es sin duda el de aquella per­ o el conocido escritor Miguel Delibes en­ sona, cazador o pescador, que burlando tre otros en nuestros días, la caza y la lu­ la normativa y las leyes que regulan tales cha del hombre contra el bosque o la actividades, emprende de forma ilegal o selva han sido motivo de reflexión como clandestina la búsqueda de piezas. actividades humanas que se rigen por Gentes que por ánimo de lucro, o unas leyes muy precisas y que despier­ bien por la erótica de la captura, se dedi­ tan emociones encontradas y singulares. caban al ejercicio de la caza, la pesca o la A más de uno le parecerá ridicula la recogida de hongos, sin preocuparse lo idea de aprender algo que no sea cruel­ más mínimo del daño que pudiera pro­ dad de la vida de uno de estos persona­ ducir en la fauna o flora del lugar. jes, pero retomando la "teoría del Estos furtivos reúnen las característi­ cazador" de Joseba Zulaika, yo también cas del aprovechado, del desalmado que afirmaría que el sentido de propiedad no se preocupa por esquilmar los recur­ natural, libertad instintiva y una especie sos de un biotopo o ecosistema determi­ de conciencia ecológica inconsciente, es­ nado. tán presentes en las actividades de los No es a este grupo (a pesar de que hombres (sería muy interesante estudiar algún individuo podría, sin duda, encajar por qué no hay casos entre mujeres, en él. ¡Qué le vamos a hacer! siempre pero ese ya es otro tema) que pretendo tiene que haber alguna excepción) al que analizar en mi trabajo. pertenecen mis Informantes. Cuando en Cuando digo que este ensayo antro­ Kanpezu se ha hablado de algunas cono­ pológico pretende reflejar una actividad cidas familias de furtivos, de forma im­

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¿qué entendemos


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plícita se está aludiendo a otro tipo de hombre, de cazador, de pescador, de re­ colector del bosque. Al emplear la pala­ bra furtivo para designar a los miembros de determinadas familias, los habitantes de estos pueblos, de forma inconsciente, tienen in mente otra acepción muy dis­ tinta. Es la que yo recuerdo desde niño. Aquellos furtivos, no encajan en ab­ soluto con esa primera definición. Es más todo este trabajo va a estar encaminado a demostrar lo contrario: que estos hom­ bres a los que se ha conocido como fur­ tivos, se dedicaron a estas actividades por necesidad de la propia economía de la zona; no por placer, deporte o por la erótica de la captura.

“ÍAy mqfico! Tú serías mucho chitín entoavía, o igual no habías nacido. Pero...yo con catorce años ya tenia el culo pelao de tanto guadañar, atar haces de mies, a c a r r e a r mantas de p({)a, poner la pala p a coger la zolla durante la trilla o de pasar JHo buscando a alguna c a b r a en el monte. Todo pa otros, siempre pa otros. Total ¿sabespa que? Pa nada... pa no tener mas que unas alpargatas rotas. F ... ¡Hala! A correr con ellas por la nieve en invierno’*

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C R A N C EP O PARA JABALÍ

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PALOMAS CAZAD AS SO BRE LA BARRA DE U N BAR EN KAN PEZU

►T CELSO. C UID AD O R DE LA ERMITA DE N U ESTR A SEÑ O R A DE IBERN ALO

Evidentemente, como ya hemos apuntado anteriormente, puede haber casos del primer tipo, llamémosle "caza­ dor sin escrúpulos": pero no me intere­ san. Voy deliberadamente a obviarlos, para centrarme en el segundo modelo, el de "trabajador del bosque", que no sola­ mente cazaba o pescaba, sino que ejercía muchísimas más actividades, todas ellas relacionadas con el aprovechamiento del bosque o del río. Hombres que lejos de hacer daño a la naturaleza, la cuidaban, la protegían, sabiendo en todo momento donde estaba el límite de su actividad.

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“Más de una vez, echando un trago de la bota y aguantando la ventisca bcyo una manta entre los bojes... hasta los guardas nos lo decían. Si con vosotros da gusto ver lo limpio que está el monte. Podáis, hacéis limpias para carbón o cisco... ¡Si os tenia que dar dinero la Diputación! ¡Con lo que cuidáis vosotros el monte!”

Como queda reflejado hasta el mo­ mento, no estoy de acuerdo con lo que la mayoría de la gente piensa sobre el furtivo y sobre el ejercicio del furtivismo. Si bien, en otras zonas de la geografía vasca, en el resto de España y por su­ puesto en países alejados del nuestro, furtivo es sinónimo de depravado delin­ cuente que mata elefantes para comer­ ciar con el marfil o aves rapaces en un espacio protegido para venderlas a taxi­ dermistas sin conciencia, este, insisto, no es el referente de los llamados furtivos de la montaña alavesa. Hombres a los que la pobre economía de esta zona, obligó a adentrarse en el bosque en bus­ ca de madera para hacer carbón, boj para los txirrikeros (artesanos de la madera), setas , trufas, arañones -así se llama en la zona, sin duda por la influencia nava­ rra, a los frutos del ciruelo o espino sil­ vestre, más conocidos como arañes-, palomas o zorros, no por placer o depor­ te, no apliquemos esquemas que son de nuestra acomodada sociedad actual, sino empujados por la necesidad de supervi­ vencia, en muchísimos casos por la sim-


pie necesidad de corner en épocas ciertamente difíciles. Su lugar de trabajo es el bosque, el río, y lo consideran como algo suyo, como una especie de propiedad natural. Lejos de ser para ellos un lugar que ins­ pira miedo, habitado por seres mons­ truosos como los que describía Paracelso, el bosque ocupa un lugar im­ portante en sus vidas y en su panteón, como si de una deidad se tratara, y pro­ curan, más que nadie, su cuidado y pre­ servación. “¿Que nosotros hacíamos mal a la naturaleza? ¡Ya tiene que ver! Nosotros cuidábamos el monte y lo mimábamos más que muchos, que ahora se dicen cologistas o... ecologistas de esos. Ahora sí que no hay micharros ¡Qué va a haber! Si los guardas de diputación marcan para suertes hayas viejas. Pues... ¿dónde viven los micharros? En los troncos viejos ¡leches! Así, cada vez hay menos, es que... no piensan con la cabeza. Nunca ha estado el monte más sucio que ahora. Claro, no hay casi ni ganado. Nosotros, para hacer las carboneras hacíamos unas limpias que pa qué. Como nosotros no ha cuidado el monte, ni el río, nadie ¡nadie!**

la cuadrilla de kanpezu. EL E S C E N m Ó

KANPEZU, COMO MUNICIPIO, ESTÁ formado por los pueblos de Santa Cruz. Orbiso, Oteo, Antoñana y Bujanda. Pero lo que se denomina Cuadrilla de Kanpezu-Montaña Alavesa en la tradi-


cional división forai de Alava, se forma por la unión de seis municipios con sus correspondientes pueblos, que son: Arraia-Maestu, Bernedo, KanpezuKanpezu, Lagrán, Peñacerrada y Valle de Arana. Casi medio centenar de pueblos en total, cuyos habitantes no llegan, en los núcleos más pequeños, a tener quin­ ce vecinos, con un índice de envejeci­ miento del 40%, cuando la media alavesa es del 15,9% y la de Euskadi de un 18,1%. La superficie de terreno dedicado a la agricultura en esta zona es de 1/3 de la superficie total de cada enclave, lo que evidencia la importancia que tiene el bosque y el monte bajo en la economía de estos pueblos. En algunos, la superfi­ cie no cultivable es superior a 2/3 de la total del lugar.

una agricultura _

D E SU BSIT EN C IA

LA AGRICULTURA DE LA ZONA

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ha sido de mera subsistencia para la gran mayoría de los núcleos familiares de la montaña. Serían muy pocos los labrado­ res que se podían considerar "fuertes", es decir, aquellos cuyos ingresos prove­ nientes de la actividad agropecuaria les permitían vivir de forma desahogada. Este fenómeno pervive por lo menos hasta el comienzo de la década de los años setenta. Para muchas familias, el único recurso será buscar el aprovecha­ miento de ese gran terreno o espacio, salvaje e inhóspito en ocasiones que es el bosque. Por todo ello, en mi opinión, el ejerci­ cio del furtivismo en los bosques de la Cuadrilla de Kanpezu ha sido, en gran medida y para familias enteras, una con­ secuencia de la economía de subsisten­ cia habida en el pasado -hasta finales de los años 70 del siglo XX- en este remoto enclave alavés.

el furtivo visto desde ,

LA ANTRO PO LO G IA

PERO NO DESEO DEJAR SOLO EN manos de la economía mi explicación sobre el fenómeno de los "trabajadores del bosque". Si antes ya he mencionado que la sociedad de Kanpezu no conside-


CEBO PR O H IB ID O DE G U SA N O S

RIO ISTORA (O RBISO )

JU LIÁ N FO R O N D A C O N SU E S P O S A Y N IETO O BSERV A N D O U N A H E R M O SA PIEZA DE PESC A CAPTURADA DE M AN ERA FURTIVA EN EL R ÍO EGA

ESCEN A DE TRILLA EN KAN PEZU. HAC IA 1950

raba delito la actividad del furtivo y el monte era tenido corno una especie de propiedad naturai, esto se debe a que es también un fenomeno eminentemente cultural. Una cultura agraria que se adap­ taba a las condiciones marcadas por un determinado ecosistema, por una econo­ mia concreta. Estaríamos recordando de esta forma la teoria más clásica de Maurice Godelier. Esta actividad era en definitiva una trasgresión socialmente aceptada, con­ cepto en sintonía con el de Joseba Zulaika de "libertad instintiva", que viene a decir lo siguiente: lo que el derecho ci­ vil condena, el uso, las costumbres, la cultura del pueblo disculpa y comprende. Los furtivos de Kanpezu, no son mal­ vados depredadores del bosque, que bus­ can el placer y la aventura burlando las leyes y a quienes las hacen cumplir. Han

sido las duras condiciones de vida, mar­ cadas por una agricultura de mera sub­ sistencia, las que les han empujado a buscar su sustento en los bosques de la zona. Hoy en día el fenómeno del furtivo, entendido como "trabajador del bosque" ha desaparecido. Mi hipótesis de trabajo en el presente estudio va a girar, precisa­ mente, alrededor de esto: "Si la econo­ mía de la zona no hubiera sido de una pobre agricultura y ganadería de subsis­ tencia, el fenómeno del furtivismo no habría logrado la significación que ha te­ nido durante tantos años como trasgre­ sión socialmente aceptada, y habría quedado como una mera violación de las leyes de caza y pesca. Fue la economía la que obligó a estos hombres a desarrollar su actividad como "trabajadores del bosque", y de hecho

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C E B O PR O H IBID O IM ITAN D O PE Q U E Ñ O S CRUSTÁCEO S

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o n i d Ia z , g u a r d a d e c a z a y p e s c a d e l a d i p u t a c i ó n

‘ FORAL DE ÁLAVA SO ST EN IEN D O U N C R A N B U IT R Ó N CASERO

ABSALÓ N , NATURAL DE KANPEZU

►T PESCA FURTIVA DE TR U C H A S "A M A N O " EN 1975

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cuando la situación de precariedad eco­ nómica desapareció en la comarca, estos furtivos desaparecieron también". El término "economía de subsisten­ cia" es acuñado por el marxismo antro­ pológico. Ya desde Maurice Godelier, muchos otros autores como Dolors Comas D'Argem iry su estrecho colabo­ rador Jesús Contreras lo utilizan para de­ signar lo que sería una economía de cazadores-recolectores, una agricultura y ganadería que solo proporciona lo míni­ mo para vivir. Otro autor que recurre muchísimo a este concepto es Wolf. También desde una perspectiva marxista y en torno a la definición de los ecotipos campesinos y de propiedad natural. Un concepto que no desearía pasar por alto es el de "libertad instintiva". Sería la percepción que poseen en gran medida los habitantes del mundo rural, según la cual el cobrarse una pieza de las

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sostenible; ya poseían una conciencia ecológica innata, que hacía que cuidaran de las especies que ellos cobraban para evitar así su desaparición. “Si veíamos que en aquella poza ya no quedaban cangrejos, nos marchábamos a otra. Si en el perrechical ya habíamos cogido dos docenas, siempre dejábamos alguno chiquitico, para que echara simiente pa otro año. Algunos, en Navidad, se llevaban árboles de acebo enteros pa poner en su casa en la ciudad. Yo jam ás he hecho eso, cortábamos ramicas, eso si, pero el árbol así no siifna... era como una poda. ”

Para finalizar este apartado, quiero hacerlo con unas frases del que ha sido mi informante principal: Julián Foronda Zurbano, ya que en ellas se resume de forma brillante toda la teoría expuesta en las páginas anteriores. que abundan en estado salvaje en los campos, no obedece sino a unas reglas que han estado, están y estarán en la propia esencia de la naturaleza. En este sentido, el hecho de cobrar una pieza -ya sea una codorniz, el fruto del berrubiete (madroño) o cortar un boj- sería un ejer­ cicio que nadie debería acotar. ‘^¿Por qué? Porque siempre ha sido asi, ¡joe! Toda la vida se ha hecho esto.**

Al mismo tiempo y como elemento complementario del anterior, también en ellos se desarrollaba una conciencia eco­ lógica inconsciente. Los hombres que de­ sarrollaban su actividad en el bosque, mucho antes de que se hablara del mayo del 68 o del movimiento hippie, antes de la concienciación por la ecología, el res­ peto al medio ambiente y el desarrollo

“No mócete no. ¡Hay que joderse! Nosotros no teníamos ni una huerta en donde cultivar algo. La huerta nos la dejaba el cura. Si hubiéramos tenido perras... hasta rato íbamos a ir al monte. ¡Ya! ¿Sabes pa que lo hacíamos majico? Pa comer, que si no nos moríamos de hambre. ”

agricultores rodeados

D E B O SQ U E

COMO H EM O S COMENTADO ANTES, esta zona de la montaña alavesa presen­ taba desde siglos atrás, una agricultura de mera subsistencia. La orografía y la

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AGRICULTOR DE K A N PE Z U (H A C IA 1950)

►T TX/R/Í/CTRO T R A B A JA N D O EN SU TALLER DE KAN PEZU

poca tierra dedicada al cultivo, en compa­ ración con las grandes extensiones de bosque y monte bajo, hacían de la Montaña Alavesa una zona deprimida económicamente, en comparación con las zonas de producción cerealista de La Llanada y de las tierras al sur de la capital El 76% del terreno de estos pueblos es bosque. Tan sólo el 24% se dedica a la agricultura. Poco terreno cultivable y mu­ cha gente en las aldeas. Esta fue la tónica general hasta la década de los años se­ senta. en que la emigración por un lado (gran cantidad de jóvenes deciden buscar fortuna en las recientes industrias de Vitoria. Bilbao. Eibar, Vergara, etc...) y la diversificación de cultivos: un importante incremento en la producción de patata de consumo y siembra, remolacha, taba­ co. etc., amén de la instalación en Santa Cruz de Kanpezu de una factoría de trans­ formación de madera (Maderas Gámiz) y una cooperativa textil (da trabajo sola­ mente a personal femenino) dan a la

zona un bienestar económico y social desconocido hasta entonces. En estas condiciones, muchas fami­ lias que no poseen tierras deben de bus­ car sus ingresos de dos formas. Una, muy común hasta la postguerra civil era tra­ bajar de peones, es decir como jornale­ ros para agricultores mas fuertes. La otra, buscar el sustento en el bosque. Muchas familias de Santa Cruz debían inclinarse por esta segunda alternativa, y su núme­ ro no era en absoluto despreciable. Como ejemplo citaremos a los txi­ rrikeros. Éstos eran pequeños artesanos de la madera, que en sus talleres, instala­ dos en las cuadras o los bajos de la vi­ vienda, sacaban adelante a sus familias no sin esfuerzo. Tornos, botanas, gubias y hachuelas eran algunas de las sencillas herramientas con las que trabajaban la madera, en especial la de boj, para con­ seguir zoquetas, mangos de herramien­ tas, cucharas, tenedores, piezas torneadas para sillas, balcones y pasamanos.


f o t o « RU FO GANLIZA

La importancia de estos artesanos de la madera, fundamentalmente en Santa Cruz de Kanpezu, fue notable. Gerardo López de Guereñu cita en su libro sobre la montaña alavesa esta copla de co­ mienzos de siglo: En M arañón hacen ollas, en Genevilla, chiquillos, en Santa Cruz de Campezo, cucharas y molinillos.

Su vida era la madera, y su obtención, cargando una caballería o un simple bu­ rro arreando los cortes de boj, les exigía pasar muchas horas en el bosque o que otras personas actuasen como proveedo­ res de madera. Aquí entraban en juego nuestros furtivos.

Si tenemos en cuenta, que en aque­ llos años la caza y la pesca eran muy abundantes, no es de extrañar que mu­ chas personas carentes de otros recursos, girasen su vista hacia el bosque y lo vie­ ran como algo generoso que les esperaba con sus tesoros escondidos en su interior. “En 1945, mi hermano y yo cazamos más de 3.000 palomas. ¿Sabes cuánto nos pagaban por cada una? Un


B O S Q U E N EVAD O E N KA N PEZU


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GOSEAK KJTA MENDIRAKO BIDEAN, ORDUAK ETA ORDUAK BERTAN ZAIN... PAGADIAN. POBREZIAK BULT2ATUTA IBAIKO ZIDORREAN, EGUNAK ETA EGUNAK IZKUTATURIK... EGA UHERTZETAN. ESKOPETA, KAINABERA, PERRETXIKOAK SARTZEKO SASKÍA AlZKORA EDOTA ESKUAK, DENA BALIOGARRIA... GOSEA KENDU BEHARREAN KODES MENDIZERRA LEKUKO HAIZ IXILEAN.

(l ¿¡ siena de a x ié s lin sido su testigo durante ¿iños. Escondidos en e l lia \e d o , entre e l boj, j la o riib d e l río, em pujados ( X ) r el hambie... ahí han estudo durante

si}>los. ¡unto a ellos una escofx^ta. una caf)a. una cesta j.


C U A N D O LA N IEV E C UBRE EL B O S Q U E ES FÁCIL S E G U IR LO S RASTROS DE LA FAUNA

▼ JABALI

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duro m q /o, un duro de los de entonces. Había tantas palomas en La Dormida que, cuando levantaban el vuelo, se oscurecía el cielo, parecía de noche.”

Toda la montaña alavesa fue abun­ dante en caza. El escenario no podía ser más favorable para la reproducción, tan-


No obstante, la gran mayoría de nuestra población ha pensado -y piensa aún- que estos personajes solo eran ca­ zadores o pescadores, pero nada mas le­ jos de la realidad. Para muestra, ahí está la gran variedad de actividades que reali­ zaron en el entorno de bosques y ríos.

actividades de

LOS FU R TIVO S

LA CAZA

to de especies de caza mayor como de caza menor. Los bosques exuberantes de Iturrieta, Entzia. Toloño-Cantabria y Kodes permitían, a mediados del siglo XIX, un feliz acomodo para osos, tigueres (linces), jabalíes, corzos, lobos, etc. De aquí que nuestros furtivos se adentrasen en el bosque en busca de los recursos que no encontraban en la agricultura o en la ganadería.

Perdices y codornices en agosto y sep­ tiembre. Paloma torcaz desde octubre hasta febrero. Se utilizaban para su caza los puestos o chozas, en los cuales se co­ locaban los zumbeles y holgueras -estos se movían con una cuerda desde el pues­ to, escondidos los cazadores- con objeto de atraer a las palomas hacia tierra. También se colocaban en el suelo algu­ nas figuras imitando a palomas, que en los últimos tiempos son de plástico. Como curiosidad mencionar que la tor­ caz que se ponía como holguera debía de estar ciega, para lo que se le pinchaban los ojos o se le ponía una caperuza de confección casera. Becadas y malvices. Jabalí, conejo y liebre, normalmente para el consumo en casa. Al jabalí se le quita­ ban los testículos en el mismo monte para que no tuviera fortiz. Se solía coci­ nar estofado, pero también era habitual hacer chorizos con su carne. Otro tipo de animales se cazaban para la venta de su piel o eran remunera­ dos como alimañas: tasugo o tejón (con sus pelos se elaboraban las brochas de afeitar y cepillos. Su carne era guisada por los mozos de los pueblos para una merienda en grupo); raposo o zorro y lo­ bos (en la década de los sesenta ya no están documentados en esta zona), jine­ ta, garduña, tiguere o gato cerval (tam­ bién se llamaba tiguere al lince), paniquesilla o comadreja y nutrias.

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aquella pesca para comer. Si pescábamos muchas, las vendíamos en Santa Cruz en el restaurante Casino, a una peseta la unidad. **

“¡Joé! E l día que merendábamos tasugo menuda la que era. No había dinero para caprichos y aquella carne nos sabía a teta... ¡Ya lo creo!”

PESCA Se ejercía fundamentalmente en el río Ega, (principalmente en la zona del desfi­ ladero de Inta, lugar favorito del cinema­ tográfico furtivo del vecino pueblo de Zúñiga, Tasio). Podemos mencionar la trucha (con caña, arpón, tresmallo o botrino). Este pez era un apreciado manjar.

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^Cuando más truchas cogíamos era en enero o febrero, cuando comienzan losfnegos, es decir, cuando las truchas suben río arriba para efectuar el desove. ¡Menudafiesta en casa! La trucha para cenar era un matyar y... si nos ponían dentro una lonchafina de tocino, ni te cuento. Aquello era... ¡Gloria bendita! Y no s e comía todos los días. Muchas veces la Guardia Civil o el guarda nos veía, pero no nos decían nada. Comprendían que una fam ilia como la nuestra necesitaba

Los cangrejos de la comarca tenían mucha fama. Se pescaban con reteles, en los que se ponía un cebo de carne (nues­ tros furtivos empleaban normalmente carne de perro. Si en el pueblo había una camada que nadie quería, los cachorros se mataban para ser utilizados como cebo de cangrejos). Se utilizaba una hor­ quilla de avellano o de otro árbol para descender y sacar el retel del río. Loínas, chipas, barbos o anguilas se pescaban para comer en casa, no para su venta. “En junio de 1964, en una semana saqué seis mil pesetas de vender cangrejos para bares de Vitoria, Logroño, Estella, San Sebastián y Bilbao. ¡Seis mil pesetas! Cuando el sueldo de una semana en cualquierfábrica era de mil quinientas pesetas.

¡F iia te !” Otra actividad específica y digna de mencionar era la caza del micharro. Ésta era toda una ocupación en sí, sobre todo en el valle de Arana. El micharro {muxarra en euskera) es realmente una varie­ dad del lirón careto europeo. El animal inverna bajo tierra en la micharrera o mtcharzulo, para salir en verano. Durante el


estío se dedica a comer pasto, es decir, frutos y bellotas de roble, hayucos de haya, y otros frütos. Después de engor­ dar y tener grasa suficiente, al llegar los fríos invernales abandona su micharrera de verano, hecha en el hueco de un haya, para volver a dormitar bajo tierra hasta el próximo año, en espera de que llegue nuevamente el calor. El micharro era muy apreciado por dos motivos: el primero, que con su grasa se obtenía (tras calen­ tarla. diluirla y filtrarla a través de un tra­ po fino) un aceite que se utilizaba mucho en friegas contra el reuma y la artritis; el segundo, que su carne era y es exquisita. De aquí que el micharro fuera un precia­ do trofeo para nuestros furtivos. “M ejor que el cordero. Unos micharricos guisaos son de lo mas sabido y además es una carne, que a pesar de ser grasosa nojrasca.”

CARBONERAS Dada la riqueza forestal, abundaban las grandes ramas de haya, encina y roble caídas por el viento o tras las tormen­ tas. Se pedía permiso al alguacil y se cortaban y picaban las mismas. Después se formaba la carbonera. Se apilaba bien la leña y se cubría con "céspedes". Cuando el tiro estaba bien comprobado se le daba fuego. “De una carbonera maja sacaríamos unos cien sacos de carbón, luego los llevábamos a vender a Araia o a Vitoria. Nosotros siempre a la Jundición de los Ajuria. También hacíamos limpias y podas en el monte, con el consentimiento del Ayuntamiento, y entonces hacíamos la carbonera con boj

y burrubiete. Ésta era más penosa de hacer. ”

CISCO Cuando no había arbolado grande se ha­ cía carbón con ramas pequeñas de lim­ pias, a este carbón tan pequeño se le llamaba cisco y se empleaba fundamen­ talmente para braseros. "A veces con el consentimiento del guarda, otras veces a escondidas y cortando a todo correr y de noche.**


BOJ Este árbol de pequeño tamaño que nor­ malmente no pasa de ser arbusto, posee una madera muy dura y apreciada. Se cortaba para los talleres de los txirrikeros. De él se obtenía la madera para los txistus que se hacían en talleres de Bizkaia y Gipuzkoa: también, por supues­ to. los artesanos de Kanpezu obtenían de él las zoquetas para segar la mies, man­ gos, cucharas, tenedores, etc.

RECOLECCIÓN DE SETAS La más apreciada era el hongo negro {Boletus edutis], por la que se pagaban elevadas cantidades, sobre todo para proveedores de Bizkaia y Gipuzkoa. El perretxiko {Calocybe gambosa) de prima­ vera estaba también cotizado en vísperas de San Prudencio. Pardillas {Clitocybe nebularís), plateras {Clitocybe geotropa) y pie azul {Lepista nuda) eran también soli­ citadas, pero en menor medida.

ARANONES Su recolección comienza a ser rentable cuando se generaliza el pacharán como bebida habitual en los establecimientos hosteleros, es decir, mediados los años setenta del siglo XX. Con anterioridad, su consumo se ceñía al ámbito doméstico y tenía un carácter casi medicinal.

RECOLECCION DE BELLOTAS Durante muchos años las bellotas, preferentemente de encina, se recolecta­ ban por sacos. Luego se

vendían a granjas de engorde de porcino. “En el año cuarenta cogimos kilos y kilos de bellotas, todas para una gratya y fábrica de chorizos de Durana y ¡mira que las pagaban bien!”

RECOLECCIÓN DE TRUFAS Este carísimo hongo subterráneo se bus­ caba por medio de un perro de fino olfa­ to (eran preferidos los perros pastores o los que eran mezcla de ellos) entre los robles, encinas, y ginebros (enebro). En otros lugares, como el valle de Arana y la Ameskoa navarra esta labor corría a car­ go de cerdos entrenados al efecto. La re­ colección se hacía en el pueblo, pero la venta se efectuaba a compradores, casi siempre de la provincia de Huesca o ca­ talanes. que a su vez se encargaban de venderlas en Francia. Por un kilo de trufa de buena calidad se pagan en la actualidad más de cien mil pesetas y es necesario pagar un ca­ non a la Diputación Foral de Álava, en­ cargada de autorizar y establecer, igualmente, el período de recolección, normalmente de diciembre a marzo. *^La tntfa buena es la de invierno, algunos cogen también criadillas en primavera o verano, pero esas no valen ñipara tacos de escopeta. Hay que tener cuidao porque el jabalí las come. Te das cuenta de


dónde hay trufas, porque muchas veces la tierra está mullida, corno si fuera de topera. Normalmente están a unos tres centímetros de profundidad, pero a veces se recogen muy someras.**

abundancia el espliego. Cortado y atado en haces se enviaba a Barcelona, a deter­ minadas fábricas de colonias. También se recolectaban para herboristería las flores del espino albar y el tomi­ llo, utilizados para curar los catarros.

CONFECCIÓN DE LIGA El proceso de elaboración de la liga es la­ borioso. En primavera o verano (cuando el árbol está sudando), se arranca la corteza de acebo (también a veces el muérdago se utilizaba en su elaboración). Después es necesario que esté cuarenta días en agua estancada que no esté muy fría. Pasados estos días se raya la corteza y la sustancia resultante se amasa durante varios minutos todos los días. Esta opera­ ción se realiza en un chorro de agua co­ rriente con objeto de ir limpiando las impurezas. Ha de hacerse siempre cuando sopla viento norte, de lo contrario la masa de liga se corrom­ pe. De esta forma, en una semana, la liga está preparada para su venta. "La liga sintética de ahora no vale ná, aquella si que era buena. Cuantas varetas de mimbre habremos puesto para cazar pcyaricos. Nosotros vendíamos en el pueblo, y fuera siempre a un comprador de r o to sa . Hasta que se prohibió cortar el acebo.**

CORTE DE ESPLIEGO Esta planta aromática se da solamente en las zonas de solana; por lo que nues­ tros furtivos debían de pasar al otro lado de la sierra de Kodes, el lado navarro, bien orientado al sur y en el que se da en

TILA Y MANZANILLA Estos dos productos se recolecta­ ban también para su venta. “No toda la tila imle, esto tiene su misterio. La mejor tila era la del barranco Vallemayor, y para que sea buena hay que cogerla en flor, mejor si tiene más de ochoflores, y cuando no tiene todavía bolictis. Es muy buena para los nervios y nosotros se la vendíamos a Elpidio Arenaza, que la apilaba en grandes sacas y la vendía siempre a Barcelona. En Santa Cruz éramos cuatro lasfamilias que recogíamos tila. La manzanilla que coge mucha gente, no es manzanilla, es margaza; y no es nada fina, si la planta tiene más de cuatro centímetros, malo. La manzanilla fina tiene que estar en prados altos y empezar a cogerla a partir de primeros de agosto. Nosotros sólo vendíamos aquí en el pueblo y para compromisos. **


fotfl« JDAIUIÍN ahí;

la economía en

LOS A N O S SESEN TA

EN ESTOS MOMENTOS DE INTENSA globalización, y en los que la estructura agraria mundial ha sido profundamente modificada por la industrialización, resul­ ta muy difícil realizar el ejercicio de re­ trotraernos a la estructura agraria de la primera mitad del siglo XX, ai igual que afirma la doctora Encarnación Aguilar Criado: "¿Se puede cuestionar hoy la existencia del campesino? Hace referen­ cia este mundo a supervivencias atávi­ cas. tradiciones y universos sociológicos, que quizás hoy en día son poco repre­ sentativos, pero sí fácilmente aislables y como tales analizables desde la antropo­ logía". Eric R. Wolf es otro autor que basa su teoría no en las relaciones de los grupos campesinos con otros grupos -aspecto éste que ya había sido señalado por Kroeber-, sino en la naturaleza de esas relaciones: "En el fondo, el término cam­ pesino denota una relación estructural asimétrica entre productores de exce­ dentes y dirigentes".

Para Wolf la existencia det exceden­ te y la división social del trabajo, más allá de las divisiones en razón de edad o sexo, será uno de los elementos definítorios de la sociedad campesina. Y he visto reflejada en la teoría económica de Wolf la sociedad agraria a la que hago referencia en este trabajo: la co-


PAREJA DE BUEYES A R A N D O EN LA COF^ARCA DE KA N PEZU , HACIA 1950

PALOM A DE RECLAM O O ZU M BEL

A N D O N I DÍAZ M O STRA N D O U N A RED PARA CAZAR PÁJAROS

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munidad rural de Santa Cruz de Kanpezu que recuerdo en mi memoria y que viví siendo pequeño hasta el comienzo de los años setenta. Coincide lo dicho hasta ahora por Wolf: "en esta sociedad como en todas las precapitalistas, la vida social se regía por relaciones de intercambio que en­ contraban su expresión normativa en los derechos y obligaciones de la familia, pa­ rentela y comunidad", con el concepto de agricultura y ganadería de subsisten­ cia que apunta Josetxu Martínez Montoya en su excelente obra sobre el Valle de Arana y la montaña alavesa: "La agricultura se caracterizaba por estar orientada al autoconsumo, explotada por el trabajo no rentable de los miembros de la familia, sin distinción alguna entre presupuesto doméstico y agrícola, y con división sexual del trabajo". Todas estas características no existen en nuestros días, pero sí en la época de florecimiento del furtivismo hasta me­ diados del siglo XX. Otro autor, que realmente me ha si­ tuado en el centro del planteamiento económico de la actividad de mis furti­

vos -no empleo el posesivo sino como muestra familiar de afecto hacia ellos, ya que han sido muchos días de charla, de compartir tragos de vino y cascos de chorizo o queso- ha sido Maurice Codelier: "Las fuerzas que hacen cambiar una sociedad son las económicas y las políticas. No en el sentido habitual de poder, sino en el de soberanía que una sociedad humana ejerce sobre un por­ ción de naturaleza y sobre todo aquellos que habita, luego, en primer lugar, sobre el propio hombre". A través de los tiempos, la propia so­ ciedad de Kanpezu ha buscado su adap­ tación a la economía de subsistencia en la que se encontraba inmersa. Los agri­ cultores acomodados y con tierras no tenían necesidad de buscar su sustento por otros medios; pero, tanto los agricul­ tores con poca tierra, como los vecinos de estos pueblos que no poseían tierras, debieron adaptarse, por un elemental imperativo de supervivencia, al trabajo que podía proporcionarles alimento y posibilidad de comerciar para obtener algo de dinero. Y esto sólo podían en­ contrarlo en un lugar: el monte. Así po-

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Am anece sobre SantJ Cnjz (k‘ Kanpezu. Una ligera niebla cu ­ bre el \alle; ('I o to ñ o es fr(fbCO, pero entre el Ixjbqiie de roble n o hace frío. El buraibiet«“ (inadroño), et boj. ab(xiules y algu­ nas eni:inab otorgan protección contra el vi('nto del norte. Agazapado entrt“ ios berozos (brc^zos) está nuestro hoinbri*. Lleva allí toda la ncxhc'; a su lado la escop(“ta. c o m o si d<* una fiel compaí^era sc‘ tratase. Es vieja, n o hay dim 'ro para lujos, pero

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sus dos cañones brillan y denotan el cariño co n c|U(* nuestro prt)tagonista la cuida. En el sik'Io, un papel de periíx lico algo grasienlo por halx'r contenido un (xx'adillo y varios cariuchos. Después d e esperar toda ¡a noche, y de hab<‘ r o íd o sus pasos y gaj^idos n o m u y lejos... n o ha habido suerte-, el jabalí n o ha pasado. La figura s<; levanta, na terminado la espera sin captura niriguna. Es un hombr<' de mediana edad, a!to y delgado. Su com p lexión librosa denota facilidad para andar, saltar y m ov(‘rse rápidamente [X)r entre las ramas, rcx:as y dificultades del monte. Aterido, se golpea el cuerpo, y da varios saltos para entrar en ca lo r -iM jkiita se.j,' O lrj ncxrhe en veis y sin carne que llevar ¿) casa. gu síü m e metería en b camd.

El pí'nsam iento de unas sopas de ajo calentitas y un sueño rt'parador es tentador, pt'ro- es ép o ca de setas y de arañones.

foto « RUFO UHUZA

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demos entender que hable de los furtivos como "trabajadores del bos­ que". Si es cierto que la caza, la pesca, e in­ cluso la tala de árboles en los montes de Kanpezu han estado reguladas, cuando menos, desde el siglo XIII -según se do­ cumenta en el Fuero de Santa Cruz de Kanpezu. otorgado por Alfonso X el Sabio-, no es menos cierto que la activi­ dad desarrollada por los furtivos, si bien contravenía la normativa legal en mu­ chos momentos, no era vista como noci­ va por los vecinos del pueblo. Y cuando me refiero a que era una trasgresión so­ cialmente aceptada, estoy subrayando que todo el pueblo sabía que estas fami­ lias necesitaban de esas actividades para sobrevivir.

“K hubo una persona del pueblo, no voy a decir su nombre, que nos denunció. ¡Claro como a él no lefaltaba comida! Vinieron los guardias civiles y nos quitaron las escopetas, a mi padre y a mí; y todíis las palomas. Buen atracón se darían, ya... aljinal intervinieron elju e z de paz y el secretario del ayuntamiento y les hicieron ver que no teníamos ni pa comer. A l Jinal nos devolvieron las escopetas. Pero... las palomas... esas no aparecieron más. ¡Que jodidos!”


Las pardillas, plateras, y el hongo negro sobre todo, se pagan a buen precio en los re^staurante^s d e Vitoria y Estella. También los arañes dejan unas pícnicas. Hasta ahora, en el pueblo, m a­ cerados en anís, se bebían c o m o licor m edicinal para el mal de tripas, pero en la ciudad dicen que se ha puesto de m oda una lx“bida a la que llaman pacharán. Ha) que moverse, del zurrón saca un saco y la navaja. Si la m aiiana le depara suerte, puede llevarse unos cuantos kilos de setas y hongos. Nunca obtendrá tanto dinero c o m o r o n las trufas (en casa ya se están preparando las cestas y entre­ nando al perro qut; olfateará el preciado trofeo bajo tierra cuando el invierno se haga presente e n la Sierra de Kodes) pero- m enos da una piedra, y si n o hay m uchas setas, por lo m enos arañones ya cogerá. Su figura, calada la txapela, se pierde en el intrincado sendero que sube hacia los hayedos. Una rapaz sobrevuela el claro del bosque en busca de presas. C o m o él. Al fondò, lejos, un jabalí se hace oír. 'iMaldiü sea! Hoy te has escapado am igo, pero le haces falta. Lo siento por ti. pt?ro algún otro día te esperará y., te dará caza. Es la ley del

En estas palabras de un informante parecen revelarse las de R. A. Rappaport cuando decía: "Los hombres, como todos los animales están ligados a su medio ambiente, ligados a estos organismos y sustancias de los cuales deben obtener materia y energía para sustentarse y a los cuales deben adaptarse para no perecer". El bosque es comunal, no es propie­ dad de nadie en particular -en todo caso de forma genérica es del pueblo, y se cui­ da y tutela por la Diputación-, y mucho menos de los poderosos. Incluso, podría­ mos decir que estos se sentirían despro­ tegidos o vulnerables en el monte, lo que causa una indisimulada satisfacción en­ tre los furtivos. Es por lo tanto, el monte, un lugar libre, sin fronteras establecidas, salvo la de los lindes del pueblo, donde

comienza lo civilizado, lo religioso, en contraposición con lo salvaje, lo profano. "El bosque, como naturaleza que es, fue creado por Dios y es lícito del todo que nos aprovechemos de éL Nadie pue­ de decir nada si se trabaja y obtiene su fruto, es el bosque por lo tanto una pro­ piedad natural. Propiedad heredada de anteriores generaciones y que debemos conservar para generaciones venideras". Este concepto de herencia de los antepa­ sados, corrobora el concepto mítico del monte y del árboL De aquí que esto esté profundamente arraigado en los esque­ mas culturales de la zona, y no se consi­ dere como negativo el uso del bosque para obtener un beneficio. Jesús Contreras, estrecho colaborador de Dolors Comás D'Argemir, señala que

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CARM ELO DE LA H O Z C O N U N Z U M B E L SO BRE EL H O M B R O

KA N PEZU A R RA S SEN TAD O S EN EL "B A N C O DEL CO TILLEO"

TASIO C O N S U FAMILIA A LA ENTRADA DE U N CIN E C O N M O T IV O DEL ESTRENO DEL LARGO M ETRAJE T A SIO EN EL Q U E ERA PROTAGONISTA

en la antropología económica existen dos corrientes: "economía y cultura" y "economía y naturaleza". Yo no pretendo separarlas, es más. creo que en antropo­ logía económica coexisten ambas co­ rrientes, y para la realización del presente trabajo he constatado que van muy uni­ das. En el fenómeno del furtivismo, tanto la naturaleza como la cultura del lugar influyen e inciden, al mismo tiempo, so­ bre él mismo; y siguiendo con las inter­ pretaciones de corte económico, el bosque y su aprovechamiento son, en consecuencia, una prolongación de la agricultura. Así, recoger arañes, moras, setas, espliego, manzanilla y trufas, no son sino verdaderas labores agrícolas.

conclusiones sobre

que, del río, y de cuanto la naturaleza pudiera ofrecerles. “Que si, que te lo repito una y cien veces, yo lo he pasao muy mal en el pueblo cuando mócete ¡hombre también había momentos buenos...! pero, en general, hasta que me vine a trabajar a Vitoria... ¡uffi En el monte trabajábamos mucho, muchísimo, aquello no era vida. Si habría tenido una paga como luego he tenido, si no habríapasado hambre... ya te digo que no habríamos pasado tantas horas en el monte buscando donde ganar un duro, ni yo, ni mis hermanos. ¡Eso te lo puedo jurar!”

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EL FURTIVISM O

LA ECONOM ÍA DE KANPEZU,

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de mera subsistencia, obligó a muchos hombres a buscar un complemento a su pobre situación, y este fue el aprovecha­ miento, en sus diversas facetas, del bos­

Así se expresa Julián Foronda Zurbano, un hombre que -quizá junto al cinemato­ gráfico Tasio, de la vecina localidad de Zuñiga- ha sido el "furtivo" más represen­ tativo de toda la Montaña Alavesa. Y si los vecinos de la comarca, todos, hubieran te-


nido tierras y ganado: si la economía del lugar no hubiera sido tan pobre, no se ha­ bría producido este fenómeno tal y como lo hemos conocido y estudiado. No obs­ tante, sí es cierto que algunos vecinos de Santa Cruz y de Uribarri-Harana me han hecho comentarios en sentido contrario al mantenido por mi hipótesis.

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CINE G A S T É I Z ru

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“Ésos, lo que son unos raros. Siempre han sido muy suyos, ni se hablaban con la gente. Yo me los he cruzado en un camino y se han metido entre las matas por no saludar. Lo que hadan era porque les gustaba y porque no sabían hacer otra cosa. Aunque hubieran tenido millones, habrían hecho lo mismo; pasar el día escondidos en el río para pescar una trucha. Ése, es como los hurones, escurridizos y con mala ostia. ¡Si no saben hacer otra cosa! Tanto andar en el monte y con los animales se les ha olvidao vivir con la gente del pueblo. ”

En el fondo, pienso que tras estas aseveraciones se esconden envidias -tan típicas desgraciadamente en los pueblos y aldeas de Álava- y un cierto concepto de liminalidad que envuelve a estos fur­ tivos, por el hecho de vivir en los márge­ nes de la vida social de una comunidad humana. No trabajan en el mundo civili­ zado (pueblo) sino fuera de estos límites, en el mundo salvaje (bosque), donde acechan peligros y oscuridad, donde vive el pecado y lo impuro. Al moverse en ese espacio -el bosque o el río-, ellos tam­ bién se convertían en portadores de ese estigma y, a su alrededor, se recreaban toda una serie de leyendas y prejuicios. Lo cierto es que en la década de los setenta, cuando el desarrollo industrial en todo el País Vasco oferta puestos de tra­ bajo a multitud de jóvenes de Kanpezu,

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estos no dudaron en instalarse en los cercanos núcleos de Vitoria-Gasteiz, Lizarra/Estella o Agurain-Salvatierra, aun­ que ya con anterioridad a las décadas de los años cincuenta y sesenta habían abandonado muchos la región para bus­ carse la vida en las siderurgias y factorías de Bilbao, Eibary Donostialdea. En 1955, el 31,51% de la población activa alavesa lo era del sector primario, es decir, agrícola. Por entonces, el sector industrial tan solo ocupaba al 30% de aquella población, parecida cifra al del todavía incipiente sector servicios. Así, de todos aquellos agricultores censados en Santa Cruz de Kanpezu a mediados del siglo XX, hoy no queda ni una décima parte. Sin duda, eran muchos labradores para pocas tierras, con la significación económica que esto tenía. Treinta años después, en 1985, la po­ blación activa de Álava presentaba ya otro panorama, con un sector primario atendido por un 3,4%, un sector indus­ trial que llegaba al 41,5%, y un sector servicios en constante crecimiento, con un 37,6% del total. Sin embargo, en aquellos años comenzaba a destacar una sombra que acuciaba como nunca a una buena parte de la población con edad de trabajar: el paro, una lacra socioeconómi­ ca que, en la provincia, llegaba en aquel año al 17,4%, muy por encima del 2,41% que presentaba en 1975. Quisiera finalizar, más que con una aseveración categórica, con una impresión. Una impre­ sión humilde y, a su vez, carga­ da de confianza a la hora de dar validez a la teoría que, desde un principio, hemos barajado en este estudio antropológico. Una impre­ sión que surge de la evidente influen­ cia que tuvo la pobre economía de la zona de Kanpezu en el desarrollo de la actividad de los "trabajado­ res del bosque", más conocidos como furtivos. En este sentido, las teorías de Godelier se han

visto reflejadas a lo largo de este proceso investigador, y han venido a corroborar la influencia significativa de la economía so­ bre la cultura de un grupo humano. Cuando oigáis hablar en los medios de comunicación, películas, o series tele­ visivas de algún furtivo, posiblemente detenido por la policía por cazar algún animal en peligro de extinción en cual­ quier parque natural de Euskadi, la Península Ibérica o de cualquier otro país, os pediría que no asociéis esta cruel acti­ vidad con la de los furtivos o "trabajado­ res del bosque" que yo he intentado, con mayor o menor éxito, describiros. Debemos recordar, una y otra vez. que aquellos furtivos de la zona de Kanpezu eran hombres respetuosos con la naturaleza, y que se vieron abocados a este ejercicio por pura necesidad econó­ mica, ya que no había otra salida en el pueblo. De hecho, cuando la situación -en cuanto a ingresos se refiere- mejoró, la familiar figura del furtivo, como perso­ na que recurre al aprovechamiento del monte en sus diversas variantes (caza, pesca, micología, etc.), fue desaparecien­ do paulatinamente hasta dejar de existir, convertidos en trabajadores de la indus­ tria y alejados del fantasma del hambre y la necesidad que tanto había acuciado a las gentes de la Montaña Alavesa. ^‘Cuando tuve un trabqjo y unasperricas alfinal de mes, lo dejé. ¡No he vuelto al monte ni a por abarras! Pa que te des cuenta de los amores que le tengo yo a estar todo el año como un cabr... esperando un jabalí o cazando micharros que te atravesaban la mano con sus dientes. Casi te diría que no he vuelto al monte ni a pasear.**

JESÚS PRIETO MENDAZA Antrapúlogo y profesor coiabaradnr de la Universidad de Deusto


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Gastronomiaren Euska! Museoa 1994ko apiriiean inaugurato zen, Gastronomiaren Euskal Museoaren Kontsortzioak lagunduta. Kontsortzio hau Arabako Foru Aldundiak eta Laudioko üdalak osatzen dute. Museoa kokatuta dagoen eraikina, Zubiko Etxea, XIX mendeko antzinako etxetzar bat da; hiru solairu eta lorategi zabala dauzka. Museoak bisitariei euskal gastronomiaren lehena eta oraina modu zetiatzean erakusten die. Etapa desberdinak erakusten ditu, lehengo sukaldeak eta elikagaiak maneatzeko asmatutako makinak erakutsiz. Mundu honek eskaintzen dituen bíb(ikeriak eta xehetasunak ikus daitezke; sukaldeko tresnetatlk eta lanerako uniformeetatik hasi eta euskal gastronomiako Jatebíe eta sukaldari enblematikoek emandako piezetaraino.

El Museo Vasco de Gastronomia se inauguró en abril de 1994, auspiciado por el Consorcio del Museo Vasco de Gastronomía, integrado por la Diputación Forai de Alava y el Ayuntamiento de Llodio. El edificio que to alberga, Zubiko Ebíea, es una antigua casona del s. XIX con tres plantas y una amplia zona ajardinada. El museo asiste fiel al acercamiento de los visitantes ai pasado y presente de la gastronomía vasca, desde sus diferentes etapas, mostrando las cocinas de antaño y máquinas ideadas para la elaboración de alimentos. Un paseo por las curiosidades y tos detalles que ofrece este mundo, desde utensilios de cocina y uniformes de trabajo, hasta piezas donadas por los mejores restaurantes y los cocineros más emblemáticos de la gastronomía vasca.

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nagusien begirada adeitsuaren aurrean euren oroimen zati bat gorpuzturik poztasun osoz ikusten duten bitartean.


EL

C A RN AV AL

El Carnaval forma parte de lo que se de­ nomina “Ciclo de Fiestas de Invierno'’. Existen dos tipos: el moderno y el tradi­ cional. En el primero, lo importante es su aspecto festivo y trasgresor; cada cual busca el disfraz más impactante -aun­ que en realidad no lo sea tanto- con el que sorprender a sus vecinos y amista­ des. Por otra parte nos encontramos con el carnaval tradicional, donde el festejo se repite año tras año de una manera cuasi litúrgica, tanto en lo que se refie­ re a los disfraces como en su desarro­ llo. Principalmente estos últimos se han dado en las zonas rurales. Son más genuinos y ancestrales, y en­ trañan una profunda unión con la naturaleza.

No son muchos los carnavales de cor­ te tradicional que se han mantenido has­ ta nuestros días: Zalduondo, Lantz, Ituren-Zubieta, Altsasua, Coizueta, etc. Las distintas prohibiciones acaecidas en la historia y la desidia en algunas locali­ dades, han llevado a que fuesen desapa­ reciendo poco a poco de nuestros pueblos. Sin embargo, los que han que­ dado. hoy son vistos como auténticas jo­ yas de la etnografía. Reúnen a su alrededor a infinidad de curiosos llegados de los más variados lugares, consiguiendo que emerjan, en propios y extraños, pro­ fundos sentimientos atávicos. En tiempos pasados fueron muchos más los lugares donde se celebró este festejo tradicional. Uno de ellos es el que nos ocupa: llarduia. Egino y Andoin. loca­ lidades alavesas situadas en la Llanada,


junto a la muga con Navarra, no lejos de Zalduondo, pueblo por todos conocido por su Carnaval, con Markitos como pro­ tagonista. En llarduia, los últimos carna­ vales se celebraron alrededor de los años 1926-1927. El motivo que nos acerca hasta estas localidades es que en año 2006, un gru­ po de jóvenes entusiastas inició la recu­ peración de esta preciosa tradición rural. Por ser los carnavales de los tres pueblos muy semejantes entre sí, decidieron re­ cuperarlos en conjunto. Llegado el día señalado -sábado, diez días antes del Martes de Carnaval- a los vecinos les envolvió una Inusi­ tada excitación. Jóvenes y mayores vibraron con una emoción especial El recuerdo y la novedad bailaron al y unísono al toque de las melodías creadas para esta fiesta. Los cuer­ A pos se desperezaron

de su letargo invernal para danzar a rit­ mo de los instrumentos musicales popu­ lares. El municipio de Aspárrena puede sen­ tirse orgulloso de su recuperado festejo cultural.

I LA RD U I A , EGI NO Y A N D O I N Testimonios escritos y orales dan fe de cómo lo celebraban antaño. El carnaval de estos pueblos se movía en torno al "Hombre de Paja", estrella principal de esta trama festiva, y cuya presencia no tendría lugar hasta el mar­ tes carnavalesco. En Egino, antes de comenzar la fiesta, se reunían los vecinos del pueblo para comprobar cuántas casas estaban dis­ puestas a preparar las comidas de los jó­ venes y cuál de ellas ofrecía el precio más asequible. Concertado el lugar, ya podían dar inicio los festejos. El Domingo de Carnaval, al mediodía, salían los jóvenes vestidos de "Porreros". Con este nombre se conocía a todos los disfrazados. Cuidaban con celo de no ser recono­ cidos por los demás; para evitarlo, llegaban incluso a intercam­ biarse la ropa o los zapatos.


Trataban de quedar lo más desfigurados posible. Los Porreros pedían por las casas con sus instrumentos musicales popula­ res: acordeón, filarmónica, tambor, guita­ rra... Callejeaban con un carro y portaban dos botas de vino para invitar a los habi­ tantes de las casas por donde postula­ ban. Los vecinos les obsequiaban con huevos, tocino, chorizos, manteca, higos, "chavos" -dinero-, etc. Con ello celebra­ ban una merienda-cena en unión con las chicas del lugar. No faltaba un pellejo de vino traído desde Araia, ni la carne de una oveja sacrificada para la ocasión. En llarduia las chicas participaban directa­ mente en el festejo. El atuendo de los Porreros no era uni­ forme, sino muy rico en detalles: coinci­ diendo los distintos elementos, en su mayoría, con el trabajo rural. Unos llevaban los "zamarros" de los bueyes -pieles de oveja-, uno por delan­ te y otro por detrás. En Andoin se colo­ caban por la cabeza una piel de oveja que preparaban para la ocasión, limpián­ dola y curtiéndola con una piedra. La piel les cubría la cabeza y la espalda. Deter­ minados Porreros sólo llevaban la piel por la cabeza o a la cintura. Algunos iban disfrazados con sacos; les hacían unos

agujeros para las piernas, brazos y cabeza y los rellenaban de paja o hierba seca. Otros se ponían ropas viejas y anchas en las que se metían hojas de maíz, paja o hierba para aparentar más volumen; da­ ban la sensación de estar muy gordos. Sus movimientos eran lentos. No faltaba quienes se introducían pequeños sacos rellenos de hojas de maíz en determina­ das partes del cuerpo, con el objeto de parecer deformes: en las piernas y el tra­ sero, en la tripa, en la espalda a modo de joroba, etc. Algunos llevaban un saco doblado por la cabeza, a modo de caperuza, utilizado frecuentemente para protegerse de la lluvia. En llarduia las chicas solían llevar unos vestidos blancos, con muchas pun­ tillas, similar a las sayas. En Andoin, eran varios chicos los que salían con sayas viejas. No faltaban algunos que utilizaban ropas de mucho colorido. Algunas chicas se vestían de gitanas.


En el carro iba una pareja vestida de novios pero a la inversa de lo que eran en realidad: el novio engalanado de no­ via y viceversa. Llevaban los trajes de los últimos que se habían casado. La disfra­ zada de novio vestía de azul oscuro con sombrero de copa alto, y la mujer de blanco, con puntillas. Como elemento llamativo y provocador, el novio exhibía un gran pimiento rojo a la cintura, colga­ do por delante: la novia, a su vez, exhibía unos prominentes pechos. En Andoin los Porreros arrojaban ce­ niza, pero terminaron prohibiendo esta costumbre porque, en una ocasión, daña­ ron la vista de un joven. En los últimos carnavales celebrados en Andoin, algunos se disfrazaron como un hojalatero que solía ir al pueblo a arreglar el fondo de los pucheros, colo­ cándose para su trabajo en medio de la plaza. Se protegía del frío con una bu­ fanda larga y ancha. Los hojalateros eran unos artesanos que, periódicamente, se hacían presentes en esta zona para arre­ glar los pucheros y calderos estropeados. Su llegada causaba un cierto recelo en­ tre la población nativa. Cuando venían por estas tierras a ejercer su labor, se cobijaban en la Cueva de los Gentiles de llarduia. Al ver salir el humo de la cueva decían: “ya han venido los gentiles”.

Otra figura que a veces hacía acto de presencia en el carnaval era el Quincallero. El quincallero solía aparecer por los pueblos dos o tres veces al año. Llegaba con un mulo que cargaba con dos cajones, uno a cada lado. Cada uno de ellos disponía de una pequeña puerta que dejaba al descubierto varios estantes con hilos, agujas, puntillas, tijeras... Alguien que a veces surgía en medio de aquella comparsa de disfraces era la Vieja. En un momento concreto del festejo aparecía un extravagante personaje, de figura demoníaca, causando pavor en los niños. Su cuerpo iba cubierto con un fal­ damento negro, hasta los pies. Lo que más impresionaba era su máscara. Era grande, pintada en rojo y negro, con des­ proporcionados ojos y unos pequeños cuernos diablescos. Esta máscara estaba muy elaborada: además del color rojo, que parecía -o era- sangre, colgaban de ella restos de visceras y grasas animales, dándole una apariencia terrorífica. Los


pequeños se escondían de este siniestro demonio, el cual iba armado con una vejija de cerdo, llamada putxika, potxika, pusica o puxa. Su presencia era fugaz, es­ porádica. Existían varios elementos que comple­ taban sus peculiares vestiduras. Los porre­ ros, con un ramal de esparto, se ataban a la cintura cencerros y cascabeles. Los transportaban a la espalda y los hacían sonar al saltar y correr. También podían llevar cascabeles en el cuello o carracas en la mano. Asían unos palos, más altos que ellos, con los que golpeaban al Hombre de Paja el Martes de Carnaval. En Andoin, los porreros llevaban un palo corto con crin de yegua en uno de sus extremos. Para elaborarlo, cortaban el pelo de la cola a las yeguas y lo sujetaban a un palo. Con él azuzaban a las chicas. Otros portaban una putxika. con la que golpeaban a los niños. Varios porre­ ros llevaban ambas cosas, palo y putxika, uno en cada mano.Algunos llevaban horquijas de madera, de 3 y de 5 puntas. No faltaban los que enarbolaban escobas de berozo -brezo- con las que perseguían a los niños; a veces las embadurnaban con barro y manchaban con ellas las puertas de las casas.

La cara la llevaban pintada de negro -con hollín, carbón o corcho- o de rojo. En Andoin dejaban el contorno de los ojos sin colorear. En ocasiones, en lugar de la cara, pintaban máscaras con estos dos colores. Otros llevaban máscaras de cartón compradas previamente, las cua­ les causaban mucho miedo por ser ex­ tremadamente feas. Varios jóvenes utilizaban un hueso de animal como máscara. Otros se adherían a la cara un bigote, elaborado con pelo de maíz. No faltaban mujeres que cubrían la cara con un velo. En la cabeza, lo más habi­ tual era llevar un sombrero de paja o boina. Con fre­ cuencia, debajo del som­ brero llevaban colgando un veto por de­ lante que les cubría el ros­ tro. A veces se coloca­ ban gorros, a modo de cucuru-


chos, con cintas de colores prendidas en ellos. Otros iban con gorros de tana con “ pelendrinas" -hojas de maíz- suspendi­ das en su borde, o con una cola de caba­ llo por detrás, atada con una cinta. Otros, con plumas engarzadas en el gorro, hacia arriba. Los chicos sujetaban sus pantalones con una faja negra, como era costumbre en los hombres de la época. En estas fiestas carnavalescas era frecuente hacer una "pimentonada'’. Consistía en quemar pimientos secos pi­ cantes e introducir el humo por algún hueco de la casa: desagüe de la fregade­ ra, gatera de la puerta, etc. Si se hacía eficazmen­ te, obligaba a salir a todos del lo­ cal, víctimas de un insoporta­ ble picor.

Los Porreros cantaban: Po rre ro , daca la** habíut B e l puchero, ^aca una, daca dod, daca tred, daca cuatro, daca cinco... y echa a co rre r... Y, acto seguido, los Porreros perse­ guían a los niños con las putxikas. Éstos les tenían mucho miedo pues, si cogían a alguno de ellos, lo llevaban al río y le mo­ jaban la cara. También se arriesgaban a que les manchasen con barro. Llegada la noche, los Porreros disfru­ taban de una cena, con música de vela­ da. Además de todo lo que les habían dado por las casas, y lo que habían logra­ do robar -gallinas, quesos, etc.-, los jó­ venes mataban una o dos ovejas, una cabra, e incluso una ternera, y permane­ cían de fiesta mientras quedaban víveres en la despensa. Un alimento típico que no faltaba en estas fechas eran los “hor-


Llevaban las fronteras de los astados con las melenas colgando y, todo ello, atado con correas de cuero. Por encima de am­ bos personajes les ponían una cubierta. Estos jóvenes iban vestidos con blusa y pantalón negro. Otros jóvenes, también disfrazados, ayudaban en la tarea de em­ pujar el carro, de pequeño tamaño; pro­ curaban que el yugo estuviese debidamente ajustado y afianzado con las "coyundas", correas de cuero. De esta guisa, los jóvenes de Egino subían al alto de Gurrumendi para bajar las “ulagas" (aulagas). Los de llarduia las bajaban de Zubieta. Las espinosas "ulagas'' servían para encender el fuego del anochecer. También era en este día cuando pre­ paraban al Hombre de Paja. Era un mu­ ñeco elaborado con un viejo pantalón azul, una camisa y una chaqueta. Haciendo honor a su nombre, lo rellena­ ban con paja o hierba seca. Le añadían unas abarcas, confeccionadas con piel de oveja y atadas con unas cuerdas. Como cabeza llevaba una máscara de cartón. Le colocaban dos ojos salto­ nes. Sobre la ca­ beza lucía

una boina o sombrero de paja. Al cuello le colocaban un pañuelo rojo. A veces ha­ cían la cabeza con una boina muy cala­ da, un pañuelo blanco cubriéndole la cara y una alambre que simulaba la nariz. Los detalles variaban según los pueblos y los años. En llarduia lo configuraban con sacos, introduciendo un palo trasversal para si­ mular los brazos. En Andoin utilizaban dos palos perpendiculares, en forma de cruz, como estructura para elaborarlo. Era grande, gordo y torpe. Construido el muñeco, en llarduia y Egino lo subían sobre un burro, fuerte­ mente atado por los pies para que man­ tuviese la postura erguida, y así era paseado por el pueblo. En Andoin ronda­ ban con él en un carro. En el trayecto, los Porreros le golpeaban con sus palos. Finalizada la ronda lo empalaban en tierra con una consistente estaca de madera. A la tarde, un personaje que hacía las funciones de cura sermoneaba al Hombre de Paja, acusándole de diversos males. En Andoin, en alguna ocasión, el cura estuvo acompañado por dos monagui­ llos. Uno llevaba un incensario, diseñado con una cazuela vieja a la que le habían hecho unos agujeros en la tapa; ésta es­ taba atada con unas cuerdas. El improvi­ sado acólito quemaba paja húmeda en el vetusto puchero, desprendiendo una gran


humareda. Cuando el otro monaguillo tocaba una campanilla, éste imitaba el gesto de incensar. Finalmente el Hombre de Paja era condenado a muerte. Llegaba el momen­ to de la ejecución. Le habían colocado para la ocasión, en la bragueta del moni­ gote, un cartucho de pólvora. Nada ni nadie le podía redimir de su condena. La sentencia estaba echada. En medio de la algarabía le encendían la mecha, y... ¡¡¡pummü! El reo quedaba reducido a una piltrafa. El veredicto se había cum­ plido. Con la muerte de aquel personaje desaparecían los males que habían aque­ jado a la población. Una vez más el pue­ blo había quedado purificado. En llarduia no lo explotaban sino que lo quemaban en el Prado de San Pedro. En Andoin lo explotaban en la hogue­ ra. Con frecuencia, solían colocar un pe­ llejo de vino debajo del reo, para que ardiese mejor. Los jóvenes saltaban y bailaban alrededor de la hoguera.

LOS ELE 1 E N TO S PEC U L ARES Esta fiesta consolidaba la relación entre los jóvenes del pueblo. Por unos días de­ jaban los duros trabajos del campo y rompían la monotonía laboraL Era el tiempo de la alegría y, por qué no, de al­ gunos excesos normalmente vedados. Sin embargo, no todos los jóvenes podían participar en esta celebración. Algunos estaban obligados a desplazarse con sus rebaños de ovejas a las zonas más templadas de Gipuzkoa, con el obje­ to de evitar los meses más duros del in­ vierno. Era el sacrificio exigido por su estilo de vida. Ellos eran más libres... y a la vez más esclavos. No estaban tan afe­ rrados a una tierra, pero dependían más de sus ganados. Sólo les quedaba esperar que, en años venideros, pudieran sumarse al popular festejo. El que algunos jóvenes se disfrazasen con sacos o ropas viejas rellenas de paja, hierba o "pelendrinas" no supone ningu­ na novedad. Los encontramos también en otros carnavales rurales (Lesaka, Zalduondo, etc.). Pero sí hay un detalle a tener en cuenta en estos disfrazados, según nos cuentan los mayo­


res: muchos de ellos no llevaban todo el cuerpo relleno, sirio sólo una parte (ba­ rriga, trasero, joroba, etc.) quedando muy desproporcionados y, sin duda, haciendo una caricatura de aquellos defectos físi­ cos que se daban en su entorno. También hemos de destacar el color de las máscaras o de los rostros pinta­ dos. Como en las mascaradas suletinas -Zuberoa- aparecen dos colores: el rojo y el negro. El negro y el rojo son dos co­ lores muy primitivos, apareciendo ya desde la prehistoria. Hemos de suponer que, en un principio se pintaban la cara; después, por comodidad, se colocarían máscaras de uno u otro color, elaboradas por ellos mismos: es más fácil quitarse una máscara que limpiarse la cara. Finalmente, perdida la importancia de los colores, comprarían máscaras aterra­ doras, sin importarles su variedad cro­ mática. Hemos de subrayar la presencia del personaje demoníaco, con su gran más­ cara. Recurre a los colores clásicos: el rojo y el negros combinados; según algunas interpretaciones, el primero representa la guerra y el segundo las tinieblas. El dia­ blo fue causa de gran terror en la vida de nuestros antepasados. Era una fuerza oculta que amenazaba a los indivi­ duos, las familias y los pueblos. Con frecuen­ cia se convirtió en pesadilla y obse­

sión. En los hogares de llarduia se defen­ dían de él colocando el eguzlcilore en la puerta principal de acceso a la casa. La presencia del diablo, en sus diferentes versiones, ha sido habitual en festejos tradicionales como: carnavales, Corpus, etc. Podemos observar, por ejemplo, un gran paralelismo con el personaje que prorrumpía, el día de San Bartolomé, en San Pedro de Manrique (Soria); vestido de demonio recorría los tejados y calle­ jones de la localidad, asustando a los ni­ ños. Por último, podemos fijar nuestra atención en la “ pimentonada”. La tradi­ ción oral nos la presenta como una de las diversiones típicas de este día; sin embargo, en este ambiente, pocas accio-


nes hay que no tengan un sentido más profundo. Esta broma juvenil bien podía estar relacionada con la antigua costum­ bre de quemar pimienta para ahuyentar al diablo y evitar sus perniciosas intrigas.

EL

HOMBRE

DE

PAJA

En los tres pueblos de Aspárrena se que­ maba al “ Hombre de Paja". Curiosamente en algunos pueblos del Pirineo Aragonés nos encontramos este mismo personaje. También podemos apreciar una gran si­ militud con el protagonista del Carnaval de Lantz (Navarra): Miel-Otxin. Cuesta desgranar todo lo que puede encerrar el protagonista de esta fiesta. Son aspectos que no son excluyentes en­ tre sí; más bien es fácil imaginarse la su­ perposición de diversas motivaciones, amasadas por el paso del tiempo. De to­ das formas, hemos de ser conscientes de que nos movemos en el inestable mundo de las conjeturas.

r i t o de p u r i f i c a c i ó n , el chi vo e x p i a t o r i o Algunos han encontrado los primeros elementos carnavalescos en la Babilonia del año 4.000 a.C. En este Carnaval babi­ lónico se proclamaba "rey" a uno de los más infames prisioneros de la cárcel. Durante el tiempo que duraban las fies­ tas gozaba de todas las prerrogativas rea­ les: los mejores manjares, et harén del monarca, el lujo de sus mansiones... todo se hallaba a su disposición. Pero llegaba el quinto día del carnaval y con él con­ cluía su efímero reinado. Se le acusaba públicamente de usurpación del poder, y era enjuiciado y condenado por traidor. Con su ejecución todo el pueblo queda­ ba purificado y el verdadero monarca volvía a ocupar su cargo, limpio ahora de toda maldad. El sacrificio de una perso­ na, en este caso un marginado social, pu­ rificaba al pueblo y a sus dirigentes. A lo largo de la historia, los sacrificios humanos purificadores han sido más fre­ cuentes de lo que nos pudiera pa­ recer. Así, por ejemplo, hasta el


siglo XIX fueron habituales en diferentes regiones de África ecuatorial. También se utilizaron este tipo de sa­ crificios humanos en la cultura celta: “ En los tiempos antiguos, cuando la tribu cel­ ta estaba convencida de que tenía en su contra a los dioses, podía recurrir a un sa­ crificio humano. En ocasiones se elegía al joven más fuerte, hermoso y sano, que no hubiese conocido a mujer alguna en lo sexual. Nadie tenía que forzarle, ni si­ quiera era necesario que los druidas le ex­ plicaran lo que iba a suponer su sacrificio. El joven no se consideraba una víctima, al ser consciente de que se le había asigna­ do el papel de héroe”. Desde muy niño se le había enseñado que muchos otros, an­ tes que él, corrieron la misma suerte...” {Yáñez Solana, Manuel: Los Celtas). De igual manera podemos acercamos hasta la Grecia clásica para recoger este testimonio sorprendente: "Los pharmakoi eran los proscritos que Atenas y otras ciudades sustentaban a expensas públi­ cas para utilizarlos en caso de epidemias, de carestía de alimentos, o ante la ame­ naza de cualquier otro desastre. Las víc­ timas se mantenían, así, listas para su uso en cualquier emergencia que exigie­

ra una ofrenda. Los pharmakoi eran igual­ mente útiles para sacrificios anuales como el de la Tlnargelia, que se celebraba en Atenas a mediados de verano y que consistía en lapidar a los hombres como víctimas expiatorias de las faltas de la comunidad. Cuando uno de estos phar­ makoi tenía que ser sacrificado, primero le paseaban por toda la ciudad con el fin de que atrajera sobre sí todas las impu­ rezas ajenas y cargase con ellas; después era muerto en una ceremonia en la que tomaba parte toda la población" (Nigel Davies: Sacrificios humanos). Como podemos comprobar, en unas ocasiones eran gentes indeseables y en otras casi héroes, pero ha sido común en la historia de la humanidad utilizar los sacrificios humanos para purificar a la sociedad de los males que le envuelven. Desde esta perspectiva, nuestro Hombre de Paja sería el macho cabrío expiatorio que se inmola por todos y que desaparece al terminar el año viejo -an­ tiguamente el año finalizaba en febrero-, llevándose consigo los males y los peca­ dos de la población. En este sentido es muy significativo el nombre que tenía el muñeco carnavalesco del pueblo de Okariz (Araba); además de Hombre de Paja, también se le denominaba Hombre Malo. Otro personaje que haría funcio­ nes semejantes de chivo expiatorio, en nuestras tradiciones populares, sería


el Judas de Semana Santa (Salinas de Añana, Moreda, etc.). En este carnaval de Aspárrena, el ser­ món del cura recoge simbólicamente to­ das las desgracias acaecidas en el lugar, atribuyéndoselas ai Hombre de Paja. Condenado a muerte, se encargan de ha­ cerlo desaparecer con pólvora y/o fuego. El lugar ha quedado renovado. Ya pueden danzar, alegres, y saltar alrededor de la hoguera. La utilización de cencerros y matra­ cas reforzarían este sentido de purifica­ ción del lugar a través de sus sonidos. De igual manera lo harían los saltos por en­ cima de la hoguera. También vemos un gran paralelismo de este festejo con la condena de hom­ bres en rebeldía de tiempos pasados. Como no estaban presentes los culpa­ bles, al menos se penaba a su efigie. En esos casos se elaboraba un hombre de paja, se le leía la sentencia ante el pue­ blo congregado, y se le ejecutaba como si fuera el ladrón o el asesino en persona. A veces terminaba ahorcado, pero en la mayoría de las ocasiones era quemado por un verdugo. No podemos olvidar que, en los carnavales de algunas localidades -el mencionado Miel-Otxin en Lantz, Aldabika en Lizarra, etc.-, se condena a un bandido famoso. La expresión “ hombre de paja" se si­ gue utilizando hoy en día en el lengua­

je coloquial. Se usa para acusar a alguien de ser una marioneta, un pelele en ma­ nos de otras fuerzas que son las que en realidad toman las decisiones. Se recurre a esta expresión sobre todo en política, pero también es extensible a otras áreas de la existencia humana. En el caso de que lleguen los problemas, estos incau­ tos son los que pagan las consecuencias de una desafortunada gestión, mientras que los verdaderos responsables, ocultos entre bambalinas, logran salir indemnes del conflicto. El Hombre de Paja no es sino una metáfora de la vida.

rito de

de r e n o v a c i ó n la n a t u r a l e z a

Otros lo interpretan como el sacrificio de un dios viejo al que hay que sustituir por otro más joven. Nos hallamos ante ritos de renovación de la naturaleza. El Hombre de Paja representaría al espíritu de la vegetación caduco, al invierno. Como el grano de trigo es sacrificado para que surja la espiga, así ocurre con este espíritu de la naturaleza. Su muerte


trae consigo la vidá. Con el fin del invier­ no entra triunfante la primavera. Su su­ cesor, más fuerte,, ha ocupado su lugar, escena frecuente del reino animal. Según esta interpretación no se trata de aniqui­ lar al espíritu de la naturaleza, sino de provocar una manifestación más pura y vigorosa de él. La naturaleza está débil al ser invierno, hay que renovar a este espí­ ritu matándolo y trayéndolo de nuevo a la vida, pero con fuerzas renovadas. Algunos datos refuerzan esta tesis: este personaje, aquí y en otros lugares como en Zalduondo. es clavado en un palo, a modo de árbol esquemático don­ de el madero central sería el tronco y los miembros del muñeco representa­ rían las ramas. Otro detalle interesante: en San Román de San Mlllán, al perso­ naje en cuestión que se juzgaba era La Vieja, que estaba rellena de cacahuetes: al reventar el monigote salían despedi­ dos estos frutos, alegrando a los niños presentes. Era necesario que la vieja na­ turaleza muriese para que pudiera llegar la nueva, con sus generosas ofrendas naturales. En la costumbre de que los mayores se disfracen de niños con atributos de hombre, algunos han intuido este renacer simbólico de la naturaleza. También, en la cuestación que hacen los jóvenes casa por casa, han visto las dádivas que primitivamen­ te se ofrecían a

las fuerzas de la naturaleza para que cumpliesen con su misión de renacer.

la s

saturnales r omanas

Un antecedente del Hombre de Paja y su ambiente carnavalesco podemos obser­ varlo en las Saturnales romanas. Las Saturnales se celebraban en el Foro Romano entre el 17 y el 23 de diciembre, en honor a Saturno, dios que personifica­ ba la abundancia. En este tiempo se ce­ rraban los tribunales, las escuelas y las tiendas. El desenfreno reinaba por las ca­ lles y el orden establecido se trastocaba; todo estaba permitido. Se dejaba en li­ bertad a los esclavos, suprimiendo las di­ ferencias sociales y comiendo juntos amos y criados. En estas fiestas elegían a un rey. normalmente un mar-


ginado social, el cual tenía la autoridad por unos días, y al que se le consentían todos sus deseos. Después era sacrifica­ do, pues se le acusaba de todos los ma­ les acaecidos. El sacrificio, que en un principio era real, posteriormente lo lle­ vaban a cabo de manera simbólica. El sur de Europa, heredera de nume­ rosas tradiciones romanas, mantuvo du­ rante largo tiempo la costumbre de elegir y después quemar a un rey en ambiente festivo.

LA FUERZA DE LOS RITOS Antaño, nuestros antecesores no presu­ ponían, como hoy, que tras el invierno llegaría la primavera. La posibilidad de que la naturaleza no resucitase les an­ gustiaba. Y éste sería el motivo de este rito: propiciar la llegada de un nuevo año, una nueva primavera, una nueva oportu­ nidad. Para que ello ocurriese así. tenían

que ser muy fieles en la realización del rituaL Por esta razón se han mantenido con tanta fidelidad a lo largo del tiempo. Algo parecido ocurría con los agentes climáticos -tormentas, sequías, huraca­ nes-, la presencia de las alimañas, la lle­ gada por sorpresa de la enfermedad y la muerte... En muchos casos, el origen de estos elementos era atribuido a las fuer­ zas sobrenaturales. La única manera de controlarlas, o por lo menos apaciguar­ las. era cumplir con fidelidad las tradicio­ nes heredadas. El cumplimiento exacto del ritual aseguraba el buen orden de la vida; la dejación o la mala realización del mismo llevaba inexorablemente al caos: plagas, sequía, pestes, hambre, muerte... Por eso. los mayores hacían tanto hinca­ pié en que estos festejos se llevasen a cabo con la mayor exactitud posible. Cada detalle se repetía anualmente con una precisión litúrgica. Cualquier cambio era mal visto. Así. han llegado a nosotros tradiciones que han perdurado durante numerosas generaciones sin apenas va­ riaciones. Son diversas las fuerzas que se han visto más o menos semiocultas en el ori­ gen y desarrollo de los carnavales tradi­ cionales rurales: renovación de las fuerzas gastadas de la naturaleza, fiesta de cohe­ sión social, rito de fertilidad, preserva­ ción de malos espíritus, representación de antiguas deidades, defensa mágica contra las alimañas, rito de purifica­ ción, tiempo de trasgresión e inver­ sión de valores, rito de paso, conexión con los antepasados, te­ rapia colectiva, totemismo, etc. Cada una de ellas es una pin­ celada, y entre todas nos abren la puerta a un sorprendente paisaje cromático: colmado de interro­ gantes, es verdad, pero donde re­ bosa la armonía y la belleza hechizante de este rito ancestral. CARLOS DRTIZ DE ZARATE Sacerdote y Etnógrafo


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Muchos son los países donde el unicornio aparece como parte integrante del acerbo cultural)' legendario. No obstante, en la Península Ibérica sólo se conoce una única leyenda en tomo a este “mágico” animal: el unicornio de Betelu, en Nafarroa. En ella se dan los detalles que convirtieron al unicornio en mito popular, un animal objeto de todas las codicias, debido, entre otras cosas, a la creencia en el poder curativo que poseía su cuerno.

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Estas palabras fueron escritas por Ctesias. historiador griego y médico de Artajerjes Mnemón, en el siglo IV a.C. en su obra “ Indika". Este autor aseguraba que el unicornio, equivalente al re'em hebreo, al ki-lin chino o al monokeros griego, provenía de la India. En Euskal Herria se le conoce como adarbakar o adarbakoitz.

la leyencLa del unicornio cLe Betelu Procedente del valle de Araitz, Nafarroa, se cuenta una leyenda medieval en la que el unicornio es protagonista.

Tras muchas guerras contra los mu­ sulmanes, el rey Sancho el Magnánimo consiguió pacificar sus tierras. Estaba ca­ sado con doña Aldonza y ambos tenían dos virtuosas hijas: Violante y Guiomar, la primera morena y la última rubia. Eran joviales, risueñas y alegraban a todos aquellos con los que convivían. Un día, un apuesto caballero se pre­ sentó en el castillo. Iba a combatir a tie­ rras infieles y lejanas. Nada más verse, Guiomar y el caballero se enamoraron. Pero al día siguiente el caballero marchó y nunca más regreso, muriendo en la guerra. Guiomar entristeció, pero lo disi­ muló para no preocupar a nadie. Años después Aldonza murió, y su es­ poso, el rey Sancho empezó a morirse de tristeza. A pesar del buen trato y atencio­

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IL U ST R A C IÓ N C ódice italian o del siglo XV. M agnalucius

nes que recibía de sus hijas y súbditos, el rey se debilitaba cada día más. Anhelaba la muerte para poder ir con su esposa fallecida. Médicos y curanderos trataron al rey pero ninguno lograba sanarlo, hasta que llegó a la Corte un ermitaño que tras examinarlo aseguró que Sancho podría

sanar gracias a un bre­ baje que él conocía. Eso sí, debía beberse dentro del cuerno de un unicornio. Como en el castillo no había ningún cuerno de unicornio, el ermitaño aseguró que en el bosque de Betelu vivía uno. Según él, sólo había una única forma de capturarlo. Consistía en hacerle dormir


en el regazo de una mujer virgen que no hubiera sufrido penas de amor. Pues el unicornio se encandilaba con la belleza y la pureza femenina. Todo el mundo pensó en Violante y Guiomar. La primera, la mayor, se ofreció sin dudarlo y partió hacía el bosque de

có. El unicornio estaba pastando cuando Guiomar intentó alargar su mano para acariciarlo. Al unicornio no se le puede engañar, por ello, el animal arremetió fu­ rioso contra Guiomar y la atravesó con su cuerno. Los ballesteros acabaron des­ pués con la bestia. Guiomar había muer-

LA CAZA SAGRADA. M a n u sc rito A sh m o le , d f B estiario de ( )xford, sobre el 1180-1220

Betelu. Al oír el relin­ char del animal esca­ pó corriendo aterro­ rizada y volvió al castillo. El rey estaba ya moribundo. Por ello, Guiomar decidió ir ella misma al bosque acompañada por un grupo selecto de ba­ llesteros. Ella aún sufría pena de amor. Al llegar a un claro, vio al animal y se acer-

to y su cadáver fue trasladado al castillo junto al cuerno o alicornio del unicornio. El rey se curó tras beber del cuerno el brebaje del ermitaño. Pero no vivió mu­ cho más, ya que la muerte de su hija le partió el corazón y ya no hubo brebajes ni pócimas para poder sanarlo.

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En esta leyenda del siglo \ \ ' . de Castilla encomendó V lagnalucius vasco-navarra se pue­ a sus mejores hombres den ver algunos ele­ la misión de capturar mentos distintivos y un unicornio con la in­ capacidades mágicas del mítico animal: su tención de curar su impotencia sexual, ya fiereza sin igual, el gusto del unicornio por que también se le atribuía al cuerno un la pureza y la virginidad y el poder curati­ poder afrodisíaco sin Igual. vo de su cuerno. Hubo un caso real muy El historiador y naturalista Ctesias parecido a esta leyenda. El rey Enrique IV describe al unicornio como asno salvaje


t ' SELLOS DE ESTEATITA De los p u e b lo s indos d el N o rte de la India y Pakistán. 2500 a.C. A la izq u ierd a, el “u n ic o rn io ” indo. A bajo, a n im a le s d e M o h e n jo -D a ro del Valle d el Indo. E sta c u ltu r a conocía al rin o c e ro n te y re p re se n tab a los a n im ales de d o s c u e rn o s c o n la c o rn a m e n ta e n fo rm a de m ed ia lu n a.

de tamaño similar al caballo, con cuerpo blanco, cabeza color rojo oscuro, ojos de un azul profundo y provistos de un cuer­ no de un metro de largo que le salía de su frente, con la punta de color púrpura, la parte central negra, en contraposición a la blancura de la base. Ctesias dice que quienes bebían de este cuerno converti­ do en copa no padecían de epilepsia y eran inmunes al veneno. La leyenda de Guiomar se basa, por tanto, en un elemento de la tradición antigua pero también en la tradición propia del Medievo, difundida por San Isidoro de Sevilla en el siglo Vil d.C. en su obra "Etimologías". Es decir, Ctesias afirmaba que el unicornio era imposible de captu­ rar, no obstante, a San Isidoro se le ocu­ rrió el cebo de la doncella para lograrlo. La descripción del unicornio variará, por tanto, con el transcurrir del tiempo, siendo San Isidoro, en gran medida, el que le dio el aspecto físico conocido has­ ta nuestros días ( caballo blanco, con be­ llas crines y cuerno espiralado) y et que lo cristianizó.

toda leyenda tiene algo de realidad En efecto, muchas leyendas gún conato de verdad. Según tólogo sueco Bjorn Kurten y catalán Miguel Seguí, hubo a

tienen al­ el paleon­ et biólogo finales del


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ELTORO. EL UNICORNIO YUNCÁPRIDO

nos al estilo "media Pleistoceno (aproxi­ En el O belisco N egro de luna”. madamente, hace 1 S alm an asar III, se observa Esto es muy esclamillón de años), en la e ste cu rio so ser recedor, ya que esta Prehistoria, un animal u n ic o rn a d o . Este relieve cultura representaba que sobrevivió hasta fue h e c h o e n Asiria e n el en sus sellos de estea­ hace poco menos de 827 a.(]. La pieza se tita (arcilla húmeda) a 5.000 años. Era un an­ e n c u e n tra e n el B ritish animales reales, inclui­ M u s e u m d e L ondres tílope, de la familia dos los rinocerontes, bovidae, llamado Proleones, orices, toros, camptoceras brivavacas...etc.. Es más. uno de cada tres se­ tense (existen fósiles en el Museo llos encontrados en la actualidad en las de los Altos Paleontológico francés ruinas de la ciudad de Harappa represen­ Alpes). Este animal tenía dos cuernos tan a estos "unicornios”, por lo que se rectos, muy juntos, que le salían de la pueden deducir dos cosas: o eran anima­ frente y una especie de vaina que los les muy abundantes o eran escasos y ve­ recubría a ambos. nerados. a juzgar por el pedestal que tie­ La idea de que fuese la visión de un nen representados también en dichos rinoceronte indio la causante del mito sellos. no se sostiene, pues en Mohenjo-Daró, Quizá este animal sobreviviese hasta una de las primeras civilizaciones en el la Antigüedad Media (s.lV a.C), o fuese Valle del Indo, en la actual Pakistán, co­ recordado durante generaciones. Ctesias nocían al rinoceronte y lo representa­ y otros autores de la época se basaron ban también en las tablillas, y muestran en escritos babilónicos y exageraron e in­ un animal unicornado, más grueso que ventaron muchas de sus características. un caballo y menos que un toro. Por su Como curiosidad, cabe destacar que la parte, a los animales con dos cuernos primera representación de un unicornio los representaban en los sellos con cuer­


la explotación aparece ya en del mito y de la las Cuevas de fe. Empezó, de Lascaux (15000 esta forma, la caza a.C), en Francia, del narval en aguas en el "Salón de los islandesas, el cetáceo Toros", cerca de la en­ con el diente espirala­ trada. MEDALLÓN do, parecido al cuerno Tanto babilonios R everso del m e d a lló n del unicornio. Muchos como los pueblos med e Pisanello, H A l . reyes, papas y nobles B ritish M u seu m sopotámicos. griegos pagaron fortunas por y romanos represen­ dichos cuernos, con la taron unicornios en la creencia de que pro­ Antigüedad. Los chi­ venían del unicornio. Eso siguió así hasta nos, por su parte, creían en los Ki-iin, uni­ el s. XVII cuando empezó a dudarse de cornios orientales, que según su mitolo­ la existencia de dicho animal. gía enseñaron al pueblo chino los En el "Siglo de las Luces" el unicornio secretos de su caligrafía y el significado fue relacionado con la superchería e ig­ de las letras. norancia medieval, se le asoció a esa época considerada "oscura” e "impregna­ da de ignorancia" y se intentó demostrar que su existencia fue siempre un fraude. Los ilustrados se basaron en la caza del narval, en el rinoceronte indio de un sólo cuerno (que Marco Polo anotó en sus viajes como el descubrimiento del mítico En la Edad Media se diversificó el mito unicornio europeo) y en la "inexistencia”, del unicornio, dejo de ser un animal co­ por aquel entonces en la Naturaleza de rriente y se convirtió en poco menos que un ser de un solo cuerno. No obstante, la divino y mágico, llegando, incluso, a con­ raíz del mito parece ser real y la pista la vertirse en el símbolo alquímico por ex­ tenemos en el National Museum of celencia. También se adoptó al animal Pakistan en Karachi y en la Cultura del como símbolo de nobleza, pureza y cas­ Valle del Indo, cuya escritura por ahora tidad (también fiereza) y autores como no se ha podido descifrar. San Isidoro lo comparaban con Cristo. Empezó entonces a gestarse la idea del KDLDD GDNDRA DEL CAHPD caballo blanco unicornado. Y fue enton­ H istoríad or y Antropúlogo ces cuando surgió la idea del negocio, de

los mitos mediesxiles y el simbolismo

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Cuadrilla de Zula Se dice de este pueblo que es el más antiguo de todo el valle de Aramaio; también, que es uno de los más bellos, perfectamente dispuesto sobre la grupa del cordal montañero y alineado con el vecino núcleo de Azkoaga, como un balcón natu­ ral sobre los crestones calizos de Orisol, Anboto y Udalatx, verdaderos centinelas de piedra. Todo un paisaje idílico, salpicado de caseríos y cam­ panarios de iglesias, con extensas áreas de pas­ tizal y exuberantes zonas de arbolado, sin duda, muy alejado de lo que en otro tiempo hje. Efectivamente, la Edad Media no tuvo nada de idílica en Aramaio, donde sus habitantes su­ frieron el continuo acoso y los malos usos de! señor del valle, sobre todo en época de Juan Alonso de Muxika. Vivía éste en su torre de Barajuen, ubicada al norte de la población, sobre un pequeño cerro llamado Torrealde. Allí se dibuja­ ba la silueta del castillo de Turrión, una fantás­ tica construcción que, según se cuenta, estaría conformada por un esbelto torreón de tres cuer­ *1 I I U

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pos cilindricos superpuestos, cuyos diámetros disminuirían respectivamente desde el inferior al superior, coronado cada uno de ellos por cuatro cubos almenados. Un espacio cuadrangular de fuertes murallas almenadas, con cubos defen­ sivos en sus cuatro ángulos y foso, encerraría todo el coniunto, comunicado con el exterior me­ diante un puente levadizo. Desde su torre, durante la segunda mitad del siglo XV, Alonso de Muxika ejerció el feudalismo más despiadado sobre una población atemoriza­ da, amén de las numerosas disputas banderizas en que participó como uno de los principales va* ledores del bando oñacino, especialmente contra su principal enemigo: Pedro de Avendaño. Pero Barajuen conserva, además, su antei­ glesia de la Asunción de N® Señora, un templo muy cambiado en la actualidad respecto a la original fábrica, quizá del siglo XIII, tal y como indica la talla de su imagen titular, de tipo Andramari.


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primeros pob adores,

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Lekeitio aún no era Lekeitio, y la conI fluencia del Lea con el mar era pura ar­ monía natural, ya había seres humanos disfrutando de la vista espectacular ■queAfrece el conjunto de la bahía, con "WB Breñales y la isla de San Nikolas. En la cueva de Santa Katalina, colgada del acantilado y cercana al faro y ermita del mismo nombre, se han hallado evi­ dencias de aquellos recolectores de moluscos de época paleolítica. También paleolíticas son las muestras de arte encontradas en otra cueva, localizada a media ladera en el monte Lumentza. Se trata de pequeños objetos decorados con motivos realistas y abstractos, en­ tre los que destaca una plaqueta de

piedra con caballos grabados. En el caso de Lumentza. además, los testi­ monios materiales confirman una con­ tinuidad en el tiempo como lugar de habitación durante las fases calcolítica (Edad del Cobre) y de la Edad del Bronce. Recientes hallazgos de época romana nos hablan de la importancia que tuvie­ ron estos refugios naturales de la costa vasca en los intercambios comerciales desde los primeros tiempos de la histo­ ria. A pesar de todo, el silencio documen­ tal se cierne durante los siglos oscuros de la Alta Edad Media y no reaparece hasta el s. XII, aunque será el siglo XIV el que aporte verdaderamente luz a la historia de Lekeitio.


un paseo por su historia. Que ios Señones de Bizkaia tuvieran su palacio en Lekeitio certifica, de alguna manera, la importancia y prosperidad de esta villa en épíoca medieval, cuya carta-puebla y título fundacional le fue otorgado, preci­ samente, por doña María Díaz de Haro, apodada "La Buena" y, a la sazón. Señora de Bizkaia por aquel tiempo de 1325. De esta forma, la primitiva población, habi­ tada por pescadores y marinos en torno a la iglesia de Santa María, garantizaba sus privilegios jurídicos, comerciales, fis­ cales, militares y religiosos, además del patronato de su templo sobre las cerca­ nas anteiglesias de Amoroto, Mendexa, Cizaburuaga e Ispaster. Alfonso XI, rey de Castilla, confirmaría los mismos privi­

legios a los lekeitiarras en 1334, y sería en esos años cuando la población levan­ taría su muralla gótica para proteger la villa, villa que, antes de serlo, ya contaba con una cerca o muro de defensa. Sobre estos mismos años tenemos noticias de la existencia de pequeños as­ tilleros ubicados en un amplio arenal que había entre la parroquia de Santa María y el casco urbano, muestra, sin duda, de la importancia de la actividad comercial y pesquera en la economía de Lekeitio du­ rante la Baja Edad Media. Y de aquella vo­ cación marinera, también nos habla el propio sello de la villa, en el que aparece reflejada la caza de la ballena. De hecho, en 1381 se documenta un convenio en­ tre los cabildos civil y eclesiástico de la

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villa, mediante el cual se establecía la obligatoriedad por parte de los pescado­ res de entregar una tercera parte de las lenguas de las ballenas capturadas para la parroquia de Santa María, y las dos partes restantes para ayudar en la repara­ ción de los muelles del puerto, unas obras que debieron ser constantes, y especial­ mente importantes, desde el último cuar­ to del siglo XV y primeros años del XVI, con el objeto de dar cabida a la gran can­ tidad y variedad de productos que entra­ ban y salían de la villa por vía marítima. Así, en el Archivo Municipal de Lekeitio se conservan contratos de los arrendamien­ tos de los derechos del nasaje de todas aquellas embarcaciones que entraban a puerto. Uno de estos contratos lo firma Ochoa Sánchez de Mendiola, a cambio del cual se comprometía a construir un nuevo muelle “de cal y canto" para la villa -identificado con el de Arranegi-, que vendría a reforzar las funciones de Portuondo, conocido también como "puerto chico". Por lo tanto, vemos cómo entre 1463 y 1468 el tráfico mercantil portuario de Lekeitio movía importantes cantidades de hierro y acero, cal, tejas, trigo y cebada, avellanas y nueces, casta­ ñas, uvas e higos pasos, sal, sebo, resina, cera, paños enteros y menores, lienzos, lanas de Castilla y de Bizkaia, vino y sidra, regaliz, aceite, tablas de roble y de haya y de castaño, cueros de distintas proceden­ cias, sardinas en salazón de Galicia, Laredo y Bermeo, besugo, congrio salado y otros pescados, además de animales para la cría y el consumo. A todo lo cual se le aplicaba la correspondiente tasa fis­ cal establecida en los derechos de nasaje por el gobierno municipal de la villa, una carga tributaría que era diferente según fuera uno u otro el producto comerciali­ zado y que, como hemos visto, se desti­ naba en parte a la financiación de las infraestructuras portuarias. De estos y otros datos proporciona­ dos por los puertos vascos se desprende una importante actividad comercial en

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REDE^ INF RESTOS DE LA MURALL \ CORTAFUEGOS CONSTRUID V EN 1490 PARA EVITA LA PROPAGACION D INCENDIOS DE UNA PARTE \ OTRA DE LA VILL

toda la costa del cantábrico oriental, per­ fectamente comunicada con otros pun­ tos del Atlántico europeo. De hecho, desde su fundación, la villa de Lekeitio se sumó, junto a los puertos de Bilbao, Ondarru y Bermeo -por parte vizcaína-, y de Hondarribia, Donostia, Cetaria, Deba y Mutriku -por parte guipuzcoana-, a la bien organizada red comercial que la ciu­ dad de Baiona -principal puerto del lito­ ral vasco- capitaneaba desde la Alta Edad Media.


Sin embargo, y a pesar de lo visto, la expansión mercantil y pesquera de la villa había sido incapaz de establecer el clima de paz duradero y necesario para que las transacciones comerciales no se vieran perturbadas. Así, las constantes disputas entre banderizos durante los siglos XIV y XV, y los frecuentes incendios, habían asolado el lugar a sangre y fuego, y habían obligado al Concejo de la villa a buscar la protección real. Testigos de aquellos tiem­ pos nos quedan la torre de Uriarte, la fun­

dación de la Cofradía de Pescadores de San Pedro, la construcción de los muelles del puerto, y algunos restos de la muralla defensiva y también de la original muralla cortafuegos, construida para dividir el ba­ rrio de pescadores en dos y evitar la pro­ pagación de las llamas de uno al otro lado. De hecho, los incendios, especialmente el de 1435, fueron tan devastadores que, de las originales edificaciones de Lekeltio no queda más que la primitiva parcelación, caracterizada por solares estrechos y pro-


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fundos. No es de extrañar, pues, que ante tal situación de caos (incendios, enfrenta­ miento banderizo, violencia interpersonal, prácticas irreligiosas, conductas irreveren­ tes, sodomía sexual y amancebamiento, epidemias, etc.), los gobernantes munici­ pales vieran la necesidad -para evitar más “castigos divinos" y, también, por la pro­ pia supervivencia de la villa- de dotarse de una ordenanza municipal que verte­ brara la vida en comunidad de todos sus habitantes. Con ello se pretendía legitimar una serie de valores sociales de compor­ tamiento para lograr, en consecuencia, las condiciones necesarias que garantizasen la buena marcha de las actividades eco­ nómicas de Lekeitio. Esto ocurría en la se­ gunda mitad del siglo XV y fue algo muy habitual en la mayor parte de las villas vascas para conseguir el tan deseado cli­ ma de "paz, sosiego y buena goberna­ ción", tal y como reflejaba el lema de la ordenanza de Vitoria de 1476. Otro episodio negro en su historia aparece documentado en 1589, con la llegada de un brote de peste que causó enorme mortandad entre la población. La intervención del ejército puso cerco a la villa para evitar que la peste se propa­ gara hacia el interior, ya que este tipo de epidemias solían llegar desde el mar, a bordo de algún barco mercante. Desde entonces, el declive marítimo de Lekeitio ha sido constante, coincidiendo con el desarrollo económico y comercial de otros puertos como el de Bilbao. Así, si en el siglo XV mantenía una flota activa de 60 barcos, para el s. XIX apenas con­ taba con 27 embarcaciones. No obstante y a pesar de haber perdido buena parte de su potencial marítimo, ha sabido mantener intacta su vocación marinera, a pesar de los altibajos, a lo largo de su dilatada historia. Damos un salto en el tiempo para su­ mergirnos en los albores del s. XIX y re­ cordar la aciaga entrada de las tropas francesas en la villa un día de 1808, con­ virtiéndola en su centro de operaciones

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hasta el año 1812, en que un barco de guerra inglés los vence desde el mar y las tropas comandadas por Gaspar jauregi desde tierra. Pero, no acabaron aquí las miserias del s. XIX, ya que ni las guerras carlistas ni la situación política española de alternancia en el poder propiciaron la estabilidad deseada, creando un endeu­ damiento público notable y empujando a muchos de sus habitantes hacia una emigración masiva en busca de condicio­ nes más favorables. Además, la única ac-


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tividad agrícola tradicional: el cultivo de viñedo para producción de chacolí (txakolin), se vio afectada por el oídio primero y la filoxera después, lo que su­ puso la pérdida de este tipo de planta­ ciones en uno de los lugares más emblemáticos de la costa vizcaína. Afortunadamente, la manufactura del pescado vino a solventar parte de la cri­ sis, sobre todo desde la puesta en mar­ cha de la fábrica de conservas Garavilla. A comienzos del s. XX serían los italianos

quienes se instalaran en este mismo sec­ tor, que llegó a tener hasta doce empre­ sas conserveras en 1958 y de las que, por desgracia, sólo quedarían dos en 1996. Así, los períodos de crisis y de recupera­ ción han sido una constante en la histo­ ria de Lekeitio, lo mismo que la pérdida continuada de población joven debido a la llamada que sobre ella ejercían los te­ rritorios americanos, una emigración que se mantendría durante todo el s. XIX y las primeras décadas del s. XX.

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95 D3 GHQS QG TO. En el código de las Siete Partidas, atribuido al rey de Castilla y León Alfonso X el Sabio, se reunió a fina­ les del s. XIII la mayor compilación legisla­ tiva del momento. En la ley XVII, título XXV|I de la Tercera Partida se decía que bestias salvajes e las aves e los pesca­ dos del mar, quien quiera que los prenda, son suyos". Pero, esta categórica declara­ ción quedaba en entredicho al añadir, casi a renglón seguido, que "para prenderlos en heredad ajena hacía falta permiso del señor" y, obviamente, la inmensa mar era "heredad" del rey, y "las rentas de las sali­ nas o de las pesqueras" suyas. Así, en las cartas fundacionales de las villas de Bermeo, Portugalete y Lekeitio quedaba establecido y perfectamente claro que el Señor de Bizkaia se reservaba el "quincio del pescado", es decir, de cada quince pes­ cados uno. Así, en lo relativo a la ballena, el rey se reservaba una tira, desde la cabe­ za a la cola, de cada animal cazado. En cuanto a la titularidad de la balle­ na, tampoco importaba mucho qué atalayero de qué puerto o cofradía avistaba y llamaba a la ballena el primero, ya que to­ das las chalupas y pinazas que completa­ ban su tripulación, fuesen del propio puerto o de puertos vecinos, se hacían a la mar en busca del preciado tesoro. Era pues, normal, que pescadores de Lekeitio y de Ondarroa compitieran por la misma pieza en numerosas ocasiones, y que, en consecuencia, se diesen motivos de que­ rella. Las cofradías de los distintos puertos se encargaban de dirimir las diferencias entre sus propios asociados, pero, fueron necesarias reglamentaciones supralocales para dar respuesta y soluciones en aque­ llas causas que implicaban a pescadores de más de una villa. De esta forma, Lekeitio y Ondarroa capitularon una escri­ tura ante escribano en 1644, conviniendo “que las ballenas que los mareantes de las dichas villas y cofradías hubiesen primero heridas no hieran los marineros de la otra

villa salvo que se les soltase a fin de limitar la libre concurrencia a la pieza avis­ tada y que tantos problemas ocasionaba. Y si de propiedad de la caza, ballena en este caso, estamos hablando, hemos de señalar que la Cofradía de San Pedro de Lekeitio tenía perfectamente regla­ mentado el reparto de los beneficios que dejaba cada cetáceo entre aquellos que hubieran participado en su captura. De igual forma, disponía el total de personas que debía llevar cada pinaza, en número de seis, marineros o no, y el utillaje utili­ zado en la caza (arpón, cuerdas, sangrade­ ras y jabalinas), así como sus medidas y estado de conservación de todos los apa­ rejos, todo ello debidamente inspecciona­ do por los mayordomos de la cofradía. Y como las ballenas y todos los pes­ cados eran del rey, el propio rey era quien disponía de los frutos de su heredad: la mar. Así, en 1315 Alfonso XI otorgó una serie de “franquezas e libertades" a los habitantes de Bilbao, Bermeo y Lekeitio para que "se poblasen mejor”, por lo que dispuso que sus marineros pudieran an­ dar por todo el reino "e pescar e comprar e salar así como facen los de Castro e los de Laredo e los de otros puertos". Concesiones igualmente reconocidas por posteriores reyes, como su hijo Enrique II, para que los hombres de mar de las villas de Gipuzkoa y de Bizkaia pudiesen llegar hasta “las marismas de Asturias y Galicia para hacer pescado y ballenas", igual que lo hicieran en tiempos de su padre. No obstante, estos privilegios sobre la libertad de pescar esconden, quizá, una realidad sobre la abundancia o escasez de la ballena en nuestras costas, una Balaena euskariensis o biscayensis que, con el devenir de los siglos, iba desapare­ ciendo irremisiblemente. Así, el archivo de Lekeitio refiere la muerte de 46 ejem­ plares adultos y 10 crías o pequeñas en­ tre los años 1517 y 1662, por lo que podemos aventurar que las ballenas no


DESDE LA EDAD MEDIA LOS PESCADORES VASCOS HAN SURCADO LOS M A RES EN BUSCA DE LA BALLENA Y DEL BACALAO LLEGANDO HASTA ISLANDIA (SIGLO XII), PEN IN SU LA DEL LABRADOR (SIGLO XIII) O TERRANOVA (1372)


FACHADA DFX CONVENlü DE SAN JO SÉ. ANTIGUO COLEGIO DE LOS JESUÍTAS, FUNDADO EN 1688

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DE NUESTRA SEÑORA DE LA ANTIGUA. IMAGEN TITULAR LA PRIMITIVA IGLESIA DE LEKEITIO INCENDIADA EN 1442 PALACIO AROZTEGI

INKIZQDA.

PORTADA PRINCIPAL DE LA IGLESIA DE SANTA MARÍA. CONSTRUIDA ENTRE 1480 Y 1508 DRGHA.

han sido tan abundantes en nuestro lito­ ral como se ha pretendido. En conse­ cuencia, tampoco es de extrañar que los pescadores vascos hayan tenido que salir a buscarlas a otros caladeros, algunos muy lejanos de Euskal Herria, para hacer­ se con las ballenas del rey.

un paseo por sus ca es. con la his­ toria aprendida nos lanzamos a la calle, una calle alegre y bulliciosa la de Lekeitio, llena de pasado, pero también de vida; caliesen las que jugaron personajes ilus­ tres como el ingeniero e ilustrado Pedro Bernardo Villarreal (1669-1740) o el sa­ cerdote y escritor Resurrección Azkue (1864-1951).

Nos encontramos en la plaza de la Independencia, un espacio abierto entre la iglesia y el ayuntamiento, típico ejem­ plo del barroco vasco del s. XVIII. La fa­ chada luce una inscripción en latín que los caracteres de esta lengua clásica ha­ cen que pase oculta a los ojos del visi­ tante: "Elogia al venerable pueblo que vence a los reyes y domina poderoso por tierra y mar". El orgullo que trasmite este lema puede verse también en su escudo, con la clásica ballena, producto de sus correrías por mar y fuente de recursos para su economía desde finales del s. XIV. Frente a él, al otro lado de la calle Gamarra, se encuentra el palacio Oxangoiti, casa noble del s. XVII con am­ plios aleros de madera labrada y magní­ fica puerta. Entramos, a continuación, en el barrio de pescadores por la calle Arranegi, una travesía que participa de lo


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señorial y de lo popular. A la mano iz­ quierda puede verse un resto de la mura­ lla cortafuegos construida en el s. XV, y un poco más adelante la torre Maguregi, Upaetxea, el monumental edificio de la antigua cofradía y la torre de Leniz, antes de salir al rompeolas y al camino que lle­ va hasta los acantilados y la ermita de San Juan. Si regresamos hacia el puerto podre­ mos ver las casas que se asoman a él, con fachadas provistas de miradores y gale­ rías, y tabernas en sus bajos para entrete­ ner el paseo y saciar la sed o el apetito. De nuevo en la plaza de la Indepen­ dencia, es momento de no aplazar por más tiempo la visita al templo de la Asunción de Santa María, de factura gó­ tica y una de las más importantes mues­ tras de la arquitectura religiosa vasca. La iglesia es de tres naves, con cabecera po­

ligonal, giróla alrededor y diversas capi­ llas que se abren en el muro sur. Pero, sin duda, la joya principal es et retablo ma­ yor, obra gótico-flamenca en madera po­ licromada de inicios del s. XVI, y uno de los más importantes del conjunto del es­ tado, sólo superado en dimensiones por los de Toledo y Sevilla. Al exterior, los ar­ botantes le dan un aspecto aéreo y eté­ reo al edificio, además de cumplir con su función real, que es la de contrarrestar los empujes de la nave central. Hay que fijarse también en las gárgolas y agujas, como si de una pequeña catedral se tra­ tase. Una sola torre-campanario se sitúa a los pies, acompañando a la escultura monumental que decora la fachada. Hay que pensar que, en otro tiempo, los bar­ cos salían desde los astilleros situados aquí mismo y que, hasta aquí regresaban para ser nuevamente reparados.

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Al otro lado de la calle Abaroa se en­ cuentra un núcleo con interesantes muestras del patrimonio arquitectónico de Lekeitio. El palacete de Arostegi, la casa de los Salinas, el convento de las Madres Dominicas, el palacio Uriarte con la torre Turpín adosada a su flanco norte, y Torrezar se encuentran en este reduci­ do espacio limitado por el lienzo de la muralla gótica que todavía subsiste en parte. Es imposible hoy hacerse una idea de aquel bullicio reinante en el callejero de Lekeitio, con sus talleres de zapateros y plateros, sastres y alfareros, comercian­ tes de toda índole y artesanos de los más variopintos oficios. Mujeres tejiendo lino a las puertas de sus casas y un bullicioso trajín de gentes de la mar y de tierra, de marineros y aldeanos, de comerciantes extranjeros y de burladores y picaros. Extramuros aparece el cementerio, desde cuya puerta podemos seguir un Vía Crucis que asciende hasta la cima del monte Lumentza, donde gozar de bellas vistas hacia las playas y la isla de San Nikolas.A media ladera puede visitarse la entrada de la cueva en la que se localiza­ ron los restos de los primeros pobladores. Otros rincones de interés son el con­ vento de las Madres Agustinas, el palacio Zubieta, el humilladero del Cristo del Portal, o las fuentes de la Esperanza y Mandaska.

SUFIZQDA. ENTRADA AL Y \ CIMIENTO PREHISTORIC DEL MONTE LUMENTZ \ SUR DRCHA-

IG LESIA DE SANT \ MARÍA Y LA RLAZ\

INF ISLA DE SAN NIKOLA0 GARRAITZ, CON LA PLAY \ DE KARRA SPIO EN PRIM E TÉRMIN

; lekeitio, la villa turística. Las últimas

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' décadas del siglo XIX y las primeras del s. ■ XX trajeron para la villa cambios impor, tantes en sus infraestructuras, sobre todo ! tras la ampliación del puerto y la cons:, truqSón de nuevas carreteras hacia Bilbao W ja , superando así una situación de aislamiento que en nada había beneficia­ do a su desarrollo. La actividad pesquera y conservera estaba en sus mejores años y acababa de irrumpir con fuerza la indus-

tria maderera. Es en este panorama favo­ rable cuando Lekeitio abre sus puertas al sector turístico, iniciado tímidamente en el s. XIX y consolidado en el s. XX. A ello ayudaron, y mucho, la presencia de la rei­ na Isabel II y de la emperatriz Zita, que re­ sidieron en el palacio Uribarren. En el caso de Zita, viuda de Carlos de Austria, fue.


además, su refugio definitivo, ya que en él permaneció hasta su muerte tras haber abandonado, obligadamente, los territo­ rios del extinto imperio Austro-Húngaro, donde había sido destronada después de la primera guerra mundial. Desde entonces, ha sido importante la presencia veraniega de significadas fa­

milias en algunas de las mansiones lekeitiarras que todavía hoy se conservan, sin olvidar la masiva presencia de turistas a partir de los años cincuenta del s. XX, lo que ha venido a consolidar el sector tu­ rístico como uno de los motores econó­ micos de la villa, sin menoscabo del pesquero.

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dH tZdrjokU d. Las nestas patronales se dedican a San Antolín, en la semana del 2 de septiembre, y cuentan con el fa­ moso antzarjokua o “juego de los gan­ sos", acontecimiento de primer orden en el universo festivo no sólo de Lekeitio, sino también de Bizkaia. Tiene lugar el día 4, siempre que no coincida con el fin de semana, y la documenta­ ción habla de al menos 350 años de existencia de la costumbre de "coger los gansos", aunque la práctica pudiera te­ ner su origen en primitivos rituales de épocas más lejanas. De hecho, la tradi­ ción de sacrificar gansos y gallos está muy arraigada aún en muchas de las ce­ lebraciones festivas de la geografía vas­ ca. Así, en la vecina población de

Markina-Xemein, los palmípedos, ya muertos, se cuelgan de unas cuerdas y los jinetes, montados en sus cabalgadu­ ras, tratan de descabezarlos de un tirón mientras avanzan al trote. Este mismo juego se practicaba desde antiguo en muchas localidades del interior, como Oiartzun, Bera, Leitza o Betelu, mientras en las de costa se adoptaba con carac­ terísticas propias, tal y como nos ha llegado desde Lekeitio, es decir, sobre el mar. Esto ocurre al menos desde 1722, aunque ya desde 1666 sabemos que eran "arrantzales" todos los que toma­ ban parte en el juego. Desde las primeras horas de la maña­ na hay grupos de jóvenes animando las calles de Lekeitio en una especie de kale-


jira, vestidos con el atuendo de pescador en mahón azul, y cantando alegremente el Anteron Txamarrotia, verdadero himno de la localidad costera. La fiesta principal tiene lugar en el propio puerto, para gozo y disfrute de todo el mundo. Allí, una maroma atraviesa la zona de juego entre uno de los muelles y un pesquero, de la cual penden los gansos, previamente sa­ crificados, con la cabeza hacia abajo. Las embarcaciones a remo, por turnos, van acercándose al escenario, y en el mo­ mento en que uno de los mozos se aferra al cuello de la presa, los animadores de uno y otro lado tensan la soga para ascender al concursante hasta una enor­ me altura y dejarlo caer a continuación al agua, donde se zambulle sin soltar el

ave. La operación se repite varias veces hasta que se desprenda el cuello del ani­ mal o se suelte el mozo sin obtener su trofeo. Los premios se reparten entre quienes logren descabezar el ganso, que se le quedan en propiedad para compar­ tirle con su cuadrilla, y entre los que más alzadas y chapuzones aguanten asidos al resistente cuello. A este respecto habría que añadir como curiosidad que los gan­ sos empleados en Lekeitio no son de granja, como los utilizados en otras loca­ lidades vascas en acontecimientos simi­ lares, sino de una especie denominada ¡(opla o maskato. un ganso marino de unos tres kilos de peso, color oscuro y con unas vértebras cervicales de gran ri­ gidez.

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FIESTA DE GANSOS A PRINCIPIOS DE SIGLO XX

SURlZQDA.

INF. IZQDA.

PROCESIÓN DE SAN PEDRO CON EL SANTO A HOMBROS EN El. MOMENTO DEL KILÍN-KALA FIESTA DE GANSOS. LAS PR IM ER A S NaiTClAS DE SU CELEBRACIÓN DATAN DE 1818Y S E REALIZABA EN LA PLAZA DE LA VILLA. POSTERIORMENTE LA FIESTA SE CONVIRTIÓ EN MARINERA Y SE DESPLAZÓ A LA ZONA DEL PUERTO DRCHA.

I se

Aunque el "juego de los gansos" su­ ponga hoy el acto estelar de las fiestas patronales, hay que señalar que no siempre ha tenido lugar durante los "Sanantolines". ya que anteriormente al año 1877 se celebraba en los días de la Virgen de Agosto y San Roque. También sabemos que este acto lúdico-deportivo, antiguamente, estaba más regulado que ahora, ya que sólo podían tomar parte en él los pescadores. Además, la tripulación de cada trainera debía ser de 12 hombres a los remos y patrón, esta­ bleciéndose, incluso, la velocidad de las propias embarcaciones. Por su parte, los mozos, que hoy visten de mahón azul, se veían obligados a llevar camisa blan­ ca. y en caso de empatar en el juego, se organizaba una regata alrededor de la

isla de San Nicolás para dilucidar el ga­ nador. La fiesta concluye en el puerto con la cucaña, consistente en un mástil ligera­ mente inclinado y suspendido sobre el agua, en cuyo extremo se coloca una bandera que deberá recuperar el mozo participante. Para ello, deberá hacer gala de buen equilibrio y habilidad para lo­ grar caminar sobre la exigua superficie que, además, ha sido previamente unta­ da con grasa. El resultado más habitual es la caída al mar del protagonista sin ver logrado su objetivo, acompañado de las risas de todos los espectadores. A la sombra de estos espectáculos se desa­ rrollan otras actividades que aprovechan la gran concurrencia de público en estas fechas. Así, puede disfrutarse de la rega­


ta de traineras “ Bandera de Lekeitio", ex­ hibiciones de danzas vascas y conciertos.

kilín-kdláy kaxdmnka.

San Pedro es el^póstol de las gentes del mar, y para hortrarle, la villa arrantzale organiza unos festejos muy arraigados en la tradición y queifivalizan con los patronales de San Antofin, especialmente en los momentos de te-t^rocesión o KUín-kalá y del baile de la Kaxarranka. Cada 29 de junio y acaba­ da la misa mayor tiene lugar la proce­ sión, con la imagen del santo a hombros, desde la parroquia de Santa María hasta

el puerto. Una vez en él, se colocan ante una hornacina que cobija otra imagen del propio apóstol y simulan por tres ve­ ces que lo arrojan al mar. Es el kilín-kaíá. La escena comienza al grito de ¡Bai\ de un arrantzale (pescador), y los portado­ res inclinan el santo hacia el agua. Si el santo cayera, hecfio que en más de una ocasión ha ocurrido, no sería tomado como mala suerte, sino como augurio de buena costera del bonito, ya que se con­ sidera a este acto como un rito propicia­ torio de abundante pesca. Los lekeitiarras tienen, no obstante, otra interpretación más jocosa, según la cual sería como dar una advertencia a San Pedro para que procure un buen año de capturas, ya que en caso contrario podría sufrir un remo­ jón en el siguiente kilfn-kalá.


BAlLt: DE LA KAXAIÍKANKA. DANTZARI SO BRE EL ARGÓN CON LA IMAGEN DE SAN PEDRO AL FONDO

IZQDA.

DRCHA. DANZA DE LAKAXARRAN KA SOBRE LA KIITXA AIIOMHOS DE MARINEROS RODEADOS DE PESCADORES POIÍTANDO REMOS

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Concluida la procesión da comienzo el baile de la Kaxarranka, uno de los ele­ mentos más emblemáticos y conocidos de Lekeitio. En esta ocasión es un dantzari quien protagoniza la escena princi­ pal, bailando encima de un arcón o kutxa que sujetan ocho fornidos pescadores sobre sus hombros. Todos ellos aparecen descalzos y uniformados con el atuendo de trabajo, consistente en camisa y pan­ talón de mahón azúL Por su parte, el danzante viste frac, camisa y pantalón blancos, pañuelo rojo al cuello y un cla­ vel, también rojo, en la solapa, y porta una chistera en su mano derecha y un banderín rojo con las insignias de San Pedro en la izquierda. Con anterioridad al siglo XIX, parece que el danzante lucía los hábitos del apostol San Pedro, un "disfraz" que no gustaba a la Iglesia y tampoco al clero acompañante en la ce­

remonia. De hecho, se sabe que desde principios del siglo XVII trataron de anu­ lar esta representación única, a caballo entre lo religioso y lo civil, y sólo la tole­ rancia del rey Felipe III permitió su con­ tinuación. A pesar de todo, el enfrentamiento entre clero y cofradía prosiguió hasta acabar convirtiéndose en una ceremonia exclusivamente civil. El significado de la kaxarranka. el arca simbólica, está en relación con los anti­ guos modos utilizados por las cofradías marineras para su gobierno. Así, en el in­ terior de estos arcones se guardaban los documentos de la cofradía y los orna­ mentos y piezas sacramentales del altar de San Pedro de la iglesia de Santa María, y el encargado de su custodia y adminis­ tración era el mayordomo, elegido anual­ mente para este cometido y para el cuidado y reparto entre sus miembros de


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las ganancias obtenidas en el año. Además, no descuidaba la cofradía a aquellos pescadores que, por una u otra causa, hubieran caído en desgracia y se vieran sumidos en la miseria. Para todos ellos se arbitraron medidas paliadoras, incluso ayudas destinadas a la compra de medicinas y al pago de los honorarios del cirujano. Tampoco se olvidaba de los pobres y necesitados de la villa y, así, era el mayordomo quien, el Viernes Santo, les obsequiaba con sardinas y pan. Una vez designado el nuevo mayordo­ mo, llevaban hasta su casa el arcón con todos los bienes y documentos de la co­ fradía, donde, en presencia del escribano local, se revisaban y hacía el correspon­ diente inventario de todo lo entregado. La trascendencia del acto en sí fue adqui­ riendo ceremoniosidad, para pasar a con­ vertirse en un hecho festivo multitudinario.

1 en el transcurso del cual se portaba el arca sobre la que un dantzarí había de bailar mientras se desplazaba de una casa a otra. Es éste un ritual de carácter folkló­ rico que, si bien ha conocido algunos cambios en su factura a lo largo de su his­ toria, se conoce documentalmente desde finales del s. XV, aunque es probable que su existencia tenga varias décadas más de antigüedad. La danza se repite tres veces: una primera bajo el arco de San Pedro, en el puerto: a continuación recorren las ca­ lles, escoltados por pescadores que por­ tan esbeltos remos, hasta la casa del presidente de la cofradía, donde tiene lu­ gar el segundo baile; el tercero y último se escenifica en la plaza. La danza se com­ pone, asimismo, de tres partes, interpre­ tándose en la primera un zortziko, para pasar a continuación a un orrípeko o fan­ dango, y por último al arin-arín.

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SUR E INF ÚLTIMA APAfíICIÓN DE LA A n T IlT A MAKURRA SO BRE LA PLAYA DE IZUxNTZA (MARZO DE 2007). ACTUALMENl’E HA VUELTO A OCULTARSE MED, FOTO ANTIGUA DE UNA MUJKR POSANDO JUNTO A LA ROCA Ai nTITA MAKURRA

La complejidad de la danza se basa no tanto en los movimientos propios como en el reducido espacio sobre el que debe realizarse, es decir, la tapa de ma­ dera de la kutxa, de 162 cm de largo por 52 cm de ancho. Si a esto añadimos que se encuentra suspendida en hombros, entenderemos que el danzante deba mo­ verse con destreza y equilibrio, además de con la espectacularidad necesaria para que la kaxarranka tenga el brillo y la gra­ cia que el público desea ver y que la ce­ remonia precisa.

um6ntz3. Muchos artesanos vascos utilizaban la grasa de la ballena para ilu­ minarse en su afanoso trabajo, grasa "para arder" o "para alumbrar de noche”, y popularmente denominada '‘lumera".Y lumtras eran las calderas, con sus hortf» r utilizadas para fundir los trozos de carne de ballena que los trinchadores sa­ caban, con sus grandes cuchillos, de las largas tiras de lardo extraídas del cetá­ ceo. Aquellas lentas operaciones de des­ grase en las lumeras se llevaban a cabo en las afueras de la población, precisa­ mente para evitar el humo y el fuerte olor que desprendían las calderas. Así, al menos, lo determinaban las ordenanzas de algunas villas, entre ellas Lekeitio, para evitar que "[...jningunas ni algunas perso­ nas dentro las cercas e muros viejos, e muros nuevos hagan lumera sopeña de cincuenta maravedís 1...1". En este senti-


La historia que vamos a referir ocurrió una tarde, cuando uno de los mejores pescadores de Lekeitio, patrón de embarcación y hábil arponero en la caza de la ballena, quedó tendido y sin conocimiento sobre uno de los muelles del puerto, a consecuencia, seguramente, de un golpe ocasionado por el enorme animal, sus compañeros, preocupados, lo llevaron inmedia­ tamente a una txalupa etxe y llamaron al médico para que lo atendiese con la mayor pronti­ tud. El galeno examinó al exhausto patrón y se esforó en reanimarlo, sin éxito. Había mucha gente en el lugar y se notaba un cierto nerviosismo en los rostros, también en el de aquel hu­ milde pescador que había acertado a pasar por el lugar y entrado a observar en qué estado se encontraba el patrón. Cuando salió del local, un hombre de aspecto elegante se le acercó para susurrarie que estaba en su mano la curación del arponero y no en la del médico, para lo cual tendría que hacer aquello que le dijera, no se negó a ello nuestro humilde pescador, y con la orden dada entró de nuevo en la Ixalupa etxea para pedirle a la cocinera que pusiese una sartén al fuego y echara en ella aceite de oliva, miel y algo de manteca. Una vez mezcla­ do y dejado enfriar, solicitó a la mujer que se lo fuera colocando al enfermo en su frente. Milagrosamente, el patrón recuperó el sentido y se levantó, visto lo cual, el humilde pescador abandonó la casa con gran satisfacción y sin hacerse notar, para dar un paseo por los muelles del puerto. No había pasado mucho tiempo cuando, de nuevo, el elegante y misterioso hombre le salió al paso para comunicarte que, a partir de aquel momento, le sería dada la fa­ cultad de sanar todas las enfermedades hasta la edad de cien años, momento en que le lle­ garía la muerte. La sorpresa y la incredulidad se reflejaban en el rostro de nuestro pescador, un buen hombre que, por todo ademán, no hizo sino escuchar atentamente a su interlocutor

"Y en el atardecer de todos los días deberás de mirar al tejado de tu casa. Y cuando lle­ gues a los noventa años de edad y veas que ha nacido en él la hierba llamada onna belarra, puedes prepararle para recibir a la muerte, es decir, a mL Porque yo soy la muerte, aunque ahora me veas con la figura de hombre, y has de saber que nadie en Lekeitio te olvidará, pues el recuerdo de tu paso por aquí perdurará para siempre entre sus habi­ tantes". El viejo y humilde pescador distinguió, un buen día de verano, una planta de orma belaira creciendo en su tejado, la señal de que se acababan sus días Salió de su casa, no compungi­ do ni triste, sino sereno y tranquilo, y dirigió sus pasos hacia la playa de isuntza. No había reco­ rrido aún la mitad del arenal cuando, la muerte, esta vez sin disfraz, se le acercó para tocarle en un hombro y convertirle en piedra, una piedra que, al contrario que otras leyendas, se ma­ terializó para que todo el mundo pudiera verla. Es la Aittitta Makurra, el abuelo encorvado, nuestro viejo y humilde pescador Una vez más, el capricho geológico hace acto de presencia en un punto de nuestra tierra vas­ ca. un pequeña punta de piedra que no es sino parte de la propia roca madre que configura la cercana isla de san Nikolas. un curioso afloramiento pétreo, único en toda la playa, que ha resistido mejor la erosión y que, además, cuenta con un secreto añadido que, sin duda, lo ha preservado mejor de los elementos. Y es que, la Aittitta Makurra aparece y desaparece, a veces durante años, según el capricho del mar y de las fuertes corrientes que son capaces de amontonar o llevar toneladas y toneladas de arena hasta llegar a descubrirlo o taparlo por completo. Así son las leyendas.


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do. nos permitimos apuntar la posibilidad de que haya sido la base del monte Lumentza. la zona des­ tinada a la actividad de lumeras para la fu­ sión de la grasa de balle­ na, una hipótesis que habría que corroborar con la documenta­ ción existente en archivos y/o con la ayuda de la arqueología. En cualquier caso, la etimología del nombre parece apuntar en la misma dirección, ya que el sufijo eusquérico (-tza) indica abundan­ cia de algo -abundancia de lumeras en este caso-, siempre con la máxima reser­ va que el estudio de la toponimia exige en todo momento. Al hilo de esto, buena parte de la po­ blación de la villa tiene por cierto el dicho de que "lumen" viene de "llama'', quizá por su. aparentemente, directa derivación del latín: lumen, luminis (luz, claridad, res­ plandor. destello). Y aseguran que allí se hacía fuego, lumbre, pero sin concretar dónde. En este sentido, un razonamiento rápido y poco meditado podría llevarnos a pensar en un Lumentza cuya cumbre hubiera, quizás, sen/ido como faro para señalar a los barcos la ubicación del puer­ to. Sin embargo, hay que reconocer que tanto el cabo de Santa Katalina -actual faro- como el promontorio de San Juan Talako -la punta occidental de la bahía-, o la propia isla de San Nikolas -también llamada Garraitz-, son mejores y más idóneos lugares para tal cometido. Así, pues, creemos que Lumentza tiene menos que ver con fuegos en su cumbre y con una hipotética función farera que con la tradicional actividad -mejor documenta­

da- de fundir la gra­ sa de la ballena en las lumeras ubicadas en el entorno de su base, abundante en calderas y hornos, en gentes afana­ das en su trabajo y en densos vapores de amar­ go sabor a grasa volatizada. También sabemos que Lumentza no albergó al atalayero en su cumbre, aque­ lla persona encargada de dar la voz de alarma desde su talaia cuando avistaba una ballena en el horizonte o en las in­ mediaciones de la costa. Y es que Lumentza es un cerro escondido al inte­ rior, con buenas vistas sobre la bahía y el puerto, pero malo para el oteo del hori­ zonte marino. Una vez más. la toponimia ha quedado fosilizada en el paisaje para indicarnos que fue en el cercano monte Otoio (399 metros), en un perfecto bal­ cón a media ladera de su vertiente nororiental, donde el atalayero tenía su cabaña (recién restaurada) y gastaba sus ojos en escudriñar la mar en busca del enorme cetáceo. Cuentan los documen­ tos que nada más aparecer un ejemplar de Baíaena biscayensis, el atalayero daba la voz de alarma a la manera usual del lu­ gar. bien prendiendo fuego a una hoguera preparada de antemano, bien tañendo una campana o, simplemente, agitando una prenda o trapo al viento en lugar bien visible. Cualquiera que fuera la forma, el objetivo era siempre el mismo: poner en alerta a la comunidad de pescadores para, con la mayor rapidez posible, hacerse a la mar en sus pinazas con todos los hom­ bres y pertrechos necesarios. JU A N JD HIDALGO


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bíwtaatc tiempo que Uw grullo«» babúin ^urcoDo el cielo para

r Uuí tierra»* tenvplado^í del «iur. Sin embargo, a llí aguantaba M , con 4\hó pequeño«* rebaños de vaca«* ^ ov>eja<*, a l abrigo de la<*

mparada^ cbaboUu* de Au«*te9larmln. Y té que ba<*ta la |ecba <*e ba> dú+frutodo í c un otoño máó bien templado y deco. E ra el viento alael que, a pe«»ar de <*u^ alocados embates, babía dulcificado la e<4tancla aquello.* ganador ^ pa«ítore,i en lod alto«* parajed de Gorbela. Todo arecía Indicar que finalizaba una e«*taclón en la que «*e babían remixn«íodo la par -y en la que

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parecían baber«*e contagiado

aquella «*erena quietud ^ no mostraban Intere«* alguno por aquello«* re­ baño«* que parteaban <*ln ce<*ar, colgado«* en la«* empinada.« ladera«* que circundaban la majada. Pero todo aparentaba baber cambiado en lo«* do«* último.* día«*: el viento gallego comenzaba a Imponer ¿ a le^ ^ Uu nube«*, humedad ^ al^ún que o copo de nieve Iniciaban «*u prc«*encla. E ra el avú*o Inconfundible que Indicaba a lo.* pa«*tore.* que la montaña no quería tenerlo.* como bué«*pede«* por mó«* tiempo. A lo «*obrecogedor del paú*aje, envuelto -^a de atenazante«* brumo.*, «*c babía «*umodo odemó.« uno e^ctroño noticio que bobío dejodo petrlflcodo.# o lo«* bobltonte«* de Oroxko: uno mucbocbo de lo c a a a de A ran a lle­ vaba dio«* «*ln aparecer, .*upue«*tamente extraviado en el monte. Y tro.* uno reunión en Lorrazobol, «*c babía determinado orgonlzor cuodrlllo.í de bombre«*, voluntarlo«*, poro .«allr a <*u encuentro. Por e«*o, mien­ tra«* Joone.* «*e bobío quedado o l cuidado del ganado -y re jo rz an d o lo«* romoje«* ^ lo.* cé.*pede<t que cubríon aquello.* precorlo.* cbobolo«*, .*u her­ mano Eneko, diez año.* mó«* joven que el, acudió p oro juntor^e con otro«* ole«* de lo«* mojado«* de Okulukorto ^ de Ubleto. TonvbUn ello«* bo-


bíart decidido acompariar en el ríwtreo de Lw Lidero«» de Arivá, la tnontarta por donde iiupue^tam ente habría de e^tar la mucbacba, la bija de la viuda de Arana. Mientra.» Joane«» pert.4aba en la«* dod terrorí^a«« nocbe<i que babrCa pa­ gado la desafortunada joven, un e<*calofrío recorrió su espalda. Q.uuo creer que era producido por aquel viento, usurpador del bienestar pasa­ do \| que traía desde bacía unos días el gélido aliento de las latitudes septentrionales. P o r ello, se ajustó el tapabocas con un movimiento que le cruxó todo el cuerpo. Se reconfortaba con aquella cara pero bueníslma prenda de abrigo, cu^a compra tantos esfuerxos económicos le ha­ bían supuesto,

que el resto de pastores, en su Ignorancia, se empeñaban

en llamar, m al pronunciado, tapauka, algo que Irritaba en extremo al orgulloso Joanes. Aún con la a^uda del tapabocas, en ocasiones eran necesarias unas breves pero Intensas carreras para alejar los tiritonas que provocaba el penetrante frío. En ello estaba, zigzagueando ^ brincando por las pendientes de Usotegleta cuando, de repente, unos agolpados gritos rompieron la quietud de aquellos Inhóspitos parajes. Su coraxón se babía acelerado más que nunca ^ aún así sintió un nuevo escalofrío que, desde la pier­ na hasta la nuca, repasó todo su espinazo. Liberó la cabeza del paño castellano que la cubría ^ comprobó que las voces las lanzaba su her­ mano, Eneko. Bajaba en Imprudentes carreras y brincos por la zona de Auspoarrl. A sabiendas de cuál era la misión que había motivado su partida, aquellas prisas no hacían presagiar nada bueno. P o r ello, también Joanes se apresuró, pendiente arriba, a su encuentro. N o fue necesario el contacto físico para saber de la desdichada noticia ^ a que, desde bastante arriba, entrecortado por los saltos de la carrera, le gri­ tó: «H a aparecido. Sí. Es la de Arana. L a ha matado el lobo».


U n a vez en (a cboboUi, «te mentaron en e l tronco que «teparoba e l fu eg o de l a c a m a . A co m p añ ad o por la ca lid e x de l a lum bre, el h erm an o de Joane«^ procedió a co n tarle, con lod poco<< lujod que le p e rm itía du parquedad, lo<* detalle.» d e l duce^to: en un principio de b a b ía n encontrado ta n dólo lod re^Uw d e <«u<» tren zad , dobre u n a p ied ra. P ero dl^uiendo U u m arcad d e l re­ guero de sa n g re , lo c a liz a r o n el cad áver de l a pobre m xubacba, a unod dodcientod podod, totalm en te m u tilad o ^ dedjlgurado. U n verdadero ho­ rror. P o r lad m arcad , b a b ía dido e l lobo. £ l lobo... E n tregó j|Í^neicQ^ m i­ ra d a , bu¿ g fu ju i de exprCiilpldad, a a q u el fu ego titu beante que p a re cía b a ila r con lod acordes d el a ir e que a tr a v e s a b a lad m il

u n a rendyad de

l a cu b ierta. L a p a u d a fu e depu lcral. D ebió d u r a r ta n dólo unod degundod pero a Joaned, que a n d ia b a conocer todod lod d eta lle s, le pareció in te rm i­ n a b le. P ero de repente,

como di despertase de u n letargo , retom ó a iro so

l a converdación, din d u d a a y u d a d o porque e n tr a b a a b o r a en un cam p o en el

que

de d en tía

cómodo:

el

de

la s

conjeturad

^

dupodiclones.

«Probablem ente —con tin u ó con l a a r r o g a n c ia p rop ia de a lg u ie n que a s e ­ v e ra con dud p a la b r a s - de b a b r á e x tra v ia d o con l a n ie b la b ad ta d esfa lle­ cer. Y entonces d erá cuando le b a jodido e l lobo. P orque, a pedar de lo que mucbod d ig a n , l a b e stia no tiene e l v a lo r su ficien te como p a r a bacer fr e n ­ te a u n a p erso n a que v a con u n p alo , por m u cba m u cb a cb a que é s ta sea». E r a la peor de lad n oticiad p a r a la c a s a de A r a n a , u n lu g a r ert^l que la necesidad ^ lo s p e n u ria s p a re c ía n baberde cebado, a b o g a n d o a a q u e lla bu m ild e fa m ilia . « H a tenido que perderse —p ro d lg u ló - porque s i no de


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b a b r ia refu gia d o t n lo<» cercanod corrale.# -y cb o b o la d e lo^ ttavarrod , cn N o fa r k o r t a . N o dé... E n et diruaterakolekulSt V agozarreta, en lod pU-

3rod en donde .mocaron e l pellejo de buey lleno d e oro, m e be en con trad o con e l can tero de U dobel. H a subido a a co m p a ñ a r e n l a bú sq u ed a ju n to a Jodepb e l d e O la rte . M e b a d lcbo que b a ja b a por U r l z a r pero que m a ­ ñ a n a m u m o d u b ia con h e rra m ie n ta . Q.uiere p oner de in m e d iato u n a p ied ra con l a S a n t a C r u z de nue^tro<> antepadodo^ g r a b a d a . P a r a que ^ recem os

d g l< i z a g a l a de A r a n a c o d a ve z que pademod por

^ i . P a r a que e<ta

n t ^ b a c b a ^ du j^aim lia puedan tener g lo ­

r i a e te rn a en ede ciclo que ta n to de m erecen. Y o le be dìcbo que cuente con nodotrod p a r a lo que q u ie ra . Q,ue a u n q u e b a g a edte fr ío , podemod a g u a n t a r a lg ú n d ía mód. A lg o ba'y que bacer...». D e repente, u n a rep en tin a rá ja g a de a ir e revolvió e l bum o d en tro de Ui c h a b o la -y co m en za ro n a cbid porrotear lad bradad. I n tw g r e ía r o n que e r a el a lm a de l a p o d to rcilla, que de led m a n ife d ta b a p a r a d arled odí du a gra d ecim ien to . S in tie ro n a le g r ía , d in tieron p á n ico ... £i>r «Uo,..en aq u el precido ind tan te decidieron que, u n a vez hech a la p ie d ra , habrm . q u e ba­ j a r lod rebañod a l v a lle . L a celebración de U u Niiyiündrii ted meved fu e r o n l a dtdculpa perf’ecta

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DURANTE GENHKACIONES, UNA LEYENDA SE HA M A N T E N ID O v ì v a EN LAS LADEflAS DEL GORBEiA. ESPECIALMENTE EN EL VALLE DE OROZKÜ. AL CONTRARIO QUE SUCEDE CO N OTROS RELATOS POPULARES MÁS RESTRINGIDOS A UNAS U OTRAS CASAS, PODEMOS DECIR QUE N O HAY HOGAR EN EL M U N IC IP IO EN ELC^JE NO SE CO NO ZC A LA LEYENDA DE LA M UCH AC HA DE ARANA. SIN EMBARGO, EL PASO DEL TIEMPO HA HECHO CilJE SE HAYA CARGADO DE CIERTOS ADORNOS. VARIACIONES E IMPRECISIONES Q V Í ES CONVENIENTE ACLARAR.

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s, sería el sacerComo otras tantas diaran quien pridote José Miguel 'ella leyenda tan mero publicase Así, nos cuenta lo arraigada en topónimo Aranekoarri: siguiente liado de Orozko, sitúa"Llámase así. felones del monte Gorbea. le proviene el nombre, leyenda. Una joven del caserío Arañe subió una vez a Gorbea a retirar las ovejas de su rebaño que pacían en aquella montaña. Pero envuelta de im­ proviso por una espesa nube, se des­ orientó de tal suerte que no pudo hallar el camino de su casa. Allí se le hizo de noche. Luego vinieron unos lobos y la de­ voraron. Su familia la buscó en vano por muchos días. Sólo hallaron unos cabellos en el collado de Aranekoarri (piedra de Arañe)". Esta leyenda, según sus anota­ ciones, le fue referida por un tal X. Ugarriza, de Orozko, en 1922. El texto del sacerdote continúa de la siguiente manera: "Este nombre parece sería primitivamente de alguna piedra que existió en aquel collado. El día 23 de mayo de 1922 hice una excursión por aquellas montañas, acompañado de un pastor de Orozko. Éste no sabía cuál era la piedra. Entre otras muchas vimos dos no muy grandes, empotradas en el suelo a modo de mojones, una frente a la otra. Mandé hacer una excavación a su lado, y hallé un pedernalito in-


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IC O E G IL L t O R Y M A |A D A DE O K U L U K O R T A D E S D I' LA C U M B IU D E O D fcR IA U A

forme y un trozo de cristal de roca, ha­ llazgos que por su semejanza con objetos que se descubren en nuestros dólmenes, me hicieron pensar que allí existió quizá algún túmulo o sepultura prehistórica, pero nada que pueda afirmarse con se­ guridad". Sin duda, las sospechas de Barandiaran eran ciertas, y no hay razón alguna para creer que en dicho lugar existiese un dol­ men o similar. La piedra a la que hace re­ ferencia el topónimo se trata en realidad de una estela funeraria y que, aunque se tenía referencia de ella, había quedado en el olvido hasta su redescubrimiento en 1985. Ya cuando tuve la suerte de comenzar a frecuentar los altos parajes de Gorbeia a fines de la década de los 70, nos habla­ ban los pastores de la majada de Austegiarmin -nombre pronunciado lo­ calmente como Austigarmin, Austigarbin

o Austiarmín- de la leyenda de la desdi­ chada muchacha del caserío Arana de Orozko. Entonces nos contaban que se habían encontrado las trenzas del pelo y que, misteriosamente, habían quedado marcadas, cruzadas, en una piedra. Era la piedra que se conocía como Aranekoarri. Sin más precisión en las indicaciones, las visitas realizadas al lugar resultaron in­ fructuosas. En realidad, todo el mundo sabía de su ubicación aproximada pero nadie conseguía precisarla. Años más tarde, ya absolutamente embaucados por la magia de la leyendas y los misterios de Gorbeia, acudimos una vez más al lugar en cuestión, acompaña­ do en aquella ocasión por Josito Fernández y Juanjo Hidalgo, en aquel en­ tonces un amistad relativamente recien­ te y hoy en día un inseparable amigo. Una amistad consolidada, sin duda, por el paso del tiempo. No en vano, han pa-

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B A N C O DE )O St L A R R IN A U A , EN O K U lU K O R T A

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sado algunos años desde aquel día, ya que era el 16 de diciembre de 1985, según rezan nuestros simpáti­ cos cuadernos de notas. Rastreamos el collado, intentando descubrir aquellas marcas en alguna roca o, al menos, identificar las piedras en­ hiestas que citaba Barandiaran y que no destacaban por ninguna parte. De repen­ te, cuando de manera separada repasá­ bamos el lugar, un grito de Juanjo nos paralizó el corazón: había localizado una piedra con forma de estela, de unos cua­ renta centímetros de diámetro, resguar­ dada en un afloramiento rocoso situado a unos veinte metros del collado en di­ rección noroeste. Tenía grabada una cruz, muy borrada por el paso del tiempo y re­ marcada por unos desafortunados bro­ chazos de pintura, recientes, y que alguien que se nos había adelantado en el hallazgo había practicado no hacía muchos días. Aquel anónimo descubridor, quizá no satisfecho con el mareaje de la cruz, y probablemente para compensar el esfuerzo de haber llevado hasta allí el es­ malte, pintó también en una piedra visi­ ble y cercana al lugar en donde supuestamente resguardó la estela, la palabra "Aranekoarri", para que no hubie­ se ninguna duda al respecto. Ese mismo día, emocionados con el descubrimiento, acudimos a la chabola del pastor José Larrinaga, del caserío IsusI de Orozko, que pasaba sus días en la ma­ jada de Okulukorta. Queríamos pregun­

tarle sobre la leyenda, aparentando ingenuidad, como si no supiésemos nada del asunto. Y es que nos ha­ bían comentado que no era muy dado a las con­ versaciones con extraños, algo que resultó ser total­ mente falso. Oculta para no levantar suspicacias, llevamos una flamante grabadora, escon­ dida en el ropaje, que nos permi­ tiese no perder ningún detalle de la conversación. Sorprendido José por nuestro interés, pronto nos relató lo que él había oído a sus predeceso­ res: «...algunas chicas que si iban a aprender de Orozko a Murgia, por ahí a coser o a aprender algo. Creo que pasa­ ban por ahí. Claro... Subían por el alto y por Aranekoarri, por Burbona. Se encon­ traron con el lobo y ¡adiós! ¡Las liquidó! (...) Y luego pusieron una cruz. Claro, les encontraron los pelos... Si no les encuen­ tran los pelos no encuentran las chicas... (...) Y desde entonces sigue Aranekoarri, y entonces pusieron alguna piedra con cruz, con cruz y algún dibujo, y desde entonces se hace eso Aranekoarrie». Intentando ti­ rar del hilo sobre la estela que esa misma mañana habíamos encontrado, le pregun­ tamos sobre su existencia: «No, no. Ahora no se le hace caso. ¡Vete a saber cuántos años serán! Y entonces el lobo, el lobo, ahora también puede venir, pero acuer­ dos de lobos ni nada. O sea, que aquellas creo que volvían en el sábado a casa y en el lunes iban y pasaban la semana allí. Pues para aprender. Serían conocidas o de familia o vete a saber. Pero fíjate: las en­ ganchó en el camino y ¡cisco!» Insistimos en la posible datación po­ pular de ios hechos, a lo que el servicial y entrañable José nos respondió diciendo: «¡Pues vete a saber cuantos años! Claro, son muchos años... muchos años. Pues fí­ jate: si no les encuentran los pelos y al­ gunos cachos de ropas, ni se enteran lo que les había pasado. Claro, las podían haber cogido y llevar, que antes les co-


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gían a los crios, así, jóvenes también, y les sacaban sangre...» La conversación ad­ quiría con esta inquietante última frase otros derroteros. Pero quedó aquel entra­ ñable testimonio, que tanto agradece­ mos con la distancia en el tiempo, de José Larrinaga, el que fuera el último pas­ tor de la más bella de las majadas de Gorbeia: la de Okulukorta. Como despe­ dida osamos incluso a pedirle que posase para una fotografía que inmortalizase aquel momento que era tan importante para nosotros. Con el corazón encogido y a la espera de recibir una negativa rotun­ da, cuál fue nuestra sorpresa que accedió a ello de mil amores. Días más tarde, el 21 de diciembre, viajamos de nuevo hasta Orozko con la intención de entrevistar a los habitantes del caserío Arana -popularmente pro­ nunciado como Arane- para indagar más aún en la curiosa leyenda. Nuestra de­ cepción fue mayúscula al comprobar que los tres caseríos que allí existían se en­ contraban en ruinas. Así, acudimos a Azkarai, el lugar habitado más próximo, y en donde un lugareño, cuyo nombre por desgracia no anotamos, nos aportó nue­ vas variantes sobre la leyenda, recogidas claro está, por nuestra siempre escamo­ teada grabadora: «Sí, de ahí, de Arane. Ya son años... y servía en Murgia o por ahí. Y iba la chica a salir a para Murgia o por ahí y los lobos en Arane -se refiere claro está al collado de Aranekoarri- la comie­ ron, en Gorbea». Insistimos con nuestras preguntas sobre la antigüedad del suce­ so: «¡Jesús mío Jesucristo! Yo ya soy del siglo y yo de los anteriores... ¡también así lo oyeron! Y igual serán dos siglos cuan­ do comió el lobo esa chica». Preguntamos también sobre la cruz, piedra o algo que nos llevase a la estela descubierta: «Cruz, pues no. Y trenzas... pues encontraron. La chica vino aquí a hacer las Navidades y después de hacer las Navidades volvió para allá a donde estaba sirviendo. Y en el camino allí, ¡los lobos! Pues la jodieron... Y a eso lo pusieron Aranekoarri».

HVARISTO ARKAITZA FRENTE! A MJ C l lAf^OlA

adiós grabadora, adiós Para despedir aquellos últimos días del año, el 30 de diciembre de aquel 1985, también visitamos en su casa de Ibarra (Orozko), al pastor Evaristo Arbaitza, co­ nocido en el universo pastoril de Gorbeia con el sobrenombre de Traman. Hoy fa­ llecido, contaba por aquel entonces con 72 años. Cargado de paciencia, nos dio todas las explicaciones habidas y por ha­ ber sobre el pastoreo y el mundo, a nues­ tros ojos mágico, que lo envolvía. Lo que él nunca supo es que, para ilustrar las muchas explicaciones que aquella heladora tarde nos dio, se servía de la bandolera que habíamos puesto so­ bre su mesa... la bandolera y "lo de den­ tro", claro está, moviéndolo y golpeándolo continuamente. Era aquella grabadora de cinta de cassette que me habían traído


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desde Andorra y con la que solía grabar todas las entrevistas. Una vez más estaba oculta en aquella bolsa de tela, no por nada en especial, sino por miedo a que los informantes, de haber sabido de su presencia, no se explicasen con la misma libertad y naturalidad y hubiesen recor­ tado sus explicaciones. Con los certeros golpes de Evaristo, aquel aparato nunca volvió a su ser y jamás llegó a realizar otra grabación completa. Ningún técnico consiguió solucionar el desaguisado que en aquel chisme produjeron los briosos impactos, por medio de los cuales pre­ tendía indicarnos la ubicación de la tota­ lidad de las chabolas pastoriles de Gorbeia. Así perdí lo que por aquellos años, era uno de mis más preciados bie­ nes. Desde aquel día nunca más he vuel­ to a ocultar una grabadora. Maldiciendo la suerte sufrida, al llegar a casa tan sólo

anoté en aquel cuaderno de campo unas breves notas que resumían lo trasmitido sobre la leyenda de Aranekoarri. En la par­ quedad de los apuntes se refleja el des­ asosiego producido por el percance. Rezan así: "se trataba de una joven que iba de Orozko a Murgia y que, por lo que se contaba, había sido muerta en dicho lugar por unos lobos. No habían sido lo­ calizadas más que sus trenzas de pelo. Recuerda haber oído -me refería, claro está, a Evaristo-, aunque él no lo conoce, que la piedra que se puso en el lugar era una especie de mojón, con una cruz y al­ gún otro dibujo marcados". A éstas siguieron otras entrevistas ca­ rentes interés, ya que los resultados eran siempre similares aunque, también es cierto, nunca coincidentes. En efecto, con el paso del tiempo, cada familia se había encargado de añadir a la leyenda algunos

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ingredientes, algunos detalles que, aun­ que insignificantes, la hacían diferente del resto de versiones. De todo ello, qui­ zá lo más llamativo resulte que práctica­ mente en su totalidad se hace referencia a una muchacha que viajaba entre Orozko y Murgia y no a aquella pastorcilla que le refirieran, también en Orozko, a Barandiaran en el año 1922. Parece ser, por tanto, que la leyenda haya sufrido modificaciones de cierto calado con el devenir de las últimas décadas.

monumento perturbador La estela que da nombre al lugar de Aranekoarri y que habíamos localizado permaneció durante algún año más res­ guardada y escondida en las piedras en donde la habíamos encontrado. Como si de una peregrinación se tratase, acudi­ mos varias veces a visitarla. O, digámoslo sin ruborizarnos, casi a venerarla... Siempre así hasta un aciago día en el que casi nos desmayamos del disgusto al encontrarnos con la estela incrustada en un horrendo monumento de cemento que alguien había tenido la mala idea de erigir allí. Con aquella afrenta quedaba ultrajado el que para nosotros había sido hasta aquel desdichado día uno de los lugares más íntimos y secretos de nues­ tro paraíso llamado Gorbeia. Para más irritación, sobre la estela y llenando todo el frontal del monumento una desafortunada inscripción daba una informa­ ción que sabíamos era abso­ lutamente incierta. Casi veinte años de nieblas, nieves y vientos lleva a sus es­ paldas aquel monumento que tanto nos dolió en su día pero

que, con el paso del tiempo, hemos con­ seguido asumir en el paisaje. Y allí aguan­ ta aún la placa, con sus informaciones equívocas, esperando que algún ser gene­ roso y sensato la sustituya por otra. Porque la falta de veracidad, y más sa­ biendo que es así. nunca se consigue asu­ mir en el paisaje. Por muchos años que pasen... La placa en cuestión dice: "Araneko arri. A una chica le comió el lobo. 24-diciembre-1308. Caserío Arane. Picaza-Garay. Orozko, 20-06-88". Además de poca expresividad en el mensaje, los autores -de apellidos Picaza y Garay- no escatimaron imaginación en el asunto. Ni cortos ni perezosos optaron porque aque­ lla fecha que nadie podía deducir era la del año 1308. Sobra decir que no tiene ningún rigor histórico, entre otras cosas porque "...el solar de Arana..." no se docu­ menta hasta 1385. Lo desdichado del asunto es que, al ser la única referencia para el visitante, el desafortunado error se ha publicado en más de un lugar y ocasión. En cualquier caso, desde la instala­ ción de aquel monumento, Aranekoarri pasó de ser el lugar más secreto al más público de Gorbeia. Y el hechizo que so­ bre nosotros ejercía el origen de aquella leyenda, quedó en letargo, más a sabien­ das que, además, era difícil avanzar más allá en la investigación.

La Piedra de la pastora

M O N U M EN T O DI- ARANEKOARRI. CON SU hRRONl'.A IN SC R IP C IO N

Tan sólo restaba por resolver una pequeña curiosidad recogida por el padre Barandiaran, y que de­ jaba aún espacio para la imagi­ nación. Decía así: "El relato de


la zagala de Orozko es semejante al de otra de Eterna (pueblo burgalés) que me refirió un vecino de Pradilla en julio de 1957. Una joven de esta localidad cuida­ ba sus ovejas en el monte Larrea. Un día las bajó a su casa; pero faltaban dos o tres ovejas del rebaño. Sus padres le or­ denaron que volviera al monte a buscar las ovejas perdidas. Subió a Larrea y allí le acometieron los lobos y la devoraron. En el mismo lugar se ve ahora una antigua estela de piedra -un monolito semicilíndrico de forma humana- llamada 'piedra de la pastora’ que en un lado tiene graba­ da una figura de mujer y a su pie la ins­ cripción ARAN, lo que recuerda el nombre y la leyenda del dolmen de Orozco". Como si el período navideño nos hi­ ciese volver una y otra vez sobre el miste­ rioso relato, a finales de 1998 llevamos a cabo, acompañado de la entonces com­ pañera y sufridora de batallas Josune Etxabe, una exploración sobre el gélido y nevado paraje de Larrea, intentando inú­ tilmente buscar la piedra en cuestión: inú­ tilmente decimos porque no se encontraba allí desde años atrás. Una lla­ mada telefónica al pueblo de Eterna, rea­ lizada los días inmediatamente posteriores a la visita, nos puso sobre la pista definiti­ va: pronto íbamos a abrazar la estela que desde tantos años atrás ansiábamos co­ nocer. Fue una llamada realizada al azar, entre los no muchos abonados reflejados en la guía telefónica. Al otro lado del apa­ rato, una amable señora nos comentó que, al parecer por razones de seguridad, la estela en cuestión había sido bajada.

años atrás, a la plaza de Fresneda de Sierra Tirón, en donde se encuentra desde en­ tonces. Publicaba Rufino Gómez en la re­ vista riojana amiga Piedra de Rayo (n® 20, abril 2006) que desde siempre la Piedra de la Pastora -que es como se conoce en el lugar- había sido una piedra muy vene­ rada por los pastores y que, tanto era así, que no eran extrañas las ofrendas florales hechas por los mismos. No es de extrañar por tanto que para su descenso a la plaza del pueblo se le rindieran los máximos honores: "Sobre un trono portátil y acom­ pañada por el cura, las autoridades muni­ cipales y toda la colectividad, la piedra recibió tratamiento de símbolo espiritual, como el que se tributa en las procesiones a los santos de cada lugar". Por fin, gracias a aquella llamada, sa­ bíamos de ella. A principios de 1999, nada más superados los compromisos navideños que nos obligaban a permane­ cer anclados a nuestros hogares, dulces hogares, acudimos al lugar con el fin de examinar y fotografiar la estela en cues­ tión. Era si cabe, más esbelta de lo que esperábamos y, desde luego, más intri­ gante y elaborada que la de Aranekoarri. Todas las comparaciones son odiosas pero no pudimos evitar hacerlas en cuan­ to la vimos: ganaban los de Burgos. Pero faltaba un detalle: no aparecía grabado el término "Aran" que señalara Barandiaran. Tampoco lo recordaban en el ayunta­ miento -al que dirigí con posterioridad una carta preguntando al respecto-, ni varios vecinos del lugar ni del vecino pueblo de Eterna. De hecho ninguno de los trabajos realizados sobre tan curiosa estela parece dar cuenta de éL Pero tam­ poco parece probable que la referencia de Barandiaran hubiese surgido de la nada. Por tanto, es éste un aspecto en cierta manera desconcertante y de difícil resolución mientras la parte inferior del monolito esté enterrado en cemento. Existe más de una leyenda sobre el origen de la estela burgalesa. Hay quien dice que es la figura de una pas-


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tora, labrada sobre una piedra por el im­ pacto de un rayo. Pero la más común y conocida es la que dice que se trataba de una muchacha que, al igual quien sucedía con la de Orozko, volvía a su hogar por Navidad tras haber estado apacentando el rebaño en la sierra. Al llegar a casa, su padrastro echó en falta un corderito blan­ co. Lleno de ira, mandó a la pequeña vol­ ver de nuevo al monte en su búsqueda. La noche era fría y la tormenta de nieve ce­ rrada. La muchacha no llegó a la cena de Navidad... A la mañana siguiente, un gru­ po de hombres que alarmados la busca­ ban, encontraron los restos de la niña y del corderito blanco, destrozados por las fauces de los lobos. Y los pastores acorda­ ron perpetuar su memoria grabando su imagen, hilando, en una piedra. Hay quienes, como Agapito García de Eterna, nos aseguraba en 1999 que no apareció ningún rastro de la muchacha. Y que la desgracia fue consecuencia de ha­ ber maldecido la madre a su hija al de­ cirle "Anda y... ¡que te coma el lobo!" cuando, malhumorada por el despiste de

la joven, la obligó a volver en busca de las ovejas perdidas.

conclusiones e interpretaciones Son tantas las coincidencias entre las le­ yendas de Aranekoarri y la Piedra de la Pastora que llegan a sorprender. Sin em­ bargo no parece prudente interrelacionarlas ya que el mito de la muchacha que se encuentra en un lugar inhóspito, en la más cruel de las soledades, y que es atacada por el lobo es un tema muy re­ currido en la literatura popular europea. Sin ir más lejos, el universalmente cono­ cido cuento de Caperudta Roja, escrito por Perrault (1697) basándose en los re­ latos populares de la época. Así, la muchachita representa la ma­ yor candidez e indefensión frente al lobo, el más odiado de los animales y sobre el que, desde siglos atrás, se han volcado las iras populares. En el fondo ese recha-


zo viene dado por una admiración pro­ funda que el hombre ha tenido sobre él. Hay antropólogos ique dicen que el odio hacia el lobo es atávico, que forma parte de nosotros, ya que es el único depreda­ dor europeo que persigue a su presa a través de largas distancias, puede con­ fundir y extenuar a su víctima en una ca­ cería perfectamente diseñada. Hace alarde de una astucia y eficacia capaz de competir con el ser humano y por ello se le equipara con éste. Quizá se produjo por ello esa tendencia arcaica universal a vislumbrar en el lobo una encarnación del mismo mal. Así, parece prudente pensar que nin­ guna indefensa muchacha se encontraría sola y sometida a los peores rigores del invierno, y menos aún en inhóspitos pa­ rajes como los de Larrea o el de Aranekoarri. Eso debemos atribuírselo, sin duda, a las influencias de otras leyen­ das similares que recorrían toda Europa. Aún con ello, sí parece probable que la estela de Aranekoarri se ubicase allí por una muerte luctuosa, inesperada, de

alguien cuya identidad se perdió en la historia. Si no, no parece tener razón de ser. Pero a su vez hemos de ser cautos y debemos suponer que una estela de pie­ dra no se ponía a cualquier persona, a una pastorcilla, ya que más bien parecen reservadas a gentes de un rango social, civil o eclesiástico, más elevado. La estela de Aranekoarri, aunque difícil de datar con más precisión, es una estela medieval, una época en la que la peor de las desgracias para un ser humano era el fallecer sin ser consciente de su muerte. "A subitanea et imprevista morte, libera nos Domine" (señor, líbranos de una muerte súbita e imprevista) se rezaba hasta no hace tanto en nuestras iglesias, algo difícil de entender desde nuestra perspectiva actual en la que todos ansia­ mos despedirnos de este mundo sin per­ catarnos de ello. Lo mismo sucedía con las nóminas, aquellos talismanes protec­ tores y a los que, según Covarrubias (1611) se les atribuían, entre otras precia­ das virtudes, la de que aquel que "la lleva­ se colgada al cuello (...) tendría revelación


A llA R O M A N A liH ^ iC A D A A lA D IO SA K iK T U N A , > . II1 S T IR S M U S l'U M . IN C JLA T IR R A

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de la hora de su muerte", es decir, sería consciente del fin de sus días. La razón para rechazar en aquel entonces una muerte repentina es que el alma del difunto se enfrenta­ ba al juicio del más allá sin haber liquidado sus pecados por medio de una confesión o por el sacramento de la extre­ ma unción. En esas condicio­ nes, el alma sufriría tormento por toda la eternidad. Por ello, cuando alguien moría por un accidente, asesinato o por cualquier otro imprevisto repentino, era costumbre colocar una cruz o estela en recuerdo de su muerte, en la medida de lo posible cer­ canas a los caminos, para que el mayor número de viajeros posible rezase allí por su alma, por aquel espíritu que necesitaba una ayuda extraordinaria puesto que había fallecido sin haber recibido el perdón di­ vino. De aquella costumbre medieval de colocación de estelas en los casos de muertes repentinas tenemos constancia en las Bienandanzasy Fortunas (siglo XV). Se dice así de un asesinato en las guerras de bandos que asolaron el país en la Baja Edad Media: "...e cortoles las cabeças, e allí están dos muñecas -estelas- de pie­ dra grandes por señal de sus muertes". Por otra parte, tampoco parece proba­ ble que una muchacha fuese a servir a otra casa en la época medieval, y menos a esas distancias. La situación que describe la leyenda se corresponde más a un perío­ do histórico que no podemos alejar más de uno o dos siglos desde nuestros días y, en ningún caso, a la época medieval a la que corresponde la estela.

Para finalizar, queda por desentrañar el mis­ terio de la palabra ARAN que refiere Barandiaran al hablar de la estela burgale­ sa pero que hoy día resulta imposible apreciar. No deja de ser dudoso. Pero, por lan­ zarnos al barrizal de las hipó­ tesis y como aportación de este artículo, no vemos inviable que la estela en cues­ tión sea un ara romana ofrendada a la diosa Fortuna, ya que su imagen muestra gran semejaza con otras bien identifica­ das. Habrán de ser los ex­ pertos quienes corroboren o desestimen esta op­ ción. De ser así, no sería extraño que la palabra que se había leído en la misma estela o en otro fragmento que desconocemos sea la palabra ARAM, 'ara'. Aunque igual de cierto es que debería ha­ ber estado acompañada de un mensaje epigráfico más amplio. Un nuevo invierno está a punto de acariciar la estela de Aranekoarri, impasi­ ble frente al devenir de los años. Pasaremos por ella y allí seguirá, alimen­ tando suspicacias de quienes pretendan buscar una explicación para su existencia. Con el valor añadido de ser un misterío que jamás conseguiremos desvelar... Nos da igual. Tan sólo pedimos que estas navidades, como otras más, poda­ mos subir al elevado collado para visitar la legendaria piedra. Y al anochecer ca­ lentarnos junto a un buen fuego. Será entonces, cuando chisporrotee la leña, cuando nos esté mostrando su gratitud la inmortal pastorcilla de Arana. FELIX HUGURUTZA


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fo to s « J O S E MIGUEL L U N D

N O M B R E S DE A L T O S V U E L O S H ay m ucka gente en E uskal H erria que confunde los nom kres de Usoa y Uxue pensando que se trata de dos variantes del m ism o. Puede que ten gan razón, pero es un a deducción que no podemos llegar a demostrar.


Uxue, una preciosa vi

di. Situada en la merindad de Olite, desde el alto en el que está domina una amplia zona de déla Ribera navarra. Las casas se agrupan alrededor del alto en el que está el Santuario de Nuestra Señora. Según parece, a finales del siglo VIII o principios del IX, Eneko (Iñigo) Arista erigió el primitivo castillo-fortaleza, como una avanzadilla de su reino de Pamplona contra los Beni Kasi que dominaban la Ribera desde Tudela. La población alcanzó el rango de villa hacia el año 1076 y poco después en el año 1089, el rey Sancho Ramírez, erigió la iglesia de Santa María am­ pliando el castillo. Con la conquista del sur de Navarra Uxue dejó de ser un lugar estratégico y entro en una decadencia de la que salió gracias a Carlos 11. Este rey, llamado “el Malo" por los franceses, amó Uxue y además de edificar la actual iglesia gótica con sus paseos de ronda, empezó a erigir la que iba a ser la primera universidad de Euskal Herria. Desafortunadamente dicha universidad, situada tras el santuario, no pasó de los cimientos que cubren las ruinas del antiguo castillo levantado por Eneko Arista. Finalmen­ te dio orden que, al morir, su corazón descansase en este lugar y así, hoy podemos en una oquedad de la pared de la izquierda mirando al altar una pequeña arqueta con su corazón. La villa, pese a perder la universidad, gozó de la protección real y en el siglo XV fueron frecuentes las disposiciones de los reyes para protegerla de


las desgracias en forma de guerra y epidemias que diezmaron su población amenazando con el abandono del lugar. Así, la hija de Carlos 111, la famosa Blanca de Nava^ra, dejó testado que deseaba ser enterrada allí, algo que no se pudo cumplir. En 1477 su hermana, la princesa Leonor, concedió diversas ventajas para evitar "la desolación e fallecimiento de dicho lugar" y lograr que no quedase “solitaria e desamparada aquella tan singular e devota igle­ sia". Para cualquiera que se acerque a la villa el elemento característico es su preciosa iglesia que se yergue como un castillo sobre el promontorio. Es un templo-fortaleza que conjuga el gótico de su nave mayor, portada y paseos de ronda con los ábsides románicos de siglo XI. En su interior destaca la reja de hierro del siglo XII, forrada en plata en el XIV, la preciosa imagen de Nuestra Señora y el arca con el corazón de Carlos II. Pero si la historia y el paisaje no fueran suficien­ tes Uxue tiene unas romerías que ya son suficiente razón para acercarse al lugar. Los romeros de diferentes pueblos de la Ri­ bera acuden vestidos con largas túnicas negras, con el rostro cubierto y portando a hombros grandes cruces de madera o arrastrando pesa­ das cadenas. El domingo siguiente a la festividad de San Marcos acuden a pie desde Tafalla, Beire, Pitillas, Murillo el Fruto y Santacara. El domingo anterior a San Marcos, acude en romería procesional la locali­ dad ribera de Peralta. El segundo domingo posterior a San Marcos, se acude desde Erriberri/Olite, Figarol, Mélida y Zarrakaztelu/Carcastillo. El sábado más próximo al 15 de mayo peregrina el pueblo de Eslaba. El domingo más próximo al 20 de mayo, realizan su romería las localidades de Lerga y Calipentzu. El domingo de Pentecostés acude en romería la población de Pueyo / Puiu y por la noche lo hace el apostolado de Olite. Barasoain acude el último el domingo de la Santísima Trinidad. El primer sábado del mes de junio el pue­ blo de Ujué peregrina en romería a la ermita de Nuestra Señora la Blanca, donde según la tradición estuvo primitiva ubicación del pri­ mitivo Uxue. La localidad celebra sus fiestas patronales el día 8 de septiembre, en honor a la Natividad de Nuestra Señora.

¿Cual es la relación de Uxue y Usoa?

La rela­ ción entre usoa ‘paloma’ y Uxue viene desde an­ taño ya que la tradición explica que el nombre


proviene de la aparición milagrosa de la andramarí románica en un nicho de la roca del que salió una paloma tal y como cuenta Campión; "La piadosa y constante tradición del hallazgo de la venerada imagen de Nuestra Señora, que se supone acaeció a mediados del siglo VIII, refiere que a un pastor que apacentaba su rebaño en la sierra le llamó la atención el hecho de que una Piorna entraba y salía repetidas veces por el agujero de un enorme peñasco: penetró el pastor en la cueva tras la paloma y halló una escultura de la Vir­ gen Santísima con el Divino Niño en el regazo que, sin duda, los cristianos fugitivos de los sarracenos, allí escondieron. El estilo de la imagen es mar­ cadamente bizantino. Por recuerdo al papel que desempeñó la paloma, se supone que la Virgen se denominó de Usoa, que es el nombre de esa ave en vascuence, la cual, por tanto, se lo comunicó a la villa". La idea no era nueva ya que el escritor pamplonés José Moret en el siglo XVII, en sus Anales del Reino de Navarra nos había dado etimología del nom­ bre: «Y para memoria de la maravilla y de la paloma, que trajo o descubrió el ramo de oliva, anunciadora de bonanza en aquella inundación de maho­ metanos, (la villa) tomó el nombre de Usua, que en el idioma vascongado vale lo mismo que paloma, y se llama Santa María de Usua, aunque con el tiempo se ha alterado algún tanto, y se llania Ujué. Los privilegios antiguos Usua le llaman».

Pero, ¿qué debemos crer ante esta etimología?

Lo más juicioso es acu­ dir a los sabios, y quien mejor en este caso que Patxi Salaberri, ujuetarra y académico de Euskaltzaindia que en su discurso de ingreso en la Academia el pasado año analizó brevemente el tema de la etimología de este nombre. Él nos aclara que los privilegios o documentos antiguos no le llaman siem­ pre Usua como afirmaba Moret, aunque sí formas muy parecidas: Huxua. Uxua, Ussua. También deja claro que no se puede relacionar este nombre con el latín puteum 'pozo', tal y como había hecho un investigador japonés. Para el investigador ujuetarra “es posible que Uxue provenga de urzo o uso «paloma», y la variante documentada con -r- apoya esta etimología, aunque ve problemas fonéticos para explicar el paso -rz- > -x-. Una posi­ bilidad es pensar en que en la base hay un hipocorístico, esto es, una forma afectiva del nombre de persona Uso (masculino), Usoa (femenino) que en­ contramos en la documentación. El final podría ser el sufijo locativo -(g)ue. que tenemos en Etxague o Untzue, ambos pueblos de la Valdorba; el pro­ blema es que el sufijo con base antroponimica es, por lo menos, raro, si es que en realidad se encuentra alguna vez. Otra posibilidad sería considerar que los componentes son uso «paloma» y -(g)ue «sitio», es decir, «sitio de palomas», pero entonces la palatal, la -x- de marras, se quedaría sin expli­ cación." Salaberri, poco dado a construir castillos en el aire terminó dicien­ do que "se pueden hacer elucubraciones sobre el origen del nombre Uxue/ Ujué, pero que las cosas no están del todo claras”. En los albores del siglo XX se pensó que la forma eusquérica de este lu­ gar era Usue y ello dio lugar a que algunas niñas portasen este nombre. Por si fuera poco hay que recordar que en la obra de Navarro Villoslada Amaia o los vascos en el siglo VIH que tanto éxito e influencia tuvo en nuestro país, hay tres hermanas, descendientes directas de Aitor: Lorea, Amagoia y Usua.



¿Y el nombre de Usoa?

En una época en la que los ataques ai euskera no son infrecuentes se suelen empezar por los nombres propios y aunque Paloma es común en castellano se duda de la antigüedad de Usoa como nombre eusquérico. La documentación, sin embargo, es abundante. Así, se documenta al menos desde el XIII cuando Ussoa femnína aparece en Pam­ plona. Todavía estaba vivo en Orio (G) durante los ss. XVI-XVIl y portó este nombre una sobrina de Eneko de Loiola. La relación de la paloma con la mujer es algo que nos viene de antaño y es común en Europa ya que la paloma era el animal sagrado de Venus y símbolo de la paz en el Antiguo Testamento y del Espiritu Santo en el Nue­ vo. Así. en la iconografía católica es común que una paloma aparezca como emisaria de Dios. En unos casos se posa en la cabeza de una persona para indicar que será el próximo papa (Ceferino) u obispo (Fabián). En otros sale de la boca . como en el caso de Julia de Córcega, le lleva un objeto, sea un bote de aceite a San Remigio o una corona de espinas a Santa Fe o simplemnete se posa en el hombro de un santo. Hay que recordar que una paloma con una rama de olivo es la represen­ tación de la paz, en recuerdo a la que le comunicó a Noé que había tierra firme. Finalemente hay que recordar que en el siglo XX se creó la forma Usune partiendo de Usua, variante local de Usoa y el sufijo -ne usado en los nom­ bres propios de persona. MIKEL GDRROTXATEGI NIETO S ecretaríú de la Comisíún de O nom ástica de Euskaitzaindia

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El autor nos ofrece aquí un amplio e interesante resumen sobre el ciclo productivo de la sal en las salinas del reino español, objeto de su tesis doctoral, tras haber estudiado inventarios, contratos, libros de cuentas y un sinfín de documentos de todo tipo. El trabajo se centra en un período de la historia muy con­ creto, entre los años 1847 y 1853,16 años anterior al desestanco de la sal, momento en que las salinas pasaron a manos particulares. No es éste un trabajo histórico más, sino una base de apoyo documental para la ejecución del Plan Director para la recuperación integral del valle salado de Salinas de Añana, todo un ejemplo de conexión entre las fuentes escri­ tas y las evidencias materiales de las propias salinas, con sus estructuras arquitectónicas: canalizaciones, eras. etc.

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Estamos ante el segundo libro de un total de tres que van a com­ poner la historia de la villa de Zizurkil (Gipuzkoa), en la comarca de Tolosaldea, promovidos por su ayuntamiento con la colaboración de la Sociedad de Ciencias Aranzadi. Si el primero de los volúmenes llevaba por título: Del Valle a la Villa (1186-1615), este segundo acomete el trabajo de investigar en el modelo de sociedad que presentaba Zizurkil en la Edad Moderna. Para ello, el estudio se adentra en elementos tan tradicionales como la casa y la familia, el concejo, la iglesia y las relaciones de poder que se tejen entre sus vecinos y moradores. Así, su lectura es recomendable para todo aquel interesado en la historia y los modos de vida habidos en Euskal Herria, ya que por sus páginas desfilan los protagonistas y sus sentimientos, su participación en el ámbito municipal, el peso de la honra y el honor en sus vi­ das. su situación ante el matrimonio y la muerte, así como su posición en el entramado social.


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De manos de la asociación cultural del mismo nombre ha nacido la revista )ara tratar temas de listoria, costumbres, entrevistas... del municipio alavés de Zuia. Su nombre. Urtume, es un término eusquérico usado para denominar los retoños, los nuevos brotes que salen del tronco viejo, algo que define a la perfección el quehacer de la asociación: gente joven que pretende escudriñar en los recuerdos de los más mayores y en los viejos legajos, para darles una modernidad, una dignidad, si cabe perdida. De periodicidad anual, la fotografía y la buena maquetación son los ingredientes perfectos para acompañar a unos buenos textos. El género usado, los temas tratados, son de primera calidad. Así el resultado sólo puede ser bueno. En un formato, estilo e incluso temática que nos resultan cercanos, mostramos nuestro apego a una iniciativa de resultados tan Importantes para nuestra cultura.

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Es éste un volumen lujosamente editado, de cuidado diseño y es­ merada selección de imágenes, con igual participación de castellano y euskera en todos sus textos. Su objetivo es mostrarnos el impre­ f sionante mundo subterráneo que atesora el municipio de Karrantza, asentado sobre formaciones calizas que han dado origen a decenas de cuevas, algunas tan bellas y únicas como la de Pozalagua o la torca de El Carlista. El libro nos introduce en la formación geológica del fantástico mun­ do que se oculta a nuestros ojos, incluidas algunas de las numerosas minas que han explotado durante centurias los recursos del subsuelo carranzano.También nos habla de los primeros espeleólogos que se aventuraron por aquellos oscuros abismos y de cómo lo vivieron. Pero, sin duda, lo mejor de esta obra son sus fotografías, ya que nos destacan los caprichos geológicos que, incluso estando allí, se nos escapan.


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D e b id o a la p ro x im id a d a l A rtic o , en la s zo n a s m a s no rte n a s de E s c o c ia , la d u ra c ió n d e l d ía en in v ie rn o no va m á s a llá de la s 2 ó 3 h o ra s de luz. P o r e s o n u estra s im p á tic a a m ig a J a c k ie no q u ie re d e s a p ro v e ch a r ni uno de lo s fin o s rayos d e l s o l e s tiv a l y p a s e a a d ia rio p o r la s c e rc a n ía s de su p u e b lo , e l p eq u eñ o p o b la d o p esq u ero de G o ls p ie , en la zona m ás s e p te n trio n a l de la s H ig h ia n d s , la s m ític a s T ie rra s A lta s e s c o c e s a s . P ara s u p e ra r la cru d eza d e l in v ie rn o s a b e ad em ás que cuenta co n un e je m p la r de A U N IA junto a su ch im e n e a . FOTO: FELIX MUGURUTZA.

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Estelas: las piedras que hablan

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I La cueva de Msriazulo \ Castadas y enceras I Perderika Belaustegigoitia i Urduña: la ciudad y la memoria

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Geología de Gorbeia I Minas de Baranbio i Madres Agustinas de Artziniega I Arquec^ogía medieval en Lendoi^o I La gota fría I La patata

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La meteorologia en el Alto Nervión

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Mesas y juntas: lugires tradicionalts de reunión Centenario del monumento delTxarlazo i jóse Paulo Ulibani \ Avestruces i Contaminación lumínica I Menhires en Gorbeia I £1pintor Joaquín Barbara

Bolatoki: el juego de los bolos Etnografía de las raquetas de nieve

I Cuevas artificiales en/Uava i Graffiti romanos en Sálvada i El curandero de Katuxa I LatonedeArtziniesa


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» I.) Composteti

loberas: vestigios de una lucha milenaria Pico del fraile y Naranjo de Bulnes i Neandertales en Axior I El chocolate I Cofradía de San Roque de Laudio I El castillo de Ordul^a

Etimologías: los rwmbres en versión orifinal Jesús de Galindez I Batalla romana en Kuartango I Los Errazti I Barrenadores 1 Ferreria de El Pobal 1 Trashumanciaenla Tierra de Ayala I El bonito

Tierra deAyala: paso Kacia Compostela La judería de Vitoria I Nombres de pila I El barrio de Aldama I Aralarla ruta de los gentiles I Los puentes de Bilbao I Intxaur-saltsa

AHiTUTA AGOTADA

Vikingos en Euskal Herria

Et santuario rupestre de Arenaza Brujas y lamias en Laudio I Túnel de San Adrián I Historia dellínce en Gorbeia I Arbitrios y fielatos I La cerca deVillaño I Los caracoles

El árbol f^aiato i Hospital de San Antón I Las murallas de Orduña I LaPistiade Domaikia I Anboto, ruta por Atxondo I Pastelerías y confiterías en Bilbao

Ritos funerarios en Euskal Herria Ermitas juraderas I El balneario de Orduña er>el XIX I Gorbeia, el medio subteiráneo I Minas en Arditurri I Aiako Harria I El hongo trufa

La teja, usos tradicionales

La boina y los vascos

Laudio, tradición tejera I losTxistus Gancedo I ElBadady I Murales en Murueta I El puente Bizkaia t Agotes I El jamón I Eneko, Iñigo, lgnaúo,lñaki

La Encartada, ur» fábrica-museo 1 San Juan y Santa Eulalia I Hacer la colada i ¡Agua va! I Armas vascas para un Impeno I K o ^ r eta Irukutzeta i Petms, Perú, Betin, Kepa

Trampas de caza I

AyalaiAlta Edad Media 1 Garrastatxu, paseo por Gorbeia I SagadetosArt)ide Ferrería de Torrelanda I Pastor ceitefiario I Casas de sidra I Garrafa de Orozko

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%I0 Explotacióny transformKión del monte Simón Whitburn, tumba de minero I Centinelas de Tdofto I Cmi de Castillo I U meteredogía tradicional I El jaspe detValle de Llodio I Miren y María

Pipas tradicionales de arcilla La vieja del monte I Un cuadro de José Amje recuperado I Dragones y serpientes I La cueva de Baltzola I La bellota, alimento de humanos I Mendaur

El Fuego Nuevo en la cultura vasca Las vírgenes de la Antigua I Laestación fenwiaríade Llodio I Elpoderdelaesciitura I Ruta megalítica por Etúlar I Megalitismo didáctico I las torres de Mandares de la Oca

El Yenno, la romería de los viuainos Euskara Enkarterrín I Sil!)atosdehace 24 siglos i Grandes mamíferos cuatemaríos i Las fiestæ de Bilbao en 1876-1877 I Elh ^ a I Altor,Amaia,Asier

loscereales,prímenscultivosenEuskal Herria Laudio: añoranzas vizcaínas I Septiembre máKoenEmío I ¿Dónde estuvo la torre de OroTO? I La cueva de Pozalagua I Barrancos IstorayBerrabia I AinhoayArantzazu

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----------Tam bién puedes leer A V N IA en las bibliotecas d e :-----------

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Aguraln (AR) Amurrio (AR) Aramaio (AR) Arantzazu {Bl) Arraia-Maeztu (AR) Artzlniega (AR) Asparrena (AR) Astrabudua (Bl) Azkoltia (Cl) Azpeitia (Gl) Barakaldo (Bí) Basauri (Bl) Bastida (AR) Bermeo (Bl) Bilbo-Atdundia (Bl) Bilbo-Begoña (Bl) Bilbo-BIdebarrieta (Bl) Billar (AR) Donostia-Koldo Mítxelena (Gl) Donostia-UdalPatronatua (Gl) Dulantzi (AR) Elgoibar (Cl) Elorrio (Bl) Eltziego (AR) Erandio (Bl) Errenteria (Gl) Eskoriatza (Cl) Foru Artxibategia (AR) Gasteiz-EHU/UPV (AR) Casteiz-Sancho el Sabio (AR) Castei2koUdalArtxibategia(AR) Caubea (AR) Gorliz (Bl) Guardia (AR) Gueñes (Bl) Hernani(GO Hondarribia (Cl) IruñaOka(AR) lurreta (Bl) Kanpezu (AR) Karrantza (Bl) Lantaron (AR) Lantziego (AR) Laudío (AR) Legutiano (AR) Leioa (Bl) Leza (AR) Lezo (Cl) Moreta (AR) Mungia (Bl) Muskiz (Bl) Oion (AR) Okondo (AR) Ondarroa (Bl) Oñati (Cl) Ordizia (Gl) Puentelarra (AR) Santurtzi (Bl) Sodupe (Bl) Urduliz (Bl) Urduña (Bl) Urizaharra (AR) Urkabustaiz (AR) Zalduornlo (AR) Zuia (AR)

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