OCTUBRE 2020 | CRÓNICA
LUCRECIA MARTEL, UNA MAGA BLANCA CONTRA LA NARRATIVA HEGEMÓNICA DEL CINE
Una Master Class online de la directora argentina Lucrecia Martel es un golpe de realidad en plena pandemia de la virtualidad. Invitada de lujo en la 27º edición del Festival Internacional de Cine de Valdivia, Martel tituló Documento en blanco la charla dedicada a su próxima película Chocobar. Su asombro al descubrir que la historia de Latinoamérica es “una ficción organizada” y su rechazo a una estructura narrativa dominante “que no sirve para contarnos”, fueron algunas de las reflexiones con las que Martel cautivó a la audiencia como una verdadera maga de las imágenes, el sonido y la palabra.
DOCUMENTO
EN
BLANCO
Flavia Mertehikian Lucrecia Martel vive como relata. La directora de La ciénaga y Zama se había quedado sin Internet en su casa y ni eso impidió la cibercita con su público. Llegó con retraso y pidiendo disculpas después de salir a la ruta a todas prisas y ser demorada por los controles policiales de la Covid, como ella misma contó. Al fin pudo llegar a la casa de su hermana para conectarse. “Fue todo como una película”, se presentó todavía agitada, con su larga cabellera “sin peinar” y sus típicas gafas. “Le puse Documento en blanco a esta charla porque es sobre el pensamiento blanco, como definimos al pensamiento hegemónico latinoamericano”, comenzó sin más rodeos y su voz resonó desde la provincia de Salta en Argentina a Valdivia en Chile y al mundo entero. Martel está en la etapa de investigación de su próxima película, un documental sobre Javier Chocobar, el líder indígena de Chuschagasta que fue asesinado el 12 de octubre de 2009 por un empresario y dos expolicías, cuando defendía el territorio de su comunidad, en la provincia de Tucumán.
“Al investigar sobre la cuestión indígena, que no tiene huella porque la han borrado, hay que recurrir a documentos de la administración colonial y de los jóvenes estados nacionales postindependencia. Estos documentos tratan de invisibilizar la cultura indígena en los territorios”, aseguraba Martel que para abordar esta historia también tiene que “apelar a una tradición oral que se vio fragmentada e interrumpida porque muchas comunidades fueron desbaratadas en el siglo XVIII”. A partir de los años 60 tampoco se encuentra material fotográfico de estos pueblos, por lo que para abordar este registro audiovisual “solo queda llenarlo de hipótesis en base a esos documentos blancos”. Martel llegó con sorpresa y sin disimularlo a la conclusión de que en la historia de estos pueblos “la gran diferencia entre el documental y la ficción es que en el primero la gente se muere de verdad y en el segundo con sangre de tomate o de efectos especiales”. La directora parte así de la premisa de que “nuestra historia es una ficción organizada desde la gente que quedó o sea la élite blanca”. Para Martel, este racismo está instaurado también en la pantalla desde sus orígenes. “En sus 100 años y un poco más de existencia, el cine en el mundo solo ha contado a un segmento blanco clase media y clase media alta. Esa es la pobreza y dificultad mayor que enfrenta, más allá de los problemas de producción y distribución”, reflexionaba la cineasta sobre la “ausencia de la vastedad de complejidad cultural de nuestro continente en la narrativa audiovisual”. La excepción es aún más decepcionante: “Lo indígena solo se reconoce cuando es lo suficientemente exótico para diferenciarlo de nosotros, los blancos, y entonces lo abrazamos como una especie de tesoro que queremos conservar lo más parecido posible a una idea de una Edad de Oro de cuando ese mundo indígena era auténtico”, sentenciaba.
EL
FIN
DE
LA
NARRATIVA
HEGEMÓNICA
BLANCA
Estamos ingresando a un futuro donde el cine quizás ya no sea el que conocíamos, “por la pandemia y el cierre de las salas, por la transformación tecnológica, la aparición de las plataformas que apuestan por las series, las dificultades de las crisis económicas, la caída de la TV que representaba ventas de derechos…” En este contexto, la realizadora se plantea “cuáles son los pensamientos subyacentes en la narrativa hegemónica que es la que se organiza en presentación, desarrollo, nudo y desenlace”. Ese tiempo lineal, limitado por la misma tecnología, parece haber llegado a su ocaso. “Seguramente habrá otras alternativas más potentes para contar”, predice Martel que ya está buscando esa nueva vía que permita a los espectadores de su próxima película sumergirse en los distintos desvíos de la enorme investigación que está realizando. “Podrían decirme entonces que haga una serie con esta historia, pero a mí ese formato me parece tan pobre, tan redundante que no me entusiasma”. Su deseo de ruptura temporal no es porque esté tratando de representar el tiempo circular u otro tipo de tiempo que sea propio de la comunidad indígena. “Yo no me estoy metiendo con las particularidades de la comunidad porque me parece que ahí es un terreno donde voy a patinar, seguro y por muchas razones”, confesaba que por eso “este documental está basado en el documento blanco y sus estrategias de invisibilización que son increíbles, casi podría ser una comedia negra. Porque el nivel de arbitrariedad y ridiculez con el que se ha violentado a pueblos enteros es increíble, y están activos en esos argumentos”.
“Por eso no es que yo esté diciendo que tengo un conflicto con el tiempo lineal porque quiero usar el tiempo indígena no, es un problema con una narrativa blanca. Aún así esta forma de ordenar las cosas es hegemónica y en ese mundo hegemónico tampoco yo entro perfectamente, también yo siento la incomodidad como muchos de los que están escuchando si son cineastas habrán visto que muchas veces no nos sirve esa estructura para contar lo que queremos contar”, se sinceraba Martel. “Esa estructura narrativa hegemónica que podríamos decir usa de manera extraordinaria el cine comercial y mucho cine independiente, tiene unos supuestos básicos en torno no solo en cómo funciona el tiempo, sino en qué es el sentido, cómo se organiza… Todos habremos escuchado que para tener una película hay que tener un conflicto, yo no siento que para vivir no tenga que tener un conflicto, ni tengo un antagonista, entonces reforma un modo de observar la realidad, ahora tengo que mirar la realidad buscando el conflicto, el protagonista, el antagonista, y no me parece que eso sea siempre útil, para muchas cosas no es útil de esa forma. Lo transforma en un campo de batalla, hay algo bélico en el fondo de esa narrativa hegemónica, la transformación del héroe. Yo no siento que me transforme tanto, por qué voy a pretender que mis personajes se transformen. Hay cosas impresas en ese modo de narrar que implican un montón de supuestos filosóficos, de matrices culturales que son agobiantes y no sirven, pero es el modelo que por naturalizado parece natural y todo lo que se sale de ese modelo se llama intelectual. Cualquier película que no respeta esa forma de narrar, la crítica la tacha de intelectual. Como si lo otro fuera natural, como si fuera propio de la naturaleza humana el conflicto, el arco dramático, la transformación, yo no creo que sea así, creo que justamente esa es otra de las limitaciones del cine que hace que el cine sea tan blanco”.
EL
REFERENTE
ES
EL
MUNDO
NO
LA
CINEFILIA
Todo lo enseñado se tambalea ante el discurso de la maga blanca. Cualquier estudiante de cine o comunicación audiovisual, cinéfilos acérrimos, adoradores de la gran pantalla o simples devoradores de películas que conozcan básicamente cómo se construye una historia, no podrá dejar de pensar y reflexionar en cada una de estas filosas palabras dichas con ese acento del norte argentino con erres arrastradas y una firmeza dulce. “Escuchar el mundo es un camino para resolver todas esas pobrezas y determinaciones de la narrativa audiovisual. Y en la escucha lo que suena se organiza, incluso el discurso, tienen formas de organizar la transmisión de una experiencia, pensemos en la forma de hablar de personas cercanas, como organizan la forma de contar las cosas. Hay mucho en la narrativa oral que es más interesante que la narrativa hegemónica que es fundamentalmente visual”, argumentaba Martel convencida de que “si cabe dar un consejo es que hasta ahora la cinematografía se relaciona mucho con la cinefilia, y en realidad se tiene que relacionar con el mundo”. “De muchas cosas no se pueden tener referencias, porque el cine ha sido fundamentalmente blanco, vamos a necesitar referenciarnos en nuestras propias vidas. Esa pregunta es una falta de respeto, es desacreditar la capacidad de observación y de creación de un ser humano frente a un asunto que lo rodea. Mis referencias son mi barrio, mi gente, mi país”, sostiene Martel que avisa que “cuando un productor hace esas preguntas cuidado que se va a mandar una macana, porque si entiende solo en comparación de algo que existe, nunca entenderá algo nuevo”.
Estas posturas filosóficas están basadas en su propia experiencia. Cuando presentó La Ciénaga alguien le pidió que la explicara con dos películas y ella en afán de revelar la estupidez de esa pregunta respondió El jardín de los Finzi-Contini y Bajos Instintos. “El cine es un artefacto entre el mundo, lo que percibimos y los otros, entonces no tenemos que estar referenciando eso, denota pobreza de espíritu. Dejemos las referencias para la publicidad y sus narrativas que le roba al cine. Empecemos a aplicar otras formas de observación del mundo porque esta se agota. Como el tiempo lineal, entonces les digo esto porque a mí me alarma que no se explique con claridad en una escuela de cine que el cine es una relación con lo inmediato. El mundo es suficiente base de información para crear algo visualmente. Y les digo esto para liberar a los que no tienen cultura cinéfila como me pasó a mí, un poco por ser de una provincia, donde no tenía disponibilidad, y eso no me impidió encontrar y fortalecer un lenguaje… No me hizo millonaria, pero sí muy feliz”, concluyó Lucrecia Martel en una charla virtual que ya no está en Internet por su expreso pedido. Una inmensa suerte poder haber registrado en esta crónica cada una de sus mágicas palabras ajenas al temor de que el cine deje de existir “por que lo que nunca desaparecerá es nuestro deseo de expresarnos audiovisualmente, dado a toda la tecnología que existe. Iremos viendo cómo se irá transformando todo, pero la verdad es que no me preocupa tanto como lo que narramos”.