El Fundador / Diciembre 2021

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Falleció Rosemarie Gesell: una vida que es la historia de Villa Gesell

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Diciembre 2021

Villa Gesell Año - XXXIV Nro 2044

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Una ciudad llegando a la mayoría de edad Villa Gesell cumplió 90 años, y la todavía joven ciudad se acerca a los cien años, un periodo (para una ciudad) muy corto en el cual creció desde una solitaria casa en medio de los médanos a una pujante comunidad de más de cincuenta mil habitantes, y que recibe cada año a millones de personas. Un signo claro de esta “mayoría de edad” es el paradójico fallecimiento de Rosemarie Gesell justo en estas fechas. Rosemarie era el último vestigio de la época fundacional de la ciudad, la última persona que había visto a la solitaria casa de las cuatro puertas sola en el médano, y que fue testigo del primer arbusto que Don Carlos logró hacer germinar hasta el frondoso bosque que fue el germen de la ciudad. Una fecha significativa que nos encuentra en la encrucijada de hacía dónde vamos, y cómo hacer convivir a la villa turística de las cuadras cercanas al mar con la ciudad y todas sus problemáticas. Es la cuestión a resolver para el centenario.

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Villa Gesell celebró sus 90 años La Reserva Pinar del Norte fue el marco de los festejos centrales por el 90° aniversario de nuestra ciudad y el Intendente Gustavo Barrera hizo un llamado a valorar la historia y continuar el sueño de don Carlos y los pioneros. "Es una alegría compartir con ustedes estos 90 años de nuestra querida Villa Gesell", expresó Barrera, "don Carlos se lanzó a esta aventura de construir una ciudad, de realizar sus sueños y atrás de él llegó la impronta de los pioneros que lo acompañaron para construir la Villa Gesell que queremos. Tomamos esa posta para seguir apostando y soñando como don Carlos, el desafío es enorme y a eso los convoco en los futuros años, tenemos que estar todos unidos". Las celebraciones en el bosque fundacional, la reserva que resguarda el complejo de Museos, incluyeron la palabra de pioneros de la ciudad, una serie de reconocimientos y la presentación de espectáculos como la Orquesta Municipal, la Emo y Orquesta Infantil

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y Juvenil y el Coro Otoñal, con el acompañamiento de un registro de imágenes históricas que se fundieron en el escenario natural. Junto a los vecinos y vecinas, participaron instituciones, autoridades y el Servicio Nacional de Manejo del Fuego que presentó el apoyo que brindará a Villa Gesell, en recursos y capacitación, sobre prevención de incendios. El gran cierre se realizó con el recital de Planalto Reggae en el sector del patio gastronómico. La celebración de los 90 años de Villa Gesell, organizada por la Dirección de Protocolo con la colaboración de las diversas áreas de la Municipalidad, comenzó a las 7 de la mañana, con la bendición de las aguas que marca la inauguración de la temporada de verano y es acompañada por una serie de actividades que se vienen desarrollando para homenajear a nuestra ciudad.


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ENTREVISTA HISTÓRICA

Rosemarie, una vida que es la historia de Villa Gesell Rosemarie Gesell nació un 18 de enero, en San Isidro, provincia de Buenos Aires, pocos meses después de que su padre, don Carlos Idaho Gesell, comprara las 1.648 hectáreas de dunas que se convertirían, gracias a su espíritu indomable, en la ciudad de Villa Gesell. Fue la quinta de los seis hijos que tuvieron Carlos Gesell y Marta Tomys; en orden cronológico: Roberto, Juana, Trudy, Bubi, Rosemarie y Tomás. Cuando en 1937 don Carlos se radica definitivamente en las dunas, ya separado de Marta y unido a doña Emilia Luther, la pequeña Rosemarie y su hermano Bubi vienen a vivir con él a la casita de las cuatro puertas, que es actualmente el Museo Histórico de Villa Gesell. Testigo privilegiada de aquellos primeros años de absoluta soledad y trabajo constante, Rosemarie es autora de un libro cuya lectura resulta ineludible para quien desea conocer la historia del fundador: Carlos Idaho Gesell, su vida, escrito en 1983. La “rebelde” Rosemarie, como ella misma se ha definido más de una vez, ya es bisabuela y está radicada fuera de la zona urbana de Villa Gesell, en el sur del partido, en el lugar que ella eligió para recuperar la naturaleza y la paz que disfrutó en su niñez y que ya no encontraba en la Villa de los años 80. Hoy publicamos la primera parte de la entrevista realizada en esa tranquila casa junto al mar, el año 2001. Rosemarie, nuestra idea de rescatar el testimonio de los pioneros nos pone frente a vos como alguien que estuvo en esta geografía silvestre y salvaje. ¿Qué impresión tuviste cuando llegaste a este lugar? ¿Cuáles son tus primeros recuerdos? Mirá, te digo, la impresión más vívida que tengo, así es como lo pongo en el libro, es que estábamos empantanados, había juncos por todos lados, colgaban las ranas... Ah, y era de noche y no podíamos avanzar, dijimos: “¿Dónde estamos?” Siempre fue una sensación de aventura, será por eso que yo tengo el amor por la aventura. Yo estudié geología y quería ser geóloga de campo, salir, no estar en una oficina, sino salir a recorrer, a andar, ¿viste?, a explorar. Entonces, esos recuerdos me fascinan, esos recuerdos de chica, de la cosa aventurera, misteriosa, de cuando nos encajamos y empujábamos el auto para salir. Después habíamos encontrado un sistema: nos quedábamos sentados adentro y hacíamos todos fuerza para adelante con el cuerpo y de esa forma se obtenía una oscilación que hacía que nos desencajáramos, o a veces hacíamos médanos traviesa, e íbamos por el médano y de repente se cortaba abruptamente. ¿En qué auto? ¿Qué auto tenían en ese momento? Un Chrysler modelo 32… Doble tracción no existía, apareció después de la guerra. Y un Plymouth 26, que era guardado para las ocasiones oficiales, cuando había que ir bien vestidos y hacer pinta. Si no, íbamos con el otro, me acuerdo cuando íbamos al vivero de Miramar. Ahora, ustedes tenían un lugar que era una especie de gran patio y gran jardín, eran mil seiscientas y pico de hectáreas, la pileta del fondo era el mar y no había nadie para compartirlo, era todo para ustedes en esos primeros años. Sí, me parecía fantástico que no hubiera nadie. Bueno, hoy en día todavía tengo eso acá, en el fondo, donde tampoco hay nadie, salvo en el verano. Eso de que aparezca alguien en la playa que es mi playa, que sigue siendo mi playa, esos de afuera, ¿qué hacen acá? Molesta, ¿viste? Decí que los miro con simpatía, porque uno vive de algo y si no hay turistas, en fin, morimos todos acá en la Villa.

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¿Y qué hacían en esa época de la niñez? ¿Cuáles eran las tareas diarias de los niños? Al principio teníamos chivas, entonces la obligación nuestra era llevar las chivas a pastar en algunos lugares cerca del campo, donde había pastito y después, bueno, las chivas se escaparon, empezaron a comer lo que mi papá plantaba, entonces se terminaron las chivas. La obligación mía era ayudar a Emilia a limpiar la casa, a lavar los platos, secarlos, barrer, qué sé yo, esas cosas. Y Bubi ayudaba a mi papá en la plantación, cuando venía la época de plantación, que era en mayo, junio, julio. Porque en esta época ustedes ya ven que los días son más cortos, en general el clima es húmedo, el sol no marchita tanto las plantas, entonces era la época de plantar, se plantaba cuando el tiempo lo permitía, todos íbamos a plantar. Y también teníamos horarios de escuela. ¿Había una disciplina y una organización? Disciplina, por supuesto, había disciplina absoluta. Uno se levantaba al alba, cuando aclaraba… Hacíamos una vida muy natural, nos levantábamos con el sol y nos acostábamos con el sol más o menos, aparte luz no había… Teníamos clases, teníamos un programa que había que cumplir, porque a mi papá lo obligaban a que nosotros recibiéramos instrucción, era obligatorio, entonces el programa se seguía tal cual estaba ahí. ¿Alguna vez pensó en mandarlos a una escuela rural, o no había forma? Es que no había escuelas rurales, además estábamos lejos, piensen que el camino no existía, se llegaba acá a través de los campos, los campos se anegaban… Todavía hoy en día, cuando vas al cementerio, toda esa zona, vos viste que hay como lagunas cuando llueve mucho. Entonces uno tenía que cruzar por ahí, que nadie hoy se lo imagina… Cuatro por cuatro no había, ¿viste?, había carros de cuatro ruedas (se ríe)… Me acuerdo cuando veníamos de Buenos Aires y había llovido, ese camino de barro de Dolores hasta acá era barro y barro, mirabas y era barro, nos tuvieron que sacar más de tres veces con caballos, inundados…


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¿Y qué pasaba con tu papá, se enojaba? No, a mi papá le gustaba, para él vencer dificultades era fantástico y lo tengo absolutamente presente manejando en el barro y nunca se fue a la banquina, se pudo haber quedado encajado, pero de irse a la zanja, no, y manejaba trompo para acá, trompo para allá, todo el parabrisas con barro, entonces sacaba la cabeza por la ventanilla para poder mirar y cantaba feliz, mientras hacía trompos, le gustaba, y después poder llegar y haber vencido el camino…

¿Lo del turismo como idea secundaria? Claro, no fue la idea original, fue la idea que apareció después. Y la forestación, en 1931, cuando don Carlos compra, ¿era un proyecto económico para vender madera?

¿Ustedes cantaban con él? Sí, sí, generalmente canciones alemanas. ¿Te acordás de alguna? Qué sé yo, las mismas canciones que cantábamos en el coro (se refiere al coro alemán de Villa Gesell. N. de la R.), tantas otras… Me podría llegar a acordar… (Canta en alemán). Yo estaba chocha, esta era una canción que acompañaba el movimiento del auto… A mi papá le gustaba vencer dificultades, le gustaba poder, tenía el tesón de decir “yo lo voy a lograr” y lo lograba. Y bueno, eso me lo dejo a mí en muchas cosas, decir: “Bueno, yo voy a poder, lo voy a sacar, y a mí no me importa lo que digan, yo voy a hacer lo que a mí me parece”, ¿viste?, ese tipo de cosas… Si hablamos de esas primeras épocas, ¿cuáles fueron los intentos que él hizo para que esto dejara de ser un desierto? Porque estamos hablando de un lugar que era pura arena y de pronto hoy es una ciudad. ¿Vos qué pensás que él tenía como proyecto? Bueno, mirá, en principio el proyecto era bastante nebuloso, no estaba nada claro. Cuando deja Casa Gesell para venir acá en 1937, ya viene con la idea de una gran forestación y posiblemente un sitio turístico…

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Bubi, Juana, Tomás, Trudy y Rosemarie Gesell en la Casa Histórica.


Sí, pero después hacer crecer un pino acá era un drama, evidentemente no era económico hacerlo, no solucionaba el problema, no era una zona maderera.

Bueno, eso lo compra recién por el año 47, 48, 49, no recuerdo bien. Bastante más adelante.

¿Él habrá sentido que cometió un error, que no calculó bien, o que tuvo una idea que no era buena? Claro, en su momento dijo: “Esto evidentemente no va”, pero ya había hecho la casa frente al mar, lo que es ahora el Museo. Se había encariñado con el lugar, y con la idea de hacer la gran forestación, de hacer el Parque Idaho, el famoso Parque Idaho, tan es así que pone membretes a los papeles, todos dicen “Parque Idaho”, era el nombre oficial… Entonces, el asunto era forestar, poder realmente encontrar las especies para forestar. Mi papá colaboró mucho con el INTA en todo lo que fue experimentación de forestaciones dunícolas. Bueno, al final, la madre de toda la forestación es la acacia, que nadie le da el valor, la importancia que tiene, porque aporta nitrógeno al suelo, se agarran, ¿ven cómo crece salvajemente, bien agarrada al piso, a la arena? Y hacen una cortina reparadora del viento y ahí van después los pinos, los álamos, los cipreses y todo el resto de cosas, pero primero fue encontrar esta variedad de planta… Es oriunda de Australia y ahí crece y aporta todo eso. Mi papá la encontró gracias a que sabía cuatro idiomas y leía todo lo que había en todos lados.

Ahora, antes de que se consolidara la forestación y empezaran a venir los turistas, hubo intentos de hacer algunas producciones y sacarles algún beneficio económico a estas arenas, ¿no? Sí, sí, hubo intentos, él buscó. Tuvimos chanchos, criadero de chanchos y entonces un día estaban Bubi y él sembrando maíz con sembradora de mano, y de pronto ven que eso desaparecía, los chanchos venían de atrás y se comían todo el maíz que estaban sembrando... Mirá, es una cuestión familiar y es una genética, mi abuelo Silvio también quería tener una granja en Suiza, la tuvo pero nunca funcionó. A mí también me pasó, nosotros empezamos acá con un criadero de nutrias y nunca nadie se animó a matar ninguna, nos costaba una fortuna, pero después, cuando hay que matar el bicho o lo que sea nadie se anima, “no, pobrecito”, no va... Bueno, después tuvimos abejas, me acuerdo que mi papá iba con todo, la máscara, el coso de humo, teníamos el equipamiento, producíamos miel, llegamos a tener ochenta colmenas, con el centrifugado para sacar la miel, yo me acuerdo que ahí, en la galería de la casa, sacábamos muy rica miel.

¿Te acordás más o menos cuándo fue ese hallazgo fundamental? Habrá sido para el año 35, 36, más o menos en esa época, entonces importó semillas, hizo su propio vivero acá, y las plantitas empezaron a nacer. Después vio que también las estaban experimentando en Miramar. Ahora, yo me acuerdo de que los pinos donde está hoy el Campamento del Sol (Boulevard Silvio Gesell y Paseo 102. N. de la R.) son parte de la primera gran plantación, porque lejos del mar sí crecían, el asunto era en las cercanías del mar, ese era el gran problema. Inclusive Héctor Guerrero, que le sugiere a mi papá de comprar acá y todo eso, en Cariló había empezado la forestación desde el campo. Papá cuando compró pensó que también tenía una parte sobre el campo, y cuando hacen la mensura y ponen las estacas se encuentra con que no es así, tenía quinientos metros de médanos puros antes de llegar al campo.

Vos contás en el libro que era miel de Melilotus alba. Claro, mi papá, en uno de los viejos catálogos, habla del Melilotus alba, que produce la mejor miel del mundo. Esa era la que comíamos nosotros, una miel perfumada, riquísima… En un momento dado mi papá ya no tenía de dónde sacar un peso, entonces preguntó en Diharce, porque compraba muchas plantas y semillas allí, si ellos no comprarían semillas de Melilotus. Yo tengo por ahí guardado en algún lugar, de tantos papeles que tengo, las contestaciones de Diharce, que pagaban creo que un peso los cien kilos, era muy poco, entonces mi papá lo mandó al cuerno, ¿viste? Eran campos de Melilotus así de altos, de un metro y pico, y nos acostábamos ahí, nos tirábamos adentro y sentíamos ese perfume.

Claro, le faltó el contacto con el campo, o sea con la tierra… Digamos que cuando él instala el galpón, ahí, en el actual Camping California (hoy Camping Don Tito, en Av. Circunvalación y Camino de Acceso) y empieza a forestar parte de donde hoy está el Campamento del Sol, ¿ese era el límite del terreno? Sí, era el límite. Ahí comienza la Avenida de Circunvalación. Después él compra todo ese triángulo que figura en los mapas, donde está el club de golf y que sigue trescientas hectáreas más, donde está el cementerio. Compra todo eso para tener tierra y poder hacer las calles. Porque cuando empieza la historia de compactación de las calles, él no tenía tierra propia y no quería nunca depender de nadie, él quería depender de sí mismo. La compra de esas trescientas hectáreas, ¿cómo la logra? ¿Ya tenía un poco de plata?

Era como un colchoncito suave. Sí, nos escondíamos ahí, todo perfumado, lindo… Yo me acuerdo de chica, en las épocas que ya no había un peso, de comer Melilotus en ensalada, resulta que son muy medicinales, muy buenas para la circulación. Claro, pero siempre comer lo mismo… Era un tanto aburrido… (risas) Después hicimos la huerta, teníamos de todo, la huerta sembrada en la arena sin nada de tierra. La dieta básica eran verduras… Carne muy poca, huevos, después se compraba leche condensada… También huevos en polvo, nunca más vi huevos en polvo. ¿Tu papá también intentó producir huevos, no? Claro, unos tachos grandes así, unos barriles de agua con bórax creo que era, no sé de

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dónde había sacado la fórmula. Si se metían en esa solución se podían llegar a conservar mucho tiempo, entonces estaba todo lleno de tinas con bórax con huevos, pero los huevos no se pudieron vender, ¿viste? Y… Y no se conservaron… No (risas)… Y al final, aparte, había que comercializar todo eso. Hoy en día, bueno, vos llegás a cualquier lado con el teléfono, con el camino, pero antes no había teléfono, no había caminos, no había absolutamente nada para conectarte con el mundo… En Madariaga todos tenían gallinas y sus huevos propios, ¿a quién le íbamos a vender los huevos? ¿Pero llegaron a producir? Llegamos a producir, sí, y me acuerdo que eran flacas las gallinas, eran blancas, que son

las ponedoras y se volaban por arriba, no había qué darles de comer, era un desastre… (risas). O sea que los intentos de hacer producir… No anduvieron. Y la plata se gastaba… Mi papá tenía regalías por las cosas que inventaba, pero la inversión acá era enorme y se iba terminando la plata. En esos tiempos, cuando compartían acá esa vida solitaria, ¿tenés recuerdos de personajes que hayan estado en forma temporaria colaborando con tu papá, viviendo en el galpón? Ah, sí. Me acuerdo de Sánchez Aizcorbe, que usaba unas bombachas blancas grandotas, que se le agujereaban por los alambrados, porque él andaba, y entonces en vez de coserlos agarraba un pedazo de la bombacha y le ataba un hilo simple y de esa forma cerraba los agujeros, de eso me acuerdo muy bien. También de Lömpel (Heinrich L., primer arquitecto de Villa Gesell. N. de la R.), cuando empezó, las primeras construcciones las hacía él. Nosotros, los chicos, en realidad en esa época no participábamos de la vida de los grandes. Con Bubi hacíamos conjuros de venganza cuando nos mandaban a comer a la cocina, cuando tenían gente evidentemente importante, de negocios, o qué sé yo. Entonces Emilia sacaba una vajilla para la ocasión, ponía la mesa, todo así “piripipí” y a nosotros nos mandaban a comer a la cocina, y nosotros hacíamos conciliábulos de venganza, típico de los chicos. No nos dejaban participar de las conversaciones. Aparte, la onda en esa época era “los chicos hablan cuando se les pregunta en la mesa, si no se callan”, así era. Nos decías que la plata de tu papá se iba terminando, que habían sido muchos años de invertir acá. Claro, la inversión acá era enorme. Fueron años de poner y poner. Imaginate, si hoy en día uno va, supongamos, a Van Heden, que es el vivero cercano más grande, y comprás una planta de pino chiquita, te cuesta por lo menos dos pesos. Pensá lo que era comprar en ese momento doscientas mil plantas de pino, hacete una idea, doscientas mil plantas de acacia y que se sequen todas. Mirá, Casa Gesell (se refiere a la empresa de la familia, en Buenos Aires, que fabricaba y vendía artículos para bebés. N. de la R.) era un negocio que daba plata en cantidades impresionantes, era el más importante en Sudamérica. Bueno, ahí también tuvo problemas con mi tío Ernesto... “¡Hasta dónde vas a meter plata ahí!”, le decía. Claro, él traía plantas y después se secaban por la arena, ¿no? Y sí. Nadie, nadie vio la idea de mi papá más allá, con visión de futuro… Entonces al final él deja todo y se viene para acá. Saca su parte de Casa Gesell y la va invirtiendo, invirtiendo, y llega un punto en que no había más plata. Y un buen día, me acuerdo que de repente apareció una gente caminando por los médanos. Estábamos en la galería que da... no hacia el mar, sino al otro lado, y dijimos:

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“¿Y esta gente quién es?... Estos que vienen por ahí...” Y bueno, era esta gente que vino por primera vez a acampar, los Weiske, que tiempo después compran el primer lote y construyen Rancho Robinson, una cabaña, la primera casa de veraneo (año 1942. N. de la R.). Habían dejado su vehículo y venían caminando, los habían traído en un carro desde Juancho, toda una historia, y se quedaron quince días en carpa. ¿Cerca de la casa de ustedes? Sí, pusieron esa carpa tipo ejército, sin piso ni nada, eran carpones infernales. Weiske era ingeniero de la Siemens, había sido aviador en la guerra del 14 al 18, tenía una marca en la cara, me acuerdo. ¿Y vino con amigos? Con un grupo de amigos, sí. Y les encantó la soledad, porque venían de una… justamente, de esa vida exigida de empresa. Weiske era una figura importante de la firma y de compromisos sociales y de vestimenta adecuada al momento, y le encantó pasar unas vacaciones al lado del mar, en malla, descalzo y sin ningún tipo de nada, eso fue lo que marcó el estilo de Villa Gesell. Creo que la generación de hoy en día no tiene claro, digamos, que en esa época había que ir a trabajar de traje y corbata, cuello almidonado, zapatos, etcétera. Nadie podía ponerse ni una polera ni una campera. Y todo eso, entonces, sacarse un poco lo almidonado de encima, lo acartonado, y poder ser cada uno, libremente, marcó muchísimo la tendencia, el estilo de Villa Gesell, y de mi papá mismo. A él tampoco le gustaba el acartonamiento, en todas las fotos lo vas a ver con campera, nunca con saco, muy raro. Todo el mundo en Villa Gesell, en esa época, vestía así, cualquier pionero que entrevisten te va a contar que había un traje guardado con olor a naftalina infernal, que se sacaba para cuando venía alguna figura de esas importantísimas o para los velatorios, en circunstancias, el mismo traje pasado de moda… Nadie se ponía un traje. ¿Podemos considerar a Weiske como pionero del turismo? En esa primera época sí. Después apareció Emilio Stark, cuando mi papá hizo “La

golondrina” (año 1940. N. de la R.), que fue la primera casa para albergar turistas. Lamentablemente a esa casa no se le da el valor histórico que tiene, creo que ni siquiera hay un cartel que la señale, fue la casita prefabricada que hizo mi papá para recibir a los primeros turistas (estaba ubicada en Alameda 201 y Calle 306, fue desarmada por sus propietarios, que aún la conservan. N. de la R.). Después se siguió alquilando por algún tiempo… Recuerdo bien al matrimonio Weiske, él tenía una cicatriz tremenda y usaba una malla chiquitita. Y la señora siempre andaba con una malla celeste de dos piezas… Porque acá se empezaron a usar las mallas más avanzadas del mundo en cuanto a libertad, las primeras bikinis se usaron en Villa Gesell. Bueno, y esa señora se comía ¡doce huevos fritos por día! Me acuerdo cuando los hacía sobre un Primus, que eran los calentadores a presión de querosén, tenía una sartén grande, metía los doce huevos y se los comía fritos, una cosa que me quedó absolutamente grabada. Recuerdo también a Stark y después a los Gussmann, que empezaron con el hotel (Playa Hotel, 1943 – 1944. N. de la R.), ya tener un hotel era una cosa sumamente importante. ¿La llegada de Weiske lo hizo reflexionar a tu papá acerca del futuro de este lugar? Seguramente. Cuando Weiske se quedó y le encantó, y mandó a otros amigos, que también vinieron en carpa, entonces mi papá dijo: “Evidentemente, ya hay gente interesada en este lugar”. Y así empezó la idea de hacer un pequeño loteo, empezar a promocionar y después a vender. Mi papá era muy conocido en la colonia alemana de Buenos Aires, ya por mi abuelo, Silvio Gesell, que era muy renombrado, y por la Casa Gesell también. Entonces, para la sociedad alemana él era una persona seria, confiable, digamos. Eso influyó, dentro del círculo de alemanes se corrió la bolilla y ya ahí empezaron a venir. Los que compraron lotes al principio eran prácticamente todos alemanes. Me acuerdo cuando mi papá contó la plata del primer lote que vendió… Contaba, y yo lo miraba así, fascinada, y él decía: “¡¿Viste, viste?! ¡Pude vender mi primer lote!”. Y se lo vendió a Weiske. ¿Te acordás a cuánto? Sí, se vendió un peso el metro, eran unos diez mil pesos en total, que era mucha plata

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en esa época. Él nunca vendió barato, sabía vender. Cuando yo hacía excursiones al Faro, me decía: “Nunca vendas barato las excursiones, lo barato no se valora”. Si él, de pronto, quería bajar el precio de un lote era otra cuestión, pero digamos, esto valía tanto… Como pasó con la venta de lotes del Plan galopante: “Esto vale tanto, yo lo bajo a la mitad porque se me da la gana”, cuando en realidad estaba cobrando el precio justo… Digamos que a pesar de aquel primer momento difícil y de mucha necesidad, no se puso ansioso. Jamás. ¿Y vendió ese primer lote como él lo quiso vender? Como él lo quiso vender. Mirá, yo me acuerdo que mi papá muchas veces tuvo apremios económicos, pero… había una famosa frase: “La semana que viene tenemos sueldos y jornales”, eso significaba que había que pagar al personal, era sagrado, mi papá no comía pero pagaba los sueldos del uno al cinco, religiosamente; pagaba la medicina del personal, los remedios… Él hacía de obra social para el personal, todo… ¿Era muy principista? En ese sentido, sí. Consideraba que el que trabajaba debía cobrar. Si yo te empleo a vos, yo te tengo que pagar. Si yo después no tengo un peso, es cuestión mía, pero te tengo que pagar, porque vos estás trabajando para mí. Y en aquellos años de tu infancia, ¿cómo era tu relación con tu hermano Bubi? ¿Eran compinches ustedes? Éramos carne y uña, nos peleábamos por amor a pelearnos, decíamos que peleábamos “lucha romana”, como lo había bautizado mi papá, rodábamos por los médanos. Pero mi papá era muy hábil, decía: “Si hay una pelea, es porque tiene que haber dos para pelearse, una sola persona no se puede pelear. Entonces, se van los dos en penitencia y yo no pregunto quién empezó, alguien tuvo que haber empezado y alguien tuvo que haber seguido, por lo tanto van los dos en penitencia y listo”. Entonces a nosotros no nos convenía de ninguna manera que nos agarraran peleando, nos íbamos los dos, nos matábamos a golpes, y si aparecía alguien éramos de lo más amigos. Se iban y seguíamos, simplemente para desgastar las energías que teníamos, ¿viste?, pero éramos absolutamente unidos. ¿Disfrutaban del mar? El mar era parte de la vida de uno, el sonido del mar, las olas, el bañarnos en el mar… Mi papá nos enseñó desde el vamos, desde muy chiquitos, a reconocer las corrientes, a reconocer dónde el mar era confiable, dónde bañarse y dónde no, entonces íbamos solos a bañarnos al mar, totalmente solos. Ahora, por ejemplo, mi papá me inculcó tanto que nunca fuera al mar donde no hacía pie que hoy en día donde no hago pie tengo la sensación de que me ahogo, eso ha sido indudablemente una cuestión de prevención… Nos bañábamos siempre, yo creo que desde octubre hasta mayo, era una cosa que teníamos incorporada. Me gustaría que habláramos un poco del libro que escribiste sobre tu papá. ¿Cómo surgió la idea? Mirá, la idea original del libro... Yo siempre le decía a mi papá que tenía ganas de escribir

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la historia de la Villa y a él le parecía bien, y a Emilia no... Ella me decía “qué vas a escribir, si no sirve para nada”… ¿Viste? Era amorosa, como siempre (risas), Me defenestraba, entonces nunca tuve quórum con Emilia. Y cuando mi papá murió, tuve como una especie de necesidad de escribir la vida de él, de alguna forma hacer una


colaboración; en fin, que se sepa, y lo escribí así, te digo, como algo que no podés parar.

hecho una obra monumental como esta, es así.

Una catarsis. Sí. Un año entero estuve juntando material, grabaciones… Tengo pilas de casetes grabados de toda gente que ya ha muerto. De ahí fui después tomando todo lo que no sabía… En esa época yo estaba construyendo acá, El Acacial, iba y venía, y escribía en mi mente, yo siempre escribo en la cabeza… En noviembre del 82 terminé el libro. Después dije: “¡Qué bárbaro! Lo terminé, qué bueno”, me sentí fantástica, no sabía que era todo un lío imprimirlo, buscar las tapas, las letras, los capítulos, la revisión. Bueno, terminó presentándose en el 84.

La condición de que se haya hecho esta obra tan importante tal vez era esa, ¿no? Dejar de lado otras cosas. ¿Eso lo llegaste a comprender, a aceptar? Cuando yo escribo el libro, analizo toda su vida, me pongo realmente a desmenuzar las cosas, me doy cuenta de que en realidad no era que no nos quería ni que nos dejaba de lado, ni nada; simplemente, el haber llegado a hacer lo que hizo no le permitía lo otro, era incompatible. Entonces lo entendí, él necesitaba todo el tiempo. Nosotros nos sentíamos orgullosos de su obra, pero queríamos tener la calidez de un padre, ¿viste? Los hijos son los hijos… En general los hijos de padres que han transcendido en el mundo en alguna cosa tienen unos vacíos terribles como hijos. Gandhi mismo, que nunca se dijo... Uno de los hijos de Gandhi era alcohólico por la soledad.

Y en el 93 se hizo otra edición, con agregados, ¿verdad? Sí. Cuando yo escribí el libro todavía no había habido problemas con el chalet de mi papá, el chalet grande (se refiere a los saqueos de la segunda vivienda de don Carlos, ocurridos en 1985). Todo eso no había ocurrido todavía y después, claro, quedaron pilas de interrogantes en el aire. Entonces, después le agregué eso que pasó con la casa, que fue devastada. Y también le di otro final. Según contás, no era fácil convivir con un papá como el tuyo. Mi papá como papá era muy difícil, no era para nada el papá que uno espera tener, entonces… te quedan unos huecos bárbaros, ¿viste? Uno quiere un padre que te escuche, no quiere ni que tenga mucha guita, ni que sea famoso, no quiere que sea nada. Que sea tu papá, te escuche, te contenga, eso es lo que vos querés de tu papá y eso mi papá no lo era. Nunca tenía tiempo, yo muchas veces le pedía: “¿Vamos a charlar un rato? Me gustaría charlar con vos”... Tiempo. Nunca, nunca tuvo tiempo. ¿Qué te decía? “Bueno, sí, en otro momento. Ahora tengo que hacer…” Entonces yo, fijate vos que de todas esas cosas fui rescatando todo lo que no tengo que hacer con mis hijos. Yo creo que, indudablemente, si vos te proponés así, una meta firme hacia un lado, como tenía mi papá, lo que dejás a los costados es irremediable, ¿viste? Si vos querés abarcar una vida familiar, ocuparte de todos, qué sé yo, difícilmente vayas a ser alguien que haya

Rosemarie, ¿vos sentís que este libro fue también una forma de reconciliarte con tu padre? Sí, me reconcilié totalmente con él, con su memoria. En el final del libro, ese agregado que hiciste en el 93, decís: “Desde mi casa escucho en el total silencio que me rodea el sonido del mar y el canto de los pájaros, y en los días de sudestada, el aullido del viento mientras los ventanales lloran sus lágrimas de arena y lluvia, como antes”. Esta especie de texto nostálgico, no bien cerrás el libro, ¿te remite a esa primera época de la infancia? Sí, claro que sí. Yo veía el mar desde acá y venía la arena así y chorreaban todos los vidrios; por eso ese final, en ese momento era así, en el 92. Me da la impresión de que, al escribir el libro, por un lado hiciste ese desahogo, esa reconciliación, y por otro encontraste también una continuidad. Una continuidad, un placer, exactamente. Para mí, el centro no es la Villa, ni el Barrio Norte. Es esto, lo salvaje… Nosotros fijamos todo esto… Acá la arena tenía un metro de altura y pasaba directamente adentro de casa. A mí desde chica me gustó todo lo que implica un lugar salvaje, y por eso vivo acá. Para mí, la Villa es esto.

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Las recetas de Olivia Carne braseada Ingredientes (para dos personas): roast beef en un trozo de aprox. 2 kg, tres cebollas grandes, tres zanahorias, dos morrones, dos tomates, un atado de puerro, una lata de arvejas, cualquier otro vegetal que tengas o que haya sobrado y hay un pedazo en la heladera, ó cualquier vegetal en oferta que puedas conseguir, una botella de vino blanco, aceite, sal, pimienta. Cocción: La carne que brasearemos debe ser de un corte firme, puede ser paleta también, puede ser un pescado entero, pollo entero, una paleta de cordero. Primero deberemos sellar la carne, para lo cual pondremos a calentar un corro de aceite en una olla grande. Cuando se haya calentado bien, ponemos la carne hasta que se dore, y la vamos a ir girando de a poco, de manera que todo el trozo de carne quede doradito. Entonces, con una pinza (sin pincharlo) lo sacamos de la cacerola, lo dejamos descansando, y ya agregamos a la misma olla la cebolla cortada en tiras, la zanahoria ídem, el morrón también, el puerro bien cortado, los demás vegetales, y cuando están blandos volvemos a poner la carne en la olla, sal y pimienta a gusto, y le agregamos media botella de vino. A todo fuego, dejamos destapada la cacerola hasta que reduzca el

líquido a la mitad. Ahí bajamos al mínimo el fuego y tapamos la olla. Debemos girar la carne sobre sí misma un par de veces, para que se cocine parejo. Si vemos que se seca el líquido, agregamos chorros de vino. Estará a punto cuando probemos clavarle un cuchillo y podamos insertarlo sin hacer fuerza. Entonces sacamos la carne y la ponemos en una fuente, colamos todo el fondo de cocción, descartamos el líquido (dejamos un poquito) y ponemos todos los vegetales cocidos sobre la carne, en la fuente. Podremos cortar fácilmente la preparación, porque este mecanismo de brasear, tierniza hasta los cortes más duros. El sabor será delicioso, y el aroma, aún más. Yo agregaría unas papas españolas, fritas en rodajitas, para acompañar… Llevamos la fuente a la mesa, y mientras uno sirve la comida, el otro abre un rico malbec… Y a comer se ha dicho !!!

Diciembre 2021 / El Fundador / 15


16 / El Fundador / Agosto 2021


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