El Fundador / Diciembre 2022

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Laotracara:disturbiosypeleas enlosfestejosporelmundial Argentinacampeón:Gesell fueunafiestamundial Diciembre 2022 Villa Gesell Año - XXXVI Nro 2056 El Fundador www.elfundadoronline.com 2255531935 /elfundadoronline @fundadorgesell /elfundadorgesell ¡FelizAñoNuevo! ¡FelizAñoNuevo!
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Diciembre 2022 / El Fundador / 3 El Fundador Es una publicación propiedad de Manuel Ignacio Zaldivar. Registro Nacional de la Propiedad Intelectual Nro. 5347624. Prohibida su reproducción parcial o total por cualquier medio. La Dirección no se hace responsable del contenido de las notas firmadas. Todas las colaboraciones firmadas son Ad Honorem. Redacción, Administración y Publicidad: 2255-531935 Mail: elfundador@gesell.com.ar Estudio Jurídico Beltrocco & Asoc Tel.2255 46-0700 Av 3 Nº 1069 V.Gesell Estudio Contable Lucas E. Beltrocco Tel.2255 45-0880 Av Buenos Aires N 946 Una multitud se congregó en el centro de la ciudad para festejar el sufrido título mundial conseguido por la selección en el Mundial de Catar. Las calles de toda al ciudad fueron un concierto de bocinas con banderas albicelestes, y la esquina de 105 y 3 fie el epicentro de los festejos, con mucha gente que llegó al lugar para manifestar su alegría por la tercera estrella de la selección.
una fiesta con Argentina
Gesell fue
campeón mundial

La otra cara: peleas y disturbios tras los festejos

Luego del triunfo en el Mundial de Catar, pasadas varias horas de la consagración argentina, la extensión de los festejos, con mucho alcohol y otras sustancias de por medio, comenzaron a generar varios focos de conflicto en el centro de la ciudad. Peleas a botellazos, trompadas, roturas en comercios y corridas se extienden en la Avenida 3 y los alrededores, a pesar del importante despliegue policial y de personal municipal.

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Septiembre 2021 / El Fundador / 5 Noviembre 2020 / El Fundador / 5

Messi, esa energía sobrenatural

La cámara toma a Messi, o, mejor dicho, su nuca. De fondo y medio borroso se ve a Montiel listo para patear el penal. Ese instante es el segundo previo a la sutura. Es un trampolín definitivo. Montiel corre, golpea la pelota, Lloris no aparece en la toma y eso dice mucho, el estadio explota. Messi cae de rodillas, el resto de los jugadores corren hacia el arco. Es el último segundo en el que Messi queda, curiosamente, en soledad. Paredes sale hacia el arco pero al ver que Messi cae al piso en soledad, regresa y lo abraza, se abrazan de rodillas en el centro del campo de juego. Es el corazón de esta historia. Paredes dice “Síííí, somos campeones del mundo, síííí. Rey, somos campeones, síííí” Messi no dice nada, como casi siempre. Llegan otros, todos abrazan a Leo como cobijándolo. En este mundial, y en la última Copa América, aprendimos que a Messi había que protegerlo afectiva y futbolísticamente. Llega el Kun desde la tribuna y abraza a ese manojo de jugadores hechos un abrojo. Dice algo no muy literario, “¡Vamos la concha de la lora, vamos la concha de la lora!” Es lo único que le sale del corazón, ese que lo obligó a parar. Él representa a todos los grandísimos jugadores que previamente vistieron la celeste y blanca y no pudieron (no es que no quisieron) salir campeón. En la sonrisa blanca y picara del Kun, están todos.

Gracias a usted…

En estos días pensaba ¿Qué tiene de raro esta selección? ¿Por qué se generó ese magnetismo que a casi nadie dejó indiferente? ¿Por qué la gente salió a las calles a festejar desde el triunfo con México? No es normal siendo que como sociedad nos criamos al calor de una inconveniente afirmación hecha doctrina: el subcampeón es el primero de los últimos. Entonces pensé que en principio está dando vueltas, desde hace mucho, una sensación de redención histórica para con Messi, ese tipo que con cara de bobo y con un carácter no siempre enérgico logró unanimidad respecto de su inmensidad como futbolista y su calidad como persona. De Roger Federer a Ronaldo y de Ben Stiller a Putin todos deseaban que Messi levante la copa. Decía que en ese camino hay un sentido de justicia que tampoco es muy habitual en la Argentina. El deseo de querer y necesitar que al otro le vaya bien para que pueda dormir en paz, y eso

como un elemento primordial de justicia. Es contundente la imagen del él buscando el palco de su familia luego del penal de Montiel, achina los ojos buscando a Antonela, Leo levanta los brazos los cruza por delante una y otra vez y dice “Ya está, ya está, ya está” por la profundidad del mensaje enviado eso debería suceder en la habitación de un hotel, en privado, él y ella a solas. Pero ocurre ante 89.300 espectadores y más de mil millones de televidentes. La misma sociedad que lo crucificó ahora necesitaba verlo redimido. Y vaya si se redimió. Ya está.

Gracias señora… Pensé esto, la manera en que lo hizo, él y los otros futbolistas, tampoco es habitual. Lo hicieron de un modo singular, en contra de la misma doctrina que dice que el cómo no importa. Esta selección demostró que sí importa el cómo porque básicamente lo hicieron de una manera estéticamente sublime y con un carácter arrollador. El cómo de este grupo implica la humildad de un técnico totalmente fuera de libreto, siempre de jogging como un profe de educación física y no presumiendo de modelo europeo; con una capacidad analítica para leer los partidos que nos obligó a rendirnos a sus pies al visualizar en el campo de juego lo que había pergeñado en la pizarra; y por sobre todo sin esa pretensión de otros técnicos que al hablar creen que evangelizan. Corto, parco, serio, pero al final también emocional jugando con sus niños, abrazados a ellos, llorando. El cómo implica la calidad del juego, ese asociativismo habla de un sentido colectivo que va desde ese toqueteo enfermizo para los rivales, hasta la manera en la que se divierten, a veces hasta de una manera infantil; pero también una entrega total en la recuperación de la pelota, los relevos y las marcas sin esa agresividad que tanto pregona Ruggeri. Esa idea de que al rival hay que romperlo también quedó en off side. Esta selección no hizo una sola falta que ameritara roja directa; pegó poco y solo devolvió lo que recibió como ocurrió con Países Bajos. Gracias señora… Messi absorbió todo eso, se hizo patrón cada vez que hizo falta, en ese sentido también cerró la discusión de los que le pedían carácter. Mostró su talento a

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una edad en la que el común de los mortales comienzan la curva descendente. La energía y el talento de los nuevos cracs argentinos hizo que, en esos momentos en los que Messi parece desaparecer, el nivel de juego fuera superlativo, algo pocas veces visto. Rompe los ojos verlos jugar así muchachos. Salú y gracias. Gracias por resignificar el mes de diciembre, ese mes que tan mal nos sabe a los argentinos cada vez que llega desde aquel fatídico 2001. Gracias por lo que hicieron, esta brutalidad, el zamarreo global que queda desde ese segundo en el que Messi cae de rodillas y al mismo tiempo se eleva para siempre como un deportista descomunal y superlativo. Una sola duda me queda y es sobre Celia, la mamá de Messi. Celia, en el año 1987 usted dio a luz. Explíquenos señora si sabe, si es que puede, si sabe cómo, qué fue lo que usted, útero providencial de la Argentina, díganos qué es lo que usted parió ese bendito 24 de junio de 1987 porque verdaderamente no se entiende la naturaleza del fenómeno. Y desde ya, muchas gracias a usted por los servicios prestados, y al coso ese, por tamaña faena.

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La fábrica Ferrari decide regalarle al Papa una limousine fabricada especialmente para él. El Papa la recibe en una ceremonia, terminada la cuál sube a la Ferrari en el asiento de atrás, mientras el chofer, un joven de veintipico, conduce.

A poco de andar, el Papa le pide que estacione a un costado. —Quiero conducir yo, por nada del mundo me pierdo de hacerlo. El joven al principio intenta disuadirlo, pero Francisco invoca su poder terrenal y celestial y amenaza con excomulgarlo. El joven, resignado, se sube al asiento de atrás, y el Papa se sienta al volante. Toman la autopista, y Francisco empieza a entusiasmarse cada vez más y a acelerar. 120… 140… 160… 180… El Papa se siente conduciendo una Testarossa, mientras silba la canción del Mundial de Catar. En esto está cuando siente una sirena, y un policía desde un patrullero le hace señas de pararse a un costado. El Papa lo hace y espera, pensando qué va a decir, mientras ve por el retrovisor al policía que se acerca. Cuando está al lado del auto, el policía se pone pálido y empieza a recular

mientras manotea la radio y se comunica con la Central.

—Central, Central, responda!

—Acá Central, adelante.

—Tengo un problema. Detuve a un auto que iba por la autopista a exceso de velocidad y no se imaginan quién está en el auto!

—…¿El alcalde de Roma?

—No, no, peor…

—¿El presidente?

—No, no, más importante. —¿El Primer Ministro? —No, más, más!

—Bueno, oficial, ¿puede decir quién va en el auto?

—¡Dios!...

(Silencio en la radio). Un rato después, una voz balbuceante dice: —Pero…¿cómo sabe que es Dios? —Porque tiene al Papa como chofer!!!

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Comienza el juicio por el crimen de Fernando Baez Sosa: cómo viven en la cárcel los ocho acusados

Los trasladaron desde la cárcel de Dolores a la Alcaidía Departamental La Plata 3, en Melchor Romero, y se caracterizaron por el bajo perfil. Una vez por semana, los ocho jóvenes acusados de haber asesinado a golpes a Fernando Báez Sosa, crimen ocurrido el 18 de enero de 2020, reciben visitas de sus familiares. La mayor parte del tiempo la pasan en las celdas, que comparten de a dos. Una vez por día salen al patio durante un máximo de tres horas.

“Están transitando la experiencia de detención de forma adecuada”, sostuvo una persona que habla periódicamente con los ocho jóvenes. El 2 de enero próximo comenzarán a ser juzgados por los magistrados María Claudia Castro, Christian Rabaia y Emiliano Lazzari, integrantes del Tribunal Oral en lo Criminal (TOC) N° 1 de Dolores.

Luciano Pertossi, de 21 años y apodado Chano; Ciro Pertossi, de 22; Lucas Pertossi, de 23; Ayrton Viollaz, de 23; Máximo Thomsen, de 23; Enzo Comelli, de 22; Matías Benicelli, de 23, y Blas Cinalli, de 21, están imputados de “homicidio doblemente agravado por alevosía y por el concurso premeditado de dos o más personas”.

En el juicio se debatirán además las responsabilidades penales de todos ellos por las lesiones sufridas por cinco amigos de Báez Sosa, que se encontraban con él cuando fue asesinado. “Están en una situación de encierro, pero tranquilos. Tenemos una comunicación casi diaria”, agregó la fuente consultada. Las cuatro celdas donde están alojados los ocho acusados están una al lado de la otra.

Al igual que el resto de las personas alojadas en la Alcaidía Departamental La Plata 3, los acusados de matar a Báez Sosa, de 19 años, pueden usar teléfono celular para comunicarse con sus familiares y amigos. Tienen un móvil para los ocho.

“En el tiempo que llevan alojados en Melchor Romero no se han registrado incidentes con sus compañeros de alojamiento, ni con el personal penitenciario. Cuando no salen al patio, pasan sus horas en la celda”, afirmó una fuente oficial.

Hace un mes, Máximo Thomsen salió de la prisión. Fue trasladado a un centro de salud de La Plata, donde fue intervenido quirúrgicamente de una hernia inguinal, agregaron las fuentes consultadas.

Las alcaidías no dependen del Servicio Penitenciario Bonaerense (SPB), sino de la Dirección Provincial de Alcaidías Departamentales del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la provincia de Buenos Aires, cartera a cargo de Julio Alak. “Todos mantiene un perfil muy bajo, y se comportan con respeto hacia el personal”, agregaron los informantes. A diferencia de los demás internos de la Alcaidía Departamental La Plata 3, los ocho acusados de matar a golpes a Báez Sosa no participan de los distintos talleres que

se dictan tras las rejas.

Como el resto de los internos, desde el primer día, tienen un seguimiento médico y psicológico periódico. “No tienen ningún privilegio”, afirmaron las fuentes consultadas. Según el expediente judicial, al momento de quedar detenidos, la mayoría de los acusados eran estudiantes. Salvo Lucas Pertossi, que dijo trabajar de técnico en Seguridad e Higiene, Viollaz, que tenía como ocupación laboral la de técnico electromecánico, y Benicelli, que trabajaba en un taller de chapa y pintura para autos.

La semana próxima, los ocho imputados, que son defendidos por el abogado Hugo Tomei, saldrán de sus celdas. Volverán a la ciudad de Dolores, donde estuvieron hasta el 13 de marzo de 2020 alojados en la Unidad 6 del Servicio Penitencio Bonaerense (SPB). De allí fueron trasladados a la alcaidía platense. En el viaje se definirá su futuro. Tras, en principio, 22 audiencias se conocerá si son condenados y, en ese caso, qué condena recibirán.

El debate, donde el Ministerio Público estará representado por el fiscal Juan Manuel Dávila, se realizará en la Sala de Audiencias Multifueros del Palacio de Tribunales de Dolores. En la primera audiencia, los ocho acusados escucharán las emotivas palabras de Silvino Báez y Graciela Sosa, los padres de la víctima, quienes serán los primeros testigos del juicio.

“Los ocho acusados planearon y acordaron emboscar, con la intención de matar, a Fernando Báez Sosa. Se va a probar que hubo alevosía. Está muy claro, para nosotros, que había una decisión. La decisión era quitarle la vida a la víctima. Vamos a trabajar para que los acusados se lo condene a la pena de prisión perpetua. Para nosotros los ocho acusados son coautores del crimen. Todos cumplieron un papel”, afirmó el abogado Fernando Burlando, que representa a los padres del joven asesinado.

Para la segunda jornada está prevista la declaración testimonial de Julieta Rossi, la novia de Báez Sosa, y diez amigos de la víctima, testigos presenciales del crimen ocurrido en la madrugada del 18 de enero de 2020 frente al boliche Le Brique, en Villa Gesell.

“Cuando salí [ de Le Brique] estaba la ambulancia y Fer estaba en el piso, yo me acuerdo que lo vi, pero no sabía que era él. Estaba Santiago Corbo [amigo de Báez Sosa], le pregunté quien era [la persona que estaba en el piso]. Me dijo que era Fer. Me agarro y no me acuerdo mucho más. Vomité al costado de la calle, quise ir a donde estaba [su novio], pero la chica de la ambulancia y Santiago Corbo no me dejaban acercarme”, sostuvo Rossi al comenzar su declaración testimonial en la instrucción de la causa.

Según el requerimiento de elevación a juicio firmado por la fiscal Verónica Zamboni, cuando a Rossi le preguntaron qué proyectos tenían con Fernando, respondió: “Fer era mi primer novio y yo la suya. Tenemos [sic] 19 años, estábamos aprendiendo juntos. Los proyectos eran cosas

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tontas, capaz, pero que significaban un montón para nosotros. Era mi novio, pero también era mi mejor amigo”.

Uno de los amigos de Báez Sosa que va a declarar en la segunda audiencia es Juan Bautista Besuzzo. Cuando prestó testimonio en la instrucción de la causa sostuvo: “El primer masculino que le pegó a Fernando era alto, de 1,85 metros, de contextura robusta, cabello castaño oscuro, quien vestía una remera blanca, borcegos marrones y un pantalón aparentemente bordó o marrón. Creo que este masculino con el golpe lo sentó a Fernando. Ahí yo lo veo a Fernando de rodillas. Este muchacho lo golpeó a Fernando en el piso, le dio al menos tres patadas en la mandíbula. Ahí Fernando ya no respondía. Yo me quedo enfrente, shockeado y veo a Fernando en el piso desvanecido, como en una posición fetal”.

Besuzzo recordó que el grupo de amigos llegó en ómnibus a Villa Gesell el 16 de enero de 2020 y se hospedaron en el hostel Hola Ola. El fin de semana terminó en tragedia. Para la segunda audiencia también se espera el testimonio de Julián García, otro amigo de Báez Sosa. Se trata del muchacho que, a las 4.40 de ese trágico 18 de enero de 2020, fue agredido por un grupo de jóvenes. Fernando fue echado del boliche por los patovicas por intentar defenderlo.

“A los cinco minutos de estar ahí [afuera del boliche], charlando con los chicos sobre el motivo por el cual los habían sacado y sobre lo que había pasado adentro, es cuando aparece un grupo de jóvenes. Eran seis o siete. Nos empezaron a golpear a todos. Recibí un golpe en la boca, pero no fue nada, otros recibieron más que yo. Quedé aturdido porque fue en un oído [el

golpe]. Fui enfrente a buscar a los de seguridad de Le Brique. Uno de los agresores decía textualmente "ahora qué pasa que estamos afuera", como incitando la pelea. Cuando me doy vuelta lo veo a Fernando en cuero [sic], tirado en el piso, y que le estaban pegando patadas, en ningún momento vi arma ni elemento alguno, eran piñas y patadas”, sostuvo García en su declaración en la instrucción del expediente.

En el juicio también se escuchará la voz de Federico Raulera, otro amigo de la víctima. Repetirá lo que ya declaró bajo juramento de decir la verdad: que le pedían a los agresores que se detuvieran y que el ataque duró entre dos y tres minutos.

“Le pegaron golpes de puño, lo empujaron y tiraron al piso. Trato de defenderlo pegándole a algunos de los sujetos. En un momento a mí me empujan, me tiran al piso, pegándome patadas por el cuerpo, principalmente en la cabeza, y piñas en el cuerpo, creo que eran al menos tres personas las que me agredían a mí. Creo que eran, al menos, ocho sujetos masculinos los que nos agredían. Al levantarme, veo a algunos de mis amigos golpeados y a Fernando ensangrentado, con la cara muy golpeada, inconsciente. Otro de los agresores empezó a gritar "a ver si volvés a pegar, negro de mierda", supongo que se refería a Fernando”, dijo Tomás D Alessandro Gallo. Él fue quien llamó al 911 para denunciar el ataque. Los dos últimos de los 176 testigos previstos para el debate no son amigos de la víctima. Son amigos de los ocho acusados: Juan Pedro Guarino y Alejo Milanesi, dos jóvenes que estuvieron imputados y presos 23 días. Ambos terminaron sobreseídos. De acuerdo a la instrucción del caso, el crimen de Fernando se produjo “entre las 4.41 y las 5 del 18 de enero de 2020, frente al local bailable ubicado en avenida 3 y paseo 102, pleno centro de Gesell”.

El episodio quedó registrado por cámaras de seguridad y en teléfonos celulares de personas presentes en la zona, por lo que los sospechosos fueron identificados y detenidos horas más tarde en la casa que alquilaban, a pocas cuadras del lugar.

Según la investigación, los ocho jóvenes que serán juzgados “acordaron darle muerte” al joven estudiante de derecho, y para ello “previamente, distribuyeron funcionalmente sus roles”, luego de que “minutos antes, al encontrarse en el interior del local bailable, tuvieran un altercado” con él, “quien se encontraba acompañado con su grupo de amigos”.

La fiscal Zamboni, a cargo de la investigación, explicó en su pedido de elevación a juicio que “aprovechándose del estado de indefensión de la víctima, con el fin de darle muerte y cumplir con el plan acordado, los acusados le propinaron” en el suelo “varias patadas en su rostro y cabeza”, y los golpes le produjeron “lesiones corporales internas y externas” que “provocaron su deceso en forma casi inmediata, al causarle un paro cardíaco producido por shock neurogénico debido a un traumatismo grave de cráneo”.

A una semana del comienzo del juicio es aún una incógnita si los ocho acusados decidirán declarar y que su voz sea escuchada por primera vez. “Primero habrá que escuchar al fiscal y la evidencia. Después decidirán”, explicó una fuente que habla con los imputados. El debate comienza pronto.

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Variaciones sobre Edmond Jabés: El último subte

Esa tarde de invierno de los 60, mientras el hombre, un egipcio de mediana edad, de impermeable viaja en el metro, escribe. El vagón caldeado huele a ropa húmeda, pero más a literatura. El hombre está concentrado, absorto en su libreta. No se da cuenta que a su lado viaja una chica argentina que lee a Rimbaud. Y que más allá un negro alto y flaco termina de olvidarse el saxo, mejor dicho, de perderlo, otro más, una vez más. Al negro lo acosan preguntas: “¿Cómo se puede pensar un cuarto de hora en un minuto y medio?” Y le dirá a un amigo crítico de jazz: “Te juro que no había fumado. Sólo en el metro me puedo dar cuenta porque viajar en el metro es como estar metido en un reloj. Las estaciones son minutos, comprendes, es ese tiempo de ustedes, de ahora, pero yo sé que hay otro y lo he estado pensando, pensando” Y también le dice a su amigo: “Si yo pudiera solamente vivir como en esos momentos o como cuando estoy tocando y también el tiempo cambia. Te das cuenta lo que podría pasar en un minuto y medio. Entonces un hombre, no solamente yo sino ésa y tú y todos los que podrían vivir cientos de años, si encontráramos la manera podríamos vivir cien mil veces más de lo que estamos viviendo por culpa de los relojes, de esa manía de minutos y pasado mañana”. El hombre de impermeable cierra la libreta y se baja en la próxima estación. En la libreta está escribiendo un libro sin tiempo que será memorable, pero no para todo el mundo. Empieza: “Señala con una marca roja la primera página del libro, pues la herida es invisible en su comienzo”. Cuando llegue a su departamento, donde lo esperan la mujer, que trabaja en un laboratorio, y sus dos hijas estudiantes, cuando encuentre un momento de calma nocturna, pasará en limpio lo escrito en el subte. El tiempo del libro se le torna difícil, pero como es paciente, no lo atormenta durante el día perder horas como contable de una productora publicitaria: ya encontrará su tiempo en el metro. “Cada libro impone su método”, piensa. “Quizás cada uno de ellos no sea más que el reflejo de ese método. Por lo tanto es natural que “El libro de las preguntas” esté compuesto por rupturas, interrupciones”. Es que no cree que pudiera ser diferente de disponer libremente de su tiempo. De entrada, se le impuso de esta forma, como si hubiera una profunda ósmosis entre lo que es posible y lo que debe hacerse. No puede hacer otra cosa que escribir fragmentos cortos. Y le importa más lo que sugieren los blancos entre las palabras, el silencio. Deja el subte, sube las escaleras, sale a la calle. En tanto, la chica, Alejandra

Pizarnik, sigue leyendo su Rimbaud y el saxo olvidado por el negro queda ahí, perdido. El saxo pertenece a Johnny Carter, más conocido como el protagonista de uno de los mejores cuentos de Julio Cortázar. Como dije, los subtes de París transportan literatura. Y también cine. La nouvelle vague no los dejará de lado. Puede ser que una de estas noches Georges Franjou filme ese corto de un chico enamorado que sigue una chica y queda atrapado en los túneles hasta la mañana siguiente. Pero no nos distraigamos y sigamos con ese hombre, el egipcio Edmond Jabés (19121991). Sobre él habrán de escribir tanto Jacques Derrida como Maurice Blanchot, con quien cultivará una amistad larga, pero sin encontrarse nunca: sólo conversarán por teléfono. Entre otros, escribirá también un joven Paul Auster. Una referencia especial merece el artículo que escribirá sobre Jabés el recluído marxista cordobés Oscar del Barco en 1992: “Ayer murió Messiaen, el músico que en un campo nazi compuso el “Cuarteto para el fin de los tiempos” como si fuera un pájaro milagroso cantando en el punto más sombrío del horror, también ayer murió el pintor Francis Bacon, el año pasado René Char, y también Edmond Jabés. ¿Acaso es este abandono sin remedio algo referido a nuestro destino como hombres? La pregunta, que nos asalta constantemente, no tiene respuesta, pero allí está esa música, la pintura, la poesía, siempre el libro y lo que el libro dice sin decir, lo que se dice en el libro, un llamado para nada, pero aún así un llamado. ¿Qué se tiene, propio, para transmitir? Sin duda, nada, pero esa nada es todo lo que poseemos”.

Demasiadas citas para una sola nota, se me reprochará. Pero es que la escritura de cada nota se me ocurre como una sucesión de rizomas, seudópodos que se conectan en varias direcciones como la red de subterráneos de París donde se entrecruzan una y otra vez el cine y la literatura y la música. Me acuerdo de las veces que estuve en París con una diferencia de años y en la misma estación encontraba el mismo grupo de músicos tocando la Suite Española de Albéniz. Me llamó la atención, el grupo de músicos, rubios, achinados, morenos, integraban un variado combo de emigrados. Llamaba no menos la atención el énfasis de la cellista de rasgos asiáticos, que atraía todas las miradas de los pasajeros que se detenían a escuchar por unas monedas. Por tanto, no me preocupa donde me lleva este ramal en una cita más. Sé que me devolverá al punto de partida.

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Hace unas semanas Angie Pradelli me consiguió el libro póstumo de Jabés: El libro de la hospitalidad. Es cierto, ya escribí, y en este mismo diario, varias veces sobre Jabés, quien pensaba que la tierra del escritor, como la del judío, es el libro. “He hecho del libro mi lugar”, escribe Jabés. Por tanto, todo escritor es un judío. A considerar, según Jabés: cómo definirse como extranjero, aunque él prefiera juzgarse nómade. Hay una respuesta: el ser humano es transitorio en este desierto. Recién cité como ejemplo de hospitalidad ese grupo heterogéneo en el subte. No obstante, pareciera una excepción “turística” en un país donde hoy los inmigrantes son segregados, razziados, gaseados, apaleados, asesinados. Tal vez este sea entonces el lugar no lugar para leer a Jabés, quien anotó: “El extranjero comprenderá, tal vez, que ha penetrado en el desolado país de las arenas”. Y extranjeros son también Alejandra, Johnny y Julio, tan extranjeros como este poeta exilado del nasserismo. El subte avanza a toda velocidad, pero Jabés repele de entrada la lectura veloz. Jabés, en el traqueteo tronante del subte, lo enfrenta a uno al silencio. Libros sapienciales, los suyos, todos empiezan llamándose “el libro”, se trate de los márgenes, las semejanzas, la subversión bajo sospecha. Son libros, algunos, pequeños, pero lo contienen todo empleando una diversidad de escrituras que comprenden tanto aforismos, imágenes poéticas como perplejidades y conversaciones entre rabinos. Inapresable, su escritura nos indaga, nos cuestiona y pone en evidencia que escribir es siempre interrogar/ se.

También está Auschwitz. Y es sabido: “Auschwitz no tiene fin”. Pero Jabés no precisa detallar el exterminio, que late en su poética, sino que es alusivo. Habla en nombre de las víctimas, que es nombrar el amor. No otra cosa es la hospitalidad. Y aunque es judío, no condesciende con las políticas del Estado de Israel: decide morir en París. “Escribir, ahora, únicamente para dejar constancia de que un día dejé de existir”, consignó en una anotación. Y después: “Debes aceptar callar cuando las palabras ya no te necesitan”. Así, imagino, se bajó del subte.

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