El Fundador / Agosto 2022

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Tres novelas geselinas: Aníbal Zaldivar

presenta “Silencio-Rumor-Música”

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Agosto 2022

Villa Gesell Año - XXXIV Nro 2052

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Chocogesell récord Alrededor de 80 mil personas disfrutaron este fin de semana largo de la 26° Edición de la Fiesta Nacional del Chocolate Artesanal que tuvo lugar en el Bosque Histórico de Villa Gesell. Más de 300 microemprendedores y pequeños comerciantes participaron del evento, que también contó con la participación de artistas locales y espectáculos para chicos y grandes. Sólo en el predio el consumo turístico superó los 100 millones de pesos. El Intendente Barrera expresó: “Una vez más Villa Gesell renovó su compromiso con las fiestas locales. El atractivo evento genera fuentes de trabajo y movimiento económico, el cual fue muy destacado ya que sólo en el predio el consumo superó los 100 millones de pesos”. Por otra parte, Barrera agregó que “las fiestas populares siempre son un hermoso motivo para reencontrarnos. La Chocogesell es especial y esta lo fue aún más ya que por las palabras llenas de alegría de quienes la visitaron este año puedo asegurar que es la mejor edición de todas, no solamente porque aumentó el consumo, sino además porque tuvimos una cantidad récord de turismo para esta fiesta”. Organizada cada fin de semana largo de agosto desde 1996 para promocionar la actividad turística de Villa Gesell en temporada baja, la Fiesta tuvo jerarquía provincial hasta que el año pasado cuando fue declarada “Nacional” por Resolución del Ministerio de Turismo y Deportes. Además, la celebración brindó al público actividades lúdicas, espectáculos musicales y de danza, y otras diversas recreaciones como degustaciones, venta de productos, cursos de repostería y chocolatería. Al mismo tiempo, se registró un fuerte movimiento turístico en los comercios de la ciudad y las playas de Villa Gesell.

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El intendente Barrera recibió una distinción en el Senado El Intendente Gustavo Barrera recibió está tarde por parte del Senado de la Nación Argentina junto a la Federación Argentina de Municipios la distinción "Líderes para el Desarrollo Integral de Latinoamérica Senador Enrique Tomás Cresto 2022" La actividad se realizo bajo el lema "Fortalecimiento del vínculo entre la Educación y el Trabajo a través de la Educación Técnica Profesional" y tuvo lugar en el Salón de los Pasos Perdidos del Congreso de la Nación.

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Septiembre Noviembre2021 2020 // El El Fundador Fundador // 55


El oro sin Rin Der trockene Rhein. Euronews muestra imágenes del Rin en la actualidad. Ha disminuido notablemente su caudal. La sequía amenaza la navegabilidad. 12 VIII 2022 Admirable río el Rin (Rhein para los germanos) con sus 1200kms plus de recorrido. Nace en los Alpes y desemboca en el Mar del Norte, bañando las costas de Suiza, Austria, Liechtenstein, Alemania, Francia y Países Bajos. Con casi 900kms navegables es la vía fluvial europea más importante para el transporte de mercancías, contingencia paralela a su prestigio mítico, atento el oro que contiene para satisfacción de las ondinas que lo habitan. Pero, “Res severa est verum gaudium” (el verdadero gozo es cosa seria) como reza el lema de la Orquesta Gewandaus de Leipzig, ciudad en la que nació Richard Wagner en 1813. Wagner nos cuenta en el prólogo (Das Rheingold – El oro del Rin) de su trilogía (Der Ring des Nibelungen – El anillo del Nibelungo) que el enano Alberico (Alberich) renunció al amor para sustraer el oro custodiado por las ingenuas ninfas del Rin. Lo transformó en un anillo que le daría poder en el mundo. Pero su apropiación no fue duradera atento que Wotan – jefe de los dioses – asistido por el astuto Loge (dios del fuego) se hará mediante engaño, del codiciado anillo. También será efímera esta posesión, porque se verá obligado a entregarlo en pago a Fafner y Fasolt, hermanos gigantes que construyeron el Walhala. Cobraron su crédito y liberaron a Freia (diosa proveedora de las manzanas de la eterna juventud). Fafner matará a Fasolt y transformado en dragón conservará la sortija aurea al resguardo de una cueva. El anillo había dejado de circular con lo que el dragón Fafner cortó una regla de oro del capitalismo, interrumpiendo el pensamiento económico, como diría Martin Heidegger. Siegfried – héroe sin miedo – será quien mate al dragón y arrebate el anillo que irá cambiando de mano: Brünnhilde, otra vez Siegfried, nuevamente Brünnhilde que se inmolará con su caballo Grane, previa devolución del oro a las ninfas del

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Rin. Todos perecerán, comenzando por los dioses. Hagen – hijo de Alberico – único sobreviviente en el último grito de la trilogía clamará: “Zurück vom Ring!” (devuelvan-me el anillo). Caído el telón en el templo de Bayreuth, cuando Hagen retorne al Rin encontrará su cauce seco. Hundiéndose en el barro, y observando el oro proclamará: “Zurück vom Rhein!”. Sin las aguas fluyendo tampoco circula el oro. Die Moral: los que contribuimos a la sequía somos más miserables que Fafner en su cueva. Horacio Walter Bauer


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TRILOGÍA DE ANIBAL ZALDIVAR

Tres novelas geselinas A pesar de su carácter ficcional, en las tres novelas que publicó el escritor geselino Aníbal Zaldívar, editadas por Librería Alfonsina, se reconoce de inmediato el arraigo a la geografía y la historia de Villa Gesell. Luego de una extensa producción poética, que lleva casi cincuenta años, el autor sorprende con una fuerte propuesta narrativa. Publicamos a continuación los comienzos de las tres obras. **** SILENCIO Villa Idaho, diciembre 1986 Romper con Lara es un precio muy alto, pero el dolor cede ante la decisión de terminar con mi dilema más terrible. Además, el aire de la Villa, a principios del verano, me trae la alegría de mi infancia, emociones que la ciudad nunca pudo borrar. El dolor se trasmuta en excitación, en impulso, mientras camino sobre la pinocha crujiente que oculta la arena originaria. A esta hora de la mañana todavía no hay turistas merodeando, y predomina una fragancia a pinos y eucaliptos que se mezclan con la brisa áspera del mar. Nada más entrañable para mí que esta combustión de dulce y salado en el aire, con un fondo de rumor de hojas y de olas. Respiro hondo y mi pecho se expande y llena de fuerza; este es mi aire, dicen mis pulmones, felices… Frente a la Casa de las Cuatro Puertas, hay un nuevo cartel: “Pinar del Norte, Villa Idaho. Decreto 14/ 1986: Creación del Museo Histórico”.

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Veo a Lambert, el empleado. Me parece más canoso que el año pasado, igual de nervioso y de encorvado, de edad siempre indeterminable. Cierra la puerta haciendo demasiado ruido y sale a grandes zancadas por el sendero que lleva al Chalet. Me acerco a la ventana sur: ahí está, en el rincón de siempre, el piano de cola, cubierto por una manta negra, ajada y sucia. Me veo otra vez ahí, quince años atrás, sentado, mudo, tocando con timidez, haciéndome invisible entre empleados, propietarios, turistas, compradores de lotes... Recorro el resto de los ventanales y observo la oficina donde Lambert cumple su rutina de trabajo a la espera del telegrama de despido. Es como el despacho de un cementerio, con muebles muertos y la misma disposición del año pasado, el anterior y el anterior. El mismo retrato de su madre, la carpeta, el taco del calendario y un lapicero con tres biromes y un lápiz, siempre tres biromes y un lápiz. La Sucesión de Kurt Wesser, el fundador de la ciudad, se niega a indemnizarlo y prefiere dejarlo morir lentamente, pero Lambert resiste, y rumia su resentimiento en el ombligo de este bosque, hoy tierra de nadie. (…) **** RUMOR Villa Idaho, 1996 Es cierto: no era el jeep que yo había soñado, pero era real, y al cabo del tiempo reemplazó al de mis sueños y lo mejoró. Montado en el legendario Willis


Hurricane había entrado más de mil veces a la playa, cruzando la anteduna y ganando la orilla del mar, pero aquello no tenía sustento, era pura fascinación de niño acostumbrado a los placeres inmóviles. Esta, en cambio, era una escena verdadera, y el viejo Ika repintado de azul avanzaba copiando las formas de la playa hasta alcanzar la arena firme, al borde del agua. Y ahí estaba yo, de carne y hueso. Mis hábitos de solitario incluían no llevar a nadie, desestimar la presencia de otros pescadores, limitarme a saludos formales. Pero cuando vi al viejo aquella mañana de invierno sentí lástima: se arrastraba con esfuerzo, como un náufrago recién llegado a tierra firme. Me acerqué y me detuve, convencido de que llevarlo no me iba a perturbar; sería como levantar uno de esos caracoles gastados por el tiempo y el agua. El viejo no dudó en treparse al asiento del acompañante. Me sorprendió. — ¡Eh! ¿No le tiene miedo al perro? —No, qué va… Con tal que me lleve. Encendió un cigarrillo y una media sonrisa dejó ver los magros dientes manchados de nicotina. Sesenta años, calculé, al observar los surcos de su cara. —Voy al Boliche del Medio. ¿Llega hasta ahí? En honor a la verdad, yo buscaba un buen lugar, un pozo profundo. Más acá o más allá del Boliche, me daba igual. —Lo llevo. ¿Vive ahí? ¿Es el casero? Preguntas obvias que no merecieron respuesta, el viejo apenas me miró de reojo y fijó la vista delante. El Boliche era una construcción sobre pilotes, ubicada a unos cien metros del agua, allí donde la arena comienza a elevarse hasta formar una franja larga y ancha de médanos vivos. Cada vez que ingresaba a la playa me sorprendía su imagen lejana, incongruente, esfumada entre ondulaciones amarillas. (…) **** MÚSICA Villa Idaho, 2006 Lo primero que vi fue la gorra. La distinguí desde lejos y como siempre me propuse mentir, hacer una seña ambigua que indicara que no podía llevar a nadie, ni siquiera a un policía. Ya tenía preparada la música. ¿Qué hacer con alguien a bordo? ¿Por qué deponer la decisión premeditada de escuchar Beethoven durante un par de horas? Sin embargo, cuando estuve cerca, me sorprendió una trenza oscura que nacía de atrás de la gorra y bajaba oblicua

hasta el centro del pecho: gruesa, grácil, lustrosa. Entonces no pensé en nada y frené. Ella, inmóvil en la banquina, apenas hizo un gesto con la cabeza. Toqué bocina; un toque corto, que sirviera de aviso más que de reclamo. La mujer se acercó y me saludó haciendo la venia. —Buenos días, señor. ¿Necesita algo? —No, pensé que estaba haciendo dedo. — ¿Yo le hice alguna seña? —No, no quise decir eso, pero como siempre… —Espero el ómnibus. Se quedó mirándome. La trenza había quedado sobre la espalda y la gorra daba a su cabeza la rigidez de una escultura; de cobre terroso, con grandes ojos marrones. Sonrió. — ¿Entonces me lleva? Se acomodó en la butaca y se ajustó el cinturón, pero no se sacó la gorra, que era lo que yo esperaba. — ¿De servicio? —Voy a la Regional, a un curso para personal femenino. —Personal femenino —murmuré—. ¿Te gusta la música? Sorprendida y otra vez rígida, demoró unos segundos en asentir con la cabeza. — ¿Conocés la Pastoral de Beethoven? Ahora negó, con la misma actitud cautelosa. —Mirá, no quiero ser antipático, pero tengo un examen esta tarde y necesito escucharla. — ¿Puedo dormir? Sonrió y se recostó en el respaldo. Antes de cerrar los ojos apoyó las dos manos en el cinturón, sobre el bulto que ocultaba la pistola reglamentaria. Disparé la música en el momento previsto, con la única concesión de no subir el volumen al máximo. Los primeros acordes no se escucharon, pero progresivamente los ondulantes sonidos envolvieron la cabina de la camioneta. La mujer policía volvió a acomodarse y abriendo un ojo, musitó: —Me gusta. (…) Nota: la publicación está a la venta en Librerías Alfonsina, Casa Böhm, Azul Marina y por Mercado Libre. Ilustración de la tapa: Mariel Galarza Diseño gráfico: Daniel Fernández Edición: Librería Alfonsina

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Acerca de Antonio Porchia

El bosque y sus voces Por Guillermo Saccomanno En esta época la temperatura nocturna es bajo cero acá en la costa. Y el amanecer tarda. Al despertar, el silencio del bosque parece sepulcral. Sin embargo, está lleno de vida agazapada. Como cada vez que me obstino en describir y acercarme a una definición de la quietud, chingo en las palabras: la quietud no es tal ni el silencio tanto, porque el temblor de unas hojas, el estremecimiento de un pájaro y después su gorjeo, indican que la espesura empieza a desperezarse. Estoy convencido que el bosque está habitado por voces, como las de la escritura, siempre al alcance de todos, aunque no todos pueden escucharlas. Lo admito: pareciera que escribo desde un lugar elitista, de dominio de un saber privado. Más bien, lo que digo, es todo lo contrario. Hay que animarse a indagar en la escritura, sortear helechos, tacuaras, yuyos, follaje diverso y encontrar ese claro donde, en un rato, habrá de bajar la luz como una percepción íntima aunque se trate de un fenómeno cósmico. Lo que intento decir, en verdad, es que la presunta verdad siempre es una mentira. Contra quienes insisten en que la única verdad es la realidad, conjeturo que se pierden algo. Del mismo modo que el silencio del bosque nos habla y simplemente hay que escucharlo, lo mismo pasa con cierta literatura que va más allá de sí misma, es decir, esa que se pregunta sobre la escritura, se la cuestiona, interroga su propio sentido. En este punto, cabe aclararlo, se plantea una exigencia tanto para quien la escribe como para quien la lee: la soledad. Esto, digo, para entrar en la obra de Antonio Porchia. Pero antes quisiera referirme a un ensayo que se conecta indirectamente con su poesía. En estos días estuve leyendo “Una historia de la soledad”, de David Vincent, más que un ensayo, un tratado sobre su naturaleza desde 1791, año en que se tradujo al inglés el primer estudio completo del tema en más de cuatro siglos: “Solitude considered with respect to its dangerous influence upon the mind and heart”, versión abreviada de una obra en cuatro volúmenes escrita entre 1784 y 1785 por Johann Georg Zimmermann, médico personal de Jorge III en Hanover

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y de Federico el Grande. El término soledad es equívoco en nuestra lengua. En inglés, en cambio, establece una distinción: “solitude” alude a la soledad elegida, deseada. “Loneliness”, en cambio, es la soledad impuesta por un sistema social, una enfermedad, una pérdida, el dolor existencial. Pero, atención, Zimmermann alude a la primera como una influencia que puede resultar peligrosa en la mente y el corazón. Es que no todos son capaces de enfrentar riesgos que llevan al verse detrás del espejo. “Soledad, camina conmigo”, escribía en la primavera de 1820 el poeta John Clare. Es en “solitude”, esta clase de soledad, en un silencio cauteloso, alerta, donde se afirma la obra del inclasificable escritor calabrés Antonio Porchia (1885-1968) que vivió en nuestro país desde los diecisiete años hasta su muerte. Si me atreví a llamarlo inclasificable esto se debe a la esencia y la forma de sus escritos, frases cortas, reflexiones que entrarían, si uno se pone taxonómico, dentro de la categoría del epigrama. Textos mínimos que Porchia bautizó “Voces”. Le adjudicaron influencias de Lao Tsé, Pascal, Lichtemberg, Blake y Nietzsche. Porchia no los había leído. Y había escrito, tal vez como respuesta a los encasillamientos: “Lo que hice o no hice, creo que pasó. Y lo que haré o no haré, creo que también pasó”. Una anécdota lo planta: en los 60 ve en la vidriera de una librería céntrica su libro con el título “Voix”. Allí donde antes habían rechazado su libro en castellano, ahora lo difundían en la edición francesa promovida por Roger Callois. Era más caro en francés, el empleado se lo recomendó con fervor. Porchia compró uno. Y se fue. A esta altura lo habían elogiado, entre otros, Bretón y Henry Miller. A Porchia le irritaba que se dijera que escribía aforismos. No obstante, Borges, al prologarlo, opinó: “Los aforismos de este volumen van mucho más allá del texto escrito: no son un final sino un comienzo. No buscan producir un efecto. Podemos escuchar que el autor los escribió para sí mismo y no supo que trazaba para los otros la imagen de un hombre solitario, lúcido y consciente del singular


misterio de cada instante”. Su nombre, como contraseña de iniciados, se volvió fenómeno. En su origen estaban la pobreza inmigrante y oficios aprendidos para mantener una familia numerosa. Los barrios, primero La Boca y después Barracas. En su

juventud – si es que la juventud no es, como dice Sartre, una edad burguesa – se acerca a círculos socialistas y anarquistas. Más tarde se instalará en una casa chica en la calle Malaver, en Olivos, y cuando recibe amigos, Porchia agarra la bolsa de los mandados, va hasta el almacén y vuelve con vino, pan, queso y salame. Sus “Voces” fueron ganando una popularidad hoy olvidada. Circulaban en programas de radio, en escuelas, hospitales y cárceles, muchas veces en fotocopias sin su nombre. A Porchia no le importaba: “Porque esto no es mío. Es de todos”, decía como si las voces le hubieran sido dictadas. Mientras escribo estos apuntes, dos tentaciones. En principio, citar algunas de sus voces. Si prescindo de las mismas es porque cuando abro el ejemplar y empiezo a buscar, al considerar las marcas y subrayados, no sé con cuál quedarme, cuál puede ser la voz más representativa de su visión del mundo ya que cada una deviene un todo. Por eso, me digo, tal vez sea más ejemplificador de su calidad citar a Roberto Juarroz y Alejandra Pizarnik, que no sólo le fueron cercanos: sus poéticas respectivas proceden en línea directa de Porchia y su eco metafísico es reconocible. “Cada vez que vuelvo a su obra”, decía Juarroz, “veo reaparecer con toda su fuerza una vieja palabra que casi no se usa: sabiduría. Sabiduría puesta además en un lenguaje muy peculiar, que no le tiene miedo a las aparentes reiteraciones. Porchia creía que no existen los sinónimos y que cada palabra es diferente según la postura que ocupa en la estructura sintáctica. Por eso a veces los gramáticos, los críticos, los formalistas, se sienten molestos ante una escritura como esta: en cierta manera pone en crisis sus fórmulas, sus preceptos”. Pizarnik, por su lado, le escribió en una carta: “Asiento en cada una de sus voces con toda mi sangre, lo que es extraño, porque su libro es el más solitario, el más profundamente solo que se ha escrito en el mundo y no obstante, releyéndolo a medianoche, me sentí acompañada, o mejor dicho, amparada. Y también asegurada, tranquilizada, como si me hubieran dado la razón en la única cosa que yo rogaba tenerla”. El bosque, insinué, tarda en abrirse a la claridad de la mañana. Y le frena el apuro a quien entra. Lo mismo, la obra de Porchia, una lenta y paciente autobiografía en clave. Porchia murió a los ochenta y dos años en la pobreza. Había escrito: “Cuando yo me muera, no me veré morir, por primera vez”.

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