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Editorial Aguinaldo, traído y regalo de Reyes

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Daniel Felipe Escobar Velásquez. Detalle: Árbol de Navidad/Filosofía de ayer, cliché de hoy. Instalación. Medidas variables. 2014

La Navidad suele asociarse con la lectura re-

gocijante de historias conmovedoras y no pocas veces fantásticas. Como se ha dicho tantas veces, en el origen de ese anhelo literario ocupa un lugar especial el Cuento de Navidad (1843) de Charles Dickens, por más que esa famosa historia de un avaro redimido tenga, a su vez, otros antecedentes: hay quien mencione, por ejemplo, el Libro de bocetos de Geoffrey Crayon (1820) de Washington Irving, una miscelánea de textos que incluye descripciones sobre antiguas costumbres navideñas a un lado de cuentos de hadas y otras leyendas más o menos delirantes.

Se entenderá que de ahí a la historia de un viejo amedrentado por fantasmas en la noche de Navidad ―o, incluso, al filme contemporáneo sobre un niño que descubre que el portero de su edificio es Santa Claus― hay solo un paso. Cualesquiera sean los resultados de la pesquisa arqueológica adelantada entre las páginas de Dickens, lo cierto es que cada vez se naturaliza más la asociación entre Navidad y libros. Y no se trata apenas de que un libro sea el regalo perfecto; se trata, en esencia, de que, por pura lógica metonímica, el aura de la Navidad invade 2016 | Diciembre


diciembre y las largas vacaciones de fin de año, y ello al punto de parecernos que el botín del tiempo libre (condición sine qua non para leer) es otra de las bendiciones caídas desde la cuna de Jesús, y no un derecho que nuestros jefes y profesores acatan a regañadientes. Internados en lo más fresco de ese remanso de ocio, poco reparamos en que ya no pedimos a los libros ninguna anécdota rosácea ni edificante, y que, incluso, entretenemos esos días interminables con lecturas poco o nada afines con el cálido “espíritu navideño”: no hace mucho, yo mismo me sorprendí esperando las campanadas de Año Nuevo con Crimen y castigo en la mano, y sé de alguien que coronó la última línea de A sangre fría el día de la fiesta de Reyes. La Navidad no es tanto la época cuanto el pretexto para leer cualquier cosa.

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Por supuesto, esa sensación de libertad e impredecibilidad le es natural a las jornadas de fin de año por algo más que el albedrío bibliográfico. La costumbre de esperar regalos ya nos había inoculado ese sentimiento desde la infancia remota, y con una fuerza formidable. La felicidad de saber que podía esperarse cualquier obsequio y, sobre todo, de creer que podía pedirse cualquier cosa, nunca fue igualada por el contento de recibir ningún objeto concreto, por fastuoso, rutilante, escaso u oneroso que esta fuera; dicho de otro modo, resultaba más grato jugar con la idea de desear un canto rodado que recibir, de verdad, un diamante. Por lo demás, el paso de los años dejó en los anaqueles de nuestro recuerdo un surtido de las cosas más disímiles, sin importar si nos fueron obsequiadas de verdad, o si apenas las soñamos: un robot con antenas de abeja, un reloj de arena azul, la Muralla China en miniatura, un radio con cuatro llantas, un ejército de elefantes hindúes... Esta edición decembrina de la Agenda Cultural Alma Máter, al mismo tiempo que pretende consagrar (una vez más) el rito de la lectura ociosa, apela a la lógica de la diversidad y al

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sentimiento de la sorpresa. El lector encontrará ocho piezas que, según su avidez, entretendrán sus ratos perdidos de los próximos días o de las próximas horas. Pero también descubrirá que se trata de regalos o golosinas de muy distinta naturaleza: tres relatos etnológicos, cuatro experiencias navideñas poco comunes y una anécdota hogareña que, a fuerza de drama y candor, se antoja tan decembrina como la fábula de Dickens, por más que no se ocupe de ningún huérfano ni aluda a regalos ni árboles con luces. En cuanto a las sorpresas incluidas en la ancheta literaria, conviene hilar más delgado. Como un eco de la celebración cincuentenaria del Departamento de Antropología ―evento que tuvo lugar en el campus universitario durante el primer semestre de este 2016―, la Agenda Cultural Alma Máter rescata una selección de páginas clásicas de esa disciplina, todas relacionadas de diverso modo con los ritos navideños. Uno de esos trabajos corresponde a los apuntes que James George Frazer compilara, en La rama dorada, a propósito de las fechas de celebración del nacimiento y muerte de Jesús: la sorpresa por encontrar allí es, literalmente, encandiladora. No menos llamativo es un fragmento de Claude Lévi-Strauss ―quizá el antropólogo más original del siglo xx― a propósito de un crimen inimaginable, perpetrado en Francia durante la Navidad de 1951: la quema pública de Papá Noel. Finalmente, un breve capítulo del Tratado de historia de las religiones de Mircea Eliade intenta poner los puntos sobre las íes y conciliar los asuntos de vivos y muertos, aunque resulta sobrecogedor observar que ambos se sientan demasiado cerca durante los festejos navideños. A un lado de los antropólogos están los escritores con sus cuentos de Navidad: Manuel Hidalgo, Juan José Millás, Ray Bradbury y Lina Meruane. Sin embargo, podrá verse que muchas hojas han sido arrancadas al calendario desde los tiempos de Dickens, de modo que ya


En cuanto a la “anécdota hogareña”, además de lo que mencionamos atrás, basta, por ahora, con dirigir la luz sobre cuatro de sus personajes. Tres de ellos son un par de damas inglesas ―siempre bien puestas― y un dandi desventurado. El cuarto es el autor: el profesor Fabio Humberto Giraldo Jiménez, quien estuvo vinculado a la Universidad de Antioquia entre 1979 y 2015 y quien fuera director del Instituto de Estudios Políticos entre 2007 y 2011. Sus días de jubilado no solo lo han puesto sobre la senda de lecturas interminables, sino, como bien se ve, en el oficio de la escritura literaria. Sin embargo, la incursión del profesor en el indefinible subgénero del relato navideño solo puede explicarse como un hecho accidental; el lector de esta agenda verá, pronto, por qué. No hacen falta más palabras. Deseamos a toda la comunidad universitaria la más feliz Navidad y el más próspero de los años nuevos. Las páginas que siguen ―prenda de nuestro deseo― hacen las veces de aguinaldo, traído y regalo de Reyes. Juan Carlos Orrego Arismendi Profesor Departamento de Antropología Comité Editorial Agenda Cultural Alma Máter

Daniel Felipe Escobar Velásquez. Litoteca. Instalación.12 Libros de la historia del arte, piedras, intervención sobre libro. 185 x 90 x 25 cm. 2016

no es un pavo horneado o una generosa donación para los pobres lo que las fiestas de Nochebuena y Año Nuevo les deparan a los diversos protagonistas de nuestros relatos contemporáneos. Un inventario somero de las cosas y sucesos que aderezan esas historias parece, sin que quepa duda, el pintoresco almacén de deseos y regalos antiguos que mencionamos tres párrafos atrás: en él se distinguen un oficio litúrgico en compañía de un perro, un catálogo de museo arqueológico, un árbol con velas blancas, un cohete que surca el espacio en 2052, un ascensor internacional... A fin de cuentas ―como bien lo deja ver alguno de esos relatos―, en la Navidad también puede caber el universo.

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Abstract Se ha dicho ya que todo es y puede ser arte, también que el arte es lo que hacen los artistas, o que el arte es arte por el espectador, y por último que todos somos artistas. Pero no sigue siendo claro ¿Qué es “arte”? y ¿qué es un “artista”? A partir de allí planteo juegos que problematizan la linealidad de la historia del arte, la relación texto e imagen, los niveles otológicos de la obra de arte, la estructura del sistema artístico y el rol del artista en la sociedad, haciendo cruces con el lenguaje y las prácticas culturales. Es así, como éstos juegos no pretenden otorgar respuestas a las preguntas planteadas, sino la posibilidad de sembrar una duda, una incertidumbre y quizás hasta una sonrisa. Daniel Felipe Escobar Velásquez

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Religiones orientales en Occidente James Georges Frazer

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[…]A los conquistadores españoles de México y Perú les pareció que muchos de los ritos paganos nativos no eran más que falsificaciones diabólicas de los sacramentos cristianos. Con más probabilidades, el investigador moderno de religiones comparadas señala tales semejanzas en el trabajo independiente y semejante de la mente del hombre en su sincero aunque rudo intento de profundizar en los secretos del universo y concertar su minúscula vida con los temibles misterios. Sea lo que fuere, no puede caber duda de que la religión mitraica evidenció ser una formidable rival de la cristiana, combinando, como esta hizo, un ritual solemne con aspiraciones de pureza moral y esperanza en la inmortalidad. En verdad que el término del conflicto quedó por algún tiempo indeciso. Se conserva una reliquia instructiva de la prolongada lucha en nuestras fiestas de Navidad, que creemos se ha apropiado la Iglesia de su rival gentílica: en el calendario juliano se computó el solsticio del invierno el 25 de diciembre, considerándolo como la natividad del Sol, por razón de comenzar los días a alargarse, acrecentándose su poder desde ese momento crítico. El ritual de la Navidad, como al parecer se realiza en Siria y Egipto, era muy notable. Los celebrantes, reunidos en capillas interiores, salían a medianoche gritando: ¡La Virgen ha parido! ¡La luz está aumentando! Aún más, los egipcios representaban al recién nacido Sol por la imagen de un niño que sacaban al exterior para presentarlo a sus adoradores. Sin duda, en el solsticio hiemal, la Virgen que concebía y paría un hijo el 25 de diciembre era la gran diosa oriental que los semitas llamaron la Virgen Celeste o simplemente la Diosa Celestial; en los países semíticos era una forma de Astarté. También Mitra fue identificado por sus adoradores

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con el Sol, el invencible Sol, como le llamaban; por esto, su natividad caía también en el 25 de diciembre. Los evangelios nada dicen respecto a la fecha del nacimiento de Cristo, y por esta razón la Iglesia no lo celebraba al principio. Sin embargo, pasado algún tiempo, los cristianos de Egipto acordaron el día 6 de enero como fecha de Navidad y la costumbre de conmemorar el nacimiento del Salvador en este día fue extendiéndose gradualmente hasta el siglo iv, cuando ya estaba universalmente establecida en el Oriente. Pero la Iglesia occidental, que hasta finales del tercer siglo o comienzos del cuarto no había reconocido el 6 de enero como día de la Navidad, adoptó el 25 de diciembre como verdadera fecha y esta decisión fue aceptada después también por la Iglesia oriental. En Antioquía el cambio no se introdujo sino en el año 375, aproximadamente. ¿Qué consideraciones guiaron a las autoridades eclesiásticas para instituir la fiesta de Navidad? Los motivos para la innovación están declarados con gran franqueza por un escritor sirio cristiano: “La razón, nos dice, de que los Padres transfirieran la celebración del 6 de enero al 25 de diciembre fue esta: era costumbre de los paganos celebrar en el mismo día 25 de diciembre el nacimiento del Sol, haciendo luminarias como símbolo de la festividad. En estas fiestas y solemnidades tomaban parte también los cristianos. Por esto, cuando los doctores de la Iglesia se dieron cuenta de que los cristianos tenían inclinación a esta fiesta, se consultaron y resolvieron que la verdadera Navidad debería solemnizarse en ese mismo día, y la fiesta de la Epifanía en el 6 de enero. Por esa razón, y continuando la costumbre, se siguen encendiendo luminarias hasta el


Daniel Felipe Escobar Velásquez. De la serie: Entre manos/Lecturas apropiacionistas. Fotografía. 50 x 70 cm. 2015

día 6.°. El origen pagano de la Navidad está claramente insinuado, si no tácitamente admitido, por San Agustín, cuando exhorta a los cristianos fraternalmente a no celebrar el día solemne en consideración al Sol, como los paganos, sino en relación al que hizo el Sol. De modo semejante, León el Grande condenó la creencia pestilente de ser la Navidad solemnizada por el nacimiento del nuevo Sol, como fue llamada, y no por la natividad de Cristo. Parece ser, pues, que la Iglesia cristiana eligió la celebración del nacimiento de su fundador el día 25 de diciembre con objeto de transferir la devoción de los gentiles del Sol al que fue llamado después Sol de la Rectitud. Si esto fue así, no puede haber improbabilidad intrínseca en la conjetura de ser motivos de la misma clase los que pueden haber conducido a las autoridades eclesiásticas para infiltrar la fiesta de la Pascua de la muerte y resurrección de su Señor en la fiesta de la muerte y resurrección de otro dios asiático que cayese en la misma estación del año. Ahora bien, los ritos de Pascua que se celebran hoy día en Grecia, Sicilia e Italia Meridional tienen todavía analogías, en cierto modo estrechas, con los ritos de Adonis, y ya hemos

sugerido que la Iglesia puede haber adaptado conscientemente su nueva fiesta a la predecesora gentílica con el designio de conquistar almas para Cristo. Esta adaptación tuvo lugar probablemente en los lugares del mundo antiguo de habla griega, más aún que en el de habla latina, pues el culto de Adonis que floreció entre los griegos parece que hizo poca impresión en Roma y el Occidente; ciertamente nunca formó parte de la religión oficial romana y el lugar que pudo haber tomado en el afecto del vulgo pronto fue ocupado por el culto semejante, aunque más bárbaro, de Atis y la Gran Madre. Ahora bien, la muerte y resurrección de Atis se celebraba oficialmente en Roma el 24 y 25 de marzo, siendo considerada esta última fecha como la del equinoccio de primavera, y en consecuencia como el día más apropiado para la resurrección de un dios de la vegetación que estaba muerto o durmiendo todo el invierno. Pero, según una extendida tradición antigua, Cristo padeció en el 25 de marzo, y por esta razón muchos cristianos celebraron con regularidad la crucifixión en este día y sin relación al ciclo lunar. Ciertamente, se acostumbraba a hacerlo así en Frigia, Capadocia y Galia, y por esto creemos razonable pensar que en algún tiempo

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fue seguida también en Roma. Así, la tradición antigua que sitúa la muerte de Cristo en el día 25 de marzo estaba profundamente enraizada. Y ello es más notable, pues las consideraciones astronómicas prueban que no ha podido tener fundamento histórico. Parece, pues, que es inevitable la deducción de haber sido datada la pasión de Cristo para que armonizase con una fiesta del equinoccio primaveral más antiguo. Esta es la opinión del ilustrado historiador Monseñor Duchesne, quien declara que se hizo caer en dicha fecha la muerte del Salvador porque, según una tradición muy extendida, fue en ese día exactamente cuando se creó el mundo. También la resurrección de Atis, que reunía en sí mismo los caracteres de Padre divino y de Hijo divino, se celebraba en ese mismo día en Roma. Cuando recordamos que la fiesta de San Jorge en abril reemplazó a la antigua fiesta pagana de la Pailia; que el festival de San Juan Bautista en el mes de junio substituyó a la fiesta gentílica del agua en el solsticio estival; que la fiesta de la Asunción de la Virgen en agosto desalojó a la fiesta de Diana; que el día de Todos los Santos en noviembre es la continuación de una antigua fiesta gentílica a los muertos, y que la misma natividad de Cristo fue fijada en el solsticio hiemal por creerse que era el nacimiento del sol, difícilmente podrá juzgarse temerario o irrazonable conjeturar que la otra fiesta cardinal de la Iglesia cristiana, la solemnización de la Pascua de semejante manera y por motivos parecidos de edificación de las almas, pueda haber sido adaptada de una celebración similar del dios frigio Atis en el equinoccio primaveral. Es, por lo menos, una coincidencia notable, si no es algo más todavía, que las fiestas gentiles y cristianas de la muerte y resurrección divinas fuesen solemnizadas en la misma época del año y en los mismos lugares, puesto que los sitios que celebran la muerte de Cristo en el equinoccio vernal fueron Frigia, Calía y probablemente Roma, que son las regiones propias en las que el culto de Atis se originó o echó profundas raí-

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ces. Y es muy difícil considerar la coincidencia como accidental. Si el equinoccio de primavera en las regiones templadas es una estación del año en que la faz de la naturaleza entera testimonia un lozano remozar de la energía vital, y si este momento en que el mundo se renueva anualmente se ha considerado desde antiguo como la resurrección de un dios, nada más natural que emplazar la resurrección de una deidad nueva en ese mismo punto cardinal del año. Se ha hecho el reparo de que si se dató la muerte de Cristo en el 25 de marzo, según la tradición cristiana, en cambio su resurrección aconteció el 27 de marzo, que es exactamente dos días después de la resurrección de Atis y del equinoccio vernal del calendario juliano. Parecido desplazamiento de dos días acontece en las fiestas de San Jorge y de la Asunción de la Virgen. Sin embargo, otra tradición cristiana, seguida por Lactancio y quizá practicada por la Iglesia de la Galia, marca la fecha de la muerte de Cristo el 23 y la resurrección el 25 de marzo, por lo que, si esto fue así, su resurrección coincide exactamente con la resurrección de Atis. […] James George Frazer. Antropólogo británico, nacido en Glasgow (Escocia) en 1854 y muerto en Cambridge (Inglaterra) en 1941. Se le conoce, sobre todo, por La rama dorada, un ambicioso tratado de magia y religión que trata de explicar la cruenta sucesión del sacerdocio en un bosque consagrado al culto de Diana; una obra cuya primera versión se conoció en 1890 y que fue compendiada por el mismo Frazer en 1922, y que es, hoy en día, un clásico indiscutido de la etnología. También alcanzó celebridad entre sus colegas por obras como Totemismo y exogamia (1910) y El folclor en el Antiguo Testamento (1918). Fragmento extractado, con fines didácticos, del libro La rama dorada. Magia y religión con la traducción de Elizabeth y Tadeo I. Campuzano (México, Fondo de Cultura Económico, 1981, pp. 414-416).


El suplicio de Papá Noel Claude Lévi-Strauss

En Francia, las fiestas navideñas de

1951 habrán quedado marcadas por una polémica a la que tanto la prensa como la opinión pública parecen haberse mostrado por lo demás sensibles, y la cual introdujo en la alegre atmósfera habitual de ese periodo del año una inusitada nota de amargura. Hacía ya varios meses que las autoridades eclesiásticas, en boca de algunos prelados, habían expresado su desaprobación con respecto a la creciente importancia dada por las familias y los comerciantes al personaje de Papá Noel. Denunciaban una inquietante “paganización” de la fiesta de la Natividad, la cual distrae al espíritu público del sentido propiamente cristiano de esa conmemoración en beneficio de un mito sin valor religioso alguno. Esos ataques se desarrollaron en vísperas de la Navidad. Con mayor discreción sin duda, aunque con igual firmeza, la Iglesia protestante unió Daniel Felipe Escobar Velásquez. Mil palabras para una imagen #15. su voz a la de la Iglesia católica. En Collage. Corte de palabra por palabra a partir de los textos de la obra los periódicos ya habían aparecido que se encuentra en la parte anterior. 30 x 23 cm. 2016 cartas de lectores y artículos que daban testimonio, en diversos senAyer por la tarde, Papá Noel fue colgado de tidos pero por lo general hostiles a la posición las rejas de la catedral de Dijon y públicamente eclesiástica, del interés que este asunto había quemado en el atrio. Esa ejecución espectacudespertado. Por fin, el punto culminante se allar se llevó a cabo en presencia de varios centecanzó el 24 de diciembre, durante una maninares de niños de distintos patronatos y había festación que el corresponsal de diario Francesido decidida con el acuerdo del clero que había Soir relata en los siguientes términos: Papá Noel fue quemado en el atrio de la catedral de Dijon, en presencia de los niños de los patronatos1

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condenado a Papá Noel por usurpador y hereje. Se lo había acusado de paganizar la fiesta de la Navidad y de haberse instalado en ella como un pájaro cucú, tomando un lugar cada vez más preponderante. Se le reprochaba, sobre todo, el

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haberse introducido en todas las escuelas públicas donde el pesebre está escrupulosamente prohibido. El domingo a las tres de la tarde, el desgraciado hombre de barba blanca pagó, como muchos inocentes, por una falta de la cual eran culpables quienes iban a aplaudir su ejecución. El fuego abrasó su barba y el muñeco se desvaneció en el humo. Al término de la ejecución, se publicó un comunicado del cual se reproduce lo esencial: ‘Representando a todos los hogares cristianos de la parroquia deseosos de luchar contra la mentira, doscientos cincuenta niños, agrupados frente a la puerta principal de la catedral de Dijon, quemaron a Papá Noel.

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No se trataba de una atracción, sino de un gesto simbólico. Papá Noel ha sido sacrificado como holocausto. A decir verdad, la mentira no puede despertar el sentimiento religioso en el niño y no es, de ningún modo, un método de educación. Que otros digan y escriban lo que quieran, que hagan de Papá Noel el contrapeso del Père Fouettard.2

Daniel Felipe Escobar Velásquez. Inflaciones/”todo lo que sube…”. Registro fotográfico. 2015/2016

Para nosotros, cristianos, la fiesta de la Navidad debe seguir siendo la fiesta del nacimiento del Salvador’. La ejecución de Papá Noel en el atrio de la catedral fue apreciada en distinto grado por la población y provocó vivas reacciones, incluso entre los católicos. Por lo demás, esa intempestiva manifestación podría tener secuelas no previstas por sus organizadores. *** El asunto divide a la ciudad en dos bandos.

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Dijon espera la resurrección del Papá Noel asesinado ayer en el atrio de la catedral. Resucitará esta tarde, a las dieciocho horas, en el edificio de la municipalidad. En efecto, un comunicado oficial anunció que, como cada año, convocaba a los niños de Dijon a la plaza de la Liberación y que les hablaría desde lo alto del tejado de la municipalidad, donde circulará bajo las luces de los reflectores. El canónigo Kir, diputado y alcalde de Dijon, se habría abstenido de tomar partido en esta delicada cuestión.


Ese mismo día, el suplicio de Papá Noel pasaba a los primeros puestos de la actualidad; no había un solo diario que no comentara el incidente, algunos —como el citado France-Soir, periódico de mayor tirada de la prensa francesa— incluso llegaron a dedicarle el editorial. De modo general, se desaprueba la actitud del clero de Dijon; a tal punto, parece, que las autoridades religiosas juzgaron adecuado batirse en retirada o, por lo menos, observar una discreta reserva; se dice, empero, que nuestros ministros están divididos sobre la cuestión. El tono de la mayor parte de los artículos registra una sensiblería llena de tacto: es tan lindo creer en Papá Noel, no le hace daño a nadie, es motivo de grandes satisfacciones para los niños y los provee de deliciosos recuerdos para la edad madura, etc. En realidad, se escapa a la pregunta en vez de responderla, pues no se trata de justificar las razones por las cuales Papá Noel place a los niños, sino aquellas que llevaron a los adultos a inventarlo. Sea como sea, estas reacciones son tan unánimes, que no cabría duda de que existe un divorcio entre la Iglesia y la opinión pública en este punto. A pesar del carácter mínimo del incidente, el hecho reviste importancia ya que la evolución francesa a partir de la Ocupación nos había hecho presenciar una reconciliación entre una opinión ampliamente no creyente y la religión: el acceso a los consejos gubernamentales de un partido político tan netamente confesional como el MRP [Movimiento Republicano Popular] constituye una prueba de ello. Por otra parte, los anticlericales de siempre se percataron de la oportunidad inesperada que se les estaba brindando: son ellos, en Dijon y en otras partes, quienes se desempeñaron como protectores del Papá Noel amenazado. Papá Noel, símbolo de la irreligión, ¡qué paradoja! Porque en este asunto, todo sucede como si fuera la Iglesia quien adopta un espíritu crítico, ávido de franqueza y verdad, mientras que los racionalistas actúan como si fueran los guardianes de la superstición. Esta aparente inver-

sión de roles basta para sugerir que el ingenuo asunto abarca realidades más profundas. Estamos en presencia de una manifestación sintomática de una muy rápida evolución de las costumbres y las creencias, en primer lugar en Francia, pero sin lugar a duda también en otros lugares. No todos los días el etnólogo encuentra de esta forma la ocasión de observar, en su propia sociedad, el súbito crecimiento de un rito, y hasta de un culto; de investigar sus causas y estudiar su impacto en las demás formas de la vida religiosa; de tratar de comprender, finalmente, a qué transformaciones de conjunto, mentales y sociales a la vez, están ligadas algunas manifestaciones visibles sobre las cuales la Iglesia —dueña de una experiencia tradicional en estas materias— no se ha equivocado, por lo menos en la medida en que se llamaba a atribuirles un valor significativo. […]

Notas

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1 Nota publicada en France-Soir el 24 de diciembre de 1951. 2 El Père Fouettard, Padre Látigo, es un personaje imaginario que acompaña a San Nicolás y amenaza a los niños que se portan mal.

Claude Lévi-Strauss. Antropólogo francés, nacido en Bruselas (Bélgica) en 1908 y muerto en París (Francia) en 2009, poco antes de ajustar 101 años de edad. Fue el padre indiscutido del estructuralismo antropológico, orientación teórica y metodológica cuyas premisas fundamentales consignó en obras como Las estructuras elementales del parentesco (1949), Antropología estructural (1958), El pensamiento salvaje (1962) y Mitológicas (19641971). El texto que presentamos con fines didácticos es un fragmento de uno de sus ensayos más tempranos, “El suplicio de Papá Noel” (1952) en la traducción de Agustina Blanco (México, Fondo de Cultura Económica, 2014, pp. 15-19).

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Los muertos y las simientes Mircea Eliade

La agricultura, como técnica profana y como

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forma de culto, se cruza con el mundo de los muertos en dos planos distintos. El primero es la solidaridad con la tierra; los muertos, como las semillas, son enterrados, penetran en la dimensión ctoniana accesible a ellos únicamente. Por lo demás, la agricultura es por excelencia una técnica de la fertilidad de la vida que se reproduce multiplicándose; y los muertos son atraídos particularmente por ese misterio del renacimiento, de la palingenesia y de la fecundidad sin descanso. Semejantes a los granos enterrados en la matriz telúrica, los muertos esperan su regreso a la vida bajo una nueva forma. Por eso se acercan a los vivos, sobre todo en los momentos en que la tensión vital de las colectividades está en su máximo; es decir, en las fiestas llamadas de la fertilidad, cuando las fuerzas genésicas de la naturaleza y del grupo humano son evocadas, desencadenadas, exacerbadas por ritos, por la opulencia y por la orgía. Las almas de los muertos están sedientas de todo rebosamiento biológico, de todo exceso orgánico porque este desbordamiento vital compensa la pobreza de su sustancia y los proyecta en una corriente impetuosa de virtualidades y de gérmenes. El festín colectivo representa precisamente esta concretización de energía vital; un festín, con todos los excesos que implica, es pues indispensable tanto para las fiestas agrícolas como para la conmemoración de los muertos. Antaño, los banquetes tenían lugar junto a las mismas tumbas, para que el difunto pudiese agasajarse con el exceso vital desencadenado junto a él. En las Indias, las habichuelas eran la ofrenda por excelencia llevada a los muertos, pero eran consideradas al mismo tiempo como

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un afrodisíaco (Meyer, Trilogie, I, p. 123). En China, el lecho conyugal se encontraba en el lugar más sombrío de la habitación, allí donde se conservaban los granos, por encima del lugar mismo donde estaban enterrados los muertos (Granet, La religion des chinois, p. 27 ss.). El nexo entre los antepasados, las cosechas y la sexualidad es tan estrecho, que los cultos funerarios, agrarios y genésicos se interpenetran a veces hasta la fusión completa. Entre los pueblos nórdicos, Noel (“Jul”) era la fiesta de los muertos y, al mismo tiempo, una exaltación de la fertilidad, de la vida. En la fiesta de Noel (navidad) tienen lugar banquetes copiosos y frecuentemente es entonces cuando se celebran las nupcias y cuando se cuida de las tumbas (H. Rydh, Seasonal Fertility Rites, p. 8 1 ss.). Los muertos regresan en esos días para tomar parte de los ritos de fertilidad de los vivos. En Suecia, la mujer conserva un pedazo del pastel de bodas en el cofre de la dote para llevárselo consigo a la tumba. Del mismo modo, tanto en los países nórdicos como en China, las mujeres son sepultadas con su vestido de bodas (Rydh, op. cit., p. 92). “El arco de honor” levantado sobre el camino de la joven pareja recién casada es idéntico al que se levanta en el cementerio para acoger al muerto. El árbol de navidad (originalmente, en el norte, un árbol al que no se dejaban más que las hojas de la copa, “maj”) se emplea tanto en las bodas como en los entierros (ibídem., p. 82). Es inútil mencionar una vez más los matrimonios post mortem, reales o simbólicos, sobre los que regresaremos en otro sitio y cuyo sentido debe buscarse en el deseo de asegurar al difunto una condición vital óptima y una plenitud genésica.


Si los muertos buscan las modalidades espermáticas germinativas, no es menos cierto que los vivos necesitan también de ellos tara defender sus simientes y proteger las cosechas. Mientras Los granos permanezcan sepultados, se encuentran también bajo la jurisdicción de los muertos. La “tierra-madre” o la gran diosa de la fertilidad controla del mismo modo el destino de las semillas y el de los muertos. Pero estos últimos Daniel Felipe Escobar Velásquez. Écfrasis/Efecto bola de nieve. Vinilo adhesivo. están a veces más cerca del Acumulación de textos en corte plotter de exposiciones en museos y galerías. Medidas variables. 2013/2016 hombre y el labrador se dirige a ellos para que bendigan y sostengan su trabajo. (El negro es el color de muertos (Rantasalo, op. cit., III, p. 8 ss.). Los alela tierra y de los muertos). Hipócrates nos dice manes tienen la costumbre de esparcir sobre el que los espíritus de los difuntos hacen crecer y campo, con las simientes, tierra traída de una germinar las semillas, y el autor de los Geopotumba reciente, o paja sobre la que alguien ha nica sabe que los vientos (es decir, las almas de muerto (ibíd, p. 14). La serpiente, animal funelos muertos) dan la vida a las plantas y a todas rario por excelencia, protege las cosechas. En las cosas (cit. Harrison, Prolegomena, p. 180). primavera, al principio de las siembras, se ofreEn Arabia, Ia última gavilla llamada “el viejo”, cían sacrificios a los muertos para defender la es segada para el amo del campo, colocada en cosecha y cuidarla (ibíd., p. 114). una tumba y sepultada con oraciones con las cuales se pide que “el trigo renazca de la muerMircea Eliade. Filósofo, historiador y etnóte a la vida” (Liungman, I, 249). Entre los bamlogo nacido en Bucarest (Rumania) en 1907 y bara, cuando se derrama agua sobre la cabeza muerto en Chicago, Estados Unidos, en 1986. del cadáver acostado en la fosa ya lista para ser No se exagera cuando se le considera como llenada, se implora: “jQue los vientos, ya soel principal investigador en el tema de las replen del norte o del sur, del oeste o del este, ligiones en el siglo xx. En ese campo de estunos sean benéficos! ¡Danos lluvia! ¡Concédenos dios produjo obras todavía vigentes, tal como que tengamos una cosecha abundante!” (T. R. ocurre a propósito de El mito del eterno retorno Henry, “Le culte des esprits chez les bambara”, (1951), Lo sagrado y lo profano (1957) y el TrataAnthropos, III, 1908, pp. 702-7, 711). Durante la do de historia de las religiones (1964), fuente del siembra, los finlandeses sepultan en la tierra texto que ofrecemos, con fines divulgativos, osamentas de muerto (que toman del cemenen la traducción de Tomás Segovia (México, terio y que vuelven a llevar después de la coEdiciones Era, 1972, pp. 316-318). Eliade tamsecha), u objetos que pertenecieron a los muerbién fue autor de diarios de viaje, cuentos y tos. Si les faltan los unos y los otros, los granjenovelas, buena parte de ellos motivados por ros se contentan con la tierra del cementerio o su vasto conocimiento de la India. de una encrucijada por donde han pasado los

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Daniel Felipe Escobar Velásquez. De la serie: “Llevar leña al monte”. Fotografía. Intervención en libros de la historia del arte. Medidas variables. 2015


Minicuentos

14 Daniel Felipe Escobar Velásquez. Liberación de Sisifo. Registro fotográfico de acción. 2016

La misa del perro Manuel Hidalgo Sucedió el día de Año Nuevo, muy temprano. La mujer menudita y el perro menudito entraron en el templo a escuchar la Santa Misa. La mujer tomó agua bendita de la pila, se persignó y también hizo la señal de la cruz en la frente del perrillo, que iba protegido del frío por un abrigo escocés. Se sentaron en el último banco, a mi lado. Llegado el momento de darnos la paz, la mujer me extendió una mano y el perro me dio una patita. ¿Qué iba a hacer yo? “La paz sea contigo”, le dije al perro, que me miró con agradecimiento. Cuando llegó la hora de comulgar, la mujer me pidió que cuidara del chucho hasta su regreso, y allí Diciembre | 2016

nos quedamos, el perro y yo, lejos ambos del estado de gracia exigido. Que recuerde, yo nunca he mordido a nadie, pero el perro quizá tuviera ese pecadillo sin confesar. En fin, eso no era asunto mío, del mismo modo que mis asuntos no parecían ser de la incumbencia de aquel perro, el cual, al término del oficio, se mostró huidizo. Manuel Hidalgo (Pamplona, 1953) es periodista y escritor; ha publicado los libros El pecador impecable, Azucena, que juega al tenis, Olé, Todos vosotros, La infanta baila, Días de agosto, Cuentos pendientes y Lo que el aire mueve.


Cuento de Navidad Juan José Millás

Daniel Felipe Escobar Velásquez. De la serie: Entre manos/ Lecturas apropiacionistas.

Había dos posibilidades, una cara y la otra barata: o marcharse a una isla donde no se notara la Navidad, o adoptar frente a ella una actitud en la que lo que no se notara fuera él. La primera era imposible por razones económicas; en cuanto a la segunda, no sabía ni cómo se le había podido ocurrir, pues al repasarla le pareció una tontería. Hacía estas cavilaciones mientras bajaba por Serrano en dirección a Alcalá mirando los escaparates como si los leyera. El caso es que había recorrido la mitad de la calle sin resolver nada. Había visto cosas apropiadas, pero caras; otras tenían un precio razonable, pero no eran apropiadas; finalmente, había un tercer grupo de regalos que, siendo apropiados, resultaban baratos en exceso. Por eso, a medida que se reducían las posibilidades contemplaba los escaparates con una atención que empezaba a parecerse a la inmovilidad de la angustia. Algunas señoras llevaban abrigos de piel y se veían perros de diferentes tamaños paseando con desgana a sus dueños. En esto, advirtió que había llegado a la altura del Museo Arqueológico y, en un impulso impremeditado,

atravesó la calle y entró en él. Enseguida, se dejó llevar por la lógica arquitectónica del recinto y lo recorrió lentamente atravesando la Edad del Bronce y la del Hierro y la prehistoria de las islas Baleares; después, con la misma falta de intención, penetró en la arqueología ibérica, y fue en una de estas salas donde inopinadamente comenzó a cojear. Así, tras recorrer sin prisas el patio árabe, llegó a la Edad Media, donde le esperaba el arte visigodo y donde —otra extrañeza como la de cojear— se emocionó frente a la Corona Votiva de Recesvinto, perteneciente al tesoro de Guarrazar. Emocionado y cojo, recorrió el resto del museo y al final compró dos catálogos, libros y algunas postales de lo que más le había llamado la atención. Ya tenía todos los regalos resueltos. Una vez en la calle comprobó que, aunque todavía se notaba la Navidad, él había dejado de notarse a sí mismo, como si la ansiedad y la angustia —cimientos de su identidad— hubieran- sido sustituidas por la emoción y la cojera. Cojeó, pues, hasta la oficina, donde nadie advirtió los cambios operados en su modo de andar o en su mirada, y luego se marchó a casa para ocultar los regalos que intercambiaría con su mujer y sus hijos el día de Nochebuena. Tampoco allí notaron que cojeaba ni que estaba emocionado.

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Durante los días siguientes se acentuaron las alteraciones. Volvió un par de veces al Arqueológico, donde se había obsesionado con una humilde pieza prehistórica, hecha en barro, que parecía empeñada en transmitirle a través de los siglos un mensaje de su creador. Por otra parte, la cojera, al obligarle a caminar despacio, le ofrecía una visión inédita de la realidad. La vida empezaba, en fin, a tener el brillo que suelen ver en ella los resucitados. 2016 | Diciembre


La solución barata se había impuesto, aunque un poco al margen de su voluntad; el caso es que él había dejado de notarse como se deja de notar la Navidad en una isla del Caribe. Durante las cenas percibía algunas miradas de extrañeza procedentes de su mujer y de sus hijos, quienes, sin embargo, a pesar de la cojera y de la emoción, no se dieron cuenta de que en realidad era otro hasta el día de Nochebuena, cuando llegó la hora de intercambiar regalos y él sacó las postales y los libritos que había comprado en el Arqueológico. Llamaron al 092 y al poco fue a recogerlo un coche de la Policía Municipal que lo abandonó en un frenopático. Al firmar el registro de entrada, una burbuja de felicidad le estalló en el agujero del

pecho donde antes tenía alojada la angustia, al advertir que además de emocionado y cojo también se había vuelto zurdo.

Juan José Millas (Valencia, 1946) es escritor y periodista. Ha publicado más de treinta libros y su obra ha sido traducida a unos veintitrés idiomas. Algunos de sus libros con mayor reconocimiento son: Cerbero son las sombras, Papel mojado, Trilogía de la soledad, No mires debajo de la cama, La mujer loca y Articuentos completos donde aparece el cuento aquí publicado (Barcelona, Seix Barral, 2011, pp. 711-713).

Cuento de Navidad Ray Bradbury 16 El día siguiente sería Navidad y, mientras los tres se dirigían a la estación de naves espaciales, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo que el niño realizaría por el espacio, su primer viaje en cohete, y deseaban que fuera lo más agradable posible. Cuando en la aduana los obligaron a dejar el regalo porque excedía el peso máximo por pocas onzas, al igual que el arbolito con sus hermosas velas blancas, sintieron que les quitaban algo muy importante para celebrar esa fiesta. El niño esperaba a sus padres en la terminal. Cuando estos llegaron, murmuraban algo contra los oficiales interplanetarios. —¿Qué haremos? —Nada, ¿qué podemos hacer? —¡Al niño le hacía tanta ilusión el árbol! La sirena aulló, y los pasajeros fueron hacia el cohete de Marte. La madre y el padre fueron Diciembre | 2016

los últimos en entrar. El niño iba entre ellos, pálido y silencioso. —Ya se me ocurrirá algo —dijo el padre. —¿Qué…? -preguntó el niño. El cohete despegó y se lanzó hacia arriba al espacio oscuro. Lanzó una estela de fuego y dejó atrás la Tierra, un 24 de diciembre de 2052, para dirigirse a un lugar donde no había tiempo, donde no había meses, ni años, ni horas. Los pasajeros durmieron durante el resto del primer “día”. Cerca de medianoche, hora terráquea según sus relojes neoyorquinos, el niño despertó y dijo: —Quiero mirar por el ojo de buey. —Todavía no -dijo el padre-. Más tarde. —Quiero ver dónde estamos y a dónde vamos. —Espera un poco —dijo el padre.


El padre había estado despierto, volviéndose a un lado y a otro, pensando en la fiesta de Navidad, en los regalos y en el árbol con sus velas blancas que había tenido que dejar en la aduana. Al fin creyó haber encontrado una idea que, si daba resultado, haría que el viaje fuera feliz y maravilloso. —Hijo mío —dijo—, dentro de media hora será Navidad.

—Ya lo entenderás —dijo el padre. Hemos llegado. Se detuvieron frente a una puerta cerrada que daba a una cabina. El padre llamó tres veces y luego dos, empleando un código. La puerta se abrió, llegó luz desde la cabina, y se oyó un murmullo de voces. —Entra, hijo.

—¡Oh! —dijo la madre, consternada; había esperado que de algún modo el niño lo olvidaría. El rostro del pequeño se iluminó; le temblaron los labios.

—Está oscuro.

—Sí, ya lo sé. ¿Tendré un regalo? ¿Tendré un árbol? Me lo prometieron.

Entraron en el cuarto y la puerta se cerró; el cuarto realmente estaba muy oscuro. Ante ellos se abría un inmenso ojo de vidrio, el ojo de buey, una ventana de metro y medio de alto por dos de ancho, por la cual podían ver el espacio. El niño se quedó sin aliento, maravillado. Detrás, el padre y la madre contemplaron el espectáculo, y entonces, en la oscuridad del cuarto, varias personas se pusieron a cantar.

—Sí, sí. todo eso y mucho más —dijo el padre. —Pero… —empezó a decir la madre. —Sí —dijo el padre. Sí, de veras. Todo eso y más, mucho más. Perdón, un momento. Vuelvo pronto. Los dejó solos unos veinte minutos. Cuando regresó, sonreía. —Ya es casi la hora. —¿Me prestas tu reloj? -preguntó el niño. El padre le prestó su reloj. El niño lo sostuvo entre los dedos mientras el resto de la hora se extinguía en el fuego, el silencio y el imperceptible movimiento del cohete. —¡Navidad! ¡Ya es Navidad! ¿Dónde está mi regalo? —Ven, vamos a verlo —dijo el padre, y tomó al niño de la mano. Salieron de la cabina, cruzaron el pasillo y subieron por una rampa. La madre los seguía. —No entiendo.

—No tengas miedo, te llevaré de la mano. Entra, mamá.

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—Feliz Navidad, hijo -dijo el padre. Resonaron los viejos y familiares villancicos; el niño avanzó lentamente y aplastó la nariz contra el frío vidrio del ojo de buey. Y allí se quedó largo rato, simplemente mirando el espacio, la noche profunda y el resplandor, el resplandor de cien mil millones de maravillosas velas blancas. Ray Bradbury (Illinois, 1920-California, 2012) es un emblemático escritor norteamericano de ciencia ficción y literatura fantástica. Publicó más de treinta libros entre novelas, cuentos, poesías y piezas de teatro. Algunas de sus obras más conocidas son: Crónicas marcianas, Fahrenheit 451, El hombre ilustrado, Las doradas manzanas del sol, Remedio para melancólicos, La bruja de abril y otros cuentos y El vino del estío.

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Navidades, nunca Lina Meruane

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Daniel Felipe Escobar Velásquez. Ontología/ ”Al César lo que es del César” #2. Moneda, Cuero repujado. 2016

Acaba de cerrarse la pesada puerta metálica llevándose a los vecinos y yo sigo aquí, con la palabra navidad entre los labios, balbuceando la navidad ante este umbral que clausura ahora el vacío. El ascensor, los vecinos. Este incómodo paréntesis que se repite bajando en compañía del huraño armenio y su perro blanco, o subiendo junto al rabino ortodoxo pero antisionista que aparece muy de vez en cuando con el correo acumulado bajo el brazo. La incomodidad al subir o bajar o casi chocar de frente con la vieja rusa, esa que sigue preguntándome, cinco años después, si soy nueva en el edificio y desde hace cuánto. De la maestra de Nueva Inglaterra no sé más que los conflictos matrimoniales que me confidenció una tarde camino a las lavadoras para luego fingir, dentro del ascensor, en los pasillos, que no me conoce. Tampoco la cantante japonesa que queda a cargo de nuestras planDiciembre | 2016

tas este diciembre sabe cómo me llamo ni qué celebro. Todos esos vecinos, toda esa mezcla de credos y ateísmo emprendiendo juntos breves viajes hacia el último piso o hacia el subterráneo, pienso con la navidad todavía atravesada en la garganta. Toda una comunidad dispersa: acabo de constatarlo. Hace apenas unos minutos veníamos cargando bolsas que podían o no contener paquetes para poner debajo de algún árbol, que quizá llevaran dentro cajas de pasteles para acabar la gran cena del 24. Pero quizá no. Quizá yo estuviera equivocada. Guardé silencio ante el misterio de esos bultos. Aguanté el aliento y ascendimos apretados y mudos tras accionar los desvencijados botones –el 6 todavía lustroso, el 5 desgastado por el continuo roce de los dedos, el 4 ya completamente desvanecido. Aquí me bajo, pensé, con mis bolsas llenas de regalos. Pero al abandonarlos quise despedirme, y lo que surgió fue un educado aunque posiblemente equívoco deseo de felicidad. Porque mientras pronunciaba la palabra feliz los miré y advertí sus rostros distraídos, demacrados, unas caras que no hacían presagiar ninguna fiesta. O quizá sí, quizá otra fiesta que no sería navideña. Y entonces me detuve y vislumbré que aquí en Nueva York nadie me desea jamás una navidad ni alegre ni desgraciada sino más bien unas felices fiestas, unas felices vacaciones, incluso muchas, muchísimas felicidades. Navidades, nunca.

Lina Meruane es escritora y periodista cultural chilena (Santiago de Chile, 1970). Ha publicado el libro de cuentos Las infantas y las novelas Póstuma, Cercada, Fruta podrida y Sangre en el ojo.


Las tres porcelanitas Fabio Humberto Giraldo Jiménez

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no llega a tener cosas en la casa que son tan naturales y obvias, que están siempre en el mismo sitio y más allá del tiempo de uno, aunque no las vea. Eso siempre me ocurrió con las tres miniaturas de porcelana que muy recién casados compramos mi esposa y yo, hace cuarenta años, en uno de esos múltiples almacenes de bisutería que todavía son tradición comercial en el centro de Medellín. Ella eligió dos damas victorianas, y yo un dandi un tanto más moderno, como prueba de que las diferencias en épocas de amor son pasajeras. Para recién casados, cualquier compra para adornar la casa es amor y las cosas que se consiguen se contagian, así sea una cobija, una almohada o una acuarelita. Y así también se va llenando la casa de enseres; útiles unos, sólo para que estén ahí en su sitio, para mirarlos sin tocarlos, o útiles otros, para usarlos como escoba. En general, son más las cosas que uno va consiguiendo para adorno y para verlas, aunque no las use nunca. Y esas son las que van ocupando su sitio como si fueran dueñas de la casa. De vez en cuando se mueven para limpiarlas, pero terminan en el mismo sitio; inservibles para el uso, pero amables para la vista. Así, un cuadro, una foto familiar, un reloj viejo, una computadora ya casi en desuso, una alacena que estorba, una lámpara de pie a la que hay que hacerle esguince de futbolista, una silla atravesada, un gato que lo mira a uno como intruso, unas ollas que ya no sirven, pero que no se botan, unos pocillos viejos en los que el tinto sabe mejor, unas chancletas que suenan como timbales, unos zapatos que por su vejez se acomodan a los dedos, una pijama tan usada que es transparente, una pantaloneta deshilachada pero cómoda, un televisor que no es para uno,

Daniel Felipe Escobar Velásquez. Ontología/ ”Al César lo que es del César” #2. Moneda, Cuero repujado. 2016

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pero que hay que tenerlo para las visitas, un equipo de sonido que suena gangoso, pero que pone la música que a uno le gusta, una llave de agua que siempre gotea, algunas matas que se conservan solas, unos libros que compró hace años y que ya no leerá, un colchón que molesta por los baches, pero que está lleno de recuerdos, un armario lleno de ropa que ya no le queda, pero no regala, unos grillos que chillan toda la noche, unos pichones que te despiertan antes de tiempo. Y aún, llega uno a familiarizarse con las cucarachas y las hormigas, pactando una especie de cese al fuego bilateral. Son las cosas de la casa que no se ven, pero que viven con uno y sin las cuales uno no es uno y a las cuales espera encontrar siempre que abre la puerta. Pero ocurrió que dos días después de jubilado y con los músculos tensos aún para el trabajo, 2016 | Diciembre


apechugados y faldas hasta el suelo y con ese rostro que suelen lucir las reinas vírgenes, y de un dandi con bombín y una sombrilla en que se apoyaba coquetamente con la indiferencia y la seguridad del que las tiene a todas. Pues bien; limpié a las damas con la donosura con la que debe hacerse para esa suave belleza porcelanizada. Pero, en un maldito descuido, se me cayó el dandi. Sinceramente, se me acabó la jubilación porque sentí que había destruido la mitad de la casa y, por supuesto, cuarenta años de matrimonio, porque sabiendo como sé que las mujeres tienen la petrificada idea de que cada cosa tiene lugar propio y natural que no cambia, como decía Aristóteles, entré en auténtico pánico. Pero, armado de valor, busqué el modo de restablecer el terremoto y traté de pegar las partes del caballero inglés. Torpe en asuntos de artesanía, no sólo me pinché con una de las puntas, sino que lo dejé chueco y sin sombrilla y, aun así, y con el miedo intacto, me aperé de marrullería y recibí a mi esposa con las mejores zalamerías tratando de que no mirara hacia el desastre.

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Fue imposible, porque no hay nadie en el mundo más territorial y curioso que una mujer y un gato. En un solo golpe de vista vio al dandi cojo y descoquetado. Daniel Felipe Escobar Velásquez. Una y tres formas de ver un objeto inútil/Estuche para una escalera. 2013

pero sin nada que hacer, me dio por arreglar la casa con la torpeza de quien sólo ha sido oficinista. Cogí una escobilla y limpié la biblioteca, y de pronto me pareció que las tres porcelanitas estaban empolvadas. Se trata, como he dicho, de dos damas inglesas victorianas que ya tenían, al menos en mi casa, cuarenta años de vida digna luciendo sus atuendos cortesanos, con sombreros enflorecidos, talle ceñido, senos Diciembre | 2016

Pues bien, amigos míos, todavía estoy expiando la culpa porque no me aceptó la mentira de que el culpable había sido el gato, con quien las tres porcelanitas habían convivido amablemente durante muchos años, ni mi argumento defensivo de que estaba más enamorada del dandi que de mí. Fabio Humberto Giraldo Jiménez fue docente, director del Instituto de Estudios Políticos y de Posgrados de la Universidad de Antioquia.


Prográmate CON EL MUSEO UNIVERSITARIO Visita el Museo Universidad de Antioquia ¡Vive el Museo! Horario especial del 12 al 23 de diciembre: Lunes a viernes: 8:00 a. m. a 3:45 p. m. Sábado 3 de diciembre: 9:00 a. m. a 12:45 p. m. Sábados 10 y 17 de diciembre y desde el 24 de diciembre de 2016 haste el 16 de enero de 2017 no hay servicio al público. #ViveelMuseo #MuseoUdeA #Museos Si no tienes vínculos con la Universidad de Antioquia y deseas visitar y participar de las actividades del MUUA, puedes solicitar el permiso de ingreso con 24 horas de anticipación marcando al número de teléfono: 2198186 Para estar enterado de noticias, próximas exposiciones y demás actividades del museo, visita nuestra web http://museo.udea.edu.co. Estamos también en Facebook, Twitter, YouTube y Flickr. Mayores informes: 2198185

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Visitas guiadas Recorridos por las salas temporales y permanentes del MUUA Duración: dos horas. Cupo máximo: 40 personas por recorrido Mayores informes: 2198186 / educacionmuseo@udea.edu.co

Tallernautas 3 de diciembre Ciclo: Las vacas de fin de año. Hora: 10:20 a. m. Lugar: Hall entrada al MUUA. Costo: $ 4.000 Mayores informes: 2195185 / proyectoseducacionmuseo@udea.edu.co

Títeres en escena 3 de diciembre: ¡¡¡Amááá!!!: ¿dónde están los buñuelos? Hora: 11:30 a. m. Lugar: Auditorio principal MUUA Mayores informes: 2195185 / proyectoseducacionmuseo@udea.edu.co

Cursos y talleres en el MUUA Talleres teórico prácticos sobre las colecciones Duración: dos horas; cupo máximo: 25 personas por taller Costo: Instituciones públicas: $3.000 / instituciones privadas: $6.000 por persona Mayores informes: 2198185 /coordinacioneducacionmuseo@udea.edu.co

Exposiciones de larga duración • Colección de Antropología: constituida en 1943, conserva alrededor de 35.000 objetos del patrimonio cultural de Colombia. • Colección de Ciencias: compuesta por una serie de montajes permanentes, temporales y murales enfatiza en especies nativas de animales colombianos.

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Exposiciones Temporales Convocatoria de Creación de Auxiliares Administrativos del Museo Universitario y Guías Culturales del Departamento de Extensión Cultural de la Universidad de Antioquia 2016 Exposición hasta el 31 de enero de 2017. Fotos: https://www.flickr.com/photos/museoudea/albums/72157676387869915 43° Salón Nacional de Artes Visuales Universidad de Antioquia Exposición hasta el 16 de diciembre de 2016. Kaiuaido es un vocablo Minika que se identifica perfectamente con las intenciones, pues tras esta expresión hay una afirmación universal que reconoce el territorio como vínculo con la memoria, la historia y el patrimonio de los pueblos. Un Salón que se propone abordar la noción de las lenguas y culturas nativas, y la conexión con la tierra y la tradición de los diferentes pueblos que habitan en Colombia a partir de los recursos del arte contemporáneo. Fotos: Las fotos las puedes seleccionar y descargar en el siguiente link: https://www.flickr.com/photos/ museoudea/albums/72157675408183566 (((Eat rain)) Exposición hasta el 31 de enero de 2017. Muestra nacional de Arte Sonoro (((Eat rain))) que da cuenta de esa manifestación intermedia que hay entre el ruido y la música, aquello que, bien provenga de un entorno de producción natural, como el cascabeleo de las piedras, o de uno culturizado, como el tañido de una guitarra, no es ni ruido ni es música. La tecnología de los nuevos medios de comunicación y la capacidad creativa de los autores se entremezclan para hacer de esta una exposición interactuante. Fotos: https://www.flickr.com/photos/museoudea/albums/72157671652243423

Conciencia de un nuevo país Exposición hasta mayo de 2017. Esta es una exposición que reúne las biografías de varios de los personajes que fueron violentamente callados por ser comunicadores y constructores de paz, pues la expresión “la paz en Colombia” no es propia solo del año 2016; en el momento en que se comenzó a hablar de “la violencia en Colombia” esta trajo consigo su antítesis y esta, a su vez, sus voces defensoras, voces que, gracias a esta exposición, podremos recordar y homenajear. Fotos: https://www.flickr.com/photos/museoudea/albums/72157674875701341

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Inscripciones Programa Voluntariado Cultural Más de 20 cursos de manualidades, artes y oficios. Matriculas abiertas al 5 de diciembre de 2016 Inicio de clases: 6 de febrero de 2017. Duración de los cursos: 32 horas Costo por curso: $40.000. Mayor información: http://museo.udea.edu.co o comunicándose a educacionmuseo@udea.edu.co / 2198186

Maletas viajeras Maleta didáctica con contenidos específicos y representativos de las colecciones del Museo. Duración de préstamos, sin costo: entre 15 días y 1 mes. Mayores informes: coordinacioneducacionmuseo@udea.edu.co / 2198185

Programa radial Punto de Encuentro Emisora Cultural Universidad de Antioquia Todos los lunes de diciembre. Hora: 8:30 a. m. Sintonícelo en: Valle de aburra 1.410 AM; Urabá: 102.3 FM; Bajo Cauca: 96.3 FM; Oriente 101.3 FM; Suroeste: 100.9 FM; Occidente 93.9; Magdalena Medio 94.3 2016 | Diciembre


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