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artículos/ ensayos/ noticias

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_________________________________ Proyecto de elpoemaseminal para conmemorar y dar seguimiento puntual a los textos, celebraciones, actividades y todo lo relacionado con el centenario del nacimiento del poeta y ensayista Octavio Paz Lozano, Premio Nobel de Literatura 1990, en México y por todas partes. Se trata de una recopilación permanente de publicaciones. En 2014 también se conmemoran los centenarios de Julio Cortázar, Efraín Huerta, José Revueltas y José Revueltas, todos ellos amigos cercanos de Paz.

COMITÉ

EDITORIAL

Sergio Cárdenas Adolfo Castañón Leopoldo Cervantes-Ortiz (coord.) Julio César Félix Ricardo Hernández Echávarri Eduardo Langagne Santiago Montobbio Angelina Muñiz-Huberman

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Alfredo C. Villeda PACHECO Y PAZ 3

Leonardo Páez ¿LA FIESTA EN PAZ? 4

Lucas Martín O CTAVIO PAZ Y LA REFUTACIÓN DEL EDÉN 6 Karlos Navarro EL MEXICANO, LA HISTORIA Y OCTAVIO PAZ

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Armando González Torres REYERTAS EJEMPLARES 11 Margarito Cuéllar P OETAS COMBATIENTES 16 Óscar de Pablo EL RELOJERO DIVINO

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19 L A VIDA DE O CTAVIO PAZ ES LLEVADA AL CINE 22 Niza Rivera PAZ, HUERTA Y REVUELTAS: VISIÓN DIGITAL DE JUAN PABLO RULFO 23 Héctor Guardado CELEBRARÁ C OBAES 100 AÑOS DE OCTAVIO PAZ 23 SELLO POSTAL CONMEMORARÁ CENTENARIO DE OCTAVIO PAZ


artículos

En un lapsus maravilloso la semana José Emilio Pacheco (JEP) tenía 25, 26 años, cuando recibió una invitación que, a juzgar por la documentación disponible, rechazó sin más argumento que estar “abrumado de trabajo”: participar en una antología poética imaginada en primera instancia por Octavio Paz. La propuesta en persona fue del editor Arnaldo Orfila, pero la sugerencia de incluir a JEP como coautor fue del entonces embajador de México en Nueva Delhi. Era 1 de julio de 1965. Paz tenía la certeza de que una antología general de la poesía en lengua castellana sería para el Fondo de Cultura Económica (FCE), encabezado entonces por el propio Orfila, fundamental y bastaría para que se recordara la labor de ese sello editorial en el campo de la cultura hispanoamericana por muchos años. La variante planteada era hacer una selección colectiva, en la que figurarían “Alí Chumacero, Montes de Oca, Pacheco o Sabines”. Orfila y Chumacero consideraban que Montes de Oca y Sabines “no tenían la suficiente información sobre la literatura mexicana como para poder actuar con juicio crítico”, además de que Pacheco declinaba participar, por lo que propusieron incluir a Huberto Bátiz, a quien Paz impugnó, pese a ser “un joven de

talento, pero no poeta”. Y sugería a Orfila “insistir un poco” con Pacheco, a quien “de seguro podría convencer”. Fue así como se fue configurando la alineación para seleccionar la antología: Octavio Paz, Alí Chumacero y Homero Aridjis. Pero JEP no cedía. “Quienes han de colaborar con nosotros irán a mi casa a manejar los libros que se requiera. Pacheco parece renuente a aceptar […] Yo insistiré con el objeto de que se decida”, escribe Orfila a Paz el 7 de septiembre de 1965, cuando ya se barajaban los nombres de los poetas a figurar en el libro. Diez días después, la labor del editor fructificó y quedó completo el comité de selección. Paz pasó entonces al tema de la definición de qué antología iban a preparar. El asunto desembocó, como era de esperarse, en un intenso intercambio no pocas veces áspero, pero respetuoso al límite y de una admiración mutua no solo entre Orfila y Octavio, sino del poeta con sus colegas Chumacero y Pacheco. Hay que recordar que Paz, de 51 años, ya era una figura mundial de la literatura que no solo era traducido en varias lenguas, sino que era un promotor incansable de autores extranjeros para ser publicados en español. Sus cartas que perfilan la edición de Poesía en movimiento, título tomado precisamente de sus argumentos para la antología, son ensayos en los que un saludo, una puntualización, un disenso, se convierten en una disertación literaria. Cuando los ánimos se encendían con los desacuerdos por la selección de poetas o poemas, hay por lo menos dos momentos en que Pacheco parece entrar en desesperación y hace énfasis en el cierre de sus cartas: “Espero con auténtica ansiedad su respuesta en dos líneas”. En medio de la crisis del FCE y la salida de Orfila, el plan del libro se va completo al nuevo sello del editor, Siglo XXI, donde finalmente se publicó, ya con 34 reimpresiones al cierre de 2010. El 9 de agosto de 1966, Paz plantea su enésima advertencia de bajarse del proyecto, esta vez cuando el libro ya llevaba un adelanto en términos de producción. Y es severo: “Por lo visto Alí y José Emilio se han decidido por el criterio que convinimos en llamar de ‘decoro’ literario. Así pues, será una antología más […] Incluir a Torres Bodet y compañía en un libro que se llamará Poesía en movimiento es como cargar de piedras a una bailarina”. En una suerte de despedida, Paz descarta fracturas en la relación con el comité y el editor. Escribe: “¿Y qué decir de José Emilio Pacheco? Le debo muchos gestos de amistad. Pero la gratitud — aunque también cuenta— no es lo que me hace lamentar no aparecer a su lado como coautor de la antología. Ser compañero de un poeta joven es, para mí, un premio (iba a escribir una palabra imbécil: una

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consagración). Desde que conocí a José Emilio me interesaron su obra y su persona. Lo he seguido de cerca. Lo seguiré. Es mi amigo.” En su respuesta, ocho días más tarde, Pacheco tampoco se ahorra firmeza ni elogios: “La distinción entre decoro y aventura no me parece del todo exacta: en una antología de la aventura difícilmente pueden figurar muchos de los poetas que usted propone —y desde luego yo nada tengo que hacer en ella. Tendría que reducirse, de hecho, a cuatro o cinco poetas, e incluirme ahí, siendo su coautor, me parece una hipocresía o, lo que es peor, una estupidez”. Y le reafirma su admiración, gratitud y afecto. El lector encontrará todos los detalles de este fascinante episodio de la literatura mexicana en el libro Cartas cruzadas, de Octavio Paz y Arnaldo Orfila, editado por Siglo XXI Editores. www.am.com.mx/notareforma/3924 www.milenio.com/firmas/alfredo_c_villeda/PachecoPaz_18_237756228.html

En una venturosa frase no siempre por él aplicada, Octavio Paz afirmó: “Los poetas deben conocer los oficios de los hombres”, sabedor de que la poesía se nutre de lucidez individual y solidaria y de que el quehacer humano es retroceso y evolución, pues al individuo, históricamente

engañado y diariamente embaucado, lo convencieron de que en la democracia el ciudadano manda y de que al público hay que darle lo que pida, confundiendo imposición con petición. Ante esta falta de opciones se explica el auge de tanto cinismo y tanta vulgaridad propagada, muy lejos del principio de que al público no hay que darle lo que supuestamente pida, sino enseñarlo a exigir. No se requería que Paz hubiese sido aficionado, como lo fueron Villaurrutia, Pellicer, Solana, Huerta o Chumacero, o Papini, Ortega y Gasset, Hemingway, Cocteau, Lorca, Alberti, Bergamín o Picasso, entre otros; se necesitaba –la salud de nuestra fiesta de toros lo necesitaba– que su genio literario, su aguda inteligencia y su cultura vastísima hubieran admitido el desdeñado tema dentro de su pensamiento crítico y en las publicaciones que dirigió, ya fuera para objetarlo o para ponderarlo, pero incorporándolo al análisis inteligente y multidisciplinario. Sin embargo, la tradición y la personalidad taurina de México ha sido una de las realidades culturales proscritas por el grueso de los intelectuales y artistas ataurinos de nuestro país. Quizá, como afirmaba José Antonio Alcaraz, la fiesta de los toros no me parece que sea anacrónica, como no es anacrónica la música de concierto o la siembra del maíz, lo que sucede es que se han diversificado mucho los espectáculos y hay otros mecanismos de consumo. Como todo rito, seguramente también los toros se habrán banalizado. Y con respecto al alejamiento de los intelectuales de la tauromaquia, remataba: Bueno, sería lo mismo que asumir la notoria separación del público taurino de las actividades intelectuales. Todo tiene dos sentidos y se ve. En cualquier caso, la frágil relación intelectualidad-fiesta de toros mantiene a ésta a merced de taurinos y autoridades, tan confiables como un banco o un legislador. El año pasado (La Jornada, 22 de septiembre de 2013) el poeta y escritor José Emilio Pacheco, fallecido hace ocho días, utilizó una frase impensable en él: Creo que ya es el momento de la retirada. Pero no. Soy como esos toreros que dicen que se van, pero siempre vuelven. Quiero suponer que fue la única vez que el hombre aludió en público a un tema que siempre le intrigó, pero que consideró culturalmente incorrecto abordar. Fue el primer poeta que leí, confesó José Emilio tras obtener el Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca, que el 10 de octubre de 2005 le otorgó el ayuntamiento de Granada, España, por la intensidad y calidad de su obra poética y por la reflexión crítica respecto al mundo actual.

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Fuera de discusión el trabajo literario de Pacheco, sin embargo, si algo se resiente en su obra es que, en la línea de Reyes, Torri, Paz y otros grandes autores mexicanos, nunca se interesó por abordar, en contra o a favor, el fenómeno taurino, no obstante aquel llamado de que los poetas deben conocer los oficios de los hombres. Ante lo que sostenía Juan Ramón de la Fuente, entonces rector de la UNAM, en su prólogo al embarullado Pregón de Sevilla, de Carlos Fuentes, no fue Lorca un gran aficionado —un asistente asiduo a las plazas y conocedor de la técnica y de las reses— sino un poeta, dramaturgo y escritor que no tuvo inconveniente en interesarse por tan rico fenómeno cultural y en reflexionar en voz alta en torno a una de las expresiones más originales de su pueblo, ya en conferencias, discursos, dibujos, artículos, ensayos o poemas, sobre todo el inmenso “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”, su admirado alter ego macho y pareja de su entrañable amiga La Argentinita, bailaora, cantante y coreógrafa excepcional. Un guiño desde otro plano pareció hacerle el intenso y talentoso Federico a su colega José Emilio al obtener éste el premio que lleva su nombre. Quienes no divorciamos la cultura de la genuina expresión tauromáquica, hubiéramos agradecido infinito un texto de Pacheco sobre el particular. Seguramente Lorca y la agónica fiesta también.

En su sólida tradición de armar carteles de espaldas al público y sin los mínimos de sensibilidad empresarial taurina, los promotores de la Plaza México anuncian una bonita combinación para este 5 de febrero: el rejoneador Pablo Hermoso de Mendoza y el mano a mano entre Joselito Adame y Octavio García, El Payo, para lidiar un encierro de Fernando de la Mora. Muchos hubieran preferido a Arturo Saldívar, a Fermín Rivera, a Federico Pizarro o a Sergio Flores completando el cartel en vez del predecible caballito. www.jornada.unam.mx/2014/02/02/opinion/a09o1esp

El Nobel mexicano, de cuyo nacimiento se cumplen ahora cien años, dio la réplica histórica a Aleixandre al descubrir una Málaga, la de 1986, decadente y encajada entre moles rígidas. A pesar de que todavía no había seducido a la academia sueca, el poeta mexicano era una figura mayúscula de la literatura la primera vez que vino a Málaga. Contaba ya con reconocimientos como el Cervantes. Y, sobre todo, un prestigio entre lectores y crítica que se mantiene intacto, tanto por la originalidad de su obra como por su consistencia intelectual y artística. En 1986, como recuerda Gimferrer, lleva casi bajo el brazo el armazón de su poemario Árbol adentro, que sería presentado unos meses después. Un poeta que fue una corriente en sí mismo; lírico, vanguardista, de tierra y zarza ardiente, metafísico y solar. Estuvo de pie, casi como un ídolo en la selva, amagando con arrancarse por sevillanas, contándole maldades y versos de Lope de Rueda frente a una botella a su amigo Pere Gimferrer. Pero, sobre todo, con ese sentido del humor de resonancia enciclopédica que dicen que brotaba cada vez que cerraba el cuaderno. El poeta, al fin, caminando por las calles de las que le habían hablado por todo tipo de noches y latitudes sus colegas de la tierra, aunque no precisamente generoso en el juicio, ni siquiera con la visión anestesiante del mar.

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Octavio Paz se reconcilió con Málaga como suelen ocurrir estas cosas; con el cariño de la gente y buenos ratos bajo el disco declinante de la tarde, casi siempre en combustión. Incluso, con tanta intensidad como para derrumbar la resistencia y ponerle a garabatear figuras de nostalgia entre Veracruz y la Costa del Sol. Pero la primera impresión no fue precisamente epatante, pese a la sabia conducción de Gimferrer y de tantos otros por las catacumbas locales de la poesía. El Nobel mexicano había oído hablar con entusiasmo de Málaga. Se sabía de memoria las pisadas de Altolaguirre, de Cernuda, de Moreno Villa, de Prados. Y venía guiado por el eco descollante de la generación de Pérez Estrada. Buenos atributos todos ellos para atemperarle el ánimo de partida, aunque no para taponarle la sensibilidad hacia el exterior. La ciudad, en ese tiempo, 1986, era otra, quizá una trampa, un cuerpo ocre y borroso persiguiendo bajo la niebla, como en ese magnífico poema de Paz, futuros y pasados esplendores. Más que un jardín, Málaga estiró un felpudo para darle la bienvenida a un coloso de la literatura. Y de la conjunción, en la primera cópula, saltaron chispas. Octavio Paz se sacaba México de los ojos y miraba a su alrededor. Y lo que acertaba a ver era la gran pedrada de los bloques de protección oficial columpiándose sobre la mediana del océano; un horizonte de flores monstruosas. Suficiente para hacerle perder la raya diplomática y

sucumbir a los calores irritados de su imaginación. Cuentan en los mentideros literarios que fue entonces cuando pronunció su famosa frase, tantas veces remendada y musitada en abrevaderos agolpados bajo la luna; casi como si fuera material ligero y al mismo tiempo pesado, como reírse de la madre o del obispo en un acceso histérico de camaradería claustral. Paz miraba a un lado y a otro. Y lo dijo: “¿Ciudad del Paraíso? Sin duda el amigo Vicente Aleixandre debía de estar bebido”. El sopapo recíproco que supuso el bautismo del poeta en la Costa del Sol no tardó sin embargo en suavizarse. El escritor, que había venido a recitar los poemas de Árbol adentro y Salamandra en la caja de ahorros de Ronda, invitado por la cuadrilla del Centro Cultural Generación del 27, acabó pasándoselo en grande, siempre a la vera de su amigo y camarada Gimferrer. El poeta catalán airearía el encuentro con cariño, hablando “del punzón de la luz del sol engastado en la bóveda clara” y dejando entrever la lasitud de una tarde socavada por grandes risas y juegos de ingenio derramados sobre las terrazas. A Octavio Paz, pese al espanto inicial, no debió asustarle mucho la provincia, en la que recibió numerosos homenajes. Antes, incluso, de la concesión del Nobel, en esa etapa bendita para los que eran alguien en la que nunca faltaban los saraos ni el lujo. Ni siquiera entre poetas, suntuosamente más cercanos, como reza el tópico, al desabrigo, la roña y la desesperanza. Al menos que vinieran de México, donde además de Pacheco, Sabines o José Gorostiza, estaba Octavio Paz, al que no le hacía falta empapar su alma en cianuro para estar un peldaño por encima de casi todo lo que se escribía y se escribe en castellano. Quizá de todos los tributos que recibió en aquellos años, el mejor y más aflautado fue el de Marbella, donde la pintora Dina Cosson le montó una fiesta de aúpa para celebrar su obra y la de Luis Rosales. “Noche de los poetas y de las musas”, le llamó. En la suite del Dinamar, la más cara del mundo. Con jardines casi tan monumentales como los que el pensador mexicano vería en sus viajes a la India. Al final acabaría creyendo en Aleixandre. Un poco. Y, sobre todo, en su obra poética. Los edificios sobre el mar seguían estando ahí. Y eran igual de amenazantes. Pero a Octavio lo trataron bien. www.laopiniondemalaga.es/malaga/2014/02/08/octavio-pazrefutacion-eden/651893.html

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Ernst Bloch insistió en llamar “la simultaneidad de lo no simultáneo”, no sólo a la superposición de diversos pasados, sino a una superposición de las diferentes tendencias del presente. Esos rezagos de épocas pasadas o esa superposición de tiempos diversos aparecen analizados a través de la obra ensayística de Octavio Paz. “Las épocas viejas nunca desaparecen completamente y todas las heridas, aun las más antiguas, manan sangre todavía. A veces, como las pirámides precortesianas que ocultan casi siempre otra, en una sola ciudad o en una sola alma se mezclan y superponen nociones y sensibilidades enemigas o distantes”. Estas heridas, en palabras de Fernando Braudel, son el pasado que no se ha rescindido, y que combinan más con el sentimiento conservador del siglo XIX. En México, y por ende en América Latina, esta simultaneidad y remanencia del pasado se presenta de diversas formas. En el arte, según Paz, como postmoderna, y desde el punto de vista político, social y moral como post-ideológica.

La superposición de diversos pasados, problemas irresueltos y superpuestos, es lo que produce la violencia. La expresión máxima de esta violencia la encuentra Octavio Paz plasmada en la masacre de octubre del 68 en la plaza llamada Tlatelolco. Esta masacre, según Paz, fue más bien un rito, un sacrificio, en el que la huella del pasado retorna cíclicamente. En el pasado azteca y sus densos símbolos está cifrada la historia verdadera del mexicano: lo que sucede, el suceder visible; por ejemplo: esos 325 muertos, miles de heridos y encarcelados, son apenas una sombra sin vida de lo que se oculta en el fondo. Según Paz, el mundo azteca fue una de las aberraciones de la historia, y esa masacre “es el fruto de un sistema de implacable e impecable coherencia, un irrefutable silogismo”. A través de la identidad del ser mexicano, que Paz define como alguien “que busca su estirpe, sus orígenes” y al mismo tiempo no se arriesga a “ser él mismo”, el mexicano busca esa diversidad de pasados que viven en el presente. En un esfuerzo por definir al mexicano, trata de desenmascarar la identidad que oculta, captar su modo particular de ser, manifestarse, sentir y vivir, a través de la comparación de México con los Estados Unidos. En el pachuco (una especie de punk mexicano que habitaba en los Estados Unidos de los cincuenta y que representaba rebeldía y desadaptación) Octavio Paz encuentra esa máscara dolorosa y exhibicionista del mexicano que vive de los sentimientos más encontrados, en un viacrucis vital efusivo, amargo, exasperado, en el que al final de su camino se topa con el calvario de su propia soledad. El pachuco es, pues, la manifestación explosiva de los elementos que definen la identidad mexicana: reservado, violento, ensimismado y solitario. “Y nuestra soledad aumenta porque no buscamos a nuestros compatriotas, sea por temor a contemplarnos en ellos, sea por un penoso sentimiento defensivo de nuestra intimidad”. Esa obsesión de Octavio Paz por descifrar la realidad “invisible” de México a través del ser mexicano lo llevará al deseo de hallar excepcionalmente hechos sin antecedentes, encontrar en cada fenómeno político, social o cultural, su lado singular. Por eso para Paz la historia se encuentra entre la poesía y la ciencia. El poeta, para Paz, aspira a una imagen única que resuelva en su unidad y singularidad la riqueza plural del mundo; por eso lo que escribe el poeta es al mismo tiempo singular y universal.

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Contrariamente, el científico reduce los individuos a seres, los cambios a tendencias y las tendencias a leyes. Para Octavio Paz el reino del historiador son los casos particulares y los hechos irrepetibles. La historia no inventa ni explora mundos; reconstruye, rehace el pasado. Su saber no es saber más allá de ella misma, es rigor empírico y simpatía; estética, piedad e ironía. Más que un saber, para Octavio Paz, la historia constituye una sabiduría, y su concepción, según Álvaro Urtecho, es circular: “sus temas, decisiones y problemas giran en espiral, aparecen y desaparecen en una saludable dialéctica de conjunciones y disyunciones, como signos en rotación”. www.elnuevodiario.com.ni/opinion/31 0720-mexicano-historia-octavio-paz

ensayos

Tal vez mi generación, la nacida en los años sesenta, fue la última que vivió el apogeo polémico de Octavio Paz. Su figura era controvertida en todos los ámbitos, desde los círculos consolidados de la cultura y la política hasta las incubadoras de artistas adolescentes. En mi preparatoria, por ejemplo, Paz era un nombre inflamable: se rumoraba que era un autor cuya poesía gozaba de propiedades afrodisiacas, pero cuyo pensamiento contenía semillas sediciosas. Era, decían algunos mentores, un artífice de la palabra seductora, pero envenenada ideológicamente, ante el que no se valía ser neutral. No recuerdo exactamente qué fue lo primero que conocí del amenazante escritor. No sé si me acerqué al poeta amoroso, que era natural frecuentar en esa edad, o descubrí asombrado al poeta en prosa de Águila o sol o, simplemente, vi en un programa de televisión al tan irascible como deslumbrante expositor. Lo cierto es que, a medida que comencé a leerlo de manera compulsiva, la figura del ogro intelectual se disipó y comenzó a aparecer un autor complejo, revelador y, al mismo tiempo, incómodo y provocador. Pese a mi entusiasmo por su obra, nunca me atreví a intentar conocerlo personalmente. Más allá de su fachada adusta, Paz solía interesarse en las jóvenes generaciones y varios de mis contemporáneos iniciaron un peregrinaje iniciático a su casa. Algunos presumían, después de las primeras visitas, una familiaridad inmediata con el poeta que había provocado que se les confiara la custodia de la cría de una de sus gatas. Después sospeché, ante la profusión de jóvenes poetas premiados con gatos, que Paz utilizaba a sus numerosos admiradores para fungir como eficaz agencia de adopción de felinos. A mí, la timidez y, sobre todo, cierta reserva “científica” me refrenaron de gestionar algún acercamiento: escribir algo sobre él se me había convertido en una tan difusa como firme aspiración y me preguntaba si sería capaz de resistir la aproximación a una personalidad tan magnética o si podría ser “objetivo” al escribir de alguien que, si tenía suerte, me podría regalar un gato. Me perdí la oportunidad de conocerlo y, acaso, de recibir el respectivo gato. No obstante, ya había establecido una amistad entrañable con su obra y lo admiraba, como decía Nietzsche que hay que hacerlo, con violencia. Años después, intenté pagar un poco mi deuda como lector

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escribiendo un libro que se asoma a su biografía polémica: las disputas de Paz no sólo son joyas de la inteligencia pugilística, sino una radiografía de su evolución intelectual, de las encrucijadas históricas que le tocó vivir y de la manera en que su obra incide en muchos de nuestros reflejos culturales. El ente polémico La vida intelectual, poco sujeta al dictamen público por su sacralidad, tiende con facilidad a anquilosarse en la corrupción y el conformismo. No es bueno que dominen los incentivos para quedarse callado, o para aplaudir en público y denostar en privado. Por eso, la polémica es mucho más que la pimienta de la vida intelectual, es su vitamina, lo que le permite crecer, adquirir madurez y flexibilidad, mantener a raya las arrugas y el sedentarismo. Acaso nada refleja más a un personaje, a una época o a un país, que su forma de hacer polémica. Por diversas razones, en Hispanoamérica la polémica intelectual es escasa y, tanto en el ámbito político como en el cultural, es más común la maniobra o la intriga silenciosa que el debate abierto. La polémica aflora cuando la forma subterránea de procesar los conflictos y las falsas unanimidades son rebasadas por las tensiones acumuladas o por la iniciativa de individuos insumisos. La disputa pública entonces resulta higiénica e instructiva, pues ayuda a hacer evidentes los antagonismos,

obliga a cada parte a afinar sus argumentos (o sus dogmas) y permite un retrato público de las pasiones y los valores. No siempre es sencillo discriminar entre la oposición de discursos y la oposición de personas. Esa tensión entre lo racional y lo emocional, entre la inteligencia y la vehemencia, entre la prueba y el exabrupto, le otorgan especial atractivo e intensidad al género polémico. Por supuesto, la polémica puede degenerar en un diálogo de sordos o en el espectáculo banal y comercializado del insulto; sin embargo, los ecos de la polémica también pueden penetrar auditorios inusitados, hacer dudar e inducir matices, sacar a los convencidos de su espacio de comodidad y promover el acercamiento de posiciones, el consenso, la conversión y toda esa serie de actos prodigiosos del albedrío. Acaso por ello las mejores controversias sobreviven al fragor del enojo, logran superar la caducidad de sus motivaciones y volverse, por decirlo así, reyertas ejemplares. No hay duda de que Paz fue el mayor polemista hispanoamericano del siglo pasado y que la disputa fue su gimnasia intelectual y su laboratorio de ideas. Prácticamente no hay debate importante del siglo XX en que Paz no haya tomado postura y sus polémicas abarcan desde los temas sobre la función del arte en los años treinta hasta las coyunturas políticas nacionales e internacionales de los noventa. Paz fue un polemista precoz, explosivo y frontal: las anécdotas en torno a su vida literaria están llenas de episodios animados, discusiones acaloradas que casi llegan a las manos, amistades que se terminan por motivos graves o triviales. Es el signo de un siglo de pasiones y antagonismos y, también, de un temperamento personal arrebatado. Desde su adolescencia Paz expresó sus diferencias con sus contemporáneos y antecesores (su revista de párvulos, Barandal, tenía una irreverente sección de pullas a sus mayores que guarda su huella), tuvo rompimientos dolorosos con personajes entrañables para él como Pablo Neruda, y no dudó en discrepar de compañeros de ruta o en mantener, siendo funcionario del servicio diplomático mexicano, visiones muy distintas a la oficial. Sus roces públicos con Daniel Cosío Villegas, Antonio Castro Leal, Rubén Salazar Mallén o Emmanuel Carballo, por mencionar algunos, daban cuenta tanto de la mecha corta del poeta, como del saludable ánimo de ventilar las diferencias en público. Sin embargo, su etapa

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más atareada como polemista comienza después de 1968. A partir de esa fecha, Paz se convirtió en el interlocutor más controvertido del conjunto de la intelectualidad mexicana y se consolidó como una figura prominente en el debate internacional de la ideas. El apogeo polémico La historia es muy conocida: para los años sesenta Paz es una figura en ascenso en el panorama internacional, su poesía ya ha recorrido todos los registros y establece tendencias, mientras que sus ensayos ya han marcado agenda en varias disciplinas y, aunque ha roto por motivos políticos con muchos de sus contemporáneos, tiene un auditorio propicio en parte de las generaciones más jóvenes de artistas mexicanos. Por lo demás, si bien Paz hizo eco a las denuncias al socialismo real en los cincuenta, sigue perteneciendo a la órbita de izquierda y acude a las manifestaciones del movimiento ferrocarrilero al tiempo que en principio saluda, aunque con cautela, acontecimientos como la revolución cubana. En 1968, con su renuncia al servicio exterior por la represión del gobierno a los estudiantes, su figura se distingue en el medio intelectual y genera expectativas políticas en las camadas más nuevas y radicales. Sin embargo, pronto se rompe este flechazo, Paz rechaza subirse al templete de la política partidista y decide emprender su combate por otros caminos.

Por supuesto, en su batalla después del 68, Paz no fue un solitario. Desde su mocedad, aunque se reputaba aislado, supo lograr relaciones estratégicas e impulsar proyectos colectivos. En las décadas de su apogeo encabezó un grupo de espíritus afines en lo político y lo estético, que lo acompañó en sus publicaciones y aportó competencia y tensión al debate de la época. Al regresar a México, a principios de los setenta, tras un breve periodo de exilio académico, Paz reanuda su añeja afición de editor de revistas y, a invitación del director de Excélsior, comienza a dirigir Plural en 1971. Esta revista se convierte en una ventana cosmopolita y en un foro de crítica que crea una amplia agenda de discusión. La lista de autores que difunde Paz es copiosa, también los asuntos polémicos que toca (la función social del escritor, la ausencia de crítica en Hispanoamérica, la política internacional). Cuando en 1976 Excélsior es víctima de una maniobra política desde el poder para desarticular su dirección, Paz y los miembros de Plural se solidarizan con el director y continúan, en Vuelta, su proyecto editorial de manera independiente. Aunque Paz reparte mandobles a las distintas facciones del espectro político, su diálogo, o disputa fundamental, ocurre con las distintas izquierdas. La actividad de Paz resulta polémica en muchos aspectos: en su apuesta estética que, en una época de renovada militancia y sospecha de la llamada alta cultura, a muchos parece elitista y alejada de los imperativos de la realidad social; en su adscripción a un humanismo literario que invade terrenos especializados y no respeta jerarquías académicas; en su actitud escéptica ante algunas de las corrientes dominantes del pensamiento que adquirían gran influencia en el ámbito de las humanidades y las ciencias sociales; pero, sobre todo, en sus posturas políticas. De entrada, cuando para muchos miembros de las generaciones recientes el cambio revolucionario en México y el mundo es una inminencia histórica y no desdeñan la vía armada para apurarlo, Paz aboga por un gradualismo poco excitante que pasa por la reforma democrática. Pero no sólo eso, Paz reprocha que parte de la izquierda ignore la situación de falta de libertades y violencia selectiva en los países socialistas. Algunos de sus adversarios más agudos, a su vez, desconfían de la falta de formación teórica y del impresionismo literario del poeta, que es capaz de utilizar audaces metáforas históricas en el análisis político; recelan de la independencia de quien se maneja como pontífice cultural; reprochan su creciente anticomunismo, y piensan que su participación pública, así sea bien intencionada, es distractora de las urgencias y legitimadora para el régimen.

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La polarización de la época no favorece las buenas maneras y en las disputas hay frecuente rispidez, simplificaciones y descalificaciones. Paz engloba a su variado espectro de interlocutores, como si fueran parte de una sola cabeza de izquierda dogmática. Sus adversarios, a su vez, tienden a reducir a Paz a una caricatura vanidosa y reaccionaria. Sin embargo, más allá de los excesos, muchos de los debates resultan esclarecedores en temas fundamentales, como los límites y potenciales de la participación del intelectual en la vida política; el papel de las artes en las sociedades y las posibilidades viables de cambio político. Si Paz tiene una fuerte presencia polémica en la vida mexicana, también adquiere creciente relevancia en el plano cultural internacional, como defensor de un concepto de cultura no instrumental, de una serie de libertades básicas en los países que sufren dictaduras militares y, sobre todo en los países socialistas, y como militante en la Guerra Fría de las ideas. En los ochenta, aunadas a las viejas diferencias, se establecen nuevas discrepancias con la izquierda, que se centran en el papel del Estado y en la función de la democracia formal en México, así como en los temas de política internacional. Paz critica el gigantismo estatal, aboga por la normalidad y formalidad democrática y fustiga la falta de pragmatismo de la política exterior

mexicana. En particular, el tema de los movimientos revolucionarios en Centroamérica se convierte en la manzana de la discordia y la crítica de Paz a las reticencias democráticas del sandinismo culmina con el conocido episodio de la quema en efigie de 1984. Puede pensarse en otros momentos climáticos, donde se despliega el temperamento polémico de Paz y sus posturas generan tormentas: en 1988 cuando Paz se pronuncia sobre las elecciones y va coincidiendo (lo mismo que muchos adversarios ideológicos) con los propósitos modernizadores del nuevo gobierno; en 1990, cuando Paz celebra la caída del socialismo real como una victoria analítica y moral de las posturas que había hecho patentes cuatro décadas atrás y organiza un encuentro rico en ideas y personalidades, aunque sazonado con el estilo personal del poeta y las ocurrencias incómodas de sus invitados (la famosa dictadura perfecta de Vargas Llosa); en 1992, cuando las añejas diferencias que había tenido con los miembros de la revista Nexos se aúnan a una disputa por el mercado y la influencia cultural y se suscita un debate tan acre como aleccionador, alrededor del Coloquio de Invierno, o en 1994, acaso la última aparición polémica sustantiva de Paz, cuando irrumpió el movimiento zapatista ante el cual demostró simpatía por sus orígenes, pero reiteró su rechazo a la vía armada y criticó el entusiasmo fácil y voluble de buena parte de la intelectualidad de izquierda. Nostalgia de la polémica A lo largo de su trayectoria, sobre todo a partir de los setenta, Paz ejerce una “jefatura espiritual” que no carece de contradicciones y genera innumerables controversias que, en sus mejores momentos, trascienden el mundo literario y se transforman en debates públicos. Cierto, a menudo en dichos debates se impuso el tono colérico y, más que persuadir, se buscaba descalificar al adversario; con todo, ese cúmulo de discusiones, ya aseadas de sus vociferaciones, constituyen un espléndido legado de educación intelectual e interacción argumentativa. Paz peleó con un amplio elenco de intelectuales de todos los campos y por las más diversas razones, grandes o menudas. Algunos de sus roces más memorables comprenden apellidos como los de Aguilar Mora, Aguilar Camín, Alatorre, Bartra, Castañeda, Del Paso, Krauze, Monsiváis, Pereyra, Semo y Trabulse, entre muchísimos otros. En esta bitácora polémica de Paz hay de todo: fibra moral y bilis, intentos de diálogo y momentos de cerrazón, generosidad y vanidades. No hay una manera unívoca en que Paz haya enfrentado las coyunturas y dilemas de la época, sus posturas se caracterizan por esa

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capacidad de sorprender, decepcionar o subvertir lo que esperaría una feligresía. Responden, no a una teoría o a un programa político, sino a una razón en permanente auto-escrutinio y, sobre todo, a un temperamento suspicaz, levantisco y libertario. Quizá lo más importante es que Paz conserva su capacidad de señalar vetas de interés en todos los campos: los estudios sobre su obra que siguen surgiendo en muy distintos ámbitos intelectuales demuestran que su figura y su estilo de encaramiento continúan marcando rumbos, planteando preguntas, propiciando, como lo haría un maestro socrático, la irritación, la reflexión o la revelación. www.nexos.com.mx/?p=15733

La poesía suele ser un conjunto de ciudades cuyos habitantes se acercan o se alejan a medida que la periferia crece. Las cruzan o las circulan grandes avenidas, callejones de metáforas, edificios deslumbrantes, alegorías, construcciones que se caen a pedazos. Conciencias que se repliegan a un presente, a un tiempo, a una geografía, a una realidad, a un orden o a un caos, a un modo de gobernar conceptos y emociones. Es el caso de dos piedras fundacionales de la poesía latinoamericana del siglo xx: Ciudad Octavio Paz y Ciudad

Pablo Neruda. Podría decir dos ríos, dos continentes, dos desiertos, dos mares. Pero la ciudad me parece el espacio simbólico que mejor apunta a las poéticas de nuestro tiempo. Las correspondencias entre poetas suelen convertirse en disonancias. Y los poetas, como las ciudades, están en continua expansión. En septiembre pasado se cumplieron 40 años de la muerte de Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, Pablo Neruda. En Julio se cumplirán 110 años de su nacimiento. En vísperas del primer siglo de Octavio Paz, pasaremos revista a las asonancias y disonancias de estos dos árboles centenarios de las letras. Ambos premios Nobel de literatura. Un dúo dinámico imposible, si se parte de las distancias y las preferencias ideológicas, que lo mismo atraen que repelen. Pero también dos atlas por los que cruzan ríos afines, fronteras imaginarias y puñados de sílabas que conversan. Todo iba bien. Paz tiene apenas 23 años cuando participa, gracias a las gestiones de Neruda, en el Segundo Congreso Mundial de Escritores Antifascistas, celebrado en 1937 en Valencia, España. Neruda era 10 años mayor, y gozaba ya de un aura que lo identificaba como poeta latinoamericano vinculado a las causas populares. Había publicado libros importantes y gozaba de una fama que crecía. Paz era un desconocido; había editado a principios de ese año Raíz del hombre y reconocía el vigor de la poesía nerudiana y la generosidad del poeta, pero pronto pondría en tela de juicio sobre todo la forma de actuar de los gigantes del estalinismo en el poder: “Vi al comunismo como a un régimen burocrático, petrificado en castas, y vi a los bolcheviques caer uno tras otro en esas ceremonias públicas de expiación que fueron las purgas de Stalin”, recapitula Paz unos años antes de su muerte. Neruda, en Confieso que he vivido, retorna a los primeros encuentros: “Entre noruegos, italianos, argentinos, llegó de México el poeta Octavio Paz, después de mil aventuras de viaje. En cierto modo me sentía orgulloso de haberlo traído. Había publicado un solo libro que yo había recibido hacía dos meses y que me pareció contener un germen verdadero. Entonces nadie lo conocía”, Neruda había publicado en Madrid, en 1935, una de sus obras cumbre: Residencia en la tierra, con el que el poeta chileno empieza a influir en la obra de los poetas de habla hispana.

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Neruda no era perita en dulce. Ya el libro La guerrilla literaria de Faride Zerán da cuenta y señal de los enconos entre el autor de Canto general, Vicente Huidobro y Pablo de Rokha, que tampoco, como decimos en México, cantaban mal las rancheras. Las antologías suelen dar motivo a querellas. Las presencias justifican un canon y las ausencias incomodan. Laurel, preparada por Xavier Villaurrutia, Octavio Paz, Emilio Prados y Gil-Albert, publicada en 1941, no fue la excepción. No están ahí, sea por autoexclusión o por criterio editorial o político, ni Pablo Neruda ni Miguel Hernández ni León Felipe. Si Paz le lanzó un puñetazo a Neruda y éste lo esquivó, lo menos que salió de ahí fueron balas de adjetivos, duro y a la cabeza. Y un distanciamiento de décadas. Neruda fue tachado por Paz de “estalinista” y “ególatra”. A su vez Paz fue considerado por Neruda “traidor” y “purista”. Dardos con veneno arrojados por los futuros premios Nobel, lo cual comprueba que las ciudades también trazan su propia cartografía, aunque compartan los límites de la geografía y el idioma. Edward Stanton, quien se ha acercado a las asonancias en la obra de ambos poetas, lo tiene muy claro: lo que distanció a Paz y a Neruda no fue la poesía sino la política, y sobre todo la visión en torno al arte y la ideología. Ambos bebieron de los manantiales de Blake, Whitman,

Lawrence y Eliot, compartieron a Quevedo, Hugo y Baudelaire y se cuadraron ante Rimbaud, el romanticismo y el surrealismo. Sólo que mientras Neruda se cobijaba en el Partido Comunista de su país, Paz siguió un camino de prudente distancia, el cual se fue alejando cada vez más. Neruda se siente tentado por una poesía que oscila entre la fraternidad terrenal y la cosmología. La empresa poética de Paz, aunque a veces parece una casa fincada en el aire, parte de una obra negra cimentada en la tierra. Hasta aquí los caminos no se bifurcan. Neruda se aleja de Eliot y fustiga las “ingeniosas trampas vacías”, las “casas blandas y huecas”, “las casas de citas” y los poemas impersonales “como la eternidad misma”. La esencia de lo terrenal la encuentra en el hombre mismo, no en el ser abstracto sino en el que oficia de panadero, impresor, cocinero, obrero, campesino. Desde el principio Paz sabe que la poesía de Neruda, o al menos una parte considerable de ella, está en comunión con las fuerzas vitales de la naturaleza y con el misterioso secreto de las cosas. No duda sobre el hermano mayor que funda y echa raíces con su lírica, y a quien considera el más “destacado y personal de los poetas hispanoamericanos”. Años después Paz reafirma el peso de la obra nerudiana sobre su poesía: “En aquellos años Neruda era una gran presencia y yo lo había leído con pasión. En su poesía hay también ese descenso hacia lo material del mundo. Sin embargo, siempre quise guardar las distancias”, le dice a Stanton en 1988. El salto del Paz de “¡No pasarán!” al de los poemas de Raíz del hombre es mortal. Su punto de partida es Novalis, pero en el erotismo destilado de sus versos está la visión cosmogónica de Neruda, su maestro. Edward Stanton se encarga de hacernos ver las correspondencias entre Raíz del hombre y Residencia en la tierra. “No sólo el tema erótico en todo su esplendor violento sino también familias enteras de imágenes que privilegian ciertos campos semánticos: un ambiente invadido por lo nocturno (sombra, oscuridad, tinieblas) en alianza con una fascinación por lo informe; imágenes vegetales o terrenales (tierra, plantas, flores, raíces, árboles) que se entrelazan con otras corporales (carne, pelo, boca, entrañas, pecho, venas, piel, labios, huesos)… en los dos libros abundan imágenes acuáticas (pozos, océano, mar, río, oleaje, inundaciones, espuma, corrientes subterráneas) que expresan el fluir de la conciencia o más bien de la fantasía en gestación antes de llegar a la cristalización formal”. Neruda recibió el Premio Nobel de Literatura en 1971. Paz 19 años después. En sus discursos hay líneas que se cruzan y forman un punto

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y otras que se alejan y forman islas. Paz alude, con la inteligencia que lo habita, al significado de la palabra gratitud y a las realidades de las lenguas. Habla de la dependencia del presente y el pasado con el futuro, de la modernidad como descenso a los orígenes, del fin de las utopías y del mercado “en el que todo se vuelve cosa que se compra, se usa y se tira al basurero. Ninguna sociedad había producido tantos desechos como la nuestra. Desechos materiales y morales”. Vuelve a la idea de mirar de frente a la muerte y cierra con un reflejo al William Blake de Las bodas del cielo y el infierno: abrir las puertas de la percepción. No para que entre el hombre infinito, sino el otro tiempo: “el presente, la presencia”. Neruda alude, con la emoción y el sentimiento que lo dibujan, a los días en que la fuga y la vigilia lo llevan a cruzar la frontera de su país, de la poesía como acción pasajera, de los enemigos de la poesía, del poeta no como un pequeño dios sino como el hombre que entrega el pan de cada día, de sus versos como herramienta de trabajo cotidiano, de la larga noche latinoamericana en la que abundan el oprobio y el saqueo de “oscuros dioses” y culmina, bandera en mano, con una señal de Rimbaud, el vidente: “À l’aurore, armés d’une ardente patience, nous entrerons aux splendides Villes”. Algo así como: “Al amanecer, armados de una ardiente paciencia, entraremos a las espléndidas ciudades”. Al igual que Neruda, Paz hace referencia a los puentes imaginarios

del pasado, aunque habla de un ayer en el que la biblioteca paterna es la caverna encantada, hasta que la razón, la historia no vivida, termina por desalojarlo del presente. Otra forma de exilio. “Las polémicas se disipan, quedan las obras”, dice sin detenerse en la espada enemiga. Neruda afirma que los enemigos de la poesía no son los que la resguardan sino la incapacidad del poeta “para entenderse con los más ignorados”. A las polémicas que se disipan en contraposición de las obras, que permanecen, Neruda hace alusión a los que lo tildan de sectario y en un claro referente a Huidobro le niega al poeta la posibilidad de ser un pequeño dios. Para Neruda la estrella primordial es la lucha y la esperanza, Paz asume el presente no como la búsqueda del edén terrestre “ni de la eternidad sin fechas” sino como los pasos hacia una “realidad real”. En Paz la poesía, en cuanto enamorada del instante, revive esa fugacidad en el poema, lo que la convierte en presente fijo. ¿Poesía de antítesis? En Neruda la poesía es acción pasajera, soledad y solidaridad, intimidad del hombre y revelación de la naturaleza. ¿Poesía de tesis? La partida de Neruda de México, en 1943, es tan dolorosa como los versos de su “Nuevo canto a Stalingrado”: Yo sé que el viejo joven transitorio de pluma, como un cisne encuadernado, desencuaderna su dolor notorio por mi grito de amor a Stalingrado. Yo pongo el alma mía donde quiero. Y no me nutro de papel cansado, adobado de tinta y de tintero. Nací para cantar a Stalingrado.

Fuertes declaraciones. Fuego cruzado. Jabs al bofe de la poesía. Paz escribió ese mismo año: “¿Y qué decir de los discursos políticos, de las arengas, de los editoriales de periódico, que se enmascaran con el rostro de la poesía? ¿Y cómo hablar sin vergüenza de toda esa literatura de erotómanos, que confunden sus manías o sus desdichas con el amor? Imposible enumerarlos a todos: a los que se fingen niños y lloriquean porque la tierra es redonda; a los fúnebres y resecos, enterradores de la alegría; a los juguetones, novilleros, cirqueros y equilibristas; a los jorobados de la pedantería; a los virtuosos de la palabra, pianolas del verso, y a los organilleros de la moral; a los místicos onanistas; a los neocatólicos que saquean los armarios de los

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curas, para ataviar sus desnudas estrofas con cíngulos y estolas; a los papagayos y culebras nacionalistas, que cantando expolian a la triste revolución mexicana; a los vates de ministerio y a los de falansterio; a los hampones que se creen revolucionarios sólo porque gritan y se emborrachan”. La versión original de este ensayo, o al menos la cita anterior, no la encontrará el lector en la obra completa de Paz, sino en la revista El Hijo Pródigo (agosto 15 de 1943), nos hace ver Stanton, bajo el título “Poesía de soledad y poesía de comunión”. Lo demás es historia conocida. Neruda, antes de partir, lanza un par de estocadas. En una de ellas afirma que en la poesía mexicana hay desorientación y falta de moral civil, pone en las nubes a los pintores y a los escritores militantes, afirma que el ensayo está marcado por una generación anémica y truena contra Revista de Occidente y Hora de España, a las que Paz está cercano. En “Respuesta a un cónsul” Paz asesta duros golpes al maestro y concluye con que la literatura de Neruda “está contaminada por la política, su política por la literatura y su crítica es con frecuencia mera complicidad amistosa. Y, así, muchas veces no se sabe si habla el funcionario o el poeta, el amigo o el político. Acaso tampoco él lo sepa con claridad. Esta confusión —y el respeto que me merece una obra que a menudo es traicionada por un temperamento que confunde la

fuerza con la violencia y la cortesía con la debilidad— me han impedido contestar a sus intemperantes afirmaciones. Y si ahora lo hago es con escepticismo: sé de antemano que en el señor Neruda la vanidad es una pasión tiránica, que le prohíbe confesar sus errores o sus extravíos”. Y aquí se rompió una taza. Aunque Paz fue muy cuidadoso y matiza en sus Obras completas las desavenencias de antaño. Como un “gran poeta en decadencia”, así llama Paz años después a Neruda, reconociendo que los poetas de su generación recibieron una enorme influencia del poeta chileno. Stanton llama también la atención sobre una gran coincidencia: la publicación el mismo año, 1950, de Canto general de Neruda y El laberinto de la soledad de Paz. La primera, una edición ostentosa acompañada por el trabajo gráfico de Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros. La de Paz en Cuadernos Americanos. No sé si en un acto de justicia poética hacia su antiguo maestro, muerto 20 años atrás, o hacia el joven lector de Neruda que fue Paz, unos años antes de su muerte releyó su poesía completa. Tarea nada sencilla si tomamos en cuenta que la empresa poética de Neruda es monumental. La conclusión a la que llega Paz es que Neruda es el mejor poeta de su generación. Por encima de Huidobro, Vallejo, Borges y los poetas españoles. La opinión parece desmesurada, pero Paz es cuidadoso, pudo haber dicho que Neruda es el poeta más destacado del siglo XX, o el mejor poeta de habla hispana, al ubicarlo generacionalmente le da una ubicación específica en el contexto latinoamericano. Y en un tono aforístico, no sé hasta qué punto autocrítico, apunta: “Lo admiraste, lo quisiste y lo combatiste. Fue tu enemigo más querido”. Indicador de que hasta las ciudades con mayor fortaleza se desmoronan. Los párrafos que Paz dedica a Neruda en el tomo II de sus Obras completas (Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de lectores, 2000) son de alto relieve. “No digo que sea el más perfecto sino el más vasto y variado; también, con frecuencia, el más intenso, ora desgarrador, ora risueño, a un tiempo simple y misterioso. Un poeta inmenso. En cada uno de sus libros, aun los más flojos, hay poemas inolvidables; en cada uno de sus poemas, aun los menos afortunados, hay líneas que son relámpagos de verdad. Quiero decir: relámpagos verdaderos que iluminan brevemente nuestra conciencia y trazan tatuajes en nuestra memoria; asimismo, relámpagos con la luz de una verdad súbita. ¿Qué verdad? Una verdad oculta, olvidada o abandonada, enterrada o acabada de nacer. La verdad de todos los días, la verdad de cada día,

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que pasa como nosotros pasamos y se queda como los dibujos del tiempo sobre la roca. ”La generación de Neruda sobresalió en el arte del verso y Neruda también fue en esto la excepción: fue duro de oído, monótono y no pocas veces torpe. Estas carencias y defectos, por su enorme potencia verbal y su instinto poético, se convirtieron en virtudes. Sus ojos entrecerrados traspasaban la opaca realidad; su mirada volvía rosa a la llama y agua a la piedra. Sus poemas tienen una música extraña, muy antigua y, no obstante, familiar, como oída en duermevela. Música de piedras y polvo que cae interminablemente en el pozo de la noche, pasos del trueno que anda a ciegas por el llano, rumor de roncos motores en los suburbios del sueño, luz que regresa cada mañana para golpear suavemente nuestros párpados”. Antes, en El arco y la lira, Paz dedica un amplio párrafo al Canto general, lectura que en su momento le pareció fatigosa y conmovedora a la vez. Paz considera que el poeta fracasa al intentar el relato en verso libre, cuyos ejemplos abundan en el Canto… Y que Neruda acierta en poemas como “Alturas de Macchu Picchu”, donde canta en vez de contar. La lectura de algunos títulos amplían el paisaje, o al menos ofrecen una versión más distante que la de los propios protagonistas en sus respectivas obras, en torno a los encuentros y desencuentros de los

dos poetas: Octavio Paz en España, 1937 (Fondo de Cultura Económica, compilación de Danubio Torres Rubio, 2007); Adiós poeta (Tusquets, 1990) de Jorge Edwards; Pablo Neruda: Los caminos de América (Lom, 2004) de Edmundo Olivares Briones; Las furias y las penas. Pablo Neruda y su tiempo de David Schidlowsky (Ril Editores, Santiago de Chile, 2008) y El águila en las venas. Neruda en México, México en Neruda de Víctor Toledo (Universidad Autónoma de Puebla, 2005). Una relectura de Raíz del hombre y de Pasado en claro de Octavio Paz, paralela a Residencia en la tierra y Memorial de Isla Negra; una lectura atenta al Canto general mismo o a los poemas mexicanos de Neruda, sin duda nos reafirmarían las correspondencias poéticas, signos inequívocos de que en poesía a veces es más palpable lo que acerca que lo que aleja, más allá de las diatribas del momento. ¿Quién lee hoy con sublime vehemencia los versos del “Canto a Stalingrado” y el “Nuevo canto a Stalingrado?”. O el candor rabioso, lacónico, que visto a distancia suena hasta tierno, de “Los poetas celestes”: Qué hicisteis vosotros, gidistas Intelectualistas, rilkistas, misterizantes, falsos brujos existenciales, amapolas surrealistas encendidas en una tumba, europeizados cadáveres de la moda, pálidas lombrices del queso capitalista, qué hicisteis ante el reinado de la angustia, frente a este oscuro ser humano, a esta pateada compostura, a esta cabeza sumergida en el estiércol, a esta esencia de ásperas vidas pisoteadas?

Paz supo beber de los manantiales menos desmesurados del maestro. Evitó, a edad temprana, vivir bajo su densa sombra y trazar su propio destino poético. Así de complicado. Así de simple. El autor del poema “¡No pasarán!”, que lo lleva a Valencia al Congreso de Poetas Antifascistas y propicia el primer encuentro con Neruda, tomó nuevas rutas para cautivar a la musa. Los primeros pasos de Paz nacen comprometidos con la historia inmediata: ¡Cómo llena ese grito todo el aire y lo vuelve una eléctrica muralla! Detened al terror y a las mazmorras, para que crezca, joven, en España, la vida verdadera, la sangre jubilosa, la ternura feraz del mundo libre. ¡Detened a la muerte, camaradas!

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En Raíz del hombre el poeta cambia de tono. Y al amplificarlo lo universaliza. ¿No hizo lo mismo Neruda al saltar de 20 poemas de amor y una canción desesperada, pasando por Crepusculario, a Residencia en la tierra? Por más despiadadas que sean las musas, tarde o temprano encuentran al poeta que las contiene. Ciudad Octavio Paz. Ciudad Pablo Neruda. Dos megalópolis para armar. www.nexos.com.mx/?p=15747

A mi hermano Ezequiel Zaidenberg

Según el blasfemo Fausto, el principio fue la acción. La gramática de todos los idiomas humanos, en su casi ilimitada diversidad, coincide solamente en eso: ubica en el verbo el núcleo imprescindible de toda oración —y verbo no como palabra o pensamiento (logos), sino en su sentido gramatical, como expresión sintáctica del principio móvil de la realidad. “Lluvia” no es una oración completa. “Llueve” sí lo es. Pero si todos los pueblos coinciden en esto, en cambio, hay pensadores que difieren. Cuando leí por primera vez Piedra de sol de Octavio Paz tenía yo 19 años. Estaba solo y pude leer el poema como se debe: en voz bien alta, de corrido y muchas veces, hasta quedar afónico. Como era de esperarse, quedé deslumbrado. La

elegancia de su léxico rozaba los límites de lo que y o entendía por “poético”, ampliándolos suavemente sin romperlos. La simultaneidad de las épocas y los continentes, expresada en la combinación inusitada de referencias culturales de distintos orígenes (la guerra civil española, Melusina, Robespierre, etcétera) tocó una fibra sensible de este hijo de la edad posmoderna, entusiasmada por el hallazgo de que la cultura humana en su totalidad es presente. A nivel sonoro, el poema hizo conmigo lo que Garcilaso hizo con España: me inyectó para siempre el endecasílabo italiano en la médula espinal. Incluso la relativa impericia formal del poema (la abrumadora coincidencia de la gramática con la versificación, el sonsonete de la acentuación en la segunda sílaba), lejos de alienarme, me facilitó la comprensión de su musicalidad. Sus carencias prosódicas (que yo no sospechaba) me resultaron en cierto modo didácticas: nada como una larga sucesión de endecasílabos de un mismo tipo (“heroicos”), claramente separados por pausas gramaticales, para enseñarle al neófito el sonido de ese verso. Si Piedra de sol fue concebido para deslumbrar, en mi caso funcionó. Y el deslumbramiento fue transformador y la transformación fue permanente. Siempre tuve claro que se trataba de un poema de ideas, una pieza cuya estética radicaba sobre todo en el diálogo intelectual que mantenía con su entorno. En ese sentido, el poema es, como toda la obra de Paz, una pieza de arte conceptual, de arte contemporáneo. Lo que no entendí de manera tan inmediata fue cuáles exactamente eran esas ideas, cuál su aportación al diálogo intelectual. Tuvieron que pasar muchos años para que mis ojos se acostumbraran a tanta luz y consiguieran leer, realmente leer, lo que dice el poema. Para empezar desde lo más exterior, resulta evidente que el texto, en general obediente a la gramática, comete sin embargo un desacato significativo: aunque está lleno de verbo, en el sentido evangélico de la palabra, prescinde mayormente de verbos, en el sentido gramatical. ¿Qué hacen el sauce de cristal, el chopo de agua y toda su larga lista de imágenes hermanas? ¿Qué se dice de ellos? Nada. Ni siquiera que existan. Y no es que los verbos de esos sustantivos sean implícitos, es que no los hay. Sólo mucho más adelante, y muy de tarde en tarde, asoma algún pequeño verbo conjugado. Las imágenes toman el lugar de las 1 oraciones, sin serlo.

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Esta falta de verbos no es un mero adorno estilístico, sino que expresa la idea que sirve de núcleo al poema y que, según creo, subyace al conjunto del pensamiento paceano. Quizá el mayor mérito del poema sea la armonía fundamental entre su posición filosófica y sus recursos estilísticos. Nadie podría decir que en Piedra de sol no hay movimiento. La ausencia de puntos, las paradojas, la levedad que evocan los sustantivos, la simultaneidad cultural: todo confluye para dar una impresión de movilidad. Sin embargo, como lo dejan claro su estructura, su título y su texto mismo, se trata de un movimiento cíclico que conduce — una y otra vez, eternamente— al punto de partida; un movimiento pendular, mecánico, no histórico. Toda especificidad es ilusoria: todos los nombres son un solo nombre, todos los rostros son un solo rostro, todos los siglos son un solo instante y por todos los siglos de los siglos cierra al paso al futuro un par de ojos…

Durante siglos el hombre consideró el movimiento de los astros de manera ahistórica, como el de un gigantesco reloj que repitiera eternamente un ciclo, milenario y complejísimo, pero siempre el mismo. Con Darwin, en cambio, la concepción histórica extendió su dominio a la biología para conquistar después el resto de las ciencias naturales. Incluso las inmutables

galaxias empezaron a estudiarse desde el punto de vista de su nacimiento, decadencia y muerte… pero esa actitud es hija de los siglos XIX y XX. En el XVIII, los hombres de talante racionalista, que rechazaban los milagros, no tenían elementos para desconfiar de la constancia perfecta del movimiento celeste y tenían derecho a concebir a Dios como a un gran relojero cuya creación seguiría girando por toda la eternidad sin requerir ninguna intervención sobrenatural. Volviendo al poema de Paz, esa concepción cíclica que niega la realidad del cambio histórico tiene un corolario práctico, una moraleja, que el poema hace explícita. El texto es abiertamente “político” en la medida en que se reconoce a sí mismo rodeado de un mundo tenso entre la esclavitud y el deseo de libertad y toma una posición al respecto. Pero la posición que toma a partir de ese reconocimiento histórico y político es anti-histórica y anti-política. Si la especificidad concreta de cada época es ilusoria, la única liberación posible es subjetiva, privada. Si la humanidad es estática y sus transformaciones son mera apariencia, el único combate que vale la pena librar es el erótico: amar es combatir, si dos se besan el mundo cambia, encarnan los deseos, el pensamiento encarna, brotan alas en las espaldas del esclavo…

Aunque esto sea falso (si se toma literalmente), no se le puede negar una cabal coherencia filosófica. Como es sabido, después de Piedra de sol Paz incorporaría a su arsenal poético la retórica del pensamiento místico oriental para reforzar su misma postura, su negación de la especificidad histórica. Si damos un paso atrás para abarcar con la mirada el conjunto del pensamiento poético paceano, encontraremos una multitud de posturas políticas y filosóficas aparentemente contradictorias. Es legendaria la capacidad que tuvo nuestro poeta de servir como médium-traductor a las muchas voces que conformaban el vasto universo cultural que le rodeaba. Así, si en un extremo de su poesía encontramos esa negación de la historia, en el otro hallamos una apropiación implícita del joven Marx brillantemente contextualizada tras la masacre de 1968 en México (un desafío literario que sólo una mentalidad estrechamente policiaca llamaría “plagio”):

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La vergüenza es ira vuelta contra uno mismo: si una nación entera se avergüenza es león que se agazapa para saltar.2

Claro, cuando el proverbial león finalmente se decidía a saltar (por ejemplo, en la Nicaragua de 1979, en el San Cristóbal de 1994), el poeta ya no se mostraba tan entusiasta. Ahora bien, sería superficial e injusto atribuir esta contradicción entre una posición y otra a alguna especie de cooptación o degeneración moral. Por el contrario, estamos ante un intelectual consistente cuyo sistema se basó siempre en la búsqueda de un equilibrio profundamente dinámico, pero, por definición, mecánico: eternamente móvil en su quietud fundamental, como las manecillas de un reloj, siempre en movimiento y siempre fijas en su vértice. Si, como decía Fausto, el principio fue la acción, en la poesía de Paz no hay acción porque no hay principio. Ni final. El mundo es, fue y será uno y el mismo. El tiempo, como se afirma en Piedra de sol, es un solo momento, tan rico y tan complejo que en él caben todos los momentos. El genio literario no es una virtud intrínseca de ciertas inteligencias. Es, por el contrario, una relación fructífera entre éstas y su entorno social. Así, aun si elegimos disentir de Paz y creer en la historia, podemos reconocer la armonía entre su pensamiento y su entorno, es decir, su genio. Ese entorno, el México de la segunda mitad del siglo

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era el país más estable de un (tercer) mundo inestable. Mientras el resto de la región se convulsionaba en revoluciones y contrarrevoluciones, el régimen mexicano se mantenía en pie gracias a una inusitada capacidad de asimilar en su seno, retóricamente si se quiere, incluso los términos extremos de las diversas contradicciones que desgarraban a la sociedad. Un sistema que conservó de la Revolución mexicana lo mismo que Paz conservó de la dialéctica de Hegel: sólo el lenguaje. Incorporando a su aparato todo un matiz de semi-disidencias y negándole viabilidad a todo aquello que no pudiera incorporar, el PRI buscaba ser el partido de la vieja Revolución como final feliz y absoluto de la historia, el partido de la no política. Más que un partido, es una era geológica. A su modo, tampoco el PRI careció de genio. Me parece, pues, una coincidencia afortunada que el centenario de Paz (y con él la oportunidad de reflexionar con cierta distancia crítica sobre su monumental obra) tenga lugar precisamente ahora, en el punto de la historia en que nuestra clase dominante vuelve los ojos al viejo modo de gobernar “revolucionario” y al mismo tiempo “institucional” y al partido que gobernó por décadas y décadas tal como cierto chopo de agua: bien plantado, mas danzante.

Notas 1

En Piedra de sol las imágenes sueltas se alternan con las oraciones vinculándose entre sí con comas u otros signos de puntuación, nunca con puntos. Este segundo desacato a la gramática, consistente a lo largo del texto, aunque es más visible y claramente cumple una función estética propia, está subordinado al otro, es decir, a la preponderancia de las cláusulas sin verbo. 2 Versión tercera de “Intermitencias del oeste”, Ladera este. El fragmento de Marx, que procede de su carta a Arnold Rouge publicada en los Anales franco alemanes de 1843, dice (según la versión española que Wenceslao Roces publicaría décadas después): “La vergüenza es una especie de cólera replegada sobre sí misma. Y si realmente se avergonzara una nación entera, sería como el león que se dispone a dar el salto”. Más allá de los tiempos verbales, la única diferencia de contenido con la apropiación de Paz se debe a un error de traducción: La vergüenza es, según la versión de Paz, la ira que uno siente contra uno mismo. Según la traducción directa de Roces, es ira replegada sobre sí misma. www.nexos.com.mx/?p=15736

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La relación de México con Francia ha sido intensa y fructífera, de ida y vuelta. Si a lo largo del tiempo muchos escritores franceses han estado en México y han escrito poesía, prosa y ensayo o realizado estudios académicos muy serios, desde México, varios escritores han estado en Francia ya sea en el servicio diplomático o como estudiantes y traductores de la literatura francesa. Esos encuentros culturales entre ambos países fueron revisados por el escritor y editor francés avecinado en México, Phillipe Ollé-Laprune, durante la conferencia “Francia y México: diálogos literarios”, impartida hoy en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, a propósito de la entrañable relación que el Nobel mexicano de literatura, Octavio Paz, tuvo con Francia. En la charla inscrita en el marco del centenario del nacimiento de Octavio Paz, Ollé-Laprune hizo un repaso sobre los escritores franceses que lo largo de los tiempos han encontrado en México el país surrealista, la tierra de las fantasías y la nación más rica, entrañable y simbólica. El director de la Casa Refugio Citlaltépetl citó ejemplos de piezas

motivadas por México La parte maldita de Bataille, Sueño mexicano de Le Clezio, Reminiscencia de México, de Perec, piezas que hablan del gran interés que despertó México; pero en contraparte y de manera más breve, Ollé Laprune se refirió a las obras de mexicanos escritas en Francia y el atractivo que ese país ha generado en los escritores mexicanos. Habló de las estancias de Octavio Paz y Alfonso Reyes en el servicio diplomático francés, la presencia con el mismo fin de Carlos Fuentes, Sergio Pitol, Fernando del Paso y Jorge Volpi. Particularizó la relación de Paz con Francia. “Octavio Paz dijo en 1989 que la literatura francesa fue para él su segunda patria sentimental, pues viene de una familia culta, donde se leía literatura e historia francesa, leyó joven a Víctor Hugo, incluso Paz estudió en una escuela francesa”, señaló Ollé-Laprune. Recordó la relación de Paz con André Gide, su encuentro con Malraux y Perec, quien tradujo Águila o sol al francés, el gran momento de Paz en Francia entre 1945 y 1951, allí escribe Libertad bajo palabra y El laberinto de la soledad y le genera El mono grámatico. Se refirió también a los encuentro de los franceses con México, desde André Bretón, Antonin Artaud, Georges Perec y Georges Bataille, hasta Jean Meyer y Jean-Marie Gustave Le Clezio, los escritores franceses, señaló Ollé-Laprune, han encontrado en México un lugar para vivir, para crear y una inspiración para sus obras. www.eluniversal.com.mx/cultura/2014/dialogos-literarios-franciamexico-984417.html

París, Francia. Con motivo del centenario del nacimiento de Octavio Paz, que se cumple en marzo de 2014, inició en esta capital el rodaje de un documental sobre los años parisinos del premio Nobel mexicano, el cual produce y emitirá la televisora de la Universidad Nacional Autónoma de México (TV UNAM). La filmación arrancó hace unos días en el Puente Mirabeau de París, lugar simbólico del paso del escritor, ensayista, diplomático y

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poeta mexicano por esta ciudad, que influenció su obra y en la que vivió en varios momentos, principalmente entre 1945 y 1951. “El proyecto surgió de una propuesta del director de TV UNAM, Ernesto Velázquez. Busca dar a conocer un perfil nuevo, distinto de Paz sobre el que ya existen numerosos documentales, sobre todo después de que ganó el Nobel", explicó el escritor e historiador Enrique Márquez. “Quisimos presentar registros distintos y por eso lo territorializamos en París. Es una visita a los distintos sitios que evocan el paso de Paz por esta ciudad”, agregó Márquez, director y guionista del documental que llevará por título Noche en claro. Octavio Paz en París (1945-1951). “Será una exploración de los vínculos intelectuales, políticos y filosóficos del joven intelectual cuando llegó a París” en plena posguerra, luego del final de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), indicó. En ese periodo Paz desempeñó un puesto diplomático en la Embajada de México en Francia y escribió, entre otras, una de sus obras

más emblemáticas, El laberinto de la soledad, un análisis sobre “la idiosincrasia y el alma” de México. “Es en París que Paz dice que nace como poeta, surgen sus ideas políticas y se consolidan en el ambiente francés, que le marcó desde su infancia, por su familia”, abundó Márquez sobre el poeta, ensayista y traductor, quien nació en Mixcoac el 31 de marzo de 1914. De acuerdo con el guionista, “París inspiró el pensamiento de Paz” que al establecerse en la dura posguerra en la capital francesa tuvo una gran actividad. “Decía que al llegar a París se encontró con que no había gasolina, ni calefacción pero sí una admirable vida intelectual”, añadió sobre el escritor mexicano, al que se le ha considerado como un intelectual “afrancesado”. Enrique Márquez puntualizó que el documental, que se rueda en locaciones frecuentadas por Paz en la llamada “Ciudad de la luz” o por intelectuales cercanos, “pretende llevar imágenes, huellas, trazos de la vida de Paz en París en esos años que no fueron fáciles”. Los espectadores, detalló, además podrán ver los encuentros y desencuentros del autor de Piedra de Sol con personajes que conoció en Francia como André Breton (1896-1966), Jean-Paul Sartre (19051980), Emil Cioran (1911-1995) y Albert Camus (1913-1960). Así como con los latinoamericanos Pablo Neruda (1904-1973) Julio Cortázar (1914-1984), Blanca Varela (1926-2009) y Fernando De Szyszlo (1925), entre otros. El filme, que durará algo menos de 60 minutos, contará con la aportación de traductores de la obra del Premio Nobel de Literatura 1990, escritores franceses, amigos y especialistas en arte y literatura. La idea es estrenar “casi simultáneamente” el documental en la Ciudad de México y en París, en la biblioteca que el Instituto Cervantes ha bautizado con el nombre del gran poeta mexicano. Paz mencionó a la “Ciudad luz” en algunos de sus poemas como "Noche en claro", que da título al documental, y en París escribió otra de sus grandes obras ¿Águila o sol? (1951) y reunió por primera vez su obra poética bajo el título Libertad bajo palabra (1949). Octavio Paz es además el único escritor mexicano al que la más prestigiosa de las editoriales francesas, Gallimard, ha publicado en su más importante colección, "La Pléyade". www.informador.com.mx/cultura/2014/510979/6/la-vida-deoctavio-paz-es-llevada-al-cine.htm

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El escritor, ganador del Premio Nobel de Literatura, fue profesor y secretario de la hoy la Secundaria Federal No. 1. El escritor mexicano, ganador del Premio Nobel de Literatura, Octavio Paz, llegó aMérida, Yucatán, en 1937 y fungió como profesor y secretario de la hoy escuela Federal Número 1, antes llamada “Secundaria para Hijos de Trabajadores”, que estuvo ubicada primero en el centro y luego en la colonia Itzamná. Rusell Vallejo Sánchez, autor del libro de reciente edición titulado “Memorias del Internado Federal No. 5 de Enseñanza Secundaria para Hijos de Trabajadores”, el nombre original de la Federal 1; escrito que destaca el cronista Gonzalo Navarrete Muñoz en su blog. “Mérida significó más para don Octavio de lo que para la ciudad al gran poeta”, refiere la publicación. El autor deL libro puntualizó que Paz escribió en Mérida su célebre poema “Entre la piedra y la flor” y dejó varios testimonios escritos sobre la capital y el Estado. “De Mérida salió el joven Paz para casarse con la gran escritora Elena Garro e irse al encuentro de escritores en Valencia, España. La invitación llegó a la LEAR (Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios) en la ciudad de México. De las oficinas de esa legendaria

organización tomó Elena la invitación y se la telegrafió a Octavio”, se indica. En el libro, Rusell Vallejo mencionó a otros maestros pioneros de la reconocida escuela; Ricardo Cortés Tamayo, José Emilio Vallado Galaz, Enrique Gottdiener Soto, Rafael Cervera González, Nery Loreto Sansores y María Lire Recio. La publicación es prolífica en anécdotas, así como en listas de maestros, reformas y acondicionamientos de la escuela, una de las más emblemáticas en la historia de la educación en Yucatán. Para el cronista Gonzalo Navarrete Muñoz, se trata de una escuela que “es parte de nuestro patrimonio cultural, de ahí que a un tiempo saludemos con gratitud ese esfuerzo y demandemos de su autor un trabajo posterior que nos amplíe el cautivador horizonte que nos ha mostrado”. http://sipse.com/entretenimiento/recuerdan-estancia-de-octavio-pazen-merida-yucatan-74145.html

En su décima edición, el Encuentro Iberoamericano de Poesía "Carlos Pellicer", a desarrollarse del 12 al 16 de febrero en Tabasco, rendirá homenaje a los escritores mexicanos Octavio Paz (1914-1998) y Efraín Huerta (19141982), informó el Instituto Estatal de Cultura (IEC). En un comunicado, indicó que participarán más de 20 poetas nacionales, 13 locales y 10 de países como Uruguay, Chile, Colombia, Venezuela y Brasil, entre otros. Entre las sedes del encuentro se encuentran el Planetario Tabasco 2000, la biblioteca pública "José María Pino Suárez" y el Museo Regional de Antropología "Carlos Pellicer Cámara", así como los municipios de Cárdenas, Centro, Cunduacán, Jalpa de Méndez, Macuspana, Paraíso, Tacotalpa y Teapa. El Instituto precisó que en la inauguración se hará entrega del Premio Iberoamericano de Poesía “Carlos Pellicer” al vate Antonio Deltoro, por obra publicada en 2012. El programa incluye la realización de dos conferencias magistrales, 12 mesas de lectura, cuatro presentaciones de libros, dos mesas de

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ponencias, tres talleres de creación literaria, una feria de libro y lecturas en ocho municipios. www.eluniversal.com.mx/cultura/2014/po esia-carlos-pellicer-paz-huerta984956.html

Tres imágenes seriadas con infinitas posibilidades, obra del pintor Juan Pablo Rulfo, acaba de lanzar a la venta el Fondo de Cultura Económica (FCE) con motivo del centenario del nacimiento de Octavio Paz (31 de marzo), Efraín Huerta (18 de junio) y José Revueltas (20 de noviembre). En estas gráficas digitales, Rulfo quiso atrapar el alma de estos escritores. Se trata de 16 obras hechas en papel de algodón alemán, en tinta de láser permanente, con calidad de duración de unos 200 años y tiraje de mil 600 piezas que se pueden adquirir en todas las librerías de FCE del país con un costo aproximado de 500 pesos cada una. Son dos series de Paz, cuatro de Huerta y dos de Revueltas, así como cinco imágenes en torno de la editorial, que cumple 80 años. Hijo del escritor Juan Rulfo, el artista explica cómo inició el proyecto el año pasado: “Hice el logo por el 75 aniversario del Fondo, y de una reunión se derivó la gráfica de los centenarios.

“Las tres imágenes que se usaron fueron hechas a partir de retratos de Paz, Huerta y Revuelta cuando jóvenes, lo importante es que fueran jóvenes por una decisión francamente mía, porque quería hablar de un punto de inicio de toda una vida de creación, que se da en la juventud y que conlleva ‘posibilidades’.” Utilizó el elemento digital para establecer una idea de variabilidad, posibilidades que ni el grabado ni la litografía le hubieran permitido, según explicó. “Estás gráficas son como un trabajo fantasmal que está entre la fotografía y el dibujo, elemento que sirve como filtro que permite pasar la luz. En pocas palabras, utilicé el dibujo como un filtro para la foto, y la foto como un filtro para el dibujo, y el dibujo y la foto son una suma de capas donde no destaco ni uno ni otra, sino el fantasma del personaje, porque hay un nivel de transparencia que sobresale entre uno y otro, eso es lo que hace distintivo a un ser, es la constante, y eso es lo que permanece. “Buscar la constante en el individuo es como encontrar su sustancia, un poco de su alma, es ese tercer elemento, la constancia de los caracteres del individuo, lo que permanece, y esa posibilidad la encontré en lo digital.” —¿Hizo alguna diferencia al momento de hacer las gráficas? —Fue muy subjetivo de mi parte, busqué en cada uno un sentido propio, entre la forma y el planteamiento gráfico hay una intención de acentuar una personalidad, una serie de formas que hablen sobre ellos. Pero no una personalidad impuesta por mí, sino a través del proceso de trabajo. No impuse nada, fue un trabajo de ausencia y presencia de mi parte. Eso es lo que intenté. “Cada foto es casi icónica. En el caso de Efraín y Octavio fueron por fotos, pero en el caso de Revueltas hay muy pocas imágenes de él joven, así que la encontré en un video, fijé una imagen y a partir de ahí trabajé. Revueltas me parece un personaje inasible, un ser en constante transformación y movimiento, un hombre dinámico y ácido. En el caso de Huerta, es un hombre con una forma fija, una personalidad muy determinante, energético, un gran observador que se detenía a mirar. Y Paz tenía una forma mucho más distinta… todos con personalidad de grandes creadores, traté de captar eso… De

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alguna forma es un homenaje a los fotógrafos, porque es parte de la historia del ícono.” Quizás en una fecha cercana pudiera hacerse una exposición de las 16 gráficas, por lo menos el Fondo de Cultura Económica tiene una intención en ese sentido. “Que se haya hecho esto es un poco admirando la labor del ilustrador, que va enriqueciendo y sumando la cultura, que ofrece la posibilidad de vernos a nosotros mismos como cultura; mientras no tienes esos parámetros te puedes desvanecer.”

ubicado en la entrada del Parque Bonfil. Las jóvenes destacaron las dos obras de Octavio Paz que marcaron a la sociedad mexicana: Libertad bajo palabra y El laberinto de la soledad. Mencionaron las actividades que va a realizar el Cobaes. Los círculos de lectura de los diferentes planteles se van a enfocar en los libros del autor nacido el 14 de marzo de 1914. A partir del 23 de enero, se van a proyectar documentales sobre su vida y obra, se van a realizar páneles de discusión entre jóvenes y se ofrecerán conferencias de escritores y poetas de cada región. También se van a realizar concursos entre el alumnado de la zona sur, en cuento y poesía. www.noroeste.com.mx/publicaciones.php?id=925513

www.proceso.com.mx/?p=364511

Las celebraciones con las que se conmemorará el centenario del natalicio de Octavio Paz ya empezaron y los Cobaes de la zona sur se van a unir a los homenajes, anunciaron en rueda de prensa funcionarios de la institución educativa en el Cobaes 38. Para dar a conocer el inicio de los festejos se reunieron seis alumnas que son miembros de los círculos de lecturas que existen en todos los Cobaes, para hablar de la obra del ilustre escritor. La bibliotecaria de la institución, Cristina Alduenda, es la animadora de este grupo que está enfocado a la consolidación del hábito de la lectura entre el alumnado del plantel

Para conmemorar el centenario del natalicio de Octavio Paz, la Cámara de Diputados tiene planeada una sesión solemne en la que se leerá el poema “Piedra de sol” y se entregará una medalla a la viuda del poeta Marie José Tramini Además se prevé la cancelación de un timbre postal, actos en otros estados de la República y una plataforma en internet, informó Sonia Rincón Chanona, presidenta la Comisión Especial para Conmemorar el Centenario del Natalicio de Octavio Paz, durante la cuarta reunión sobre los avances del festejo. La diputada de Nueva Alianza precisó que en la sesión solemne, a efectuarse el 20 de marzo, se verificará la Primera Jornada Pública de Lectura de la obra de Octavio Paz, con la participación de invitados especiales y legisladores de la LXII Legislatura. Se hará la cancelación de un timbre postal y se presentará un billete de la Lotería Nacional. Asimismo, se hará la cancelación de un timbre postal y se presentará un billete de la Lotería Nacional, con motivo de los 100 años del nacimiento del Premio Nobel de Literatura 1990. La presidenta de la comisión informó que se prevé la presentación durante ese mes de una plataforma en internet para acercar a los jóvenes a la vida y obra de Paz. Mencionó que todos los festejos programados para este 2014 a fin de conmemorar el nacimiento de Octavio Paz se realizarán con la participación del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), presidido por Rafael Tovar y de Teresa.

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Sobre la solicitud para que se difundan en los libros de primaria más referencias sobre Paz, dijo que los directores generales de la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos, Joaquín Diez Canedo, y adjunta de Materiales Educativos de la SEP, Laura Isabel Athié, confirmaron que la dependencia proyecta imprimir tomos de su obra. Hasta el momento, indicó la representante de Nueva Alianza, se tienen ya programados diversos actos en el Distrito Federal, en Zacatecas y en Yucatán para evocar la trayectoria del prestigiado poeta mexicano. Rincón Chanona dio a conocer, además, que los gobiernos de Oaxaca y San Luis Potosí ya decretaron el 2014 como el Año de Octavio Paz, y se espera que se sumen más estados de la República. Se prevé, agregó, que durante el Festival Internacional Cervantino Octavio Paz y su obra ocupen un lugar preponderante para difundir su legado a México y al mundo. A la reunión asistieron los legisladores Roberto López González, del PRD, y Judit Magdalena Guerrero López, del PVEM. www.excelsior.com.mx/nacional/201 4/02/12/943445

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OP2014, núm. 3