C RÓ N I CA, S Á B A D O 3 1 J U L I O 20 21
Nacional
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“Tu amor o la muerte”: la tragedia de la calle de La Amargura Dos tiros retumbaron en la pequeña calle, de la cual se contaba que era una de las zonas en que, hacía siglos, se había librado la parte más sangrienta de la batalla final de Tenochtitlan Historias Sangientas Bertha Hernández Ciudad. Cargo lorem
Según La Gaceta de Policía, que con detalle y eficacia bautizó al brutal homicidio de Carlota Mauri como “La tragedia de la Calle de la Amargura”, todo se había desencadenado con una frase: “No te quiero ya”. Como bola de nieve que rueda y arrastra todo a su paso, el efecto de esas cuatro palabras se resumió en otra frase, que era, al mismo tiempo, la respuesta y el resumen de aquellos sucesos: “Tu amor o la muerte”. Así se estremeció la ciudad de México, en octubre de 1905 con un crimen pasional denso, lleno de recovecos, que convirtieron al caso en materia para la crítica social de la época y que terminó donde tantos otros, en el paredón de fusilamientos de la Cárcel de Belén. Pocas veces fue tan atinado un redactor de la prensa porfiriana, como el personaje anónimo de la Gaceta de Policía que resumió aquel desdichado asunto como “Un abrazo de muerte”, porque eso había sido el último encuentro entre la joven Carlota Mauri, encargada de un estanquillo de la Calle de la Amargura y Arnulfo Villegas, de oficio carnicero, y que laboraba a las órdenes del propietario de la carnicería “La Novedad”. Y no
se trató de una simple historia de amores contrariados donde la ceguera momentánea que causa la ira incontrolada actúa como un relámpago en pleno día; se trató de un crimen que Villegas incubó en la parte más oscura de su alma, y que hoy sería calificado, sin duda, como un feminicidio con todas las agravantes: ¿Cómo empezó aquella tragedia? ¿El día que Carlota y su madre empezaron a despachar en el pequeño comercio adyacente a las habitaciones en que vivían? ¿En el momento en que Arnulfo Villegas se prendó de la joven sin importarle nada más? Complicados fueron aquellos amores, y como hay mentiras que, con el desgaste de la vida diaria quedan al descubierto, muy pronto el romance se empañó. Luego, se resquebrajó, se fue por el caño del fracaso. La ceguera de Arnulfo lo llevó a una rabia densa y contenida que se convirtió en sentencia de muerte para aquella a la que había amado tanto y que, pensó aquel hombre ofuscado y envenenado de rencor, no merecía seguir viviendo. UN DR AMA “DE L AS CL ASES ÍNFIMAS”
Como era frecuente en la prensa porfiriana, los sucesos de sangre siempre eran narrados con la correspondiente crítica moral, especialmente dura con las clases humildes, que a diario luchaban para ganarse el pan. Carlota y Arnulfo eran así: una, en el estanquillo montado por su madre, el otro, ganándose el jornal en una carnicería que no
Posada dibujó muchos fusilamientos de criminales del porfiriato. Todos se llevaban a cabo en uno de los patios de la lúgubre cárcel de Belem; las sentencias de muerte no se cumplían en la nueva Penitenciaría de Lecumberri.
le pertenecía. La Gaceta Policiaca, publicación que tenía sus oficinas en la elegante calle de San Francisco y que estaba al mando de don Fortunato Herrerías, no fue menos que otras publicaciones, como El Imparcial o El Popular. Junto a las fotografías de Carlota y Arnulfo, el redactor, seguramente guiado por la mano y el juicio de don Fortunato, teorizaba acerca de las fuerzas oscuras que desencadena una ruptura amorosa: ellos, los pobres, rodeados de carencias, privados de educación, y por tanto de sólidos valores, reaccionaban con locura, cegados por una oleada roja que les nublaba el entendimiento, apenas cualquier palabra o acción contrariaba sus deseos, sus pasiones. Así explicaba la publicación el impulso de muerte de Arnulfo Villegas, rechazado un buen día por Carlota, con quien, incluso, ya estaba comprometido para casarse: “Un “no te quiero ya” es, para
esa gente de bajo nivel moral, la mayor de las injurias…lo que sienten herido es el amor propio de valentones, que exigen, como cosa natural, el que la mujer en quien ponen los ojos debe ser siempre suya hasta la abnegación, hasta el sacrificio, hasta la abyección”. ¿Cómo habían llegado a eso? Carlota Mauri tenía 18 años en 1905 y sus relaciones con Arnulfo duraban ya un año largo. Joven, en edad casadera, y en el mostrador de la tiendecilla, era objeto de los requiebros cotidianos de cuanto varón se apersonara en el estanquillo. Era fama que la muchacha ignoraba los piropos o las propuestas más atrevidas. Los reporteros que se acercaron a los vecinos el día que la mataron obtuvieron historias, según las cuales, la muchacha no aspiraba a casarse con ningún rico, pero si esperaba a un hombre bueno y honesto que le diera un hogar respetable. (Pasa a la 8)