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Historias de detectives: las hazañas de Valente Quintana Ninguna historia de la criminalidad en el México de los años veinte del siglo pasado estaría completa sin incluir a este personaje, a quien, desde muy temprano en su carrera policial, la prensa apodó “el Sherlock Holmes mexicano”. Sus habilidades como investigador lo colocaron en las más diversas investigaciones, y persiguió ladrones ingeniosos lo mismo que interrogó magnicidas y se enfrentó a grandes farsantes.

Historias Sangientas Bertha Hernández Ciudad. Cargo lorem

Ingenioso, atrevido, valiente, y, si resultaba necesario, no le daba resquemor sentarse a dialogar con Satanás. Para los locos años veinte, donde la vida marchaba a toda velocidad y algunos optimistas auguraban un mundo donde las bellas flappers se moverían por la ciudad no en ruidosos automóviles, sino en gráciles y coloridos aeroplanos, un detective sobresaliente era lo más adecuado para resolver los grandes crímenes del momento. Y es que a Valente Quintana, con muchas horas de vuelo, y un profundo conocimiento de los bajos fondos mexicanos, ningún reto le parecía pequeño. En 1921, cuando comenzaba el gobierno de Álvaro Obregón, y muchos consideraban que los años de enfrentamientos armados ya habían pasado, la vida criminal del país era un complicado mosaico donde los crímenes pasionales, los asesinatos políticos y los robos de muy alta categoría, como se estilaban en las novelas europeas de Arsene Lupin o del famoso Raffles, eran el pan de todos los días en las páginas de los periódicos. Por muy político que fuese el diario en cuestión, jamás se sustraía al poder de la nota roja, que atrapaba a los lectores y vendía muchos, pero muchos ejemplares: “Los crímenes siempre van en la primera plana”, le escribía, en 1923, el director gerente del vespertino El Mundo, que respondía por Martín Luis Guzmán, a su corresponsal en Europa, lla-

mado Alfonso Reyes. Las habilidades criminales se habían multiplicado, y en eso, cosas de la vida, también se reflejaba la modernidad. Para los años 20 hasta se habían dado ya casos de lo que hoy llamaríamos “delitos de cuello blanco”, como ingeniosos fraudes a compañías aseguradoras. Por eso, para grandes crímenes, se necesitaban policías de ingenio aguzado y sin miedo a nada. Una de las facetas de ese mundo criminal tenía que ver, como mucho antes y como ahora, con los cuerpos policiacos. Siempre en contacto con los bajos fondos, siempre conocedores de las mañas y artilugios de los delincuentes sistemáticos, esos que hacen del delito su forma de vida, las instituciones policiacas habían evolucionado. Desde los tiempos de don Porfirio, se hablaba de la torva policía secreta, buena para deshacerse de opositores latosos, y en ocasiones se les empleaba para rastrear criminales, en las zonas más peligrosas de la ciudad. Desde entonces se empezaba a hablar de inspectores y detectives, como los que operaban en otras ciudades del orbe. Poner la inteligencia y los “métodos científicos” al servicio de la justicia, era imperativo: se requería mirada fina para detectar indicios y elementos insólitos; se necesitaban contactos y amistades en el bajo mundo para encontrar los oscuros caminos por los que caminaban los criminales. UN DETECTIVE AL ESTILO NORTEAMERICANO

La vida en el norte mexicano no niega su vínculo con la cultura estadunidense. Como en tantas otras cosas, el combate al crimen también captaba ese espí-

Quintana era personaje de leyenda. En 1953 se filmaron dos películas basadas en sus hazañas. El actor Miguel Torruco encarnó al detective, y en ambas películas hay un “prólogo” donde aparece Quintana (izq.) al lado del actor.

ritu, y el joven tamaulipeco Valente Quintana, nacido en 1890, lo supo bien pronto. La leyenda del detective Quintana cuenta cómo, apenas con la primaria terminada, había cruzado la frontera, y allá se ganó la vida en los oficios mías humildes. La leyenda también aseguraba que, establecido en Brownsville fue acusado de robo un norteamericano, dueño de la tienda de abarrotes donde trabajaba. Para probar su inocencia, el muchacho Quintana asumió su defensa, hizo la indagación y logró señalar al verdadero ladrón. Con eso, aquel jovencillo no solo limpiaba su nombre. También encontró su destino. Dio cauce a sus habilidades en una escuela, la “Detectives School of America” y habría trabajado con las autoridades estadounidenses. Así fue ascendiendo y ganando experiencia. Parecía que Quintana estaba plenamente adaptado a los métodos de la policía estadunidense. Pero para nombrarlo comandante de grupo se requería que renunciara a su nacionalidad mexicana. Entonces, Quintana decidió volver a México. Regresó en 1917. Tenía 27 años y solicitó empleo en la Inspección General de Policía, decidido a echar raíces en la capital.

Hubo quien lo vio en esos tiempos, oficiando de humilde policía de crucero. Pero un par de años más tarde solicitó su cambio a las comisiones de seguridad, donde pudo mostrar sus habilidades como detective. Cuatro años después de su ingreso a las fuerzas policiacas capitalinas, en 1921, llegó la fama para el detective Valente Quintana, al detener a los autores del atraco al tren de Laredo, que había causado un escándalo por el enorme botín -nada menos que 100 mil pesos en oro y en platay por la gran violencia con que se había cometido; los criminales mataron a 8 soldados y a dos civiles. Resolver el caso le valió a Quintana su ascenso a la jefatura de las Comisiones de Seguridad de la Inspección General de Policía del Distrito Federal. Aquel, su primer gran caso había causado conmoción en ambos lados de la frontera. Fue casi natural que sus colegas estadounidenses comenzaran a llamarlo “El Sherlock Holmes mexicano”. Aquella fama se acrecentó cuando, un año después de su primer gran triunfo, Quintana logró detener a un banquero norteamericano prófugo, J.L. Armfield, culpable de un fraude por 300 mil dólares. Con la policía de su país pisándole los talones, Armfield había logrado escapar a territo-

rio mexicano. Quintana lo atrapó aquí. El detective mexicano resolvió numerosos casos: robos de toda índole, algunos muy sonados, como el cometido en el hogar de los descendientes del Marqués de Jaral de Berrio, o la oleada de robos perpetrados por un dueto de maleantes conocidos en el rumbo de Santo Domingo como “Los Burros”. “Los Burros” eran un par de delincuentes con un buen arsenal de mañas: se movían por los barrios de dinero, con su silla de tijera y un par de canarios amaestrados: se plantaban en las esquinas, para que el pajarito leyera la suerte de las damas que caminaban por el rumbo, y ese pretexto, que daba una imagen sencilla e inocente, les permitía vigilar las casas en las que deseaban penetrar. En el curso de una mañana, aparte de ganarse unos centavos con las gracias de los canarios, Los Burros hacían su diagnóstico, y al caer las sombras, entraban a desvalijar. Quintana, gracias a sus conocidos del bajo mundo, tan o más criminales que Los Burros, dio con ellos en la zona de los portales de Santo Domingo. A la larga, logró atrapar a los delincuentes, aunque uno de ellos logró fugarse de la cárcel para continuar delinquiendo.


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