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Nacional
C RÓ N I C A , S Á B A D O 2 0 N OV I E M B R E 2 0 2 1
Los crímenes brutales de la Banda del Automóvil Gris Mientras los caudillos de las diferentes corrientes revolucionarias construían su paso a la historia y los violentos finales que tuvieron, la gente de a pie sufrió tiempos muy duros, llenos de inseguridad, miedo, incertidumbre y hambre. Inevitablemente, la criminalidad también aprovechaba aquel río revuelto para sacar ganancias a costa del derramamiento de sangre
Historias Sangrientas Bertha Hernández historiaenvivomx@gmail.com
Como tantas otras cosas, esta historia empezó en los días oscuros de la Decena Trágica, cuando el cañoneo de las fuerzas golpistas, atrincheradas en el arsenal de la Ciudadela, sembró el terror en diversos rumbos de la capital, pues el objetivo de aquellos militares sublevados, aliados en la traición con el responsable de combatirlos, el general Victoriano Huerta, no era tanto defenderse, como sí generar una sensación de completa inestabilidad entre la población. Y de ahí a culpar al presidente Madero de aquel desastre, solamente había un par de pasos. Por eso, los cañones destrozaron, en febrero de 1913, muchas casas en las cercanías de la Ciudadela, y abrieron boquetes enormes en los muros de la vieja y temible cárcel de Belem. Por aquellos agujeros escaparon docenas de delincuentes que se refugiaron en los barrios peligrosos de la ciudad de México. Recobraron fuerzas, olfatearon el caos que dominaba la capital, y se dedicaron a sacar provecho de él. Pero, como a todos, el vendaval revolucionario también los arrastró. Algunos encontraron sustento fijo en las tropas de una u otra corriente, pues muchos de ellos ocultaron su pasado, y simplemente se presentaron como ciudadanos comunes y corrientes que buscaban un poco de seguridad, y defender a su país. Pasaron a engrosar los nutridos contingentes que combatieron en las más diversas latitudes del país. Pero algunos de ellos se encontraron con que el uniforme revolucionario les daba carta blanca para entrar a saco
en las casas más ricas, y argumentando que perseguían criminales o rebeldes, echaban la zarpa a cuanto objeto de valor se les atravesaba. No eran distintas las cosas en el ámbito rural: fueran quienes fueran los que entraban a los pueblos, a todo galope y lanzando tiros al aire, no era raro que cargaran con animales, costales de frijol o maíz; lo que hubiera y que permitiera alimentar a las tropas. De aquellos tiempos agitados, el pueblo, con sorna, pero también con ira contenida, inventaron el verbo “carrancear”, que alude a esos robos cometidos en nombre de una causa política no muy definida. Surgido a partir de las incursiones de las fuerzas del Primer Jefe, Venustiano Carranza, aquel verbo atroz se hizo extensivo a todas las fuerzas que tomaban poblaciones chicas o grandes; ciudades o rancherías. Duros tiempos vivió la capital en 1915, cuando, además de la escasez de alimentos y las complejas maniobras de las autoridades para restablecer el abasto, un grupo de criminales, fingiéndose militares, empezaron a apoderarse de los bienes que todavía conservaban algunas familias adineradas. Poco a poco, se dieron a notar; poco a poco se supo de sus fechorías. Nadie sabía quiénes eran, pero sí que se movían en un vehículo peculiar. Pasaron a la historia criminal mexicana como la Banda del Automóvil Gris. UNA REUNIÓN EN LA COLONIA DE LA BOLSA
Según declararían después los delincuentes, en el verano de 1914, en un tugurio de la colonia de la Bolsa, llamado “El grano de arena”, se dieron cita algunos personajes peculiares. Mexicanos, algunos españoles, un francés. Los unía el oficio del robo, y el origen de su mutuo conocimiento: todos ellos se habían conocido cuando cumplían sentencia en la cárcel de Belem, y to-
dos habían escapado cuando los cañones reventaron los muros de la prisión en febrero de 1913. Era lo que bien podría llamarse una “reunión de negocios”. Asistía Amador Bustínzar, El Pifas, maestro en el arte de abrir cajas fuertes; tan bueno, que alguna vez había abierto, por encargo de la policía, y para rescatar al jefe de cajeros, la bóveda del Banco Nacional de México. Estaba Ramón Beltrán, El Gurrumino, y Refugio Hernández. Todos ellos eran ladrones con fama de audaces y peligrosos. El francés respondía por Mario Sansí, con fama de inteligente y que se dedicaba a lo que hoy se llamaría trata de personas, explotando y maltratando a prostitutas. Dos de los asistentes a la reunión tenían historias distintas a las de sus colegas, formados en los barrios pobres y violentos de la ciudad. Rafael Mercadante y Manuel Palomar habían crecido en el seno de familias honorables y con cierta holgura. Pero en 1914 ya eran ladrones con muchas horas de vuelo. Santiago Risco era español. Cruzó el mar en busca de una nueva vida, pero lo cierto es que era huésped frecuente de la cárcel, de la cual salía y entraba con frecuencia. El robo era la menor de sus faltas. Otro, Enrique Rubio Navarrete, que tenía un hermano militar –que llegaría a general- también estaba en la junta aquella, con la aureola de oveja negra de su familia. Otro en el grupo era Francisco Oviedo, adicto al alcohol y a la mariguana, hijo de una familia pobre pero honorable. El líder de aquella oscura reunión era también español y respondía por Higinio Granda, que, a esas alturas, llevaba más de 20 ingresos a la cárcel. Había llegado a México con su hermano Juan, pero los hermanos veían la vida de manera muy distinta, y así, mientras Higinio hacía carrera criminal, Juan se enroló en el ejército zapatista, a las órdenes del general Amador Salazar. En tiempos de la presidencia de Huerta, las autoridades policiacas, concretamente la Policía Reservada, recibió el encargo de dar caza a todos los fugados de Belem. Pero haya sido por los tiempos complejos en que se vivía, o por las oscuras redes de complicidad e información que la Reservada solía entablar con la delincuencia, lo cierto es que muy pocos de aquellos prófugos habían regresado a Belem.
Y la razón es que muchos se habían “ido a la bola”. Granda, uno de ellos: se alistó en las fuerzas zapatistas, a las órdenes de su hermano, que ya era coronel. Cuando regresó a la capital, Higinio ya tenía el grado de capitán, e, incluso, formaba parte del Estado Mayor del general Amador Salazar. Pero la cabra tira al monte, decían las abuelas, y ahí estaba Granda, convocando a sus viejos compañeros, para proponerles un negocio formidable, con buenas ganancias, y lo que era mejor: con completa impunidad. NACE LA BANDA DEL AUTOMÓVIL GRIS
Fue el capitán Higinio Granda quien propuso, a toda esta colección de finos caballeros, formar una banda criminal. Y quería, de entre todos los fugados, a esta compañía, para asegurarse el éxito en sus proyectos. En cuanto todos aceptaron la propuesta, les detalló el plan general: En su calidad de lugarteniente de un general, Granda tenía acceso a información que hoy llamaríamos privilegiada. Sabía que las fuerzas zapatistas llevaban a cabo cateos, tanto para encontrar a enemigos como para detectar arsenales destinados a fortalecer a los carrancistas. Como los cateos eran considerados una “táctica de guerra”, nadie los consideraba ilegales. Ahí Granda vio la oportunidad: alegando que se trataba de un cateo, podría entrar, con sus cómplices, a todas las casas adineradas de la capital. No le interesaban las armas, aspiraba a encontrar y apoderarse de joyas, de dinero contante y sonante. LA CADENA DE CRÍMENES
Puestos de acuerdo, los delincuentes escogieron con cuidado su primer objetivo. Eligieron la casa número 5 de la calle de Colón, donde, según averiguaron, vivían dos caballeros. La banda, provista de un auto Lancia gris de cuatro puertas, con un chofer descendiente de japoneses, debutó el 7 de abril de 1915. Llevaban una orden de cateo, sustraída por Higinio Granda de su cuartel. Él mismo le consiguió los uniformes a sus secuaces. Acudió a la puerta el señor Enrique Pérez, quien, indignado, rechazó las pretensiones de los falsos militares, y negó tener vínculo alguno con el carrancismo, pero no le valió. A punta de pistola, los ladrones penetraron en su casa. Se llevaron, como denunció