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M. M.

Por fin Sancho tuvo la idea de descolgarme. Colocó al burro debajo del aspa, se trepó sobre el jumento, pues no me alcanzaba, y en supremo esfuerzo logró asirse de una de mis patas y los dos caímos al suelo, yo sobre él que, como pudo, logró librarse de mi peso, creo que bastante inferior al de él. El espectáculo no podía ser más denigrante para mí, pues jamás me había visto en un trance semejante. El rucio, viendo a su amo cubierto por mí, se me acercó, y no sé cuál de los dos olía peor, si Sancho o el burro. Mi cabeza era una noria en vertiginosa carrera dándome vueltas y sintiendo que se me despegaba del cuerpo. ¡Qué espanto! ¡Tanto que me gustaban los molinos de viento, y ahora creo que los odiaré mientras viva! Cierro los ojos y me veo colgado como un trapo de aquella aspa infernal, y tan pronto estoy en lo alto del molino como ronzando el suelo con la cabeza. Escuchaba los lamentos de Don Quijote; lamentos de amor, porque por la paliza no eran, y de lo que más se lamentaba era

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de que su amada Dulcinea no lo escuchara. Jamás olvidaré aquel día. Los Campos de Montiel fueron para mi desde entonces, otro de aquellos lugares" de cuyo nombre no quiero acordarme" en mi vida. Pasadas las horas, no sé cuántas, pero me parecieron una eternidad, calmado ya el amo y curado por Sancho, y yo sin poder dar un paso normal, volvimos a tomar camino. Ellos comentaban el lance que acabábamos de vivir, pero lo curioso de caso era que Don Quijote apenas hacía mención a los molinos, pues para él seguían siendo unos gigantes contra los que luchó y, además, derrotó en buena lid. No a todos, claro, porque aquel que tuvo la mala suerte de encontrarse con la lanza de mi señor quedó destrozado y, hasta pienso, que en su vida volverá a girar como Dios manda. No se me va de la cabeza la monumental zarandeada, pero mi señor estaba como si nada le hubiera ocurrido aunque su cuerpo era, con seguridad, un colegio cardenalicio, pues en las partes de cuerpo que tenía la vista estaban llenas de cardenales, fruto de aquella lucha con el dichoso gigante. Hablaba de cosas que yo no entendía, y estoy seguro de que también Sancho se quedaba en la luna, y pasaba de un tema a otro con la misma facilidad que yo puedo saltar un charco de poca monta. Algunas de sus parrafadas, no en esta ocasión precisamente, las entendía yo muy bien, pues eran respecto de caballos famosos que pasaron a la historia de la brida de sus amos. Así supe que un tal Calígula, emperador romano, tenía un caballo llamado Incitatus, y que lo nombró cónsul, lo que me da a entender que el tal Calígula estaba tan loco o más que mi amo. Claro que no creo que Don Quijote algún día me nombre cón-

sul o cuando menos jefe de su corral. Y puesto a saber, supe que Bucéfalo era el caballo consentido de un famoso guerrero y conquistador; Alejandro, creo que era su nombre, y que el caballo de Aquiles respondía, si lo llamaban, al curioso nombre de Janto, y que el de Aníbal se llamaba Strategos y que su amo murió en Belchite, España, cuando lo atacaron los iberos. Y claro, también mi paisano, Babieca, el caballo de don Rodrigo Díaz de Vivar, "el Cid". Lo que me llamaba la atención era que Sancho no le había puesto nombre a su rucio. A lo mejor el pobre ni eso merecía. Los dos caballeros -quiero englobar en ese título también al escudero, a pesar de su zafiedad-- no cesaban de hablar, y Don Quijote se dirigía a Sancho dándole consejos de cómo comportarse en la vida, contándole historia nunca vivida, pero sí leídas, y el escudero le contestaba con refranes que, a decir verdad y aunque parezca mentira, a AQUI . . . S. B. E.

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