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Walter Lezcano

23 patadas en la cabeza difusiona/terna ediciones


walter lezcano

23 patadas en la cabeza, buenos aires, 2013

difusiona/terna.ediciones dirección.general /nadia sol caramella dirección.editorial /cristian j franco prensa.comunicación /joel vargas edición.diseño.diagramación /cristian j franco corrección /pamela pulcinella | nancy gregof ilustración.portadilla.colofón /emi breuss ilustración.contratapa /nacho flores aguirre escriturasindie.blogspot.com.ar facebook.com/escrituras.indie facebook.com/escriturasindie.difusionalterna


23 patadas en la cabeza Walter Lezcano


Larga distancia La vez que vi cómo mi padrastro arrastraba a mi vieja por el piso y yo sabía que había un arma en la mesita de luz de él. La vez que estábamos en un bar con la cerveza a punto de terminarse y en la vereda de enfrente se peleaba una pareja a los gritos y todos nos quedamos en silencio porque sabíamos que detrás de todo ese ruido se venía algo peor. Ese martes que mi vieja se distrajo y yo me distraje y de golpe no la vi más era apenas un wachito ese momento de la vida donde todo es inolvidable. Sin saber adónde ir, me senté a llorar preguntándome ¿dónde mierda vivo? Las noches en las que sentimos algo y nos despertamos como si el colchón nos quemara 3


y los dos dijimos a la vez ¿qué fue eso? nos miramos sin encontrar respuesta pero sabiendo que cuando el sol saliera nos íbamos a enterar de alguna muerte y entonces pensaríamos y lo diríamos a la cena “qué groso sería estar lejos de todos estos forros de mierda que nos quitan el sueño”.

Mi vieja todavía no tiene casa.

No es que viva en la calle es que todavía no es dueña de ninguna de esas propiedades que la gente llena de cosas inútiles y les dice hogar. Mi vieja alquila y putea cada día de su vida porque siente que tira la plata que la desperdicia que la regala. Mi vieja estuvo averiguando si el gobierno no le regala una casa o al menos le da un terreno pero no tiene suerte con eso. 4


Mi vieja se muda cada dos o tres años. A veces consigue casas lindas por poca guita a veces consigue casas que se caen a pedazos por poca guita y a veces no consigue casa y para en lo de alguna amiga. Mi vieja sueña con su casa. Creo que es lo único que la mantiene viva. Cuando nos vemos me cuenta de dónde sería lindo vivir de cómo organizaría los muebles de cortinas hermosas cubriendo ventanales enormes de ambientes cómodos de patios y flores y techos de tejas. Yo una vez escribí una novela para mandarla a un concurso que tenía como primer premio 50.000 pesos. Me parecía que con eso le alcanzaría para cumplir su sueño. Pero la novela estaba muy mal escrita y no gané /ni siquiera una puta mención. Mi vieja sigue anhelando su casa. Y yo lo único que pude hacer por eso es escribir un poema. La poesía no sirve para nada.

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Perdí demasiado tiempo

viendo escenas pornográficas. Pude haber aprovechado mejor las horas tratando de ser un buen albañil. Ahora no sé levantar paredes, no tengo idea de cómo usar una plomada no tengo muñeca para hacer un buen reboque no sé cuánto pesa un ladrillo no tengo callos en las manos de haber hecho algo valioso.

Un par de caricias, dijo.

Yo le dije que sí pero no tenía idea de lo que eso significaba. Pude ver que se sentaba en el suelo ese lugar donde yo me había hecho demasiadas pajas sobre fotos de la revista Gente. Me sonrió. No había alegría en esa pieza. ¿A qué velocidad iba mi sangre? ¿Cuánto medía mi verga ese día? Vení, dijo. Me senté al lado suyo como un indígena caníbal saboreando una turista francesa. 6


Dame tu mano, dijo. Le alcancé la mano (mi mano izquierda con las uñas sucias) y se la pasó por el pelo áspero por el sol o el descuido o la tierra esas cosas gratis que no me gustaban. Acercate, me dijo. Me puse a centímetros de sus pecas. Tenía los labios partidos. Con esas telas arpilleras me marcó los pómulos. Ahora vos, me dijo. Hice lo que le vi hacer a mi viejo cuando se metía /en la cama de mamá cuando creía que nos dormíamos. (Yo no dormía nunca) Pero no le gustó. Un par de caricias nomás, dijo. Cuando se fue agarré una revista Gente que tenía algunas páginas pegadas y me senté en el suelo a bancarme la parada.

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Me rompí los nudillos

de la mano derecha buscando una explicación.

Me aturdió ese sonido del hueso perdiendo rigidez dejando atrás la belleza del puño cerrado. Me quedé mirando la sangre sobre la pared blanca una mancha irregular que adornaba el vacío. Después vino esa inyección de viento negro adormeciendo el brazo el cuerpo las ideas. Grité apenas y no se acercó nadie. Siempre es lo mismo: los primeros auxilios llegan luego del destierro del dolor. Se taparon las bocas de tormenta y no para de llover desde hace horas. 8


Una tormenta que saca pecho y te escupe en la cara. De pronto se forma un arroyo un mont贸n de agua asquerosa pretende entrar a las casas. Pongan arena esto va ser un desastre, dijo la de enfrente. Buscamos arena del fondo mientras alguien agarra el secador como quien carga una ballesta para matar zombies. Hay una lucha en ciernes. Miramos el cielo. No parece que vaya a parar. Ahora que el agua se nos meti贸 en el living y buscamos salvar los muebles de la pieza todos comprendemos lo que significa la palabra eternidad.

De pronto perdi贸

duerme en el asiento del tren con la boca abierta y por la comisura del labio emergen rastros h煤medos de una vida anterior. 9


El agotamiento no produce dulces sueños ni paraísos. Solo un odio lacerante contra el mundo. Los relojes, los relojes son la perdición. Hay un asiento libre a su lado (su hombro está mojado) pero la gente prefiere seguir de largo o seguir parada. De pronto perdió y su humanidad como un recordatorio de nuestro ser frágil y horrendo es insultante.

Cuando fuimos a vivir a Pontevedra

no estuvo bueno.

Era una casa de madera con techo de chapa de cartón y muy pocos muebles. Nos teníamos que bañar con un jarrito adentro de un fuentón. Si mojábamos el piso mamá se enojaba porque el piso era de tierra y se armaba un barro que lo complicaba todo. 10


Teníamos tan poca guita que íbamos a pedir comida a una iglesia que estaba cerca. Hacíamos la cola con una olla en la mano y nos servían una sopa rica que alcanzaba rebien para mí y mi vieja. En ese barrio vi mi primer muerto. La cosa fue así: con los compañeros de colegio nos metimos en un campito de golpe uno se cayó y, más vale, todos nos cagamos de risa. Se levantó y tiró una patada a eso que lo había volteado. Creía que era un tronco o una piedra. También puteó. Cuando se acercó un poco, porque vio que no se movió un carajo con la patada, abrió los ojos con placer: Vengan, dijo con la mano. Ahí estaba: un muerto. Y mucha sangre. ¿Cuánto tiempo vivimos en ese barrio? No sé decirlo. En mi cabeza son una serie de momentos manchados. No vuelvo muy seguido ahí. Así que mejor otro día hablo de la vez que mi tío 11


completamente en pedo nos tiró abajo la puerta de la casa porque creyó que no le queríamos abrir. Pero no había nadie.

Voy a tratar de ser preciso

porque es importante para este poema y para la vida también. Mi vieja estaba cocinando pastel de papa. Me acuerdo del olor de la cebolla dorándose en una sartén y de que en otra olla tenía las papas hirviendo. Sobre la mesada había una bolsa con carne picada y media docenas de huevos colorados envueltos /en una hoja de diario. Todo eso lo habíamos comprado en un mercadito /de la esquina de casa. Lo atendía don Alfonso que era una de las personas más buenas y gordas /que conocí en mi vida. Eso fue cuando vivíamos en Morón en la casa del papá de mi hermana. Vivíamos ocho personas en esa casa pero en ese momento estábamos solo mi mamá y yo. Ella era la única con la que me llevaba bien. Fue un martes a la tarde, 12


cerca de las 8 de la noche. Cocinaba siempre a esa hora porque a las 9 venía el papá de mi hermana y quería la comida /lista y servida. Sino pintaba BARDO. La vi poner la carne picada y morrón /y condimentos en el sartén agarrar la cuchara de madera y revolver. Después agarró el colador y lo puso en la piletita de la mesada. Agarrá los huevos, me dijo. Le hice caso, puse los huevos en la mesa. Mamá mientras tanto agarró el pisapapa /y se puso a hacer puré. El humo le daba en la cara. Y como yo no tenía nada más que hacer /que mirar los huevos envueltos los saqué de su envoltorio para leer la página del diario. Era una hoja de la sección Cultura del Clarín. ¿Qué año era? Yo tenía 7, Así que era el ‘86. Fue después del mundial. Me detuve en un pequeño recuadro debajo de todo, chiquito, unos siete u ocho renglones. 13


Hablaba de un tal Raskolnicov el protagonista de una tal Crimen y castigo que lo había escrito un tal Dostoievski y de que el chabón separaba a la gente en dos clases: Ordinaria y Extraordinaria. Me quedé pensando en eso. Y de golpe me dieron ganas de leer ese libro. Era la primera vez que me sucedía algo por el estilo. Ya nunca más me abandonaría ese deseo de leer, esa novela o cualquier cosa. Pero leer. La cosa no terminó ahí: mientras yo releía esos siete u ocho renglones los huevos empezaron a caerse de a uno al piso. Tuve miedo por la reacción de mi mamá. Era tarde, el mercadito de don Alfonso ya estaba cerrado, dentro de poco vendría el papá de mi hermana /con ganas de comer. La palabra BARDO se me aparecía /por todas las paredes sin rebocar. Mamá se dio vuelta, miró ese arroyo amarillo, después me miró a mí y dijo: Walter, nos tenemos que ir de acá, me quiero separar.

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Tuve una sola bicicleta en mi vida,

ahí la veo en el fondo del patio: absolutamente olvidada. Negra, llena de telarañas, las gomas desinfladas, /los caños oxidados. Me la compré de grande pensando que en una de esas me ayudaba para bajar la panza y ser un groso del deporte. Pero luego de un par de pedaleadas /por las calles de tierra del barrio me di cuenta de que todo eso era imposible la dejé a un costado, y ya no quise saber más nada con ella. Mi panza sigue intacta no nos llevamos bien es largo de explicar. Me encantaría, de verdad, que ocurriera algo así con ciertos recuerdos que tengo clavados en la nuca. No los quiero nombrar para que no se despierten y empiezan a cavar más túneles subterráneos en el pecho. Pero nada queda atrás. Te descuidás un segundo y ya tenés enfrente todo lo que quisiste patear a un costado para caminar sin el panóptico en el bolsillo. 15


Como cuando veo películas y, de pronto, hay una escena donde un padre y un hijo se reconcilian o arreglan sus diferencias o se despiden o sencillamente pasan un tiempo juntos porque la vida también puede ser eso: silencio y amor. Bueno, yo veo eso y no quiero que me pase lo de lagrimear sin fuerza, a veces de llorar sin consuelo, (siempre depende de la calidad de la escena) y otras tantas salir del cine porque no me la aguanto y terminar en una pizzería, una o dos horas después, llorando. Ando necesitando un auto veloz para situaciones como estas. Es largo de explicar.

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[ d/a ] 2013


Walter Lezcano | 23 patadas en la cabeza