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Libros

Lunes 10 de Junio de 2019

La divulgación de la cultura mediante textos escritos Por Alan Fernando Pérez*

La cultura en la sociedad Somos lo que hemos leído, O seremos, por el contrario, la ausencia que los libros han dejado en nosotros. Tomás Eloy Martínez

E

l concepto de cultura es amplísimo, con al menos ciento sesenta y cuatro definiciones diferentes inevitablemente relacionadas entre las más sofisticadas y entendidas en el ámbito cotidiano se encuentran dos: -El conjunto de creencias, conocimientos y códigos de convivencia de determinado grupo social, con los que resuelven problemas de interacción. -El refinado gusto por las humanidades y las artes. En este texto se hará referencia a

la segunda acepción, aunque para mayor precisión se preferiría llamarla alta cultura, sin embargo, priorizando la economía, se tratará sólo como cultura. Esta nomenclatura se da por analogía, como cada que nuevos conceptos se originan y requieren un nombre para definirse. Su etimología pues, viene del latín colere, “trabajar la tierra”, compartiendo raíz con cultivo, de ahí que se le llame culta a aquella persona que aprecie las bellas artes como la pintura, el teatro o la poesía, ya que está cultivando su espíritu y su mente, tal como el agricultor que cosecha bienes y alimentos. Antaño, los privilegiados con el conocimiento eran muy pocos. En las sociedades ancestrales de Medio Oriente sólo los muy sabios tenían acceso a la lectura y escritura, por lo que este fenómeno elitista le era esquivo al pueblo llano. Por ende, para

los de estratos sociales bajos, la percepción de la realidad era muy inferior que la de los sacerdotes, escribas y bibliotecarios que tenían en su poder los textos escritos. Aun así, no hay que confundirse, pues las tablillas y papiros son nada en sí; la escritura por sí misma no es más que un instrumento, de la misma manera que una llave no apretará un tornillo por si misma ni un rifle asesinará si no hay quien jale el gatillo. Lo que era apreciado era el contenido, la información ahí preservada, pues en ella recae el valor de la palabra escrita. Antes de la aparición de las letras, todo era oralidad, y por alguna razón hay cierto placer para el humano escuchar al lenguaje moldeado en sensualidad, con canciones y poemas. Así toda la tradición se transmitía, y cada generación repetía los cantos escuchados y recitados por los abuelos y los abuelos de estos.

compararse a una erupción volcánica. La imprenta permitió la producción de textos y divulgación de conocimientos de manera monstruosamente rápida. La espera por meses para un solo manuscrito se reducía a unos días, y con varias copias a su vez. Décadas después de la consolidación de la imprenta, pensadores renacentistas y ya cercanos a la Ilustración llegaron a remotos sitios donde sus pensamientos se escudriñaban y germinaban en nuevas ideas en los cerebros de sus lectores. La literatura transmitía cultura, y aquellos que podían recibir de ella lo que ofrecía eran afortunados. El libro comenzó

a conceptualizarse como una sagrada forma, y sus características se alaban como si de un regalo divino se tratase. Quién no ha escuchado a un bibliófilo extasiado proclamar su placer por el aroma a libro nuevo, o mejor, a libro viejo, esa oxidación de la lignina que deviene en acidez y que tiñe los folios de un llamativo y nostálgico color amarillo. Benito Taibo, rememorando a Orwell y Bradbury, menciona que un gobierno autoritario no quiere lectores, pues son peligrosos. Esta frase tan ambigua fundamenta el comportamiento cansino y prepotente de aquellos que leen, ignorando

Los formatos divulgadores La humanidad creció en sabiduría cuando los eruditos resguardaron su saber en soportes como la madera, la piedra o el papel. En hombros de gigantes, llegó a decir Newton, las bases del pasado que aún con sus errores y aciertos, en la actualidad siguen manteniendo en pie nuestras ciencias. Sin embargo, para sus contemporáneos, el acceso a ese conocimiento, a esa información, seguía siendo muy restringido. Todo cambió en fechas cercanas al final del Oscurantismo. Johannes Gutenberg ejecutó, para la cultura occidental de valores europeos judeocristianos, una ruptura digna de

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Número 378  

Número 378 de El Comentario Semanal, suplemento del periódico El Comentario de la Universidad de Colima.

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