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cuentos de miedo

LIBROS PARA EL PUEBLA Núgs


CUENTOS DE MIEDO ESTE LIBRO PERTENECE A:

DIVISIÓN DE EDUCACIÓN DE LA COMUNIDAD DEPARTAMENTO DE INSTRUCCIÓN PÚBLICA PUERTO RICO

SEGUNDA EDICIÓN -

1966


Indice Introducción

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El espíritu del Carretero Adaptación de una leyenda de Cayetano Coll y Toste

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Felo tenía un Amuleto

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La cura de doña Domitila

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El “mal de ojo” de Trinità Adaptación de una leyenda de Cayetano Coll y Toste

L a d e malas de Inocencio

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Introducción

El hom bre sabe qu e no es sólo materia. Es también alma y es tam bién m ente. El hom bre fuerte y seguro d e sí mismo busca en la religión el pan para su alma. Y busca en el arte y la sabiduría pan para su mente. Pero en esta búsqueda no hay m iedo alguno. El hom bre va a la religión por m edio d e la fe. Y va al arte por m edio d el amor. Pero encuentra am or en la religión. Y en­ cuentra fe en el arte. Con ello establece el equilibrio entre su m a­ teria y su espíritu. Y se sabe fuerte. Y confía en sí mismo y en los dem ás. Pero cuando el hom bre busca pan para su alma y para su m ente porque siente m iedo, entonces su alma y su m ente se ali­ mentan d e cosas absurdas, ridiculas, que van envenenando su existencia. El m iedo es, pues, la m ayor en ferm edad del espíritu del hom bre. Por el m iedo el hom bre huye d e la realidad. Por el m iedo el hom bre se olvida d e la religión y em pieza a creer en falsedades. Por el m iedo el hom bre no se atreve a enfrentarse a los problem as diarios e inventa un mundo fantástico de explicaciones que está contra Dios y contra la Ciencia. El hom bre fuerte no huye d e la realidad. Pero el hom bre


d ébil cree que su vida será más cóm oda si inventa excusas para no encarar los hechos tal com o son. Y d e esa actitud cobarde surge la superstición. L a superstición no es sólo producto d e la ignorancia. Hay analfabetos que no son supersticiosos. En cam bio hay hom bres d e letras y estudiosos que son supersticiosos. L a superstición es, pues, producto del m iedo, d e la cobardía, d e la falta d e seguridad en las propias fuerzas del hom bre. Hay analfabetos fuertes. Hay hom bres d e letras cobardes. Sin em bargo, sea en el an alfabeto o en el hom bre d e letras, la superstición es siem pre mala, dañina, destructora. Este libro nos trae CINCO CUENTOS DE MIEDO. V ere­ mos cóm o el m iedo pu ede hacer que personas buenas y aparen­ tem ente sensatas se pongan en ridículo o se hagan un mal grande a sí mismas y a las personas que más quieren. Leerem os en estos cuentos cosas cóm icas y cosas trágicas. Todas ellas causadas por la creencia en supersticiones absurdas. Son sólo cinco cuentos. Pero hay miles d e supersticiones entre nosotros. Sin em bargo, las supersticiones en que se basan los cinco cuentos tienen algo en común con todas las dem ás; son creencias provocadas por el m iedo, por la alta d e seguridad en nosotros mismos, por la falta de confianza en nuestra capacidad para entender a la gente y a las cosas que nos rodean. G ozarem os ahora la lectura d e estas narraciones. Pero al final d e cada cuento, después d e haber com partido las vidas de sus personajes, nos darem os cuenta d e lo ridículo o d e lo trágico d e haber ellos creído en cosas que están contra Dios y contra la**m Ciencia. Y tendrem os la oportunidad entonces de pensar y m e­ ditar en las cosas absurdas que el m iedo o la costum bre nos han h ech o creer a nosotros.


El espĂ­ritu del carretero Adaptado de una leyenda de Cayetano Coll y TostĂŠ

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En la casa número 1 de la calle José de Diego, esquina a la plaza Muñoz Rivera, de Arecibo, vivía un tío mío llamado don Felipe. Los bajos de la casa se usaban como almacén y en los al­ tos vivía él con su familia. Un día, su esposa Teresa le dijo: —Felipe, ¿te acuerdas de Miguel, el capataz de carreteros que se murió de tétano después de haberlo pisado aquella carre­ ta cargada de mercancías? —Seguro que sí— repuso mi tío mientras encendía su pipa. —Pues lo qqe tú no sabes es que murió en pecado mortal. —¡No digas! —No se pudo confesar y murió en pecado por estar viviendo en concubinato con la mulata Lorenza. —Bueno ¿y a qué viene todo esto? —preguntó mi tío. —Pues que el espíritu de Miguel viene toditas las noches a esta casa y se pone a trastear frente al cuarto de Lorenza. —¿Quién te dijo semejante tontería? — preguntó mi tío dejando de fumar. —Pues la misma Lorenza, que lo siente a medianoche y hasta oye los pasos claritos cuando él se va por la galería. —¿Y tú crees eso, Teresa? —No es que lo crea sino que lo sé. Me he levantado al dar las doce y me he puesto a oír detrás de la puerta. Lo he sentido subir la escalera y caminar todita la galería hasta meterse en la cocina. Mi tío miró pensativamente a su esposa. Luego repuso: —Está bien. Hoy mismo yo voy a averiguar si eso es ver­ dad o no. —Padre Domínguez, vengo a consultar con usted un punto religioso.


—Usted dirá, don Felipe, de lo que se trata. —Pues deseo saber una cuestión particular mía. ¿Es verdad que los muertos salen, Padre? —Bueno, don Felipe, alguna gente cree que los muertos salen y otros dicen que los ven. Puede ser, pero esto no es artícu­ lo de fe, ¿sabe? —Muchas gracias, Padre Vicario. —Mi tío salió de la sacristía de la parroquia y se encontró con el ayudante del Párroco. —Hola, Padre Vidal. —¿Qué dice de nuevo, don Felipe? —Quiero hacerle una consulta, Padre. —Usted dirá, amigo mío. —Padre, ¿usted cree que los muertos salen? —Esas son pamplinas, don Felipe. Lo que sale a veces es el siete cuando uno busca el as, y lo raja a uno el banquero. ¡Tam­ bién salen unos golondrinos en las axilas que ponen a uno inú­ til! ¡Como estoy yo con uno que me ha salido hace dos días y que no me deja levantar el brazo! —Gracias, Padre. ¡Y que se cure!

Llegada la noche, le preguntó mi tía a su esposo si se había ocupado del asunto de Miguel. —Sí. Esta noche me pondré yo mismo en vela a las doce y vamos a saber la verdad de todito esto. A las once comió mi tío, como de costumbre, su par de tos­ tadas de pan con aceite y un poco de sal; luego, una taza de café, y se dirigió a su cuarto. Abrió el ropero y sacó una muy señora daga. Comprobó que cortaba un pelo al aire, la volvió


a envainar y la colocó sobre la mesa de noche. Entretanto, la tía iba cerrando la casa toda, asegurándose bien de las puertas y ventanas. Detrás de la puerta que daba de la sala a la galería, mi tío puso una silla, y encima, la daga, una vela y una caja de fósforos. Entró mi tío a su cuarto y dijo a su esposa: —Teresa, a las doce nos ponemos a oír y cuando yo diga: ¡prende!, tú enciendes la vela y yo abriré la puerta para saber la verdad. Pronto estuvieron los dos velando al sonar las doce. Pa­ sado un ratito, sintieron que alguien subía con sigilo por la escalera. Oyeron claramente el ruido de un hueso dando en ca­ da escalón. Mi tía se apretó contra mi tío. Éste esperó a que acabase de subir la escalera quien fuera y, cuando sintió el ruido en la galería, dijo: “¡Prende!” Tía Teresa encendió una vela rápi­ damente y mi tío, abriendo la puerta de golpe, entró en la gale­ ría, daga en mano. Tía Teresa alumbraba, pero no vieron abso­ lutamente nada. Cuenta mi tío que sintió un frío que le corrió por todo el cuerpo. Sin embargo, no era cobarde y dijo a su mujer. —Se ha escondido en el comedor. ¡Vamos allá! —Avanzaron siempre con cuidado, pero en el comedor tam­ poco había nadie. Al salir de aquel sitio, se le ocurrió a mi tío alumbrar debajo del guarda-comida. Allí vio, con asombro, un gran cangrejo con su dos tremendas palancas levantadas. —Ven acá, Teresa, aquí tienes el alma en pena del pobre Miguel. ¡Un juey! A aquella hora levantaron a Lorenza para que metiera el cangrejo en un barril, no sin antes decirle mi tío: —Mañana me como esa “alma en pena” salcochada con plá­ tanos.


Felo tenia un amuleto

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En todo el barrio no había otro elemento más atrevido que Felo. Cuando nadie se atrevía a hacer algo, allí estaba él para hacerlo. Si con las lluvias la corriente del río se hinchaba y el golpe interrumpía el paso de todos, Felo se tiraba al agua y cruzaba por entre la tumultuosa corriente. Si a una de las nenas de la casa le daba un antojo por una flor que crecía en lo alto de un risco, allá iba Felo a buscarla. Si una carreta se atolla­ ba en el fango, Felo a meterse bajo ella para empujarla. De to­ dos, él sobresalía por su agilidad, valor y atrevimiento. Así fue que se ganó el mote de “El de la Buena Suerte”. El secreto del valor de Felo residía, según él, en un obje­ to pequeño que llevaba colgado en el pecho: una patita de co­ nejo toda pelada y arrugada por los años. Este amuleto pasó de padres a hijos por tres generaciones antes de llegar a Felo. Cuan­ do la gente le preguntaba por qué llevaba siempre la arrugada patita de conejo, respondía: “Ese es el amuleto de la suerte. Con él, no puede pasarme nada”. Pero pasó que un día ( casi siempre en los cuentos pasa algo que no se espera, ¿ah?) se hallaban reunidos en la tienda del barrio varios amigos, hablando para matar el tiempo. Se ha­ llaba entre ellos Felo. Comentaban sobre los hechos pasados de hombres valientes de la región. Hechos que ya sólo podían contar los más viejos. Salieron a relucir aventuras de atrevimiento y valor que parecían increíbles. Nadie hubiese podido probar que eran ciertos, pero tampoco nadie dudaba de la palabra de los que los contaban. —Yo me atrevo a hacer todito lo que ellos hicieron y m á sdijo Felo dándose un golpecito sobré el lugar donde llevaba la patita de conejo.


—Hablar es un ñame— ripostó Manolo, un hombrote que trabajaba en la caña—; ahora, lo difícil es hacerlo. —¿Y qué tú me quieres decir con eso?— preguntó Felo poniéndosele la cara colorada como a un gallito jerezano. —Nada. . . ¿Qué te voy a decir? Que con la boca es un ma­ mey— repuso el otro. —¿Se acuerdan ustedes— terció el viejo Pepe para cal­ mar los ánimos —de Juan sin Alma? Ese condenado se metió un día solo en la cueva del Macho para probar que no tenía miedo a nadie ni a nada. Los presentes se quedaron en silencio tratando de ver en sus mentes la figura del legendario jíbaro que tantas cosas in­ creíbles había hecho. La cueva del Macho era una hondísima gruta por la que se cayó un día un burro. Por eso le pusieron ese nombre. ¡Aquel sí había sido un hombre! Porque nadie dudaba que Juan sin Alma existió y mucho menos que no hubiese hecho lo que se contaba. —Estuvo un día entero metido en la cueva— prosiguió don Pepe.— Cuando ya toditos creíamos que se quedaba para siempre encerrado allí, se nos apareció escurriéndose por entre dos rocas so­ bre el boquete de la cueva, como si fuera un lagartijo. Nadie más ha hecho eso. .. La última frase del viejo se quedó colgando del aire tan clara como un perrillo que brilla al recibir la luz del sol. Y el reflejo de esa luz molestaba a Felo. “Ese perrillo no lo dejo yo ahí” —murmuró para sí mismo, y dijo en voz alta: —¿Cuánto apuestan ustedes que yo me meto en la cueva y me estoy allí más que Juan sin Alma?


—No. . ., yo no voy a apostar dinero que puede traerte la muerte. ¡Muchacho! ¿Tú has visto esa cueva? Es un boquete entre las piedras que se deja caer a pique y es más largo que la esperanza del pobre. Si te esgolizas por allí para abajo, no apa­ reces ni en las quimbambas. —Yo te apuesto una caneca — intervino el hombre corpulento —a que no te metes allí. —Una caneca. . . y tres pesos para poder comprar los envites, porque hay que celebrar cuando yo salga— repuso Felo tocando la patita bajo la camisa. —Estamos. Una caneca y tres pesos. Y entre los consejos de algunos de que no lo hiciera, las indi rectas del hombrón para azuzarlo y las palabras de ánimo de los otros, Felo se despidió de sus amigos.

Muchos trataron de cambiarle la idea. Pero era más fácil meter un burro terco en un corral que hacer cambiar a Felo cuando algo se le metía entre ceja y ceja. ¡Con la patita de conejo no había peligro alguno! ¡Un amuleto como ese no dejaría que le pasara nada malo!

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El día señalado para el descenso, se reunió medio barrio junto a la entrada de la cueva del Macho. Las doñas, con los hijos pequeños enjorquetados a la cintura, observaban la esce­ na entre aspavientos y santiguos. Unos hombres, por su parte, apostaban sobre las posibilidades de Felo. —Aquí tiene, don Ramón, mis chavos de la apuesta— le dijo Felo al dueño de la tienda. — Por si me quedo allá a b a jo añadió con tono burlón, dándose el* sabido golpecito en el pecho.


Después de amarrarse una larga soga bajo los brazos y de asegurarla en una roca, Felo comenzó a dejarse caer por la aber­ tura. Casi ya completamente adentro, sacó la pata de conejo y enseñándola a los presentes gritó: —Con este amuleto, no hay nada que le pueda pasar a Felo, el de la Buena Suerte. ¡Nos vemos esta noche! Y desapareció por la abertura. Desapareció es la palabra correcta, porque no volvió a verse más. Los vecinos esperaron a la hora convenida, y muchas horas más, pero Felo no apareció. Cuando halaron la soga, salió un trozo nada más. Se había par­ tido con el filo de una roca. Esa noche se aluzó la cueva con tabonucos prendidos; se dejaron caer mechones, pero a poco de haber caído, se apagaban sin dejar ver a nadie en las profundidades. ¡La cueva del Macho se había tragado para siempre a Felo, a su amuleto y a la buena suerte! El hombre corpulento no quiso ni tocar el dinero, y dicen que lo usaron para poner al lado de la cueva una cruz que Recordara a todos el desgraciado suceso. ¡Ah, sí! Al viejo don Pepe, que relató la historia de Juan sin Alma en el cafetín, se le olvidó decir que aquél usaba también un amuleto. Era una pluma colorada, de pájaro carpintero: su amuleto de la Buena Suerte que lo acompañaba a todos los sitios. Pero a Juan sin Alma lo encontraron desnucado al pie de un barranco que él quiso bajar corriendo, una noche sin luna. ¡Y eso no lo dijo quien contó la historia de Juan sin Alma! ¿Por qué será que cuando nos cuentan esas historias de co­ sas que parecen increíbles no nos dicen también cómo terminó en verdad la cuestión?


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La cura de doĂąa Domitila


—¿Se puede? A la puerta de la casa se asomó una mujercita pequeña, do­ blada y arrugada como un papel que se estruja. Llevaba un pa­ ñuelo amarrado a la cabeza y dos hojitas de yerbabuena pegadas con sebo blando a las sienes. —¿No hay nadie? — preguntó mientras entraba a la sala. —¿Quién es?— gritó una voz lejana. La recién llegada miró a través de la ventana de la sala y vio a doña Juana, la dueña de la casa, que se acercaba cargando un latón de agua. —Soy yo, Domitila— contestó la visitante. —Pues siéntese ahí, que ya mismo voy a atenderla. La vieja Domitila se sentó en uno de los tures en la salita y comenzó a murmurar sola mientras esperaba. Al poco rato salió de la cocina doña Juana. —¿Y qué la trae por acá, doña Domitila? Ay, mi h ija. . . , tengo un dolor de cabeza que me está ma­ tando. Y me dije: “Voy a dejarme ir hasta casa de Juana para ver si hablando disimulo el dolor”. —Y que esos dolores así son malos, ¿ah? —Deja ver si estas hojitas de yerbabuena me lo quitan. En esos instantes una mariposa negra entró a la salita y co­ menzó a volar alrededor de los tabiques de palma y entre la cum­ brera. Doña Domitila se encogió en el ture y exclamó: —¡Magnífica! ¡Una mariposa negra! ¡Muchacha, bota la sal por la ventana, que eso es anuncio de muerte segura! Doña Juana miró a doña Domitila con los ojos abiertos de miedo y corrió hacia la cocina. Al poco rato volvió trayendo un pote de sal de la que arrojó un puñado por la ventana. Luego se volvió a doña Domitila, que le dijo:


—¡Mariposa negra es muerte segura! —¡Ay, sí, al compadre Miguel le pasó lo mismo! Tres días antes de morirse el nene más chiquito, habían entrado dos mari­ posas negrecitas en la casa . .. —Hubiera botado sal y no le hubiera pasado nada. Oye, ¿y cómo está tu muchachito? —Ay, doña Domitila, de mal en peor. Ya tiene ocho me­ ses y no me anda; es mas, ni gatea. Tengo ganas de llevarlo a la Unidad. Pero es que está tan lejos y yo tengo tanto que hacer. .. Mira, muchacha, al doctor no hay que llevárselo nada. A ese nene te lo pongo yo a andar antes de un mes. —¿De verdad, doña Domitila? —preguntó Juana, ñango­ tándose junto a la vieja. —Si, mi hija. M ira. . . , tú te consigues del mangle seis o siete buruquenas. Te buscas dos que estén paridas. ¿Sabes? Entonces las lavas bien lavadas. Esa agua tú la coges y se me la pasas al nene en las rodillas. ¡Y santo acabado! Te anda como si no hu­ biera pasado nada. —¿Buruquenas paridas? Esta misma tarde voy a mandar a Chelo a que me las busque. —Ya tú verás, mi hija, qué ligero se te cura el nene. —¡Ojalá! —respiró doña Juana. Luego preguntó. —No quiere un poquito de café, doña Domitila? Doña Domitila tardó en contestar. Movía los labios rápida­ mente pero sin que saliese sonido de ellos. Al fin repuso: —Te estaba rezando la oración de los nenes cojos. Así coje mas fuerzas el agua. Tráeme el cafeíto, mi hija, a ver si se me quita el dolor de cabeza. . . Han pasado dos meses. En la puerta de la casita está Juana


en cuclillas. Llora amargamente. Espera noticias del hospital. Ya el nene lleva cinco días allá y no ha sabido de él. Al poco tiempo de untarle el agua de las buruquenas, una de las rodillas comenzó a hincharse y después todita la pierna. Hubo que llevarlo al hos­ pital a toda carrera. Por el caminito apareció doña Domitila. Venía con un pa­ ñuelo amarrado de la cabeza y dos hojitas de yerbabuena en l^s sienes. —Buenas tardes, Juana. —Buenas, doña Domitila. —Pero, ¿estás llorando, muchacha? ¿Qué te pasa? —El nene. . . , usted sabe. . ., aún no he sabido nada. .. —¡Pero si yo te dije, mi hija, que yo tengo otro remedio mejor que las buruquenas! Eso de la hinchazón no es nada. A un nene del compadre Rafulo yo lo curé también. —Pero es que tenía la piernita tan hinchada que parecía una higüera. Por eso la mandé allá. En ese momento un carro se detuvo frente a la casa. De él descendieron un hombre y una enfermera. El hombre era Chelo, el esposo de Juana. Al llegar junto a ellas miró a doña Domitila con rabia en los ojos y exclamó: —¿Y todavía usted tiene la cara de aparecerse aquí? ¡Vá­ yase! —Pero Chelito . . . —tartamudeó la vieja. —¡Váyase! ¡Váyase ligero! • Al ver la expresión de Chelo, doña Domitila se apresuró a alejarse, haciendo aspavientos con las manos. Juana no acababa de entender la actitud de su marido. —Pero Chelo, ¿por qué has hecho eso? ¿Qué ha pasado?


—Al nene tuvimos que cortarle la pierna. Juana sintió que el corazón se le iba a los pies. —¡No! ¡No es posible, Dios mío! — gritó llena de dolor. —Yo tuve que firmar el papel dando el permiso para cortarle la pierna a mi hijito. ¿Y tú sabes por qué? Por tú creer en porque­ rías. — Y, roja la cara por el dolor y la rabia que lo dominaban, Chelo entró en la casita. Juana lloraba amargamente recostada contra las tablas del seto. La enfermera se acercó y trató de consolarla. —Señora, no llore así. Lo sucedido no tiene remedio. El niño se salvará y hay medios para que ande más tarde. —Pero mi pobre nene. ¡Ay bendito! ¡Mi nene! —Yo soy la enfermera de la Unidad. Cuando su esposo llevó al nene yo fui quien lo condujo al hospital. La infección estaba muy avanzada. Y además el nene no tenía resistencia. El doctor trató de detener la infección, pero no fue posible. Para salvar al nene había que cortarle la pierna. Su esposo me contó lo del agua de buruquena. Esa agua era agua sucia, llena de microbios. El niño tenía una cortadura en la rodilla que se le infectó. —Luego añadió —Que un niño tarde en caminar no es raro, señora. Si pasa algún tiempo^y no camina, entonces hay servicios médicos para atender esa deficiencia. Pero ¡agua sucia de buruquena parida!. . . La enfermera movió la cabeza, puso una mano sobre el hombro de Juana y murmuró: —Bueno. . ., yo me tengo que ir. Adiós señora. Quede usted con Dios. La enfermera se montó en el carro público, mientras Juana quedaba tirada en el escalón de su casita, llorando, llorando. . .


El “mal de ojo” de Trinita Adaptado de una leyenda de Cayetano Coll y Tosté


Yo comencé mi carrera como doctor en medicina hace mu­ chos años. Poco tiempo después del ciclón de San Ciríaco. Uno de los primeros casos que tuve fue uno de los que en aquella época llamaban “mal de ojo”. Avisado por una señora del barrio de Miraflores, fui a su finca para ver una niña enferma. Doña Felicita, que era la da­ ma que me había mandado a buscar, era una señora de algunos cuarenta años. Era viuda y de su matrimonio le habían quedado dos hijas; una que había perdido en años anteriores y la actual enfermita, que era la “niña de sus ojos” por ser la única que le quedaba. Vivía en una gran casa de campo de dos pisos. Se entraba uno a caballo en los bajos donde se dejaba la bestia, enganchada la rienda en un clavo. Al llegar, me dijo la señora: —Lo he mandado a buscar por recomendación de mucha gente que lo conoce. Tengo una nena enferma. Hace más o me­ nos tres años perdí otra de la misma enfermedad. Pero siéntese, siéntese — interrumpió indicándome un asiento. Ya sentados en los anchos butacones de mimbre, prosiguió la señora: —Van irnos cuantos que me dicen lo que la nena tiene es “mal de ojo” y que eso no tiene cura, que la criaturita se va a ir consumiendo poco a poco hasta parecerse a un changuito, y así muere. —¿Usted cree en esas cosas? —¿Cómo no voy a creer cuando mi otra nena murió de lo mismo?


—¿Podría yo ver la nena? —Sí, señor. . . Enseguida vuelvo con ella. Al poco rato volvió la señora con la niña. Tendría seis años de edad, delgadita, paliducha y con el vientre abultado. La llamé dulcemente y vino a mí sonriendo. —¿Cómo te llamas? —¡Trinita! —¿Me dejas oír tu corazón? —¡Sí, señor! Ausculté a la criatura cuidadosamente. Tenía sus pulmo­ nes y el corazón sanos, pero el vientre, abultado y duro. Y volvién­ dome a la madre, que me miraba ansiosa, le dije: —Señora, su hijita no tiene ningún “mal de ojo”. ¡Esas son pamplinas! Su nena padece una enfermedad que se llama raqui­ tismo y está echando sus segundos dientes. —¿Y qué tengo que hacer, Doctor? —Pues lo primero es cortarle la diarrea. La pondremos a dieta de leche solamente. Cuatro vasos de leche al día. Le dará usted una papeletita de las que le recete, antes de tomarse la leche. —¿Y unos guarapitos de tolúa y yerba buena? — pregun­ tó ella. —¡Nada de guarapitos! Dentro de quince días yo volveré por acá. —¡Ay doctor! — suspiró la señora. — Me ha dado usted la esperanza de la salud de mi hija y me ha quitado un terrible cargo de conciencia. Yo odiaba terriblemente a una infeliz mujer pordiosera del barrio de Sabana Hoyos, que viene por aquí todos los meses a pedir. 31


—¿Y usted creía que era ella la del “mal de ojo”? —Sí, yo creí que era ella la que le había hecho “el mal” a mi primera nena porque yo le había negado un vestido. Me miró tan mal a mí y a la nena, que creí que la mataba con la vista. —Pues ya sabe usted la verdad, señora. Nadie tiene poder para enfermar o matar con los ojos — dije al disponerme a mar­ char. — Cuide la nena, dele las medicinas indicadas y verá qué bien se pone. Hace cincuenta años de eso. Pues bien, hace pocos días me decía una señora que sabe de letras y se cree ilustrada: —A mi hijo nadie le hace “mal de ojo” porque lleva en la garganta un collar de coral legítimo y dos cuentitas de azabache. Yo no pude menos que decirme a mí mismo: “Hay una enfermedad del espíritu en la humanidad que hace más estragos que el cáncer y la tuberculosis y ésta es la enfermedad de la ig­ norancia, del miedo y de la superstición. ¿Cuándo, cuándo apren­ deremos a ver la realidad tal como es?”


La de m alas de Inocencio


Desde hacía años, Inocencio no se ponía un par de zapatos buenos. Era que no podía. No aparecían los seis o siete pesos des­ ocupados. Se miraba los pies. Aquellas alpargatas iban a tener ya cinco años de uso. Desde que se llevó a Macaría, la noche del cabo de año de la difunta Dolores. ¡Y cuidado que quiso a la difunta! Le guardó consideración un año, antes de tomar estado otra vez. ¡Dolores! Tan buenos bacalaítos fritos que hacía. Y los dulces de coco. No caían al suelo. La gente se los llevaba volan­ do. Y los chavos prietos caían al cajón como un aguacero. Inocencio haló el cajón del ventorrillo. Estaba vacío. No ha­ bía caído ni el uno. L a d e m alas. La condenada d e m alas que lo traía chavado. Se miró las alpargatas por encima de las rodillas abucha­ das. El dedo gordo del pie se asomaba por debajo de la tela. En un rincón estaba el otro par de zapatos de cuero duro y retorci­ do, mugrientos como su ropa. No había que pensarlo. No podía ponérselos. Los callos no lo dejarían vivir. Dos pares de zapatos y ninguno servía para nada. ¿Cuándo podría comprarse unos zapa­ tos nuevos? Se miró la ropa. Tendría que comprarse una muda también. Pero ¿de dónde tela? Se fijó en el aparador. Las tablillas vacías. Una lata de ga­ lletas en una esquina, dos o tres potes de leche evaporada y unas botellas de anisado. En los cajones, unos pocos granos, azúcar y harina. En una tarimita, el arroz y la lata de manteca. Allá en la esquina, la sal y el bacalao. Estaba liquidado. Y ahorita vendría Macaría a llevarse lo que quedaba. Inocencio se acomodó en un cajón vacío de gas Capitán,


hincó los codos sobre el mostrador y se quedó pensativo. —Viejo, despierta, mira que te roban los dulces. Inocencio brincó sobresaltado. Todavía le quedaban ener­ gías. Estaba doblando el cabo de los cincuenta. —¿Qué quieres? —Aquí te traigo un trago de puya. Endúlzalo acá que en la casa no queda ni gota de azúcar. Y a decir verdad . . . , no queda nada de nada. Se ha acabado todo de una vez. —Mira, entra y coge lo que necesites. Macaría venía pintada como una máscara, las mejillas re­ cargadas de colorete y los labios embadurnados de lápiz. Levantó la tapa del mostrador y pasó. Sus ojos lo arroparon todo. —Pero ¿qué voy a coger aquí si no hay nada? Parece que por aquí pasó un temporal. No han dejado nada en el aparador. Haló el cajón. —Ni en el cajón tampoco. Ni un chavo. Yo que pensaba ir al pueblo hoy, a comprarme unas cosas. Inocencio miró sus alpargatas y las comparó, sin querer, con los zapatos nuevos de su mujer. Resaltaba también la diferencia entre los colores vivos del traje de Macaría y el gris sucio de su mameluco. —Es que la gente no me ha pagado. Dicen que no han co­ brado. Para poderlos aguantar, tuve que despacharle la compra a cada uno, a ver si Dios quiere y la otra semana aparece algo. —Mira, Inocencio, esto no puede seguir así. Yo sigo para el pueblo a ver qué puedo hacer. Si no vuelvo, te escribo. Inocencio no hallaba qué decir. ¡Se le iba la mujer! Hasta ahí podía llegar la d e m alas. . . Estaba bien d e m alas y al que


está d e m olas hasta la mujer se le va. —¡Macaría! ¡Mira, Macaría! Inocencio se tiró en el cajón, hincó los codos sobre el mos­ trador y se quedó aletargado, sumido en su d e m alas. Un jui se posó sobre la rama seca de un guamá frente al ventorro, y cantó. Inocencio alzó la cabeza. -Ju i, si son buenas, canta otra vez, y si no, vete. El jui aleteó y voló tras un gusano que divisó en una chi­ no lejano. —Maldito jui, que el diablo te lleve. ¡El diablo! Con el dia­ blo debo yo hacer un pacto para salir de esta d e m alas. Me atre­ vería a venderle el alma. . . Alguien se asomó por la puerta. Era un desconocido. Traía un pequeño maletín en las manos. Inocencio se sorprendió. Había estado hablando en voz alta y mentando al “malo”. Se persignó. ¿Y si aquel era el “malo”? El extraño caló a Inocencio como quien cala un saco de arroz. —Buenas tardes, don. ¿Cómo están las cosas? —Ahí, como usted puede v e r . . . —Parece que el negocio no va muy bien . . . —No, no va muy bien que digamos. Me persigue la d e m a­ la s . . . —Sí, se ve. Yo soy Crisanto. Me dicen el Mago. Yo tengo remedio para todas estas cosas. Aquí donde usted me ve, se me paran los pelos. Mire como se me ponen los brazos. Oiga, aquí el fluido es fuerte. A usted lo están trabajando. —¿Se puede saber quién?


—Sí. Un vecino . . ., por envidia . .. Pero todo mal tiene su contra. Todo está en que nos podamos entender. Yo hace tiempo que conozco el asunto. Crisanto sacó del maletín unos potes. Unos frascos, llenos de azogue unos, de insectos y plantas otros, y los puso sobre el mostrador. Inocencio estaba atento a todo movimiento y a toda pala­ bra. Como hipnotizado. Allí estaba su salvador. —Yo hace tiempo que conozco su caso. Usted se llama ron Inocencio, ¿no es así? —Sí, señor. —¿Y usted era quincallero una vez? —Sí, señor. —¿Y tenía una señora llamada Dolores? —Sí, señor. —Que se murió . . . —Sí, señor. —Y ahora usted tiene una mujercita llamada Macaría. —Sí, señor. —Pues parece que los que lo están trabajando en su con­ tra quieren separarlo de su mujer . . . , por envidia . . . —Así es . . . Ahorita cogió viaje para el pueblo. Sin yo de­ cirle nada. —Pero usted no se apure, que su mujer volverá y su nego­ cio echará para adelante si usted sigue mis consejos. jCómo no los iba a seguir! Si aquel era el salvador que Dios le había mandado para que lo sacara de apuros. —Mire, don Inocencio, en primer lugar, como las corrien­ tes son tan fuertes tenemos que comenzar por unos sahume-


rios para ir limpiando el aire de malas influencias. Siete sahu­ merios por todo. Uno todas las semanas, los martes al oscurecer, con la “Magnífica” rezada al revés. Para usted, siete baños aro­ máticos de arraiján, anamú, salvia y jiguillo oloroso, todos los viernes a la medianoche. Se mete al baño de espaldas y sale de espaldas. Luego, en el último, se azota con un ramito de ruda y reza la oración del Gran Poder que le voy a traer. Además, cuando termine el tratamiento de los baños y los sahumerios, se pone unos guardacuerpos que le voy a preparar para que esté a prueba de todo enemigo terrenal o espiritual. . . Don Inocencio infló los pulmones y sonrió más contento que un gallo al tirarse del palo. —Usted era el hombre que yo necesitaba, compadre. Usted era el hombre. ¿Quiere darse el palito de anisado? Es lo único que me queda, como de bebida. —No, gracias, yo no lo uso.

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—Oiga, don Crisanto, y ¿cuándo podemos empezar los tra­ ba jitos? —Bueno, tan pronto como usted esté preparado. —¿Y cómo? —Bueno, yo le cobro a la gente según los casos. En el caso suyo, tomando en cuenta los fluidos, la fuerza de las corrientés . . . y que le están trabajando con el “libro infernal”, no se gastan menos de cincuenta pesos. —Pero eso es caro. —¡Qué va a ser caro! Piense que ese dinero no es para mí. Es para los preparativos. El guardacuerpo nada más los va­ le. Y piense que va a levantar su negocio y conseguir a su mujer. —Bueno, está bien. Crisanto quedó en venir todos los martes para dirigir los sahumerios y rezar la “Magnífica” al revés y. . . cobrar los plazos. Don Inocencio quedó en pagarle siete pesos semanales durante seis semanas y ocho en la última, para cerrar el nego­ cio con la entrega del guardacuerpo y la oración del Gran Po­ der. . . A la verdad, Crisanto le estaba dando una gran oportuni­ dad de restablecerse pagando a plazos. ¡Barato y cómodo! Aquella primera semana Inocencio se las arregló como pu­ do para cobrarle a sus marchantes y, vendiendo unas gallinitas y un cerdo que tenía suelto, surtió de nuevo su ventorrillo. Los sábados, de lo poquito que traían los más cumplidores, separaba los siete de Crisanto con suprema fidelidad. No podía mancar. Aquel era su mayor compromiso y él un hombre de pa­ labra, de los que con un pelo de su bigote firmaban un contrato. Pasaron una, dos, tres, cuatro, cinco semanas y Crisanto aparecía, como un clavo, todos los martes en la tarde, sin fallar,


con las hojas para el

sahumerio

y los baños, y a cobrar los

plazos. En la sexta semana le dijo a Inocencio: —La cosa va bien. El “protector” me dice que hay un en­ tierro cerca de la casa y que tan pronto terminemos con el “trabajito” este, le metamos mano a lo del entierro. Lo vamos a sa­ car por los dos . . . —Lo que usted diga se hace, don Crisa. Los baños a medianoche eran un sacrificio para Inocencio, pero se sentía fortalecido. Como madera del país. O, por lo me­ nos, ese era el olor a cáscara que le daba aquella agua verdosa del baño. El martes de la séptima semana no falló Crisanto. Quien falló fue Inocencio. No había podido reunir el plazo. Los mar­ chantes no le habían pagado el semanal porque él no había po­ dido despacharles la compra. Estaba pensando vender la yegüita para pagarle al Mago. —Hombre, no. No haga usted eso. No se sacrifique. ¿Cómo usted va a vender el único animalito que le queda? Sería yo un indigno. Yo espero. Aquí tiene el guardacuerpo y la oración. Pero recuerde que no se lo puede poner hasta el viernes cuando se dé el último baño. —Mire, yo he quedado mal con usted. La gente me ha hecho quedar mal. —No se apure, don Inocencio, no se apure. Yo vuelvo la semana que viene a sacar el entierro. Pero como se me está haciendo tarde para conseguir carro hasta el pueblo. . ., présteme la yegüita,que yo me ocuparé de cuidársela hasta que vuelva. Inocencio voló a ensillarle el animal con sus aparejos y a


entregárselo a Crisanto. —No faltaba más. Usted es el dueño. No sabe lo mucho que le tengo que agradecer a usted, Crisanto. —Cuando se dé el último baño y se ponga el guardacuerpo, usted verá qué bien le salen las cosas. —Dígame, ¿y por dónde más o menos le dijeron que que­ da el entierro? —Bueno, el protector me dijo que por las del higüero. Y picando la yegua, se perdió en la noche.

Pasaron largos días. Ni señas de Crisanto ni de Macaría ni de la yegüita. Inocencio se conformaba con sentarse detrás del mostrador, en su cajón, hincar sus codos y pensar. De vez en cuando se tocaba el pecho para palpar el guardacuerpo. Por fin, una tarde, estando Inocencio sudando la gota gorda al lado del palo de higüero, metido en una honda excavación que iba haciendo a fuerza de riñones, un muchacho del barrio le tra­ jo una carta que habían dejado para él en la carretera. La abrió y leyó: “Inocencio: Te dije que si no volvía, escribiría. Conocí a Crisan­ to en la casa donde trabajo y me contó todo lo sucedido. Él y yo somos buenos amigos. Me dijo que te dijera que no te metieras a bobo y que te olvidaras de él, de mí y de la yegüita. Él la vendió en ocho pesos con todo y aparejo. Macaría.” Inocencio le dio un halón al colgalejo que llevaba al cuello y deseó que el hoyo en que estaba metido fuese su sepultura. Un pequeño derrumbe de tierra le cubrió los pies desnu­ dos. Sin alpargatas.


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Editor

René Marqués

Escritores

Domingo Silás Ortiz José Luis Vivas Maldonado René Marqués

Diseñador

Lorenzo Homar

Dibujantes

Lorenzo Homar José Meléndez Contreras Félix Bonilla Luis Germán Cajigas Antonio Maldonado Carlos Rivera


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