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SAPOS Y CULEBRAS

Muere la serpiente cuando ya no puede cambiar de piel - Nietzsche i

Año I - Nº 2

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Literatura i Artes Visuales i Música


SAPOS Y CULEBRAS Nยบ 2, NOVIEMBRE 2018 www.aynicooperativaeditorial.wordpress.com

AYNI COOPERATIVA EDITORIAL aynicooperativaeditorial@gmail.com

PORTADA Claudia Chiavacci CORRECCIร“N Giorgina Cerutti Todos los derechos pertenecen a sus respectivos autores.

TIRAJE 120 ejemplares


SAPOS Y CULEBRAS i

Muere la serpiente cuando ya no puede cambiar de piel - Nietzsche i

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Ilustra

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Colaboran en este número: Damián Andreñuk · Miguel Betti · Luis Briceño · Boris Cabrero · Claudia Chiavacci Enrique Contreras Martínez · Kiril Denev · Lucas Garcete · Patricia Iniesto de Miguel Lea Laugier · Jordi Manau Trullàs · Fabrizio Mas Grimaldi · Camilo Olarte Mónica Ortega G. · Grimaldi Oyola · Yaritza N. Ramírez Peña · Raquel Sánchez López Carlos T Yes · Tufi Meme · Arlette Valenotti · Gerardo Vázquez Cepeda Amanda Yukency

Las opiniones emitidas por los colaboradores de Sapos y Culebras no son necesariamente las mismas de los editores. Esta revista se edita sin fines de lucro. El costo de cada ejemplar cubre los gastos de edición, impresión, distribución y difusión.

AYNI


Paraíso Perdido - Gustave Doré


Artefacto POR EL COMITÉ EDITORIAL

C

omo cada nuevo espécimen arrojado a la cruda realidad, esta revista nació para luchar, sufrir y sonreír de vez en cuando. Sapos y Culebras llegó al mundo para aferrarse a la vida aunque esté condenada a desaparecer eventualmente, como algún día lo hará este astro oxigenado que habitamos.

Algunos se preguntarán, ¿por qué carajo, entonces, editar una revista cultural independiente, con el trabajo que ello implica, si por su naturaleza nace condenada al anonimato y posible fracaso? No queremos pecar de ingenuidad o de exceso de romanticismo, pero creemos que la ley de la oferta y la demanda no tiene nada que ver La revista no recibe ninguna ayuda con la cultura (¿acaso no murieron económica. No cobra publicidades. pobres Van Gogh, Poe, Wilde, No vende muchos ejemplares entre tantos otros?). ni tiene fines de lucro. Los que participan en ella no son artistas «La ley de la oferta y la reconocidos. No dan conferencias. demanda no tiene nada que No firman contratapas ni cover con la cultura». leccionan puntos rojos en los vernissages. Sin embargo, se trata de Sapos y Culebras es una aventura un proyecto honesto y en constancultural, no un emprendimiento te transformación, con el principal comercial. La revista solo quiere objetivo de construir, a través de ser producida y difundida, sin sus colaboradores, un espacio de esperar ser vendida en masa. Si creación e intercambio de ideas, tuviéramos los fondos necesarios métodos y estilos. (créanos, señora, no tenemos un 5


peso) con gusto la regalaríamos. Pero, como trabajamos poco y lo poco que tenemos lo gastamos en pasarla bien –porque antes de ser artistas somos vagos y hedonistas–, a la revista, para sobrevivir, no le queda otra opción que entregarse por un módico precio. Seamos sinceros, a fin de cuentas todo el mundo gana: nosotros, porque podemos seguir haciendo lo que más nos gusta sin tener que pedirle permiso a nadie, y ustedes, los que la compran (por placer, por error o por compromiso), porque se llevan a su casa un artefacto de valor impreciso, es cierto, algo caótico y rizomático, producido por artistas jóvenes, nóveles o ignorados; pero que quizás logre despertarles algún interés, dibujarles alguna sonrisa o, en el peor de los casos, sumirlos en la indiferencia. De cualquier modo, la revista habrá servido para distraerlos un momento de este mundo que se cae pedazos, de la infidelidad de su pareja o de alguna que otra derrota deportiva, lo cual no es de menospreciar.

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«Porque antes de ser artistas somos vagos y hedonistas». Por todos estos motivos hacemos Sapos y Culebras. Porque nos gusta hacerlo. Porque nos divierte y nos apasiona. Porque queremos crear y compartir. Simplemente por eso. Y si, como tantos otros proyectos nos partimos la cara contra algún molino de viento, ¿qué más da? Adarga en mano, volveremos una y otra vez a montar el lánguido lomo de Rocinante. Al fin y al cabo, todo el mundo conoce al ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, pero ya nadie se acuerda de Alonso Quijano.


Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierran la violencia de un ÂŤcrossÂť a la mandĂ­bula. Roberto Arlt (1900 - 1942)


Lucas Garcete

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Reptil-Hombre Urbano

POR FABRIZIO MAS GRIMALDI I Subí a la cima de un moderno rascacielos y desde su cornisa observé aquella triste y monstruosa ciudad plena de desorden y angustia y me sentí fuera del mundo en algún lugar recóndito del universo a la deriva abandonado en el cosmos como el camarada Krikaliov o resbalando sobre los anillos de Saturno y me lancé en picado contrariado caída libre hasta alcanzar el asfalto atravesándolo volviéndome uno con la áspera superficie hostil y de aquel amasijo de carne y cemento revoltijo de hormigón con ligamentos emergió el animal rabioso de mirada turbia y coitos furtivos de escamas brillantes y apetito obsceno un reptil-hombre urbano

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II Metamorfosis ambulante bajo su lluvia de pan envenenado lanzado a toda velocidad hacia el misterio de la bóveda terrestre hurgando en sus hediondas alcantarillas arrastrándome por la mierda en búsqueda de carroña como un insaciable lagarto monitor de ardiente lengua bífida y grandes ojos amarillos oculto en mi refugio como un testigo silencioso del delirio esparciendo mis orines calientes en cualquier rincón

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Novelita Reptil POR CAMILO OLARTE Pance River Killer Estaba viendo Serpico en la tele de medianoche. En un corte comercial, la policía anunció en las noticias de última hora el hallazgo de unos cuerpos desmembrados a las orillas del rio Pance: el torso, los brazos y las piernas de tres mujeres caleñas entre veinte y treinta años con la piel cobriza y el cabello negro alquitrán. Un tal comisario Roca sugirió la hipótesis de un posible asesino en serie acechando indistintamente a las bañistas de los siete ríos que atraviesan la ciudad de Santiago de Cali. Yo estaba en mi habitación, sentado frente a la máquina de escribir dispuesto a contarlo todo. Quería develar la identidad del asesino oculto en las alcantarillas de la ciudad pero las teclas viscosas presentían el nerviosismo de mis uñas todavía un poco manchadas de sangre. Estaba resuelto a pasar por escrito todo lo sucedido; describir las primeras mutaciones, las ansias de carne melosa, el exceso de sol que se había apoderado de la epidermis, de la estructura cartilaginosa, las formas de las garras corrosivas… Lo mejor era escribir una confesión contundente sobre los cuerpos 11


desmembrados dedicada al comisario Roca. Una confesión certera, enumerando todos aquellos detalles que pudiese recordar: La vida en el drenaje cubierto de cenizas, la relación con otros anfibios, la basura deprimente de los afluentes. Seguí escribiendo hasta que el sol liviano de las siete de la mañana hizo que el sudor de mi cuerpo inundara la habitación e iluminara algunas escamas amarillas esparcidas sobre la cama como conchitas de rio. Recordé que, hasta ese momento, el comisario Roca no había mencionado nada sobre el paradero de Eliana Masi. 001 – Buenos días. Me comunicás con el comisario Roca, por favor. – La secretaria del comisario insistía en que fuera personalmente si realmente quería divulgar alguna información. – El comisario Roca prefiere analizar este tipo de casos muy de cerca – me dijo la secretaria con su voz bífida. Desde la ventana de mi habitación observaba cómo la calle ardorosa crispaba el aliento de los pájaros escondidos en los arboles arábigos. Colgué el teléfono y observé el cable deslizarse hasta la pared, retorciéndose como una anguila roja. Observé mi rostro con detenimiento en el espejo del baño y noté, en la profundidad del iris amarillo escondido por la membrana del tercer párpado, el cuerpo de Eliana Masi descompuesto en el fondo de un árbol. En una esquina de la habitación la máquina de escribir seguía esperándome 12


y susurraba con sus teclas: ¡ven y termina tu puta confesión de una vez antes de que el sol se vuelva tu enemigo! Me costó mucho escribirle al comisario Roca con palabras honestas. Temía mucho que no me tomara en serio. Temía que se percatara de alguna influencia de otro caso de asesinos en serie en mi confesión; pero, en esta ocasión, se trataba de algo que yo mismo debía escribir sin influencia alguna. La historia adquiere una espesura textual más precisa a medida que los acontecimientos se vislumbren con claridad en la imaginación del comisario Roca. 002 Llegué a Cali detrás de una promesa de trabajo en la naciente editorial: Helium Editores. Allí, se editaban generalmente libros de autoayuda, aunque, a decir verdad, el puesto de corrector de textos que me ofrecieron se encontraba en la sección de Nuevos Escritores del Valle del Cauca. Era un espacio confortable con buenas lecturas, buenas personas, buenas mujeres, y una dinámica laboral un poco deleznable, propia de la cultura valluna. Nunca aprecié a ninguna de las mujeres diletantes de la editorial; ellas conseguían todo lo que querían con favores sexuales, claro está. Entonces, me dediqué a trabajar sin proferir queja alguna y estuve alrededor de un año en esa posición, abrigando la esperanza de autoeditar, allí mismo, mi primera novela gráfica: La ética del reptil. Pese a todo, logré adecuarme al entorno sulfuroso de la editorial hasta que, pasado el año, me asignaron una plaza en el área de edición gráfica y me dieron un escritorio que daba directamente a una ventana muy ancha 13


del piso octavo a través de la cual, el sol vertiginoso comenzó a cocer los parpados traslucidos de mis rostro, a endurecer lentamente mi tórax, mi abdomen, mi espalda y mi cariño por los Farallones incrustados en los relieves lejanos de la ciudad. Un día, Dilan Komodo, un colega del trabajo del área de traducciones, entró al edificio acompañado de una señorita en la cual nunca antes había reparado. Ella era casi rubia y llevaba una falda con pliegues monocromáticos. Una vez en la oficina, traté de preguntarle a Dylan Komodo sobre su nueva amiga pero él me ignoró con una sonrisa furtiva, como diciéndome que la chica medio rubia no era de mi incumbencia. Recuerdo que estaba un poco molesto porque Dylan Komodo nunca antes me había ignorado de esa manera y mucho menos en lo relativo a las chicas nuevas que llegaban a la editorial. Me quedé ensimismado en mi escritorio, sin hablar con nadie, tejiendo ideas con los rayos del sol implacables. Las chicas de la editorial terminaban su turno y se despedían de la gente de la oficina con mímicas farsantes. Me miraban de reojo incomodas por mi presencia, alzando la mano como si fuese un gesto suficiente para alivianar el peso cotidiano de la cortesía. En otras palabras, sólo yo me detenía en la naturaleza de esos seres siniestros, metidos en faldas y corsés angulosos. Salí del edificio al inicio de una madrugada opresiva y regresé un poco ebrio a la habitación, batiendo una extraña cola cubierta de escamas amarillas y me sumergí en la cloaca lunática de mi existencia, convertido ya, completamente, en un saurio tóxico, repleto de anfetaminas imprecisas. Entonces, el reptil, cubierto totalmente por una toxicidad amarilla, 14


emerge por entre los libros de la habitación y sale para camuflarse en las inmundicias del rio Pance. Aguarda pacientemente en la maleza hirsuta y, al amanecer, se arrastra hacia un grupo de chicas que sacuden las toallas para tomar el sol. Ellas ríen con la conciencia tranquila. Saben que su belleza resume los siglos de cruce racial y no se dan cuenta que por las piedras resplandecientes del rio, yo avanzo, sacudiendo la cola escamosa que me propulsa hacia ellas. Ninguna de las chicas se percató del primer zarpazo que cercenó los lóbulos deliciosos de Érica Folti, secretaria privada del director de Helium Editores. Los orificios nasales del depredador trascurrieron sobre los senos enormes de Alicia Bolia, editora de textos escolares, mientras los devoraba golosamente con su mandíbula mesozoica. Y, por último, el ovíparo asesino, amuleto de Egipto, fósil de Nilo, rebanó el cuello nebuloso de Andrea Mileti, compiladora de textos eróticos de la misma editorial. Los cabellos negros de las tres chicas se enredaron en los filosos colmillos y el reptil amarillo huyó con sus fauces humedecidas de sangre por las alcantarillas de Cali. 003 Solía escribir una hora antes de ir al trabajo. Pero ese día preferí ignorar la máquina de escribir arrinconada en la penumbra vacía de la habitación y salí hacía el trabajo, un poco más temprano de lo normal, caminado por las mismas calles bajo un sol aplastado contra el malévolo servicio de trasporte caleño llamado el MIO. 15


Entonces, a mediados de mi segundo año en la editorial, llegó Eliana Masi con su falda monocromática al escritorio del frente y traía consigo un acento del sur, el sur desconocido y, también traía una belleza diferente a la de las caleñas: un misterio indescifrable enarbolado en sus caderas de lamprea chilena y algo inexplicable en la forma de sus comisuras, algo así como un manto violeta alrededor de su boca. – ¿De dónde sos? – me preguntó Eliana Masi y desde ese momento me perdí en las coordenadas sur de su sonrisa. Eliana Masi es como una página en blanco hecha de cartílagos australes y me gustaría escribir un relato bondage, bastante hardcorero, y escuchar sus gemidos amarillos; punzar su sexo larvario con la punta de mis colmillos también amarillos de tanto tabaco. – Soy de Bogotá – Le respondí evadiendo su mirada y continué hablando con una vos que deshilvanaba su cabello semirubio – Esta noche es la entrega de los premios Salamandra Graphic y estoy entre los finalistas. ¿Querés venir? – le pregunté mirando levemente sus antebrazos cubiertos con tatuajes acuáticos. – ¡Sí, vamos de una! – me dijo Eliana Masi, asintiendo con sus ojos suavecitos, esos ojos que yo y que vos, espero, esperas, que me den amor, que te den amor, amor bilateral de aquel que permite conquistar océanos y galeones fantasmas; entrar por el muelle de Andorra con un puñado de ilusiones vacías y tabaco de contrabando para fumar con ella en una noche de playa lejana y estrecharle la mano mientras te quitas un sombrero raido 16


con un movimiento automático y le besas la mejilla para hacerle entender que en el fondo sos algo más que un simple cabrón, miope, iracundo, frívolo pero definitivamente idiota. 004 La ética del reptil era una novelita gráfica, un poco soberbia, sobre la vida de una iguana amarilla que daba clases de civismo en los basureros que circundan la ciudad de Santiago de Cali. Es una iguana amarilla que me ha permitido ablandar el duro corazón de las vallecaucanas y, esa tarde, el corazón de Eliana Masi estaba muy blandito; no pude evitar olerlo, percibir su aroma amargo a mate. Dylan Komodo me vio entrar al hall de la premiación apretando la mano de Eliana Masi. Alrededor de la media noche, el jurado me otorgó el segundo lugar a la mejor novela gráfica del Valle del Cauca. Para Eliana Masi esa decisión fue “demasiado injusta” y me tomó por el cuello y acercó su rostro para darme un beso deprimente, un poco lastimero, lo cual, de alguna manera, revivió la ira reprimida en el fondo del reptil amarillo. Al terminar la premiación, Dylan Komodo y su novia Amandita insistieron en continuar la fiesta a las orillas del rio Pance. A eso de las tres de la mañana, mientras que Eliana Masi y Amandita se ponían el vestido de baño detrás de un árbol casi submarino envueltas en una nube de calor sofocante, Dylan Komodo me dijo algo que me pareció incomprensible al principio pero el lagarto creo que lo entendió mejor: – The only way to live is overcoming your own stream of counsciousness! – un mosquito ceniciento 17


se posó en su nariz y luego de espantarlo continuó: – dive deep like Henry Miller…you know! – y luego prendió un porro en los primeros albores de una madrugada infame. 005 Mi cuerpo estaba tembloroso cuando vi a las chicas entrar al agua. La corriente imaginaria del rio Pance transcurría entre mis piernas llevando pedazos suciedad verde y tiras de plástico negro. El canto de las tangaras, cernícalos y guacharacas despertó levemente la palpitación saurópoda que anida en la oscuridad amarilla de mi interior. En ese momento, presentí la voracidad de la luz sobre mi epidermis sudorosa y, de repente, una vez que estábamos los cuatro sumergidos en la tibieza del afluente, la trasformación reptiliana comenzó por esmaltar mi torso y mis extremidades con colores vividos pero rugosos; vi surgir, por entre las piedras musgosas, una cola fuerte, llena de escamas amarillas resistentes a las ondulaciones nerviosas del agua y, justo en ese momento, el reptil amarillo se tragó primero a Amandita: sus piernas eran gorditas y sabían a lulo. En seguida, a Dylan Komodo, quien trató de escapar dejando tras de sí el hedor trémulo del miedo. El reptil jugó un rato con él. Lo persiguió sobre las piedras resbaladizas y engulló rápidamente su cuerpo y su cabeza decorada con unos lentes de sol Ray Ban polarizados, sintiendo un poco de curiosidad por la presencia del martín pescador disfrazado en los meandros. Por último, Eliana Masi huyó despavorida, semidesnuda, con la piel desgarrada y trató de ocultarse en la concavidad de una ceiba amazónica 18


a la orilla del río Pance. Ahora, no me cabe la menor duda, su cuerpo yace descompuesto dentro de ese árbol casi submarino como una metáfora lívida al amor, al sol y a la sangre. 006 – Detective Roca, créame, por favor, ¡el asesino es un reptil amarillo! – El comisario roca fumaba y, mientras saboreaba su cigarrillo, le echaba un ojo a la portada de un libro de Dostoievski. Se acercó a mi celda y me susurró algo al oído, algo casi incomprensible con palabras clavadas a la realidad.

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Amanda Yukency

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Poema Bifronte Roma es amor al vesre mi vida cambió desde que te fuiste te extraño y nunca pude dejar de pensar en vos la de entonces yo ya no soy la que era que se muera de amor, la otra, me mata y no puedo vivir sin vos mi único amante, no te creas que fuiste un hombre como cualquier otro; sino todo lo contrario: mi gran y verdadero amor, para mí nunca serás aunque así lo crean los demás un hijo de puta, un traidor.


Boris Cabrero


Las ratas que abrigan los desagües españoles atacan a un gato inmóvil.

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El Contseso POR CARLOS T YES

E

n la última asamblea, celebrada a finales del mes de julio, se había elegido una comisión de diez compañeros para analizar y discutir los problemas que inciden en la impuntualidad de los cubanos. Al concluir, nos reunimos los miembros de la comisión y acordamos comenzar nuestro trabajo el 14 de agosto a las nueve de la mañana en la sede nacional del Contseso (Comité Nacional de Trabajo y Seguridad Social) que está en El Vedado. Llegó el día señalado. Yo era el único miembro de la comisión que vivía en el propio Vedado, a siete cuadras del lugar. Salí de mi casa a las ocho y cuarenta, sabía que tardaría menos de quince minutos en llegar al Contseso. Cuando iba a atravesar el parque Mariana Grajales me encontré con Joseíto, el tío de Bárbara, que fue mi mujer durante cuatro años. Él me había recomendado el tinte para las canas que yo estaba usando. Lo había traído de España cuando visitó a su hija mayor, quien vive allá. A mí me lo trajo un amigo español. Se alegró al ver el notable cambio que había producido en mi cabeza el uso del producto. Su saludo fue: —Te quitaste veinte años de encima. Sonreímos y nos pusimos a conversar sobre los prejuicios que aún tenían algunos hombres para teñirse el pelo. Luego hablamos de su sobrina Bárbara, que actualmente reside en Alemania. 25


La conversación se estaba prolongando y me cortó cuando le recordé aquellos tiempos en que yo era parte de su familia. Joseíto, ya jubilado, ahora es electricista por cuenta propia. En ese momento iba a hacer un trabajo cerca de allí y había quedado en comenzar a las diez de la mañana. Al despedirnos miré mi reloj: las nueve y diez. Cuando llegué al Contseso, el compañero Vladimiro, que vive en Casablanca, estaba sentado en el quicio del portal. Apenas lo saludé, me dijo: —Yo pensaba que la reunión había sido convocada para las ocho de la mañana y vine por ahí matándome. Me situé a su lado y nos pusimos a hablar del juego de pelota de la noche anterior entre los equipos Industriales y Santiago. Quince minutos después, llegó Leonardo, que vive en la Habana Vieja. Nos señaló que había llegado algo retrasado y agregó: —Ustedes saben lo malo que está el transporte. Lo incorporamos a nuestra conversación. Y, veinte minutos más tarde, llegó Eloísa de Marianao. Después de saludarnos comentó: —Desde las siete de la mañana hasta las ocho y media, estuve en la cola para comprar el pan del desayuno. Con el apuro se me había quedado la libreta en la casa y tuve que virar a buscarla para que me anotaran el pan y me lo despacharan. Un rato después llegó Arlenis, quien reside en La Lisa: —Tuve que llevar a mi hija para la casa de mi suegra porque el círculo infantil está cerrado por falta de agua. Se rompió el motor de la turbina. Posiblemente sea para largo. A no ser que hagamos, como el año pasado, una colecta entre los padres y comprar otra turbina en la shopping. Por suerte cogí una botella en la avenida 51, con un compañero que trabaja aquí mismo en El Vedado. Me dejó en la esquina. Me dio su 26


teléfono y me viene a recoger cuando termine la reunión. —Con ese cuerpo y esa cara tan bonita, la hubiera llevado al paraíso si se lo pedía —me comentó Vladimiro en voz baja. Después llegó Rubén, que vive en el municipio Playa: —Las guaguas estaban imposibles —nos dijo—. Tuve que coger un almendrón. Y, con tan mala suerte, que por la mitad del camino lo paró la policía. Y por mucho que el chofer rogó, le pusieron una multa por no tener actualizada su licencia de cuentapropista. Bajaron a los cinco pasajeros. El taxista nos devolvió el dinero y a esa hora tuvimos que luchar para volver a coger otro almendrón, porque todos pasaban llenos y de la guagua ni hablar. Diez minutos después, llegó Yaumara de Centro Habana. Estaba muy nerviosa porque, cuando se levantó y entró al baño, cayó una torta de concreto del techo justo encima de la cama. Estaba viva de milagro. Su madre le había tenido que hacer un cocimiento de tilo. —A esa hora tuve que recurrir a un vecino —nos relató—. Con una vara terminó de tumbar lo que quedaba flojo y me ayudó a sacar los escombros. Con el nerviosismo y el apuro, no pude ni desayunar. Llegué sofocada a la parada. Y de contra el P4 paró lejos. Tuve que correr como dos cuadras y entrar a empujones. Después llegó Roberto, que vive en Luyanó y es el único del grupo que tiene carro. Lo habíamos designado jefe de la comisión. Venía a pie y nos pareció extraño. Saludó a todos con ademán altivo. Luego expuso el motivo de su llegada tarde: —Tuve que llevar a mi mujer al hospital Calixto García, donde tenía un turno para un ultrasonido. Cuando entramos nos dijeron que el equipo estaba roto. De ahí la llevé para el Ameijeiras, porque ahí tengo una amiga que le va a resolver. Allá la dejé. Y, para colmo, se le tupió el 27


carburador al Lada y tuve que dejarlo a tres cuadras de aquí porque ahora no tengo tiempo para ponerme a destupirlo. Pasamos al portal. Ya nos disponíamos a entrar cuando la recepcionista nos preguntó si éramos los compañeros de la comisión. Le respondimos que sí y nos comunicó que tendríamos que esperar un rato: —La compañera que tiene la llave del salón de reuniones llamó por teléfono para decirme que tuvo que ir al Ministerio a recoger unos papeles y va a llegar tarde. Por último, llegó la compañera Celina, del partido municipal. Nos explicó que había tenido una reunión urgente en su trabajo: —La reunión se alargaba —expresó—. Tuve que pedirle permiso al secretario general y venir corriendo. ¿Están de receso o todavía no han empezado? El compañero Roberto sacó de su portafolio un papel. Nos miró a todos, hizo una comprobación. Todavía faltaba la compañera Susana, de la oficina municipal. Al rato llamó por teléfono y explicó que se había intoxicado con unos filetes de claria que había comido la noche anterior. Le era imposible asistir. A las diez y media llegó la compañera que tenía la llave del salón. Tuvimos que esperar a que lo limpiaran. A las once y cuarto comenzamos. Esa primera reunión terminó a las dos de la tarde, no hubo almuerzo y estábamos muertos de hambre. Decidimos hacer las reuniones posteriores a la una de la tarde, o sea, después del almuerzo, ya que no se pudo resolver ni siquiera una merienda por parte del Contseso. Terminábamos a las tres y media, para que las compañeras tuvieran 28


tiempo de recoger a sus niños, sacar los mandados de la libreta o ir al agro, las que podían. Los hombres generalmente nos quedábamos un par de horas más en el portal hablando de pelota. En el transcurso de dos semanas efectuamos ocho reuniones. En ellas llegamos a la conclusión de que la impuntualidad y el ausentismo laboral de los cubanos se deben a que «somos un país vilmente bloqueado por la potencia imperialista más poderosa de la historia». Se redactó un documento bien argumentado y se elevó a las instancias superiores.

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Lucas Garcete

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La

Amapola

POR YARITZA N. RAMÍREZ PEÑA La flor como la estrategia de lo efímero su semilla, la resistencia crece en la tierra de nadie. Cordilleras cubiertas de hierba como un despertar de entre los muertos. Un manto rojo, un hombre pestañea entre minas quiebrapatas. La mirada de un lobo, silvestres dosis de la muerte. El fruto es una latente cápsula. El campesino ordeña para estirar la mancha cada pétalo es el infierno. Los fusiles acechando en manada el terruño del raspachín.

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Las sĂ­labas podridas del congelador de Shiki; huele a pescado y limĂłn.


Ortodoncia POR PATRICIA INIESTO DE MIGUEL Recuerdas cómo tu voz se convirtió en un clamor de ortigas, en un pez de alambre que chapoteaba entre los dientes de un océano sin nombre. Aprendiste a contener con tu aliento las palabras enjauladas, a apresar el murmullo de todos los secretos mal guardados. Intentaste evitar que no mordieran en la piel como las cicatrices que vaticinan, a través de su memoria, las vocales distraídas de la lluvia.

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Boris Cabrero


El Juego POR MIGUEL BETTI

L

ejana. Me gustabas así, como un paisaje, a la distancia. Podía pasarme horas mirándote, aunque no estuvieras haciendo nada. No quisiera pecar de vanidad intelectual, pero si tuviera que elegir diría que prefería mirarte cuando leías. Me encantaba la manera en que fruncías el ceño cuando no estabas de acuerdo con el autor o las risas que de vez en cuando se escapaban de tu boca, por mucho que intentaras atraparlas con la mano. Te veía ahí, sentada en el sillón de tu cuarto, con la cabeza sumergida entre las páginas, y era como si yo también pudiera leer lo mismo que vos. Sostenías un libro en blanco, un libro sin palabras del cual yo era en cierta medida el escritor. Pero no voy a mentirte. Soy de carne, como todos los demás, y no sólo me gustaba verte leer. También me gustaba mirar cómo te cambiabas, cuando salías de la ducha. Conocía de memoria tu ritual. Entrabas en el cuarto con una toalla en la cabeza y otra a modo de pareo. Primero te secabas el pelo y te peinabas frente al espejo, delicadamente, como si te estuvieras acariciando. El momento en que te parabas para dejar caer la toalla, y desnudabas tu piel de luna, no era el que prefería. Puede parecerte extraño, pero prefería el momento en que te vestías. Me gustaba ver cómo levantabas las piernas, primero una, después la otra, para ponerte la bombacha. Me gustaba verla subir, sostenida por ambas manos, hasta abrigarte en lo más íntimo. El momento álgido, el que esperaba ansioso, era cuando te la acomodabas con un gesto certero, 35


liberando los recovecos más recónditos de tu carne de esa tela impúdica e inoportuna. Después llegaba el turno del corpiño, que te abrochabas sin preámbulos, con la habilidad de una contorsionista de circo. Y después la ropa, las combinaciones y su consecuente complejidad. Podías pasarte horas eligiendo, disponiendo polleras y blusas sobre el acolchado, mirándote al espejo y probándote las prendas sin ponértelas. Yo, al igual que vos, no me aburría nunca de verte probar. Tengo que confesar que también me gustaba ver cómo te maquillabas con la dedicación y la minuciosidad de un copista medieval. Tu escritorio, lleno de labiales, esmaltes y sombras, era la paleta de un pintor y como en un juego barroco o en un cuadro de Velázquez, la obra quedaba plasmada en el espejo. Cuando se apagaba el velador del escritorio el ritual terminaba para los dos: verte salir del cuarto era no verte más. Pero perderte era también esperar volver a encontrarte. Debe ser lo único lindo de las despedidas: la promesa incierta de un hasta pronto. Seguramente nunca lo habías pensado, pero lo que para vos era un simple recurso de la arquitectura, una mera abertura al viento y a la luz, para mí era la entrada a un mundo nuevo y diferente. De la misma manera, si para vos mi campo visual no era más que un recorte, una parte del todo que compone tu departamento, para mí tu ventana era un todo sin partes: el de tu vida como yo podía verla. Por eso, mi peor enemigo, y creo que no hace falta explicártelo, eran los postigos. Cuántas veces agradecí que le tuvieras pánico al encierro y que siempre los dejaras abiertos de par en par. Y cómo disfrutaba las noches de verano, cuando podía verte dormir en ropa interior, abrigada por la luna. Si me demoré más de la cuenta en hablar de tu novio, no fue por envidia ni por resentimiento. Sé muy bien qué parte de tu vida me correspondía y qué parte le correspondía a otros. Al principio, te lo voy 36


a confesar, me costaba mirarlos. Cuando empezaban a desvestirse me alejaba de la ventana, precisamente en el momento que cualquier otro se hubiera acercado. Pero con el tiempo fui entendiendo la manera en que tenían que ser las cosas, y lo acepté. Acepté que te acariciara, que recorriera tu cuerpo con sus manos, que te besara el cuello y te dijera al oído palabras que jamás podría escuchar. Acepté que te hiciera reír y que te tratara mal. Acepté que algunas veces te hiciera el amor como los indios domaban a sus caballos, y que te dejaras domar, y que otras le permitieras cogerte salvajemente por atrás, como dos cuadrúpedos en celo. Acepté que te durmieras en su pecho y que en las noches de invierno te dieras vuelta para que te abrazara. Con el tiempo, terminé por aceptarlo a él. Pero no estoy loco y no soy ningún degenerado. No tengo fotos ni videos tuyos. Jamás se me hubiera ocurrido seguirte por la calle. Ni siquiera pensé en interpelarte alguna vez y mucho menos en tocarte (o en tocarme). El juego tenía sus reglas e incluso cierta moral. Me gustabas así, del otro lado de la ventana, pura imagen, color, luces y sombras. Siempre preferí ser espectador a tener un rol protagónico. Como un adolescente que se enamora de una actriz de Hollywood: sabe que si la tuviera enfrente posiblemente no podría articular una sola palabra, pero poco le importa porque su amada vive en la pantalla y no es la misma que camina por las calles de Los Ángeles. A ella, el personaje, puede hablarle sin esperar que le responda, puede verla una y mil veces de la misma manera, de la manera que le gusta a él. No hay peor ciego que el que no quiere ver, dicen. Y yo estaba convencido. Creía en ese ceño fruncido y en esa risa indómita. Creía en tus rituales y su pureza, en lo desprolijo de ciertos hábitos, en lo improvisado de algunos gestos. Creía en tus gustos y en tus fobias. Creía en lo que había de más humano y de más animal en cada encuentro con tu novio. 37


Creía que eras el personaje y que no había actriz en esa película que es tu vida. Creía en tu inocencia y en la mía. Creía, creéme que te creía. Que me haya dado cuenta es mérito mío y bajo ningún aspecto se debe a un error tuyo. Tu talento es digno de ser reconocido y podrían haber pasado años sin que lo notara. Pero lo noté. Eran demasiadas las casualidades: la ubicación de la cama y del espejo, tus horarios y los míos, tu pánico al encierro, la ausencia absoluta de pudor en los encuentros con tu novio. La ventana siempre abierta, en definitiva, no podía ser casualidad. Y empecé a ver. Descubrí que leías sin leer. Descubrí que si te ponías en aquella posición para dejar caer la toalla o para vestirte, no era por costumbre, sino para mostrarme tu mejor perfil. Descubrí que cuando te pasabas el delineador alrededor de los ojos, cuando te pintabas los labios frente al espejo, tu vista, gracias a ese mismo truco barroco que tanto me divertía, atravesaba tu ventana y se perdía en la mía. Descubrí que nunca le tuviste miedo al encierro, pero que le tenías pánico a la soledad. Descubrí que el amor y la pasión que sentías por tu novio podían ser reales e hipócritas al mismo tiempo. Descubrí que detrás del personaje siempre hay una actriz. Descubrí que sin inocencia, sin imaginación, el juego no tiene sentido.

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peor de querer estar solo «Lo

es tener que

vérselas con uno mismo».


Kiril Denev

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Basho abre una lata, Un lĂ­quido sanguĂ­neo; Las anchoas saladas.

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Diamante

de Furia

POR DAMIÁN ANDREÑUK

He visto con perplejidad los caminos gastados. Arena negra cayendo sobre las esperanzas. Un cadáver que se descompone, olvidado, en la opaca indiferencia del invierno. He podido resistir innumerables despedidas. He sentido en todo tiempo que la muerte me apremiaba. He apostado mi existencia a algo más grande que el dinero. Ahora me arranco desde mi dolor mis caprichos de niño. Me entrego maniatado a mis certezas oscuras. Me pierdo entre mis laberintos perpetuamente grises.

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En la hojarasca indiferente de mi tumba. En los murciélagos del miedo y el invierno. En cada canto o certidumbre que se pierde. En las mujeres con sabor a libertad hundiéndose sin gracia por sueños desastrosos. En las cenizas insignificantes de la vida más solemne. En esos días enloquecidos que transcurren dando tumbos. En lo sórdido y malsano en lo terrible aguardando tras algunas alegrías. No sé si habré justificado en mi epitafio salvaje mi larguísimo martirio. Mi desértica aventura. Mi extraña sensibilidad de pétalo y diamante.

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Hubo aquel tiempo heroico donde esgrimí ese amor que cayó luego devastado como las hojas del otoño. Hay un cansado testimonio en ojeras ancianas. Esta certeza de mi muerte al fondo de mis ilusiones. Es necesaria una bellísima ferocidad o se nos seca lo de dentro. Enseñan algo gigantesco los mosquitos hambrientos.

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Este fantasma llamado realidad se debilita por momentos. Nada para celebrar tras estos años convulsos. Los vendavales de la muerte han amainado solo un poco. Los engaños de las apariencias promueven jaulas estrechas, confusión, brillos falaces. Los pasatiempos de los mercachifles triunfan sobre lo divino. Como una bestia exasperada sigo resistiendo bajo esta lábil certidumbre que me ampara cada día. ¿Por qué corremos sin descanso en los pantanos del absurdo? ¿Por qué bebemos insaciables el vino de la vanidad? ¿Por qué aceptamos con genuflexiones pesadillas que nos impusieron?

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Es primavera y se despierta una esperanza entre colores mientras todo sonrĂ­e. La vida emerge dulcemente del vuelo de las mariposas. Es primavera y se renueva una luz adormecida mientras todo reverdece. La vida fluye como el agua desde flores silvestres. Es primavera y se libera una alegrĂ­a estrepitosa mientras todo refulge. La vida ofrece su sabor mĂĄs exquisito consolando brevemente lo irrecuperable.

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La

Maricura de Adriano POR LUIS BRICEÑO

V

ivía en un edificio agrietado y gris del centro de Caracas. La humedad de los libros arrumados saturaba el aire de mi apartamento de una forma tan aplastante que mil sahumerios no hubieran podido aplacarla. Cuando mamá murió, empecé a sentir dolores desconocidos. En ese entonces creía firmemente que su vejez había caído sobre mí, de golpe, como un maleficio que no me pertenecía. Los días lluviosos me asaltaba una rigidez incómoda en las articulaciones y yo la culpaba por ese último legado. Sin embargo, esta especie de rencor superficial se disipaba cuando el calor del sol trepaba por los muros; entonces volvía a cuadrarme firme frente a la vida y apreciaba su recuerdo con respeto. Mamá nunca objetó mi maricura, aunque sí vio con horror y reprobación la inclinación que sufría por los chicos jóvenes. Innumerables veces me encontró desayunando, envuelto en una bata y acariciando por debajo de la mesa a algún mozo. Fuera este uno de esos obreros de hombros morenos y de ojos negros y vivos por los que siento predilección o un mediocre aspirante a técnico superior de los institutos universitarios del Centro que terminaría en un cyber pasándole antivirus a las computadoras, mamá se detenía a repasarlo con la mirada, esperando alguna revelación de mi futuro en aquel ensamblaje casi adolescente de huesos y nervios. Pero nunca pasaba nada; esos chamos solo estaban 49


de paso, comiendo un poco para reponer energías después de sacarse la leche. Ella era una mujer estirada y clasista, aunque el abolengo y elegancia que tenía se circunscribían a llevar siempre la ropa bien planchada. Como operaria en una fábrica de caramelos al sur de Caracas, dilapidó su vida bajando una palanca, sentada en un banquito que le tocó el culo más que cualquiera porque odiaba a los hombres. Soy un orgulloso hijo de la clase obrera y no me acongoja recordar su vida así de abandonada, qué más podía hacer una mujer campesina que se vino con tres trapos a la ciudad cuando apenas le estaban creciendo las tetas. Además, por conciencia, sé que su esfuerzo me permitió estudiar artes y letras; con el dinero ganado en aquel enorme galpón, pude vagar por la ciudad y descubrir mis pasiones y miedos. Esa mezcla de soledad y represión que la rodeaba moldeó esto que soy, que me hizo sentir pleno y casi humano durante una gran parte del tiempo en que vivimos juntos. Empecé a marchitarme al adivinar los indicios de su ocaso una tarde en la que estaba sentada en el banco verde, debajo de la claraboya del comedor. La luz bañaba mansamente todo su cuerpo envuelto en un vestido de algodón amarillo, casi transparente. Como si el desgaste que la arrastraba hacia el final se hubiera traspasado a las plantas de su jardín, las hojas y los tallos se habían marchitado. Mi madre no parecía triste, sino más bien un poco avergonzada por la destrucción del verdor. Me paré detrás de ella y le acaricié los hombros filosos que parecían unas alas hechas de latón. No dijo nada, solo ladeó la cabeza y la posó en mi antebrazo con suavidad. Las hebras de su cabello blanquito y delgado me acariciaron, y sentí la levedad de todo. Respiraba con tanta tranquilidad 50


que no la estremeció la lata vacía que cayó a su lado, atravesando la claraboya. El edificio estaba envuelto en el silencio de esas horas en las que aún nadie regresa del trabajo y los niños escriben sus últimos deberes para encadenarse al televisor o la computadora. Entonces, se escuchó una queja. Aunque el tono hacía suponer la presencia de un hombre robusto, tenía una inflexión afligida, como de alguien que no puede compartir una pena porque su personalidad orgullosa está acostumbrada a dar órdenes y a recibirlas solo por disciplina . Ese hombre de voz sugestiva era Adriano. Al reconocerlo, sentí, nostálgico, cierta excitación. Los años no habían hecho mella en el recuerdo que tenía de él, pero ya no sentía ningún interés especial en si le iba bien o mal. En ese entonces, su madre también enfermó y lo teníamos de vuelta en el edificio; el apartamento de ellos se ubicaba dos pisos más arriba que el nuestro. La enfermedad de doña Elsa consistía en una serie de afecciones mentales que la había sumido en delirios perpetuos. Como los doctores no encontraron explicación alguna, decidieron mantenerla sedada bajo el efecto de potentes calmantes. Mamá murió en un caluroso y seco abril, las hojas de los árboles crujieron a nuestro paso por la vereda central del Cementerio General del Sur. Mientras los sepultureros bajaban el féretro, un pájaro feo y desgarbado se estacionó dos cruces más allá. Su presencia amenazante me daba pavor, pero me sentí complacido al notar que la mirada de Adriano se paseaba por mi nuca. Doña Elsa no estaba. Había escapado hasta el tanque en el que se llenaban los floreros y chapoteaba con sus pies descalzos en el interior.

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El deseo de Adriano por los hombres era casi depredador. Sin embargo, nunca tuvo un carácter tan potente como para que desplazara su cobardía. Esa fue la causa de que dejáramos de ser amigos un poco antes de que se fuera a la Aviación. Siempre se preocupó por lo que pensara Elsa de él y su maricura, y eso no lo dejó dar el salto definitivo. Entonces ocultó sus ansias buscando amantes ocasionales por Internet y escapándose con ellos a los hoteles más anónimos de Sabana Grande. Esto lo amargó hasta convertirlo en un hombre preso de un tango interior . Nosotros, sus amigos, lo fuimos dejando solo al ver esa mala voluntad de vivir. Aquella tarde en la que escuché su voz, no pensé que volveríamos a las viejas andanzas. Había decidido que ni siquiera iría a saludarlo. Si llegaba a cruzármelo en los espacios comunes del edificio, en la calle o tal vez si venía a tocar mi puerta, lo trataría con una amabilidad distante. Sin embargo, ciertos hechos me obligaron a ir a su encuentro luego de que murió mamá. Por la claraboya del comedor había continuado cayendo una innumerable cantidad de desperdicios que habitualmente uno lanza al tacho de la basura. Al principio los limpié sin molestarme, pero la persistencia de la lluvia de cosas asquerosas me hizo perder la paciencia. En ese salón teníamos el comedor donde acostumbraba a escribir. Cuando lo hacía, el sonido de latas, tapas de refresco y otros objetos más contundentes que el papel me sacaba de concentración y por eso decidí actuar. Mis sospechas de que doña Elsa era la responsable de aquel bombardeo no necesitaron ninguna averiguación. Toqué el timbre del apartamento de Adriano y lo escuché sollozar a través de la madera. 52


Luego de que abrió la puerta se abrazó a mí, desconsolado. Su cuerpo, labrado por los ejercicios militares, me hizo sentir rígido, como si una piedra atada al cuello me cimbrara y obligara a no tocar más de lo debido. Sin brusquedad, lo aparté e intenté consolarlo. Pasamos a la sala donde estaba su madre, ovillada en un sillón azul desgastado, con el brazo en cabestrillo y el cabello enmarañado; acababan de darla de alta en el hospital. El lugar era un desastre de cosas regadas, comida podrida y periódicos rotos. Adriano se disculpó y, aunque quise recriminarle el bombardeo a mi apartamento, guardé un silencio prudente. Antes de regresar a casa, hablábamos bajito para no incomodar a Elsa, a pesar de que estaba sumida en un estado semiconsciente y no reparaba en nada. En nuestra conversación no nos dijimos mucho, él estaba quebrado y sentí tanta lástima que opté por dejarlo solo. En el banco verde me esperaba una antología de Donald Barthelme que recién había llegado de Barcelona. Avancé en el libro hasta donde me dejó la lluvia de basura, que había renovado sus fuerzas un par de horas después de hablar con Adriano. Cuando me preparaba para subir nuevamente a reclamarle, sonó el timbre. Se veía agotado y olía a ron, a sexo no consumado. Cargaba encima ese pesado tufo a derrota de quienes tenemos una estrella inconstante . Pasó al comedor y tomó del banco verde el libro de Barthelme. Se sentó sin ninguna elegancia, como un muñeco de madera descoyuntado que ya tiene escaras en su alegre pintura de otrora. Empezó a llorar como nunca había visto hacerlo a nadie. Cuando se pudo reponer, contó su vida de forma detallada, remarcando durante horas los peores bochornos vividos con su madre. Todo parecía ser una constricción tras otras. Las represiones y 53


escarmientos –doña Elsa siempre supo que él era marico–, se habían sucedido con los años y ni siquiera pararon cuando se alistó en la Aviación. Se podía sacar en limpio que su mamá era la culpable de absolutamente todo lo que le hería. Sus frustraciones y horrores tenían la marca de ella a fuego, el signo de un poder omnipresente y aplastante. Todo estaba tan claro para él: humillaciones y resignaciones; ejemplos concretos de cómo lo había obligado a ser quien no era. La responsabilizaba por tener que renunciar a algo que ni siquiera era capaz de nombrar. No eran ni los hombres ni el deseo, sino que se trataba de una sustancia, una cosa profunda que nadie, ni él ni yo, averiguaríamos jamás. Para mí toda aquella perorata era totalmente pusilánime, nuestras madres no podían ser las culpables de las atrocidades que producen nuestras indecisiones . Aunque estaba molesto por esa falta de bolas, serví dos vasos con ron puro y le di uno. Se lo bebió en dos tragos y luego se levantó y fue a mi cuarto. Como en los viejos tiempos, se desvistió, esperando a que yo le secundara. Habían pasado quince años o más desde la última vez. En ese entonces, él todavía era un hombre amable, al que todos saludábamos con una sonrisa, como si aquella acción sencilla y diaria fuera lo mejor que nos pudiera pasar en la vida. Sin encender la luz, asistí a la oferta. Me sobrecogió la firme idea de que aquel encuentro determinaría en una medida justa el final de un camino. Quince o veinte años –no sé cuántos eran, la verdad–, pero fuera lo que fuera era un tiempo suficiente. Las penas se habían asentado y ahora sí podíamos decidir, sin excusas, qué ruta es la correcta para que el dolor cese y se acabe la búsqueda. En el momento final de sus estocadas, los ojos de Adriano recogieron un poco de la luz que llegaba de la calle y que furtivamente atravesaba las persianas. Entonces brillaron por última vez, maravillosos y perdidos para siempre, 54


en una hermosura nueva e irrepetible. Después de que acabó, cayó sobre mí un sueño pesado y le pedí que se fuera porque quería estar solo. Antes de marcharse, sin que yo escuchara nada, dio una vuelta por mi apartamento. Ya para ese entonces –imaginé después del desenlace–, Adriano había escogido su destino. Solo requería una herramienta homicida, algo como una extensión de su cuerpo que le ayudara a resolver el origen de todos sus problemas. De un rincón donde se amontonaban aperos deportivos de los que nunca nadie se deshizo, tomó un bate de madera que papá me regaló a los diez años, esperando que me aficionara al béisbol. Era macizo y perfecto para conectar cualquier cosa. Salió al pasillo, las dos manos apretando firme pero suavemente, como nos enseñan cuando somos niños. Había dejado los zapatos junto a mi cama y sus pies descalzos no hacían ningún ruido al pisar el granito frío de la escalera que lo dirigía al encuentro con su madre. Todo movimiento era lento, con una parsimonia contagiada por la madrugada que avanzaba paciente y silenciosa.

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Lea Laugier 56


Umbría POR ARLETTE VALENOTTI Te guardaré en mis recuerdos. Allí, entre tu sombra y los caprichos de mi vientre El ruido oxidado de mi puerta te despertará y te traerá al amanecer El humo de tus ojos creará alucinantes tinieblas envolviendo el lado izquierdo de mi cama encantada de tu vacío y construiremos un sublime rito de cicatrices insomnes.

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En la mezquita de Barbès veinte euros de hachís; Bassboussa de Ramadán.

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La Masa

Informe

POR RAQUEL SÁNCHEZ LÓPEZ Allí están, una masa informe, Un cúmulo de copas sedientas de sangre, Ansiosas, monótonas, víctimas frenéticas de la incomprensión. Ahí vienen, formando un pantano impoluto, Rebosante de apariencias y superficialidad, Las rocas crujen bajo su lodo Como espigas acristaladas en una tempestad, Robándole lo poco que les queda de humanidad. Ya se acercan, casi los oigo respirar Con sus estómagos vírgenes, todavía sin acuchillar. No hay escapatoria, la minoría aguda o se abstiene o inventan guiones para anuncios de coches, sin ellos los coágulos de mentiras nos envuelven. Ya está aquí, la masa informe.

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Boris Cabrero

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Fuera

de Servicio POR GERARDO VÁZQUEZ CEPEDA

L

a señora del perrito cerró la puerta con dos vueltas de llave, se dirigió al ascensor y apretó el botón varias veces. Tras el cristal ahumado apenas pudo distinguir un reflejo. Hizo un gesto de fastidio y cruzó el pasillo hacia las escaleras. —¡Otra vez roto!—exclamó. Sacó un abanico y comenzó a darse aire, pensando en sus vacaciones. En apenas veinticuatro horas estaría remojándose en la playa. Tuvo que tirar del perrito, que se arrastraba hacia el ascensor averiado rascando el suelo como si buscara un hueso imaginario. En realidad, su botín óseo comprendía más de doscientos. El conjunto del esqueleto del anciano del quinto, que se había quedado atrapado entre la segunda y la tercera planta. El anciano del quinto caminaba agarrado con firmeza del mango de su muleta. El antebrazo sobre el brazalete de plástico negro le daba estabilidad y, golpeando rítmicamente el suelo con su bastón de aluminio, que no era ni más ni menos que el recambio de su desgastada rótula, parecía un zahorí en busca de agua. Ese día venía de hacer la compra, apenas un poco de queso, yogures y una barra de pan. Desde que le operaron, la escalera se había convertido en su Himalaya. La primera vez, se empecinó en subir a pie, como había hecho toda la vida. La tozudez le hizo sudar y a mitad de camino los brazos se le acalambraron, tropezó en un escalón y, aunque se resistió a caer, arañando con desesperación 61


las paredes de gotelé, acabó tendido en mitad de la escalera, maltrecho y sin aliento. Por suerte, un vecino que bajaba le ayudó a incorporarse y llamó al ascensor por él. Así que la escalera era una nueva frontera para el anciano, junto a los bordillos y los socavones de la calle, convertidos en trincheras. Entró en el ascensor, apretó el botón del quinto piso, sacó un pañuelo del bolsillo y se enjuagó el sudor. Casi agosto. Estaba deseando que llegara. Con él venía el sosiego, el verdadero descanso. Los vecinos del bloque, casi al completo, salían en estampida y por unos días se dejaba de filtrar la música a través de los tabiques y los tacones dejaban de taladrarle el techo; era un paréntesis donde no cabían los portazos, ni las fiestas nocturnas, ni los jadeos, ni el repiqueteo de los somieres, ni las aguas fecales corriendo tubo abajo a medianoche, ni los niños llorones que no querían bañarse y berreaban frente al plato de verdura. El anciano del quinto casi paladeaba el silencio, el bendito silencio. Mira que tendrá uno silencio en la tumba, pero la vida también requiere su dosis —se decía—, unos minutos para escuchar el propio latido del corazón o la respiración o las tripas. Descansó el peso sobre su pierna buena y dejó caer la bolsa de la compra. Entonces, se escuchó un estruendo y el fluorescente del ascensor parpadeó hasta fundirse. El adolescente del tercero ayudó a bajar las maletas. Tras exigirle un beso, su madre le recordó que dejase alguna luz encendida y no bajara del todo las persianas. Su padre le advirtió que no hiciera tonterías. El adolescente del tercero iría de vacaciones con sus padres, como siempre, pero había conseguido un tercer grado. Una condicional de veinticuatro horas, para llevar unos papeles al banco —una cosa que urge, le dijo su padre— y así parecía que era él y no su hijo el que mandaba en casa. Se 62


iban el sábado y el adolescente del tercero cogería el tren el domingo a mediodía. Con todo el piso para él solo, las botellas de vodka, ron y ginebra del mueble bar se echaron a temblar. Dentro del ascensor, el anciano parpadeó hasta acostumbrarse a la oscuridad. Se filtraba un resplandor a través de una rendija, apenas un hilo de luz. Pulsó varias veces el botón de alarma, pero no funcionaba. La última revisión fue hace tres años, recordó. Entonces se eliminó para ahorrar costes. Y es que la comunidad padecía un severo déficit, por culpa de los pisos vacíos cuyos dueños no pagaban o los bancos que hacían ejecuciones hipotecarías y luego no cumplían con su cuota. —Si se rompe, lo arreglamos y punto—argumentó él mismo en aquella junta. Se dejó caer con dificultad, agarrándose las rodillas. Notó el tacto del suelo de goma. Le dolían los nudillos y las muñecas de aporrear la puerta. Le picaba la garganta de tanto gritar. Sacó de la bolsa un yogur y lo estrujó como si lo ordeñara. ¿Es que nadie le había oído pedir ayuda? Muchos de sus vecinos estaban de vacaciones, pero todavía quedaba gente en el edificio. Escuchó claramente el chasquido de una puerta y trató de levantarse. Como no podía, se quejó con tono lastimero, pidiendo socorro, todavía con el yogur a medio deglutir y le avino un acceso de tos. Agarró la muleta y se fue incorporando. Haciendo palanca trató de abrir la puerta, empleó todas sus fuerzas y consiguió separar la hoja una fracción. Logró un poco más de luz. Alargó los dedos por el hueco. Se había quedado emparedado entre dos pisos. La familia del segundo fue sacando las maletas al pasillo. Mientras tanto, el padre se servía un café bien cargado en la cocina y fumaba un cigarrillo. Sus hijos se peleaban en el zaguán. La puerta estaba entreabierta. 63


La madre chistó para que se calmaran: —¡Que son las seis de la mañana, por favor! El marido apagó el cigarrillo bajo el grifo: —Déjalos, si no molestan a nadie. Los del “c” se fueron ayer y la señora del “d” está medio sorda. Y la mujer: —Apenas he podido dormir, toda la noche me ha parecido oír a alguien quejarse y pedir socorro. Creo que venía del ascensor. —¿Ya estás otra vez? El marido la miró con una mezcla de preocupación y hastío: —Te vendrá bien descansar un poco. Mira. Se acercó al ascensor y tiró de la puerta. —¿Has visto? Está averiado desde ayer. El anciano trató de pensar. Le dolían las piernas y le pesaban los párpados. En el tercero había al menos dos pisos vacíos. Lo recordaba porque el año pasado le había tocado ejercer de secretario en la comunidad. En el segundo, las viviendas que daban al ascensor las tenían alquiladas a estudiantes. No hay nadie en verano, se dijo. Y el sudor comenzó a empaparle la camisa. Aporreó la cabina y el tablero de mandos, primero con el puño hasta sentir un calambre y luego con el mango de la muleta. Un chispazo saltó del cuadro y el anciano se desplomó. El adolescente del tercero retiró las botellas y, con fingida seriedad, extendió sobre la mesa un tablero con una güija. —El del “c” se murió el mes pasado. Lo mismo nos cuenta algo. Encendió una vela y miró a sus compañeros con una sonrisa ensayada. El silencio era denso y palpable. Entonces se escucharon 64


con claridad unos golpes, luego un quejido y las luces se encendieron y apagaron, como cuando hay una tormenta. Todos miraron al adolescente del tercero, que enmudeció. —Venga, ¿quieres que nos caguemos de miedo?—le recriminó su novia, que encendió la música y abrió la primera botella de ginebra. El anciano entreabrió los ojos. Le llegaba un olor a la nariz como de goma quemada. Notó humedad en los pantalones. Estaba tan acalambrado que apenas podía moverse. Trató de hablar en voz alta, para infundirse ánimos, pero tenía seca la garganta y le picaba la nariz. Tanteó el suelo buscando otro yogur, pero al caerse el envase se había roto y esparcido su contenido. Se chupó los dedos mojados en la mezcla de leche fermentada y orín. Suspiraba a intervalos, de forma honda, intensa, desde las tripas. Le dolía la cabeza. Pensó en su único hijo, en su llamada semanal de los domingos. Habían hablado esa misma mañana y pasarían siete días hasta la siguiente vez. ¿Podría aguantar una semana entera? La mano derecha le ardía y los dedos temblaban como un motor al ralentí. Debían ser las cuatro o las cinco de la madrugada. No llevaba reloj. Dos gruesas lágrimas le enturbiaron los ojos. Alguien tenía que oírle, alguien se preocuparía por él, tratarían de comprobar por qué no funcionaba el ascensor o llamarían a que lo repararan. El anciano boqueaba. Le escocían los ojos. En la mente se difuminó la imagen de su mujer sobre la cama del hospital y el cirujano, junto con dos médicos, avanzando hacia él a través del pasillo, escuchó el crujir de la goma de sus zapatos, las condolencias alargando una mano blanda, que parecía de mantequilla. Todavía llegó a oír, reverberando, las uñas de un perro escarbando sobre el mármol.

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Siete días después, un hedor a nausea invadía toda la comunidad. Los pocos residentes que quedaban lo achacaron a los desagües, a las alcantarillas resecas por la falta de agua y al sol que caía a plomo sobre la capital, donde se alcanzaron más de cuarenta grados a la sombra. Mientras tanto, en la puerta del ascensor, hasta que trajeran una pieza que había estropeado la maquinaría y cuya entrega se retrasaría debido a las vacaciones de agosto, se podía leer: “temporalmente fuera de servicio”.

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Ecos POR GRIMALDI OYOLA Me tropiezo con las trenzas de una chica Le pregunto a Kafka donde se encuentra el final. Pero nunca contesta… Solo recuerda los comienzos. Recibí a Bolaño con sus cincuentidos jinetes Pero ni en Chile reconocían el origen de la crítica. Me topo con Rayuela pero no comprendo su importancia. Camino entre sus bagatelas, pero solo consigue Tres golpes. Ahora, Yolanda me comenta que no vale la pena. Kenneth me preguntó si juego al suicidio Me mantengo indefinido ante la contestación Camino a la esquina y me encuentro a Pantera. Can you lend me a cigarette? Escucho, pero continúo. Me topo con Sandra No le gusta que la llamen por su nombre. Ahora sin cabello camina hacia la torre. 67


Me acuesto a ver si aterrizo. Pero ningún cambio veo. La alfombra me canta desafinadamente Los recuerdos de un presente Que se vuelve nulo al despertar Será un payaso iluso O será otro que finge ser Borges. No recuerdo el motivo o la diferencia. Mis parpados caen. No puedo con el peso. No cometo suicidio en recuerdo al Extranjero. A veces le pregunto si estoy despierto o esto es un sueño. Ella me acaricia pero nunca contesta. Recibo una carta de Cortázar Pero solo fue una imagen Un momento cíclico, Parecido a un fotograma amaestrado. Estaba en portada Detrás, las palabras Mi nombre no es mío, ni es Violetta ni es Roja Ni Jetulio existe ni Klaus tampoco. La francesa sigue perdida y ya no recuerda. 68


Que sigo haciendo lo mismo a diario. Que tachas y me tachas copias y me copio En busca de un fin. Pero ni la concisión se consigue Mucho menos un sueldo para infante Maldita sea madre El día que me creí la Caborca. El día que decidí engendrar esto como oficio. El día que decidí fingir que escribo El día que pensé que conocía la palabra «poesía» Pero ya ni en las letras me encuentro Y me encuentro con la realidad Que solo me sueno al igual que esta situación Que Patricia me dijo que me levantara Y que no podía más. Que estoy graduado y me encuentro sin empleo Que necesito revalidar, pero solo quiero escribir. Y ahora un infante depende de mí. Se acabó la Caborca, se acabó Bolaño Se acabó la poesía, la novela y la noveleta. 69


Se acabó la tinta ya no me encuentro Que no me busquen Que ya no estoy… Que, si quieren saber, pregúntenle a Patricia. Y les dirá que no estoy en el presente, solo en el ayer Y en susurros contestará Que desconozco la palabra «oxígeno» Que mis labios están cocidos hace ya más de un mes. Tal vez nunca estuvieron abiertos. Que si me buscan solo aparece una foto de espaldas. Que la tinta se acabó, Que este poema también Que me canse de tachar Y decidí tacharme Al igual que un verso mal escrito.

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Amanda Yukency

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Mรณnica Ortega


Efecto

Sfumato

POR JORDI MANAU TRULLÀS

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ric caminaba sobre la alfombra de césped meticulosamente cortada. Se sorprendía de la dimensión de aquel jardín mediterráneo repleto de aromas y sonidos. Azahar, romero, lavanda, murmullo de fuentes, resina de pino, rosas y rumor de mar. Era simplemente una noche de julio en plena Costa Brava, con el cielo nublado y la luna llena plateada. A lo lejos, la música alegre de la fiesta le recordaba el origen de su tristeza. No era de los suyos, solo pasaba por allí. Eric representaba aquella cuota de invitados obligados a rendirse ante la magnitud real de la opulencia. Aquella gente, con sus hipérboles exageradas y su falta de subordinación en la conversación, no le convertirían en un frívolo envidioso. Todo se basaba en agudizar la viveza del razonamiento, equilibrar el mal fario. Ser seducido por la brisa producida por el viento frío y turbulento de noreste, acelerado a su paso por los Pirineos, impregnando el mar de crestas de apariencia vítrea hasta convertirse en tramontana. Tan solo eran dudas pueriles producidas por escenas saturadas de imposibles y sabores excelsos. Todo pasajero, todo efímero, ante las noches estraboscópicas y los dioses con mirada complaciente. Risas y más risas forzadas que el eco transmitía desde la masía señorial reformada. Eric solo era un pequeño proveedor industrial del imperio farmacéutico de aquella estirpe burguesa. Una sola mota de polvo con demasiados problemas para seguir el calendario fiscal con holgura. Lentamente recorría el perímetro de la finca. Suponía que, en algún momento de la noche, tendría que alentar teatralmente 75


varios comentarios graciosos de algún elegido, en agradecimiento por seguir siendo un adepto. La misma historia, con los mismos mimbres, repetida una y otra vez a lo largo de los tiempos. Quedaba la opción de abandonar, irse sin más, pero aquella dependencia tumoral podría poner en riesgo nuevos contratos absolutamente necesarios para la viabilidad de su minúscula sociedad limitada. Así funcionaba la meritocracia en aquella parte del mundo occidental. Eric bebió de una fuente. Se refrescó la frente y el cuello. Tenía cargadas las cervicales de tanto conducir. Allí el tiempo parecía detenerse, todo era bañado por una pátina de tranquilidad sanadora que solo los afortunados disfrutaban. Más allá quedaban los ignorantes de tales placeres, soñando en cábalas rocambolescas y proyecciones mentales enfermizas. Eric se había colado en territorio enemigo. Sus pasos lentamente viraron hacía el tumulto. Los observaba desde la máxima distancia posible. Hablaban entre ellos en una jerga especial, movían exageradamente los brazos mientras sus miradas perdidas se posaban en los escotes generosos. Al acercarse, todo se volvía más grotesco. Botox, piel quemada por rayos ultravioletas, cirugías y siliconas ubérrimas. Todo un mejunje vestido de algodón blanco en señal de virginidad, castidad e inocencia juvenil a los cincuenta. Estafadores de conciencia, ilusos adictos al transhumanismo, impostores del librepensamiento carcomidos por los celos y prejuicios. Eric podía percibir el sudor bañado en esencias parisinas. Se acercaba a una pérgola blanca que resplandecía en medio de la oscuridad casi total. Un leve rumor, seguido de unas risas lacerantes, le detuvo.

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—Eric García. Como tú por aquí, no te habrás perdido —aquella voz tan femenina y sensual transpiraba la sorna de los que saben que pueden dañar. Las risas cínicas de sus acompañantes daban banda sonora despectiva a la situación. Eric frenó en seco, recordó que la soledad de la víctima siempre fue un regalo. Era evidente que se trataba de Miriam Torredemer, la jefa de compras de la empresa matriz donde Eric vendía cerca del noventa por cien de su producción. Estaba con su marido y dos parejas más. Todos fumando en silencio, retozando entre la desidia alcohólica y la marihuana variedad Moby Dick. A falta de conversación interesante, una buena víctima propiciatoria sería perfecta. Cambiarían las fruslerías agotadoras por una defensa numantina de los predilectos versus los miserables. Aquello les uniría como lobos hambrientos. —Miriam Torredemer, que coincidencia —Eric no perdió aplomo en el tono de voz. Un ligero deje de pasotismo y las manos escondidas dentro de los bolsillos del pantalón de lino. —Siéntate anda, tómate algo —encima de la mesilla de caoba y mármol travertino, se extendía un surtido de botellas de marcas galas. Optó por un Marie Brizard helado. Se sentó mientras le observaban intentando agarrase a la imperfección más nimia hasta elevarla a categoría descalificante. Eric no dejaría que aquella jauría de podencos le diera caza. Después, las presentaciones formales y varias obviedades prescindibles. Cierto silencio tenso invadía el encuentro. Todos rodeaban al reo pero ninguno se atrevía a empezar la lapidación. Percibían en Eric cierta rebeldía en su pasmoso sosiego. 77


—Estábamos hablando de Vasili Kandinsky. ¿Crees que en El Jinete Azul pintó un segundo jinete o solo se trataba de la sombra del jinete principal? —Miriam sesgó la falsa circunspección. Todos estallaron en carcajadas. Su marido la beso con el más gris de los reptiles. Un ósculo apartado de la lascivia o el sentimiento, solo un burdo choque de epidermis mal ejecutado. —No tengo ni idea. Supongo que se trata de una disyunción intencional, que permite a los espectadores participar en la compleción de la obra de arte —Eric contestó al instante. Después fanfarroneó con un largo tragó de anís. Los ojos de aquella turba se volvieron felinos. Comprendieron que se trataba de caza mayor. Los cuarenta y tres músculos faciales del marido de Miriam mutaron hacia el enfado. Allí lo tenía, delante de él. Su antagonista, la réplica barata moldeada en PVC, el falso anacoreta de palabras vacuas. Maldiciendo aquel miserable ser unicelular que se atrevía a contestar a su mujer hechizada con la sabiduría de un Erasmus en la Academia de Bellas Artes de Múnich y un máster de artes plásticas impartido por la School of The Museum of Fine Arts of Boston. —Vaya, al caballero le gustan los duelos que no puede ganar —Miriam agradeció el capote de su marido. Le agarró de la mano convencida de que accionaba el mecanismo victorioso. Eric lo contemplaba desde bambalinas. Negaba la mayor, la escena era mala de solemnidad. Tan solo un montón de atrezzo enfático. No era creíble, le faltaba realismo. Del todo sobreactuado, simplemente una torpeza patética al sentirse intimidados. En aquel preciso instante, supo que podría dividir lo indivisible. Enfiló la mirada expectante del marido, que con el ceño fruncido esperaba 78


respuesta. —Solo existen dos tipos de hombres. Los que lo intentan hasta el final con determinación ciega y los demás. Los que arden en llamas durante la noche y los demás. Los que anhelan la sonrisa perfecta y los demás —Eric no esperaba que brotara ninguna palabra de aquel aprendiz de Epicuro pasado de peso. Su mirada saltó hacía Miriam. —Y solo existen dos tipos de mujeres. Las que saben que se encuentran delante de ese tipo de hombre y las que no—. Eric acabó la frase contemplando cómo el misil había alcanzado el centro de flotación de Miriam. Reconocía la tristeza incluso bañada con la escasa luz que el plenilunio regalaba. Era pura aflicción de verano, donde la realidad destrozaba viejos sueños bañados de nostalgia. Bucólicos pasos errantes en el jardín de las delicias. Miriam y su caminar errabundo por el boulevard de los sueños rotos. Ahogada en aquella mirada apagada pese a la sonrisa de los bufones, solo quedaban brasas sin apenas oxígeno que consumir. Joven y bella, con la sentencia escrita en su tostada piel. Miriam sintió pena por el falso amor embriagador de resacas constantes. —Te espero dentro de una hora en la escalinata de la puerta principal —Eric no sabía el porqué de sus palabras. Supuso que simplemente porque podía. Tras un par de segundos, necesarios para comprender el atrevimiento de aquel paria vestido con traje de grandes almacenes, todos se escandalizaron. Su marido mostró los puños amenazantes que orbitaban cerca de Eric sin atreverse a traspasar la línea roja. Eric y Miriam no dejaron de mirarse. Todo el caos a su alrededor no les afectaba. Parecía como los labios voluptuosos de Miriam intentaban argüir una respuesta, 79


pero no lograron articular algo diferente al silencio cómplice. Eric se levantó mientras se abrochaba el botón superior de su americana azul marino. Dio media vuelta sin despedirse, algunos comentarios soeces le invitaban a volver y saldar cuentas. Pero no valía la pena, la mordida había tenido éxito. Ella tenía inoculado el veneno que corría infectando todo el cuerpo. Las dudas molestas que asaltaban su día a día se volverían cargas punzantes imposibles de aguantar, produciendo pequeñas grietas para acabar resquebrajando la génesis absurda de su sumisión. La puerta de la jaula estaba abierta, la locura por la libertad lo precipitaría todo. En el salón principal litros de cava fresco corrían para suavizar los flecos insalvables que proponía la voz interior. Morir en perfecta compostura, sin despeinarse, sin apenas temblar por el miedo a cuantificar el tiempo perdido. Las oportunidades baldías destruidas por extraños cruces de caminos. No quería ser como ellos, no debía ser como ellos. Apercibidos ante sus ambiciones alimentadas por decadentes principios, todos bailaban con esperpento al son del mambo número cinco de Xavier Cugat. Eric aceleraba el paso sin mediar palabra, sosteniendo un canapé de salmón rojo en la mano izquierda. Bajó la larga escalinata, flanqueada por dos bustos helénicos, con agilidad felina. Se sentía pletórico, indestructible. Tiró el trozo que quedaba de canapé en el estanque lleno de carpas de colores y peces gato. Miriam aparecería. Ni ella misma era consciente de que su voluntad ya no le pertenecía. Pero Eric no estaría allí, se negaba a concederle la lógica del amante apasionado. Eric se dirigía a su coche, un utilitario de color negro, con doscientos mil kilómetros en el contador y el intermitente 80


derecho estropeado. Arrancó a la primera, aceleró levantando gravilla. Encaró la verja de hierro forjado que se intuía al final del largo camino de acceso a la masada postmoderna. El auto se desplazó veloz entre decenas de macetones con arbustos que regalaban al cerebro una sensación de relajante simetría. Por el retrovisor se perdían los últimos flashes de aquel sainete. Eric solo deseaba alejarse del mundo de aquellos hombres. Atravesó el portón mientras encendía un cigarro. Ya en la nacional, transitando por el carril de la derecha, se dispuso a borrar una a una todas las secuencias de aquella mala película. Todas menos el encuadre donde aparecían aquellos dos luceros agotados de esperar el fin. Bajó la ventanilla, solo pensaba en Miriam. Con el pulso acelerado, Miriam acudió a la escalinata. Aquella cita furtiva debía convertirse en el principio de una gran novela con final apoteósico. Tras comprobar asombrada que Eric no estaba, disimuló acariciando convulsivamente su anillo de zafiros. Le esperaría tan solo cinco minutos quemando el orgullo a fuego lento. Finalmente comprendió la simple complejidad del embuste, no tuvo otra alternativa que optar por la sorna para pasar a la inquina ácida en pocos minutos. Planificaría decenas de venganzas para apaciguar el despecho que obturaba sus pulmones. Le llamaría, aunque lo negara cien veces. Lo haría y, cuando lo hiciera, su primera intención rabiosa cambiaría buscando una explicación repleta de consuelo. Así eran las guerras entre hetairas y efebos. Amenazaría a Eric con romper los contratos de compra. A lo que Eric contestaría con la dulzura del sometido a la dictadura de la belleza innegable. Tras la mansedumbre del macho alfa, no le sería complicado llegar a tener un affaire con ella. Tan solo una recomposición del tablero de juego a base de indecoro carnal de alta graduación. Convertidos en desertores sin 81


causa, justo en el centro de los Montescos y los Capuletos, sembrarían tormentas de fuego. Destruir para avanzar, eso era lo que propondría Miriam sin esperar respuesta. Pero él nunca, a sabiendas, le daría lo que ella anhelaba.

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Despertar POR ENRIQUE CONTRERAS MARTÍNEZ La vida no era un delirio sombrío - Luis Cernuda I cada mañana la diosa radiante la virgen esplendorosa la explosiva claridad que nos conmueve

cada mañana la esclava tímida la sombra gris y mortecina abre nuestra ventana a los sueños incumplidos y el cuerpo que nos proyecta la piel que nos define y conecta mira de frente 83


al insaciable paraíso al infierno indefinido que deslumbra y espeluzna imantados por el fuego de otra mirada de otros vientres de otros labios oteamos el horizonte y sobre el céfiro del deseo izamos la bandera irreductible diáfana y libre de los sentidos

sí y que el nuevo amanecer el aliento recién nacido prístino la refulgente sinfonía que desborda y ciega te visite que delirio y quimera te agasajen ama tú ese destello bendito que día a día abre tus párpados 84


e ilumina tu equipaje pues es cuanto tienes II hay una multitud que esculpe la bestia del desencanto una mole obtusa y geométrica que traza los caminos del tedio y el hastío hay un desbordamiento de hormigas sumisas y obedientes que arrastra el fardo de las funciones adquiridas un ejército de mercenarios y matones custodiando el sagrario de los deberes sacros y de las funciones ineludibles hay una fosa y hay un cadalso para el despojado que se resiste al culto de los iguales eficientes pero tú no tienes que dejar tus dedos en la brasa ni cultivar tus flores en la tierra calcinada la babosa informe del miedo y las tinieblas solo se estremecerá bajo el Sol de tu resistencia

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Sapos y culebras nº2 [Nov. 2018]  

Sapos y culebras nº2, revista de creación, noviembre 2018.

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