APUNTES
SUDACAS ANTOLOGร A
Segunda Ediciรณn
APUNTES
SUDACAS
APUNTES
SUDACAS Antología de jóvenes escritores latinoamericanos
AYNI - 2017 -
AYNI COOPERATIVA EDITORIAL Barcelona, 2017 aynicooperativaeditorial@gmail.com Segunda ediciรณn 2017 Publicado por primera vez por AYNI COOPERATIVA EDITORIAL (2016) Todos los derechos pertenecen a sus respectivos autores. Ilustraciรณn: Claudia Chiavacci Tiraje: 50 ejemplares
PRÓLOGO Es probable que el rugir contestatario de las letras sudacas aún retumbe en los pasillos fantasmagóricos de las librerías y editoriales europeas, es también probable que esta no sea más que una selección aleatoria y un tanto corrupta entre la amplia variedad de escritores que pululan por las calles de ciudades como Cali, Lima, Quito, Barcelona, Paris o Ginebra. Si bien reconocemos que la literatura latinoamericana supo hacerse un lugar en el circuito comercial internacional a partir del mal llamado boom, consideramos que el actual fomento para el descubrimiento y posterior difusión de nuevos escritores de la región sigue siendo, en la mayoría de los casos, insignificante, y en algunos otros casos más extremos, inexistente. Al mercado literario actual le motivan más las ventas que la calidad de las obras que se publican. Hoy son los libros de autoayuda, las novelas juveniles y el erotismo conservador los que agrupan la oferta. Grandes grupos dominan la escena cultural y sus editoriales se reparten los contenidos, los públicos y las ganancias. El mercado literario tiene cada vez menos de literario y más de mercantilista, generando que algunos, dejándose chupar por la bruja, olviden la intención del oficio. Quizás sea lo más seguro en este quehacer tan ingrato como el de intentar cosechar en tierra árida y quizás requiera de agallas. Nuestra indiferencia agiganta la inmensa bola de nieve que va aplastando la variedad y calidad en las publicaciones, mientras nuestra producción se va oscureciendo lentamente en la amalgama de voces que esperan ser algún día leídas o escuchadas en los 7 continentes del mundo y superar así, los 9
PRÓLOGO
márgenes de una creación literaria hambrienta y furtiva. Nos hemos vuelto poetas arrugados bajo faroles oxidados e intermitentes, seres que pisan la mierda pestilente que nos deja el capitalismo, hemos olvidado las ideas. Por lo que, tomando las riendas y sacudiéndonos la apatía, hemos decidido crear Apuntes Sudacas, una primera antología en donde se han incluido 9 jóvenes escritores latinoamericanos (ordenados por orden alfabético) de escasa o inexistente publicación, originarios de 5 distintos países, para de tal manera aventurarnos a la osadía de procurar representar la diversidad y riqueza de las letras jóvenes latinoamericanas, por lo que el lector podrá encontrar estilos y propósitos distintos. Esta publicación busca entablar un diálogo con otros escritores jóvenes (y no tan jóvenes), escritores disconformes, de cualquier país de procedencia e invitarlos a organizarse en colectivos y crear iniciativas que como esta, busquen la difusión de su obra. Esta es una edición cooperativa, no sólo de sus integrantes, sino de todos los que aportaron en la creación, maquetación, ilustración, impresión y difusión de la obra. A todos, muchas gracias. Comité Editorial
10
Sebastián Aragón Castellanos Perú, 1989 Bachiller en Letras y Ciencias Humanas con mención en Filosofía de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP). Actualmente formándose como Psicoterapeuta Psicoanalítico en el Centro de Psicoterapia de Lima. Ha sido incluido en dos antologías: Suicidas sub 21: poetas universitarios (Lima, 2010) y Poética (Lima, 2010).
13
SEBASTIÁN ARAGÓN CASTELLANOS
RITUAL (en 5 partes) 1 Primera canción en voz alta desde que la nieve dejó salir al calor Primer verso en minúsculas desde que no hay sol Y el tiempo pasa comemos menos reímos menos somos menos Y cada vez más subsubsubsuburbanos Nos hemos vuelto sensibles al sol y al calor Úsenme como donación a las almas del purgatorio que ellas ya bebieron y comieron su sol (pero eso no traerá las flores ni el sol ni la vida) “Nos vamos cayendo y el frío fue devastador 15
SEBASTIÁN ARAGÓN CASTELLANOS
comíamos hielo y nieve las flores eran transparentes los peatones efímeros déjennos seguir caminando por este sendero, que sin agua, satisface nuestra sed” Así lloran las almas que tuvieron calor 2 El viento caerá donde caen los fríos y nuestra saliva donde estén los muertos Y gozaremos…y cantaremos… “Nos vamos cayendo y el frío es devastador comemos hielo y nieve las flores son transparentes los peatones efímeros déjennos seguir caminando por este sendero, que sin agua, satisface nuestra sed” Cómo cantan los vivos Y ellas las danzantes de piedra subirán al volcán 16
SEBASTIÁN ARAGÓN CASTELLANOS
y apagarán con sus dedos de carne el fuego que da un calor caníbal porque en este lugar el único calor… el único calor el único calor es de la fricción efímera de dos cuerpos 3 Esta es la canción perdida. que cantaban las flores en invierno (pero estas flores ahora callan) Esta es la canción que cantaban los vivos en sus rituales con tambor pero ahora hace frío bajo la piel Esta es la canción que te cantaría pero las palabras se las llevó el perro, el invierno. Pero es sólo una canción que se puede improvisar Esta es la noticia que indica lo indicable que muestra lo inmostrable que explica la flor como humana el dolor como floral Esta es la canción que todos callamos 17
SEBASTIÁN ARAGÓN CASTELLANOS
4
(esta es la canción que no escuché ese día blanco en que la piel nos traicionó por el calor del sol / y el sol se nos quedó dormido) 5 Las manos tapan la boca para no seguir desperdiciando cantos (este será el último) las ropas flagelan el mimo grita ellas danzantes son acompañadas por los danzantes la piedra es carne el frío es lo único 18
SEBASTIÁN ARAGÓN CASTELLANOS
El suelo despejado deja espacio para los pasos hacia el horizonte cubierto de blanco
19
SEBASTIÁN ARAGÓN CASTELLANOS
FUGA MUNDIS Con un baldazo de agua intentaré borrar el paso del día más triste de mis tristes días. tantas noches atestiguo ésta luna enjaulada que ya no hay ojos que la miren ¿Pero qué se hace con esos días, esos meses? Lo que queda son los fantasmas y mi rostro mirando el tuyo, desnudos, despojados de nuestras armaduras de soldados trastornados en seres mágicos y vulnerables creyendo que corremos hacia lados opuestos escapando de nuestras mentiras encontrándonos con esa misma luna, que lentamente se vuelve el sol de un día mas, y que no sea triste. sin darme cuenta estaré yo andando mientras intento recordar y recuperar el tiempo en este mundo que ya no es mío y les diré que todo a mi alrededor, el de ustedes, tiene vida propia para que alguien me siga, nos siga con la pequeña ilusión, de una niña jugando, que nos encontremos con ustedes presentes tantos días afirmaran a este sol se necesitan abrir nuevos ojos el llanto ya ha secado los míos 20
SEBASTIÁN ARAGÓN CASTELLANOS
aquellos que tantos días se pasaron mirando un punto fijo dentro de una silueta familiar que intentaba mirarme, yo lo sé Lo que sé es ¿cómo volver a ese lugar de antes? nunca se vuelve y siempre se está somos como el mar, ¿sabes? una masa líquida eterna y misteriosa dentro de nosotros cambiante sí pero que siempre regresa incandescente y cuando esa orilla se lave un poco, se verán las huellas, de las que queremos mantener y las que queremos liquidar a baldazos hasta ese entonces, y más, habrán niñas y niños, como fuimos nosotros, que seguirán pintando las calles con su infinita sabiduría y solo nos pedirán que cuidemos las flores y lo haremos con la despedida del hola y la bienvenida del chau andaremos para seguir(nos) cumpliré, cumpliremos, con esos soles y lunas, con esas caras que conozco desde que tengo memoria esas caras que van cambiando pero que siempre, pero siempre, son las mismas con sus lágrimas y alegrías, con esas yo ando y cuidado con las flores aunque sean las primeras en irse son las primeras en volver, 21
SEBASTIÁN ARAGÓN CASTELLANOS
como el mar así como se despide con un hola a la fortuna me basta, hoy y siempre, solo un abrazo ¿para qué más? Cuando pase un tiempo, y la marea vuelva a bajar haremos lo necesario para sentirnos mejor Agarraremos todo lo que nos trajo daño y con un sacudón de ira combustible lo prenderemos en mil llamas y veremos la danza naranja consumir nuestros fantasmas desde adentro volveremos a vivir los gritos y llantos, mientras estos salen por los poros será la limpieza que habíamos estado esperando, que fuimos a buscar de esas cenizas, de esos fantasmas mutilados, saldrá la brisa del mar y la vida para seguir de lo gris saldremos nosotros nuevamente
22
Miguel Betti Argentina, 1990 Escritor sin escritos (ideas sobran). Filósofo auto-excomulgado de la disciplina por falta de disciplina, valga o no la redundancia. Miembro imaginario del Colegio de Patafísica. Académico compulsivo. Fundamentalista del libre albedrío.
25
MIGUEL BETTI
BERTA
H
asta el día de hoy, nadie ha podido explicarme con certeza cómo llegó esa vaca a un octavo piso de la Avenida de Mayo. Sofía recuerda muy bien el momento en que la encontró. Eran las cinco de la tarde y volvía del colegio, luego de una agotadora jornada escolar. Sus padres no regresaban hasta las seis y media, lo que hacía de esos breves minutos un merecido descanso de paz y libertad. Entró al departamento cantando o silbando – algunos detalles se le escapan–, revoleó el abrigo de su uniforme sobre el sillón, hizo volar sus zapatos con la clásicas dos patadas que sabían poner en riesgo la decoración del mueble de la entrada, especialmente una colección de lechuzas de distinto tamaño, material y procedencia, y rebosando de alegría siguió su camino hacia la habitación. Pero aquella marcha triunfal por el pasillo no duró mucho, viéndose interrumpida de golpe por la percepción de un imponente bovino que resaltaba entre el sofá de tapizado floreado en colores pastel, las gastadas cortinas beige y una antigua araña de caireles que descansaba sobre su cabeza. Antes de empezar con las preguntas, sus ojos se perdieron en un escrutinio automático: era un ejemplar de gran tamaño, de pelaje blanco con el lomo cubierto por multiformes manchas negras, y de ubres finamente rosadas. Como buen rumiante, trituraba en su boca los flecos que arrancaba de un ahora inservible mantel, masticándolos una y otra vez, posiblemente saboreando vestigios de pretéritos banquetes que lo condimentaban. Sofía no era una jovencita cobarde y apreciaba considerablemente a los animales –dos gatos, un hámster y un canario confirman el adverbio–, por lo que, luego de haberlo contemplado un momento, decidió acercarse para acariciarlo. Pero con la mano resbalando sobre su suave pelaje, que la reflexión viniera a arruinar el placer de lo irracional con sus causas y sus efectos era solo una 27
MIGUEL BETTI
cuestión de tiempo. ¿Cómo mierda había llegado una vaca hasta su casa? Esa pregunta no se podía decir en voz alta en una familia como la suya, pero ella sabía muy bien que estaba en todo su derecho de pensarla, y eso la consolaba. Aunque pensándolo mejor, más le hubiera gustado haberla gritado, solamente para molestar a la vieja paqueta del octavo C que cada sábado a la noche, mientras se prepara para salir frente al espejo del hall, la observa de arriba abajo y cuenta inquisitoriamente cuantos centímetros le faltarían a su pollera para volverse un atuendo decente. Después de todo, que culpa tenía ella de las oxidadas insinuaciones de su vecina, si en definitiva a los viejos les gusta dar sabios consejos para consolarse de no estar más en estado de dar malos ejemplos –La Rochefoucauld dixit–. Pero no había tiempo para distracciones, tenía que descubrir cómo había llegado esa vaca hasta ahí. Se le ocurrió que tal vez Omar, portero del edificio desde que ella tenía conciencia, podría darle alguna explicación que la dejara conforme y preparada para prevenir el posible infarto parricida. Buscó su abrigo y sus zapatos, ocultos por los azares del vuelo en puntos cardinales opuestos, y se puso en marcha hacia la planta baja, no sin antes dejarle a la linda vaquita una cacerola llena de agua fresca, puesto que no había forma de que semejante espécimen hubiera entrado en el ascensor (y si había subido ocho pisos por la escalera debería estar muerta de sed). En el camino de bajada cambió de opinión. Comprendió que comentarle la situación al portero podría traerle problemas de todo tipo, no porque dudara de la fidelidad de Omar, sino porque se trataba de un asunto mayor que exigía cautela y precaución –tal vez temía injustificadamente que se le echaran las culpas a ella, justo a ella que era tan aplicada y tan buena alumna, justo a ella que recién empezaba a quedarse sola en casa y que por nada en el mundo quería perder esa libertad–. Sin embargo, se le ocurrió una pregunta alternativa y suspicaz a partir de la cual podría extraer informaciones útiles, o al menos esclarecedoras, y decidió continuar con su cometido. El portero leía con atención el suplemento deportivo en el escritorio del hall. Se habían saludado hacía menos de cinco minutos, lo que le ahorraba el protocolo del 28
MIGUEL BETTI
saludo. – Omar, disculpá que te interrumpa, ¿Sabés si llegó algún paquete para mi familia hoy? –la pregunta salió de su boca cargada de un nerviosismo delator–. – No Sofi –sólo a ella la llamaba por su apodo–, hoy volví un poquito más tarde de almorzar porque tuve que hacer algunos trámites, pero durante el tiempo que estuve acá no llegó nada –sólo con ella era tan locuaz y explicativo (hacía un tiempo que había dejado de ser una nena, y ese par de ojos verdes se estaban convirtiendo en el punto de apoyo que tanto demandaba Arquímedes) –. La joven le sonrió luego del bien aprendido gracias y volvió a su departamento, saltando escalones de a dos en dos porque el ascensor ya había subido bajo demanda del quinto piso. Batió tiempo record y luego de entrar, agitada por el esfuerzo, cerró la puerta con traba sacando y poniendo obsesivamente el cerrojo, como si así la cerrara mejor. La alegró ver que la vaca se había tomado toda el agua; seguramente ella tampoco estaba pasando el mejor momento de su vida, lejos de la llanura, sin pasto ni compañía vacuna. Pero el problema era esencialmente otro: había que resolver qué hacer con el animal antes de que llegaran sus padres. Gracias a una imaginación todavía no consumida por jornadas agotadoras ni responsabilidades de otros, ideó una estratagema, digna del mejor de los ilusionistas, que puso en práctica rápidamente. Consiguió una enorme sabana beige, robada de la cama de sus progenitores, y cubriéndolo con ella logró convencer al bovino –no sin algunos empujones de por medio– de esconderse detrás de las cortinas. Insatisfecha, no tardó mucho en experimentar que en el universo todo está en movimiento, y entendió que sería imposible hacer que la vaca se quedara quieta, sin importar el argumento que ella esgrimiera (y ni hablar de esconder los mugidos o los olores). Se decepcionó, más aún al descubrir que no tenía plan B, y decidió finalmente enfrentar a sus padres por el lado de la verdad. Al fin y al cabo, las cosas estaban así desde que ella había entrado –y no importaba lo que 29
MIGUEL BETTI
dijeran, esa excusa no se gastaba con el uso–. Pasadas las seis y media de la tarde llegó su madre. Era una señora bien, con un trabajo bien y una vida bien, pero dejó de ejercer al encontrar en su living-comedor un rimbombante mamífero pastando un mantel. Ni bien atravesó el umbral de la puerta, al toparse con el animal, dejó escapar un fuerte chillido agudo que obligó a Sofía a taparse los oídos, casi perforándose los tímpanos con las uñas de sus índices, pero que al mismo tiempo la hizo esbozar una irónica sonrisa, producto de ese placer que siempre le producía portarse mal, o al menos alterar el status quo del departamento de la vieja, aburrido ser incapaz de entender que la vida es cambio y que lo único realmente ordenado y mudo en este mundo es un cementerio. – ¿Qué es esto Sofía? –gritó su madre. Así la llamaba cuando las cosas se ponían serias–. – Una vaca, mamá. – Sí, me doy cuenta nena, ¿Pero qué mierda hace acá? – Sé lo mismo que vos mamá, que es una vaca y que está acá –respondió Sofía, indignada de que su madre sí pudiera hablar de esa forma, ¡cómo si la edad justificara el exabrupto! –. Le puse Berta –agregó–. Tras una serie de preguntas repetidamente inútiles, la madre bajó corriendo en busca del portero y de la racionalidad, mientras Sofía se quedaba una vez más a solas con el animal. Pero el grito de su mamá había alterado la tranquilidad de todo el piso y la curiosa vecindad no tardó en hacerse presente. La puerta estaba abierta. El primero en entrar fue un señor algo mayor en quien la vaca despertó un extraño y agradable sentimiento de sorpresa –tiempo después me enteraría que el hombre había sido ingeniero agrónomo–. Con el mate en la mano, ávido de enseñar, aquel señor se acercó a la adolescente y le explicó entre sorbidos que se trataba de una Holando-Argentina, raza frecuente en nuestras pampas húmedas desde hace más de un siglo, muy buena productora de leche por cierto. Justo detrás de él, mientras exponía todavía las cualidades de un espécimen semejante, llegó la empleada doméstica del D, palo de amasar entre los dedos, dispuesta a 30
MIGUEL BETTI
combatir la delincuencia con mano firme y dura, pero muy decepcionada al descubrir que se trataba solamente de una vaca, una inocente vaca a la que no se podía culpar. Fue aquella una reacción totalmente diferente a la del pequeño mocoso del A, que segundos después, al ver el animal y saltando de la emoción como si fuera la madrugada de un 25 de diciembre, salió disparado en busca de su cámara de fotos para capturar ese momento inmejorable. Finalmente, cómo no podía faltar, la vieja del C apareció en el living cargada de moralina y con los bolsillos llenos de argumentos ad hominem, al grito de que esto no puede ser, de que siempre lo mismo con esta gente, de que así está el país (y demás falacias que en nada justificaban la vaca). Para la vuelta de su madre, acompañada por su padre (quien había recibido un insólito y agitado resumen en el ascensor), el departamento se había convertido en verdadero sainete criollo. Las conjeturas vecinales abarcaban un amplio espectro de variantes y posibilidades. La empleada del D sostenía que la vaca era parte del botín de una banda de cuatreros, como las que abundan en el interior, puesto que después de todo este país es un nido de ladrones. El ingeniero agrónomo, por su parte, que si sobre algo estaba educado era evidentemente acerca de cuestiones ganaderas, encontró la teoría de su vecina poco consistente y supuso que el animal era propiedad de algún otro inquilino de la planta baja, un compañero de la Sociedad Rural Argentina tal vez, y que habiendo escapado del departamento, posiblemente por un descuido a la hora de cerrar la puerta, siguiendo un aroma seductor o una suave brisa, había emigrado hacia el octavo B utilizando el ascensor. No conforme con estas interpretaciones, no conforme con nada en realidad, la vieja sentenció dogmáticamente y eliminando cualquier carácter de hipótesis que pudiera tener su afirmación que la familia siempre había tenido costumbres primitivas y moralmente poco apropiadas y que en el noticiero había visto una emisión especial sobre ciertas personas que prefieren vivir como en el siglo XVII, produciendo sus propios alimentos – ¿Los menonitas acaso? –, lo cual, a sus ojos, resultaba perfectamente factible, sobre todo 31
MIGUEL BETTI
con gente como ésta, que poco tenía de civilizada. Por último el pequeño, no tan pequeño en realidad puesto que asistía ya al séptimo grado y estaba convencido de poder explicar casi todo, menos a las chicas, propuso una solución mucho más audaz y sacada de un libro de ciencia ficción, según la cual la vaca habría llegado al departamento mediante un salto azaroso en el continuo espacio-tiempo. Con el correr del tiempo, la falta de pruebas y de solidez lógica en los argumentos los obligó a abandonar las especulaciones y el living comenzó a vaciarse lentamente. El portero fue el último en salir, prometiendo una solución para sacar a la vaca de ahí, antes de la medianoche como máximo. Los dos meses que pasaron desde aquel acontecimiento no impidieron que Sofía recordara casi todo con lujo de detalles y me lo contara como si hubiera sucedido el día anterior. Todavía hoy, un equipo de logística, dos empresas de mudanzas y una dotación de bomberos trabajan tiempo completo en encontrar una forma para sacar a Berta del octavo B. La solución más simple –y que todos imaginamos–, posiblemente se haya visto demorada por el encariñamiento que generó la vaca en la joven señorita, quien vuelve todas las tardes del colegio con una sonrisa de oreja a oreja y motas de pasto arrancadas de los canteros vecinos para darle de comer. Sin embargo, a diferencia de Berta, Sofía no descansa tranquila por las noches. Por un lado, sabe que no es ése el mejor lugar para su nueva mascota –la Avenida de Mayo no es ninguna llanura–; por el otro, sabe que tal vez algún día regrese del colegio y las cosas no sean como son, sabe de los amigos de su padre, sabe de aquel carnicero del barrio –hombre de manos firmes, mirada impávida y poco corazón–.
32
MIGUEL BETTI
EL ÚLTIMO MINUTO
T
an sólo el latido de su agitado corazón y el redoble murguero de los tambores irrumpían en la quietud de su habitación, quebrando el silencio de esa eterna noche estival. Tan solo. La música que venía de afuera –grave, densa, constante– repercutía en el interior de su caja torácica haciendo golpear su órgano vital contra una pared de huesos, tal vez con la ingenua intención de escapar hacia un lugar más tranquilo (no hay peor tortura para una mente nerviosa que la dulce y cruda monotonía). La estructura misma de la casa parecía vibrar en armonía con ese ritmo de ultratumba que marcaba el tempo de su universo. Sentía un miedo similar al de aquel sabio burgués que en la Inglaterra de Cromwell había puesto su pluma al servicio del despotismo: miedo a la muerte, pero sobre todo miedo al hombre. Una gota de sudor frío oriunda del cuero cabelludo resbaló por su sien hasta perderse en la blancura de las sábanas. Su cara también estaba pálida: como las estatuas y efigies de la antigua Grecia, había perdido los colores (indicio de lo pretérito). No se animaba a espiar por el ventanal. Recordaba de tiempos escolares –muchos años atrás– el relato de Quiroga, bárbaro caudillo, condecorado con un prolijo agujero en el ojo por asomar la cabeza. Pero la curiosidad carcomía sus tripas y sofocaba su respiración. Un nuevo sonido, el entonces nefasto tic-tac del reloj, vino a sumarse a la lenta agonía de su cordura. Lo miró fijo. Desafiando las leyes de la física, la aguja tardaba una eternidad en recorrer ese corto tramo que antes le demoraba solamente algunos pocos segundos (todo el mundo sabe que aquellas maquinarias que exaltan el orgullo de los suizos son incapaces de distinguir los segundos vacíos de existencia de los momentos llenos de sentido). Cada cuadrante era un mar en el que los minutos desaparecían, triangulo de las bermudas tragándose todo lo que navegara sobre ellos, un pozo oscuro y 33
MIGUEL BETTI
sin fondo. Intentó distraerse y perderse en los pasillos de su memoria. Silbó un tango, melancólica melodía de arrabales y desengaños. Quiso recordar su mocedad, los veranos en Cañuelas, las tardes de aire puro y campo abierto. Pero de nada le valió el esfuerzo: su mente no lograba atravesar el blanco cielo raso que amenazaba con aplastarlo como el cielo de los galos. Entonces, de nuevo, la aguja que no avanzaba, ese ruido que le zumbaba en el tímpano, cada vez más fuerte, cada vez más cerca. Súbitamente, un cesar inexplicable de los tambores liberó a la cautiva esperanza de su ánfora carcelaria. Respiró profundo; no estaban, no eran. El bombo y el tambor formaban parte de esa herencia africana, india, salvaje, bárbara, que sus antepasados en nombre de la civilización habían combatido con la pluma y con la espada, hasta hacerla desaparecer. Ansiosos jugaban sus pies y su rostro amagó una desdibujada sonrisa. Mañana sería un domingo como cualquiera: el desayuno a las seis, una placentera y crítica recorrida por los diarios, un paseo por el parque y a la noche la iglesia, la divina expiación de los pecados que tanta falta le hacía. Pero las cosas no siempre son lo que parecen, y él lo sabía muy bien. Aquel silencio fue la calma que antecede a lo terrible: los tambores volvieron a sonar, más graves y más profundos. No importaban ya las posturas, las decisiones tomadas, los años de servicio. Era ya muy tarde para una conciencia quemada en whisky Criadores. En su mente sólo bailaba ese enfermizo miedo que, quizás con justicia, había cruzado esta vez de vereda. Pensó en sacar del cajón de la mesa de luz el Remington 1858, herencia de antepasados ilustres, heroicos conquistadores del desierto. Pero, ¿De qué le serviría? Con más tambores que balas, una lógica elemental le demostraba la poca practicidad de su idea. Comprendió también que aunque lo pensado no suele realizarse, al menos tal y como se lo pensó, el pensamiento no agotará jamás el campo de lo posible. Por más que intentase prever su destino en todas sus variantes posibles, como aquel personaje de Borges, tras los muros le esperaban inciertos finales, todos ellos imprevisibles y no obstante – de eso estaba seguro – finales al fin. Tapaba su cuerpo hasta el cuello con sábanas y mantas buscando la seguridad que 34
MIGUEL BETTI
los cerrojos y herrajes no le brindaban, pero el sonido seguía aumentando su volumen y con él más honda era su desesperación. Mientras adentro su cuerpo yacía en un oscuro y caluroso letargo, afuera reinaba Momo y el carnaval, lento, se gozaba. Los imaginó alegres, sonrientes, vengativos. Soñó vinos y banderas, bombos y canciones. De pronto – como siempre, demasiado temprano– percibió las primeras líneas de su desenlace. Comenzó con la puerta principal, que cayó como un árbol viejo y podrido. Wagner, fiel compañero de soledades, no emitió ladrido alguno: seguramente se habrían encargado de él antes de entrar. Siguió el crujir de la escalera de madera y los fuertes pasos que hacían resonar un escalón tras otro. Oyó voces y gritos, jarrones rotos, ecos de risas. Sentía cómo su casa se caía a pedazos entre los desmanes de aquella horda primitiva, podía sentirlo, el fuego acortaba la mecha y la vida. Miró el reloj una vez más. La aguja ya no estaba inmóvil ni clavada en el mismo lugar, había avanzado lentamente unos centímetros, casi imperceptiblemente, pero se había movido. Fue recién entonces cuando, por primera y única vez, comprendió arrepentido que el hombre es libre y que siempre, asumiendo las consecuencias, se puede decir que no. Pero ya era tarde, ya era demasiado tarde. Ante la insignificancia e intrascendencia de una posible resistencia, optó por la única alternativa que quedaba para un hombre de su impronta y su linaje, algo de honor, aunque sea sobre el final. Se abalanzó rápidamente sobre la mesa de luz, abrió el cajón y tomó con sus dos manos el vetusto revólver. El frío metal, pesadilla de toda dentadura sensible, contrajo los músculos de su mandíbula. Esperó por curiosidad, sólo quería ver, sólo ver. El sonido de la puerta de la habitación fue el más rotundo, seguramente por la entereza del roble o la resistencia del cerrojo. Y ahí, entre sombras y abismos, alcanzó a percibir un puñado de ojos luminosos que lo observaban. Creyó recordar algunas miradas. Las reconoció como en esos días: sufrientes, heridas, llenas de lágrimas; pero el dolor que ostentaron esa noche, añejado por el tiempo, fue mucho más intenso. Sobre el final y como pocos, tuvo el privilegio de presenciar, en el reflejo de un profundo iris negro, sus últimos segundos. 35
MIGUEL BETTI
La policía llegó pasada la medianoche acudiendo al llamado anónimo de un vecino. Luego de forzar la puerta de entrada y maniatar al ovejero alemán que se agitaba ladrando con furia en dirección al primer piso, el comisario y dos sub-oficiales subieron la escalera a paso firme y acelerado. No hubo mucho que agregar al hecho: la casa estaba en orden, no había testigos de ruidos extraños –aparte del disparo– y el revólver aún colgaba de su pálida y ensangrentada mano.
36
Luis Briceño Venezuela, 1982 Narrador. Es antropólogo egresado de la Universidad Central de Venezuela (UCV). En 2008 ganó el “III Concurso Nacional de Narrativa Salvador Garmendia”, mención novela corta, con el libro Hay algo que no he dicho, el cual fue publicado por la Casa de las Letras Andrés Bello. Ha publicado el libro de cuentos Avísale a mis contrarios que aquí estoy yo, en formato electrónico.
39
LUIS BRICEÑO
ABSOLUTE BEGINNER
E
ntraba y salía gente de los bares, la bóveda celeste se movía, roja y con su paciencia habitual. La noche permanecía sin alteración, imperturbable ante el tránsito de los cientos de solitarios que esperaban en las paradas o caminaban sin rumbo. Yo tenía uno: quería desprenderme del cuchillo. Con mi mejor cara remonté la ciudad hacia el este, apretando la mano derecha dentro del bolsillo. Bajo el brazo izquierdo la caja de pizza se pegaba a mi cuerpo y me sentía inmundo, un olor a salsa débil y agrio inundaba mi cara. Estaba caminando y bailando en callejones solitarios como en el video de Absolute Beginners, azorado por destornilladores alzados en la obscuridad. En un baño de Retiro me quité la chaqueta, luego la camisa. Tenía una mancha de sangre pequeña, con forma de moneda. Tiré la camisa al piso y me puse la chaqueta, subiendo el cierre con rudeza. Lavé el cuchillo con el agua oscura y lodosa que salía de la canilla. Dos tubos de neón colgaban apagados y otros dos titilaban. Un tipo calvo entró al baño, se pegó a mí. Podía ver y oler la loción asquerosa que empapaba su cuero cabelludo. Un tufo a pie de limón nauseabundo. Yo seguí en lo mío, tranquilo. El dinero estaba guardado en un bolsillo interior de la chaqueta. Eran cien pesos para gastos inmediatos. Los apreté contra mi pecho y dejé en el baño al calvo sabiendo que me perseguiría. Me paré en la Leandro Alem para hacer autoestop y desaparecer completamente como era mi deseo constante. Saqué la mano izquierda y me la puse en la boca. Miles de luces, kilómetros, cornetazos, era una actividad seductora. Sobre todo cuando la sangre gotea por mano de uno y has aceptado que, en un punto de la ciudad, tu madre gritará sobre el cadáver caliente y sin oportunidad del chulo de su amante. Mi pensamiento no vagaba, estaba concentrado en la vía. Entre todos los carros que me hicieron cambios de luces, una camioneta se detuvo. 41
LUIS BRICEÑO
–¿Dónde vas hermoso? –me preguntó el tipo calvo. –¿Hasta dónde puedes llevarme? –¿De dónde eres? –Venezuela. Me subí a la camioneta y nos movimos hacia a Palermo. El tipo proyectaba calma y experiencia, tanta, que casi lograba disimular la gran excitación que sentía. Sus manos eran de pianista y daba suaves golpes de volante. Igual no me confiaba en la educación de sus gestos. No sabía qué tan peligroso, ni cuánto costaría neutralizarlo. En una orilla del camino, en un espacio boscoso que los conductores habían convertido en un motel improvisado, el calvo se detuvo. Sos un putico hermoso, dijo. Reclinó el asiento y me preguntó qué quería. Sácate la poronga, le ordené. Se emocionó, nunca había visto una emoción tan genuina. Yo no tenía nada en su contra, palabra. Sólo es que necesitaba largarme de esa ciudad, de su noche roja. Él se la sacó, su erección era halagadora. Por un momento pensé en dejarlo allí y caminar sólo, por la carretera, irme en otra dirección. Pero llovía y yo ya estaba jugado. Saqué el cuchillo, me lo pasé a la mano izquierda y con pulso seguro, apunté. De un tajo podía cortarle la cabeza. La otra opción era clavárselo. Algo más impreciso y valorado en la retrospectiva. Él levantó las manos por reflejo y, antes de que pudiera decir o hacer nada, volé el seguro de la guantera con un puñetazo. Dentro había una pistola pesada. –Voltéate y pon las manos en el vidrio –le ordené. –No me hagas nada loco –rogó mientras se giraba. Con la cacha de cuchillo le pegué en los riñones y le grité que se callara. Hace tiempo que no gritaba y me sentí pesado, como si mi cuerpo hubiera pasado de un aire puro a otro viscoso. No era una pistola sino un revólver, un Smith & Watson. Tenía tres balas en el tambor. La monté y el calvo empezó a sollozar. –Date vuelta –le ordené. Los ojos le lagrimeaban y los rastros de elegancia que ostentaban sus maneras desaparecieron, ya nada era sexy. 42
LUIS BRICEÑO
–Esto es lo que vamos a hacer –dije, poniendo la pistola en mi regazo– tú vas a arrancar y vas a manejar en silencio, siempre por el canal rápido, metiéndote por donde te diga, nada de atajos. No te vas a quejar, no vas a llorar, si preguntan tú eres mi profesor y me llevas a unas olimpiadas de matemáticas en Misiones. Cualquier seña que le hagas a alguien, sea policía o quien sea, te arranco la cabeza ¿entendido? –Sí –aceptó casi llorando. –¿Qué dije? –pregunté y le apunté a la cabeza. El tipo calvo se mordió el labio, prendió el motor y volvió a la vía. Y así comenzó la salida de la provincia de Buenos Aires: cruzando autopistas húmedas, con el miedo de copiloto. –¿Eres poli? –le pregunté. –No. –¿Y este revólver? –No es mío. –Sí claro, no eres más que un puto esbirro. Y el maldito lo era. Había matado y por eso, mientras manejaba y adelantaba a otros carros, no dejaba de pensar en la forma de hacerme pagar. Recuperada la compostura su cara se serenaba, desaparecía la debilidad. Tendríamos que parar un par de veces a poner gasolina y a descansar. Yo esperaba que el sueño no me pasara factura, nunca se podía saber nada con eso. Necesitaba un café, una coca cola, dulces y algo en qué entretener la cabeza de tanta monotonía. En una gasolinera nos detuvimos para ir al baño. Orinó mirando hacia un rincón desde el que lo vigilaba, sin perderle pista aunque me mojara los zapatos de orine. Cuando estuvimos de frente, dejó al descubierto su pija en erección y le sonreí. Moví mi mano, enseñándole que la Smith también se ponía dura dentro del bolsillo de mi chaqueta. –Guárdate eso y camina, no más jueguitos –le dije. Él tipo enfundó y salimos. Nos pusimos en marcha y no paramos por horas en otra gasolinera para cargar gasolina y poner agua al radiador. 43
LUIS BRICEÑO
En el baño no hubo ninguna escaramuza. El tipo estaba agarrotado, no era ningún pibe y su espalda debía estar destrozada. Los signos de la derrota se le pintaban en la cara, el final de un camino sin sentido que no dejaba nada. Pero, siempre adentro, en un lugar central donde anidan los sentimientos, se revuelve el orgullo y uno cree que puede reponerse, recuperar el tiempo perdido y salir victorioso. El calvo vio claridad en esas esperanzas y me preguntó: –Has matado a alguien. –Sí. –¿Cuántos? –A tres. –Muy bien ¿estaban vivos? –Pues claro –Che –dijo con sorna-, hay muertos que están vivos y otros que están muertos. Igual que hay vivos que están vivos y vivos que están muertos. No lo olvides. El reloj del tablero marcaba las tres de la mañana. Estábamos cerca de la triple frontera y allí fue la primera vez que sentí el peso de la maraña de certezas que llamamos probabilidad. Cuánto humo abrazando la luz justo en ese lugar que huele a hombres y mujeres manoseadas. En esa línea arbitraria que transforma en mercancía lo que la atraviesa. El calvo, conmovido por los influjos rituales del cruce, habló. Fue muy duro lo que dijo. En un tiempo que él consideraba mejor; su tarea en las Malvinas, no era otra que asegurarse de que los soldados no desertaran, no malgastaran parque. Se encargaba de recibir y redactar informes de las insubordinaciones, de castigarlas con rapidez y dureza. –Todo era sucio, húmedo, mucha metralla y bombas. Lo peor de uno saliendo y no volviendo a meterse para adentro –recordó con una sonrisa. Muy pocos ingleses fueron apresados y el calvo descargaba impulsos con tres soldados argentinos que habían dado por desaparecidos y que él ocultaba en unas trincheras de la retaguardia. Allí los violó, los torturo, los 44
LUIS BRICEÑO
enloqueció hasta la muerte. –Eran unos putos hermosos, no habían nacido para otra cosa. Los tenía estaqueados. Decapité a dos de ellos. El tercero, asistió al sacrificio sin emociones. La inmunidad de la demencia le había llegado. Después fui con él, las manos llenas de sangre, la chota como un fierro. Bajé sus pantalones y se la dejé ir. El orto del chabón estaba relleno de todas las sustancias de la vida y la muerte. Nunca he podido tirar un polvo como ese. Era todo un homenaje a mi maldad y se lo agradecí dejándolo vivir. La voz paternal del calvo se pobló de una dulzura hipnótica y aprovechó para tomarme por sorpresa: giró el volante con brusquedad y después lo soltó para saltarme encima. Mi gran error fue no haberme dado cuenta de que no traía puesto el cinturón. Encomendado a la improvisación lo esperé con el cuchillo alzado. Cuando cayó sobre mí, se lo enterré en el estómago y torcí la mano. Lo mantuve a raya con la rodilla izquierda y dándole cabezazos mientras la camioneta se volcaba dando tres vueltas hasta clavarse en una zanja de tierra, con las ruedas mirando al cielo. Saqué el revólver, partí el vidrio y me salí. El calvo estaba perdiendo el sentido y no atinaba ni siquiera a pedir clemencia. Disparé tres veces y se quedó tieso dentro del carro. Algo le pasaba a mi brazo izquierdo, por los lados de la mano. Abismado, miré que delante de mí se abría una total oscuridad, montañas tal vez se dibujaban entre las sombras. Con todo mi camino a verme solo, recordé que había dicho Vallejo. Y yo, con el mismo dolor del poeta, caminé con rumbo a donde creí que estaba Paraguay.
45
LUIS BRICEÑO
CECILIA TAYLOR “…no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósito inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios, una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentaré explicarlos. Edgar Allan Poe
E
nterré al perro a un costado de la fábrica de cerámicas. En ese sitio la tierra era dura, no como la que se había depositado en la rivera por la crecida. Del río subía un potente vapor húmedo que padecía la ciudad. Tenía la piel fría y el contraste con la tela de mi ropa, fue un golpe que anunció la equivocación. Con el perro bajo tierra, procedí a eliminar lo que aún quedaba de mi esposa, Cecilia Taylor. El vigilante de la fábrica, mi compadre, esperaba junto al horno encendido. Por uno de los portones metí el carro en la fábrica. Me bajé y abrí la maleta. Cecilia estaba en posición fetal, tuve que doblarla para que entrara. Así la recordé, de costado y llorando, concentrada en las paredes rotas de nuestra casa. Saqué el cuerpo de la maleta y caminé hasta el horno. Abracé su cabeza porque no quería que se golpeara con la vieja maquinaria. El compadre veía la danza de la sábana blanca que resaltaba en la oscuridad del galpón. Abrió la puerta del horno, sus ojos brillaron y haló la bandeja con un gancho para no quemarse las manos. Le entregué el cadáver y él, sin cuidado, lo tiró en la bandeja.
46
LUIS BRICEÑO
–¿Algo más compadre? –preguntó. –No –respondí. Entonces la empujó con el pie hacia las llamas. Las crepitaciones no se oían tan altas como para que tuviéramos que alzar la voz. El horno trabajaba en silencio, pero mi compadre se pegaba lo que más podía a la puerta caliente porque le gustaba el sonido de la destrucción. También adoraba a los perros. –Lo de tu esposa no me importa, pero ¿el perro? No debiste hacerlo. Al cabo de media hora el horno dio una señal de que el trabajo estaba hecho. El compadre movió una palanca y la máquina comenzó a aspirar. El proceso se tardó diez minutos a lo sumo; luego, todo quedó en silencio. Extrajo un contenedor con las cenizas y las llevó hasta la maleta del carro. Sobre un montón de ropa que era de Cecilia había un libro manchado de sangre. –Choco siempre en el mismo carro –leyó el compadre en la portada. –Olvidé que tenía que quemar eso también –me quejé con un tono de melancolía. –No hay problema, cuando te vayas lo tiro al horno. ¿Qué es? – preguntó tomándolo. –Es su último libro –respondí. Lo abrió y empezó a leer interesado. El silencio se metió entre nosotros 47
LUIS BRICEÑO
y se endureció, ascendiendo sin detenerse como la desgracia cuando decide depositarse en un alma sin alternativas. Pasaban los minutos y las páginas se deslizaban por sus dedos, a veces sonreía o le ofrecía un gesto de meditación al vacío. Cecilia lo había cautivado desde ese espacio sin relieves aparentes, con ese universo austero que nunca respeté o entendí. –Aquí está claro que la odiabas, ella sabía que la matarías –aseguró, con firmeza, como si fuera un fiscal acusándome. Lo voy a leer –aseguró y cerró el libro-, me interesa por qué aun sabiendo que lo harías no te dejó. El detective Alselmi escuchó este relato mirando cada tanto su reloj. En la ciudad, del otro lado, una de sus hijas esperaba que la atendieran en un hospital sucio y desvalijado. Tenía casi cincuenta años y más impactos de balas de los que podía recordar. Le exasperaban tipos como yo: pusilánimes existenciales. Además odiaba a los asesinos de mujeres y me lo hizo saber dándome un puñetazo en la nuca. Con menor pasión que mi compadre me preguntó por qué Cecilia no me dejó aun sabiendo que la mataría. Medité y no hallé respuesta. Tal vez solo soy un bastardo, un frío misógino. La autora de las cartas perfumadas y de las lágrimas en las mañanas para acompañar mi frustración ha muerto por mi propia mano. Cecilia Taylor me ve desde todas partes, con mil ojos persistentes e inyectados de una calma que me aterroriza. Es lo que ahora siento, como si su ternura fuera inagotable y peligrosa.
48
Sebastián León Perú, 1988 Estudió filosofía en la Universidad Católica del Perú (PUCP), donde sigue sus estudios de maestría. Ha sido publicado en la Primera Antología de Poetas Jóvenes Latinoamericanos de la Vieja Sapa Cartonera.
51
SEBASTIÁN LEÓN
POEMA ESCRITO A FALTA DE UNA CERVEZA He estado tratando de sorprenderte todo el mes honestamente he terminado de aburrirme no soy ni más lindo ni más divertido ni más nada que ningún otro / hombre simplemente había estado buscando en los agujeros equivocados y ya encontré mi lugar entre la refrigeradora y la puerta de la cocina estoy completo de nuevo. he aprendido una vez más que no se puede contar con el factor / experiencia tanto como con el factor sorpresa o menos todo tiene gracia si nos aventuramos unos cuantos días atrás a lo rojo en mis sábanas a tus pelos largos y a las canas en mis rulos y en mi barba he estado pensando he estado pensando he estado pensando el mundo es un lugar mejor cuando lo dejamos todo atrás como una hoguera en una cueva marina hay un canto en la forma en que pellizcas los pelos de mis brazos y resuena como un ejército de pequeños lagartos wah wah revolcándose en la hierba a todo esto en algún momento pensé que quizás deberías tomar / pastillas una cerveza, dos cervezas, una botella de vino. hubieron días simpáticos en que comparaba tu pelo con la madera / de un árbol viejo y grande y grueso y terso 53
SEBASTIÁN LEÓN
pero a la hora de la hora eran tus muslos como dos troncos enormes era tu rostro agudo y la luz oblonga en tus pupilas era un camión tras otro en la carretera desbarrancándose en fila india / sobre los inmigrantes ilegales de todas las edades eran las ganas que tenía de atravesarte como una abeja con mi dedo / meñique nena porque tú sabes lo que puedo hacer con mi dedo meñique lo sabes bien lo has aprendido aunque a estas alturas de la vida empieces a preguntarte y / yo empiece a preguntarme qué coño significa aprender y qué coño vale ¿el tuyo? no, gracias, a mí dámelo con coca cola, no digiero bien el ron puro. he estado pensando que quizás debería irme a vivir solo a alguna habitación como de hostal, a 30 soles la noche y comerme / todos los hongos que han crecido bajo mi cama a la sombra de estas tablas de madera tersa de abedules como tus dulces muslos que saben a pura miel de coño estamos separados por más de veinte kilómetros hacia Hiperbórea y yo las recorrería todos sin dudas si supiera que podría abrir esa / puerta tan blanca y helada y encontrar algo que pudiera calmar ese ardor en mi pecho como el / bramido de un garbanzo salvaje el más salvaje de los garbanzos el vengativo enemigo del bicarbonato. y cuantas caras tengo que romper en mi mente para / caminar más rápido y cuantas bandas grunge tengo que escuchar para sentir que / camino más rápido habría de ponerme a contarlas e imaginarme que tal vez tienes un aire / a (*) 54
SEBASTIÁN LEÓN
pero igual quiero lamerte los muslos y los dedos de las manos siempre fuiste una adicta a la repostería pero las hojas de maple ya están negras de tanto otoño y yo estoy / cansado de pensar aunque alguien tiene que hacerlo ¿te imaginas cómo sería no pensar? lo he estado pensando lo he estado pensando pensando de veras lo he estado pensando todo / el santo día hace un daño terrible eso de no pensar a nuestras madres y abuelas si / es que te quedan abuelas porque a mí es que ya no me / quedan pero fíjate tengo cierta señora una viejecita que me enseñó a tomar café (y es por eso que te gustaba que no me lavara los dientes, pendeja) lo he estado pensando y no pretendo confundirte más ni alterarte más la cabeza y de verdad / me gustaría ayudarte pero la verdad es que los garbanzos se pelan con bicarbonato que has estado haciendo que me la menee más de lo que es saludable que no puedo arrecharte para siempre con poemas que las mariposas emigran al sur ante la proximidad de un orgasmo que las camisas a cuadros las puedo conseguir en cualquier otra / parte, y la verdad es que qué sé yo de la vida y de la experiencia del factor experiencia que huele a pescado y te deja pelos blancos en / la boca, yo que me la meneo como un pescador que zapateo en la cara de mi madre y hasta de mi padre que prefiero la pose del perrito para no verte la cara, a mí que nadie me entiende, porque soy muy raro, porque soy muy / puro, porque soy muy grunge y muy mediocre 55
SEBASTIÁN LEÓN
qué sé yo de la verdad y de una mierda nena porque, lo he estado pensando, la verdad es que antes de ser poeta / yo también fui un hombre.
56
SEBASTIÁN LEÓN
CARTAS Carta 1 “Si te das cuenta siempre he estado huyendo”, dije a mi padre en una carta que le envié. “Después de que se fue Estela me di cuenta de que no quería ser abogado, sino periodista, luego escritor, narrador, poeta. Por eso luego de 4 meses me tomé el avión detrás de ella, porque pensé que tenía que dejar de estar siempre huyendo y empezar a hacer algo con la vida que se me iba y se me iba. Y ya en el avión en el asiento del costado había una gringa que me preguntó ‘¿a donde vas?’ y yo le respondí ‘a Ohio’ ‘¿y qué hay en Ohio?’ quiso saber y yo lo pensé bien. Lo pensé y lo pensé y dije ‘Nada’”. Carta 2 Escribí en una carta que deslicé bajo la puerta de la chica de cabello rizado: “Soy lo que orina un hombre después de haber bebido gasolina en una noche de borrachera. Soy la raíz de un árbol que se ha plantado bajo una alfombra de cemento con flecos de hierro oxidado. Soy una quemadura de tercer grado en la cara 57
SEBASTIÁN LEÓN
interna de tus muslos, descascarando la carne entre tus piernas. Soy la caricia de una lengua callosa en el pliegue de piel entre tu sexo y tu ano. Soy el efecto doppler y el cromosoma que hace que los niños con síndrome de down tengan ojos rasgados. Soy tu admirador secreto”. Carta 3 Yo he estado en el desierto. En el desierto hay muchos árboles y carreteras y bibliotecas a medio construir y entre puentes, cada uno más alto que el otro, pasan muchos / camiones. Yo conozco el desierto y entre sus arbustos he visto parejas dormir y jugar pateando latas y pelotas y preguntando por el nombre del desierto pidiendo a guías turísticos que les muestren sus curiosidades: las propiedades del desierto la luz brillante y las rocas del desierto sus edificios blancos. Yo conozco el nombre del desierto y he visto su rostro porque he estado muchas veces dentro de él. Carta 4 Si necesitas ayuda profesional búscala.
58
Andrés López Salazar Colombia, 1983 Nació en los andes colombianos al interior de una plantación de café. Habla español con acento paisa. Dejo de escribir poemas hace mucho tiempo, dedica su energía al cultivo de plantas.
61
ANDRÉS LÓPEZ SALAZAR
DEL LIBRO “LOS DIENTES TORCIDOS DE BUDA”
P
ublicado en español por primera vez por la editorial Firmamento (Madrid 1938); y escrito en alemán en su versión original con el nombre de Jenseist der zahn des buddha – o sea, más allá de los dientes de buda –, por Andreas von Muller y publicado en la editorial berlinesa Zafiro (1845), que pasara a la historia como una de las poesías más bellas del romanticismo alemán, y quizás de toda la literatura que se haya podido escribir en lengua alguna. La poesía, todo un himno a la soledad, dibuja con exactitud la vasta geografía del silencio. Una de las cualidades más sublimes de esta obra, es que su autor, un viajero incansable del sureste asiático, no llegó a publicar un signo en su vida, a pesar de haber escrito siempre acerca de sus viajes. Y todo esto porque la nave donde se había embarcado naufragó en el mar de bengala. Perdiéndose para siempre en el océano el baúl donde guardaba su colección de documentos – hoy el barco está convertido en un hermoso coral – y sólo sobrevivieron estos poemas que fueron encontrados en el interior de su cuerpo. Tres poemas que se convertirían en el cuerpo de la poesía contemporánea. A pesar de que esto es lo único que hemos podido reconstruir de la obra de este autor, nos gratifica inmensamente presentar el siguiente fragmento: – Hah –
63
ANDRÉS LÓPEZ SALAZAR
DEL LIBRO “EL OBJETIVO EN EL PERISCOPIO” AL PUEBLO COLOMBIANO Y SUS MISERIAS PEQUEÑA HISTORIA
R
ecrearon el laberinto. Se levantaron murallas. Pusieron a circular la idea de que allí vivía un minotauro. Hasta que finalmente sacaron al monstruo para lapidarlo. El pueblo nunca supo que se trataba de un falso positivo.
Se invita a la ciudadanía en general al banquete del niño Tolomeo, niño escogido al azar entre el exceso de niños, que será inmolado piadosamente en la montaña. Traer tenedores y espadas. Se avisa a la ciudadanía en general de la muerte de la mariposa amarilla. Lamentamos profundamente su ausencia.
64
Fabrizio Mas Grimaldi Perú, 1989 Miembro de la agrupación cultural Sapos y Culebras, colaborador asiduo de la revista de la Facultad de Letras de la Universidad de Lisboa (FLUL), Os Fazedores de Letras. También ha participado en proyectos cinematográficos en Perú como guionista.
67
FABRIZIO MAS GRIMALDI
SÍNDROME DE ESTOCOLMO I Azulado amanecer barcelonés que con recia frialdad acaricias mi rostro mas al corazón preservas en lumbre permitiendo que estas extremidades propias que nunca se cansan de trotar avancen a pasos agigantados a ese el colofón la delicia que no es más que una nueva prostituta que a tu honor traicionará porque por más brillante o epicúrea que la suerte se pueda mostrar es bien sabido que al testigo suele engañar. II Pido por favor a los presentes, no se alarmen mientras pierdo la cabeza ya que acostumbra andar sin rumbo por estos vergeles tóxicos de los que me gustaría no tener nada que hablar mas esta desconsiderada existencia me ha sabido revelar que a más intimar más áspero será el concreto por el que vas a derrapar. 69
FABRIZIO MAS GRIMALDI
III Aunque por momentos la atroz incertidumbre haga de mí un hambriento recluso y me invada esta necedad tan cuerda y reprobable de trazar programa alguno soy plenamente consciente de su absurdo y es que las cosas rara vez ocurren como uno las concibe las probabilidades suelen ser inciertas los caminos sumamente ramificables desdibujando el horizonte mermando tu confianza con cada tropiezo pervirtiendo tu pasión y brío sin reparo originando que al desear nos topemos con una mayor decepción tenaz pesar que a nuestros corazones no deja de inquietar.
70
FABRIZIO MAS GRIMALDI
DUELOS SALVAJES 1
Ya no somos los mismos, cada vez más derrotados Ya no somos los mismos, cada vez más desquiciados Ya no somos los mismos, vagas imágenes de lo que alguna vez quisimos y pudimos ser recorren nuestra ahora desgastada cabeza Regulados limitados Sueños diezmados esperanza arrinconada Presos en moradas suburbanas oficinas sistematizadas El nudo estrangula tu garganta la mordaza contiene tu grito Esclavos de armazones inquebrantables grilletes amoratan tus muñecas y tobillos Autómatas transcriben ásperas cifras que otros dictan el oxidado engranaje gira al compás de la aguja Duelos salvajes, víctimas y victimarios de un sistema contaminado Duelos salvajes, la rutina aletargante y el absurdo papeleo anestesian tu empeño Duelos salvajes, tu conducta se ve dominada por la maquinaria y su constante martilleo El calambre en la columna perturba tu entereza y tensa tu nuca forzándote a encorvarte de manera servil a la espera de una sanción.
1. Versión corregida con respecto de la publicada en el nº75 de Os Fazedores de Letras, (Portugal, 2013) 71
FABRIZIO MAS GRIMALDI
SURCOS Corrientes circulan mi mente evocación de tiempos imborrables hechos acontecimientos que valiéndose de frecuentes desvelos y de gratas melodías merodean delirantes a través de mi congestionada cabeza Reflexiones que permanecen como labradas en mi consciente Discreta obra de escultor sin nombre que aunque custodiado no esconde su corazón de crío detrás de ese afligido y burlón disfraz de hombre tan intrascendente y majadero tan apático y mujeriego.
72
FABRIZIO MAS GRIMALDI
LA PESTE, LA MUERTE Y LA AURORA 1 LA PESTE Cuellos inflamados miembros encorvados a estacas finalmente transformados Perturbados intentando del bubón ser arrancados Desesperados con uñas y dientes desgarrando como ratas mordisqueando tejidos de sus sucias manos hasta quedar mutilados al fin condenados. LA MUERTE Espectros danzantes alaridos inquietantes la Muerte encabeza al rebaño con la guadaña en una mano en la otra carga el tiempo indicando la llegada del momento «un trabajo muy bien hecho» 1. Versión corregida con respecto de la publicada en el nº72 de Os Fazedores de Letras, (Portugal, 2012) 73
FABRIZIO MAS GRIMALDI
se dice a sí mismo el sujeto esbozando una amarillenta y satisfecha mueca en su rostro reseco Y severa la Muerte los invita a danzar con su dulce y provocadora voz empieza a gritar «¡Eso! ¡Así! ¡Bailen, salten! ¡Gocen, trencen!» El descanso final aguarda. LA AURORA ¡Adviertan! Cómo pasada la noche de verbena devuelto el día y con él el sosiego y la conformidad los acusados huyen al monte en busca de cumbres tormentosas que lavarán sus cuerpos marcados por la sal de las lágrimas y la sangre de sus heridas ¡Observen! Cómo a pesar de poseer el espíritu dispuesto la carne se mantiene débil obligándolos a tomarse de las manos moldeando eslabones de una cadena larga y fría sin percatarse de estar forjando los grilletes que los esclavizarán en la otra vida ¡Vean! Cómo los penitentes ya se azotan 74
FABRIZIO MAS GRIMALDI
con fustas laceran resignados su derrota los demĂĄs se embriagan con vino haciendo asĂ menos sufrido el camino.
75
FABRIZIO MAS GRIMALDI
COTIDIANO DÍAS Los hay sencillos y ligeros otros más arduos y hasta opresores unos que entretienen otros que entristecen los que no duran más que un suspiro y otros que nos reclaman un quejido Días que cautivan tu consciencia otros que apenas quiebran tu certeza algunos que te anuncias otros que te aíslas amaneceres en los que disfrutas transitar ocasos en los que solo anhelas reposar recostarte en una idea y con ella inmune ausentarte y soñar. NOCHES Imprudente anochecer el que hoy te asalta te invade pretendiendo la conquista rabiosa y contundente ofensiva persistente que ambiciona diligente 76
FABRIZIO MAS GRIMALDI
infiltrarse en lo mรกs recรณndito de ese organismo indiferente marchito inerme incapaz de hacerle frente al millar de incertidumbres que marchan como feroces soldados armados hasta los dientes a la orden de una entidad implantada presencia afianzada tangible un tu alterno individuo infeccioso que entre sombras afila las garfas preparando un desgarro inminente y certero.
77
FABRIZIO MAS GRIMALDI
DÓCIL Sentado comúnmente postrado Callado y desde el silencio te llamo emitiendo un grito asfixiado Cansado de ser siempre un esclavo de este cuerpo arruinado Animal acribillado cerebro agujereado de juicio despojado y del atentado inculpado Capturado y arrastrado frente al pueblo agraviado apaleado y en las mazmorras apresado de por vida confinado Calcinado de sentir privado incapacitado y así cagado.
78
Camilo Olarte Colombia, 1983 Parcero del búho de León de Greiff. Miembro menor de los Illuminatis. Orfebre de la armadura del ave que devora niños en el mes de octubre allá en Ciénaga, Magdalena, y gran conocedor de los carnavales de Mompox. En sus tiempos libres dibuja desnudos sin silicona y quiere colonizar al Imperio con términos Muiscas.
81
CAMILO OLARTE
LOBA MUERTA (Extracto in litteris)
Les paraules són forques d’on a trossos penjo la raó. Salvador Espriu I. La jauría
D
e una sensación casi auténtica se desenvuelve el brillo oscuro de una mujer que atraviesa el pleamar sórdido de Barcelona. La conocí en un concierto de Blixa Bargeld acompañado del cuarteto Onslow cerca de la explanada de la Barceloneta. La noche era un conjunto de faroles muertos y una brizna de musgo inserta en las paredes nasales de los punkis iluminados. Primero la vi detenerse frente a un extraño surtidor de hierro y afilar sus manos como garras dispuestas a rasgar el amanecer. Luego la seguí por todo lo largo del Passeig de Joan de Borbó y sentí como iba desorbitándose, lenta y confusa, por entre los baldosines del suelo recubiertos de excrementos viscosos de animales pasajeros mientras que las curvas obscenas de una sombra que también la seguía de cerca se limitaba a callar ante la austeridad de la noche. Dentro de poco tiempo se extenderán las cornisas del Carrer del Foc. Recorro los senderos de la ciudad y voy intuyendo a esa mujer que excavará surcos en la intemperie y cubrirá su rostro macilento con unas manos demasiado blandas, unas manos que rasgan lianas nocturnas recubiertas por una leve capa de tungsteno. Continuará con su acto de autodesprecio, 83
CAMILO OLARTE
frotándose los pómulos, haciendo mapas subterráneos por debajo de la piel, estremeciéndose al contemplar las formas roídas de las nubes que no son lo suficientemente complejas como para atravesar su cuerpo demente, perforado de miedo, compuesto de huesos demasiado angulosos que cercenan los precipicios nocturnos de la ciudad y cae agotada en un peldaño de guijarros eléctricos. Sus pensamientos se acentuarán a medida que la marea de la Barceloneta confluya con la elipsis errática de su mirada. Reanudará ilusoriamente su camino hacia la casa de Marla, acercándose al palpito de las estaciones de metro y encontrará una efigie sinuosa que se regocija en el aire marino de la ciudad, algo así como un parásito que merodea por las calles y se disimula en la noche veraniega; y ella va sumándose cada vez más a una zona de confusión, apremiada de ectoplasmas cinerarios, resguardándose dentro de un panorama oblicuo que continua extendiéndose entre parajes frondosos de inercia, smog y herrumbre. II. Los ojos de la presa Ahora ella bebe un té en la casa de Marla. Sus ojos se detienen en el borde de los labios de Marla. Sus cabellos se entrelazan en un nudo sordido alrededor de las galletas de la mesa, las colillas tinturadas de rouge puticlub. Ella y Marla continúan fundiéndose en las facciones de un amanecer demasiado tardío y luego se quitan los zapatos puntiagudos en la puerta y suben los escalones hacia el nido que habita Fuchs y van dejando un trazo larvario en todos los pasillos de la casa, revelando los contornos equívocos de la muchedumbre que avanza al igual que ellas hacia el precipicio de la Travessera de Gràcia. Ahora ella se aprieta las entrañas de la falda y se resume en sí misma, elaborando mentalmente un mapa en torno a la cabeza de Marla quien 84
CAMILO OLARTE
también la examina a su vez, y se contagia de la voracidad con que sus ojos se fijan en un punto exacto de la pared, casi un agujero hecho por termitas, y por allí observa cómo la ciudad se confunde con un fondo de daguerrotipo mal iluminado; la ciudad se evapora levemente entre chimeneas portuarias y el plumaje de las aves marinas se expande por las proas de las embarcaciones, las zanjas del cielo, los arbustos medio aflorados de humo; y ella continua fracturándose en las bases de un pensamiento que Marla encuentra demasiado disímil pero al mismo tiempo lleno de sentido, algo así como un aullido a la luna que sale de su boca y se cuela por el Arc de Triomf y luego cae en la taza de té que bebe ella y Marla se levanta mostrando el muslo de su pierna sinuosa que trata de arrebatar la concentración de ella; porque ella se sabe detener en las líneas del lenguaje y del cuerpo; por ejemplo, aquel día en que el idiota de Fuchs la obligó a resumir Infinite Jest de Foster Wallace en una sola palabra y ella, cautivada por la oferta, lo mandó al carajo y le cercenó un poco del espíritu que le quedaba al idiota de Fuchs mientras los vidrios del cafetín cerca de la Rambla de Catalunya en donde mataban el tiempo se convertían en profusos diamantes enclavados en una bahía sola y lúgubre. III. El manto de Fuchs La ciudad se torna en otra ciudad cada vez que ella intenta desgarrar los muros del castillo de Montjuïc. A veces, ella se torna en Marla y acepta la vida del desasosiego insípido de los mundanales ocios que están repletos de aire negro, confusión y escepticismo. Su vida es entonces una epístola de Rilke, una delicia mórbida que se instala en las prendas del closet y las máquinas de afeitar que pululan en el baño infectan las heridas de su entrepierna, y el higo que alimenta las alondras del neceser se va hundiendo en su pelvis y estremece la concavidad lúdica de su vagina haciéndola engullir la almohada que le regaló Marla en su cumpleaños número dieciséis, y se retuerce cada vez más hasta ver la sospecha subrepticia de un mundo ajeno a ella, que se 85
CAMILO OLARTE
instala en las mediaciones de la noche, le abre las ranuras de la mente y se cuestiona sobre la opacidad del nido en el que habita, sobre el pelaje de Fuchs y la quebradiza rama de garras sobre su espalda que busca sus lunares y con sus manos también quiere engullirla y conducirla a un espacio fermentado, que se disemina al borde de las sábanas y se repliega constantemente en una tensión fatídica, asfixiando el cuello de ella, controlando sus aullidos, y la hace renacer en medio de deshechos siderales, indispensables para la vida de ella que se alimenta de carne muerta y va cazando seres idiotas como Fuchs, quien le recuerda al perfil sádico de Leibniz; y Marla que es una zorra muerta en medio de un laberinto de hombres de miembros flácidos, solo puede ser una mujer construida por palabras aleatorias en El bosque de la noche de Djuna Barnes, un personaje desperdicio salido de un tintero de niebla. IV. Canis feroz Todo esto no es más que la vida de alguien que atraviesa las cosas. Alguien que como ella toma el metro de Barcelona y se dirige hacia los encumbrados rincones del Raval para comprarse unos puchos en un quiosco verde que no quiere decir nada en medio de la ciudad, y va dándose de codos con la gente que por allí vive medio acorralada en sí misma, arrinconada en sectores mentales que se mezclan con las esquinas rotas y fragmentadas del Passeig del Born que ella tanto detesta y no sabe para qué va a visitar a Marla que la trata de mujer fantasma, ectoplasma herido, porque al fin y al cabo ella no soporta la vida, ni las tazas de té y se castiga en medio de la noche con frases mal amalgamadas y un poco tristes para ser sinceros con lo que piensa Marla que al mismo tiempo acepta los aullidos de Fuchs, por atrevimiento, y lo alimenta con raciones de leche y le soba el pelaje siempre que ella, la mujer sin presa, se distrae por el agujero de la pared y se contenta con observar la ciudad desparramada, las aves del puerto mal iluminadas, los coches petrificados en las carreteras y la gente que cae en los precipicios 86
CAMILO OLARTE
y las luces del mundo. Marla se contrae en sus rodillas, se incorpora nuevamente y va absorbiendo los pies de ella, saboreando las uñas, el sabor del esmalte negro, los tatuajes en los tobillos y la lengua de Fuchs llega por el otro costado para llenar de saliva las pantorrillas, los muslos también tatuados que tiemblan con microexplosiones agudas y ella se abre las piernas y con su larga lengua busca algo incorpóreo, otra lengua, algún dedo, una parte líquida de una estrella que se involucra en el acto de lupus y el sol va cayendo dentro de un cenicero con un cigarrillo que dura enormemente y luego reaparece la luna por enésima vez y ella triste y atorada en la armadura de muchos sexos llenos de lupus no logra saciar el hálito insumiso de Marla y los aullidos de Fuchs que se desplaza por las sábanas como un animal herido, deshecho en la sombra que acobija al trío licantrópico y que luego se levanta para mirarse en el espejo del baño y deslizarse por la ventana en búsqueda de la noche del Barri Gòtic en donde podrá encontrar otras sombras y olvidarse por un momento de ella, de sus cabellos sanguinolentos, sus lecturas de Grombowicz y Juarroz, y la vacuidad de una vida aplazada por el deambular ilusorio entre calles de infinitos precipicios amarillos.
87
Cristian Ortega Puppo Chile, 1984 Vive en Santiago de Chile. Ha trabajado con libros durante 10 años (como librero, en editoriales). Ha pasado por talleres de creación literaria. En su casa hay una biblioteca veintitrés veces más grande que la cantidad de libros que ha leído. Vive con una gata, que se llama Oscuridad y una perra que se llama Sardina.
89
CRISTIAN ORTEGA PUPPO
EL DESASOSIEGO
“L
o único que sé hacer en la vida bien, es hacer todo mal”, me dijo Carlos dos estaciones antes de bajarse del metro. Habíamos tenido un día de mierda en la librería y Carlos no hallaba qué hacer con su vida. La plata que ganaba no le alcanzaba para mantener a sus tres hijos, dos de los cuales deberían pasar el próximo año a la educación superior. Desde Bellas Artes hasta Santa Ana no hablamos una palabra. Juan Cristóbal fue el guitarrista de una de las primeras bandas punk de Chile, Índice de Desempleo. Tocaban con los Fiskales y con Zapatilla Rota. Era una época en donde Pinochet estaba en el poder y las bandas punk escaseaban por el temor al dictador. Los pocos que se atrevían a hacer música contestataria no tenían mayor idea de cómo tocar un instrumento. Tenían rabia, eso bastaba. El papá de Carlos se suicidó un día equis en su local de libros de San Diego. El papá de Carlos también se llamaba Carlos y la noticia sorprendió a todo el mundo. Carlos era un hombre aparentemente feliz, el que destacaba por ser un eterno parlanchín. Era difícil callarlo, pero a nadie le molestaba pues siempre tenía un tema de conversación. Era de los pocos libreros de San Diego que sabía absolutamente de todos los libros que estaban en su estrecho local. Índice de Desempleo fue una banda conocida en el underground santiaguino a finales de los ochenta. Juan Cristóbal era el vocalista, guitarrista y compositor del grupo. Una noche, después de un show en La Batuta, se le acercó un chileno-francés y le contó que quería hacer una banda. Se llamaba 91
CRISTIAN ORTEGA PUPPO
Eduardo y era hijo de exiliados. Estaba en Chile con miedo y acompañado de su novia francesa de nombre Caroline. La banda se va a llamar Pánico. ¿Pánico? Pánico. Me gusta. Al papá de Carlos lo encontraron colgado en su local de San Diego. Fue un acontecimiento que dejó particularmente tristes y consternados a todos quienes lo conocieron. Sus colegas del sector hicieron una misa al frente del local de don Carlos. Leyeron pasajes de libros de Fernando Pessoa y de Pablo Neruda. En medio de las lecturas un perro callejero amarillo se puso a aullar y a mover la cola desesperado. Murmullaron que era el perro al que el papá de Carlos daba comida todas las mañanas. Carlos tuvo que contener a su hermano Pablo y a su madre, Sonia. Cuando Juan Cristóbal les dijo a Sergio y a Diego que se iba de Índice de Desempleo, lo entendieron y, a diferencia de lo que pensó que ocurriría, lo apoyaron. Hace un tiempo que la banda no tenía avances y era sabido que el único realmente talentoso era Juan Cristóbal. Eran inicios de los noventa, Pinochet era derrotado por el No y Pánico se asomaba como una de las grandes novedades musicales desde Los Prisioneros. Carlos nunca lloró la muerte de su padre. Por ser el hijo más grande, siempre tuvo el trabajo de mantener la compostura y de convertirse en el hombre de la familia. Tuvo que dejar sus estudios de contabilidad para dedicarse a atender el local de San Diego. Era el único que sabía de libros y el que había adquirido la pericia necesaria como para vender cualquier libro sin la necesidad de haberlo leído. Todos los días cuando abría la cortina de metal se topaba de frente con la imagen de su padre colgando con los ojos desorbitados. Pánico encendió altiro. El público quedó impactado con la puesta en escena que ofrecían. Con letras irreverentes e integrantes mitad chilenos 92
CRISTIAN ORTEGA PUPPO
mitad franceses, se hicieron rápidamente de seguidores fieles quienes los acompañaban por todo el circuito santiaguino. Juan Cristóbal conoció a Patricia, la más reconocida de las actrices de teatro y televisión de inicios de los noventa en Chile. Mujer preciosa, de ojos verdes y actitud desafiante. Juan Cristóbal quedó flechado inmediatamente. El papá de Carlos hablaba de lo importante que son los distintos valores en la vida. Principalmente el de la lealtad. Decía que en los libros lo que más se aprende es sobre lealtad. Carlos comenzó a odiar a su padre un poco más cada vez que leía un libro. Todos los días, de lunes a sábado, desde las 9 de la mañana hasta las 7 de la tarde, Carlos se dedicó a leer. Pasaron 2 años hasta que llegó Nancy. Le pidió un libro de poesía. “¿Qué libro me recomendarías?”, le dijo. Juan Cristóbal y todos los integrantes de Pánico arrendaron una casona en el barrio Bellavista. Tenía cinco piezas, dos baños y dos pisos. De lunes a sábado se paseaban invitados de los cuales siempre había alguien reconocible. Alguien de la tele. Algún actor. Algún escritor. Algún músico extranjero. No vivían totalmente de la música, pero con trabajos esporádicos podían estar tranquilos y hacer lo que les gustaba. Ahí grabaron uno de los discos favoritos de sus fans: Pornostar. Las noches eran cargadas de cocaína y amigos en tránsito. Juan Cristóbal con Patricia culearon en el baño de la casona antes de darse el primer beso. Estaban jalados. Juan Cristóbal abrió la puerta del baño para tirarse la última línea de la noche cuando se encontró con Patricia meando. Cada vez que alguien les preguntaba cómo nació su relación ellos lo contaban: “En el baño”. ¿Has leído a Enrique Lihn? No, pero sé quién es. ¿Y a Nicanor Parra? Sí, a Parra sí. ¿Qué te parece Pablo Neruda? Me gusta Neruda. ¿Y De Rokha? También, me gusta, pero ¿sólo sabes de poetas chilenos? A Carlos nadie lo había destapado como Nancy lo hizo con esa pregunta. Su padre le enseñó 93
CRISTIAN ORTEGA PUPPO
que nunca podía decir que no sabía sobre un libro. En el peor de los casos debería hablar del tipo de edición –si eran libros pegados o cosidos-, sobre la importancia de la colección, o la cantidad de copias vendidas, o comentar si el autor había ganado algún premio importante en el extranjero. Llévate a Lihn, te va a gustar. Si no te gusta me lo traes y te lo cambio. ¿Así de seguro? Así de seguro. Hay una escena en la música chilena que muy poca gente conoce: Pánico fue invitado a tocar al programa Más Música de canal 13, el que era conducido por Angélica Castro. Eduardo decidió presentarse vestido con una sábana que le cubría todo su cuerpo y con su cara maquillada de color blanco invierno. En el momento en que debían responder algunas preguntas a la conductora, Juan Cristóbal le pidió que cerrara los ojos porque le había preparado una sorpresa. Cuando los cerró, sacaron una guitarra hecha de plumavit con la que le pegaron en la cabeza a la rubia animadora. Angélica Castro trataba de entender lo que había pasado mientras veía caer al suelo restos de plumavit desde su cabeza. Fue la primera y última vez que Pánico estuvo en televisión. Finalmente el capítulo no salió al aire porque la vestimenta de Eduardo se asemejaba demasiado a la virgen del cerro San Cristóbal, por lo que los editores de contenido del canal católico decidieron reemplazar el espacio con un especial de Michael Jackson. Dos días después Nancy llegó con el libro de Enrique Lihn en sus manos. Era el 10 de julio de 1988. ¿Supiste que se murió Lihn? No, ¿Cuándo? Hoy. Tenía cáncer, no aguantó más. Todo el mundo tiene cáncer, quizás hasta yo tengo cáncer. No digas eso, Carlos, es terrible. ¿Me vienes a devolver el libro? No, te vengo a agradecer. El Paseo Ahumada es el libro más extrañamente bello que he leído, de verdad gracias. ¿Carlos, no te da pena que se haya muerto Lihn? No, no me da pena la muerte. Ni los muertos. Juan Cristóbal tiene en su mano una pistola y dice que está cargada. La gente 94
CRISTIAN ORTEGA PUPPO
de la casona de Bellavista lo queda mirando y se ríen. Es día viernes, día de fiesta. Juan Cristóbal grita que la va a usar, que todos son gente de mierda que no conoce a nadie y que todos se están colgando de lo poco y nada que ha logrado su banda. “¡Qué mierda han hecho ustedes!”, grita. Patricia sale de la pieza con un vestido floreado llorando y corriendo. Eduardo le grita algo indescifrable y Juan Cristóbal le apunta la cabeza. Caroline grita más fuerte y todo se queda en silencio. Juan Cristóbal se mete la pistola en la boca, mira a todos con los ojos bien abiertos: dispara. No hay explosión. Juan Cristóbal baja el arma, suelta el cargador y cae una bala. El 11 de septiembre de 1988 comenzaron una relación que desenmascaró las mentiras literarias de Carlos y la casi nula experiencia sexual de Nancy. Carlos confesó que nunca había leído libros de poesía, excepto los de Nicanor Parra y Nancy que nunca había tenido relaciones sexuales. Nancy mintió. Exactamente dos años antes, Nancy conoció a Kurt. Un gringo diez años mayor que estaba haciendo un reportaje sobre la realidad política y social en el Chile de Pinochet. Una noche, después de una fiesta de Toque a toque, hicieron el amor en un sillón de forma muy silenciosa cuando todos dormían. Sólo Patricia, la mejor amiga de Nancy, los escuchó mientras intentaba cerrar los ojos. Para Juan Cristóbal estar en Pánico se estaba volviendo tortuoso. Eduardo era sin duda el líder de la banda y las decisiones que él tomaba se debían acatar. Juan Cristóbal creía que la banda debería continuar por la senda de esta especie de psicodelia punk, en cambio Eduardo creía que la cumbia electrónica y los sonidos hawaianos eran realmente lo que mantendría a la banda dentro de la vanguardia musical. Eduardo lo propuso y Caroline lo apoyó. Juan Cristóbal sin ánimo de hacer ningún tipo de crisis interna dijo que estaba aburrido de los cambios y de no sentirse parte de la banda. ¿Pero cómo no?, dijo Eduardo. Claro que no, respondió Juan Cristóbal. No somos Pánico, somos la banda de Eduardo. 95
CRISTIAN ORTEGA PUPPO
Si bien los conocimientos literarios de Nancy se limitaban básicamente a lo que su padre le obligaba a leer cuando chica, dentro de este universo figuraban muchos más autores que en el universo de Carlos. Carlos se sabía los nombres, y casi siempre a qué género pertenecían, pero del contenido sabía poco o nada. Carlos encontró una sensibilidad que no conocía cada vez que leía los cuentos de Carver. Fiebre se convirtió en su cuento favorito. El cuento favorito de Nancy siempre fue Parece una tontería. Se juntaban los martes a las siete de la tarde, en San Diego con la Alameda. Se iban a comer un completo con una cerveza al Portal Fernández Concha y hablaban de cómo les había ido en el día y qué habían leído. Partieron juntándose sólo los martes. Después los martes y jueves. Después los martes, jueves y sábado. El sábado a las cuatro de la tarde. Patricia conoció a Juan Cristóbal en la misma casa en donde conoció a Alexis Zambrano un año después. Alexis Zambrano era un crítico literario conocido por la acidez de sus columnas. Famosa fue la pelea que tuvo con Enrique Lafourcade al convertir en mil pedazos la novela Mano Bendita. “Lafourcade demuestra que la moralina, el engolosinamiento argumental y una inmoderada dosis de pintoresquismo sólo sirven para camuflar inepcias narrativas de marca mayor”, fue lo que escribió en el diario de mayor circulación nacional. A combos terminaron en un café de la Plaza Mulato Gil de Castro. Hasta el día de hoy siempre existirán quienes dicen que Lafourcade derribó al crítico con dos certeros combos que le partieron la boca y la nariz, así como quienes aseguran que de un empujón el viejo estandarte de la literatura cayó por un escalón y se golpeó la cabeza quedando inmóvil por varios minutos. Según Zambrano nunca se agarraron a combos. A pesar de que la librería hace tiempo no era un buen negocio, Carlos hacía lo imposible por mantenerla. Lo hacía pensando en su padre y en Nancy. Un día martes Nancy llegó una hora antes de lo acordado y le ayudó a 96
CRISTIAN ORTEGA PUPPO
Carlos a vender. Era una vendedora excelente, sabía qué recomendar y la gente le creía. En una hora vendió casi lo mismo que Carlos en todo el día. Una señora mayor se llevó El Aleph y La historia universal de la infamia, un joven colorín quedó encantado con la recomendación que Nancy le hizo sobre En el camino. Una niña de pelo claro y ojos azules quería leer poesía. Tenía una mirada triste. Llevaba un vestido largo muy arrugado. Nancy le recomendó a Enrique Lihn mientras Carlos sólo miraba. A las siete y media estaba oscuro y ya todos se habían ido. Carlos dejó caer la cortina principal haciendo un ruido metálico. Nancy aún estaba adentro leyendo un diario del día anterior. Carlos cerró la puerta y apagó la luz: de inmediato se escuchó caer el diario y después, uno a uno, los libros de lectura complementaria. Patricia le propuso a Juan Cristóbal hacer un trío con Alexis Zambrano. Juan Cristóbal se negó alegando que el tipo era feo. Es feo pero interesante, sabe todo lo que tú jamás entenderás de la literatura. No tiene idea de lo que habla, sólo se dedica a tirar mierda, dijo Juan Cristóbal irritado. Ese día Patricia y Juan Cristóbal dejaron de estar juntos. A Patricia ya no le parecía divertido estar metida en ese círculo y Juan Cristóbal cada vez estaba menos dispuesto a actuar ser la estrella de rock con onda del momento. Alexis Zambrano publicó su primer libro: Teorema. Fue un éxito tanto en la crítica como en las ventas. Cada vez que Juan Cristóbal veía a Patricia con Alexis Zambrano en las páginas sociales de los diarios, les quemaba la cara con su cigarro dejando dos perfectos círculos de bordes negros. Seis meses después la situación era insostenible y Carlos tuvo que cerrar la librería. Ni la ayuda que le dio Nancy al ir a atender todos los días después de la universidad logró sacarlos de la crisis. Tuvieron que rematar todos los libros a mitad de precio. Mientras Carlos revisaba un libro de Samuel Beckett encontró una foto de su padre sonriendo en el mismo local que estaba a punto de cerrarse. Carlos le mostró la foto a Nancy sin mirarla ni decir una palabra. ¿Es tu papá, Carlos? Sí, mi papá cuando era feliz vendiendo libros 97
CRISTIAN ORTEGA PUPPO
en San Diego. Era igual a ti, tenía tu misma sonrisa. Juan Cristóbal no aguantaba que la banda tuviera arreglos hawaianos ni que tuvieran que salir al escenario con camisas floreadas con colores chillones. Prácticamente todas las canciones habían sido transformadas al formato neocumbianchero, como decía Eduardo. Julián, el joven vocalista de una banda punk casi desconocida, le propone a Juan Cristóbal juntarse a conversar de música en su casa. Tomarse unas cervezas y ver si pueden hacer un proyecto alternativo. Siempre he querido una banda que se llame Los Diamantes, dice Juan Cristóbal. Una banda con canciones propias, con melodías y letras, pero que no toquen en público. Que no saquen disco. ¿Entonces para qué quieres esa banda?, dice Julián. No sé, no tengo idea, fue la respuesta de Juan Cristóbal. A Carlos no le costó mucho conseguir trabajo en una librería del Parque Arauco. Las librerías de mall no son en realidad librerías, son supermercados. Los vendedores no saben de libros, saben de best sellers. No atienden los dueños. Los dueños son millonarios que están en sus casas, no libreros. Los escritores van a las librerías de mall a saludar a los vendedores porque es el único lugar donde los podrían reconocer. Se sienten estrellas y quieren ser estrellas. Reclaman porque sus libros no están en la vitrina. Se enojan porque el libro de un escritor gay está en los mesones de novedades y el de ellos perdido en alguna estantería. Carlos odiaba trabajar en una librería de mall, pero no le pagaban mal. Juan Cristóbal renunció a Pánico tres semanas antes de que la banda decidiera proyectarse en Francia. Maricón culeado, maricón de mierda, justo ahora nos cagaste conchatumadre, le gritó Eduardo. Fue la primera vez que Juan Cristóbal se sintió importante en la banda. Sintió que sin él nada sería igual, y por un momento se sintió bien. No te va a costar encontrar un guitarrista, todos quieren tocar en Pánico. Yo me voy y no me voy a París 98
CRISTIAN ORTEGA PUPPO
con ustedes. A pesar que años después Eduardo y Caroline volvieron a hablar con Juan Cristóbal, siempre se sintió una brisa de rencor entre ellos. Pánico fue bien recibido en Europa. Gracias a los contactos de Caroline se incorporaron rápidamente a la escena under de Francia y España. Por alguna extraña razón sus canciones pegaron en Marruecos. Juan Cristóbal leyó una pequeña nota en un diario santiaguino en donde contaban las peripecias de Eduardo y Caroline para mantenerse en Europa. “No vivimos de la música”, se titulaba. Ésa fue la única vez que Juan Cristóbal pensó “¿y si me hubiera ido?” A pesar que Carlos siempre odió los malls, no le molestaba mayormente trabajar en esta librería. Era una isla. Encontró la forma para que los tortuosos horarios, que podían extenderse desde las nueve y media de la mañana hasta las nueve y media de la noche, pasaran rápidamente: se encargó de las áreas de literatura contemporánea y ordenaba meticulosamente los libros primero por editorial y después por orden alfabético. A Nancy le gustaba la librería. Es gigante, decía. Uno se podría venir a vivir acá, ¿no crees Carlos? Jamás podría vivir acá Nancy, imagínate. ¿Alguien podría vivir comiendo manjar todos los días? Por lo menos en un mall, no. Carlos siempre supo que su vida tendría que ver con libros, y que jamás sería escritor. Frases como la del manjar eran recurrentes y nadie compraría un libro con comparaciones tan dulcemente mal elaboradas. Los Diamantes ensayaban en el departamento de Julián en Las Condes. Era un departamento inmenso con una sala de ensayo. El papá de Julián era colombiano y se había hecho rico con una mina de carbón y una constructora de viviendas sociales. Por lo menos eso era lo que contaba Julián cada vez que le preguntan sobre su departamento y sobre cómo lo podía mantener siendo sólo un músico. Los Diamantes fueron una banda que se equilibró entre la música de Juan Cristóbal y las letras de Julián. Julián tenía una voz rasposa característica. Sólo tocaron seis meses y nunca para un público 99
CRISTIAN ORTEGA PUPPO
masivo. Hicieron ocho canciones. Sólo tres veces tocaron para sus amigos. No más de quince personas que se aburrieron de las canciones larguísimas y planas que ofrecían. Nadie nunca se los dijo. Julián y Juan Cristóbal eran intocables, una especie de referentes del under de comienzos de los noventa en Chile. La banda no sonaba bien, pero todos los que alguna vez los escucharon en vivo recuerdan la cara de Julián y Juan Cristóbal al tocar. Cerraban los ojos y movían la cabeza. Juan Cristóbal bailaba lentamente con su guitarra y Julián agarraba con las dos manos el micrófono sin sacarlo del pedestal. Nancy le dijo a Carlos que estaba embarazada y a Carlos se le cayeron los libros que tenía en la mano. Nancy estaba feliz y Carlos no lo podía creer. A pesar que la plata les alcanzaba justo, sabían que de una u otra forma iban a estar felices los tres. Carlos se preocupó de comprar la mayor cantidad de libros de niños posible. Una vez soñó con su padre. Le decía que el bebé que esperaba Nancy era un niño y que se tenía que llamar Daniel. Carlos le preguntaba por qué te mataste, viejo, por qué. ¿Matarme? Yo no me he muerto, mírame, si estoy acá. Y en el sueño Carlos se ponía a llorar. Esa mañana Carlos decidió ordenar los libros de Pessoa por afinidad y no alfabéticamente. Se encontró con un libro de aforismos de Pessoa y se quedó sentado leyendo. Ese fue el día que más rápido se le pasó en la librería de mall.
100
Sara Vitti Venezuela, 1985 Nació en Maracaibo, aunque se educó en Caracas. Licenciada en Letras en la Universidad Católica Andrés Bello. Ha redactado textos con fines técnicos y educativos para instituciones privadas y públicas en su país. Fue becaria del Centro Nacional del Libro en Venezuela, concurso público que le permitió la redacción de la novela inédita Fiesta en Caracas.
103
104
SARA VITTI
DE CARACAS A SANTA MARTA
Sobre cómo nos la jugamos mi hijo y yo para regresar con mi esposo tras el cierre de la frontera
E
(Primera parte)
ra un 20 de noviembre de 2015, cinco meses después del cierre de la frontera colombo-venezolana. El gobierno venezolano había decidido cerrar los pasos terrestres a Colombia y deportar a los colombianos irregulares en el territorio después de un ataque con arma de fuego a tres guardias nacionales en funciones anticontrabando ubicados en la frontera con Santander, en el estado Táchira. Medida electoral para algunos, para otros se trataba de una defensa soberana del territorio. Los medios de comunicación oficiales de Venezuela informaban sobre los productos de primera necesidad y la gasolina recobrados al contrabando terrestre y sobre las escalofriantes bandas paramilitares desarticuladas en los estados Táchira y Apure. Los medios de oposición venezolanos denunciaban las faltas a los derechos humanos cometidas por parte del gobierno en el proceso de deportación de colombianos irregulares en su territorio. La canciller venezolana Delcy Rodriguez solicitaba el cambio de la resolución N° 8 del 2000 que establece dos tipos de cambio de la moneda en Colombia: uno regido por el Banco Central y otro en la frontera, que fluctúa independiente del Banco Central, ocasionando siempre el desgaste del bolívar. Asimismo pedía la revisión de la Ley Anticontrabando que el congreso colombiano discutía en esos días, la cual permite que las personas puedan ingresar hasta 436 kg de mercancías y 76 litros diarios de combustible sin que esto se considere contrabando. En las calles caraqueñas, oía expresiones de apoyo y desacuerdo a la medida presidencial. Como ciudadana venezolana me era muy difícil tomar partido pues habiendo vivido en Colombia conozco sobre la venta de productos venezolanos contrabandeados, los cuales tienen un precio irrisorio en el país, comprados con un peso cada vez más fuerte; sin embargo estaba en desacuerdo con que desalojaran a personas de sus casas, más allá de si 105
SARA VITTI
estaban regulares o no. A nivel personal, el cierre nos había separado a mi hijo y a mí de mi esposo, colombiano en Colombia, pues en este caso los irregulares éramos nosotros –venecos sin papeles– y al cerrar la frontera ya no podíamos viajar fácilmente por tierra y el avión nos obligaba a mostrar unas residencias que no teníamos. Pasaron muchos meses antes de que estuviera segura de que la gente ya estaba atravesando la frontera. Conocidos me contaban que habían escuchado de alguien que venía por el Zulia, límite con el departamento de La Guajira, y en internet denunciaban que en Táchira, límite con Santander, los guardias nacionales estaban pasando personas ilegalmente de Venezuela a Colombia a cambio de 10 mil bolívares. A mí me paralizaba el miedo de viajar con mi hijo Salvador, de tres años y medio de edad, en semejantes condiciones. Sin embargo, iba a perder a mi familia pues Gustavo se me hacía más lejano con el correr de los meses y nuestras comunicaciones por teléfono se volvían frustrantes. Él, por muchas razones, no podía venir. Las líneas telefónicas jugaban malas pasadas, y cada uno de nosotros se perdía en su propia cotidianidad. Así que advirtiendo que nos íbamos a desintegrar como familia, tuve que romper la inercia y decidir viajar. Yo, después de varias fallidas tentativas de devolverme por Táchira, había decidido que la vuelta iba a ser por Zulia. Me informé con un conocido y me dijo que efectivamente del terminal de Maracaibo partían unos porpuestos a Guarero y de allí se tomaba una camioneta que, pasando por diversas trochas, llegaba al terminal de Maicao. Ante mi pregunta sobre la seguridad del viaje, mi interlocutor dijo un “sííííí” no muy convencido que no supe interpretar hasta después. Quise averiguar sobre el transporte que había habilitado el gobierno, unos buses que iban del terminal a Paraguachón, pero no logré una información precisa sobre cómo tomarlo y también imaginé que no me pemitirían abordar la unidad con el niño, sin tener el permiso de viaje firmado por su padre.
106
SARA VITTI
Había escogido que me iría el próximo jueves. Informé a muy pocas personas. No quería seguir con el show de que me iba –llevaba un mes amenazando con mi partida– para luego tener que quedarme. Sentía la tensión de mi familia, que se preguntaba ya con desconfianza si iba a volver con Gus. Además, tenía la fecha límite de las elecciones del 6 de diciembre y pensaba que después de esa fecha tal vez reforzarían la seguridad en la frontera y así no podría irme. Ese lunes pude hablar con Gustavo y confirmarle que salía de Caracas el jueves en la noche para llegar el viernes. El martes y miércoles me aboqué a comprar lo que hacía falta hasta darme cuenta de que ya no me alcanzaba el dinero para irme. Mi tía Alicia, mi mamá adoptiva, me regaló cinco mil para completarme y 50 euros. Ese miércoles comencé a llamar insistentemente a Gustavo, para encontrarme con la contestadora de su teléfono apagado. Esto no me bajó el ánimo a pesar de discar alrededor de 30 veces ese día. Había decidido, para facilitarme las cosas, trasladarme en bus a través del terminal La Bandera, para llegar directamente al terminal Los Haticos en Maracaibo y evitar demoras. Nada mejor que llegar a Maracaibo cerca de las 6 de la mañana y ahí mismo tomar el porpuesto para evitar las colas que se hacían regularmente a la altura del río Limón. Debía comprar el pasaje Caracas–Maracaibo el mismo jueves en la mañana, pues para mi sorpresa ninguna línea de autobuses vende puestos con días de antelación. Cuando pregunté el por qué de esto, me dijeron que no me podían vender un boleto de un bus que no sabían si iba a salir. No puedo negar que por un momento maldije la venezolanidad. La misma venezolanidad que permite que la capital del país tenga un terminal como La Bandera, que no se da abasto para ofrecer un mínimo de aseo y comodidad a los viajeros. Pienso, sobretodo, en las reducidas áreas de espera llenas de moscas que ni siquiera están ahí porque haya basura o desechos, sino más bien porque parece que ese es su ecosistema natural, y pienso en los baños de apenas cinco pocetas 107
SARA VITTI
en las que dos están clausuradas, dos ocupadas, y la restante, orinada en el piso. Sin embargo, antes de salir a comprar los pasajes, volví a llamar a Gustavo esperando tener más suerte. Y al ver que de nuevo salía la contestadora mi ánimo no pudo más. Llamé a su mejor amigo, que vive en Bogotá, y le solté la cantilena de que llevaba dos días tratando de hablar con Gustavo y no lo había conseguido. Me puse a llorar y solté mi retahíla de que si Gustavo no quería que fuera, me lo dijera de frente en vez apagarme el teléfono. Él se ofreció amablemente para llamar a Gustavo y me sirvió para reanudar nuestra comunicación, obstaculizada con fervor por la malintencionada Telefónica. En mi rollo mental, perdí el tiempo y se me hicieron las tres de la tarde cuando Alicia en un intento heróico de ayudarme a volver a mi vida decidió llevarnos a Salvador, mi niño de 3, y a mí en carro hasta La Bandera. Estábamos en Lomas del Ávila, lo que viene a ser un recorrido desde el extremo Este hasta el lejano Oeste. Sin embargo, la autopista fluyó hasta Plaza Venezuela y después de una vuelta rara se nos ocurrió atravesar la UCV y llegamos a Los Símbolos y luego a La Bandera. Todo en cuarenta minutos y sin sufrimiento. Cuando llegamos a La Bandera –que por supuesto no tiene estacionamiento de particulares– conseguimos un espacio libre donde Ali pudo dejar el carro. Nos bajamos los tres con los tres bolsos y la almohadita (una que le decimos mandoca). Comenzamos a subir las rampas interminables para llegar a las ventas de boletos. Muchas de las oficinas con ventas de boletos estaban cerradas y las que quedaban, con largas filas. Las cerradas, ya habían vendido sus boletos. Decidí comprarle a un señor que gritaba “Maracaibo–El Vigía”. El señor me llevó la maleta –aunque creo que después de cargarla se arrepintió– y nos dirigimos todos a la zona de autobuses. Llegamos a un busito sin aire 108
SARA VITTI
y sin asientos reclinables, lo cual no me pareció tan grave, pero cuando además quisieron cobrarme 300 bolívares extra por la maleta, salté y me puse en guardia. –Usted me está cobrando 1500 por una unidad sin aire y además le tengo que pagar por la maleta, cuando nunca me han cobrado eso. –Bueno, bueno no importa, déjalo así, paga sólo el pasaje–. Todo ante la mirada con odio del maletero. Finalmente, me monté sin pensar, aunque el vallenato a gran volumen le habría aguado el guarapo a más de uno. Logramos sentarnos Salvador y yo y nos despedimos velozmente de Alicia, que se puso a llorar. Yo, que en otros tiempos había disfrutado de muchos privilegios, estaba por dar un azaroso viaje a la frontera militarizada con mi niño de tres años. Uy sí, como para pasar saliva. La animé a irse rápido para evitar la cola de regreso, pues le preveía un camino largo. Traerme a La Bandera fue uno de los mayores favores que me han hecho. Salvador también comenzó a llorar y tuve que sacar mi lado más paciente para cambiarle el suiche y hacerlo reír. Abrí un paquete de galletas deliciosas y ahí nos reconfortamos un poco. Tuve que insistir para que la joven que hacía una lista con los nombres y apellidos de los pasajeros me anotara pues me decía que creía que ya me había anotado. Yo, en cambio, pensaba que dada la informalidad de la unidad era mejor anotarse en cualquier lista para que lo consiguieran reconocer a uno en caso de accidente, de lo contrario, ¿Quién podría decir que Salvador y yo estuvimos ahí, en ese autobús anónimo identificado apenas por un número de placa? Estaba melancólica por dejar a Alicia y Caracas y un poco nerviosa por el viaje. Pero me ataba a la necesidad de buscar mi propia vida, la que he construido con Gustavo. Así que, cuando partió el bus con ritmo de Vallenato y el maletero dijo en son de broma que íbamos “directo a Paraguaipoa” sentí que ya estaba regresando a mi vida en Colombia. Nuestros asientos eran los segundos que están en la fila del conductor. Diagonales a la puerta, veíamos a todos entrar y salir. Eran esos asientos 109
SARA VITTI
que van arriba de la rueda. Observábamos además al copiloto, que era el mismo maletero, el cual permanecería sin asiento al lado de las escalerillas del chofer durante toda la noche. Ojalá pudiera decir que nos quedamos dormidos y que cuando abrí los ojos llegamos a Maracaibo. En lugar de esto, atravesamos por lo menos tres alcabalas militares. En la primera de ellas, como a las 11 de la noche, se subió un guardia nacional muy joven y le pidió cédula a todos los hombres: se llevó los documentos y luego los devolvió. La unidad permaneció detenida. Subió otro guardia nacional y preguntó: ¿Dónde está el peruano?, a lo que se levantó un hombre de unos 50 años con un maletín de documentos. Lo hicieron bajar de la unidad. El hombre no volvía y tras la espera el chofer preguntó quién faltaba. Alguien gritó: ¡El peruano!, a lo que partió sin piedad. Me imaginé al hombre –un hombre cualquiera, con la fatalidad de no tener los documentos en regla– quien después de la requisa se encontraría abandonado en una carretera regional de un país extranjero. Después de eso, nos pararon de nuevo, pero esta vez el nuevo guardia sólo pidió al chofer que le dieran cola a otro guardia. El chofer preguntó si había puesto. ¡El del peruano!, dijeron con sorna. Y ahí seguimos el camino. Por fin nos bajamos en un restaurante de Carora para ir al baño. Mi héroe de tres años había aguantado paciente las ganas de orinar y veloces nos fuimos a los baños de mujeres. Tenían esa limpieza relativa de los baños de carretera, que consiste en no ver restos de nada pero oler todo lo imaginable. Después de dar un vistazo a la barra llena de gente y sin hambre, Salvador y yo nos sentamos frente al transporte a esperar que lo abrieran. Al lado, estaba una mujer joven con su hermosa niña también de tres años que empezó a hablar muy sonreída con mi hijo y yo. Compartieron galletas y algo conversaron pleno de sentido para ellos. La mamá y yo nos sonreímos contentas de que nuestros hijos se encontraran y tuvieran un momento de alegría, huidiza en las precarias situaciones del viaje. Cuando vi que la barra se había vaciado 110
SARA VITTI
me acerqué con Salvador y compré un café tetero para mí y un vaso de leche para él. En Caracas, simplemente, habíamos abandonado la ilusión de tomar leche, debido a lo difícil que estaba de encontrar al precio legal, así que el enorme vaso que me dio el señor de la barra nos llenó de alegría a Salvador y a mí. Como siempre, le dije las gracias más sinceras al señor –cada vez que le hacen un bien a mi hijo, se ganan mi buena voluntad– y nos acercamos al bus que ya estaba embarcando. Salvador y yo terminamos nuestra deliciosa merienda de leche y galletas y nos quedamos dormidos. Sin embargo, no dormimos mucho pues pararon el autobús y nos anunciaron que debíamos bajar a una requisa de equipaje. El maletero bajó todas nuestras maletas e hicimos la cola para que una guardia nacional revisara cada una de nuestras pertenencias. Se alarmó cuando metió la mano al fondo y detectó algo: un desodorante Mum. Nos fueron revisando a todos y creo que nadie tenía mercancías ni alimentos que era lo que buscaban. Probablemente hubo otras paradas en alcabalas que no puedo recordar, en las que sólo pedían cédulas. Papeles en regla era el único requisito, supongo que el peruano no los tenía. Me dormí de nuevo y llegamos al terminal de Maracaibo a las 4 y 30. Ni siquiera había un atisbo de luz. No sabía que iba a hacer tan temprano en ese terminal desierto, pero apenas comenzaron a bajar las personas escuché “Maicao”. Bajé con mis dos bolsos, la cartera, la mandoca y la maleta gritando destemplada para que Salvador permaneciera junto a mí. Siempre que estoy en una situación límite me concentro en que mi niño esté tan cerca de mí que nadie me lo pueda quitar. Pero bueno, paranoias de madre, causadas por esa sensación de que nuestro hijo es el ser más valioso del mundo y que le pueden hacer daño. Con todos mis bolsos, me acerqué a unos bancos que estaban cerca de unos choferes uniformados y me tomé un café en un quiosco y le compré a mi hijo un espantoso jugo industrializado. Nos despertamos bien, y después de darme cuenta de lo inútil que era seguir 111
SARA VITTI
teniendo miedo, me acerqué a los choferes de porpuesto preguntando cómo se hacía para ir a Maicao. Les expresé que prefería esperar a que fuera de día y me dijeron que más bien aprovechara que era temprano para evitar la cola. Me pareció una respuesta válida y compré un asiento para mi hijo y yo. Me guardaron la maleta y me fui a buscar un baño. Busqué mi celular para llamar a Alicia, pero ya no lo tenía, lo había dejado en el autobús. La unidad se había ido y como no pertenecía a una línea comercial, no iba a poder ubicarlo. Cuando estuve de vuelta, ya el carro estaba preparado para salir con cuatro hombres más. Todos eran de casi cincuenta años o más y afortunadamente el que estaba a mi lado parecía bastante amable. Todos habíamos acordado llegar a Guarero, el pueblo de La Guajira desde donde partían las camionetas que atravesaban por trocha. Escuchaba las conversaciones de los hombres y todos viajaban constantemente por esa vía, y me sentí como la tonta que se había quedado atrapada por el cierre de la frontera, que no sabía que desde hacía meses la gente pasaba de un lado a otro sin complicación. Salvador se fue quedando dormido de nuevo. Describir a mis compañeros de viaje está un poco difícil, pero lo intentaré. Primero, está el chofer: un hombre mestizo, medianamente alto, y de cuerpo fornido y delgado. Tenía la actitud arrogante de los hombres trabajadores y legales, que no tienen que perder ante una requisa pues todos sus documentos están en regla y no usan drogas. El hombre que iba a mi lado era un cartagenero con muchos años en Venezuela, de alrededor 50 años que me ayudó muchas veces a subir y bajar el niño. Él venía con otro que era de Barranquilla, de la misma edad, y con familia a ambos lados de la frontera. Los dos de adelante, uno era de Caracas, un hombre como de 60 años de aspecto fino y al otro no lo ubico muy bien pero también era como de esa edad. El chofer sintonizó una emisora de música venezolana y sonó aquella canción de Reinaldo Armas que dedica a a su caballo. Aprecio a Reinaldo Armas pues también es licenciado en Letras como yo. Como si estudiar Letras, fuera el rasgo decisivo de su talento, compartiendo yo con 112
SARA VITTI
él esa característica tan excelsa. En mis sueños. Volviendo al relato, si me parecieron muchas las alcabalas de Maracaibo a Caracas, qué puedo decir de las alcabalas de Maracaibo a Guarero. Sin exagerar, cada 10 minutos de viaje sacábamos nuestras cédulas y en el ochenta por ciento de las mismas veces tuvimos que bajarnos a mostrar los equipajes. Todo se hubiera resuelto más rápido si el chofer nos hubiera pedido plata cada vez para darle a los guardias, pero él, muy legal, dejaba que los guardias hicieran su trabajo. –Antes del cierre de la frontera yo iba cuatro veces al día a Maicao, ahora apenas hago un viaje por la cola que se hace en el río Limón. Yo voté por Chávez, pero a Maduro no lo aguanto. De hecho, el chofer había sacado la cabeza para ver mejor la cola que ya se insinuaba antes del puente al río Limón. Dio un viraje del carro para tomar un atajo, sin embargo de todas formas nos detuvimos por la cola. Mi niño había dormido todo este trayecto y yo tenía los brazos doloridos por cargarlo. Un compañero de los que venían con nosotros, se bajó y dijo que nos esperaba en el puente. Así se desocupó el asiento y pudimos descansar el de Cartagena y yo. Sin embargo hacía mucho calor. Ya eran las siete de la mañana. Después no vi más el reloj y finalmente lo perdí. Al cabo de un largo rato, pudo avanzar la cola y logramos pasar por el río. –Tuvimos suerte, pues por lo general se tarda como dos horas en llegar al río y nosotros apenas una– dijo el chofer. Mi niño se despertó. Arreciaron las alcabalas y nos bajaron varias veces más. Afortunadamente jamás me pidieron los papeles del niño ni me preguntaron qué hacíamos ahí. Empezamos a pasar varios poblados guajiros. He pasado varias veces por ahí, pero no conozco bien. Traté de ver los molinos de viento que antes observaba, pero no los pude localizar. Vimos las salinas y los señalamientos a Kaimare Chico. Pasamos por Paraguaipoa. Después seguimos por unas calles estrechas llenas de tenderetes y vendedores callejeros, que ofrecían 113
SARA VITTI
llevarnos a Maicao. El sitio se llama Los Filúos. De repente el chofer nos dice que nos deja ahí. A lo que el cartagenero se queja: –usted nos dijo que nos iba a llevar a Guarero, no dejarnos aquí–. El resto de los tripulantes estábamos indecisos, hay quienes cobran cuatro, hay quienes cobran tres mil por dejarnos en Maicao. Yo vi tanta oferta de vehículos que hubiera querido bajarme ahí, pero prefería bajarme con mi grupo y no yo sola. Los vendedores son muchos y se enciman al carro, uno hasta se asoma. Decimos que no y a marcha lenta sigue adelante el carro con el chofer renuente. Unos motorizados se nos adelantan y nos apuntan con unas pistolas de cañón corto. Paramos y se montan como pueden en el asiento de adelante apuntándonos a todos. –No nos miren o disparamos.
114
ÍNDICE
Prólogo .................................................................................................................. 9 Sebastián Aragón Castellanos .......................................................................... 13 Miguel Betti ........................................................................................................ 25 Luis Briceño ........................................................................................................ 39 Sebastián León ................................................................................................... 51 Andrés López Salazar ........................................................................................ 61 Fabrizio Mas Grimaldi ...................................................................................... 67 Camilo Olarte ..................................................................................................... 81 Cristian Ortega Puppo ...................................................................................... 89 Sara Vitti ............................................................................................................ 103
119
AYNI