SAPOS Y CULEBRAS
Primera condición de toda obra maestra: pasar inadvertida - N. Parra i
Año II - Nº 3
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Literatura i Artes Visuales
SAPOS Y CULEBRAS Nยบ 3, AGOSTO 2019 www.aynicooperativaeditorial.wordpress.com
AYNI COOPERATIVA EDITORIAL aynicooperativaeditorial@gmail.com
PORTADA Claudia Chiavacci CORRECCIร N Giorgina Cerutti Todos los derechos pertenecen a sus respectivos autores.
TIRAJE 150 ejemplares
SAPOS Y CULEBRAS i
Primera condición de toda obra maestra: pasar inadvertida - N. Parra i
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Colaboran en este número: Damián Andreñuk · Samuele Arba · Miguel Betti · Heriberto Bravo · Luis Briceño Giorgina Cerutti · Claudia Chiavacci · Gabriel Crespo · Flor Galarza Francisco García Castro · Noelia González · Lucas Herrera · Fabrizio Mas Grimaldi Giselle Navarro · Camilo Olarte · Guillermo Ramos Calleja · Alba Vitta Alixa Zamora Solano
Las opiniones emitidas por los colaboradores de Sapos y culebras no son necesariamente las mismas de los editores. Esta revista se edita sin fines de lucro. El costo de cada ejemplar cubre los gastos de edición, impresión, distribución y difusión.
AYNI
Auguste Macke - Blue girl reading
Cartas
de lectores 1
Estimados (¿Estimados?) Comité probablemente no quepo, para editorial de la revista Sapos y ver como la Señorita Graciela, maestra de quinto grado de la culebras: Escuela Normal Nº10 de Banfield, Encontré la revista por azar, como escribía la frase en el pizarrón y se deben encontrar esos tesoros nos explicaba su significado, algo mundanos que le aflojan a uno la así como: proferir maldiciones y corbata y le hacen bailar los dedos barbaridades. de los pies. La última maravilla había sido un café con leche en un Dirán que es la nostalgia, y bistrot del Barrio Latino, que me seguramente tengan razón. Ya recordó de un sorbo el cortado que saben, cuando se llevan casi 68 me servían allá en el London, pero años viviendo en el extranjero de eso hacían ya más de 45 años. cualquier pedacito de infancia, Estaba buceando en las cajas de cualquier atisbo de barrio le hace metal de los bouquinistes del Sena, a uno piantar un lagrimón. Y ni que hoy en día se parecen más a siquiera hace falta que sea algo un negocio de souvenires que a una tangible y ridículamente manifiesto librería de usados, cuando detrás de como un disco de Gardel o una una edición roída de Les mandarins empanada de carne. Puede ser un me topé con el último número de encuentro mucho más metafísico, Sapos y culebras. De un golpe, el si los profesionales del ser y del título tiñó de marrón platinado la ente me permiten el atrevimiento: luz de ceniza y olivo que flota en el hallazgo de un objeto o de un las aguas y me hizo sentar en aquel fenómeno que a simple vista no banco de madera en el que hoy tiene nada que ver con nuestra 5
tierra y sin embargo, para nosotros, es nuestra tierra, está-ahí-para pegarle un cachetazo a Mnemósine y recordarnos que por mucho que nos alejemos del lugar que nos vio crecer, la patria es como esa casita nacarada que el caracol lleva consigo a todas partes.
Siempre preferí esperar a publicar una linea de la que, con certeza, pudiera arrepentirme. Dirán los defensores del mercado que es cobardía intelectual. Yo creo que la palabra adecuada es honestidad. En fin, no soy de dar consejos, pero si tienen algún otro trabajo, quizás sea hora de que le presten Pero como ya habrán adivinado, si un poco más de atención, y a otra usé la palabra ilusión para definir cosa, mariposa. mi encuentro con su artefacto es porque toda moneda tiene dos Atentamente, caras. En efecto, me bastó con Julio C. abrir su revista y sobrevolarla con los ojos para tropezar con una caterva de poetas paupérrimos, cuentistas de concurso, novelas de cardiólogos jubilados y fotos de Instagram (sí, los escritores no vivimos en un túper). Ninguna confrontación con los poderes reales, ningún compromiso con la situación política de Latinoamérica, ni siquiera un esbozo de ruptura desde un punto de vista puramente estético (porque, queridos amigos, una revolución que no sacude la forma o el lenguaje no revuelve nada).
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Señores Sapos y culebras:
Por lo tanto señores editores, les escribo esta breve misiva para Leer vuestra revista no me pedirles el favor me depositen salvó del abismo, más bien me en mi cuenta corriente del Banco ayudó a insertarme aun más en de Pichincha: 0897463800, una la profundidad del Tártaro. Sigo retribución por haber comprado inserto en “un oasis de horror con diligencia los dos números de en medio de un desierto de esta revista defectuosa y repleta de aburrimiento”... pleonasmos y onanismos. Les reclamo señores editores la Atte. lividez de las palabras que no dicen Alfredo Noise aquello que debería decir el olvido de la literatura más que muerta, detenida en la rivera del rio Leteo. El café está lleno de termitas. Hermes lo prefiere con azúcar morena. Y es tan difícil encontrar vuestra revista en el hemisferio en el que vivo que terminé en un balneario centroamericano buscando el amor de los insectos y el vapor de las brujas de Cuernavaca. El contenido de vuestra editorial, que por lo demás es una espiral gnóstica, no es más que un vano intento de renovar lo irrenovable: la extinción de la literatura que enaltece a los viejos titanes...
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Estimulado por la acogida que la revista Sapos y culebras ha tenido entre mis lectores, me vi en la tarea de ir a Parque Rivadavia y obtenerla de algún librero de probada confianza. La operación se logró no sin cierta zozobra: esos nobles hombres que tantas veces me han ayudado en mis pesquisas tomaban el sol y cebaban mates sin importarles que un tal Arlt los necesitara. Ninguno me invitó a su charla y debí encontrar la revista por mi propia cuenta.
En mis tiempos, el lugar que buscaba era un primoroso café con máquinas doradas atendido por un tano de bigotes blancos y gruesos que siempre llevaba en el antebrazo una cinta negra de respetuoso duelo. Ahora me encuentro con un Starbucks en el que confusos ritmos musicales apremian al amante del café a batirse en una desordenada retirada. Sin embargo, no me sobraba el tiempo y decidí quedarme a leer con voracidad aquel pasquín. Y sí, a medida que la revista de tapas color naranja se me Un único ejemplar, bastante ajado, clavaba más en el pecho la sentía reposaba bajo una maceta que, en como un traste del que hay que lugar de una cándida rosa, tenía deshacerse. monedas de un peso sembradas en la negra tierra. Sustraje el librillo y Con un espresso sobre la mesa, cuando quise pagar, un señor que al que miraba con una mezcla de dormitaba junto al tarantín, al que incredulidad y melancolía, pasé las nunca le vi el rostro tapado por un páginas asombrado. Entre tanta Gráfico me dijo: “se puede llevar mediocridad, entre tanto cafre ‘eso’ sin darme un mango”. Aquel que desilusiona a las masas con desdén presagiaba una tortuosa “su” verdad, en un mundo donde lectura. Con la cara abrasada por el los botines son de cartón pintado viento frío de mayo, metí la revistilla con betún, estos jóvenes (asumo entre el pullover y la gabardina, me que son jóvenes para desperdiciar calé el sombrero y partí rumbo a su tiempo con la literatura) le han un café. regalado al mundo una muestra
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desinteresada de belleza. No es que sean Maupassant, pero se debe admirar su falta de pretensión y eso resalta las virtudes literarias que tienen, necesitadas de pulimento, aunque allí están. Es venturoso que en uno de los múltiples tentáculos de esta ciudad pulpo haya podido encontrarme con esta revista. Si no tuviera cosas más importantes que hacer la publicitaría. Lo que sí haré es darle un abrazo a su editor si me lo cruzo en alguna esquina y le invitaré a tomar vino mientras las estrellas empiezan a farolear el cielo enorme y oscuro que gusta tanto a los lobos literarios. Lo único que me limitaré a hacer, por ahora, es escribirles esta carta y jurarles que ante alguna gilada soltaré sapos y culebras por mi boca. Atentamente, R. Arlt
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Se escribe siempre para dar vida,
para liberar la vida
allĂ donde estĂŠ presa,
para trazar lĂneas de fuga. Gilles Deleuze (1925 - 1995)
El
tren de las
seis y cuarto POR MIGUEL BETTI
“E
sta tarde, a las seis y cuarto”. Eso le decía el intendente, y sonreía. El intendente siempre sonreía. En San Antonio, hace tiempo que esperamos que pase el tren. Mi abuela, por ejemplo, lo espera hace cuarenta y tres años. Ella vivió los tiempos de gloria del ramal norte, cuando el tren pasaba todos los días a las seis y cuarto. Por tres pesos, en veinte minutos se podía llegar a Ingeniero Bosch, y por siete, en una hora, a Villa la Quebrada. Hasta la Capital era otra cosa, porque el viaje duraba casi dos días, había que hacer por lo menos tres combinaciones y parar en algún pueblo a pasar la noche. Los que iban a la Capital, contaba siempre la abuela, se preparaban como para un viaje transatlántico, cargando baúles, sombreros, mascotas, paraguas, bolsos y provisiones. Los familiares los saludaban desde la estación, revoleando sus pañuelos en el aire, y festejaban cuando el tren hacía sonar la bocina y una nube de polvo cubría el andén. A los de adentro, con la cabeza asomada por la ventanilla, muchas veces les ganaba la nostalgia y dejaban caer alguna lágrima, que disimulaban echándole la culpa al viento seco o al calor. La abuela había vivido aquella época dorada, pero también los años previos. Mucho antes de que construyeran la estación, San Antonio había sido una simple posta entre dos pueblos. Su nombre deriva de la pulpería que servía de reparo y puesto de aprovisionamiento a los viajeros, y cuyo dueño era su padre, mi bisabuelo. La pulpería se llamaba San Antonio 11
porque mi bisabuelo se llamaba Antonio, y él, a su vez, se llamaba Antonio porque había nacido el 13 de junio, día de San Antonio de Padua. Yo, por mi parte, me acuerdo y puedo dar fe de todo aquello porque también me llamo Antonio y también nací un 13 de junio. Al parecer, estaba todo listo para que naciera dos días antes, ya con una semana de retraso, pero la abuela obligó a mi mamá a aguantar todavía un poquito más. Nací entonces el 13 de junio, como mi bisabuelo, a las cero y un minuto. Después mamá se desplomó y estuvo casi un año entero en cama, sin poder moverse. Mi bisabuelo Antonio había crecido en Andalucía, pero en el pueblo todo el mundo le decía el Gallego. Había llegado a nuestro país con lo puesto porque estaba cansado de comer tortilla de papas todos los días, y acá, al cabo de algunos años, había logrado llenarse los bolsillos. Sin embargo, se la pasaba comiendo tortilla de papas, quejándose y asegurando que todo era mejor allá en Sevilla: el sol era más fuerte, los campos más verdes, las mujeres más lindas. Era un tipo duro, que había sobrevivido al hambre y a la guerra. Ostentaba dos balazos en la pierna izquierda, vestigios de un enfrentamiento contra unos cuatreros borrachos que pretendían asaltar la pulpería, y solía mostrarle las heridas a los desconocidos, incluso antes de empezar cualquier conversación, dándose pie para contar la misma historia una y otra vez. Al viejo lo mató por la espalda un alacrán cobarde y traicionero, mientras dormía, a los ciento tres años. Hasta ese día, todos creíamos que no se iba a morir nunca. Al principio, según cuenta la abuela, la vida en el pueblo era bastante aburrida, porque el pueblo no era pueblo, sino una pulpería. Los clientes, fueran curas, comerciantes o gauchos matreros, eran pocos y no se quedaban más que algunas horas. En la pulpería San 12
Antonio no había camas para pasar la noche y el servicio no era de lo más variado, pero la falta de competencia, la distancia y la hostilidad del clima la convertían en una escala obligada para los viajeros. Siendo la única niña del pueblo, que todavía no era pueblo, mi abuela no fue a la escuela y de chica no tuvo ninguna amiga. Su vida fue solitaria, hasta que a los trece años conoció al que sería su marido, mi abuelo, un seminarista pobre y arrepentido que escapaba de un monasterio de la Capital y no tenía donde caerse muerto, según le gustaba decir a ella. Recién casados, abrieron una posada gracias a un dinero que tenía guardado Antonio, mi bisabuelo, para cuando llegara aquel día tan especial. La posada diversificaba la economía local y permitía a los viajeros pernoctar en estos pagos, si acaso los sorprendía la noche en medio del camino. Mi abuela tuvo seis hijos, que tampoco fueron a la escuela. El mayor, con el boom automotor, abrió cerca de la ruta de tierra la primera gomería del pueblo, que recién entonces empezaba a parecerse a un pueblo, y contrató tres empleados, dos de los cuales trajeron a sus respectivas familias y se instalaron detrás de la pulpería. Se casó con la hija de uno de ellos y tuvo once hijos, once de mis treinta y ocho primos, que estudiaron en Ingeniero Bosch y fueron los primeros habitantes de San Antonio en obtener un título secundario. Los mellizos que siguen al mayor se fugaron a los doce años con un grupo de gitanos y volvieron a los dieciocho con una habilidad para el comercio que ninguna academia podía enseñar. Se casaron con dos mellizas turcas que habían conocido en su viaje y abrieron un bazar que ofrecía una ecléctica variedad de productos, que compraban cada tres meses en la Capital, y que iban de escobas a relojes cucú, 13
de vajilla fina a pelelas. Pronto, desde pueblos vecinos mucho más grandes que el nuestro empezaron a llegar clientes en busca de las novedades que faltaban en los suyos, y el bazar se convirtió en una referencia obligada en el rubro de los artículos para el hogar. En cuanto a las hijas mujeres de mi abuela, mis tías, la mayor se casó con el único empleado de la gomería que estaba soltero y a los pocos años abrieron la segunda gomería del pueblo, más cerca de la ruta que la primera, para gran revuelo de toda la familia (excepto mi bisabuelo, que fue quien les prestó el dinero). Desde aquel día mi tío y su antiguo empleado solían agarrarse a trompadas todas las tardes, religiosamente, hasta que el Gallego disparaba su escopeta en el aire y los púgiles se concedían una tregua temporal de veinticuatro horas. Mi otra tía, a la que a los once años se le detectó una enfermedad muy extraña, de esas que no padece ni conoce nadie, y que necesitaba continuamente de la vigilancia de un médico, terminó por casarse con su galeno, cuarenta años mayor que ella. Aprendió rápidamente los rudimentos de la enfermería y juntos fundaron la primera sala de auxilios del pueblo, al que le faltaba muy poco para ser un pueblo. Por último, mi padre, el menor de la familia, contrajo matrimonio con la hermana menor de las mellizas turcas, mi madre, y fundó una fábrica de chorizo colorado siguiendo una receta milenaria que descansaba entre las páginas de una vieja edición del Quijote, que mi bisabuelo había traído de España pero que nunca había leído. El Gallego, como era de esperarse, consideró una herejía hacer chorizos ibéricos en el Nuevo Mundo y se fue al cielo sin siquiera haberlos probado. Una pulpería, un bazar, dos gomerías, una sala de auxilios y una 14
fábrica de chorizos no alcanzaban para fundar un pueblo. Tampoco alcanzaba con la primera escuela, levantada por mi primo mayor, que pasaría a la posteridad como el Sarmiento de San Antonio, ni con una humilde comisaría, cuyo trabajó consistió, por lo menos durante los primeros cinco años, en evitar que mi tío y el marido de mi tía se mataran a golpes, ni con el precario cuartel de bomberos, que no tenía agua, ni camiones, ni bomberos. Tampoco puedo asegurar que el pueblo haya nacido cuando mi bisabuelo, que empezaba a ver el potencial comercial de su antigua posta y de los incipientes negocios familiares que la rodeaban, decidió convertir su casa en municipalidad y sin sufragios ni consensos se autoproclamó intendente de San Antonio, bautizando al pueblo en su honor. En realidad, un pueblo nace cuando se construye la estación ferroviaria y el tren se detiene por primera vez. Con el tren no fueron solo viajeros y comerciantes los que empezaron a llegar en gran cantidad. Fue el progreso, como decían los ingleses que vinieron a instalar los andamiajes de la estación, cobrándole una fortuna al bueno de mi bisabuelo. Junto a las vías del tren se tendieron los primeros cables de luz y de teléfono. El tren trajo clientes para el bazar y la posada, enfermos para la sala de auxilios, incluso turistas que, atraídos por el gran orgullo del pueblo, los chorizos que confeccionaba mi viejo, se acercaban a probar aquel manjar que fusionaba el pasado ibérico con los milagros de nuestra tierra. La pulpería se convirtió en supermercado y este, en muy poco tiempo, avivado por el espíritu comercial del Gallego, en una gran cadena. En menos de una década había un supermercado San Antonio en cada uno de los pueblos del norte y mi bisabuelo se había vuelto uno de los hombres más ricos de la región (que, según él, a pesar de las oportunidades 15
que le había dado, todavía no podía compararse con Andalucía). Las gomerías de mi tío y su antiguo empleado ampliaron sus servicios y se transformaron, ambas, en concesionarias de autos, incurriendo en una competencia despiadada y feroz que los llevó a ir a pérdida durante varios años, apoyándose en la fortuna del Gallego, para mantener precios irrisorios que atraían a clientes de todo el país. Se decía que en San Antonio era más barato comprar un auto que una docena de empanadas, y no precisamente porque las empanadas estuvieran caras. En cuanto al bazar, se convirtió en un gran galpón de materiales de construcción, que vendía desde artículos de plomería hasta picaportes, y con los cuales se erigieron todos los edificios del pueblo. Por último, la sala de auxilios, financiada por la genuina caridad de mi bisabuelo, se volvió un hospital modelo y con tecnología de punta que atendía a pacientes de toda la provincia. Pero un día el tren no pasó más. Hay quienes creen que las razones fueron económicas: “el descubrimiento de numerosos pozos petroleros en todo el mundo hizo caer el precio internacional del crudo e impulsó el desarrollo del transporte automotor en lugar del transporte ferroviario”. O por lo menos eso era lo que repetía uno de mis tíos, el dueño de la primera gomería, que cansado de la competencia decidió dar un golpe maestro: después de que asfaltaran la ruta de tierra, puso orgulloso la primera estación de servicio en lugar de su antigua concesionaria de autos. Pero cuando el tren dejó de pasar, y los comerciantes y los clientes dejaron de venir al pueblo, mi tío no supo si regalar los ocho surtidores que había comprado o metérselos en el culo. Mi bisabuelo, por su parte, aseguraba que las razones eran políticas: según él, había sido el mismísimo Señor Presidente quien, celoso de su crecimiento (el viejo se había postulado 16
para gobernador de la provincia y tenía entre ceja y ceja la presidencia de la nación), había decidido, a modo de demostración de poder y de amenaza, cerrar el ramal norte para castigarlo (lo cual no explicaba por qué el tren dejaba de pasar por otras ciento cuarenta y siete estaciones, sometiendo a todos aquellos pueblos al mismo trágico destino que el nuestro). Por último, Sarmiento, el único que realmente había estudiado en San Antonio, sostenía que los motivos eran económicos y políticos al mismo tiempo y que formaban parte de un plan internacional, con connivencia de los cipayos nacionales: el ramal estatal había sido cerrado por la presión de empresas automotrices extranjeras que comenzaban a instalarse en el país y que estaban convencidas de que la única competencia justa era aquella en la que siempre se gana, sin importar los medios. En cualquier caso, lo cierto es que el tren dejó de pasar. Treinta y dos mil habitantes tenía el pueblo antes de aquel fatídico día. Hoy somos treinta y dos. Mi bisabuelo, intendente de San Antonio desde su fundación hasta el día de su muerte, repetía que era una crisis pasajera y que las cosas iban a cambiar muy pronto, cuando cambiara el gobierno. Para el viejo, se trataba exclusivamente de una cuestión personal entre el Excelentísimo Señor Presidente y él. Medio siglo después, la izquierda, el centro y la derecha se habían turnado en el poder, al Gallego, cuando lo picó un alacrán, no lo pudieron atender de urgencia porque el hospital había cerrado, y el tren seguía sin pasar. Pero mi tío, el mayor, tampoco tenía razón. Con las sucesivas crisis internacionales, el precio del petróleo volvió a subir, y a bajar, y a subir, y a bajar, y sin embargo no solo el tren nunca volvió a pasar, sino que tampoco pasaron los convoyes de camiones que debían atravesar la ruta de día y de noche, sin cesar, 17
cargando a lo largo y a lo ancho de todo el país los frutos de nuestra tierra. El negocio de materiales de construcción de mis tíos fue el primero en cerrar, dejando en la calle a más de veinte empleados. Sin tren no había clientes, sin clientes no había comercio, sin comercio no había trabajo y sin trabajo quién carajo se iba a quedar a vivir en un pueblo como San Antonio. Le siguió la concesionaria del marido de mi tía y poco tiempo después la estación de servicio de su histórico contrincante. La fábrica de chorizos de mi viejo pendía de un hilo, sin intenciones de bromear al respecto, y no aguantó la apertura de las importaciones. La medida había sido promovida por los Generales que entonces habían decidido, sin que nadie se los pidiera y sin ningún conocimiento del oficio, hacerse cargo del rumbo político, económico y moral del país, y que habían permitido que el chorizo ibérico, con su eminente superioridad, entrara en nuestro territorio a mitad de precio que el nacional, cuya producción asfixiaban con cargas e impuestos. Mi bisabuelo, por su parte, tuvo que cerrar uno a uno todos los supermercados de la provincia. El último que mantuvo en pie, dilapidando lo poco que quedaba de su fortuna y que no había gastado en deudas e indemnizaciones, fue el de nuestro pueblo. Cuando tuvo que despedir al último empleado, porque ya no aceptaba que le pagaran con huevos, carne y verduras, bajó las persianas, se acostó en la cama y nunca más se levantó. Tenía casi noventa años, y en esa misma cama, picado por un alacrán, murió a los cientotrés. El mismo día que murió mi bisabuelo, las autoridades políticas de la provincia llegaron junto a un grupo de matones en una larga caravana de camionetas japonesas e instalaron su cuartel general en la escuela. Nos dijeron que la dictadura por fin había acabado y que era hora de 18
elegir democráticamente y por primera vez en la historia de San Antonio al nuevo representante del pueblo. Convirtieron un aula en cuarto oscuro, nos precisaron que votar ese mismo domingo, respetando como respetaban el luto, no dejaba de ser un un derecho, y a los palazos alinearon a todos los adultos frente a la escuela. Sarmiento, que seguía ejerciendo como director y profesor de aquella noble institución, incluso después de haber perdido a su último alumno, se negó a obedecer a los forasteros y, encadenándose al mástil en el cual todavía flameaba una raída bandera albiceleste, comenzó a cantar a viva voz el himno nacional, hasta que lo desataron a la fuerza, lo molieron a golpes y lo llevaron preso por desacato e incumplimiento de los deberes patrióticos. Los demás, al entrar en el cuarto oscuro, descubrieron que había una sola boleta, del partido de aquellos paladines de la democracia, con la cara de un hombre al que nunca habían visto antes y que jamás había pisado las calles de San Antonio. Una de las promesas del flamante intendente, pocas horas después de haber asumido, fue que el ramal norte volvería a abrirse. Los representantes de su partido, el mismo que gobernaba el país por aquel entonces, se vestían con ropa importada pero sostenían un discurso nacionalista que atacaba de lleno a las corporaciones multinacionales y reivindicaba el valor de la industria nacional. Pronto estatizaremos los trenes, decía el intendente, el agua, la electricidad, el gas, la tierra, el viento y la luz solar. Pero de los trenes ya no quedaban más que unas vías muertas y algunas locomotoras oxidadas e irrecuperables, y la estatización (la compra de aquella chatarra inservible) resultó ser un nuevo negocio para enriquecerse de manera espúrea. En los tiempos dorados, mi abuela, en honor a ese tren que había sido la causa de su felicidad y de la prosperidad de todo un pueblo, 19
tenía la costumbre de salir al jardín, todas las tardes, para verlo pasar. Sentada en su reposera, bajo un naranjo que ella misma había plantado, lo esperaba impaciente con el mate en la mano. Conocía a cada uno de los maquinistas por su nombre y, al dejar la estación, estos se sacaban la gorra y la saludaban con un segundo bocinazo, dedicado exclusivamente para ella, que siempre le ponía la piel de gallina. En mi vida, no creo haber conocido a nadie que estuviera tan orgulloso del sistema ferroviario. Incluso después de que cerraran el ramal, mi abuela siguió saliendo al jardín, todas las tardes, para verlo pasar. En vano le insistíamos en que dejara de esperar; ella creía, estaba verdaderamente convencida, que de un día para otro el tren volvería a andar. Y como un chico que se niega a aceptar que los reyes son sus padres, había dejado de leer los diarios y de mirar los noticieros para no tener que perder lo único que le quedaba: la ilusión. Para un pueblo, treinta y dos o nadie es casi lo mismo. En San Antonio, hoy, solo quedan algunos jubilados, gente desocupada y demasiado grande para volver a conseguir trabajo y jóvenes nostálgicos que ni siquiera conocimos los tiempos de oro de los que hablaban nuestros antepasados. “¿Cuándo volverá a pasar el tren?”, le preguntaba mi abuela al intendente cada vez que lo cruzaba delante de su casa, y el muy desgraciado, con esa triste sonrisa hipócrita en los labios, le respondía: “Esta tarde, a las seis y cuarto”. Los años pasan para todos, y mi abuela no sólo se había quedado ciega, sino que comenzaba a sufrir los achaques de la senilidad. Pero con ese estoicismo férreo que siempre la había caracterizado, seguía resistiendo a su manera: sentada bajo el naranjo, esperando volver a escuchar, aunque sea una vez más, esa bocina que los maquinistas hacían sonar en su honor. San Antonio se había convertido en un pueblo fantasma destinado 20
a desaparecer. Sin escuela, ni comercios, ni trabajo, no nos quedaba mucho por hacer. Para no dejarla sola, me propuse acompañar a mi abuela y esperar junto a ella un tren que nunca iba a pasar. De a dos, la nostalgia se hace más llevadera. Desde el día en que se quedó ciega, me sentaba a su lado bajo el naranjo y mientras le cebaba unos mates, sin hablarnos, esperábamos frente a las vías muertas del tren. “¿Hoy va a volver a pasar?”, me preguntaba ella, y entre nosotros se imponía un silencio de pueblo. “Creo que sí”, le respondía yo, “a las seis y cuarto”.
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Flor Galarza (florgalarza.com)
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Migrante POR NOELIA GONZÁLEZ Me he trasplantado a otra tierra y, sin darme cuenta, he echado raíces lejos de mi cuna. He florecido en una primavera que huele a flores extranjeras, y viene cuando llega el otoño en mi corazón atlántico. He mudado mis hojas y me han brotado hojas nuevas. Mis huellas ya no caducan. He nadado en otro mar y, sin darme cuenta, me he hecho amiga de una costa ajena. Duermo bajo las constelaciones de la otra mitad del cielo. Tengo que amar en otro idioma y extrañar en silencio. He hecho como los pájaros. Uso una ruta en el cielo que conecta las dos mitades de mi vida. Me han crecido alas más fuertes para ir y volver, volver e ir. Me he trasplantado a otra tierra y, sin darme cuenta, he sembrado solo una parte de mí.
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Los que
vendrán POR GISELLE NAVARRO Los que han acabado de llegar nunca sabrán de nuestra desesperación, ya ha sido inyectada a sus venas con sueros de promesas y gloria, y es difícil competir contra ese arte desconocido para los verdaderos artistas. Los que vendrán serán los genios y mediocres del mañana y llevarán sobre la espalda el peso de sus falsas diferencias. Aullarán como perros hambrientos sus ambiciones en nuestros oídos, nos creerán tontos, perdedores del tiempo y la vida. Nosotros solo observaremos, del lado más seguro de la pista, y estaremos serenos, dispuestos cuando se dirijan a nuestra puerta a preguntar lo que muchos años atrás nosotros preguntamos.
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Status epiléptico En la bolsa negra Reposa el cadáver del tiempo Muerto de una convulsión infinita Leticia, Amazonas.2018 Lucas Herrera
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Fina ropa
blanca POR LUIS BRICEÑO
Á
mbar tenía doce años cuando su madre murió. Escuché la noticia de su boca, un día frío y tormentoso en el que yo no hacía nada mejor que tomarme una botella de whisky escuchando a Miles Davis. En mucho tiempo no supe nada de ellas. Hasta su muerte, mi ex mujer se había mantenido firme en su determinación por tener una nueva vida. Ámbar me llamaba para preguntar si podía ocuparme de ella, criarla, mantenerla; darle un refugio. Cuando la escuché medité por unos segundos, pensaba en que tal vez no era una buena idea. El sol en su punto más alto llenaba de claridad todo el apartamento y hería mi trasnocho. Entonces me encogí de hombros del otro lado de la línea en una especie de respuesta afirmativa. Un pálpito me decía que la madre de Ámbar le había hecho prometer que me buscaría, como le pasó a Pedro Páramo. Era justo aceptar cuidarla: por algunos amigos supe que, a pesar de su reticencia a volverme a ver, aún preguntaba por mí para saber si no me había muerto de una sobredosis y me pareció un gesto de respeto encargarme de su hija. Tal vez no sea la mejor de las ideas que vivamos juntos considerando que esta maldita adicción me terminará matando tarde o temprano. Con el vaso a punto de derramarse me echo sobre mi cama y dejo que todo lo que da vueltas se apodere de mí. Cuando esto se asiente, cuando esta fiesta química termine de arrebatarme la vida en un huracán tóxico, Ámbar volverá a estar sola y será peor para ella la llegada de la soledad definitiva, 27
esa que tarde o temprano se cierra sobre todos nosotros. Desde antes de vivir con la mamá de Ámbar sabía que lo único que me apasionaba y gustaba de la vida era la cocaína. Había venido al mundo dotado con un solo talento: era un genio de la arquitectura y mis proyectos pusieron siempre tanto dinero en mi cuenta que solo me preocupaba por encontrar la mejor mercancía que ofreciera el mercado. Ser arquitecto era una cosa ajena a mí, sentía que todo era cuestión de manejar el robot de vez en cuando para diseñar los sueños de otros. Esas tareas ponían el cheque en mis manos y volvía a ser yo, un hombre entregado a las drogas, al licor y a las mujeres pasajeras. En una de esas danzas desde lo enajenado hasta mi identidad conocí a Loretta, a quien hasta ahora he llamado “la mamá de Ámbar”. Ella no era más especial que las otras, pero sí compartía mi adicción hasta que supo que estaba embarazada. Qué frío hace, mejor me pongo unos calcetines gruesos. Así es que entro de lleno en la cama y me cobijo. A pesar de que le dije a Ámbar que sí me ocuparía de ella, hay algo que no me cierra, debe ser lo de tener que estar interesado en cómo se siente otra persona, esas preocupaciones improductivas me producen un hastío incomparable. Por siempre he creído que las telecomunicaciones son la peor creación de la especie y la conducirán a su extinción. Las violaciones sistemáticas que producen teléfonos y correos a la esencia solitaria y desencantada de los humanos se van acumulando y cocinan el desastre que yo espero se dé en soledad, conmigo metido en una bañera caliente y no rodeado de alguna persona, y menos de una adolescente hirviendo en sus hormonas. La llegada de Ámbar me obligará a ordenar la casa para que esté cómoda. También deberé comprar una cama y ponerla en un espacio alejado de mí porque no puedo dormir con nadie cerca. ¿En la sala o en 28
mi cuarto? ¿Qué preferirá esta niña? ¿Cuánto habrá cambiado? La muerte de su madre debe haberla afectado y me preocupa ser tan desalmado y no poder ayudarla. Entonces, estoy seguro, su presencia me llevará a preguntarle cosas sobre la vida, a hablar del presente, a estar atento a los detalles. Espero que esta ansiedad que siento al pensar en Ámbar desaparezca cuando estemos frente a frente. Cómo haré para volar cuando esté aquí, en qué momentos podré disfrutar de esta soledad escandalosa que aleja las sombras de la cotidianidad y la enajenación. Tendré que esconderme de nuevo, seguramente, como si fuera un criminal de poca monta. Estoy acostumbrado a mi libertad y tal vez, al no querer renunciar a ella deba, desde un principio, dejar las cuentas claras; decirle en su cara que soy un periquero y que necesito seguir mi vida sin cambios hasta que me llegue el final del camino. Pero eso es algo muy brusco, debo tomarme con calma este momento, quizás hasta disfrutarlo. Salgo de la casa para ir a buscar a Ámbar. Ella me espera en una heladería al otro lado de la ciudad. Manejar es otro de mis placeres, sobre todo escuchando la música que más me gusta y hoy es el turno de Massive Attack. El aire acondicionado está al máximo, la ciudad se derrite de forma implacable bajo el sol del Caribe. Me detengo en un semáforo con la mano en la palanca de cambios presta a actuar. Desfilan frente a mi auto unas mujeres muy sexis con ropas descotadas y cortas. Aparto la mirada y veo a lo lejos la línea de la costa, ¿por qué nunca me fui de este lugar? Pasé algunas temporadas en Nueva York, Los Ángeles y Buenos Aires; pero siempre recalaba en este puerto lleno de personas rudas y edificaciones caribeñas, vestigios de un viejo capitalismo doméstico que ya no volverá. Debe ser eso, muchas de las obras que se erigen en las zonas nuevas y costosas –surcadas por carros veloces y brillantes–, las diseñé yo. De alguna forma, cuando muera, esta ciudad tendrá mi firma, 29
la marca que gradualmente va borrando del mapa rincones con olor a pescado fresco y trabajadores pobres. Ámbar está sentada en un largo banco de concreto pulido; tiene las piernas muy juntas y las manos sobre el regazo. Junto a su cuerpo delgado y esbelto, un bolso de acampar grande pintado de colores chillones y personajes de alguna película de Disney. Lo vulgar de aquel artículo contrasta con su ropa llamativa por lo sobria que es para su edad. Saludo con la cabeza mientras me llevo las manos a los bolsillos. El sol me encandila a pesar de que traigo puestos unos lentes oscuros. Estoy de mal humor, siento el contraste entre el calor de la calle y el interior de mi auto. Tomo su bolso y me lo tercio al hombro; con un movimiento de la cabeza la invito a entrar a la heladería. Ella se queda sentada como si no entendiera mi invitación. Entonces toca hablar, vamos a comernos un helado, Ámbar, qué pensabas. No como muchos postres, en realidad no como mucho. Al fondo del local hay un espejo que cubre toda la pared y me veo demacrado. Antes de pasar a buscarla me di una ducha, me lavé los dientes a fondo y me perfumé, pero creo que exudo el olor a licor. Mis ropas son finas, pero no ocultan que la estoy pasando mal desde hace mucho tiempo. Pedí una copa con dos sabores, es lo que siempre hago cuando como helado. Ámbar se compró una barquilla con tres sabores y, aunque pienso que es un despropósito, ella la va comiendo con pericia y ninguna gota cae a la mesa o se chorrea. Luego de terminar pido un café y ella solo me mira, sin decir nada. Parece tener un interés por mis manos huesudas y desnudas de anillos o relojes. A mí también me interesan, siempre las he visto como aliadas o enemigas, dependiendo del humor que tenga ese día. Muchas veces me ha parecido que tienen su propia personalidad, siempre entregadas por sí 30
mismas a dibujar algo que no existe y que aún permanece en el territorio de lo innombrado. Este día se concentran en definir el estado existencial de Ámbar; algo que es concreto y de este mundo, pero que no ha logrado descubrirse. Sus ojos, a primera vista, parecen mostrar un gran desinterés por las cosas que la rodean, son como espejos de vanidad adolescente, creyendo que la vida y la experiencia empiezan a partir de ellos. Más bien, si afinas la observación, son dos pozos donde se acumulan eventos tristes y sucios, esos mismos que tarde o temprano terminarán de hincharle los senos y harán de ella una mujer temerosa de ser amada. Luego de terminar mi café, volvemos a la calle y nos subimos a mi auto. Ámbar deja el bolso en el asiento trasero y por un momento duda si quedarse atrás o sentarse junto a mí en la parte de adelante. No la presiono, quiero que ella tome sus decisiones para que haga lo que salga de sus ganas. Cierra la puerta de atrás y se sienta en el puesto del copiloto, se abrocha el cinturón. Pongo en marcha mi auto y le echo una mirada de reojo antes de concentrarme en el camino: aún es una niña, aunque ha heredado la belleza de su madre y creo que hasta la superará; sus pies apenas alcanzan el piso, es muy callada o por lo menos es la pose que ha adquirido para presentarse ante mí. ¿Adónde irá si le fallo? ¿A quién recurrirá cuando yo me haya ido del todo? Quizás sería bueno pensar en alguien noble que todavía esté dispuesto a escucharme, una persona que me respete de corazón y no por mi dinero. Eso haré, se lo propondré al profesor Gallagher, un irlandés que admira mi trabajo desde los tiempos de la universidad; le pediré que la cuide si me pasa algo. Ámbar mira por la ventana sin mostrar ninguna emoción, yo tampoco le presto mucha atención porque, eso sí nadie me puede reprochar, soy un conductor responsable. Ella deja su contemplación para decirme que no le gusta mi música. Pon algo tú, le propongo. Saca un 31
cable de un bolsito de mano que tiene cruzado sobre el pecho, lo conecta a su celular y luego, el otro extremo, lo enchufa a mi equipo de sonido. La música pop adolescente de una chica comienza a sonar y Ámbar regula el volumen para que no suene muy bajo ni muy estridente. Canciones sobre el amor, las amigas, ir de vacaciones, decepciones livianas, todo atravesando la ciudad descolorida. Me imagino a una chica rubia de quince o dieciséis años, botas altas rojas o negras, un top que marca sus sugerentes senos, todo aquello que me parece tan lejano y anormal. De reojo veo que Ámbar mueve un dedo para seguir el ritmo. No es tan infeliz, por eso debo encargarme de que tenga una salida poco dolorosa si este plan falla. Llegamos a la casa cuando el sol empieza a descender, aunque aún falta para que anochezca. He dispuesto que duerma en la habitación principal, mi cama ahora está arrumada en el estudio. Pude usar una de las habitaciones que sobran en aquel gran departamento con vista a la zona más adinerada del puerto, pero sentí que eso me daría más trabajo. Ella se encerró en su cuarto y empezó a cantar. Pienso que la primera noche de estar juntos ha sido buena. Como no me gusta ver televisión, ni estar buscando diversión por Internet recurro al piano, mi viejo amigo. Toco a Liszt, la Sexta Rapsodia Húngara y al terminarla me bebo un whisky a fondo. Ámbar me miraba desde la puerta de su cuarto, lleva medias y un pijama corto. Al percatarme de su presencia, le guiño un ojo y me pongo a improvisar una de las melodías que estaba escuchando en el auto, una que la escuché tararear mientras se bañaba. Eso la hace feliz y sonríe, va hasta el sofá grande y se monta a horcajadas, dándole la espalda a los millones de luces titilantes que se devoran a la ciudad. Toco más canciones para complacer a Ámbar. Entiendo de esta 32
pequeña función que, quizás, no costará tanto trabajo hacerla feliz. Mañana debemos ir al colegio nuevo e inscribirla, meter algo de normalidad en su nueva vida. Me excuso para ir al baño. Allí consumo unos pases de fina ropa blanca con profesionalismo y rapidez. En el baño hay un ventanal que da al mar, al sucio mar de una zona oscura que las luces potentes de la ciudad no se atreven a lamer. Ámbar toca la puerta e interrumpe mi contemplación del vacío. Le abro y ella me aparta para sentarse a mear. Sobre el tanque del excusado han quedado armadas unas líneas listas para usarse. Salgo del baño y espero sentado al piano. Como su demora se me está haciendo eterna, toco la puerta y, al no hallar respuesta, la abro con cuidado. Ámbar está sentada sobre el váter. Con el dedo deshace las líneas de cocaína, suavemente, con si dibujara tonterías en una playa de arenas blanquísimas. Así hacía con las de mi mamá cuando las olvidada sobre la mesa, o sobre otra parte. ¿Eres igual a ella? ¿Te gusta esta cosa?, pregunta con curiosidad infantil. Luego se desmonta del váter, se acerca a mí y me abraza, es como si lo hubiera querido hacer durante todo el día, al fin y al cabo, soy su padre y ella es mi hija. Beso su cabeza y la sangre que me brota de la nariz mancha su frente negra. Tal vez no sea la mejor de las ideas que vivamos juntos, pero deseo equivocarme.
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Alba Vitta (@albavitta) 34
La joven
irreverente POR ALIXA ZAMORA SOLANO
Con mis pocos años, según para qué te sirvan, disfruto más hacerte enojar. Mis versos de lucha incansable despiertan intereses contrarios. Decís a conveniencia que son mis escritos, mi cerebro y mi léxico, el hilo atrayente hacia mi centro. Cortaré mis pechos y rasgaré mis labios, Coseré mi vulva y arrancaré mi cabello. Lo que quede no será más que escritos, cerebro y léxico. A ver si así te gusto.
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Pájaros
azules
POR DAMIÁN ANDREÑUK Rezo por las vértebras del vacío abro tormentas clarísimas en mis ojos cedo glebas y manos a un reino maldito todo es una promesa mustia carcomida por faros errantes. Expongo mis costillas como último candelabro asciendo al absurdo de los subsuelos transito el quejido de los murciélagos para corromper mi voz hasta su centro. Habito el beso desnudo de la hierba indago con asombro cada gesto del anochecer bebo extasiado del vértigo que me sostiene reclamo mi derecho a preferir las cenizas. Libero mis tormentos en pájaros azules en violencia en versos esculpidos por mi sangre destruyo cualquier máscara grisácea acepto este gritar desde una cueva corroída.
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Alba Vitta (@albavitta) 37
El camino migas de pan fluorescentes en el camino quĂŠ clase de caminante comienza por el encuentro Francisco GarcĂa Castro
El
hombre
solo
POR GIORGINA CERUTTI
E
l hombre solo suelta una lata de cerveza sobre la cinta negra de la caja registradora. Vuelve a encorvarse hacia el carro y toma una segunda, una tercera y una cuarta lata. A todas las deja sobre la cinta transportadora con el mismo desgano. Después, saca del carro una flauta de pan y un poco de fiambre. El hombre solo pasará toda la noche tomando cerveza y picando algo frente a la televisión. Hace años que no cena acompañado y hace años que tampoco lo pretende, que dejó de buscar consuelo en algún amor pasajero o una amistad superflua. Porque el hombre solo ya no se engaña, aunque no siempre fue así. Hasta él tuvo una vez un gran amor. Todos lo tuvimos. (Algunos, según dicen, incluso llegan a tener varios). Pero cuando él estuvo a punto de alanzar la felicidad, esa felicidad escurridiza como un globo rojo flotando sobre un parque, en ese preciso momento en el que bastaba estirar el brazo y tomarla, la dejó escapar. Se metió la mano en el bolsillo y vio cómo el globo rojo se perdía entre los árboles. Temió que con solo estirar el brazo no alcanzara y prefirió la renuncia a la derrota. Fue entonces cuando empezó a quedarse solo. Porque la soledad no viene insospechadamente un día a instalársenos en la vida. No. La soledad empieza una tarde cualquiera, una tarde como esta misma, y se va forjando despacio, alimentada de negligencias, desdenes y orgullos. La soledad, como todo gran sentimiento, se construye. Y el hombre solo sí que supo construirla. Irguió una muralla altísima 39
detrás de la que solo cabía él y su trabajo. No porque su trabajo fuera su pasión. No lo era. Ni tampoco porque fuera su sueño. Él no los tenía. No tanto por falta de imaginación, sino de valentía. Así que no se encerró con su trabajo porque este fuera su pasión o su sueño, sino porque era su excusa. Él sabía bien que a la soledad, sin pretextos, es difícil entenderla. Pero yo la entiendo. Como entiendo a todas las personas que pasan por esta caja registradora. Entiendo a los estudiantes universitarios que comen pasta todo el mes, a los padres de familia con sus niños llorones y a los recién casados con su felicidad edulcorada. Los entiendo a todos, aunque nuestra relación se reduzca a una cordialidad vacía. Y es que, al estar todo el día viendo gente pasar sin realmente hablar con nadie, aprendí a adivinar a las personas. Adivino a la mujer que se maquilla demasiado con la esperanza de encontrar el amor en un supermercado y al hombre engominado que le sonríe a cuanta muchachita se le cruza. Apestan a desesperación, porque la desesperación se huele. Y hiede. El hombre solo me sonríe y algo se rompe. Le devuelvo una sonrisa educada y miro hacia otra parte. Sigo pasando los alimentos por el escáner. Me gusta el colgante que te pusiste hoy, dice. Con ese detalle turquesa, realza tus ojos. No es la primera vez que el hombre solo me hace un comentario de este tipo. A veces me elogia el pelo; otras, las manos; muchas, la sonrisa. Sí, mi sonrisa debe ser lo que más le gusta, aunque esta tarde tocaron los ojos. Hoy están particularmente fulgurantes, si no te molesta que te lo diga, continúa. Qué tipo más cursi. Y siempre con esas palabras difíciles, como si se hubiera tragado un diccionario. Le indico cuánto es el total y le pregunto si paga en efectivo o con tarjeta. Apoya un dedo sobre el mentón y frunce el ceño, como si estuviera resolviendo un problema de física cuántica. En efectivo, responde al fin, ¿te sirven diez pesos? Me da igual, pero contesto que sí, muchas gracias. 40
No, gracias a ti, y me da los diez pesos con una sonrisa de oreja a oreja. Si sigue sonriendo así, se va a acalambrar la mandíbula. Le entrego la cuenta y, con tono tajante, le deseo un buen día. Me giro hacia la siguiente clienta, pero siento que el hombre solo sigue ahí, demorándose en recoger sus cosas. Mientras paso los nuevos productos por el escáner, levanto levemente la mirada. Lo veo alejarse cabizbajo, con las bolsas llenas de cerveza, pan y fiambre. Y me digo que, quizás, el que está solo no es el hombre.
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Heriberto Bravo (@bravopintor)
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Border POR GABRIEL CRESPO En los ojos de esa mujer Vi la tortura, La noche dictatorial del enemigo, En las tumbas del amor Mi nombre y nadie. En su lengua, La serpiente acomodada Cuando un sol de utilería Rondaba trágica, las voces. No soy tu voz, Ni las réplicas que alimentas Con tus ocasos. No soy tuyo, ni de nadie Y no canto un himno A esta derrota.
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No sabes del miedo. Ayer lo vi en los pasillos Comiéndome los huesos, Volviéndome una sombra. Cuando suenan las campanas, Apenas nace el meridiano de la noche, La militancia sueña sin cuarteles Una revolución posible, Latino americanismos. Apenas alzan el sueño, se deshojan Y solo una mujer no sueña, Alimentada por el odio, se sienta a conversar con el viento en el silencio de la tarde.
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Alopecia La soledad despoja de aĂąos Las tierras donde anidan Los sueĂąos Queda la lealtad del silencio frente al espejo. Lucas Herrera
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Los 700 retratos
de la casa Verbel POR CAMILO OLARTE
ritratto che scompare per el effetto del calore del cuscino elettrico I
U
n trazo de lava hirviente se cuela en el retrato de un hombre que solo tiene un ojo y su sonrisa perpendicular es la curva de un genio. En el orificio del otro ojo un parásito amarillo se retuerce y le da cierta vitalidad al retrato. Cadmio. Sentado al frente de su caballete, leyó nuevamente el mensaje publicado en la página de craigslist sin poder precisar a ciencia cierta la naturaleza del trabajo pictórico: “Se busca joven retratista con influencias de Frank Auerbach, Max Beckmann, David Hockney, Jenny Saville y Mao Yan. Paleta vivida: verde bluastro, giallo chiaro, arancio scuro, grigio freddo, cyan y carminio. De preferencia que no haya leído nunca a Carlos Fuentes. Italiano aceptable”. 6:00 pm. Flora Verbel 47
II Las nubes fungosas se deslizan en el cielo de La casa Verbel enclavada en un viejo hato ganadero de las llanuras de Sincelejo. La propiedad pertenecía a una vieja familia inmigrante italiana que nunca adoptó las costumbres paganas de la etnia Zenú. Los primeros habitantes de la casa arribaron a finales del siglo XIX a las planicies del departamento de Sucre y en sus enceres trajeron la tecnología del daguerrotipo y cubrieron las paredes de la casa con todo tipo de retratos de curas, políticos y ganaderos que se fueron diluyendo con el tiempo. Cuando los trenes dejaron de llegar a la estación cercana a la casa, se vieron obligados a compartir los alimentos de los indios Zenú. Asqueados por el sabor de los tubérculos y las colaciones cocinadas por los indios, decidieron consumir, sin sospecharlo, las raíces de la hiedra venenosa y poco a poco perdieron los dientes, los glóbulos de los ojos y los arietes de la razón. Las mujeres se destiñeron de tristeza, sumidas en la tierra como flores muertas y dejaron los fogones de la cocina prendidos, provocando un incendio en la casa. Los indios de los alrededores observaron las llamas, desde lejos, con una sonrisa leve en las comisuras de los labios, regocijándose por la desgracia de los Verbel, manteniendo la distancia como si las rejas que rodeaban la casa proyectaran una línea limítrofe ondulada y un poco siniestra. III Al llegar a la entrada de la casa Verbel, Elías Senzo, retratista por falta de fiambre, se hizo paso por entre una verja violeta y se sumergió en un pasillo zigzagueante que daba al portón principal.
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Sonó el timbre varias veces, pero nadie vino a buscarle. Prosiguió por el pasillo y atravesó una puerta pequeñita y rutilante que llevaba a un jardín interior. En medio de las plantas enredaderas que reducían el espacio del patio, se percató de tres sillas desvencijadas, una mesa de madera crepitante de termitas y unas cuantas tazas de café que despedían un humo con volutas de azúcar amarga. Elías también se percató de un indio silencioso, oculto en el follaje que cubría el costado izquierdo de la reja escarlata. Estaba barriendo las hojas muertas del jardín y sin mirar al pintor desapareció por una puerta que daba hacia interior de la casa. Ya conocía a los indios testarudos de Sincelejo. No le sorprendió que saliera corriendo al verlo y, antes de sentarse en la mesa del patio, se asomó por la rendija de una ventana que daba al interior de la casa: una figura recostada en una especie de mecedora danesa con un vestido negro y botones anaranjados. El pintor agudizó su visión un poco más buscando una luz que le mostrara la composición que rodeaba a esa mecedora y a la figura que se mecía en ella…observó profundamente y quiso creer que había algo más alrededor de ese objeto: una instalación mórbida pero luminosa recubierta por una especie de elástico viscoso… Se preguntó si era la de la señora Flora Verbel o tal vez un altar pagano del indio Zenú. IV Se encontraba solo en el patio interior revisando su cartuchera de cuero y pasando las yemas de los dedos por las cerdas de sus pinceles aún frescos. Retenía en sus ojos la taza de café espesa como el cielo, los insectos verdes 49
y amarillos, esperando que la figura con botones naranja se moviera de la mecedora y saliera al patio para recibirlo. Se sentía embelesado por el hedor a miel de caña y aguardiente destilado que lo envolvía todo: la casa envuelta por una verja ondulante como un dragón fosfórico, el sol burbujeante de rayos plutónicos… Una voz grave retumbó por la puerta del patio: —¿Es usted Elías Senzo? ¿Dónde está su paleta de oleos? —Le spiace se…fumo? —dijo Elías buscando la voz que lo interpelaba. —La señora Verbel no lo puede atender hoy. Es mejor que vuelva otro día con los pigmentos apropiados. —¿Es la señora Verbel quien duerme en la mecedora? —En realidad, eso a usted no le incumbe, señor Senzo, y por favor salga por donde entró. La figura de la mecedora se escabulle por la oscuridad del interior y Elías Senzo se precipita por la puerta que da al interior de la casa persiguiendo los resplandores de una sombra fugaz. —No, aspetta, aspetta, per favore... Ahora un corredizo que antes no había visto parecía estar iluminado por los últimos rayos del sol ya casi rojizo. La curiosidad, o tal vez el hambre, condujo al pintor hacia una habitación repleta de retratos desfigurados; oleos quizá demasiado intoxicados de polvo o de pesadez existencial, y en una esquina: un caballete con un lienzo blanco como si lo estuviese esperando. Elías Senzo se acercó al caballete lentamente y, antes de encender una lámpara fortuita, escuchó la misma voz desde las sombras. 50
—Señor Senzo, le dije que se retirara y volviera con su paleta de colores completa. Si utiliza los viejos oleos de esta casa, le aseguro que no podrá imprimir la belleza de la señora Verbel en su retrato. —Sei la signora Flora Verbel? —se dirigió interrogando a la pared o la figura inserta en los retratos demasiado oleaginosos sin saber a quién exhortaba. Finalmente, la luz de la lámpara aumentó su clamor y le enseñó a una señora rubia con un rostro lleno de hongos y torso semidesnudo que había sido rasguñado por los años. A pesar del esfuerzo de la luz proyectada por la lámpara, tuvo que agudizar nuevamente su visión retorciendo la oscuridad a tal punto que sus ojos brotaron como dos bujías lúgubres y los botones naranjas que antes percibió eran, en realidad, los ojos de un animal amarillo de seis ojos volcánicos y la mecedora danesa hacía parte de las extremidades y el esqueleto convexo del animal. El pintor Elías Senzo observó con detenimiento al animal y tragó un poco de saliva. Pensó en el oneroso cheque que prometía la señora Verbel y con un gesto de cortesía pronunció: —Estos pigmentos van muy bien y además aquí tengo mis pinceles que brindan toda la seguridad necesaria. Non preoccuparti, signora Verbel, il suo ritratto sarà pronto al più presto… —Pero se trata de un “oggetto misterioso…” – pronunció en voz baja la señora Verbel. —Colosó, ¡anda! Prepara la lumbre y trae la paleta de Bizancio —prosiguió la señora Verbel dirigiéndose a la sombra del indio Zenú incrustada en la pared llena de retratos semicalcinados.
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VI El retratista hace los primeros esbozos del rostro de la vieja ganadera Flora Verbel que está a contraluz, rodeada por una cola de zorro ígneo y un gato fenicio carcomido por un destello amarillo. Los hongos faciales son también de color amarillo y por el resto de su piel el pincel divaga entre tonalidades violáceas, corrugadas por la oxidación del aire, el níquel de los gusanos y los constantes cambios de luz que van desvaneciendo las manos del pintor: un autoritratto. Se torna ahora en la sombra del mismo pintor llena de marismas a la altura del cuello como una herida difuminada y sus lóbulos como soles sangrientos y la cien con trazos salvajes de Francis Bacon. Colosó, el indígena Zenú, se acerca con una tinaja llena de oleos Holbein y rebana el rostro de Elías Senzo con un machete demasiado filudo, como si amputara los espacios ígneos de unos ojos demasiado presurosos por encontrar las dilaciones del color en una trama de oscuridades subrepticias. Musita: Vengo da uno strano regno, Vengo da un’isola illuminata, Vengo dagli occhi di una donna. El animal extiende sus miembros viscosos y se levanta de la mecedora cubriendo sus pústulas y cuelga el retrato del Elías Senzo en la pared que ahora atesora los 700 retratos de la casa Verbel. Cadmio.
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El taller
de pésimos haikus POR K-1000-O
Marx fue pobre en Soho. Los poetas somos la parte más necia del necrocapitalismo. iii
La mar absorbe los dedos de los argonautas. La mojarra con patacón carece de limón iii
Las hileras de muertos son graciosas en Colombia. Gusanillos con boinas guerrilleras.
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Máscaras POR SAMUELE ARBA
Quiero volver a verte el próximo sábado con tu máscara de hipopótamo feroz dulce caballo apaleado. Quiero observar tu furia reprimida tu rabia animalesca. Quiero volver a verte a ti también pequeña tortuga tan lenta y tan rápida para esconderse dentro palabras abstrusas que no están dichas por decir algo. Presume de tu mascara de león y devóranos Yo primero. Y tú, ridícula y osada gallinita, con esos ojos penetrables e insulsos con tu quehacer estereotipado enséñanos tu máscara de hiena. Ríete, desafíanos, muerde y huye con la cola entre las piernas. Mientras yo, curioso caracol con los ojos fuera de las órbitas útil solamente para no hacer nada, para sacar mi terrible, 54
sanguinaria, brutal y malvada ira yo lucirĂŠ la mĂĄscara del hombre
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De Homero Decía Rabelais que Homero no escribió jamás con el estómago vacío Digo más, es Homero quien aún mastica Francisco García Castro
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Recuerdos
de un pescadero POR GUILLERMO RAMOS CALLEJA
A
ún recuerdo sus besos, sus largos y húmedos besos. La manera apasionada con la que hacía sangrar mi boca cuando jugueteaba con su rádula alrededor de mi lengua. De todas las parejas con las que compartí parte de mi vida, fueron sus fríos mimos los que más frío ardiente me transmitieron. Por las noches, al regresar de la pescadería, seguía su rastro de baba en la tarima del apartamento hasta llegar a su encuentro. A veces, las que más, la sorprendía delante del pequeño acuario que decoraba una de las paredes del salón, observando casi hipnotizada los peces de colores que me veía obligado a reponer todas las semanas. Otras, dentro de la bañera en la que tanto disfrutaba de sus abluciones rituales a base de agua helada y sal. Entonces juntábamos nuestros cuerpos y entonces el mundo… el mundo desaparecía entre abrazos y gemidos. Cuando la pasión excedía los límites, sus tentáculos abrazaban mi cuello y llegaba al desmayo por falta de oxígeno; esa petite mort, lejos de asustarme, me hacía sentir más vivo que nunca. Hoy, mientras coloco el género recién traído de la lonja, sigo arrepintiéndome de aquel domingo festivo en el que me tragué a mi amor después de cocerlo.
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Letargo POR FABRIZIO MAS GRIMALDI Nos hallamos sumergidos en un sueño pesado entrecortado por enigmáticas pesadillas mientras en las calles se oyen gritos la masa huye aterrada de las hienas hambrientas escuadrones de la muerte sus hocicos empapados de la sangre de los vencidos Frívolos verdugos de estúpidas sonrisas automáticas agregan arbitrariamente ceros a la deuda alimentando nuestra ruina mecanizada y miles de engranajes consumidos en su incendio se unen a las filas del desempleo para agachar la cabeza y ganar miserables sueldos de hambre En cuanto algunos vamos cayendo sin el paracaídas de Altazor cadáveres vagabundos pueblan las calles con sus infelices restos presos en su inmunda gusanera y tú-iluso sigues sin preguntarte ¿por qué te contentas con las migajas?
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Heriberto Bravo (@bravopintor)
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Flor Galarza (florgalarza.com)
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