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I

Descendí a toda prisa hasta el extremo de la última sábana y comencé a balancearme.

A unos siete pies a mi izquierda, se erguía una vivienda que unía su fachada a la del palacio de Aureliano. Lo malo era que, aunque consiguiera alcanzar el ángulo de caída necesario, su tejado estaba aún a una buena caída de donde me encontraba. Pero era eso o dejarme caer desde una altura de más de veinte pies hasta el duro pavimento de la calle. En cuanto a los guerreros jutos, creyendo quizá que mi balanceo se debía a que el pánico me había hecho perder la cabeza, tuvieron a bien ayudarme dándole impulso a mi escala desde la ventana entre risas y gruñidos. Su diversión, sin embargo, no duró mucho. Uno de ellos no tardó en percatarse de lo que me proponía y, tras llamar la atención de un compañero propinándole un codazo, asomó su hacha y la descargó contra la sábana. Gracias a los dioses, no dio muestra de demasiada perspicacia, ya que lo hizo en el momento más oportuno para mí: justo cuando mi cuerpo se impulsaba en dirección al tejado. Caí rodando sobre las tejas haciéndolas saltar por los aires y, un segundo después, un hacha juta se estrelló a pocas pulgadas de mi pierna. Levanté la mirada. Los bárbaros estaban amarillos de pura rabia. Rugiendo igual que animales salvajes, enseguida echaron mano de los arcos que llevaban colgados del hombro. Me incorporé de un salto notando un intenso aguijonazo en la rodilla. ¿Cuántas veces más iba a tener que lastimarme antes de que acabara aquella pesadilla? Corrí por el tejado y, una vez alcancé el extremo contrario, no me costó demasiado saltar al de la casa contigua, cuatro pies más abajo. Un par de flechas pasaron silbando junto a mis oídos. Los condenados tenían buena puntería. Por desgracia, no pasó mucho antes de que viera frenada mi carrera de sopetón. Ya no me quedaban más tejados a los que saltar. A mis pies se extendía una caída de la altura de casi tres personas adultas. Mi único consuelo era que abajo ya no se encontraba el duro pavimento, sino las oscuras y gélidas aguas del Tamesa. Valiente consuelo, por cierto Apuesto a que en este momento os estaréis diciendo: «Tres personas, una puesta encima de la otra, es bastante altura. Pero no tanta como para no intentar correr hacia otro extremo del tejado y descolgarse por allí hasta la calle. Máxime cuando un par de jutos están haciendo prácticas de tiro al blanco con uno». Pues sí, reconozco que bien podía haberlo hecho. ¿Pero de qué me habría servido? La ciudad rebosaba de jutos vociferantes y sedientos de sangre. Bien es cierto que, a excepción hecha de mis perseguidores, ninguno de ellos había reparado aún en mi presencia. Pero no creo que hubiera logrado


llegar demasiado lejos de haberme echado a las calles, dado el ambiente de matanza y desenfreno que en ellas reinaba aquella noche. Mi única opción, si quería tener alguna posibilidad de abandonar Londinium con vida, era el río. Salté al agua y mi vuelo se vio acompañado de cerca por el de de otro par de flechas. Tras el intenso pero breve vértigo de la caída, llegó el tremendo encontronazo con el agua. Los glaciales dedos del Tamesa me agarraron con una violencia tal que mi pecho expulsó de golpe todo el aire que contenía. Contuve la tentación de pegar una bocanada que habría llenado de agua mis pulmones y braceé hacia la superficie. Me castañeaban los dientes de puro frío. Sentía los músculos de los brazos y de las piernas contraídos y mi estómago se había encogido aumentando los retortijones que lo atenazaban. Y por si fuera poco, mis ropas se habían convertido en un lastre que se empeñaba en tirar de mí hacia el fondo. Cuando por fin logré sacar la cabeza y respirar, me costó unos segundos orientarme. A mi izquierda estaba la ventana abierta con los dos bárbaros aún intentando acertarme con sus flechas y al frente el puerto de la ciudad, ahora devorado por las llamas junto con la gran mayoría de los barcos allí atracados. A mi derecha se encontraban los arrabales de la otra orilla del río. Pero por desgracia el caos también se había extendido hacia allí, a juzgar por las casas que se consumían en las llamas de, al menos, una veintena de incendios. Comencé a nadar. Tenía que salir del agua cuanto antes si no quería que mi corazón reventara por lo extremo de la temperatura a la que estaba siendo sometido. No sé por qué, me dirigí hacia al este, río abajo. Puede que después de todo lo acontecido mi cuerpo se negaba a volverse hacia el oeste. No hacía falta ser un lumbreras para llegar a la conclusión de que el pendraig me quería ver muerto. Mi presencia en Londinium no había hecho ninguna falta. Conmigo o sin mí, los jutos habrían tomado la ciudad y matado a Aureliano. Y por cómo le había hablado antes el rey Gwyrangon a aquel centurión, no cabía duda de que desde el principio había tenido intención de reclamar el gobierno de la ciudad al completo para sí. Así que ¿qué narices pintaba yo allí? Yo os lo diré: nada. El pendraig me había enviado para deshacerse de mí, con la esperanza de que los jutos me hicieran pedazos y no regresara jamás. Tal y como le había visto hacer al rey Gwthr un año atrás, me arranqué el medallón que me había dado el pendraig y lo arrojé lejos de mí. Lo oí caer al agua con un hueco chapoteo, aunque por muy poco no terminé ahogándome yo con él. Por culpa de la rabia que me cegaba y la fuerza del impulso, tragué sin querer una bocanada de agua y la impresión me hizo sumergirme a varias cabezas por debajo de la superficie. Salí al aire de nuevo braceando como un poseído y me llevó un par de minutos recuperarme de los estertores y la sensación de asfixia.


Seguí nadando en paralelo a los arrabales, aunque aproximándome poco a poco a la orilla meridional. No tardó en destacarse contra el cielo nocturno la enorme mole del puente que cruzaba el río desde la puerta sur de la ciudad. Nadé hasta uno de los pilares y me aferré a él para recuperar el aliento. Mis fuerzas y mi ánimo iban mermándose por momentos, y aunque sabía que si me detenía corría el riesgo de quedarme congelado y caer a pique hasta el fondo como un barco con la popa agujereada, mi cuerpo maltrecho y aterido me pedía a gritos que le concediera un par de minutos para reponerse. Un grupo de jutos pasó ruidosamente sobre mí en dirección a la ciudad. Llevaban varias antorchas que les arrancaron destellos a las aguas al deslizarse su reflejo sobre la superficie. Me abracé cuanto pude al pilar, temeroso de que me descubrieran. Pero ¡qué tontería! Había demasiado por saquear, matar y violar en Londinium como para que tuvieran tiempo de asomarse para mirar si había algún pobre diablo metido en el agua bajo sus pies. Y de haberme descubierto, ¿qué habría ocurrido? Quizá les diera por arrojarme algunas flechas para ver quién de ellos era capaz de acertarme. Nada en comparación con lo que había tenido que pasar aquella noche. Cuando sus pasos se perdieron en el rumor procedente de la ciudad, continué nadando. Tras lo que se me antojaron horas, dejé por fin atrás los arrabales y pude dirigirme en línea recta hasta la orilla. No tardé en hacer pie, y medio al trote medio nadando, por fin llegué a suelo firme. Me abracé a la arena fangosa y salpicada de nieve musitando una plegaria de agradecimiento a la Diosa. La tentación de quedarme allí tendido era demasiado grande, pero sabía que si lo hacía no llegaría a ver la luz del día. A un par de estadios de allí, se recortaba el resplandor de una casa prendida en llamas, una vivienda bastante apartada del resto de los arrabales que tampoco se había librado del saqueo y la destrucción. Fuego. Calor. Sin tener en cuenta el peligro que conllevaba, me puse en pie y corrí hacia allí. El frío no me dejaba razonar. Era bastante probable que los bárbaros aún rondaran por la zona, pero si no conseguía entrar en calor de inmediato, moriría allí mismo como un perro vagabundo en mitad del invierno. Cuando por fin llegué allí, lo primero que hice fue arrojarme lo más cerca que pude del fuego. No conseguía decidirme sobre qué parte de mi cuerpo debía calentar primero: las manos, los pies, las piernas, el rostro... Me debatía cambiando de postura constantemente en una estrambótica danza que sé que a más de uno le habría arrancado una carcajada. Cuando por fin recuperé el dominio de mi raciocinio, examiné los alrededores. Había varios cuerpos inertes desperdigados por el lugar, algunos con tremendas heridas de las que aún manaba la sangre, otros con el cuello retorcido en un ángulo imposible y, los menos, sin ninguna señal que dejara adivinar a golpe de vista el motivo de su muerte.


Por suerte, no había a la vista ningún guerrero juto, ni vivo ni muerto. Mas sosegado, me tomé mi tiempo para secarme. Me quité las ropas y las tendí sobre un enorme leño, cerca del fuego, para que se secaran cuanto antes. Pero no aguanté desnudo ni cinco minutos. A pesar de la proximidad de la hoguera, el frío era tan intenso que no tardé en verme saltando con los pies descalzos sobre la nieve helada en busca de ropa que poder tomar prestada de alguno de los muertos. Enseguida encontré a un tipo aproximadamente de mi complexión al que le habían atravesado la cuenca del ojo con una flecha. Su sangre apenas había dejado unas pequeñas salpicaduras en la túnica. Eran ropas de campesino, toscas y mugrientas, pero menos daba una piedra. Lo arrastré hasta las proximidades de las llamas, lo desnudé sin demasiados miramientos y me vestí con su túnica y sus calzones. Aquello ya era otra cosa. Tras calzarme sus babuchas y demorarme un rato junto al fuego para entrar en calor. Retomé mi examen con el resto de los cadáveres. Si alguna vez habían llevado algo de valor, los jutos se lo habían arrebatado sin miramientos. Ni dinero, ni joyas, ni armas... ¡Nada! Con todo y con eso, conseguí una segunda túnica de cálida lana que no dudé en ponerme encima de la que ya llevaba, un par de botas de piel que pasaron a convertirse en unas fabulosas sustitutas de las babuchas del primer cadáver, un gorro y un par de mantos. Me puse uno sobre los hombros y el segundo lo utilicé para envolver mis ropas aún húmedas y llevarlas al hombro a modo de hatillo. Y había conseguido entrar un poco en calor y no tenía la menor intención de demorarme allí más tiempo del necesario. Por detrás de la casa corría un arroyo que iba a morir al Tamesa. Lo seguí corriente arriba. Semanas atrás, cuando me dirigía hacia Cantia a la cabeza de las huestes de Aureliano, había visto un riachuelo similar correr a intervalos junto a la carretera durante un par de millas. Seguro que era el mismo y no tardaría en juntarse con ella. No sabía adónde iría después. Me sentía demasiado agotado, dolorido y abatido como para ponerme a pensarlo en ese momento. Pero quizás en la carretera me topara con alguien que me prestara auxilio. Era bastante improbable, pero era la única esperanza que me quedaba en ese momento. Efectivamente, no tardé en toparme con aquella ancha calzada de piedra que se dirigía al sur durante algunas millas para luego girar hacia el este, en dirección a Cantia. Pero, como era lógico, en aquel momento no pasaba ni una sola alma por allí. Estábamos en mitad de la noche y, además, ¿quién iba a querer viajar entre Cantia y Londinium después de lo ocurrido sino los mismos bárbaros que habían tomado la ciudad o las propias tropas del rey Gwyrangon? También podía rodear la ciudad en busca de otra vía, pero para eso tendría que cruzar el Tamesa, y ni en sueños pensaba volver a hacerlo a


nado. El puente, que conducía directo al interior de la ciudad, no era desde luego una alternativa. ¿Y cuáles eran mis otras opciones? Me dejé caer derrotado con la espalda contra un roble no muy lejos de la carretera. Demasiado agotadoras como para pensar en llevarlas a cabo en ese momento: recorrer la orilla con la esperanza de encontrar alguna barca con la que cruzar el río o buscar algún sendero o camino secundario que me llevara hasta Calleva, la capital de los atrebates. Quizá si le contara lo sucedido en Londinium al rey Cynyr y le rebelara cuanto pudiera sobre el pendraig, lograra persuadirlo para que me ofreciera asilo. En aquel momento era un proscrito de mi señor, sin hogar ni un lugar al que acudir. No es que fuera algo oficial, pero estaba claro que había intentado acabar con mi vida en Londinium. Y si regresaba a Gwent, lo más seguro es que se valiera de cualquier excusa para hacerme ejecutar. Entre este y otros pensamientos, me quedé dormido casi sin darme cuenta arrebujado en mi manto. Desperté a la mañana siguiente, con los miembros ateridos de frío pero agradecido por la calidez que me proporcionaban unos pocos rayos de sol que habían logrado atravesar la maraña de ramas desnudas que flotaba sobre mi cabeza y ahora caían directamente sobre mi rostro. Había conseguido sobrevivir a la que con diferencia había sido la noche más difícil de mi vida. Me puse en pie. Aunque me costó un poco que mis piernas se calentaran lo suficiente como para dar un paso sin caerme de bruces al suelo. No tenía ni idea de cuánto había dormido, pero el sol estaba ya bastante alto. Además, me sentía bastante descansado y, cosa curiosa, la única herida que aún me dolía era la del hombro. Y con todo, aquella leve palpitación punzante no era nada en comparación con la agonía que había estado sufriendo durante mi huída de la noche. Supongo que cuando lo que está en juego es la vida de uno, las cosas que hasta hacía poco se nos hacían un mundo se acaban convirtiendo en una nimiedad en comparación. O puede que la mayor parte del dolor de una herida únicamente se encuentre en nuestra cabeza. Quién lo sabe. El caso es que ahí estaba, tan fresco como una manzana y rebosante de energía, sintiéndome capaz incluso de llegar corriendo hasta Calleva. Un relincho lejano me sacó de mi ensimismamiento. Subí hasta la carretera y me asomé con precaución entre los árboles. Se aproximaba un grupo de guerreros jutos procedente de Londinium. Era bastante numeroso, lo menos cien hombres. Llevaban consigo caballos y varias carretas, cargadas seguramente con los frutos de su saqueo a la ciudad. ¡Qué bien me habría venido hacerme con una de aquellas monturas! Corrí a esconderme tras unos matojos. En cuanto pasaran de largo, pondría rumo a Calleva. Merodear por la orilla del Tamesa en busca de alguna embarcación tal y como había planeado durante la noche se me antojaba demasiado arriesgado ahora, a plena luz del


día, cuando cualquiera podría verme desde las murallas de Londinium. Contemplé el grupo de bárbaros mientras pasaba por delante de mi escondrijo. Me había quedado corto al estimar su número. Había lo menos trescientos. Llevaban los caballos cogidos de las riendas, y sólo unos pocos se habían animado a montarlos. Entre ellos, aquel bárbaro de aspecto imponente que Gwyrangon me había presentado como Hengist, el rey de los jutos. Cabalgaba con porte regio y gesto adusto, la vista fija en el frente y sin decir una sola palabra, a pesar del ánimo festivo que impulsaba al resto de sus hombres, quienes caminaban entre voces y risotadas, jactándose probablemente unos y otros de las proezas llevadas a cabo durante la noche. Varios pellejos de vino y picheles de cerveza pasaban de mano en mano sin descanso. Casi todos iban tan borrachos que no habrían reparado en mi presencia ni aunque me hubiera sentado a verlos pasar al borde de la calzada. Hombres, caballos y carromatos siguieron desfilando por delante de mi único ojo. Llevaba varios minutos contemplándolos, cuando uno de los vehículos captó mi atención. Se trataba de un carro bastante viejo y rudimentario, de los que utilizan los campesinos para transportar el heno o el grano. Pero en lugar de eso, sobre él habían depositado una enorme jaula, ideada para albergar en su interior un animal de grandes dimensiones, probablemente un oso. Y caminando junto a ella, una especie de hechicero, chamán o como los jutos quisieran llamarlo, se afanaba en mortificar a quienes quiera que estuvieran encerrados dentro a costa de escupirles maleficios danzando alrededor de la carreta mientras agitaba una calavera clavada en un palo y les arrojaba todo lo que encontraba por el camino, como piedras, ramas e incluso bostas de caballo. Todo un ejemplo de sabiduría y religiosidad, desde luego. Cuando los tuve más cerca, pude ver que los cautivos eran dos, pero hasta que la jaula no pasó por delante mío, no llegué a distinguir sus rasgos con claridad. Y entonces no cupe en mí del asombro. ¡Se trataba nada menos que de Lucio y el obispo Vitalino! La sorpresa me dejó un tanto conmocionado. Una parte de mí reaccionó casi al instante, instándome a cumplir la palabra que le diera la noche anterior a Aureliano y a acudir en ayuda del chico. Pero la otra ya se había hecho a la idea de partir para Calleva esa misma mañana. Me moría de frío y cuanto antes me pusiera en marcha antes podría reposar mis doloridos y ateridos huesos en un lugar caliente y confortable. Además, ¿qué habría podido hacer yo contra semejante caterva de salvajes? Sin embargo al final logró imponerse mi lado noble, aquél que aún creía en el compromiso de la palabra dada. Aunque también me juré a mí mismo que aquella sería la última vez. Los justos e idealistas no suelen durar mucho en este mundo. Dejé que pasara el grupo al completo y después lo seguí a distancia prudencial, sin abandonar el abrigo de


los árboles en ningún momento. Quizá se me presentara alguna oportunidad propicia para acercarme hasta el carromato. Y si no, al menos podría saber adónde se los llevaban. Pasé de esta guisa lo que restaba de día. De vez en cuando, algún juto de la caravana parecía intuir mi presencia y se volvía hacia la espesura, lo que me obligaba a arrojarme sobre el primer escondrijo que encontraba a mano. También los había que se separaban de la carretera para orinar, o incluso para vaciar el contenido de sus tripas. Si la cosa era rápida, bien, sólo tenía que aguardar unos segundos a que el bárbaro terminara y, después, él uno por la calzada y el otro entre la espesura, enseguida dábamos alcance al grupo. Pero como el tipo estuviera aquejado de estreñimiento o de una fuerte diarrea, podía tirarse allí de cuclillas hasta bastante después de que el último carromato hubiera desaparecido de la vista. La paliza que me tenía que dar entonces es digna de tener en cuenta. A veces me veía obligado a correr tan deprisa como me era posible durante más de una milla, siempre saltando de un árbol a otro, o detrás de las piedras y los matojos, para evitar exponerme a los ojos de aquel que me había obligado a retrasarme de ese modo. A veces incluso, aún no había logrado dar alcance a la caravana, cuando me topaba de bruces con otro bárbaro apurando sus urgencias y me tenía que ocultar de nuevo. Entonces sí que me daban ganas de estrangularlo ahí mismo. Pero no lo hacía, desde luego. Arrojarme sin un arma en las manos sobre un curtido guerrero armado hasta los dientes, por muy comprometida que pudiera ser su situación en ese momento, no estaba desde luego en mi lista de cosas por hacer. Hasta que me topé con el albino. Era un bárbaro como todos los demás. Grande, peludo, de ademanes hoscos y cubierto de hierro y pieles. Pero había algo que lo diferenciaba de los demás: su barba y cabellos eran de un tono extremadamente claro. Tanto que de espaldas casi llegué a confundirlo con un anciano. Su piel y sus ojos, por otra parte, eran también bastante pálidos, aunque en esto tampoco es que se diferenciara demasiado del resto de individuos de aquella tribu tan rubicunda. En realidad era su pelo lo que más llamaba la atención. En apariencia, el tipo en cuestión se había retirado a orinar, tal y como llevaban haciendo sus compañeros durante todo el transcurso del día. Me oculté igual que había hecho con el resto, por supuesto. Siempre echaban una ojeada a su alrededor antes de centrar toda su atención en el asunto que tenían entre manos. Lo malo es que las atenciones que éste le prodigaba a dicho asunto terminaron dilatándose mucho más tiempo del que era de esperar. Esperé un par de minutos. Tres. Cinco. Pero el bárbaro no se animaba a terminar. ¿Estaría aquejado de una sífilis de esas tan dolorosas que convierten en un tormento cada gotita de orina que uno consigue expulsar? Me arriesgué


a asomarme un poco más para ver cuánta había en el suelo o si había quizá algo de naturaleza menos saludable. Pero allí no había ni lo uno ni lo otro. ¿Qué demonios estaba haciendo aquel imbécil? Hacía ya un buen rato que la columna de bárbaros se había perdido de nuestra vista. Entonces caí en la cuenta. Lo supe por el movimiento de su brazo, por la flojera que se percibía en sus rodillas. ¡Aquel cerdo se la estaba pelando! ¡Tenía que dejar que la caravana se alejara cada vez más sólo porque a un juto pervertido le habían entrado ganas de machacársela en mitad de la foresta! Entonces perdí el control. Mis piernas echaron a andar por sí solas. Intenté hacer que se detuvieran, pero ya no obedecían más que a sus propios impulsos. Aterrorizado, veía como la espalda y la enorme cabeza blanca y greñuda del juto iban estando cada vez más y más próximas. En cualquier momento miraría atrás y, antes de que pudiera siquiera darme la vuelta para escapar, ya me habría atravesado de parte a parte con su espada o partido en dos de un hachazo. Pero no lo hizo. Estaba tan concentrado en su propia entrepierna que no oyó mis pasos acercándose por detrás, no vio mi sombra deslizarse por su lado cuando me agaché para coger un pedrusco del suelo —juro que esto tampoco lo hice por propia voluntad—, y creo que ni siquiera se enteró cuando finalmente le partí el cráneo en dos. Calló al suelo con un gemido ahogado. Unos pequeños regueros de sangre brotaron por los oídos y las comisuras de los ojos del albino, regando con una ofrenda tan antigua como el mundo las raíces de aquella encina que momentos antes había intentado contaminar con su propia semilla. Miré alrededor horrorizado por lo que acababa de hacer. No por el hecho de haber matado a uno de esos bárbaros piojosos, desde luego. No era el primero ni sería el último. Sino por la temeridad de mi acto. Creo que en ese momento me juré a mí mismo que nunca más volvería a hacer nada que conllevara un peligro tan desproporcionado. Tan pronto como cayó la noche, la caravana abandonó la carretera por un sendero que partía de su margen izquierda. Un par de millas más adelante, se detuvieron y formaron un círculo con los carros en una explanada que terminaba abruptamente al borde de un profundo acantilado. Encontré un buen lugar para esconderme entre unas rocas desde las que se dominaba todo el campamento y aproveché para abrocharme bien las hebillas y correas del peto de cuero que había tomado del cuerpo del albino. Olía peor que una letrina de campamento en tiempo de sequía, pero era lo único que tenía. Después, me ajusté el cinturón con su espada. Aunque tampoco estoy demasiado seguro de que llamar así al arma de aquel bárbaro sea lo más correcto. En realidad, se trataba de una especie de cuchillo largo, algo más pequeño y estrecho que el gladio romano. Con el tiempo descubriría que se trata de una espada muy popular entre los jutos, pero sobre


todo entre los sajones. Seax, la llaman, y de ella deriva el nombre de esta tribu de piratas sanguinarios y desalmados. Un pueblo de bandidos sacando su nombre de un cuchillo. No se me ocurre nada más apropiado. Cuando los guerreros jutos se reunieron en torno a la hoguera para cenar, pude burlar la vigilancia de uno de los centinelas que había apostados alrededor del campamento y me deslicé bajo las ruedas del carro de Lucio. Oí unos murmullos sobre mi cabeza y agucé el oído. Al parecer, el obispo Vitalino le estaba contando al pobre Lucio su experiencia particular con los guerreros jutos en Londinium. ¡A saber cuánto tiempo llevaría martirizándolo con su parloteo! —¡Fue horrible, joven Lucio! ¡Horrible! —lloriqueaba el obispo—. Esos monstruos no tienen perdón de Dios. Me llevaron al atrio con el centurión Virio y sus hombres. Allí, tendidos en la nieve, había docenas de cuerpos de soldados. Todos muertos. Destrozados. El centurión Gneo estaba tirado contra una columna con las tripas abiertas. Los perros de vuestro padre se disputaban entre sí los pedazos de su intestino como si de salchichas se tratara. Nos arrojaron a los seis contra el suelo, junto a los cadáveres. Después, se abalanzaron sobre nosotros. Les cortaron la garganta uno a uno: a Rufino, a Aulo, a ese muchacho de las mejillas sonrosadas y mirada de muchacha... Yo no podía dejar de gritar. Uno de esos bárbaros se agachó sobre mí, hincó su rodilla en mi espalda, me agarró del pelo y tiró de mi cabeza hacia atrás. Iba a matarme. ¡A matarme! Aquella horrible cuchilla empapada en la sangre de los demás estaba a punto de seccionarme la yugular. Me revolví desesperado en un intento de escabullirme. Otro de los bárbaros se acercó y me sujetó de los brazos. Reía sin parar y yo le supliqué clemencia en la lengua de los francos. Es una lengua emparentada con la de estos salvajes, ¿sabéis? Y aunque ya lo daba todo por perdido, mis dos agresores parecieron vacilar y se miraron el uno al otro. Yo aproveché la oportunidad para seguir hablando. Dije un montón de cosas sin sentido. Palabras sueltas. Lo primero que se me pasaba por la cabeza. ¡Y funcionó! »Comenzaron a discutir entre ellos. Uno de los jutos seguía empecinado en matarme, pero el otro no paraba de gritar. Apenas los entendía, pero creo que hablaba de entregarme a su rey y de alguna clase de recompensa. La discusión se acaloró y terminaron propinándose golpes el uno al otro. Los demás salvajes formaron un corrillo alrededor y yo gateé hasta un rincón. No me avergüenza reconocerlo, joven Lucio: temblaba de pies a cabeza. —¿Se peleaban por vos? —lo interrumpió Lucio. Oí cómo se sorbía la nariz. —¿Que si peleaban? ¡Aquello era una carnicería! Se propinaban cortes y puñaladas el uno al otro con esos horribles cuchillos suyos. Y lo peor de todo es que no parecían


notar dolor alguno. Bramaban como toros enloquecidos. ¡En mi vida he visto nada igual, joven Lucio! Finalmente, uno de ellos se desplomó en el suelo profiriendo un aullido y el otro me llevó a rastras hasta uno de los almacenes, donde me tuvieron encerrado durante horas. Cuando por fin abrieron la puerta de nuevo, fue para conducirme hasta esta jaula con vos. ¡Vaya! A pesar de ser un mochuelo cabeza hueca y apocado, aquel obispillo también había tenido que pasar por lo suyo para sobrevivir. Me asomé por debajo de la carreta y arrojé una piedrecita desde abajo al interior de la jaula. Obispo y muchacho callaron. Imaginé a Vitalino mirando a todos lados con sobresalto y a Lucio hacerle un gesto con la mano antes de aproximarse con cautela hasta los barrotes. Efectivamente, no tardó en asomar su rostro por encima de mí. Su expresión cauta y asustada se mudó en un segundo a una de sorpresa, y acto seguido, a una sonrisa tiznada de un alivio infinito. —¡Embajador! —Le dirigí un brusco ademán para que hablara más bajo—. Embajador Brastias. ¿Cómo...? —Ya habrá tiempo para explicaciones después —le apremié. Hasta a mí me sorprendió el tono imperativo y decidido de mi voz—. Aún no sé cómo demonios os voy a sacar de aquí. —La cara de Lucio quedó ensombrecida a causa de la desilusión—. ¡Pero escucha! Voy a hacerlo, créeme. Confías en mí, ¿verdad? —Lucio asintió sin demasiada convicción—. Espero que durante la noche se nos presente alguna oportunidad. Si no es así, os seguiré a distancia hasta donde quiera que os estén llevando e iré a buscar ayuda. Esto último ya no me lo creía ni yo. ¿Dónde iba a encontrarla con Cantia plagada de bárbaros y la Maxima a punto de caer bajo el peso de sus hordas? Me disponía a arrastrarme de regreso al abrigo del bosque cuando la voz de Lucio me detuvo. —Embajador Brastias. —Me volví hacia él—. Gracias. Intenté sonreír para tranquilizarlo, pero me temo que apenas me salió una mueca amedrentada. Aquello me venía demasiado grande. De vuelta en mi escondrijo, comencé a devanarme los sesos. ¿Cómo diantre me las iba a apañar para sacar al muchacho de allí? Ni siquiera sabía cuál de los bárbaros podía guardar la llave de la jaula. Aunque había una forma de averiguarlo. Quizá si Lucio o el obispo rogaban a sus carceleros que les dejaran salir un momento para aliviar sus necesidades... Si hubiera podido, me habría propinado un buen beso a mí mismo en la mejilla. ¡Qué sagacidad! Nunca dejaba de sorprenderme mi habilidad para encontrar la salida en las peores situaciones. Sin embargo no tuve ocasión de poner en práctica mi plan. Estaba a punto de arrastrarme de regreso bajo el carromato cuando un grupo de cinco jutos se abrió paso hasta la jaula, y aquél que los encabezaba se sacó una llave de entre las ropas para abrir la puerta. Al


menos ya sabía quién la llevaba. Aunque, a decir verdad, la cosa no pintaba lo que se dice demasiado bien. ¿Qué se proponían ahora? Seguramente nada bueno. Sacaron a Lucio y al obispo de la jaula y los condujeron a empujones hasta las proximidades del acantilado. Allí se había congregado sin que nos diéramos cuenta la mayor parte de los bárbaros. Y algo apartados del grupo, casi al borde de la pared de piedra que caía en línea recta durante varias docenas de pies hasta las aguas embravecidas del océano, se encontraban el tal Hengist y aquel chamán pulgoso que tanto interés parecía tener por los prisioneros. Me deslicé entre los árboles y los matojos lo más cerca que pude de ellos. Hoy considero un auténtico milagro que nadie me hubiera descubierto todavía con tanto vaivén como me había traído en el transcurso del día. Los cinco bárbaros dejaron a Lucio con el rey y el hechicero para después apartarse varios pasos con el obispo Vitalino aún bajo su custodia. Algo más atrás, el campamento de bárbaros al completo había terminado de formar un corro de espectadores a su alrededor. Allí se cocía algo gordo. No hacía falta ser demasiado avispado para darse cuenta. Un par de minutos después, la voz cascada y gutural del viejo chamán se elevó por encima del sonido de las olas que rompían a los pies del acantilado. Parecía estar entonando alguna suerte de salmo. Se hacía cubrir todo el cuerpo por una capa negra tejida con plumas de cuervo y, cuando extendía o alzaba los brazos, los bordes de la capa acompañaban sus movimientos a modo de alas. Aparte de sus manos, apergaminadas y retorcidas como las raíces de una vieja encina, las ropas únicamente le dejaban al descubierto una cara diminuta, lampiña y surcada de arrugas. De no haber sido por la gravedad de su voz, habría jurado que se trataba de una anciana en el último invierno de su vida. Cuando terminó con su sermón, el hechicero les hizo una seña a los cinco guerreros jutos y dos de ellos se adelantaron llevando en volandas con ellos al aterrado obispo. El anciano se volvió hacia él con un movimiento teatral que hizo ondear su capa por los aires. La luz de una hoguera cercana le arrancó a sus plumas unos reflejos azulados que arrancaron murmullos de admiración entre sus seguidores. Después le habló al oído durante largo rato. A cada pausa, el obispo asentía y mayor parecía ser la desolación que reflejaba su rostro. Finalmente, se volvió hacia Lucio y dijo con tan poca voz que apenas logré dilucidar el sentido de sus palabras: —Quiere que os traduzca lo que dice. Tal y como suponía, había sido su conocimiento de la lengua franca la que le había salvado la vida.


Lucio asintió con una expresión de estoicidad admirable en un niño de tan poca edad y el hechicero comenzó a cantar de nuevo. Cada pocas palabras, hacía una pausa y dirigía una mirada ceñuda al obispo, apremiándolo a interpretar sus palabras. —¡Oh, Padre de Todos! —comenzó a traducir éste con una voz cadente de toda inflexión.

Mostrándose

satisfecho,

el

hechicero

siguió

con

su

pantomima,

contorsionándose en toda suerte de posturas estrambóticas a medida que iba entonando su salmodia—. Tú que gobiernas desde lo alto de tu trono de piedra, nos has otorgado finalmente la victoria sobre nuestro enemigo. La sangre de un rey ha sido derramada en esta tierra y los espíritus claman por su sucesión. Sólo aquellos por cuyas venas corra la sangre del rey muerto tendrán legítimo derecho a gobernar este país. Acércate, Hengist. El aludido recorrió con porte decidido los dos pasos escasos que lo separaban del muchacho y el hechicero. Lucio pegó un respingo, a todas luces intimidado por la imponente presencia del rey bárbaro. Hengist hincó entonces una rodilla en el suelo e inclinó la cabeza con humildad ante el hechicero, depositando su espada en el suelo en señal de sumisión. El anciano apoyó una mano sobre aquella enorme testa y continuó recitando. —Hengist, hijo de Wihtgils, rey de los jutos —tradujo el obispo Vitalino— ¿Juras aquí y ahora gobernar con sabiduría y valor esta tierra recién adquirida? El guerrero respondió con entusiasmo irguiéndose enérgicamente a la vez que se golpeaba el pecho con el puño y profería un gruñido en su lengua. A continuación, el hechicero sacó una cuchilla de entre sus ropas y, con un rápido movimiento, le hizo un profundo corte a Lucio en la muñeca antes de que éste tuviera tiempo siquiera de reaccionar. Acto seguido, sujetó con firmeza el brazo del pequeño para que su sangre cayera en el interior de una escudilla de oro que uno de los bárbaros se apresuró a sujetar debajo. Se trataba de un muchacho no mucho mayor que Lucio y, a juzgar por sus ropas y por el hecho de que a diferencia del resto iba completamente desarmado, supuse que debía de tratarse de su ayudante o de su esclavo. Quizá incluso le calentara la cama por las noches. Viendo su sangre así derramada, Lucio chilló horrorizado e intentó zafarse de la presa del hechicero, aunque sin demasiado éxito. La mano de éste se obstinaba en aferrarse a su brazo como una garra y, por más que el chico tiraba, no conseguía otra cosa que aumentar el flujo de sangre que caía sobre la escudilla. El obispo Vitalino, por su parte, hizo un amago de acudir en su ayuda. Pero una mirada furibunda del rey Hengist le hizo cambiar de opinión en el acto. Lucio parecía cada vez más mareado. Su rostro se puso lívido y la cabeza se le iba hacia los lados. Pronto dejó de oponer toda resistencia. La sangre manaba de su muñeca


en un fino reguero que corría por su mano y sus dedos hasta caer en el recipiente. Justo cuando creí que iba a caerse redondo al suelo, el hechicero soltó su brazo y ofreció la escudilla al gigantesco bárbaro. Libre de su presa, Lucio se balanceó aturdido, y se habría acabado despeñando por el acantilado de no ser porque en el último momento tuvo los suficientes reflejos como para dar un salto hacia atrás y caer al suelo sobre sus posaderas. Mientras tanto, el rey Hengist engulló de un sólo trago el humeante contenido del recipiente que acababan de ofrecerle. Cuando terminó, lo alzó hacia sus hombres con un grito de triunfo y su gesto fue correspondido en el acto por una tosca ovación. El hechicero retomó entonces su discurso, mientras el obispo Vitalino, como por inercia, continuaba traduciendo sus palabras con un hilo de voz. —La sangre de los reyes de esta tierra corre ya por tus venas, Hengist, hijo de Wihtgils. Reclámala como es tu derecho. Acaba con la vida de tu rival en la sucesión. Es la voluntad de Woden. Hengist tomó la espada del suelo y la alzó sobre su cabeza. Lucio emitió un gemido ahogado y se encogió sobre sí mismo cerrando los ojos a la espera del golpe fatal. Me incorporé como un resorte entre la maleza que me había estado ocultando. —¡No! —grité, y varios cientos de ojos furibundos y sorprendidos se volvieron hacia mí. Me había quedado tan absorto con aquel macabro espectáculo que se me había incluso olvidado mi verdadero objetivo de salvar al muchacho. Y para más inri, ahora varias docenas de bárbaros se abalanzaban hacia mí berreando con las armas sobre sus cabezas. Quizá, si hubiera tenido alas, habría podido pasar sobre ellos tomar al chico en mis brazos y llevármelo volando hacia la seguridad del firmamento, lejos de las hachas y las flechas de aquellos salvajes. Sin embargo, quiso el destino que las cosas sucedieran de otra manera. Hacía falta un milagro y un milagro fue lo que tuvimos aquella noche. Aprovechando un descuido de sus captores, el obispo Vitalino se arrojó sobre Lucio. Lo embistió igual que un toro embiste a sus hostigadores en la arena de un circo y, para cuando la espada del rey Hengist descendió, ambos ya estaban volando por los aires. Volando, sí, pero en vertical y hacia abajo. Directos al fondo del acantilado. En cuanto a mí, ya tenía a toda aquella caterva de salvajes casi encima de mí. Sacudí la cabeza obligándome a reaccionar y salí disparado pendiente arriba con los jutos pisándome los talones. Un hacha pasó dando vueltas junto a mi cabeza y se estrelló contra el suelo a varios pasos por delante de mí. La siguieron varias flechas que, contra todo pronóstico, tampoco dieron en el blanco. O estaban muy borrachos o yo era demasiado ágil para ellos.


Cuando llegué al final de la pendiente, descubrí horrorizado que ya no me quedaba hacia dónde seguir. A mi espalda, una muerte espantosa despedazado por los filos de al menos cuarenta hachas y espadas. A mis pies, una caída en vertical hasta las aguas del Océano Germánico que le habría quitado el hipo hasta a un escoto hinchado de hidromiel. Sopesé las dos posibilidades que se me ofrecían al borde de la desesperación. Y a punto estaba de decantarme por la primera y arrojarme a los brazos amorosos de mis perseguidores para morir al menos con un poco honor, cuando descubrí a mis pies, entre las encrespadas olas, dos pequeños puntos pugnando por mantenerse a flote en medio de la marejada. Lucio y el obispo. Cambié de opinión en el acto. Si aquellos dos habían sobrevivido a la caída, yo también podía hacerlo. Di un paso atrás y salté tan lejos como pude al vacío. Una espantosa sensación de vértigo se apoderó de mis sentidos durante la caída. Grité. Grité más fuerte de lo que me creía capaz de gritar, hasta que el impacto contra las aguas se ocupó de acallar mis protestas. Llegó en forma de una sacudida tan tremenda que me hizo incluso perder el sentido por unos instantes. Cuando abrí mi único ojo, sólo había oscuridad a mi alrededor. Braceé en todas las direcciones posibles, pero me resultaba imposible saber hacia dónde podía encontrarse la superficie. Los pulmones estaban a punto de estallarme y el pánico comenzó a apoderarse de mí. ¿Y si me estaba alejando hacia el fondo? Ya lo había dado todo por perdido cuando algo se aferró a la manga de mi túnica y tiró de mí hacia arriba. Por fin asomé la cabeza fuera del agua y aspiré con ansia una bocanada de aire. Se me atragantó y comencé a toser. A mi lado, el rostro de Lucio me miraba con gesto de preocupación. Algo más lejos, el obispo luchaba por mantener la cabeza a flote con brazadas torpes y desmañadas. —Gracias, Lucio —le dije al muchacho cuando por fin conseguí recuperar el aliento. Lucio asintió con la cabeza, incapaz de responder de otra manera. La extrema gelidez de las aguas le hacía estremecerse presa de violentos temblores. Yo no es que me sintiera mucho mejor. Si alguien me hubiera ofrecido en ese momento salir de ahí a cambio de no poder volver a acercarme al agua en lo que me restaba de vida, tened por seguro que no me lo habría pensado ni un momento. —Agárrate a mí y no te sueltes —le dije—. ¡Vamos a alejarnos de las rocas! —le grité acto seguido al obispo por encima del rugido del oleaje. No vi si asentía o no. Aunque tampoco me detuve a mirar si me seguía. Quería ayudarlo también, sí. Sin embargo, en situaciones como la que nos estaba tocando vivir, salvar el propio pellejo se convierte en la prioridad principal.


A medida que avanzábamos, el oleaje se fue tornando menos intenso. Y cuando por fin fue lo bastante suave como para poder tomarme un respiro, me volví hacia el acantilado. La pared se erguía sobre nuestras cabezas en forma de una enorme sombra grisácea recortada contra el cielo estrellado. En lo más alto, aún podía distinguirse el leve resplandor rojizo procedente de las hogueras del campamento juto. El viento varió su rumbo en ese momento, trayendo hasta nosotros los aullidos frustrados y enfurecidos de los bárbaros. De repente escuché un chapoteo cerca de mi mano y, un segundo después, la forma de una flecha salió flotando a la superficie del agua. —¡Vámonos de aquí, por favor! —balbució Lucio aterido de frío—. ¡Vámonos! Continué nadando al límite de mis fuerzas, y una lluvia de flechas cayó justo en el lugar donde habíamos estado hacía tan sólo unos segundos. —¡Dios mío, pueden vernos! —gritó el obispo a nuestra espalda. Gracias al cielo, finalmente logramos alejarnos del alcance de sus proyectiles. Las voces de los bárbaros iban escuchándose cada vez más mitigadas y yo seguí nadando en mitad de la oscuridad, zarandeado por las olas. Jadeaba y tragaba agua partes iguales. Apenas lograba sacar la cabeza del agua un instante para respirar cuando una nueva ola me sumergía de nuevo. En más de una ocasión, Lucio tuvo que sujetarme la cabeza para que tomara aire antes de seguir adelante. En cualquier momento, las fuerzas me abandonarían del todo y el muchacho y yo caeríamos a plomo a las profundidades marinas. Cuando oí el chillido del obispo casi no me lo podía creer: —¡Una playa! Levanté la mirada dejando escapar de entre mis labios un gemido de puro alivio. No muy lejos de allí, entre las sombras oscuras de las rocas, se recortaba la blanca silueta de una pequeña cala. Saqué energías de donde pude y continué braceando hasta que alcanzamos la orilla. Dejé al muchacho a un lado y me derrumbé en la arena tosiendo agua salada. Intuí más que sentí la presencia del obispo Vitalino dejándose caer junto a mí. Lucio se puso en pie y comenzó a zarandearnos a mí y al prelado a intervalos. —¡Embajador Brastias! ¡Obispo, vamos! —Apenas era capaz de articular palabra, zarandeado como se encontraba por violentos temblores—. No podemos quedarnos aquí. Y el caso es que tenía toda la razón del mundo. Si nos quedábamos allí moriríamos de frío. Para colmo, mi hatillo con la ropa de repuesto se había quedado allí arriba, escondido en las inmediaciones del campamento juto. Aunque bien pensado, de haberlo llevado conmigo, la ropa ya no habría estado seca. Así que para el caso daba lo mismo.


Me puse en pie yo también, pero al momento me dejé caer sin ánimos. ¿Adónde diablos íbamos a ir? A mi lado, el obispo levantó la cabeza y nos miró de hito, primero a Lucio y luego a mí. Parecía a punto de desvanecerse. —¡Oh, Dios mío! —musitó—. ¿De verdad que he hecho yo esa proeza? —Vámonos ya, por favor —rogó de nuevo Lucio, abrazándose las costillas para contener la tiritona. Pero el obispo Vitalino había perdido ya el conocimiento, despatarrado cuan largo era sobre la arena. Cerré el ojo abandonándome yo también. Estaba claro que no íbamos a salir de aquella. Y antes de dejarme atrapar por las redes del sueño, sentí cómo Lucio se dejaba caer a mi lado, aproximando su cuerpo al mío en busca del poco calor que podía proporcionarle. —¡Pero por el amor de Dios! —oí decir de pronto y me incorporé sobresaltado buscando a tientas mi arma. Las piernas me fallaron y caí de nuevo a la arena de bruces. Levanté la mirada. Un monje nos contemplaba con cara de espanto desde el otro lado de la cala. Se recogió el hábito, tan sucio y andrajoso que aún no comprendo por qué se tomó siquiera la molestia, y atravesó la playa en unas pocas zancadas. —¿Qué estáis haciendo aquí vosotros tres? ¿Es que queréis morir congelados? —De pronto reparó en el obispo Vitalino—. ¡Cristo Bendito! —exclamó inclinándose sobre él para ayudarle a incorporarse. El prelado lo miró parpadeando con ojos somnolientos. En aquel momento, más que en ningún otro, me recordó a una lechuza recién arrancada de su sueño diurno. Lucio abrió los ojos y pegó un respingo ante aquella inesperada aparición. —No, no, hermano —intentó tranquilizarlo el monje—. Sea lo que sea lo que temes, estáis a salvo ahora. No te preocupes. El monje le pasó un brazo por debajo de los hombros al desfallecido obispo y comenzó a renquear con él hacia el mismo lugar por el que había hecho su aparición momentos antes. Los observé alejarse a los dos no muy convencido todavía de no estar siendo víctima de alucinaciones provocadas por el frío y el agotamiento. Y cuando había recorrido la mitad de la cala, el monje se volvió para exclamar: —¿Vais a venir conmigo o preferís quedaros aquí para servirles de alimento a los cangrejos? Acto seguido, continuó con su pesado caminar por la arena de la playa.


Me volví hacia Lucio para ver si necesitaba mi ayuda, pero el muchacho ya se había incorporado y arrastraba en ese momento los pies tras los pasos de los dos religiosos. En realidad, parecía que era yo quien más necesitado de auxilio estaba en aquel momento. Con todo, también logré levantarme y marchar tras ellos, deseando con todas mis fuerzas que las fuerzas me alcanzaran para llegar adonde quiera que nos dirigiéramos. Por fortuna, no habíamos caminado ni una docena de pasos cuando ante nuestros ojos apareció la entrada de una pequeña gruta que hasta ese momento nos había pasado desapercibida, disimulada como estaba entre las rocas. El religioso apartó con un brazo una raída piel de vaca que colgaba de la pared haciendo las veces de puerta y entramos al interior. Cerré mi ojo sano agradecido por la confortable calidez del ambiente. En el centro de la cueva ardía una hoguera, con un humeante puchero colgando sobre las llamas. El lugar era aún más pequeño de lo que me había parecido desde fuera. Cuatro pedruscos mal colocados los unos sobre los otros, con un lecho de paja seca en su parte más profunda y un pequeño crucifijo de madera colgando de la pared sobre un pequeño altar de piedra decorado con conchas marinas. El monje dejó al semiinconsciente obispo tendido junto al fuego y regresó para cerrar la cortina tan pronto como todos estuvimos dentro. Después, se volvió hacia Lucio y hacia mí sacudiendo la cabeza mientras se carcajeaba. Era la suya una risita aguda y descontrolada que me dio a entender que aquel tipo no es que las tuviera todas consigo. ¿Es que todos los locos me tenían que tocar a mí o qué? —¡Pero bueno! —exclamó palmeándose los muslos—. Cuanto más viejo me hago peores van siendo mis modales. Ya ni siquiera me acuerdo de presentarme a los desconocidos. Soy el hermano Eugenio y os doy la bienvenida a mi modesto hogar.


II

El obispo Vitalino se incorporó y miró a su alrededor parpadeando con gesto de desconcierto. —¿Dónde estamos? Sixto y yo nos estábamos quitando en ese momento las ropas empapadas para colgarlas de una astrosa cuerda de esparto que había tendida cerca del fuego. Terminé de desabrochar la última hebilla de mi peto de cuero y dejé que cayera pesadamente en el suelo arenoso de la gruta. Creo que fue precisamente aquel armatoste el que me había ayudado a mantenerme a flote con el muchacho encima tanto tiempo. ¿O quizá hubiera hecho justo lo contrario y por eso se me habían agotado tan deprisa las fuerzas? Fuera como fuese, el chapuzón en el mar había conseguido quitarle aquel horrible olor. Y lo mismo ocurría con las ropas que había tomado de los cadáveres a orillas del Tamesa. —En la gruta de un monje —respondí lacónico. —¿De un monje? —Era evidente que no se acordaba de quién nos había rescatado. Nos miró con asombro mientras nos desvestíamos—. ¿Qué hacéis? Por la cara que estaba poniendo, estoy seguro de que por un momento se llegó a temer que estuviéramos a punto de montar una orgía delante de sus narices. —Quitarnos la ropa mojada. Y será mejor que vos hagáis lo mismo si no queréis morir de una pulmonía. —¿Quitármela? —El obispo se miró la túnica con visible turbación—. ¡Oh, no no no no no! De eso ni hablar. Reprimí una carcajada. —Vos mismo. Pero luego, cuando os coja una pulmonía, no me digáis que no os lo advertí. Lucio y yo prometemos no mirar. ¿Verdad? —El muchacho asintió divertido—. Podéis usar una de esas mantas, si queréis, para cubrir vuestras vergüenzas. Aterido como se encontraba de frío, al final el obispo Vitalino no tuvo más remedio que capitular. Se puso en pie y arrastró los pies hasta donde se hallaban las mantas. Tomó una para enrollar con ella su oronda anatomía y comenzó a despojarse de las ropas empapadas. Por desgracia para él, esta frágil sensación de intimidad no tardó en verse interrumpida por la repentina irrupción de nuestro anfitrión, quien se arrojó al interior de


la gruta como un torbellino, cerrando tras de sí el grueso cortinaje de la entrada. Llevaba dos enormes langostas en la mano, que agitó delante de las narices de Lucio riendo a carcajada limpia. —¿Lo ves? ¿Lo ves? —chillaba con histérica alegría—. ¡Esteban, Pablo, saludad al chico, vamos! —uno de los crustáceos intentó hacer presa con su pinza en la nariz de Lucio y el monje lo apartó con brusquedad. ¡No se juega con la comida, pequeñín! — exclamó agitando el dedo delante del muchacho. Y acto seguido arrojó a las desdichadas criaturas en el puchero. Después se puso en cuclillas para contemplar su agonía—. Así, así. Muy bien. Nadie dijo que el martirio fuera fácil, amigos míos. Tomé una manta y se la pasé a Lucio para que se cubriera antes de hacer yo lo propio. Supuse que lo correcto sería sentarme junto al monje delante del fuego. Además, aún necesitaba entrar en calor. Lucio me imitó un momento después y el obispo Vitalino no tardó en unirse al grupo. Se sentó entre Lucio y el monje, cerrando el círculo al otro lado de la hoguera. —¡Venerable Albano! —dijo de pronto el monje reparando en él—. Doy gracias a los cielos. Creí que ésta no la contabais. ¡Pero claro! Peores las tuvisteis que pasar en Verulamium, ¿verdad? —añadió propinándole un codazo de complicidad. El obispo lo miró con desconcierto al principio. Sin embargo, su rostro no tardó en iluminarse en un relumbre de comprensión. Yo tardé un poco más en cogerlo, lo reconozco. Aquel tipo tenía que estar realmente mal de la cabeza, porque estaba confundiendo a nuestro obispo Vitalino con el santo Albano, un mártir que vivió en Britania casi dos siglos atrás y fue ajusticiado por las autoridades de la época a causa de su fe. Lo más posible es que, por algún motivo que no termino de dilucidar, su mente enferma identificara su túnica negra de obispo con el santo muerto. —Decidme, hermano —pregunté en un intento de desviar la conversación hacia terrenos menos desequilibrados—. ¿Vivís solo en esta cueva? —¿Solo? —El monje miró a su alrededor compulsivamente—. ¡Solo! —bramó soltando otra de sus desquiciadas risotadas—. ¿Cómo podría? ¿Es que no los veis? Allí está Juan, ahí Tomás, Felipe... ¡Ah! Y mirad a Pedro. Y por supuesto... ¡Judas, deja de esconderte hermano! Sabemos todos que estás ahí. Un tipo extraño — susurró inclinándose hacia mí—. Pero si le das la oportunidad, un excelente conversador. El monje removió el contenido del puchero con un palo mugriento que cogió del suelo y no pude evitar hacer una mueca de disgusto. Después cogió una de las langostas por la pinza y la acercó a su rostro mirándola con atención mientras el agua hirviendo


goteaba sobre su tobillo desnudo sin provocar ninguna reacción en él. ¿Tan chiflado estaba que ni siquiera era capaz de sentir el dolor de las quemaduras? —Aún falta un buen rato —decretó arrojándola de nuevo junto a su compañera de desdichas—. ¿Y vos, hermano Albano? —inquirió dirigiéndose nuevamente al obispo—. ¿Cómo habéis llegado hasta mi playa? ¡No, no me lo digáis! Lo han vuelto a hacer, ¿verdad? Os han vuelto a ejecutar. ¿Cuántas van ya? ¿Siete? ¿Ocho veces? ¿Cuándo van a entender que se puede matar al hombre, pero no la fe que lo impulsa. No, la fe es inmortal. —En realidad —aclaró el obispo—, no soy el santo Albano. ¡Ya me gustaría! Mi nombre es Vitalino, obispo de Londinium. Pero el monje, aparte de loco, era del tipo de personas que no escuchan más palabras que aquellas que brotan de sus labios. —Londinium, Verulamium, Roma... ¡Qué más da! No hay fronteras para la fe, ¿verdad, hermano Albano? —Supongo que sí —reconoció el obispo, resignándose finalmente al parecer a soportar sus desvaríos. El monje volvió a remover el puchero. —Aún no habéis respondido a mi pregunta, hermano. —¿A vuestra pregunta? —El obispo Vitalino parpadeó con desconcierto una vez más. Era como ver a un egipcio y a un picto intentando entenderse el uno con el otro—. ¡Ah, os referís a cómo llegamos hasta aquí! —El monje asintió con un ademán impaciente—. Bueno, es una larga historia. —Tenemos todo el tiempo del mundo, ¿no es verdad? —exclamó el monje encogiéndose de hombros. Por primera vez aquel chiflado había dicho algo sensato. El obispo Vitalino asintió. —Los jutos entraron en Londinium anoche. El monje asintió con semblante serio. Aquel tipo era capaz de pasar de la risa a la gravedad en menos de lo que dura un parpadeo. —Continuad, os lo ruego. —Arrasaron la ciudad y mataron al gobernador Aureliano. Sentí que Lucio pegaba un respingo a mi lado, pero preferí respetar su intimidad y no mirar. —¿Aureliano? —inquirió el monje—. ¿Pero no era Poncio Pilato el gobernador? Con estos romanos siempre me hago un lío.


El obispo ignoró lo desatinado del comentario del monje y éste soltó una risita. Es posible que estuviera intentando quitarle hierro al asunto con un poco de humor. O quizá realmente confundiera la Britania de aquellos tiempos con la Judea de la época de Cristo. Quién puede saber lo que pasa por la cabeza de un lunático como aquél. —Al joven Lucio y a mí nos hicieron prisioneros, pero logramos escapar justo cuando se proponían a sacrificar al muchacho en lo alto del acantilado. Me sentí algo molesto porque el obispo no hubiera mencionado mi intervención. Aunque tampoco había dicho nada sobre su valiente intervención. Creo que estaba intentando ser lo más objetivo posible sin incurrir en detalles que pudieran embrollar la ya de por sí enmarañada cabeza de aquel monje. El monje se volvió hacia Lucio y le puso una mano en el hombro. —Lo has pasado mal, ¿verdad, muchacho? Sixto asintió sorbiéndose la nariz y sin apartar los ojos del interior del puchero. —Es el hijo de Aureliano —aclaré, reticente a quedar fuera de la conversación. —¡Un pequeño Poncio! —exclamó el monje con exagerado entusiasmo—. ¡Entonces no todo está perdido! Sólo tienes que pedirle refuerzos al César y volver para aplastar a ese puñado de bárbaros. A pesar de lo absurdo de la aseveración del monje, Lucio levantó el rostro como si le acabaran de hacer la mayor revelación de su vida. Sin embargo, el obispo Vitalino no tardó en replicar: —Es más complicado que eso —aseveró—. La mayor parte de las tropas de la Maxima se encontraban estacionadas en la fortaleza de Londinium para pasar el invierno. Y de éstas, las que no se perdieron en Cantia, lo hicieron anoche en Londinium. Las otras ciudades sólo cuentan con una pequeña guarnición en este momento. ¡Cristo Bendito! Ni siquiera creo que sean capaces de defenderse a sí mismas, así que mucho menos constituir un ejército para expulsar a los jutos. Además —añadió con gesto sombrío—, a estas alturas es posible que los bárbaros ya estén a las puertas de Verulamium o de Caer Coel 1. Si no las han tomado ya. —Pero siempre se puede pedir ayuda al rey Cynyr y al resto de los aliados de Aureliano, ¿no es así? —sugerí. —No, embajador. Me temo que no es tan sencillo. Últimamente, las relaciones entre Aureliano y sus federados no estaban siendo tan buenas como cabría esperar. La mayoría de ellos son hombres ambiciosos que no terminaban de ver con buenos ojos la hegemonía

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Colchester.


de la Maxima en el sur. Por otra parte, la guerra que Aureliano llevaba años sosteniendo con tu pendragón les estaba saliendo a todos demasiado cara. Se oían rumores de que muchos iban a negarle su apoyo si sufría un nuevo ataque el próximo verano. Mirad si no al rey Gwyrangon, a quien no le tembló ni un momento la mano a la hora de aliarse con unos bárbaros sanguinarios contra él. No me extrañaría nada que hubiera alguien más detrás de todo esto. Me abstuve de hacer ningún comentario. No se imaginaba el obispo hasta qué punto había dado en el clavo con esta última conjetura. Yo era la prueba viviente de que efectivamente había alguien más metido en el asunto. El pendraig, sin ir más lejos. Seguramente en ese momento estuviera cobrándose su parte del pastel en las regiones occidentales de la Maxima Caesariensis. Y quién podía asegurar que el rey Cynyr no estuviera cruzando también el Tamesa con sus tropas o el rey Elafio de Icenia no hubiera aprovechado para ampliar sus fronteras hacia el sur de su territorio. La derrota de Aureliano había sido como dejar un pedazo de queso abandonado en medio de un sótano plagado de ratas. Nos gustara o no, el último vestigio de romanismo en Britania acababa de irse al garete igual que un zurullo por el desagüe una letrina. Lucio se inclinó sobre el puchero dejando escapar un suspiro. Al parecer, las palabras del obispo habían logrado dar al traste con todo su entusiasmo. ¿O quizá no con todo? Hoy sé que su cabecita de cabellos dorados aún se guardaba una baza para sí. A pesar del desánimo, si uno observaba con la suficiente atención, en su rostro aún podía dilucidarse cierto atisbo de determinación. El monje se puso en pie sin decir nada y comenzó a hurgar entre un puñado de rocas en las que a simple vista no parecía haber nada. Poco después regresó con una venda de lino, tan sucia y desastrada como el resto de sus posesiones, y se sentó de nuevo junto al muchacho. —Será mejor que te vende esa herida tan fea —dictaminó, y sin esperar respuesta, tomó la muñeca de Lucio y comenzó a enrollar el vendaje alrededor de la herida que le había provocado el chamán bárbaro con su cuchillo—. No creo que se te infecte ya. El baño de agua salada que te has pegado la ha dejado bastante limpia. Yo no es que fuera exactamente de la misma opinión, pero me guardé bastante de replicar para no contrariar a nuestro benefactor. Bien podía ser que el agua de mar hubiera desinfectado la herida, pero vendarla con esos harapos mugrientos podía desencadenar precisamente el efecto contrario. Me palpé mis propias heridas. Es posible que las vendas mojadas no les hicieran demasiado bien, pero preferí no decir nada al


respecto. No me habría dejado aplicar un vendaje como aquél por el monje ni aunque eso supusiera mi condenación. —¿Todo bien, chico? —le preguntó el monje a Lucio cuando terminó su faena. —B... bien, gracias —respondió tímidamente éste al tiempo que se miraba el vendaje que le cubría gran parte de la mano y el antebrazo. Hay que reconocer que no estaba mal hecho del todo. —¿Y cómo lograsteis escapar? —preguntó el monje retomando la conversación de minutos antes. Se puso en pie para remover de nuevo el contenido del caldero—. Esto ya casi está. La verdad era que, a pesar de todo, olía estupendamente. —Saltamos por el acantilado —espeté adelantándome al obispo, quien ya había abierto la boca para responder. El monje me miró frunciendo el ceño. Era evidente que algo no encajaba en nuestra historia. Un momento antes, el obispo y Lucio habían estado cautivos de los jutos y, de repente, yo había aparecido de la nada para tomar parte en su salvación. —Estuve siguiéndolos todo el día rescatarlos —le aclaré—. Cuando vi la oportunidad, llamé la atención de los bárbaros para facilitar su huída —añadí. Aunque era una verdad a medias, esgrimirla me hizo sentir mejor conmigo mismo—. Fue un milagro que lográramos sobrevivir a una caída como ésa. Esto último lo había dicho para congraciarme con el obispo y evitar que contradijera mi versión. —El Señor siempre protege a los justos —aseveró el monje con seriedad. —Eso debió de ser. ¡Sí señor! —saltó el obispo Vitalino—. El Señor estaba con nosotros. Desde luego que no podía estar de parte de esos salvajes paganos. —Después —continué diciendo en mi afán de apuntarme méritos—. Nadé con el chico a cuestas hasta esta playa, peleando contra las olas para alejarnos de las ráfagas de flechas que los bárbaros nos disparaban desde las alturas. —Y una vez en la arena aprovechasteis para echaros una buena una siesta —se burló el monje. Estaba a punto de replicar cuando agregó en tono conciliador—: No me hagáis caso. Me hago cargo de lo duro que debió de resultar. El monje se inclinó sobre el puchero y por fin anunció: —Ya están listas. Se incorporó y tomó dos escudillas del rincón del que habíamos cogido las mantas y echó una humeante langosta en cada una. Olían deliciosamente bien. Partió ambas por la mitad con un cuchillo, igual de sucio deteriorado que el resto de sus pertenencias, y las


aderezó con unos puñados de extrañas verduras que habían quedado flotando en el caldo del puchero. Después me tendió una de las escudillas quedándose con la segunda. —Vamos a tener que compartir los platos —se disculpó con desenfado—. Como podéis ver, no es que viva rodeado de lujos precisamente. Y acto seguido, hundió sus dedos recubiertos mugrientos en su montón de verdura y se la llevó a la boca sorbiéndolas con deleite. Por fortuna, a mí me había tocado compartirlo con Lucio. Tomé una de las partes de la langosta y me dispuse a rebañar los jugos y la carne de su interior. Hacía casi dos días que no probaba bocado y os puedo asegurar me supo a auténtica ambrosía. Al obispo Vitalino, sin embargo, le costó un poco más vencer su aprensión. A mí también me habría ocurrido de haber tenido que compartir mi comida con aquel monje, lo reconozco. A pesar de vivir a la orilla del mar, parecía no haberse acercado al agua desde el mismísimo día de su bautizo. Finalmente, al obispo le pudo más el hambre que el escrúpulo y, haciendo de tripas corazón, tomó con los dedos un poco de aquella curiosa verdura. Eso sí, del extremo contrario de la escudilla del que se estaba sirviendo el monje. Su gesto adusto se tornó en una mueca de satisfacción tan pronto como se llevó la comida a los labios. —¡Está delicioso! ¿Qué es? —Me alegra que os guste —dijo el monje masticando a dos carrillos—. Algas marinas aderezadas con tripas de pescado. El obispo escupió a un lado la comida y miró de hito al monje torciendo la boca con repugnancia. Éste le correspondió con una nueva risotada. —¡Ah! ¡Qué agradable compañía sois, hermano Albano! —exclamó—. No os preocupéis. No son más que acelgas rehogadas con un poco de ajo. Vais a tener que tener un poco de paciencia conmigo. No suelo cenar acompañado y a mi lengua a veces le da por hacer alguna trastada sin darme tiempo para evitarlo. La verdad es que no pasaba una velada tan agradable desde que me expulsaron de la abadía. —Puedo imaginar por qué lo hicieron —murmuró el obispo evidenciando un sentimiento de rencor bastante poco cristiano, mientras se secaba los labios con el dorso de la mano. No nos llevó mucho más tiempo apurar el contenido de nuestros platos. Teníamos tanta hambre que hasta el obispo devoró su parte de la langosta hasta no dejar más que una cáscara monda y despedazada. Y esto incluso le supo a poco. Cuando creía que ninguno mirábamos, le descubrí rebañando con los dedos los restos que el monje había


dejado en su lado de la escudilla. No en vano dicen que, si el hambre aprieta, uno puede llegar a comerse hasta las mondas de las uñas de su vecino. A la mañana siguiente, desperté en el lecho de paja del fondo de la cueva, aplastado pero caliente, entre los cuerpos de Lucio y el obispo Vitalino. No se veía al monje por ninguna parte y el fuego del hogar tenía todo el aspecto de llevar ya varias horas apagado. Eché al obispo a un lado sin miramientos y me puse de pie. Mi ropa por fin estaba seca, así que arrojé la manta a un lado y me vestí. La lana de mis túnicas y de los calzones se habían quedado algo tiesas y ásperas al tacto, pero tampoco era cuestión de ponerse melindroso en una situación como en la que me encontraba. Me vestí también la cota de cuero. Nunca se sabe lo que uno se puede encontrar. Y por último me calcé las botas antes de echar a un lado el cortinaje de la entrada para salir a la playa. Me apetecía dar un paseo y pensar un rato. Seguía sin aparecer el menor rastro del monje. ¿Adónde habría ido aquel lunático? Recé para mis adentros para que, en medio de su delirio, no se le hubiera ocurrido ir en busca de los jutos para delatarnos. Aunque a decir verdad, tampoco es que me disgustar demasiado la idea: abandonarme a las armas de aquellos bárbaros y dejar que aquella pesadilla acabara de una vez por todas. Y es que el desánimo iba haciendo cada vez mayor mella en mí. Viajar hasta Calleva no era una buena idea, tal y como había quedado en evidencia la noche anterior. ¿Entonces, adónde se suponía que debíamos ir? ¡Valiente grupo formábamos! Un obispo que acababa de perder su obispado, un tuerto caído en desgracia ante su señor y un muchacho huérfano sobre cuya cabeza probablemente pesara una recompensa digna de las arcas de un rey. No había sitio para nosotros en toda Britania. Quizá en Dumnonia, un reino del sudoeste de la isla cuyos reyes nunca se habían avenido a aceptar convertirse en vasallos del pendraig ni en federados de Aureliano. O en el turbulento norte, donde siempre contaba con la posibilidad de intentar vender mi espada al mejor postor. Pero para eso tendría que acarrear con el chico y el obispo. Y desde luego que este último no iba a encontrar ningún apoyo entre los clérigos norteños. Los obispos del norte llevaban décadas enfrentados con los del sur a causa de las enseñanzas de un tal Pelagio. Así han sido siempre los cristianos y nada parece indicar que vayan a cambiar en un futuro. Especialistas en hacer de lo sencillo un dilema doctrinal. Lo digo siempre y lo seguiré diciendo: ¿es que no les vale con adorar todos a un mismo dios? Cuando entré de nuevo en la gruta, Lucio se incorporó sobresaltado. Pero tan pronto como se aseguró de que no había peligro, se sentó sobre el montón de paja frotándose los ojos. A su lado, el obispo Vitalino se removía inquieto, mascullando en sueños un


galimatías incomprensible. Lucio me dirigió una sonrisa pícara y se puso a zarandearlo para que despertara. Aunque, eso sí, le costó un buen rato lograr arrancarlo de su sopor. —¿Q... qué ocurre? —El obispo se incorporó parpadeando desorientado—. ¿Se puede saber qué hacéis en mi cuarto, joven Lucio? —El muchacho dejó escapar una risita y el obispo miró a su alrededor con los ojos aún hinchados por el sueño—. ¡Oh, vaya! No estamos en mi cuarto. —No, esto no es tu cuarto —repuso Lucio sin dejar de reír. El obispo abrió los ojos de par en par empezando a recordar. —¿Y dónde se ha metido ese monje chiflado? —preguntó. —Anoche salió afuera y desde entonces no lo he vuelto a ver —respondió Lucio encogiendo los hombros en un ademán de indiferencia. Y como si el obispo Vitalino y Lucio acabaran de invocarlo con sólo mentarlo, las cortinas de la entrada se descorrieron y el monje hizo su aparición. Iba acompañado de un hombre menudo y de piel oscura que nos observaba con gesto desconfiado. —Creo que tengo la solución a tus problemas, chico —dijo el monje dirigiéndose a Lucio—. Te presento a Betto, un pescador de una aldea cercana. Está pensando en embarcarse hacia la Galia con su familia. —Estas tierras son cada vez menos seguras —dijo Betto. Sus maneras eran algo bruscas y ceceaba ligeramente al hablar—. Si queréis, podéis acompañarnos. Es una barca pequeña y no me vendría mal la ayuda de un par de adultos para llevarla. El obispo Vitalino paseó la mirada del monje al pescador con patente desconcierto. —¿Pero qué disparate es éste? —estalló—. ¿Qué se nos ha podido perder a nosotros en la Galia? Además, cruzar el mar es poco más que un suicidio en esta época del año. —Es el único lugar que nos queda —espetó Lucio. —¿Pero es qué os habéis vuelto loco, joven Lucio? ¡La Galia nada menos! ¡Con todos esos francos y godos pululando por allí! ¡Ni por un millón de denarios me metería yo en esa tierra de locos! Lucio y el monje intercambiaron una mirada significativa y entonces caí en la cuenta de que ambos se habían quedado la noche anterior junto al fuego cuando el obispo y yo nos retiramos a descansar. Recordaba vagamente haberlos oído cuchichear justo en el momento en el que el sueño comenzaba a abotagarme la cabeza y a hacer presa en mis agotados miembros. La inesperada visita de aquel pescador era sin duda el fruto de aquella conversación. —¡Francos, godos, babilonios! Todos ayudaron a Moisés y a las nueve tribus a cruzar el desierto cuando huía del faraón —sentenció el monje con uno de sus


particulares desvaríos—. Sed razonable, hermano Albano. Éste buen hombre se ha ofrecido a llevaros con la mejor de las voluntades. —¡Me da igual! —se empeñó el obispo—. Además, no pienso echarme a la mar en pleno invierno. Lucio comenzaba a perder la compostura. Se puso de pie plantándose delante del obispo, que aún seguía sentado sobre el lecho de paja. Por un momento, vi en su determinación un destello de la autoridad y la seguridad que había conocido en su padre. —¿Y qué sugerís que hagamos, obispo? ¿Sentarnos en la playa a esperar a que llegue el buen tiempo? Por lo menos en la Galia tenemos alguien a quien acudir. El obispo pareció titubear. —¿Os referís al rey Aldroeno? —Lucio asintió sin dejar de fruncir el ceño—. La última vez que se encontró con tu padre no es que las cosas fueran demasiado bien. —Escuchad, obispo —intervine—. No es que yo sepa demasiado de política sureña. Pero si el chico piensa que puede tener en él un aliado, o al menos alguien que se avenga a proporcionarnos asilo, yo me voy con él. A menos que propongáis una opción mejor. —¿Y qué me decís de vuestro pendragón? —preguntó poniéndose a su vez en pie. Llevaba desde la noche anterior temiéndome que aquel asunto saliera a colación. Me tomé mi tiempo para responder, midiendo bien mis palabras. —No es una buena opción. Le rajaría el cuello al muchacho tan pronto como lo tuviera delante. —¿Lo suponéis o lo afirmáis? —inquirió el obispo reacio a renunciar a su única baza. —Lo afirmo —respondí sin vacilación—. Realmente le encantaría recibir ese regalo de mis manos. El obispo Vitalino sacudió la cabeza en uno de esos ademanes nerviosos que le hacían asemejarse a un mochuelo. —Ahora sí que no entiendo nada. ¿Acaso no sois su embajador? ¿No os envió a Londinium a negociar los términos de un acuerdo de paz? —El pendragón está pasando por una situación delicada. Ha perdido a dos de sus reyes, y el tercero se encuentra aislado en la costa norte de Cambria acosado por los escotos. No estaba en condiciones de seguir plantándole cara a Aureliano. Su muerte, sin embargo, lo fortalece, y no se lo pensará dos veces si se le presenta la oportunidad de acabar con cualquiera que un día pueda reconstruir la ruina en la que ha quedado convertida la Maxima.


El obispo suspiró dándose por vencido y yo me felicité para mis adentros por mi sutileza. Había conseguido encubrir con bastante habilidad la implicación del pendraig en la catástrofe de Londinium. No es que tuviera demasiado interés en defender su buen nombre. Sabía perfectamente que yo no había sido más que una marioneta en sus manos, un pelele destinado a ser arrojado a la chimenea para calentarle los pies. Sin embargo, a ojos de Lucio y del obispo, su culpa habría sido la mía y las consecuencias de aquella revelación no hubieran resultado lo que se dice demasiado satisfactorias para ninguno de los tres. Me volví hacia Lucio deseoso de cambiar de tema. —¿Estás realmente seguro de que podemos contar con la ayuda del rey Aldroeno? ¿En qué se diferencia del resto de reyes sureños, quitando el hecho de que su reino se encuentra al otro lado del mar? —En que es el hermano de mi padre. Asentí complacido. Aquella afirmación dejaba desde luego de lado cualquier duda que hubiera podido albergar sobre si hacer o no aquel viaje. Durante los sangrientos y caóticos años que habían seguido a la partida de las legiones romanas cuatro décadas atrás, muchos britanos del sur y del oeste habían decidido abandonar una isla consumida por los enfrentamientos entre los diferentes gerifaltes y hostigada por las continuas incursiones de sajones y escotos. La mayoría de estos refugiados se establecieron en la Galia, concretamente en la región de Armórica, famosa por haber sabido mantener en buena medida la forma de vida y costumbres galas, similares en casi todo a las britanas, y sobre todo por conservar viva su lengua nativa, también parecida en muchos aspectos a la nuestra. Una década después, había tantos britanos en Armórica que la región empezó a ser conocida como la Pequeña Britania. Aparte de eso, poco más sabía del tema, salvo que, hacía dos o tres años, el duque de Armórica, britano también de origen, había seguido el ejemplo de los reyes de Britania y se había erigido a sí mismo como rey, renegando de toda vinculación con Roma. Sabía el nombre de este rey: Aldroeno. Lo que jamás habría podido sospechar es que fuera hermano del mismísimo Ambrosio Aureliano. Ahora entendía a lo que se refería el obispo Vitalino cuando dijo que las relaciones entre ambos no habían sido demasiado buenas en los últimos tiempos. Es de esperar que a Aureliano, que había dedicado toda su vida a conservar la poca autoridad que le quedaba a Roma en Britania, le hubiera sentado como un jarro de agua fría que su hermano hubiera seguido el ejemplo de tantos advenedizos britanos que se habían autoproclamado reyes renegando de su identidad romana.


De pronto comencé a sentirme un tanto extraño. Era una sensación parecida a aquella que me había embargado en los salones del pendraig mientras presenciaba cómo éste y el myrddin Emrys discutían sobre sus tratos con Gwyrangon y sus jutos. Era como si me precipitara por un precipicio y flotara al mismo tiempo. Similar a lo que había sentido durante mi caída por el acantilado, pero a la vez extrañamente diferente. Hoy sé perfectamente a qué se debía. En aquella gruta, igual que meses antes en Caer Gloyw, estaban resonando los ecos de algo terrible y descomunal. Aunque ninguno de los allí presentes alcanzáramos siquiera a sospecharlo, estábamos decidiendo con nuestra discusión el destino de Britania. ¿Apoyar al hijo de Aureliano en su viaje a la corte del rey Aldroeno en busca de ayuda o rehacer nuestras vidas en cualquier otro lugar a la sombra del anonimato? Obispo, monje y soldado, a todos nosotros se nos estaba ofreciendo en aquel momento sin saberlo la oportunidad de ayudar a variar el rumbo de la historia. Justo en ese momento, Betto el pescador cambió el peso de un pie a otro varias veces antes de decidirse a hablar. —Si no vais a venir, yo me marcho —espetó—. Tengo mucho que preparar. Lucio se volvió hacia el obispo Vitalino. —¡Os lo ruego! —le urgió con expresión suplicante. Y éste, por fin, dejó caer los brazos derrotado. —Está bien —accedió—. Veamos qué clase de barca es esa en la que vamos a acabar todos ahogados. Esperamos a que el obispo se enfundara su túnica y seguimos al hermano Eugenio y a Betto el pescador por un estrecho sendero que bordeaba la pared del acantilado. Más que caminar, avanzábamos a saltos entre las piedras. Hacía frío, pero para cuando logramos llegar al otro lado, todos sudábamos profusamente. Nos encontrábamos en una playa mucho más amplia que la del monje, repleta de personas que se afanaban en cargar sus fardos en una serie de barcas dispersas por la orilla. La familia de Betto no era la única con prisas por abandonar su hogar, por lo que parecía. El pescador agitó la mano a modo de saludo hacia algún punto entre el gentío y enseguida vimos correr hacia nosotros a dos niños pequeños. Reían y se propinaban empujones el uno al otro pugnando uno y otro por ser el primero en llegar. El mayor tropezó entonces cayéndose en la arena de bruces y el más pequeño nos dio alcance con una expresión de triunfo impresa en su rostro infantil. Expresión que se intensificó cuando Betto lo recompensó alzándolo en volandas entre risas. Al parecer, aquel pescador tan ceñudo sabía al menos mostrarse cordial con los suyos.


—¿Cómo se han portado mis dos hombrecitos? —exclamó. —Curio ha cogido un cangrejo en la orilla —dijo el pequeño sin resignarse a bajar de sus brazos. Se trataba de un chiquillo de poco más de cinco años—. Tenía unas pinzas enormes y me lo acercó a la cara para que no me mordiera. «Exactamente igual a como hizo el monje con Lucio anoche», pensé divertido. Debía de ser una costumbre bastante extendida por aquellas latitudes. —¡Eso no es cierto! —protestó su hermano, un muchacho de aproximadamente la misma edad de Lucio que ahora avanzaba hacia nosotros sacudiéndose la arena de las ropas—. ¡Gavros no es más que un llorón! Tan sólo quería que lo viera de cerca. Nada más. —Bueno, bueno, ya está bien —los reprendió Betto dejando al pequeño en el suelo—. Id a decirle a vuestra madre que prepare tres mantas más para el viaje. Los dos niños obedecieron al instante saliendo disparados hacia las barcas. —Están muy excitados por lo del viaje —dijo Betto mientras los observaba alejarse. —Es comprensible —respondió el monje—. ¿Y quién no lo estaría? Abandonáis hogar y tierras para partir a otro país sin saber siquiera lo que os vais a encontrar. Igual que nosotros. —Joven Lucio —dijo el obispo Vitalino aprovechando la coyuntura—. Aún estamos a tiempo de abandonar esta locura si lo deseáis. —No, obispo —contestó el muchacho con determinación—. Iremos en la barca de Betto. ¿Qué otra opción nos queda? Echamos a andar detrás de Betto y enseguida nos vimos rodeados por aquellas gentes. A pesar de ser forasteros allí y de nuestro maltrecho aspecto, los hombres y mujeres junto a los que pasábamos apenas nos prestaban atención, afanados como se encontraban en cargar las embarcaciones con todas su pertenencias. Finalmente, Betto se detuvo frente a una pequeña barquichuela que había varada cerca de la orilla. Una mujer de rostro arrebolado y mirada huidiza cargaba en ese momento unos sacos de verduras, procurando repartir su peso por toda la embarcación. —Mi mujer Tullia —dijo Betto a modo de presentación. Incliné la cabeza respetuosamente y Lucio musitó un tímido «hola». En cuanto al obispo, tengo que reconocer que fue el más gentil de los tres: —Mucho gusto, señora —dijo—. ¡Oh! Permitidme que os ayude —se ofreció al mismo tiempo que le arrancaba uno de los sacos de la mano—. Soy el obispo Vitalino de Londinium. —La mujer se debatió entre ensayar una reverencia y oponerse a que tan alta


dignidad hiciera su trabajo, pero el obispo se le adelantó añadiendo—. Ahora que nosotros también vamos a ir en la barca, es justo que repartamos las tareas. En el fondo, aquel mochuelo relamido y estirado era un buen tipo. —A Curio y a Gavros ya los conocéis, y... ¡Ah! Aquella que viene por ahí es mi hija Annia —dijo Betto señalando al frente. Los dos críos descendían en ese momento por el roquedal que llevaba a la playa cargados de mantas. Los seguía a cierta distancia una muchacha que debía de tener aproximadamente mi edad, saltando de piedra en piedra con la torpeza propia, o fingida, de las jóvenes de su edad. Cuando se percató de nuestra presencia, agachó la cabeza con timidez y dejó su carga junto a la barca. Su mirada se cruzó con la mía justo antes de volverse para regresar por donde había llegado. La seguí con la vista. Cuando llegó a lo alto de la escarpadura, se volvió con disimulo y nuestros ojos se cruzaron de nuevo. Aquello prometía bastante. —Creo que con esto ya está todo —dijo Tullia cargando las últimas mantas en el bote. —¡Bien! —exclamó Betto—. A casa pues. Aún quedan algunas horas para que baje la marea. —Yo me vuelvo a mi cueva —dijo de pronto el monje a modo de despedida—. No me gusta dejar a mis santos solos demasiado tiempo. Tienen tendencia a causar problemas. —¡Quizá os apetezca tomaros algo caliente antes de marcharos, hermano Eugenio! —ofreció Betto. —¡Oh, no! —rió el monje—. La última vez que me entretuve, Mateo me llenó las paredes de pintadas contra los romanos. —Se lamió la yema del dedo y lo alzó—. En fin, parece que vais a tener buen tiempo para el viaje —sentenció antes de girar sobre sus talones y comenzar a alejarse. Hermano Eugenio —me despedí—. Gracias por todo. —La gracia es una exclusividad de Nuestro Señor Jesucristo —replicó. Aquello fue lo último que escuché salir de los labios de aquel monje tan particular. Unos instantes después, ya había desaparecido, dejando como único vestigio de su existencia una hilera de pequeñas pisadas que no tardaron en quedar borradas por la marea creciente. La aldea de Betto no era otra cosa que un puñado de diminutas chozas con tejados de paja apiñadas al borde del acantilado. Aquí y allá se veían mujeres y niños cargando útiles y alimentos desde las casas hasta las embarcaciones de la playa. Los animales eran


escasos: quizá una mula, tres o cuatro vacas y un puñado de gallinas y patos que vagaban libremente entre las viviendas con aspecto de encontrarse un tanto desconcertados por la confusión que imperaba en el lugar. —Sed bienvenidos a mi hogar, amigos míos —dijo Betto con cordialidad deteniéndose a la entrada de una de las chozas, no muy diferente de las demás—. ¡Vamos! No os quedéis fuera. Pasad —nos invitó antes de agacharse y desaparecer en el interior. Dentro estaba oscuro y tuvieron que pasar algunos minutos para que mi ojo se adaptara a la falta de luz. Betto se sentó en un pequeño taburete haciéndonos un gesto con la mano para que hicieran otro tanto. No había rastro de la muchacha de la playa, pero por la puerta no tardó en aparecer Tullia, la mujer del pescador. Se inclinó sobre el hogar para encenderlo y poner sobre él un pequeño caldero que traía consigo y, al rato, tomó asiento con nosotros dejando en la mesa cinco tazones de leche humeante. Apenas había posado los labios en el borde del mío cuando los dos niños irrumpieron en la casa entre chillidos y forcejeos. —¿Pero qué diablos os pasa ahora? —los reprendió su padre—. A ver, ¿qué lleváis ahí? Curio, el mayor de los dos, dio un último tirón arrancando de las manos de su hermano un colgante con un pequeño crucifijo de madera que obediente le entregó a su padre. —Lo encontré entre las cosas que vamos a dejar aquí. Iba a traértelo cuando este llorica se empeñó en dártelo él. —¡No es verdad! —replicó su hermano pequeño—. Lo encontré yo y Curio me lo quitó. Betto observaba con aire abstraído el colgante sopesándolo con la mano. —Nos vendrá bien durante el viaje. ¿Verdad, padre? —preguntó Curio. —Claro, hijo. Claro —respondió Betto sin apartar la mirada del crucifijo, que hacía oscilar ahora en el aire con la cadenita enredada entre sus dedos—. Ahora id fuera a jugar. ¡Hala! Fue dicho y hecho. Los dos críos salieron de la casa corriendo enfrascados en una nueva contienda de insultos y empujones. —Es imposible saber cuál de ellos tiene razón cuando discuten, ¿verdad? —dijo el obispo Vitalino rompiendo el silencio que había quedado tras la marcha de los críos.


—¡Uh!, sí, claro —contestó Betto saliendo de su ensimismamiento para colgarse el crucifijo al cuello—. Me pregunto si haré bien arriesgando sus vidas en este viaje de locos —murmuró dejando escapar un suspiro. —Sois su padre y está claro que sólo queréis lo mejor para ellos. —¿Tan mal están las cosas por aquí? —pregunté, aunque ya intuía la respuesta. Betto asintió frunciendo el rostro en una mueca de rabia mal contenida. —Son esos malditos bárbaros. —Se volvió y escupió al fuego para espantar a los malos espíritus—. Ahora están por todas partes. Hasta hace poco —continuó con tono afectado—, sus barcos pasaban de largo frente a nuestra costa. Nunca se detenían aquí. Nuestra playa es demasiado pequeña y está rodeada de escollos. No les debía de merecer la pena arriesgarse a encallar por saquear cuatro viviendas humildes. Pero, hace algunas semanas, comenzaron a llegarnos noticias de que un buen número de ellos merodeaba libremente por los alrededores de Durovernum sin que el rey Gwyrangon se decidiera a hacer nada para remediarlo. »Al principio, pensamos que se trataba sólo de rumores. A menudo llegan hasta nosotros esta clase de noticias absurdas: que si los romanos han regresado con sus legiones, que si se ha visto a un dragón devorando a todo el ganado de un pueblo cercano... Ya sabéis. De alguna manera hay que matar el tiempo. Pero hace algunos días, vimos pasar por la carretera un auténtico ejército de bárbaros. Quiso Dios que no repararan en nuestra aldea. O quizá en ese momento no les interesara detenerse. No lo sé. Lo único que tenemos claro es que no vamos a quedarnos aquí esperando a que un día se decidan a hacerlo. —Hace poco, pasó por aquí un buhonero que había estado en Linium, un pueblo que se encuentra a un par de millas al norte de aquí —dijo su mujer retirando los tazones vacíos de la mesa—. Los bárbaros lo habían arrasado por completo. No podéis imaginar las cosas tan horribles que nos contó. Los muertos estaban desperdigados por todas partes y... —¡Joven Lucio! —exclamó el obispo Vitalino interrumpiendo a la mujer—. Tal vez queráis salir afuera a jugar con los otros chicos. Obediente, el muchacho asintió con un leve cabeceo y se puso en pie para abandonar la casa. —Voy con él —anuncié levantándome yo también. Me apetecía estirar las piernas un poco y, además, allí no se iba a hablar nada que yo no supiera ya. Por otra parte, me apetecía pasar un rato a solas con Lucio. Desde la noche del ataque a Londinium, no había tenido ocasión de hablar con él más de dos


palabras. Parecía bastante afectado por todas las desgracias que se le habían venido encima en tan poco espacio de tiempo. Pero cuando salí al exterior, ya no se lo veía por ninguna parte. Decidí no buscarlo y respetar su deseo de estar solo, esperando que no le diera por cometer ninguna tontería. La mañana había avanzado bastante y ahora la temperatura era bastante agradable, a pesar de encontrarnos en pleno invierno. El sol brillaba en lo alto, un disco débil y apagado que había conseguido calentar levemente el aire invernal. Tampoco había rastro de los hijos de Betto, cosa que agradecí. Prefería la soledad a tener que aguantar a dos críos ruidosos revoloteando a mi alrededor. No tardé en dejar atrás la aldea y, temeroso de alejarme demasiado por lo que pudiera encontrarme, decidí sentarse en una roca al pie del acantilado. Por primera vez en bastante tiempo podía disfrutar de un poco de tranquilidad. No me apetecía pensar en nada, así que dejé la mente en blanco mientras contemplaba cómo rompían las olas bajo mis pies. —Es enorme, ¿verdad? —dijo de pronto una voz a mi espalda. Me volví con sobresalto. Annia, la hija de Betto, se encontraba de pie detrás de mí. También tenía la vista clavada en el oleaje. Era una muchacha bastante bonita. Llevaba el pelo castaño recogido en una coleta, dejando a la vista un rostro de proporciones delicadas y enormes ojos azules. Su vestido de lana, aunque burdo y deshilachado en los bordes, se ajustaba a su cuerpo resaltando llamativamente las formas redondeadas de sus pechos y sus caderas. Estaba en esa edad en la que las muchachas se desviven por encontrar un marido antes de que los años y el duro trabajo las terminen echando a perder. Y Annia no era, desde luego, la excepción que confirma la regla. Sus ojos sorprendieron mi porfiado escrutinio y aparté la mirada con turbación. No había estado con una mujer desde mis últimos escarceos con la negra Penélope y mis impulsos más primarios se habían sobrepuesto a mi saber estar. —¿El qué? —fue lo único que se me ocurrió decir en mi azoramiento en respuesta a su comentario. —El mar —respondió ella sentándose a mi lado—. A menudo yo también vengo aquí para observarlo. En algún lugar más allá del horizonte se encuentra la Galia. —dijo alargando el brazo para señalar al frente—. Muchas veces me he preguntado cómo será. ¿Tú no? Asentí decidiendo no sacarla de su error. En realidad, la Galia estaba a nuestras espaldas, ya que nos encontrábamos en la costa norte de Cantia. Annia se quedó callada mientras seguía con los ojos fijos en la distancia con gesto anhelante. Dos gaviotas pasaron volando sobre nosotros y se dejaron caer junto a la pared


del acantilado para, en el último instante, desplegar las alas e introducirse aleteando en alguna oquedad abierta entre las rocas. Mientras tanto, yo me devanaba la cabeza intentando en vano encontrar algún tema de conversación. Cualquier cosa que acabase con aquel incómodo silencio. —¿Así que el hombre que te acompaña es un obispo? Para mi alivio, la muchacha se me había adelantado. —¿Eh?... sí. También es el tutor de Lucio. El muchacho —aclaré. De repente tenía la horrible sensación de estar balbuceando. Annia se aproximó aún más a mí con disimulo, como quien no quiere la cosa. Nuestras caderas se rozaron y comencé a notar cómo empezaba a despertar de su letargo bajo mis calzones aquella parte de mí que había quedado tan olvidada en medio del frenetismo de los últimos días. La excitación me insufló del valor suficiente para atreverme a apoyar mi mano sobre el dorso de la suya. Estaba ardiendo y su pecho parecía presa de una inequívoca excitación. Se forzó a mirarme y a sonreír, y yo le correspondí con la mejor de mis sonrisas. Fue una pena que en ese momento llegara hasta nosotros la voz de su padre llamándola: —¡Annia! Se puso en pie como un resorte componiéndose el vestido. Jadeaba como si acabara de echar una carrera. Saltaba a la vista que, aunque su cuerpo se lo pedía a gritos, aún no había conocido varón. —Lo siento, debo irme —anunció con gesto desolado. —No

te

preocupes

—respondí

intentando

ocultar

mi

decepción—

Ya

continuaremos con nuestra conversación más tarde. A la muchacha se le iluminó el rostro y salió corriendo por la playa gritándole una respuesta a su padre. Deseaba con todo mi alma poseerla, aunque no iba a ser nada fácil. Esa misma tarde partiríamos hacia la Galia, y después de eso era de esperar que nuestros caminos se separaran. Miré a ambos lados para asegurarme de que no había nadie por las proximidades. La playa estaba desierta en ese momento. Posiblemente todos los vecinos se hubieran retirado a comer y a dormir algo antes de la partida. Suspiré con satisfacción y hurgué bajo mis calzones para dejar libre a la fiera que contenían. Estaba demasiado excitado como para quedarme con las ganas. Lo hice rápido y sin dejar de vigilar a mi alrededor. En mi cabeza se agolpaban las imágenes que había conseguido robarles hacía un instante a los pechos y al trasero de Annia. Y un par de minutos después, mi semilla ya estaba cayendo en la arena de la playa para, unos segundos después, fundirse con la espuma de las olas que la barrían.


La próxima vez esperaba poder encontrar un lugar algo más apropiado para derramarla. —Sí, y ambos son hombres de palabra —admitió el myrddin Emrys—. El joven Aureliano, en particular, idolatra a Gwthr. No le dará la espalda. ¿Pero qué hay de Icenia? En cuanto la noticia del desvarío de Gwthr se extienda, y créeme que lo hará, jamás lo aceptará como duque de sus ejércitos. Tampoco Cadel de Powys. Al tratarse de un monarca cristiano, no se puede esperar que le rinda fidelidad a un pendraig. Que aceptara a Gwthr como comandante de sus ejércitos era la única manera de adscribirlo a nuestra alianza. Pero ahora jamás lo hará. No después del bochornoso espectáculo que nos vimos obligados a presenciar en Moridunum. Gwthr ya puede olvidarse de ser duque. ¿Tan mal estaban las cosas? Desde luego que yo ya sabía que lo de Gwthr con la reina Eigyr había sido un completo desatino. ¿Pero hasta el punto de acabar deshaciendo todo aquello por lo que habíamos estado luchando y que tanto esfuerzo nos había costado? Dejé escapar un suspiro de resignación. —Entonces, supongo que estará de más que te de el mensaje que traigo del pendraig Gwthr para ti, ¿no es así? El myrddin Emrys descolgó una hoz de su cinturón, se agachó al pie de un árbol y comenzó a sesgar por el tallo unos hongos alargados y de cabeza diminuta que iba introduciendo en el interior de uno de sus saquitos. —Supones bien —respondió—. Aún así, hazlo. Llevo todo el día sin escuchar nada divertido. No eran las mejores condiciones para transmitir una misiva, pero no había recorrido tanta distancia para coger ahora y darme la media vuelta. —Necesitamos de tu consejo —dije de mala gana—. Nos encontramos en una disyuntiva en Cernyw. El duque Gwyrlys se ha encerrado en una fortaleza imposible de tomar con los efectivos con los que contamos. Un lugar llamado Dinas Hen. Por otro lado, si logramos acabar con él, la reina Eigyr tal vez no se lo perdone nunca a Gwthr. Ambas cosas son importantes para Gwthr: vengarse de Gwyrlys y recuperar a la reina Eigyr y a Cernyw. Y no veo cómo va a conseguir ninguna de las dos mientras ambos sigan encerrados en esa fortaleza. —¿Y quién os ha dicho que Eigyr esté allí dentro con su marido? —replicó el myrddin Emrys con sencillez. —¿Es posible que no sea a sí?


El myrddin Emrys se puso en pie y colgó el saquillo rebosante de hongos de su cinturón. —Dime, muchacho descerebrado, ¿acaso tú te llevas a tu esposa contigo cuando marchas a la batalla? —Llegados a este punto, hizo una pausa para añadir—: Por cierto que ya me he enterado de la buena noticia. Felicidades por la unión de manos. Me hubiera gustado oficiarla, pero siempre ando de acá para allá y..., bueno. He oído que la novia es de las que merecen la pena. —Sí que lo es, gracias —respondí con satisfacción. —En cuanto a Eigyr —continuó hablando el myrddin Emrys como si nunca hubiéramos tenido aquel receso—, tiene demasiado buen gusto como para elegir como hogar un tugurio como Dinas Hen. Apuesto a que se encuentra en el castillo de Trevena 1, el único lugar medianamente decente que puede encontrarse en todo el país de los cornubios. —¡Trevena! —exclamé golpeándome la palma de la mano con el puño. ¿Cómo no había caído en la cuenta antes? Trevena era, y es, la única plaza fuerte construida en piedra que existe en Cernyw, famosa por hallarse al borde de un alto acantilado desde el que se domina buena parte del Mar de Vergivio. De hecho, ahora recordaba haber escuchado en alguna ocasión que aquélla, junto con la pequeña población que se encontraba a sus pies, era la capital de los cornubios. Con la reina Eigyr tras la seguridad de sus murallas, la situación cambiaba por completo. Ahora sólo quedaba que Gwthr decidiera si quería despedazar a Gwyrlys o prefería buscar antes la manera de entrevistarse con su esposa para conocer su parecer. Me di la media vuelta entusiasmado, dispuesto a marcharme por donde había venido. —¡Espera un momento, chico! —me detuvo el myrddin Emrys. Me volví hacia él. ¿Y ahora qué diantre quería? —¿Vas a marcharte así, sin invitarme a unirme a la fiesta? —inquirió sonriente. —Pensaba que no te importaba nada que tuviera que ver con el pendraig Gwthr — repuse. —¿Es que te has vuelto loco? ¿Y dejar que eche a perder lo poco que nos queda? No, mejor será que vaya a poner un poco de cordura en esa cabeza calenturienta suya.

1

Tintagel.


—¿Adónde te crees que vas, insensato? Los hombres del duque te coserán a disparos en cuanto te aproximes a tiro de flecha de Trevena. La voz del myrddin Emrys resonó como un estampido sobre el griterío reinante en el campamento. —No aguanto ni una noche más, myrddin —respondió Gwthr apretando los dientes. Las ansias lo reconcomían. Acto seguido, montó sobre Llamreid y añadió—: Si esta preciosidad aguanta —palmeó afectuosamente el flanco de la yegua—, en menos de cuatro horas habré llegado allí. El myrddin Emrys agarró a la yegua de las riendas impidiéndola marchar. —Y un minuto después, los cornubios estarán arrojando tu cuerpo sin vida por el acantilado. Gwthr resopló. Llamreid parecía contagiarse por momentos de la impaciencia que dominaba a su jinete. Pisoteaba el suelo una y otra vez cabeceando con nerviosismo. —¿Y qué me propones que haga entonces, druida? Tanta inactividad me está matando. —Lo que a ti te mata es el escozor de tu entrepierna. Las miradas de Gwthr y del myrddin Emrys se enfrentaron. Casi podían percibirse las chispas provocadas por aquel choque de voluntades. Cualquier otro que se hubiera atrevido a hablarle al pendraig de Britania en aquellos términos corría el peligro de ser ejecutado en el acto. Pero esa restricción, como al parecer ocurría con todas las demás, no se aplicaba al myrddin Emrys. —Está bien —dijo al fin Gwthr sin apartar las pupilas del druida, sus dientes fuertemente apretados arañando cada palabra—. Acabemos con esto entonces. Tomemos esta dichosa montañita y marchemos sobre Trevena. —Me temo que tampoco es ésa es la mejor solución —replicó el myrddin Emrys—. El asalto a Dinas Hen dejaría a tus huestes demasiado mermadas como para atacar una segunda plaza. —¿Es que quieres volverme loco, druida? —bramó Gwthr—. ¿Y qué puedo hacer entonces? ¿Atacar Trevena directamente? Gwyrlys podría atraparnos entre dos frentes. —No, tampoco es esa la alternativa. —¿Entonces cuál? —estalló Gwthr. Saltaban a la vista los esfuerzos que estaba llevando a cabo para no saltar del caballo y zarandear al myrddin Emrys como a un pelele. Por lo pronto, le arrancó las riendas de la mano con un fuerte tirón—. Dímelo ya o apártate de mi camino.


—A eso he venido —respondió el myrddin Emrys—. A darte mi consejo. Sin embargo mi ayuda no es desinteresada. Gwthr resopló nuevamente, más exasperado a cada momento. —Te daré cualquier cosa que me pidas si me ayudas a recuperar a Eigyr. —Con eso me basta. El myrddin Emrys hizo una pausa para asegurarse de que la promesa que acababa de recibir de labios de Gwthr quedara bien grabada en nuestro recuerdo. Después, comenzó a desgranar su plan: —Deberás hacer marchar a las tropas en dirección a Trevena, como bien has dicho antes. —Alzó una mano imperativo para evitar que Gwthr replicara—. Pero sólo durante una milla o dos, hasta que Gwyrlys ya no pueda ver tu ejército desde la fortaleza. Si es cierto que Eigyr se encuentra en Trevena, su marido no dudará en abandonar Dinas Hen para evitar que vayas a su encuentro. —¡Y entonces caeremos sobre él por sorpresa! —rió Gwthr complacido. —El ejército sí, pero no nosotros —le corrigió el myrddin Emrys—. Brathach, tú y yo estaremos para entonces en Trevena. Esta noche la podrás pasar con Eigyr y departir con ella lo que tengas que departir —añadió con malicia. —¿Pero no dijiste que no había forma de aproximarse a la fortaleza? —Eso puedes dejarlo de mi cuenta. —¡Y si el pendraig está con la reina Eigyr en el mismo momento en el que muere el duque, ella no podrá culparle a él! —exclamé sorprendido por la agudeza del ingenio del myrddin Emrys. —No enteramente, desde luego —aclaró éste—. Y menos aún si el atacante fue el propio Gwyrlys. Gwthr siempre podrá alegar que no se encontraba allí para evitar que sus tropas acabaran con él. Salimos de inmediato. Gwthr dejó el mando del ejército en mano de los reyes norteños junto con la orden de levantar el campamento pasadas las tres horas de nuestra partida para llevar a cabo la maniobra que habíamos planeado. Aquella no fue una noche especialmente extraordinaria, a pesar de lo que pretenden hacer creer las canciones de los bardos. Cuentan que el myrddin Emrys hizo aparecer bajo las patas de nuestras monturas una nube mágica que, en un abrir y cerrar de ojos, nos transportó hasta las puertas de la fortaleza de Trevena. Una vez allí, aseguran que se valió de un encantamiento para conferirle a Gwthr la apariencia del duque, a mí la de su principal hombre de confianza, el tribuno Manlio Jordano, y él mismo adoptó el aspecto de Briafael, el criado personal de Gwyrlys. Ninguno de los hombres del duque advirtió el


engaño. Nos abrieron las puertas, cenamos y bebimos hasta hartarnos y pudimos disfrutar de un lecho caliente y confortable mientras Gwthr se lo pasaba en grande jugando a ser un anciano que le enseñaba a su esposa los trucos nuevos que había aprendido durante su ausencia. Pero todo eso, como os he dicho, sólo ocurrió en las canciones. La triste realidad es que nos llevó hasta la medianoche alcanzar Trevena, maltratados a cada momento por una fuerte ventisca y un relente capaces de congelarle a uno hasta las ideas. Dejamos nuestras monturas ocultas en las afueras del pueblo y allí mismo nos mudamos de ropas. De nuevo aquellos repugnantes trapos que habíamos usado durante nuestra aventura en Dyfed. Y si no eran los mismos, olían como si hubieran sido desenterrados de la misma fosa común. En cuanto a cómo nos las compusimos para entrar en la fortaleza, no lo hicimos por la puerta principal, desde luego. En realidad, nos valimos de una soga para descolgarnos hasta la playa que hacía las veces de embarcadero y, desde allí, ascendimos hasta el castillo por una pasarela de madera que conducía hasta una pequeña y disimulada puerta de madera que se abría en su misma base, casi en la pared del acantilado. El myrddin Emrys señaló con el mentón la cerradura. —Vamos, muchacho —me dijo—. Es hora de usar un poco de tu arte. Parpadeé confundido antes de comprender a lo que se refería. —Myrddin —repliqué—, el de las ganzúas era Cilydd. El myrddin Emrys escupió un pegote de hierbas y se llevó las manos al rostro acariciándose las sienes con los pulgares mientras mascullaba algo que no llegué a escuchar. El viento que barría la pared del acantilado era tan fuerte que, si no hablábamos a voces, resultaba completamente imposible hacerse entender. —Está bien —dijo al cabo—. Vosotros esperadme aquí. Y sin más prolegómenos, saltó por encima del pasamanos y se encaramó a una estrecha cornisa que sobresalía de la pared rocosa. Intenté llamarle a la razón, pero ni siquiera se volvió hacia nosotros. Comenzó a alejarse lentamente, tanteando a cada paso con el pie para asegurarse de dónde pisaba. Un minuto después había desaparecido, y Gwthr y yo nos quedamos mirándonos el uno al otro con cara de circunstancias. —Si no regresa en diez minutos, echamos la puerta abajo —espetó Gwthr. —Será lo mejor —asentí. Pero no hizo falta llegar a aquellos extremos. Casi no habíamos terminado de hablar cuando el cerrojo de la puerta comenzó a pegar chasquidos y a chirriar. Los cierres se deslizaban lentamente, como si la persona que los accionara no quisiera hacer excesivo


ruido. A pesar de eso, Gwthr y yo nos pegamos a la pared del acantilado, cada uno a un lado de la puerta y con la mano lista en la empuñadura del arma. La puerta se abrió finalmente hacia adentro, y la cabeza del myrddin Emrys asomó mirando a uno y otro lado. —¡Vamos, pasad! —nos instó con mirada burlona—. ¿O es que queréis coger una pulmonía? La entrada daba paso a un pequeño rellano, más oscuro que la garganta de un gusano. Únicamente la luz de la luna que se filtraba a través de la piedra permitía atisbar una estrecha escalera de piedra que debía de conducir a las estancias superiores. —¿Cómo has logrado entrar, myrddin? —inquirí con curiosidad. —Me transformé en cuervo y pasé volando por una ventana —respondió sin mucho entusiasmo. Acto seguido se volvió hacia Gwthr—. Ven conmigo. Te llevaré hasta las estancias de Eigyr. Brathach, tú quédate aquí cubriéndonos la retirada. Tres sirvientes deambulando a estas horas por el castillo llamarían demasiado la atención. Obedecí de mala gana y cerré la puerta dejando sumida la estancia en la más completa oscuridad. Después me senté al pie de la escalera, mientras escuchaba alejarse a mi espalda los pasos lentos y sigilosos de Gwthr y el myrddin Emrys. ¿Cubrirles la retirada? ¡Claro! Yo me encargaría de acabar con cualquier patrulla que se atreviera a asomar las narices por allí. Y una vez hubiera entrado en calor, me deslizaría hasta el cuerpo de guardia para abrirles la garganta uno a uno a todos los soldados que me encontrara allí durmiendo. Recosté la espalda y la cabeza contra la pared buscando una postura más cómoda. Y cuando terminara con toda la guarnición de la fortaleza, quizá tuviera tiempo para hacerle una visita a las estancias de las esclavas para aliviarme un poco la tensión de los riñones. Que no todo en esta vida iba a ser batirse en duelo y rajar yugulares.

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Capítulos 1 y 2 de La piedra de la coronación  

Libro tercero de la trilogia Ecos desde Britania, de Vicente Baratas Martin.

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Libro tercero de la trilogia Ecos desde Britania, de Vicente Baratas Martin.

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