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Ainhoa se lleva la comida a la boca con los ojos fijos en la puerta del pasillo. —Mamá, ¿por qué está la casa tan oscura siempre a esta hora? —¡Qué cosas tienes, Ainhoa, hija! Pues porque sí. —Mamá retira a toda prisa el plato de la mesa y pone en su lugar un yogur abierto. Y también una cucharilla, que deja caer de cualquier manera—. ¡Vamos, cómetelo deprisa, que ya tenías que estar acostada! Mamá no hace más que mirar una y otra vez el reloj que hay en la pared de la cocina, sobre la cabeza de Ainhoa, como si temiera que en cualquier momento se fuera a descolgar y a caerse encima de ella lastimándola. Al final, opta por tomar la cuchara ella misma y embutirle a Ainhoa el yogur en la boca, aunque aún no ha terminado siquiera de masticar la carne. —¿Y por qué sí, mamá? —consigue decir Ainhoa después de tragárselo todo como puede, carne y yogur—. ¿Es porque va a venir él? Mamá se queda muy quieta, con la cuchara parada en el aire, muy cerca de la boca de Ainhoa. —¡Menudas cosas dices! La voz de mamá suena rara. Más rara que otras noches. Parece que va a decir algo más, pero luego se lo piensa y no lo dice. Y al final se lo piensa otra vez y vuelve a abrir la boca, pero no le da tiempo a hablar porque el telefonillo se pone a sonar. Ainhoa salta de la silla y se queda mirando a mamá. Aunque no sabe bien por qué se asusta siempre, si todas las noches suena igual. Así, con mucha fuerza y todo el rato sin parar. Mamá tarda un poco en reaccionar. Mira a Ainhoa, gira la cabeza hacia el pasillo y vuelve a mirarla otra vez, como si no supiera qué es lo que tiene que hacer primero. Hasta que de pronto parece acordarse, y es cuando empiezan las prisas de verdad. Mamá se mueve a toda velocidad. Casi no se le se ven las manos de lo rápido que coge el yogur para tirarlo a la basura y la cuchara a la pila de los platos sucios. Después agarra a Ainhoa del brazo y salen las dos corriendo por el pasillo hasta la habitación. Le da un beso en la frente y está a punto de cerrar la puerta, pero... —Tengo pis. —¡Joder, Ainhoa, hija! Mamá solamente dice palabrotas cuando él está en casa o a punto de llegar. El telefonillo sigue sonando. En realidad, el timbre no ha dejado de sonar en todo este tiempo. Parece una ambulancia de esas que todos los días pasan a toda velocidad por la calle grande. Mamá arrastra a Ainhoa otra vez por el pasillo y por poco no la tira al suelo cuando la mete en el cuarto de baño. —¡Date prisa, coño! Yo mientras abro el portal.


Ainhoa tiene ganas de llorar. ¡Pero si sólo quiere hacer pis! Mamá está más nerviosa que otras veces. La oye respondiendo al telefonillo. Sigue diciendo palabrotas y grita mucho. Se esfuerza en hablar bajito, pero grita. Ainhoa levanta la tapa deprisa y se sienta. Ahora ella también está nerviosa. Tanto que el pis no quiere salir. Lo intenta, y hasta hace fuerza, pero no hay manera. —¿Pero todavía estás así? Mamá no espera a que Ainhoa responda. La coge del brazo otra vez y tira de ella hacia el pasillo. La tapa del váter cae de golpe y Ainhoa se agarra del marco de la puerta. ¡Todavía no ha acabado! Está a punto de decírselo a mamá cuando se oye un golpe tremendo en el recibidor. Un portazo. La pared del pasillo tiembla, y hasta hay un cuadro que se cae al suelo con ruido de cristales rotos.

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Muestra narrativa 2  

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