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—¿Cómo lo haces? —me preguntó ayer Sixto levantando la mirada en mitad de la lectura del último capítulo de mi manuscrito—. ¿Cómo puede ser posible que te acuerdes de tantas cosas? —Tengo muy buena memoria —respondí burlón. Al parecer, a Sixto le fascina el hecho de que, tantos años después, no sólo recuerde todo lo acaecido durante mi infancia y mi juventud, sino que también sea capaz de enumerar todos los platos que se sirvieron tanto en la cena que el pendraig ofreció en Caer Gloyw para el myrddin Emrys como en la primera a la que asistí a la mesa de Aureliano en Londinium. —Y luego están las conversaciones —añadió Sixto—. ¿Cómo es posible que puedas transcribir palabra por palabra todo lo que hablaste durante tu vida? ¡Si yo casi no soy capaz de recordar lo que acabo de decir! —En realidad sí que lo eres —dije—. Recordaste palabra por palabra todo lo que se habló durante la noche en que escapamos del Cavum y así lo reflejaste en el manuscrito. —¡Pero eso es diferente! —protestó Sixto—. Sólo habían pasado unas horas. Además —añadió—, ésa es una de esas experiencias que cuesta olvidar. —Tienes toda la razón —reconocí—. A mí me ocurre lo mismo con muchos de los momentos de mi vida. —¡No te burles de mí, anciano! —No me burlo, Sixto —le aseguré—. Aunque sí que debo reconocer que ha pasado bastante más tiempo. ¿Sabrías guardarme un secreto? —Sixto asintió enérgicamente con los ojos muy abiertos, deseoso de desentrañar el misterio de mi portentosa memoria—. En realidad, a mí también me cuesta acordarme de las cosas. Y, si te digo la verdad, cuanto mayor me hago, más borrosos se van volviendo mis recuerdos. —Hice una pausa para deleitarme con la expresión de pasmo que se acababa de dibujar en las facciones de Sixto—. Soy tan incapaz de recordar lo que comí a la mesa del pendraig y de Aureliano como de reproducir las palabras que allí se pronunciaron. Es posible incluso que, si esta noche transcribo en mis páginas esta conversación que estamos teniendo tú y yo, la mitad de lo que aquí se está diciendo haya cambiado completamente. —¿Entonces, te lo estás inventado todo? ¿La historia entera de tu vida? Su ingenuidad me hizo soltar una carcajada. Así son los jóvenes de hoy en día: o blanco o negro. Para ellos no existen los matices. —Yo no diría tanto —aclaré—. Vamos a ver si lo entiendes con un ejemplo. ¿Cuál es el primer recuerdo que guardas de tu vida? Sixto se lo pensó largo rato antes de responder.


—Bueno —dijo al fin—. Recuerdo que estaba con mi madre en las marismas. Supongo que cerca de las murallas de la ciudad. De pronto, vi una rana y corrí a por ella. Mi madre me dijo que tuviese cuidado pero yo estaba demasiado ansioso por cobrarme mi presa. Al final, la rana se escapó y yo acabé cayendo de cabeza en el agua y calado hasta los huesos. —Apuesto a que tu madre te echó una bronca monumental. —Puedes jurarlo, anciano —dijo Sixto sonriendo con cierto brillo de añoranza impreso en la mirada. —¿Y recuerdas lo que te dijo? —En realidad, no. Pero supongo que me llamó bobo. Bobo y desobediente. Siempre lo hacía cuando armaba algún estropicio. Recuerdo que me desnudó allí mismo para enjugar el agua de mi ropa. En ningún instante dejó de gritar y de reprocharme mi torpeza. «¡Siempre igual, Sixto!», decía. «¡Siempre igual!». Bueno, esto último no lo recuerdo bien porque era muy pequeño. Pero creo que es una de las cosas que más he oído salir de sus labios siempre. —¡Ahí lo tienes! —exclamé triunfal—. La mayoría de las cosas no las recuerdas. Las supones partiendo de otros recuerdos que guardas de tu madre. En realidad, lo único que puedes contar con seguridad es la regañina que te llevaste. Y dime, Sixto, ¿qué harías si tuvieses que dejar por escrito ese momento de tu vida? Lo más probable es que recurrieras a todo lo que me has contado e intentases darle una forma interesante para quien lo pueda leer. —Y lo que no pudiera recordar ni suponer, probablemente me lo inventaría. Sixto sonrió encantado con su descubrimiento. —Es bastante probable, sí —contesté. —¿Es eso lo que hiciste con los platos que se sirvieron a la mesa del pendraig y de Aureliano? —Puede que Aureliano sí que sirviese tortilla de placenta aquel día —respondí—. Eso es algo bastante difícil de olvidar. Pero el resto sí, supongo que me lo inventé. Lo que en realidad quería era dar una imagen de la enorme diferencia que encontré entre los dos banquetes. —Eres un soberano mentiroso —rió Sixto. Y yo no pude menos que sumarme a sus carcajadas. Ciertamente, no podía mostrarme más de acuerdo con él.


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