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Voces del Movimiento
Indígena en Colombia

Voces del Movimiento Indígena en Colombia
Volumen 4
ISBN Colección: 978-958-8430-50-8
ISBN Volumen: 978-958-8430-59-1
Primera edición: Noviembre de 2025
Dirección de publicación: Paulo Estrada Añokazi
Tejido, preámbulo y edición: Rodrigo Estrada
Voces:
Orlando Rayo Acosta, Dokera
Domicó, Lina Arias Arias, Beatriz Vivas Yacuechime, Norman Bañol Álvarez.
Diseño y diagramación: pandebonus books
Impresión:
Editorial Gente Nueva
Impreso en Bogotá – Colombia
© Orlando Rayo Acosta, Dokera Domicó, Lina Arias Arias, Beatriz Vivas Yacuechime, Norman Bañol Álvarez y Rodrigo Estrada. ©Mesa Permanente de Concertación con los Pueblos y Organizaciones Indígenas - MPC
Esta memoria busca reconocer y socializar las luchas de los Pueblos Indígenas de Colombia por la reivindicación de sus derechos. Puede ser reproducida, copiada, distribuida y divulgada siempre y cuando no se altere su contenido y se cite a las personas que aportaron sus voces.
Preámbulo
Caminando la Palabra de Vida
Que haya más liderazgo de las mujeres y las juventudes
En honor a los que ya no están físicamente con nosotros
Hay que darle corazón, hay que darle vida a esto
La verdadera fuerza del Movimiento Indígena es la comunidad
R ODRIGO E STRADA
Más allá de las ideas generales que sobre el mundo indígena tenemos los vecinos no especializados en los conflictos políticos y sociales del país, hay una historia de resistencia a la que no nos ha sido dado acceder, una historia que, casi en su totalidad, permanece todavía en la memoria de quienes la han trazado. Se trata de un cuadro complejo y extendido, que abarca todo el territorio de nuestro país y un tiempo mayor que la edad de nuestra república; un paisaje que ahora deberíamos terminar de descubrir y mantener siempre a la vista.
El relato de las luchas de los pueblos ancestrales puede mostrarnos tantos hitos, tantos tiempos y paisajes como líderes y lideresas han participado de ellas. Puede mostrarnos también un buen fragmento de lo que somos y no hemos terminado de reconocer en nosotros mismos. Basta tan solo escuchar una voz, una sola, para enterarnos de que ha habido una parte nuestra que ha permanecido oculta o disimulada, y de que ese ocultamiento y ese disimulo han traído como consecuencia uno de los mayores inconvenientes que puedan recaer tanto sobre un individuo como sobre un pueblo: el desconocimiento de sí mismo. El pueblo colombiano no sabe, hasta ahora, quién es, no reconoce territorios extensos de su propio cuerpo ni los rasgos de su alma;
se ha identificado apenas parcialmente y muchas veces con lo peor de sí, con su máscara o sus rostros artificiales, aquellos que esbozan una mueca de incomodidad cuando por alguna orilla de su anatomía acaban por emerger las fuerzas que tanto se habían empeñado en acallar.
El Estado −y la sociedad en general− tiene deudas urgentes con los Pueblos Indígenas: el territorio, la reparación por el exterminio físico y cultural, la aplicación de leyes y decretos logrados por los mismos líderes y lideresas al cabo de los años, pero hay una deuda primaria, no menos importante, que, de ser saldada, podría contribuir enormemente en la resolución de las demás: el reconocimiento, no ya de la situación de las comunidades, sino de su misma existencia. El daño mayor –tal vez más profundo que el exterminio, porque lo antecede, lo facilita y lo banaliza– ha sido la invisibilización del mundo indígena, y así también de la historia de su resistencia: el manto oscuro, el bloque de silencio que se le ha echado encima a un crisol de pensamientos y mitologías, de lenguas, andares, voces y tejidos.
El desconocimiento de la propia configuración social e histórica por parte de un amplio porcentaje de la población colombiana ha posibilitado los agravios y penares sin cuento que han sufrido las comunidades indígenas, no solo en siglos pasados, sino en estos mismos días. La ignorancia consiente la injusticia, y también alimenta el prejuicio. Frente a la noticia de una toma, de un bloqueo, de una concentración, los vecinos del
barrio suelen responder de manera tajante: “allá están otra vez jodiendo esos indios”. Algunos intuyen las razones, y se solidarizan, pero no alcanzan a enterarse de las demandas y de las implicaciones. Si se les dijera, por ejemplo, que se trata del problema del territorio, no percibirían, en todo caso, lo que ello significa, no entenderían que el territorio conlleva el equilibrio, la dignidad, la identidad, los ancestros, el conocimiento y nada menos que la vida misma. Para entenderlo, habría que empezar a conocer la historia.
El daño al mundo indígena, para muchas personas (también, durante algún tiempo, para quien escribe estos párrafos), fue algo que ocurrió hace 500 años, algo completamente ajeno a sus vidas: un zarpazo del imperio español que borró, al cabo de unos contados meses, quizás una veintena de culturas cuya importancia residía en haber fabricado unas cuantas esculturas en piedra, hermosas narigueras, vasijas de barro y una que otra estatuilla de oro; acabaron con todos, menos con los que se subieron muy arriba a la montaña o con los que se refugiaron muy adentro en la selva: unos cuantos apenas, que sobreviven vaya Dios a saber cómo, entre matorrales y jaguares, cazando micos con cerbatanas y paseando largas horas en canoa, sin televisión, sin internet, sin restaurantes y sin dinero. Vale, quizás exagero (o tal vez el ejemplo quede corto), pero el punto es que el imaginario que hemos construido los vecinos no indígenas sobre los pueblos ancestrales y sus resistencias dista enormemente de la realidad. Creemos que el daño es un asunto de un remoto
pasado, y, cuando somos más ‘cultos’, creemos que la resistencia más ardua fue la que ejerció el Pueblo Caribe ante la invasión española: eran feroces, tiraban flechas con veneno, se comían el cuerpo de su adversario y usaban sus cráneos reducidos como collares. Eso creemos, eso nos enseñaron en la escuela.
Muy poco nos han informado que, tras el desproporcionado exterminio, aún existen 115 pueblos indígenas dentro de los límites imaginarios de este joven país que se llama Colombia, y que entre estos pueblos sobreviven aún 65 lenguas. 115 y 65 no son más que dos números, pero nos iríamos de espaldas si lográramos dimensionar o hacernos conscientes de lo que ello verdaderamente significa. La profundidad de un solo pueblo y una sola lengua es ya un milagro incomparable. Luego están las acciones, la suma de movilizaciones que se han llevado a cabo para recuperar el territorio, conservar la cultura y buscar la autonomía y la unidad indígena. Eso que a los vecinos del barrio puede parecer una invasión, un capricho, una expresión anárquica e irreflexiva, viene a ser en cambio, por un lado, una necesidad imperiosa de solucionar problemas verdaderamente serios, y, por otro, un canto más de una gesta continua que ha contribuido, al final de cuentas, en la lenta y muchas veces tortuosa maduración de la nación colombiana.
El Movimiento Indígena ha sido un esfuerzo que se ha dado en muy diversos frentes y se remonta a los procesos de resistencia que hubo desde la primera invasión europea. Ahora, en
los últimos cincuenta años, en medio del acoso del capital y de la guerra, la lucha ha dado importantes resultados. Desde el renacer organizativo en los años setenta y ochenta, pasando por la participación en la Asamblea Nacional Constituyente, la firma de la carta magna, el surgimiento del MAIS y la creación de escenarios como la Mesa Permanente de Concertación con los Pueblos y Organizaciones Indígenas, y llegando a la reciente coyuntura política: el alcance de la Presidencia de la República por parte de un proyecto que los Pueblos Indígenas apoyaron casi en su totalidad, se puede percibir una apuesta coherente y sostenida, soportada de seguro en esos cuatro principios básicos que fueron definidos ya en el Primer Congreso Indígena Nacional, en 1982: Unidad, Territorio, Cultura y Autonomía. Esos principios han sido defendidos por un número importante de líderes y lideresas, que han tenido participación tanto en escenarios de base, al interior de las mismas comunidades, como en lugares relevantes del aparato estatal. Por supuesto, a juzgar por las ideas y posiciones que a continuación compartiremos, también dentro del Movimiento Indígena ha habido contradicciones, maneras diferentes de entender la ruta y de asumir la lucha. Esa circunstancia, vistos los resultados, antes que disminuir el Movimiento, debe de haberlo fortalecido.
En las páginas siguientes podremos ver algunos de esos contornos de la lucha que los pueblos han dado para no desaparecer, y para escalar en la recuperación de unos derechos largamente sustraídos. Las voces que hablarán a continuación son apenas
una mínima representación de esa vasta resistencia, pero son también, cada una de ellas, toda una historia, una ventana a ese mundo que tanto nos hemos tardado en reconocer. El objetivo principal de esta serie de publicaciones será precisamente ese: el de abrir las ventanas, dejar ver los paisajes que han permanecido ocultos para una buena parte del vecindario colombiano. Otro objetivo será el de dar paso a una serie de críticas y esperanzas alrededor de esos mismos logros y plataformas alcanzadas. Acaso, del tejido de estas voces puedan aparecer nuevas claves que aporten en esa búsqueda permanente, esa demanda esencial: la de la justicia y el equilibrio con la Madre Tierra. Avanzando los Pueblos Indígenas en el equilibrio que proponen y demandan, avanzará también el país en lo que tanto necesita: un poco de sosiego, un remanso, una orilla de paz, y el reconocimiento de sí mismo, de su propia mitología, de su semilla y su raíz.
Los líderes y lideresas tienen la palabra. Uno de los propósitos del movimiento, de quienes han participado de la resistencia, es contar la historia. Contarla con voz propia. La Secretaría Técnica Indígena de la Mesa Permanente de Concertación, STI-MPC, ha querido contribuir en esta construcción. Esta, más allá de ser una plataforma de diálogo y participación de los Pueblos
Indígenas en la toma de decisiones que competen a las comunidades, es también un escenario de convergencias, en el que se
va creando un tejido diverso de relatos y de ideas, de postulados políticos, de mandatos ancestrales. En ese transitar de palabras, que vienen y van entre autoridades y representantes, se puede encontrar esa historia que no ha acabado de ser conocida por la población colombiana, o que, muchas veces, no se difunde de manera cabal entre los mismos pueblos hermanos. Tendríamos que preguntarnos si la juventud pasto o nasa, por ejemplo, se ha estado enterando de la resistencia zenú o barí, y también viceversa. En esa medida, entonces, cobra mucho sentido la intención planteada, la de relatar el cúmulo de reveses y atropellos que han recaído sobre los Pueblos Indígenas, pero también sus victorias y conquistas y hacerlo, por supuesto, desde la orilla de sus voceros.
Ese relato podría ser narrado de muy diversas formas; para esta serie de volúmenes se ha escogido una precisa, la de darle tránsito libre a lo que los líderes y lideresas han querido contar y opinar sobre las luchas de los pueblos, sobre la participación de estos en la historia del país y sobre la coyuntura que estamos viviendo: sus críticas, sus esperanzas, las rutas que podría seguir el Movimiento Indígena y el posible destino del país. Las voces que hemos estado reuniendo han surgido de entrevistas realizadas entre el 2022 y el 2025, pero también, de algunas de las intervenciones realizadas en las recientes cumbres y foros indígenas. En la edición hecha a estos testimonios se ha pretendido mantener las dinámicas propias de la expresión oral: los saltos temáticos, los énfasis, quizás ciertas vaguedades,
pero al mismo tiempo, con el fin de facilitar la lectura, se ha buscado adecuar la forma del discurso a una gramática acorde a la lengua escrita. En todo caso, lo que se quiere es que tanto la memoria como la opinión de los mayores y mayoras aquí reunidas crucen el puente, que, del otro lado de la página, otros posibles tejedores acaben de componer este tapiz, considerando siempre, por supuesto, las voces de quienes han vivido estos pasajes fundamentales de nuestra historia.
Nuestro cuarto volumen de Mientrasnoseapagueelsol contiene las voces de líderes y lideresas representantes de los pueblos Yagua, Embera, Kankuamo y Nasa. En sus relatos podremos ver algunos de los rasgos de sus respectivas culturas; también advertiremos que sus caminos han tenido ciertas similitudes: la presencia constante de sus mayores y mayoras, el trabajo por el territorio, la activación política en las organizaciones regionales, el paso por la academia (en varios de los casos) y posteriormente los escenarios nacionales. Entre las plazas ocupadas por nuestras invitadas e invitados están las consejerías Mayor y de Planeación, Administración y Finanzas de la ONIC, la coordinación de la Mesa Permanente de Concertación, la Mesa de Diálogo de Paz entre el Gobierno nacional y el ELN, y la Cámara de Representantes de Colombia. Es decir: quienes nos hablan en esta ocasión vienen teniendo participación en las decisiones
más importantes que se han tomado en los últimos años en lo que respecta a las luchas de los Pueblos Indígenas de nuestro país. De una u otra manera, han contribuido en los logros más recientes del Movimiento Indígena, propósitos que se han ido concretando luego de décadas de minga y pensamiento.
En todo caso, más allá del evidente protagonismo que han tenido quienes nos hablan en estas páginas, tanto a nivel político como administrativo, no han dejado de reconocer la preeminencia de la colectividad en las conquistas que se han hecho a favor de las comunidades: en esta larga lucha, ha sido la fuerza plural la que ha logrado derechos tan importantes como el reconocimiento de los Sistemas de Conocimiento Propio y las Entidades Territoriales Indígenas, entre otros. Al mirar las historias narradas en este libro, se puede observar que, efectivamente, las acciones individuales no han sido otra cosa más que un trazo en el tejido que integra a los viejos y a los jóvenes, a los liderazgos de las regiones y los de las capitales, a los que aún hacen el camino y a quienes siguen contribuyendo en espíritu. Las voces de las próximas páginas -voces todas ellas jóvenes- nos permitirán volver a reconocer las batallas de los mayores, y también nos dejarán atisbar algunas de las rutas posibles para lo que ha de venir: la consolidación de unos derechos labrados largamente.
Démosle paso, a partir de este momento, a Orlando Rayo Acosta del Pueblo Yagua, a Dokera Domicó del Pueblo Embera, a Lina Arias Arias del Pueblo Kankuamo, a Beatriz Vivas Yacuechime del Pueblo Nasa y a Norman Bañol del Pueblo Embera.
El viaje inició en la comunidad de Ronda, a orillas del gran río Amazonas. Allí, Orlando Rayo hizo sus primeros avances como líder político de los Pueblos Indígenas. Asumió las enseñanzas de sus padres, las cuales definieron el principio rector de sus acciones: todo lo que se hace en la dirigencia es para servir a la comunidad. Se desempeñó en diferentes cargos en la Asociación de Cabildos Indígenas del Trapecio Amazónico – ACITAM; fue delegado de la Mesa Permanente de Concertación – MPC por la
macro región de la Amazonia y caminó en todas las direcciones su departamento. La llegada a la Consejería Mayor de la ONIC marcó un hito para los pueblos indígenas del Amazonas y la Colombia indígena: fue la primera vez que un líder de la Amazonía ocupaba dicho cargo. Lo que se propuso fue avanzar en la unidad del Movimiento Indígena, desde los principios, fundamentos y Sistemas de Conocimientos, y escuchar con atención, siempre, la palabra de las Autoridades Tradicionales.





7/4/23
Mi nombre es Orlando Rayo del Pueblo Yagua, perteneciente
al clan Ardilla, nacido en la comunidad de Buenos Aires
Cotuhé, de la Asociación de Autoridades Tradicionales Indígena, Cabildo Indígena Mayor de Tarapacá – CIMTAR , área no municipalizada de Tarapacá del departamento del Amazonas. Mis primeros pasos de vida fueron en la comunidad de Puerto Boyacá del Gran Resguardo Predio Putumayo. Comencé mi camino en la dirigencia dentro de la comunidad de Ronda, donde inicialmente fui tesorero. Menos de tres meses después pasé a ser tesorero suplente de ACITAM [Asociación de Cabildos Indígenas del Trapecio Amazónico]. Luego, en 2004, asumí como tesorero titular de esta organización.
A partir de entonces comenzamos a trabajar en temas importantes, especialmente en la reestructuración de la organización.
En un proceso de dos años, volvimos realidad lo aprendido de mis padres y de nuestras Autoridades Tradicionales, quienes siempre aconsejaban que cuando uno trabaja para el Movimiento Indígena, o para la sociedad, uno debe actuar con honestidad, hacer las cosas que se deben hacer.
Mi viejo siempre estuvo pendiente de mi formación. Una de las cosas más fuertes que me dijo cuando empecé en la dirigencia fue que, si un día decidía meterme en ese camino, no podía ser para hacer las cosas mal. Me dijo que si iba a hacer las cosas bien podía quedarme como dirigente, pero si no, mejor que me retirara.
Mi padre nos enseñó a trabajar, a pescar, a cazar, a sembrar, a ganarnos el pan diario, haciendo trabajos duros, pero honestos. Nos enseñó que uno come y se viste con lo que gana, con el sudor de su frente, y así es como debe ser.
Estas palabras compartidas fueron la guía para el caminar en la vida: actuar con absoluta honestidad, ser leales a las personas y las ideas, respetar lo ajeno, cuidar y apoyar a quien lo necesite. Robar, traicionar, mentir, no fue una opción.
Todos esos principios siempre han estado presentes en la mente. Mis padres me decían que había que cuidar a la familia, que había que cuidar al pueblo, porque lo que uno hace no solo lo afecta a
uno, afecta a la familia, a los hermanos, a la mamá, al papá, a muchas otras familias, también al pueblo de uno. Con esos principios empezamos a trabajar en los planes de vida de ACITAM.
Desde que éramos pequeños, mi papá siempre nos ponía a trabajar y a liderar cosas. Desde muy niños éramos los que liderábamos la casa. Nos decía: “Bueno, hoy usted se queda aquí, usted responde por la casa. Hoy usted se va a trabajar en la minga, pero usted es el que va a liderar la minga”. El compromiso para seguir avanzando fue una enseñanza profunda para caminar el recorrido en el que hoy estamos.
Ya cuando estaba en tercero de primaria, recuerdo tanto... como era amigo de todo el mundo, siempre estaba en la amistad, en el trabajo con la gente, en todas las actividades que había en el colegio. Un día estaban eligiendo presidente del gobierno escolar, en ese entonces en el colegio Villa Carmen. Estaba en tercero. Estaban haciendo las carteleras de los candidatos a la presidencia. Eran dos candidatos, porque siempre se lanzaban los de cuarto y quinto. Los pequeños no podíamos estar ahí.
Y entonces un profesor me dijo: “Rayo, ¿usted no quiere ser candidato?”. Le respondí: “No, profe, pero si son los de cuarto y quinto”. Me dijo: “Usted tiene cualidades para eso”. Le dije: “Espere”, y me fui a orinar. Cuando regresé, me volvió a decir: “¿No quiere ser candidato?”. Le dije: “Profe, pero si no tengo ni cartelera, ni propuesta”. Y él me dijo: “No, nosotros la hacemos. Solo diga lo que usted piensa”. Eran cinco puntos, me acuerdo tanto. Me dijo: “Tráigalos, los escribo”. Le comenté mis propuestas y él mismo escribió la cartelera.
Ya eran las ocho de la mañana, y a las nueve salíamos a recreo. A esa hora se presentaban los candidatos. Éramos como 300 estudiantes. Los profesores que estaban organizando dijeron: “Hay un tercer candidato”. Me encontraba sentado por ahí atrás, y todos se miraban preguntando quién era. Era una campaña, y en ese entonces los profesores también enseñaban maquiavélicamente a hacer campaña política dura. Me acuerdo que de los tres candidatos era el más pequeño, bien callado.
Cuando me presentaron, todos gritaban las arengas y todo. Me tocó pasar de último, presenté mi cartelera, ahí medio gagueando —peor aún, en tercero yo era más gago todavía— y la gente de una se entusiasmó: que Rayo era el candidato. Hicieron la votación, y gané esa elección. Así, en menos de una hora desde que presentaron mi candidatura. Salí elegido presidente del gobierno escolar. Digamos que un profesor descubrió mis cualidades en ese momento.
De ahí seguimos trabajando con un grupo de muchachos en Tarapacá. Cuando acabamos la primaria, pedimos el bachillerato, los estudiantes queríamos estudiar, y desde la Secretaría de Educación Departamental nos dieron la oportunidad de organizarlo. Estudiábamos por ahí en casas, en una planta vieja, una casa amarilla. Rotábamos en el aula múltiple, ahí recibíamos las clases. Pero nada más.
Estábamos en sexto, séptimo, octavo, noveno… y en noveno hicimos un paro. Un paro grande del Área no municipalizada de Tarapacá. Con eso conseguimos los recursos financieros para el bachillerato. Éramos muy fuertes. Éramos como ocho estudiantes, no recuerdo bien, siete u ocho los que lideramos todo eso. Logramos que nos dieran ese recurso, pero dijimos que no parábamos hasta que los materiales no llegaran a Tarapacá.
Fuimos tan firmes que nos quedamos ahí esperando, pero también pusimos nuestra contrapartida: que apenas llegara el material, nosotros mismos lo íbamos a cargar hasta donde iba a estar el colegio. Me acuerdo tanto que hubo muchos problemas.
No faltan los obstáculos y personas en contra, que no querían. El Ejército se metió, la Policía también, y nos cogimos entre todos. Pero al final, logramos materializarlo.
Creo que esa fue una de las primeras obras que logramos aportar al departamento, y también a Tarapacá. Tanto así que alcancé a estudiar ahí en ese colegio... dos meses nomás estudié. Dos meses en décimo. Después de eso me fui a Leticia a seguir estudiando.
Creo que ahí comienza a nacer el espíritu de servir y de asumir cosas grandes, en vez de estar uno encerrado entre cuatro paredes, por ahí hablando de cosas que no deben ser. Después, como venía contando, terminé el bachillerato y en algún momento quise pertenecer a la Policía. Pero no pude, porque ya tenía una hija, y en ese entonces, para ser patrullero no se podía tener mujer ni hijos. Eso fue lo que apareció en la Registraduría, y por eso no puede. Había pasado todas las pruebas.
Me quisieron llevar como profesor a las Áreas no municipalizadas, pero la docencia es una labor muy importante y no estaba
tan preparado en ese momento, por respeto no acepté. Me fui para donde vivía la mamá de mis hijos. Recuerdo también que en ese momento quisieron que fuera gobernador de la comunidad. La gente quería, pero dije que no, porque era muy joven. Tenía apenas 23 años. Ahí no podía. Uno debe medir sus capacidades y ser muy coherente. Además, no podía hablar de nada si apenas tenía una niña chiquita. Para hacer gobierno hay que haber criado hijos. Entonces, tocaba mirar eso.
De ahí quedé como tesorero de ACITAM, me acuerdo tanto. La responsabilidad que tenía ya era en el municipio de Leticia. Vuelvo y digo: nosotros comenzamos poco a poco a trabajar el tema, con todo el regaño del viejo, pero también entendiendo que, cuando uno llega a un lugar, no puede ser solo para pasar el tiempo, no. Es cómo, desde el rol administrativo —en mi caso como tesorero— uno puede arreglar las cuentas, organizar el tema administrativo. Y lo logramos.
Hicimos Planes de Vida. También trabajamos en cómo organizar el tema contable, cómo estructurar los pliegos de condiciones, organizar todo el manejo administrativo. La idea era que lo que llegara a la organización, los proyectos, beneficiaran a la gente, hacer el trabajo, y no para gastarse la plata antes de tiempo. Pudimos posicionar eso.
Empezamos a trabajar con disciplina. Estuve nueve años como tesorero en la organización. Ya en el 2010 me eligieron por
la Macro Amazonía de la ONIC en la Mesa Permanente de Concertación. También habíamos hecho trabajos con otras organizaciones, como la OPIAC [Organización Nacional de los Pueblos Indígenas de la Amazonía Colombiana], y con algunas organizaciones no gubernamentales. Todo el tema del Decreto 632 de 2018, todo lo relacionado con resguardos: ampliación, constitución, saneamiento, blindaje territorial, jurisdicción especial, planes de manejo, ordenamientos territoriales; la restructuración de la Mesa Permanente de Coordinación Interadministrativa – MPCI del Amazonas, el protocolo de la participación real y efectiva de las víctimas indígenas con Palabra de Vida del departamento del Amazonas, en el marco del Decreto Ley 4633 del 2011, y la Cumbre Intergeneracional de Autoridades Tradicionales y líderes Indígenas del departamento del Amazonas... todo eso veníamos trabajándolo.
Y todo ese camino fue lo que me permitió llegar también a la Mesa Permanente de Concertación. Del 2010 al 2021 fui delegado en la MPC, pero también fui vicepresidente de la organización. En el último periodo, fui vocal de ACITAM. En ese trasegar también hay muchas pruebas que le ponen a uno; como dicen los viejos: las cosas no son fáciles.



En un momento me tocó sentarme a repensar mi vida, porque veníamos de un camino muy político. Se avanzaba mucho en lo político, pero en lo cultural, en lo espiritual, poco. Buscábamos a los abuelos y Autoridades Tradicionales para que nos curaran cuando estábamos enfermos o cuando necesitábamos algo, pero no más. Entonces, no. Me tocó hacer una pausa, y eso cambió mi vida, mi relación con la gente, la vida y el territorio.
Estando en la MPC, pude recorrer toda la Amazonía, por donde tenemos incidencia como ONIC. Recorrí varias veces todas las organizaciones, y eso también sirvió para retroalimentar el trabajo que veníamos haciendo a nivel nacional: ayudar a constituir resguardos, afi liar a ACITAM a organizaciones de las que no hacíamos parte, fortalecer procesos.
Ya dos años antes del X Congreso Nacional de los Pueblos Indígenas, en 2018 o 2019 más o menos, comenzó el tema de la reforma a la Ley de Gobierno, de posicionar esa ley, de reestructurar la ONIC: su estatuto, su manual de convivencia,
su columna vertebral. En ese momento, se empezó a hablar de que la Consejería Mayor tenía que ser rotativa. Y los únicos que no habían estado en la Consejería, como presidentes, eran la Amazonía y la Orinoquía. La Orinoquía había tenido un compañero por un corto periodo de tiempo, y de la Amazonia no habíamos estado en la Consejería Mayor.
Llegamos a un consenso con la Orinoquía. Ellos dijeron: “No tenemos ahora candidato. Ahora le toca a la Amazonía”. Y la Amazonía, bajo la orientación de las Autoridades Tradicionales y decisión de las bases, me buscaron y me colocaron como candidato. Nunca había aspirado a estar en la Consejería Mayor de la ONIC. Nunca. Siempre pensé en estar en la ONIC, sí, pero en temas de territorio, derechos humanos.
En el 2012 ya me habían querido traer como tesorero, y en el 2016 también. Pero por la misma razón no acepté: era muy joven. Asumir responsabilidades grandes no es fácil. Uno joven todavía no tiene la sensatez para resolver ciertas cosas. Las vanidades pueden ganarle a uno. El poder, la plata... Por eso no acepté en ese entonces.
Pero esta vez, en el pensar de los viejos y de la dirigencia, dijeron que era el momento. Y como se sabe, en lo tradicional no es si uno quiere o no. Una vez que te nombran, dicen: “Usted. Le tocó asumir la responsabilidad”. Y así fue.
Creo que ha sido una experiencia valiosa, porque debo contar que cuestioné a las Autoridades Tradicionales y a la dirigencia. Les dije: “¿Cómo me van a mandar a mí, si para llegar a la ONIC se necesitan recursos para hacer campaña, y nosotros en la Amazonía no tenemos esa plata?”. Y los viejos me regañaron y me dijeron: “¿Y entonces para qué mambea, para qué chupa ambil? Esa es la fuerza, esa es la palabra, ese es el gobierno. Con eso vas a ser elegido”. Y así fue. Pudimos recorrer los territorios, y lo que nos hiciera falta, alguna criatura extendía la mano y nos daba. Así conseguimos tiquetes, viajes, apoyos. Algunos amigos de la dirigencia, compañeros, nos ayudaron, y con eso pudimos llegar.
El Movimiento Indígena durante mucho tiempo dudó de la capacidad de la Amazonía para asumir la dirigencia. Concentrar las acciones en una visión política y separarlas del acompañamiento espiritual es la causa de esa resistencia. No es fácil comprender que los espacios tradicionales impulsan el actuar integral de nuestras acciones; que seguir el mandato del padre Creador y de los abuelos orientan el pensamiento.
Fuimos electos para la Consejería Mayor, sin eso que llaman maquinaria, fue duro. Pero fue la palabra sabia de los viejos, su sabiduría, su conocimiento, lo que nos llevó hasta la Consejería Mayor. Creo que, después de 42 años, ver a un amazónico en la consejería es un hecho muy significativo. Y no solo amazónico, sino yagua, porque somos poquitos. No hay más de dos dirigentes yaguas en la vida nacional. Otros pueblos tienen muchos más dirigentes a ese nivel.
Nuestra llegada incluso fue una novedad para la misma Amazonía. Pero pudimos recoger, sentir, pensar los principios de todos los pueblos, y los acompañamos durante muchos años.
Eso fue lo que nos trajo hasta aquí. Pero la fuerza no es mía, es de todos los pueblos. Orlando Rayo es solo un muchacho al que le mandaron a cumplir una misión: unir el Movimiento
Indígena colombiano, que todos se sientan parte de la organización. Que no sea de una sola región, ni de un solo pueblo. Que sea de todos. Y eso es lo que estamos haciendo: unir, pensar, trabajar, orientar desde la MPC, desde el pensamiento de los Sabios, Sabias y Autoridades Tradicionales, desde lo que nos han enseñado y orientado. Eso hacemos todos los días.
Creo que ver a un amazónico allá también abre más posibilidades para otros pueblos indígenas y para las regiones que han estado excluidas tantos años. Siempre nos daban los cargos que sobraban. Y eso nos ha hecho repensar muchas cosas.
Mi misión hoy es unir a los pueblos. Que todos estén dentro de la organización hasta donde más se pueda. Abrir las puertas.
Pero también formar a las nuevas generaciones para que hagan ese relevo, primero desde lo tradicional, lo cultural, lo territorial, lo regional, y luego lo nacional. No podemos fallar, porque si fallamos, vamos a cerrar el camino a toda una generación que viene detrás, y eso será muy duro, como ya nos ha pasado.
No puede seguir siendo un tema de tres o cuatro pueblos, o una región. Hay que abrir camino para todos, para que haya una nueva dirigencia: que sus bases los reconozcan, que sus autoridades los reconozcan, que su gente los reconozca. Eso es lo que necesitamos.
Queremos aportar a la forma de pensar en la región, aportar y mejorar la manera de hacer política organizativa, cambiar cómo se mira el territorio, y eliminar algunas ideas de que las organizaciones son solo para coger poder político o económico. No. Tienen que ser para formar, para ayudar, para sostener nuestras formas de pensar, nuestra forma de vivir, de hacer vida, de mantener la vida, de mantener nuestro Sistema de Conocimiento. Eso es lo que tenemos y eso es lo que estamos haciendo.
En las discusiones políticas, al inicio dijimos que queríamos lograr varios senadores, varios representantes. Conseguimos algunos, otros no. Pero también buscamos dejar de solo gritar que nos están matando, que nos discriminan... y más bien decir y dar a conocer todo lo que hemos construido, lo que aportamos a Colombia y el mundo. No porque no sean verdad las afecta-
ciones y violencias en los territorios –los Pueblos indígenas hemos vivido, sufrido y llorado esta realidad–, sino porque sí hemos construido bastante, con mucho esfuerzo. Y eso hay que mostrarlo. Los Pueblos Indígenas ayudamos, aportamos al Cuidado de la Vida y la gobernabilidad de este país.
Cuando llegó Petro a la Presidencia, nosotros ya habíamos creado un mandato como Organización Nacional. Nos tocó trabajar eso desde la Consejería. Lo llevamos a las reuniones con las organizaciones nacionales, a la MPC, a la Asamblea de Autoridades, a las macrorregiones y, por último, a la Asamblea General. Eso fue lo que se materializó y se presentó a Gustavo Petro, para que lo incluyera en su Programa de Gobierno.
Y ahí comenzaron las andanzas: que quién iba a ser ministro, que quién iba a hablar con el presidente... Me retiré de esa discusión. Como ONIC, creemos que hay que trabajar, construir, no andar pidiendo ni gritando. El trabajo, el hacer, es lo que nos va a llevar a lograr lo que queremos.
Así fue como pudimos materializar, en su momento, un Plan de Desarrollo hablado, trabajado, y con eso hemos incidido.
Pudimos llamar a la unidad del Movimiento Indígena. Hubo una cumbre de organizaciones para desbaratar la Mesa Permanente de Concertación, pero no lo permitimos. Porque la Mesa es una instancia creada por nuestros viejos, por la dirigencia, en lucha, en resistencia, en minga. Y eso no lo podíamos permitir, por más caprichos que tengan algunos.
Los congresos de la ONIC son la máxima instancia de autoridad que tiene la Organización Nacional Indígena de Colombia. Con todo el trabajo que venían haciendo los anteriores dirigentes, se aprobó la Ley de Gobierno en el 2019. Allí había varios puntos importantes: que la dirigencia fuera rotatoria, y que hubiera una participación de género paritaria. En el último congreso pudimos llegar incluso a que hubiera 6 mujeres y 4 hombres en las consejerías. También sucedió que los de la Amazonía logramos por primera vez la Consejería Mayor. En ese objetivo tuvimos como aliados a la Orinoquía, y, en su momento, a la Macro Occidente.
Los congresos son cada 4 años, y son el espacio en donde se mandata, donde se revisa y se organiza la estructura según el momento que estemos viviendo en los territorios y el país, en materia de derechos humanos, educación, salud, territorio, medio ambiente, jóvenes, guardia indígena, mujeres y demás.
Creo que el Congreso es para mandatar sobre las 10 consejerías que hay y proyectar las acciones de los próximos años, no para entrar en confl ictos que pueden impedir hacer realidad el proyecto de país y las orientaciones de las autoridades.
Deberíamos llegar solo a posesionar las consejerías, para que estas lleven ya el lineamiento político, orgánico, social y económico de la organización. En eso estamos fallando, pero queremos llegar a eso poco a poco. El Décimo Primer Congreso debe ser para que lleguemos a mandatar y a la fi esta grande de los pueblos, y no para ir a mirarnos como contrarios compitiendo por un cargo, pues el Congreso es la máxima instancia del Movimiento Indígena reunido a través de la ONIC.




Uno de los primeros objetivos que tenemos es la gobernabilidad del territorio. Esta se puede hacer solo sobre el asiento del pensamiento de nuestros sabios y sabias, de nuestras autoridades tradicionales. Por eso, desde que llegamos a la ONIC, empezamos a hablar del tema de lo tradicional y de nuestros Sistemas de Conocimiento. En eso hemos tenido mucha ayuda de la mayora María Beatriz Vivas, la Consejera de Planeación, Administración y Finanzas. Dijimos, vamos a hacer un lugar cultural, cómo le hacemos. Entonces se hizo una Tulpa y la organización hoy tiene otro horizonte.
Ahora los viejos están siempre alrededor de nosotros. Hay dónde refl exionar, hablar, proyectar para el día siguiente y para los años venideros. En nuestra Ley de Gobierno había un mandato que decía que debía haber un Consejo de Sabios y Sabias, y eso no se había materializado. En este periodo se materializa, todas las macrorregionales cuentan con sus sabios, sabias y autoridades tradicionales. Teniendo este Consejo, debíamos ponerlos a sesionar y no sabíamos cómo, porque tampoco había recursos, pero mambeando, pensando cada noche, al fi nal conseguimos unos recursos y logramos no solo
convocar a los miembros del Consejo de Sabios y Sabias, que son 10, sino a más de 400 tradicionales de todo el país. Hicimos la Primera Cumbre Nacional de Sabios, Sabias y Autoridades Tradicionales de la ONIC, para que hablaran, direccionaran y mandataran sobre la organización.
Las organizaciones habían pasado a ser políticas nada más, pero vuelvo a decir, si nosotros no estamos construyendo desde nuestros tradicionales, seguiremos solo en lo político. Por eso convocamos a los sabios y sabias, estamos cumpliendo con eso. Nuestros viejos deben estar en el centro de nuestras discusiones. Lo que digan ellos es lo que se hace.
En otros momentos, los mayores eran solo para ceremonias, para pintarlos y que sacaran el ambil, el yagé, el tabaco, lo que sea, y después no les ponían cuidado. En esta consejería los estamos respetando, los ponemos en el primer escenario, porque vengo de esa formación. No podemos descuidar su palabra; desde esa palabra es que hemos tenido buen diálogo, buena concertación con el Gobierno y con las cooperaciones internacionales.
La gobernabilidad se logrará de acuerdo a los principios de cada pueblo, no puede ser impuesta por otros. Somos 115 Pueblos Indígenas. Lo que debemos hacer es orientar para que cada uno viva y fortalezca sus principios, las formas que le dejó el creador, su territorio, su cultura, su espiritualidad, su lengua, su gobierno; que cada uno use sus elementos para gobernar el territorio, esa debe ser la apuesta. Los jóvenes y los abuelos se tienen que poner en eso, y que un pueblo no se imponga sobre otro, eso no puede ser. Cuando ya estamos en la vida nacional, entre todos recogemos esos quereres, esos saberes, esos principios, y los unimos, los tejemos para tener una lucha fuerte.
Hay que pensar también en una economía para los pueblos: cómo vamos a sostener a nuestra gente para que no se vayan del territorio. Hay que mirar entonces el tema político electoral, porque los Pueblos Indígenas hemos trabajado en el territorio, pero a lo último las decisiones económicas se deciden en los concejos, las alcaldías, las asambleas, las gobernaciones y en el Gobierno Nacional. Y si nosotros no unimos el pensamiento de
quienes van a defender las ideas, pues podemos hacer muchas cosas, pero los recursos no se van a ver materializados en el territorio. Tenemos que fortalecer lo político, tenemos que ir poniendo más concejales, alcaldes, diputados, gobernadores, congresistas, para ir abarcando e incidiendo.
Creo que los pueblos tenemos ahí un reto: ir pensando de aquí a 3, 4 años, cómo vamos a afrontar lo político, pensar quién va a ser nuestro candidato a la Presidencia de la República, quiénes van a ser los congresistas por la circunspección especial, y cómo logramos más representantes. Que de esos 2.300.000 indígenas que somos hagamos una lista en la que se inscriban 100 que quieran competir allá. La circunspección especial indígena está dada ya, entonces, podríamos llegar a acuerdos y poner 5, 6, 7 senadores más, y también representantes a la Cámara, que estén allá en el Congreso ayudándonos a defender las propuestas y proyectos legislativos que queremos como pueblos. Ahora en octubre tenemos que bajar a las regiones y trabajar consejos, asambleas, alcaldías, ediles y gobernaciones.
Y otra apuesta: que los jóvenes estén mirando, que estén escuchando, acompañando, porque nosotros nos vamos y la responsabilidad va a estar en ellos. Para eso se tienen que estar preparando, y no pensando en otras cosas. Nosotros nos iremos para seguir mambeando, pescando, haciendo chagras, allá felices, pero los jóvenes tienen que seguir este legado, y no es un legado personal de Orlando Rayo, sino del Movimiento Indígena.
Se trata de seguir defendiendo y reivindicando los derechos de los Pueblos Indígenas. Si no lo hacemos así, si pensamos en que soy solo yo, que me formo yo y soy mezquino con el conocimiento, con lo que se va aprendiendo, pues no va a funcionar y no vamos a tener un buen resultado para esa nueva generación que viene detrás de nosotros.
“Sembrar la Palabra de Vida para Volver al Origen”. Es decir, cómo nosotros, desde el propio pensamiento, vamos a incidir en lo político, orgánico y estatal de este país y a nivel internacional. Si no sembramos la Palabra de Vida, si no la fortalecemos, pues no volvemos al origen. Es decir, que nos toca estar sobre nuestros principios como pueblo... cada pueblo.
No quiere decir que, porque nosotros seamos mambeadores, entonces todo mundo tiene que mambear, no. La pregunta es cómo lo hace el otro pueblo: con yopo, con capi, con tabaco, con lo que sea, con su chirrinchi, con su poporo, con su ayu, es eso lo que debemos hacer. Podemos lograrlo en conjunto con la palabra dulce; ese canasto, esa función la tienen las mujeres. El hombre solo no puede lograr las cosas. Todo mundo sentado en el lugar donde medita, donde piensa, donde cura, allá tienen que estar los viejos, las mujeres, los jóvenes... todos tienen que estar. Eso es lo que estamos proponiendo.
12/6/25
Ahora bien, el recorrido de estos 4 años nos pone a pensar en lo avanzado y en los caminos que se abren para que las futuras generaciones los puedan caminar. Como se dijo antes, esto no es un logro personal: consejeros, equipos, mingueros, comunidades y, sobre todo, nuestras Autoridades Tradicionales, son los responsables. Durante décadas, miles dieron su sangre, su esfuerzo y sudor, para que esto se hiciera realidad.
Dejamos a las futuras generaciones un logro fundamental: inyectarle vida a la Constitución. Durante décadas la carta política del 91 había excluido compromisos importantes para los Pueblos Indígenas. Gracias a muchos esfuerzos, las tan anheladas Entidades Territoriales Indígenas [ETI] encuentran un camino jurídico para su existir. Esta deuda que tenían los gobiernos y congresos de los últimos 34 años encuentra realidad en el Decreto 488 de 2025, que materializa el instrumento jurídico que reconoce nuestro carácter de entidades político-administrativas. Es decir que somos entidades territoriales una vez pasemos algunos requisitos formales.
¿Qué hacer con estos Territorios Indígenas? Pues ejercer los sistemas propios de los cuales ya tenemos instrumentos que trazan su funcionamiento. Nuestros sistemas de salud, de educación, justicia y el ejercicio de autoridad ambiental cuentan todos con instrumentos jurídicos que permiten que cada pueblo, de acuerdo con sus propios sistemas de conocimiento, desde sus estructuras propias de gobierno, puedan hacer realidad aquello que tanto luchamos en los territorios, en las calles y en los estrados judiciales.
Las ETI permiten que estos sistemas trabajen armónicamente de acuerdo con la estructura de cada pueblo, impidiendo así que se conviertan en islas que fomenten la división. Contrario a esto debe mantenerse dentro de una estructura sólida que debe conducir al fortalecimiento del Gobierno Propio.
Adicionalmente generamos instrumentos como el Catastro
Multipropósito, que más que un inventario de territorios, abre posibilidades al reconocimiento de nuestros mandatos, permite hablar ya no del resguardo sino de territorios ancestrales, lucha histórica de nuestros Sabios, Sabias y Autoridades Tradicionales. Complementario a ello, con la gestión de ONIC, se entregaron a las comunidades más de 1.200.000 hectáreas con seguridad jurídica, lo que permite seguir soñando con la consolidación territorial.
Igualmente, contamos con pasos decididos que permiten avizorar que pronto contaremos con un Banco Indígena, el cual ya cuenta con aval del Ministerio de Hacienda y Crédito Público, y al que acompañen entidades internacionales como el Banco Mundial y la Corporación Andina de Fomento. Este paso es vital para consolidar la autonomía fi nanciera y económica al Buen Vivir de nuestros pueblos.
Estos pasos serán inocuos si no estamos a la altura del momento histórico. Es hora de que los pueblos dejemos a un lado las diferencias y nos unamos para hacer realidad estos logros. Durante décadas nos decían que no podíamos avanzar más por no tener norma, ahora con ella debemos responsabilizarnos y ser forjadores de nuestro propio destino.
Caminar la Palabra de Vida para Volver al Origen es mucho más que un lema o una frase vacía. Implica avanzar al futuro en cumplimiento de los principios, mandatos y fundamentos de origen de cada pueblo, a través de los Sistemas de Conocimiento que guían y trazan nuestro actuar, y escuchar a las Autoridades Tradicionales. Con la fuerza de los ancestros, para reivindicar nuestra historia y nuestras raíces, debemos dar un paso al frente para que esté camino siga avanzando. No dejamos todo hecho, despejamos el camino para que las futuras generaciones puedan seguir existiendo como indígenas, libres, autónomos, dueños de su historia.
Agradezco al Creador de vida, a cada uno de los que fueron participes, aportando desde los distintos espacios, a nuestras
Autoridades Tradicionales, líderes, lideresas, mujeres, jóvenes, niños, a los equipos técnicos, a los mingueros, a la Guardia Indígena, a los Pueblos Indígenas de Colombia; reconociendo la dedicación y convicción en este proceso, en este caminar. Debemos estar felices, seguimos caminado la Palabra de Vida, cuidando la vida, sabiendo que la fuerza de la Casa Grande está en la unidad de los territorios y en los Sistemas de Conocimiento para Volver al Origen.





Durante toda su trayectoria, Dokera Domicó 1 ha defendido la necesidad de una participación consistente por parte de los jóvenes y de las mujeres en todos los procesos políticos y organizativos del Movimiento Indígena. Sostiene que se han hecho avances importantes, pero que aún falta lograr una mayor consciencia al respecto. Su propia ruta, su liderazgo y sus intervenciones en espacios tan relevantes como la Mesa de Diálogo de Paz entre el Gobierno nacio-
1 Dokera Domicó es también conocida, en los escenarios políticos y organizativos, como Dayana Domicó. nal y el ELN son una demostración de la necesidad de voces como la suya, la cual integra la fuerza de sus ancestras y la audacia de su generación. En este relato podemos ver un fragmento de lo que viven y logran algunas de las jóvenes indígenas que parten del territorio, que estudian y trabajan en las grandes ciudades, pero mirando siempre hacia su comunidad, velando por el cuidado de su gente.



15/9/23
De sde pequeña participaba en reuniones, por un lado con mi abuela y por otro con mi mamá. Fue con estas dos mujeres con las que tuve la oportunidad de caminar. Caminé mucho con mi abuela. Y mi mamá, mientras tanto, estaba con las Hermanas Lauritas. Mi resguardo es Quebrada Cañaveral Alto San Jorge, Chazo Do, comunidad Dopãwãra, lo cual traduce “río verde”. Ahí llegaba el cura y llegaban las Madres Lauras.
2 Utilizamos “Ēbēra”, en lugar de “Embera”, siguiendo la propuesta de la autora del relato. La “m” del castellano no se corresponde de manera exacta con el sonido que provoca el contacto de la “ē” nasal con la bilabial “b”. (Nota del editor).
Todo el tiempo estaban ahí, a mi mamá se la llevaron un tiempo, a capacitarse. Entonces yo me quedaba con mi abuela, y mi abuela participaba en reuniones. Ya cuando mi mamá retornó a la comunidad, fue ella la que me empezó a llevar a las reuniones y encuentros. Cuando tenía unos 14 años fui yo quién empezó a decir: yo quiero ir a ese espacio. Así que mi mamá, ni corta ni perezosa me decía: “vamos”.
Entonces fui a un encuentro de la nación ēbēra. Luego fui a otro espacio, a un congreso también de los ēbēra que se celebró en El Dovio. Antes de este encuentro en el Dovio estuve en las reuniones de los resguardos. En la comunidad, si un joven está estudiando, o si sabe un poquito más el español, entonces es quien escribe, quien puede ayudar a los mayores que a veces no saben el español. Mi participación en esos espacios fue ayudando.
Cuando fue lo del congreso de El Dovio, ya tenía 17 años. Había ahí unos 5.000 ēbēra. Era mucha gente hablando el mismo idioma, aunque vestíamos diferente. Hay dinámicas interesantes ahí y algo de lo que me empecé a dar cuenta fue que en la tarima siempre estaban sentados más hombres que mujeres. Eso me empezó a generar muchas dudas: ¿dónde estaban las mujeres? Por otro lado, me encontré con los jóvenes, muchos de Risaralda y Antioquia, o fue con quienes compartí más. En ese momento estaba el compañero Fixonder, Lida Yagari y Vanessa Niassa de Antioquia. Quisimos juntarnos, reunirnos para ver qué pensábamos, pero no se pudo. Lo que se hizo fue que nos sentaron con los abuelos y con los jaibanás, en diferentes subcomisiones.
Entonces, ese espacio dio mucho para que yo pudiera pensar por qué hay tan pocas mujeres, y por qué no hay liderazgo por parte de los jóvenes. Escuchaba y veía a los mismos hombres de siempre. En ese momento estaban Juvenal Arrieta, Gerardo Jumí, Luis Evelis Andrade… así que me empezó la duda, la inquietud.
Pero en ese congreso, en todo caso, se empezaron a generar mejores estructuras organizativas. Se buscaron personas que quedaran encargadas del tema de mujeres y del de juventudes. Esto último lo solicitamos los jóvenes, lo que hizo que se creara la Coordinación de Jóvenes de la Nación Ēbēra.
Pero también estaba encaminándome hacia la universidad. Quería presentarme. No entendía mucho cómo funcionaba, porque el tema del idioma es fundamental. He tenido muchas dificultades con el idioma. En ese tiempo para mí era difícil el diálogo en español. A pesar de que estaba en grado once, no era tan fácil. No hablaba tanto, ahora ya hablo un montón.
Fui moviéndome entonces hacia la instancia universitaria. Cuando terminé el colegio, mi mamá me dijo: “Mija, yo ya te di
hasta donde pude”. Porque mi mamá no es que tenga un sueldo mensual, no, sino que nosotros vivimos de lo que se produce en la comunidad. No hay la posibilidad en la comunidad de tener un sueldo mensual o un contrato. Entonces, ella me dijo que tocaba mirar si quería seguir estudiando. Allí empecé a buscar y a buscar, mi mamá me ayudó mucho; se tuvo la posibilidad de comprar el pin en dos universidades, la Nacional y la de Antioquia.
Mi mamá quería que estudiara Medicina, pero la única medicina que a mí me había llamado la atención era la tradicional. No es que yo quisiera ser doctora, no, yo habría preferido ser una jaibaná wēra. Entonces ella me dijo: pues al fi n y al cabo es usted la que va a estudiar, no yo, pero a mí se me sale el tema de las manos porque no tengo esa posibilidad.
Hice en todo caso el examen de admisión en la Universidad Nacional para Medicina, y resulta que pasé. Pero entonces le dije a mi mamá: “Ve, no pasé”. Se lo dije porque yo no quería estudiar eso. Verle la cara de decepción a mi mamá fue muy triste. En todo caso también le dije que no me quería ir para Bogotá. No tenía ni idea qué era vivir en la ciudad, y menos en Bogotá. Así que le dije que prefería ir a Medellín, que estaba más cerca y era una ciudad más pequeña.
Pero seguía sin saber qué estudiar. En eso me orientó mucho Gerardo Jumí. “¿Y vos qué querés estudiar?”, me preguntó él. Yo tenía la curiosidad de conocer al otro un poco más. Porque
sentía que había cosas que no funcionaban. Sociología, me llegó a mencionar, y Antropología. Me dirigió hacia las Ciencias Humanas. Por alguna razón me quedó sonando Antropología. Preguntando y escuchando, me dio la curiosidad de por qué todo el tiempo nos investigan a nosotros, pero nosotros no investigamos al otro. También me pregunté si podía uno hacerse una autoetnografía. Ahí qué pasa. Gracias a eso, entonces, terminé estudiando Antropología.
Entonces llego a Medellín. Llegué a estudiar, pero también a buscar trabajo, porque no sabía cómo mantenerme. Con algo que me ayudó mucho la comunidad fue con los alimentos. Yo recibía las cajas de alimentos. Que hay arroz, recibía mi bultico de arroz; que hay plátano, yo recibía plátano; que mataron un armadillo por allá, yo recibía mi porción de armadillo. Todo lo que se podía comer en la comunidad y se podía hacer, lo recibía. El gobernador, que es el hermano de mi mamá, es decir mi tío (para nosotros es como el papá), se encargaba de hacer un paquetico junto con mi mamá, y me mandaban a la terminal las cajas. Entonces, gracias a eso también pude estudiar.
Muchas veces no tenía el sustento para alimentarme, pero fue la comunidad la que de una u otra manera me ayudó. No me mandaban plata porque no había plata, pero me mandaban de allá lo que se sembraba.
Estando dentro de la universidad conocí a Abadio Green. Y el consejo de Abadio era: hable sin hablar. Él me preguntó: “¿Tú eres de dónde?”. Y luego me dijo: “Acá hay otras personas que son indígenas. Sería bueno que te vayas conociendo con ellos”. Y ya, no me dijo quiénes eran. Así que en la carrera me conocí con una compañera que llegó luego a la MPC [Mesa Permanente de Concertación], que se llama Sirley Jacanamejoy. Ella es del Putumayo y también venía haciendo un proceso de estudiante. Estoy hablando del 2012, más o menos.
Entonces ahí es cuando quise conocer un poco más a la gente. Pensaba: posiblemente me encuentre con un ēbēra, y quisiera por lo menos hablar ēbēra con alguien. Eso hizo que me fuera uniendo a algo que se llama la Red de Cabildos Universitarios. Y ahí es que empezamos a formar y a reunir a los jóvenes. Pensaba: ve, en la universidad no se entienden las dinámicas territoriales ni de los Pueblos Indígenas, o sea, no hay un espacio que sea pensado para nosotros. Entonces, todo eso hizo que hiciéramos encuentros de jóvenes, encuentros con otras universidades.
En las vacaciones, la autoridad me pedía, sí o sí, ir al territorio a socializar lo que estaba aprendiendo, o a ayudar. Para mí era una
exigencia de la autoridad, ellos son muy estrictos. Aún mantengo conectándome con el territorio. De mi resguardo y de Córdoba, como tal, era la primera mujer que entraba a la universidad. Entonces decían: “Ah, es que tenemos a una mujer joven estudiando; claro, entonces ella puede ayudar en el tema de juventudes”.
La ONIC [Organización Nacional Indígena de Colombia] por supuesto ya existía, y ya había espacios de la ONIC en los que yo venía participando. Había unos espacios de coordinación de jóvenes. En ese momento estaba Mario Villazón. Y participaba mientras estaba en la universidad, en el cabildo universitario, y también mientras estaba en mi resguardo. De mi resguardo me delegaban, entonces viajaba a los espacios de ONIC.
En ese tiempo, la fi nca de la ONIC solamente tenía una casa, la parte en que ahora están los materiales, ahí no había más cosas. No existían cabañas, no existía ese comedor enorme, no había nada de eso. Pero entonces se fueron dando muchas cosas al mismo tiempo: la comunidad, la universidad, el cabildo universitario, la misma ONIC. Se fue tejiendo una cosa muy bonita para mí.
Cuando estaba en la tesis me llamaron: “Ven acá, es que hay una asamblea, nosotros hemos pensado que debe ir una mujer para el tema de juventudes ONIC”. Pero antes de eso, Arelis Uriana, quien fue la consejera de Mujer, Familia y Generación de la ONIC, me empezó a apoyar mucho. Eso fue en el 2014, si mal no estoy. Me dijo: “Ve, a mí me gusta que haya una ēbēra del Alto San Jorge, una mujer joven ēbēra, quiero que saqués el pasaporte”.
Yo ni siquiera me movía en el país y no imaginaba cómo sería moverme afuera. Pero ella me decía que necesitaba que lo sacara para que fuera a otros espacios. Y también conocí a otras personas muy valiosas, como Raquel Trujillo, que ahora [2023] está en víctimas con Patricia Tobón. A ellas y a otras mujeres les agradezco mucho, porque me empezaron a invitar a los encuentros. Me dijeron: “Ven acá, aquí vamos a aprender, estos espacios son para aprender”. Todo esto me ayudó a comprender las dinámicas de la ONIC.

Finalizando la universidad… Pero quiero hacer un paréntesis: cuando estaba en tercer semestre me di cuenta de que no sabía hablar bien el español. Esto es algo que cuento mucho. En una asesoría con un profesor terminé hablando en ēbēra bedea. Yo juraba que hablaba en español y el profesor me dijo: “Mira, a mí me encantaría comprenderte, pero hay unas cosas que no puedo entender”, y me puso un audio cortico, y yo estaba hablando en ēbēra. “Es que hablas todo el tiempo en ēbēra”, me dijo. Me puse roja, cogí mi mochila y me fui. No le dije nada al profesor.
No quería volver a ninguna asesoría ni a la universidad. Fue un evento que me marcó mucho, pues no podía hacerme entender en la academia ni en los ámbitos universitarios. Había cosas que ya me sabía de la academia y de la antropología, pero tenía que traducirlas al español para la gente, para que el profesor me entendiera. Pensé: esto no es lo mío, me equivoqué de carrera, de ciudad, de todo; esta cosa no es para mí.
Me planteé muchas cosas: volver a la comunidad, a la casa, y mi mamá fue la que me dijo: “El propósito tuyo es irte a estudiar y
te fuiste, y la cosa es que no has terminado la carrera, pero si tú crees que no puedes con eso, no te puedo obligar. Además te la estás batallando tú sola allá”. Yo trabajaba, estudiaba, intentaba entender al otro, pero había temas que no entendía nada.
Entonces mi abuela me dio unas palabras muy bellas. Me contó una historia de la familia. Hace tiempo atrás, posiblemente en la época de la abuela de mi abuela, le quemaron la casa a la familia. Vinieron grupos armados preguntando por una persona, por el hombre de la casa, y al no darles respuesta, mataron a la señora. Llegó el señor y también lo mataron. Los hijos se escondieron en la parte de arriba y, cuando le prendieron fuego a la casa, salieron corriendo de allí y llegaron al pueblo. Pero como no sabían español, no pudieron pedir ayuda.
“Si tan solo nos hubieran dado la oportunidad de aprender español −dijo mi abuela−, pues hubiéramos hecho más. El confl icto ha asesinado a mucha gente de nuestra familia, y pues ya que tú sabes hablar, y que estás en la universidad, por qué no lo sigues intentando. O lo otro es que te regreses acá y miramos cómo seguimos luchando por la familia. Pero es que también tú tienes una siembra, tienes un tema espiritual del cual hay que ir hablando. Tal vez sea la edad, pero hay una parte que tienes que conocer, y es que el nombre Dokerazauma era el de una mujer que todo el tiempo buscó el bienestar de su familia, de la comunidad; entonces tú tienes una siembra. La verdad es que ya es tu responsabilidad, tienes un proceso que debes cumplir.
Cuando no se orienta, se encuentran confusiones, y vas a tener muchas dudas por responder. Nosotros no te ayudamos como quisiéramos, pero lo hacemos de otras maneras. Te estamos cuidando desde acá. Hay un proceso que debes cumplir, tal vez desde la academia, desde otros espacios, pero lo único que sabemos es que tienes que defender a tu pueblo, y ahí están incluidos los jóvenes, los niños; estamos incluidos nosotros, los viejos”.
Creo que fueron las palabras suficientes para decir: “Me regreso, me regreso otra vez a la ciudad”. Demoré una semanita y ya a la semana empaqué maletas y me vine para Medellín. Y eso también ayudó mucho a que dijera: “Yo necesito conocer… bueno, si llega a pasar una cosa en mi familia, yo a quién pido ayuda, quién existe”. Entonces, por eso me acerqué más a la ONIC.
Todo se ha ido construyendo poco a poco. Cuando llegué a la ONIC en 2016 como coordinadora de jóvenes fue porque los jóvenes comenzaron a decir: “Creemos que ella puede hacer algo por nosotros”. Pero es porque también tengo una formación desde mi territorio, desde el resguardo, desde la universidad, los cabil-
dos universitarios. Mi autoridad a veces me estaba orientando o pidiendo que acompañara espacios de reuniones: “Ven acá, necesitamos que vengas a una reunión, no te amañes tanto en la ciudad, que tú eres de acá”. Y mi abuela siempre alentándome.
Arelis Uriana fue una de las que me dijo: “Sácate el pasaporte”. Me insistió a sacar el pasaporte… entonces ahí empecé una formación internacional. Y me fui dando cuenta: es que hay otras mujeres a las que les está pasando lo mismo, hay jóvenes que también tienen un proceso, jóvenes que están aprendiendo. Así que no se trata solo de mi proceso. Y los viejos han sido siempre muy importantes; los procesos se han tejido desde la misma comunidad, vienen de una raíz muy bonita, de la siembra de los abuelos y abuelas. Mi abuela murió hace un par de meses. Ella estaba siempre desde la casita, desde el tambo. Cada vez que yo regresaba ella tenía una cara de felicidad… Decía: “Llegaste, siempre vas a llegar aquí”. Ella fue la que todo el tiempo estuvo… y también mi mamá… aunque fuera una velita.
Ahora se han ido formando muchas más mujeres. Hay mucha diferencia a lo que había hacía diez años. Lo digo porque para nosotras fue un reto, cuando entré a la ONIC a trabajar con la consejera Lejandrina Pastor. Nosotras empezamos a hacer un proceso espiritual con los abuelos y las abuelas, desde muchas partes del país y con diferentes pueblos indígenas, para consultar y saber cómo podían llegar más mujeres a una instancia como la ONIC. Para que haya ahora seis consejerías de mujeres
y cuatro de hombres, de las diez que existen, tuvo que haber una siembra espiritual con los Pueblos Indígenas. También hubo que hacerle comprender a las mujeres que tenían un reto con el Movimiento Indígena.
Ha habido muchos cambios. Está el caso de Raquel Mestizo. Ella fue consejera de la ONIC, de la Macroregional Occidente. De ahí pasó a ser autoridad en su resguardo. Ahí demoró un tiempo, luego se formó en otros espacios y después llegó a la Gobernación del Valle. Estuvo ahí en etnias. Entonces, hay mujeres que han ido escalando como ella, y me parece que ha sido un proceso buenísimo, y hay muchas mujeres que se formaron en ese tiempo y aún ahora son autoridades, tienen unos espacios grandísimos y muy importantes.
Entonces, siento que en este lapso de diez años sí ha habido una formación, sí ha habido cambios, y esos cambios han hecho que haya más liderazgos y procesos de fortalecimiento para las mujeres, para las mismas juventudes.
Dentro de nuestra coordinación, por ejemplo, tenemos 50% mujeres y 50% hombres, eso ya está por mandato. Había unos mandatos que ya estaban establecidos, pero que no se cumplían. La idea es que entonces hagamos cumplir esos mandatos que ya tenemos. Y para bien o para mal siento que también han sido procesos impulsados no solamente desde lo interno sino desde lo externo. Se han parado organizaciones, o personas u ONG
que dicen: “Ey, le vamos a dar un proyecto a tu organización, pero tienes que meter mujeres ahí, o hay un tema específico para jóvenes”, entonces eso ha ayudado a que no se excluyan a las mujeres, o a las juventudes.
El liderazgo mayoritario del Movimiento Indígena, en todo caso, sigue siendo muy masculino. Y vamos a ver siempre que la formación mayoritaria es de hombres. Las asambleas tienen un porcentaje altísimo de hombres y las mujeres muchas veces se quedan en las comunidades, en la casa. Aunque después, de todas maneras, hay que ir a consultar a las mujeres que se quedaron en el territorio. En el territorio muchas veces hay más mujeres, pero los liderazgos en las asambleas los siguen ejerciendo los hombres.
Ha habido cambios, muchos, pero no es suficiente. Digo algo: hay mujeres que tienen una formación académica y que han atendido cualquier tipo de situaciones ocurridas en las comunidades. Ha habido mujeres que se han ido formando desde la misma ONIC, desde sus organizaciones territoriales. Las
organizaciones territoriales también han permitido que esas mujeres aporten en cualquier espacio.
Ahora, yo sigo pensando que hace falta mucho más, porque nosotras conocemos nuestras propias organizaciones y estructuras, de acuerdo a nuestros procesos organizativos, Ley de Origen, y Gobierno Propio, pero también nos hace falta conocer a ese otro que son las instituciones. Nos hace falta conocer más la Unidad de Víctimas, por ejemplo, o los ministerios, la estructura del mismo Gobierno.
Así como las instituciones conocen nuestras estructuras, nosotros debemos conocer la casa del otro, y ese tipo de formación no la hay. Yo hasta ahora no la conozco. El acceso a ese conocimiento, hasta ahora, es a través de la academia occidental, pero esta es pensada para el mundo de Occidente, no para el mundo de los indígenas. Así que nos haría falta crear esos procesos de formación.
Ahora, estoy segura de que muchas mujeres pueden dar la discusión basándose en su proceso territorial y organizativo, en las situaciones que suceden en sus comunidades. Pero si llega alguien del Gobierno nacional y empieza a hablar de un montón de políticas públicas, el Plan Nacional de Desarrollo, lo que se haya concertado, cosas de esas, muchas de nosotras nos quedamos en blanco.
Tal vez estas cosas sí las tienen más claras quienes participan en la MPC, en las asambleas de autoridades, en las macro. Pero, nuevamente, ¿quiénes participan en estos espacios?, pues las autoridades, los representantes legales; estos, en el 90% de los casos son hombres. Así que son estas personas quienes conocen el tema de tierras y demás cosas básicas. Y esta información muchas veces no les llega a las mujeres. Entonces, sigo pensando que sí hace falta avanzar en ese sentido.
8Una de nuestras debilidades, y eso es una realidad −no se puede tapar el sol con un dedo− es que no todas las autoridades socializan lo que ellos vivieron, conocieron o lo que se consultó en una asamblea. Por ejemplo, que después de una asamblea de ONIC, una autoridad vaya de territorio en territorio socializando: ese tipo de cosas no se hace. Bueno, hay unas que sí lo hacen, está en su mandato y tienen una estructura organizativa que lo exige; pero hay organizaciones como la mía, que es un resguardo, en las que para ir de una comunidad a otra hay una gran distancia. O te vas en moto, o te vas por el río, y la comunidad más cercana está a 4 horas, así que tienes que
conseguir la gasolina, o quién te lleve, o si te vas caminando te gastas 8 horas para socializar lo que se dijo en Bogotá. Así que existen esas dificultades.
Entonces, cuando hay esas dificultades, para las mujeres es muchísimo más grave. Porque, aunque la situación ha mejorado, esa mejora ha sido solo en ciertos ámbitos. Yo siento que ha mejorado un poquito pa' fuera, pero internamente todavía faltan muchos más procesos, tanto con las mujeres como con las juventudes. Y por eso mismo es que hay más dificultad.
Por ejemplo, ahora que estamos viviendo lo que pasa con los awá, el desplazamiento es constante: ayer hubo uno, hoy hubo otro. Ahorita, antes de esta reunión, yo estaba en otra donde una mujer awá dijo: “Yo quiero hablar del tema, porque si a nosotros, como Pueblo Awá, nos están vulnerando los derechos, yo quiero saber quién me puede ayudar, por ejemplo”. Pero no todas se animan a decirlo. Y si ella habla en awapit… a mí me encantaría poder hablar awapit, para poder escucharla al cien por ciento. Pero muy posiblemente ella se sienta intimidada. Muy posiblemente no pueda darme toda la información como es, sino apenas a grandes rasgos. Cosas como esas.
Entonces sí hace falta formación para las organizaciones. Por ejemplo, ese es un tema organizativo dentro de nuestra casa ONIC, y hay que seguir fortaleciendo eso. Pero, ¿quiénes tenemos esa responsabilidad? Pues personas como uno. Por ejemplo, yo
siento que tengo una responsabilidad muy grande de volver a la comunidad, de reunir a las mujeres, de llamar a los niños para hacer una reunión solo con ellos, o de organizar una reunión de jóvenes. Esa también es una responsabilidad de quienes estamos fuera, en otras instancias.
¿De cómo llegué a la Mesa de Diálogo?... Yo salgo de la ONIC y ahí es cuando las autoridades espirituales −los jaibanás, el mamo, la saga− me mandan a hacer una dieta. Me dicen: “Tienes que guardarte un año”. Pero yo no hago caso, no me guardo, y empiezan a pasar ciertas situaciones en mi vida personal. Y gracias a esa situación personal que empiezo a vivir, digo: “Bueno, voy a hacer caso”.
Estando en todo el proceso espiritual en mi comunidad, del Gobierno nacional solicitaron mi hoja de vida porque alguien había pensado que mi perfi l y trayectoria era buena; soy sincera: no sabía que esta hoja de vida era para hacer parte del equipo de negociadores del Gobierno en los diálogos de paz. A los pocos días me hacen una llamada y me contextualizan sobre por qué había sido solicitada mi hoja de vida.
Lo primero que yo pienso es en mi seguridad. Mi seguridad… esto aquí está raro. Luego me di cuenta de que, al parecer, pasaron varias hojas de vida de mujeres indígenas, lideresas, y eligieron la mía. Y una de las cosas que me dejaron muy claro −por lo menos cuando me llamaron− fue: “No es el Movimiento Indígena quien te postuló”. Así me lo dijeron, y todavía lo recuerdo mucho: “No es el Movimiento Indígena, no es una persona indígena quien te puso aquí. Es por el proceso que tú tienes. Tu hoja de vida dio para lo que nosotros necesitábamos, y el proceso que tú llevas es para que tú estés acá”.
Entonces, cuando llega esa llamada, pienso en las consultas espirituales, tenía que seguir haciendo proceso en casa y luego volver a salir, pero siempre pensando en los Pueblos Indígenas. Estando más en mi territorio me di cuenta de por qué tenía que estar allá.
Tenía que estar allá para defenderlo. Para comprender que hay unas dinámicas territoriales que solo se entienden estando ahí.
Porque antes ya estaba en una instancia nacional, iba y venía, pero no es igual que cuando tú te radicas totalmente en tu comunidad. Aunque sea para sembrar el plátano, aunque sea para sembrar otras cosas que ya no hacías desde hacía mucho tiempo. En mi caso, empecé a hacer derechos de petición y denuncias, porque mi comunidad se estaba quedando sin agua. En ese tiempo recibí amenazas. Y yo decía: ¿qué hago?, ¿voy a terminar entonces con la voz silenciada por pedir agua para mi comunidad?
Hay una quebrada que pasa por toda la mitad de mi comunidad −no es afuera, es en toda la mitad−, y la minería ilegal nos está acabando de una manera impresionante el territorio. Entonces venían las denuncias; todo eso me enfocó mucho en poder ayudar a mi comunidad, en los casos tan complejos que se vivían allá.
Entonces fueron muchas cosas juntas. Y los abuelos me dijeron: “Te dijimos que tenías que guardarte un tiempo. Y era para esto. Aquí está. Tienes que asumirlo. Pero tienes que asumirlo con responsabilidad. No solo tuya: es una responsabilidad también desde nosotros. Porque tenemos que cuidarte. Y tú tienes que dejarte cuidar también”.
Claro, ya cuando se instala la Mesa, fue como: “Ah, aquí hay una muchacha indígena”. Eso fue muy fuerte. Yo me enteré de todo el paso a paso, y era como... pues, ¿cómo es posible que llegó una persona indígena?, es una mujer, es joven, ¿por qué está ahí? Y yo pensaba: son las mismas preguntas que yo me estoy haciendo.
Personalmente traté de comunicarme con el consejero Secretario de la ONIC, Gerardo Jumí, pero fue fallido el intento; y luego con el consejero Mayor, Orlando Rayo, para decirle que estaban ocurriendo unos procesos importantes para los Pueblos Indígenas; quería comunicarle que siempre estaría en pro de la defensa de los pueblos. Puse siempre mi disposición al trabajo en conjunto
con el Movimiento Indígena y organizaciones para poder incluir en esta mesa de diálogos de paz a los Pueblos Indígenas.
Puedo manifestar que al principio sí fue un proceso muy complejo; que siempre te juzgan porque seas mujer, porque seas joven, o por ‘falta de experiencia’, pero también fue importante comprender que más allá de lo complejo de la situación había muchas mujeres, jóvenes y mayores apoyándome desde sus comunidades y que recibían con alegría el que estuviera en un proceso tan importante como la paz en Colombia. Aquí debo agregar que la formación que tuve ayudó mucho a no desarraigarme, no salirme del territorio y siempre saber que estos son espacios temporales, con grandes procesos a realizar.
Estar en constante diálogo con las mismas personas en los territorios ha hecho que haya credibilidad del proceso que uno tiene. Porque no es solo Dokera ahí hablando por hablar.
Es: ey, hay unas realidades territoriales, y esas realidades las seguimos poniendo nosotros, los Pueblos Indígenas. Seguimos poniendo los muertos a diario, seguimos viviendo la vulneración, el desplazamiento. Las minas antipersonas nos afectan a nosotros. Entonces esto no es un tema solo de Dokera, sino de los Pueblos Indígenas. Ya ahora esas diferencias han ido mejorando, poco a poco, siento yo. Y seguimos trabajando por eso con la misma Mesa Permanente de Concertación.



Cuando empezamos a crear el Comité Nacional de Participación (CNP), tomamos como ejemplo el Consejo Nacional de Paz. Ese consejo surge desde el 98, gracias a los procesos de paz que se han dado en el país, con la intención de apoyar e impulsar que esos procesos realmente avancen. El ELN, por su parte, dijo algo como: “Sí, muy bueno ese consejo, pero nosotros no lo queremos. Queremos un comité solo para esta mesa de diálogos”. Y así fue como se creó el Comité Nacional de Participación.
Cuando empezamos a revisar los sectores que iban a hacer parte de ese comité, surgió la idea de los étnicos. Entonces, ¿quiénes son los étnicos? Claro, ahí están los pueblos afros, indígenas, raizales, palenqueros, etc. Y yo dije: “No, a nosotros no nos pueden meter en el mismo saco”. Sí, somos población étnica, pero cada uno tiene un proceso de liderazgo totalmente distinto, y también sanamos diferente. Una mujer negra no sana o se armoniza igual que una mujer indígena. Las compañeras negras decían: “Nosotras hacemos esto, esto y esto. Hacemos los alabaos, esto y lo otro”. Pero nosotras no habla-
mos de alabaos. ¿Qué quiere decir eso? Que, aunque haya un bloque étnico, lo que buscamos es que los Pueblos Indígenas tengamos nuestro propio espacio, y que los afrocolombianos, raizales, palenqueros, etc., también tengan el suyo.
Entonces en ese momento −y esto fue en La Habana, específicamente− por cada sector se asignaron cinco cupos. Yo propuse que solo para los Pueblos Indígenas fueran cinco. Empezó la negociación. Me decían: “No, eso es mucho. En el Consejo Nacional de Paz solo hay dos personas, y eso que se amplió el cupo.” Y yo no estuve de acuerdo. Les dije: “Nosotros tenemos siete organizaciones dentro de la Mesa Permanente de Concertación. Solo estoy pidiendo cinco, y aún así me quedarían dos por fuera”. “No, recuerden que son los étnicos”, me decían. Hubo una discusión fuerte. Al fi nal, quedó que serían cuatro para Pueblos Indígenas y cuatro para los pueblos negros, raizales, palenqueros y afrocolombianos.
Entonces me fui para el sector de mujeres y dije: “Vean, dentro del sector de mujeres hay una comisión que se llama la Comisión Nacional de Mujeres Indígenas, la CNMI. Se requiere o se necesita que sean las mismas mujeres indígenas quienes decidan cómo quieren participar. Porque el tema de las mujeres sí es importante que quede claro, porque siempre nos han ido dejando por fuera. Estoy segura de que dentro del bloque de Pueblos Indígenas van a llamar a mujeres, pero es necesario que, en ese cuadrito donde dice ‘mujeres’, también queden
representadas las mujeres indígenas”. Y bueno, se aceptó, se concertó, y quedamos con cinco personas, las cuatro personas de la MPC y una más de la CNMI.
Cuando se hace la invitación formal a los Pueblos Indígenas para participar en el Comité Nacional de Participación, los pueblos dicen: “No, nosotros no nos sentimos representados con solo cinco personas.” Entonces, conociendo la estructura de la Mesa Permanente de Concertación, le digo a Orlando Rayo: “Solicitemos un espacio en la MPC. Que sea la MPC quien solicite formalmente esto”. Porque claro, yo puedo pedirlo como intermediaria entre Pueblos Indígenas y Gobierno, pero en ese momento yo ya tenía el chaleco del Gobierno.
Empezamos entonces a construir una propuesta desde la MPC para la Mesa de Negociación entre el Gobierno y el ELN, para decir que los Pueblos Indígenas no estaban de acuerdo con solo cinco delegados en el Comité Nacional de Participación. La MPC pidió entonces un cupo de diez personas, si mal no estoy. Nosotros como Gobierno dijimos: “Lo revisamos”. Lo revisamos en uno de los ciclos, y dijimos que solo podíamos con siete representantes indígenas.
Y en la MPC, en una sesión autónoma −yo tuve la posibilidad de estar ahí−, se analizó y se discutió la decisión de solicitar que fueran ocho delegados en el CNP. Por esa lucha política entre la MPC y la Mesa de Paz quedaron ocho representantes
indígenas, más una mujer en el sector de mujeres. Fuimos nueve en total dentro del Consejo Nacional de Participación.
Hay una regla en el CNP que dice que se debe incluir a las mujeres. Imagínate que, dentro de esos ocho indígenas, solo hay dos mujeres: Nohelia Campo, del CRIC, y Amanda Tascón, de ONIC. Y en representación de la CNMI fue elegida Rufi na Román, lo que quiere decir que son tres mujeres de nueve personas elegidas . ¡Tres! Creo que eso es un ejemplo claro de lo mucho que nos falta todavía por fortalecer desde las estructuras organizativas. Pero también es urgente formar a los hombres. Porque muchas veces decimos: “Vamos a formar a las mujeres”, pero no. También hay que formar a los hombres, para que sean ellos quienes digan: “Ey, las mujeres tienen que estar ahí.” Porque son lideresas fundamentales para caminar en este proceso organizativo. Se requiere hacer una lucha conjunta.


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Hubo un evento fundamental para varios de los líderes y lideresas que hoy llevan las banderas de los pueblos y desempeñan importantes roles en los escenarios políticos y administrativos del país: el Encuentro Nacional de Juventud Indígena de 2008. Allí desembocó una generación que traía entre sus sueños concretar los propósitos de sus mayores y mayoras: el derecho a la educación, la implementación de los Sistemas de Conocimiento Propio y la defensa de la vida y el territorio. En el presente relato, Lina Arias Arias, coordina-
dora de la Mesa Permanente de Concertación, nos deja ver los procesos que se han desarrollado desde aquel encuentro, del cual participó, hasta estos días en que el Movimiento Indígena ha logrado concretar objetivos como el de las Entidades Territoriales Indígenas, el Sistema Indígena de Salud Propia e Intercultural y el Sistema Educativo Indígena Propio, entre otros. También nos propone algunas pautas para, en el curso de las próximas décadas, acabar de consolidar los recientes triunfos políticos de nuestros pueblos.









18/5/25
Mi nombre es Lina Marcela Arias Arias. Soy una mujer
indígena del Pueblo Kankuamo. Nuestro pueblo está ubicado en la parte suroriental de la Sierra Nevada de Gonawindúa, conocida en el mundo occidental como la Sierra Nevada de Santa Marta. Nací en la comunidad de Chemesquemena. Esta comunidad se encuentra dentro del Resguardo Indígena Kankuamo, que es, efectivamente, territorio ancestral de nuestro pueblo. Estamos a un poco más de una hora de la ciudad de Valledupar y compartimos jurisdicción con los hermanos del Pueblo Kogui y del Pueblo Arhuaco.
Recuerdo que cuando estaba en once, estudiando mi bachillerato en la ciudad de Valledupar, ya andaba con mi mochila de
fique y mi mochila de lana, y a mis primos y a mí nos decían que éramos los indios kankuamos. En ese momento, a mí me correspondía, como a los demás jóvenes de mi comunidad, realizar los trabajos comunitarios. Yo estaba en once, tendría unos 17 años, y me tocó hacer mi trabajo comunitario que era un paso previo para poder aspirar a entrar a la universidad.
En ese entonces no existía dentro de la estructura de Gobierno Propio una comisión de juventud. Entonces, estando con mis mayores y mayoras en la kankurwa, ese espacio sagrado y tradicional, junto con un grupo de jóvenes dijimos que era necesario conformar una comisión de jóvenes, para poder impulsar iniciativas en beneficio de la comunidad. Iniciativas de todo tipo, claro, pero siempre orientadas y guiadas por las directrices de nuestras autoridades. Así que empezamos a reunirnos varios jóvenes, a pensar cómo hacerlo, cómo organizarnos, y ahí fue cuando comenzó mi vínculo más directo con el trabajo organizativo.
Desde muy niña… mis abuelos… Mi abuelo era mamu, y mi abuela −que aún está viva− también participaba en los procesos organizativos, igual que él. Pero en los últimos años, ella se ha dedicado más a los procesos curativos. Ella prepara remedios con plantas para curar todo tipo de enfermedades. Se fue mucho por esa línea, la del cuidado y la sanación. Entonces, desde pequeña, he estado muy vinculada a la parte tradicional y espiritual. Ya en la parte organizativa entré más activamente desde los 15 años
en adelante. Y en cuanto a vivir culturalmente la espiritualidad, sí, desde muy niña a uno lo llevaban a ejercerla, sobre todo en los pagamentos, junto a los mamus.
2Después de terminar el colegio, pasé a la Universidad Distrital. En ese momento, yo tenía muy claro que quería estudiar medicina, que quería ser médica. Me presenté a la Universidad Nacional, pero no pasé, así que terminé entrando a la Distrital, a un programa que en ese entonces se llamaba Sistematización de Datos, y que después te llevaba a una ingeniería en telemática o en redes. Así que, sin saber muy bien para dónde iba, me fui para Bogotá.
Estando en ese primer semestre, se dio un primer encuentro nacional. Fue el Primer Encuentro Nacional de Juventud Indígena, en 2008, y ese espacio fue clave. Ese primer encuentro permitió que, hoy en día, muchos líderes y lideresas estemos en otros escenarios. El encuentro fue convocado por la ONIC. Ahí conocí a Patricia Tobón, a Paulo Estrada, a Juvenal Arrieta... a muchos y muchas que hoy están en el escenario nacional
comandando barcos, liderando procesos importantes. Algunos nombres se me escapan, pero desde ese momento empezó mi participación directa en el Movimiento Indígena Colombiano. Ahí empecé a asistir a reuniones de nivel nacional, y también a comprender mejor todo eso que ya se me venía formando desde el territorio.
A partir de ahí empiezo a acompañar reuniones, siendo aún estudiante. Empecé a participar en comisiones de derechos humanos, dentro de la Universidad Distrital, y también a compartir escenarios con el pueblo hermano afro. Poco a poco me fui involucrando también con el movimiento estudiantil. Durante todos esos años en la universidad, siempre mantuve un vínculo con la Universidad Nacional y con los estudiantes indígenas que tenían acceso a subsidios. Recuerdo que estaba el PAE [Programa de Alimentación Escolar] —creo que así se llamaba—, un programa de apoyo para los estudiantes indígenas de la Nacional.
Ahí empezamos a congregarnos estudiantes indígenas de distintas universidades, tanto públicas como privadas, en la capital. La idea era encontrarnos, reconocernos, y pensarnos como movimiento estudiantil indígena. Fue en ese espacio donde empezamos a poner sobre la mesa las preocupaciones que teníamos: el acceso a la educación, la permanencia en la universidad en condiciones dignas, y la necesidad de que los compañeros no tuvieran que regresarse a los territorios por falta de apoyo, sino que pudieran terminar sus estudios.








El proceso organizativo que empezó a germinar en la Distrital, los vínculos y las redes, me llevaron a repensar si realmente lo que estaba estudiando era lo que quería hacer el resto de mi vida. Ahí entré en una crisis, justo cuando estaba terminando la carrera. Y entonces surgió algo muy bonito: una profesora afro me invitó a un evento y me dijo: “Lina, ¿por qué no escribes unas cinco páginas para una convocatoria? Si pasan tus documentos, puedes ir a la CIDH, a la sede que está en San José de Costa Rica. Si pasas, te vas becada unos días, te forman; creo que es importante que lo hagas”.
Me volqué entonces a escribir sobre mujeres indígenas. Los temas que planteaba la convocatoria eran: mujeres indígenas, migrantes en fronteras y sociedad civil. La pauta era que habláramos de las problemáticas que enfrentaban esos tres sujetos sociales en Colombia. Así que me lancé a escribir con lo que sabía, investigué también. Recuerdo que sufrí mucho para enviar ese documento, porque en el lugar donde vivía no tenía wifi . Como estudiante, dependía del internet de la universidad. Me tocaba enviar a medianoche, así que me quedé hasta muy tarde
allá, escribiendo. Pero llegó un momento en que un celador me sacó, y no alcancé a terminar ni a enviar el archivo. El plazo era hasta la medianoche.
Después de eso, una amiga me dijo: “Lina, a veces allá donde ustedes viven les llega una red wifi ”. Yo vivía en una pieza con otra compañera, una gran amiga que ahora es mi comadre. Ella estudiaba Derecho en la Universidad Nacional. Confié en que el wifi llegaría, porque no tenía otra opción. Y efectivamente, llegué como a las 10:30 de la noche, y a eso de las 11 apareció el wifi . Y ahí, por fi n, logré enviar el documento.
Salí seleccionada y me fui a ese lugar, donde me encontré con gente de toda Latinoamérica. Yo era la más chiquita de todo ese gentío que había ahí. Esa experiencia me abrió el coco. Me motivó muchísimo más a pensar que necesitaba otra cosa a nivel profesional. Cuando me enfrenté a ese escenario —donde tuve que hacer ponencias, hablar en público— dije: “No, esta vaina es muy bacana, esto es lo que a mí me gusta.”
Pero al volver, me entró la duda. Me preguntaba: “¡No, juemadre! ¿Y todo el esfuerzo que han hecho mis padres? ¿Todo lo que esto ha implicado?”. Aun así, decidí asumir la decisión, independientemente de los temores que pudieran tener mis padres. Y dije: “Bueno, me voy a presentar a otra universidad. Voy a ver las posibilidades de beca.”
Justo en ese momento había comenzado, por iniciativa de los pueblos indígenas del norte del país, el programa de Becas en Interacciones Multiculturales de la Universidad Externado de Colombia. Estaba recién comenzado; creo que llevaban como un año recibiendo estudiantes.
Me presenté para Sociología. Pero ahí la evaluación era diferente: te evaluaban desde lo propio. Es decir, te preguntaban: ¿usted qué quiere estudiar?, ¿para qué?, ¿cómo se entiende esto desde la Ley de Origen de la Sierra?, ¿qué significan las cuatro patas de la mesa en la Sierra?
Me hablaron desde nuestra Ley de Origen. Me hacían muchas preguntas a nivel cultural: qué sabía, en qué había participado a nivel comunitario, cuál era el proceso que traía, cómo me veía.
Querían asegurarse de que, realmente, yo fuera a contribuir con mi pueblo y también con otros pueblos indígenas. En todo caso, en ese momento no dimensionaba que iba a estar tan metida en el Movimiento Indígena colombiano. Pero bueno… pasé. Y fue una de las decisiones más importantes que he tomado en la vida, de la cual no me arrepiento.
Mi organización zonal es la Organización Indígena Kankuama, o más específicamente, el Cabildo Indígena Kankuamo, que es fi lial a la ONIC. Entonces, uno se identifica con la organización nacional, y donde uno vaya, dice: “Soy de la ONIC.” Si voy a un evento nacional, digo que soy ONIC, y eso tiene una representatividad muy fuerte. Entonces, al ser parte de la ONIC y ver que también están las demás organizaciones, uno empieza a entender que hay un espacio nacional, que hay un Movimiento Indígena colombiano donde se debaten muchas cosas.
Cuando llegué al Encuentro Nacional de Juventud se me abrió el panorama. Estaban representadas cinco macrorregiones, pero desde la juventud, con las ganas, con los sueños más grandes de transformar la realidad de nuestros territorios… Lo sentí, y créeme, le puedes preguntar a cualquier persona que estuvo en ese encuentro qué significó para su vida… y seguro te dirá que fue un momento muy transformador para todos nosotros. ¿Por qué? Primero, porque veníamos de cinco macrorregiones distintas, de pueblos diversos. Y eso es una cosa muy importante.
Culturalmente, uno se daba cuenta de lo que sabía. Uno decía: “Bueno, sé tejer mochila, danzo chicote, danzo gaita”, en el caso de la Sierra. Y luego te encontrabas con que, en la macrorregión occidente, por ejemplo, danzaban de otra forma, vestían de otra forma, tejían shakira de otra manera. Lo mismo pasaba en la Amazonía, en el oriente y en las demás macros. Y ahí fue donde me di cuenta de que somos profundamente diversos, pero que al mismo tiempo compartimos las mismas necesidades territoriales. Solo que vivimos esas luchas en contextos distintos.
Entonces, en su momento, ¿qué exigíamos como juventud? Había una necesidad común −que recuerdo mucho− y era: ¿cómo contribuimos, como jóvenes indígenas, al proceso organizativo del Movimiento Indígena colombiano? Y, en este caso, a la ONIC. Es decir, ¿cuál iba a ser nuestra participación? Porque todo el tiempo había una necesidad compartida entre los jóvenes: participar, sentirnos parte de, involucrados. Eso ha estado ahí siempre, y sigue siendo un reclamo hasta el día de hoy: que la juventud no ha sido escuchada.
Entonces, ahí estaban nuestras preocupaciones comunes: la participación dentro de los procesos organizativos de cada pueblo, desde el lugar de los jóvenes indígenas. Y eso implicaba que tú te involucraras políticamente dentro de la estructura de Gobierno Propio. Que si alguien era fuerte en derechos humanos, participara en la comisión de derechos humanos; que si otro o otra era fuerte en lo territorial, o en el tema de juventud, se metiera en esas respectivas comisiones.
Y además, veníamos heredando las luchas de nuestros papás, nuestros abuelos y abuelas, bisabuelos… de nuestros ancestros.
Y era lo mismo: la defensa del territorio, la protección de la vida.
Todo el tiempo había una relación profunda con el territorio, y entendíamos que estábamos viviendo un contexto muy crudo de violencia. Había confi namientos, desplazamientos, situaciones muy complejas derivadas del confl icto armado. Entonces, siempre, siempre, el énfasis era la defensa de la vida y el territorio.
Y otro tema que recuerdo mucho −que nos unía a todos los jóvenes que estábamos ahí− era la educación. Había una preocupación común por el acceso a la educación universitaria, y sobre todo, el acceso digno. Por eso toda la lucha por el Álvaro
Ulcué. Esa fue una pelea muy importante, para que tuviera el enfoque que realmente necesitábamos.
Íbamos tocando puertas por todo lado, buscando no solo acceder a la universidad pública, sino lograr que en todas las universidades del país se recibieran estudiantes indígenas de todos los territorios. Pero también, ojo: que no solo fuera el cupo o
la matrícula. La exigencia era que nos dieran garantías reales para poder sostenernos en la ciudad mientras estudiábamos: alimentación, transporte, hospedaje… lo básico, lo mínimo para poder permanecer y terminar la carrera, y luego regresar al territorio. Ese era el énfasis todo el tiempo. Si usted salía del territorio como estudiante, tenía que salir con el compromiso de estudiar… y volver. Esa era una directriz clara de cada pueblo: que usted volviera como profesional a aportar.
Pero mucho de eso era el deber ser. Lo que realmente estaba ocurriendo era lo contrario: los estudiantes no estaban regresando. Entonces había que preguntarse qué estaba pasando, qué íbamos a hacer, cuál era la estrategia de cada uno de los pueblos frente a esos estudiantes indígenas que se estaban quedando en las ciudades, trabajando en cosas que no necesariamente contribuían al fortalecimiento de sus comunidades. Se quedaban en las ciudades. Esa fue una crítica… y sigue siendo una crítica hoy. Pero siento que ahora somos un poco más conscientes de eso, y que los estudiantes lo entienden mejor. Hay una mayor conciencia de que se estudia para contribuir con el pueblo. Siento que esa conciencia ha crecido.
Entonces, en esas mesas, la educación, la defensa y protección del territorio, y los derechos humanos eran temas muy presentes, debido a todo el contexto territorial. Hablábamos mucho del desplazamiento forzado. En ese momento, el tema de la violencia sexual no se ponía sobre la mesa como ahora.
Eran temas tabú, que se abordaban desde otra perspectiva: cultural, espiritual. Se les daba un manejo desde lo cultural, y había muchas barreras para poder hablar de eso en público.
Esos son los temas comunes que recuerdo de ese momento. Y, claramente, también estaba la participación política: queríamos estar en todos los escenarios, en toda la estructura de gobierno. Soñábamos con crear cosas. Decíamos: listo, después de este encuentro vendrán otros; vamos a reunirnos con más jóvenes de la macro; haremos encuentros macroregionales; seguiremos impulsando nuestras propias iniciativas en los territorios; haremos encuentros continentales, con otros países. Había muchos sueños. Por eso digo que ese fue un encuentro lleno de sueños, muchos de los cuales hoy podemos decir que se han ido materializando con el tiempo.
Considero que hago parte de la nueva generación, desde la Constitución del 91 hacia acá. Soy claramente noventera. Me formé en medio de una coyuntura muy importante: por un lado, la Constitución del 91 −yo tendría un año−, y por
otro, un hecho clave en la Sierra, que fue la creación de la Organización Indígena Kankuama en el 93. Ya hacia los años 2000 se constituye el Resguardo Indígena Kankuamo, en un contexto de mucha violencia, con el asesinato de más de 400 kankuamos. Entonces, entre mis 10 y 13 años, me tocó vivir una coyuntura bastante fuerte que me impulsó a vincularme de manera más sensible a estos procesos organizativos que veníamos construyendo como pueblo. Y lo resalto mucho, porque en ese momento muchos de nosotros sentíamos la presión de la violencia, de todo lo que estaba pasando en nuestros territorios, y por eso queríamos participar.
¿Qué ha pasado desde ese momento hasta hoy? Las reivindicaciones en torno a lo territorial, a la defensa de los derechos humanos, a poder nosotros administrar y gobernar nuestros propios territorios, han cambiado muchísimo. Y hoy, viendo los resultados de la Minga Indígena Nacional de 2025, uno se da cuenta de todo lo que hemos avanzado. La Minga del 2013 también fue un hito muy importante. Esa minga traía las mismas reivindicaciones históricas que seguimos levantando en la Minga de 2025. Son demandas que venían caminando, que se venían reclamando y exigiendo desde los territorios, sobre todo desde los años 2000, que fueron una época bastante cruda del confl icto armado, especialmente dentro de los territorios.
La apuesta por un sistema educativo propio, intercultural, para los Pueblos Indígenas, también viene de ahí. Hace ya unos dieci-
séis años empezamos a caminarla de manera más concreta. Pero incluso desde antes, nuestros abuelos, nuestras mayoras y mayores, ya nos hablaban de una educación propia. El problema es que, al enfrentarnos a un sistema distinto, empiezan a surgir tensiones en eso que llamamos lo intercultural.
Tener hoy como resultado de la minga que este decreto realmente haya salido [Decreto 0481 de 2025], y que ahora estemos a la espera de su reglamentación −que es lo que uno esperaría que pudiera agilizarse−, significa que estamos ya materializando una de nuestras reivindicaciones como pueblos. Sin embargo, esos dieciséis años de conversa, por poner el ejemplo del SEIP, no han sido fáciles, ni se han dado por sí solos. Detrás de eso hay toda una estructura organizativa que ha hecho posible esa exigencia, en un escenario de concertación y diálogo como lo es la Mesa Permanente. Claro, ahora viene un reto y es la implementación.
También están los otros sistemas propios, el de salud, el de justicia y todo el aparato ambiental, que se vuelve más complejo porque ahí metemos también lo territorial. Hoy, ver estas iniciativas materializadas en decretos es un logro histórico. Tener un decreto que pone en funcionamiento los territorios indígenas es posible gracias a esos constituyentes de su momento, a esos tres constituyentes del Movimiento Indígena que se dieron la pela por dejar ese artículo ahí [Francisco Rojas Birry, Lorenzo Muelas, Alfonso Peña Chepe]. Y que hoy podamos decir que
lo estamos llevando a los escenarios propios, cuando antes no había una voluntad real de los gobiernos nacionales para avanzar, es algo muy grande.
Hoy lo tenemos materializado: tanto los sistemas como los territorios indígenas. Y claro, ahora vienen desafíos, sobre todo de implementación. Pero esto nos pone en un escenario distinto. Nos pone a nosotros, como estructuras de Gobierno Propio, a preguntarnos qué tan fortalecidos estamos internamente para asumir este gran reto: implementar cada uno de estos decretos que han sido reivindicaciones históricas del Movimiento Indígena colombiano.
La pregunta es: ¿estamos preparados para implementar esto? ¿Estamos listos para asumir lo que llevamos tantos años exigiendo? Claro que lo estamos. Justamente porque lo venimos reivindicando desde hace mucho tiempo. Y hay que hacerlo, con lo que se tenga, con las herramientas propias, con lo que se ha tejido hasta ahora. Con cada uno de esos artículos que se han logrado poner ahí.
Esto es el resultado de mambeadas, de popoereadas, de tejidos, de muchas horas en kankurwas, en bohíos, en chunzuas, en malocas... en todos esos espacios donde hemos pensado cómo queríamos cada uno de estos sistemas. Y en honor a eso, en honor a los que ya no están físicamente con nosotros, en honor a nuestros ancestros, ancestras, y a esos padres y
madres que sostienen espiritual y culturalmente este ejercicio de gobierno indígena, hay que hacerlo valer y hay que hacerlo realidad desde los territorios.

Creo que esta nueva generación −y me incluyo− tiene un reto, un desafío muy grande: realmente entender lo que esto representa. Siento que ni la sociedad colombiana, ni siquiera el mismo Movimiento Indígena, hemos dimensionado del todo lo que significa, salvo quienes han participado directamente en la creación de los decretos.
Y eso es algo que habrá que revisar, y que sin duda hará parte de las discusiones del Movimiento. Porque una cosa son nuestros líderes y lideresas políticos, con sus equipos técnicos, que están todo el tiempo dando la lucha por sacar adelante estos instrumentos normativos. Y otra muy distinta son las personas que están en los territorios, hombro a hombro, enfrentándose cotidianamente al ejercicio real de gobierno.
Esta nueva generación, que viene empoderada y con otro tipo de reivindicaciones, tiene un papel clave. Yo me imagino al Movimiento Indígena en los próximos años con una gran fortaleza en su ejercicio de Gobierno Propio. Porque la materialización de los sistemas propios y de los territorios indígenas…
mejor dicho, los territorios indígenas son los que van a permitir que esos sistemas propios realmente se hagan realidad.
Y me imagino que todas esas reivindicaciones de más de 34 años −desde la Constitución del 91, o incluso desde mucho antes, desde cuando ya se venían conversando estas ideas−, que comenzaron a entrar en escenarios de concertación desde los noventa, se van a consolidar. Me imagino un Gobierno Propio fortalecido. Me imagino que, dentro de 30 años, nosotros como Pueblos y Territorios Indígenas estaremos administrando lo nuestro desde nuestra visión, como nos han enseñado que debe hacerse. Esa relación que hoy tenemos con las entidades territoriales, por ejemplo, va a ser muy distinta. Me la imagino en una madurez política a nivel territorial, donde estemos tan fortalecidos, que podamos administrar lo nuestro con autonomía, como lo hemos venido exigiendo. Y haciendo valer esos logros de la minga, que hoy se concretan en estos instrumentos normativos.
Ese sería el deber ser, el sueño al que uno aspira. Pero, ¿qué ocurre detrás de todo eso? Y este es uno de los grandes desafíos para los próximos años. La realidad que tenemos en el Movimiento Indígena, en los 115 pueblos de Colombia, es que no todos están fortalecidos en su estructura de gobierno. No todos los pueblos tienen las mismas condiciones organizativas ni territoriales, y eso implica que, como Pueblos Indígenas, tenemos que pensarnos entre nosotros.
Los pueblos que ya estamos fortalecidos −organizativa, política y espiritualmente hablando− necesitamos pensar cómo vamos a caminar junto a aquellos hermanos que requieren un acompañamiento. Porque la idea no es que solo unos pocos avancemos y el resto se queden atrás. ¿Qué pasa entonces? Para estos próximos años se va a necesitar una coherencia política real frente a las reivindicaciones que como movimiento hemos venido caminando desde tiempos milenarios. Se va a necesitar coherencia para poder permanecer en nuestros territorios como queremos: haciendo realidad estos instrumentos normativos y fortaleciendo el ejercicio de gobierno desde nuestras raíces.
A mí, personalmente, eso me preocupa. Siempre me ha preocupado. Y lo he dicho muchas veces: ¿qué pasa con los pueblos que no están organizativamente fortalecidos? ¿Qué hacemos? Yo no soy autoridad, pero la pregunta está ahí todo el tiempo: ¿cómo contribuimos a transformar esa realidad? Ese es uno de los retos que imagino que en 30 años el movimiento y los pueblos deberíamos poder enfrentar: alcanzar un equilibrio en la fortaleza del ejercicio de gobierno entre todos los pueblos. Para poder cimentar de verdad estos sistemas propios −de educación, salud, ambiente, justicia− y hacerlos realidad.
Me imagino ese equilibrio construido desde la coherencia, donde los pueblos más fortalecidos acompañan a otros, siempre con el debido respeto por la autonomía de cada pueblo, y hasta donde se permita. Pero para eso tiene que haber una refl exión profunda, interna.
También me sueño una apuesta más autosostenible. Una sostenibilidad propia y fortalecida para los Pueblos Indígenas del país. Porque lo que hoy estamos logrando nos lleva hacia allá: hacia pensar cómo sostenernos en el tiempo desde todas las dimensiones. No solo desde la espiritual, que ha sido la que nos ha sostenido hasta hoy, sino también desde lo cultural, lo político, lo económico. Mientras esta nueva generación no sostenga esa parte espiritual, va a ser muy difícil fortalecer ese Gobierno Propio del que hablamos, o materializar esos sistemas. La coherencia política que yo menciono tiene que

nacer desde ahí. Si no se fortalece la espiritualidad, si no se protege el territorio sagrado, lo que somos, ese sostén espiritual y cultural, entonces va a ser muy difícil que podamos ver realizados los instrumentos normativos logrados este 2025.
Y cuando hablamos de sostenibilidad, hablamos de muchas cosas. Necesitamos tener, como pueblos, refl exiones claras sobre cuáles van a ser nuestras apuestas estratégicas. ¿Serán estrategias de economías propias, como ya se ha venido refl exionando? ¿Será esa la clave para sostenernos desde los territorios? ¿O habrá otras formas?
No tengo la respuesta completa, pero lo que sí veo ahora es que el impulso va hacia las economías propias de cada pueblo. Y uno pensaría que en 30 años estemos viendo una red de economías indígenas fortalecidas, con una autosostenibilidad sólida y real.
Lo primero fue sobrevivir al desastre, después llevar a cabo los procesos del reasentamiento, y casi inmediatamente trabajar en la educación, en el fortalecimiento cultural y en las gestiones económicas y administrativas a favor de la comunidad. María Beatríz Vivas jugó un papel importante en tiempos de vértigo, signados por la tragedia del desbordamiento del río Páez, en 1994, y por los esfuerzos de su pueblo de redefinir su destino. Desde esos días hasta la fecha ha
oficiado como maestra, autoridad de su cabildo, rectora, coordinadora pedagógica, vicepresidenta del CRIHU y, más recientemente, como consejera de Planeación, Administración y Finanzas de la ONIC.
En todos estas funciones ha ido forjando una disciplina fructífera, encaminada a la autosostenibilidad del Movimiento Indígena, pero considerando siempre los valores espirituales y culturales de sus ancestros y ancestras.


Pueblo nasa
18/5/25
Mi nombre completo es María Beatriz Vivas Yacuechime, del Pueblo Nasa. Mis padres, los dos, también son nasas. Tengo el apellido Vivas, que no es de origen indígena, porque desde las generaciones de la guerra llegaron los curas y embarazaron a las mujeres indígenas. Hay toda una historia detrás de por qué existe el apellido Vivas en el Pueblo Nasa.
Mis abuelos vienen de esa generación mestiza.
Mis raíces están en Tierradentro, en Páez, Belalcázar. Nosotros vivimos allí hasta 1994. Yo estaba muy joven, tenía unos 17 años, cuando ocurrió el desastre del río Páez. Fue una catástrofe natural muy grande en nuestra historia. Con ese desastre, muchos habitantes de Tierradentro tuvimos que salir en busca de otros
territorios. Mi historia empieza ahí, como un llamado de la Madre Naturaleza. Por un lado, porque nuestra cultura, nuestro sistema de conocimientos, se estaba perdiendo. La educación la manejaban los curas, y nosotros estábamos direccionados por ellos. No existía una autoridad propia que ejerciera con autonomía. En esa época, todo lo imponía la religión católica; nos tenían muy sometidos.
Cuando ocurrió el desastre, fuimos trasladados... Nuestro territorio ancestral, resguardo de Vitoncó, tenía varias veredas. Entonces, desde todas las veredas buscamos caminos de salida, y lo que hicimos fue escalar. Fuimos de un albergue a otro, hasta que llegamos al territorio de Santa Leticia. Allí nos asentamos… siempre hablamos de reasentamiento.
Desde ese entonces venía participando en el CRIC [Consejo Regional Indígena del Cauca]. Nos estaban formando para ser maestros bilingües, maestros comunitarios, como se les llamaba en esa época. Era una formación, una capacitación rápida, de corto plazo. No pensábamos en quién nos iba a certificar, sino en formarnos desde lo comunitario, con esa visión colectiva, esa mirada política y cultural, de fortalecimiento. En ese camino, yo hacía parte de esos grupos de jóvenes.
Cuando sucede lo de la avalancha, yo estaba en mi territorio. Hice ese acompañamiento, y desde ahí empieza mi liderazgo, justo con ese acontecimiento tan fuerte que nos tocó vivir. Fue
un proceso muy pesado, muy duro, porque salimos del territorio. Nos quedamos sin vivienda, sin acceso por las vías; muchos perdieron seres queridos, y otros lo perdimos todo. Fue algo muy relevante, muy trágico para nosotros.
La avalancha fue en junio del 94, y ya el 20 de diciembre logramos tener el nuevo territorio, el reasentamiento: el resguardo nasa de Juantama, en Santa Leticia, que queda en los límites del Cauca y el Huila. Pero al llegar a esa zona limítrofe, nos encontramos con muchas dificultades, porque ni un departamento ni el otro, ni un municipio ni el otro −ni Puracé Coconuco ni el municipio de La Plata− se hacían responsables. Ninguno invertía.
Entonces, al llegar a este nuevo territorio, lo primero fue reconocerlo espiritualmente. Pero ese territorio era de una sola persona, que lo había usado siempre para la ganadería. Al llegar, nos tocó empezar desde cero, desde lo cultural: reconocer el territorio, pero también despertar lo cultural con nuestros sitios sagrados. Fue un ejercicio bonito e importante, porque ahí comenzamos un proceso desde lo educativo, desde la salud, desde lo territorial. Fue un proceso con todos los componentes, y en el que todos fuimos protagonistas y actores de ese caminar.
2Ahí es donde uno puede sentir cómo ha aportado a la construcción de ese territorio. Lo conozco muy bien, porque nos ha tocado de todo. En ese camino, las autoridades me encomendaron apoyar como dinamizadora comunitaria en la construcción del proyecto educativo. Yo jamás vi la educación como algo que solo se da en el aula con los niños; siempre la vi como un ejercicio que se da en todos los escenarios.
Venimos de un confl icto, de un territorio de origen con serios problemas culturales, con desconocimiento de nuestro ejercicio de gobernabilidad propia. Todo eso lo fui recogiendo. Por eso nunca me encerré a ser solo maestra de aula, sino que hice un ejercicio más amplio, con la gente, con los jóvenes, con los mayores. ¿Cuál ha sido nuestra trayectoria y cuál es nuestra proyección? Y más aún, teniendo un confl icto territorial: si el territorio era del Huila o del Cauca. Eso nos llevó a muchos temas y también a comprender por dónde teníamos que aterrizar… cuáles iban a ser los mecanismos para lograr apoyos, para que la comunidad fuera defendida.
Al principio estuvimos con el Cauca, con el CRIC, pero luego empezamos a revisar y dijimos: territorialmente no podemos seguir ampliándonos. Tenemos confl ictos, estamos al lado del páramo, y no podemos usar el páramo para el aprovechamiento, para nuestras chagras. Entonces, mirando a futuro, vimos que la mayoría de las comunidades que también salieron del desastre habían llegado al Huila. Y ahí fue cuando dijimos: vamos a trabajar con el Huila.
Comenzamos los acompañamientos con las autoridades, pero eso fue después de unos años. En el 2002, fui la primera autoridad mujer. De todos modos, nunca nos desligamos completamente de la zona de origen. Desde allá, la autoridad nos dirigía, nos decía qué hacer. Toda la gobernabilidad venía desde allá.
Pero en el 2001 dijimos: ya no más. Vamos a hacer nuestro propio ejercicio, vamos a formar nuestro propio cabildo. Y la primera autoridad es mujer, y es María Beatriz. Yo tenía en ese momento 21 años, entrando a los 22. Estaba muy joven, pero ya tenía mis dos hijos; Heiver Ferney y Sayu Andrea. Entonces, siendo mamá y afrontando muchos procesos, me tocó aprender a madurar muy temprano. Fui la primera autoridad, y como tal, la decisión que lideré fue que pasáramos a ser parte del Huila y de la Organización Regional Indígena del Huila, CRIHU. Desde ahí hemos caminado, hemos construido .
Cuando llegamos, la organización ya tenía un mandato muy claro: legalizar los territorios que habíamos logrado recuperar después de todo lo que pasó con el confl icto. La meta era constituirnos como resguardos, con el respaldo del gobierno.
Cuando yo ingresé, ellos ya llevaban un proceso largo para poder declararse como cabildos. Y con la comunidad, trabajando muy juiciosamente, en dos años logramos el reconocimiento como cabildos. Al año siguiente ya fuimos reconocidos como resguardo. Nuestro proceso de legalización territorial duró año y medio. Y lo logramos. Fuimos juiciosos. Ese ha sido mi recorrido en el territorio.
Luego de haber sido autoridad, continué de lleno en el ejercicio educativo. Seguí trabajando, pero también participé activamente cuando llegó el tema de las reorganizaciones educativas. En ese momento, cada escuela era su propio centro, pero con la reorganización que trajo la Ley 715 −donde las instituciones y sus sedes tenían que reestructurarse− nosotros vimos una oportunidad.
Aprovechamos esa ley para gestionar nuestra propia institución. Resulta que, en el Huila, todos estamos muy dispersos.
Las comunidades están a dos horas, a hora y media, a tres o incluso a cuatro horas unas de otras. Entonces decidimos que la reorganización no debía hacerse por cercanía o distancia, sino por el proceso que llevábamos como pueblo.
Se lideró ese espacio, y yo también fui parte activa de ese proceso de reorganización institucional. Fue así como se conformó la primera institución indígena en el Huila. La única en su momento, y sigue siendo la única en el municipio de La Plata. Logramos tener una sola institución indígena, y yo soy la rectora. Así lo decidieron las autoridades indígenas.
Desde esa época, las autoridades han depositado su confi anza en mí. Para que esa institución se constituyera, pasamos por un proceso que duró dos años. Nos tocó venir al Ministerio, hacer todo el trámite. Las autoridades batallaron, todos luchamos, y al fi nal logramos demostrarle al departamento y al Ministerio que la institución tenía que crearse. Y así fue. Se creó. Nosotros no nos vinculamos a ninguno de los centros educativos campesinos; hicimos nuestra propia casa.
Fue el primer gran avance en educación que tuvimos desde el CRIHU. Fue un proceso que no solo se dio en mi territorio, sino a nivel regional. La primera institución indígena, y a partir de ahí empezamos a caminar para que nacieran otras instituciones. Hoy en día ya tenemos seis instituciones indígenas dentro del Consejo Regional Indígena del Huila. Es un avance muy importante, pero la primera puerta que se nos abrió fue con la institución educativa Yu’ Luuçx Pishau, Hijos del Agua. Tiene dos nombres: Yu’ Luuçx en nasa yuwe y Pishau en misak. Es una institución de los dos pueblos, por eso lleva ese nombre en las dos lenguas.
Después de haber conformado la institución, dimos otro paso: consolidar y fortalecer el proceso. En ese momento lo llamamos el Programa de Educación del Huila, del CRIHU. Con los años, también logramos administrar la educación directamente, a través del Decreto 2500 de 2010, porque ya teníamos las bases: las instituciones indígenas estaban en pie, ya las habíamos conformado.
Le mostramos a la Secretaría de Educación que los proyectos educativos estatales tenían muchas falencias. Les dijimos claramente: ustedes tal vez tienen la capacidad técnica, pero tienen un gran desconocimiento de cómo pensamos los pueblos indígenas. Y no pueden hablar solo de estándares de calidad. Nosotros, desde nuestros proyectos educativos, tenemos otra manera de ver el mundo. Desde ahí organizamos nuestros currículos −mal llamados así−, porque para nosotros tienen otro sentido, los llamamos de otra forma. Por eso, desde el Decreto 2500, venimos haciendo ese ejercicio de coadministración educativa.
Son logros importantes, y yo he hecho parte de ese caminar, siempre de la mano de las autoridades, orientada por ellas. Gracias a eso, pude ser también coordinadora pedagógica regional del CRIHU. Luego, entre 2018 y 2019, acompañé como vicepresidenta del Consejo Regional Indígena del Huila. Y como rectora, vengo desde el año 2005. No fue tanto que yo lo decidiera, sino que fue un ejercicio colectivo. Me encomendaron esa labor administrativa, a pesar de que yo no tenía el perfi l de administradora educativa. Sin embargo, con la experiencia, se fue dando. Pero sí fue muy duro. El ejercicio más pesado que me ha tocado. Entender la parte administrativa dentro de la educación es algo complejo. Me tocó muy, muy duro.
Yo era la única rectora indígena en medio de todos los demás. Y claro, si un proceso me salía mal, era señalada de inmediato. Un día, incluso, tuve que demandar al jefe de núcleo, porque siem-
pre nos veían como los que no sabíamos. Pero en poco tiempo logré mostrar liderazgo. Y no me quedé callada, ni aceptando todo lo que ellos dijeran.
Ese jefe de núcleo llevaba años en su cargo, y fue bien complicado hacerlo entender que nosotros, como pueblos indígenas, tenemos otras formas de administrar, otros enfoques, otras visiones. Para ellos todo era ley, solo la norma: “Eso no sirve, eso no aplica, mijita, eso para qué”, me decían. Pero mire que las incidencias fueron tan grandes que me tocó llegar a la demanda.
Lo denuncié por acoso laboral. Y entonces ya empezó a bajarle el tono, a tratar de entenderme. Al fi nal, terminamos incluso como buenos amigos. En uno de esos años hasta me dieron un reconocimiento por buen rendimiento en el municipio. Así es como uno va rompiendo barreras.


Luego, cuando fui vicepresidenta del CRIHU, acompañé a un mayor del pueblo Yanacona, que era el consejero Mayor. En los procesos, muy pocas veces hablo de que a las mujeres nos tienen que dar espacio. No comparto ese discurso. Yo digo que las mujeres nos ganamos los espacios, no por ser mujeres, no porque nos tengan que dar espacio “por lástima” para que se den las cosas. Siempre he pensado que uno debe estar donde está porque realmente aporta y está constante en el proceso, no porque lo vean con pesar.
En ese sentido, cuando fui vicepresidenta −y yo soy muy respetuosa de los procesos−, el mayor era el representante legal y yo lo apoyaba. Nunca me pasé sobre su autoridad. Pero cuando él se quedaba en algunos procesos, ahí estaba yo liderando y apoyando. Entonces, fue cuando, terminando el 2019, las autoridades dijeron: “Tú hiciste un ejercicio muy bonito, yo creo que tienes que seguir perfi lándote para la ONIC”. Jamás fue mi intención. Nunca fue mi proyección. Pero las autoridades lo han ido buscando.
La rectoría no la busqué. Ser coordinadora pedagógica tampoco. Vicepresidenta, tampoco. Las autoridades siempre han decidido que ocupe tal o cual cargo. Con la Consejería de Planeación, Administración y Finanzas de la ONIC fue igual. Llegué con muchos temores, porque mi experiencia era territorial y regional. Ese rol casi no lo había caminado a nivel nacional, y el panorama nacional es muy diferente.
No tenía ese recorrido nacional, por eso había tantos temores. No sabía cuál iba a ser mi papel, porque desconocía muchos procesos. Pero resulta que, si uno ha hecho un ejercicio práctico −no solo de pensamiento, sino práctico− en el territorio, con las autoridades, eso facilita cuando se llega a lo nacional. Porque uno llega con bases sólidas, con orientaciones desde las raíces. En algún momento, se me fueron quitando los temores.
Sé que, al día de hoy, me faltaron muchas cosas. Esta consejería está cargada de muchas responsabilidades. Y no es solo técnica, también es política. Una tiene que tener visión para planear a diario, pero también ser muy estratégica para poder sostenerse económicamente. Las demás consejerías también son muy importantes, pero esta tiene un rol muy delicado: cuidar los bienes de la administración, mantener el bienestar, estar pendiente de todo el personal.
Y no me he quedado solo haciendo el rol de gerenciar los proyectos que llegan, que otros consejeros han trabajado. También he
estado en otros ejercicios. Y pienso que ya es hora de que yo empiece a decir qué fue lo que hice. Porque a veces, por temor a que digan que uno no ha hecho nada, uno no dice nada. Pero ahora sí voy a contar lo que hago, porque muchos no conocen todo lo que uno ha hecho. Por eso digo: nada puede ser excelente, pero en el mandato que me asignaron las autoridades −ya nos falta mes y medio− traté de hacer las cosas bien.
La batalla para lograr que el espacio de la consejería fuera para el CRIHU es algo que agradezco mucho. Agradezco la capacidad organizativa y política de mi organización, que dijo: “Esta vez nos toca a nosotros”. Porque son muchas las fi liales y muchas las personas que quieren llegar a estas consejerías. Entonces, primero fue la organización la que dijo: “Este es nuestro espacio”. Y cuando lo planteó, la Macrooccidente lo aceptó en muchos encuentros, pero con una condición: que fuera una mujer.
Cuando dijeron eso, igual había hombres en mi regional que habían dado toda la batalla, toda la lucha, para poder llegar a esas consejerías. Para ellos no fue nada fácil que les dijeran que debía ir una mujer. Eso fue duro. No es tan color de rosa como a veces lo pintan. Entonces, cuando hubo gente que se quejó porque iba a llegar una mujer, eso me dio más fuerza para asumir la tarea. Para que mi trabajo dejara en alto a mi territorio, a mi organización regional y a la Macrooccidente. Porque con una responsabilidad de estas no se quema uno solo, se pueden quemar muchas personas.
Después de que nos dieron el espacio en la regional, la pregunta fue: ¿cuál de las mujeres se va a enviar? Y yo dije: mujeres es lo que hay en el Huila. Pero las autoridades fueron bastante insistentes en que fuera yo la que llegara a la consejería. En el territorio, cuando se hizo la primera asamblea, yo dije que no. La organización hizo varias asambleas para hablar de ese tema, y yo seguía diciendo que no, por el temor que sentía. Pero cuando se acercó la macro, muchas personas empezaron a hablarme: “Tienes que aceptar, porque si tú no aceptas, van a mandar a un hombre”. Entonces ahí dije: “¡Juemadre! ¿Cómo así? No, ahí sí no”. Y fue cuando dije: “Si va a ir un hombre, qué pena, pero entonces sí voy yo”.
Al llegar a la consejería, entendíamos que la ONIC depende en buena parte de los convenios que se gestionan. Depende de que hagamos una buena ejecución, no para apropiarse de los proyectos, sino para que realmente se cumplan de manera responsable. A través de esa ejecución, se puede lograr algo de porcentajes de sostenibilidad, al menos para mantener la estructura organizativa.
Pero es difícil, porque no podemos seguir viviendo como organización solamente de esos porcentajes que se derivan de los convenios. Por eso, desde hace muchos años, las autoridades vienen pensando en la autosostenibilidad de la ONIC, y ese pensamiento ha sido ratificado por el X Congreso.
Cuando yo llego y recibo la consejería, había unas iniciativas básicas que venía trabajando la consejería anterior: una tienda física que estaba en proceso de apertura, una marca Semilla Nativa que se había trabajado desde hacía un tiempo. Había, digamos, algunos esfuerzos iniciales. Al asumir el cargo, empecé a revisar todo eso y a preguntarme: ¿la ONIC puede seguir pensando en iniciativas pequeñas? La ONIC es una organización nacional, con un estatus importante, con un alcance enorme. Entonces, no podemos quedarnos en pequeño. Debemos soñar en grande.
Me pregunté: ¿cómo materializamos realmente el mandato de sostenibilidad? Porque esto es un monstruo, todos los días hay gastos: en la oficina, en la fi nca, en la logística, en el personal. Desde la consejería de administración se debe sostener la nómina del equipo administrativo, las personas que se quedan de manera permanente en la sede, quienes cuidan y sostienen la fi nca. Son muchas responsabilidades. Entonces pensé: si la apuesta es la tienda, sabemos que para empezar a generar ganancias nos va a tomar años, a menos que hablemos de muchas tiendas, o de una muy grande, o con un volumen de ventas importante.
Ahí fue cuando me puse a pensar: ¿qué más tiene la ONIC que pueda ayudar a materializar este mandato? Y tomé la decisión de desprenderme un poco de lo que se venía haciendo antes. La tienda, por supuesto, la mantuvimos, pero hice una pausa en el resto y dije: hay que organizar esto, hay que estructurarlo, hay que pensar la sostenibilidad desde nuestras propias economías.
Me devolví un poco a cómo construimos el proyecto educativo: hay que darle cuerpo, hay que darle corazón, hay que darle vida a esto. Si lo pensamos como un cuerpo, cada órgano tiene una función, cada función un alcance, unas metas, unas proyecciones. Y todo eso tiene que dar resultados. Desde esa visión empezamos a estructurar el trabajo. ¿Y qué tiene la organización? Pues tiene la Fundación Aborigen.
Esa fundación, cuando yo llegué, no era muy conocida por las autoridades. A la gente uno le socializa, pero eso se olvida, porque las autoridades van cambiando constantemente. Recuerdo que cuando llegué a la primera asamblea, hubo muchas dudas: que esa fundación era para lavado de dinero, que no era clara… dijeron de todo.
En la segunda asamblea, llevamos la propuesta para reformar los estatutos y empezamos a darle un enfoque más comercial a la fundación. Hoy en día, la Fundación Aborigen tiene como actividades económicas principales la alimentación, los servicios de hospedaje y, más recientemente, el transporte. Esas son las tres áreas más fuertes en este momento. Entonces, ¿qué se hizo? Ordenar la fundación. En este momento ya le hemos venido dando forma. Nos ha tomado más de tres años, pero es como un hijito que estamos ayudando a que aprenda a caminar. Todavía no camina solo, pero ya da pasos, y eso me da mucha alegría.
Gracias al apoyo del consejero Mayor, hemos logrado que ninguna actividad grande se realice en otro lugar distinto a Java Liviana. Por ahí es por donde nos están entrando algunos recursos, porque ofrecemos el servicio de restaurante, de hospedaje. Si se hace acá, nosotros prestamos la alimentación.
Incluso, si el proyecto tiene presupuesto para espacios, también cobramos por el uso del espacio. Si no lo tiene, no cobramos. Pero si lo tiene, sí.
Antes teníamos la idea de que si era acá, no se pagaba. Pero eso tenía que cambiar: si un proyecto tiene recursos, debe pagar. Eso sí, para poder cobrar con dignidad, primero teníamos que tener la casa un poco más bonita. El espacio del Kimy Pernía, aquí en la ONIC, no estaba bien dotado. Entonces dije: este espacio tiene que estar muy bien organizado todos los días. Puede ser
sencillo, pero debe estar limpio, ordenado, digno. Y como somos indígenas, eso significa también que cada cosa tiene que estar en su lugar, que todo debe tener su orden, su sitio, su armonía. Y hoy, usted ve ese espacio, y es otra cosa. Es diferente.
Entonces empiezan a llegar otras personas, y nos alquilan el espacio. Eso también representa ingresos importantes. Estamos pensando las economías propias no solamente en términos de productos, sino a partir de todo lo que ya tenemos. Esa ha sido la clave: mirar alrededor y darnos cuenta de que tenemos muchas cosas que pueden aportar a la sostenibilidad.
Todo esto ha sido un proceso de organización que nos ha tomado tres años y medio, casi cuatro años. Pero gracias a ese esfuerzo, hoy podemos hablar de sostenibilidad. Ya no andamos prestando dinero para pagar una póliza. La nómina se paga cada mes, sin retrasos. Se ha podido lograr una base sólida. Entonces, una de las líneas de trabajo fue actuar con lo que ya teníamos. Ordenar y poner a funcionar los espacios disponibles. Los organizamos con ese objetivo claro: lograr la sostenibilidad desde adentro, sin depender únicamente de recursos externos.
La segunda línea que tomé fue el ejercicio con la fi nca. En la fi nca tenemos café. Entonces decidimos mejorarla, coger esa ruta del café. Al principio no pensé que esto nos llevara a ver más allá de lo que imaginábamos. Creí que sería solo cuestión de arreglar la fi nca, porque el café… bueno, mis hermanos son productores de café, y yo pensaba: imposible que esas matas no den, si las organizamos bien.
Cuando fui y revisé cuál era su función, cuánto se vendía, me dijeron: “no, no da”. Les pregunté: ¿ni una libra? “No, no da”, fue el informe que me entregaron. Y yo dije: eso sí da. ¡Son casi trece mil matas! Claro que da, al menos para sostener algo dentro de la misma fi nca. Entonces todo eso se organizó.
Con el tiempo, tuvimos un alcance más grande. En la primera cosecha, el primer año que llegamos, recogimos 16 millones de pesos. ¡Y eso que las matas ni siquiera estaban bien alimentadas! Entonces dije: sí da, algo da. Pero cuando intentamos ingresar esa plata a la fundación, resultó que no se podía, porque la fundación no tenía registrada esa actividad económica.
Entonces, ¿por qué concepto íbamos a ingresar el dinero? No estaba organizado. Yo pensé: Dios santo, ¿en qué me metí? Fue un ejercicio completo, tanto organizacional como fi nanciero. Faltaban muchos procesos. Nos tocó adecuar todo.
Hicimos muchas cosas, y logramos que en este momento la fundación esté organizada de tal forma que ya llevamos tres años entregando informes claros: esto es la fundación, esto es la ONIC, esto es lo fi nanciero de la fundación, con su propio contador, con su propio personal. Esta es la nómina de la fundación, esta es la nómina de la ONIC, y así sucesivamente. No es que tengamos mucho personal, pero ya tiene su funcionalidad.
Con el café empezamos así. Y ahora ya organizamos una exportadora de café, que no ha sido nada fácil. Empezamos por organizar la fi nca, demostrar la calidad del café, hablar del origen: café indígena. Empezamos a trabajar el tema espiritual en Java Liviana. Por eso tenemos un espacio de fogón; todo parte desde lo espiritual, y desde ahí se ha orientado tanto el tema administrativo como el de las economías propias. En ese cuerpo organizativo, lo más importante es lo espiritual. Desde ahí impulsamos la exportadora de café de origen indígena.
Dijimos: no podemos romper con nuestro conocimiento propio. Sabemos que ir contra el monopolio de las grandes empresas económicas es difícil, pero nosotros también podemos. Dijimos: empecemos a organizarnos. Y ahora lo tenemos.
Nos costó mucho, hasta lágrimas. Estuve a punto de tirar la toalla. El equipo, algunos se fueron, cansados… pero luego volvieron, y lo logramos. Hoy podemos decir que ya cumplimos con todos los requisitos. Si nos piden containers, ya podemos responder. Pero también dijimos: con el café de la fi nca no podemos sostener todo el mercado. Entonces empezamos a organizar una red de caficultores indígenas, para sostener ese mercado de exportación, y para que los caficultores entiendan cuál es la visión desde las economías propias.
Es bien complejo, es todo un proceso… pero ahí vamos. Ya tenemos 230 caficultores en la red. Tenemos presencia en Antioquia, en Huila, en Tolima. No podemos decir que en todos los departamentos, pero hemos ido llegando a las delegaciones. En Antioquia logramos llegar a dos comunidades, en el Tolima a una comunidad, y en el Huila a cinco o seis comunidades. Vamos avanzando.


En este momento, mi propósito es que de aquí a diciembre podamos dejar implementadas las garantías con un proyecto que estamos trabajando desde la ADR [Agencia de Desarrollo Rural]. Porque todo este ejercicio lo he trabajado sin proyecto. Yo soy la consejera de Planeación, Administración y Finanzas, entonces por aquí quedaba algo, por allá algo más, y con eso logramos implementar las cosas. Y también con el apoyo de la FORD Fundation, que es una cooperación que nos ha apoyado bastante. Son recursos muy pequeños, pero constantes, y con ellos pudimos implementar todo este recorrido.
En esta fase, que ya estamos por despedir la Consejería, logramos en esta Minga 2025 tener dos proyectos: uno de comercialización y otro de asistencia técnica. Pero todo gira en torno a lo que venimos haciendo. Vamos a dejar fi rmados esos dos convenios para, de aquí a diciembre, consolidar el equipo y consolidar la red.
También hemos podido llegar a algunos países con nuestro café, y tenemos proyectadas dos salidas al exterior en el mes
que viene, en junio, para seguir defi niendo alianzas. A donde vamos, siempre llevamos nuestro café, nuestras artesanías. Hemos implementado las artesanías −las llamamos artes ancestrales− desde la tienda, y el café, que funciona como tienda y cafetería.
La tienda, para mí, es una estrategia más de visibilización, para ir posicionando la marca. Si seguimos con esta dinámica, creo que a corto plazo podríamos seguir implementando muchas más cosas. Entonces, eso es lo que hemos hecho desde el trabajo por las economías propias, y ya también empezamos a incidir en el gobierno, exponiendo cuál es nuestra visión de las economías propias.
Hemos tenido ya conversaciones con el Banco Mundial, a través del consejero Mayor, Orlando Rayo. Ahí hemos expuesto lo que llevamos con la red, lo que hemos pensado y cómo estamos fortaleciendo ese tema. Entonces, creo que hay unos avances muy bonitos.
Siempre he dicho que esto ha sido un destino. Parece que mi fuerte no era lo administrativo, pero las autoridades, sin preguntarme, me dijeron: “Usted tiene que ser rectora”. Luego, sin preguntarme si quería o no quería, me pusieron a ser consejera de Planeación, Administración y Finanzas. Pero dentro de esos roles, ese pequeño ejercicio como rectora me sirvió mucho para asumir ahora esta consejería.
Y digo que, en este momento, todos los sistemas que hemos conquistado, que hemos ganado, justamente en esos temas es donde los pueblos tenemos que poner atención. Porque estamos avanzando y estamos materializando muchos de los mecanismos, muchos de los sueños que habíamos hablado desde la lucha. Y ahora, ¿qué nos falta? Materializarlos. Ahora la responsabilidad está en manos de los territorios. Y ahí es donde tenemos que fortalecer el tema administrativo. El tema fi nanciero.
Tal vez en lo administrativo hemos podido dar el alcance, pero en lo fi nanciero todavía nos falta, hay mucha brecha. Nos falta para seguir orientándonos, materializándonos, y ser muy disciplinados,
muy juiciosos. Los Pueblos Indígenas siempre hemos tenido la capacidad para administrar nuestros propios recursos. Nos falta un poco más de disciplina, de constancia, de decir: sí podemos, y hacer las cosas. Pero lo podemos hacer. Tenemos la capacidad, tenemos la formación. Solo nos toca dedicarnos.
Hay territorios con alcances muy grandes, pero hay otros territorios donde todavía nos falta mucho para fortalecernos. Y aquí siempre hablo de la minga hacia adentro y la minga hacia afuera. Todo el tiempo debe estar activa esa minga hacia adentro. Los alcances, las orientaciones deben partir de esa minga hacia adentro, de cómo vamos a lograr que todo esto se materialice… pero que también sea sostenible. Si vamos a ser los dueños de los sistemas, ¡pues imagínate!
La Gran Minga Nacional de 2025 logró concretar algunos de los propósitos por los que el Movimiento Indígena venía trabajando desde hacía varias décadas, entre ellos, los referidos a los Sistemas de Conocimiento Propio y a las Entidades Territoriales Indígenas. En el presente documento, Norman Bañol esboza en qué consisten tales logros y cuáles podrían ser los caminos a seguir. Sobre todo, enuncia la importancia, en esa larga minga, de todos los miembros del Movimiento, tanto de los representantes en los esce-
narios políticos nacionales, como de los liderazgos en las comunidades. El vínculo con el territorio es imprescindible para seguir andando. En medio de su análisis, también nos devela su ruta personal, los inicios en su resguardo, su trabajo en las organizaciones del territorio y la posterior llegada a la Cámara de Representantes; en todos estos escenarios ha venido trabajando siempre “como un comunero más”, como una parte de ese mundo heterogéneo que configura la unidad de los Pueblos Indígenas del país.



20/5/25
Cre o que la dimensión es de profundidad, porque se trata de logros, posturas, o si se quiere, reclamaciones del movimiento indígena que se vienen recapitulando desde la década del noventa, con fuerza en la Constitución del 91, pero que en realidad vienen de mucho más atrás, como parte del proceso de autonomía y autodeterminación. Y lo que vemos ahora, en la coyuntura actual, es que, aun en medio de nuestras diferencias −y también de algunas posturas encontradas dentro del movimiento indígena−, logramos llevar a cabo una movilización que, en respaldo al mandato popular, reclamó que el cumplimiento de ese mandato incluyera también los derechos de los pueblos y comunidades indígenas. Y logramos un avance enorme: una ley, a través de un decreto con fuerza de ley, sobre las entidades territoriales indígenas.
Al inicio de la minga, cuando empezamos a discutir y a prepararnos, cuando arrancamos la fase operativa, lo veíamos como algo lejano. Pero gracias a la organización y la fuerza de los pueblos indígenas de Colombia −gracias a la ONIC, a la OPIAC, a la Confederación Indígena Tayrona, a Gobierno Mayor, a AISO, al CRIC, a AICO, a todas las organizaciones nacionales−, logramos poner contra las cuerdas, no al presidente de la República, sino a parte de su gabinete y a algunos funcionarios. No tuvieron otra salida que avanzar en el reconocimiento de estos derechos. Porque por un lado estaba la postura fi rme del movimiento indígena, y por el otro, el compromiso del jefe de Estado, que tiene un efecto vinculante sobre el poder ejecutivo y los demás poderes públicos.
Es un logro muy importante, no solo para el Movimiento Indígena, sino para todo el pueblo colombiano: sectores sociales, populares, gremiales, sindicales, juveniles, femeninos. Y es que nosotros sí podemos apoyar sin alcahuetear −esa es una palabra que uso mucho−. Es decir, claro que apoyamos el proyecto del cambio, claro que estamos de acuerdo con las grandes transformaciones del país, pero no aceptamos un cambio sin nosotros, no aceptamos transformaciones sin nosotros. Porque el compromiso de esta apuesta, de este proyecto político, era precisamente desarrollar la Constitución Política de 1991.
Por eso, en términos generales −salvo algunas excepciones− dentro del Movimiento Indígena colombiano no hay una postura
favorable a convocar una nueva Asamblea Nacional Constituyente. Consideramos que el marco constitucional que ya tenemos nos permite desarrollar, materializar y garantizar los derechos de todos los colombianos y colombianas, y, en particular, los derechos de los Pueblos y Comunidades Indígenas.
Logramos vencer un estigma que veníamos cargando, ese que se enseña desde la academia: que los indígenas, teóricamente, aunque se nos haya reconocido la autonomía, en la práctica seguimos siendo tratados como menores de edad. Pero logramos entablar varios diálogos. Porque la minga no fue solo esa semana larguita, como algunos creen, no. La minga venía preparándose desde mucho antes, con diálogos de alto nivel, incluso con el mismo presidente de la República. Diálogos que nos llevaron, por ejemplo, a polémicas y controversias con él, especialmente en torno al Artículo 56 transitorio de la Constitución del 91. Al principio, el presidente no estaba muy convencido de que ese artículo fuera una salida importante para el Movimiento Indígena. Pero gracias al debate —y aquí hay que reconocer la generosidad tanto del Movimiento Indígena como del jefe de Estado para hablar de temas estructurales del país—, fi nalmente logramos, con nuestra argumentación colectiva, hacerle entender que ese artículo 56 transitorio es, como lo llamamos nosotros, una salvaguarda que dejaron los Pueblos Indígenas.
Fue una apuesta que hicieron nuestros tres constituyentes: dos por la Séptima Papeleta, Lorenzo Muelas del Pueblo Misak y
Francisco Rojas Birry del Pueblo Embera; y uno del movimiento insurgente indígena Quintín Lame, Alfonso Peña Chepe, del pueblo Nasa. Y ellos ya lo avizoraban. Pero no eran solo ellos: era todo el Movimiento Indígena que estaba detrás, que los respaldaba. No ponían posturas individuales; recogían lo que el colectivo del movimiento indígena defi nía.
Y ellos ya lo veían venir, ya entendían que la correlación de fuerzas en el poder público, especialmente en el ejecutivo, era mínima. Se lograron tres escaños en el Congreso: dos en el Senado, dentro de la circunscripción indígena, y uno en la Cámara de Representantes. Y ese Artículo 56 transitorio, que al principio ni siquiera se estudiaba en las universidades −porque los artículos transitorios casi no han sido objeto de análisis−, parecía algo menor, algo que no iba a tener mayor impacto en medio del “boom” que fue la Asamblea Nacional Constituyente. Sin embargo, para el caso del año 2013, ese artículo se convirtió en el centro de un debate con el gobierno de entonces, y ese debate terminó en un logro muy importante, que aún sigue vigente para el Movimiento Indígena: el Decreto 1953 de 2014. Gracias a ese decreto, por ejemplo, hoy la organización indígena Kankuama, el pueblo Kankuamo del departamento del Cesar, está certificado como territorio indígena en lo que respecta a la administración de sus sistemas propios.
Después del 2013 vinieron otras normativas basadas en el Artículo 56 transitorio, pero ahora llegamos a un nivel muy importante, porque logramos sacar una batería de leyes: cuatro leyes de la República, expedidas mediante decretos con fuerza de ley, por vía del Ejecutivo. Estamos hablando de la ley del Sistema
Indígena de Salud Propio e Intercultural (SISPI), la ley del Sistema Educativo Indígena Propio (SEIP), la ley de reconocimiento y autonomía del territorio wayúu, en la zona norte extrema de
La Guajira, y la ley de las ETIS. Todo esto fue fruto del trabajo colectivo, una apuesta decidida de la minga. Porque no se pueden desarrollar los sistemas propios si no tienes seguridad jurídica sobre tu territorio. Si no hay ese reconocimiento por parte de los poderes públicos y de la sociedad en general de la condición diversa de los Pueblos Indígenas, no hay garantía real para el ejercicio pleno de nuestros derechos.
Además, ya van cuatro resoluciones de la Agencia Nacional de Tierras, en desarrollo del Decreto 632, dirigidas a las comunidades y pueblos indígenas de la Amazonía. Se pone un especial énfasis en aquellos que quedaron por fuera de la distribución
político-administrativa de Colombia y que, en la Constitución, se reconocen como áreas no municipalizadas, las cuales son principalmente de origen indígena y algunas cuentan con titulación.
También, con el impulso de la minga logramos sacar adelante el protocolo para el registro de Comunidades y Cabildos Indígenas en Contexto Urbano y de Ciudad. Esto hace parte de un debate de largo aliento, y es un logro tan importante como los sistemas de conocimiento propio o las ETIS. ¿Por qué? Porque allí se reconoce que la condición de indígena no se pierde por no residir en el territorio. Es decir, que se le da fuerza no solo a lo colectivo de la comunidad indígena −que es nuestra postura: somos sujetos colectivos de derechos y sujetos de derecho colectivo, que son complementarios− sino que también se fortaleció la categoría del autoreconocimiento y la autodeterminación.
Que usted no deja de ser embera, bora, inga, yagua, kankuamo o aruako simplemente porque se traslade a vivir a una capital, en Colombia o incluso al exterior.
Ese logro, a través de un protocolo que lleva más de una década en discusión, nos muestra que ese reconocimiento tiene que ser pleno. Por supuesto, el territorio es una categoría central en el Movimiento Indígena, pero también la dinámica del confl icto en el país, la situación laboral y la búsqueda de oportunidades académicas para los hijos han hecho que mucha población indígena migre hacia las ciudades, y eso no hace que pierdan su condición de indígenas. Por el contrario, este protocolo les
permitirá reagruparse, acercarse más, mantenerse en contacto con su territorio de origen, y así fortalecer las distintas expresiones del Movimiento Indígena.
Otro logro muy importante tiene que ver con el Catastro Multipropósito y su implementación en los territorios y territorialidades indígenas. Esto surge del acuerdo de 2016 entre el Estado colombiano, encabezado por el gobierno de Juan Manuel Santos, y la extinta FARC-EP. Uno de los puntos clave era la Reforma Agraria, y dentro de esa reforma estaba la actualización del Catastro Multipropósito. Eso llevó a una Consulta Previa y a la elaboración de un texto para que se expidiera un decreto que permitiera una implementación, digámoslo, concertada con las autoridades indígenas y las comunidades, para hacer el proceso de actualización catastral. Esto consiste en que el pago del impuesto predial, producto de la actualización del Catastro Multipropósito en los territorios legalmente titulados, sea asumido por el Ministerio de Hacienda, a través de un mecanismo de compensación fi nanciera del impuesto predial.
Esto es bastante importante, además, porque nos permite, según el criterio de discrecionalidad y voluntad, incluso asumir competencias como gestores catastrales. En otras palabras, se trata de lo siguiente: ser dueños de la información y, al mismo tiempo, gestores de esa información para tomar decisiones, principalmente asociadas al cuidado de la Madre Tierra.
Así mismo, encontramos otra serie de resultados que van teniendo efecto sobre lo territorial, sobre lo regional. Es decir, la minga ha tenido una fuerza tan importante, que esa fuerza ha irradiado a los territorios, ha irradiado a las zonas, ha irradiado a los departamentos. Y por eso hoy vemos una creciente movilización de distintos pueblos y comunidades indígenas que, además de apoyar lo nacional, también están reclamando acuerdos y el cumplimiento de los mismos en el orden regional o zonal.
Y lo más importante no son los instrumentos. Lo más importante es que, después de casi dos décadas, logramos volver a juntarnos y salir al unísono como Movimiento Indígena colombiano, reconociendo nuestras distintas expresiones. En esta minga reconocimos que tan importantes son quienes se movilizan en masa −cientos, miles o decenas de miles de personas− como quienes hacen movilización espiritual o cultural. Los abuelos, las abuelas, los sabios, los jaibanás, que tal vez no salgan en masa, que no sacan quinientos, mil o diez mil personas, pero están haciendo un trabajo profundo: de protección, de claridad, de fluidez verbal, para que las lideresas y los líderes puedan encontrar acuerdos con quienes estén, efectivamente, concertando.
Pero también hubo movilización comunicativa, movilización dialógica, movilización pedagógica: ¿a qué venimos? Contrario a lo que muestran algunos medios de comunicación, que dicen que la gente no sabe a qué viene, sí sabemos. Lo que pasa es que muchas veces no se tienen las palabras técnicas para decir, por ejemplo: “yo vengo por el Sistema Indígena de Salud Propia Intercultural, el SISPI”, o “yo vengo por las ETIS”. Pero quienes nos movilizamos, ¿a qué veníamos? Veníamos por nuestros derechos. Y esa es una consigna que, aunque suene genérica, tiene mucha fuerza, porque ayuda a que la gente tome conciencia, y nos permite como Pueblos Indígenas cumplir con una línea que nos dejaron nuestras mayoras y mayores: dejar esto mejor de como nos lo entregaron.
Estos instrumentos, nacidos de la unidad del Movimiento Indígena, lo que van a dejar son dientes, herramientas de trabajo para estas generaciones presentes, pero también para las que vienen. Recuerdo que cuando estaba en formación en mi resguardo, había un libro −a mí me tocó uno de color vinotinto− que llamábamos “el fuero indígena colombiano”. Ese fuero era la Ley 89
de 1890. Una ley que hoy en día está sin título, por disposición de la Corte Constitucional, porque el título original decía: “Por la cual se determina la manera como deben ser gobernados los salvajes que vayan reduciéndose a la vida civilizada”. Y cuando yo estaba en mi proceso de formación en el cabildo −tenía por ahí 14, 15, 16 años− conocíamos esa ley como el fuero indígena. Años después comprendí que esa ley, que buscaba reducirnos como indígenas, vestirnos, ponernos zapatos, hacernos sentir vergüenza de ser indígenas, por la inteligencia y la astucia de nuestras abuelas y abuelos, fue resignificada y convertida en herramienta. Y cuando más adelante quisieron tumbarla, el Movimiento iIdígena dijo que no.
Porque sí, los resguardos y los cabildos son fi guras coloniales. Fueron pensados como corrales, para que los indios −como nos veían: animales, menores de edad, humanoides− vivieran allá encerraditos y no molestaran a nadie más.
Y ese indio que antes era considerado salvaje… sí, somos de la selva, de las montañas, de los ríos. Pero el “salvaje” ya no es, como muchos creen, el violento. El salvaje es el que todavía puede comunicarse con la Madre Naturaleza, con el viento, con el agua. Aunque la sociedad mayoritaria −que muchas veces no comprende− diga que eso es señal de algún problema mental, de percepción… la misma ciencia ya ha evidenciado que somos energía, que incluso la materia está en entredicho.
Ese fuero indígena, entonces, con el que caminábamos y estudiábamos nos servía para defendernos de la homogenización, para que no nos dijeran, como decían en Riosucio, el municipio del cual hago parte: “es que todos son riosuceños”. Esa es la tesis que ahora levantan ciertos sectores de derecha y de la sociedad colombiana: “Aquí todos tenemos sangre indígena, compañeros. ¿Cómo así que los indígenas tienen más derechos que nosotros, si todos somos una mezcla genética?”. Y entonces empiezan a decir: “Yo tengo sangre embera, tengo sangre wayúu, tengo sangre bora”, sin entender que los 115 pueblos indígenas tenemos cada uno su propia cosmovisión, su propia lengua, su propio camino. Cada uno es una nación, una sociedad .




Y hemos pervivido en el tiempo justamente porque, en medio de esas diferencias, hemos encontrado líneas comunes. Cuatro principios: Primero, la unidad. Y la unidad no es pensar igual, no es vestirnos igual, no es usar la misma medicina tradicional o los mismos mecanismos. La unidad es entender que en la diferencia somos más fuertes. Que si yo sé para qué sirven las plantas y otro pueblo sabe cómo dialogar con los espíritus, entonces nos podemos complementar.
Segundo, el fortalecimiento de la cultura. Y dentro de la cultura, lo que muchos pueblos llamamos espiritualidad: todo el ejercicio de nuestros sistemas de conocimiento. Tercero, la tierra. Porque todo empezó por la tierra. La tierra como principio, que luego evolucionó a territorio, y hoy se complementa con la idea de territorialidad. Por eso los nuevos decretos ya no hablan solo de “territorios”, sino también de “territorialidades”, que es un concepto más amplio, que no se limita a lo físico, sino que incorpora las formas de vida, las memorias, los vínculos espirituales.
Y cuarto, la autonomía. Autonomía como una forma de caminar hacia la autodeterminación, pero entendiendo también que no somos los únicos. Que convivimos con otros grupos, étnicos y no étnicos. Por eso, en 1990, decidimos hacer parte de una república unitaria, multiétnica y pluricultural. Y eso hay que agradecérselo nuevamente a los tres constituyentes indígenas. Hoy decimos: somos indígenas colombianos. Es decir, tenemos derechos como pueblos indígenas, derechos diferenciados, pero también somos ciudadanos. También votamos, también accedemos a la educación superior. Y ese complemento, esa doble identidad, ha sido muy bien trabajada por el Movimiento Indígena.
En otros lugares del mundo, los pueblos originarios han optado más por la diferenciación plena, por la separación, incluso por reclamar la independencia. Lo hemos visto en Europa, en América Latina, en Asia… Hay tribus que se han separado de sus repúblicas. En países tan pequeños como Surinam, por ejemplo, han desarrollado su propio esquema de independencia. Entonces, creo que han sido logros muy importantes. Yo los llamo logros parciales, porque la minga sigue recogiendo. Hace apenas tres o cuatro días llegaron nuevas resoluciones: la del territorio Apaporis, la del territorio Bajo Río Caquetá, y la de los compañeros del PANI, que ya incluso están incorporando en sus textos la grafía de su propio pueblo. Eso es un salto cualitativo enorme, no solo para los Pueblos Indígenas, sino para toda la sociedad colombiana.
Quedan los instrumentos, entonces ahora viene lo más importante: construir el camino. ¿Qué vamos a hacer? Porque no queremos que nos vuelva a pasar lo que ya nos pasó con el 1953. Recordemos: en 2013 hicimos la Minga Nacional, que escaló a la Cumbre Agraria; y en 2014 salieron dos decretos muy importantes con fuerza de ley: el 1953 y el 2333, sobre la protección de los territorios ancestrales.
El Decreto 1953 es una herramienta poderosa. Permite que un territorio se reconozca como tal en relación con la administración de los sistemas; abre la posibilidad de certificarse para hacer administración directa de la Asignación Especial del SGP; permite certificarse para gestionar el Sistema Educativo Indígena Propio; para administrar el Sistema Indígena de Salud Propio e Intercultural; incorpora elementos de la Jurisdicción Especial Indígena; y contiene también apartados sobre saneamiento básico y agua potable; es decir, sobre cómo ancestralmente se ha manejado el agua para reducir su carga contaminante, pero también cómo se ha hecho, de forma tradicional, la disposición fi nal de las aguas negras y grises, que ha funcionado a lo largo del tiempo.
Ese decreto salió en 2014. Pero hasta el momento, solo tenemos un territorio reconocido bajo esa fi gura para administrar directamente sus sistemas: la Organización Indígena Kankuama, del Pueblo Kankuamo, que recibió la resolución de la Agencia Nacional de Tierras hace menos de dos meses. Y no queremos que se repita esa historia. No podemos permitir que, once años después, apenas estemos empezando a desplegar lo que ya habíamos conquistado.
Lo mismo pasa con el segundo componente, el de la Asignación Especial de Participaciones. De los casi 900 resguardos reconocidos, no hay ni 30 que estén certificados para administrarla. Entonces, esto nos tiene que llevar, como Movimiento Indígena —no sólo a quienes estamos en vocerías, liderazgos o dirigencias, sino también a toda la base del movimiento— a entender que ya ganamos estos instrumentos, pero eso no basta. No es suficiente tener textos, leyes, decretos, circulares, resoluciones y demás.
Ahora el reto es otro: hay que desplegar. Hay que preguntarnos cómo vamos a implementar eso en nuestros territorios. Porque la implementación en San Lorenzo no es igual que la implementación en el territorio cundiboyacense del Pueblo Muisca, ni es igual a la de los uwa en tres departamentos, ni a la de los Barí en una zona fuertemente golpeada por el confl icto. Cada territorio tiene su contexto, su complejidad, su dinámica.
Así que: manos a la obra. Ya no se trata solo de reclamar el instrumento. Se trata de defi nir las rutas para implementarlo,
para desarrollarlo, y sobre todo, para que cada paso que demos en esa materia administrativa lo hagamos con plena conciencia.
Que estemos seguros de que ese paso fortalece nuestro proceso, y que estamos dispuestos a cumplir con los requisitos necesarios para que esa administración le dé resultados concretos a nuestras comunidades.
Algunos podrán pensar o imaginar que esto va a ser automático. A mí me han preguntado: “¿A partir de cuándo entran en vigencia?” A partir de ya, compañeros. Una vez se expide y se publica el decreto, entra en vigencia. La ley está viva desde ese momento. Ahora está en nuestro campo, está en nuestro terreno de acción ver cuál va a ser la propuesta para hacer ese despliegue, y afi nar todos los mecanismos, porque en la administración de recursos hay riesgos latentes.
¿Riesgos como cuáles? Por ejemplo, el desconocimiento del marco normativo. Entonces alguien cree que puede contratar de manera directa cuando en realidad debe observar y cumplir todo un marco de contratación estatal. Otro riesgo: que lleguen terceros
con el supuesto ánimo de “ayudar” con propuestas de gestión de recursos, y que uno, como autoridad, diga que sí, que fi rme, y después terminemos enredados, como ya lo hemos visto en otras partes. También hay riesgos como la presencia de grupos armados o irregulares en algunos territorios, que pueden presionar a las autoridades indígenas, cooptarlas, o incluso extorsionarlas, solo para permitirles realizar sus actividades cotidianas.
Y una vez identificados esos riesgos −que, claro, van a depender de cada territorio, de cada contexto−, pues nos toca diseñar mecanismos para que esto fluya, para que no terminemos como en otras experiencias, donde alguien empieza en el año uno de la asociación y, treinta años después, sigue siendo esa misma persona. Donde no hay relevo generacional. O donde quien administra y ordena el gasto empieza a incidir en las decisiones de gobernabilidad, o en decisiones sobre programas, proyectos o ejecuciones, desplazando las formas colectivas.
Tenemos, entonces, un gran reto como Movimiento Indígena. Pero yo estoy completamente seguro de que no nos va a quedar grande. Estoy convencido de que vamos a ser capaces. Pero eso sí: requiere disciplina, compromiso, estudio. Y eso es lo que yo le pido a todas las personas que me preguntan: lean los decretos, estudien, apunten sus dudas, y sobre esas dudas discutimos. Porque si no, lo que va a pasar es que se va a crear una corriente de supuestos expertos en nuestras leyes, que van a andar por todo el país dando capacitaciones, talleres,
como si fuéramos carros viejos que hay que arreglar. Gente explicando cómo es el SISPI, un universitario o especialista no indígena explicando cómo es el SEIP. Y otra vez, la colonización: diciéndonos cómo debemos enseñar nuestra educación propia, cómo debemos hacer nuestros rituales, cuáles son las normas de asepsia que debe seguir una partera indígena para atender un parto.
Ahí tenemos que estar muy preparados. Porque estoy seguro de que la academia, los grupos de investigación del Ministerio de Ciencia, universidades, centros de estudio, ya se leyeron los decretos cinco, seis o diez veces. Ya tienen opiniones, ya hay columnistas escribiendo, unos diciendo que esto es un asalto al orden institucional, otros diciendo que era una deuda pendiente desde 1991. Y ahí tendremos que estar nosotros, activamente, con voz y con fundamento, porque efectivamente, este es parte de nuestro proceso.




Así empezamos nosotros en el resguardo indígena de San Lorenzo: primero escuchando. Cuando uno está joven, no opina tanto; primero escucha, escucha y escucha, y aprende. Y llega un momento, dentro de esa misma juventud, en el que los mayores, los viejos y las viejas, le dicen a uno: “le toca”. No es si uno quiere hablar o no quiere hablar. En mi caso, hacía una intervención un mayor y luego decía: “Bueno, Norman me va a complementar”. Y Norman no sabía. Gagueaba, se me quebraba la voz, sudaba. Tenía ideas muy buenas, pero no era capaz de verbalizarlas.
Una cosa es lo que uno piensa y otra es lo que puede verbalizar. Lo mismo pasa al escribir. Ese aprendizaje fue muy positivo: siempre al lado de la comunidad, respetando la opinión de todos, valorando la experiencia de los mayores. Y en estos días recordaba: cuando yo arranqué mi vida en el cabildo indígena, se estaban distribuyendo tierras. En Colombia, somos las únicas comunidades que compran tierras y las distribuyen. No montamos negocios, aunque nos digan perezosos. Compramos una fi nca grande y la repartimos. En microfundios, ni siquiera parcelas, para que la gente pueda vivir, para que pueda encontrar oportunidades en el territorio.
Eso en la comunidad del Resguardo Indígena San Lorenzo, territorio ancestral ubicado entre los municipios de Riosucio y Supía, en Caldas. Hoy somos cerca de 14.500 habitantes en ese solo resguardo. Se ha consolidado muy bien. Un resguardo que incluso fue disuelto por el Ministerio de Economía Nacional por allá en 1943, y que hoy está a la vanguardia en la región.
Recuerdo que leíamos las cartas de solicitud de tierras. Eran unas carticas escritas a mano, ni siquiera a máquina de escribir, fi rmadas con humildad por las familias. Y en el marco colectivo se tomaban las decisiones. Se recogía solidaridad. En ese momento no recibíamos recursos de la Asignación Especial; lo que se recibía era comida. Entonces, los jóvenes teníamos que ayudar a empacar ese maíz, ese fríjol, esas papas, ese arroz que las autoridades conseguían para distribuirlo entre las familias más necesitadas. Siempre con la comunidad. Nos enseñaron que la verdadera fuerza del Movimiento Indígena es la comunidad. Puede que muchos no tengan una gran intervención pública, pero están ahí, en silencio, orientando, guiando, con sabiduría.
De allí salí, con el aval de mi cabildo, a la Universidad de Antioquia. Cuando me presenté para que me avalaran, el cabildo tenía la idea de que quienes iban a la universidad traicionaban la organización. Decían que fumaban marihuana, se dejaban crecer el pelo, volvían con ideas marxistas, comunistas, que ya no creían en la medicina tradicional y que despreciaban a
los viejos. Decían que cuando regresaban como profesionales, solo lucían su título profesional, y eso demeritaba a quienes venían con un largo proceso comunitario.
Surtimos el debate, surtimos el proceso, y fuimos avalados.
De la cohorte que fue avalada, al menos el 50% regresamos al territorio. Yo estudié enfermería, siempre asociado al movimiento estudiantil, en mi condición de indígena, pero también como parte de ese proceso. Terminé mis estudios. Hice mi práctica en Andes, Antioquia, cerca de mi resguardo. Terminé, e incluso la Universidad me ofreció quedarme. En ese momento, cumplía 200 años y tenía un programa para talentos estudiantiles: terminabas, y te contrataban como docente de tiempo completo, con la opción de buscar un doctorado fi nanciado.
Entré en ese dilema, pero finalmente decidí regresar a la comunidad. Siempre he sido crítico de ser un profesional solo de libros.
Puedes tener un PhD, pero si no tienes experiencia, estás cojo. Tan importante es la teoría como la experiencia.
Regresé a mi territorio y me presenté. En ese momento había una autoridad −hoy un gran amigo− que, al verme, me cerró la puerta. Me dijo: “Usted viene de la universidad, acá no cabe, devuélvase”.
Pero persistí, como me habían enseñado los mayores. Me senté ahí, tres, cuatro horas. Hasta que volvió a salir, conversamos, y él mismo me llevó a la alcaldía municipal de Riosucio para acompañarlos como profesional de la salud.
Allí, otro indígena de nuestro resguardo, apenas me vio, asumió una actitud similar: “Ustedes solo vienen a polemizar”. Pero conversamos, me dio una pequeña oportunidad, como de ensayo. Aunque ya tenía mi título profesional de una universidad reconocida, me contrató por lo mínimo. Le dije: “Listo, alcalde. En dos meses, si le parece bien el trabajo, renegociamos. Si no, me voy”. Evaluamos, y el sueldo se triplicó. Ya ahí sí me pagó como profesional.
Trabajé en vigilancia en salud pública, enfermería comunitaria. De la alcaldía pasé a una EPS indígena, pero allí tuve inconvenientes. Como directivo, veía que no respaldaban la salud propia, sino que todo se orientaba a la salud occidental, alopática. Tuve
roces con el gerente general y los directivos, y decidí entregar el cargo. Me vinculé al Hospital Departamental San Juan de Dios, en una gerencia promovida por las comunidades indígenas. Allí trabajé lo que hoy se llama Atención Primaria en Salud. Coordinaba 30 promotoras, 7 puestos de salud, 2 centros de salud, y recorríamos comunidades fortaleciendo la salud comunitaria.
Después fui llamado por el cabildo para ser fiscal. En nuestro cabildo, el fiscal no es como el Fiscal General de la Nación: es más bien los ojos de la comunidad, con funciones de veeduría y acompañamiento. Fui dos años fiscal. Luego, en una estrategia, cambiamos de EPS indígena y el nivel municipal me llamó para coordinar el montaje de una IPS indígena. Hicimos el ejercicio durante dos años, y después la comunidad me postuló como gobernador del Resguardo San Lorenzo. Hicimos todo el proceso, cumpliendo los reglamentos, y quedé electo para el periodo 2014-2015. Los periodos son de dos años prorrogables.
Entonces estuve también en 2016-2017. En ese periodo trabajamos muchos temas, entre ellos la transición del conflicto a la construcción de paz. Logramos una sentencia de restitución muy importante. Fuimos pioneros en la búsqueda de personas dadas por desaparecidas. Nuestra gente que vivió el conflicto sabe, pero el terror es tal que en público no pueden hablar. Entonces creamos un mecanismo privado, blindado. Y así logramos encontrar más de 15 restos óseos, de personas del territorio y de otras regiones del país.
En 2017 entregué el cargo de gobernador. Fui llamado por el alcalde de otro resguardo como secretario de desarrollo social y comunitario. Luego las organizaciones indígenas de Caldas me propusieron como coordinador general del Consejo Regional Indígena de Caldas (CRIDEC), filial de la macro región Occidente y de la ONIC. Desde ahí acompañamos la Minga del Suroccidente en 2019. Esa interlocución con otras regiones perfi ló la precandidatura a la Cámara de Representantes por circunscripción especial indígena.
Tomamos la decisión de forma colectiva, no solo desde el resguardo o el CRIDEC, sino con el Consejo Regional Indígena del Huila, con el Consejo Regional Indígena del Cauca, y con expresiones de Nariño, Putumayo, Caquetá, Tolima, Bogotá. Y por una amplia votación llegamos a la Cámara de Representantes. Hoy estoy culminando mi tercer periodo constitucional, siempre desde el Movimiento Indígena y como un comunero más con vocería nacional. Soy el único representante indígena en la Cámara baja, y eso nos compromete a levantar la voz de los 115 pueblos indígenas de Colombia, también ante la sociedad colombiana, independientemente del comportamiento electoral.
Finalmente, tenemos que hablar por todos los indígenas de Colombia. Estoy muy contento con los resultados tras la minga. Fui uno de los que creyó que sí se podía. Algunos decían: “¿Van a apoyar a Petro? ¿O van en contra de Petro?” Ni lo uno ni lo otro. Apoyamos el mandato popular. Ese mandato ganó en las urnas. Hoy hay un jefe de Estado, y ese jefe responde a un programa de gobierno. Una cosa es decir “apoyamos a Petro” y que ese apoyo se acabe cuando él se vaya; otra cosa es apoyar el mandato del pueblo.
El pulso no es con el jefe de Estado. Él ha dicho claramente: ETIS sí, SISPI sí, SEIP sí. El problema está en quienes lo rodean, en los que están detrás, que con tecnicismos intentan frenar el mandato. Entonces la discusión ya no es técnica, sino política, y se da con la fuerza del pueblo. Un periodista internacional me decía: “El cálculo era que ustedes no iban a lograr nada, porque todo se iba a concentrar en el Primero de Mayo”. Y demostramos lo contrario. Apoyando el mandato popular, también podemos reclamar lo que es nuestro.
Esa es la invitación para todos los sectores sociales y populares. Viene una huelga de 48 horas, viene el escalonamiento de la movilización social. Porque hay un mandato popular mayoritario −no de todos, pero sí de la mayoría−. Y si durante 200 años hemos respetado las reglas de la democracia, lo mínimo que pedimos ahora es que los poderes públicos, que emanan del pueblo, respondan. Y si no responden, será esa mayoría del pueblo organizado la que analice la situación y tome las decisiones necesarias para hacer cumplir su mandato.
Seguimos siendo ejemplo. Tal vez una de las expresiones sociales y étnicas más organizadas de Colombia. Y por esa organicidad, tenemos credibilidad en otros sectores sociales. Eso permite que el movimiento indígena siga ganando posición, no solo en lo propio, sino en temas de país.




Organización Nacional Indígena de Colombia ONIC
Organización Nacional de los Pueblos Indígenas de la Amazonía Colombiana OPIAC
Confederación Indígena Tayrona CIT
Autoridades Indígenas de Colombia AICO
Autoridades Tradicionales Indígenas de Colombia GOBIERNO MAYOR
Consejo Regional Indígena del Cauca CRIC
Autoridades Indígenas del Sur Occidente AISO




