Capítulo 1.
−¿Cuántas vueltas vamos a dar? La muchacha que hacía la pregunta era consciente de que a su padre, lo que más le gustaba cada vez que regresaba a su localidad de origen, era dar un paseo por la plaza. −Ya sé que te encanta venir aquí y encontrarte con la gente –continuó-. Lo que pasa es que me está entrando frío. Ella, en efecto, pensaba que a finales de marzo, en Briviesca, aunque estuviera al Norte de Burgos, comenzaría a notarse la llegada del tiempo de primavera. Sin embargo volvió a equivocarse: la temperatura, al caer la tarde de Jueves Santo, era invernal. Los leggins, camiseta de manga larga y cazadora vaquera habían sido una buena elección para realizar el viaje en coche de varios cientos de kilómetros hasta allí, pero no para salir luego a estirar las piernas. El hombre, en cambio, llevaba un chaquetón de cuero que guardaba en la casa vieja, por la que habían pasado a dejar la maleta y encender la calefacción. −Te puedo dejar la bufanda… Se refería a un pañuelo grueso en tonos grises a juego con la barba que se estaba dejando crecer.
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La joven cogió la prenda, deshizo los dobleces y se tapó desde la cabeza hasta el pecho. −Así pasarás desapercibida entre las ancianas que están saliendo de la iglesia -bromeó él. Hizo un gesto con la cabeza y señaló la portada plateresca con arco de medio punto abocinado del templo situado detrás del kiosco de prensa. Era una construcción en piedra, de grandes dimensiones, nave central más alta que las dos laterales y una espadaña con tres campanas abajo y otra encima, rematada por una veleta y una cruz. La hija iba a haber respondido con algún improperio, pero la interrumpió otro que oyeron a sus espaldas: −¡Joder, Charly, casi no te reconozco! Al aludido también le costó unos instantes darse cuenta de quién era aquella mujer de aspecto joven, ropajes holgados, peinado rasta y arete en la nariz que tenía detrás, al girarse. −¿No te ha dicho tu padre –se dirigió a la chica, tras asegurarse del parentesco sólo con fijarse en los ojos oscuros y la boca grande iguales en los dos− que así se le llamábamos algunas chavalas cuando tenía veinte años? La recién llegada tenía un acento similar al de la protagonista con ocho apellidos vascos de una película que habían visto hacía algún tiempo en casa. 2
−¡Que sí, ahí va la ostia! –continuó mirando a la hija, que se mostraba perpleja, sin saber qué decir−; que le colocamos ese nombre por el bar en el que trabajaba. No dando tiempo a que alguno de los dos interviniera, añadió: −Tu aita me ha puesto a mí calimochos a mares. Y algunas buenas risas nos hemos echado juntos, ¿a que si? El hombre asintió con gesto amable. Intentó recordar cuántos años hacía que no la había visto. −Ostras, Bego, ¡qué sorpresa! –dijo al fin. Sigues siendo… −Una desneuronada –admitió plácidamente. −No –movió la cabeza de lado a lado−: pura espontaneidad y expresividad. −Y una mujerzuela un poco malhablada, ¿verdad? Jo, perdonad que os haya entrado tan bestia –pidió en tono más relajado y dirigiéndose a la joven−: es que me ha hecho mucha ilusión volver a ver a tu viejo. Ella miró a su padre sonriendo, porque sabía lo mucho que le disgustaba que le aplicaran esa palabra. −¿Cuántos años tienes? –preguntó la que parecía tan sólo una treintañera. −Unos diez u once. 3
−¿Cómo es eso, si mides más que yo? −Porque los calculo igual que en un cuento que leí hace poco –se apresuró a explicar la menor−: sumando sólo el tiempo que he vivido feliz. −Pues este paliducho con flequillo tapándole casi toda la cara –señaló a un chico alto y desgarbado que venía poniéndose la capucha de su sudadera de color negro-; mi hijo, aunque no lo parezca –precisó con sorna–; debe tener sólo dos o tres. Porque a todas horas está agobiado y protestando. Ha salido enterito a su padre, que en paz esté. El hombre iba a haber preguntado si su viudez era reciente, pero Bego se le adelantó: −Que no es que haya muerto el Joseba, ¿eh? Que lo digo porque como se fue de casa diciendo que nos quería mucho, pero no podía aguantar tanto estrés… El vástago no había dicho ni hola. Su madre, le instó a que saludara. Entonces, levantó un poco la barbilla, pero sin dejar de mirar al suelo. −¿Y tú, cómo te llamas, pochola? –siguió la mujer. Oída la respuesta, la que preguntaba, inquirió: −¿Es que tu amachu es francesa? −No –Continuó sonriendo la interpelada-. Me he puesto Sofí porque es sencillo a la vez que glamuroso. ¿Qué te parece? 4
−Pues de puta madre. ¡Uy, perdonadme otra vez! –exclamó tapándose la boca-. Mi hijo se ha puesto “uve” –habló de nuevo. El así nombrado se estaba chupándose los dedos, tras haber terminado de comerse un pastel. −Disculpad si no os doy la mano –dijo con gracia pero sin mirarles-, es que está un poco pringosa. Acto seguido, se sacudió unos trocitos de hojaldre de la pechera. Sofí le preguntó entonces qué significaba su nombre. Él se limitó a decir que no era por “Victoria”, sino por “V de Vendetta”. Ella asoció esa película a la máscara que también utilizan los seguidores de Anonymous, logrando que su interlocutor se mostrara sorprendido al mostrar semejante conocimiento. La madre se apresuró a explicar que Víctor le había salido “un poco antisistema”, pero que en realidad tenía un buen fondo: −Solo que a veces –le echó un brazo sobre el hombro− hay que coger un submarino para ir a buscarlo… Bajo los plátanos sin hojas las personas mayores formaban pequeños corros para charlar un poco. Al padre de Sofí le llamó la atención que no hubiera niños pequeños. Solo uno intentaba acceder a la escalera del templete en el que daba sus conciertos en verano la Banda de Música situado en el centro. 5
−Está un poco muerto el pueblo, ¿no? –preguntó Bego. −Sí –respondió el hombre-, eso me dicen los amigos. Que entre semana, de casa al trabajo; y los fines de semana, el que quiere algo de ambiente, se va a la capi: de compras, al cine, a cenar… Su hija intervino: −Siempre que venimos cuentas que cuando eras niño este cuadrado en el que estamos era el centro del universo… Él, quiso explicarlo: −Aquí veníamos al salir del cole a merendar. Jugábamos a los cromos, al escondite, al marro, al encuentro, y a otros juegos de los que ni habréis oído hablar. En verano, nos tomábamos un helado, nos mojábamos en el pilón… −Yo recuerdo, a la edad del pavo, las verbenas en las fiestas –añadió la mujer-, con los chicos pidiéndonos baile agarrao a las chicas. También me acuerdo de las mañanas y tardes en las piscinas, y de los partidos de fútbol entre una selección de Euskadi y los mozos del pueblo. −Que a veces terminaban en trifulca –añadió el hombre-, aunque la verdad es que nos llevábamos bien unos con otros; hacíamos un montón de cosas juntos… Sofí concluyó: −¡Sois unos nostálgicos! 6
Él preguntó si eso tenía algo de malo. −No, nada -respondió su hija, a sabiendas de que su padre iba a argumentar, acto seguido su alegato. −Pienso, sencillamente, que entonces todo era más bonito. −Cada época tiene sus flores –terció Bego. Observando que su amiga esperaba oírle completar la consideración hecha, el de la barba entrecana explicó: −Antes era todo más natural, más humano. Las personas nos contentábamos con cosas más simples. −Un palo y una rueda, ¿no? –habló Uve, mirando por primera vez a los recién presentados. El hombre matizó: −Dábamos importancia a lo material, pero no a lo superfluo. Los dos jóvenes parecían no entender semejante afirmación. −Por ejemplo, nos gustaba juntarnos a comer algo. Pero podían ser unas patatas cogidas en un huerto y asadas en una hoguera o en la panadería. −O unos pollos en el choco de alguien –añadió la mujer. El de su quinta asintió con la cabeza y continuó:
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−Con un balón o una bici, no necesitábamos más. Ahora, sin embargo, tenéis que ir de pizzería, hamburguesería, tapas o kebab; comprar videojuegos cada dos por tres, tener ordenador y otros aparatos electrónicos… −Efectivamente, nosotros íbamos a lo esencial –apuntilló la mujer-. Quedábamos en la calleja, en la plazuela, en el parque o en las piscis y ala, a comentar la jugada. O nos dábamos una vuelta por el monte. Vosotros, sin embargo, casi no salís de casa. A todas horas enganchados a la puñetera virtualidad. Esta era la expresión que usaba Bego para aludir a los distintos programas o aplicaciones informáticas a las que dedicaba su hijo la mayor parte del tiempo libre. −Estáis dejando de hacer las cosas en grupo o en comunidad para aislaros cada vez más –sentenció él. Su hija volvió a participar: −En cualquier instante y en cualquier lugar podemos conversar con amigas de otros países en tiempo real, viéndonos las caras y mandándonos fotos, música, vídeos… Uve se animó apoyar ese argumento: −No nos deis la chapa con que nos estamos volviendo autistas, porque estamos más conectados con personas y con los mejores productos de la evolución humana que nunca. 8
−No es una comunicación de calidad −se limitó a decir el padre. −Ni son cacharros que nos hagan más auténticos –sentenció la madre−. Mirad, esto que estamos haciendo los cuatro aquí y ahora –remató-, es emocionante y es de verdad. Y si el waiter se marca un café o unos churritos de la buñolería que hay ahí aparcada, va a ser la re... Dándose cuenta de que iba a soltar otro taco, Bego se mordió la lengua y acabó diciendo: −El copón. El de la baraja, ¿Vale? A Sofí le estaban cayendo bien aquellos dos forasteros. Por eso, sin pensarlo, exclamó: −Eso, papi, págate algo en un sitio para entrar en calor. El reloj de la torre del Ayuntamiento marcaba las ocho. El hombre preguntó si madre e hijo habían quedado con alguien y, al recibir un escueto no como respuesta, señaló hacia esa esquina de la plaza en la que se erigía el consistorio, y anunció que les invitaba a un chocolate en algún bar de los que había en la calle que llevaba hasta la plazuela de la iglesia de Santa María.
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