Medellín Clandestina

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MedellĂ­n clandestina





MedellĂ­n clandestina

Laboratorio De la Urbe Programa de Periodismo Facultad de Comunicaciones Universidad de Antioquia


Medellín clandestina © Laboratorio De la Urbe Programa de Periodismo Facultad de Comunicaciones Universidad de Antioquia Primera edición: septiembre 2019 ISBN: 978-958-5526-92-1 Editores: Alejandro González Ochoa|Alejandro Muñoz Cano|Eliana Castro Gaviria Juan David Alzate Morales|Juan Camilo Gallego Castro Juan David Ortiz Franco|María Cecilia Hernández Ocampo Producción multimedia: Andrea Orozco Sáenz|Mariana Martínez Ochoa Patricia Montoya Rodríguez Auxiliares: Alejandro Valencia Carmona|Daniela Sánchez Romero|Elisa Castrillón Palacio Karen Parrado Beltrán|Karen Sánchez Palacio|Santiago Rodríguez Álvarez Diseño y diagramación: Sara Ortega Ramírez Ilustraciones: Laura Ospina Montoya y Laura Henao Ortiz Corrección de Estilo: Alejandra Montes Escobar Impresión: Corporación VID

Universidad de Antioquia Rector: John Jairo Arboleda Céspedes Decano Facultad de Comunicaciones: Edwin Carvajal Córdoba Jefe Departamento de Comunicación Social: Juan David Rodas Patiño Coordinador Pregrado en Periodismo: Juan David Londoño Isaza Coordinador general Laboratorio De la Urbe: Juan David Alzate Morales Comité de Carrera Periodismo: Juan David Londoño Isaza|María Teresa Muriel Ríos Alejandro Muñoz Cano|Raúl Osorio Vargas|Heiner Castañeda Bustamante Juan David Alzate Morales|Luisa María Valencia Álvarez Calle 67 No. 53 – 108 Ciudad Universitaria. Bloque 10 – 126 (Segundo Piso) 10/12 Lab. | Tel: (57-4) 2195929 delaurbe@udea.edu.co Medellín – Colombia


CONTENIDO 7

Narrar la ciudad

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La poseĂ­da La herida

La malparida

La negociada

La guarachera La infectada



Prólogo

Narrar la ciudad

O

ctubre de 1999. En la foto de la primera portada del periódico De la Urbe aparece un vendedor ambulante. Al fondo, los edificios Vásquez y Carré aún sin restaurar. Era el centro de una ciudad convulsionada, afligida aún por la memoria reciente de una guerra entre iguales que modificó el paisaje, pero sobre todo la forma de narrarnos. El titular de esa portada fue “Historias de ciudad”, una idea que podía verse por lo menos pretenciosa en una ciudad que ese año acababa de superar el umbral de los dos millones de habitantes y que amenazaba con seguir creciendo, entre otros motivos, porque miles de familias desplazadas llegaban expulsadas por un conflicto armado que no les dejaba otra alternativa que huir del campo. Las historias de ciudad que proponía esa primera edición eran mucho más que un relato aleatorio. Anticipaban una apuesta que se hizo identidad. ¿Cuál es la ciudad de De la Urbe? Han sido muchas ciudades. La ciudad violenta, la ciudad transformada, la ciudad corrupta, la ciudad próspera, la ciudad solidaria, la ciudad libertina, la ciudad pacata. Ha sido la ciudad que se mata y que resiste para sobrevivir. Decía el editorial de esa primera edición que el “espíritu” de este proyecto que apenas surgía estaba en los ideales de servicio público, en la discusión sobre los conflictos y en el derecho a la información. Hablaba también del derecho a la vida y ese es, quizá, un principio excepcional que pocas veces hace parte,

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por lo menos de manera explícita, de los fundamentos de una propuesta periodística. Pero en Medellín es necesario recordar que vivir es un derecho. De la Urbe surgió con el propósito de ir mucho más allá de los salones del pregrado de Comunicación Social Periodismo, al que pertenecían sus fundadores. No era un ejercicio de clase ni una simulación del periodismo real. Su propósito era y sigue siendo entender y contar la ciudad que pasa frente a la mirada de los estudiantes. En estos 20 años ellos han sido los testigos de las transformaciones y de las contradicciones. Pero no solo la ciudad ha cambiado. También lo ha hecho el periodismo entre las fronteras de dos ideas distantes: la catástrofe de la crisis y el sofisma de la reinvención. En 2001 surgió el pregrado en Periodismo de la Universidad de Antioquia, único en Colombia, y con ese nuevo currículo aparecieron otros debates. De la Urbe, en el centro de esas transformaciones, ha apostado por experimentar, por consolidar un modelo de trabajo de laboratorio sumado a un sistema de medios para buscar formas de contar mejores historias. En esa búsqueda hemos conformado redacciones amplias que privilegian el trabajo colaborativo, hemos asumido los retos del periodismo del día a día y de la investigación en profundidad. Hemos reivindicado el derecho al error desde la premisa de que cuando el periodismo universitario se somete al debate público, al que pertenece por naturaleza, ese complemento “universitario” constituye un privilegio y de ninguna manera una excusa. ¿Qué esconde la Medellín de hoy? La de hace 20 años escondía mucho de lo mismo: una costumbre 8

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complaciente de celebrar a los gobernantes quizá porque los trapos sucios se lavan en casa; unas sexualidades reprimidas por los juicios y las agresiones de unas mayorías que a lo mejor no lo son tanto; una especial propensión al crimen con un exceso de diagnósticos que dan vueltas sobre los ciclos de nuestras violencias; una forma de celebrar la vida (o la muerte) que contrasta con la ciudad que se duele, que es la misma que celebra, que es la misma que resiste. Esta apuesta periodística se pregunta por algunas facetas de esa Medellín clandestina. Le hace un guiño a un proyecto periodístico independiente, el de La Hoja de Medellín, que hace 24 años dejó en cinco historias un relato de la ciudad escondida de mediados de los 90. Le hace también un guiño a estos 20 años de periodismo universitario y a esas historias del asfalto que, creemos, han ayudado a entender la complejidad de este lugar que vivimos y sufrimos. Las seis historias que conforman este libro son el resultado de las propuestas de los estudiantes que son sus autores, de la conversación continua, del debate ético, del propósito de hacer periodismo en colectivo como forma de hacerles frente a los espacios que se cierran porque el negocio ha cambiado o porque son inconvenientes para el poder. Estos reportajes evocan esa intención que permanece en el espíritu de De la Urbe: la ciudad y el foco en sus realidades. La pregunta por una Medellín clandestina nace de esa sensación de una urbe paralela. La que no es narrada en la oficialidad y pocas veces en los medios tradicionales. La ciudad imaginada en el rumor y que se alimenta de los datos imprecisos de lo que permanece escondido. Muchas Narrar la ciudad

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prácticas están sometidas a esta realidad, en ocasiones por su carácter directo de ilegalidad, y en otras simplemente por la decisión de que se mantengan al margen de lo público. Cada palabra es una elección política. Nuestra elección es hacer periodismo y creemos que esa es la mejor forma de celebrar.

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a d í e s Po

La

Las posesiones demoniacas, maleficios y brujería son fenómenos sociales ampliamente interiorizados en la cultura medellinense. La iglesia católica ofrece un exorcista oficial por diócesis para darles sosiego espiritual a más de seis mil personas en la ciudad, en su mayoría con problemas psiquiátricos y sociales, que también buscan a otros sacerdotes católicos romanos no autorizados, anglicanos y laicos para combatir supuestos demonios.



La poseída Mateo Ruiz Galvis Antonia Mejía Benjumea Karen Sánchez Palacio Valeria Ortiz Tabares

E

l sacerdote, Luis Gerardo Piñeros, entra por el costado izquierdo. Acompañado de tres acólitos vestidos de rojo se planta tras el altar. Un cristo de madera clavado en la pared parece levitar sobre su cabeza y dos cruces azules en vitrales le coronan los costados. Las luces se apagan y el cirio permanece encendido, en un juego de luz y penumbra, mientras le ilumina el busto y la estola verde a Piñeros. Cierra los ojos para dar el sermón y cuando es momento de cantar se cuelga una guitarra eléctrica negra al hombro. Canta sus propias composiciones, y un proyector refleja las letras en una pared blanca a sus espaldas. Al finalizar la eucaristía, los fieles se organizan en fila, iluminados por las luces blancas de la parroquia Santa María del Camino, mientras esperan a que Piñeros les imponga las manos en la frente, rece por ellos y les sople el rostro. Casi al final de la fila hay una mujer rolliza, ojos color miel y cabello ensortijado. Delante de ella está su hija, a quien el sacerdote le impone las manos primero. La niña de diez años se da la bendición y se aparta, mirando a su madre. Espera que suceda lo que ya tantas veces ha presenciado. Dos misioneros se ubican detrás de Silenia y, cuando el padre le sopla el rostro, cae en los brazos de los hombres. Se la llevan a un lado, le ponen cristos presionando la piel y, mientras se retuerce, da patadas y se desgarra la garganta, la acuestan en el suelo. De fondo se escuchan múltiples voces orando, en un solo tono, susurrante y constante. La poseída

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Silenia Ceballos tiene treinta y siete años y hace casi cuatro un maleficio le atormenta la vida. Mientras dormía una noche de julio de 2015, sintió que alguien, o algo, le sujetó ambas manos contra su pecho y ejerció presión sobre él. La respiración se le obstruyó. Intentó gritar, pero su boca no pudo producir sonido. Pasaron pocos minutos, eternos para ella, hasta que sintió que fue liberada. Abrió los ojos y sintió como si el corazón se le fuera a desprender del pecho. En los siguientes años las manifestaciones se hicieron más intensas y se trasladaron a espacios diferentes a su habitación. En la calle, en el trabajo y en cualquier lugar, Silenia, asegura, sentía una presión entre el pecho y la espalda que la hacía ahogar. Además de esta presión, se manifiesta una voz que toma posesión de su garganta, y se proyecta con palabras, tono y timbre diferentes a los suyos. Silenia afirma que aquella voz es de la persona que, según ha descubierto recientemente, le hizo un embrujo. Por eso, cuando habla de su mal, se refiere a él, en ocasiones, como si fuera una persona. Varía entre eso, él y ella porque, según dice, algo la posee —eso—, a través de un chamán —él—, pagado por una mujer —ella—. Luego se dio cuenta de quién es esa mujer. Casi año y medio después del primer suceso, en 2017, buscó ayuda. La búsqueda, sin resultado satisfactorio hasta el momento, la ha llevado con varios sacerdotes católicos o independientes, e incluso laicos, que en Medellín atienden a personas que como Silenia no consiguen sosiego espiritual. El último de ellos: el sacerdote católico romano Luis Gerardo Piñeros. Luis Gerardo preside la misa todos los días. Alcanza los cuarenta años. Mide aproximadamente un metro ochenta, de cuerpo moreno esculpido. Cabello negro y rizado, rostro aovado, cejas tupidas, ojos algo salidos 14

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de las cuencas y amplias fosas nasales. En su juventud, estudió Ingeniería Electrónica en Bogotá. Pero tan misterioso como Dios mismo, tuvo un llamado vocacional «es como cuando te enamoras, tú simplemente vas hacia esa persona». Vino a vivir a Medellín como misionero y en 2002 se ordenó como sacerdote. Durante siete años fue el capellán de la cárcel El Buen Pastor. Allí tuvo su primer caso, una joven muy enferma que usaba muletas y cuyo papá, según ella, era brujo. Con un laico exorcista a quien acudió, ambos realizaron un exorcismo. A la mujer le produjo vómitos y «días después pudo caminar sin muletas». Desde ese momento, muchos fieles buscan sosiego con Piñeros. Su parroquia, Santa María del Camino, queda en el barrio Santo Domingo Savio. Diariamente atiende a unas quince personas que piden cita para hablar o realizar un ritual de sanación o liberación con él. A la semana asiste a ciento cinco citas de ese tipo, cada una de entre quince y veinte minutos, para un total de veintiséis a treinta y cinco horas de rituales semanales. Esto sin contar a las personas que asisten diariamente a sus misas y que reciben la imposición de manos. Sandra Sánchez es otra de estas personas que buscó sosiego con Piñeros. Se encontró con el sacerdote en 2010, después de tres años de un proceso que inició con un diagnóstico médico: lupus. En la eps le recetaron medicamentos para el dolor y para dormir mejor, porque según Sandra, además de que le costaba conciliar el sueño, siempre se despertaba entre las dos y media y las tres de la madrugada. Otros médicos, bioenergéticos y naturistas, que visitó después, le dijeron que los medicamentos la estaban intoxicando. Fue ahí cuando, aconsejada por su mamá, decidió buscar ayuda espiritual, ya que por esos días esta le había llevado una foto de Sandra, hasta La poseída

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Bogotá, a Darío Betancourt, un sacerdote conocido por sus supuestos dones de curación, para que orara por la enfermedad de su hija. Betancourt le dijo que ella no estaba enferma, que tenía un problema espiritual. También accedió a la ayuda porque desde pequeña era muy perceptiva. «Una vez cuando tenía dieciséis años, me asomé al espejo y me vi en el velorio de un familiar que quería mucho y a la semana se murió», cuenta. Tuvo algunos procesos espirituales con otros sacerdotes católicos romanos. La primera vez que vio a Piñeros, recuerda Sandra, se rehusaba a que él se acercara. El sacerdote le impuso las manos y le pidió esperar hasta después de la eucaristía. Luego la llevaron a una habitación tras el altar, allí «empezaron a salir voces de mí, llegué a hablar en inglés, en latín y en otros idiomas. Solo sé español. Según quienes estaban ahí conmigo, adquirí una fuerza descomunal y empecé a decirles sus pecados, cosas que yo como Sandra no sabía». Entre estas y otras manifestaciones, vivió un proceso de cerca de tres años con el sacerdote Piñeros. En múltiples ocasiones las sesiones tardaban hasta la madrugada. «El padre Gerardo me hacía exorcismos, hacía la oración, se ponía la estola morada y tenía un libro grande», comenta.

Exorcismo mayor y exorcismo menor Las posesiones hacen parte de los fenómenos demoníacos que se encuentran en la categoría de los fenómenos preternaturales o fuera de lo natural. El teólogo y experto en demonología, José Antonio Fortea, en su libro Summa Daemoniaca: Tratado de demonología y manual de exorcistas (2004), explica que un demonio puede tomar posesión de una persona o un lugar. A la persona la puede tentar, influenciar o poseer. Para la influencia, que puede ser corporal, mental o espiritual, está la liberación. Para la 16

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posesión está el exorcismo. Los lugares también pueden resultar infestados y se les puede practicar exorcismos. De un cuerpo pueden tomar posesión los demonios clausus —que no hablan—, apertus —que se manifiestan corporalmente y hablan— y los abditus —que no dan pruebas de su existencia—. Existe, pues, una diferencia entre los exorcismos y las liberaciones. Exorcismo, del griego exorkismos, significa conjurar. Conjurar es ordenar. Fortea en su tratado dice que el «exorcismo es el rito por el que se ordena al demonio salir del cuerpo de un poseso». Una posesión se da cuando un demonio utiliza un cuerpo humano como morada y en determinadas ocasiones lo controla. El rito de exorcismo mayor se encuentra en manuales y contiene principalmente oraciones deprecativas —de ruego a Dios— y la conjuración al demonio. Este es el caso de Sandra Sánchez, quien sufrió múltiples posesiones: posesión de una legión demoníaca. El caso de Silenia, en cambio, al ser un embrujo, se trata de una liberación, o exorcismo menor, que se hace cuando una persona es atormentada por espíritus que han sido puestos por otras personas, es decir: cuando son víctimas de maleficios o brujería. También cuando demonios influyen sobre sus acciones, pero no la poseen corporalmente. La principal herramienta para este ejercicio es la oración, pero no existe un manual para hacer un ritual. La sanación, otro ritual que se realiza en parroquias y grupos de oración, consiste en curar enfermedades a través de la oración. La Iglesia católica romana, en su Código de Derecho Canónico, en el título I, canon 1172, establece que sin licencia del obispo «nadie puede realizar legítimamente exorcismos sobre los posesos». Con el Concilio Vaticano II, anunciado en enero de 1959, se buscaba eliminar esta La poseída

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práctica, ya que algunos teólogos proponían modernizar la Iglesia y entendían este ritual como derivado de la superstición. Pero este no desapareció ya que los fieles siguieron pidiendo su realización. Desde entonces, se dice que debe haber por lo menos un exorcista por diócesis. En Medellín el exorcista oficial es Carlos Eduardo Cataño Rodríguez, un sacerdote de cuarenta y nueve años que ejerce su vocación en la Catedral Basílica Metropolitana desde 2015 y con quien no pudimos hablar porque la Curia Arzobispal le prohíbe dar entrevistas. A las cuatro de la madrugada una hilera de personas se acomoda en el costado derecho de la catedral. Esto sucede cada jueves y domingo. Entre quince y veinte personas esperan hasta que la luz plateada de los amaneceres en Medellín les caliente el cuerpo y les abran el altísimo umbral de madera para entrar a la edificación. Los pasos y las voces de aquellas personas reverberan al interior de la construcción, se expanden, se pierden, y entre las seis y media y las ocho y media de la mañana, uno de los colaboradores de la iglesia toma sus nombres y números de cédula. Allí se programan quince citas para el siguiente día, con Cataño. Un lunes de junio, en la fracción izquierda de la catedral, quince personas dan la espalda al exorcista. Sentados en las bancas, con imágenes de santos en sus manos, rosarios y libros de oraciones, susurran de forma coral el «Dios te salve» y el «Gloria al Padre». Tras ellos, Cataño los hace pasar de a uno, los recibe con un abrazo y un apretón de manos y los invita a sentarse con él. En las bancas, quienes esperan, solo miran al frente. Atrás, Cataño conversa con cada uno de ellos y les impone las manos. El hombre de turno se entrega con la mirada al suelo a las caricias que el sacerdote le hace en su espalda, y al rezo que este le dice al oído. Luego, ese contacto se 18

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convierte en golpecitos con la palma abierta y el hombre vomita varias veces. Sus gritos salvajes, como de felino herido, retumban a lo largo de la catedral e interrumpen la eucaristía que se lleva a cabo al mismo tiempo. Tanto los que esperan cita, como los que están en mitad de la misa, voltean a mirar al hombre. Cataño continúa la oración. Minutos después el hombre se calma y, terminado el ritual, se despide del sacerdote y se va a sentar en un muro bajo de mármol. Escenas como esta suceden en la catedral cada lunes y viernes. En algunos casos, es necesaria la ayuda de dos o tres personas para sostener a los poseídos. Según uno de los colaboradores de la iglesia, en ocasiones, esta ayuda es brindada por miembros de la Policía. En este mismo lugar, el anterior exorcista oficial, Jorge Enrique Suárez, preside eucaristías, escucha confesiones y algunas veces también exorciza. Tiene alrededor de un metro y medio de altura, cabello blanco y mustio, frente ancha, ojos con párpados superiores gruesos, gafas de marco rectangular, nariz en forma de poma. En sus orejas lleva aparatos para amplificar el sonido. La sordera le hace hablar fuerte y sus movimientos toscos acentúan la brusquedad del trato. Cuando preside la misa, parece perderse ante la inmensidad del Cristo del sagrario. El altar le llega casi al cuello. «No todo el mundo sirve para hacer exorcismos, tiene que tener unas cualidades extraordinarias», dice el hombre de ochenta y cinco años. Según el Código de Derecho Canónico, en el canon 1172, «el presbítero debe ser piadoso, docto, prudente y con integridad de vida». Estando en el seminario, Suárez hizo estudios de Sociología y Psicología, también estudió los libros de Gabriele Amorth, quien fue el exorcista oficial de Roma desde 1986 hasta el 2000. El arzobispo Ricardo Tobón Restrepo nombró a Suárez exorcista oficial en 2008. Todos los días La poseída

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estaba disponible entre las seis de la mañana y las tres de la tarde. En algunas ocasiones podía hacer hasta seis de estos rituales en un solo día. En Medellín, si se buscan lugares donde se realizan exorcismos los hallazgos remiten a algunas parroquias de la Iglesia católica romana. Sin embargo, sus sacerdotes afirman no hacer más que liberaciones y sanaciones. Piñeros, el sacerdote de Santo Domingo, en cambio, no lo niega. Dice que él fundamentalmente hace oración, pero que «todos los sacerdotes, por el ministerio del orden, tenemos el don de expulsar demonios. Además, por encima del Derecho Canónico o cualquier otro documento de la Iglesia, se encuentra el Evangelio». El Evangelio según san Marcos 16, 17-18, dice: «Estas señales acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios; hablarán en nuevas lenguas; tomarán en sus manos serpientes; y, cuando beban algo venenoso, no les hará daño alguno; pondrán las manos sobre los enfermos, y estos recobrarán la salud».

El ritual Para realizar los exorcismos, la Iglesia católica ofrece un manual. Cataño y Suárez lo utilizan con algunas variaciones. Su última versión, publicada en 1999, es una actualización del Rituale Romanum (1614), un libro que contiene los ritos de la Iglesia católica, entre ellos, el exorcismo mayor. Esta nueva versión contiene información detallada de los sacramentales que se deben usar, las oraciones y las acciones. Según este manual y otros no oficiales, para expulsar al demonio se necesitan: una estola morada, un alba de lino blanco, sal, agua y aceite exorcizados, la medalla de san Benito, un rosario bendecido, un crucifijo bendecido y el manual de exorcismos. Antes del ritual, los exorcistas 20

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recomiendan al poseso hacer ayuno, confesarse y comulgar «para estar en gracia de Dios». Tomado de varios manuales de exorcismos, a continuación se hace un resumen del ritual: Antes de comenzar, colóquese el alba, la estola, el rosario y la medalla de san Benito. Haga una oración en secreto. Añada otras oraciones como “En el nombre de Jesucristo”, “Bajo tu amparo”, “San Miguel Arcángel”, etc. No olvide hacer la reverencia al altar o, dado el caso de que no tenga altar, a un crucifijo. Haga la señal de la cruz y la oración que indica el manual con los fieles. Mezcle el agua con la sal y espárzala por el lugar y sobre los presentes. Arrodíllese junto a los fieles y al poseso y haga la siguiente letanía: “Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Santa María madre de Dios, ruega por él o por ella”... Haga el listado de oraciones indicadas en el manual oficial, recite el Salmo 90 y proclame el Evangelio según san Juan 1, 1-14. A lo largo del proceso puede dar de beber agua con sal y aceite exorcizados, y presionar la medalla de san Benito y el rosario contra la piel del poseído. Imponga las manos en la cabeza del atormentado, invite a profesar la fe. Bendiga con solemnidad al poseso con la cruz y diga: “Ante la cruz de Nuestro Señor, aléjense de aquí todas las fuerzas enemigas”. Recite la fórmula deprecativa y luego la imperativa o conjuración. Haga cántico de Acción de Gracias junto al liberado. Luego haga la oración final del exorcista. Finalmente despídase y bendiga a los presentes.

Aunque el manual rige la manera en que se deben hacer los exorcismos, cada exorcista realiza el ritual con múltiples variaciones. Por ejemplo, Jorge Suárez, el anterior exorcista oficial, lleva a las personas a una habitación, donde hay una mesa en la que las acuesta, cinco personas más le cogen cada una de las extremidades y la cabeza. «Lo primero que hay que hacer es bendecir el

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agua y la sal, y con un hisopo esparcirla. Entonces algunas personas maldicen y dicen ser Satanás». Es necesario identificar el nombre del demonio para saber a quién ordenarle que abandone el cuerpo. «Ahí empiezo la oración deprecativa en la que le pido a Dios que saque al demonio. Sostengo en mis manos el Cristo de San Benito y luego empiezo la oración imperativa que es la más delicada, con la que yo me enfrento con el mal», agrega. Los exorcismos no son exclusivos de la Iglesia católica romana. Tampoco son realizados únicamente por sacerdotes autorizados por la Curia. Sacerdotes como Piñeros, que no tienen el aval, se acercan a este ritual, pero también algunos brujos, chamanes o taitas. El antropólogo y maestro en Estudios de Asia y África, Ramiro Delgado, explica que en algunas culturas y religiones «la posesión es un tema estructural. En todas las religiones hay iniciados, unos médium que tienen visiones, una cercanía a lo espiritual». De esta manera, la energía es el motor que mueve la experiencia religiosa. «Somos fisionomía y energía» y agrega «la posesión no es un fenómeno nuevo, siempre ha estado la presencia de las buenas y las malas energías». Afirma, también, que la experiencia religiosa, mística o esotérica es la forma de relación de la vida humana con el mundo, un tema de «energía que circula, que se transforma». La energía también se muestra a través de «los demonios, que a lo largo de la historia han tenido centenares de nombres». Para Mircea Eliade, filósofo, historiador y novelista que estudió las religiones, en su libro Lo sagrado y lo profano (1957), «el mito relata la historia sagrada, es decir, un acontecimiento primordial que tuvo lugar en el inicio del tiempo». Dentro de la historia sagrada católica se encuentra el momento en el que Lucifer es expulsado del 22

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cielo. Así se construye la relación opuesta entre el bien y el mal, la expulsión del demonio del espacio sagrado que es el cielo. Eliade dice que no se llega a ser un verdadero ser humano «salvo imitando a los dioses». De esta manera, el ritual del exorcismo puede ser la repetición del mito de la expulsión del mal de un espacio sagrado, en este caso, el cuerpo.

Los exorcistas Desde que Silenia Ceballos buscó ayuda por primera vez hace casi dos años, se ha encontrado con seis exorcistas que también hacen liberaciones. El primero, un laico, quien hace exorcismos con José Jairo Saldarriaga, un sacerdote de la Iglesia anglicana —católicos que no se rigen por las decisiones del Vaticano—. Tras año y medio de tratamiento, Silenia no sentía mejoría, por lo que decidió buscar ayuda con alguien más: el sacerdote Jaime de Jesús Díaz, quien hace parte de la Congregación Sacerdotal Internacional —católicos independientes, no romanos—. Además fue donde un sacerdote más, que hace oración en una casa llamada Horus, y donde una bruja del municipio de Támesis. Finalmente llegó al sacerdote Piñeros, el párroco de Santa María del Camino en el barrio Santo Domingo Savio. Con el laico de la Iglesia anglicana, la persona que atormentaba la vida de Silenia se manifestaba a través de gritos y llanto, pero no hablaba. Con Jaime de Jesús, la persona que la embrujó dijo su nombre y la razón por la que la estaba atormentando, debido a que el ejercicio de la oración, según Jaime, genera malestar físico y emocional en quienes ejercen el mal y terminan cediendo, no importa si se encuentran en un lugar lejano, la experiencia física sucede. Según ella recuerda, fue una amiga quien le puso el maleficio, porque su esposo se enamoró de Silenia. La poseída

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Jaime de Jesús Díaz y José Jairo Saldarriaga hacen parte de dos bifurcaciones de la Iglesia católica romana. José Jairo, ordenado desde hace diecinueve años por un arzobispo emérito —jubilado—, hace parte de la Iglesia anglicana. Su máximo monarca es el rey Enrique VIII de Inglaterra y surgió en el siglo xvi luego de la Reforma anglicana. Jaime de Jesús, en cambio, hace parte de la Congregación Sacerdotal Internacional, una iglesia de católicos independientes fundada en Colombia entre 2008 y 2015 por el monseñor Andrés Tirado Pérez. Todos los sacerdotes que hacen parte de esta son exorcistas y utilizan el “Manual práctico de exorcismos” (2008) de José Luis Pivel, diferente del que utiliza la Iglesia católica romana. Jaime fue ordenado hace veintidós años por la Iglesia anglicana y luego pasó por una comunidad religiosa más, hasta llegar a la actual. Hace exorcismos desde 2003. El sacerdote Jaime de Jesús ofrece su eucaristía en los puentes de la Aguacatala, en el sur de Medellín. Si se ve desde la distancia la carretera circular que los rodea, con el lento movimiento de los taxis al pasar un domingo, podría parecer una aureola que destaca la plataforma baja. Unas treinta personas asisten a la eucaristía del 26 de mayo y se sientan en sillas rojas que un negocio cercano les presta. En lugar de altar, una mesa con manteles. Antes de comenzar, Jaime bendice los implementos. Canciones poco conocidas, cantadas por voces infantiles, dan inicio a la eucaristía que va desde las diez y media de la mañana hasta pasado el mediodía. «Ustedes saben que esta misa normalmente costaría unos treinta y cinco mil pesos, pero yo solo les pido cinco mil a los que tengan peticiones especiales», dice Jaime antes de continuar. Terminada la eucaristía, Jaime y dos ayudantes se acercan a cada uno de los fieles. Los ayudantes les alzan los brazos a la altura de los hombros con las palmas 24

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mirando al cielo. En algún lugar de España se exprimieron aceitunas en un molino, se les extrajo su esencia, se les batió, se les purificó, se les almacenó en un frasco que llegó hasta las manos de Jaime, quien con paciencia esparce su aceite de oliva en forma de cruz sobre las palmas de las manos, el pecho y la frente de sus fieles. La unión entre la divinidad y el mundo terrenal a través de la imagen de la cruz, genera en personas como Daniela, una adolescente acompañada por su madre, reacciones inesperadas. Cuando Jaime le impone las manos, su cuerpo comienza a moverse con fuerza. Los ayudantes sujetan sus brazos, la madre sostiene el manual de exorcismos, mientras el padre lee los rezos y pide a aquella energía extraña que abandone el cuerpo de Daniela. La niña en tono burlón responde que no, mientras con sus manos hace gestos sexuales. Tras unos minutos de forcejeos y alaridos, el cuerpo de Daniela decae y luego, poco a poco, despierta. Aquella sesión termina a las tres y media de la tarde.

Los posesos, los embrujados y sus síntomas Además de estas misas de los domingos, Jaime de Jesús hace rituales de liberación y exorcismos a domicilio. En el caso de Silenia Ceballos, Jaime fue hasta su casa un par de veces, pero dejó de recurrir a él al no sentir mejoría. Para explicar la búsqueda infructuosa de Silenia hasta el momento, Carlos Arboleda, doctor en Filosofía y maestro en Historia, además de investigador del tema de las sectas, el satanismo y los exorcismos, dice que «cuando a una persona se le hace un exorcismo, este la calma. Terminada la ceremonia, la persona queda sudada y cansada físicamente, pero psicológicamente calmada, no queda curada, pero queda tranquila porque esa es la función del rito. En ese sentido el rito calma, tranquiliza, apacigua, La poseída

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vuelve a colocar en relación con lo trascendente. Es algo parecido a los masajes, no te cura pero te calma, te deja relajado y por eso, a los ocho o quince días se debe volver a hacer el exorcismo». Diariamente en Medellín decenas de personas buscan sosiego espiritual de este tipo. Tan solo a la Catedral Basílica Metropolitana asisten treinta personas por semana, ciento veinte al mes, mil cuatrocientos cuarenta al año aproximadamente. A Piñeros lo buscan ciento cinco personas por semana, cuatrocientos veinte al mes, cinco mil cuarenta por año. Sumándolos, 6480 personas por año buscan ayuda espiritual. Silenia es auxiliar de facturación en una empresa de apoyo diagnóstico médico. El 2 de enero de 2019, mientras desayunaba en el cafetín, sintió un calor que subía por su espalda y, de nuevo, una presión en el pecho que la asfixiaba. El compañero que compartía con ella la hora del desayuno buscó ayuda, varios hombres vinieron a intentar sostenerla, pero «eso se manifestó muy fuerte», recuerda Silenia. Aunque su jefe y algunos compañeros sabían lo que le venía sucediendo, cuando el área de talento humano se enteró le exigió buscar ayuda psicológica. «La psicóloga me dijo que me creía, pero teniendo en cuenta que era una exigencia de la empresa, me mandó a psiquiatría». Sin embargo, Silenia asegura que «eso no es de salud, es por lo que me está pasando [...] es que uno mismo como que siente». La neuropsicóloga Annie Velasco, habla acerca de la posición de la medicina frente a los casos de supuestas posesiones: «Los trastornos con los que más se podrían asociar las posesiones demoníacas son la esquizofrenia, el trastorno afectivo bipolar cuando está en la fase maníaca, y diferentes trastornos de personalidad». También enfatiza en la necesidad de hacer un diagnóstico psicológico a 26

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profundidad, pues en algunas ocasiones se trata de traumas de la infancia. Respecto a esto, Carlos Arboleda dice que «la Iglesia católica exige que haya una duda o certeza razonable de que la persona sí tiene al diablo, por eso hay que hacerle un examen a la persona de tipo médico, psicológico y psiquiátrico. Si se tiene un diagnóstico médico de que hay algo más que no se puede tratar desde este punto, se puede proceder a hacer un exorcismo». Velasco ejemplifica la posición de la medicina con un caso que trató hace cinco años, cuando trabajaba en una vereda en Popayán. «Un día llegó una niña de catorce años con contorsiones, los músculos se le ponían rígidos, torcía los dedos de una manera impresionante, se le volteaban los ojos hacía un lado y le salía mucha baba». La mamá de la joven aseguraba que aquello era una posesión demoníaca, ya que en su pueblo eso pasaba muy seguido. Velasco dice que hablando con la niña, resultó que ella estaba siendo abusada sexualmente por el tío. «El diagnóstico es el de una histeria conversiva: una reacción del cuerpo para alejarla de la casa, alejarla del tío. El cerebro tiene esquemas de defensa y encontró en esa reacción una salvación, una ruta de escape». A través de los síntomas, los exorcistas pueden determinar si se trata de un caso de liberación o de exorcismo. El de Sandra Sánchez, la mujer que parecía padecer lupus, es típico, según el sacerdote Piñeros, de una posesión demoníaca, por lo que su tratamiento fue a través de exorcismos. Entre sus síntomas se encuentran el poder leer espiritualmente a las personas, es decir, identificar y resaltar sus pecados, hablar múltiples lenguas, especialmente latín, y tener fuerza descomunal. Además a Sandra se le tensionaba el cuerpo, le cambiaba la mirada y adquiría un trato agresivo contra el sacerdote: lo escupía, mordía, insultaba y pateaba. La poseída

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Una de las manifestaciones más fuertes de la posesión de Sandra sucedió en 2007 durante un congreso de sanación y liberación, dictado por José Antonio Fortea, el demonólogo, en el colegio Palermo de San José, en El Poblado. Sandra sintió su cuerpo levantarse del suelo. Tres personas se aproximaron y tomándola por los hombros la bajaron. Fortea la miró fijamente y continuó haciendo las oraciones, ahora en un tono más alto. Una vez en el suelo, Sandra empezó a gritar «asceta, ¿qué haces aquí?», al ver que un sacerdote se le acercaba a imponerle las manos en la cabeza. Piñeros, quien también estaba en el lugar, recuerda que varios de los asistentes, entre sacerdotes y laicos, dijeron haberla visto levitar. Aunque la neuropsicóloga Velasco no explica la levitación, sí afirma que los síntomas de las posesiones demoníacas pueden ser explicables científicamente. La fuerza extrema, dice, puede deberse a la adrenalina que se genera en un momento de tensión en el cual el cuerpo debe defenderse o hacer un esfuerzo mayor. Las contorsiones o movimientos bruscos son un síntoma típico de epilepsia. Finalmente, que las personas piensen que alguien habla en lenguas puede deberse al sonido que «se emite cuando se tiene un ataque de epilepsia. Mientras se convulsiona se hacen unos sonidos extraños en la garganta», lo que se puede confundir con otra lengua. Existen unas características comunes en las personas después del proceso de liberación y exorcismo, identificadas por sacerdotes, expertos y los mismos posesos: agotamiento físico, temblor en las piernas, dolor de cabeza y, en algunos casos, vómito. Para identificar los síntomas antes y después del ritual, así como los detalles del último, los Legionarios de Cristo en Roma ofrecen un curso sobre Exorcismo y Plegarias de Liberación por cuatrocientos euros a monjas, sacerdotes y laicos —además 28

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a psiquiatras, psicólogos y otras personas interesadas—. Los laicos que asisten obtienen un certificado para ser auxiliares en los exorcismos, pero no para realizarlos. Se ofrece en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum, una institución universitaria católica. Las personas que no hablan italiano deben pagar una traducción simultánea de trescientos euros. En pesos, para un sacerdote colombiano, el curso equivale a dos millones y medio, aproximadamente. Para el curso ofrecido en el primer semestre de 2019, la cantidad de alumnos fue de 241.

Las causas Sobre las raíces de las posesiones y las predisposiciones a estas, además de haber sido parte de supuestos rituales de brujería o satanismo, José Antonio Fortea dice, en múltiples textos, que la razón principal es el esoterismo, los hechizos, ya que invocan espíritus. Además, la trabajadora social Marcela Bohórquez*, quien también ha pasado por posesiones y liberaciones, dice que «las cadenas intergeneracionales pueden ser una explicación a la predisposición». Estas cadenas intergeneracionales son explicadas tanto desde las religiones, como desde la psicología. Bohórquez dice que «son maldiciones o actos indebidos que hicieron los antepasados y uno puede cargar con ellos. Nosotros heredamos el adn biológico, pero también el espiritual». Así, el suicidio de un antepasado puede derivar, supuestamente, en intenciones suicidas de los descendientes. También afirma que «si se puede identificar qué es lo que está pasando, se puede romper con eso para que las próximas generaciones no tengan que cargarlo». Este es el caso de Sandra, quien pudo liberarse de su enfermedad física y espiritual: ya no tiene síntomas *

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de lupus ni de posesión. Lo logró, según afirma, cuando el padre Piñeros identificó que lo que la atormentaba era un antepasado de su línea familiar, el cual tenía carismas —dones—, pero los usaba para hacer el mal. Su caso fue tratado como una posesión demoníaca, según explica ella misma, su antepasado estaba siendo protegido por múltiples demonios. Esta persona se expresaba a través de Sandra, pero también lo hacían sus demonios. El antepasado, quien era una mujer, era como una gema al fondo de una extensa profundidad de fango, tierra y roca: para acceder a ella había que excavar cada capa de protección, la legión de demonios. En los rituales se dijeron múltiples nombres, ya que, como se explicó anteriormente, para expulsar a los demonios es necesario llamarlos por su nombre, hasta que llegaron al de la mujer. Desde entonces, Sandra fue liberada y decidió no volver a mencionarlo. Imagínese a Sandra ante un espejo. Un espejo que mira al pasado, una época lejana. Imagínesela con el rostro ovalado, la nariz puntiaguda, por labios un par de líneas que se abren en una gran D cuando sonríe, petequias rojas como cerezas decorando un postre de leche en todo su cuerpo. Cabello castaño, lacio, a la altura de los hombros. Al otro lado, la misma mujer, pero con cabello hasta la cadera, castaño, crespo. Camine este lado del espejo y vea a Sandra sentada en una terraza de comidas en el centro de Medellín. Cruce el espejo y observe los amplios salones, las arañas de cristal y metal pulido colgadas de los techos. Devuélvase y mire a Sandra a los ojos: las gafas de lente rosado le enmarcan bien el rostro y combinan con su reloj elegante. A través del espejo, rompiendo la barrera del tiempo, observe los rubíes, esmeraldas y diamantes que se incrustan en camas de oro y plata y que decoran el cuello y las muñecas del ancestro de Sandra. 30

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Unas uñas largas, manillas y anillos de plata se reflejan a cada lado del espejo con armonía perfecta. De este lado de la historia, cuenta Sandra que ve a aquella mujer familiar suya como una malvada bruja que hizo pactos con los demonios para que la protegieran y así ganar poder, dinero y reconocimiento. De aquel lado, en el tiempo de los esclavos, si se para al lado de aquella mujer y mira al espejo podrá ver a una Sandra de vestido blanco largo, con bolso Tous, con caminar seguro, voz que parece sincera. Párese finalmente en la mitad de los tiempos, mire a su izquierda, donde está la antepasado, la verá, según cuenta Sandra, golpeando negros, castigando gente, matando niños. Mire al otro lado, verá a una mujer tranquila, que ya pasó lo peor, que ya miró al espejo y supo el nombre de aquella mujer que se le parece.

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La

herida

En medio de las estrategias del crimen organizado —que sigue dejando muertos y heridas—, Medellín aprende a esquivar las balas al tiempo que intenta hallar estrategias para preservar la vida. Esta es la historia de quienes se dedican a curar las heridas físicas de los violentos.



La herida Karen Parrado Beltrán Paulina Mesa Loaiza Julio César Caicedo Cano Jennifer Mejía Giraldo

U

sted es joven, muy joven. Tiene dieciocho. No es la primera vez que hace una vuelta pero todavía teme que lo cojan, caerse de la moto, que lo maten. Cambia el semáforo, afuera el fierro. «¡Tas! ¡Tas! ¡Jueputa!» Pitos. Gritos. Se acerca la patrulla. Usted no cree, pero sí. Le dieron. Una bala en el costado… ¿Qué hace?

Buscar Un médico, una vecina enfermera, el peluquero del barrio, el amigo tatuador, un barbero, un brujo. Alguien con cualquier herramienta que pueda salvarle la vida. La lista sería infinita si dependiera de la imaginación porque, cuando se trata de sobrevivir, el instinto puede más que la razón. También existe la posibilidad de que lo atiendan en un centro de salud convencional porque el combo al que usted pertenece llegaría garantizando su entrada con un: «¡Donde se muera el parcero, mato hasta el hijueputa acá!». En esos momentos su vida valdría lo mismo que el miedo a morir de otros. En Medellín una bala no solo es fatalidad y dolor; es poder y fragilidad. Frágiles son quienes curan sus heridas, quienes las disparan y quienes las reciben: la mayoría hombres, jóvenes, pobres. En 2018, de las 626 víctimas de homicidio en Medellín, 586 compartían la condición de ser menores de treinta años, de sexo masculino y haber muerto por disparos de arma de fuego.

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La imagen del poderío de las balas en esta ciudad permanece inevitablemente anclada a la época de Pablo Escobar y a la guerra desatada entre los carteles por el control del negocio de la cocaína en los años noventa. Esa es una imagen que se resiste, que cambia, pero permanece. Los noventa fueron tan ávidamente retratados por las telenovelas de los años dos mil, que aún hoy la vida se siente un poco como si esos tiempos no hubieran pasado hace ya veinte años; sin embargo, no es necesario ir tan atrás. Una bala que le atraviesa una pierna a un muchacho que huye de una vuelta que salió mal indica que la violencia de Medellín no es una postal de guerra. Hoy el crimen en la ciudad prefiere no exponer un rostro, sino muchos entre los que se diluyen la presión y las culpas. Ya no son tiempos de capos visibles, sino de siluetas numerosas que han escalado desde las estructuras de menor jerarquía, muchos de ellos, como gatilleros de una franquicia criminal. Actualmente, recae sobre grandes estructuras herederas de los paramilitares que establecen alianzas o se enfrascan en disputas de acuerdo con sus intereses económicos. Aunque con trayectorias diferentes, esas estructuras son las grandes empresas criminales mientras los combos son operarios de su poder. Así, el pillo que vigila una esquina o que maneja una plaza de vicio, o el niño que cobra la extorsión, se encuentran en el último eslabón de una cadena que tiene extensas líneas de mando y que escala hasta alias numerosos y mandos atomizados. Las disputas entre combos por acaparar más territorios y por las rentas que pueden explotar en los barrios suelen ser el detonante de las confrontaciones. La tranquilidad en los barrios depende de que no se trastoquen las estructuras de poder.

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Marta* tiene alrededor de treinta años, es médica y trabaja hace cinco años en una clínica privada de la ciudad. Responde con reserva. Juega con sus manos y mueve una pierna con ansiedad. Cuenta que cuando llegó a trabajar en ese lugar, la inducción que recibió fue precisa: «Estos son los muchachos, no les haga registro, no pida que paguen, nada, solamente atiéndalos». Los muchachos llegan con raspones por caídas en sus motos, con enfermedades comunes, y también con sus madres o sus hijos enfermos. Pero este año, la disputa entre dos bandos desató una guerra muy cerca de donde funciona la clínica y, a principios de mayo, Marta recibió a su primer herido por bala. Era un joven con un tiro en la pierna. Entró caminando y pidió que lo atendieran rápido. «No le pedimos nombre ni nada, solo lo pasamos al consultorio y revisamos la herida. Como no estaba la bala, le hicimos una curación rápida y se fue». A veces, una bala puede ser una enfermedad común. En una ciudad como Medellín existen heridos y muertos sin nombre ni registro, pero otros permanecen en el recuerdo porque la ciudad parece tener víctimas buenas y malas, dependiendo de las circunstancias, los apellidos y hasta de la geografía. En febrero de 2019, por ejemplo, las balas le recordaron a Medellín la paradoja en la que vive. Era jueves, poco después del mediodía y la ciudad contaba dos muertos más en una calle del barrio El Poblado. Uno era Fabio Andrés Legarda, un cantante de reguetón que fue herido por una bala perdida que lo impactó en la cabeza, justo en el instante en que dos fleteros en una moto intercambiaban disparos con el conductor de un carro que esperaba el cambio de un semáforo. Cuatro horas después, Legarda murió en la Clínica León XIII. *

Nombre cambiado por petición de la fuente.

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El otro muerto era Jorge Hernán Ardila, uno de los fleteros involucrados en la muerte del cantante. El hombre también fue herido en el intercambio de disparos, trató de correr y unos pocos metros después se desplomó. Quedó tendido inerte en la calle con el revólver al lado de su cuerpo. En la noche, al confirmarse la muerte del cantante Legarda, la ciudad lloró con furia —horrorizada— la muerte del uno, y le negó el llanto al otro. A Jorge Hernán, el ladrón convertido en asesino, solo le ofreció un lugar en las estadísticas. Cada día las cifras de homicidios le recuerdan a Medellín que es frágil y asesina. Iban 371 homicidios en 2019 mientras se escribía este párrafo, y hasta ahora es julio de 2019. En los mismos meses del año anterior los datos hablaban de 357 homicidios, pero los números a veces no dicen mucho; tampoco distinguen a buenos de malos, aunque a los malos pocos quisieran tenerlos en cuenta, a veces ni siquiera las personas que han jurado no hacer ese tipo de distinciones. Pero si usted fuera el delincuente herido del inicio de este relato y quisiera que su vida contara, ¿qué estaría dispuesto a hacer para eso? En Brasil, un capo del narcotráfico mandó a cincuenta de sus hombres armados a robar una ambulancia y a secuestrar a un médico durante nueve horas para salvarse de una bala que lo había dejado malherido después de un enfrentamiento con la policía, en el Complexo da Maré, al norte de Río de Janeiro. Eso fue en octubre de 2017. En diciembre de ese mismo año, un cartel mexicano secuestró a un médico para que atendiera a su jefe que sufría de neumonía y le pagó trescientos dólares por una consulta que duró quince minutos. El juramento hipocrático que hacen los médicos antes de graduarse dice que no deberán permitir «que consideraciones de edad, enfermedad o incapacidad, credo, 38

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origen étnico, sexo, nacionalidad, afiliación política, raza, orientación sexual, clase social o cualquier otro factor» se interpongan entre sus deberes y sus pacientes. Entonces, por más difícil que sea la circunstancia o el contexto, un médico no debería negarle la atención a alguien, aunque el mismo juramento los exime de atender solo si su integridad está en riesgo. Lo cierto es que la realidad se encarga de deformar cualquier juramento, especialmente cuando la propia vida está en juego. Un médico puede recibir insultos de un paciente inconforme con el sistema de salud pero, también, amenazas de muerte de uno de los combos que domina las laderas de Medellín para que atienda a uno de sus integrantes que llega herido a un centro de salud. Según la Secretaría Seccional de Salud y Protección Social de Antioquia, entre 2012 y 2018 fueron reportadas cien agresiones a la misión médica en Medellín. Una cifra que seguramente está muy lejos de la realidad de la calle porque el subregistro se alimenta del miedo y de la falta de denuncias formales. A Nelson* lo invade una descarga de adrenalina cuando recuerda que a la recepción de un centro de salud del norte de la ciudad, en el que trabajaba en labores administrativas, llegó un hombre enfermo que estaba escoltado y se ocultaba con un sombrero y un bigote falsos. Nelson es un tipo descomplicado, supera por poco los treinta años y habla con un aire callejero que confiesa la naturalidad de lo que ha visto. Cuenta que al hombre del bigote falso lo atendieron pronto y solo cuando salió, uno de los médicos le confesó que era el duro del barrio. También recuerda el día en que vio entrar por la puerta de urgencias a un joven recargado en el hombro de su hermano, maldiciendo a los enemigos que le habían *

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dejado el cuerpo y la cara como un saco agujereado. Mientras adentro los médicos luchaban por mantenerlo vivo, afuera un tipo sereno, que enviaba mensajes por celular, le preguntaba a Nelson si creía que el joven se salvaría. Nelson entendió que esos mensajes estaban dirigidos a quienes necesitaban muerto al muchacho que sus compañeros atendían, y que no pasaría mucho tiempo para que llegaran a rematarlo. Así que decidió entrar a la sala y le explicó la situación al médico que estaba a cargo. «Si usted quiere que su hermano se salve, se lo tiene que llevar ya de acá», le dijeron al acompañante que corrió para conseguir un taxi en el que se llevó al malherido a un lugar más seguro. Para él, eso ya hace parte del paisaje y la convivencia en los barrios, pero hay otros escenarios, mucho más ocultos, que involucran a médicos y criminales que no pueden salir de sus escondites. Nelson baja la voz y dice: «Alguien tiene que atender al político corrupto con problemas de presión». Pero si usted es el joven baleado y vive en Medellín la probabilidad de que lo atiendan en un hospital o en una clínica formal es muy alta. Esa es la versión más terrenal de esa idea mitificada del criminal extremadamente letal que huye de los policías y los hospitales. Un ser hollywoodense que nunca muere o que cuando está muy cerca es salvado por un aliado clandestino que le saca las balas y le cura sus heridas en el quirófano de un escondite subterráneo, inaccesible. Medellín, la diestra, la paradójica, la reina de una aparente clandestinidad criminal, la que a principios de los años noventa era una de las ciudades más violentas del mundo —solo en 1991 hubo 6349 homicidios— y que puso más de cuarenta y cinco mil muertos durante esa década, es también una mutante que juega constantemente entre la legalidad y la ilegalidad; esa es su estrategia para 40

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sobrevivir. Aunque, a veces, la estrategia más efectiva para lograrlo sea la de matar.

Estrategia para matar En un consultorio del Hospital Universitario de San Vicente Fundación nos recibe una mujer de bata blanca, de unos treinta y cinco años. Alcanzamos su oficina luego de pasar por detrás de la sala de urgencias. Al cerrar el pasillo unas angostas escaleras nos llevan a una zona aislada encima de donde ocurre toda la acción. La mujer lleva el cabello recogido en una moña templada que la hace ver algo mayor y el carné que cuelga de su pecho la acredita como la «jefe de Cirugía y Urgencias». Su carácter imponente lo suaviza un humor y una amabilidad frescos. El Hospital San Vicente es una institución reconocida por su especialidad en traumas violentos. Durante la época del cartel de Medellín, su sala de urgencias, conocida como la Policlínica, recibía a los heridos de los carrobombas, a los baleados por los ataques de sicarios e, incluso, poco después a aquellos heridos críticos o mutilados que eran remitidos desde regiones donde el conflicto armado entre el Estado, las guerrillas y los paramilitares era más intenso. Se convirtió en un hospital de guerra. La doctora Mendoza trabaja allí hace doce años y dice que las heridas y las técnicas de agresión ahora son más efectivas, que el crimen tiene la habilidad de perfeccionarse. «Ya no tiran al cuerpo, tiran a la cabeza», sentencia. Para ella, los criminales de la ciudad aprendieron a atacar directo al corazón, a los vasos sanguíneos del cuello o a la ingle, que son los lugares más vulnerables del cuerpo humano o en los que las heridas pueden llegar a ser más letales. Dice que «la gente aprende», porque la capacidad de matar se adquiere con tiempo y práctica. La herida

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Poco más de tres kilómetros separan a la doctora Mendoza de la mujer que recibe los cadáveres de las personas que mueren violentamente en la ciudad. Catalina Vásquez es una médica forense que tiene alrededor de treinta y cinco años y que hace siete trabaja en el Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses identificando y determinando científicamente la causa de muerte de las personas asesinadas en Medellín. Conversar con ella implica aproximarse a la podredumbre que emana de los cuerpos de diferentes edades y sexos que están engavetados en la morgue, unos pisos abajo de su oficina, en el edificio contiguo al Cementerio Universal donde funciona esa institución oficial. Vásquez reconoce que las dinámicas violentas de Medellín han mutado. Dice que la lesión más común que se podría asociar directamente con el conflicto urbano es ocasionada por arma de fuego y que la imagen de un cuerpo masculino con muchas heridas de bala es la más frecuente: «Casi siempre tienen diez o quince disparos, es muy raro encontrar una persona con un solo tiro».

Estrategia para sobrevivir Por fin nos hace pasar a su consultorio. La sala de espera de la clínica es opaca y silenciosa. El Doctor* es un hombre grande, tiene casi unos sesenta años y rostro fuerte. Habla sin miedo aunque con cautela. «Todas las instituciones de salud, absolutamente todas, privadas y públicas, desde sus comienzos, venimos atendiendo a la delincuencia», suelta con franqueza. En una pared de su consultorio tiene pegado un mapa de la ciudad a la que ha atendido media vida y que lo reconoce muy bien porque él ha visto crecer a sus hijos. *

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Prefiere referirse al crimen con historias de hace mucho tiempo como si no quisiera comprometer el presente que arde alrededor de su clínica. Tiroteos, toques de queda y cuerpos descuartizados y abandonados en cualquier esquina hacen parte del panorama que enfrentan sus vecinos desde principios de 2019. Aunque a veces recibe pacientes heridos por esas situaciones, lo más frecuente en su consultorio son casos de adultos mayores y niños que llegan con la referencia de ser familiares de algún pillo del sector. El protocolo de atención de estos casos es básico: el portero de la clínica ya sabe qué nombres sirven como clave para dar ingreso inmediato a los pacientes que llegan referenciándolos. Nunca hay registro de esas consultas, a veces tampoco hay pago. La fórmula de El Doctor es práctica: para enfermos debe haber un doctor. Básico. «Hace más de veinte años…», arranca a contar sentado bajo el aire acondicionado que refresca el ambiente del pequeño consultorio. Veinte años y con eso basta para imaginarse las calles de Medellín tronando. El protagonista de su historia es un muchacho que atraca un banco y en la huida se enfrenta con la policía. Uno de muchos disparos le entra por la espalda y, en esas, sus compañeros, que son su sombra, se desvían en retirada para llevarlo al hospital más cercano. «He tenido delincuentes que me han amenazado de muerte en el consultorio. A uno le da miedo, pero hay que enfrentarlo», dice. Sabe que el crimen en la ciudad no da explicaciones ni busca testigos, y esa conciencia pesa tanto como la bala que lo podría matar si se niega a atender a un criminal que llegue buscando atención, sea de vida o muerte o un simple resfriado. El muchacho fugitivo termina en la sala de cirugía de El Doctor, luego de cinco horas de huir de una clínica a otra, mientras la policía lo persigue por haber matado La herida

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a un agente. Aunque El Doctor logró salvarle la vida recuerda, resignado, que de ocho horas de cirugía no le quedaron sino pérdidas porque a cambio no recibió ni dinero ni las gracias. En una caseta repleta de plantas, Willi* conversa con sus amigos de juventud. Está recostado en una moto roja que tiene un aire noventero, igual que él que ya casi alcanza los cuarenta años. Es un hombre delgado, alto y moreno; las arrugas ya le acompañan la sonrisa y algunas cicatrices dejan ver lo que fueron sus andanzas violentas. Viejas vueltas para patrones que ya no existen. Después de un silencio extenso dice que él y sus amigos recibieron la «maldita herencia de Pablo Escobar» y que a eso le entregaron su juventud. Se emociona, vuelve a ser joven con los recuerdos de esa época y gira eufóricamente el manubrio de la moto en la caseta que es casi un rincón de un barrio del noroccidente de Medellín. Como El Doctor, también recuerda historias de hace veinte años, cuando la delincuencia envenenaba las balas con cianuro para que el tiro fuera certero, más traicionero. En ese tiempo sus amigos quemaban los años en que eran los reyes del mundo, cuando sus estrategias para matar también los hicieron inmensamente vulnerables. «Uno veía que le daban al parcero en un pie y al momentico ya tenía la sábana encima. Entonces corríamos para el hospital cuando nos daban y le metíamos voltaje a los médicos porque si no, matábamos hasta el hijueputa», recuerda. Cuando las heridas no comprometían directamente la vida, Willi y sus amigos buscaban al enfermero del barrio, a la vecina que sabía de rezos, a los campesinos que traían brebajes de matas y flores para sanar. Incluso había quienes decían que algunos brebajes podían hacer a la gente invencible. Willi cuenta que, si bien buscaban ayuda *

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en los saberes de la gente del barrio, la mayoría de las veces iban al hospital a no ser que se tratara de un duro. «Un bandido bien fino si está caliente no va a ir al médico, lo mandan a secuestrar», dice. Los que caen mal heridos llegan a los hospitales de Medellín con dolor, pero también con miedo, orquestando historias creíbles y legales para los médicos. Ese miedo se intercala con las amenazas. La doctora Mendoza, directora de urgencias del Hospital San Vicente, explica que la estrategia es sobrevivir pues, aunque su juramento es el de atender a todos los pacientes, una promesa no hace inmunes a los médicos de las amenazas. Metrosalud, la institución pública que tiene a su cargo los centros de salud en los barrios de Medellín —conocidos como unidades intermedias—, registró 148 agresiones contra su personal en 2017. Hasta junio de 2018, la entidad había sido víctima de 120 acciones violentas que iban desde agresiones al personal, hasta daños y hurtos a sus instalaciones. «Vos ves que el pelado está muerto pero lo montás en una ambulancia y corrés con él para el hospital para que los amigos del combo vean que sí estás haciendo algo por el herido y, aunque llegue muerto al hospital, ellos van a notar que no pudiste hacer nada», cuenta Mendoza. Es una estrategia para evitar más amenazas y cuidar su propia vida. En medio de un contexto violento como el de Medellín, el personal médico tuvo que improvisar alternativas para salvar. Mendoza recuerda que hace unas décadas por todo se operaba pero, cuando los quirófanos no daban abasto, los médicos empezaron a examinar primero al paciente y trataban de tocar la bala para determinar la gravedad de la herida. Algunas veces la bala deja un rastro evidente, que sale y entra de la carne de su anfitrión, pero otras se La herida

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incrusta dejando caminos ciegos que son más peligrosos. El protocolo de atención de una herida de bala en el Hospital San Vicente es de cinco pasos y dura entre cinco y siete minutos. En ese tiempo, el personal médico revisa que las vías respiratorias, la circulación y la respuesta neurológica estén bien; monitorea todas estas variables en simultáneo para precisar su diagnóstico. Al final es como un reloj azaroso: el resultado puede marcar una lesión precisa o una indefinida, en cuyo caso la última palabra la tienen las imágenes diagnósticas de rayos x o tomografía. Si un médico no identifica claramente el recorrido de la bala prefiere abstenerse de sacarla. «Saque una bala que pueda tocar», es una expresión convertida en ley entre los cirujanos. «Uno a veces llega y dice “le dieron bala” porque ya sabe que el mecanismo de daño de la bala es mucho más severo que el de una puñalada», dice Alejandro Martínez Gallo, un médico del Hospital San Vicente que lleva ocho años trabajando en el sistema de urgencias. Martínez cuenta que si un paciente herido de bala está consciente y hablando, lo normal es que los médicos le corran más porque la probabilidad de salvar su vida es mayor, pero que si se trata de un paciente que llega inconsciente generalmente no hay mucho que hacer. Las balas hacen un daño irremediable y siempre tienen el tiempo en su contra. Ser médico en Medellín significa salvarle la vida al que sea, ojalá sin preguntar detalles, a veces sin verificar su identidad; reconociendo personas, no nombres, según dice El Doctor. Se trata de ser práctico, el que pregunta mucho se puede morir. Mendoza tiene esto claro y es casi un lema en su servicio que en ninguna parte pueden existir barreras para la atención, ni va primero cualquier 46

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condición administrativa. «No importa si era el atracador, el violento, el del grupo armado; lo que prima es la vida y eso es parte de nuestra obligación como médicos. A mí no me importa que sea un pillo, yo no lo atiendo distinto porque sea un pillo», dice sin reparos. Nelson sabe bien las cosas que la gente que no está en el día a día en las salas de urgencias apenas intuye. Sabe, por ejemplo, que en los centros de salud de la periferia de Medellín hay puertas traseras por las que se presta un servicio preferencial a los pillos. Pasa igual en los centros de atención ubicados en los barrios conflictivos de los municipios cercanos. Recuerda que alguna vez tuvo que enfrentarse a uno de ellos y decirle que de seguir recibiendo pacientes por la puerta trasera y sin registros, no tendrían cómo justificar los faltantes en los inventarios de los insumos médicos. Sabe también que si la situación de uno de ellos es grave y el personal de salud se niega a atenderlo, sus compañeros están dispuestos a acabar hasta con el nido de la perra. Nelson sabe muy bien este tipo de cosas, aunque a veces prefiere decir que se las imagina. Sabemos su nombre y el lugar donde trabaja, sabemos que hoy ejerce una posición administrativa de más responsabilidad, pero que antes estaba al frente del mostrador en un centro de salud y que, si bien no es médico, ni siquiera enfermero, a veces tuvo que ponerse los guantes y ayudar a sus compañeros que atendían a un herido con la presión de saber que cualquier decisión podría derivar en una amenaza o incluso en la muerte. Pero Nelson no se presenta con su nombre, no dice los nombres de nadie, habla de lugares concretos, pero advierte el riesgo de revelarlos. A veces hace un gesto con los ojos y suelta una sonrisa ladeada, como si tratara de decir que sabe algo, pero que en ese asunto no se mete; esa es su estrategia para sobrevivir. La herida

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Capos; pistoleros heridos; hombres agujereados con balas en el rostro y cuerpo, que llegan caminando y maldiciendo a sus enemigos como muertos en vida... Nelson vio casi de todo. A veces la vida le confrontaba con los matices entre los buenos y los malos. Una noche de navidad, uno de los muchachos del barrio llegó a las doce con una cena navideña para todo el personal que hacía turno a esa hora en ese centro de salud. Nelson dice que no tuvo otro remedio que recibirlo, que a veces la gente les agradece por ayudarlos a sobrevivir. «Uno no se puede poner a rechazar esas cosas». Si las recibe mal, si no también. La ley es sobrevivir. La estrategia de El Doctor no es muy diferente. Dice que no puede «agachar la cabeza» porque presta un servicio de salud y que en ese ejercicio le ha salvado la vida a mucha gente. Por esa razón ha puesto límites pese al miedo. Uno de esos fue cuando los mismos pillos a quienes atendía le quisieron poner una vacuna. Denunció sin pensarlo. «Si yo estoy sacrificando mi ejercicio profesional por salvarle la vida a una persona no admito que me extorsione», dice con una voz de firmeza que alcanza tonos de cólera.

Estrategia para vivir «Nos dieron el barrio por cárcel, los pillos no se pensionan», dice Alcolirykoz en una de sus canciones, y vienen a la mente Willi y su combo que siguen en el mismo barrio que los vio crecer y convertirse en pillos. Son los mismos de actitud imponente, con voz de mando, aunque las vueltas que planean ahora no tienen que ver con matar: «Nosotros cuidamos para que por aquí no roben, ¿sí me entiende?». Según la Secretaría de la Juventud de Medellín, en la ciudad hay 544 000 jóvenes entre catorce y veintiocho años. Sesenta mil de esos jóvenes viven en condiciones 48

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de vulnerabilidad, lo que implica que son más propensos a problemáticas como la adicción a las drogas, suicidios, embarazos adolescentes o el riesgo de ser utilizados por un grupo delincuencial. Se estima que el uno por ciento de estos jóvenes, o sea cerca de cinco mil, podrían estar vinculados a organizaciones delincuenciales. Willi y sus compañeros ya son veteranos, no hacen parte de esa estadística. Cuando entraron al negocio del crimen —del que hoy siguen haciendo parte—, ni siquiera se llevaban esas cuentas. Para algunos la escuela no fue una opción o la presión del barrio era suficiente para ceder ante la idea de pertenecer en lugar de morir. A veces el combo es una estrategia para vivir. El día que conversamos con Gerardo Pérez, un líder barrial de San Javier, en una cafetería del centro, sus palabras tuvieron un tono de sentencia: «Tenemos que ser una sociedad enferma para decir que esos chicos son criminales porque sí». La idea principal de Gerardo sobre la situación de la delincuencia organizada de la ciudad es que los muchachos ya no quieren ser los criminales de moto y armas de los años noventa. Según él, los jóvenes quieren vivir, tener negocios legales con los que independizarse de sus familias, hacer un camino propio, solo que no encuentran referentes muy claros para seguir ese camino. «Hay hordas de pelados a las que la escuela no les dice absolutamente nada», afirma. Y tal vez sea así. La cantidad de jóvenes desescolarizados en Medellín alcanza el 2.2 % de la población, no es una cifra muy alta, pero el futuro luego de la escuela suele ser incierto. La educación es la promesa de campaña más repetida de los últimos años, ser los más educados, dicen algunos, pero la realidad en los barrios no parece respaldar esa idea. Gerardo dice que para los jóvenes estudiar «es el camino La herida

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más largo» y que ahí solo ven incertidumbre, ¿educarse para qué? No encuentran asombro en una vida guiada por un ciclo: educarse, graduarse. Educarse más, graduarse, trabajar. Educarse años y años. Para Gerardo muchas veces el proyecto de vida de los jóvenes gira en torno a la plata, mejor si es a través de los negocios, pero el problema es que «en Medellín el límite entre lo legal y lo ilegal es imperceptible», entonces para ellos son normales muchas dinámicas que, por lo general, hacen parte del conflicto y la delincuencia. Según un informe del Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario (inpec) para enero de 2019 la mayor cantidad de internos a nivel nacional se ubicaba entre los dieciocho y veintinueve años, es decir que 39.555 jóvenes eran el 35 % de la población en estado de reclusión en Colombia. La suerte en la guerra juega de diferentes maneras. Muchos de esos jóvenes que hoy ocupan los calabozos del país pudieron terminar como muchos otros en las camillas de un hospital, en las manos de El Doctor o de la doctora Mendoza; en la sala de urgencias que atendía Nelson o en la mesa de la doctora Vásquez en la morgue de Medicina Legal. Medellín es paradójica y confusa. A veces es la postal de una ciudad primaveral, pero la misma ciudad se encarga de mostrar que su escena es cambiante e impredecible. Usted es joven, muy joven. Tiene dieciocho y está herido. Sus amigos del combo lo llevaron a un hospital, le metieron presión al doctor. La bala no comprometió ningún órgano vital. Esta vez usted se salvó. ¿Qué estrategia elige?

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La

malparida A pesar de la sentencia que despenaliza parcialmente al aborto, grupos clandestinos que han acompañado la interrupción del embarazo siguen haciéndolo como reivindicación de la autonomía sexual y reproductiva de las mujeres. Esta es la historia de una lucha por el derecho a decidir y ser libres.



La malparida Luis Bonza Ramírez Elisa Castrillón Palacio

L

aura decidió pasar un rato sola después de sentir un pequeño dolor, un jaloncito, que significaba que el procedimiento, que no dura más de diez minutos, había terminado. Se quedó en una habitación llena de títeres y libros que hicieron parte de un momento que, tres años después, recuerda como una experiencia de felicidad y reafirmación en sus convicciones personales, relacionadas con la autonomía del cuerpo y la posibilidad de las mujeres de decidir sobre el propio. Se había practicado un aborto en la semana seis de su embarazo, que fue producto de relaciones sexuales con dos amigos en una fiesta. Con ambos había utilizado condón. En esa edad gestacional el procedimiento que se realiza es el de la aspiración manual endouterina (ameu) que consiste en la extracción de los productos de la gestación con una jeringa que funciona con válvulas de presión. Ese método se puede utilizar máximo hasta cuando el embarazo se encuentra entre las semanas doce y quince, que es cuando el feto aún está en sus primeras etapas y no supera el tamaño de una manzana. El de Laura alcanzaba apenas el tamaño de una semilla de manzana, una metáfora que ella misma usa para hablar de la forma en la que entiende la vida y las razones por las que decidió no continuar su embarazo: «la naturaleza nos da el ejemplo de la vida. No todas las plantas que germinan se desarrollan bien, no todas tienen que crecer, no todas crecen de la misma forma. Todas dependen del abono, de la tierra en que están sembradas», dice. La malparida

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La interrupción de su embarazo no se realizó en un hospital, sino en una casa; en lugar de un ficho le dieron una aromática y una chocolatina, y en lugar de una camilla la acostaron en la cama de una habitación. Le explicaron lo que le iban a practicar, le enseñaron los instrumentos que iban a utilizar y le describieron lo que iba a sentir. Fue sola porque esa es una decisión y un proceso que termina siendo solitario. Las repercusiones recaen solo en la mujer que ejerce autonomía sobre su cuerpo cuando elige si continuar o interrumpir su embarazo. El procedimiento lo realizó un médico profesional y en lugar de una enfermera la asistió Irene*, una amiga que conocía por el activismo feminista que ambas comparten en la ciudad y a quien Laura considera su parcera. Ella fue quien prestó su casa para realizar el aborto y su asistencia consistió, además de la asesoría, en hablarle de política mientras le sostuvo la mano en todo el proceso. La de Laura no fue la única vez en la que Irene prestó su casa para practicar un aborto. Ese espacio ha servido para efectuar el procedimiento cuando no ha sido posible acceder a un consultorio. También ha hecho las veces de hogar de paso para animales sin casa y hasta comedor social. Allí se reúnen de manera periódica sus amigos y amigas a almorzar en compañía de tres perros y un gato que ocupan casi todo el espacio y la atención. La sala, el balcón, el solar, la entrada, y el barrio en el que Irene vive están repletos de plantas y árboles que ella misma ha sembrado y que cuida como si fueran sus hijos. Aunque no es enfermera ni médica, es antropóloga, Irene ha acompañado muchos abortos, incluso cuando existía la penalización total para aquellas personas que lo practicaban y a las mujeres que accedían al procedimiento. En 1997, diez años después de que empezara *

Nombre cambiado por petición de la fuente.

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con esta labor, dos mujeres fueron capturadas durante un allanamiento a un consultorio médico en Bogotá. Aunque ninguna de las dos fue enviada a la cárcel, sí las acusaron por el delito de tentativa de aborto y en el mismo caso terminaron presos un estudiante de Medicina y su ayudante durante cuarenta y cuatro y catorce meses, respectivamente. Además, se les asignó una multa de cincuenta salarios mínimos legales vigentes de ese entonces. Irene tiene unos setenta y cinco años, y nunca ha tenido problemas legales por acompañar abortos de forma clandestina, pero sí ha sufrido la sanción social que en Colombia existe frente a ese tema. El primero de esos episodios se dio en 1989, cuando Salud Mujer, una fundación que ofrecía servicios relacionados con derechos sexuales y reproductivos a las mujeres en Medellín desde 1986, fue clausurada por una amenaza de bomba. Después de ese episodio, Irene se siguió enfrentando a una sociedad que, en su mayoría, se niega a reconocer el aborto como un derecho. Según la «Encuesta de percepción sobre la interrupción voluntaria del embarazo», realizada en 2017 por La Mesa por la Vida y la Salud de las Mujeres, un colectivo que trabaja por los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, el cincuenta y tres por ciento de las personas opina que la interrupción no debería ser una decisión libre de las mujeres. Salud Mujer ofrecía servicios relacionados con el tratamiento del aborto incompleto (tai), un servicio de emergencia que se debía prestar en cualquier institución de salud ante casos de aborto espontáneo. Aunque en Salud Mujer sí prestaban este servicio, la mayoría de registros de atenciones de aborto incompleto tenían que ver con casos de mujeres que querían terminar su embarazo y solo podían hacerlo de manera clandestina. En el papel La malparida

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quedaba escrito que la mujer llegaba sangrando, con cólicos y con un aborto natural en curso, pero para quienes trabajaban en la fundación existía la certeza de que la gran mayoría de esos casos fueron producto de un aborto inducido, todos ellos como reivindicación de las mujeres a decidir sobre sus cuerpos. Durante el tiempo en que la institución estuvo prestando ese servicio se atendieron alrededor de cinco mil casos registrados como tai. La organización estaba conformada por médicos, psicólogos, enfermeras y personal de acompañamiento para talleres y pedagogía. De estos últimos hacían parte profesionales que, gracias a sus trabajos con otras mujeres de la ciudad desde una perspectiva feminista, abogaban por los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres y acompañaban el aborto. Con el cierre de Salud Mujer, muchas mujeres que conocían sus servicios buscaron que se les siguiera acompañando en el proceso de interrumpir su embarazo. Esa demanda de las mujeres, sumada a profundas convicciones políticas y personales, llevaron a Irene a conformar Libres* en compañía de otra antropóloga y una trabajadora social que también hacían acompañamiento social al aborto y abogaban por los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres. Ellas, junto a otra integrante médica que se encargaba de realizar los procedimientos, se constituyeron como una alternativa para el aborto en Medellín, que continuó siendo secreto pero seguro. Entre 1989 y 2006 practicaron, en promedio, trescientos cincuenta abortos cada año. Al grupo se unió un médico, magíster en Medicina Evaluadora, que conocía los antecedentes de Salud Mujer y practicaba abortos de manera individual «en campo abierto, en un potrero, en moteles, en una casa desocupada, en *

Nombre cambiado por petición de la fuente.

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una cocina, en cualquier lugar, pero con toda la protección que merece. Cualquier sitio aplica para hacer una interrupción voluntaria del embarazo efectiva y protectora», dice él. La necesidad de las mujeres para acceder al aborto lo encontró a mediados de los años ochenta en su práctica de año rural en Venecia, Antioquia. Allí coincidió con una auxiliar de enfermería que tenía una hermana con un embarazo no deseado en curso. Juntos le practicaron un aborto y ese fue el primero de muchos que hicieron durante los turnos que tenían en común. El médico tiene unos cincuenta años y en su discurso devela una convicción política que permanece desde el primer procedimiento. Suele cargar consigo los instrumentos necesarios para efectuar una ameu, dando la impresión de que está preparado para comenzar en cualquier momento. «Esto definitivamente es un trabajo político, de convicciones profundas, de ausencia de calificaciones. Tienes que estar incondicionalmente día y noche para esto», explica. Desde la fundación de Libres, sus integrantes tuvieron que asumir precauciones para no poner en riesgo su ejercicio y poder seguir prestando el servicio de manera segura a las mujeres que lo necesitaran. Idearon formas de contacto en las que el voz a voz y las redes de comunicación jugaron un papel fundamental entre las mujeres que decidieran abortar. Entre ellos se comunicaban a través de un lenguaje encriptado en el que, por ejemplo, le llamaban asesorar una tesis a practicar un aborto y el número de páginas era el número de semanas de gestación. Los nombres de los medicamentos fueron cambiados por nombres de dulces y las integrantes del grupo usaron por muchos años nombres diferentes por los que muchas mujeres aún las reconocen cuando las saludan en la calle. Para atender a las usuarias se citaban en las La malparida

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casas de ellas, de las integrantes del grupo, en moteles y en algunos sitios que destinaron como consultorio y en los que no permanecían por largo tiempo. A partir del año 2006 empezó una disminución progresiva de la cifra de acompañamientos al aborto por parte de Libres. Este cambio no sucedió porque el número de mujeres que necesitaban terminar su embarazo fuera menor, sino porque desde ese año la interrupción voluntaria se despenalizó de manera parcial y el sistema de salud empezó a atender muchos de esos casos. Es por esto que entre enero y abril de 2019 el grupo realizó solo cuarenta y cinco procedimientos. Aún después de la despenalización y la reducción de casos, se siguen practicando abortos en lugares como la casa de Irene. El médico fue quien en octubre de 2016 le practicó el ameu a Laura a pesar de que su caso se inscribía en uno de los que la Corte Constitucional despenalizó diez años antes gracias a la Sentencia C-355 de 2006. Esa resolución judicial fue producto de un litigio estratégico que convocó a diversas organizaciones de mujeres en cabeza de Mónica del Pilar Roa, abogada y directora de programas en Women’s Link Worldwide, una organización internacional que, desde el derecho, busca la protección de los derechos de mujeres y niñas. La sentencia despenalizó el aborto en Colombia en tres causales: cuando el embarazo sea producto de violación, inseminación artificial, transferencia de óvulo fecundado no consentida o incesto; cuando exista grave malformación del feto que haga inviable su vida; y cuando el embarazo constituya peligro para la salud o la vida de la mujer. Esta última causal parte de la definición de salud que hace la Organización Mundial de la Salud: «Un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades». En 58

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esta se inscribe la intención de Laura, quien sentía que el embarazo le estaba afectando su salud emocional. «No todas las mujeres estamos preparadas para parir en todos los momentos», explica.

Barreras contra la sentencia Profamilia es una institución privada que presta servicios enfocados en salud sexual y reproductiva en Colombia. Después de la sentencia se ha convertido en una de las que garantizan y acompañan de manera legal la interrupción voluntaria del embarazo (ive). Según Carlos Eduardo Mesa, director regional en Antioquia y Santander, de los doscientos cuarenta procedimientos mensuales que han hecho en promedio en 2019 en Medellín, el noventa y ocho por ciento se inscriben en causal salud. «Si una mujer está en embarazo y pide la interrupción, es porque tiene su salud mental afectada», afirma. Es así porque la sentencia estableció que la mujer puede apelar a la causal que le resulte menos gravosa y de acuerdo con Mesa, la causal salud incluye a todas las demás y es la que necesita menos trámites. Sin embargo, muchas mujeres no logran acceder a abortos seguros y legales a través de instituciones como Profamilia o entidades prestadoras de salud —que según la reglamentación están obligadas a prestar ese servicio— porque existen múltiples barreras que lo impiden, desde negligencia en las instituciones prestadoras de salud hasta la sanción social que rodea el tema. En ese sentido, explica Irene, el trabajo de grupos clandestinos sigue teniendo sentido incluso después de la despenalización del aborto. «Los derechos no necesariamente tienen que ser legales, por un lado va el derecho y por otro las leyes. La legalidad no tumba todo lo impuesto en una sociedad y menos en una tan conservadora y tan patriarcal frente al La malparida

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ejercicio de la sexualidad de las mujeres. Aquí la mujer ha sido un objeto reproductor y de deseo del otro y aún es así a pesar de la sentencia», dice. Las integrantes de Libres siguen acompañando a otras en el proceso de acceder a la ive. Sin embargo, después de la sentencia, además de ofrecer su servicio, les presentan a las mujeres las dos rutas posibles: la clandestina y la institucional. La decisión recae en ellas y en factores como, por ejemplo, el deseo de que ese procedimiento no aparezca en su historia clínica. En Libres, aun siendo una labor que no responde a lineamientos legales, llevan registro de todas las mujeres que han atendido. Este ha sido análogo, escrito en documentos que llaman sábanas y en los que se clasificaban, por medio de códigos, la fecha de la última menstruación, el tipo de sangre, las complicaciones y otros datos. «Es un trabajo hecho con todo el rigor profesional y humanista así sea clandestino», explica Irene. Laura quiso que su aborto se hiciera a través de la clandestinidad por sus convicciones, pero además por la cercanía que tiene con Irene. «Yo creo que por un lado estaba mi posición política, pero además la confianza de mi amiga, de saber que era alguien que me ama y que amo», dice. Ella era consciente de que podía realizarlo a través de su eps apelando a la causal salud, no obstante explica que «hay una sentencia, pero no una humanización o una sensibilización en la sociedad. Este ha sido un proceso que se ha luchado e incluso son ellas [las mujeres que acompañan abortos clandestinamente] quienes han garantizado que ahora tengamos la sentencia que es importante para las mujeres que no tienen esas redes y esa información que yo tenía en ese momento». Además de la sanción social que se presenta incluso de parte del personal de salud, muchas otras barreras 60

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han engrosado las cifras de mujeres que abortan en secreto desde el año 2006. De acuerdo con un estudio del Instituto Guttmacher realizado en el año 2008, en Colombia ocurren al año cuatrocientos mil casos de abortos clandestinos y muchos de esos, en lugar de ser recordados como experiencias de felicidad, incrementan los registros de mujeres que sufren complicaciones por realizarse interrupciones inseguras. El mismo estudio explica que esa cifra es de 132 000 mujeres cada año. Además, las mujeres de lugares rurales y urbanos pobres son quienes más sufren esas complicaciones y quienes, al tiempo, son las que menos atención médica reciben. El estudio, aunque ha sido cuestionado por organizaciones que trabajan el tema, es el único que ofrece datos sobre la problemática en el país. La Mesa por la Vida y la Salud de las Mujeres agrupa en tres grandes categorías los muchos impedimentos con que se pueden encontrar las mujeres para acceder a la ive. La primera de ellas tiene que ver con el desconocimiento del marco legal y abarca las barreras relacionadas con la falta de conocimiento de la Sentencia C-355 y la violación de las obligaciones que las instituciones deben cumplir en relación con la ive. La segunda explica las barreras que tienen que ver con la solicitud de requisitos adicionales, la limitación del aborto por la edad gestacional, el mal uso de la objeción de conciencia y la interpretación restrictiva de la causal salud. En el año 2018 la magistrada Cristina Pardo propuso restringir la ive a veinticuatro semanas. Sin embargo, la Corte Constitucional se ratificó frente a la no limitación de tiempo. Sobre la objeción de conciencia, la sentencia explica que no puede ser institucional ni colectiva, y que no debe convertirse en una barrera que impida la garantía del derecho. La tercera categoría abarca las actitudes y prácticas de La malparida

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los profesionales y prestadores de servicios de salud que representan obstáculos para el acceso seguro y oportuno a la interrupción. Gloria Soto es la funcionaria encargada de violencia sexual e ive de la Secretaría Seccional de Salud y Protección Social de Antioquia. Muy cerca de lograr su jubilación, recuerda su trabajo como una forma de activismo institucional para reivindicar que la lucha por el aborto seguro se debe traducir en el acompañamiento y la garantía del derecho de parte del Estado. Ella defiende la lucha de las mujeres por el derecho a decidir sobre sus cuerpos pero reitera la importancia de la institucionalidad. «Yo sé que ellas [las mujeres que acompañan abortos] hacen un trabajo supremamente bueno; lo valoro y lo respeto, pero no lo comparto. Ellas resuelven una situación muy dolorosa en un dos por tres y así las mujeres no tienen que entrar a un sistema de salud donde van a tener dificultades, pero nuestro trabajo ha sido precisamente trabajar en la superación de barreras», explica. Entre esas barreras la desinformación juega un papel preponderante. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Demografía y Salud, realizada por Profamilia en el año 2015, solo el cincuenta y seis por ciento de las mujeres entre los trece y cuarenta y nueve años conocen el estatus actual de la despenalización del aborto en Colombia. Y de los hombres en el mismo rango de edad, solo el cuarenta y siente por ciento. Juliet Gómez es abogada y pertenece a la Corporación Colectiva Justicia Mujer, una asociación privada que a través de acciones jurídicas, políticas y sociales busca defender los derechos humanos de las mujeres desde una perspectiva feminista. A esa organización también llegan mujeres solicitando acompañamiento para el acceso al aborto. Gómez explica que acompañar esos casos implica 62

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desmontar sucesivamente cada una de las barreras que se les imponen a las mujeres para abortar y que, en ese proceso, algunas optan por la clandestinidad. Pensar en la relación entre clandestinidad e institucionalidad contradice a Juliet. Ella cree que el trabajo en la corporación ha transitado entre la reivindicación total de los derechos de las mujeres y el litigio estratégico para abrirles paso en la ley. Por eso, explica, cuando a ella la consultan en medio de la necesidad de superar barreras de acceso a un aborto, se hace importante «la pedagogización del porqué la clandestinidad no implica sangre, esterilidad, oscuridad. Es decirles que también existe una ruta más ágil y aunque para nosotras políticamente es muy importante seguir con un caso desde la legalidad, porque vamos a ir avanzando en abrir rutas para otras mujeres, no le vamos a pedir actos heroicos ni sacrificios», dice. Juliet celebra la labor que desde la institucionalidad se ha adelantado para que las mujeres puedan acceder a la ive. Irene, a pesar de que aún sigue acompañando abortos, reconoce que eventualmente la labor para la que fue constituida Libres dejará de tener sentido y va a desaparecer; eso explica la disminución sucesiva de casos que han acompañado en 2018, que pasaron a ser ciento cinco. Además del de Irene, otros grupos se han constituido para acompañar el aborto. Algunos son más radicales frente a la desaparición del ejercicio clandestino a pesar de la sentencia. Uno de ellos es Las Parceras, que nació en Bogotá en el año 2016 y lanzó oficialmente una línea de atención telefónica en septiembre de 2017. Para comunicarse con periodistas usan aplicaciones de mensajería segura, pero en la calle su activismo es público: siempre llevan colgados sus pañuelos verdes. En las redes sociales personales de algunas de sus integrantes el activismo La malparida

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también es explícito. Además, comparten la línea de contacto a través de grafitis en puertas de baños públicos, paredes de establecimientos privados y pañuelos en las marchas. A diferencia de Libres, Las Parceras no tienen rostro. Tampoco la mayoría de las mujeres a las que acompañan porque su labor se enfoca en la asesoría telefónica de aborto medicalizado con Misoprostol, que les llega a las mujeres por intermedio de una organización internacional. Esta metodología funciona de forma autosostenible porque las mujeres que tienen más recursos, gracias a sus aportes, terminan costeando los procesos de otras que no los tienen. La de ellas es una posición más radical frente a la reivindicación de la clandestinidad porque, explican, esa «es una forma de no otorgarle todo el poder al Estado». Libres funciona más o menos de la misma manera. Según sus integrantes, ninguna mujer se ha quedado sin acceder al servicio por razones económicas. El costo más elevado que paga una mujer por un aborto acompañado por ese grupo es de cuatrocientos mil pesos, pero hay muchas que no han pagado nada. En Profamilia, aunque el precio mayor que se paga es de aproximadamente quinientos mil pesos cuando se accede al servicio de manera particular, la entidad tiene convenios con eps que reducen los costos a un copago. Laura pagó doscientos mil pesos por el procedimiento que le realizaron en la casa de Irene. Lo pagó con la ayuda de los amigos con quienes tuvo sexo, y después del procedimiento salió a comerse un helado. Entiende su historia como privilegiada porque reconoce que otras mujeres tienen muchas dificultades para acceder a interrumpir su embarazo, por razones económicas y porque hay procesos más complejos que otros 64

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de acuerdo con la etapa de gestación en que se vaya a realizar la interrupción.

Las semanas y sus posibilidades El aborto de Laura se realizó con el método del ameu que para sus semanas de gestación era el más sencillo. Pudo haber optado por hacerlo a través de medicamentos como el Misoprostol o la Mifepristona, que funcionan entre las semanas primera y quince. Sin embargo, su decisión se basó en que el medicalizado es un método que conlleva cólicos más fuertes y sangrado abundante. A pesar de esto muchas mujeres siguen optando por esa opción porque, de esa forma, no tienen que enfrentarse a ningún tipo de personal médico y lo pueden hacer solas y en sus casas. El Misoprostol es un medicamento usado para enfermedades del tracto digestivo que tiene efectos secundarios al causar contracciones en el útero. Esos fueron descubiertos por mujeres en Brasil a mediados de la década de los noventa y a partir de entonces se convirtió en la alternativa principal para acompañar abortos, en su momento, de manera clandestina. Joaquín Gómez es médico ginecobstetra y epidemiólogo. Su carrera también ha estado marcada por la necesidad que tienen las mujeres de decidir de manera autónoma sobre su cuerpo. Fue el director del Centro Nacer durante trece años, un grupo que se ha encargado de trabajar en temas relacionados con los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres. Explica, en un hablar pausado y tranquilo que lo caracterizan, que el aborto marcó su vida de tal forma que, después de su cercanía a la práctica desde las rotaciones médicas cuando estudiaba el pregrado, se convirtió en su tema de estudio, reflexión y conversación personal y profesional.

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Según él «cuando apareció el Misoprostol empezó una disminución dramática en el número de pacientes ingresadas por infecciones en los hospitales. Fue un hito histórico. Desde ahí, aun siendo clandestino porque el Misoprostol todavía no estaba aprobado para uso obstétrico, empieza una disminución drástica del número de casos complicados y de muertes por aborto». Según datos del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (dane) en el año 1997, el mismo en que Libres comenzó a usar el Misoprostol, se presentaron sesenta y dos casos de muerte materna, relacionada con el proceso de parto, en Antioquia. Diecisiete años antes, en 1980, los casos fueron ciento diecinueve. Después de la semana quince de gestación, que es hasta cuando se puede usar el Misoprostol y el ameu, comienza un periodo que Joaquín denomina como gris y que va hasta la semana veintidós del embarazo. En ese período es necesaria la presencia de profesionales especialistas en ginecología debido a que el proceso implica la dilatación del cuello uterino y extracción de los productos de la gestación por medio de pinzas. Gómez explica que muchos médicos prefieren no atender a las mujeres que se encuentran en esa etapa porque es más complicado. Después de la semana veintidós de gestación —cinco meses— el proceso conlleva otras prácticas de mayor complejidad porque a partir de ese momento el feto ya puede tener vida por fuera del útero. En ese periodo el aborto se nombra como feticidio y consiste en practicar una asistolia cardiaca fetal —detener el corazón del feto— y luego inducir a un parto del feto muerto. En Colombia, de acuerdo con Carlos Mesa, Profamilia solo realiza ese procedimiento en tres de las veintitrés ciudades del país en las que tienen sedes: Bogotá, Medellín y Cali. Joaquín Gómez fue la primera persona en Antioquia que, en el año 2016, realizó ese tipo de interrupción. 66

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Recuerda que cuando realizó los primeros procedimientos colegas y conocidos lo trataron de asesino. Él, para resolver las críticas, asumió una actitud pasiva y reflexiva. Cuando en 2016 le solicitaron practicar el primer feticidio, se preparó acudiendo a la literatura y a sus conocimientos previos como fetólogo. Aunque médicamente el procedimiento se nombra como la inducción a la asistolia fetal, no le tiene miedo a llamarlo feticidio, aún con la carga simbólica que esa expresión conlleva. En 1996, Gómez estudió un perfeccionamiento en diagnóstico prenatal y medicina fetal. Por años trabajó analizando enfermedades de los fetos y curando muchas de ellas aún en el vientre. ¿Cómo llega un médico que les salva la vida a los bebés no nacidos a practicar feticidios? Para él la duda se resume en las convicciones políticas y personales por las que sigue aportándole al debate sobre el aborto: los derechos de las mujeres a decidir sobre su cuerpo. Devuelve la pregunta con la misma paciencia con la que explica el procedimiento: «¿Quién tiene biografía?, ¿quién está más anclado a la vida?», dice. Y adopta la apertura a debatir entre colegas, profesionales, médicos que, a veces, lo han atacado por contradecir la profesión y acabar con una vida. Joaquín fue, por mucho tiempo, la única persona que practicaba la asistolia fetal en la ciudad. Después del primer procedimiento la demanda fue tal, no solo en Medellín, sino también en otras ciudades, que decidió crear un consultorio en compañía de otro médico para empezar a cobrar por su servicio. Explica que, aunque en un principio realizó los feticidios de manera gratuita, le preocupaba que el sistema de salud no tuviese personal médico para atender las demandas del procedimiento. Así, cobrar un alto precio a las eps fue la alternativa para que estas se interesaran en garantizar el acceso. Sin La malparida

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embargo, el problema va más allá de los conocimientos técnicos con respecto al feticidio porque, según él, en la mayoría de universidades no educan a los estudiantes de medicina en la ive. Kerlin Barrios, médico egresado de la Corporación Universitaria Remington y que actualmente trabaja en Profamilia y en la Clínica Soma de Medellín, afirma que durante sus años de formación en la universidad nunca le enseñaron a practicar un aborto: «No hay una clase en la universidad en la que te dicen qué hacer si una mujer quiere abortar. Ni siquiera cuando uno pasa por prácticas de ginecología le enseñan a hacer eso». A diferencia de Libres, Las Parceras, y Joaquín, el de Kerlin no es un discurso cargado de preocupaciones políticas, lo que lo ha llevado a cuestionar a algunas mujeres que deciden abortar a pesar de haber sido él mismo el que ha permitido que muchas de ellas lo logren a través de Profamilia. Llegó a esa institución gracias a una convocatoria de empleo y fue allí, aún después haber ejercido algún tiempo como profesional, que aprendió a practicar interrupciones.

Los antiderechos De acuerdo con la Encuesta Nacional de Demografía y Salud de 2015, el cuarenta y cinco por ciento de las mujeres del país no sabe que en un hospital están en la obligación de ayudarle a interrumpir su embarazo a través de la institucionalidad. Pero muchas otras prefieren no acercarse a los centros de salud porque le temen a la sanción social con la que pueden encontrarse. Por ejemplo, alrededor de instituciones como Profamilia se organizan grupos que se autodenominan provida para manifestarse en contra de las mujeres que se acercan a esos centros con la intención de abortar. En 2018, Oriéntame, una institución privada que funciona desde 1976 y presta servicios de 68

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salud sexual y reproductiva en Bogotá, Barranquilla, Dosquebradas, Cúcuta y Medellín, le solicitó a la Alcaldía de Bogotá que prohibiera manifestaciones a menos de ciento cincuenta metros de sus sedes, específicamente del grupo 40 Días por la Vida. Ese es un movimiento internacional que nació en Estados Unidos en el año 2004. Dos veces en el año, durante cuarenta días y cuarenta noches, se reúnen alrededor de clínicas que prestan servicios de ive para rechazarlo y rezar. Las manifestantes hostigan a las usuarias, las persiguen hasta el transporte público, las fotografían, graban videos que suben a redes sociales, las tocan, las abrazan y en ocasiones, incluso, se han visto sobrevolar drones. En Medellín también se reúne ese grupo alrededor de Profamilia para protestar en contra del aborto. Además, justo al frente de sus instalaciones tienen sede instituciones que buscan convencer y acompañar a las mujeres en la continuación de sus embarazos. En esos lugares brindan asesorías en las que, por ejemplo, les enseñan a las mujeres modelos de fetos en látex para que se hagan a la idea de cómo está su bebé de acuerdo con la edad gestacional, y les dicen a las usuarias que «no es que quieras o no quieras ser mamá, ya lo eres». Carlos Mesa, el director regional de Profamilia, recuerda casos de hostigamiento que incluso lo involucran a él mismo. Cuenta que cada tanto riegan agua bendita en los alrededores de la institución, llegan religiosas y sacerdotes con sotana a cantar música religiosa con coros de niños y guitarras. En una ocasión, cuando salía de noche de las instalaciones de Profamilia, una mujer se le paró en frente con un crucifijo y se lo acercó a su rostro «como si fuera el Anticristo», cuenta. Esas reacciones en contra de instituciones que garantizan la interrupción voluntaria del embarazo, expresan La malparida

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muy bien los argumentos por los que un sector de la sociedad se opone a reconocer dicha práctica como un derecho. En la primera «Encuesta de percepción sobre la interrupción voluntaria del embarazo», de La Mesa Por la Vida y la Salud de las Mujeres, el cincuenta y uno por ciento de las personas encuestadas piensan que la ive debe ser legal en algunas circunstancias. Aunque en materia de aborto Colombia es uno de los pocos países de Latinoamérica que lo permite para preservar la salud de la madre, el tema sigue siendo un fantasma que se reviste de percepciones personales e individuales, y que se traducen en barreras de acceso. En Medellín, el exalcalde Alonso Salazar propuso en su Plan de Desarrollo Municipal 2008-2011 la construcción de la Clínica de la Mujer para prestar servicios de salud a las mujeres, incluidos los relacionados con su salud sexual y reproductiva. La propuesta encontró detractores en la iglesia católica, algunos medios de comunicación de la ciudad y la Procuraduría General de la Nación, encabezada en ese entonces por Alejandro Ordoñez, que hicieron presión para que se hundiera el proyecto tal y como estaba planteado. El argumento principal fue que la institución existiría para practicar abortos. Así, en el año 2018, con altos sobrecostos, se inauguró el Centro de Atención Integral para la Mujer y la Familia, como terminó llamándose el proyecto y que, no solo no cuenta con todas las especificidades que se presentaron en el año 2008, sino que no ofrece servicios relacionados con ive. Laura advierte que la suya fue una experiencia consciente permitida por su sensibilidad frente a los derechos de las mujeres y su concepción sobre la vida. Para ella, «aunque podemos hablar de derecho, no necesitamos que nos digan qué es un derecho, nosotras ya sabemos que nuestro cuerpo es nuestro y vamos a seguir luchando por 70

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defender esa autonomía en nosotras y porque otras, que no tienen esa información, la tengan también». Mientras tanto Laura sigue recomendando a sus amigas el acompañamiento de Libres, además de la vía legal, como alternativa consciente de que el trabajo clandestino cada vez va a ser menos necesario. Ellas, además de Las Parceras, siguen buscando fortalecer sistemas y redes que permitan que todas las mujeres puedan interrumpir su embarazo de manera segura cuando así lo decidan, más allá de las vías por las que tengan que hacerlo.

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La

negociada En Medellín, la ciudad más “pujante” de Colombia, la que ha pasado de ser reconocida como la más violenta a la más innovadora del mundo, se comercializa desde textiles y flores hasta muertos y virginidades. En esa Medellín se esconde, a la vista de todos, el turismo sexual y la compra-venta de virginidades de niñas y adultas. Un negocio forjado sobre la construcción social, cultural y psicológica de las mujeres y el imaginario colectivo ancestral del cuerpo femenino.



La negociada Daniela Sánchez Romero Estefanía Aguirre Giraldo Luisa María Valencia Álvarez

S

i la Lolita de Navokov hubiera nacido en Medellín, también la llamarían nínfula para culparla de su destino. El pómulo ligeramente felino y la delicadeza de un sexo aterciopelado no serían necesarios: bastaría con la suerte de salir a la calle, así de niña, entre los límites de los nueve y los catorce años, para asegurarse de que ella, con todo lo que es y todavía le falta, representa para los hombres un deseo primitivo. No es Lolita, es la niña. Inocente, colegiala, virgen. Virgen. La Lolita de Medellín debe ser virgen para que sirva, para poderla explotar y vender*. Andrés Pues la verdad con una virgen por que ya que es su primera relación y tener el honor se ser el primer hombre de su vida sexual es algo muy bonito. A mi me gustaría cosseguirme una virgen como para algo serio y que uno tendría la suertesa de ser su primer hombre

20:15

Esto le dijo Andrés a Sara, una mujer medellinense que vendía su virginidad. Ella era ficticia, un personaje creado con la intención de conocer las motivaciones que tienen algunos hombres al comprar la virginidad de una mujer. Él estaba negociando una virginidad, pero no descartaba llegar a tener una relación seria posterior a la compra. Carlos Y si me paras bolas. Me coges de novio

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Sara

No te importa comprar una novia??? Jajajajaja eres Tierno

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* Las conversaciones que se presentarán a lo largo de este texto se dieron por medio del servidor de chat WhatsApp. La negociada

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El personaje de Sara se encontraba cerca de cumplir dieciocho años y fue creada con base en la búsqueda de mujeres reales que vendían su virginidad y la promocionaban mediante anuncios en internet. Ni la reportería en campo, la web, el correo, el voz a voz o las llamadas telefónicas a los números que dejaban en tales publicaciones fueron suficientes para acceder a una conversación directa con ellas. Cuando supieron la intención del mensaje, cortaron la comunicación y desaparecieron. En Medellín la clandestinidad suena a chanza: todos saben lo que ocurre, pero hay demasiado pudor, vergüenza o desvergüenza, demasiado pecado o delito para hablar de ello. Por eso nació Sara: el personaje de una mujer-niña paisa, próxima a alcanzar la mayoría de edad, que vendía su virginidad debido a su difícil situación económica y familiar. La fotografía usada para este personaje tenía la imagen de un rostro angelical con intenciones seductoras: cabello teñido, lacio, brillante, maquillaje sutil, contextura delgada, menos de un metro sesenta de estatura, ropa cotidiana que no dejaba ver mucho de su piel clara, pero que dibujaba unas curvas prominentes, latinas. Sara respondía con las palabras que ellos querían leer: de manera preguntona, temerosa, pero dispuesta. Era su primera vez. Carlos Si después de lo que pase tomas el dinero y te vas, y no tenemos ninguna relación, pues no me sentiría mal. Eso lo decides tu. El dinero es mano a mano. Te darás cuenta cuando me veas que no necesito robarte. Jajaja. Me entiendes si te quedas conmigo es porque lo quieres porque te sentiste comoda. 16:45

Como Andrés, Carlos había dejado su número de teléfono en un sitio web donde algunas mujeres ofrecían su virginidad. Él ya había comprado cuatro virginidades y continuaba en la búsqueda de obtener esa misma experiencia con otras mujeres. 76

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Ni Carlos ni Andrés se parecían a Humbert Humbert, aquel hombre adulto descrito por Navokov como un atormentado por desear a Lolita. Ninguno buscaba el insidioso encanto que caracteriza a las nínfulas. Carlos, nacido en Cali y con treinta y dos años, aseguró que ya no consigue vírgenes a su edad. Andrés, de Manizales y con veinticinco años, afirmó que «hasta una novia de catorce está desflorada». Ambos aseguraron vivir las supuestas dificultades de encontrar a una virgen y se mostraron dispuestos a pagar por la experiencia que afirmaron disfrutar cuando eran más jóvenes.

Lo biológico —Ocurre lo mismo —prosiguió Rombeau— con la membrana que asegura la virginidad; es absolutamente necesaria una muchacha para este examen. ¿Qué se observa en la edad de la pubertad? Nada; las menstruaciones desgarran el himen, y todas las investigaciones son inexactas. Marqués de Sade

Ser virgen es, según el imaginario cultural, un estado en el que no se ha tenido relaciones sexuales, lo cual se vincula a la ruptura del himen en el caso de la mujer. Sin embargo, esta membrana muchas veces se rompe por otros motivos como montar a caballo, bicicleta o una simple dilución con el pasar de los años, cuenta Diana Milena Cano Arango, enfermera y magíster en Salud Sexual. «En los libros de anatomía viejos se puede ver que clasifican tipos de himen, pero se refieren a ese tejido que está obstruyendo de alguna manera el introito vaginal y que no todas las mujeres lo tienen. Eso es muy difícil de saber, pues no todas las mujeres nacen con ese tejido. Es más, la mayoría nace sin él», explica Diana. No obstante, el ginecólogo Joaquín Gómez afirma que sí existe un tejido en el inicio de la cavidad vaginal que se puede romper en la primera relación sexual femenina, que La negociada

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es lo que causa sangrado, solo que la probabilidad de que esto pase depende de cada himen y del pene del hombre: «Si el pene es más grueso, es factible que sí desgarre un pedazo y es factible también que haya mujeres que tengan un himen elástico, o sea que no es rígido, y esto permite una penetración sin que se desgarre, sin ningún problema. El tema es la significación que se le da a eso, pero el himen existe». Carlos Casi todas sangran. Mira que novias y con las chicas que he estado virgenes han sangrado. Incluso una me toco llevarla a la clinica. No paraba de sangrar. El médico la dejo interna por dos dias y una semana sin pararse. 20:18

Joaquín plantea que el tema va más allá de lo corporal y se relaciona con lo biológico, psicológico, social y cultural. Al respecto refiere que «desde el punto de vista biológico, si el himen está intacto, esa mujer es virgen, así haya tenido relaciones sexuales porque existe el himen complaciente. Ahora, desde el punto de vista psicológico, una mujer que ha tenido relaciones sexuales con penetración se supone que ya no es virgen. Es así de simple, y advirtiendo de antemano que es un reduccionismo absoluto». Sara Yo no sé como es esa primera vez? Cómo son esas veces? Duele? 20:20

De acuerdo con esta idea, ser virgen no solo se refiere a lo físico, sino también a lo mental y a su relación con la inocencia y la candidez que nace con la moral y las costumbres sociales. Para una mujer, generalmente, perder la virginidad no solo significa tener sexo por primera vez, sino dejar de ser niña. En el caso de Carlos y Andrés, esta experiencia es importante por la sensación física y por lo que representa para ellos ser el primer hombre de una mujer inocente y sin experiencia.

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Carlos Bueno... mira no soy loco ni nada de eso, solo es fantasía, se siente mas rico .. Es solo eso .. Es resumido en una palabra placer …

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Al analizar las conversaciones sostenidas con los dos compradores de virginidad de la ficticia Sara, la psicóloga Luisa Hernández descubrió en Carlos y Andrés una nostalgia por revivir la excitación o la forma de vivir el sexo en la adolescencia o la juventud temprana. Al primero lo describe como un hombre con deseo de dominio o poder, a pesar de su inseguridad y baja autoestima: «Probablemente las vírgenes le suponen la facilidad de no ser comparado con otro hombre», comenta Luisa. En Andrés percibe una frustración o deseo no cumplido durante la adolescencia: «Pareciera que su deseo de ser amado o amar a una virgen se relaciona con una dificultad para generar vinculación con mujeres de su edad». Andrés Hace mucho que no estoy con una virgen. Jajajaja pero es que no las puedo conseguir. Solo las conseguí en el colegio. Y pues las novias que me consigo si son bonitas y todo pero no son virgenes.

20:40

Sobre esas intenciones, el psicoanalista Héctor Gallo, en su artículo «El tabú de la sexualidad» (1999) explica que «la certeza de ser el primero en satisfacer los deseos amorosos de la pareja, no solo aporta un sentimiento de orgullo y seguridad, sino que también le da al hombre la oportunidad de extender su monopolio monogámico hasta el pretérito de la mujer elegida. Ya no solamente tiene propiedad sobre su cuerpo, sino también sobre sus recuerdos, hecho que en alguna medida no dejará de alimentar cierto despotismo en el hombre mientras la mujer lo permita». A Sara le faltaba un mes para cumplir los dieciocho años y Carlos eligió esperarla. Prefería aguardar a que ella llegara a su edad adulta, aunque el cuerpo y la mentalidad

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no variaran en ese lapso. Cuando se trata del negocio alrededor de esta venta, las cirugías estéticas para la reconstrucción del himen tienen un rol en esta obsesión cultural por la virginidad, pues hay mujeres que se operan para vender una experiencia físicamente virginal. Juan Fernando Bojanini, ginecólogo con doce años de experiencia en trabajo de estética genital, cuenta que la himenoplastia es practicada principalmente a mujeres que quieren cumplir fantasías de sus parejas, o trabajadoras sexuales que buscan un beneficio superior en su venta. Al respecto asegura «Eso tiene como rachas. Hay una época en la que resultan tres o cuatro que vienen junticas y después puede pasar un tiempo largo sin que se haga nada. Yo hago más o menos de ciento veinte a ciento cincuenta cirugías estéticas al año, y de las cerca de mil quinientos en total que he realizados, he hecho entre veinte y treinta himenoplastias». Bojanini explica que esta es una de las cirugías con mayor porcentaje de satisfacción. Cualquier ginecólogo puede practicarla debido a la sencillez del procedimiento y dura entre media hora y cuarenta y cinco minutos. «Con clínica y con todo, puede salir más o menos en unos tres millones o tres millones y medio», comenta.

La explotación —Es que jamás se ha entregado por voluntad propia […] para poseerla siempre han tenido que violarla (y entonces hunde sus cinco dedos juntos en el peristilo del Templo del Amor), pero la han poseído... Es una lástima, porque es excesivamente ancho para mí. Acostumbrado a las primicias, jamás podría conformarme con eso. Marqués de Sade

Si el Humbert Humbert de Navokov hubiera nacido en estos tiempos, tampoco hoy la ley sería un impedimento para acercarse a Lolita, en especial en Medellín. Su miedo, el de relacionarse con niñas y padecer las consecuencias 80

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de la ilegalidad, lo han perdido también muchos hombres que han encauzado su búsqueda a lo que físicamente puede asemejarse a su nínfula. Antioquia es un departamento de cultura patriarcal y emprendedora, con una sólida herencia del narcotráfico que propició, entre otras cosas, una adoración por el dinero. También, según el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (icbf), es el segundo departamento que reporta más niñas, niños y adolescentes (148) que ingresaron a Procesos Administrativos de Restablecimiento de Derechos, entre el 2011 y abril del 2018, por trata de personas con fines de explotación sexual y explotación sexual comercial. El legado de Pablo Escobar contribuyó con esas cifras: se sabía que el narco más buscado de los ochenta pagaba por acostarse con vírgenes. Andrés 800? Y en 600? Como dije a mi además me gustaría seguirla ayudando. No se tengo un buen presentimiento y por eso me gustaría ayudarla. (...) Mandame otra foto de cuerpo entero.

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La magíster en Ciencias Sociales, Blanca Inés Jiménez, explica en su texto «Paternidad y maternidad en la ciudad de Medellín: de la certeza del deber a los avatares y la incertidumbre del deseo» (2000) que en la tradición antioqueña «el trabajo y la adquisición de bienes se valoraban altamente, pues amasar respetables fortunas era visto como algo que le permitía al individuo y a su familia colocarse en una posición de prestigio y poder». Además, precisa Jiménez, en la cultura paisa ha ganado peso el hecho de poseer bienes «debido, entre otros, al desarrollo de la economía capitalista, la apertura económica, el narcotráfico y las posibilidades que este ofrece para adquirir dinero en forma rápida». En agosto de 2018, el fiscal delegado para la Infancia y la Adolescencia, Mario Gómez, declaró que el Clan del Golfo

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y otras bandas delincuenciales comerciaban la virginidad de menores de edad; además, afirmó que en ese mismo grupo delincuencial homenajeaban a los hijos de los cabecillas con la entrega de niñas en sus fiestas de cumpleaños. Por otra parte, en junio de 2019 fue descubierta una red de prostitución infantil que reclutaba niñas entre los trece y los dieciséis años y las ofrecía en paquetes turísticos a extranjeros en Antioquia. Son personas que pagan por Lolitas, que venden Lolitas, que buscan satisfacer un fetiche con la explotación infantil, cuenta Iván Muñoz, médico, magíster y doctor en Salud Pública, quien además explica que cuando un grupo encuentra un nicho de negocio, los siguientes grupos se van lucrando y «animando a incursionar en esa práctica en el territorio» y agrega que «en Medellín yo no puedo asegurar que haya redes dedicadas a la venta exclusiva de virginidades, pero sí puedo decir que la explotación sexual es como una modalidad, una renta criminal para algunos grupos delincuenciales y eso se va volviendo expansivo». Sobre la explotación sexual, particularmente en Medellín, el médico concluye que «la cultura paisa es una cultura fuertemente patriarcal, fuertemente mediada por el valor del dinero, de salir adelante sea como sea y usa eso como un impulsor. Pero también creo que la laxitud, las estructuras de las instituciones, la permisividad, la exaltación de los negocios por encima de la dignidad humana hacen que también sea un nicho muy fecundo, un caldo de cultivo muy permisivo frente a este tipo de prácticas». Carlos Un millón? Cuanto es lo mínimo sabiendo que le puedo seguir dando. Ayudando … con sus cosas. Y que siga viniendo a cali para seguir viendonos. 9:05

Que el cuerpo, principalmente el de las mujeres, sea cosificado y tasado en términos económicos es una 82

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verdad antigua. Problematizar este hecho ha corrido por cuenta de sociólogos, artistas, feministas, psicólogos, antropólogos y grupos de diversas profesiones. Al respecto de la comercialización del cuerpo femenino, Carol Ann Figueroa, periodista, escritora, guionista y creadora del canal de YouTube La Píldora, que produce contenidos de análisis, crítica y sátira sobre temas de género y feminismo, anota «sé que voy a decir algo horrible: así como a la vaca le sacan todo el provecho al cuerpo, sacan la leche, el cuero, el hueso, la sangre, todo lo de una vaca se utiliza, asimismo se visualiza a la mujer. A la mujer se le saca provecho de cada una de las esquinas de su cuerpo. Uno puede vender el pelo para extensiones, uno puede vender la grasa de la lipo para que se la pongan en la cola a otra persona; estamos tan cosificadas que podemos ser desmembradas y comercializadas como una vaca».

La herencia En cuanto a la otra razón que pudo llevarme a esta actitud, te la explicaría inútilmente, Thérèse, y no la entenderías. Sólo los seres que conocen el corazón del hombre, que han estudiado sus dobleces, que han desenredado los rincones más impenetrables de este dédalo oscuro, podrían explicarte esta especie de extravío. Carlos

Marqués de Sade

Me parece muy bien que eres paisita .. Me pareces linda ... y me gusta la cultura paisa sus mujeres su acento me gusta que son trabajadoras, son muy parchadas, hacen de comer rico, hacen el amor deli y por lo regular muy echadas para adelante.

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Este atributo echadas para delante, asignado a las paisas —antioqueñas—, se debe a su herencia campesina e implica un rol muy específico en la sociedad, relacionado con la religión y el patriarcado. Hernán Henao La negociada

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Delgado, antropólogo e investigador sobre el tema de la paternidad, y las problemáticas socioculturales de la familia y el género, en su texto «La imagen del hombre en nuestra cultura» (1997) explica que «en la vida campesina y pueblerina es evidente el papel que han jugado la Iglesia y la religión católica» y explica que «no puede haber mejores modelos de vida que aquellos heredados de la religión, la que a su vez es marcadamente patriarcalista, al decir de los estudiosos, pero hace un uso reiterado de imágenes femeninas para afirmar valores y comportamientos». A propósito de esto, Isabel Pérez Molina, licenciada en Historia Contemporánea, en su artículo «La normativización del cuerpo femenino en la Edad Moderna: el vestido y la virginidad» (2004) explica que «los textos del cristianismo temprano, como los de Ambrosio o Jerónimo, inciden en ello al escribir una semiótica de conducta virginal. Una joven se sabe que es virgen a través de su apariencia, sus vestidos y su conducta, por tanto, que una hija fuese obediente parecía asegurar que su comportamiento sería el apropiado». Sara se comportaba como una señorita ingenua. Una boba, como se dice en Antioquia, seducida por las promesas y las palabras de los compradores. Mientras Carlos le ofrecía un celular nuevo para la primera cita, Andrés le prometía ayudarla con su difícil situación económica. No era suficiente con la transacción por la virginidad: ellos trataban de convencerla de hacer algo que eventualmente haría, pero con unos beneficios extras según el hombre elegido. Carlos Bueno y tu que impresion tenes de mi ?

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Sara

Q tienes buenas intenciones

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Y cuando quieres conocerme en persona ? 18:50 Y paseas de una vez logico☺

A lo mejor en vacaciones, pero no tengo plata para ir hasta por allaaa jaja

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Cuando son vacaciones. Y pues logico yo te envio. Como te dije parame bolas y hasta el gym pago 18:54

El médico Iván Muñoz, menciona que un determinante cultural para la compra de virginidades en Colombia y particularmente en Medellín, se debe a las décadas más fuertes del narcotráfico, donde el concepto del dinero cobró mayor relevancia. «La herencia que nos ha dejado el narcotráfico podría configurarse como una subcultura en la que prepondera el valor del dinero como un bien superior, incluso sobre la dignidad de las personas. El dinero como una posibilidad de adquirir, tener, poseer. Entonces de ahí el tema de la compra de otras personas y que el dinero compra cualquier cosa, incluso la virginidad. Pero también la cultura narco nos deja un asunto como de sed por la virginidad, una sed por un estereotipo de mujer virgen, de senos grandes, como con una silueta muy de modelo y demás», comenta Muñoz. Carlos No tienes [fotos] de cuerpo entero. Quiero ver como estas de cola, ya vi que tiene cara linda, ahora quiero ver cómo está de buena.

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Sobre este imaginario de la mujer paisa también opina Carol Ann Figueroa: «Decir que una niña vende su virginidad suena atroz, pero esto hay que ligarlo a otros asuntos que no nos escandalizan tanto, que están normalizados por asuntos de patriarcado y que se han agravado por unas condiciones como el narcotráfico. Por ejemplo, en el imaginario nacional, y sobre todo impulsado por los contenidos televisivos, a Medellín lo tenemos ubicado

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como un destino de turismo sexual, de prepagos, donde se puede comprar la ropa interior más barata y más sexy, donde se hacen cirugías estéticas». En ese sentido, la historiadora, doctora en Filosofía y profesora Claudia Avendaño cuenta que, a través de la historia, el cuerpo femenino ha sido considerado importante por su sexo; además, afirma que el significado de la virginidad en el presente es el resultado de cientos de años en los que se ha culpado a la mujer y se le ha cargado la solución a los males con su virginidad. «Cuando se estudia el concepto de la mujer en la edad media, es muy frecuente encontrar que esté asociada a la hija de Eva y como hija de Eva, la pecadora: de la caída, de la gracia, la inmortalidad, de enfermarnos, estar desnudos y todo eso. Y aunque esto es del mundo medieval, hasta el día de hoy se sigue hablando, por ejemplo, en las oraciones: a ti suplicamos hijo de Eva desde este valle de lágrimas», agrega. Claudia explica que desde el mundo medieval se ha visto a las mujeres como las responsables del pecado, pero con la aparición de la virgen María se pone en cuestión tal señalamiento. «En el siglo XII hay un pequeño problema y es que si todas las mujeres somos malas, somos las pecadoras ¿qué pasa con la virgen María? Desde ese siglo la respuesta teológica se enfoca en la defensa de la mujer, donde la idea es que una mujer debe ser a imagen y semejanza de la virgen», completa la historiadora. El alto valor, incluso económico, que se le ha asignado al cuerpo de las mujeres, especialmente a su virginidad, se ha reflejado por siglos en la literatura. Tal es el caso de «Déjame gritar» (2013), de Jorge Mario Betancur, un libro que recoge y reconstruye seis casos judiciales sucedidos en Medellín, entre 1968 y 1995, entre ellos, el caso de Ligia Quevedo, una mujer que inició su vida sexual cuando tenía quince años de edad, en 1927. Vale 86

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la pena destacar que para la época, esto constituía todo un escándalo ante la sociedad paisa, que era mucho más conservadora y católica de lo que es hoy en día. «A las de su plena confianza les decía que el novio muerto la había dejado en embarazo y que había abortado la criatura gracias a unas cápsulas dadas por su madre María, que empezó a tratarla de puta desde aquel día que escapó de la casa y perdió su virginidad cuando apenas deslumbraba a la pubertad», narra la protagonista de dicha crónica. Ya Ligia no podría casarse porque su virginidad no existía y no se le consideraba pura sino puta, lo que la llevó a pasar parte de su vida junto a las hermanas de El Buen Pastor, donde llevaban a las niñas descarriadas. Para Claudia Avendaño, el sexo es un tema tabú y más aún en la Medellín de los siglos pasados, donde no se hablaba ni se podía pensar en lo sexual. Sin embargo, sí era común, en la vida cotidiana, ver los genitales de los familiares cuando llegaban ebrios porque a la mujer le correspondía desvestirlos y cuidar de ellos. Además, no era raro el incesto o los matrimonios entre familias, pues lo importante era casarse y procrear, pero con la bendición de Dios. Lo anterior produjo, según cuenta Claudia, «que la virginidad se volviera un tema casi obligatorio en los colegios de monjas, para enseñarles a conservar la virginidad, porque si usted no es virgen antes de casarse, es una puta». Ligia se quería casar y su novio Miguel Arango, le prometió matrimonio si le daba una prueba de amor: su sexo. Ligia accedió, pero la promesa de Miguel dejó de existir después de esto. En medio de esa situación, ella se escapó de casa y terminó en un burdel. La familia de la quinceañera acusó a Miguel, ante la ley, por rapto y por desflorar a la pubertad. «La certeza de que se trataba de un engaño para obligarlo a un casamiento, ya en libertad La negociada

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una semana después, Miguel solicitó un examen minucioso por parte de médicos legistas para dictaminar el tiempo de la desfloración, la regularidad de los coitos y las posibles huellas de un aborto prematuro en el cuerpo de Ligia», se lee en el libro. Miguel había logrado su propósito, pero perdió su honra y quería probar la supuesta falacia en la que lo había comprometido la familia de Ligia. El hombre no pierde, no en estas historias. En Medellín como en casi toda América Latina —continúa describiendo Claudia— las tradiciones son el resultado de mezclas culturales entre África, indígenas americanos, América del Norte y España. De algunas de ellas se heredó la idea de que una mujer debe mantenerse virgen para tener mayor valor en el matrimonio. La mujer a cambio de una dote, que es superior cuando el himen no se ha desgarrado. La doncellez se entiende entonces como un valor dignatario y económico agregado. Una mujer que ha perdido la virginidad, implica una experiencia que deja de ser deseable para el hombre, comenta Claudia, pues, según la tradición, es él quien debe tener el conocimiento: «Eso declara, de una manera u otra, una sociedad de carácter patriarcal: el que perfora el himen, el que rompe la doncellez, el que tiene el valor y la propiedad. Durante muchísimo tiempo el ser virgen, el ser puro, se vincula con el ser más valioso económicamente porque la idea de ser primero es una idea de apropiación».

El comercio web Un aire de virgen, unos grandes ojos azules, llenos de sentimiento y de interés, una piel deslumbrante, un talle grácil y flexible, una voz conmovedora, unos dientes de marfil y los más bellos cabellos rubios, así era el retrato de esta encantadora menor, cuyas gracias ingenuas y rasgos delicados superan nuestros pinceles. Marqués de Sade

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Las cifras de dinero que Carlos ¿Quieres vender tu y Andrés le ofrecieron a Sara —en- virginidad? Cinderella tre seiscientos mil y un millón de Escorts ofrece a las vírgenes la pesos— no se alejan mucho de la oportunidad de realidad colombiana, en la que otras subastar su inocencia. ofertas de vírgenes rodean este monto cuando se trata de un comprador colombiano: Alejandra, por ejemplo, publicó en un portal web el anuncio donde vendía su primera vez por un millón de pesos. La diferencia llega cuando se buscan compradores internacionales; por ejemplo, en la página Cinderella Escorts la oferta más baja es de cinco mil euros y ni siquiera es de una colombiana. Lucy, que sí lo es, pide cincuenta mil euros y Carolina, veinte mil. Eso es solo la base, pues todo depende de la subasta, de la cual la intermediadora se queda con el veinte por ciento. Cinderella Escorts es una de las páginas de internet en las que se ofrecen servicios de prepagos a nivel mundial. Tiene una sección dedicada a la venta de virginidades. Esta empresa europea cuenta con un catálogo de ochenta y tres mujeres que intentan vender su primera vez valiéndose de este anuncio: «Muchas chicas experimentan su primera vez con un hombre que las deja después de todos modos. ¿No sería mejor que te paguen por tu virginidad? Aplique bajo Casting y venda su virginidad a hombres ricos a través de Cinderella Escorts». En los perfiles, las vírgenes exponen fotos recientes e información como su país de origen, disponibilidad de viaje, idioma, edad, altura, peso, color de cabello, ojos, pecho natural, piercings o tatuajes. Mujeres de diferentes lugares del mundo como Francia, Italia, Estados Unidos, Rumania, México, Kazakhstan y también Colombia ofrecen su virginidad en la página web. Carolina hace parte de esta oferta: es colombiana, está disponible para viajar, La negociada

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habla inglés y español, tiene veintitrés años, mide un metro cincuenta y cinco y pesa cincuenta kilos, su cabello y sus ojos son de color marrón, sus senos son naturales y no tiene ningún piercing o tatuaje. La página también brinda a las mujeres la opción de buscar un sugar daddy, es decir, alguien que las sostenga en lo económico a cambio de sexo y compañía. «Nuestras vírgenes también están buscando un papá que esté dispuesto a apoyarlas financieramente cada mes. Además, algunas mujeres están interesadas en una boda con hombres ricos. Un grupo de vírgenes dominantes también estaría abierto a un paypig* sumiso», dice la página web. Pero a Carolina solo le interesa un papi dulce y vender su virginidad por veinte mil euros o más, que, además, según la página, está certificada por médicos de la empresa: «Su virginidad ha sido verificada por un médico y Cinderella Escorts tiene un certificado como prueba de ello. Para asegurarse de que Carolina sea una verdadera virgen, el comprador puede llevar a un médico a una reunión». Aparte de los datos obligatorios mencionados, las vírgenes deben agregar una nota donde expresen sus razones para hacerlo. Carolina dice en su perfil que ofrece su virginidad porque quiere ayudar a su familia —argumento que se repite en varios de los perfiles— y agrega, además, que está cansada de esperar a la persona ideal: «Me gustaría vender mi virginidad en Cinderella Escorts como una manera de ayudar a mi familia y asegurarnos de que no tengamos que luchar más. Actualmente enfrentamos muchos problemas económicos y la vida no es fácil para nosotros aquí […] Para mí tiene más sentido hacer algo como esto que me beneficiará a largo plazo. Sé que la sociedad podría no estar de acuerdo con lo que estoy * Se trata de completa dominación financiera. La idea general es que las mujeres están por encima de los hombres y el deber del hombre radica en hacer lo que se les pide, incluso vaciar sus billeteras.

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haciendo, pero tampoco han enfrentado las mismas luchas que yo y mi familia hemos enfrentado». En 2018 una rumana de dieciocho años se hizo famosa por vender su virginidad en 2.3 millones de euros. También, una mujer del mismo país llamada Alexandra Khefren dijo en 2016 que había vendido su primera vez a un empresario de Hong Kong por 2.3 millones de euros; sin embargo, dos años más tarde, aseguró que todo había sido un montaje de Cinderella Escorts. Jan Zakobielski, directivo de la empresa en ese entonces, le propuso decir esto para que otras mujeres se animaran y vendieran su virginidad. Este no es el único sitio en internet donde se puede conseguir virginidades a cambio de dinero. En Mercado Libre, Amazon, blogs personales y otras páginas como Avisos Colombia, Locanto y Photo Prepagos también hay mujeres que ofrecen su sexo virgen, así como existen hombres interesados en comprarla, tal vez no por veinte mil euros como lo espera Carolina, pero sí por seiscientos mil pesos, que es lo que ofrece Andrés.

El final (o la punta de la lengua) Luego de que nuestra Sara ficticia les extrajera suficiente información y los bloqueara en aquel chat, Carlos y Andrés restablecieron el contacto desde otros números. Ellos se rehusaban a reconocer el engaño de la señorita ingenua que les agradecía los piropos y no entendía lo que ellos decían cuando hablaban de sexo. Carlos Hola, sabes algo de Sara? Te puedo pedir un favor ...no me bloquees.. y si sabes algo me lo haces saber. Estoy muy interesado en sara. Es mas si algo me la traigo para cali. 15:20

Insistió Carlos escribiendo al número de quien pensaba que era una amiga de la virgen cuando no volvió a tener noticias de ella. La negociada

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Si Vladimir Nabokov hubiera nacido en estos tiempos, Âżle habrĂ­a hecho gracia la popularidad de su nĂ­nfula: malinterpretada, cosificada, explotada por el Humbert Humbert excusado en su instinto y su avidez de dinero o sexo? El mercado de la virginidad femenina es un tema que se mantiene encubierto en la sociedad paisa, la misma que ha visto a sus niĂąas en esquinas y pĂĄginas web, pero ha preferido llamarlas Lolitas para conservar el buen nombre. Sara Quiero q me cuentes sobre ese momento de que tienes la virginidad de una muchacha. Me contarĂ­as? Dame un ejemplo 19:03

Carlos Como asi? 19:03 Como sucede? Es que me gusta mucho escuchar las experiencias y las historias de las otras personas... A lo mejor algun dia lejano hago una pelicula o escribo un libro con toda esta historia, quisiera que sea una historia bonita 19:04

Pues haber ... yo siento placer orgasmo antes de tenerlo. Es como algo chevere No se como explicarlo. Creo es una conversaciĂłn para tenerla en persona 19:05 Nunca he visto un orgasmo, solo en las peliculas pero no creo q sea asi 19:09 đ&#x;¤Łđ&#x;¤Łđ&#x;¤Ł

Ya tendrĂĄs tu tiempo

19:09

Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje hasta la niĂąa, la mujer, la virgen que tiene mucho por satisfacer a quien la compre.

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he ra L

ara ac

gu Desde hace tres años, en la afamada capital mundial del reguetón, suena un tipo de electrónica criolla que se conoce como guaracha. Hoy son populares sus fiestas que pueden durar una noche o varios días, en discotecas, fincas con piscinas, o moteles, con diferentes dj y un polvo rosado al que llaman tusi. Esta es la historia de una fiesta de excesos y nuevos ídolos, muy atractiva por sus ganancias.



La guarachera Valentina Arango Correa Daniel Osorio Posada Laura García Giraldo Santiago Rodríguez Álvarez

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a tercera mesa en ser ocupada no tenía botellas de licor, sino tres Gatorade sabor tropical y un polvo rosa en una bolsita hermética. Alrededor, tres mujeres vestidas con faldas cortas y tops negros balanceaban sus manos y sus piernas al ritmo de un dj; una de ellas, la de menor estatura, era la encargada de repartir las primeras dosis del polvo sobre una llave que hacía las veces de cuchara. Las mujeres aspiraban y volvían al baile. A las diez y media de la noche, la fiesta apenas empezaba en una de las discotecas especializadas en cocteles granizados y guaracha en el barrio Manrique. Ni el polvo era cocaína ni esta guaracha era música cubana. Al polvo lo llaman sople o tusi, en referencia al 2C-B, una droga sintética con efectos estimulantes y psicodélicos que intensifica los sentidos —colores y sonidos—, pero que en Colombia solo se consigue de manera adulterada. La guaracha, por otro lado, es un género musical homónimo de uno que nació en Cuba para incomodar a la élite intelectual y económica del siglo xix, pero ahora acuñado a un tipo de electrónica criolla que suena hace cerca de tres años en las discotecas y en los barrios populares, en los apartamentos de El Poblado, en los moteles y en las fincas cercanas a Medellín. A lo largo de la carrera 45 de Manrique, la misma que fue conocida como la arteria del tango en Medellín, había unas quince discotecas de guaracha abiertas. Esa noche, la zona rosa del barrio estaba atestada de vendedores de La guarachera

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bombones alrededor de las filas de más de veinte personas que esperaban para ingresar a los locales. Aunque había negocios de todo tipo, comidas rápidas, fondas crossover y unos pocos bares de rock, lo que más se escuchaba era el popularmente coreado «take tarake take», ritmo base que usan los dj de guaracha para hacer sus mezclas. A medianoche las mesas de la discoteca estaban casi llenas. De un rincón a otro el olor de bareta se mezclaba con el olor a químico del popper. Las tres mujeres soplaban más y más del polvo, sacudidas por los sets de guaracha de los tres dj que se turnaron ese sábado. Afuera, Johan*, treintañero y lector voraz de libros de Economía, recibía a sus clientes y cobraba diez mil pesos por la entrada. Cuando llegó hace tres años, Johan tenía una idea en la cabeza: si la fiesta y el licor lo habían quebrado económicamente en varios momentos de su vida, la guaracha lo iba a rescatar. «Muchos de mis amigos se volvieron dj, amigos de la infancia, la fiesta, el reguetón, que evolucionaron», comenta. Se dice que la primera fiesta de guaracha del país fue organizada en diciembre de 2016, en una carpa plástica que cubría una cuadra entera en Barrio Antioquia. El dato aparece en los escasos artículos escritos sobre el tema. Aunque varias fuentes aseguran que no fue la primera, la magnitud y el lugar marcaron un precedente en el imaginario sobre esta fiesta: calles atestadas de jóvenes con gafas oscuras y petrolizadas —esas que son azules y cambian de color con la luz—, camisetas anchas y estampadas de Calvin Klein, Versace, Tommy, Tapout —o sus copias—, alrededor de un dj. Johan recuerda que esas rumbas eran tan populares que muchos conocidos empezaron a hacer lo mismo en Aranjuez, con una consola RX y un bafle Beta 3. *

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No parece gratuito que la fiesta que popularizó la guaracha tenga su cuna en Barrio Antioquia, uno de los centros de venta y consumo de alucinógenos más grande de Medellín. Desde 1951, cuando los prostíbulos fueron trasladados a este barrio de la Comuna 15, comenzó una historia ligada a la fiesta y al expendio de drogas; allí, el mismo Pablo Escobar tuvo una de sus oficinas. Aunque a finales de los cincuenta, el barrio pasó a llamarse Trinidad, como una de sus parroquias, muy pocos conocen su nombre. Hoy es difícil encontrar a alguien que no sepa o le hayan contado que en Barrio Antioquia se consigue cualquier tipo de sustancia: desde un bareto de dos mil pesos, hasta un gramo de tusi que vale entre cincuenta y cinco, y ochenta mil pesos. Johan no tiene reparos en afirmar que el tusi es lo que mueve la guaracha. «Lo que nos toca como dueños es cuidarnos de la policía, porque es imposible revisar las partes íntimas de una persona para no dejarle entrar droga. Yo aquí no dejo fumar marihuana, por ejemplo, pero uno no es capaz de llegar a todos los rincones un sábado por la noche. Cuando usted llega ya lo escondieron». En la entrada de su local, la manilla, el punto o el gramo de tusi cuesta cincuenta mil si se negocia con un hombre que vende dulces en un carrito de supermercado. «En los barrios el consumo de sustancias puede presentarse desde los doce y trece años», explica Paola Oquendo, profesional territorial de la Secretaría de la Juventud. «Por ejemplo, en el barrio La Maruchenga, de la Comuna 6, las fiestas de guaracha se hacen con frecuencia en la calle. La gente que las organiza lleva dj y drogas. No hay control de ningún tipo de autoridad y uno puede identificar consumo de perico, popper, 2C-B». Oquendo habla desde su experiencia en el territorio acompañando a los jóvenes: «Los chicos dicen que eso lo montan los La guarachera

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manes de la vuelta. Por eso hay todos los recursos para hacer la fiesta y pactos con la autoridad para no sentir que los controlan». Toda la droga que se vende en Medellín es controlada por los combos según explica el capitán Carlos Zuluaga, quien lleva un año como jefe del equipo contra el microtráfico y estupefacientes de la Seccional de Investigación Judicial (Sijín) en el Valle de Aburrá. Las autoridades nombran a los combos como grupos de delincuencia común organizados (gdco), que a su vez dependen de las estructuras más grandes llamadas grupos delincuenciales organizados (gdo). «La cadena evolucionó a través del tiempo, sobre todo con la aparición de la figura de extinción de dominio. Ahora las toneladas llegan a una casa, y allá las guardan. De ese punto, las estructuras van sacando por kilos a un segundo lugar donde guardan una cantidad menor. De ahí salen libras que llegan a otro punto donde las dosifican, es decir, se licúa y se arma lo del día. Ya no se conocen ollas, los puntos de venta son móviles y callejeros», explica Zuluaga. Tanto ha evolucionado la cadena que en algunos casos la venta de drogas se presenta a través de una red de contactos que permiten hacerle el quite a las mafias. Desde los autocultivos de marihuana para uso recreativo, pasando por quienes fabrican drogas sintéticas en sus casas, hasta dealers que consiguen las sustancias a través de la deep web y la venden a un círculo pequeño de contactos por medio de WhatsApp. Aunque el capitán Zuluaga acepta que las ventas por internet pueden ser de independientes, afirma que también son un método utilizado por las estructuras criminales ligadas al narcotráfico. El equipo contra el tráfico de estupefacientes de la Sijín está conformado por veintinueve policías, quienes investigan e infiltran las redes alrededor del narcotráfico 98

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en el Valle de Aburrá. Zuluaga afirma que todas las semanas se afectan entre cuatro o cinco puntos de dosificación, pero «si hay doscientos puntos identificados de donde expenden estupefacientes en Medellín, solo veinte o treinta puntos son fijos, el resto son móviles. Las estructuras protegen mucho la renta criminal, es decir, el tráfico de estupefacientes y la extorsión». En los barrios la regla es clara: el que entra la droga a una discoteca la puede consumir, pero no la puede vender. «A la gente que vende la secuestran, le quitan el carro, la moto, le piden plata. Ellos quieren vender en la discoteca, pero yo me les he enfrentado. ¿Si pasa algo a quién le quitan esa propiedad? A mí, me hacen extinción de dominio. Ellos tienen su negocio y yo tengo el mío», explica Johan, a quien también han extorsionado para que pague los servicios de vigilancia. «No basta con darles chorro gratis y los cincuenta mil para el combo que maneja seguridad, también quieren vender adentro», comenta. El lenguaje de Johan son los números: todo lo que gana, dice, lo reinvierte en la guaracha: «Tengo mil metros cuadrados, y el metro cuadrado de un negocio vale tres millones quinientos mil pesos. ¿Sabe cuánto hay acá? Más de un millón de dólares». Aunque muchos de los rincones están en obra negra, los fines de semana la discoteca sigue llena. «Los lujos son para el final. Mucha gente se deja llevar de las apariencias y, como se dejan llevar, trabajan para las apariencias. La guaracha es el mundo de la apariencia. ¿Cuánto dinero están perdiendo por impresionar a los demás?», concluye. Cada hashtag arroja más de mil resultados en Instagram: #guaracha, #privadito, #aleteo y #zapateo. En la mayoría de publicaciones aparecen jóvenes levantando y balanceando los brazos como el aleteo de una gallina, en fincas con piscina y dj. Pelados exhibiendo el lujo, la La guarachera

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plata, el pelo, el culo, la pinta, el reloj, la gorra. Estas imágenes, sumado a las pugnas con los dj de electrónica, quienes desprecian y marginan este tipo de música, y a la casi inevitable clandestinización de la compra y consumo de sustancias psicoactivas, que en una legislación como la colombiana son perseguidas y criminalizadas por el Estado, han ayudado a crear una idea alrededor de la fiesta: mañé y hasta peligrosa. Este tipo de fiestas, muchas veces privadas, donde hay consumo elevado de sustancias ilícitas, a las que van putas, pillos y maricas, gente que no se sonroja por su estilo ni lo oculta, sino que lo publica en redes y cada vez tiene más seguidores, genera una idea que parece capaz de hacer hervir la sangre de una Medellín encopetada que no le gusta ver que otros se apropian de la electrónica, de las drogas sintéticas y de la ropa de marca.

«Lo mismo decían del reguetón» Los vendedores de chicles estaban preparados a las afueras del Jardín Botánico, por la carrera Carabobo: colombinas con sabor a cereza y pañitos húmedos por si el sople dejaba restos en el borde de la nariz. La tarde del 23 de junio, los asistentes al Summer Bestival, el primer festival de guaracha en Medellín, compraban su mecato para entrar. Un mes antes del evento, la boleta general costaba sesenta mil pesos y la vip noventa mil. El cartel anunciaba más de dieciséis artistas nacionales e internacionales en el escenario. La zona de treinta palcos era la más exclusiva. Doce incluían la entrada de diez personas, una botella de whisky, una botella de champaña y cinco aguas. Los restantes no tenían champaña y estaban unos metros más retirados del escenario. Su costo era el mismo: dos millones quinientos mil pesos. Abundaban el humo, el calor, 100

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las lociones dulces. Abundaban las siliconas en las tetas y en el culo. Las uñas acrílicas, mirelladas, con murano. Abundaban las botas de tacón y muchos tenis de plataforma. Los crop tops brillantes, joggers, shorts. Cabellos largos, muy largos. Abundaban los bolsos con diseños de Carolina Herrera y Victoria’s Secret y las riñoneras colgadas al hombro. Abundaban las gafas de sol que brillaban como máscaras de feria. Muchos dj y productores en Medellín no consideran que la guaracha sea un subgénero de la electrónica. Uno de ellos es Jairo Rúa, conocido como DJ Jotta, exdirector de La X Medellín, una emisora cuya parrilla se especializa en música electrónica, y actualmente dj de la estación de música urbana Oxígeno. Rúa considera que la guaracha proviene del circuit house, como era conocido el tipo de electrónica que se empezó a escuchar en las fiestas gais que duraban días a finales del siglo pasado en Estados Unidos, y que se popularizó en países como México y España en el 2000. Según Rúa, la guaracha copió las características del circuit: la base de percusión tribal —uno de los subgéneros de la electrónica con los que más se emparenta a la guaracha por sus fusiones con música africana y latina—, los teclados del trance, como los de dj Tiesto, y las vocales casi siempre femeninas del house. «La guaracha es circuit house mal hecho, mal producido. Cogen una base tribal y le meten una vocal, nada más. ¿Dónde comenzó? En los barrios populares», afirma. Actualmente, en barrios como Manrique, Aranjuez o Barrio Antioquia, muchos jóvenes han empezado a mezclar las canciones pop del momento, canciones de electrónica famosas —actuales y de la década anterior— e instrumentos que van desde la marimba hasta la trompeta. Dasten es uno de los dj más famosos en Colombia, con más de cuatro millones de reproducciones en SoundCloud La guarachera

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y presentaciones en festivales en Chile y Perú. «La guaracha es una electrónica muy tropical, muy de acá de Colombia. A nosotros nos gusta experimentar con canciones tradicionales y hacerlas más atractivas a los jóvenes», dice Lukas Guerrero, dj famoso por usar acordeón en sus presentaciones. Si usted sigue preguntándose qué es la guaracha vaya a YouTube y busque una de sus canciones más famosas: «Baila conmigo» de DJ Dayvi. A lo mejor reconoce la melodía de la trompeta o la voz femenina que lo invita a imaginarse en una playa. También puede buscar «Disfruto», la canción de la cantante mexicana Carla Morrison, pero producida por los DJ Sergio Arboleda y Harmood, en 2018. Felipe*, productor musical y mánager de diferentes dj en Medellín quien pidió la reserva de su nombre real para este reportaje, afirma que esta música mueve mucho dinero. En un solo año de trabajo con un dj reconocido, dice, generó cerca de cuatrocientos millones de pesos. «Antes los pelados querían ser cantantes de reguetón, ahora el sueño es ser dj. La edad de los dj top de guaracha oscila entre los dieciocho y veintiuno. Entre los más conocidos están Alex Hard de Cali, DJ Dasten y Fumaratto de Medellín, y ninguno supera los treinta años». Son jóvenes como José*, de catorce años y quien actualmente cursa octavo grado de colegio. Su primera fiesta como dj de guaracha fue el 31 de diciembre del año pasado, en compañía de cuatro amigos, en una casa finca cerca de Medellín. «Quiero ser muy famoso, no para hacer guaracha de la mala, sino de la buena. Se necesita producción musical para lo que yo quiero: llevarla por todo el mundo», dice. Para José, la guaracha es un estilo, un proyecto de vida, y le molesta que se le relacione con el tusi. *

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«Dasten es un ídolo, Fumaratto también. Pero ellos crearon un nicho de seguidores no por la música, sino por la fiesta que venden», opina Rúa, quien agrega que a pesar de que los dj se están profesionalizando a las personas que escuchan guaracha no les interesa la música. «La gente que escucha guaracha no tiene cultura electrónica, no sabe si el dj mezcla bien la canción, si sigue o no una línea musical; sencillamente va a una fiesta, no a escuchar al dj». Tres fuentes consultadas que se mueven en el mundo de la electrónica afirmaron que lo que importa en la guaracha es el tusi, sin embargo, los tres pidieron que esa declaración fuera confidencial. Por su parte, los dj de guaracha y los organizadores del Summer Bestival prefirieron no referirse al tema. La fiesta del Summer Bestival pasó rápidamente del día a la noche. Humos, láseres, juegos de luces, bailarinas, invitados como Manuela Gómez, una de las participantes del reality show Protagonistas de Novela de 2012, acompañaban las presentaciones de los dj. Cuando llegó el turno de la DJ Marcela Reyes, quien una semana atrás había protagonizado una famosa escena de celos, con patadas y puños, a las afueras del apartamento de su novio, y cuyo video fue difundido en redes sociales, el público estalló en gritos y aplausos. Las críticas de los dj de techno y house —considerados dos de los géneros más tradicionales de la electrónica— a los de guaracha por la pobreza de su música y de sus espectáculos son frecuentes. El 28 de junio de 2019, durante un conversatorio en Cali, el dj colombiano de house, Moska, afirmó: «Vos nunca vas a ver a Tiesto tocando guaracha. La guaracha no es tribal house. El tribal house está bien hecho, bien producido. Pero hay otra música que no tiene ni pies, ni cabeza. A la gente que no sabe de música la hace mover, pero eso no es música». La guarachera

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En el mismo conversatorio, Moska comentó que los dj de guaracha cuando viajaban al exterior solo tocaban para los mismos colombianos, a lo que Fumaratto publicó en su cuenta de Instagram una respuesta: «Te recuerdo que no solo le tocamos a colombianos en Chile, ni en México, ni en Panamá, ni en Estados Unidos […] así pensaban del reguetón y este año estará presente en Tomorrowland». Para algunos, los motivos de esta rivalidad son las ganancias que hay entre ambas escenas. DJ Dasten publicó en su cuenta de Instagram una imagen comparativa: un montón de billetes en referencia a la ganancia de los dj guaracheros y un puñado de monedas para los techneros. Felipe Restrepo, otro dj paisa, publicó en una historia de Instagram: «[…] dejen de sufrir por un aparecido que apenas lleva tres años tocando y creo que he logrado más de lo que ustedes han logrado en más de siete años». Más allá de estas rencillas juveniles en redes sociales, lo cierto es que en tres años la guaracha pasó de las calles de Barrio Antioquia al Orquideorama del Jardín Botánico, un escenario donde se realizan grandes eventos culturales en Medellín. Dani Masi, un dj español que toca tribal house en las playas de Ibiza, pero que en Colombia prefiere la guaracha, fue el encargado de cerrar el festival a las tres de la mañana. En la madrugada del domingo, convocados por los mismos organizadores del Summer Bestival, muchos combos de amigos siguieron la rumba en Farenheit, una discoteca cercana a la Plaza Mayorista.

¿Sin tusi no hay guaracha? El intercambio fue rápido. Era casi la medianoche en la zona rosa del barrio Cabañas, en Bello. El conductor de un carro negro modelo Spark GT recibió una bolsita con alrededor de dos puntos de tusi y pagó ciento noventa mil pesos. «Metan de una vez para que los coja cuando 104

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estemos en la casa», dijo mientras pasaba la bolsa a los otros tres pasajeros, dos mujeres y un hombre de veintidós años, entre ellos uno de los autores de este reportaje. Ese viernes, después de comprar una botella de ron, bombones de fresa y gomitas, el grupo de amigos fue a la casa de una de las jóvenes. Una vez allí, voltearon la cama de su pieza y alistaron la pista. También rodaba entre ellos un frasquito de etiqueta amarilla con un sticker de anime en su tapa: un popper de siete pepas. «No se siente, diga qué música quiere escuchar para que baile y no le dé un babeado», le dijo uno de los jóvenes a una de las mujeres. Esa noche escucharon el nuevo set de DJ Dasten, «The Pink Panther (Vol. 3)». Luego del popper, unos tragos de ron y otra vez a soplar tusi. Según Échele Cabeza, una iniciativa piloto de la corporación Acción Técnica Social (ats) que busca generar y difundir información sobre sustancias psicoactivas, el 2C-B es una feniletilamina psicodélica y su rango de dosis varía entre dieciséis y veinticuatro miligramos. Su nombre científico es 4-bromo-2,5-dimetoxifeniletilamina y fue sintetizado en los setenta por Alexander Shulgin — quien también sintetizó el mdma, y casi todas las feniletilaminas que conocemos hoy— y Ann Shulgin, una pareja de esposos estadounidenses que dedicaron su vida a probar y a crear drogas. Aunque el polvo les costó casi cien mil pesos por gramo, los pasajeros del Spark GT no compraron 2C-B. En Colombia, el tusi es mezclado con cal, azúcar pulverizada, colorantes, colbón ketamina —una droga usada para la anestesia general—, viagra o en el mejor de los casos mdma para hacerlo rendir. En su presentación más pura, el 2C-B es un polvo blanco y se ingiere por vía oral. En Medellín también es vendido como cocaína con colorante rosa y se inhala. La guarachera

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«El tusi es muy rentable. Lo hacen en una cocina cualquiera de un apartamento. Este año hemos cogido como tres cocinas en Sabaneta y en Medellín», cuenta el capitán Zuluaga. Aunque las cifras de incautaciones en operativos hasta junio de 2019 reflejan que la marihuana —2 734 438 g—, el bazuco —42 421 g— y la cocaína —27 073 g— son las sustancias más incautadas, entre otras cosas porque la labor de las autoridades está enfocada en lugares públicos como los parques y no los privados como las fiestas, las drogas sintéticas como el éxtasis y el tusi empiezan a estar en su radar. En 2012, la revista Semana publicó uno de los primeros informes sobre 2C-B en Colombia. El artículo ligaba su consumo con una clase social alta y exclusiva: «Sus “clientes” son modelos, reinas, actores y políticos. Desde hace meses en los más cerrados y exclusivos círculos sociales de Bogotá solo se habla de una cosa al momento de hacer rumbas o reuniones: el 2C-B o Tu-ci-bí (en inglés, ni más faltaba)». De acuerdo con el informe, la droga había llegado seis años antes al país de la mano de Alejandro Montoya, conocido como Alejo Tusibí, un joven de clase media de Envigado que aprendió a cocinar tusi —el nombre fue cambiando con los años— durante un viaje a Europa. Químico empírico, ligado a las fiestas de electrónica, Alejo se convirtió en objetivo tanto de las estructuras criminales ligadas al narcotráfico, como de la Dijín, Dipol y Antinarcóticos en Colombia, y la dea en Estados Unidos. A pesar de que en junio de 2016 el general Jorge Hernando Nieto Rojas, entonces director general de la Policía, anunció la captura de Jorge Alejandro Arboleda Uribe, el supuesto Alejo Tusibí, pocos días después reconoció que este sigue prófugo de la justicia. A las dos de la mañana, los cuatro jóvenes de la fiesta en Bello llevaban más de cuatro horas bailando guaracha 106

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y unas ocho rayas de tusi. Cierta fiebre en sus cuerpos los obligaba a moverse. Los colores de un televisor encendido les parecían más intensos. No sentían hambre. A esa hora, llegaron dos pelados más a la fiesta, un cocinero y un vendedor de tusi. Estaban vestidos con camisetas Adidas y lucían cadenas plateadas en sus cuellos. Uno de ellos, el cocinero, traía puestas unas gafas tipo Oakley y se presentó como el químico; el otro aseguró ser «un administrador experto». En medio de la fiesta, alguno contó que cuando los muchachos del barrio pillaron a un amigo vendiendo tusi le pidieron cincuenta millones. El pelado pagó treinta y tuvo que irse para Estados Unidos; a la familia le tocó irse también del barrio. Desde que Alejo empezó a cocinar su receta en 2006, el tusi pasó de venderse en zonas exclusivas, a través de intermediarios, a ciento cincuenta mil pesos el gramo, a conseguirse afuera de una discoteca hasta por cincuenta mil. La droga se popularizó, sobre todo, por su relación con la fiesta de guaracha que, de cierta manera, también popularizó la electrónica y la llevó a los barrios de Medellín. Ahora es común dentro de los círculos sociales de la guaracha tener algún amigo o conocido que sea dj o que tenga una cocina y fabrique el polvo rosado al que le dice tusi. Para el químico, «la guaracha se produce con tusi, se distribuye con tusi, se escucha con tusi. Sin tusi no hay guaracha». La relación entre música y drogas ha sido histórica. «Encontrarse y reunirse en torno a un evento musical o a un performance ha estado acompañado de sustancias desde hace mucho tiempo, desde los rituales dionisíacos. Tenemos una relación natural hacia el cambio de estado de consciencia, incluso hay quienes dicen que los seres humanos tenemos derecho a la intoxicación. La fiesta es un ritual para salirse de sí», opina Daniel Bedoya, historiador de la La guarachera

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Universidad Nacional e investigador sobre consumo de drogas y sus usos culturales. Según Bedoya, dependiendo de la fiesta o la música hay unos consumos diferenciados, entre otras razones, por los contextos sociales en que se den estos: «¿Qué pasa con el mdma, el lcd, el 2C-B o la ketamina? A estas sustancias las llamamos anestésicos disociativos y son sustancias relacionadas con la fiesta porque te mantienen en un estado alterado de la conciencia, eufórico. Incluso no necesitas tantas dosis para mantenerte hasta cinco o seis horas bien», explica. Para el historiador, el problema no está en las sustancias, sino en el acceso a la información. «Los pelados no saben qué están consumiendo, ni qué combinaciones son peligrosas. No saben, por ejemplo, que hay sustancias que los ponen en un estado de anestesia o que es mejor no combinar alcohol con el efecto euforizante de algunas feniletilaminas. Eso es responsabilidad de la prohibición». Felipe, mánager de diferentes dj en Medellín, agrega que el consumo de tusi está especialmente ligado a una cuestión de estatus. Por su origen elitista quien tiene, cocina o vende el tusi maneja la fiesta. «El tusi es una droga de estatus, pero sin clase social», sentencia. Quien tiene el tusi en una fiesta de guaracha adquiere una importancia parecida a la del dj. A las cinco de la mañana, la guaracha dejó de sonar en Bello. Cada uno de los jóvenes se marchó a su casa después de una noche en la que no necesitaron más que varias rayas de tusi, unos pocos tragos de ron y un bombón.

La fiesta eterna Camilo* dice que pagó doce millones de pesos por la fiesta de un fin de semana. En una finca en Santa Fe de Antioquia reunió cerca de cincuenta invitados, cinco dj, *

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ochenta gramos de tusi y cuarenta pepas de éxtasis para celebrar el cumpleaños de su novio. Desde que tenía dieciocho años llevaba a sus amigas a lo que llama mariquiaderos y chochales donde conoció la gente de la rumba que, según él, es casi siempre la misma: «A mí todavía me encanta ir a discotecas, pero a mis amigos no porque son unos creídos. Además la rumba se dañó mucho, como la guaracha se volvió famosa todo el mundo quiere estar ahí: hay mucho pillo en estas fiestas, ahí mismo se les ve las pintas, las caras, todo», comenta. En medio de prejuicios y apariencias, Camilo afirma que ahora sus amigos prefieren organizar las fiestas en las fincas de sus amigas. Rematico o privadito. En Bello, en El Poblado, en Barrio Antioquia. En la casa de la amiga de un parcero o en una finca en Copacabana. Desde las ocho hasta las doce de la noche. Desde las doce hasta las cuatro de la mañana. Un día o una semana. Tres, cinco, veinte o cincuenta asistentes. Según Felipe, la fiesta de guaracha adquirió fama por las rumbas en fincas privadas con piscina en municipios cercanos a Medellín como Girardota, Barbosa, San Jerónimo y Santa Fe de Antioquia. Lo que ahora se conoce como privaditos o rematicos eran los raves o los after party de antes. Jairo Rúa cuenta que en su época más activa como dj, a principios de los 2000, ya iba a este tipo de fiestas: «Eso existe desde hace mucho. La primera fiesta after fue en la Rinconada, en una finca en Girardota, cuando vino la primera vez Mauro Picotto, el dj italiano». Sin embargo, Felipe advierte que este tipo de fiestas en fincas ha disminuido debido a las restricciones que aparecieron cuando entró en vigencia el Código de Policía, a principios de 2017, y a que las autoridades empezaron a identificar los privaditos. «Cuando se recibieron informaciones sobre alquiler de fincas para fiestas privadas, La guarachera

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en algunos municipios, fuimos evidenciando que ellas se volvieron populares porque no tenían control y eludían toda la normatividad, incluida la presencia de menores consumiendo licor y sustancias ilícitas», respondió la Secretaría de Gobierno de la Gobernación de Antioquia en una carta para este reportaje. A principios de marzo de este año, la Gobernación le pidió a la Alcaldía de Barbosa revisar la actividad de cuatrocientas cincuenta fincas dedicadas al turismo, pues por lo menos quince eran utilizadas para explotación sexual, hotelería ilegal y prostitución. Este año, además, la administración de Luis Pérez impulsó un proyecto de ordenanza para controlar y regular el alquiler o el uso de fincas recreativas. Al cierre de esta investigación, al proyecto le faltaba solo un debate en la Asamblea Departamental para ser aprobado. Otro factor con el que Felipe explica la disminución de las fiestas en fincas es el de la seguridad. El sábado 15 de septiembre de 2018, dos jóvenes murieron y otros dos resultaron heridos en un ataque sicarial en San Jerónimo. «El ataque [...] estaría relacionado con un fallido atentado contra un cabecilla de la organización criminal La Terraza, se lee en el blog Revelaciones del bajo mundo, del periódico El Colombiano. Una de las personas heridas era Gloria Katherine Murillo Contreras o Kathe Reyes, una conocida dj de guaracha. Camilo conoció el mundo de la rumba en medio del proxenetismo y sus relaciones con las personas de la mafia y el narcotráfico. Afirma que en estas fiestas se ve «mucho traqueto». Cuando él organiza una de estas fiestas se asegura de que vayan solo aquellos que él quiera y que entiendan lo que es la fiesta. «A los conocidos, a los que hablen nuestro mismo idioma, a los que les guste parchar, bailar, brincar, gritar, enloquecerse». Esto tiene relación con lo que explica el historiador Daniel Bedoya 110

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sobre los motivos de la fiesta de guaracha: «Los pelados que van a una fiesta de guaracha tienen sus rituales. Es una práctica estetizada: se peinan de cierta manera, se ponen cierto tipo de ropa. No es una cosa de “me voy a meter drogas y a zapatear”, no», dice. La fiesta es salir de la rutina, pero a veces la fiesta se vuelve rutina. No se tiene que tener un cumpleaños como motivo para armar un privadito y cuando se acaba una fiesta comienza otra. «¡Ay! Que hay una fiesta en la finca de Toro o hay una fiesta en la finca de Juli, hay una fiesta en la finca de Daniela o donde Catalina. Ahí es cuando se reparten los grupos y desembocan las fiestas privadas». Esto hace que las fiestas vayan de sábado a domingo y se lleguen a pagar cuentas de dos y tres millones en un día. Camilo cree que a causa de tanta fiesta, de tanto trasnocho, de tanta rumba, de tanto tusi, le dio cáncer de tiroides. Se lo descubrieron el 5 de diciembre de 2018. Aunque Hugo Gallego, médico toxicólogo, dice que no hay una relación directa del cáncer de tiroides por el consumo de 2CB, Camilo insiste: «El tusi es una cosa muy compleja, si te dejas llevar te mata. A mí no me mató por de buenas, porque soy una perra muy brava». A pesar de esto, en su casa, en El Pedregal, acostado en la cama a las diez de la noche de un viernes, con un whisky en su mano y un frasquito de popper sobre el nochero, Camilo dice que no es capaz de dejar de ir a fiestas y de disfrutar la guaracha. La fiesta no para ni lunes, ni martes, ni miércoles. Ni para Camilo, ni para Johan, quien abre su discoteca todos los días de la semana. No paran de tocar los dj en un apartamento, en una finca, en un motel, en una disco o en el Orquideorama. No paran tampoco los hashtags, ni las críticas, ni las burlas. Tampoco paran de cocinar tusi los químicos, a pesar de las incautaciones de laboratorios, aunque toque esconderse de los combos y ni siquiera sea 2C-B. La guarachera

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La guaracha la escuchan las tías en los gimnasios, los primos en los videos de los youtubers y cualquiera que haya pasado un día en Medellín. Es la explosión de lo popular. Mueve los odios del buen gusto y te hace tararear hasta la canción más triste. La guaracha es una industria que mueve millones de pesos en una sola noche y hace soñar a los jóvenes con internacionalizar su música como si fueran el J Balvin de la pandereta. «La gente que escucha guaracha ve esto una chimba. Yo siento esto una chimba», concluye Camilo. Es cuestión de gustos.

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La

infectada Las prácticas que apuntan a una sexualidad libre terminan siendo tabú, el discurso de sanidad normalmente se sobrepone al de la excitación sexual, pero este no el caso de Marcos ni de los bugchasers, donde la libido se centra en las infecciones de transmisión sexual. Los “bichos” son su fuente de placer.



La infectada Andrés Uribe Vasco Simón Zapata Alzate Carolina Londoño Quiceno Alejandro Valencia Carmona

Y no sé en qué momento empezamos a hablar de bichos y al man también le encantó. Está recostado al final de su cama. La espalda contra la pared. Viste unos shorts de jean que no alcanzan a llegar hasta sus rodillas. —Y por ejemplo, el domingo pasado fue una locura hablando de bichos. Que el man me iba a infectar y todo el cuento. Una camiseta gris. The True Original se lee en letras blancas. Pelo negro. La sombra verdosa en su cara deja adivinar la barba. —Es muy bacano porque uno ya empieza esa empatía con esa persona. Lleva gafas. Trigueño. Los pies quedan en el aire. Tiene chanclas. Su voz es gruesa. —Y con el otro que te digo, que también tiene hepatitis, es una locura total… Tiene 32 años, es administrador de empresas. Mide alrededor de un metro con ochenta centímetros. —El man todo el tiempo es clavándolo a uno y hablando de bichitos: «Hey, parce, ¿contame qué bichitos tenés? ¿Cuáles me vas a meter?», que si querés mis bichitos, que si querés mi hepatitis C. Me mira directamente a los ojos cuando habla. Vive solo. Su apartamento es pequeño: el cuarto, la cocina, el baño, una mesa y una pequeña biblioteca. Ante la falta de sillas me siento en la cama, un poco más abajo de la almohada.

La infectada

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—Uno habla así también y es muy excitante, eso a mí me pone full. En estos días con ese de la hepatitis C, ¡uff!... Un sábado vino aquí como tipo diez de la mañana y se quedó como hasta las cuatro o cinco de la tarde. Me culió cinco veces, se vino dentro de mí, y uno sentía cómo se venía. Es muy excitante poder sentir eso. Su voz muestra la emoción al hablar del tema. Me mira y recuerda otras historias. Se frota las manos. —Y cuando el man dice «hey, ahí van mis bichitos»… con ese man sentí muy buena conexión para el sexo y para hablar de bichos y de enfermedades, porque igual sabemos que los dos tenemos y nos gusta infectar a los demás y pasarnos lo que tenemos. Se llama Marcos*. Tiene vih, sífilis y posiblemente hepatitis C. Está en una competencia con una pareja sexual para ver quién se infecta primero de gonorrea.

La enfermedad social El diagnóstico de virus de la insuficiencia humana (vih) trasciende del cuadro clínico al social. Hay un contexto cultural que condena al enfermo, incluso antes de estarlo. Si alguien en Colombia desea realizarse una prueba para saber su estado la entidad encargada le hará firmar una hoja de consentimiento donde le advierten que en caso de ser positivo puede sufrir rechazo laboral, familiar y social. El sida, que es la enfermedad causada por el vih, es la metáfora actual para distinguir entre lo bueno y lo malo. «El sida fomenta lúgubres fantasías acerca de una enfermedad que señala a la vez vulnerabilidades individuales y sociales», escribe Susan Sontag en su texto La enfermedad y sus metáforas (1977). «Estas no proyectan *

Nombre cambiado por petición de la fuente.

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la idea actual de una dada enfermedad maestra en la que lo que está en juego es la salud misma. Las enfermedades maestras, como la tuberculosis y el cáncer, son más concretamente polémicas». El sida es una de ellas: una enfermedad social. La exclusión y la estigmatización son las principales consecuencias con las que debe tratar el enfermo. La preocupación por la reacción de su entorno reemplaza, en ocasiones, los efectos que la misma puede traer al organismo. La Edad Media representó en el leproso el horror y la corrupción de la sociedad de entonces: lo asiló y lo encerró. El siglo xix encontró en la tuberculosis sus cánones de belleza: la delicadeza, la debilidad, la palidez y la tristeza, como consecuencia de la enfermedad, eran vistas como una forma de refinamiento. El sida es la imagen que describe en el siglo xx parte de esa vulnerabilidad. «Yo utilizaba mucho el concepto de enfermedad social hasta que me refutaron el tema. Me dijeron que era una forma de incentivar a que la gente cayera en esa línea, quitar lo preventivo de lo clínico. Tiene aspectos clínicos, sí, pero realmente todo lo que gira culturalmente frente al diagnóstico es lo que hace que el mismo no se pueda asumir de forma asertiva y que tenga un montón de barreras en todo el entorno en el que gira la persona infectada», sostiene Raul Valencia, activista vih. Las personas que tienen vih, de acuerdo a esto, reflejan el malestar social actual. Ese virus extranjero que ataca y destruye lo que conocemos como sociedad. ¿Qué lleva, entonces, a una persona a querer vivir esa metáfora? ¿Qué la motiva a buscar los bichos o infectarse de otras enfermedades? El vih y otras ets —enfermedades de transmisión sexual— como objeto de intercambio erótico y deseable, resulta de lo inevitable que es para algunos individuos contraer el virus debido a sus prácticas sexuales. La infectada

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Infectarse para estar seguros de que son portadores y no vivir con la incertidumbre, para Valencia «es muy complicado, porque el tema de la enfermedad pone en un lugar inferior al otro, pero estas prácticas alternativas que siempre han estado a veces reivindican ese lugar porque, por ejemplo, que busquen a alguien que viva con el virus para que sea el premio es reivindicar, porque es el premio, no es tachado, cuando el común denominador es que lo tachen».

El diagnóstico Marcos llegó a Medellín a sus diecisiete años. Es oriundo de un pueblo de Antioquia. A los veintisiete años fue diagnosticado vih positivo. De su familia solo les comentó a su hermana y a una prima. Él tenía una posición muy clara frente a la enfermedad: se la había buscado. —Yo lo asumí, me demoré como un año para empezar con los antirretrovirales, porque uno escuchaba que esas cosas mareaban, que daban pesadillas y, efectivamente, sí son algo así, pero a mí no me dio tan fuerte Empezó trabajando y luego inició sus estudios en Administración de Empresas en una universidad privada. El diagnóstico no alteró su vida cotidiana. —Yo sí tengo conciencia de que estuve muy expuesto. Iba a muchos saunas y uno estaba con mucha gente sin importarle nada. Nada de protección. Hay algunos que usan condón y otros que no, entonces era de todo un poco. Los saunas y otros sitios de encuentros los fue abandonando poco a poco. Les perdió el gusto. Ahora le gustan más los encuentros en sitios privados, uno a uno. —Luego empecé el tratamiento todo juicioso, los tomaba en los horarios que era, aunque hubo una época en la que era muy desordenado como por lo ocupado que me mantenía, entonces ahí tuve un altibajo, y me volví otra 118

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vez detectable... y luego seguí otra vez medicándome, y otra vez me estabilicé. Yo pienso que todo siguió como normal, la percepción de la vida, de lo que hago. A finales de 2018 estaba en Santa Marta, a punto de meterse al mar, cuando notó que su torso estaba lleno de ronchas. Se cubrió con la camisa para que no se notara mucho. —Cuando regresé a Medellín fui al médico y me dijo que era sífilis pero aparte de eso también me afectó en el pene, y me dieron llagas. Yo me decía en medio de risas: «Me voy a quedar sin pipí. No puede ser. Lo quiero utilizar». Marcos había dejado de tomar el medicamento hacía un año. Disfrutaba estar enfermo, poder infectarse o infectar al otro. La sífilis tampoco fue una sorpresa para él. Incluso considera que su organismo es propenso a esa infección. —Soy muy dulce para la sífilis—, cuenta. —No sé, me arrecha el hecho de que vaya a estar enfermo, de que me vaya a echar lo que tiene, es eso... O por ejemplo si es una verga con llagas entonces es una chimba uno mamándosela o lamiéndola.

El virus «El sistema inmunológico es el que nos defiende de todas las cosas extrañas que entran a nuestro cuerpo. En particular de todos los virus, bacterias, hongos que constantemente nos están infectando», dice María Teresa Rugeles, quien coordina el grupo de investigación en Inmunovirología de la Universidad de Antioquia donde estudian infecciones virales, mientras en una hoja dibuja las células. Las células en la hoja van formando una barrera. Luego pinta otras figuras que representan las bacterias que no pueden cruzarla. «El vih es un virus que precisamente ataca y destruye las células del sistema inmune», cuenta María Teresa. La infectada

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Coge un lápiz y resalta algunas células de la barrera. Les hace una x. Vuelve a dibujar otras bacterias, pero esta vez sí pueden cruzar las barreras. «Realmente, un paciente ya con sida muere es de una tuberculosis, una neumonía, cáncer, una cantidad de diferentes condiciones. Estas enfermedades son causadas porque el vih destruyó el sistema inmune y ya no es capaz de defenderse de lo que llamamos las enfermedades oportunistas», agrega. Los factores de progresión del vih son muy distintos en todos los individuos. Un ochenta por ciento de las personas pueden pasar asintomáticas cinco o seis años, sin que sea evidente su infección. Hay un porcentaje menor a quienes les puede dar sida en dos años. Mientras que otros, cerca del diez por ciento, pueden pasar hasta diez o veinte años asintomáticos y no se les desarrolla el sida. En la etapa final, es decir, cuando aparece el sida, el cuerpo ya no tiene defensas. Si el diagnóstico se realiza a tiempo y se inicia y desarrolla un tratamiento responsable, el promedio de vida de una persona con vih hoy es el mismo al de una persona que no porta el virus. De ahí la importancia de la realización de los exámenes de ets de manera periódica. Antioquia reportaba 2225 infectados en 2018. De estos, 262 murieron ese año, según cifras del Instituto Nacional de Salud. La transmisión del virus carga también con ciertos mitos como que este pueda transmitirse por compartir comida, cubiertos o ropa con una persona infectada. O que se transmita mediante abrazos o caricias. La forma menos eficiente de transmisión es la sexual si se le compara con otras. Por ejemplo: hay una probabilidad del noventa por ciento de ser infectado si es por transfusión sanguínea o por compartir objetos cortopunzantes y el treinta por ciento es por la transmisión vertical: de la madre al bebé. 120

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La transmisión sexual tiene una probabilidad variable de una en cada mil, en caso de relaciones vaginales, y de una entre ciento veinte en el caso de relaciones anales para el caso de los pasivos, según datos de la onusida del año 2013. Al respecto, es importante señalar que si se compara el número de veces que una persona recibe una transfusión sanguínea con la actividad sexual, las posibilidades entonces aumentan. De allí que la transmisión sexual sea la responsable del noventa por ciento de los cuarenta millones de personas que están infectadas en el mundo.

Encuentro con Marcos —No le niego que siento algo de temor. Contacté a Marcos un domingo vía WhatsApp, comentó que él prefería la entrevista por ese medio. Sin embargo, después accedió a que fuera de manera presencial. Sus respuestas en el chat eran casi monosilábicas. La entrevista se acordó para el martes siguiente en su apartamento. —En estos días yo estaba culiando con un pelaíto y le dije: «A mí me gusta es a pelo, a mí no me gusta nada de forro», y después el man, normal, me culió como tres veces y todas fueron a pelo y se vino y todo el cuento. —¿Y él sabía que vos tenías vih? —pregunté. —No, él no sabía. Yo asumo, parce, que al man no le importa y ya. Se acabó. Así de sencillo, parce. Para conceder la entrevista y acordar el encuentro, Marcos me envió una fotografía de un lugar cerca de su casa. La fotografía era de Google Maps. Acordamos que, al estar en el lugar, daría más indicaciones. —La primera entrada a mano izquierda, por donde hay una malla te metes por ahí. Es un callejón. Marcos reprochó que me moviera del lugar para ubicar bien el callejón. —Yo nunca le dije que pasara la La infectada

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calle. Cuando esté ahí, el primer apartamento amarillo. Estaré pendiente. —Pendiente para Marcos era mirarme mientras estaba parado frente a la casa equivocada. No estaba tan seguro cuando dio la entrevista. Tenía miedo. Era la primera vez que hablaba del tema con un periodista. Tenía susto de que llegaran cámaras a señalarlo. Lo legal siempre ha sido una duda para él. Cuando regresó de Santa Marta no solo le confirmaron que tenía sífilis, también lo reprendieron. —Salió positivo, el médico me pegó mero regaño y me advirtió de las consecuencias legales que bla bla bla. Me dijo que eso daba cárcel si no le avisaba a la persona con la que estaba. Entonces ahí sí me asusté mucho y me sentí como mal por el hecho no de tenerlo, sino de lo que él me dijo. Me sentía como un niño regañado, la verdad.

Entre el delito y el estigma Según el Código Penal colombiano en el artículo 370 «Propagación del virus de inmunodeficiencia humana o de la hepatitis B. El que después de haber sido informado de estar infectado por el virus de inmunodeficiencia humana (vih) o de la hepatitis B realice prácticas mediante las cuales pueda contaminar a otra persona, o done sangre, semen, órganos o en general componentes anatómicos, incurrirá en prisión de seis (6) a doce (12) años». En junio de 2019, la Corte Constitucional dejó sin vigencia este artículo. El ciudadano Felipe Chica Duque y, en un segundo momento, el centro de estudios jurídicos y sociales, Dejusticia, y la organización no gubernamental Colombia Diversa, demandaron la norma por considerarla discriminatoria y contraproducente contra la salud pública, pues, el artículo prohibía de manera tácita que quienes convivieran con vih o hepatitis B tuvieran relaciones sexuales. Este imponía un delito por el solo hecho de tener 122

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sexo con el otro, así hubiera consentimiento y se utilizaran los elementos de protección necesarios. Además condenaba las prácticas, no solo la transmisión. Por otro lado, motivaba la no realización de la prueba, ya que la norma solo aplicaba si la persona conocía su estado de salud. Según Dejusticia, el factor fundamental para que se determine cuál enfermedad se debe penalizar o no es la tasa de mortalidad de esta. Según datos del Ministerio de Salud y Protección Social de Colombia, en 2017 la primera causa de muerte por enfermedades transmisibles son las provocadas por enfermedades respiratorias agudas con un 57.8 %, en relación al vih que tiene un dieciséis por ciento y se configura así como la segunda causa de ahí que la diferenciación resulte injustificada. La demanda también consideraba que este delito de propagación dolosa ya estaba estipulado en otro artículo del Código Penal que está vigente: el artículo 369. «Propagación de epidemia. El que propague epidemia, incurrirá en prisión de cuatro (4) a diez (10) años». La responsabilidad, en lo jurídico y lo social, siempre la tiene el infectado. Ya que el código mantiene el artículo 369, quedan entonces las preguntas: ¿debe la persona portadora comentar su diagnóstico? Y en caso de iniciar un proceso legal, ¿cómo probar la intención de la transmisión? ¿Cómo saber si esa persona sí fue la responsable de la infección? ¿Cómo comprobar que el otro con sus prácticas no estaba buscando esta exposición? ¿Y el autocuidado? —Cuando uno infecta a alguien, uno no lo está obligando literal a que se exponga a eso, es la decisión de esa persona, así sepa o no la condición del otro. Es una decisión que tomó asumiendo los riesgos que se viene. Yo asumo los actos que yo hago en mi vida, uno no puede andar por ahí, «oiga, si vamos a culiar, muéstreme el resultado de las enfermedades que tiene». La infectada

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Aplicaciones a pelo Hay aplicaciones móviles para todo: para encontrar el amor, comprar comida, ropa, pasajes de bus o avión, realizar transacciones bancarias, aprender idiomas, saber el clima, el ritmo cardíaco. También, para practicar sexo: sin o con juguetes, tríos, orgías, y hasta para practicarlo sin condón. A esta última práctica, entre homosexuales hombres, se le ha puesto un nombre: bareback —a pelo en español—. Una expresión no acuñada entre los heterosexuales, lo que denota un estigma ya que se hace desde una lógica moralizante desde el lenguaje y la orientación sexual. —Yo tengo dos concepciones de los que culean a pelo. Uno, al que no le importa y lo sigue haciendo, y dos, el que tiene el virus y tampoco le importa. Igual hay unos cuantos, yo he visto en las aplicaciones también a los que tienen vih pero que no les gusta culiar a pelo, solo con protección. Los lugares de encuentro que Marcos dejó de visitar, como los saunas, los reemplazó por las aplicaciones. Allí puede clasificar, ignorar, chatear y acordar encuentros con las personas que comparten su gusto. Anunciar su deseo. —Ya se habla con antelación. Igual para mí es una premisa cuando hablo con alguien, uno en el perfil pone que a pelo o bareback, entonces la gente ya está consciente y mucha gente dice: «Hey, no, sabe qué, cuídese» y uno es como: «¿Qué?, tan moralista» ya cada quien decide su propio estilo de cómo tener sexo. Si a Marcos le piden que se ponga condón él no logra mantenerse erecto. Si va a ser penetrado y el otro lo tiene no le encuentra el gusto. Prefiere decir que no. Él lo advierte desde el principio: «sexo a pelo o nada». El condón le quita el deseo. 124

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El condón Medellín tiene más de doscientos dispensadores de condones en colegios, universidades, parques y plazas públicas. Además, se pueden conseguir en las más de cien campañas de prevención que realiza la Alcaldía cada año. Por su parte, las eps están en la obligación de dar quince preservativos por mes a sus afiliados. Según Andrés Cardona, especialista en intervención psicosocial, sobre el uso del condón refiere que este «ha tenido unas lógicas ambivalentes y también responde a que el tema de lo social ha estado muy distante del tema médico. El preservativo aparece en los ochenta pero como un dispositivo vinculado al tema de la eroticidad. Luego aparece el vih y la muerte asociada a la sexualidad, que es una cosa muy particular porque uno relacionaba la muerte con otras patologías. En los ochenta, la muerte asociada a la sífilis se había resuelto […] La premisa era si usted no usa el preservativo se va a morir. Y nadie quiere asociar un dispositivo del castigo con un hecho natural como debería ser el disfrute del cuerpo con la sexualidad». La política nacional para prevenir las enfermedades de transmisión sexual es el uso del condón, pero Colombia no tiene un plan centralizado para importar este producto. Cada entidad territorial es la encargada de realizar la compra de acuerdo a sus necesidades y recursos. Empresas privadas como Today, Durex, Duo y M-Force, líderes en este mercado, venden en Colombia trescientos millones de condones al año, según datos del laboratorio CS Pharma. Eso es en promedio: ocho preservativos al año por colombiano. No obstante, el único informe nacional público dedicado al preservativo, realizado en 2015 con información de 2012, evidencia los bajos recursos invertidos para adquirirlos. Antioquia destinaba sesenta millones de pesos para ese momento. En 2017 la Gerencia La infectada

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de Salud Pública de la Secretaría Seccional de Salud y Protección de Antioquia invirtió setenta y tres millones de pesos, y en 2018 sesenta y tres millones. Pero debido a la descentralización para adquirirlo otras dependencias del departamento como la de infancia y adolescencia o la Secretaría de la mujer podrían haber destinado recursos para la compra de condones, lo que no hace posible tener una cifra total y general rápida del gasto en preservativos por parte de la administración departamental. Según Raúl Valencia, activista vih, y quien trabaja para la fundación Red de Apoyo Social de Antioquia (rasa), la cual brinda apoyo y protección de los derechos de los pacientes, haciendo énfasis en los que conviven con vih, agrega: «Sabemos que entre nuestras prácticas, la conciencia es no usarlo. ¿Pa’ qué vamos a tapar el sol con un dedo? Sabemos cómo se usa, se puede comprar, es de fácil acceso, pero no nos gusta usarlo por la calentura, por el espacio, por muchas circunstancias. Pero el que no lo usa, porque lo tiene decidido desde un lugar político, es al que juzgamos […] Es un tema de negociación con el otro, porque yo no estoy solo ahí teniendo sexo. Desde ese lugar el condón se ha convertido en la tecnología de salud para normativizar la sexualidad del otro. Siempre vamos a necesitar la norma, pero la sexualidad es algo donde siempre estamos aprendiendo. El discurso de salud pública es suficiente para limitar el tema de la sexualidad cuando lo que debe existir es el abanico de herramientas de prevención». El control de la sexualidad y el discurso utilizado respecto al condón han llevado a abandonarlo. A un sector de la sociedad se le juzga si no lo utiliza, y al otro se le motiva a usarlo para prevenir solo el embarazo. A esto se le suma que el preservativo ya no es la única forma para prevenir las enfermedades de transmisión sexual. 126

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PrEP «¿Cuánto llevamos con el preservativo y cuántas infecciones hemos dejado de identificar o cuántas infecciones se han dejado de dar?», pregunta Andrés Cardona. «Ninguna. Hemos dado preservativos y la infección sigue para arriba. Dar preservativos no significa utilizarlos. Los países que hoy tienen PrEP han bajado el cuarenta por ciento de nuevas infecciones. ¿Qué resulta siendo más efectivo?». La PrEP, profilaxis prexposición, es una serie de medicamentos que la persona que no tiene el virus (vih negativo) toma antes de la relación sexual para reducir el riesgo de la infección. Según cifras de los Centros de Control y Prevención de Estados Unidos (cdc), la efectividad va del setenta al noventa y dos por ciento dependiendo de la frecuencia y la responsabilidad al tomarlo. «Ahora, hay que entender que el PrEP no es solo ingerir un medicamento, es un estilo de vida porque las personas que toman PrEP deberían estar en un control: pruebas cada tres meses, entrega de preservativo, revisión de riñones, de configuración ósea», comenta Cardona. Asimismo, el tratamiento que realizan las personas que tienen el virus (vih positivo) evita la propagación del mismo. Los medicamentos, conocidos como antirretrovirales, cortan el ciclo de replicación del virus. Su estado se le ha denominado en muchos escenarios como indetectable, por lo que el riesgo de transmisión también baja. María Teresa Rugeles también dibuja a manera de ejemplos las células y sus transformaciones. Ahora, incluye los medicamentos, sostiene que hay unos que controlan el ingreso del virus al cuerpo y otros que evitan el paso de una célula a otra y su réplica. «El vih no tiene cura porque los antirretrovirales no atacan al virus que está activo, en cambio sí protegen las células que no han sido infectadas». La infectada

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Es allí donde la industria farmacéutica toma mayor importancia en cuanto a medicamentos e investigaciones. Por su parte, Raúl Valencia destaca que «los Estados no hacían investigaciones sobre el vih, solamente empiezan a hacerlas después del 2015». Después de esto la comunidad científica empieza a discutir si una persona con carga viral suprimida es indetectable. «Lo indetectable dentro de lo clínico no existe, es un concepto que surge desde lo social», agrega. La detectabilidad es una discusión que tiene divididos a los científicos por los estudios que sostienen que «indetectable es igual a intransmisible» —undetectable equals untransmittable en inglés—. Según un estudio hecho por onusida en 2018, el cuarenta y siete por ciento de las personas que conviven con vih en el mundo son indetectables, es decir, que su carga viral es menor a cincuenta copias por mililitro en la sangre. Frente a esto, agrega Valencia que «hubo muchos debates entre lo social y lo científico. Se tenía la mirada de que no se puede dar esta información a la gente infectada porque entonces van a empezar a vivir su sexualidad, a infectar a otros, a vivir libres. Desde ese punto, ya se empieza a generar eco, y el discurso se fortaleció en el 2017». Sin embargo, Rugeles sostiene que «cualquier infección como una gripa, puede activar nuevamente el virus. De ahí que la recomendación sea igualmente el cuidado, por eso no se puede garantizar el hecho de ser indetectable todos los días». La otra forma de evitar el riesgo es con el pep, o profilaxis posexposición, suministrado por las instituciones prestadoras de servicios de salud. El medicamento debe ser ingerido dentro de las setenta y dos horas, después de la situación de riesgo, para ser efectivo. El tratamiento debe continuar durante un mes. En 128

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Colombia las salas de urgencias deben contar con este y otros elementos para atender casos de violación o situaciones donde exista riesgo de infección de vih.

Gift giver —Estos días fue que estuve con un man que tiene vih y sífilis y, ¿qué otra cosa tenía? No recuerdo. El caso fue que dijimos: «bueno, vamos a llevar la cédula, los exámenes recientes y vamos a culiar con los exámenes al lado», y así fue. Ese día cada uno sacó la cédula con las impresiones que teníamos, y ya. Éramos como pajiándonos, mirando bien el número de cédula, que si fuera él, verificando la cédula en las órdenes de los resultados. Marcos es gift giver, persona que disfruta de infectar a los demás, y además es bugchaser, persona que busca y disfruta ser infectado. Una práctica que según los cdc nació en los noventa luego de que el sexo seguro se convirtiera en norma para la comunidad gay. —Fue algo excitante porque nunca lo había hecho y eso le da como el comprobante de que «¡Ay, sí!, sí es este y no es pura mierda lo que me dice este man, y sí está infectado». Dejamos los papeles y fuimos a culiar. Yo pienso que es un estilo que uno escoge y pues uno es ignorante, obviamente, lo reconozco, uno puede tener una recaída y qué sé yo, pero no estoy preocupado por la temática de lo que pueda pasar más adelante. Simplemente me enfoco es en pasar bueno. Culiar. Si infecto bien y si no también. Si me infectan bien y si no también, y punto. aids

«Rare cancer seen in 41 homosexuals» —Cáncer raro observado en 41 homosexuales— fue un artículo publicado en el New York Times el 3 de julio de 1981, en la sección de columnas, escrito por el cronista médico Lawrence La infectada

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K. Altman. Esta fue la primera noticia que anunció al público el entonces desconocido virus de la inmunodeficiencia humana. El anuncio fue publicado antes del comunicado médico de los cdc. El virus representó un reto científico. Su identificación, su operatividad. El vih no funcionaba como los demás virus conocidos hasta ese momento. Los primeros casos se diagnosticaron en homosexuales norteamericanos. Luego se reportaron algunos en París y otros sitios de Europa. Todos tenían en común haber visitado Estados Unidos en los últimos dos años. Solo hasta 1983 se le asigna un nombre: aids —siglas en inglés para el término sida—. Pero los diarios habían utilizado otras denominaciones que tomaron más fuerza: cáncer gay, cáncer rosa, síndrome gay. El virus fue vinculado inmediatamente con la homosexualidad, incluso cuando se presentó en personas heterosexuales siempre se habló de individuos marginales como las prostitutas. La literatura, el cine y los políticos ayudaron a difundir esta idea errada. «Si eres homosexual vas a morir de sida», rezaba el dicho. Es así como de la liberación sexual de los años setenta se pasó a un discurso de resistencia hacia una sociedad conservadora que veía el vih como un castigo divino contra lo que consideraba antinatural. También fueron creados los contradiscursos hacia la enfermedad, la negación de la misma o la idea de no querer encontrar una cura para poder acabar con la homosexualidad. En los noventa el movimiento LGBT empezó un proceso de transformación, se reorganizó para luchar contra los señalamientos y exigir investigaciones y una respuesta rápida contra el virus. Se defendió la idea de que el vih no es exclusivo de los homosexuales. «No es que sea un castigo de Dios ni nada de eso, sino que las relaciones sexuales anales tienen un riesgo 130

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más alto. La vagina y la boca tienen una estructura y una protección mayor que el ano. Todas las relaciones sexuales producen laceraciones, heridas. En el ano, al no tener tanta protección, se producen más. Y por medio de esas laceraciones el virus aprovecha. Hay que sumarle que las relaciones entre hombres son clásicamente más fuertes, de ahí que las probabilidades de infección sean más altas», comenta Rugeles.

Clic —También he culiado con manes que tienen papiloma y me arrecha mucho. A veces, cuando sangran es una chimba. «Mire que tiene llaguitas por acá, ¿sí ve?». Todo eso me excita. Para mí es un plus cuando el man tiene algo así. Marcos fotografía y graba sus relaciones desde hace un año. No se niega a mostrármelos en su portátil, le gusta hablar de ellos y de vez en cuando mirarlos de nuevo. —Este es un pelaíto como de veintiún años. El man me sigue la corriente, pero estoy esperando a que le den llaguitas en esa verga, bien rico. Todo está organizado. Mes a mes. Junio 2018. Febrero 2019. Tiene 25 896 archivos ordenados en cuarenta carpetas. El noventa por ciento es material suyo, el resto se lo comparten o los descarga de la web. —Este fue un man que no le dije que tenía vih y me culió a pelo, también del sector. Una chimba. Espero que se lo haya pegado por perra. Su voz empieza de nuevo a mostrar la emoción. Abre los archivos y comenta las enfermedades que tiene cada pene o ano que está en la imagen o en el video. —Este todavía no tenía nada. Ese es el parcero que yo quiero que se infecte. —¿Y él también quiere infectarse? —pregunté. La infectada

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—Pues, no sé, igual me sigue la corriente, entonces demás que sí. A mí no me interesa lo que piensan los demás. A mí que me culeen a pelo y ya. Está sentado, voltea a mirar para ver mi reacción. Repite que le excita hablar del tema. Continúa el recorrido por sus archivos. —Hay una cosa que vi en internet y la hice: meter un cepillo de dientes suavecito por el culo, como acariciándolo, pero eso en realidad en vez de acariciar las cerdas raspan. Incluso por ahí tengo guardado el cepillo. Entonces uno le revienta el culo y ya es más fácil de infectar. Luego aparece su rostro en el video, está haciendo sexo oral. Abre otro y se muestra cómo lo están penetrando, se nota cómo trata de ubicar la cámara para que se vea mejor. Otro pene con llagas, clic, otro ano con cortes y sangre. —Parce, estos son los archivos que tengo, pero... no sé, te voy a comentar algo. Apagá la grabadora.

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27/8/2019

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"En Medellín la clandestinidad suena a chanza: todos saben lo que ocurre, pero hay demasiado pudor, vergüenza o desvergüenza, demasiado pecado o delito para hablar de ello". "Estos días fue que estuve con un man que tiene VIH y sífilis y, ¿qué otra cosa tenía? No recuerdo. El caso fue que dijimos: «bueno, vamos a llevar la cédula, los exámenes recientes y vamos a culiar con los exámenes al lado», y así fue". "Dos misioneros se ubican detrás de Silenia y, cuando el padre le sopla el rostro, cae en los brazos de los hombres. Se la llevan a un lado, le ponen cristos presionando la piel y, mientras se retuerce, da patadas y se desgarra la garganta, la acuestan en el suelo". "Ser médico en Medellín significa salvarle la vida al que sea, ojalá sin preguntar detalles, a veces sin verificar su identidad; reconociendo personas, no nombres. Se trata de ser práctico, el que pregunta mucho se puede morir". "A las dos de la mañana, los cuatro jóvenes de la fiesta en Bello llevaban más de cuatro horas bailando guaracha y unas ocho rayas de tusi (...) A esa hora, llegaron dos más a la fiesta, un cocinero y un vendedor de tusi. Estaban vestidos con camisetas Adidas y lucían cadenas plateadas en sus cuellos" "Idearon formas de contacto en las que el voz a voz y las redes de comunicación jugaron un papel fundamental entre las mujeres que decidieran abortar. Entre ellos se comunicaban a través de un lenguaje encriptado en el que, por ejemplo, le llamaban asesorar una tesis a practicar un aborto y el número de páginas era el número de semanas de gestación".

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