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BOLETÍN MENSUAL DE LA ORDEN MÍNIMA FRANCISCANA MARZO DE 2013 Número 135 Donativo $7.00 M.N.


San José, Patrón de la Iglesia Universal

E

ra el 8 de diciembre del año 1870. De todos los puntos del universo cristiano llegaban a Roma, para ser depositados a los pies de la Sede de Pedro, ardorosos testimonios de la fe del mundo católico en las sublimes prerrogativas y en el poderoso patrocinio de San José. Iba a sonar la hora señalada por la Providencia para la suprema exaltación del augusto Esposo de María. S.S. Pio IX deseaba publicar, en el mismo día de la Inmaculada Concepción y desde su

cautiverio del Vaticano, el decreto que a tan grande altura había de encumbrar en los tiempos venideros al padre adoptivo del Salvador del mundo. “Teniendo en cuenta – decía el insigne Pío IX – los votos de todo el orbe católico, así de los fieles como de sus principales pastores; considerando que la devoción a San José ha adquirido un extraordinario desarrollo en los últimos tiempos, en que una cruel y encarnizada guerra ha sido declarada a la Iglesia de Jesucristo y a fin de vernos libres, por sus méritos e intercesión, de los males que afligen por doquiera a la Iglesia universal, elevamos su fiesta a la categoría de las más grandes solemnidades”.


Cuando meditamos en los sufrimientos de Nuestro Señor, es esencial recordar que su Pasión física no comenzó en la Última Cena ni en el Huerto de los Olivos, sino en el momento de su Encarnación en el seno de María Santísima. Después de Nuestra Señora, nadie estuvo más íntimamente unida a la Pasión del Salvador que San José. Con razón la fiesta de este glorioso Santo siempre cae en el corazón de la cuaresma. La pasión de San José incluye una larga y dolorosa cadena de sucesos, y aunque no fue la voluntad de Dios que presenciara el sacrificio sangriento de la Víctima Divina en el Calvario, desde la Encarnación, comenzó su pasión.

La Prueba de San José Contraídos los desposorios entre María Santísima y José, pusieron su vivienda en Nazaret, y ahí fue donde el Arcángel San Gabriel se apareció a la Virgen Madre y el Verbo Divino se cubrió de nuestra carne. San José, al reflexionar que su esposa había concebido por virtud del Espíritu Santo, sintiose acosado de aquellas angustiosas du-

das, que le sumían en un mar de tristeza. El motivo fue su profundísima humildad, que le hizo tenerse por indigno de ejercer derechos de esposo sobre tan excelsa Señora y de hacer oficios de padre para con el Hijo Divino, que había Ella de dar a luz. En aquellos tiempos se consideraba como próxima la venida del Mesías y no lo podía ignorar nuestro Santo, adornado, según San Francisco de Sales, de mayor sabiduría que Salomón sobre todo en la ciencia de los santos, constando por las profecías de aquel tan suspirado acontecimiento. Había llegado ya la plenitud de los tiempos señalados para el nacimiento del Deseado de las Naciones. Veía San José a su esposa en cinta, y le constaba que era castísima; y porque había leído: “Nacerá una flor de la raíz de Jesé”, de la cual sabía que María había brotado, y porque había leído también: “He aquí que una Virgen será madre”, por esto no desconfiaba que esta profecía se había de cumplir en su virginal consorte. El Omnipotente, que dispuso que su Madre se desposara con San José, para que nadie, ni remotamente pudiera desconfiar de su íntegra y casta vida, no


cuando era testigo de su inexplicable maternidad, no podía atribuirle falta alguna de fidelidad. San José tenía tal concepto de santidad de su virginal Esposa, que juzgó más prudente, con gran amargura de su corazón, separarse de su edificante, y para él, dulcísima compañía...

Penas de San José en Belén

permitió que el primero y el único que recelase fuera el escogido para Custodio de la angélica virtud en la Reina de las Vírgenes. Jamás sospechó el Santo Patriarca ni la más ligera culpa, ni la menor infidelidad en esposa tan santa, estaba perfectamente convencido de la completa inocencia y de la pureza virginal de su Esposa. Si era justo, juzgaba muy bajo de sí mismo, teniéndose poi indigno de habitar con Virgen tan santa y de Dios tan enaltecida. La virtud excelsa que San José veía en la Santísima Virgen, era la prueba más convincente de la inocencia de su vida y la pureza de su alma, de manera que, aun

Grandes y edificantes fueron los ejemplos de humildad y de obediencia que nos legaron los santísimos Esposos por guardar cumplimiento a una orden del emperador César Augusto, quien había resuelto formar el censo o padrón de todos sus dominios y mandó que todos sus vasallos y aliados se presentaran en el pueblo o lugar de su origen a inscribir sus nombres en la lista correspondiente. Como San José y la Virgen eran oriundos de Belén, para dar cumplimiento la voluntad de Augusto, tenían que emprender una viaje tan largo como penoso. Los dos inocentes esposos obedecieron al monarca, aun en las críticas circunstancias en que


se encontraba la Virgen María, y se apresuraron a ponerse en camino, pues así lo disponía la Providencia, dirigiendo aquellos sucesos al logro de sus fines amorosos y a la realización de las profecías. Nazaret distaba de Belén más de treinta leguas de mal camino, en que solían emplearse cinco jornadas no ligeras. Y si éste era largo, fragoso y cruzado de montañas,

se lo hacía suave y llevadero ya la cariñosa solicitud de San José en alegrarle la carga, ya sobre todo la esperanza del próximo nacimiento del Cordero de Dios, que venía a darnos libertad y vida. Era el 24 de diciembre por la tarde cuando los santísimos viajeros llegaron a Belén. Su primer cuidado fue dirigirse al ministro imperial y

cumplir con la obediencia, pagando el tributo e inscribiendo su nombre en el registro. En seguida trataron de buscar albergue para la noche. Tenían allí muchos deudos, algunos de ellos ricos y acomodados. Fue San José a llamar a sus casas, suplicando les dieran asilo; y halló todas las puertas cerradas sin que ni uno quisiera recibirlos. En viéndole tan pobre, todos lo rechazaron. Sentíase éste anegado en amargura, más que por el desamparo en que se veía, por el desprecio y desabrigo, en que contemplaba a su queridísima esposa. Advirtiendo que la noche se les venía encima, y que el tiempo era áspero y frío, corrió en busca de la posada; pero tampoco halló en ella un rinconcito donde guarecerse. Para la augustísima Señora y Madre del Rey de los cielos no había donde reclinar su cabeza. En tan apurado lance aquellos resignados cónyuges, siendo en su patria tratados como viles extraños, salieron de la cuidad en busca de algún rincón, donde resguardarse.


Está Belén en un cerro alto y angosto y cerca del muro en la parte oriental hay una cueva oscura, donde acostumbraban recogerse los pobres peregrinos y pastores. Aquí entraron aquellos santos viajeros determinados a poner allí su morada; íntimamente persuadidos de que todo aquello se gobernaba por disposición de Dios, en cuya voluntad y providencia estaban de todo en todo resignados. Mientras el amante esposo quedó absorto en oración, la Virgen Madre, en un transporte de alegría y arrobada en divina contemplación, dio a luz al Deseado de las Naciones. En este momento acudió San José y postrándose adoró al Niño, cuyo aspecto le hechizaba y suspendía; mas al verlo sobre frías pajas, en vil pesebre, temblando de frío, y soltando de sus ojos alguna lagrimilla sentía su alma herida de pesar y amargura...

La Circuncisión del Divino Infante Llegado el octavo día de su nacimiento el Niño debía ser circuncidado. Era la circuncisión a manera de un sacramento de la ley antigua, dado por Dios a Abrahám para remedio del pecado original. No estaba el Salvador sujeto a esta observancia ignominiosa, así por razón de su divinidad, como por su limpieza esencialmente inmacula-

da: y no obstante, quiso le circuncidaran para nuestra edificación y ejemplo de profundísima humildad. San Epifanio dice terminantemente que Jesús fue circuncidado en la cueva de Belén y el ministro de esta ceremonia para con el Divino Niño fue San José: porque, en primer lugar, es cosa admitida que era propio de las cabezas de familia desempeñar este oficio. Mucho más heroico que Abrahán, se dispuso a cumplir la voluntad divina. Al mandar el Señor al Padre de los creyentes sacrificar a su hijo Isaac, contentose con su generoso ofrecimiento; mas con nuestro Patriarca quiso el Omnipotente que, sobreponiéndose a su amor inconmensurable, aplicara el cuchillo de pedernal al cuerpo inmaculado del Niño, derramando con sus propias manos la Sangre del Divino Cordero. ¡Cuánto mayor sacrificio fue menester para esta ceremonia que para el de Abrahám, y tan costoso! San José circuncidando a su Hijo Jesús, verdadero Dios, lo humillaba, rebajándolo al nivel de pecador; en tal grado, que se anonadó. Abrahám al alzar su cuchilla contra su hijo Isaac, con toda firmeza y seguridad contaba con que su descendencia había de superar el número a las arenas de la mar; San José no podía prometerse otro hijo semejante, y veía en aquel triste rito una certera señal de que tan querida prenda había de morir en afrentosa


cruz. Abrahám ofrecía aquella víctima inocente en el mote Moria, sin otros testigos que aquellos riscos y peñas solitarios: San José arrancaba la sangre del Divino Infante en el portal de Belén, delante de su misma esposa María, cuyo acerbísimo dolor acrecentaba incomparablemente el suyo...

La Profecía de Simeón Llegado el día cuarenta del nacimiento de Jesucristo, María y José, tomando en brazos al Divino Niño, se pusieron en camino para Jerusalén, distante de allí dos a tres leguas. Se dirigieron al Templo de

Salomón para un fin a primera vista tan humillante. Había a la sazón en Jerusalén un anciano justo y temeroso de Dios, llamado Simeón, el cual esperaba con ardientes ansias la consolación de Israel o la venida del Mesías y el Espíritu Santo moraba en él. Le había prometido que no bajaría al sepulcro antes que viera al Cristo, o Ungido del Señor. Inspirado Simeón por el Espíritu Divino, acertó a venir al Templo en el mismo tiempo en que acababa de llegar la Sagrada Familia. Después de Simeón entró Santa Ana, la profetiza, igualmente guiada por inspiración del cielo. Simeón tomó al Niño en sus brazos, y con los ojos arrasados en lágrimas de consuelo, bendijo al Señor y exclamó: “¡Ahora, Señor, puedes ya dejar ir a tu siervo en paz, según tu palabra; porque han visto mis ojos tu Salvación...” Y dirigiéndose luego a la Virgen María: “Mira; este Niño está destinado para ruina y resurrección de muchos en Israel; será el blanco de contradicción de los hombres, y una espada de dolor atravesará tu alma”. (Luc. II, 35) ¡Profunda fue la pena en que se sintió anegado el


Corazón de María, viendo en estas palabras una profecía de la Pasión de Jesucristo! Fue tan grande que si se repartiera entre todas las criaturas, todas ellas perecieran súbitamente de pesar. Y ¿qué diremos del acerbísimo dolor que amargaría el pecho de San José? Fue para él una espada de dos filos, capaz de darle la muerte, si el Señor no lo tuviera reservado para otras penas mayores. Atormentole el vaticinio del santo anciano por el finísimo amor que tenía a Jesús, recordando que sin remedio se cumplirían en su amantísimo Hijo todos los pronósticos de tormentos, agonía y cruento sacrificio consignados en los libros santos respecto al Divino Redentor. ¿Cuál sería la mortal agonía de San José al recobrar María al Niño Dios de los brazos de Si-

meón en los suyos maternales? Parécenos contemplarlo anegado en llanto, imprimiendo tiernos ósculos en aquellos pies y manos, que debían ser enclavados. Adorando aquel Divino Corazón que había de ser herido por la lanza, con qué viveza recordaría los tristes acontecimientos en que tanto había de sufrir aquella víctima inocente: se lamentaba ya de que debiera ser abofeteado y abrevado de oprobios; lloraba porque debiera ser ignominiosamente confundido con los malhechores y vilmente enclavado en infamante madero. Todas estas y otras circunstancias, que sin duda conocía el padre virginal de Jesús, ¿no sumirían su alma en un mar sin fondo de amargura? Y ¿quién podrá alcanzar la tristeza de San José por los dolores de María? Y si sus dolores fue-


ron continuados hasta que murió, ¿no debemos confesar que fueron también incesantes las angustias y tristezas de San José? ¡Cuántas veces platicarían sobre los encantos del Divino Niño, y con el recuerdo de las futuras penas del Redentor, al brotar un raudal de lágrimas de los ojos de María, sentiría San José atravesada su alma con los filos de la misma espada que hería a la Virgen! Desde la profecía de Simeón vivió muriendo en cada instante, dado que, asediado por el triste recuerdo de la muerte de Jesús y de los acerbísimos dolores de María, sentíase atormentado con mayor fuerza que con la muerte más cruel y sensible. Sacaba de la profecía de Simeón esta verdad aflictiva: “¡Bajarás al sepulcro sin acompañar a María en su doloroso quebranto, ni consolarla en su triste soledad! ¡Bajarás al sepulcro, perdiendo la compañía de los que han de formar las delicias del empíreo!” Todas estas y parecidas ideas, a cual más aflictivas, ¿no harían pedazos el corazón de tal padre y tal esposo? No se puede negar...

La Huída a Egipto Después de la Presentación del Niño en el Templo, llegó la Sagrada Familia tranquila a Belén dispuesta a tomar la vuelta a su patria cuando Herodes, excitado porque los reyes habían burlado sus espe-

ranzas inicuas, montado en cólera juró perder al Niño, heredero del trono de Israel. Para que no se escapara de sus crueles tramas el Divino Infante, mandó el tirano quitar la vida a todos los menores de dos años en Belén y en su comarca. Pero no había llegado aún la hora del sacrificio ni el poder de las tinieblas; por tanto, Jesús saldrá incólume de todas las diabólicas asechanzas. Con todo, Herodes manda ejecutar sus órdenes sanguinarias, con ánimo de matar a Jesús. Ved aquí que de noche, cuando San José descansaba tranquilamente, se le aparece en sueños el ángel de Dios y le dice: “Levántate, toma al Niño y a la Madre, y huye a Egipto; pues Herodes busca al Infante para matarle.” No es menester ponderar el sobresalto que recibió San José al oír del celestial heraldo los sanguinarios propósitos del tirano. Sus entrañas de cariñoso padre y de amante esposo se conmovieron tristemente, con sólo pensar en la pérdida posible de Jesús y en el dolor indudable de María. ¡Qué presto empezaba a realizarse la profecía de Simeón! Por esto el glorioso patriarca solícito y obediente, trata de salvar al instante las prendas de su alma, huyendo aquella misma noche de las insidias de Herodes. Mas, ¡cuántos pensamientos penetrarían su corazón como dardos envenenados! Para llegar a Egipto era preciso un viaje largo de unas dieciséis


a veinte jornadas; el camino era escabroso, desconocido, a trechos llenos de bosques, a trechos interrumpidos por pesadísimos arenales; el tiempo, como de invierno, desagradable e inseguro; sin guías, sin víveres, sin suficientes alivios para conllevar las inclemencias de la estación y los sustos inevitables en riesgo tan inminente. Además, ¿a dónde irá el justo patriarca con el Niño, que no puede dar un paso, con la Virgen Santísima de unos dieciséis años de edad, tan joven como delicada, sin estar hecha a

tales fatigas? ¿Qué tribulación mayor podía sobrevenir a un padre y esposo como San José? ¡Qué dolor! Y debe huir de su patria a un país extraño, de entre fieles adoradores de Dios al medio de ciegos idólatras esclavos del diablo, de la compañía de amigos y paisanos de un mismo idioma al trato de gente sospechosa y de lengua desconocida. No se puede imaginar mayor sacrificio. No tenían qué comer, a no ser de la pobreza que lleve el Santo Patriarca, o de los que recojan de limosna. ¿Dónde se acogerán u hospedarán durante la noche, señaladamente al atravesar las cien millas de arenoso desierto, en cuyo trayecto no alienta persona humana? ¡Oh, qué angustias serían las de San José! ¡Qué tristes pensamientos ahogarían su alma! Tendrían que dormir al sereno, en la fría arena o debajo de algún árbol; se verían expuestos a las injurias del tiempo, y correrían riesgo de caer en manos de ladrones, o en las garras de fieras indómitas, tan numerosas entonces en aquellas incultas tierras. Pero, ¿qué importa todo esto para el áni-


mo valeroso de San José? Merecía todos estos sinsabores y fatigas la salvación del Niño Dios y de su Madre Santísima. Por ellos lo arrostra todo, y pone en cumplimiento con toda prontitud, sumisión y diligencia la voluntad de Dios manifestada por el ángel. Levántase José de noche y sin pretexto, rodeos, ni excusas toma a Jesús y a María y pone en salvo sus vidas huyendo a Egipto. No importa que la empresa sea tan penosa como ardua y difícil. Huyendo en la oscuridad de la noche que si bien ayuda a la seguridad de no ser vistos ni descubiertos, entorpece, con todo, la marcha y acrecienta los temores de que, extraviándose del sendero en vez de esquivar, busquen sin conocerlo el peligro. Pero ésta es la voluntad de Dios y de noche viajan, fiados en que la Divina Providencia así lo dispone y no los abandonará. Con esta providencia, tan singular llegaron los viajeros a Egipto, fijando su vivienda en Heliópolis y allí residieron duran-

te su destierro, sin otros recursos que los del trabajo y los suministrados por la caridad de algunos judíos, allí establecidos. ¡Qué conformidad en medio de sus miserias y privaciones! El jornal de San José y lo poco que la Virgen ganaba con la aguja, el huso y la lanzadera eran casi los únicos medios con que contaban para la subsistencia. ¡Qué tragos para un pobre padre! Y María y José lo su-


frían todo santamente resignados, y allí permanecieron sin quejas, murmuraciones ni exigencias hasta que, conforme a las instrucciones recibidas, avisara de nuevo el ángel para volver a Israel...

Vuelta de la Santa Familia a Israel Habíanse cumplido ya siete años que la Sagrada Familia vivía en el destierro, cuando se supo la muerte de Herodes, acaecida en castigo de sus crímenes y crueldades. Nada detenía ahora a los ilustres expatriados lejos del hogar y privados de las augustas ceremonias del templo de Jerusalén sino la obediencia, y solamente la obediencia. Había dicho el ángel al Santo Patriarca: “Permaneced allí hasta nuevo aviso” y allí se quedó en paz y sosiego, cumpliendo la voluntad de Dios. Pero he aquí que cuando eran ya queridos u honrados de sus convecinos, y conocidos por sus extraordinarias virtudes para bien de muchas almas, se apareció en sueños a José el ángel y le dijo: “Levántate; toma al Niño y a su Madre y vuelve a tierra de Israel, pues murieron ya los que lo buscaban para matarlo.” ¡Cómo velaba el Señor para conservación de la vida de los que formaban aquella Trinidad terrena, tan querida de la celestial! Aquí la voz del ángel indicó a José

que ya era tiempo de tornar a su patria: y José, sin excusarse ni con las dificultades del camino, ni en la buena acogida de que gozaba en Egipto para mucha gloria de Dios, cumplió al instante el aviso del celeste mensajero. Habiéndose, pues, despedido de sus buenos amigos y bienhechores con verdadero afecto, tomó San José al Niño Dios y a su Madre, y emprendió la vuelta de Israel. No le había el ángel determinado el lugar, donde pudiera vivir seguro con sus dos preciosísimas joyas, sino que había dejado a su discreción y prudencia escoger el punto que más le pluguiera. Por tanto, sea porque San José pretendía poner su morada en Jerusalén, por ser aquella ciudad cabeza del reino, asiento del templo y escuela de los profetas, sea porque deseara ir a ofrecer sacrificio en acción de gracias por su regreso a la patria. Allá dirigió sus pasos, mas he aquí que después de algunas jornadas, internado ya en aquel reino, llegó a su noticia que reinaba en Judea, Arquelao por Herodes su difunto padre. ¡Qué sobresalto y angustia se apoderó del padre virginal de Jesús con nueva tan aterradora, pues Arquelao era hombre cruel, sanguinario y ambicioso como su padre. ¿Qué no debía recelar José de aquel nuevo monstruo de iniquidad y qué hubiera hecho aquel tirano en llegando a su conocimiento que tenía en sus dominios


al que había nacido rey de Israel, a aquel mismo a quien había su padre intentado matar? Amargura sería para San José, y amargura acerbísima oír de labios autorizados las arbitrarias crueldades y tiranías con que Arquelao había pretendido afianzar su trono. Todo esto le harían ver el peligro en que se metía con proseguir su camino, y le traerían a la memoria los obsequios y dulce trato que recibían en Egipto, la grata paz y tranquilidad de que gozaban

en tierra extraña. ¿Qué hace José en tan apurado trance? No ignora que aquel que no acelera la hora de Dios, es comúnmente quien acierta; por lo cual, sin impaciencias, ni precipitaciones, ora y trabaja, clama al cielo por el remedio oportuno, y toma diligente las medidas que le dicta su prudencia iluminada. En efecto; no se hizo esperar la luz o amparo apetecido, se le apareció el ángel diciéndole que pasara a Galilea, donde viviría seguro...

El Niño Perdido y Encontrado en el Templo Al llegar Jesús a los doce años, por la fiesta de Pascua partió a Jerusalén junto con sus padres. Para el cumplimiento del divino precepto hubiera bastado a la Sagrada Familia permanecer un solo día en la santa ciudad, pero como espejo perfectísimo de fervorosos fieles, pasaron allí toda la semana de los ácimos.


En estas solemnes reuniones había la costumbre de estar los hombres separados de las mujeres, pudiendo los niños agregarse a los unos o a las otras. Llegando pues el día de partir, arreglado todo y a punto de ponerse en camino, se salieron cada uno por su puerta; y juzgando que su prenda adorada estaría en la comitiva del otro, siguieron los dos santísimos Esposos una jornada, sin notar la ausencia de Jesús, que secretamente se había quedado en la ciudad. Machmas era donde solían juntarse los peregrinos, hombres y mujeres, a volver de las fiestas de Jerusalén hacia Samaría o Galilea. Alcanzando San José a la comitiva en que iba la Virgen, y viendo que Jesús no iba con ella, inquiriendo entre parientes y conocidos, no dieron con la joya suspirada. ¡Juicios de Dios inescrutables! ¿Quién adivinará los fines altísimos del Señor en afligir así a sus amadísimos Padres? Jesús se hizo perdedizo, y se quedó oculto en Jerusalén, sin dar el menor aviso a ninguno de los peregrinos. ¡Qué

pena anegaría los corazones de María y de José al verse sin el consuelo de su vida! Sin pérdida de tiempo fueron preguntando por Jesús a todos los de la caravana, y como nadie les supiera dar razón, es indecible la tristeza en que se vieron sumergidos. Aquella noche, aunque cansados del camino del día, no pudieron cerrar los ojos, ni dar reposo a sus fatigados miembros; sino que entonces mismo o según opinan otros, al despuntar del alba, tomaron la vuelta de Jerusalén para correr en busca de su codiciado tesoro. ¡Con qué cuidado irían preguntando a todos los transeún-


tes por aquel Lucero hermoso en quien se deleitaban las miradas del Eterno! Pero todo en vano: nadie les daba ni el más ligero indicio del imán de sus amores. Como se puede fácilmente presumir, en llegando los santos Consortes a Jerusalén, inmediatamente se pusieron a buscar a su Hijo queridísimo dentro y fuera de la ciudad, empezando por la posada, donde habían comido aquellos días. Mas pasaron el segundo día, sin poder adquirir ni rastro del paradero de Jesús. ¡Qué noche fue aquella! ¡Oh! ¡Con qué amargura en medio de aquellos apuros traerían a la memoria el vaticinio de Simeón, temerosos de que no hubiese principiado ya su cumplimiento! ¡Qué perezosas correrían para ellos las horas de aquella noche, afanosos de volver de nuevo en busca del Cordero divino! Era preciso que padeciera San José, apurando el cáliz de amargura por espacio de tres días, tipo y figura de los otros tres, en que María, puesta en tristísima soledad, había de llorar muerto al fruto bendito de sus entrañas. En efecto; llegado el tercer día, sin que aquellos afligidísimos Esposos hubiesen tomado alimento ni descanso, embargados entrambos por el dolor, sin otras ansias que de llorar y de orar, buscando en las lágrimas lenitivo de sus penas, resolvieron ir al templo, para con sus preces mover al Señor a piedad de sus almas desoladas...

Que la consideración de los dolores de nuestro Protector San José nos anime a sufrir con más generosidad lo que la Divina Providencia nos tiene preparado para nuestra salvación y santificación. Pues si necesariamente tenemos que sufrir en este mundo para merecer el cielo, suframos unidos a Jesús María y José.

Oración para el 19 de Marzo ¡Oh glorioso San José, esposo de María y padre nutricio de Jesús!, en este día en que la Iglesia nos recuerda vuestra dignidad, vuestra santidad y vuestra gloria, vengo a vuestras plantas henchido de amor y de entusiasmo; os felicito porque el Eterno Padre os escogió entre todos los hombres para jefe de la Sagrada Familia; os felicito porque el Divino Hijo os eligió por su padre nutricio; os felicito porque el Espíritu Santo os confió la guarda y protección de su purísima Esposa, la Reina de los ángeles. Me congratulo con vos, santísimo Patriarca, por las gracias, dones y carismas con que la Augusta Trinidad os enriqueció para que dignamente desempeñarais tan superior y sinigual ministerio. Alégrome, dulce padre mío, al veros coronado de tanta gloria y constituído el dispensador de todos los tesoros divinos. El cielo y la tierra celebran hoy vuestra fiesta; la Iglesia os aclama por su Padre, Patrón y defensor, su guarda y poderoso libertador. Amén.


Oh San José, que a Jesús que cuando Niño, con cariño de buen Padre lo abrazabas. Muchas lágrimas en su rostro derramabas al pensar en la Pasión y sus tormentos. Cuando en tu lecho de última agonía tú sentías un rocío en tu rostro. Eran lágrimas de tu Hijo amoroso que endulzaron tus últimos momentos.

No olvides que si en vida tus devotos Te invocamos con presteza y confianza. En la muerte tú serás nuestra esperanza, en el cielo tú serás nuestra alegría. No olvides cuando llegue nuestra muerte, que te invocamos como dulce Protector. Nos alcanzarás de Dios morir con gran fervor en los brazos de Jesús y de María.

¡Sea para gloria de Dios!

BOLETÍN MENSUAL DE LA ORDEN MÍNIMA FRANCISCANA  

San José, Patrón de la Iglesia Universal

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