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Felipe Festival de Literatura de Pereira 2020


Dirección concurso de cuento: Viviana Zuluaga Zuluaga Dirección FELIPE: Carolina Saldarriaga Ramírez Ilustración: Zetha (@yosoloqueriajugar) Diagramación y diseño de cubierta: La Astilla en el Ojo Séptima edición. Sexto Concurso de cuento corto: Cuentos cortos para esperas largas. Una producción de la Corporación Cultural Casa Creativa para el proyecto Al Pie de la Letra, con el apoyo del Ministerio de Cultura de Colombia y la Secretaría de Cultura de Pereira, 2020. ISBN: 978-958-57188-8-3 Cuidado de la edición: Viviana Zuluaga Zuluaga Impresión: Pixelar SAS Libro de distribución gratuita que respeta la reglamentación en materia de derechos de autor.


Contenido 7 Presentación 9 Hecho en China Santiago Jiménez Quijano / ganador primer puesto 13 Agravio Diana Vela / ganadora segundo puesto 17 La pareja José Joaquín Duque Mejía 21 Cómo se cuela una rata Cristhian Villegas Peláez 25 Diccionario Róbinson Grajales 29 Epitafio real Elbert Coes 33 Breve evangelio según santa María, la mujer judía (o la forzosa trilogía del dolor adolescente) Luis Fernando Loaiza Zuluaga 37 Tizne Isabella Romero Castaño 41 Así debían mirar a los leprosos Sebastián Castro T. 45 Sin remedio Hernando Castellanos Silva


SEXTO CONCURSO DE CUENTO CORTO

49 El robo Geison Román Díaz 53 El escenario del monólogo Andrés Felipe Castañeda Aguirre 57 Fosa Diego Fernando Barbosa Rivas 61 Tiempos perdidos Justo Serrano Rodríguez 65 Prejuicio Álvaro Lopera Dagua 69 Botella Roberto Sebastián Pinchao Huertas 73 Aliado en la sombra Olga Lucía Jaramillo Ochoa 77 Tan espaciosa y vacía (última página) Gustavo Adolfo Bedoya Sánchez 81 El espantador de moscas Natalia Rozo Vanegas 85 Desamparo Diana María González García


Presentación En el año 2014 nació el Festival de Literatura de Pereira (FELIPE) con el interés de fomentar la lectura y escritura entre el público pereirano y creyendo con fervor que era necesario aportar en la democratización del acceso a la literatura. Nació así el primer libro de distribución gratuita llamado Cuentos cortos para esperas largas. En ese 2014 publicamos relatos de poderosos escritores reconocidos por la mayoría de lectores hispanos: Rubén Darío, Javier Quiroga, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez... Sin embargo, al año siguiente nos preguntamos si no valía más la pena publicar a quienes no habían sido publicados y con ello incentivábamos no solo la lectura sino también la escritura. Entonces en 2015 realizamos el primer concurso de cuento corto para buscar, premiar y publicar a los 20 mejores cuentos. Fueron poco más de 60 los participantes. Hoy celebramos la séptima edición del libro y la sexta versión del Concurso Cuentos Cortos para Esperas Largas. 1023 personas de todas las edades, profesiones y rincones del país enviaron sus relatos a este Concurso. A todos ellos les agradecemos, los invitamos a seguir escribiendo más y mejor. A los 20 ganadores de este 2020 los felicitamos por el compromiso con el que escriben y por entregar a nuestros lectores esta gran selección de cuentos. Al Instituto Caro y Cuervo agradecemos el ejercicio juicioso de evaluación y selección de los ganadores que hizo posible entregar a ustedes lectores esta nueva versión. Esperamos que la disfruten.

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Hecho en China Santiago Jiménez Quijano Bogotá Ganador primer puesto

Químico y magíster en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional de Colombia, se gana la vida como entrenador de rugby mientras escribe literatura y guiones cinematográficos.

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Sin haber cumplido los seis años, Li Yun Peng se acaba de convertir en el campeón mundial de ajedrez más joven de la historia. Pero su camino hacia el éxito no ha sido fácil. El prodigio chino sorprendió al mundo cuando obtuvo el título de Gran Maestro Internacional un día antes de su cuarto cumpleaños, llamando la atención del mundo entero, pero en especial de los grandes y viejos jugadores que vieron en su naciente popularidad una amenaza y, desde ese momento, hicieron todo lo posible por alejarlo de las competencias internacionales. En su primer año como Gran Maestro Internacional, Li Yun Peng solo acumuló derrotas. No parecía encontrar la salida a la forma agresiva en que lo enfrentaban sus rivales, planteando férreas defensas y lanzando feroces ataques en su contra. La intención era humillar al niño ajedrecista adorado por los medios y precipitar su salida definitiva del mundo de los tableros lo antes posible. Y aunque parecían estar lográndolo, se quedaban desconcertados ante la increíble tranquilidad con la que Li Yun Peng abandonaba las partidas, pero más que nada porque lo hacía mucho antes de que ellos mismos estuvieran seguros de su victoria. En su segundo año como Gran Maestro Internacional, un Li Yung Peng más experimentado siguió abandonando las partidas, pero ahora con mayor antelación. Esta

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contradicción hizo que sus rivales empezaran a jactarse de haber acabado con el gran milagro chino. La prensa, que antes había sido su aliada incondicional, daba muestras de haber perdido interés en él. El gobierno chino y los patrocinadores internacionales prendieron las alarmas y decidieron que el niño hablara con los medios, una medida arriesgada que se habían reservado para una situación como esta. Para ello, escogieron a la prestigiosa revista New in Chess. En la entrevista, adornada con una foto a página entera de Li Yung Peng abrazando a un oso de peluche mientras estudia con gesto desenfadado una partida de ajedrez en el tablero, el niño habló de su vida cotidiana, su gusto por los helados y sobre cuál era su programa de radio favorito. Cuando el entrevistador le preguntó si quería responder a las críticas a su juego, citó una famosa frase del I Ching: “No te resistas a las dificultades ni avances contra ellas. Si te retiras y observas, aprenderás una lección importante. Entonces, seguir adelante te será fácil”. El mundo del ajedrez quedó sorprendido por la elocuencia del niño de cinco años, pero desconcertado por la ambigüedad de su mensaje. En poco tiempo se abrió una discusión sobre el verdadero significado de sus palabras, que amenazaba con salirse de control. Su representante, un miembro del Partido que lo acompañaba a todos los torneos en lugar de sus padres, tuvo que salir rápidamente a aclarar las cosas: “El juego del camarada Li no ha parado de mejorar. Si cada día que pasa deja caer su rey más temprano, es porque cada vez puede anticipar el resultado final desde mucho antes que sus contrincantes”. Esta explicación terminó con el debate

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HECHO EN CHINA

y puso en alerta a sus rivales, que pasaron de la euforia al terror. Si lo que el representante decía era verdad, sabían que dentro de poco Li Yung Peng se volvería invencible. Li Yun Peng siguió abandonando las partidas cada vez con mayor antelación, hasta que llegó el día en que, jugando con las negras, dejó caer su rey un segundo después de que el primer peón blanco avanzara en el tablero. El mundo del ajedrez estaba en shock. El interés de la prensa volvió y sus cortas partidas empezaron a ser vistas en vivo por cientos de millones de personas alrededor del mundo. Faltaba muy poco para que empezara a ganar. Sus rivales pronto entendieron que, si Li Yun Peng no derribaba su rey en la primera jugada, la partida estaba irremediablemente perdida. Ahora, los encuentros disputados por el niño duraban solo un par de segundos y sus rivales se levantaban molestos y estrechaban su pequeña mano sin acabar de comprender en qué habían fallado. Para cuando se disputó el siguiente mundial, no quedaba nadie que pudiera ganarle.

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Agravio Diana Vela Pereira Ganadora segundo puesto

Estudió Comunicación en la Universidad de Lima. Obtuvo una beca para realizar una maestría y doctorado en Literatura Hispanoamericana en University at Buffalo, Nueva York. Vive en Colombia desde el año 2009 y en la actualidad es profesora en la Universidad Tecnológica de Pereira.

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Cuando la conocí me pareció arrogante. Abrí la puerta y la encontré, revista en mano, en un sillón de la sala. “Te presento a Priscila”, expresó doña Gloria, la casera de la pensión donde me alojaba. Sin descargar el morral, me acerqué a saludarla. No respondió a mi saludo, tampoco me devolvió la mirada. Sus ojos permanecieron anclados en la distancia. La madre de Priscila es una mujer de nariz diminuta y gestos moderados. El padre, un sujeto de brazos largos y carraspera desagradable. Priscila tiene dos hermanas menores, mellizas. Doña Gloria vive al frente, y recibe un dinero por cuidarla. Ella me cuenta que cuando Priscila iba con su madre a mercar, incomodaba a los muchachos de su edad con quienes se cruzaba porque se les quedaba mirando sin pena y por largo rato. Me cuenta además que en misa, rompía a llorar durante la liturgia, y no permitía comulgar en paz. Por las mañanas, las mellizas llevaban a su hermana a casa de doña Gloria. Priscila se acomodaba en el sillón, recibía de la casera una revista abierta y empezaba a ondear una hoja con parsimonia. El vaivén de aquella página, que era siempre la misma página, acompañaba el paso de las horas. Al regresar de la universidad la encontraba sumergida en aquel rito, sosteniendo una esquina del papel brillante con el índice y el pulgar.

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Priscila aprendió a reconocerme, e incluso a pronunciar mi nombre; y yo me acostumbré, de algún modo, a su discreta compañía. En ocasiones sin embargo, padecía el malestar de aquellos adolescentes tomados por sorpresa en el supermercado: cuando los ojos de Priscila se clavan en ti no tienen piedad. Cada año, la madre de Priscila visita a unos familiares fuera de la ciudad y deja a su hija al cuidado de doña Gloria por más tiempo. Una noche advertí en Priscila un matiz inusual: un trazo oscuro delineaba sus párpados, un extraño fulgor decoraba sus labios. “Sus hermanas la pusieron bonita”, bromeó la casera. De repente, timbraron. Eran las mellizas, y al verlas, Priscila gritó. Me volví con todo el cuerpo. La revista yacía en el piso, lágrimas negras surcaban sus pómulos. Flanqueada por sus custodias, fue dirigida hacia la puerta. “Es una crisis por los fármacos”, minimizó la casera. Pero yo no pude olvidar que cuando se la llevaban, Priscila apretaba los puños. Recogí la revista y me fui a mi habitación. Días después, doña Gloria me hizo una confidencia. Esa mañana, al notar que las muchachas demoraban, se asomó por la puerta y sufrió un sobresalto: vio a Priscila, con el torso descubierto, en el ventanal de su casa. Doña Gloria se abalanzó a la calle como si fuese a contener un incendio, pero se detuvo en seco: unos brazos largos surgieron detrás de la cortina y apartaron a la joven con fuerza.

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AGRAVIO

Yo había escuchado que las personas como Priscila al experimentar la tormenta hormonal de la adolescencia exhibían comportamientos inusitados como bajarse los pantalones en público. Y aunque intentaba no pensar en ello, me descubría imaginando cómo habría transcurrido esa mañana en la casa vecina. El padre desayunaría indiferente al trajín que ocupaba a sus hijas: una alistaría la bañera para Priscila, otra correría a escogerle el atuendo. Mientras tanto, Priscila se escabullía detrás de la cortina y se quitaba la ropa de cara al ventanal. Una noche me quedé hasta tarde estudiando en la universidad. Estaba acostumbrada a que nadie se ofreciera a acompañarme; por fortuna, la pensión quedaba solo a unas cuadras. Con las llaves en la mano tomé el único andén iluminado, aceleré el paso por el parque y atravesé corriendo la curva final. Cuando estaba por abrir la cerradura volteé a mirar la casa de enfrente. Las luces apagadas, las cortinas cerradas, la atmósfera de calma que envuelve a un hogar cuando todos descansan. Crucé la calle y escuché, desde el cuarto de Priscila, un gemido femenino, familiar. Alcancé a ruborizarme cuando de repente, el sonido de la carraspera me turbó. Hacía tiempo que no recordaba el espanto: la penumbra de mi habitación infantil, el crujir de la litera, el cuerpo de mi padre aplastándome. Entonces se me vinieron las arcadas.

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La pareja José Joaquín Duque Mejía Medellín

Un ingeniero de sistemas.

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Está bien, es normal ver a una pareja que se habla al oído mientras el concertista de turno –esta vez Lang Lang– después de interpretar a Satie, agradece al público agachando la cabeza y el tronco hacia adelante con la mano derecha en el corazón. El piano de cola es Steinway & Sons y brilla, como brilla la corbata de Lang Lang, sus dientes y solo un poco la parte alta de la frente. La pareja está sentada en tercera fila. La mujer, aplaudiendo, cierra un poco el ojo derecho, lado por el cual, el hombre, con los labios en la oreja de ella, le dice algo al oído. Lang Lang deja el escenario. Prenden las luces. No cesan los aplausos que se incrementan unos segundos después con el regreso del pianista con la frente seca. Una niña de vestido rosa, ojos rasgados y zapatillas blancas, sube al escenario y le entrega a Lang Lang un ramo de flores, él la besa en la mejilla y pone el ramo sobre el piano. Ahora es la mujer la que le dice algo al hombre en la oreja, y ahora es él quien entrecierra un ojo; tal vez el anuncio en perfecto inglés del joven pianista de una polonesa de Chopin: la número seis, o tal vez fue solo la respuesta a lo que le susurró él hace un momento. Lang Lang, vestido negro, corbata de lentejuelas, toma asiento. Se apagan las luces –y los murmullos– (alguien tose por última vez). Ella recuesta la cabeza en el hombro de él justo cuando la cámara toma a Lang Lang de perfil: tiene

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los ojos cerrados y la cara hacia arriba. Las notas salen de sus dedos blancos, ella también tiene los ojos cerrados. Él le acaricia el pelo. Chopin en París, sentado en su estudio con un buzo hasta el cuello porque está resfriado, nunca pudo pensar, es más, no tenía por qué pensar, que ciento sesenta años después de su muerte, eso, que estaba componiendo un día de cualquier estación europea, lo iba a interpretar un jovencito con rasgos orientales a una multitud de personas en un teatro vienés, y lo iba a ver interpretar un tipo sentado en piyama descalzo, por un aparato llamado computador, en un programa llamado YouTube, a través de una red de información a la que le dirían Internet, en una época denominada La Pandemia, una noche cualquiera en un lejano país de nombre Colombia, que, en tiempos del pianista polaco se llamaba República de la Nueva Granada. Lang Lang ahora ataca el lado grave del piano agachándose mucho, así como Chopin va escribiendo su polonesa y como el hombre de la pareja se agacha sobre la cara de ella y la besa muy suave, un beso romántico, un beso que termina con una floritura de la mano derecha de Lang Lang y que para Chopin implicó un espasmo de tos. Ambos se levantan del piano; Chopin abre la ventana y se pasa la mano derecha por la boca, Lang Lang toma un trago de agua de un vaso que hay en un extremo del piano oculto a la cámara. La pareja se levanta, mira a Lang Lang, sonríe, en sus ojos se ve un brillo de admiración y en los de Chopin salen lágrimas; no por su romanticismo extremo

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LA PAREJA

sino por su enfermedad incurable. El público aplaude muy rápido. El joven pianista deja el escenario. Prenden la luz. Regresan los rumores. Alguien tose y la pareja se me va perdiendo de la pantalla entre la multitud que sale de la Wiener Musikverein y en los créditos de este video que suben lentos y dicen nombres en alemán.

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Cómo se cuela una rata Cristhian Villegas Peláez Palmira

Licenciado en filosofía.

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Cuando conocí a Ana Malena me deslumbró su sonrisa grande de labios jugosos como mangos maduros. Y fue nomás verla bailar para imaginarme sus caderas de gitana contoneándose sobre mi cuerpo. Tenía que levantarme a esa mona. No fue difícil conseguir una invitación a su casa, allá en la parte alta de San Antonio, todos saben que cuando un mulato se dice a bailar es igual a un encantador de serpientes. La cosa se empezó a complicar cuando toqué a su puerta. De una me salió al paso un gato rayado y de ojos amarillentos. Fue como si saliera de entre las sombras y, por mi madrecita, que creí ver al diablo. Clavó sus ojos en los míos y luego siguió su camino (vaya uno a saber cuál). Ana abrió. —Ve, mona, vos vieras, antes de que abrieras me recibió un diablillo peludo. —Seguro era Peperoni, siempre que invito a alguien aparece, incluso cuando se ha perdido por días –dijo con una seriedad que me preocupó–. No sé cómo le hace, es como un sexto sentido o algo así… pero no te quedés ahí, Negro, seguí.

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Ya luego se me olvidó el bendito gato, yo iba a echarle los canes en forma a la Ana Malena. Entonces empecé a tirar la parla: le comenté de mis “lucrativos negocios”, del primo (en no sé qué grado) concejal y hasta del mítico “vigor” de mis parientes del Puerto. La tenía tramada. Hasta que vi al puerco gato en la escalera. No me di cuenta a qué hora se metió ni cómo llegó allí, pero seguía cada paso que daba. ¡Por Chucho que era así! Hacía como si no estuviera, pero cada que volteaba a ver lo encontraba mirándome, con esos ojos luminosos y penetrantes. No, amigo, ese bicho ya sabía que lo mío no era sino paja. La empecé a cagar, dije unas pendejadas que de una le hicieron torcer la boca a la Ana. Con todo y me repuse, ninguna alimaña me iba a ganar sin que yo diera pelea. El interés de la Ana no había decaído del todo. El gato ese me tenía intranquilo, pero yo templado sin moverme un pelo. Comimos, bailamos, nos manoseamos de lo lindo y cuando ya iba a darle su estocada en el mueble… ahí estaba el muérgano. No me aguanté más. —Subamos pa’ tu cuarto, Mona, pero rápido que estoy es que te parto en dos –obvio, no mencioné lo del gato. —No jodás, Negro. ¿Qué tiene de malo hacerlo aquí? No estoy esperando a nadie… hacele.

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CÓMO SE CUELA UNA RATA

—Pero… mi Mona, es que… es que en este mueble tan chiquito no puedo hacerte todo lo que te quiero hacer. —Ay hágale pues, pero en bombas antes de que me arrepienta. Subo, cierro de una la puerta y ella me mira extrañada, pero no hace mucho caso a la vaina. ¡A lo que vinimos! La beso con tantas ganas que se le escapa un gemido, seguimos toqueteándonos, la temperatura está más caliente que una pista con Sonido Bestial. Nos arrancamos la ropa como animales. Ella que me dice con la emoción arriba “¡¿Estás listo?!”; y yo que salgo enfletado a agarrar el pantalón y nada, miro por todos lados y nada. Jueputa, el condón se me había caído en la sala. Le pido que me espere, puja y me mira como al mayor idiota, pero no tiene opción. Corro en bola hasta abajo, el gato de infierno no se ve en la zona. Busco por la sala, echo un vistazo al comedor, llego hasta la puerta, nada. Me agacho para mirar debajo del sofá y entonces siento el dolor más desgraciado y profundo de mi miserable vida. Lanzo un grito para despertar al barrio entero. Ana baja azarada y me encuentra en su sala retorciéndome como en una escena de Tarantino. Me gané unos dieciocho puntos de una herida que puso en peligro las joyas de la familia. Al otro día Ana encontró los condones mordisqueados. Y no fue lo peor, llega y comenta con una sonrisita que todavía recuerdo con putería: “Disculpanos, Negro, es solo que a Peperoni no le gustan los ratones”.

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Diccionario Róbinson Grajales Cali

Es profesor de lingüística en la Universidad del Valle. Desde la adolescencia ha sido un lector asiduo y desde hace algunos años escribe cuentos. Le gusta leer literatura, divulgación científica y filosofía. Es un apasionado de las letras y esta pasión ha guiado sus decisiones vitales.

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A mitad de camino entre la habitación y la cocina, mientras pasaba al lado del estante de los trofeos de su mamá, a Elena, sin saber de dónde, le vino a la cabeza la palabra oropel. No tenía conciencia de haberla oído antes ni conocía su significado. Entonces, cambió de rumbo y se dirigió al estudio de su papá, donde, en medio de libros enormes, estaba el más grande de todos: el diccionario. Se subió a una silla para alcanzarlo porque estaba en la parte alta de la biblioteca. Como era más grande que ella y muy pesado, lo dejó caer y se produjo un estruendo como una explosión. Para su sorpresa, nadie gritó ni la regañó. Abrió el libro con un esfuerzo enorme, empezó a pasar las páginas recordando el orden del abecedario, hasta llegar a la o; buscó un poco más y, cuando la encontró, saltó sobre la palabra. Desde adentro era difícil leer la definición, pero si se ubicaba sobre el punto final y se ponía de puntillas lograba hacerlo. De esa manera, se enteró de que oropel significa cosa de poco valor y mucha apariencia; también supo que gastar mucho oropel quiere decir ostentar gran vanidad. El significado de vanidad lo sabía porque varias veces su mamá le había dicho que era una vanidosa, pero no conocía el de ostentar. Hizo una breve reflexión para

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determinar si el inicio os estaba hacia adelante o hacia atrás y corroboró, según el orden alfabético, que debería estar hacia adelante. Se puso en marcha sin afán. En el camino se topó con la palabra ortiga, que tampoco conocía, pero decidió regresar después para no perder el hilo de su búsqueda. Parándose al final de la página para leer mejor, supo que ostentar hace referencia a mostrar o hacer patente algo. Tampoco sabía qué era patente; buscarla implicaría ir a otra letra, por lo que decidió, antes de continuar, retroceder para ver el significado de ortiga. Descubrió que es una planta herbácea de la familia de las urticáceas, con tallos prismáticos de 60 a 80 centímetros de altura, hojas opuestas, elípticas, agudas, aserradas por el margen y cubiertas de pelos que segregan un líquido urente, flores verdosas en racimos axilares y colgantes, las masculinas en distinto pie que las femeninas, fruto seco y comprimido, y muy común en España. Sintió un mareo al pensar en tantas palabras que tendría que buscar: herbácea, urticáceas, prismáticos, elípticas, urentes, axilares… Se sentó en la palabra ortiga para tomar aire; con la caminata entre oropel y ostentar, además del trayecto que le esperaba, le entró mucha sed y decidió ir a oasis a refrescarse. Allí, entre la vegetación y los manantiales, obtuvo la suficiente tranquilidad para componer un plan: iría a patente para finalizar el significado de ostentar y así comprender

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DICCIONARIO

oropel; después iría por todas las otras palabras para entender qué clase de planta es una ortiga y tal vez, si le quedaba ánimo suficiente, dibujarla. Empezó a caminar en busca del final de la letra o, alzando las rodillas al pasar por encima de las líneas y sin mirar a los lados para no distraerse con otras palabras, ya tenía suficiente trabajo. Después de un rato llegó, por fin, a la palabra ozonósfera, desde donde se podía divisar, más allá de su breve significado, un enorme espacio vacío. A lo lejos, apenas divisaba los adornos de la letra p que encabezaba la sección. No tuvo más remedio que volverse a buscar el camino de regreso al estudio de su papá, pues aún no había aprendido a nadar en el océano de la página en blanco.

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Epitafio real Elbert Coes Pereira

Ganador de este mismo concurso, FELIPE III, en 2016. Ha escrito para varios medios virtuales como La Cola de la Rata, Literariedad y revista Semana. En 2019 publicó el libro de cuentos Florida Killer y ganó el Premio La Capital del Eje Canta, categoría «Siembra», con la agrupación musical Ritos, por la canción Lujuria.

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Enkidu estaba debilitado, no podía correr como antes, pero ahora tenía razón y amplios conocimientos. Volvió y se sentó a los pies de la ramera, contempló a la ramera, observó sus rasgos. Gilgamesh Por el honor propio y la honra que merece nuestra señora Ishtar confieso que dos son los relatos que enmarcan vida y obra del rey Hammurabi: uno el del imperio y el otro, que a continuación refiero, pertenece a la más estricta intimidad, sobre su amor, su pecado y su muerte. Fuera de la versión oficial, diarios y contratos dan cuenta de la modesta vida, la buena reputación y el enorme poder del difunto, así como también revelan su intransigente devoción al divino Marduk. Es cierto que mi señor conquistó el sur y el norte y expandió el imperio desde el levante hasta el poniente; sabiduría y justicia fueron aquellas virtudes que hoy lo hacen memorable, que imprimen su largo rostro moruno en sellos de mármol y monedas de plata. Y también es cierto que, por facultad de su dios, el rey estableció castigos y desamparos contra nosotras, porque contradecimos la llamada ley natural de servir con devoción a los hombres. En consecuencia, durante al menos dos tercios de su existencia, el rey ignoró que por nacer bajo el amparo de Ishtar nuestro espíritu no tiene otra obligación que la libertad al servicio del placer.

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Ahora, opuestas al mandato de escribas y sacerdotes, las ishtaritu le honramos a nuestro modo, recordando al imperio que fue una de nosotras quien después de toda su tragedia lo sepultó y, más por amor que por temor, dedicó a él sus lamentos y sus memorias, aunque el gran testamento acadio sugiera lo contrario. Ashant relata en sus diarios que tras ser diagnosticado de una contagiosa enfermedad, el rey Hammurabi se negó al tratamiento de bañarse a diario con la sangre menstrual de una ramera, resistiéndose a ello durante diez años, pues tal acto contrariaba no solamente su ética y cierta sección especial del código que lleva su nombre, sino que también ofendía a los dioses. Y como habría de esperarse, a causa de tanta obstinación, su cuerpo se deterioró con el paso del tiempo. No obstante escribas y sacerdotes se opongan a nuestro oficio y nos condenen a pagar multas y al desamparo de los dioses, la verdad es esta: que tras años de padecer dolores el rey acudió, ante la insistencia de su médico, a la casa de los placeres; que por su lugar entre las rameras, Ashant lo consoló, lo bañó, lo cobijó con sus sedas y lo convenció de hacer concesiones privadas con la diosa Ishtar si deseaba mantener su honor; concesiones que significaron levantar templos en su nombre y brindar protección y comida a todas las putas de Babilonia. Es natural que corrieran rumores, que hombres y mujeres se sorprendieran al ver la figura del rey entrar en los aposentos de las ishtaritu. El hecho se difundió en

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EPITAFIO REAL

varias versiones: que el rey estaba enfermo y para curarse (y vivir el número de años predestinados por los dioses) tenía que dormir por cien días con distintas rameras; que para mantenerse sano el rey estaba obligado a beber la sangre menstrual de una ramera (entrada en años) hasta el final de sus días; que el remedio surtía efecto solo si el rey Hammurabi bebía aquella sangre directamente del sexo de la ishtaritu (mientras la complacía). Pese a todos los esfuerzos que hizo, nuestro señor falleció a temprana edad; y aunque en su honor el imperio celebró un culto funerario con vino, música y carnes, debido a que en los últimos años bebió sin parar la miel de las rameras, su cuerpo fue sepultado en secreto por Ashant. Cuenta la versión oral, pues su escritura será prohibida por los siglos de los siglos (cuando la crónica caiga en el olvido de Mesopotamia), que en la inscripción de su verdadera tumba reza: “Duro y justo por ley, fiel servidor sexual, yace en paz aquí un rey, bajo el amparo de la diosa Ishtar”.

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Breve evangelio según santa María, la mujer judía (o la forzosa trilogía del dolor adolescente) Luis Fernando Loaiza Zuluaga Manizales

Docente de la Universidad de Caldas. Le gusta considerarse profesor e investigador teatral. Padece de una obsesión por los lenguajes religiosos, adquirida en su adolescencia. Tiene una relación de doble vínculo con el teatro. Está enamorado de la literatura, pero no se siente correspondido.

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I [El espíritu] 1. La noche cayó fulminante. Nada se oyó: ni un animal, ni una persona. Silencio total. 2. Una voz me despertó al pronunciar palabras incomprensibles. Todo estaba oscuro. Encendí un candelero. Nadie cerca de mí. 3. Sentí sus manos en mis pechos. En mi rostro. En mi cabello. 4. Me besó. Besé sus labios, aunque a nadie vi. 5. Su saliva tenía un sabor dulce. Un dulce extraño. Una especie de fruta casi líquida derritiéndose en mi boca. 6. El sudor humedeció toda mi piel. Mis ropas cayeron. 7. Sus manos sobre mi vientre, cálidas, apenas rozaron mis pliegues con las puntas de sus dedos. 8. Un olor a animal se esparció por el aire. Olor a animal salvaje. 9. Balbuceó las extrañas palabras. Mis oídos se estremecieron. Un dolor agudo me atravesó desde los oídos hasta el vientre. 10. Fuego en mi vientre, en mis oídos, en todo mi cuerpo. 11. Sangre: Sangre brotó de mis oídos. Sangre brotó de mi boca. 12. Semen y sangre manaron de mi orificio. II [El cuerpo] 1. Mi vientre se sacudió. Un dolor intenso. 2. Deseos de vomitar, de orinar, de defecar. 3. Mi esposo me tomó en sus brazos y me tendió en el piso. Intentó besarme. Lo eludí. 4. Dos mujeres limpiaron mi rostro y mi sexo

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con agua de manantial. 5. Agua fresca y limpia. Pura y cristalina. 6. El dolor punzante en mi vientre. Mi carne interior empujó su pequeño cuerpo. 7. El dolor se extendió, desde mi orificio, hacia todos mis rincones. 8. Me sentí despedazada, descuartizada. 9. El niño apareció bañado en sangre. Rompió en llanto: me aturdió con sus gritos. 10. La mujer mayor acomodó el niño en mis brazos. De súbito, el pequeño guardó silencio. Respiramos profundo, acompasados. Caí dormida. 11. No sé cuánto tiempo pasó. Lo acerqué a mi pecho. 12. El dolor punzante se concentró en mi pecho izquierdo: leche con sangre en sus labios. III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X, XI [Fragmentos extraviados del códice] XII [La mente] 1. Un sueño viene a mí cada noche: Su cuerpo desgajado, suspendido en el madero. 2. Estalla en un último grito, plegaria sin palabras. 3. Una hoja afilada atraviesa su piel. 4. El cielo llora. Llueve aguasangre. 5. De repente, me veo desnuda. Orino a cántaros. 6. Mi fluido se mezcla con la lluvia rosa. Todo el líquido es absorbido por la tierra. 7. Mi cuerpo se desploma. La tierra húmeda me engulle por completo.

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Tizne Isabella Romero Castaño Cali

En el 2018 fue ganadora del XIII Concurso de Poesía Inédita de Cali y en el 2019 obtuvo el tercer lugar en el Concurso Escritores Autónomos de la Universidad Autónoma de Cali. Amante de la poesía y el cuento, actualmente cursa segundo semestre de Literatura en la Universidad del Valle.

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Comenzó a los catorce. Un día, al despertar noté en mi almohada una pequeña pelusa redonda y negra. Intenté agarrarla entre mis dedos, pero fue imposible; así que soplé y ella, suspendida, trazó un camino invisible por mi cuarto. Probé atraparla haciendo yo misma una especie de danza alrededor de su ingravidez, alcé las manos y seguí las líneas en el aire que dibujaban su andar, aun así perdí el rastro. En su momento no le presté atención; fue luego, casi un mes después, que noté que otra pelusa, considerablemente más grande que la anterior, había aparecido; intenté tomarla, pero al acercar mis dedos se movió. Embestí varias veces, la perseguí por la cama, le cerré el paso, mas no la atrapé. Concluí que sin querer la estaba moviendo con mi respiración; aguanté un poco y lancé mis dedos a su encuentro. La pelusa desapareció al contacto: una mancha negra como tizne quedó en mis dedos. Por esa época comencé a quedarme mucho tiempo en casa. En el colegio las cosas no marchaban bien, casi no tenía amigos y mamá estaba muy ocupada como para pensar en mí; así que pasaba el tiempo leyendo y haciendo una

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que otra tarea, pero siempre en la cama. A veces inventaba excusas para no ir al colegio y me quedaba la mañana entera fingiendo que dormía; me gustaba cerrar los ojos y estar allí, acostada, quieta, dejando que las cosas me miraran y existieran a mi alrededor. Creo que fue por ese mismo motivo que tardé tanto tiempo en darme cuenta de que las pelusas comenzaron a seguirme. Prendidas de mi cabello parecía que estuvieran determinando sus propios ritmos de animal jadeante, era como si poco a poco se apoderaran de mis ánimos y se hicieran más grandes, gruesas y peludas. Más oscuras e indóciles mientras yo me sentía cada vez más cansada y adolorida. Varios profesores pensaron que tenía caspa por la manera excesiva en que me rascaba, y en casa compraron champús medicados y me hicieron beber cuanto desparasitante hubo. Yo intenté decirle a mamá que no era caspa ni piojos sino pelusas, pero ni ella ni los docentes me escucharon. Aprendí a soportar la picazón con un poco de estoicismo. Fue la única manera que hallé de no rascarme hasta acabar con las uñas llenas de sangre, la cabeza palpitante y el cabello lleno de carachas que confirmaban la hipótesis de mamá y los profesores. Comencé a ignorarlas, dejé de leer y las horas acostada fingiendo que dormía, se incrementaron en el intento de concentrarme en cerrar los ojos, dejando esta vez que fueran las pelusas quienes tomaran el control y

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TIZNE

existieran debajo, encima, alrededor de mí; pero la picazón era tan desesperante que a pesar de no rascarme –cosa que creo les gustaba–, no podía evitar morder mis labios, brazos, manos para que fuera otro dolor el que me ocupara. Empecé a sufrir de insomnio y las contadas veces que logré dormir soñaba con grandes formas negras que poco a poco se iban metiendo por mi boca y llenaban todo mi cuerpo hasta convertirlo en otra sombra flotante y peluda. Mi apetito también disminuyó y fue solo entonces cuando mamá, un día al entrar a mi cuarto, se dio cuenta de lo delgada que estaba, de los cardenales verdes y morados que dibujaban un mapa de angustia por mis brazos, de los labios quebradizos y las ojeras negras que se escurrían hasta las mejillas. La solución fue llevarme al médico, que pese a las minuciosas descripciones sobre la forma de las pelusas, los padecimientos y su probable nido, no encontró ninguna explicación para mi caso. Fue después de varias citas con otros especialistas que me ordenaron tomar unas pastillas en ciertos horarios cada día. Desde entonces las pelusas van y vienen por temporadas. A veces, al despertarme, noto que mi cuerpo está manchado por esa especie de tizne y decido quedarme en la cama, fingiendo que duermo, dejando que todo me mire, pero sin querer verlo nunca.

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Así debían mirar a los leprosos Sebastián Castro T. Medellín

Lugar de nacimiento: Clínica León XIII de Medellín. Escenario de crecimiento: una calle de la Comuna 13 a finales de los 90. Lugar de encierro pandémico: una habitación en un morro con vista al Valle de Aburrá. Oficios durante la Pandemia: pensar qué hacer y no saber, editar y corregir – cuando ha habido trabajo–, tratar de escribir, bandear la convivencia, hacer filas en el D1, sufrir el desgobierno nacional y el neoliberalismo mundial, ver pasar aguaceros y evocar bares muertos.

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No podía aguantar más. Por fortuna, él era de sueño pesado. Entredormido, le dijo que dejara la bulla. Ella balbuceó que tenía hambre y ya iba a hacer el desayuno, que la perdonara y siguiera durmiendo. Empacó lo que pudo y no encontró plata, tendría que llamar a su mamá. Se puso las botas y salió de la habitación. Cogió un cuchillo de la cocina y antes de ponerse en marcha le chuzó las llantas a la moto, luego se fue. Al principio, caminando con cuidado, haciendo callar a los perros con sus caricias, pidiéndole a las gallinas que no cacarearan y a las vacas que mugieran pasito. Le pareció que hasta la hierba seca quería delatarla, pues crujía ruidosamente bajo sus pies. Cuando la cabaña empezó a verse pequeña y el sol a rayar, echó a correr despavorida montaña abajo, temiendo que él se despertara y saliera, furioso, a buscarla. No me puede encontrar, se repetía. Algo se le abría entre las costillas y el aire le faltaba, pero igual corría. Tenía que poner toda la distancia del mundo entre ellos. No, mijita, no le puedo ayudar, váyase más bien, qué pena, le dijo la anciana desde la puerta, reteniendo al perro. Veía el chocolate en el fogón y a los niños en las ventanas.

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SEXTO CONCURSO DE CUENTO CORTO

Venga, señora, deme aunque sea un vasito de agua. ¿No me puede regalar un minuto a celular? No, mijita, no, váyase, vea como está este animal. Era la única casa que había entre la cabaña de él y la carretera que bajaba al pueblo, a dos horas de camino. ¿Cómo me metí por acá? Se preguntaba al sentir en el rechazo lo lejos que había vivido de cualquier otro durante los últimos meses y contemplar con angustia la idea que antes le había parecido maravillosa: estaban solos en esas montañas. Siguió caminando y miró con rabia su celular, que no encendía. Necesito llamar a mi mamá, era el pensamiento que le obsesionaba ahora. Volvió la vista a la casa de la vieja y vio a los tres niños que la seguían por trechos, espiándola. Cuchicheaban entre ellos y había un miedo morboso en sus ojos; así debían mirar a los leprosos, se le ocurrió. Salió de la trocha de la vereda a la carretera destapada del pueblo. Arrastraba los pies por el cansancio y el polvo se levantaba tras ella. No había un alma. Al llegar a una curva pronunciada, distinguió el pueblo encajonado en un vallecito de la cordillera y vio en la otra curva a dos policías custodiando unas vallas que cortaban el camino. Aligeró el paso queriendo encontrarlos, pero le pesaron las piernas al sentir esa mirada. —No pase de ahí. ¿De dónde viene y para dónde va? —De la vereda de arriba, voy para el pueblo. Necesito coger un bus, irme hoy. ¿Ustedes tendrán un minuto a celular que me puedan regalar? —Ramírez, ¿le podemos regalar un minutico a la niña?

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ASÍ DEBÍAN MIRAR A LOS LEPROSOS

—No, mi cabo, ni tapabocas tiene. Nos contagia y a todo el pueblo y ahí sí, jodidos. —Ya ve, niña, ni el minuto ni menos la podemos dejar pasar. ¿Y para dónde se tiene que ir? No tiene acento de por aquí, ¿de dónde será, Ramírez? —Soy de Bogotá. —En un bosque de la China, la chinita se perdió. —Necesito que me ayuden, no puedo volver por allá arriba. —Pues no hay nada que hacer, ¿se registró por internet para viajar? —No. —Haga eso primero y entonces viene, y no deje el tapabocas. Devuélvase ya para que no la coja la noche. Maluco que le pasara algo. Vio que los ojos les brillaban; ya no era una leprosa. Tuvo el impulso de pelear, de quedarse ahí hasta que la dejaran pasar, pero ¿y si le hacían algo? Pensó en él y le ardieron de antemano los golpes. No podía quedarse ni seguir. Tenía la garganta seca, el sol quemaba. Pronto sería mediodía y no había desayunado. Se llevó la mano al pecho. Giró sobre sí y anduvo. —Hágale, mi amor, que caminando por ahí llega la otra semana a Bogotá. Sintió las risas cayéndole como pedradas.

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Sin remedio Hernando Castellanos Silva Floridablanca

Nació un día del año 2008 cuando leyó por primera vez La siesta del martes de García Márquez. Aunque no le gustaba leer, ese cuento lo dejó trastornado. Recuerda el viaje monótono en el tren, el sopor del pueblo, la tensión en la iglesia. Todo lo que es aún conserva esa impresión novedosa, esa sensibilidad estética.

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—Fueron 58, Martín. Se las tragó todas, todas. Y no me di cuenta, ¿ah? –dice Claudia con un gesto de impotencia. Se inclina un poco, apoya el mentón en una de las manos y maldice–. No lo creo, todavía no me lo creo. Imposible. A su lado, un poco atontado bajo la luz incesante de la sala de espera, Martín mira todo con desinterés. Se pasa una mano por el rostro, cruza los brazos y da un largo suspiro. No sabe qué decir. Hace años no veía a Claudia y ahora se siente como un desconocido, alguien sin importancia. —Estaba tirado en el cuarto, tenía espuma en la boca. No sé por qué lo hizo, Martín. No sé, no sé –esta vez, la voz se convierte en llanto. Claudia se cubre los ojos, aprieta los labios, contrae el rostro–. La doctora me dijo que Julián puede entrar en coma o morirse. Martín extiende el brazo y le toca la espalda. Ensaya un masaje de consolación: dibuja círculos, le da palmadas suaves. La mira de reojo y espera su reacción. Claudia se mantiene ovillada, oculta, con el cuerpo encorvado como un cucarrón. Martín recoge el brazo con un gesto de

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SEXTO CONCURSO DE CUENTO CORTO

torpeza. No sabe qué más hacer. Mira el cielo oscuro tras la ventana. Deben ser más de las once. Sandra debe estar esperándolo en casa. —Voy por un café –indica Martín. Se pone de pie y va hasta el ascensor. Siente los ojos de Claudia en su espalda. Evita mirar hacia atrás. No quiere encontrarse con su mirada desolada, con su tristeza, con su rencor. Bosteza con desgano y mira la pantalla del celular: once y cuarenta. A esta hora estaría durmiendo. Piensa llamar a Sandra pero se arrepiente. No tiene sentido. Ella debe comprender. En la cafetería del primer piso suena una telenovela. No hay casi nadie, solo un celador y una enfermera. Martín pide un café y se sienta en una de las mesas del fondo. Trata de recordar a Claudia y a Julián la última vez que los vio, hace unos años. Estaban en la sala de estar, Claudia y él discutían, el niño los observaba. Hubo golpes, insultos, lo de siempre. Llenó una pequeña valija con ropa y algunos libros y se marchó. Ese día salió de la casa sin saber que no iba a volver nunca más. Olvidó al niño, olvidó a Claudia, lo olvidó casi todo. Luego vinieron los años, la ausencia, la cuota mensual. Ahora todo le parece un sueño, algo lejano y banal. Cansado, un poco aburrido, Martín da el último sorbo y se pone de pie. Va hasta la vitrina y pide un café para Claudia. Sube al ascensor. No hay nadie, está vacío. Se siente un poco incómodo frente al espejo, evita mirar su reflejo cansino y apagado. Tal vez nada de esto hubiera ocurrido si ese día no hubiera salido de casa. Pero qué más da. Al fin y al cabo, nada de esto tiene sentido. Nada, nada.

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SIN REMEDIO

Cuando baja del ascensor ve a Claudia en el fondo del pasillo con una doctora. Escucha el llanto, los gemidos, las maldiciones. Dos enfermeras se acercan y la rodean. Una le ofrece un vaso de agua y una píldora; la otra la sostiene por la espalda, la consuela. Martín mira la escena con estupor. Bosteza, se pasa la mano por el rostro. Está fundido de sueño. Mira la pantalla del celular: es medianoche, hace mucho tiempo no trasnochaba. Decide llamar a Sandra. —Hola, me demoro un poco más. Sí, estoy bien. No sé, creo que se murió. Luego te cuento, ¿listo? Llego en la madrugada. No me esperes. Chao. Cuelga. Mira con indiferencia el café que le trajo a Claudia y se lo bebe de un tirón. Siente cómo el líquido caliente le baja por la garganta y llega al centro del cuerpo. Prepara las palabras, ensaya los gestos. No quiere parecer ridículo, pero no sabe qué más hacer. Suspira largamente y luego camina con pasos fatigados hacia el fondo del corredor. Lo único que se escucha en medio de la noche es el llanto desmesurado y abatido de Claudia.

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El robo Geison Román Díaz Villavicencio

Vive y camina por Villavicencio, ciudad que desconoce y que, además, se teme, no terminará por conocer, porque los pasos son lentos y su imaginación limitada. Se entrega en plena alegría a la perplejidad del tiempo y a los azares de la literatura, con la misma ignorancia de un hombre que cree que sabe leer y escribir.

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Una luz mortecina chorrea por las paredes empapeladas. Ahora yaces tirado en la cama, en un desvarío, mirando hacia un punto perdido. Te pones en pie y te pones en mangas de camisa. Sabes que es el momento. Dejas la puerta, la acera de tu puerta y comienzas a caminar por esa calle. Llevas una semana caminando por esa calle que da vista a la joyería. Es un tanto transcurrida y tropiezas y te encuentras con personas que ya no tienen rostro, y con el gruñido de los autos y su humo, y la prisa de los días. Tratas de olvidar, tratas de esclarecer tus pensamientos. Debes elegir, a pesar de los pesares, el momento justo en el que entras y sales sin levantar aires de sospecha. Una fatalidad mecánica te recuerda las muchas veces que lo has hecho y que, aun así, no puede ser tan difícil, como nunca lo ha sido. Consultas el reloj y, el sol de mediodía, calentando fuerte, lo confirma. Cruzas rápidamente de acera mientras un Renault desaparece por la esquina. Apenas unos cuantos pasos por la vereda. Y desenfundas el revólver y te acomodas la media en la cabeza, y te abres paso en la joyería en donde ves, al fondo, tras la gran vitrina de anillos, pulseras y pendientes de oro, una mujer de anteojos, sentada con piernas cruzadas, leyendo apaciblemente. Apuntas a la mujer con temeridad, y con voz confidencial pero inspiradora de sumisión, le dices: —Si grita la reviento. La mujer ni se inmutará, sin embargo. Seguirá aún, consumida por la lectura.

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SEXTO CONCURSO DE CUENTO CORTO

Piensas entonces que ella no te ha escuchado y con un estridente grito, le repites las palabras. Nada habrá cambiado. —Es que se hace la que no quiere escuchar –dices luego–, levántese y entregue todo lo que haya. Joyas, dinero, oro y plata. Todo. Deposítelo aquí –estiras el brazo izquierdo cuanto puedes para alcanzarle una bolsa de cuero mientras, con la mano libre, continúas apuntando el revólver, precavido. Una vez más, tus esfuerzos se ven impedidos, pues, la mujer, deslizando sus delicadas yemas de los dedos en el libro, cambiará las páginas sin atender a nada. —¡Carajo! –gritas alto y ofuscado, bandeando estrepitosamente el arma–. Es que no entiende. ¡Que me dé todo el oro de la vitrina! La mujer, como en un vago letargo, levantará la mirada de ojos vacíos y la sostendrá ante ti, por más de un minuto. Minuto en el que, sin duda, se estirarán las estelas del tiempo en una espera agobiante, atónita, eterna. Aun así, no piensas, ni de menos, usar el arma. Has estado antes, tantas veces, apuntando amenazante a mujeres, niños y hombres, que la escena, de magnitud sin igual, te dejará perplejo. La mujer, en ese momento, desemperezará las piernas y poniendo el libro en frente de su pecho, paralelo a una misma línea con el cuerpo para leer, te dirá, recitando:

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EL ROBO

Mutuamente, alba y ocaso se repiten. Ayer es hoy. Mas es el asombro tuyo, sin entender palabra alguna, se convierte en desesperada ira. Te sientes desbordado, incapaz de ti mismo, aturdido de pensamiento. Fluyen rápidas y violentas ráfagas de cólera. Se inundan tus ideas de esa sensación inefable, se inundan tus nervios y se inunda tu piel de un sudor frío y pegajoso. En tanto, la mujer volverá a recitar: ¿He soñado los días y el tiempo? ¿Acaso un dios me engaña? Permaneces allí, perturbado, sin poder distinguir razón a conjeturas tan dispares, hundido en el oscuro abismo de esa desobediente fuerza. Y ya, por fin, sin poder detener el desaforado avance de lo inevitable, con el alma ida, los músculos tensos y el corazón en la mano, acentúas la presión del índice y, con el fogonazo, de centellantes luces que se desprenden de la pólvora, súbitamente, serás arrancado del profundo sueño; esa larga ilusión del tiempo, la otra muerte.

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El escenario del monólogo Andrés Felipe Castañeda Aguirre Dosquebradas

Estudiante de último semestre de ingeniería física. Escritor, dibujante, pintor, amante de interpretar la guitarra y el teclado, escultor aficionado y perteneciente al proceso de psicopedagogía activa de la Fundación Centro de Investigaciones La gestal. Ha publicado algunos poemas en la revista literaria Escultor de la Palabra.

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En temporada de invierno un hombre amable, cortés, decente y pulcro, se mudó a la ciudad. Le gustaba vestir elegante con un fino sombrero color café, bastante alto, arrugado y con un pequeño orificio en la copa. La elegancia alcanzaba para pocos días porque solamente tenía dos trajes muy desgastados y con algunas manchas en los costados. El hombre vivía en soledad, pero nunca paraba de sonreír. Le sonreía al reflejo del agua en el arroyo que cruza el centro de la ciudad, a los pájaros que cantan fuerte en las mañanas, al amanecer en las montañas, a los pastizales y al cielo azul. Era bastante extraño según los habitantes y muy callado. Llegó para vivir en la única casa hecha de bahareque y esterilla, la más pequeña, en la que se sentía más frío. Estaba cerca de un bosque y apartada de la comunidad. Días después, empezó a trabajar cortando y perfilando los distintos tipos de carne en el congelador de una gran carnicería. La gente le veía con cierto disgusto, indiferencia, a pesar de su sonrisa, su carisma, su amabilidad, que no atraía la empatía sino la molestia. Criticaban su pobreza y decían que no se podía sonreír tanto cuando entre tablas rotas se dormía. Especialmente lo señalaron de loco, le criticaban un hábito raro, una costumbre inadmisible, un posible ritual sin sentido y algo fúnebre. 54


SEXTO CONCURSO DE CUENTO CORTO

Todo se originó cuando a aquel hombre humilde y solitario se le observaba todos los días después del trabajo salir con un traje especial lleno de lentejuelas, tan brillante como el sol cada mañana, elástico, roto y plateado como la armadura de un soldado de la realeza. Con su barba larga, casco de metal reforzado, botas de cuero y toda su vestimenta, subía a un pequeño escenario portátil, lleno de clavos y algunas tuercas en las esquinas y con tablas de diferente tipo de madera, algunas dobladas y a punto de romperse, parcialmente oscuras y húmedas en los bordes, allí el hombre se expresaba y empezaba a pregonar, se ubicaba en el callejón más desolado, oscuro y tenue. Pocas personas pasaban y aquellas que lo hacían guardaban asco y repulsión ante tan denigrante acto. El hombre aclamaba y gesticulaba con gran propiedad, como si estuviera haciendo un monólogo, alzaba los brazos con fuerza. En ocasiones se arrodillaba y se tocaba el pecho con las palmas de las manos, se volteaba bruscamente y con un palo de escoba fingía traspasar a un enemigo, como si tuviese una espada. A veces se le escuchaba llamar con ansias a su fiel compañero Sancho y al final tronaba los pies contra las tablas como si montase un caballo mientras gritaba: “vamos Rocinante: contra los molinos”. Cada día se entregaba al arte de las tablas después de su riguroso trabajo. Dejaba salir sus sueños en aquel callejón, donde necesitaba de un público selecto: los gatos encima de los botes de basura fijos y atentos a su actuación. Pronto pasó de desagradable a payaso. Entre burlas y garabatos de risa pueblerina, sufrió el desacato de la fama. Absorbido por

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EL ESCENARIO DEL MONÓLOGO

el entretenimiento, sus dramáticas obras se convirtieron en extravagancias populares, su monólogo en la osadía de un lunático; sus historias ya eran de los dueños del canal, su vestimenta estaba intacta, sin ningún imperfecto. Sobre él reposaban luces de varios colores, muchas cámaras, micrófonos, productores y un inmenso cúmulo de televidentes. Su escenario de madera: más firme que su templanza. Cuán vacío fue tal actor, rodeado de una muchedumbre que no apreciaba su arte. Se sentía desnudo, sin su tarima móvil y rota, sin sus propios libretos. Su vocación quedó atrofiada, por dejar de lado su humilde vivienda y abandonar al caballero de La Mancha. No obstante, sin importar la travesía de la ignorancia, las riquezas y el vulgo, su monólogo sobrevivía cada media noche, cuando en la oscuridad el extraño hombre salía de su mansión, con su pequeña pieza de madera y su traje desgastado a reencontrarse consigo mismo, con su arte, con su escenario, con el heroísmo que catalogaba cada una de sus bellas e incomprensibles obras.

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Fosa Diego Fernando Barbosa Rivas Neiva

Cobijado en el hogar de una humilde y numerosa familia. Es licenciado en lengua castellana de la Universidad Surcolombiana. Docente comprometido con el trabajo social y comunitario en procesos de promociĂłn de lectura. Aficionado lector de poesĂ­a, cazador y narrador de historias.

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Cuando despertó la tierra aún permanecía intacta. Observó con curiosidad que ahora estaba un poco húmeda por la lluvia que había caído la noche anterior. Caminó cerca para no alejarse de la fosa. Se sentó sobre un par de ladrillos y se resignó a que alguien lo encontrara. Todo fue tan rápido y confuso: el rostro grotesco del hombre, las pisadas fuertes de botas de cuero, una pistola que apuntaba sobre su cabeza, un barrial de arena rodeado por la selva y luego una oscuridad absoluta. Recordó aquella mañana cuando salió por última vez de casa que llovía demasiado, su mujer le había preparado el desayuno: café, pan y algunos bizcochos. Evocó el sabor amargo del café, la tacita blanca con decorados rojos, la cara de Lucila, sus ojos medio dormidos, su bello rostro sin maquillaje, sus largas piernas blancas intimidadas por el frío, la colcha remendada de retazos con la que ella cubrió a su hijo recostándose junto a él; luego se despidió de ellos desde la sala alzando la mano como de costumbre; cuando llegó a la puerta sintió que si la cruzaba su destino cambiaría; pero consideró que era una tontería, que irse lejos de casa no causaría ningún problema, ni a él ni a su familia, abrió la puerta y con entusiasmo emprendió su viaje.

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SEXTO CONCURSO DE CUENTO CORTO

Tras un silencioso instante, varias imágenes opacas llegaron a su mente: las calles vacías, el camión que lo esperaba, la bandera azul que daba la señal de montarse, los hombres jóvenes que serían sus futuros compañeros de trabajo, la carretera de cemento que se acabó después de unas cuantas horas de camino, el olor a barro, lluvia, selva. En la oscuridad un cerillo alumbró el rostro de los demás muchachos, un par de ojos trajeron de regreso a su memoria el rostro de Lucila. De repente, la orden “descender del camión” les quitó la pereza, deslumbró un inmenso campo verde, muchos árboles, un camino abierto a machetazos, no supo con seguridad si estaba desnudo, tampoco si había regada sangre en el pasto, lo que sí supo con certeza era que había muchas luces de linternas, algunas respiraciones agitadas, pasos que se acercaban y finalmente un grito que trajo un silencio… Fue precisamente aquí que todos los recuerdos se le detuvieron; entonces, se levantó desesperado de los ladrillos y caminó otra vez hacia la fosa, se recostó dejándose caer sobre la tierra que poco a poco con sus brazos ásperos lo recibió, su mirada se fijó en un cielo sin estrellas, tocó con su mano derecha el gigantesco agujero que tenía en la parte posterior de su cabeza y recordó con rabia la ilusa promesa ofrecida de un trabajo en la capital.

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Tiempos perdidos Justo Serrano RodrĂ­guez Cartagena

Estudiante de PsicologĂ­a, apasionado por las ciencias y amante de las letras.

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—Maldito día… –se dijo el tipo, y con el desdén propio de una tarde en la que has sido despedido, te abandonó una chica y te mordió un perro, se dejó caer sobre el espaldar de la banca de madera y metal, en un parque paupérrimo sobre un pequeño cerro al lado de una congestionada avenida. Había ya poca luz, y el tipo echó afuera un par de lágrimas pensando en tantas cosas, tantos fracasos, tantas derrotas, y pensó también, aunque fuese por un instante, en la posibilidad de la muerte, al fin y al acabo todo parecía estar perdido para él. Ideas típicas de cuando uno se queda mirando el pasar de las farolas de los autos. —Disculpe usted… Volvió la mirada hacia un anciano parado al otro extremo de la banca. Un hombre raro, de piel casi translúcida, cabeza brillante por la ausencia de pelo y ojos particularmente grandes y aparentemente cansados. El tipo llevaba una camisa que parecía más bien una cortina vieja, un pantalón oscuro, y arriba una gabardina. —¿Qué quieres? El anciano se quedó en silencio un instante y luego se acercó un paso hacia la banca. —Disculpará el respetable por interrumpir, pero verá – dijo con un tono de voz refinado que contrastaba con su apariencia–, lo he visto aquí sentado perdiendo el tiempo, y bueno, soy un coleccionista de tiempos perdidos, así que

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SEXTO CONCURSO DE CUENTO CORTO

me preguntaba si podría, quizá, llevarme este ejemplar de aquí –concluyó señalando la escena con un gesto de las manos. El otro sujeto se quedó mirando al viejo, en silencio, con el gesto estupefacto de quien piensa lentamente lo que acaba de escuchar para descartar un error auditivo. —Pero… ¿qué…? —Sí…, los reservo muy bien, y a veces les doy un mejor uso, en especial los tiempos perdidos con finas incrustaciones de lamentos, esos suelen ser los mejores, vaya que sí. El tipo en la banca parpadeó un par de veces mirando al anciano y se puso de pie. —¿Bromeas? ¿Te parece que estoy para tonterías? —Guarde la compostura, respetable. No he podido evitar escucharlo pensar y lamentarse. Y si me lo pregunta, era un pésimo trabajo, ella lo engañaba vilmente y aquel era solo un pobre perro…, pero no me ponga usted atención, más bien piense en mi oferta, le daré un par de billetes gruesos por su tiempo perdido, ¿qué me dice? —¿Un par de billetes? El hombre asintió con la cabeza. —¿Qué hay que hacer? –dijo el tipo luego de pensar en que le serían útiles los billetes y que, en todo caso, no tenía nada que perder; más que su tiempo perdido. 63


TIEMPOS PERDIDOS

—Nada, usted volverá a sentarse, yo tomaré el ejemplar y usted ni lo recordará. Dos billetes y olvidar un rato amargo, por hacer nada, parecía un buen trato, reafirmó el tipo, así que asintió y volvió a sentarse mirando al viejo, pero el misterioso hombre le indicó que volviera a mirar a la avenida. Así lo hizo. En ese instante el anciano sacó del gaban un escalpelo particularmente afilado, ajustó la mirada y se enfocó en el espacio vacío que lo separaba del tipo en el otro extremo de la banca, hizo un par de cálculos y empezó a cortar un rectángulo de 2 x 2, de tiempo. Tomó el retazo, que parecía una fina película de espacio-tiempo en la que se había quedado la imagen del tipo en la banca. Plegó el retazo hasta que lo convirtió en un rectángulo del tamaño de una carta, apretó los pliegues y lo guardó en el gaban junto al escalpelo. El agujero rectangular que quedó frente a él se fue cerrando rápidamente, hasta que quedó de nuevo la imagen del tipo en la banca. El comprador se sacó dos billetes del bolsillo, los puso sobre la madera, y siguió su camino. —Mira nada más lo que encontré…, vaya…, qué suerte –concluyó el tipo luego de encontrar el par de billetes y guardárselos en el bolsillo.

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Prejuicio Álvaro Lopera Dagua Medellín

Licenciado en filosofía y magíster en pedagogía y desarrollo humano. Docente de Ciencias Sociales de la Institución Educativa Marco Fidel Suárez de Medellín. Algunos de sus poemas aparecen en la antología poética Lecturas urgentes de poesía (2014).

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En mi época de universitario mi abuelo me consiguió un trabajo de medio tiempo como mensajero, en el banco donde él trabajó toda su vida. Allí había una secretaria, una mujer mucho mayor que yo, casada, con hijos, que me decía palabras sugerentes a cada rato. Al principio, solo eran miradas y gestos insinuantes y luego frases sutiles como “qué bien te ves con tu camisa nueva”, pero fue subiendo el tono de sus coqueteos hasta el punto de pedirme directamente que tuviéramos una aventura amorosa. En verdad, poco interés mostré por esa mujer porque en aquella época yo estaba perdidamente enamorado de Sofía. Nos conocimos en la universidad, aunque estudiábamos carreras diferentes. Fue un típico caso de amor a primera vista. Ella era perfecta para mí: tenía una belleza angelical, una mirada tierna, una hermosísima voz y una sonrisa radiante; era humilde, sencilla, muy cariñosa, y además, muy buena estudiante. Fue gracias a dos amigos en común que nos conocimos y desde entonces buscábamos cualquier excusa para estar juntos. Todo inició como una bella amistad, pero pronto se hizo demasiado evidente la atracción que sentíamos el uno por el otro. Pocas semanas después, le pedí que

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SEXTO CONCURSO DE CUENTO CORTO

formalizáramos nuestra relación y ella aceptó. Aquel día me sentí el hombre más feliz del mundo. Una tarde, Sofía llegó muy triste y afligida; me contó que les dijo a sus padres de nuestra relación y que después de un tortuoso interrogatorio, se negaron a permitirle tener cualquier vínculo conmigo. Según ellos, yo representaba el peor escenario para el futuro de su hija: era ateo, estudiaba bellas artes, vivía en el peor barrio de la ciudad y era negro. Al principio, Sofía se resistió a la presión de sus padres, pero con el tiempo fue cediendo, hasta cortar todo vínculo conmigo. Lo último que supe fue que se cambió de universidad. Así pasaron varios meses sin saber nada de ella, hasta que una tarde, mientras salía del hospital donde estaba mi abuelo enfermo, me encontré con Sofía. Dio la casualidad que también tenía a su abuela con quebrantos de salud; pero a diferencia mía, que venía solo, ella estaba acompañada por su mamá. Al verme, pude notar una expresión de sorpresiva alegría en su rostro, me saludó efusivamente, me dio un beso en la mejilla y procedió a presentarme a su madre. Cuando estiré mi mano para estrechar la suya, la mujer palidecía: era la secretaria del banco.

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Botella Roberto Sebastián Pinchao Huertas Ipiales

Su espíritu gravita en el trazo ficcional metafísico de la escritura desastrada. Ama los andenes y no tener la razón. Guardará su voz y guitarra en un kamikaze. Magíster en didáctica de la lengua y la literatura españolas. Licenciado en filosofía y letras.

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Justo al pie de la estatua, miro muchísimas latas y botellas. Sé que van en un tanque aparte. Puedo ver, ligeramente, en la etiqueta borroneada de una botella, dos nombres escritos en un corazón mal dibujado. ¿En dónde estarán esas dos personas que escribieron esos nombres? Tiro la botella, y le cuento a mi mamá sobre el dibujo. Ella me dice que las personas escriben esas cosas cuando quieren hacer pactos que no los separe nunca. Estamos en el parque desde las cuatro am. Mi papá no está de acuerdo con que yo acompañe a mi mamá, pero insisto. Yo sé que ella quiere que vaya, pues siempre la hago reír, y eso vale mucho más que la seguridad callada que mi papá le da. En el parque, mi mamá se puso el tapabocas, tomó la escoba y el enorme recogedor, yo empujé el tanque de residuos, que casi me dobla en tamaño, y avanzamos horizontalmente. Cuando salimos los dos, mi mamá y yo solemos mantener un ritmo de: barrida-recogida-barridarecogida-tirada. Ese último paso me toca a mí, porque tengo que subir con cuidado el recogedor y vaciar el polvo. Tenemos uniformes verdes, el mío lo hizo mi tía en secreto, porque no es permitido que los niños trabajen. Mi tapabocas es más nuevo que el de mi mamá, pero no más que el de mi papá, pues él lo recibió como regalo del jefe, por ser muy bueno y rápido en el barrido de las calles. Junto

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a nosotros, hay muchísimos otros barrenderos. La mayoría no van en pareja, son muy solitarios, pero solo les veo los ojos, reconozco a uno que otro, y solo porque los he visto muchas veces en la casa, cuando van a dejar algo. Además, siempre me hacen alguna mueca y yo me río; son chistosos los ojos porque el polvo y el mugre que dejan los conciertos en el parque, hacen que uno tenga los ojos rojos todo el tiempo; entonces, cuando los barrenderos me guiñan un ojo, se ve como una linterna roja que se apaga. No hay niños ni niñas, y eso no me molesta, pues ya veo demasiados en el colegio; allí, casi todos tienen los ojos muy claros y la ropa muy limpia. La noche está más negra que nunca, falta todavía barrer mucho. Pienso que la fiesta que tuvieron los ciudadanos tuvo que ser muy grande. Si se hace mucho silencio con las escobas, todavía se escuchan ecos de los sonidos, y los gritos, y los aplausos del concierto. Hago todas las cosas pensando en recordarlas mañana, porque tengo una tarea en la que debo contar qué hice el fin de semana, y pienso contar esto sin mentir mucho. Estoy seguro de que investigaré muy bien palabras raras para no decir tonterías, y tener una tarea mejor que la de Pablo, que seguro se fue a piscina, o la de Andrés, que contará lo de su partido de fútbol, o la de Sofía, que hablará de la fiesta de cumpleaños. Creo que todos hablarán de la fiesta de cumpleaños, yo no. Mi mamá me dice que, ahora que casi no hay polvo, puedo explorar un poco la plaza. Entonces, salgo a correr por donde vendrán las palomas mañana. Corro por el

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BOTELLA

frente de la iglesia y sobre las luces que salen del piso hacia el cielo, como grandes lunas del suelo. Las miro. Encuentro varias monedas tiradas y un lapicero viejo, alzo todo. Nunca le daré las monedas a mi mamá, siempre me las quita. Corro alrededor de unos árboles pequeñitos, allí hay mucha tierra y otras cosas, las recojo con las manos y encuentro una pequeña botella con una etiqueta en blanco, muy raspada por uñas toscas. Me acerco a nuestro tanque. Me pregunta sobre lo que encontré. Le digo que nada, que solo me agachaba, todo era basura. Mientras la noche se pone más fría y mi mamá se coge la cintura para descansar, yo me quedo escondido tras el tanque, rayando, entre el olor, la oscuridad y los ruidos del barrido, los tres nombres de mi familia. Esa botellita será nuestro concierto.

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Aliado en la sombra Olga Lucía Jaramillo Ochoa Manizales

Participante desde 2015 en diferentes talleres de lectura, escritura creativa y poesía. Directora del taller Vecinas del Cuento. Fundadora y participante del Cineclub Salamandras. Ganadora de la primera mención en el concurso internacional de cuento, Gabriel García Márquez (Aracataca-Colombia, 2017) y seleccionada en Antología RELATA 2019 (Ministerio de Cultura de Colombia).

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Durante este septiembre en Bogotá el aire ha estado denso, no es capaz de soplar una hoja. Lo respira la gente que va y viene, espeso como el chocolate santafereño que toman en las tardes. Nos defendimos de los españoles, y entre nosotros los granadinos no sabemos entendernos. Manuelita y Simón acaparan mi atención. Lo digo como si yo fuera muy importante, ¡ja! Pero estoy embobado con ellos, para bien, claro, aunque nadie los quita de su entrecejo. A pesar de tantas tierras y personas libertadas o quizá debido a ello, no quieren dejarlos tranquilos. Su amor me deslumbra, lo asumo como propio. Me dedico a preservar las dos clases de amor que comparten mis héroes. ¿Cómo ser su aliado en la sombra? Me pregunto sabiendo la respuesta, cuestionarme reafirma el deber nacido en mí. Comienzo a maquinar las acciones a seguir para que se fortalezca y esté seguro ese amor que con pasión viven entre ellos y hacia su patria. Para empezar, debo seguir de cerca sus pasos, identificar los peligros que enfrentan. Con esta cara de bobo que me mando, nadie sospecha ni me repara. —¿Sumercé sabe quién se ausentó del congreso anoche cuando todos habían salido y qué llevaba el tipejo ese bajo el brazo? –Le pregunto a la secretaria, estamos afuera del caserón del palacio.

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SEXTO CONCURSO DE CUENTO CORTO

—Sí, aquel criollo de corbatín y sombrero de copa, véalo, ahí viene. —Si lo entretiene mientras averiguo lo que se trae, le regalo estos panes. —¿Nada más? —Le encimo esta mogolla santafereña, ¿la quiere o la desdeña? —Está bien, la quiero, pero con los panes. Mientras más brilla lo que me ofrecen, menos confío, ¿y usted qué se trae? —Le van a gustar… –Endulzo su oído. —¿Para qué desea saberlo? –Indaga maliciosa. —No pregunte, sumercecita, que si le cuento no entiende. —Si es para atravesarse a los conspiradores mezquinos, le ayudo con gusto. Y así con uno y con otro, con una jugada y otra, me voy enterando de las posibles artimañas usadas en contra de mis héroes. Supe que muchos tienen un plan para entorpecer su camino. A él lo quieren matar, a ella la quieren vejar. Corro a llevarles la información a tiempo. Así como la vez en la vía a Duitama cuando iban a emboscar a mi general, la señora Manuelita no quería dejarlo salir. Él nos ignoró, no nos creyó, se fue porfiado. Por fortuna, los cobardes fallaron. Por la costurera supe del nuevo plan, este más decidido, mejor cocinado: —Con comandante y varios militares de su lado, van dispuestos a dar en el blanco. —¿A mi general? —Sí, esta noche van a acabar con su vida, no hay remedio, son muchos liberales y soldados. —¿Cómo? ¿Quiénes? ¿Dónde?

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ALIADO EN LA SOMBRA

—En el palacio, allí mismito. Toda esa partida de neogranadinos desagradecidos que se dicen intelectuales. —¡Oh, no!... ¡Hay que avisarles! —Sí, corra, mire cómo se hace oír, yo no puedo, ¡ni de vainas! Noche de septiembre: un reptil yace tranquilo sobre el lecho terroso; en ángulo recto la luna delata sus rayas intercaladas, amarillas, negras y rojas, una rabo de ají. La ventana se abre, el interior de la recámara del palacio se ilumina con esa bombilla rimbombante del cielo, lo veo saltar. Yo sé que él tiene tres peligros: aporrearse al caer, ser presa de la serpiente, morir a manos de sus conspiradores. Agarro la víbora por su punto frágil, la doblego. Salvado el primer obstáculo. Antes ha de morir ella que mi general. Luego la veo (a Manuelita) asomarse y cerrar la ventana. Sus ojos pardos como almendras asadas se meten dentro de los míos en un pacto secreto, solo media el silencio. Cuanto más delicada la misión, más secretismo suele necesitar. Entro en una cofradía sagrada con la mujer de la ventana. Mi misión se afianza: ser su aliado, el de ambos, su cómplice imperturbable. Si mañana la historia revela estos sucesos, se verá que fui su protector, que les llevé información útil para esquivar los ataques mortales y que este 25 de septiembre de 1828, yo lo resguardé bajo un puente, con mi propia ruana, hasta el amanecer cuando José Palacios me ayudó a esconderlo.

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Tan espaciosa y vacía (última página) Gustavo Adolfo Bedoya Sánchez Cali

Doctor en historia. Profesor e investigador universitario. Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Cortázar, «Casa tomada», 1946.

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Nueve He entregado las llaves y he firmado los documentos que el agente inmobiliario venía solicitándome. No recuerdo su nombre, pero me ha dicho que no tenga cuidado, que sabrá escoger a los inquilinos y que hará que cuiden cada una de las cosas que dejamos allí, que estará pendiente del pago de los impuestos y de los servicios; en definitiva: que pondrá su vida en ello y que cuidará de nuestra casa como si fuera suya. ¿Puedes creerle? Yo no. Sé que nadie la cuidará como tú lo hacías; además, el hombrecillo es joven y asiente a todo lo que le digo. Otro tanto debe hacer frente a su jefe y frente a los futuros inquilinos, así que de seguro miente. Ahora yo sé que no puedes ir por la vida dándole la razón a todos. Ocho También he comprado algunas cosas. Sabes que no requiero mucho, en especial agua y frutas. He comprado unos tenis para salir a caminar todos los días y he buscado el volumen de la guía de aves dedicado a la familia Fringillidae. Con los zapatos tuve suerte, compré unos que prometen hacerme «volar»; en cambio, no he podido encontrar ningún volumen del Handbook of the Birds of the Heaven. Quizá sea una buena noticia porque ahora que empezaré a vivir en un apartamento no puedo darme el gusto de tener tantas cosas. El lugar en el que me quedaré es tan pequeño y simple que no lo creerías, pero tiene todo lo preciso para que pueda vivir sin ti.

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SEXTO CONCURSO DE CUENTO CORTO

Siete Ya que no volveremos a ocupar nuestra casa me obligo a confesarte algo: han pasado cuarenta años y todos tus canarios están muertos. Nunca logré que se aparearan y las crías que dejaste envejecieron y murieron. Supongo que también necesitaban de tu presencia para estar bien. No te escribí nada porque todo esto sucedió cuando, en contra de tu familia –que nunca quiso entenderme–, aún te hablaba. Para no desilusionarte, y porque temía tu tristeza, preferí callarlo. Ahora mismo me siento en paz y por eso te lo digo todo, también porque son pocas las líneas que me quedan. Seis Acepté comer para no agobiarte a ti y a tus hermanos, aunque el hambre no había regresado. Luego le encontré gusto a las manzanas de los árboles más grandes, los que sembraste en el patio trasero el día de nuestra llegada. Me acostumbré a alimentarme así, tal como me acostumbré a verte y a hablarte en la casa. Al final, cuando me dijeron que no debía hacerlo, empecé a escribirte. Por pura costumbre me moriré un día de estos, como vengo haciéndolo todo a diario, de a poco. Cinco Una mañana desperté y no estabas a mi lado, así que te imaginé en el estudio. Salí al patio para esconder las jaulas en nuestro armario. Nunca preguntaste y yo opté por no volver a salir de la casa contigo. Otro tanto hice con los demás cuartos: solo fue asegurar alguna puerta para que ya no pudieras aparecerte allí. Así fui cercándote, lentamente; de la misma forma en que luego me obligué a callar al verte.

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TAN ESPACIOSA Y VACÍA (ÚLTIMA PÁGINA)

Cuatro Lo más difícil fue preparar nuestras ropas cada mañana: primero tenía que dejarte en la tina, y antes de poder acompañarte debía sacarlas sin provocar sonido alguno. Guardé las jaulas allí porque no quería que el olvido y el polvo las estropearan; además, para ese entonces ya había clausurado varias habitaciones de la casa. Tres Supongo que tampoco sabes que el barrio ha cambiado: ya no hay vecinos y la calle empedrada fue ensanchada y asfaltada. Ahora llegas en cinco minutos al parque porque no hay robles. Es verdad lo que dicen: todos han cambiado, menos yo. Dos Dejar la casa y nuestras cosas es como otra despedida más, igual a dejar de hablarte, igual a intentar escribirte menos y esperar –con culpa– ya no verte más. Uno No te quiero recluir más, ni en mi mente, ni con mis palabras. Solo quiero extrañarte.

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El espantador de moscas Natalia Rozo Vanegas Neiva

Abogada egresada de la Universidad Surcolombiana. Intenta ser proveedora de poesía como las aves y los lirios del campo. Le gusta andar a tontas y a locas como las mariposas, y dar los buenos días a los perros, al sol y al agua. Cree que la vida la ha elegido para ser árbol. Por eso a veces le pesa mucho la cabeza y otras, siente que tiene más corazón que cuerpo, como los colibríes que se posan en sus flores.

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Es la primera vez que vas sin él al aljibe, y mientras te alejas halando la mula con los timbos, vuelves la cara hacia la casa. Él está recostado en el marco de la puerta, mueve lentamente la mano despidiéndose de ti, y te mira con tristeza. No le sostienes la mirada. Observas en el horizonte distorsionado por el calor, el trecho que ya has recorrido. Recuerdas a tu papá aun recostado en el marco de la puerta, despidiéndose de ti con sus manos grandes y callosas, las mismas que estuvieron hace algunos días en el lomo de la vaca, presionando la piel peluda mientras salía el pequeño nuche amarillo acompañado de agua sangre. Sigues caminando, y a los pocos pasos, el lazo de la mula se tensa; halas con fuerza y obligas al animal a caminar. Quieres llegar pronto, conseguir el agua y regresar a casa. Ves las sombras de aves surcando el suelo. Levantas el rostro y miras el vuelo en círculo de los gallinazos hasta que uno a uno aterriza atrás de una colina a pocos metros de tu camino. Empiezas a caminar más rápido. Llegas al aljibe. Sabes que el agua del pozo te pone mal del estómago desde que el viento trajo el olor a carbón a tu casa y el río se secó. Metes uno de los timbos hasta que la cuerda se termina. Ver la oscuridad del fondo te da miedo. No hay agua. Papá te enseñó a hacer los nudos para amarrar los timbos, a colocarlos bien sobre la mula para no lastimarla, te mostró los cuatro árboles que hay por el

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camino para no perderte de regreso a casa, pero no te dijo sobre otro aljibe, no te dijo qué hacer sino encontrabas agua. Buscas a tu alrededor, no hay nada. Tomas el lazo de la mula, empiezas a caminar de regreso a casa, escuchas el aleteo de los gallinazos que se amontonan y pelean. Tienes una corazonada. Te acercas. La bandada de carroñeros huye. Reconoces a la vaca; está acostada en el suelo, con las entrañas afuera y las patas tiesas. Las moscas vuelan alrededor del cuerpo, entran y salen por los agujeros del animal. Las espantas, y algunas se estrellan con tus brazos, zumban muy cerca de tus orejas y regresan al cadáver. Te detienes, suspiras y agachas la cabeza. Lloras. Agarras el lazo y caminas. Sientes que el suelo quema tus pies. Las patas de la mula tropiezan con las piedras. El aire que respiras se vuelve espeso y te das cuenta que el olor a carbón se hace más fuerte. El techo de palmas de tu casa emerge en el horizonte, luego las paredes de bahareque. Cuando estás cerca ves el marco torcido del portal. Apresuras el paso. Entras. Encuentras algunos troncos y chamizos de madera apilados junto al fogón de barro. Las moscas vuelan alrededor del tazón de aguapanela que encuentras en la mesa. Las espantas, pero regresan y se posan de nuevo. No escuchas la tos de papá. Lo ves sentado en el taburete, recostado contra la pared. Intentas mantener imperturbable su sueño como siempre lo has hecho cuando él llega cansado de traer agua y se queda dormido, sentado, y las moscas se pegan a la suciedad de sus botas y de sus manos. Contemplas su rostro pálido e impasible. Sigues espantando moscas, evitando que se acerquen a él. Así, toda la tarde, hasta la noche.

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Desamparo Diana María González García Medellín

Estudió secretariado ejecutivo en administración de sistemas. En la actualidad es ama de casa y se dedica a escribir. Desde hace más de cuatro años asiste a talleres de creación literaria en la Universidad de Antioquia.

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Empezaba a desalentarse cuando vio a lo lejos una colchita de manchas verdes y cafés. Sonriendo para sus adentros, repasó lo que le iba decir; tenía que ser convincente. Ya muchas veces con su actitud le había dado a entender que ella sería una buena integrante; atenta y colaboradora como ninguna otra, dispuesta a hacer lo que le dijeran, pero al parecer no había sido suficiente. Apenas ellos saludaban, la muchachita salía al paso con agua fresca. Corría a buscar los butacos, limpiaba sus botas, y hasta les brillaba las armas; mas no conseguía que la cabecilla posara sus ojos en ella. Tras cada minuto, su corazón se aceleraba más y más… Cuando vio que el pequeño destacamento estaba a punto de coronar la falda, salió corriendo a avisar. Su madre montó las ollas al fogón y su padre fue a mirarse al vidrio que hacía las veces de espejo; allí intentó doblegar su hirsuto bigote, remojándolo con saliva, pero al no lograrlo, dada la premura, se dio al dolor y así lo dejó. Al rato, los uniformados entraron a la casa en medio de un gran alboroto. Ella quiso hacer lo de siempre, pero en el momento no era lo que tocaba; primero tenía que ayudar a su madre a repartir la comida. Aun así, no le quitó de encima el ojo a la comandante; por lo que cometió varias torpezas, de ahí que recibió una exagerada reprimenda. La comandante cogió camino al baño –un cuarto insignificante que quedaba a unos metros de la morada–. Fue su oportunidad para hablarle. Era ahora o nunca –se dijo.

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—Tengo necesidá de que me oiga –habló directo, sabía que no tenía tiempo para rodeos. —¿De qué se trata? –contestó con voz tosca. —¡Le ruego que me lleve con usted! ¡Le prometo que hago lo que haiga que hacer! Arrastre conmigo y va a tener un perro fiel. —China, ¿acaso se chifló? Cómo se nota que no sabe lo que es la lucha armada. No se imagina las miles de cosas malas que le pueden ocurrir, y más siendo hembra. —¡No me importa! Hable con los papás míos. Si ustedes dan la orden, tal vez ellos me dejen ir. —No sé sus motivos, ni me interesan, pero de todas maneras no puedo colaborarle; su taita pertenece a la revolución, sería como darle una puñalada por la espalda. —¡Se lo ruego! –dijo arrodillándose. —¡No haga eso, y olvídese de esa locura! ¡Ya verá que un día me lo va agradecer! Esa misma noche, a unas horas de que la columna guerrillera se hubiera marchado, ella lloraba en su lecho en total desamparo, mientras que su padre, apenas la dejó, fue directo al vidrio que hacía las veces de espejo; allí manoseaba su bigote con gran placer.

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