En un contexto agrícola marcado por la presión climática, la pérdida de eficacia de los plaguicidas y la demanda de sistemas productivos más rentables y en sintonía con el medioambiente, los microorganismos benéficos han dejado de ser una promesa para convertirse en una herramienta cotidiana.
Sin embargo, el entusiasmo por lo biológico corre el riesgo de vaciarse de rigor si no se acompaña de procesos claros de validación técnica y científica. La agricultura no necesita fe; necesita evidencia.