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UNIDIVERSIDAD REVISTA DE PENSAMIENTO Y CULTURA DE LA BUAP / AÑO 8 / NÚMERO 32 / JULIO - SEPTIEMBRE 2018 / $50

UNIDIVERSIDAD REVISTA DE PENSAMIENTO Y CULTURA DE LA BUAP / AÑO 8 / NÚMERO 32 / JULIO - SEPTIEMBRE 2018 / $50

ISSN:2007-2813

biblioteca palafoxiana


El 19 de septiembre de 2017, la ciudad de Puebla sufrió un terremoto que causó graves daños a diferentes inmuebles del centro histórico. La Biblioteca Palafoxiana fue uno de ellos, principalmente la bóveda fue afectada. De inmediato, el Gobierno del Estado, encabezado por Antonio Gali, a través de la Secretaría de Cultura y Turismo, a cargo de Roberto Trauwitz, tomó acciones para intervenirla e, incluso, reforzar su estructura, a fin de prevenir mayores daños. De los cientos de monumentos históricos dañados en el país, la Biblioteca Palafoxiana fue la primera en ser atendida y reabierta tras dos meses de incansable trabajo, a fin de salvaguardar el patrimonio arquitectónico y cultural que representa.

Restauración tras sismo del 19 de septiembre de 2017.


DIRECTORIO Dr. José Alfonso Esparza Ortiz Rector Dr. José Jaime Vázquez López Secretario General Mtro. José Carlos Bernal Suárez Director de Comunicación Institucional

Pedro Ángel Palou Miguel Maldonado Directores

Diana Isabel Jaramillo Coordinadora de dossier César Susano Diseño Rocío Jaramillo Fotografía Paola Espinosa Haiat Asistente editorial Javier Velasco Distribución y comercialización

Consejo editorial Rafael Argullol, Jorge David Cortés, Luis García Montero, Fritz Glockner, Michel Maffesoli, José Mejía Lira, Francisco Martín Moreno, Edgar Morin, Ignacio Padilla (), Alejandro Palma Castro, Eduardo Antonio Parra, Herón Pérez Martínez, Francisco Ramírez Santacruz, Miguel Ángel Rodríguez, Vincenzo Susca, Jorge Valdés Díaz-Vélez, Javier Vargas de Luna, David Villanueva y Jorge Volpi.

UNIDIVERSIDAD REVISTA DE PENSAMIENTO Y CULTURA DE LA BUAP, año 8, No. 32, julio-septiembre 2018, es una publicación trimestral editada por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, con domicilio en 4 Sur 104 Centro Histórico, Puebla, Pue., C.P. 72000, y distribuida a través de la Dirección de Comunicación Institucional, con domicilio en Edificio La Palma, 4 Sur No. 303, Centro Histórico, Puebla, Pue., C.P. 72000, tel. (01222) 229 55 00 ext. 5270, unirevista@gmail.com. Editor responsable: Miguel Maldonado, maldonado.miguelangel@hotmail.com. Reserva de Derechos al uso exclusivo 04-2013-013011430200-102. ISSN: 2007-2813, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Con Número de Certificado de Licitud de Título y Contenido: 15204, otorgado por la Comisión Calificadora de Publicaciones y Revistas Ilustradas de la Secretaría de Gobernación. Permiso SEPOMEX No. Impresos im21-006. Este número se terminó de imprimir en agosto de 2018 con un tiraje de 2000 ejemplares. Para su composición se utilizó la familia tipográfica Linux Libertine, Uncial Romana y Ruritania en todas sus variantes. Todos los elementos de esta edición fueron tomados de los libros antiguos que se resguardan en la Biblioteca Palafoxiana. Impresa por Promopal Publicidad Gráfica S.A. de C.V. Tecamachalco No.43, Col. La Paz, C.P. 72160, Puebla, Pue. e-mail: promopal.design@gmail.com. Costo del ejemplar $50.00 en México. Administración, comercialización y suscripciones: Francisco Javier Velasco Oliveros, Tel. (222) 5058400, javiervelasco68@hotmail.com. Las opiniones expresadas por los autores no necesariamente reflejan la postura de los editores de la publicación. Queda estrictamente prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos e imágenes de la publicación sin previa autorización de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Unidiversidad Revista de Pensamiento y Cultura de la BUAP está registrada en el sistema de información de la Universidad Nacional Autónoma de México sobre revistas de investigación científica, técnico-profesionales y de divulgación científica y cultural que se editan en América Latina, el Caribe, España y Portugal (http://www.latindex.unam.mx).

www.unidiversidad.com.mx


[5] La Biblioteca Palafoxiana en la Memoria del Mundo: Una puerta a sus maravillas DIANA ISABEL JARAMILLO

[13] Lapidicinia Iesuitica. La compañía de Jesús en la Biblioteca Palafoxiana JESÚS JOEL PEÑA

[31] De amor la ardiente flama: La bibliofilia exquisitamente barroca de la Biblioteca Palafoxiana DANIEL DE LIRA LUNA

[40] Biblia Sacra en la Palafoxiana JOSÉ MARÍA NOGALES

[62] Nota sobre el acervo JUAN FERNÁNDEZ DEL CAMPO ESPINOZA

[64] Retablo de la Virgen de Trapani [66] La biblioteca Palafoxiana a través de la mirada de dos artífices poblanos ELVIA ACOSTA ZAMORA

[77] La biblioteca: ocio, curiosidad y lectura ROGER CHARTIER

[89] Conceptos básicos sobre el estudio de los impresos antiguos JON ZABALA

[42] La música en la Biblioteca Palafoxiana ROSA MARÍA FERNÁNDEZ

[48] Sutil engaño o cerco de la lumbre pura (flor y espejo de truhanes y locos) PEDRO ÁNGEL PALOU GARCÍA

BIBLIOTECAS AJENAS

[99] Las ventanas cegadas del Lago Titicaca

JAVIER VARGAS DE LUNA

[Encarte] Grabado de la Biblioteca XVIII


La Biblioteca Palafoxiana en la Memoria del Mundo: Una puerta a sus maravillas DIANA ISABEL JARAMILLO JUÁREZ*

“La mitad de lo pensado no tiene otra materia prima sino lo que es pensado”. Pascal Quignard, Pequeños Tratados.

RWhite Taller de Fotografía.

l presente texto tiene la finalidad de responder a la pregunta: ¿Qué representa para la memoria del mundo la Biblioteca Palafoxiana? Para Alberto Manguel, una biblioteca es la memoria de la sociedad. Para Puebla, la Biblioteca Palafoxiana no sólo es la memoria de la sociedad mexicana, sino del mundo, por decreto oficial de la Unesco desde 2005 y, avant la lettre, desde el siglo xvii. ¿Por qué el reconocimiento? Para responder, enunciemos la primera particularidad de esta biblioteca: nace a partir de la donación del tesoro bibliográfico a los colegios tridentinos, de un hombre plenipotenciario y con un pensamiento claramente humanista, el noveno obispo de Puebla, Juan de Palafox y Mendoza; estableció la bibliotca con la condición de dejar la entrada libre a cualquier persona. Este atributo la distinguió del resto de las bibliotecas novohispanas que restringían la entrada a quienes no estaban vinculados con las instituciones a las cuales los acervos pertenecían. Por lo tanto, no hubo otra biblioteca en América concebida para fungir como biblioteca pública a fin de colaborar en la formación del pensamiento de la nueva sociedad. Aunque el concepto de lo público en aquella época está a debate

* Catedrática de la universidad Ibero Puebla, editora; doctora en Literatura y expresión del español, Université Laval; fue catalogadora de la biblioteca Palafoxiana y desde 2013, la dirige.


El obispo Palafox y Mendoza puso énfasis en los asuntos de la educación en la Nueva España. Acervo de la Biblioteca Palafoxiana.

por la historiografía, el espíritu de la ley de Palafox estableció un precedente fundamental en el quehacer bibliotecario. Ahora bien, la Biblioteca Palafoxiana contó con un cuerpo normativo desde 1646. En dichas ordenanzas se dispuso el horario de servicio, un régimen para la consulta y lectura de los libros, con sus respetivas sanciones, que incluían la excomunión en caso de robo bibliográfico, instrucciones sobre la conservación de los libros, así como disposiciones acerca de la adquisición de acervo y de las obligaciones de los bibliotecarios. Esta normatividad fue la base para el reglamento que posteriormente promulgó el obispo Francisco Fabián y Fuero —en 1771—, el cual funcionó hasta 1851 cuando se establecieron nuevas disposiciones reglamentarias debido a la desamortización de los bienes eclesiásticos. Un tercer aspecto que sobresale es la ciudad donde está ubicada: la Puebla de los Ángeles. Fundada en 1531, fue la segunda población en importancia social, económica y política en el virreinato de la Nueva España. En la estructura eclesiástica, la diócesis de Tlaxcala-Puebla también fue toral para la Iglesia y la Corona española (asimismo, en la actualidad hay un reconocimiento particular a la ciudad al ser su Centro declarado por la Unesco, Patrimonio de la Humanidad, en diciembre de 1987). Personajes muy importantes estuvieron vinculados a la creación, al desarrollo, a la conservación y difusión de la Biblioteca Palafoxiana. En primer lugar, Juan de Palafox y Mendoza, personaje que desde el siglo xvii y hasta nuestros días es objeto de estudios desde distintas disciplinas, tanto en América como en Europa. Tras su partida, Palafox dictó ordenanzas claras sobre el uso y crecimiento de la biblioteca, al grado de aportar dinero para que se continuaran adquiriendo novedades editoriales, tarea que obispos sobresalientes en el arte y la cultura novohispanas, Manuel Fernández de Santa Cruz y Francisco Fabián y Fuero, llevaron a cabo. Este úlitmo incorporó el acervo de cinco colegios jesuitas tras la expulsión de la Compañía. Fabián y Fuero, es necesario acotar, vivió en el periodo de la Ilustración y aplicó medidas que transformaron la vida social y religiosa de Puebla; a él se le debe la instauración de la nave principal de la Biblioteca y sus dos primeros pisos de fina estantería (1773); un trabajo de ebanistería exquisito, emblema del Barroco americano. Se trata, pues, de la única biblioteca sobreviviente que conserva el concepto y la estructura tipo de una biblioteca novohispana: tanto en la integración bibliográfica, la disposición de sus materias, como en su arquitectura. Ambos elementos le valieron los nombramientos Monumento Histórico en 1981, Memoria del Mundo por la Unesco en 2005 y Ciudad Patrimonio del Mundo por el Ayuntamiento de Alcalá de Henares, Madrid, en 2017. El modelo de biblioteca novohispana debió tomar muchos elementos de Europa, principalmente del reino de España, por lo que en esta se pueden apreciar las

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características generales de las bibliotecas hispanas adaptadas al virreinato. El fondo bibliográfico palafoxiano es una expresión del pensamiento universal con un amplio sentido diacrónico y espacial que abarca diversas materias del árbol del conocimiento tridentino: Ciencias Eclesiásticas, Ciencias Naturales, Ciencias Exactas. En la colección bibliográfica puede apreciarse con claridad y contundencia el desarrollo del pensamiento europeo y el americano. En la organización de las materias lo mismo están los principales autores del medievo europeo o de la antigüedad clásica, como los pensadores oriundos del continente americano; un acervo que se configuró para contrarrestar el pensamiento reformista y se conservó por ser el espacio donde se encontraban las noticias,

historias, poemas, diatribas y correspondencias de una sociedad demandante y productora de cultura. Sobre el orden que tiene el acervo, se sabe mediante testimonios guardados en su colección de manuscritos y pliegos sueltos, así como a través de los inventarios parciales que datan de finales del siglo xviii, que éste corresponde a los años postrimeros de dicha centuria, el cual se conservó integrando solo los libros que iban ingresando por donaciones particulares sin alterar la disposición. El origen de ciertas colecciones se estableció gracias a elementos de su determinación técnico-material (el soporte, la escritura, la reproducción y la paginación). Los lugares de procedencia del material son múltiples: desde los impresos de Puebla de los Ángeles, los primeros impresos mexicanos, hasta los impresos de algún lugar de Hispanoamérica y Europa. Asimismo, la estructura material de los libros nos remite a los valores estéticos de la historia de la imprenta. En los libros de la Biblioteca Palafoxiana se encuentran grabados que fueron hechos mediante las técnicas denominadas xilografía, los más antiguos, calcografía y litografía. La cantidad de impresos no-


vohispanos conservados proporciona una riqueza de información en cuanto a los impresores y grabadores de esa época. Pascal Quignard reflexionó sobre la materialidad o la determinación físico-individual de un libro: cada ejemplar tiene una historia propia por la interacción que tuvo con su autor y sus lectores, mostrada a veces en la marginalia de sus páginas, y el estudio de esta determinación muestra la metamorfosis de las lecturas, de las sensaciones, de las reflexiones, de las rememoraciones bio-biblio-gráficas. La Palafoxiana es producto de un sinnúmero de lectores que encontraron ideas y razones para conservar cada volumen, ya fuera porque alentó la impresión de otros libros o porque animó contrarrazones. Estos libros contribuyeron a desbaratar reglas, a librar de angustias, a evitar soledades, a gustar del silencio,

a sentirse libres o cuestionarse si era libertad; han sido, como decía Palafox: las armas de guerra contra las tentaciones y el movimiento de Reforma. En conjunto: fondo bibliográfico, recinto y mobiliario, responde a toda una concepción del conocimiento virreinal y la forma de transmitirlo a través de los libros, una concepción particular para la historia de México y de Hispoamérica. El reconocimiento a la valía y originalidad de esta biblioteca ha quedado plasmado por la pluma de varios y reconocidos autores, uno de tantos, de la época virreinal, Echeverría y Veytia, afirmó: “Contenía muchos libros modernos y apreciables, quedando tan abastecida y completa, que no tiene igual en el reino y aun en España serán pocas (fuera de las reales) las que pueden competirla, en el conjunto de sus circunstancias”. Hacia mediados del siglo xix, el cuidado de la Biblioteca, por las Leyes de Reforma, pasó a manos del Estado y liberales, como Ignacio Comonfort, quienesdieron cuenta del valor intelectual que la misma significaba. Para finales del xix, la Palafoxiana continuó con sus labores de acervo bibliográfico de consulta pública, pero también como

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museo del libro, actividad que muchas bibliotecas de fondo antiguo fueron adoptando. Hoy día, en la era digital, las bibliotecas de fondo antiguo pueden enfrentarse a una amenaza muy real sobre su uso, pues no son pocos los que cuestionan la inversión, por ejemplo, en su conservación y medidas de prevención; no obstante, prevalece su fortaleza de no poder ser replicada, de ser un producto cultural irremplazable, resultado de la interacción de tantos hombres durante tantos siglos. En función de este compromiso de conservación, como las bibliotecas ideales del mundo, la Palafoxiana desarrolló herramientas para adaptarse a sus nuevos lectores, para conservar su acervo y para difundir la práctica del pensamiento libre desarrollando herramientas para su divulgación, consulta, lectura y preservación por mil años más. Se abrió una nueva etapa de la Sala Lúdica centrada en la historia del libro y las ideas que cambiaron el rumbo de la ciencia, donde los más pequeños tienen actividades que generan curiosidad por las artes de la edición, de la impresión y del arte del grabado. El objetivo de esta sala aledaña es sembrar en los pequeños la necesidad y amor por los libros y su legado. En cuanto a las labores propias de la biblioteca, hemos contado con el apoyo de instituciones como Adabi en el proceso de catalogación y de El Colegio de México para extender el catálogo bibliográfico a todo el mundo. Así también, desarrollamos, a través del Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Puebla una app que se encuentra en módulos, para que se pueda visitar la biblioteca con guía intercativa en otro idioma o bien para saber más sobre la historia de la misma, así


como para hojear libros que despierten el asombro y la curiosidad. Se han publicado libros facsimilares comentados de algunas rarezas editoriales o con información de valor para los estudiosos. Para el cuidado de cada ejemplar, la Biblioteca cuenta el taller de restauración de la Palafoxiana está pendiente del mantenimiento de cada ejemplar que pende de su estantería. En suma, nos queda material para la reflexión sobre la importancia que tiene la Palafoxiana en la memoria del mundo, esto es, en la visión literaria, científica e histórica. Su valor de acervo bibliográfico es incalculable porque sus libros siguen animando a los lectores en turno a criticarlos, comentarlos y mantenerlos más allá de esa primer acercamiento. La Biblioteca Palafoxiana, cada uno de esos libros antiguos, de esas fuentes originales que la conforman, es la síntesis de nuestra formación como sociedad, es la clave para comprender nuestra cultura y es el espacio que indica el valor que le damos a la historia del libro, a las vicisitudes que ha tenido. Comprender su relevancia como símbolo cultural nos lleva, indudablemente, a preservarla, pues, como indica Jon Zavala, citando al fundador de la llamada interpretación patrimonial: “solo se protegerá aquello que se aprecie, pero solo se apreciará aquello que se conozca”.

BIBLIOGRAFÍA Alberto Manguel. El viajero, la torre y la larva: el lector como metáfora. Argentina: fce, 2015. Pascal Quignard. Pequeños Tratados. México: Editorial Sexto Piso, 2015. Jon Zavala. Los impresos antiguos. Barcelona: Editorial uoc, 2014.

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LAPIDICINIA IESUÍTICA LA COMPAÑÍA DE JESÚS EN LA BIBLIOTECA PALAFOXIANA JESÚS JOEL PEÑA ESPINOSA*

PROLEGÓMENO

Emblema de la Compañía de Jesús, siglo xvi del libro de Pedro di Rivadeneyra. Vita Ignati Loiolae qui religionem clericorum societatis Iesu instituit / a Petro Ribadeneira sacerdote Societatis ejusdem pridem conscripta et nunc denuÚ recognita et locupletata. Matriti: apud viduam Alphonsi Gomezii, 1586. 22089. Acervo de la Biblioteca Palafoxiana.

lemento fundamental de nuestra vinculación con la cultura universal, es precisamente la herencia que la Compañía de Jesús dio a nuestro país. Desde el siglo xvi hasta el siglo xxi la acción ignaciana ha dejado impronta profunda en las formas de ser del mexicano, en sus distintas expresiones, en su variopinta sociedad y en la libertad para aprehender el mundo. Cuando fueron expulsados los padres jesuitas, los mejores libros de sus bibliotecas poblanas fueron llevados a la del Seminario Conciliar (ahora Biblioteca Palafoxiana), donde permanecen. Son numerosas las obras en la colección palafoxiana que llevan el ex libris de alguno de los colegios. La influencia de la Compañía en los estudios de la época novohispana es notoria y se refleja en muchos libros escritos por jesuitas, textos que formaban parte del material con el cual se educaba al clero secular de la diócesis de Tlaxcala-Puebla. Es fundamental que el lector tenga siempre presente que en este breve artículo se hace referencia exclusivamente a libros que descansan en los anaqueles de la Palafoxiana, escritos por los jesuitas o importantes para sus proyectos, dicho elenco no es exhaustivo sino representativo y solo ofrece un asomo a la riqueza de la insigne biblioteca.

* Profesor investigador Titular C en el Instituto Nacional de Antropología e Historia. Maestro en Historia del Catolicismo por la Universidad Pontificia de México, y maestro y licenciado en Historia por la Universidad Autónoma de Puebla.


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PRESENCIA EN PUEBLA La ciudad de Puebla dio cobijo a los seguidores de Loyola desde los años primigenios de su establecimiento en Nueva España. Los jesuitas pisaron la Angelópolis por primera vez en 1576 y dos años más tarde establecieron la primera casa de un total de cinco colegios que tuvieron en la ciudad de Los Ángeles. Apoyados por vecinos, clérigos y el obispo Diego Romano, iniciaron su quehacer con los colegios del Espíritu Santo y el de San Jerónimo. El siglo xvii vio nacer el de San Ildefonso y el de San Ignacio, y a mediados del siglo xviii, poco antes de la expulsión, entró en funciones un establecimiento bajo el nombre de San Francisco Xavier. Extrañados en 1767 de todos los reinos españoles, regresaron a Puebla el 18 de diciembre de 1819 para sufrir una nueva expulsión años después. En el siglo xix el colegio Pedro Spina, transformado poco después en el Sagrado Corazón de Jesús, fue el medio para la prosecución del proyecto. La historia contemporánea de Puebla registra al Instituto Oriente y la Universidad Iberoamericana como los continuadores de aquella obra. La aportación jesuita a Puebla y de ésta a la Compañía de Jesús, posee una rica dialéctica. La obra educativa en la historia de México es notabilísima, y aunque pareciera que sus años dorados están fincados en la etapa novohispana, hace falta estudiar los aportes a la formación de la conciencia mexicana


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durante el siglo xix, y aún es necesario valorar, en perspectiva histórica, los resultados de las instituciones jesuitas en la historia contemporánea de México.

LIBROS DE LA COMPAÑÍA EN UN SEMINARIO CREADO POR PALAFOX Sobre el contenido y materias de los casi cincuenta mil libros que posee la biblioteca se ha dicho bastante y no repetiré lo que otros o quien esto escribe hemos señalado en diversos textos. Para el presente ensayo lo importante es hacer una llamada de atención sobre la presencia en la Biblioteca Palafoxiana de textos escritos por jesuitas o leídos con avidez en sus colegios, pretensión que no es una veleidad. Resulta harto conocida la escandalosa controversia entre los jesuitas de Puebla y el obispo Juan de Palafox, desde entonces hubo una sorda rivalidad entre los colegios de la Compañía con los colegios que constituían el Seminario Conciliar (San Juan, San Pedro y San Pablo). Incluso en la colección de la biblioteca existen impresos y manuscritos del prelado y de los jesuitas relativos a tan ruidosa controversia. En el pontificado de Francisco Fabián y Fuero hubo esfuerzos por desterrar todo viso de jesuitismo en la formación del clero, el prelado propuso un tomismo ortodoxo desde su punto de vista y encargó la guía espiritual de sus clérigos a los padres del Oratorio


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filipense. Considerando que la donación de Palafox (año de 1646), que no creación de la biblioteca como se ha insistido equivocadamente, y la remodelación de la «librería» en la época de Fabián (1773), son dos coyunturas esenciales en la historia de la biblioteca; es menester pensar que para este segundo momento ingresaron la mayoría de los libros que tienen la marca de fuego de los colegios jesuitas. Después de la expulsión, el obispo Fabián y Fuero dio instrucciones para extraer de aquellas bibliotecas lo más rico y destacado de las colecciones; esa decisión fue mucho mejor que el fuego, sin duda, y con ello la vida intelectual jesuítica en Puebla contribuyó a enriquecer el principal monumento bibliográfico de México. En 1773 la Junta Subalterna de aplicaciones de los bienes ocupados de la Compañía de Jesús, instruyó al doctor Diego Quintero que separara los libros de doctrinas peligrosas jesuitas que estaban ya en el Colegio Tridentino de San Pedro y San Juan (Seminario Conciliar).

TESTIMONIOS DEL PROYECTO IGNACIANO La misión y la espiritualidad de los hijos de San Ignacio coloca ante nuestros ojos un prisma del cual se traslucen los colores que han pintado a los procesos históricos del mundo donde han llegado los jesuitas, plasmando una visión universal, tanto como el proyecto de Ignacio de Loyola, y demostrando que la relación y diálogo con las diversas culturas fue posible como plan utópico en la historia y es posible como reto para los días actuales. Algunos autores con tino han dicho que la Compañía de Jesús fue la primera institución globalizadora de la época moderna. No se trata de una historia remota o de un proceso terminado, es manifiesta la trascendencia de la Compañía de Jesús en el mundo, en la realidad secular, mediante las representaciones, el mundo de lo simbólico, las aspiraciones intelectuales, los esfuerzos misioneros, las empresas educativas y los ardores del espíritu místico, con impacto sobre múltiples niveles de la vida del hombre y la construcción material de la sociedad. Recientemente la Compañía de Jesús ha conmemorado dos hitos fundamentales en su historia, la supresión y el restablecimiento. El siete de agosto de 1814, el papa Pío VII promulgó la bula Solici-


tudo omnium Ecclesiarum restableciendo con ello la Compañía de Jesús, que había sido disuelta el 21 de julio de 1773 por Clemente XIV. Acerca de los orígenes, en primer lugar deben mencionarse las biografías sobre San Ignacio de Loyola y compilaciones de sus enseñanzas, además de los Ejercicios espirituales. De la pluma de Francisco Javier Fluviá su Vida de S. Ignacio de Loyola fundador de la Compañía de Jesús; en el tenor hagiográfico la redactada por Juan Eusebio Nieremberg, una de las plumas jesuitas del siglo xvii más difundidas, el Apophtegmata sacra que explica sentencias y frases del fundador, destinando una para cada día del año, obra que obtuvo varias ediciones; sus cartas explicadas por comentadores en la Epistolae Sancti Ignatii, y de las múltiples ediciones de los Ejercicios sobresalen las comentadas por el afamado Luis de la Puente y por Paolo Segneri, jesuitas, el primero español y el segundo italiano, quienes escribieron en la primera mitad del siglo xvii textos influyentes en el ámbito de la espiritualidad. También sobre el primer general sobresale por su carácter poblano El cielo venido a nuestras manos por las de Ignacio y su Compañía, un panegírico salido de la mano del canónigo magistral de la catedral angelopolitana Andrés de Arce y Miranda, predicado en la iglesia del Espíritu Santo el día de la fiesta de San Ignacio de Loyola del año 1751, durante la misa oficiada por el obispo auxiliar Anselmo Álvarez Abreu, quien posteriormente sería obispo de Oaxaca y conviene mencionar el Elogio que del santo fundador hizo Juan Bautista Díaz Pérez en la festividad propia celebrada en el colegio de San Ildefonso de la ciudad de México en 1816, después del restablecimiento de la Orden en los reinos españoles gracias a la confirmación de Fernando VII el año anterior. En la antípoda del origen de la Compañía está la crisis y embates desde diversos poderes civiles y eclesiásticos que derivaron en el extrañamiento (conocido comúnmente como expulsión) de los jesuitas y la supresión de la Orden. Sobre este punto crítico en la historia occidental, el acervo palafoxiano posee varias obras impresas entre 1760 y 1775, cuyo objetivo fue crear una atmósfera antijesuita, particularmente cuando el reino de Portugal dispuso su expulsión. Entre ellas, Coleccion de varios papeles juntos en un volumen, para mayor

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comodidad de los Lectores Dase quenta de la falsedad, audacia, y fanatismo, tanto de los llamados Jesuitas, como de sus sequaces…, y Varios papeles em que se manifiestan asi los yerros de los Jesuitas como sus causadas penas impuestas por los parlamentos de Francia, ambas impresas en Lisboa; la Instruccion a los principes, sobre la politica de los padres Jesuitas, obra difundida en italiano, portugués y español; el libro El retrato de los jesuitas formado al natural por los mas sabios, y mas ilustres catholicos donde se acusa a los jesuitas de promover el regicidio, la Causa jesuitica de Portugal, publicada por la Real Gazeta de Madrid, donde se hace relación especialmente de lo sucedido en las misiones del Paraguay. Se hallan algunas respuestas a esta propaganda, un ejemplo es la Apología de el Instituto de los Jesuitas, publicado por Cérutti a raíz de la expulsión en Francia. Destaco la Defensa de los padres jesuitas por los poblanos, publicado en 1820 en la

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Escrito a lápiz detrás del fronstispicio de Apología de el Instituto de los Jesuitas. Acervo de la Biblioteca Palafoxiana.

imprenta angelopolitana de Pedro de la Rosa, por la relevancia que tuvo Puebla en la respuesta a la extinción de la Compañía decretada por el Congreso de las Cortes españolas en agosto de dicho año, su relación con el tema de la representación americana en las Cortes y el movimiento iturbidista que obtuvo la independencia. Como se observa, hay abundantes fuentes sobre la historia de los orígenes, crisis, extinciones y restablecimiento de la Orden.

LA BELLEZA DE SUS LIBROS

Frontispicio tipográfico de Apología de el Instituto de los Jesuitas. Acervo de la Biblioteca Palafoxiana.

Los grabados plasmados en portadas, letras capitulares, cenefas, viñetas, tablas, retratos y otras formas de ilustrar los libros son constantes en el acervo de la Palafoxiana, independientemente de su temática, procedencia e imprentas. Sin embargo, los libros escritos por miembros de la Compañía destacan por su profusión y belleza de imágenes; mérito de los artistas, grabadores e impresores, guiados por la voz de los jesuitas. La base de esa aprehensión del universo, de la naturaleza y la expresión de las pulsiones interiores radica


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en los Ejercicios espirituales. Permite una afinación paulatina de los sentidos corporales, como un acceso del espíritu a la contemplación en el camino de la perfección espiritual. Los fundamentos orientadores de la percepción de lo bello y su expresión plástica tienen fuente profunda en la espiritualidad jesuítica. Se percibe la influencia de la idea tomista, donde lo bello concierne puramente a la facultad del juicio racional y se observa por la proporción de los objetos: pulchrum respicit vim cogitativam. Quizá sean las obras de Kircher las que con más profusión, inteligencia y belleza fueron ilustradas entre los libros jesuíticos que conserva esta biblioteca.

PERSONAJES Y AUTORES Existen hagiografías de San Francisco Xavier y San Luis Gonzaga o de ilustres jesuitas como Francisco Suárez. Un aporte al método de la Teología Moral fue la casuística, de manera que están los diversos casos de conciencia escritos por teólogos de esta Orden. Entre los autores jesuitas sobresalientes hay obras de Pietro Sforza Pallavicino, especialmente su monumental Istoria del Concilio di Trento, publicada entre 1648 y 1652, que fue un clásico sobre el tema hasta muy avanzado el siglo xix. Pedro Murillo Velarde, un hombre que recorrió el mundo en el siglo xviii, desde España hasta Filipinas y de regreso a Roma pasó por India y África, es posible leerlo mediante varias ediciones de su Geographia historica, su Catecismo ó instruccion christiana, de sus largos años en Manila produjo la Historia de la provincia de Philipinas de la Compañia de Jesus; y hay algunos ejemplares del celebérrimo Cursus juris canonici Hispani et Indici, obra fundamental para la comprensión y estudio del Derecho indiano. Una gran fortuna que la Palafoxiana conserve los bellísimos libros escritos en el siglo xvii por «el último hombre que lo sabía todo», Athanasius Kircher. De este eximio erudito y científico jesuita, están el Arca de Noé donde buscaba estudiar la naturaleza del mundo en relación con el antes y el después del diluvio universal, el Magneticum natvrae regnvm; su tratado acerca del sonido, el silencio y la música con el título Musurgia universalis sive Ars magna Consoni et Dissoni; el Mundus subterraneus donde explora el comportamiento de los volcanes; Sphinx mystagoga en la cual muestra su interés y conocimiento por las antiguas culturas orientales y su relación con el hermetismo y conocimiento del zoroastrismo; su estudio sobre la cultura y la lengua sinense China monumentis; el análisis de la región del Lacio y sus antigüedades Latium; Oedipus aegyptiacus dedicado a intentar una traducción de los jeroglíficos egipcios; Polygraphia nova et universalis ex combinatoria arte detecta en la cual analiza las diversas lenguas y propone un modelo de lenguaje y escritura universal; Principis christiani archetypon politicum, sive, Sapientia regnatrix; Ars magna lucis et umbrae,

Frontispicio del libro de Matías Tanner. Societas Jesu usque ad sanguinis et vitae profusionem militans in Europa, Africa, Asia et America contra gentiles, mahometanos, judaeos, haereticos, impios pro Deo, Fide, Ecclesia, pietate sive vita, et mors eorum qui ex Societate Jesu in causa Fidei et virtutis propugnatae violent‚ morte toto orbe sublati sunt. Impreso en Praga: Universitatis CaroloFerdinandeae in Collegio Societatis Jesu ad S. Clementem per Joannem Nicolaum Hampel Factorem, 1675. Acervo de la Biblioteca Palafoxiana.


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tratado sobre la luz, las sombras y la composición de relojes solares, Magnes sive De arte magnetica y la obra escrita en su honor Musaeum kircherianum. Este erudito jesuita mantuvo contacto con la Puebla de los Ángeles a través de sus hermanos de hábito Francisco Ximénez y Alexandro Fabián, radicados en esta ciudad, como lo ha demostrado Ignacio Osorio al estudiar la correspondencia entre ambos con Kircher, lo cual coloca a Puebla como uno de los puntos de entrada del pensamiento científico en el mundo novohispano; una de esas obras pasó por las manos del obispo Escobar y Llamas. Estos libros y la certeza del contacto científico entre los angelopolitanos y sus pares europeos es suficiente para calibrar la importancia que tiene la colección jesuítica en el acervo de la Palafoxiana como testimonio del quehacer científico en Puebla. Otro destacado jesuita cuyos textos reposan en esta biblioteca es el portugués Antonio Vieira, además de algunas biografías sobre él, como la escrita por Andrés Barros. Están sus sermones y una copia manuscrita de la famosa Clavis prophetarum, texto emblemático sobre los textos del Antiguo Testamento. Aventuro la hipótesis de que este manuscrito se halla aquí gracias al obispo Manuel Fernández de Santa Cruz, cuyo interés por las obras de Vieira está demostrado y fue el canal para poner en manos de Sor Juana Inés de la Cruz la obra del predicador lusitano. Entre los jesuitas novohispanos mencionaré solo dos: Francisco de Florencia, eminente autor de la segunda mitad del siglo xvii y Francisco Xavier Clavijero, hito del pensamiento novohispano del útimo tercio del siglo xviii. Ambos pasaron algún tiermpo de su vida en el poblano Colegio del Espíritu Santo. La personalidad y obra del padre Florencia ha sido objeto de investigaciones, solo añado que su relación con Puebla pasa por su cercana amistad con el obispo Manuel Fernández de Santa Cruz, al afecto se añadía una gran complicidad intelectual. Sin duda la obra hagiográfica Exemplar vida, y gloriosa muerte por Christo del fervoroso P. Luis de Medina y el Sermon a la festividad del bienaventurado San Luis Gonzaga que el jesuita predicó en el Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo, que ostentan la marca de fuego del Colegio de San Juan, reposan en el acervo por mano de este prelado. Cabe añadir que La Narración de la maravillosa aparicion, que hizo el arcangel San Miguel a Diego Lazaro de S. Francisco, fue escrita y publicada en 1692 por el jesuita a instancia del mencionado obispo, rescatando la historia y tradición de uno de los santuarios más importantes del obispado Tlaxcala-Puebla. Se cuenta con el Menologio de los varones mas señalados en perfeccion religiosa de la provincia de la Compañia de Jesus de Nueva España, el cual pertenecía al Colegio de San Xavier, del mismo colegio procede el ejemplar de La estrella de el norte de Mexico, aparecida al rayar el dia de la luz Evangelica en este nuevo mundo, en la cumbre del cerro de Tepeyacac, en


su edición de 1688. También de tema mariano, están La milagrosa invencion de un thesoro escondido en un campo… patente ya en el Santuario de los Remedios y el Zodiaco mariano, ambos con sello del Colegio del Espíritu Santo. Con el apoyo del alcalde ordinario Gabriel Carrillo de Aranda publicó el Sermon, que predicó… en la Santa Iglesia Cathedral de la ciudad de los Angeles, a la solemne festividad… de nuestro padre San Pedro, el cual predicó en 1680. De Clavijero está la insigne Storia antica del Messico, en su edición impresa en Cesena y su obra póstuma Storia della California, impresa en Venecia el año de 1789. Además de la Historia antigua de México hay una edición mexicana del impresor británico Ackermann publicada en 1826.

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LAS MISIONES La labor misionera de la Compañía le viene de su naturaleza cristiana y el contexto histórico de su nacimiento. La primera acción ocurrió en el Viejo Mundo, donde desplegaron sus afanes por recuperar los territorios que habían optado por las confesiones protestantes. Siguieron las rutas de la expansión europea incorporándose, con sus propios fines, a esa estructura mundo-europea, mirando e intentando explicar al «otro» del cual habían escuchado pero cuya realidad rebasaba su imaginación. La atención de los jesuitas no solo estuvo en los criollos, también los indios y los negros fueron objeto de su catequesis. Entre las obras de su experiencia misionera se pueden mencionar Cartas edificantes, y curiosas, escritas de las missiones estrangeras por algunos missioneros de la Compañia de Jesus; sobre reducciones en el Paraguay Relacion historial de las missiones de los indios, que llaman chiquitos, cuyo autor fue Juan Patricio Fernández e Historia de la Compañía de Jesus en la provincia del Paraguay, de la pluma de Pedro Lozano; y la Historiarum indicarum de Juan Pedro Maffejo. Uno de los temas más caros para la Compañía fue la frustrada evangelización de China y varias regiones del Lejano Oriente, donde bajo la iniciativa de Mateo Ricci desarrollaron una estrategia pastoral de integración con aspectos de la tradición confuciana, lo que desembocó en la controversia por los llamados ritos chinos. Sobre la misión en Asia, la

Francisco Javier Clavijero fue un jesuita novohispano, autor de varias obras históricas. La más conocida es la Historia Antigua de México.


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biblioteca posee, Informatio antiquissima de praxi missionariorum sinensium Societatis Jesu circa ritus sinenses data in China, el texto apologético Defensa de los nuevos christianos, y missioneros de la China, Japon, y Indias: contra dos libros intitulados, La practica moral de los Jesuitas, ya que precisamente fueron criticados por la referida estrategia, controversia en la cual se incluyó Palafox acusando a los jesuitas casi de herejía, esta acusación fue empleada un siglo más tarde cuando las monarqupías europeas comenzaron a expulsar a los jesuitas. Compendio de lo sucedido en el Japon desde fundacion de aquella christiandad y relacion de los martires que padecieron estos años de 1629 y 1630, este tipo de libros representaban los esfuerzos de las Órdenes religiosas por defender y legitimar su labor misionera en Asia; en este tenor, Cartas que los padres y hermanos de la Compañia de Jesus, que andan en los reynos de Japon escrivieron a los de la misma Compañia, obra en una temprana edición de 1575. Estas crónicas rescatan aquella estrategia evangelizadora que buscaba la imbricación entre fe y ciencia, elementos que en conjunción pueden aportar al diálogo cultural en el mundo contemporáneo. Además de reseñar las hazañas de los religiosos, la misión produjo múltiples obras que permiten conocer, desde el filtro jesuita, esos mundos. El Compendio del arte de la lengua mexicana de Horacio Carochi, quizá fue el instrumento más empleado por los ignacianos para su trabajo pastoral entre los pueblos nahuas, texto preparado por el padre Ignacio de Paredes, quien también realizó la traducción al náhuatl del más famoso de los instrumentos catequéticos en el orbe hispánico, el Catecismo del también jesuita, Jerónimo de Ripalda. La versión nahua de Paredes, bajo el título de Catecismo mexicano, que contiene toda la doctrina christiana con todas sus declaraciones, incluía una doctrina breve y consejos útiles para los ministros.

JESUITAS DESDE LA ANGELÓPOLIS Como aporte al conocimiento de la influencia jesuítica en Puebla y su expresión en los libros de la Biblioteca Palafoxiana señalo obras existentes en ésta, cuya identificación radicó en los siguientes criterios: redactadas en la Puebla de los Ángeles; textos escritos por jesuitas mientras vivían en alguno de sus colegios aunque los hayan publicado en otra ciudad del orbe hispánico o fuera de éste, especialmente libros de jesuitas naturales de la Angelópolis aunque parte de su actividad se haya desarrollado en otros lugares. Pedro de Morales fue uno de los más destacados en el siglo xvi y principios del siguiente, participó en el Tercer Concilio Provincial Mexicano, dirigió el Colegio del Espíritu Santo, obsequió un valioso lote de reliquias a la ciudad entregadas en fastuosa ceremonia pública, además de haber


sido amigo del obispo de Tlaxcala-Puebla, Diego Romano. La biblioteca posee un ejemplar de su obra teológica In caput primum Mathei de Christo Domino…, publicado en Lyon el año de 1614, además la edición parisiense de 1869. Hijo de la Puebla, el padre Juan de Burgos sacó en Madrid los Discursos historiales panegyricos de las glorias de la Serenissima Reyna de los Angeles en su sagrada casa de Loreto, cuyos datos sobre las dimensiones de la considerada «casa de Nazareth» fueron base para la réplica que aún se conserva en el Fuerte de Loreto de la ciudad de Puebla. También de tema mariano, Jerónimo Pérez de Nueros sacó en 1678 su Lapidicinia sacra… Dei Mater in gloria splendoribus, escrita en Puebla y publicada en Lyon. Hagiografías y sermones existen varios. Tomás de Escalante hizo la Breve noticia de la vida exemplar y dichosa muerte del venerable padre Batholome Castaño; Juan Antonio de Mora sobre la monja jerónima del monasterio mexicano de San Lorenzo, María Inés de los Dolores, con el título Espejo crystalino de paciencia y viva imagen de Christo crucificado…; y otro sobre su hermano de hábito Juan Nicolás, Vida y virtudes heroycas de el exemplar, y fervoroso hermano Juan Nicolas. El padre Mateo de la Cruz sacó el Sermon de la gloriosa Santa Catalina de Sena que predicó en el monasterio angelopolitano advocado a dicha santa durante su fiesta en 1668. Natural de la ciudad de Los Ángeles, Juan Martínez de la Parra que gozó de gran reputación como predicador durante el último tercio del siglo xvii y que fuese convocado a la capital del virreinato por el arzobispo Aguiar y Seijas para predicar en la Casa Profesa, reunió esas pláticas en su Luz de verdades católicas y explicación de la doctrina cristiana, de la cual esta biblioteca tiene varios ejemplares, desde la publicada en 1699 hasta la edición aumentada de 1793 que perteneció al obispo poblano Francisco Pablo Vázquez. En sus versiones primeras, se conservan su Sermon panegirico elogio sacro de San Eligio y el Sermon panegyrico a las virtudes y milagros de… San Francisco Xavier. Joaquín Antonio de Villalobos, igualmente oriundo de esta ciudad que fue prefecto de la Congregación de Nuestra Señora del Pópulo en el Colegio del Espíritu Santo, así como afecto con los obispos poblanos Benito Crespo y Juan Antonio de Lardízabal, escribió en el primer tercio del siglo xviii obras de formación espiritual y sermones. Su Relox de sombras es una meditación profunda escrita para el Viernes Santo sobre la agonía de Jesucristo en la cruz. En honor al maestrescuela poblano Miguel Nieto de Almirón publicó el Honroso obelisco, cuyo contenido enseña las virtudes de todo buen sacerdote; otro prebendado angelopolitano fue objeto de su homilética, el maestrescuela Antonio de Jaúregui Bárcena a quien se le hizo una función exequial en el colegio del Espíritu Santo. Está también el sermón que pronunció en el monasterio de la Santísima Trinidad en Puebla.

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Igualmente angelopolitano, el padre Nicolás de Segura fue un prominente teólogo y predicador de la primera mitad del siglo xviii con notable influencia del lusitano Vieira. Se conserva su Tractatus de contractibus in genere, et testamentis, publicado en Salamanca, su escrito dedicado a sus hermanos de hábito Exhortaciones domesticas a la perfeccion de su instituto, dichas a los Reverendos Padres y hermanos de la Compañia de Jesus, así como las colectáneas de sus sermones, una dedicada a los santos y otra a la Virgen María, ambas publicadas en Madrid en 1729. Permanece un texto que le dio renombre en su Orden, Defensa canonica por las provincias de la Compañia de Jesus, de la Nueva-España, y Philipinas sobre las censuras impuestas, que reagravadas à sus religiosos, y à todos los que comunicàran, por los juezes hacedores de rentas decimales de la Santa Metropolitana Iglesia de Mexico, el título exhibe la materia. Otros autores nacidos en Puebla, Antonio de Siria quien viajó a Guatemala y allá hizo la Vida admirable y prodigiosas virtudes de la V. Sierva de Dios D. Anna Guerra de Jesus y el padre Juan de Robles, quien estando en el colegio de Querétaro recitó la Oracion funebre elogio sepulcral en el anniversario de la muy Ilustre Señora, Venerable Madre Antonia de San Jacinto, monja clarisa de aquella ciudad; y un sermón dedicado a la Virgen de Guadalupe que predicó el 12 de diciembre de 1681 en su templo queretano.

EL COMPROMISO HODIERNO Peter-Hans Kolvenbach, quien fue prepósito de la Compañía de Jesús, dijo en 2006 que los jesuitas han estado siempre en las encrucijadas donde se han debatido problemas que no siempre tienen una respuesta nítida, por lo que continuaba siendo su reto dentro del mundo actual actuar ante fenómenos como la globalización, el diálogo cultural o el relativismo. Es indudable que la cantera jesuítica es rica en material para construir nuevos puentes y edificios de cultura. En décadas venideras surgirán los textos que den cuenta del ascenso a la sede petrina del primer jesuita y los efectos sobre la Iglesia católica y el mundo. Este sucinto repaso de la riqueza que posee la Biblioteca Palafoxiana en materia jesuítica invita a estudiar esas obras para comprender mejor los pasos y acciones de una institución que ha resistido fuertes embates y se revisita críticamente para mantener su diálogo con el mundo.


de amor la ardiente flama LA BIBLIOFILIA EXQUISITAMENTE BARROCA DE LA BIBLIOTECA PALAFOXIANA

DANIEL DE LIRA LUNA*

a intensidad poética, amorosa, de la pieza operística de donde procede la primera parte del título de este texto alude al deseo… sí, el deseo con el que un aprendiz de bibliófilo se acerca a visitar la Biblioteca Palafoxiana, un arca abierta, una suerte de alfombra mágica de prodigios y curiosidades; un encuentro con el descubrimiento y la secreta placidez al examinar sus impresos de extraordinario valor cultural de interés nacional y, desde luego, internacional. De allí que en 2005 recibiera como solemne distinción su inclusión en el registro de la Memoria del Mundo de la Unesco por el magistral concierto y armonía de sus impresos y manuscritos antiguos reunidos en ese magnífico recinto. Desde luego, cada investigador y visitante que llega a esta sorprendente biblioteca tiene sus propios intereses, gustos, curiosidades y paroxismos, pues el asombro frente al hallazgo a menudo supera la experiencia de lo esperado para trasportarnos del amor por los libros, por la lectura —y en muchos casos por la lectura estética—, al amor por el conocimiento que supone los valores universales. De la Biblioteca Palafoxiana escribió el benemérito Genaro Estrada, diplomático y eminente bibliófilo y bibliógrafo, discípulo y amigo de Genaro García, de mismo sino, en la

* Doctor en Bibliotecología y Estudios de la Información por la unam; investigador del Centro de Documentación “Sor Juana Inés de la Cruz”; tutor del posgrado en Bibliotecología y Estudios de la Información, unam; miembro de la Asociación Mexicana de Bibliotecarios y secretario del Comité Mexicano del Programa Memoria del Mundo, unesco.


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delicia perfecta que también son sus 200 Notas de bibliografía mexicana (1937): «La Biblioteca Palafoxiana de Puebla es la mejor dispuesta en México en cuanto a su auténticamente antigua decoración, la cual no ha variado un punto desde su fundación y se conserva tal como aparece en las dos preciosas láminas que de dicha biblioteca hizo el grabador José Nava, reproduciendo los dibujos de Miguel Gerónimo Zendejas». Esta nota y aquellas estampas son la evidencia donde se discurre cómo el curso del tiempo se ha detenido para legarnos minuto a minuto la historia y el arte de su escenario arquitectónico, estético y bibliográfico. A la entrada de este recinto nos aguarda un antiguo instrumento de «manos libres» que prefigura la rueda de la fortuna, principio y fin de nuestro dichoso recorrido docu-

Biblia Sacra: hebraicae chaldaice graece & latine. Antuerpia : Christoph. Plantinus excud., 1569-1573. Acervo de la Biblioteca Palafoxiana.

mental. Así, veloz, ligero, ágil, se extiende sobre nuestros pies el gran teatro del mundo, frente a un facistol dispuesto a girar las páginas del tiempo sostenido. Lo primero en revelarse a nuestro encuentro, particularmente en este 2018, es la evocación de las negras artes de Gutenberg, maestro orfebre aplicado a la aleación y fundición de metales, concertador del primer mundo moderno frente al flujo de una nueva producción documental y al influjo de la imprenta incunable que a mediados del siglo xv corrió rápidamente como pólvora por las principales ciudades europeas hasta lo insaciable. Hoy, según lo refieren los biógrafos de Gutenberg, el pasado tres de febrero se ha conmemorado la friolera de 550 años de su fallecimiento, nacido en Maguncia, Alemania, se cree que entre 1398 y 1400. Su obra maestra: la Biblia latina de 42 líneas es el impreso por excelencia primogénito y protoincunable más egregio de la cultura del libro. En este conjunto disperso de notas de varia invención para la degustación de algunos impresos de bibliofilia exquisita que se conservan en la Biblioteca Palafoxiana siempre


se tendrá presente su ejemplar incunable de 1493 del Liber Chronicorum, conocido en español como el libro de las Crónicas de Núremberg. Es toda una galería de arte con una prolija ilustración de grabados en madera donde destaca el realismo de los retratos y la belleza de los mapas de las ciudades representadas; el libro de la Biblioteca es un ejemplar en latín, parcialmente coloreado a mano, en formato mayor (in folio). Este incunable se imprimió varias veces, tanto que puede considerarse como una especie de best seller de su tiempo. Su autor, el médico Hartmann Schedel, expone una narrativa personal de la historia universal tomando como principal referencia de su relato varios libros de la Biblia. Célebre son también el nombre de su impresor y editor Anton Koberger, tanto como los nombres de sus ilustradores Michael

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Abraham Ortelio. Theatrum oder schaubuch der gantzen welt. Antuerpiae: s.n. 1602. Acervo de la Biblioteca Palafoxiana.

Wolgemuth y Wilhelm Pleydenwurff, grandes maestros del grabado que tuvieron en su taller como pupilo al joven Albert Durero. Otra obra de gran valor y peso intelectual e histórico proviene del taller cuyo impresor tenía como divisa Labore et constantia, la Biblia sacra: hebraice, chaldaice, graece, & latine…, impresa en Amberes por el gran artista Cristóbal Plantino (Christoph Plantinus). En verdad una colosal obra tipográfica en sus ocho extensos y pesados volúmenes impresos de 1569 a 1573, que para su realización contó con la protección de Felipe II. En sus orígenes Plantino se propuso superar la edición de la Biblia Complutense (del políglota Antonio de Nebrija, 1514-1517); la suya, además, contiene los comentarios de Benito Arias Montano, humanista experto en los estudios bíblicos. La dimensión y magnitud de los impresos de la Biblia se había iniciado con Gutenberg, prosiguió luego la Biblia políglota promovida por el Cardenal Cisneros, y poco después, tras los avatares de la Biblia luterana (1522), se llegó a esta edición superior que es la Biblia regia, como


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Antonio León Pinelo. Question moral, si el chocolate quebranta el ayuno eclesiastico: tratase de otras bebidas i confecciones que se vsan en varias Provincias. Madrid: Por la viuda de Juan González, 1636. Acervo de la Biblioteca Palafoxiana.

también se le conoce en la historia del libro antiguo. Es tan amplia y valiosa la colección de biblias de la Biblioteca Palafoxiana, que inclusive tiene algunos tomos de la Sagrada Biblia en latín y español, publicada por la Imprenta de Galván a cargo de Mariano Arévalo, conocida como la Biblia de Vence, que es la primer Biblia impresa en México y Latinoamérica durante los primeros años de la tercera década del siglo xix. Del siglo xvi mexicano, la biblioteca nos deslumbra con un librito en cuarto, el: Tractado breve [sic] de medicina, y de todas las enfermedades (1592), de Agustín Farfán, impreso por el tercer impresor que en la ciudad de México fue Pedro Ocharte. La presencia de la ciencia médica en la Nueva España, como por otra parte, el surgimiento de los impresos jurídicos, representan un valioso testimonio sobre el desarrollo de las artes, las ciencias y la sociedad de ese siglo. El valor cultural de los impresos mexicanos de ese periodo se incrementa con la presencia de los impresos bilingües y aun trilingües en castellano y lenguas mexicanas, tanto así que muchos impresos incunables pueden palidecer en menor importancia e interés frente a éstos, producidos en un momento de grandes dificultades y en pequeña escala. Una biblioteca barroca de excepcional colección estará irremisiblemente incompleta sin la presencia de los libros de matemáticas, astronomía, música, acústica, arqueología, medicina, China, o vulcanología del jesuita alemán Athanasius Kircher. Además, como ampliamente se sabe, sus libros eran tema de estudio para don Carlos de Sigüenza y sor Juana Inés de la Cruz. El padre Kircher, está ampliamente representado aquí con: China monumentis, qua sacris qu profanis…, (Amberes, 1667); Ars magna lucis et umbrae (Amsterdam, 1671); Oedipus aegyptiacus, hoc est, Universalis hieroglyphicae veterum doctrinae temporum iniuria abolitae instauratio opus ex omni orientalium doctrina, (Roma, 1652); Mundus subterraneus, in XII libros digestus (Amsterdam, 1678); y uno de los más curiosos al decir del maestro Umberto Eco, el Arca Noë, in tres libros digesta (Amsterdam, 1675); entre otros. De Kircher afirma Jean-Claude Carriér que era una especie de internet, pues conocía todo lo más que se podría saber y en ese conocimien-


to destaca un 50% como exacto, y un 50% como equivocado o inventado. Sus libros tienen un atractivo especial para el bibliófilo erudito y para el aprendiz, pues están considerados entre los más bellos de ese período por lo maravilloso de sus grabados y su amplio formato físico, generalmente en folio. Revisando todos estos libros maravillosos en vano seguimos buscando en bibliotecas tan completas como la Palafoxiana aquella edición original de Bernardo de Balbuena, la Grandeza Mexicana (1704); aquí, de este autor, solo hemos podido identificar El Bernardo: poema heroyco, en una edición madrileña de 1808. Por otra parte, entre aquellas magníficas curiosidades que hoy se siguen reconociendo con deleite encontramos los libros del «coronista maior de las Indias» Antonio de León Pinelo, dos en particular a destacar: Epitome de la Bibliotheca oriental, y occidental, nautica, y geografica (edición posterior, 1737), donde figuran por primera vez las notas y apuntes a los impresos mexicanos; y su famosa Question moral, si el chocolate quebranta el ayuno eclesiástico: tratase de otras bebidas i confecciones que se vsan en varias Provincias (1636). Su portada de reminiscencia renacentista nos ofrece una recreación del nacimiento de una venus americana, enmarcada en una concha arquitectónica a manera de hornacina, con su tocado coronado, posiblemente de plumas, llevando entre sus manos la planta de este fruto y desplegando un lienzo donde figuran el título y las anotaciones bibliográficas del libro. Este impreso madrileño de 1636 testimonia la introducción, uso y consumo de un nuevo fruto paradisíaco con el cual el mundo y las personas aspiran y logran una felicidad peculiar: la del goce de las texturas y los sabores, de las bebidas, de las golosinas y de los postres sublimes. Otra curiosidad preciosa de apenas unos breves centímetros, pues su formato es en octavo y cuyo título pudiera ser más grande que su dimensión material, es el librito: Devoción, y patrocinio del Patrón de la Iglesia, y de los dominios de España, el glorioso arcángel San Miguel sacado de las obras del padre Eusebio Nieremberg, de la Compañía de Jesús con la nueva aparición de el mismo arcángel, sucedida en el Imperio de México, y un ramillete de sus excelencias, para exercitarse todos los días de la semana en alabanzas suyas (Madrid: en la Oficina de don Gabriel Ramírez, 1757). Aquí, sonríe el que escribe frente a una oración donde se narra, comprueba y documenta una segunda aparición del mismísimo San Miguel, justamente en la ciudad de Puebla de los Ángeles, la fama y el buen nombre de esta ciudad. Bien podemos agregar con la buena intención de las murmuraciones, que muy posiblemente el arcángel hizo una nueva aparición debido a que al llegar al cielo San Pedro le reclamó su ingratitud de estar en Puebla y volver con las manos vacías, sin ni siquiera llevar unos dulces, unos camotes, unas tortitas de santa Clara, y que, no obstante lo que afirme el padre Nieremberg, debía volver nuevamente para cumplir una obra de misericordia: dar de comer y endulzar el

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Parte de las líricas de sor Juana Inés de la Cruz, perteneciente a la versión de 1725 de las obras de sor Juana. Acervo de la Biblioteca Palafoxiana.

paladar del glotón. Escribir sobre estos libros tan diversos y sobradamente valiosos, me trae el recuerdo de mis amigos Humberto y Liduska, que el otro día afirmaban que no basta, no es suficiente que un libro sea interesante, pues también tiene que ser bello. Así, entre continente y contenido no siempre la balanza concibe la armonía del equilibrio, por lo que ahora trascribo el elogio al libro y algunas de las reflexiones de Giambattista Bodoni sobre la tipografía. Este gran maestro del arte de hacer libros sostenía que el motivo por el cual nuestros ojos leen más fácilmente una obra que otra es que ha sido bellamente impresa, puesto que, gracias a la proporción de sus partes, su elegancia y su claridad, resulta un deleite para la vista. Y aún más sobre las dimensiones físicas del libro, pues para apreciar la nobleza de un volumen según su altura, su anchura y su grosor, es conveniente fijarse en su tamaño —in folio, in quarto, in octavo, in doceavo, o menor—, teniendo en cuenta que los tamaños menores permiten, sin inconveniente, más fantasías. Recordando además los cuatro principios de los que deriva el primor de un libro, es su regularidad en primer lugar, luego vienen la nitidez y el acabado de sus partes, que tienen su origen en la perfección de los punzones y en una fundición perfecta de los caracteres. Y finalmente una condición de buen gusto, que elige las formas más agradables. Otro grupo de impresos de gran atractivo en su conformación física e intelectual son los impresos de la monja je-


rónima Sor Juana Inés de la Cruz, de quien la Biblioteca Palafoxiana tiene hasta nueve ejemplares que testimonian el impacto y la presencia de su obra en los años finales del siglo xvii y los primeros del xviii. En estos impresos destaca la edición completa de sus obras en tres volúmenes, fechada en 1725, correspondiente a una cuarta impresión; es conveniente tener en mente que solo los dos primeros se publicaron en vida de su autora pues el tercer volumen fue publicado por Castorena y Ursúa, en 1700. Así, el dilatado título barroco y la referencia completa de esta compilación es: Poemas de la única poetisa americana, musa dezima Sor Juana Inés de la Cruz, religiosa professa en el Monasterio de San Geronimo de la ciudad de México, sacolas a luz Don Juan Camacho Gayna Cavallero del Orden de Santiago. Madrid: en la Imprenta de Angel Pascual Rubio, 1725. 3 v. Estos impresos, como muchas de las obras conventuales mexicanas, están encuadernados en pergamino original. Curiosamente, cada volumen refiere en la portada la cantidad de pliegos que lo conforman: v.1, 50 pliegos; v.2, 56 y medio; y v. 3, 47 pliegos, lo que suman 156 pliegos y medio; con un costo de seis maravedís cada pliego, y dice textual la tassa: «y los dichos tres tomos parece tienen ciento y cinquenta pliegos, sin principios, ni tablas que al dicho respecto, montan 900 mrs [maravedís] y a este precio mandaron se vendan, y no mas; y que esta tassa se ponga al principio de cada libro de los que se imprimieren». Entre algunos de los poemas del primer volumen destacan, en seguida del soneto a la condesa

Izquierda: Rendondilla de sor Juana donde se lee uno de sus versos más célebres: «Hombres necios que causáis […]», perteneciente a la versión de 1725 de las obras de sor Juana. Acervo de la Biblioteca Palafoxiana. Derecha: La «Respuesta de la poetisa a la muy ilustre Sor Philotea de la Cruz», parte de la versión de 1725 de las obras de sor Juana. Acervo de la Biblioteca Palafoxiana.

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de Paredes, su soneto dedicado a su retrato, que inicia con: «Este, que ves, engaño colorido […]» y posteriormente sus célebres Redondillas: «Hombres necios, que acusáis […]»; del segundo volumen está el «Labyrinto hendecasylabo», el espléndido poema amoroso y juego barroco que la excelentísima señora condesa de Galve le pide a sor Juana para celebrar el cumpleaños el excelentísimo señor conde su esposo. Es en este poema que figuran tres columnas separadas por guiones y la lectura se procede en tres tiempos: el primero, a renglón completo de las tres columnas; el segundo, solo para las columnas segunda y tercera; y la tercer lectura únicamente para leer el poema a partir de la tercera columna, sosteniéndose el poema en sus tres versiones. Del volumen Fama y obras póstumas, tercero de la serie, podemos destacar la primera vez en que se publicó la carta Respuesta de la poetisa a la muy ilustre sor Philotea de la Cruz, que al decir de Octavio Paz es el primer manifiesto feminista de América. Cuando uno lee con atención los poemas y textos de sor Juana como la misma Respuesta a la poetisa…, o, por ejemplo, su poema Agrisima Gila, aparecen la referencias constantes y discretas hacia la cocina, y no pareciera nada distante lo que antes ha referido la maestra Lupita Pérez San Vicente de la afición gastronómica de sor Juana y su relación con aquel libro de cocina atribuido a ella. Cerramos estos libros antiguos de sor Juana, conservados en medio de un sonoro y estable papel artesanal; recordamos su amorosa expresión: en el silencio sosegado de mis libros…, dejamos la sala de consulta y hacemos el último recorrido por la Biblioteca de don Juan de Palafox y del eminente don Fabián y Fuero, recordando que esta es considerada como la primer biblioteca pública del continente y recordando también lo que decía aquel escritor de cuyo nombre no puedo acordarme: yo no tengo biblioteca personal, porque mi biblioteca personal es la biblioteca pública de mi ciudad. Qué ambición más justamente satisfactoria sobre todo para los ciudadanos de Puebla.

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Frontispicio del segundo tomo de las obras de sor Juana Inés de la Cruz. Acervo de la Biblioteca Palafoxiana.


Biblia

JOSÉ MARÍA NOGALES*

esde la creación del Colegio Mayor de San Idelfonso y con él los restantes que en los albores del renacimiento configuraron la Universidad de Alcalá de Henares principalmente bajo los auspicios de Francisco Ximénez de Cisneros, la ciudad se convirtió en un importante foco del pensamiento moderno occidental. Por vocación fundacional, Teología y Filosofía fueron las disciplinas primordiales. Por necesidad de atender a la administración colonial española, los Cánones y el Derecho adquirieron especial predominio. La crónica histórica, con Antonio de Solís y Rivadeneira o Pedro Mártir de Anglería, la creación literaria con Calderón, Lope de Vega o Quevedo, hicieron de la Universidad de Alcalá el culmen de cultura en su momento. Una población, como la de Alcalá que conoció la

* Jefe de servicio del Archivo de Alcalá de Henares, Madrid

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sacra primera reunión entre Isabel de Castilla y Cristóbal Colón, para hablar de la travesía marítima más importante jamás pensada, y que vivía por y para la cultura y la universidad, y donde la imprenta se constituyó en una de las principales actividades industriales y comerciales. Fuera de la Universidad vino a nacer una figura singular llamada Miguel de Cervantes, que habría de alcanzar las máximas cotas del cultura hispana. Obras como la Biblia Políglota Complutense concitaron en la villa de Alcalá a lo más granado del pensamiento multicultural del momento. En ese caldo de cultivo se formaron insignes personalidades como Palafox, quienes extendieron por aquellos lugares donde ejercieron sus actividades el verdadero espíritu complutense. Biblia Sacra: hebraicae chaldaice graece & latine. Antuerpia : Christoph. Plantinus excud., 15691573. Acervo de la Biblioteca Palafoxiana.

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La música en la Biblioteca Palafoxiana ROSA MARÍA FERNÁNDEZ DE ZAMORA*

* Doctora en Bibliotecología y Estudios de la Información por la Universidad Nacional Autónoma de México, investigadora de tiempo completo del Instituto de Investigaciones Bibliotecológicas y de la Información en la unam, es Presidenta Honoraria del Comité Mexicano Memoria del Mundo y Miembro Honorario del Comité Regional para América Latina y el Caribe del Programa Memoria del Mundo de la unesco.

omo es sabido, después de la Conquista, la música fue un medio muy importante que especialmente los religiosos utilizaron para la evangelización de los indígenas de México. Así los franciscanos, dominicos, agustinos y jesuitas en las escuelas que fundaron pusieron especial atención en la educación musical de los indígenas a quienes enseñaron la teoría musical europea, a cantar en coro y a tocar instrumentos musicales para acompañar las voces, las procesiones y las representaciones teatrales. La música, el canto y los bailes tuvieron gran éxito en los actos festivos tanto religiosos como profanos. Este fenómeno ha sido motivo de estudios significativos entre los que vale la pena destacar el de Gustavo Mauleón Rodríguez: «Páginas en movimiento: danzas, bailes y sones desde la Palafoxiana», publicado en 369 Aniversario Biblioteca Palafoxiana y el de Lourdes Turrent La colonización musical de México. Esta autora confirma lo que se ha mencionado: No hay duda que la música fue un medio para atraer a los indígenas a la nueva religión y que las escuelas anexas a los monasterios fueron el camino más útil para iniciar su conversión. Los indígenas demostraron tal capacidad para la música que los frailes los organizaron en coros y capillas.


La práctica de enseñanza de la música la tomó en cuenta Don Juan de Palafox y Mendoza al fundar el Seminario de San Juan y los Colegios de San Pedro para gramática retórica y canto llano y el de San Pablo para grados académicos, al que donó su valiosa biblioteca en 1646, además, dedicó sus mejores esfuerzos a terminar la catedral, que consagró el 18 de abril de 1649. En 1648 Don Juan dictó las Reglas y Ordenanzas del Coro desta santa iglesia catedral de la Puebla de los Ángeles publicadas al año siguiente en 1649 por Juan Blanco de Alcazar, en las que se manifiesta el auge y el desarrollo que alcanzó la música catedralicia durante el siglo xvii.1 Si bien estas Reglas son esencialmente de comportamiento durante los actos religiosos, en algunos ordenamientos hace referencia al canto:

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57. En la Missa mayor, no se dexe de cantar la Gloria, y el Credo, assi mismoel Prefacio, y Pater Noster, y el Dominus vobiscum con su oremus, después del Evangelio, o el Credo: so pena de un punto. 59. Todos los Prebendados, sepan cantar, a lo menos aquello que a su oficio fuere necesario: combiene a saber, Capitula, Oracion, Lection, Credo, Prefacio, Gloria y Pater Noster…y el que no lo sabe, lo deprenda dentro de un año, y si pasado no lo supiere lo penaran, como pareciere.2

La muestra de textos de música de la biblioteca, motivo de este artículo, comprende 41 títulos de impresos y manuscritos que van del año 1650, al año 1907. Se puede decir que no hay textos de la biblioteca de Don Juan de Palafox dado que él estuvo en México de 1639 a 1649 cuando regresó a España. La donación de su biblioteca de cinco mil volúmenes la realizó el 5 de septiembre de 1646. Hay que recordar que la Biblioteca Palafoxiana que conocemos es obra de Don Francisco Fabián y Fuero, quien fuera obispo de Puebla y gran admirador de Don Juan. También Gustavo Mauleón Rodríguez. «Introducción», en Palafox y Mendoza Juan. Reglas y ordenanzas…, p. 7. 2 Juan de Palafox y Mendoza. Reglas y ordenanzas del coro desta Santa Iglesia catedral de la Puebla de los Angeles…1649 ed. Facsimilar. Puebla: Ed. Nuestra República, 1998, p. 25. 1

Frontispicio de Reglas y Ordenanzas del Coro desta santa iglesia catedral de la Puebla de los Ángeles. Acervo de la Biblioteca Palafoxiana.


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Frontispicio deApuntes de música. Puebla de los ángeles, s/f; Cartilla que comprende el reglamento de coro y demás prácticas de la Sta. Iglesia Catedral de Puebla. Acervo de la Biblioteca Palafoxiana.

donó su biblioteca e incorporó igualmente los libros de los jesuitas de Puebla cuando en 1767 fueron expulsados del reino. Es de interés conocer en dónde fueron impresos, en qué años y qué tipo de documentos conforman esta colección, porque este acercamiento ayudará a valorarlos. En cuanto a su lugar de origen, los 41 documentos musicales fueron impresos en los siguientes lugares: 15 en varias ciudades de España, seis en Italia, cinco en la ciudad de México, tres en Puebla, tres en ciudades de Francia, dos en Londres, dos en Ámsterdam, uno en Alemania, uno en Polonia y tres no tienen lugar de impresión. Como se puede observar solo ocho documentos son de origen mexicano, entre los que se pueden mencionar los siguientes: Apuntes de música. Puebla de los ángeles, s/f; Cartilla que comprende el reglamento de coro y demás prácticas de la Sta. Iglesia Catedral de Puebla. Puebla: Imprenta de T. F. Neve, 1877; Los patriotas distinguidos de Mexico: canción marcial por D.R.Q. del acebo. Puesta en música a toda orquesta, y arreglada al piano-forte por D.M. Corral. México: 1810; y varias partituras de música para piano publicadas por H. Nagel. En relación con su antigüedad, ocho fueron impresos en el siglo xvii, nueve en el xviii, 16 en el xix, uno en el xx y siete no tienen fecha. Comprenden partituras, programas, invitaciones, libros, folletos y otros impresos; tratan de ópera, piano, canto. Algunos son únicos en bibliotecas mexicanas como las dos ediciones de Athanasius Kircher Musurgia universalis sive Ars consoni et dissoni in X libros digesta…, 1650. La edición en español de la obra de Alexandre Saverien, Historia de los progresos del entendimiento humano en las ciencias exactas y en las artes que dependen de ellas a saber… Acustica, y Musica, Geografía…, Madrid, 1775, que existe en otras bibliotecas, pero en francés. La obra de Carlos Camps Armet. Diccionario industrial (Artes y oficios de Europa y América) que comprende: Todo lo referente a los ramos de albañilería, cerrajería…, instrumentos musicales, de óptica…, Barcelona, 1890, con bellas ilustraciones. Del conocido fabulista, literato y músico español, D. Tomás de Iriarte (1750-1791), en esta colección se encuentran: Colección de obras en verso y prosa. Madrid: Imprenta Real, 1895 y La música: poema, Madrid: Imprenta Real de la Gaze-

Arriba, frontispicio de Misurgia Universalis escrito por Atanasio Kircher. Acervo de la Biblioteca Palafoxiana. Abajo, marca de fuego del Colegio de San Juan. Acervo de la Biblioteca Palafoxiana.


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Clavijero, Francisco Javier. Storia antica del Messico cavata da' migliori storici spagnuoli...: in Cesena : per Gregorio Biasini, 1780-1781.

ta, 1779, con bellas ilustraciones y con marca de fuego del Colegio de San Juan. También existen tres ediciones de la famosa obra: Compendio mathemico en que se contiene todas las materias mas principales de las ciencias que tratan de cantidad que compuso el Doctor Thomas Vicente Tosca. Tercera impression. Corregida, y enmendada de muchos yerros de impression, y laminas como la verá el curioso. Valencia: en la imprenta de Joseph Garcia, 1757. El tomo 2 contiene Aritmetica superior. Algebra. Música. Finalmente, la obra de Francisco Javier Cid sobre el poder curativo de la música: Tarantismo observado en España, dudado de algunos, y tratados de otros de fabulosos y memorias para escribir la Historia del insecto llamado tarántula, efectos de su veneno en el cuerpo humano, y curación por la música con el modo de obrar de esta, y su aplicación como remedio a varias enfermedades. Madrid: Imprenta de Gonzalez, 1787. Incluye partituras de sonatas de tarantelas. Hasta aquí esta breve mirada a la valiosa colección de obras relacionadas con la música que enriquecen el acervo de la Biblioteca Palafoxiana.


Sutil engaño o cerco de la lumbre pura (FLOR Y ESPEJO DE TRUHANES Y LOCOS)


PEDRO ÁNGEL PALOU*

E aun asimismo es arte de tan elevado entendimiento e de tan sotil engaño que la non puede aprender, nin aver, nin alcanVar, nin saber bien, nin como deve, salvo todo omne que sea de muy altas e sotiles invenViones, e de muy elevada e pura discreVión, e de muy sano e derecho a juicio, e tal que haya visto e oydo e leydo muchos e diversos libros e escripturas e sepa de todos los lenguajes. Alfonso de Baena, Cancionero.

* Es autor de más de cuarenta libros, entre los que destacan Amores enormes (Premio Jorge Ibargüengoitia) y Con la muerte en los puños (Premio Xavier Villaurrutia).

Si un historiógrafo pudiera conducir su historia como un mulero conduce a su mula –en línea recta y siempre hacia delante –por ejemplo desde Roma hasta Loreto sin volver la cabeza ni una sola vez en todo el trayecto, ni a derecha ni a izquierda–: podría aventurarse a predecirles a ustedes, con un margen de error de una hora, cuándo iba a llegar al termino de su viaje –pero eso, moralmente hablando, es imposible–. Porque si es un hombre con un mínimo de espíritu se encontrará en la obligación, durante su marcha, de desviarse cincuenta veces de la línea recta para unirse a éste o a aquel grupo, y de ninguna manera lo podrá evitar. Se le ofrecerán vistas y perspectivas que perpetuamente reclamarán su atención; y le será tan imposible no detenerse a mirarlas como volar: tendrá además diversos Relatos que compaginar: Anécdotas que recopilar: Inscripciones que descifrar: Historias que trenzar: Tradiciones que investigar: Personajes que visitar: Panegíricos que pegar en esta puerta; Pasquines que en aquella: -de todo lo cual tanto el hombre como su mula están completamente libres.

Lawrence Sterne, Tristam Shandy.

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UN TESORO BIBLIOGRÁFICO Me muero de miedo. Así, sin más, literalmente: no puedo estar tranquilo pensando que están vigilándome, que se hallan cerca y que esta noche, nada más cierre los ojos, vendrán a matarme. Y si no ésta, tal vez mañana al salir del departamento, al encender el coche, en una esquina, al abrir mi cubículo en la universidad. Saben que tengo El Libro y yo sé, también, que no tiene sentido ahora regalarlo, tirarlo, deshacerme de él. Conozco su secreto, el del libro y el de su extraña secta. Tengo los días contados.

Así escribe en su diario Julián Treviño, doctor en letras, como si al ponerlo en el cuaderno desapareciera el miedo. Hace seis meses, buscando unas notas hechas al calce de la edición príncipe de la Anatomía de Vesalius, en la Biblioteca Palafoxiana, dio con el manuscrito. Fue Montalvo quien lo puso tras la pista de las marginalias de esa edición: —Probablemente se deban al propio Palafox —le dijo Montalvo—, y son de una exquisita sensualidad. Treviño pudo comprobarlo mientras consultaba el enorme tomo que la directora colocó en un facistol frente a sus narices, él la conocía desde hacía décadas, habían estudiado el doctorado juntos y Estela1 le guardaba una especial consideración. Todas las bibliotecarias son como cancerleras o celadoras. Pueden arrancarle el brazo de una mordida a quien ose vejar uno de sus volúmenes. —A veces me pregunto por qué me dejas ver tus tesoros, Estela, así sin más. Montalvo afirma que no le quieres prestar la Anatomía. —Ni a él ni a nadie que no tenga un amor desinteresado por los libros. —¿Es que existe el amor desinteresado? —Treviño no esperaba respuesta y comenzó a hojear el libro, provisto de una lupa, tomando nota de las notas apócrifas, luego probó la broma: —¿Tu adorado Palafox pudo infligir tamaña afrenta al Vesalius, Estela? —Tuvo que ser Montalvo quien inventó tal estupidez, Julián. Son obra de un ignorante, ya te darás cuenta, no de un teólogo. Lanzó un resoplido y se alejó hacia su escritorio entre ademanes de hastío. Treviño trabajó una hora, quizá hora y media. Se trataba de una interpretación hermética del libro, a la luz de oscuras ideas alquímicas, le quedó muy claro. Eran de una pluma de finales del dieciocho, ya tardías. El lomo del libro estaba inusualmente abultado. Lo palpó sudando como quien espera una revelación. Sin dificultad extrajo los folios doblados que ahora tanto lo atormentan, a los que se refiere como El libro. Los metió con cuidado en su cartapacio y fue a despedirse de la bibliotecaria: Estela Galicia, doctora en Literatura por la unam, fue directora de la Biblioteca Palafoxiana de 1974 hasta 2013.

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—Tienes razón, Estela, se trata de anotaciones inconexas, sin valor alguno. De cualquier manera te lo agradezco; siempre es una delicia contemplar la Anatomía, te debo una cena. Estela no le contestó, se limitó a verlo tras sus lentes de lectura como quien contempla a un muerto, luego regresó a sus libros y sus cuadernos. Treviño tardó media hora menos de lo normal en llegar a su casa, apremiado por contemplar el peso de su hallazgo, dispuesto a contemplar el tesoro que lo volvería famoso, apreciado unánimemente por el gremio académico al que pertenecía no sin dificultades, pese a su doctorado y a su estudiada erudición. Él lo sabía: era la memoria y no el talento lo que le había permitido escalar dudosamente tres o cuatro peldaños en la filología. Y justo ahora, cuando más acabado se sentía, habían llegado esas páginas, intuidas como excepcionales que salvarían su pellejo. Había tocado fondo, pero ahora de súbito la suerte había tocado de nuevo a su puerta: ya se sabe que fortuna y aceituna a veces mucha, a veces ninguna, citó de memoria el Vocabulario de Correas. En ese momento no podía reconocer otro refrán que explicara, justamente, que toda fama es vanidad. Pronto toda su vida iba a dar un vuelco, pero solo para complicarse, tornándose en una pesadilla. Tomó su lupa e intentó descifrar la curiosa caligrafía del escrito: Sutil engaño o cerco de la lumbre pura (flor y espejo de truhanes y locos), pudo leer. El texto no indicaba el autor ni existían epígrafes o notas paratextuales que le guiaran; entraba directamente en un prólogo que no dejó de entusiasmarle. Cuatro horas después había descifrado esos primeros folios y estuvo en condiciones de transcribirlos a su computadora portátil. Una mente sencilla solo puede tener ideas sencillas, así que tituló el archivo: Hallazgo, como si quisiera mostrar las pistas necesarias, desarrollar el mapa que iba a guiar a sus perseguidores una vez que se supiera que era él, un oscuro filólogo de provincia, quien poseía El Libro. Leyó en voz alta el Prólogo, asombrado del efecto que las palabras iban provocándole, la excitación casi sexual del encuentro con lo numinoso que para él era solo luminoso: oro y fama, atributos de la ambición (aunque no los únicos ni los más peligrosos, como comprobaría días después): Sepa Vuestra Merced que yo soy Gil Olmedo Méndez, nacido en Compostela, ciudad de peregrinos y truhanes. De niño ya era muy versado en tretas y engaños que las aprendí de mi tío a falta de un padre como ejemplo y una madre que se hozaba con la lengua áspera de cerdo y la boca toda, caverna pútrida, de ese pariente a quien prefiero no mencionar nuevamente en un escrito que no lo requiere como yo no le necesité jamás. Ahora mientras voy poniendo juntas las palabras en un papel me percato de cuán lejos están los tiempos de mi infancia, qué olvidados también. No por otra razón sino para sobrevivir a sus penas y embustes. Camino por este cuarto

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Fronstispicio de Anatomia. Medicorum Patanuinae profefforis, de Humani corporis fabrica de Andrés Vesalio. Acervo de la Biblioteca Palafoxiana.

estrecho, tan pequeño que creo en las noches que el techo va a juntarse algún día con el suelo y me arrepiento de mi último hurto, el que me ha arrojado a este calabozo maloliento donde me piensan dejar morir de hambre y sed, a fe mía que conozco la ira del Emperador Rodolfo II como ninguno, ya que lo acompañé por casi cuarenta años en sus desvelos y melancolías, en sus acres rencores y sus venganzas más viles. Y ahora es el hermano, traidor al que ayudé a hacerse con la corona, desalmado de él, me abandona a esta suerte donde las ratas y los fríos carcomen mis carnes. Camino por este cuarto estrecho y me hago a la idea de que es la primera vez en que estoy viviéndolo, aqueste camastro de piedra y la manta corta que apenas me cubre, la pequeña ventana que me impide por su altura ver el exterior pero me consuela con unos rayos de sol por la mañana y con un diminuto recuerdo de la luna en las madrugadas que me estoy volviendo experto en cielos y estrellas como los astrónomos de la corte que alguna vez fueron favorecidos por mi monarca, Tycho Brahe, el hombre de la nariz de plata y su viejo maestro el tal Hagecius, quien predijo —hoy sé que sin tino— que un monje daría muerte a Rodolfo, por lo que siempre receló de ellos y los mantuvo a prudente distancia. Pero también me he hecho muy versado en ruidos que es lo único que me viene desde fuera a este aposento raquítico, última morada en la tierra, que a mí tampoco me está deparado el cielo sino un muy rojo y caliente infierno por cada uno de los pecados que sazonaron mis días y mis años porque cosa razonable y necesaria es a los hombres buscar maneras de vivir, como hacen las aves y otras animalias que aun criadas suelen irse ocho o diez días antes de que el señor de la casa las tome para comer. Así es que escapé y que volví a aposentarme en diversas villas y ciudades solo para volver a huir hasta aquella ocasión en que vine a conocer a mi monarca y el rogido de las sus tripas. Y así los años dejaron de abatojarme como judía verde y pude servir ya a un solo amo, aunque también con él quedé mal, sépalo o no su alma como ya se verá más adelante en este repaso de mis entuertos y los suyos que no lo fueron pocos. Flor y espejo de truhanes me llamaba mi buen Rey en épocas más propicias para mi ánima, yo me hacía llamar duque de Tierra Santa, Pontífice de albardanes por derecha sucesión, coronista de la corte, don Gil el gran parlador, como mis antiguos maestros en el oficio, el famoso Davihuelo que cantan en el Cancionero y Velasquillo, truhán del rey don Fernando, quien a falta de paños para toldar su casa al paso de su emperador so pena de tantos mil maravedís fue a colgar su haca de las patas con la cabeza hacia abajo que daba gritos y coceaba para regocijo y risas de su monarca quien le regaló tantos paños de corte que pudiese honradamente recebir y como no se lo dijo a sordo ni perezoso prontamente los tomó por cientos. Flor y espejo de

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Andreas Vesalius nació en Bruselas, Flandes, actual Bélgica, el 31 de diciembre de 1514. Estudió y develó la Anatomía Humana más que todos sus predecesores al escribir, en 1543, De humani corporis fabrica.


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truhanes que tanto entretuve en cenas a mis amos y luego vine a acabar así. Pero no se arredre vuesa merced ante mis lloriqueos que lo que va a leer será jocoso y de risas, ya sabré yo burlarme de mi mesmo y de los otros como el que más y en esto tendrá gran deleite mi lector Mi viejo oficio de sastre me permitirá remendar la prenda de esta hestoria y no esconderme ante la pólvora como otros a los que cuando niños herieron en sus prepucios. Flor y espejo de truhanes, nunca antes mejor dicho pero de tan escasa valía, igual a muchos otros hombres en el mundo hay veces como ahora que quisiera ser otro, despertar enteramente otro, con los huesos y la piel y los pelos y los dientes de otro. Me pregunto si eso mejoraría mi destino abyecto solo para responderme prontísimo que no, que genio y figura como dice el refrán que es de sabios conocer de dichos para tener consejas en la vida. He vivido como cualquiera o como el mejor, y he soñado como todos, pero no voy a hablar ahora de mis sueños que no me da la gana. Voy a croajar ya, en estas páginas, todas mis venturas para olvidar la mala condición en que me hallo enfermo en la carne y en el espíritu y nada pronto para la felicidad. Soy de naturaleza ancha que no me contento con poca comida por lo que si hago mientes siempre fui de amplia barriga y cariacontecido, calvo como la rodilla de una hermosa salvo por tres pelos canos que peino con la mano. Pequeño de estatura pero no enteco, alto entre enanos y bello entre mulatos, muchos me insultaron en las cortes y pegaron zurras diciéndome loco mas esa locura me permitió decir lo que quise entre muchos grandes y regocijarme con la risa de mi Señor Rodolfo, el munificentísimo. Truhán también y chocarrero y morrión y bobo me dijeron pensando que me insultaban y yo con aquesta mi locura tuve libertad y jugué y bebí porque ningún grande se está en paz sin su bufón. La licencia de decir, mis palabras la obtuvieron y las mil maneras de maltrato son penitencia justa por mi gula y avaricia y mis ganas de retirarme algún día de la corte con mucha hacienda o algún mayorazgo dado por S.M.I. en pago de los años de risa y goce que como papagayo le dispuse. Mientras tuve hambre conseguí la vida y no necesité escribir que en hablando llenaba el estómago y recebía lujosas prendas de morado terciopelo y botas nuevas, pero ahora sabiendo que el hambre no me llevará a nada sino a la muerte tomo la pluma y consigo la llenura de mi alma con recuerdos y escupitajos del pasado a veces no tan ido como se quisiera. A veces el codicioso pierde lo escaso que posee en queriendo tomar lo ajeno como aquel perro que teniendo un pedazo de carne pasaba por un río en el que miró la sombra de la carne que él llevaba y pareciéndole aquella mayor que la que él tenía abrió la boca para tomar la sombra que hacia ilusiones en el agua con lo que se le cayó aquel pedazo del hocico y llevóselo el río de lo que se saca que quien todo lo quiere todo lo pierde, por lo que voy a tener contento con mi situación y sacarle partido en estas letras que v.m. leerá algún día cuando yo sea ya de los gusanos. Tal vez mi intención no sea otra que pedirle a la Virgen como San Bernardo en su sermón que me aleje del maligno e incline la balanza de Baltasar, rey de Babilonia, a mi favor y cuidado. ¡Qué me enferma, lector amigo, de valerme en este proemio de falsas alabanzas como se dan los escritores de libros en llamaros pío, ocioso, amable, bienintencionado,


si no os conoceré jamás! Mejor no me canso yo ni aburro a vusía con lisonjas y paso ya de golpe y porrazo a contaros cada uno de los pormenores que me tienen en esta condición. Sabrá v.m.. perdonarme de vueltas y coloquios pero a fe mía que solo tengo mi memoria para este loadero de embustes y tretas. Espero no hallarme trascordado en el intento y daros beneplácito con mis palabras.

Así, de un tirón, leyó las páginas transcritas con una emoción poco describible. Estaba ante un hallazgo que podía cambiar su vida. ¿Era un hurto? ¿Tendría consecuencias? Fue a la cocina, se sirvió una copa de vino y volvió poseso a su mesa de trabajo donde siguió leyendo: Año de 1564 I En donde se cuenta mi estancia en una cueva y lo que allí sucedió, cómo se guarneció la cibdad de Barcelona para recibir al Archiduque Rodolfo, mis desventuras para lo ver, y la infortunada noche del Duque de Tierra Santa. Así que perseguido era de nuevo, huía de mis captores desde Sevilla, a donde había venido a morar, en el barrio de Triana gracias al gentil hospedaje de don Iñigo Niebla, zapatero, después de mis años de corsario que diré más adelante. Al llegar a Barcelona, el 15 de marzo del año de la Encarnación de nuestro Señor Jesucristo de 1564 años, muy lejos estaba de saber que dos días más tarde conocería a quien iba a trastornar para siempre mi existencia errante hasta esa fausta mañana en que vine a darme de bruces con mi destino. Mi glorioso Emperador tobo de hacernos bien y merced; pasó al largo viaje en coche y a la mar y así pudo venir a estas tierras a hacerse digno de Dios y aprender las industrias de príncipe católico que muy lo era su tío nuestro monarca Felipe el prudente, segundo en nombre. A do llegado Rodolfo hobieron muchas fiestas y torneos y vinieron a le besar las manos los grandes de España y muchos embajadores y fue recebido con muchas alegrías y solemnidad como convenía a un tal archiduque, que así se llamaba entonces. Entre todas aquestas gentes que vinieron a le ver se hallaba aqueste coronista que todavía nada hacía por lo ser bufón ni cercano de quien sería su amo, mas la humana curiosidad me llevó al puerto y le vi montado en su caballo al lado de un su tío; y los dos vitoreados por las muchas personas que allí hicieron cita esa mañana del 17 de marzo para estar cerca de sus reyes que ya se sabe cuán próximos se hallan al corazón de Dios. Cansado había sido el viaje desde Viena y largo como un día sin pan -otrosí fueron seis meses de travesía- hasta encontrarse con esa cibdad embanderada para recibirlo junto con su hermano Ernesto y su rígido preceptor que tanto habría de recelarme en después, Adam de Dietrichstein, a quien mi amo tampoco tuvo nunca en gran estima y que parecía labrador espantado en fiesta de caballeros. A quien sí quiso fue a su antiguo maestro Angerius Ghisliain de Bubeck,

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otrora embajador en Constantinopla donde había ido a negociar la imposible paz con el Gran Turco. Días antes de llegar a Barcelona, después de muchas y muy encomiables industrias —fue el viaje por tierra—, estuve en una cercana cueva y lo que allí me ocurrió sí es digno de ser referido en estas páginas que mucho hablarán de magia y de seres no de este mundo como se verá más adelante. Entréme en la dicha gruta con un labrador que hice mi amigo en el arduo camino, Pedro Crespo, pero el tiempo era fortunoso de aguas y resbalamos hacia el fondo, en una demoniada caída con un golpe seco como de saco de cuero de cocina o como cañonazo al aire que saca mucho humo y a nadie hiere; mas nosotros el golpe no nos lo quitamos ni con benjuí. Oigan los que poco saben lo que con mi lengua franca digo del bien que allí se esconde. Incrédulos, escúchenlo, aunque tengan que beberse una bota de más de una arroba de vino de Borgoña -fue lo que yo ingerí a lo ver todo aquesto mas este era de Esquivias o qué se dónde y más sabía a jabón que a vino. Una risa que no era humana nos devolvió a la tierra decolorados, temimos que se tratara del legendario Roque Guinart o alguno de sus amigos o gayones, pocos reales podrían quitarnos pero no así las botas o la fiambrera que Perico venía bien provisto de merienda y ahora se veía malherido; ya se encontraba malmaridado desque su mujer se fue con otro a las Indias en busca de hacienda y esclavos que se la labraran. Quisimos volver a la entrada pero el lodo no permitíalo así que nos adentramos por la tal cueva en busca de la risa que habíamos escuchado, no era tal, sino una curiosa máquina que resoplaba aire aplastando una tripa de cuero hacia un fuego bien encendido que calentaba un gran vaso o mejor tonel de vidrio donde reposaba y bullía una sustancia negra y viscosa que creímos un pedazo de carbón en agua o un trozo de la noche afuera. Vine a saber muchos años más tarde con mi amo Rodolfo, Dios lo guarde en su gloria, el nombre, atanor, de aquesta fábrica que calentaba mejor que hogar en un gran venta o posada que eso vino a ser para nosotros la dicha cueva donde dormimos. Vino luego a despertarme el ruido y di un golpe a mi amigo que viera lo que yo admiraba dentro del mentado frasco. Ya no había ninguna agua negra, sino una muy azul en la que un hombre y una mujer se ayuntaban de sus cuerpos y besaban las bocas. Como se dice en el Libro de Apolonio, pierde la fuerza el que se da a luxuria y el hombre desaparecía tragado por el cuerpo de la mujer que tobo cuatro brazos, cuatro piernas y dos cabezas, y envejecían y encanecían los dos muy a prisa y los sus miembros temblaban hasta desaparecer y pasar convertidos en serpiente, o vallena o basilisco, no lo sé. Basilisco, más bien, ya que si la serpiente contempla al hombre vestido se llena de temor y huye y si lo ve desnudo lo ataca. Ya se escribió: «yo pondré enemistades entre ti y ella, y entre los tuyos y el hijo que della ha de nacer tu acecharás su calcañar y ella te quebrará la cabeza». No así ocurrió en aquesta cueva de mal recuerdo. Dragón, serpiente o culebra, en hebreo Leuitán. Basilisco como dice Alberto Magno, una serpiente luenga de un palmo y algo roja que tiene encima de la cabeza tres puntas de carne a manera de una corona y Plinio llámala peste de la tierra y mal de ventaja y Solino refiere que muerto y colgado en el Templo de Apolo no quedó ave, ni sabandija, ni araña que no huyesse, pero más poderoso veneno es el de

Grabado p. 193 de Anatomia. Medicorum Patanuinae profefforis, de Humani corporis fabrica de Andrés Vesalio. Acervo de la Biblioteca Palafoxiana.


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la hermosura, porque el basilisco mata mirando y sus ojos a la primera vista pueden hacer que otros ciegos queden. Un basilisco desapareció en el agua que tornóse roja; floja en vapor y hervores y luego vino a ser blanca como leche recién ordeñada o de nodriza sana y robusta para el recién nacido de mujer. Perico Crespo, que recién despertado parecía perro ahorcado o ubre de burra sucia, un mi amigo mudó el seso y quiso beberse el líquido mas no bien colocó sus manos sobre el vidrio el frasco explotó como pólvora de escopeta y diole al instante muerte como veneno en vaso de oro. Aunque se dice en Las siete partidas que la concordia y la amistad mueven a los hombres trastornóme el temor y salí como pude de la cueva dejando a Perico sin sangre y sin vida frente al fuego y ese líquido que no pudo probar y luego supe se le llama acqua vitae, da la salud, aleja la muerte en quienes corren mejor fortuna que el dicho Pedro. Víneme entonces a Barcelona, muy grande cibdad, con unas cartas de mi huésped el zapatero para Sebastián de Comellas, impresor, que yo tan bien sabía ese oficio, para allí trabajar. Diome posada y alimento esa noche, pero no empleo que ya tenía un ayudante que era mozo y fregón cuando le requería. Esa y no otra razón me llevó al puerto y miré mucho alboroto y hartos guardias en La Mercé y un enorme estrado en la PlaVa del Vi como en espera de señores grandes y dióme por preguntar qué era lo que allí aguardaban y qué torneos habrían de librarse en esa plaVa. Dijéronme entonces que era por la venida del Rey Nuestro Señor Felipe II y un su sobrino austria, el archiduque Rodolfo. Mejor entonces estar cerca del puerto y contemplar así a esos augustos príncipes y monarcas. ¡O Reyes míos benditos, pues de Dios sois tan amados, sed mi guarda y abogados!, me dije alumbrando lo acaecido en la cueva con mi amigo, que no hay que mentar la soga en casa del ahorcado. Mi vida ser cual es me causa espanto mas también regocijo, todo lo que mis ojos han mirado y mis orejas escuchado, todo lo que mis labios han hablado para donaire de extraños. Tiempo fue y horas ufanas las que siguieron a aquesta mañana que digo en que encontréme con Rodolfo, mi señor y amo, y vínome alegría. Divisábase desde mi atalaya una galeaza a remo y vela, de tres palos, e setenta y cinco varas de eslora, por cuya escalinata bajaba en un caballo blanco, aderezado y guarnecido, todo oro y paños a cuadros, el archiduque. Un su hermano en un corcel menos vistoso y café lo seguía dos pasos detrás. Las gentes aplaudían y vitoreaban el paso, desde el muelle, de su rey, Felipe, vestido todo de negro con el Tosón de Oro debajo de la golilla de encaje que alargaba su cara y sus ojos pequeños y despiertos para mirar a un su sobrino desembarcar en su tierra, siempre próspera y católica. Doce años tenía el archiduque y ya parecíame rey coronado. Los grandes de España y muchos embajadores se postraban e inclinaban a su paso y otros que así mismo traían sus corceles les seguían hasta la PlaVa del Vi donde todo se había dispuesto para el contento de las gentes que allí se habían reunido a las fiestas en su honor. El vulgo y la plebe muy lejos, y los cercanos al rey más cerca del estrado, meninas y pajes con los príncipes jóvenes, don Juan de Austria, hermanastro de Filipo el rey, Alejandro Farnesio un su sobrino de Italia, los herederos, Maximiliano y María. Sentada en una silla muy alta la reina


Isabel de la paz, rodeada de damas francesas y seis chambelanes, dos capellanes, tres secretarios, seis lacayos, un bufón que todos aquestos servicios necesita una reina cuando sale de palacio. En estas materias nunca tropieza la lengua si no cae primero la intención y si ahora me viene a mientes todo este batiburrillo de criados y cercanos es tal vez porque he dejado de ser uno dellos. A Felipe el prudente, segundo, lo rodeaban también sus cercanos, el Mayordomo Mayor, Conde de Chinchón y el presidente del Consejo de Castilla, Don Rodrigo Vázquez, que parece mercader de genijibre, el duque de Alba que por su enfermedad iba en una silla de caderas y parecía pato cocido, don Antonio Pérez , el Duque del Infantado, El Conde de Fuensalida, hombre liberal y de gran memoria que murió a las tres semanas de su Rey, en el año de 1598 años, Don Ruy Gómez de Silva y Cristóbal de Moura Marqués de Castel Rodrigo, portugués que más parecía borceguí viejo de escudero, el Marques de Velada y Luis de Requesens, el cardenal de Granvelle, de mediana estatura, semejaba cordero mamón de Hontiveros, el Inquisidor General y Obispo de Cuenca, Pedro Portocarrero que parecía cofrade en penitencia o cilicio de San Onofre y su maestro García de Loaísa, y Juan de Idiáquez, que parecía ginovés cargado de deudas, los consejeros de los reinos y muchos validos y secretarios y al final siéntanse en sillas bajas los embajadores y demás nobles que en aquesta fiesta hobieron de estar regocijados y contentos así como sus criados de a pie y sin espada pero todos de cuello escarolado, sayo, calzas y pantuflos o zapatos picados y gorras con plumas de muchos y muy variados colores. Hubo música, alguna digna de recuerdo, como una pieza de Francisco Guerrero y danzas y otras suertes y torneos como suelen hacerse en tales fechas sin menoscabo de los aposentadores de camino y demás lacayos y escribanos de cámara porque los reyes pueden comunicarse en secreto con los ministros y criados familiarmente, sin aventurar reputación; mas en público, donde en su entereza y igualdad está apoyado el temor y reverencia de las gentes, ni con validos ni hermanos, ni padre ni madre ha de haber sombra de amistad porque no son capaces de igualdad con ninguno y va en detrimento del amor que las gentes les tienen. Nunca se vio fiesta más buena. Por toda la cibdad, en filas, hombres armados, en caballo y a pie, con estandartes de diversos y muy vistosos colores subían y bajaban por las calles; séquitos de caballeros, palios, cuellos adornados con cruces de oro como no se ven nunca, tabernas repletas con hombres que beben y se hartan y muestran los dientes que les quedan en sus bocas. No cabía un alma, las callejuelas a reventar, una muchedumbre que impedía avanzar; había tablados en las plazas, adornos de guirnaldas con emblemas y arcos triunfales; pendían de los balcones divisas, imágenes del rey y de sus glorias pintadas con industria y no poco ingenio; blasones de las familias de valía, leones, águilas, torres y castillos, ríos y flores. —¡Paso al duque de Tierra Santa!, ¡paso a don Gil Olmedo Méndez valido de la pena y la misfortuna! —me desgañitaba golpeando con los brazos a los bobos que no se apartaban a mi paso cuando un caballero a caballo, bien armado y mejor vestido me gritó: —¡Quita, truhán, duque del retrete! —y vino a hacerme caer entre las patas de su animal mientras él, vestido con cuello

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y capa y calzas atacadas, reía y el caballo me pisaba hasta malherirme y magullarme el cuerpo y sacarme verdugones en el rostro. Empero, basta de discursos que se está haciendo tarde aqueste día que cuento y debo regresar a la posada donde me alojo, en las afueras, que le llaman al lugar Portal de San Antoni. Espero tener dueña y calor en mi cama, me digo mientras dejo atrás las fiestas sin pensar que seguiré tiempo después a Rodolfo el segundo, por sus muchas desventuras y lejanos países aun sabiendo con la Clericalis que los reyes son semejantes al fuego, si te acercas a ellos te quemarán y alejados dellos frío tendrás. Caminé a mi posada; en casa de hembras consuelo hay para caballeros muy trajinados; había quedado con una moza, Bernarda para más nombre, a la noche, olvidado del Sendebar y de que los engaños de las mujeres no tienen cabo ni fin, otrosí gran consuelo para mi tormento.

No bien había terminado de leer ese capítulo se apagó la luz, toda la luz. Dieron unos golpes en la puerta. No tocaban. Querían derribarla. Guardó las hojas en el cartapacio y las escondió, como pudo, debajo del tapete persa del estudio. No le dio tiempo de más. Lo último que sintió, antes de perder la conciencia, fue un golpe en el cuello. La cacha de una pistola. Cayó como se derrumba la estatua de un mausoleo.

Grabado p. 176 de Anatomia. Medicorum Patanuinae profefforis, de Humani corporis fabrica de Andrés Vesalio. Acervo de la Biblioteca Palafoxiana.

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nota sobre el acervo palafoxiano JUAN FERNÁNDEZ DEL CAMPO ESPINOZA*

D

* Es maestro en Historia por la buap; desde 2008 viene desempeñándose como investigador en la Biblioteca Palafoxiana.

e acuerdo con los criterios modernos de catalogación, los libros de la biblioteca son: incunables (siglo xv), renacentistas (siglo xvi), barrocos (siglo xvii), neoclásicos (siglo xviii) e ilustrados (siglos xix). En la biblioteca se considera a un libro antiguo a aquel que fue elaborado manualmente, ya sea manuscrito o impreso. En 1773 la biblioteca fue separada en temáticas siguiendo un criterio del siglo xviii; el visitante puede leer, en la parte superior de los libreros, oratoria sagrada, oratoria profana, autores clásicos y poetas, en la parte superior: teología, historias sagrada y universal, geografía e historia natural, historia biográfica, matemáticas, gramáticas, diccionarios, etc. La gran mayoría de los libros están escritos en latín, español, francés e italiano. A mediados del siglo xx, el erudito Hugo Leicht junto con el director Gregorio de Gante, organizaron un catálogo de los libros de la biblioteca, trabajo que está a disposición de investigadores hoy en día. Pero este catálogo no es lo suficientemente útil, pues lo único que se puede buscar es el libro por título. Los libros en la Palafoxiana forman ediciones valiosas que expresan exactamente el pensamiento de Nueva España y su espíritu. Por ejemplo, en esta biblioteca existe un ejemplar de la Biblia Regia, publicada por Cristóbal Plantino en


el siglo xvi. También posee grandes libros de historia eclesiástica de autores como César Baronio, Juan de Grijalva, Agustín de Betancourt, Francisco Javier Clavijero y José de Acosta. En Teología Dogmática posee la Summa Theologica de Santo Tomás de Aquino, obras de San Buenaventura y Francisco Javier Alegre. En Patrística posee La Ciudad de Dios de San Agustín, publicada en 1475. Del mismo modo posee la espléndida edición del Tercer Concilio Mexicano, celebrado en 1585, preparada por Juan Ruiz en 1622. Hay libros de oratoria sagrada escritos por Bousset, Lacordaire, Peregrinus y Voragine. Los libros de geografía incluyen obras de Abraham Ortelius, Blaeu, Apiano y Mercator. Sobresalen en el acervo joyas bibliográficas como el incunable Libro de las Crónicas, los libros escritos por Atanasio Kircher y otros destacados jesuitas americanos, así como importantes libros por ser las fuentes originales de arquitectura y arqueología, por mencionar solo algunas de las colecciones.

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Atlas, tomo I. Amsterdam: Bii Frederick de Wit, 1600. Acervo de la Biblioteca Palafoxiana.


El retablo de la 1 2

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Virgen de Trapani 1

Hay una referencia al Espíritu Santo por ser quien inspira a la sabiduría, de ahí los rayos que lo rodean.

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El remate del retablo tiene una estructura de tipo corintia.

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La imagen de Santo Tomás de Aquino se coloca por ser el doctor sabio de la iglesia, Ángel custodio de las Escuelas.

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El retablo se encuentra cubierto por hoja de oro.

5

La virgen está pintada al óleo en medio de cuatro columnas salomónicas.

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Retablo de orden dórico, coronado con un guardapolvo.

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La inscripción que se encuentra debajo de la virgen es María sedes Sapientia, que se traduce como “María trono de la sabiduría”.

8

El altar tiene un estilo dórico y está constituido por mármol de Tecali.

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La Virgen de Trapani es también conocida como la Madona di Trapani. Es venerada en Sicilia, Italia.

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El pavimento de todo es un pie de diámetro de ladrillo con algunos azulejos.

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La Biblioteca Palafoxiana a través de la mirada de dos artífices poblanos ELVIA ACOSTA ZAMORA*

* Es historiadora por la Benemérita Universidad Autónoma del Estado de Puebla; fue investigadora y catalogadora de la Biblioteca Palafoxiana.

n este texto se trata la importancia de las estampas novohispanas, como fuente primaria en diversas expresiones artísticas como la pintura, arquitectura y la escultura, en general; y, en particular, las estampas que plasman la imagen de la Biblioteca Palafoxiana, y que se conservan en la misma. Se pretende poner sobre la mesa la relevancia de las imágenes como medio de la transmisión y comprensión de las ideas, prácticas sociales y cotidianas, modestamente reflejadas en una estampa, pero que son complemento de las interpretaciones de las sociedades novohispanas. A manera de contexto, hay que mencionar que uno de los repositorios antiguos donde se encuentra parte de la memoria visual en nuestro país es la Biblioteca Palafoxiana, fundada por el obispo Juan de Palafox y Mendoza (1646), como parte de su proyecto religioso y cultural emprendido en su amada diócesis Puebla de los Ángeles. En el repositorio de la Biblioteca Palafoxiana se conservan grabados que ilustran y complementan los textos de los libros, tanto religiosos como científicos, literarios, filosóficos y artísticos. En menor cantidad se encuentran las estampas sueltas que en su mayoría fueron obtenidas por encargo o compra en diferentes talleres tipográficos de Puebla.


Entre las estampas poblanas que destacan por su calidad se encuentran los grabados realizados por José de Nava, entre 1768 y 1806. Estas imágenes se pueden clasificar de acuerdo a su función, aquellas que sirvieron para ilustrar o decorar un libro, las de divulgación masiva, como las estampas devocionales y aquellas de carácter, religioso o secular, que tuvieron como finalidad dejar un testimonio de un acontecimiento relevante. Es así que, a través de dos estampas calcográficas realizadas por los mejores artífices poblanos de su momento, se tienen testigos de la transformación de la Biblioteca Palafoxiana. Esta reproducción de la Biblioteca Palafoxiana es el resultado de los festejos de la reinauguración de la librería, en 1773. Fue un acontecimiento que el eminente obispo Fabián y Fuero mandó a perpetuar a través de los dibujos tallados en cobre para reflejar la estructura arquitectónica; así como las actividades cotidianas realizadas dentro del recinto. Los diseños y grabados fueron realizados por los excelentes artistas poblanos más importantes del siglo xviii, Miguel Jerónimo de Zendejas (1) y José de Nava(2). Los grabados representan la perspectiva del interior del recinto y llevan por inscripción: Mapa de la Suntuosa Biblioteca del Insigne Seminario Palafoxiano de la Puebla de los Ángeles, Erigida a Beneficio Común. Año de 1773. El enriquecimiento y embellecimiento de la Biblioteca Palafoxiana significó un acontecimiento de gran relevancia durante la administración diocesana del obispo Fabián y Fuero. La imagen nueva de la librería fue, en gran parte, el resultado del reconocimiento y continuidad cultural hacía su antecesor Juan de Palafox y Mendoza; así como de la necesidad de ampliar el espacio para la incorporación de nuevas obras, tanto la donación de la librería personal del obispo Fabián y Fuero, en 1771, como de la adquisición de obras publicadas bajo el contexto del movimiento cultural e intelectual europeo conocido como la Ilustración. Además que una parte de la colección de libros del Colegio del Espíritu Santo se sumaron al corpus bibliográfico palafoxiano, tras la salida de los religiosos a mediados del siglo xviii. “…Estando en el Palacio Episcopal de ella, ante mi el escribano y testigos el Ilmo. Señor Fabian y Fuero … haze gracia y donación, puras mera, perfecta e irrevocable, por contrato Miguel Jerónimo de Zendejas nació en Puebla, en 1724-1816. Artista prolífico de su tiempo cuyas obras extraordinarias se encuentran en la Iglesia del Sagrario, San José y por supuesto en Acatzingo, Puebla. 2 De acuerdo con especialistas, José de Nava nació en la ciudad de Puebla cerca del año 1735 y falleció en la misma ciudad en 1817. Artista que destacó como el más importante grabador de la ciudad de Puebla, en el siglo xviii. La mayor parte de sus obras son religiosas; sin embargo, esto no impidió que realizara grandes obras de tipo civil, tal es el caso del mapa y la tabla geográfica de lenguas comunes que hay de unos a otros lugares y ciudades principales de la América Septentrional [Puebla: 1755]. 1

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Mapa de la Suntuosa Biblioteca del Insigne Seminario Palafoxiano de la Puebla de los Ángeles, erigida a Beneficio Común. Año de 1773. Acervo de la Biblioteca Palafoxiana.

entre vivos conforme a (derecho) a los Pontificios y Reales Colegios de San Pedro y San Juan de esta dicha (ciudad) de todos los libros que al presente tiene, y que posee su señoria (Iustrisima), y los demás que en lo succesivo pueda adquirir, y que se hallaren a el tiempo de su fallecimiento en la sala de su estudio, y demás partes de su residencia, sin reservación de alguno de ellos, para que inmediatamente a (dicho) fallecimiento se pasen , y coloquen a la librería de los nominados colegios, en donde quiere y es du deliberada voluntad que perpetuamente existan para el uso y estudio común de ellos.” 3

Para Rosa María Fernández de Zamora la Palafoxiana es una muestra de las bibliotecas modernistas que menciona Gabriel Naudé, en torno a la función social de las bibliotecas públicas en el siglo xvii. Concepto que se puede apreciar con las representaciones más tempranas del recinto a través de sus grabados. Estantería adosada a las paredes, sin libros encadenados, pero con la protección de la tela metálica para los libros ordenados por determinadas materias. El trabajo artístico de José de Nava y Miguel Jerónimo Zendejas está conformado por dos estampas: la perspectiva frontal del interior del recinto y la perspectiva de la entrada principal. En la primera, destaca el magnífico el retablo de la Virgen de Trapani el cual, estaba destinado para los actos de contemplación; sin descartar la posibilidad de que se hayan realizado celebraciones litúrgicas. De acuerdo con la información obtenida por Fuentes Aguilar, el retablo está conformado, en sentido horizontal ascendente por la predela Escritura de donación de los libros del obispo Fabián y Fuero. Colección de Manuscritos. Biblioteca Palafoxiana.

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o banco, un cuerpo y el remate. Referencias que serán utilizadas para hacer una comparación con los elementos visuales que presentan las estampas calcográficas de José de Nava. En la estampa se aprecia como parte de la predela, el nicho donde se encuentra el cordero de los siete sellos, rodeado por tres columnas dóricas. El cuerpo central se encuentra adosado por cuatro columnas corintias en las cuales poco se distinguen las formas estriadas y exentas; acompañadas de manera simulada, los roleos y las rocallas que forman la par-

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Escritura de donación de los libros del obispo Fabián y Fuero. Colección de Manuscritos de la Biblioteca Palafoxiana. 31758.

te baja de la columna. El remate, visto a través de la estampa calcográfica, presenta varias distorsiones de los elementos decorativos que acompañan la obra pictórica de santo Tomás de Aquino. Con dificultad se distinguen algunos elementos como la filacteria y el birrete doctoral del Doctor Angélico. En la parte superior se encuentra la escultura del Espíritu Santo rodeado por el esplendor de sus siete sagrados dones; sobre este una filacteria, que actualmente se halla debajo de la escultura. En cuanto a la explicación del retablo, en sentido vertical, está conformado por la calle central donde se encuentra la Virgen de Trapani quien sostiene en sus brazos al niño Jesús, y que representa “el dogma de la maternidad Divina de María


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y el icono de la Encarnación”.4 Se trata de una representación de la escultura mariana del gótico francés, que se encuentra de pie sobre un taburete. En ambas imágenes comparativas, estampa y la descripción real del retablo, se encuentra la filacteria, aunque en la estampa carece de legibilidad, se trata de una frase en latín que hace alusión a la letanía lauretana al referirse como: “María trono de la sabiduría”; es decir, en la madre de Dios se encuentra depositado el conocimiento humano y divino, representado por el hijo de Dios. En la parte superior se encuentra la imagen de santo Tomas de Aquino, realizado por Luis Díaz de la Rosa, en 1773, acompañado de molduras mixtilíneas que escasamente se perciben en las estampas de Nava, así como la filacteria que a la letra dice “Thomas Sapientiae Doctor”, que significa: “Tomás doctor de sabiduría”.5 La devoción hacia santo Tomás no sólo representa la relevancia de su papel filosófico en la doctrina cristiana; sino una referencia sobre la formación tomista del obispo Fabián y Fuero.6 Por último se visualiza a la representación del Espíritu Santo, en forma de paloma. La lectura del retablo en términos generales nos remite a la contemplación en un espacio dedicado a reguardar el conocimiento humano y divino que es transmitido por los hombres inspirados por el Espíritu Santo. Las estampas realizadas por Miguel Jerónimo de Zendejas y José de Nava nos permiten tener diferentes perspectivas de la Biblioteca Palafoxiana en el siglo xviii. El ejercicio comparativo de cada elemento que conformó a la librería indica no solo la maestría del trabajo realizado por los artífices poblanos, sino los diferentes aspectos de la vida interna de la librería. Cierto es que algunas observaciones generadas en las presentes líneas requieren de estudios profundos; sin embargo, ello no impide que se realice un primer ejercicio comparativo con la intención de reconocer la importancia de una fuente de información visual. Los resultados pueden ser complementados con fuentes bibliográficas y documentales. El caso de la reproducción de la estantería es tan minuciosa que podemos darnos cuenta de detalles que a simple vista pasan inadvertidos. Por ejemplo, los remates del segundo nivel que presenta la imagen podrían tratarse de los mismos que se encuentran actualmente en el tercer nivel. Elemento decorativo que hace perfecta armonía con el resto de la estantería que fue colocada en el siglo xix. La imagen calcográfica indica en qué parte de la decoración del inmueble estaban los medallones con los retratos del obispo Juan de Palafox y Mendoza, acompañados por Judith Fuentes Aguilar. “Para una interpretación del retablo de la Virgen de Trapani: imágenes y texto en búsqueda de la sabiduría suprema”, en 369 Aniversario Biblioteca Palafoxiana. Editora: Diana Isabel Jaramillo. Puebla: udlap, 2016. pp. 88-89. 5 Ibídem. 6 Ibídem. 4


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Izquierda: Vista actual del retablo de la Biblioteca Palafoxiana. Derecha: Fragmento del retablo de la Biblioteca Palafoxiana. Mapa de la Suntuosa de Biblioteca Palafoxiana. Colección de grabados. Biblioteca Palafoxiana.

una cartelera con algunas inscripciones, mismas que en determinado momento fueron retiradas. Por otra parte, en la perspectiva frontal del interior de la biblioteca se aprecian dos puertas: la primera sirve de comunicación para otros espacios, la segunda se le llama actualmente alacena, aunque por mucho tiempo se le llamó infiernillo, ya que los bibliotecarios resguardaban los libros que tenían que revisar por si tenía algún texto, frase o imagen que atentara contra las buenas costumbres y autoridades civiles y eclesiásticas. En cuanto al espacio, solamente existía una mesa, tal como se aprecia en las estampas del grabado. La estantería contaba con una base de madera en la parte inferior del mueble para que el lector se sentara. Además, en la parte inferior se encontraba un espacio en el cual se podía guardar los objetos personales de los visitantes. Estos detalles nos dan una idea de la modernidad con que se diseñó la Biblioteca Palafoxiana en el siglo xviii. Cabe mencionar que el piso no coincide con el que actualmente se conoce, es decir, ladrillo rojo con incrustaciones de piezas de talavera, llamado piso de petatillo. Detalle que posiblemente omitió el dibujante o el grabador, ya que tras la revisión de las estampas se percibe que los creadores dedican una mayor minuciosidad a elementos que consideran trascendentales, y no así a detalles secundarios. La estampa que muestra una perspectiva hacia la entrada principal de la biblioteca nos ofrece otro tipo de información


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que intenta reconstruir el interior del recinto palafoxiano, en el siglo xviii. Por ejemplo, como se había mencionado, la existencia de algunos retratos de don Juan de Palafox y Mendoza, y unas cartelas que acompañaban la obra. Dentro de la biblioteca actualmente se encuentran dos cartelas de menores dimensiones que las que se muestran en la reproducción del recinto. Para el siglo xix, con la finalidad de ampliar la estantería, se anexó un tercer piso con características neoclásicas que haría perfectamente juego con el resto del mueble. Motivo por el cual, no sólo se retiró el retrato del obispo y las carteleras, sino que más tarde se cambió por una escultura. Esto motivó que la parte decorativa del interior de la entrada fuera elevado al nivel del tercer piso. Otro de los elementos que hay que tener en cuenta son los personajes que aparecen en escena, a simple vista vemos siete individuos que por su vestimenta se trata de colegiales del Seminario Palafoxiano, aunque algunos de ellos podría tratarse de alguna autoridad que se encontraba en la librería. Ejemplo es el personaje cuya actitud denota el orgullo al mostrar a un secular la grandeza del recinto. En este sentido, hay que tener en cuenta que no sólo se encuentran personajes que tienen que ver con el ámbito religioso, sino seculares interesados en la consulta de los libros que se encuentran resguardados en el lugar. Es conveniente señalar que si la Biblioteca Palafoxiana se distingue por tener la particularidad de que sus obras se encuentran en la disposición de acuerdo al pensamiento de la época, tenemos la oportunidad de tener una somera idea de las obras que se encuentran consultando algunos de los personajes en la escena. Muestra de ello, es el individuo que se encuentra en el segundo piso de la estantería, lado de la epístola del retablo. Las características del sujeto nos hacen suponer que el artista tuvo la intención de decir algo más en la representación de este personaje. La vestimenta, la actitud de búsqueda, y el retrato del obispo Juan de Palafox en un determinado espacio, sugiere que se trata de un custodio que tiene la tarea de controlar los textos divinos y humanos para el buen orden del acervo. Efectivamente, un bibliotecario que trata de buscar las obras de don Juan de Palafox y Mendoza. Hecho que puede ser factible, porque de acuerdo a la consulta del catálogo electrónico de la biblioteca, esta área corresponde a las obras resguardadas del obispo dentro del acervo bibliográfico. Asimismo, sus vestimentas denotan que son hombres cultos y de buena posición social que tenían acceso a la lectura de los libros palafoxianos. Por otra parte, los personajes que se encuentran consultando obras en el segundo nivel podrían ser los bibliotecarios y ser los colegiales que consultaban las obras de acuerdo a los horarios establecidos por la jerarquía católica.


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CONCLUSIÓN Aunque al grabado se le ha considerado como un arte menor, desde sus orígenes fue un mecanismo perfecto de comunicación que con el tiempo adquirió ventajas por su rapidez y reproducción a un menor costo, comparado con un libro. La finalidad de esta investigación estuvo dirigida hacía un acercamiento a la Biblioteca Palafoxiana a través de la lectura de sus estampas calcográficas, que además de ser expresiones artísticas, también son una fuente de información para recrear una mínima parte de la vida cotidiana de la biblioteca novohispana.

Cartelera en la Biblioteca Palafoxiana.

Sin duda, los obispos Juan de Palafox y Mendoza y Fabián y Fuero conformaron el espacio que no solamente sería el semillero de la formación de los futuros sacerdotes, sino la biblioteca sería el espacio donde confluyeran las diferentes corrientes del pensamiento para la conformación de una sociedad culta en el siglo xviii. La búsqueda del conocimiento dentro de acervo palafoxiano fue posible tanto para los colegiales del Seminario Palafoxiano como para la comunidad


secular; tal como se puede comprobar en la escena de los grabados de la que anteriormente fue conocida como la librería mayor. En suma se puede decir que a pesar de las mínimas diferencias entre los detalles actuales y las imágenes de las estampas, es en general relevante que a pesar de tratarse de una representación de un espacio, los artífices intentaron recrear la importancia del espacio como un lugar donde se resguarda el conocimiento tanto divino como humano abierto tanto para los colegiales como para los seculares en cumplimiento a las ordenanzas de su fundador Juan de Palafox y Mendoza.

BIBLIOGRAFÍA Escritura de donación de los libros del Obispo Fabián y Fuero. Colección de Manuscritos. Biblioteca Palafoxiana. 31758. Boadella Galí, Monserrat. Estampa popular, Cultura popular. Puebla: buap, 2007. Fuentes Aguilar, Judith,. El retablo de la Virgen de Trapani de la Biblioteca Palafoxiana, una revalorización de su función. Tesis para obtener el grado de Maestra en Historia del Arte. unam, Dirección General de Bibliotecas Tesis Digitales, 2016. Disponible eninternet: http://132.248.9.195/ptd2016/septiembre/505002561/ Index.html [Consultado en junio 2018].

Hispanicae congregationi venerabilis admodum Carmelitarum… Puebla: s.n. 1798. Colección Impresos Sueltos. Biblioteca Palafoxiana. I01651.

Donahue-Wallace, Kelly. “ Los grabados de la Biblioteca Palafoxiana en la ilustración” en Miradas a la cultura del libro en Puebla. Bibliotecas, tipógrafos , grabadores, libreros y ediciones en la época colonial. Marina Garone (editora). México: unam; Gobierno del Estado de Puebla, 2012. Acosta Zamora, Elvia. “Custodios perpetuos de los libros de la Biblioteca Palafoxiana”, en 369 Aniversario, Biblioteca Palafoxiana. Editora: Diana Isabel Jaramillo. Puebla: Gobierno del Estado de Puebla ; udlap, 2015.

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La biblioteca: ocio, curiosidad y lectura FRAGMENTO* ROGER CHARTIER**

umerosas son las circunstancias de la vida cortesana o aristocrática que movilizaban la lectura en voz alta.1 Así, las lecturas dirigidas al príncipe cuando come o después de su cena, las lecturas religiosas hechas por el amo de casa para su familia o sus criados, las lecturas de los libros de caballerías entre madre e hija tal como las recuerda Teresa de Jesús,2 o las lecturas para pasar tiempo como esta que propone Don Juan a Don Jerónimo en el capítulo LIX de la Segunda Parte del Quijote: «Por vida de vuestra merced, señor don Jerónimo, que en tanto que traen la cena leamos otro capítulo de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha [es decir, la continuación apócrifa de Avallenada]».3 La lectura en voz alta desempeñaba también otro papel: transmitir los textos a los analfabetos que eran todavía numerosos en la España del Siglo de Oro, aunque los niveles de alfabetización en la península no sean tan débiles como se * El texto es parte del ensayo del mismo nombre. Fernando Bouza. Palabra e imagen en la corte. Cultura oral y visual de la nobleza en el Siglo de Oro, Madrid: Abada Editores, 2003. 2 Santa Teresa de Jesús. Libro de la vida. 3 Miguel de Cervantes. Don Quijote de la Mancha, Edición de Francisco Rico, Barcelona: Instituto Cervantes y Crítica, 1998, p. 1110. 1

** Profesor emérito en el Collège de France y Annenberg, visiting Professor en la University of Pennsylvania. Sus últimos libros publicados en español son Las revoluciones de la cultura escrita. Nueva edición, (Gedisa, 2018); el orden de los libros. Nueva edición, (Gedisa, 2017), La mano del autor y el espiritu del impresor (Katz, 2016).


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ha afirmado durante mucho tiempo.4 Cervantes ficcionaliza semejante transmisión de los textos en el capítulo XXXII de la Primera parte del Quijote donde el ventero Juan Palome, que evoca la lectura en voz alta de dos novelas de caballería, Don Cirongilio de Tracia y Felixmarte de Hircania, y de una crónica, la Historia del Gran Capitán Gonzalo Hernández de Córdoba: «Cuando es tiempo de la siega, se recogen aquí las fiestas muchos segadores, y siempre hay algunos que saben leer, el cual coge uno destos libros en las manos, y rodeámonos dél más de treinta y estámosle escuchando con tanto gusto, que nos quita mil canas».5 Si aseguraba así a los textos de ficción una circulación más allá de los lectores,6 es muy

claro también que la forma moderna de la lectura en silencio y en soledad no borró, inclusive para los letrados, las prácticas más antiguas que vinculaban al texto con la voz. De la misma manera, las conquistas de la producción impresa que facilitaron la multiplicación de los ejemplares, las ediciones en pequeño formato o las traducciones en las lenguas vulgares, no significaron de ninguna forma el fin de la circulación de los textos manuscritos. El lector culto del Siglo de Oro, quien es también un escritor que anota, copia, traslada, es frecuentemente un lector de manuscritos. Harold Love para Inglaterra y Fernando Bouza para España han propuesto un inventario de los géneros que, más que otros, fueron trasladados por copistas profesionales o simples lectores: así, los tratados, discursos, o libelos políticos, las cartas de noticias, las obras de historia, las antologías poéticas, las instrucciones Antonio Viñao Frago. «Alfabetización y primeras letras (siglos xvixvii)», en Antonio Castillo (ed.), Escribir y leer en el siglo de Cervantes, Barcelona: Gedisa, 1999, pp. 39-84. 5 Miguel de Cervantes. Don Quijote de la Mancha, op. cit., p. 369. 6 María Cruz García de Enterría. «Lecturas y rasgos de un público», Edad de Oro, XII, 1993, pp. 119-130. 4

Frontispicio del ejemplar de la Encyclopedie ou dictionnare raisonné des sciences, des arts et des métiers, de Denis Diderot y Jean le Rond d’Alembert. Acervo de la Biblioteca Palafoxiana.


nobiliarias o las partituras.7 Sin duda, la invención del arte de imprimir, atribuida por Covarrubias a «Juan Gutembergo, alemán, el año de mil quatrocientos y quarenta», ha cambiado la condición de los escribanos que «antiguamente, y antes que huviesse impresión, ganavan muchos su vida a escrivir y copiar libros». No implicó, sin embargo, la desaparición de los libros escritos a mano, cualesquiera que sean. No implicó tampoco la desaparición de la lengua latina, aunque solamente cincuenta años después de la introducción de la imprenta en España Juan de Valdés podía proponer una biblioteca de las mejores obras en romance, es decir, en lengua vulgar. En el Diálogo de la lengua, compuesto en

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Antonino de Florencia, san, Totius summe maioris. Lugduni: p[er] magistru[m] Johannem Cleyn,1500. Acervo de la Biblioteca Palafoxiana.

1535 pero impreso solamente en 1737 por el erudito Gregorio Mayans y Síscar, Valdés contesta así la pregunta del italiano Coriolano en cuanto a los libros castellanos que deben leerse por su buen estilo: «Digo que, como sabéis, entre lo que sta escrito en lengua castellana principalmente ay tres suertes de scrituras, unas en metro, otras en prosa, compuestas de su primer nacimiento en lengua castellana, agora sean, falsas, agora verdaderas; otras ay traduzidas de otras lenguas, espacialmente de la latina».8 La biblioteca castellana ideal debe contener libros «romençados de latín» (el Boecio de consolación, el Enquiridión, algunos textos de devoción), traducciones del italiano (por ejemplo la del Cortesano que, sin embargo, Valdés pretendía no haber leído), obras de los poetas castellanos del siglo xv, libros de caballería y La Celestina de Harold Love. Scribal Publication in Seventeenth-Century England, Oxford: Clarendon Press, 1993, y Fernando Bouza. Corre manuscrito. Una historia cultural del Siglo de Oro, Madrid: Marcial Pons, 2001. Cf. también Woudhuysen, H. R., Sir Philip Sidney and the Circulation of Manuscripts, 1558-1640, Oxford: Clarendon Press, 1996. 8 Juan de Valdés. Diálogo de la lengua, Edición de Barbolani, Cristina, Madrid: Cátedra, 1995, pp. 239-240. 7


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la cual Valdés dice: «Corregidas estas dos cosas [el uso de vocablos fuera de propósito y el abuso de vocablos «tan latinos que no se entienden en castellano»], soy de opinión que ningún libro ay escrito en castellano donde la lengua sta más natural, más propia ni más elegante»9 A este repertorio literario, Juan de Valdés añadía las coplas, romances, canciones y villancicos que se recitan y cantan y que se encuentran impresos en el Cancionero general «porque en aquellos refranes se vee muy bien la puridad de la lengua castellana».10 Tanto la actividad editorial como el contenido de las bibliotecas particulares siguieron, pero con un notable retraso, los progresos de la lengua vulgar. Los libros en latín mantuvieron su importancia en la producción libresca. Constituyen

entre 35 y 45% de los libros impresos en cada década en Valencia entre 1490 y 1536 y aún 52% entre 1545 y 1572.11 En Barcelona forman 60% de la producción editorial entre 1501 y 1509, entre 45% y 50% entre 1510 y 1529, y entre 25% y 35% para la décadas entre 1530 y 1589.12 En ambas ciudades la castellanización de la producción progresa durante el siglo xvi a expensas no solo del latín sino también del valenciano y del catalán. La conquista del castellano fue más precoz en Valencia ya que es en la década 1510 que los libros en castellano superaron los escritos en valenciano y más lenta en Barcelona donde es solamente en la década 1560 que superaron los escritos en catalán. El ejemplo de Barcelona indica también que son las bibliotecas de las élites urbanas tradicionales, eclesiásticas pero también seglares, las que mostraron la resistencia más Ibid., p. 255. Ibid., p. 126. 11 Philippe Berger. Libro y lectura en la Valencia del Renacimiento, Valencia: Edicions Alfons el Magnànim, 1987, p. 336. 12 Manuel Peña. Cataluña en el Renacimiento: libros y lenguas (Barcelona, 1473-1600), Lleida: Editorial Milenio, 1996, p. 288. 9

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fuerte del latín que continuó siendo la lengua dominante en estas colecciones.13 La modernidad lingüística caracterizó ante todo a las bibliotecas más modestas de los mercaderes y artesanos, dominadas por el catalán hasta el último tercio del siglo y, después, por el castellano. Esto no significa que en la Barcelona del siglo xvi no circulaban en una amplia escala textos impresos en lengua catalana, sino que estos textos pertenecían a los repertorios de los papeles populares sin valor económico que no registraban los notarios cuando hacían el inventario de los libros de un difunto. Lo que es claro es que más duraderamente de lo que sugiere la biblioteca en romance de Juan de Valdés, el latín mantuvo una importancia fundamental en la producción y la posesión de los libros.

Mantuvo también su importancia en el Tesoro de Covarrubias. La voz latín indica que aunque el latín desapareció como lengua común, la palabra que se refiere a su conocimiento sigue definiendo saber y sabiduría: «Al que sabía en aquellos tiempos [i.e. los tiempos de los Godos] la lengua latina, le tenían por hombre avisado y discreto y de allí nació llamar hoy en dia ladino al hombre que tiene entendimiento y discurso, avisado, astuto y cortesano». Pero ¿se puede comparar a este hombre discreto y avisado con el curioso? La pregunta obliga a volver a la relación entre curiosidad y biblioteca. Los diccionarios franceses de finales del siglo xvii la mencionan explícitamente en su voz curieux. Furetière en 1690, para ilustrar la definición positiva de la palabra como «celuy qui a desir d’apprendre, de voir les bonnes choses, les merveilles de l’art et de la nature» [«el que tiene el deseo de aprender, de ver las buenas cosas, las maravillas del arte y de la naturaleza»] cita como ejemplos de uso: «C’est un curieux qui a voyagé par toute l’Europe, un curieux Manuel Peña. El laberinto de los libros. Historia cultural de la Barcelona del Quinientos, Madrid: Fundación Sánchez Ruipérez, 1997.

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qui a feuilleté tous les bons Livres, tous les Livres rares» [«Es un hombre curioso que viajó por toda Europa, un curioso que hojeó todos los buenos libros, todos los libros raros»]. Atribuido a las cosas mismas, el adjetivo puede designar secretos, experiencias, observaciones y, también, libros: «Ce livre est curieux, c’est-à-dire rare, ou contient bien des choses singulières, que peu d’hommes savent». [«Este libro es curioso, es decir raro, o bien contiene muchas cosas singulares, que pocos hombres saben»]. En ambas definiciones están estrechamente asociadas curiosidad y raridad (utilizo la palabra del Diccionario de la Academia que define raro como «extraordinario, poco común o frequente»).

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Los libros buscados por los curiosos se ubican así perfectamente en una cultura de la curiosidad que concibe el conocimiento como la acumulación de todos los seres y cosas que componen el universo. De allí el deseo de hacer del gabinete de curiosidades un verdadero microcosmos. De allí, también, la primacía otorgada a las singularidades, a las cosas raras o únicas, no solamente porque atestiguan mejor que las más comunes la potencia creadora de la naturaleza y del arte, sino también porque su hallazgo, su conservación y su colección enriquecían el inventario sin fin del universo. Pero, en el caso de las bibliotecas, es justamente este privilegio dado a lo raro y a lo singular, lo que es el blanco de la crítica de los humanistas eruditos que son los defensores de un modelo de biblioteca totalmente diferente. El Advis pour dresser une bibliothèque publicado por Gabriel Naudé en 1627 y reeditado en 1644 es un buen testimonio del rechazo de la curiosidad en materia de libros: «les Bibliothèques ne

El facistol sobre el cual se pueden leer varios libros a la vez, es un invento del siglo xvi, de Nicolas Grollier de Servière, un ingeniero y tornero francés, criado en una familia de bibliófilos, famoso por su gabinete de curiosidades.


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sont dressées ny estimées qu’en consdération du service & de l’utilité que l’on peut en recevoir, & par conséquent, il faut négliger tous ces Livres & manuscrits qui ne sont prisez que pour le respect de leur antiquité, figures, peintures, relieures, & autres faibles considérations» [«las Bibliotecas son establecidas y estimadas solamente para el servicio y utilidad que pueden procurar, y por ende, se debe ignorar todos estos Libros y manuscritos que no son valuados sino por el respecto de su antigüedad, figuras, miniaturas, encuadernaciones, y otras consideraciones débiles»].14 Para Naudé, todos los criterios que, a partir de los comienzos del siglo xviii, definirán las joyas de las colecciones de los bibliófilos (la antigüedad y la raridad del libro, la suntuosidad y la

encuadernación del ejemplar), son justamente los que hacen excluir estos libros de la biblioteca ideal.15 Los libros raros y curiosos, curiosos porque raros, no encuentran su lugar en una biblioteca enciclopédica, cuyo orden sigue el orden de las facultades, y que está instituida con la única intención «d’en vouer et consacrer l’usage au public», [«de dedicar y consagrar su uso al público».16] Es para semejante designio, y no para satisfacer los deseos y placeres de la curiosidad, que varios instrumentos fueron propuestos a los coleccionistas y lectores españoles para que pudieran ordenar y componer sus propias bibliotecas ya que, como lo indica el Tesoro: «Librería, quando es pública, Gabriel Naudé. Advis por dresser une bibliothèque. Reproduction de l’édition de 1644, précédé de «L’Advis, manifeste de la bibliothèque érudite», Paris: Aux Amateurs de Livres, 1990, p. 112. 15 Jean Viardot. «Livres rares et pratiques bibliophiliques», in Histoire de l’édition française, sous la direction de Roger Chartier et Henri-Jean Martin, Tome II, Le livre triomphant 1660-1830, [1984], Paris: Fayard / Cercle de la Librairie, 1990, pp. 583-614. 16 Gabriel Naudé. Advis pour dresser une bibliothèque, op. cit., p. 151. 14


se llama por nombre particular biblioteca». Para ayudar a la formación de las colecciones se utilizaban los repertorios de autores y títulos tal como la Hispaniae Bibliothecae de Andreas Schott (alias Peregrinus) publicada en Francfurt en 160817 o el Epítome de una Biblioteca oriental i occidental de Antonio Léon Pinelo editado en Madrid en 1629,18 los catálogos de bibliotecas famosas que circulaban en ediciones impresas, y los métodos para organizar cualquier colección de libros, sea real o proyectada.19 En España el primer ejemplo impreso de tal libro es el De bene disponenda biblioteca publicado por Francisco de Araoz en Madrid en 1631.20 Impreso en el formato in-octavo «para poder tenerse más fácilmente a mano y llevarse con la suficiente comodidad por donde se quiera mientras se trabaja en la formación de bibliotecas», el libro de Araoz distribuía entre quince categorías los títulos de los libros que, sin establecer un repertorio cerrado, procuraban ejemplos para la constitución de una colección de libros «dignos de ubicación, estudio y ponderación».21 Estos libros, tal como más tarde la Bibliotheca Hispana de Nicolás Antonio, publicada en latín en Roma en 1672,22 intentaban responder a dos ansiedades contradictorias frente a la cultura escrita. La primera era el temor a la pérdida, a la desaparición, al olvido. Fundamentó en el Renacimiento la búsqueda de los textos antiguos, la copia y la impresión de los manuscritos, la constitución de las bibliotecas regias o principescas que, como la Laurentina, debían encerrar dentro de sus muros y clases bibliográficas (sesenta y cuatro en la biblioteca del Escorial) todos los saberes de la humanidad.23 Pero la acumulación de los libros antiguos y la multiplicación de los nuevos gracias a la imprenta plasmaron otra inquietud: el miedo frente a un exceso indomable, a una abundancia confusa, a un desorden de los libros. Tanto en España como en otras partes de Europa, los catálogos, cualquiera que sea su objeto (una colección particular, el repertorio de los autores de una nación, la propuesta de una biblioteca ideal) fueron los instrumentos poderosos que ayudaban a establecer un orden de los discursos que se oponía a los intereses desordenados atribuidos por los diccionarios a los curiosos. Andreas Scott. (Peregrinus), Hispania Bibliothecae seu de Academiisac Bibliothecis, Francfurto, 1608. 18 Antonio de León Pinelo. Epítome de la biblioteca oriental i occidental, náutica e geográfica, Madrid, 1629. 19 François Géal. Figures de la bibliothèque dans l’imaginaire espagnol du siècle d’Or, Paris: Honoré Champion, 1999. 20 Solís de los Santos. El ingenioso bibliólogo Don Francisco de Araoz (De bene disponenda biblioteca, Matriti,1631), Sevilla: Universidad de Sevilla, 1997. 21 Ibid., p. 106 y p. 116. 22 Nicolás Antonio. Bibliotheca Hispana Nova sive Hispanorum qui usquam umquamve sive Latina sive populari quavis lingua scripto aliquid consignaverunt Notitia, Roma, 1672. 23 Fernando Bouza. Imagen y propaganda. Capítulos de historia cultural del reinado de Felipe II, Madrid: Akal, 1998, pp. 168-185. 17

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Esta tensión entre la ansiedad a la pérdida y el temor del exceso puede, tal vez, explicar la ambivalencia frente a la curiosidad durante los dos primeros siglos de la modernidad. Se afirmó como un instrumento esencial de las conquistas del conocimiento a pesar de los límites impuestos al saber por los misterios de los arcana dei y los secretos de los príncipes, los arcana imperii. Es en contra de las varias formas del noli aluma sapere que se construyó en los gabinetes de curiosidades y en los libros curiosos la búsqueda, la representación y la interpretación de las infinitas singularidades del mundo natural y del pasado. Pero, a partir del siglo xvii, la cultura de la curiosidad tuvo que afrontarse con otro desafío que opuso las reglas del método al desorden de los hallazgos, las explicaciones de los fenómenos comunes al embelesamiento frente a lo maravilloso de las singularidades, el conocimiento racional a las pasiones obsesivas de los coleccionistas. A finales del siglo xix el museo heteróclito, carnavalesco e irrisorio en el cual Bouvard y Pécuchet han reunido «une foule de choses curieuses», [«una infinidad de cosas curiosas» es como una «Kunst und Wunderkammer»] [renacentista al revés.]24 No significa más la representación del macrocosmo en un microcosmo, sino solamente la torpeza de dos patéticos y conmovedores ignorantes.

Gustave Flaubert. Bouvard et Pécuchet, París, 1881, cité d’après París: Garnier-Flammarion, 1966, pp. 124-126.

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Conceptos básicos sobre el estudio de los impresos antiguos FRAGMENTO* JON ZABALA**

omo dijese Miguel de Unamuno (1931) a Tomás Navarro Tomás, en el marco de la conformación del Archivo de la Palabra de la desaparecida Junta para la Ampliación de Estudios (antecesora del Consejo Superior de Investigaciones Científicas): «la palabra es lo vivo, […] una palabra es la esencia de la cosa, cuando Adán dio nombre a las cosas […] las humanizó».1 Y como afirmó también Ortega y Gasset al mismo filólogo un año después: «los conceptos […] son, ni más ni menos, los instrumentos con los que andamos entre las cosas».2 Si dichos instrumentos —las palabras— son defectuosos, el andamiaje que soporta el pensamiento se debilita y, con el tiempo, se desmorona. El lenguaje tiene la noble e importante * El texto es parte del libro Los impresos antiguos: génesis material y su repercusión en la transmisión de los textos, publicado por la editorial uoc en 2014. 1 Miguel de Unamuno. El poder de la palabra / [grabado el 3 de diciembre de 1931 por Columbia Gramophone Company bajo la dirección de Tomás Navarro Tomás]. Madrid: Centro de Estudios Históricos, Archivo de la Palabra, 1931. 1 disco (6 min): 78 rpm. 2 José Ortega y Gasset. El quehacer del hombre / [grabado en 1932 por Columbia Gramophone Company bajo la dirección de Tomás Navarro Tomás]. Madrid: Centro de Estudios Históricos, Archivo de la Palabra, 1932. 1 disco (6 min): 78 rpm.

** Es lingüista y bibliógrafo, doctor en Ciencias de la Información y dea en Filología española (especialidad en Bibliografía). Entre sus líneas de investigación destacan: la imprenta manual bilbaína, los lenguajes de marcado para la descripción del libro antiguo y la edición digital en general.


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función de producir, fijar y transmitir el pensamiento y algunos de los constructos más importantes de éste (la cultura). No es baladí, por tanto, dedicar las primeras páginas de este libro a dilucidar una tríada de conceptos, delimitando así el camino a seguir.

LIBRO ANTIGUO La relación antitética entre antiguo y moderno es bastante trasparente. Sin embargo, lo que para unos es antiguo para otros puede no serlo, y viceversa. Es la típica situación campoamoriana en que nada es verdad ni mentira, pues el color siempre depende del cristal con que se mira. Y ello sin duda, es algo que también afecta al libro como objeto físico y cultural. De hecho, la definición misma de libro (a secas), es también harto polisémica. Nadie puede negar que en su sentido más amplio, son también libros: una tablilla de arcilla del tercer milenio antes de Cristo; un rollo de papiro egipcio de la época ptolemaica; un códice medieval —de pergamino— bellamente ilustrado, como el Libro de Kells; la famosa Biblia de 42 líneas (B42) o también llamada de Gutenberg; la edición príncipe del universal Quijote (1605); las diferentes y enigmáticas versiones del Hamlet de Shakespeare (1603, 1604-1605 y 1623); los varios volúmenes de la Encyclopédie francesa (1751-1772); la primera edición del Ulises de Joyce (1922); la Constitución de nuestra Segunda República (1931); o El segundo sexo de Simone de Beauvoir (1944). Todos son textos —secuencias ordenadas de signos con sentido— materializados en distintos soportes, todos son libros; y como se realizaron hace algún tiempo, se puede decir —semánticamente— que todos son ‘libros antiguos’. Pero más allá del lenguaje natural, en el ámbito científico y profesional, las precisiones terminológicas no son mayores. Según qué autores, según qué instituciones, según qué normas, según qué criterios… la lexía libro antiguo tiene una u otras acepciones. Sin embargo, como esta pléyade de definiciones ya ha sido abordada por varios autores, como Reyes Gómez3 o Pedraza Gracia,4 se remite directamente a ellos para profundizar en el análisis terminológico y conceptual, y aquí se asume que es la categoría más laxa e integradora de las ofrecidas en este libro.

Fermín de los Reyes Gómez. “Introducción”. En: Manuel José Pedraza Gracia; Yolanda Clemente San-Román y Fermín de los Reyes Gómez. El libro antiguo. Madrid: Síntesis. 2003. pp. [11]-17. 4 Manuel José Pedraza Gracia. “Aproximación al concepto de libro antiguo”. En: Valoración y tasación del libro antiguo (textos y materiales): cuarto curso-taller sobre comercio y tasación del libro antiguo, Jaca, 5-9 de septiembre de 2005 / edición a cargo de Manuel José Pedraza Gracia. Zaragoza: Prensas Universitarias de Zaragoza. 2005. pp. 11-19. 3


IMPRESOS ANTIGUOS Salvando, pues, la dialéctica terminológica sobre la ambigua categoría libro antiguo, lo que sí parece claro es que el nacimiento de la imprenta (tipográfica) marcó un hito cultural importantísimo. Y si la escritura fue el invento más importante de la humanidad, la aparición de la tipografía significó un salto evolutivo cultural no menos trascendente. Por ello este libro se titula así, impresos antiguos, pues se refiere a una parte más finita y más concreta de los libros antiguos, a un nicho muy particular, cuyos límites cronológicos (ca. 1450-1830)5 no responden solo a unos números configurando unas fechas, sino a sus rasgos distintivos —más objetivos y comprobables—: las técnicas que se emplearon en su elaboración. Dicho criterio, el de premiar a los aspectos materiales sobre los meramente normativos, se hereda de una de las dos tradiciones bibliográficas que existen en el mundo, la corriente angloamericana y llamada precisamente así: bibliografía material. En ese contexto, impresos antiguos es un concepto más preciso, y si se atiende a razones más imparciales, como la de los medios y modos de producción (dicho a lo marxista), su periodización no es puramente cronológica, sino fundamentalmente conceptual (pese a basarse en lo estrictamente material).

Izquierda: primer documento gráfico (conocido) de un taller tipográfico Fuente: La gra[n]t danse macabre […]. Lyon: [Mathias Huss], 1499. The British Library © Board (IB/41735). Derecha: taller de impresión del siglo xvi. Fuente: Gemeiner loblicher eydgnoschafft […]. Zürych: Christoffel Froschouer, 1548. vol. 1, f. 23. Col. part.

INCUNABLES Esta es la primera subcategoría de los impresos antiguos en la que conviene detenerse, y basta decir que la palabra incunable proviene del latín incunabŭla, con la que se denominaba a una especie de pañales con los que se cubría la desnudez de los lactantes. Su significado metafórico, por tanto, alude a los primeros libros impresos, a los producidos en la más prístina etapa del arte tipográfico, al período de la infancia Dicho de otra forma, a los impresos producidos desde la invención de la tipografía hasta el momento en que se dejaron de utilizar algunas técnicas, algo que ocurrió hacia 1820-1830 según el lugar.

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Los incunables son libros que datan de antes de 1500, producidos en la infancia de la imprenta, los cuales reproducĂ­an las formas, estilos, estructura y distribuciĂłn del espacio de los manuscritos. Este ejemplar de 1486, de Francisco Bobio, "Gentiles de Febribus", tratado de las fiebres, tiene partes manuscritas al principio y al final como los libros corales de los monj es amanuenses de la Baja Edad Media.


de la imprenta (del latín infans, que se refiere al de la mudez humana). Bernhard von Mallinckrodt, un estudioso del siglo xvii, fue el primero en utilizar la culta voz en su acepción actual (typographiae incunabula) en su De ortu et progressu artis typographicæ.6 ¿Pero qué período abarca esa niñez figurada? Prácticamente desde los primeros trabajos de Johannes Gensfleisch7 a mediados del siglo xv, hasta el año 1500. ¿Y por qué ese año? Tampoco por una razón de peso, fue (y es) una simple convención histórico-bibliográfica que fijó de forma práctica y arbitraria el 1 de enero de 1501 como fecha límite de esa infancia libresca. Sin embargo, es obvio que los libros impresos en diciembre de 1500 y enero de 1501 no son sustancialmente diferentes, incluso tampoco los libros impresos con varias décadas de distancia. Por ello, volviendo a la perspectiva material sugerida por la Analytical Bibliography (conocida en nuestro ámbito como bibliografía material), aquellos libros impresos no solo eran diferentes a los posteriores por la fecha, sino porque los primeros —en mayor o menor medida— reprodujeron las formas, los estilos, la estructura y la distribución espacial de los manuscritos que les antecedieron. Dicho de otra manera, en los más primitivos impresos se emulaba —en cierto modo— a los manuscritos de la época. De hecho, durante algún tiempo ambas formas de comunicación coexistieron, hasta que en el último cuarto del siglo xv se impusieron las reproducciones tipográficas sobre los irrepetibles manuscritos.

POST-INCUNABLES Esta es la segunda subcategoría de los impresos antiguos, sobre la que el amable lector ya puede advertir el significado pleno por la presencia del clarificador prefijo post-, es decir, los libros impresos después del período incunable. Sin embargo, ese significado genérico se puede refinar aún más si se alude, nuevamente, a los medios y modos de producción empleados en la elaboración de esos impresos y, por ende, a su estructura material. Como ya se ha esbozado antes, los libros impresos en el ocaso de 1500 y los producidos en los albores de 1501 fueron en esencia iguales, pues no había razón técnica para que fuese de otra manera. Por ello, algunos autores, como Julián Martín Abad,8 prefieren reservar el término post-incunable Bernhard von Mallinckrodt. De ortu et progressu artis typographicae […]. Coloniae Agrippinae: apud Ioannem Kinchium. 1640. p. 5. Hay varios ejemplares digitalizados, uno de ellos el de la Ghent University Library, disponible en: <http://search.ugent.be/meercat/x/ bkt01?q=900000053773>. 7 Más conocido por el nombre de la casa de su padre: Gutenberg. 8 Julián Martín Abad. “Introducción”. En: Post-incunables ibéricos. Madrid: Ollero & Ramos, 2001. pp. 15]; Julián Martín Abad. Los libros impresos antiguos. Valladolid: Universidad de Valladolid, Secretariado de Publicaciones e Intercambio editorial. ([2004]). pp. [15]-23. 6

Peregrinus. Sermones de tempore et sanctis. Coloniae: Henricus Quentell,n.d. Acervo de la Biblioteca Palafoxiana.

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Aldo Manuzio (1492) fue un ambicioso y talentoso impresor y editor que produjo hermosos libros sobre literatura grecolatina o patrística, a la par de gramáticas y diccionarios. Su marca de impresor era un ancla y un delfín: alusión a la seguridad e ímpetu de su imprenta. Acervo de la Biblioteca Palafoxiana.

para referirse a las obras que materialmente son la continuación natural del período incunable, esto es, las ediciones impresas entre los años 1501 y 1520, aproximadamente. Estas obras, claro está, guardan más relación y parecido con los incunables y los manuscritos, que con los libros impresos en las décadas y los siglos posteriores.9 En resumen, y para los entusiastas de las fórmulas, se podría decir que los impresos antiguos son un subconjunto de los libros antiguos, que incluyen, a su vez, a los incunables, los post-incunables y el resto de los impresos producidos según las tecnologías descritas en las siguientes páginas. Esto es: Impresos antiguos=[incunables (1450-1500)]+[post-incunables (1501-1520)]+[resto de impresos producidos manualmente (1521-1830)]. Otro taller de impresión del siglo xvi. Fuente: Eygentliche beschreibung aller stände auff erden […]. Franckfurt am Mayn: S. Feyerabend, 1568. h. C3r. © Trustees of the British Museum (1904,0206.103.20).

Debe tenerse en cuenta, sin embargo, que también se suele llamar post-incunable a un impreso que antiguamente se creía incunable y que, tras análisis y estudios posteriores, se ha descartado como tal. Por tanto, aunque esta segunda acepción es bastante habitual, en este libro solo se alude a la apuntada por Martín Abad, los libros impresos entre 1501-1520, ambos inclusive.

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BIBLIOTECAS AJENAS

Las ventanas cegadas del Lago Titicaca JAVIER VARGAS DE LUNA*

Abraham Ortelio. Theatrum oder schaubuch der gantzen welt. Antuerpiae: s.n. 1602. Acervo de la Biblioteca Palafoxiana.

l entretejer sus órbitas desde lo metafórico y también desde lo concreto, Puno deriva y se deriva en Arequipa, y Arequipa sucede y se sucede en Puno. Muy a su manera, son como centros recíprocos o como periferias simultáneas, aunque, la verdad de la verdad, todo esto es posible gracias a la historia de sus lectores —al menos gracias a las aficiones de uno de ellos—. La distancia que media entre ambas ciudades, apenas unos trescientos kilómetros de sinuosa carretera, es transitada todos los días por la costumbre de buscar más allá de nosotros lo que pudimos llegar a ser, tantas cosas, un destino diferente, por ejemplo, o una biblioteca mejor amueblada en un país que todo lo exagera mientras todo lo singulariza. Aquí lo lejano no pierde nunca su condición de vecindad, lo múltiple también se disuelve entre lo particular, lo insólito adquiere categoría cotidiana y lo variopinto se hace monótono en volcanes cubiertos de nieve o en lagos que viven cerca del cielo, ni más ni menos. Por eso, y solo por eso, uno puede atreverse a expresar que la ciudad de Puno comienza en el centro de Arequipa, o que el Perú termina en el Lago Titicaca, y viceversa. Ahora mismo, sin embargo, mejor será apurar el paso por la calle Sucre. Atrás va quedando el sector de El Vallecito, la

* Profesor de literatura en la Universidad Laval, Quebec. Escribe hace años esta columna: “Bibliotecas ajenas”, que es sobre las ajenas bibliotecas.


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glorieta o el óvalo dedicado a J. M. Polar —hay quien también lo llamará rotonda, supongo—, y me siento mal, muy mal, ¿J. M. Polar?, en la ignorancia de los héroes locales. Al menos conozco a Viscardo y Guzmán y sobre todo a Vargas Llosa, qué se le va a hacer, hijo ilustre de Arequipa, y nunca me daré tiempo para conocer la biblioteca que lleva su nombre, muy cerca del puente sobre el río Chili desde donde se manifiesta, imponente, legendario, milagroso, el volcán Misti: es un paisaje de riesgos y de bellezas, con miles de metros de altitud y su amenazante memoria hecha de fumarolas. Cosas así son las que te dejan saber el orgullo del transeúnte nativo, acento melancólico, estudiantes de uniforme cansados en esta hora de la tarde, trabajadores cansados de caminar, sedientos, cuya entonación se levanta en la segunda o en la tercera sílaba de cada frase. Es difícil definir las magias verbales del tonillo arequipeño pues no posee la exageración de los dichos argentinos ni la rumba del Caribe, aunque, sí, algo tiene del cantadito mexicano sin acercarse jamás a los tropezones del chileno ni al ceceo peninsular. De nueva cuenta, también en el lenguaje se verifica esta sensación multiplicadora en las palabras locales, ellas son voces únicas y plurales, cercanas aunque siempre irrepetibles en la contundencia que los lugareños le aplican a la pronunciación (desde Lima analizo la urdimbre de los ecos peruanos, el diseño de sus oraciones, la estructura de sus énfasis…, y aún no he llegado muy lejos). El día de hoy he descubierto un cafetín sin fines de lucro, Asociación «Rayo de Sol». Una pareja de franceses en edad casi universitaria, quizás más cerca de la ingenuidad adolescente que de la osadía del bachiller, se ocupan de esta especie de café-guardería-dispensario-jardín de niños —yo tampoco termino de entender el concepto, qué se le va a hacer—, apenas son las ocho y pido un croissant y un expreso largo, sin azúcar, mientras cotejo las primeras impresiones del día. Centro de Arequipa: arquitectura colonial, cuadrícula irregular, aceras gastadas, adoquines y soportales y calles y colores de otro siglo, agencias de viajes con ofertas del Bustour en las esquinas, bancas de hierro forjado, arriates en las plazas, pocos vendedores ambulantes y cúpulas de iglesias parecidas a ellas mismas (esto último no es del todo cierto, pues tienen un aire virreinal que reconozco, parecido a Guanajuato, a Quito o a Santo Domingo). Llama la atención su prudencia de ciudad inclinada, cada paso entra y sale de un pequeño declive ya que todo aquí exige un ligero subir o un imperceptible bajar de algo, como si el primer cuadro de la ciudad representara la timidez de un escalón a punto de partir o la modestia de un peldaño recién llegado de los Andes. También, son muchas las casonas coloniales cuyas celosías, portones, frisos, zaguanes y ventanales se han reinventado en una gran variedad de comercios, institutos, galerías de arte, oficinas de gobierno, restaurantes, algún hotel de muchas estrellas mientras la calle Melgar desorienta con


su numeración equivocada. Cada una de mis mañanas he de aventurar un vistazo al patio central de El Pueblo, periódico instalado en una de dichas casonas históricas, y al divisar un taller textil, como semilla de una curiosidad que me persigue desde hace años, o como carta de ciudadanía de cualquier viaje a nuestra lengua, nace la misma pregunta de siempre: ¿cómo, qué leerá un habitante de todo esto?... Por cierto, son muchas las mujeres de origen indígena, rostro amable, endurecido, agradable sin romanticismos, tierno sin falsedades de tarjeta postal, que venden granos, quesos helados y demás viandas; desde la media tarde y hasta bien entrada la noche peruana, su lugar es reemplazado por vendedoras de bebidas tradicionales, el colca, el jampi, la chicha. El centro histórico de Arequipa ha sido construido para converger en esa bandera enorme cuyo rojo intenso sirve de antesala a las nubes de cualquier hora de la tarde. En la calle Mercaderes los paseos se convierten en un pasaje peatonal lleno de bancos, franquicias de cocinas trasnacionales, comida criolla, hostales de aventurero (para estudiantes ávidos de decir en otra lengua lo mucho que han viajado), tiendas de géneros diversos, almacenes de ropa, papelerías, quincalleros electrónicos, internets públicos, cosas así. Uno debe abrir bien el ojo en la Mercaderes, a la ida o a la vuelta, para no agotarla entre tanto caminante que se desentiende del frontispicio del Banco Internacional, tallado en piedra sillar, esa roca volcánica tan común por estos rumbos. A unos metros de distancia, rumbo a la placita 15 de Agosto, en la fachada del Teatro Municipal, los coloridos afiches y las bocinas tan impertinentes venden boletos de un espectáculo de imitadores, canciones de la nostalgia para quien vive del pasado y sabe cantar con la memoria: Leo Dan, Camilo Sesto, Roberto Carlos, Rocío Durcal, entre otros. La Plaza de Armas es también un lugar de respiros, frente a la basílica. El ángulo solar causa molestias de otro modo, cae por el lado equivocado de los poros y provoca otra clase de hormiguillo en la piel mientras el aire fresco recuerda también la cercanía de lo montañoso. Repuesto en las bancas, me he dirigido hacia el sur para buscar librerías, y desemboco en la calle Deán Valdivia; otra vez, tráfico de zona centro, insoportable —by the way, en Arequipa a los estacionamientos les llaman playas— y hace un poco de frío en este mes de junio que no cabe en las descripciones absolutas: las horas son templadas por la tarde, indecisas de calores al mediodía, vacilantes y más bien frías por la noche. En los pocos establecimientos que descubro solo hay un afán de lucro que apaga la curiosidad porque los empleados suenan tan solitarios, ni siquiera se explican cómo Dios manda las portadas apiladas sobre las mesas, parecen cumplir un encargo inoportuno y desagradable, aunque también es cierto que fue allí donde me hablaron de la biblioteca municipal y de «La Bóveda», sitio de reunión de artistas y profesores.

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En mi paso por Arequipa entré varias veces al Claustro de la Compañía. Impresiona su piedra labrada, porosa, las columnas, los bajorrelieves, sus pisos de cantera, esto es bello, trascendental, qué duda cabe, y así lo certifica la continua presencia de turistas; desde la segunda planta uno puede comparar todo esto con Taxco, con Cuenca, con Sucre, quizás porque las alturas de la perspectiva colonial se nos hacen mucho más parecidas. Y, sin embargo, es imposible compenetrarse con este calorcito de mediodía andino entre construcciones que vuelven a reclamar su derecho de existir sin paralelos, porque muchos de los elementos de sus muros desacreditan mis afanes de identificación; en uno de ellos, por cierto, junto a la historia de la ciudad, hay un gráfico explicativo de los camélidos de la región: vicuña, alpaca, guanaco y llama. Al salir

rumbo a «La Bóveda» he decidido memorizar la ornamentación barroca en las pilastras, y de nueva cuenta cedo lugar al instinto de pertenencia frente al águila bicéfala de los Austrias en el frontis. Más tarde, al llegar a los pupitres inclinados de la Biblioteca Municipal «Ateneo», recupero el gusto por el silencio; al amparo de las estanterías hay varios estudiantes, jóvenes de mil susurros, risas de disimulo, un abogado con facha de contable y la directora de la institución también tiene mal semblante, como de burócrata ensayada en la desidia. No, en este momento no está disponible, y detrás de la molestia de sus respuestas habita la incertidumbre de no haberlo explicado con justicia: ¿cómo son los visitantes más asiduos al recinto?, ¿cuáles son los autores más solicitados?..., y que regrese más tarde, después de comer, o mejor otro día —así lo ha dicho—. En la frescura del salón abundan los letreros bilingües hispano-quechuas, y al retirarme he tomado notas mentales de la dualidad de lo cotidiano, los baños, el sitio para la basura, el escritorio de la recepción y el área de trabajo. Otra vez, frente a la basílica de enrejados imperiales (hacen juego con el color de las farolas), veo pasar a la gente de las cuatro de la tarde, el sol poniente, los vendedores de oca-


sión, la fuente sin agua y las palomas eternas. Bienaventuradas las ciudades donde aún es posible dormir en una banca…, y a mi lado se han sentado dos hombres mayores. Recién salidos de una óptica, se presumen la novedad de sus anteojos en lengua quechua, y, un poco más allá, los fotógrafos de la vieja guardia, con chaleco numerado, hacen su agosto entre turistas de familia numerosa. Después pasó un uruguayo, artesano del alambre y los collares, arrastrando un perro milimétrico —«andá, bestia», le gritaba— y entonces he dirigido los pasos hacia «La Bóveda», en los portales de Arequipa: la falda pecadora de Marilyn Monroe se hace acompañar en las paredes por personajes que no conozco. Pido un café, las sillas son de madera sólida, mesas de lo mismo, techo bajo, abovedado (tenía que ser), atmósfera entrañable, y poco a

poco el lugar se puebla de conversaciones mientras la noche allá afuera impone el frío de las mangas largas. Al cabo de un rato he olisqueado algunas charlas, cambié de lugar dos veces, he husmeado en la apariencia de los clientes, me sentó mal la mirada de los meseros, y al final he auscultado a cada uno de los clientes con rostro de introspección. La coincidencia se ha echado a andar, aunque solo a medias, junto a dos profesores. Luego serán tres y al final de la noche seremos cinco o seis las personas alrededor de una mesa improvisada que se anima (alguien sin nombre se ha tenido que ir) en la mención de la librería «Aquelarre», sobre la calle San José. El sitio pertenece a don Rómulo y a su hermano, don Beto, y solo ellos podrían darme noticias de tantas cosas, de los lectores posibles o de las ediciones más socorridas en la región, y no, ya no hay libreros como los de «Aquelarre», capaces de construir, dentro y fuera de Arequipa, mapas de tendencias artísticas, cartografías de movimientos culturales o bosquejos de corrientes poéticas. Han sido deliciosas las horas junto a los hermanos Ramírez, no sé, sexagenarios de la cortesía, difícil calcular la edad en la bondad de su acento, y el sitio posee el romanticismo de una casa de anticuarios, ese

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sabor amable que desprenden las cosas viejas cuando se les reintegra al ámbito de lo admirable. Además, sus propietarios me recuerdan a ciertos anfitriones de la avenida Corrientes, en Buenos Aires, a los vendedores de la calle de Donceles en la capital mexicana, a los eruditos de trópico en Río Piedras, allá en San Juan, o a los sabios de El Retiro en Madrid, aunque los hermanos Ramírez están más allá, siempre un poco más allá de todo eso: otra vez —como casi cualquier cosa en el Perú—, ellos son su propia especie y todo lo que se les parezca existe y se justifica solo si ayuda a explicar lo inalcanzable de su sabiduría editorial, sobre todo porque conocen a varios lectores extraordinarios, allá en Puno, como aquel empleado bancario amante de la buena poesía y lector mayúsculo de novelas infinitas, junto al Lago Titicaca. Se llama o le dicen Manto, vaya uno a saber, y es hijo de una familia local, sobrino de hombres voraces en el arte de hacer suya su vida entre las hojas de un buen título, y yo lo sé, claro que lo sé, que tengo que salir corriendo, dejar Arequipa para mejor ocasión, apuntar la dirección y el número de teléfono y llegar a Puno antes de que se me gaste la sorpresa de haberlo descubierto. Y es entonces que apresuro la despedida, visito el Monasterio de Santa Catalina, sigo un rosario preconciliar en el interior de la basílica, entro al Museo del Banco Central y redoblo mis caminatas por la Sucre, el Patio del Silencio, el edificio recuperado de la Universidad Nacional de San Agustín, y siempre y otra vez, una y otra vez, el Puente Grau donde todos los acentos hablan del Misti. En la mañana de mi salida el chofer acelera sobre la Avenida Parra y a trancas y barrancas he alcanzado el autobús de las seis. De las carreteras recuerdo, sobre todo, la suciedad del plástico en un horizonte de arbustos; increíble, no puede ser, es cierto este descuido de las bolsas de basura al alcance de todas las miradas, y al paso de las horas y de los paisajes he de concluir que Perú también es único y abrumador en su forma de abandonarse. Este país es un compendio de pobrezas cotidianas…, América Latina en estado puro…, y al pasar por Juliaca descubriré una ciudad de ladrillos inacabados, como si todas sus construcciones se hubiesen quedado a la mitad de lo que pudieron llegar a ser, y cómo, ¿cómo se recorrerá un libro en una ciudad de terracota?; por añadidura, los muros sin retocar se han convertido en el renglón de piedra donde los pobladores anuncian sus urgencias laborales con pinturas de aerosol: albañil y luego un número de teléfono; gasfitero y otro número más; electricista, mudanzas, plomero y varios, muchos etcéteras más entre caligrafías apresuradas.


Por cierto, mi pluma ha explotado de tinta y las manchas en el pantalón, qué se le va a hacer, aparecen en el último tramo de la carretera y al llegar a Puno buscaré un mate de coca (quizás dos, por favor), y hay que beberlo de a poquitos para evitar el soroche porque la vida frente al Titicaca transcurre a más de 3,800 metros de altura. La estación de autobuses lo recibe a uno con parafernalia de gran turismo, paquetes a las islas flotantes, Uros y Taquile, excursiones para todos los bolsillos mientras los comisionistas de las agencias y los representantes de los albergues son capaces de conseguirle a uno, en cualquier idioma, habitaciones de apellido familiar — juro que es verdad— en el Hotel Vargas. En el centro de Puno se presiente, como punto final o como prefacio de cualquier calle, el Lago Titicaca y será necesario aprovechar el tiempo, contactar a Manto, recordarle lo urgente de nuestra cita. En un mercadito de artesanías he buscado unos guantes para resolver el frío de junio mientras una horda de japoneses, jubilados, felices, onomatopéyicos, capturan el titiritar del momento con lentes de viajero profesional y zapatos amarillos. Necesito creer en Puno, en este frío de aceras y de montañas pardas coronadas por un cóndor monumental —¿era un cóndor?. Otra vez, y cada vez lo mismo: cómo serán las coordenadas de la lectura frente a un lago en el techo del mundo, me distraigo, y de inmediato regreso a la inquietud: qué puede sugerir este oleaje de rascacielos en las páginas de una novela, de cualquier novela, y así, a trechos, a pedacitos continúo la reflexión sobre la literatura capaz de canonizarse al arrullo de mareas, de mirar siempre hacia arriba. Sin interrumpir el trajín de mi primera jornada, contemplo a toda prisa la Catedral de San Carlos Borromeo (elevada a categoría de Basílica Menor por Paulo VI) cuya gran explanada culmina en una escalinata de pasos cansados; los diseños rectilíneos de la piedra hacen sospechar que se trata de una iglesia que llegó antes de tiempo, o ya muy tarde, a las formas coloniales: ¿son posibles los autores de cabecera en un mundo que conjuga la rutina del oleaje con sus signos de observatorio celeste? Algo agitado ya trato de sacarle el cuerpo a la pesadez de mis movimientos en las sillas de una conferencia sobre los «Incas Inmortales», en la Casa de la Cultura, donde también se hablará de los tiahuanacos, de su época de piedras engastadas y de sus rocas poligonales. Al día siguiente he de recorrer una bella colección de tejidos en el Museo Dreyer, y, mientras deambulo por el Jirón Lima, ya he decidido que la ciudad me es familiar gracias a estos acentos que se confunden con los de Arequipa. Además, la comida en Puno, los chaufas de raíz oriental y el elemento nativo, y algo tendrá todo esto de lo español aunque en el restaurante «La Casona» no vale la pena ensayar el pisco del orgullo nacional. Tengo tiempo, aún media hora antes de encontrar a Manto. Frente al Templo de San Juan, en las mismas bancas de la fría soledad de cada noche, en el Parque Pino, iniciaremos el

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camino a sus estantes en el barrio Orkapata, donde —según me dice con acento de gran conocedor de cosas ocultas— colgaron a los levantiscos de otro siglo. En efecto, su residencia está en un sector elevado, a cinco soles de distancia en el precio de cualquier taxi, y desde las colinas pavimentadas de las aceras se observan las luces, muchas, muchísimas, infinitas, luces de hoteles y edificios, todas ellas alrededor de un lago que contribuye con su agua iluminada a la curiosidad del instante. Hace frío, más frío todavía cuando atravieso el zaguán de su domicilio y todo en su casa es un continuo subir escaleras, llegar al segundo piso y penetrar un patiecito interior que está siendo remozado (casi no distingo nada en la oscuridad); al detenernos en la segunda azotea yo estoy más bien sofocado y él muestra esa comprensión que supongo es tan propia en los habitantes de las zonas altas. Desde allí me conducirá, a la luz de su teléfono celular, por una escalerilla metálica, una especie de pasarela que lleva a un puente de mandos imaginarios. La última marquesina, después el pretil a cielo abierto y entonces aparece un cuarto exento, independiente de la casa, y creo que comienzo a entender la biblioteca de Manto: los cuatro niveles de distancia sobre las aceras de su calle inclinada reproducen una especie de navío fantasma, es como un barco que vigila la eternidad del agua, agua siempre inminente y siempre inaccesible, el agua del Lago Titicaca. Es un tipo metódico, Manto, hijo de los carmelitas en el Colegio San Juan. El recinto es rectangular, unos cincuenta metros cuadrados, quizás un poco menos, muy bien decorado, limpio, muros color turquesa, acrílico o madera blanca en las estanterías, sillones de piel, elegancia del tapiz y un par de títeres de formas monstruosas cuelgan al fondo, equidistantes. Sus libreros revelan el orden del coleccionista y no, en Puno no hay grandes librerías aunque nunca falta quien informe de títulos o de nuevas ediciones y de repente se ha lanzado también a recordar el aislamiento de su primer trabajo, como analista programador, para una ONG extranjera, allá en la provincia de Huancané donde nada sucedía sino la soledad provechosa de su afición por la lectura. Parece que todo empezó allá, y poco a poco desgrana la memoria de sus libros iniciáticos, las páginas de Pesar todo que torcieron el rumbo de sus días, una antología de Juan Gelman adquirida con su primer salario como empleado bancario.


Claro, ahora tiene un puesto superior, ha ido ascendiendo en el escalafón, incluso posee un acento ejecutivo mientras saca libros y más libros y siempre ha sido bueno con los números y las ecuaciones, sabe construir logaritmos y restarle variables a las desgracias financieras. Paulatino y seguro, comienza a soltarme frases que han sido meditadas, sin duda, en el refugio de su biblioteca. Manto no acumula libros sino momentos, leer es diferenciarse y releer es una de las formas más intensas del resentimiento — cosas así son las que recuerdo de aquella charla—, y tiene razón cuando argumenta que aquí, en cada uno de todos estos estantes, no sobra ni falta nada porque una verdadera biblioteca es un sitio total y al mismo tiempo una región de lo incompleto, es la frontera final de lo leído y el sigiloso umbral de lo que llegará, un hábitat donde los libros vividos se nutren de la expectativa de su bella insuficiencia. O quizás fuera mejor confesar, con simple llaneza, que cualquier biblioteca es un texto en construcción, íntegro al reconocerse incapaz de nombrar sus vacíos y mi visita empezó con El libro tibetano de los muertos (Bardo Thodöl) y La gran bestia. Vida de Aleister Crowley, de John Symonds, editado por Siruela. Con Predrag Matvejević, que acababa de morir hacía un par de meses, llegamos a Breviario mediterráneo y a Nuestro pan de cada día; después, claro, hablamos de otro extranjero que siempre quiso ser italiano, Joseph Brodsky, Del dolor y la razón y algo he dicho sobre La marca del agua que me dejó un buen sabor de boca (el libro, no mi comentario). Sin verlo venir, Manto ha comenzado a explicar a Milorad Pavić y su Diccionario jázaro, una novela-léxico, texto de textos o documento documental, y al ritmo de lo descubierto establezco la retórica de sus lecturas. Lo más significativo no han sido los autores centroeuropeos de sus entrepaños, sino comprender que su experiencia de un libro, de cualquiera de los que aún recuerdo con sorpresa, revelaba un instinto de misterio: sus estantes poseían casi todos el desafío de los enigmas, el instinto de los secretos descifrados y el impulso de los laberintos con piel de incendio, como la Guía de ciudades imaginarias de Alberto Manguel y Las ciudades invisibles de Italo Calvino. Prosiguió su gusto por historias de lo impenetrable, con los relatos de La enciclopedia de los muertos, del también ser-

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bio Danilo Kiš, en edición de Acantilado. Y mientras todos estos títulos seguían sucediendo frente al Lago Titicaca, supe que Puno comenzó a suceder en Arequipa y también en La maleta, de Serguéi Dovlátov, autor cuyos desarraigos nos permitieron recordar que los paraísos perdidos jamás serán recuperados del todo pues, quiérase o no, los exilios —políticos o poéticos— nunca cicatrizan. Quizás sea esa la única definición posible para lo universal: no dejar nunca que la calle nativa desvanezca sus vigencias, dentro y fuera de la literatura, dentro y fuera de la noche de una azotea lacustre, en Perú tanto como en los versos de Idea Vilariño (resultó inevitable la mención de Onetti), y luego derivamos hacia poetas cubanos, por qué no, y la hora mudó su signo y pronto se convirtió en el recuerdo de Antón Arrufat. Y antes de nombrar a Kobo Abe y El rostro ajeno, mucho, mucho antes de Mohamed Chukri con El pan desnudo y de Benedetta Craveri con Madame du Deffand y su mundo, mi anfitrión extrajo a César Vallejo, cotejó las ediciones de Borges y se refirió a una traducción de Eugenio Montale al castellano. Aquí cada libro es una entidad cuya ciudadanía de repisas parece haber sido analizada y decidida con detenimiento. Un forro lleva al otro y el último de cada entrepaño preludia el siguiente que, a su vez, no puede existir fuera del orden que se le ha impuesto mientras ahora escucho su elogio a los ensayos de Marcel Schwob, en El deseo de lo único. Segundos más tarde descubrí a Leonora Carrington y El séptimo caballo y otros cuentos, y a la pregunta sobre el libro que salvaría en caso de naufragio, parece no tener dudas: Las ventanas cegadas. Lo recuerda como el mejor de los textos circunstantes (casi digo circundantes), como el maestro de ceremonias de su biblioteca, en fin, como el guía que lo acompañó durante una larga entrevista de trabajo. Desde su memoria trae a colación las reacciones de sus interlocutores, lo contó todo a pedacitos, era su lectura del día en aquel día —así se los dijo—, entre preguntas profesionales y respuestas eruditas, entre explicaciones contables y la identidad de sus aficiones narrativas, y al final desarrolló una relación tan especial con Alexandre Vona. Nacido en Bucarest en 1922, en la Rumania de entreguerras, la vida y la obra de Vona se presienten portadoras de una enorme caja de resonancias. Heredero de judíos sefardíes y, por lo tanto, de todos los desarraigos posibles —su nombre verdadero era Alberto Enrique Samuel Béjar y Mayor (19222004)—, tal pareciera que el autor de Las ventanas cegadas decidió presentarnos una misteriosa reflexión sobre los silencios de su época. Escrito hacia 1946, estamos ante un libro cuyos diabólicos contenidos pasaron inadvertidos durante los casi cincuenta años que median entre su escritura y su publicación. En aquellos años noventa cada vez más lejanos en la nostalgia, y tras la caída del muro de Berlín, la extinción del régimen de Ceaucescu marcaría el último avatar de esta novela a la que le queda bien, claro que sí, el traje de literatu-


ra recuperada. No está de más regresar a estos, los datos más fríos y concretos de los años noventa, pues la primera edición de la novela de alguna manera le sale al paso a la vejez del autor; sí, cuando Alexandre Vona es ya un viejo emigrado en Francia (pasó también por España), la anhelada edición de su obra ha de jugarle una muy singular broma literaria: mirarse y recordarse y sentirse y además reconocerse en un libro que lo mismo es experiencia de lo añejo que escritura iniciática, visión de juventud y ejercicio de la memoria. Por si ello no bastara, este por demás azaroso trayecto editorial de Las ventanas cegadas permite comprobar, una y mil veces, que las buenas novelas tarde o temprano alcanzarán la vida de algún lector…, corrijo lo dicho: un título histórico siempre encontrará su camino hacia todas esas bibliotecas que, como la de Manto, se saben completas de inminencias, suficientes en la víspera de nuevos tropiezos, dentro y fuera de Puno, y dentro y fuera del Lago Titicaca. Aunque a toro pasado, conviene decir también que es en su exilio francés donde el existencialismo emerge como tentación explicativa. Sí, en estas páginas habremos de descubrir a un personaje que mira hacia los objetos de lo cotidiano para buscar en ellos los argumentos de la incertidumbre y de la soledad, o para negociar con ellos las nociones del recuerdo tanto como las del abandono. Sin embargo, a pesar de que sus escenarios inspiran el reconocimiento de los desgarros y de los cuestionamientos que atraviesan La náusea de Jean-Paul Sartre —por ejemplo—, el texto que nos ocupa es algo más, siempre mucho más.... Y porque la originalidad de Las ventanas cegadas nos aleja de las rigideces interpretativas, valga pues decir que su extrañeza es de un cuño distinto dado que no solo impide el despliegue de marcos teóricos sino que, además, hace abortar las explicaciones absolutas mientras inhibe el uso de los vocablos unívocos. En suma, el libro de Alexandre Vona ha movido las cosas de su lugar dado que en el interior de sus renglones el acto de narrar hace florecer la curiosidad por lo impensado, y, lo que es más, en cada página se construye el léxico de un secretismo in crescendo cuyo diccionario final recopilará los enigmas que aún nos habitan y que hemos dejamos en el olvido desde hace tanto, tantísimo tiempo. De todo ello se desprende, además, una continua (y casi siempre inútil) reticencia frente a la lectura ideológica de Las ventanas cegadas. Al recordar que los contenidos diabólicos del relato se convirtieron en extranjeros de su propio presente en la Rumania socialista, resulta imposible, y sobre todo injusto, no percibir en cada uno de sus capítulos una esencia liberadora; es fehaciente el afán de refutación, un hablar sin decir, un anhelo casi palpable, aunque no por ello menos contradictorio, de recodificar silencios y de proponer nuevas elocuencias en el marco histórico de una sociedad rebasada por los autoritarismos en uso de la era soviética. En este sentido resulta tan

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inapropiado renegar de un libro cuyas peculiaridades lo exhiben como un buen ejemplo para demostrar, una y mil veces, que al oficializarse la conciencia de nuestro paso por la historia, es en la escritura donde han de germinar siempre nuestras primeras objeciones respecto a las camisas de fuerza que nos trastocan el destino. Es por ello, que la literatura de Alexandre Vona —y la de cualquier época cuyo cautiverio se le parezca— asume y presume, con total sinceridad, sus rasgos de innegable transgresión: en su interior el tiempo y la eternidad se han hecho palabras de otro color (casi digo de otro dolor) porque el horizonte de anhelos que allí se delinea permite al lector re-

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conocerse como el habitante más inesperado de su propia realidad histórica. Solo así es posible argumentar que lo suyo no era escribir desde la literatura sino fuera de ella, alejarse de lo convencional para dinamitar, en el interlineado de su ingenio narrativo, las viejas formas de vivir con miedo, y, sobre todo, para desterrar de todas y cada una de sus páginas las versiones heredadas de un pánico que deja de ser de veras nuestro cuando lo pronunciamos con una cobardía prestada. Y porque la literatura se explica mejor con literatura, todo lo anterior se comprueba pronto con libros de otras edades y de otras lenguas. El primero que viene a cuento es Aura, de Carlos Fuentes, texto cuyas geometrías del horror (Octavio Paz dixit) aluden avant la lettre al escritor rumano; también está La invención de Morel, de Bioy Casares, con esa especie de mecánica rigidez que se comparten los espectros de ambos relatos; además, y cómo no, la vieja moradora de la casona baldía en la novela del autor rumano es pariente cercana de


Dickens en Grandes esperanzas… Podríamos seguir así, recordar realidades narrativas donde los hechizos y la muerte hablan con voces afines, como Rashomon, de Ryūnosuke Akutagawa, y Otra vuelta de tuerca, de Henry James; sin embargo, nada será igual, claro que no, porque la Rumania de los castillos y de las farmacias, entre cinematógrafos, cafés, puentes o tranvías, todo ello nutre de una savia irrepetible a las ansiosas figuras de Las ventanas cegadas. En resumidas cuentas, leer a Alexandre Vona también es discriminar dado que su recuento de embrujos nos resulta sorpresivo al constatar que sus elipsis se imbrican en una interminable cadena de somnolencias. Dicho de otra manera, acceder a los sobrecogimientos que la novela exige montar permanente guardia en cada párrafo, ver en él la frontera de un desvío inminente o el portal latente hacia un más allá que lo mismo arraiga sus explicaciones en los ámbitos de la pesadilla, que en las geografías del recuerdo. Estamos, pues, ante un libro de tinieblas y de espejismos. Los sobresaltos esotéricos y las revelaciones milagrosas que aquí tienen lugar nunca han querido parecerse ni a la premeditación de las angustias ni a los prejuicios de un horror de sobra conocido. Tanto es así, que Las ventanas cegadas es un libro que desafía, un texto que desconcierta y que nos invita, una y otra vez, a su claudicación, lo cual es una forma irregular —y un tanto tímida, aceptémoslo— de manifestar que la novela espera muchísimo de un lector que, si acaso sobrevive a los capítulos iniciales, terminará reconociendo que este tipo de ficciones, compuestas en clave de misterio y con signos de oscuridad, nos entregan siempre un viaje al centro del aturdimiento. Valdría la pena insistir en el hecho de que la obra de Alexandre Vona se desarrolla en medio de una gran fragmentación de voces y de escenarios al haber sido diseñada bajo una dinámica de bifurcaciones que también trascienden como un muy extraño caleidoscopio de intimidades: los personajes saltan y deambulan y tropiezan y se reflejan, se interrumpen y cortan la voz y son y no son en la mentira de su propia imagen, todo ello con el propósito de entregarle al lector un constante estímulo para triunfar sobre las formas tradicionales de lo mágico y de lo demoníaco. En este mismo sentido, los vaivenes del libro se nos exponen como una inmensa galería de recuerdos entreverados de recuerdos —o de sueños intercalados de sueños— pues aquí todo es búsqueda de un orden nuevo que haga verosímil el clímax de la posesión final. Diríase por todo ello que a la novela le viene bien la imagen de un desconcertante laberinto de digresiones en cuyo interior lo dicho participa de lo soñado mientras lo soñado se subordina a un plan narrativo del que nadie sale ileso, ni siquiera ese escrúpulo racional con que tan a menudo se desacredita hoy en día al ejercicio de las supersticiones. Por último, hablemos de las ventanas... El libro de Vona las transforma en metáfora inesperada de la libertad o en signo posible de nuestros cautiverios: libertad para estar, para

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ocultarse o para revelarse e incluso libertad para sospechar de otra manera la realidad de nuestro tiempo más tangible. La ventana, también, como seducción que vincula y que nos pone al alcance de aquellos fantasmas menores cuya inminencia se comprueba en la fugacidad de una lámpara encendida un poco más allá, en un salón, en una oficina, en una recámara, en cualquiera de los edificios de nuestras rutinas. La ventana, además, como representación posible de los secretos de ese “otro” que nunca conoceremos y como símbolo protector de todo aquello que nunca pudimos dejar de ser. La ventana, en fin, como el mito cambiante que nos relaciona con lo más inmediato y lo más concreto de la realidad histórica de nuestras calles, y la ventana como efímero anhelo de escapatoria o como extensión de una individualidad que se oculta detrás de cualquier indiscreción que nos revele un poco menos ciertos. Pero todo esto, claro, cobrará un nuevo sentido en mi jornada final, mientras amanece, ya dan las seis de la mañana en el Lago Titicaca, hay un frío potenciado por la parsimonia del agua, sin prisas rumbo a la terminal en un moto-taxi, porque las ventanas de Puno también son puestos de vigilancia que de la mano de Alexandre Vona —y de Manto— saben llevar de regreso al recuerdo de Arequipa.

“El infierno” del libro Le temple des muses: orné deLXtableaux ou sont représentés les evenemens les plus remarquables de l’antiquité fabuleuse. Amsterdam: chez Zacharie Chatelain, 1749. Acervo de la Biblioteca Palafoxiana.


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UNIDIVERSIDAD REVISTA DE PENSAMIENTO Y CULTURA DE LA BUAP / AÑO 8 / NÚMERO 32 / JULIO - SEPTIEMBRE 2018 / $50

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ISSN:2007-2813

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Revista de pensamiento y cultura de la BUAP

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